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LA GUERRA LARGA (LA TIERRA LARGA 2)

Terry Pratchett / Stephen Baxter

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Fragmento

1

En un mundo alternativo, a dos millones de cruces de la Tierra:

Los cuidadores llamaban Mary a la troll, leyó Monica Jansson en el texto que desfilaba por la parte inferior del vídeo. Nadie sabía cómo se llamaba a sí misma. Dos cuidadores varones, uno de los cuales llevaba una especie de traje espacial, se colocaron delante de Mary, que se acurrucó en una esquina de lo que parecía un sofisticado laboratorio —si es posible que una bestia con la constitución de un muro de ladrillo cubierto de pelaje negro se acurruque— y estrechó a su cría contra su poderoso pecho. El cachorro, que era a su vez un mazacote de músculo, iba vestido con su propio traje espacial plateado y llevaba pegados al cráneo unos sensores de los que colgaban varios cables.

«Devuélvenoslo, Mary —se oyó decir a uno de los hombres—. Venga, va. Llevamos mucho tiempo planeando este experimento. George, aquí presente, se lo llevará a la Brecha con su traje espacial. Luego flotará en el vacío durante una hora, más o menos, y volverá sano y salvo. Seguro que se lo pasará bien.»

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El otro hombre guardó un silencio ominoso. El que había hablado se acercó a Mary, despacio.

«Como sigas así, te quedarás sin helado.»

Mary hizo unos gestos, unos signos, con sus manos grandes y muy humanas. Rápidos y difíciles de seguir, pero contundentes.

El vídeo, reproducido una y otra vez, había dado pábulo a muchas conjeturas en la red sobre por qué Mary no había cruzado a otro mundo en aquel momento. Lo más probable era que la tuviesen retenida bajo tierra: no podía cruzarse a un sótano, o desde él, si al otro lado había roca sólida. Además, Jansson, que era una teniente jubilada del Departamento de Policía de Madison, sabía que había muchas maneras de impedir que un troll cruzase, si se podía echar mano al animal.

También se debatía mucho sobre los objetivos de esos hombres. Estaban en un mundo contiguo a la Brecha, a un cruce de distancia del vacío, del espacio, de un agujero que ocupaba el sitio que correspondería a la Tierra. Estaban organizando un programa espacial, y querían comprobar si la mano de obra troll, que se había demostrado sumamente útil en toda la Tierra Larga, podía explotarse en la Brecha. Como no era de extrañar, los trolls adultos se mostraban muy reacios a cruzar a ese vacío ingrávido, de modo que los investigadores de GapSpace intentaban habituarlos desde jóvenes. Como a esa cría.

«Esto es una pérdida de tiempo —dijo el segundo hombre, que sacó una vara de metal, un aturdidor. Avanzó con el palo apuntando al pecho de Mary—. Va siendo hora de decirle buenas noches a mamá…»

La troll adulta le arrebató la vara, la partió en dos y le clavó la afilada punta rota en el ojo derecho.

Cada vez que se veía, resultaba espeluznante.

El hombre retrocedió dando gritos y goteando sangre, de un rojo muy intenso. El primer investigador tiró de él hacia atrás, hasta sacarlo de plano.

«¡Dios mío! ¡Dios mío!»

Mary, con su cría en brazos y el pelaje salpicado de sangre humana, repitió los gestos que había hecho, una y otra vez.

A partir de ese punto, los acontecimientos se sucedieron con rapidez. Aquellos cadetes espaciales habían intentado liquidar a la madre troll, de inmediato. Habían llegado a encañonarla, pero les había parado los pies un hombre más mayor, más digno, que a Jansson le pareció un astronauta jubilado.

Y la represalia había quedado aplazada, a causa de la atención que había atraído el caso.

Desde que se había filtrado, la grabación de los sucesos acaecidos en aquel laboratorio había levantado una gran polvareda en externet y había desencadenado una avalancha de denuncias similares. Al parecer, la crueldad contra los animales, y en especial contra los trolls, era un problema galopante en la Tierra Larga. Internet y externet estaban repletos de debates encendidos entre quienes creían en el derecho de la humanidad a hacer lo que le placiese con los habitantes de la Tierra Larga, entre otras cosas sacrificarlos cuando conviniera —para lo que algunos apelaban al dominio bíblico dado al hombre sobre los peces, las aves, las bestias y todo animal que repte sobre la Tierra—, y quienes deseaban que la humanidad no tuviera que llevar consigo todos y cada uno de sus defectos a los nuevos mundos. Aquel incidente de la Brecha, precisamente por haberse producido en el corazón de un incipiente programa espacial, una expresión de las aspiraciones más elevadas de la humanidad —y a pesar de que, a ojos de Jansson, revelaba una especie de insensibilidad, más que crueldad pura y dura—, se había convertido en un caso simbólico. Una minoría ruidosa reclamaba al gobierno federal de la Tierra Datum que hiciera algo al respecto.

Otros se preguntaban qué pensaban los trolls de todo aquello, porque ellos también tenían maneras de comunicarse.

Monica Jansson, mientras veía el vídeo en su piso de Madison Oeste 5, intentó leer los signos que hacía Mary con las manos. Sabía que la lengua que enseñaban a los trolls en los centros experimentales como aquel se basaba en un lenguaje humano, la lengua de signos estadounidense. Jansson había tenido cierto contacto con los lenguajes de señas en el transcurso de su carrera policial; no era ninguna experta, pero podía entender lo que decía la troll, como seguramente podían hacer millones de personas de toda la Tierra Larga, dondequiera que se accediese a ese vídeo.

«No quiero.»

«No quiero.»

«No quiero.»

No era un animal estúpido. Era una madre que intentaba proteger a su hijo.

«No te metas —se dijo Jansson—. Estás jubilada y enferma. Tus días de cruzada quedaron atrás.»

Por supuesto, no había elección. Apagó el monitor, se echó a la boca otra pastilla y empezó a hacer llamadas.

Y en un mundo casi tan lejano como la Brecha:

Una criatura que no era del todo humana estaba frente a frente con otra que no era del todo canina.

La gente llamaba kobolds a los congéneres de tipo humanoide, un término más o menos impreciso. Era un antiguo nombre germánico que designaba a un espíritu de las minas. Ese kobold en concreto, que tenía una peculiar adicción a la música humana —sobre todo al rock de la década de 1960—, no se había acercado a una mina en su vida.

La gente llamaba «beagles» a las criaturas de aspecto perruno, con la misma imprecisión. No eran beagles ni se parecían a nada que hubiera visto Darwin desde el Beagle más famoso de todos.

Ni al kobold ni al beagle les preocupaba el nombre que les pusieran los humanos, pero sí les preocupaban los humanos. O mejor dicho, los despreciaban, pese a que el kobold también sintiera una fascinación irrefrenable por ellos y su cultura.

—Los trollen enfadados, en todas p-ppartes —dijo el kobold con voz sibilante.

—Bien —gruñó la beagle. Era una perra. Llevaba una sortija dorada con incrustaciones de zafiro colgada de un cordel de cuero alrededor del cuello—. Bien. Olor-rr de crímenes de los entrepiernas apestosas atufa mundo.

El habla del kobold casi era como la de los humanos. La beagle mezclaba gruñidos, gestos, posturas y arañazos en el suelo. Aun así, se entendían mutuamente empleando una lengua cuasihumana a modo de idioma común.

También tenían una causa común.

—Devolver a los entrepiernas apestosas a su grr-guarida. —La beagle levantó el cuerpo, se puso de pie, alzó su cabeza lupina y aulló. No tardaron en sonar respuestas a lo largo y ancho del húmedo paisaje.

El kobold estaba entusiasmado ante las oportunidades de adquisición que ofrecía todo aquel revuelo, adquisición de unos bienes para atesorarlos y de otros para comerciar. Con todo, tuvo que esforzarse por disimular el miedo que le daba la princesa beagle, su inopinada cliente y aliada.

Y en una base militar del Hawái del Datum, la capitana de fragata Maggie Kauffman, de la Armada de Estados Unidos, alzó la vista maravillada para contemplar el USS Benjamin Franklin, un dirigible del tamaño del Hindenburg, la flamante nave que ponían a su mando…

Y en un apacible pueblo inglés, el reverendo Nelson Azikiwe reflexionaba sobre su pequeña parroquia en el contexto de la Tierra Larga, un preciado jirón de antigüedad entre una inmensidad sin explorar, y pensaba en su propio futuro…

Y en una bulliciosa ciudad a más de un millón de mundos del Datum, un antiguo pionero cruzador llamado Jack Green formulaba con esmero un llamamiento a la libertad y la dignidad en la Tierra Larga…

Y en el parque de Yellowstone, Tierra Datum:

Solo era el segundo día de trabajo como guarda forestal de Herb Lewis. Desde luego no tenía ni repajolera idea de cómo lidiar con la furiosa y agresiva queja del señor Virgil Davies y esposa, de Los Ángeles, a propósito del chasco que se había llevado su hija de nueve años, Virgilia, cuyo padre había quedado como un mentiroso el día del cumpleaños de la niña, nada menos. No era culpa de Herb que el géiser Old Faithful no hubiese brotado. No fue ningún consuelo para la familia que, más tarde ese mismo día, sus caras aparecieran en todos los canales y páginas web de noticias cuando la jugarreta del géiser llegó a los titulares…

Y en un centro médico de la Corporación Black, en una Tierra Baja:

—¿Hermana Agnes? Tengo que despertarla otra vez durante un ratito, para unos ajustes…

Agnes creyó oír música.

—Estoy despierta. Me parece.

—Me alegra que haya vuelto.

—¿Vuelto de dónde? ¿Quién eres tú? ¿Y qué son esos cánticos?

—Cientos de monjes tibetanos. Ha estado usted cuarenta y nueve días…

—¿Y esa música espantosa?

—Ah. La culpa de eso puede echársela a John Lennon. La letra son citas del Libro de los Muertos.

—Qué escándalo.

—Agnes, todavía tardará un tiempo en recuperar la orientación física, pero creo que debería serle posible verse en un espejo. No tardaremos mucho…

Agnes no sabría decir cuánto tiempo había pasado, pero al final vio una luz muy tenue que poco a poco iba cobrando intensidad.

—Notará cierta presión cuando esté de pie. No debería resultar desagradable. No podremos trabajar en sus habilidades itinerantes hasta que se encuentre con más fuerzas, pero se adaptará a su nuevo cuerpo solo con un mínimo de dolor. Confíe en mí, he pasado por esto muchas veces. Podrá verse más o menos… ahora.

Y la hermana Agnes bajó la vista para mirarse, para contemplar su cuerpo: rosa, desnudo, crudo y muy, muy femenino. Sin sentir el movimiento de sus labios —y en realidad sin sentir sus labios en absoluto— Agnes exigió saber:

—¿Y estas dos de aquí quién las ha encargado?

2

Sally Linsay llegó a Quinto Infierno como un ciclón, pero ¿qué tenía eso de inusual?

Joshua Valienté oyó la voz de la mujer desde fuera de la casa, al regresar de una tarde de trabajo en la forja. En aquel mundo, como en todos los demás de la Tierra Larga, estaban a finales de marzo, y empezaba a oscurecer. Desde su asistencia a la boda de Joshua hacía nueve años, las visitas de esa vieja amiga en concreto habían sido escasas, y en general indicativas de que pasaba algo malo, algo malísimo. Helen, su esposa, también lo sabía de sobra. Se le formó un nudo en el estómago y apretó el paso.

Encontró a Sally sentada a la mesa de la cocina, sosteniendo un café en una taza de cerámica local. Miraba hacia otra parte y todavía no lo había visto, de modo que Joshua hizo una pausa en el umbral para observarla, estudiar la escena y ubicarse.

Helen estaba en la despensa, y Joshua vio que sacaba sal, pimienta y cerillas. Sobre la mesa, entretanto, Sally había dejado carne descuartizada suficiente para varias semanas. Era el protocolo de los pioneros. Los Valienté no necesitaban aquella comida, por supuesto, pero esa no era la cuestión. La convención dictaba que el viajero visitante pusiera la carne y que los anfitriones se lo compensaran no solo con una comida consistente en la pieza en cuestión debidamente cocinada y con guarnición, sino también con varias de las comodidades que escaseaban en plena naturaleza, como la sal, la pimienta o una noche de sueño en una cama de verdad. Joshua sonrió. Sally se enorgullecía de ser un poco más autosuficiente que Daniel Boone y el capitán Nemo juntos, pero sin duda hasta Daniel Boone debió de añorar la pimienta, igual que Sally.

Ya había cumplido cuarenta y tres años; le sacaba unos pocos a Joshua y dieciséis a Helen, lo que no facilitaba sus diversas interrelaciones. Llevaba el cabello entrecano recogido con pulcritud y vestía su habitual atuendo, compuesto por unos pantalones vaqueros resistentes y un chaleco de muchos bolsillos. Seguía como siempre: esbelta, fibrosa, inquietantemente inmóvil… y observadora.

En ese preciso instante observaba un objeto de la pared: un anillo de oro con zafiros incrustados que colgaba mediante un cordel de un clavo chato de hierro forjado en el pueblo. Era uno de los pocos trofeos que Joshua se había quedado tras la travesía de exploración de la Tierra Larga que Sally y él habían realizado junto con Lobsang. O «La Travesía», a secas, como la conocía el mundo diez años después. Era un objeto llamativo y demasiado grande para un dedo humano, pero claro, no era de manufactura humana, como Sally bien recordaría. Justo debajo del anillo colgaba otra alhaja, una pulsera de monos, de plástico y bisutería: un adorno infantil, chillón, tonto. Joshua estaba bastante seguro de que Sally también recordaría su importancia.

Avanzó mientras empujaba la puerta de forma que chirriase. Sally se volvió y lo observó con aire crítico, sin sonreír.

—Te he oído llegar —dijo él.

—Has engordado.

—Yo también me alegro de verte, Sally. Supongo que vienes por algún motivo. Siempre tienes uno.

—Ya te digo.

«Me pregunto si Calamity Jane era así», pensó Joshua mientras se sentaba resignado. Era como una explosión de pólvora que estallaba a intervalos periódicos en mitad de su vida. O algo similar, aunque Sally tenía un acceso marginalmente superior a los artículos de aseo.

Helen había vuelto a la cocina, y a Joshua le llegó el olor de carne a la plancha. Cuando cruzó una mirada con su esposa, esta rechazó con un gesto su silencioso ofrecimiento de ayuda. Joshua sabía reconocer las demostraciones de tacto: Helen intentaba concederles espacio. Tacto, sí, pero Joshua también temía que aquello fuera el principio de uno de los gélidos silencios de su esposa. Sally, a fin de cuentas, era una mujer que había mantenido una relación larga, complicada y, sobre todo, famosa con su marido antes de que este conociese siquiera a Helen. En realidad, Sally había estado a su lado cuando había conocido a Helen, que a la sazón era una pionera de diecisiete años que vivía en una colonia recién fundada de la Tierra Larga. Su joven esposa no saltaría de alegría cada vez que Sally volviera a presentarse en casa.

Sally esperaba a que Joshua dijera algo, sin reparar en tales sutilezas o sin preocuparse por ellas.

—Vale, cuéntame —suspiró Joshua—. ¿Qué te trae por aquí esta vez?

—Otro imbécil ha matado a otro troll.

Joshua gruñó. Las noticias que les llegaban por externet llevaban un torrente de incidentes de esa clase, acaecidos en toda la Tierra Larga, desde el Datum hasta Valhalla y más allá, y sin duda en un lugar tan lejano como la Brecha, a juzgar por las recientes y escandalosas informaciones sobre un macabro caso protagonizado por una cría con un traje espacial que parecía de la década de 1950.

—Fue una carnicería, en este caso —dijo Sally—. Literalmente, quiero decir. Denunciada ante una oficina de la administración de la Égida en Plomada, al principio de los Altos Megas…

—Lo sé.

—Esta vez fue un joven. Le extirparon los órganos para usarlos en una especie de remedio de medicina popular. Por una vez, han detenido al culpable acusado de maltrato, pero su familia ha puesto el grito en el cielo porque, qué caramba, solo era un animal, ¿verdad?

Joshua negó con la cabeza.

—Todos estamos sometidos a la Égida de Estados Unidos. ¿Qué argumento tienen? ¿Se creen que están exentos de las leyes de maltrato animal del Datum?

—Todo ese asunto es un caos, Joshua, con las distintas normas federales y estatales y las discusiones sobre cómo se hacen extensivas a la Tierra Larga, en cualquier caso. Por no hablar de la escasez de recursos para imponerlas.

—No sigo la política del Datum con mucha atención. Ya sabes que aquí protegemos a los trolls bajo una extensión de nuestros derechos de ciudadanía.

—¿En serio?

Joshua sonrió.

—Pareces sorprendida. No eres la única que tiene conciencia, por si no lo sabías. Además, los trolls son demasiado útiles para dejar que los molesten o expulsen.

—Bueno, no todo el mundo es tan civilizado, obviamente. Debes recordar, Joshua, que la Égida la dirigen los políticos del Datum, o sea, unos capullos. ¡Y de verdad que no entienden nada! No son de la clase de personas dispuestas a mancharse de barro los relucientes zapatos yendo mucho más lejos que a un parque de la Tierra Oeste 3. No tienen ni idea de lo importante que es que la humanidad conserve la amistad de los trolls. El canto largo no habla de otra cosa.

Lo que significaba que los trolls de todas partes no tardarían en estar al corriente de la situación.

Sally siguió hablando:

—Mira, el problema es que antes del Día del Cruce la mayor parte de lo que los trolls sabían y entendían acerca de la humanidad venía de sus experiencias en lugares como Buen Viaje, donde vivían codo con codo con los humanos, de forma pacífica y constructiva…

—Aunque diese un poco de mal rollo.

—Bueno, sí. Lo que pasa ahora es que los trolls se están encontrando con gente corriente. Es decir, con idiotas.

Joshua, que empezaba a estar asustado, preguntó:

—Sally, ¿por qué has venido? ¿Qué quieres que haga yo al respecto?

—Tu deber, Joshua.

Se refería, como bien sabía Joshua, a que tendría que partir con ella a recorrer la Tierra Larga. A salvar los mundos una vez más.

«Y una mierda», pensó. Los tiempos habían cambiado. Él había cambiado. Su deber lo reclamaba allí donde estaba, con su familia, en su hogar, en aquel pueblo que había cometido la imprudencia de elegirlo alcalde.

Se había enamorado del lugar antes incluso de verlo, pensando que unos pioneros que habían puesto a su hogar un nombre como Quinto Infierno tenían muchos visos de ser personas decentes y con sentido del humor, como en verdad demostraron ser. En cuanto a Helen, que de niña había partido en una expedición con su familia para fundar una nueva población, esa manera de vivir era la que había mamado desde pequeña. Y el lugar al que habían llegado, en la huella a un millón de cruces del valle del Mississippi, había resultado tener aire puro, un río lleno de peces y una tierra rica en caza y repleta de otros recursos como vetas de mineral de plomo y hierro. Gracias a una espectrometría de masas de las formaciones cercanas, que Joshua había encargado a un twain como favor, hasta tenían los comienzos de una mina de cobre. Por si fuera poco, el clima de la región era un poco más fresco que en el Datum y en invierno la superficie del Mississippi local se helaba; un espectáculo emocionante, aunque pusiera en peligro a un par de imprudentes todos los años.

Joshua, incluso comparado con su joven y reciente esposa, había sido un colono novato al llegar, pese a toda la experiencia que había acumulado como explorador de la Tierra Larga. Sin embargo, a esas alturas se le reconocía como diestro cazador, carnicero y artesano en general, y su pericia como herrero y fundidor no andaba muy a la zaga últimamente. Por no hablar de que sería el alcalde hasta las siguientes elecciones. Helen, por su parte, era una destacada comadrona y una herborista de primera.

Por supuesto, era un trabajo duro. Las familias de pioneros vivían fuera del ámbito de los centros comerciales, y tenían que hornear el pan, curar el jamón, hacer el sebo y fermentar la cerveza. Allí fuera, a decir verdad, se trabajaba a todas horas, pero era un trabajo agradable. Y ese trabajo era ahora la vida de Joshua…

A veces echaba de menos el aislamiento. Sus períodos sabáticos, como los llamaba él. La sensación de vacío que experimentaba cuando estaba a solas por completo en un mundo. La ausencia de la presión de las mentes ajenas, una presión que sentía incluso allí, aunque fuese una sombra de lo que sufría en el Datum. Y la fantasmagórica sensación de esa otra cosa que él siempre había llamado el Silencio, como un atisbo de inmensas mentes, o agrupaciones de mentes, en algún lugar muy lejano. Una vez había conocido a una de esas poderosas mentes remotas, en forma de la extraordinaria Primera Persona Singular, pero existían otras, lo sabía. Él las oía, como gongs cuyo eco resonara en las montañas lejanas… En fin, había vivido todo aquello, pero había descubierto, con retraso, que había algo mucho más valioso: su esposa, el hijo que tenían, quizá un segundo embarazo algún día.

Desde hacía un tiempo intentaba desentenderse de lo que sucedía más allá de los límites de su pueblo. A fin de cuentas, tampoco era que debiese nada a la Tierra Larga. Había salvado vidas en los mundos vecinos el mismo Día del Cruce, y más tarde había explorado la mitad de ellos con Lobsang. Ya había aportado su grano de arena a la nueva era, ¿o no?

Pero allí estaba Sally, una encarnación del pasado, sentada a la mesa de su cocina, esperando una respuesta. Pues bien, Joshua no pensaba darse prisa en replicar. Ni en el mejor de los casos se tenía por un orador rápido como el rayo. Se consolaba pensando que no por mucho madrugar amanece más temprano.

Se enzarzaron en un duelo de miradas.

Para alivio de Joshua, Helen entró por fin y repartió hamburguesas y cervezas: ternera de crianza local, pan horneado allí mismo y cerveza de fermentación casera. Se sentó con ellos y entabló una conversación agradable, preguntando a Sally por los últimos lugares que había visitado. Cuando acabaron de comer, Helen se puso manos a la obra una vez más, recogiendo platos y rechazando de nuevo la ayuda que Joshua le ofreció.

En todo momento había otro diálogo que transcurría bajo la superficie. Todos los matrimonios tienen su propio lenguaje particular. Helen sabía muy bien a qué había ido Sally y, después de nueve años casados, Joshua captaba la sensación de despedida inminente como si la transmitieran por la radio.

Si Sally alcanzaba a captarla, le daba igual. En cuanto Helen volvió a dejarlos a solas ante la mesa, arrancó de nuevo.

—Como dices, no es el único caso.

—¿El qué?

—La matanza de Plomada.

—Se acabó la charla ligera, ¿eh, Sally?

—Ni siquiera es el más grave, ahora mismo. ¿Quieres una lista pormenorizada?

—No.

—Tú ves lo que está pasando, Joshua. La humanidad ha recibido una oportunidad, con la Tierra Larga. Un nuevo principio, una escapatoria del Datum, que es un mundo entero que ya jodimos…

—Sé lo que vas a decir. —Porque lo había dicho ya un millón de veces, con Joshua delante—. Vamos a enviar a la mierda nuestra segunda oportunidad de vivir en el Edén, antes incluso de que se seque la pintura.

Helen dejó un gran cuenco de helado en el centro de la mesa con un golpe seco y expresivo.

Sally lo contempló como un perro que viera un hueso de brontosaurio.

—¿Hacéis helado? ¿Aquí?

Helen se sentó.

—El año pasado Joshua dedicó sus buenas horas a construir una nevera. No fue un proyecto difícil, una vez que nos lo tomamos en serio. A los trolls les gusta el helado. Y la verdad es que aquí pasamos temporadas de calor; es maravilloso tener algo como esto cuando se regatea con los vecinos.

Joshua captaba el mensaje entre líneas, aunque a Sally se le escapara. «Aquí no hablamos de helado. Hablamos de nuestra vida, de lo que estamos construyendo aquí. Donde tú, Sally, no pintas nada.»

—Venga, servíos, tenemos de sobra. Se está haciendo tarde; puedes quedarte a dormir, por supuesto. ¿Te apetece venir a ver la obra que Dan representará en el colegio?

Joshua vio la expresión de puro terror de la cara de Sally. Como acto de piedad, dijo:

—No te preocupes. No será tan terrible como crees. Tenemos unos niños muy listos y unos padres decentes y activos, buenos maestros… Sé lo que digo porque soy uno de ellos, y Helen también.

—¿Educación comunitaria?

—Sí. Nos concentramos en las habilidades de supervivencia, la metalurgia, la botánica médica, la biología animal de la Tierra Larga, toda la gama de artes prácticas, desde la talla del pedernal hasta la fabricación de cristal…

—Pero no todo son artes de pioneros —intervino Helen—. Tenemos un exigente nivel académico. Hasta aprenden griego.

—El señor Johansen —explicó Joshua—. Enseña en varios centros. Viene dos veces al mes desde Valhalla. —Sonrió y señaló el helado—. Come antes de que se derrita.

Sally se sirvió una gran cucharada y dio buena cuenta de ella.

—Qué cosas. Pioneros con helado.

Joshua se sintió obligado a defender su hogar.

—Bueno, no todo tiene por qué ser como la caravana de Donner, Sally…

—También sois pioneros con teléfono móvil, ¿no?

Era cierto que la vida resultaba una pizca más fácil allí que para el resto de los pioneros de la Tierra Larga. En ese mundo, Oeste 1.397.426, tenían incluso navegación por satélite; y solo Joshua, Helen y un puñado de personas más sabían por qué la Corporación Black había decidido usar esa Tierra en concreto para probar sus prototipos, para lo que había puesto en órbita veinticuatro nanosatélites desde una pequeña plataforma portátil. Podía llamarse un favor de un viejo amigo…

Entre ese puñado de personas que estaban al tanto se contaba Sally, por supuesto. Joshua se situó delante de ella.

—Basta ya, Sally. La navegación por satélite y todo lo demás está aquí gracias a mí. Ya lo sé. Mis amigos lo saben.

Helen sonrió.

—Un ingeniero que pasó una vez para poner a punto esos trastos le dijo a Joshua que la Corporación Black lo veía como una «valiosa inversión a largo plazo». Vale la pena cuidarlo, supongo; tenerlo contento con regalitos.

Sally resopló.

—En otras palabras, así es como Lobsang te ve. Qué degradante.

Joshua se hizo el sordo, como tenía por costumbre siempre que oía ese nombre propio.

—Además, sé que hay gente que se siente atraída hasta aquí porque estoy yo.

—El famoso Joshua Valienté.

—¿Por qué no? Es útil no tener que anunciarse para atraer a buena gente. Y si no encajan, se van de todas formas.

Sally abrió la boca, lista para cruzar unos golpes más.

Sin embargo, era evidente que Helen ya se había hartado. Se puso en pie.

—Sally, si quieres refrescarte tenemos un dormitorio de invitados al final de ese pasillo. El telón se alza dentro de una hora. Dan, nuestro hijo, a lo mejor lo recuerdas, ya está en el ayuntamiento echando una mano, o lo que es lo mismo, dando órdenes a los demás críos. Llévate un poco de helado cuando salgamos para allá, si quieres. Está a cuatro pasos.

Joshua se obligó a sonreír.

—Aquí todo está a cuatro pasos.

Helen echó un vistazo a través del tosco cristal de la ventana.

—Y parece que hará otra tarde perfecta…

3

Era en verdad una tarde perfecta de principios de primavera.

Por supuesto, ese mundo ya no estaba inmaculado, pensó Joshua mientras los tres caminaban hasta el ayuntamiento para ver la obra de teatro escolar. Lo evidenciaban los pequeños mordiscos talados en el bosque a la orilla del río, el humo de forjas y talleres y los caminos que pasaban entre los árboles en líneas rectas y definidas. Pero aun así, lo que llamaba la atención eran las características esenciales del paisaje: el meandro de aquella copia paralela del Mississippi, con sus puentes y las grandes extensiones de bosque que jalonaban sus riberas. Quinto Infierno tenía el mismo aspecto que, quizá, había presentado su población gemela en el Datum —Hannibal, Missouri— en el siglo XIX, la época de Mark Twain. Por lo que a Joshua respectaba, eso era la perfección.

Sin embargo, en esos momentos un twain que flotaba en el aire estropeaba ese cielo perfecto.

Estaban descargando el dirigible mediante grúas y cadenas, cofre a cofre, fardo a fardo. A la luz menguante del atardecer, su casco brillaba como el bronce y hacía que pareciese una nave de otro mundo; y lo era, en cierto sentido. Aunque el espectáculo del ayuntamiento estaba a punto de empezar, fuera había unos cuantos estudiantes observando el cielo con expresión ávida, sobre todo los chicos, que darían cualquier cosa por ser pilotos de twain algún día.

El twain simbolizaba muchas cosas, pensó Joshua. La realidad de la propia Tierra Larga, para empezar.

«La Tierra Larga»: de repente, el Día del Cruce, veinticinco años antes, la humanidad se había descubierto poseedora de la capacidad de cruzar de lado para desplazarse sin más por un pasillo infinito de planetas Tierra que se sucedían unos a otros. No hacía falta nave espacial: cada Tierra estaba a apenas un paso de distancia. Y todas eran como la original, más o menos, salvo por una llamativa ausencia de la humanidad y todas sus obras. Había un mundo para todo aquel que lo quisiera, porque eran incontables miles de millones, si no erraban las teorías más aceptadas.

Había quienes, ante semejante panorama, cerraban la puerta a cal y canto y se escondían. Algunos hacían eso mismo dentro de sus propias cabezas. Pero otros prosperaban. Para estos últimos, desperdigados en sus diversos asentamientos en los nuevos mundos, pasado un cuarto de siglo, los twains se estaban convirtiendo en una presencia esencial.

Después de la exploración pionera que habían efectuado Joshua y Lobsang diez años atrás a bordo del Mark Twain —un prototipo de dirigible, la primera nave capaz de cruzar entre mundos transportando personas y mercancías—, Douglas Black, de la misma Corporación Black que había construido el Twain y accionista mayoritario de la filial que financiaba a Lobsang y sus diversas actividades, había anunciado que esa tecnología debía ser un regalo al mundo. Había sido un gesto típico de Black, acogido por todos con los brazos abiertos, aunque también con un sonoro cinismo acerca de sus motivaciones. Una década después, los twains estaban cumpliendo en la colonización de la Tierra Larga el mismo papel que en otra época habían desempeñado el carromato Conestoga y el Pony Express en el Viejo Oeste. Los twains volaban de un lado a otro y entrelazaban los florecientes mundos paralelos… Hasta habían estimulado por sí solos el crecimiento de nuevas industrias. Empezaba a extraerse helio para sus globos, escaso en la Tierra Datum, en diversas versiones paralelas de Texas, Kansas y Oklahoma.

En los tiempos recientes, hasta las noticias se distribuían a lo largo y ancho de la Tierra Larga mediante las flotas de dirigibles. Estaba creciendo una especie de internet multimundial, conocida como «externet». En cada mundo que atravesaban, los dirigibles descargaban paquetes rápidos de actualización a los nodos locales, que después los difundían lateralmente por todo ese mundo, a la vez que cargaban en sus servidores toda la mensajería y el correo saliente. Cuando dos dirigibles se encontraban, lejos de la gran ruta vertebral Datum-Valhalla, sostenían un gam —palabra resucitada de los tiempos de las antiguas flotas balleneras— en el que intercambiaban noticias y correspondencia. Todo era bastante informal, pero claro, también lo había sido la estructura de la internet del Datum antes del Día del Cruce. Además, para ser informal, resultaba fiable; siempre que el mensaje llevase la dirección correcta, llegaba a su destino.

Por supuesto, en lugares como Quinto Infierno había quienes miraban con malos ojos la presencia de esos intrusos, porque los twains, de una manera u otra, representaban la influencia del gobierno del Datum, una influencia que no siempre era bienvenida. La política de la administración hacia sus colonias de la Tierra Larga había oscilado con el paso de los años entre una hostilidad, que podía rayar la exclusión, y la cooperación y legislación. La norma más reciente dictaba que, en cuanto una colonia tenía más de cien habitantes, en teoría debía identificarse como presencia «oficial» ante el gobierno federal de la Tierra Datum. Al cabo de poco figuraría en los mapas, y los twains bajarían flotando del cielo para descargar gente y ganado, materia prima y suministros médicos, y llevarse cualquier producto que deseara exportarse por vía de las conexiones locales hasta los grandes centros neurálgicos como Valhalla.

Mediante sus viajes entre el viejo Estados Unidos y los mundos que se encontraban bajo su égida —que llegaban hasta el mismo Valhalla, a poco menos de un millón y medio de cruces del Datum— los twains conectaban las muchas Américas y difundían la tranquilizadora impresión de que todas ellas marchaban al compás, a pesar de que muchos habitantes de los mundos paralelos no sabían cuál era ese compás ni quién carajo lo marcaba, porque su prioridad eran ellos mismos y sus vecinos. El Datum, con sus reglamentos, sus políticos y sus impuestos, parecía una abstracción cada vez más remota, por muchos twains que mandara…

Y en ese preciso instante dos personas contemplaban ese último dirigible con ojos recelosos.

—¿Crees que ahí arriba está… él? —preguntó Sally.

—Por lo menos una iteración suya —contestó Joshua—. Los twains no pueden cruzar sin una inteligencia artificial a bordo. Ya lo conoces, es todo iteración. Le gusta estar donde está la acción, y ahora mismo la acción está en todas partes.

Hablaban de Lobsang, por supuesto. Aun después de tanto tiempo, a Joshua le costaría explicar con exactitud quién era Lobsang. O qué era. «Imagínate a Dios dentro de tu ordenador, tu teléfono, los ordenadores de todo el mundo. Imagínate a alguien que casi equivale a la Corporación Black, con todo su poder, sus riquezas y alcance. Alguien que, a pesar de todo eso, parece bastante cuerdo y benévolo para lo que cabría esperar de la mayoría de los dioses. Ah, sí, y a veces también reniega en tibetano…»

—Por cierto —dijo Joshua—, he oído el rumor de que ha enviado una iteración suya hacia el exterior del sistema solar, directamente, a bordo de alguna clase de sonda espacial. Ya lo conoces, siempre piensa a largo plazo. Y nunca hay suficientes copias de seguridad.

—O sea que ahora podría sobrevivir si explotara el sol —comentó Sally con tono seco—. Qué buena noticia. ¿Te mantienes muy en contacto con él?

—No. Ahora no. Desde hace diez años. Desde que él, o la versión de él que resida en el Datum, permitió que una bomba atómica portátil arrasara Madison. Era mi ciudad, Sally. ¿Para qué sirve una presencia como Lobsang si no puede impedir eso? Y si pudo impedirlo, ¿por qué no lo hizo?

Sally se encogió de hombros. En su momento, había efectuado junto a Joshua el cruce que los llevó a las ruinas de Madison. Evidentemente, no tenía una respuesta.

Joshua descubrió que Helen se les había adelantado y charlaba con un grupo de vecinos, luciendo lo que Joshua, veterano de nueve años de matrimonio, llamaba su expresión «educada». Con la debida alarma, apretó el paso para alcanzarla.

Le pareció que todos se sentían aliviados cuando llegaron al ayuntamiento. Sally leyó el título del espectáculo en un cartel pintado a mano y pegado a la pared:

—«La venganza de Moby Dick.» No me fastidies.

Joshua no pudo reprimir una sonrisa.

—Es buena. Ya verás cuando la flota ballenera ilegal reciba su merecido. Los chavales aprendieron un poco de japonés solo para esa escena. Vamos, tenemos asientos en primera fila…

Fue en verdad una representación extraordinaria, desde la escena inicial, en la que un narrador vestido con un impermeable manchado de sal caminó hasta el borde del escenario.

—Llamadme Ismael.

—¡Hola, Ismael!

—¡Hola, niños y niñas!

Para cuando el calamar cantarín terminó su tercer bis, después del gran número final, «Arpón de amor», hasta Sally se reía en voz alta.

En la fiesta que siguió a la obra, niños y padres se mezclaron en el ayuntamiento. Sally se quedó con ellos, agarrada a una bebida. A ojos de Joshua, sin embargo, su expresión se fue agriando a medida que observaba las conversaciones de los adultos y las caras alegres de los niños que la rodeaban.

Joshua se arriesgó a preguntar.

—¿Qué estás pensando?

—Tanta cordialidad me mata.

—Nunca te has fiado de la gente cordial —dijo Helen—, ¿verdad, Sally?

—No puedo evitar pensar que estáis desprotegidos.

—¿Desprotegidos contra qué?

—Si fuera cínica, me preguntaría si no es posible que tarde o temprano algún cabrón carismático pisotee este sueño vuestro estilo Casa de la pradera. —Miró de reojo a Helen—. Perdón por decir «cabrón» delante de vuestros hijos.

Para asombro de Joshua, y por lo visto también de Sally, Helen soltó una carcajada.

—No has cambiado, ¿verdad, Sally? Bueno, eso no pasará. Lo del pisoteo, digo. Mira, creo que hemos montado algo duradero, en el sentido físico y también intelectual. Para empezar, aquí no queremos saber nada de Dios. La mayoría de los padres de Quinto Infierno son no creyentes, ateos o como poco agnósticos: gente que, sencillamente, quiere vivir su vida sin precisar ayuda de las alturas. Es verdad que enseñamos a nuestros hijos la regla de oro…

—Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti.

—Esa es una versión. Y también les enseñamos otras lecciones vitales básicas parecidas a esa. Nos llevamos bien, trabajamos juntos y creo que nos ocupamos bastante bien de los niños. Aprenden porque lo hacemos divertido. ¿Ves al joven Michael, el chico de la silla de ruedas de allí? Él escribió el guión de la obra, y la canción de Ahab es toda suya, letra y música.

—¿Cuál? ¿Cambiaría mi otra pierna por tu corazón?

—Esa misma. Solo tiene diecisiete años y, si nunca tiene la oportunidad de desarrollar su música, es que no hay justicia.

Sally adoptó una expresión reflexiva poco habitual en ella.

—Bueno, rodeado de personas como vosotros dos, tendrá su oportunidad.

Helen torció el gesto por un momento.

—¿Te burlas de nosotros?

Joshua se tensó en previsión de los fuegos artificiales, pero Sally se limitó a decir:

—No le contéis a nadie que lo he dicho, pero te envidio, Helen Valienté, de soltera Green. Un poco, por lo menos. Aunque no por Joshua. Esta bebida está buenísima, por cierto. ¿Qué es?

—Hay un árbol que crece por aquí, una especie de arce… Te lo enseñaré, si quieres. —Helen alzó su copa—. Brindo por ti, Sally.

—¿Y eso?

—Bueno, por mantener a Joshua con vida el tiempo suficiente para que me conociera.

—Eso es muy cierto.

—Y serás nuestra invitada todo el tiempo que te apetezca. Pero dime la verdad: has venido para llevarte a Joshua otra vez, ¿no es así?

Sally observó su copa y respondió con calma.

—Sí. Lo siento.

—Es por los trolls, ¿verdad? —dijo Joshua—. Sally, ¿qué quieres que haga al respecto, exactamente?

—Seguir los debates sobre las leyes de protección de los animales. Presentar los casos actuales, los de Plomada, la Brecha y otras partes. Intentar que se redacte alguna clase de protección legal para los trolls como es debido y que se imponga…

—Que vuelva al Datum, quieres decir.

Sally sonrió.

—Haz como Davy Crockett, Joshua. Llega desde los bosques perdidos y ve al Congreso. Eres uno de los pocos pioneros de la Tierra Larga al que se conoce mínimamente en el Datum. Estáis tú y un puñado de asesinos psicópatas.

—Gracias.

—¿Irás, entonces?

Joshua miró a Helen de reojo.

—Me lo pensaré.

Helen apartó la vista.

—Venga, vamos a buscar a Dan. Ya basta de emociones por una noche, será un calvario conseguir que se duerma…

Helen tuvo que levantarse dos veces esa noche antes de que Dan se tranquilizara.

Cuando volvió tras la segunda ocasión, zarandeó un poco a Joshua.

—¿Estás despierto?

—Ahora sí.

—He estado pensando. Si al final te vas, Dan y yo te acompañaremos. Por lo menos hasta Valhalla. Y el niño tendría que ver el Datum alguna vez en su vida.

—Le encantará —murmuró Joshua con voz soñolienta.

—No cuando descubra que pensamos mandarlo a una escuela de Valhalla… —Aunque hubiera cantado las alabanzas del colegio del pueblo delante de Sally Linsay, Helen seguía queriendo mandar a Dan a la ciudad durante una temporada, para que ampliara sus contactos y adquiriese una experiencia lo bastante amplia para tomar sus propias decisiones fundadas sobre su futuro—. En realidad Sally no es tan mala, cuando no se pone en plan pistolera, a lo Annie Oakley.

—En general tiene buenas intenciones —murmuró Joshua—. Y cuando no las tiene, el objeto de sus iras suele merecérselas.

—Pareces… preocupado.

Joshua rodó para colocarse de cara a ella.

—He repasado las últimas novedades de externet que ha traído el twain. Sally no exageraba cuando nos ha contado los incidentes con los trolls.

Helen le buscó la mano a tientas.

—Está todo organizado. No es propio de Sally presentarse de esta manera. Tengo la impresión de que tu chófer te espera ahora mismo en el cielo.

—Desde luego es toda una coincidencia que haya aparecido un twain justo ahora, ¿verdad?

—¿No podéis dejarlo en manos de Lobsang?

—Las cosas no funcionan así, cariño. Lobsang no funciona así. —Joshua bostezó, estiró el cuerpo, besó a Helen en la mejilla y se dio la vuelta otra vez—. Ha sido un gran espectáculo, ¿verdad?

Helen estuvo un rato en silencio, desvelada, y luego preguntó:

—¿Tienes que ir?

Pero Joshua ya estaba roncando.

4

A Joshua no le sorprendió que Sally no apareciera a la hora del desayuno.

Tampoco descubrir que había partido, sin más. Así era Sally. A esas alturas, pensó, lo más probable era que estuviese muy lejos, vagando por los confines de la Tierra Larga. Echó un vistazo por la casa, en busca de indicios de su presencia. Viajaba ligera de equipaje y era muy puntillosa en cuanto a no dejar desorden a su paso. Había llegado, se había ido y había puesto la vida de Joshua patas arriba. Otra vez.

Había dejado una nota que decía, simplemente: «Gracias».

Después de desayunar, Joshua bajó a su despacho en el ayuntamiento para echar unas horas de alcaldeo, pero la sombra de aquel twain flotante se colaba por la única ventana que tenía, una distracción ominosa que le hacía imposible concentrarse en los trámites rutinarios.

Se descubrió contemplando el único póster de la pared, un gran ejemplar de la llamada «Declaración del Samaritano», redactada en pleno acceso de irritación por algún pionero apurado, difundida desde entonces de forma viral por toda externet y adoptada por millares de incipientes colonias:

Querido novato,

El BUEN SAMARITANO es por definición amable y paciente. Pero en el contexto de la fiebre por el terreno de la Tierra Larga, el BUEN SAMARITANO te exige:

UNO. Antes de partir de casa infórmate aunque sea un poco sobre el entorno al que te diriges.

DOS. Cuando llegues, haz caso de lo que te diga la gente que ya vive allí.

TRES. No te dejes engañar por los mapas. Ni siquiera las Tierras Bajas están exploradas como es debido. No sabemos lo que hay ahí fuera. Y si nosotros no lo sabemos, tú menos.

CUATRO. Usa la cabecita. Viaja con al menos un compañero. Lleva una radio siempre que sea posible. Dile a alguien adónde vas. Esa clase de cosas.

CINCO. Toma todas las precauciones posibles; si no lo haces por tu bien, hazlo por el de los pobres desdichados que tendrán que llevar a casa en una bolsa lo que quede de tu lamentable trasero.

DURAS palabras, pero necesarias. La Tierra Larga es generosa, pero inclemente.

GRACIAS por leer.

El BUEN SAMARITANO.

A Joshua le gustaba la Declaración. Le parecía un buen reflejo del saludable y campechano sentido común que caracterizaba a las nuevas naciones surgidas en los límites de la Tierra Larga. Nuevas naciones, sí…

El ayuntamiento: un nombre grandilocuente para un recio edificio de madera que albergaba todo cuanto el asentamiento necesitaba en materia de papeleo y que presentaba un aspecto algo desmejorado aquella mañana, en plena resaca de la representación infantil. En fin, la construcción se adecuaba a sus fines; el mármol podía esperar.

Por supuesto, tampoco había estatuas en el exterior, a diferencia de lo que pasaba en edificios parecidos en las ciudades de Estados Unidos del Datum. Ni cañones de la Guerra Civil ni placas de bronce con los nombres de los caídos. Cuando la pujante localidad se había incorporado a la ruta de servicio de los twains, el gobierno federal les había ofrecido una especie de paquete prefabricado de reformas monumentales, para cimentar esa comunidad del futuro en el pasado estadounidense. Sin embargo, los habitantes de Quinto Infierno lo habían rechazado por una amplia gama de razones, muchas de las cuales se remontaban a las experiencias de sus bisabuelos en Woodstock o la Universidad de Pennsylvania. Nadie había derramado sangre por aquella tierra, todavía, excepto cuando Hamish se cayó del reloj municipal y, por supuesto, los estragos de los mosquitos. Así pues, ¿para qué querían un monumento?

A Joshua le había sobresaltado la vehemencia de sus conciudadanos a propósito de ese tema, y desde entonces le había dado vueltas en la cabeza, con la paciencia que lo caracterizaba. Había llegado a la conclusión de que en el fondo era una cuestión de identidad. Bastaba con repasar la historia. Los padres fundadores de Estados Unidos fueron en su mayor parte ingleses, hasta el momento mismo en que comprendieron que no tenían por qué serlo. Los habitantes de Quinto Infierno, a falta de otra cosa, aún se veían como estadounidenses, pero empezaban a sentirse más próximos a los vecinos con los que compartían mundo, un puñado de comunidades ubicadas en las copias paralelas de Europa, África y hasta China, con las que se comunicaban por radio de onda corta, que a sus compatriotas del Datum. A Joshua le parecía interesante observar aquella sensación de identidad cambiante.

Entretanto, la relación con Estados Unidos del Datum propiamente dichos se estaba volviendo cada vez más incómoda. Ya llevaban años a la greña. Desde el punto de vista jurídico, hacía unos años la administración del presidente Cowley había entendido por fin que, con su política anterior de retirar todas las prestaciones y los derechos a los colonos, en la práctica estaba renunciando a unos significativos ingresos fiscales: los procedentes del comercio que florecía tanto entre las diversas comunidades de la Tierra Larga como entre los mundos remotos y las Tierras Bajas y el Datum. Y así, Cowley había declarado que quien estuviera bajo la «Égida» de Estados Unidos —es decir, quien viviese en la huella de la nación, proyectada a través de los mundos paralelos hasta el infinito, por el Este y el Oeste— era de facto ciudadano de Estados Unidos y por tanto estaba sujeto a sus leyes y al pago de sus impuestos.

Y ese era el quid de la cuestión. ¿Impuestos? ¿Impuestos sobre qué? ¿Para pagarlos cómo? Gran parte del comercio local se realizaba mediante trueque o usando vales canjeables a escala regional, o incluso con intangibles: un servicio a cambio de otro. Los dólares y los centavos solo entraban en juego cuando se comerciaba con las Tierras Bajas. En realidad, para muchos contribuyentes suponía una carga reunir la moneda suficiente para pagar esos impuestos.

Además, aunque los pagaran, ¿qué obtenían a cambio? Los colonos eran ricos en comida, agua potable, aire sin contaminar y terreno, montones y montones de terreno. En cuanto a productos avanzados, diez años atrás, sin ir más lejos, había que correr a casa a pedirle al Tío Sam cualquier cosa que fuera complicada o de alta tecnología, desde odontología hasta veterinaria, servicios que se pagaban con dólares estadounidenses. Pero a esas alturas ya había una clínica nuevecita en el mismísimo Quinto Infierno, y un veterinario río abajo, en Pico Torcido, que tenía un caballo rápido, un socio y, por si fuera poco, un aprendiz. Si alguien necesitaba una ciudad, en fin, Valhalla era una auténtica ciudad universitaria en expansión ubicada en los Altos Megas, con toda la oferta cultural y tecnológica que pudiera desearse.

A los colonos les costaba cada vez más entender para qué necesitaban al gobierno del Datum y, en consecuencia, qué estaban pagando con sus impuestos, restados principalmente de los pagos por los cargamentos de materia prima que las caravanas de twains transportaban sin tregua hasta la Tierra original. Incluso en ese pueblo limpio y civilizado, lejos de los gabinetes estratégicos de Valhalla, compuestos por personas como el padre de Helen, Jack, había quien reclamaba que se cortaran del todo los lazos con los viejos Estados Unidos.

Al mismo tiempo, después de años de relativo apaciguamiento, Joshua había detectado en sus tratos recientes con el Datum una creciente acritud en el enfoque que el gobierno federal adoptaba con sus nuevas y jóvenes colonias. Allá en Estados Unidos del Datum hasta corría el runrún de que los colonos eran, en cierto modo, unos parásitos, aunque hacía tiempo que se habían liquidado todas sus posesiones residuales en el Datum. Todo ello sin duda estaba relacionado con la campaña de Cowley para la reelección, que se decidiría ese año; después de virar hacia el centro durante su primer asalto a la Casa Blanca —un gesto necesario tras el incidente de Madison, buena parte de cuya población se había salvado de un atentado nuclear cruzando a otros mundos para huir de la zona cero—, varios comentaristas sugerían que en esa segunda campaña estaba reaproximándose a su base de apoyo original, el virulento movimiento anticruce Humanidad Primero. Estados Unidos estaba acostumbrado desde hacía tiempo a sospechar de todos los demás países del planeta, y ahora empezaba a sospechar de sí mismo.

Joshua suspiró mientras contemplaba el cielo soleado por su ventana. ¿Hasta dónde podía llegar aquello? Era de sobra conocido que Cowley estaba formando una especie de brazo militar basado en los twains para desplegarlo en la Tierra Larga. Por externet corrían rumores más siniestros, que quizá fueran desinformación, sobre otras acciones más severas que estaban por llegar.

¿Podría incluso estallar una guerra? La mayoría de las guerras del pasado se habían librado por tierras o por riqueza, de un modo u otro. Dadas las riquezas literalmente interminables de la Tierra Larga, a buen seguro ya no existían razones para la guerra. ¿O sí? A fin de cuentas, había precedentes en los que unos impuestos represivos y otras políticas por parte de un gobierno central habían provocado en sus colonias una agitación independentista…

¿Una «Guerra Larga»?

Joshua observó el twain que seguía flotando misteriosamente sobre el pueblo. Esperando para llevárselo y hacerlo participar una vez más en los asuntos del ancho mundo.

Salió de casa para buscar a Bill Chambers, el secretario y contable que además era el mejor cazador del pueblo, un excelente cocinero y un extraordinario mentiroso, aunque esa última característica arrojaba ciertas sospechas sobre su afirmación de que era heredero lejano del castillo de Blarney en Irlanda.

Bill tenía más o menos la edad de Joshua, y en un tiempo había sido amigo suyo en el Centro, en la medida en que un ermitaño como Joshua había tenido amigos. Hacía unos años había recibido a Bill, cuando se había presentado en Quinto Infierno, con los brazos abiertos. Cuando al regreso de su periplo con Lobsang había descubierto que, muy a su pesar, era una celebridad —a lo que contribuyó que el propio Lobsang y Sally se hubiesen escondido en las sombras, dejándole a él en el candelero—, se había encontrado recurriendo cada vez más a las personas a las que había ...