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LA HERMANDAD DE LA SáBANA SANTA

Julia Navarro

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Fragmento

1

«Abgaro, rey de Edesa, saluda a Jesús, el buen Salvador que ha aparecido en Jerusalén.

Han llegado a mis oídos noticias referentes a ti y a las curaciones que realizas sin necesidad de medicinas ni de hierbas.

Y, según dicen, devuelves la vista a los ciegos, y la facultad de andar a los cojos; limpias a los leprosos, y expulsas espíritus inmundos y demonios; devuelves la salud a los que se encuentran aquejados de largas enfermedades, y resucitas a los muertos.

Al oír, pues, todo esto de ti he dado en pensar una de estas dos cosas: o que tú eres Dios en persona que has bajado del cielo y obras estas cosas, o bien que eres el Hijo de Dios y por eso realizas esos portentos.

Ésta es la causa que me ha impulsado a escribirte, rogándote al propio tiempo te tomes la molestia de venir hasta mí y curar la dolencia que me aqueja.

He oído decir, además, que los judíos murmuran de ti y que pretenden hacerte mal.

Sábete, pues, que mi ciudad es muy pequeña, pero noble, y nos basta para los dos.»*

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* De los Evangelios Apócrifos.

El rey descansó la pluma mientras clavaba la mirada en un hombre joven como él que inmóvil y respetuoso aguardaba en el otro extremo de la estancia.

—¿Estás seguro, Josar?
—Señor, creedme...

El hombre se acercó con paso rápido y se detuvo cerca de la mesa sobre la que escribía Abgaro.

—Te creo, Josar, te creo; eres el amigo más leal que tengo, lo eres desde que éramos niños. Nunca me has fallado, Josar, pero son tales los prodigios que cuentas de ese judío que temo que el deseo de ayudarme haya confundido tus sentidos...

—Señor, debéis creerme, porque sólo los que creen en el Judío se salvan. Mi rey, yo he visto cómo Jesús con sólo rozar con sus dedos los ojos apagados de un ciego recuperaba la vista; he visto cómo un pobre paralítico tocaba el borde de la túnica de Jesús y éste con una mirada dulcísima le instaba a andar y ante el asombro de todos aquel hombre se levantó y sus piernas le llevaban como las vuestras a vos. He visto, mi rey, cómo una pobre leprosa observaba al Nazareno oculta en las sombras de la calle mientras todos la huían y Jesús acercándose a ella decía: «Estás curada», y la mujer, incrédula, gritaba: «¡Estoy sanada! ¡Estoy sanada!». Porque verdaderamente su rostro volvía a ser humano y sus manos antes ocultas aparecían enteras...

»Y he visto con mis propios ojos el mayor de los prodigios cuando seguía yo a Jesús y a sus discípulos y nos tropezamos con el duelo de una familia que lloraba la muerte de un pariente. Entró Jesús en la casa y conminó al hombre muerto a que se levantase y Dios debería de estar en la voz del Nazareno, porque te juro, mi rey, que aquel hombre abrió los ojos, se incorporó y él mismo se asombraba de estar vivo...

—Tienes razón, Josar, he de creer para sanar, quiero creer en ese Jesús de Nazaret, que verdaderamente es hijo de Dios si puede resucitar a los muertos. Pero ¿querrá sanar a un rey que se ha dejado apresar por la concupiscencia?

—Abgaro, Jesús no sólo cura los cuerpos, también sana las almas; asegura que, con el arrepentimiento y el deseo de llevar una vida digna sin volver a pecar, es suficiente para ser perdonado por Dios. Los pecadores encuentran consuelo en el Nazareno...

—Ojalá sea así... Yo mismo no puedo perdonarme mi lujuria hacia Ania. Esa mujer me ha enfermado el cuerpo y el alma...

—¿Cómo ibas a saber, señor, que estaba enferma, que el regalo del rey de Tiro era una trampa? ¿Cómo ibas a sospechar que llevaba la semilla de la enfermedad y te la contagiaría? Ania era la mujer más bella que hayamos visto jamás, cualquier hombre hubiese perdido la cabeza por tenerla...

—Pero yo soy rey, Josar, y no debí perderla por muy bella que fuera la bailarina... Ahora ella pena por su hermosura, porque las huellas de la enfermedad van carcomiendo la blancura de su rostro, y yo, Josar, siento un sudor continuo que no me abandona y la vista se me nubla y temo sobre todo que la enfermedad pudra mi piel y...

Unos pasos sigilosos alertaron a los dos hombres. La mujer, de cuerpo ligero, rostro moreno y cabello negro, se acercaba esbozando una sonrisa.

Josar la admiraba. Sí, admiraba la perfección de sus facciones pequeñas y la sonrisa alegre que siempre tenía presta; admiraba también su fidelidad al rey, y que sus labios no hubieran esbozado ni un reproche al ser preterida por Ania, la bailarina del Cáucaso, la mujer que había contagiado a su marido la terrible enfermedad.

Abgaro no se dejaba tocar por nadie pues temía contagiar a su vez a los demás. Cada vez se mostraba menos en público.

Pero no había podido resistirse ante la voluntad férrea de la reina, que insistía en cuidarle personalmente; y, no sólo eso, también le insuflaba ánimo en el alma para que creyera en el relato que Josar hacía acerca de las maravillas que obraba el Nazareno.

El rey la miró con tristeza.
—Eres tú... Hablaba con Josar del Nazareno. Le llevará una carta invitándole a venir, compartiré con él mi reino.

—Josar debería viajar con escolta para que nada pueda acaecer en el viaje y pueda traer con él al Nazareno...

—Viajaré con tres o cuatro hombres; será suficiente. Los romanos son desconfiados y no les gustaría ver llegar a un grupo de soldados. Tampoco a Jesús. Yo espero, señora, poder cumplir la misión y convencer a Jesús para que me acompañe. Llevaré, eso sí, caballos veloces, que puedan traeros las nuevas en cuanto llegue a Jerusalén.

—Terminaré la carta, Josar... —Saldré al amanecer, mi rey.

2

El fuego empezaba a morder los bancos de los fieles, mientras el humo envolvía en penumbras la nave principal. Cuatro figuras vestidas de negro avanzaban presurosas hacia una capilla lateral. Desde una puerta cercana al altar mayor un hombre se retorcía las manos. El pitido agudo de las sirenas de los bomberos se escuchaba cada vez más cerca. En cuestión de segundos irrumpirían en la catedral, y eso significaría un nuevo fracaso.

Sí, ya estaban aquí; así que presuroso corrió hacia las figuras de negro instándolas a que corrieran hacia él. Una de las figuras continuó avanzando, mientras que las otras, asustadas, retrocedieron ante el fuego que las empezaba a rodear. Se les había acabado el tiempo. El fuego había avanzado más deprisa de lo que habían calculado. La figura que insistía en llegar a la capilla lateral se vio envuelta por las llamas. El fuego le iba prendiendo, pero sacó fuerzas para arrancarse la capucha con que ocultaba el rostro. Las otras intentaron acercarse, pero no pudieron, el fuego lo ocupaba todo y la puerta de la catedral estaba cediendo ante el empuje de los bomberos. A la carrera siguieron al hombre que los esperaba tembloroso junto a una puerta lateral. Huyeron en el mismo segundo en que el agua de las mangueras irrumpía en la catedral, mientras la figura envuelta por el fuego ardía sin emitir sonido alguno.

De lo que no se habían dado cuenta los fugitivos es de que otra figura que se ocultaba entre las sombras de uno de los púlpitos había seguido atentamente cada uno de sus pasos. Llevaba en la mano una pistola con silenciador que no había llegado a disparar.

Cuando los hombres de negro desaparecieron por la puerta lateral, bajó del púlpito, y antes de que los bomberos le pudieran ver accionó un resorte oculto en una pared y desapareció.

* * *

Marco Valoni aspiró el humo del cigarrillo que se mezclaba en su garganta con el humo del incendio. Había salido a respirar mientras los bomberos terminaban de apagar los rescoldos que aún humeaban junto al ala derecha del altar mayor.

La plaza estaba cerrada con vallas y los carabinieri contenían a los curiosos que intentaban saber qué había pasado en la catedral.

A esas horas de la tarde, Turín era un hervidero de gente que quería saber si la Sábana Santa había sufrido algún daño.

Había pedido a los periodistas que acudieron a cubrir el suceso que tranquilizaran a la gente: la Síndone no había sufrido ningún daño.

Lo que no les había dicho es que alguien había muerto entre las llamas. Aún no sabía quién.

Otro incendio. El fuego perseguía a la vieja catedral. Pero él no creía en las casualidades y la de Turín era una catedral donde sucedían demasiados accidentes: intentos de robo y, que él recordara, tres incendios. En uno de ellos, acontecido después de la Gran Guerra, encontraron los cadáveres de dos hombres abrasados por las llamas. La autopsia determinó que ambos tenían alrededor de veinticinco años; que, además del fuego, habían muerto por disparos de pistola. Y por último, un dato espeluznante: no tenían lengua, se la habían extirpado mediante una operación. Pero ¿por qué? ¿Y quiénes les habían disparado? No habían logrado averiguar quiénes eran. Caso sin resolver.

Ni los fieles ni la opinión pública sabían que la Síndone había pasado grandes períodos de tiempo fuera de la catedral en el último siglo. Quizá por eso se había salvado de los efectos de tantos accidentes.

Una caja fuerte de la Banca Nacional había servido de refugio a la Síndone, y de allí sólo había salido para las ostensiones, y siempre bajo estrictas medidas de seguridad. Pero a pesar de dichas medidas de seguridad, en distintas ocasiones la Sábana había corrido peligro, verdadero peligro.

Aún se acordaba del incendio del 12 de abril de 1997. ¡Cómo no lo iba a recordar si aquella madrugada se estaba emborrachando con sus compañeros del Departamento del Arte!

Tenía entonces cincuenta años y acababa de superar una delicada operación de corazón. Dos infartos y una operación a vida o muerte fueron argumentos suficientes para dejarse convencer por Giorgio Marchesi, su cardiólogo y cuñado, de que debía dedicarse al dolce far niente o, como mucho, solicitar un puesto tranquilo, burocrático, de esos en los que pasas el tiempo leyendo el periódico y a media mañana puedes tomarte sin prisas un capuchino, en algún bar cercano.

Pese a las lágrimas de su mujer había optado por lo segundo. Paola insistía en que se retirara; le halagaba diciéndole que ya había llegado a lo más alto en el Departamento del Arte —era su director— y que podía dar por culminada una brillante carrera y dedicarse a disfrutar de la vida. Pero él se resistió. Prefería poder ir todos los días a una oficina, la que fuera, a convertirse con cincuenta años en un trasto jubilado. No obstante, dejaba su cargo de director del Departamento del Arte, y aquella madrugada, pese a las protestas de Paola y de Giorgio, se había ido a cenar y a emborracharse con sus compañeros. Los mismos con los que en los últimos veinte años había compartido catorce, quince horas al día, persiguiendo a las mafias que trafican con obras de arte, descubriendo falsificaciones y protegiendo, en definitiva, el inmenso patrimonio artístico de Italia.

El Departamento del Arte era un órgano especial que depend ...