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LA INCREíBLE HISTORIA DE... EL MAGO DEL BALóN

David Walliams

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Fragmento

1

Nada de abrazos

Dennis era diferente.

Cuando se miraba en el espejo veía a un chico de doce años normal y corriente. Pero se sentía distinto; sus pensamientos estaban llenos de color y poesía, aunque su vida podía llegar a ser muy gris.

La historia que me dispongo a contar empieza aquí, en una casa normal y corriente, en una calle normal y corriente, en un barrio normal y corriente. La casa de Dennis era casi idéntica a todas las demás de su calle. Una tenía cristales dobles; la otra, no. Una tenía su sendero de grava; la otra, un caminito hecho con losas de pizarra. Una tenía un Vauxhall Cavalier aparcado delante, la otra, un Vauxhall Astra. Pequeñas diferencias que en realidad solo servían para subrayar lo mucho que se parecían unas a otras.

Todo era tan corriente y moliente que por fuerza tenía que acabar pasando algo fuera de lo común.

Dennis vivía con su padre —que tenía nombre, pero Dennis nunca lo usaba para referirse a él, así que yo tampoco lo haré— y su hermano mayor, John, de catorce años. A Dennis le fastidiaba bastante que John siempre fuera a llevarle dos años de ventaja, y que siempre fuera a ser más grande y fuerte que él.

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La madre de Dennis se había ido de casa hacía un par de años. Hasta entonces Dennis salía a escondidas de su habitación y se sentaba en lo alto de la escalera. Desde allí oía a sus padres discutiendo a gritos, hasta que un día se acabaron las discusiones.

Su madre se marchó.

Papá prohibió a John y a Dennis que volvieran a mencionarla. Y al poco de que su mujer se fuera, recogió todas las fotos de ella que encontró en la casa y las quemó en una gran hoguera.

Pero Dennis se las arregló para rescatar una.

Una sola foto se salvó de la quema. Subió bailando entre las llamas, impulsada por el calor del fuego, y se alejó flotando entre el humo hasta quedar atrapada en un seto cercano.

imagen

Al anochecer Dennis salió disimuladamente y cogió la foto. Estaba tan chamuscada y ennegrecida por los bordes que nada más verla se le encogió el corazón, pero cuando la volvió hacia la luz comprobó que la imagen seguía tan nítida y brillante como siempre.

En ella se veía una escena de lo más feliz: John y Dennis, unos años más jóvenes, en la playa con su madre, que llevaba puesto un precioso vestido amarillo de flores. A Dennis le encantaba ese vestido, tan lleno de vida y color, tan suave al tacto. Cuando su madre se lo ponía, era señal de que el verano había llegado.

En la calle hacía calor el día que ella se marchó, pero el verano no había vuelto a casa de Dennis desde entonces.

En la foto, su hermano y él iban en bañador, sostenían un cucurucho cada uno y sonreían con la boca toda manchada de helado de vainilla. Dennis guardaba la foto en el bolsillo y todos los días la contemplaba en secreto. En ella su madre estaba guapísima, aunque sonreía sin demasiadas ganas. Dennis se la quedaba mirando durante horas, intentando imaginar en qué estaría pensando en ese instante.

Desde que ella se había ido, su padre apenas despegaba los labios, y cuando lo hacía, era casi siempre para gritar, así que Dennis pasaba muchas horas viendo la tele, y nunca se perdía su programa preferido, Trisha. Había visto un especial dedicado a las personas deprimidas y pensaba que quizá su padre lo estuviera. A Dennis le chiflaba Trisha. Era un programa de entrevistas en el que gente normal y corriente podía ir a hablar de sus problemas o poner de vuelta y media a su familia, y lo presentaba una mujer que, pese a su aspecto dulce y amable, era de armas tomar. Se llamaba..., a ver si lo adivináis: Trisha.

Durante un tiempo, Dennis pensó que la vida sin su madre sería como una aventura. Podía quedarse despierto hasta las tantas, alimentarse con comida para llevar y ver programas de humor grosero. Sin embargo, a medida que los días fueron dando paso a las semanas, y las semanas a los meses, y los meses a los años, se dio cuenta de que su vida no era ninguna aventura.

Era sencillamente triste.

Dennis y John se querían el uno al otro como suelen quererse los hermanos: como si no les quedara más remedio que hacerlo. Pero John ponía a prueba es ...