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LA INSóLITA PASIóN DEL VENDEDOR DE LENCERíA

Asako Hiruta

5


Fragmento

Cien años de acritud

Una vez oyó decir que, que si te acuestas sin desmaquillarte, la piel de la cara sufre tanto como si no te la hubieras lavado en un mes. Y el otro día, sin ir más lejos, leyó en internet un rocambolesco artículo en el que se explicaba que en una sola noche la piel del rostro podía envejecer un año. No, más de diez. Vamos, que según aquella teoría, su piel ya debía haber envejecido al menos quinientos años.

En eso estaba pensando Satsuko Kunieda mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color. Entreabrió los labios y suspiró. La noche anterior cayó desplomada en la cama, y no solo no se había desmaquillado antes, sino que tampoco se había quitado el traje ni las medias. Ni siquiera se había desabrochado el sujetador.

También había oído decir en ocasiones que había un «momento dorado» para la piel, concretamente entre las diez de la noche y las dos de la mañana. Por lo visto, si duermes durante esas horas, las hormonas del crecimiento se activan y actúan exfoliando las células muertas y aportando nutrientes a tutiplén. O al menos eso decían. Pues bien, la noche anterior, en aquella franja horaria, Satsuko había estado en una cena de empresa, lidiando con un joven colega borracho y llorón, y con un jefe que se empeñaba en desnudarse en un bar. Les había dejado de camino al segundo bar y había vuelto a la oficina, donde se encargó de transmitir al departamento de diseño las indicaciones que acababan de recibir del dueño de un local de máquinas de pachinko, de enviar correos electrónicos con distintos presupuestos y de dejar preparados los dosieres que necesitarían para la reunión del día siguiente. Cuando por fin consiguió irse a casa, eran más de las tres de la madrugada. El momento dorado se había esfumado.

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Satsuko no pudo reprimir un bostezo mientras se rascaba la barbilla. Notó un pelillo y se lo arrancó de un tirón. El dolor le subió hasta la mejilla. No dejaban de crecerle pelillos alrededor de la boca. ¿No decían que eso era una prueba de que el equilibrio entre mente y cuerpo estaba hecho añicos?

El semáforo cambió de color y los zapatos planos de Satsuko resonaron contra el asfalto. Satsuko se desvió de repente para no chocar con una mujer que cruzaba en sentido contrario, mientras le pedía perdón con un rápido movimiento de la cabeza. Satsuko sonrió. Para estar echa un asco, todavía tenía buenos reflejos. En ese instante, notó una sensación extraña en el pecho: su piel estaba en contacto directo con la blusa.

«Ay», exclamó, parándose de golpe en medio de la calle.

Un hombre que esperaba su turno para cruzar se quedó un momento mirándola sin demasiado interés. Algo avergonzada, Satsuko bajó la vista hacia su pecho. El bullicio que la rodeaba pareció apagarse. Ese era el origen de la extraña sensación: se le había olvidado ponerse el sujetador.

Cuando se había dejado caer a plomo en la cama la noche anterior su intención era descansar unos minutos, pero al abrir los ojos ya era de día. Se había duchado y vestido a toda prisa, limitándose a maquillarse con un poco de polvos, rímel y pintalabios, antes de salir disparada con el pelo aún mojado. La reunión de la oficina empezaba a las ocho y media, y en cuanto terminara, en su mesa le esperaba una montaña de trabajo para ayer. No había tenido tiempo de pensar en la presencia, o más bien la ausencia, de sujetador. Y a la hora de la comida se había contentado con aplastar y engullir un par de bollos dulces del supermercado, mientras redactaba un mensaje de disculpa.

Tiempo atrás, lo único que tenían que hacer era firmar un contrato con alguna cadena de televisión importante, producir los anuncios y enviárselos para que los emitieran. No hacía falta nada más, el dinero entraba solo. Por desgracia, aquella época ha­bía pasado. Ya nadie se creía la imagen acaramelada y perfecta de los anuncios clásicos. Ahora había que combinar las filigranas con la simpleza si no querías encontrarte un buen día con que la empresa había perdido por completo su prestigio. Sobre todo si resulta que su reputación nunca había sido demasiado buena.

En aquel preciso momento, Satsuko iba de camino a la agencia de viajes Lirio del Valle para cerrar un trato. Un trabajo rutinario y centrado en los detalles formales de no haber sido porque la señora Akiyoshi, la encargada de relaciones públicas de esa empresa, más que una mujer parecía una bomba de relojería. Estar en su presencia era como oír un tictac incesante, pero lo peor era que nunca sabías si para evitar la explosión debías cortar el cable azul o el rojo. Si te equivocabas, seguro que la onda expansiva se te llevaba por delante. Con el tiempo, los encargados de la cuenta de Viajes Lirio del Valle de su departamento comercial se habían convertido en artificieros experimentados.

Apretó el paso sin dejar de darle vueltas a la cabeza: si no se quitaba la chaqueta, nadie notaría que no llevaba sujetador. El problema era que iba a encontrarse con una persona difícil y no podía arriesgarse a ganarse su antipatía. Una vez, el anterior encargado de aquella cuenta había cometido el error de acudir dos días seguidos a una reunión con la misma corbata. Cuando la señora Akiyoshi notó que estaba resacoso y, tras sonsacarle que había dormido en casa de su novia, le espetó que su comportamiento le parecía «una muestra de dejadez y poca seriedad», y confió el trabajo a otra empresa. Pensándolo bien, presentarse sin sujetador delante de una mujer así era como colocarse con un encendedor al lado de la mecha de una bomba, y la probabilidad de que la señora Akiyoshi explotara era demasiado alta. Satsuko no creía que ir sin sujetador fuera una señal de dejadez o de poca seriedad, pero tenía que admitir que tampoco indicaba precisamente lo contrario. Aunque no le importaba llevarse una reprimenda a título personal, no quería que el incidente pudiera influir en el contrato que estaban a punto de firmar.

Sin dejar de caminar, se puso a mirar los letreros de las tiendas de alrededor. Si no recordaba mal, por allí cerca había una lencería. A cada paso notaba cómo se le levantaba el borde de su cu­lotte. Tal vez debido a que el pantalón del traje empezaba a apretarle demasiado. Dado el pánico que le inspiraba la báscula, hacía tiempo que no se pesaba, pero aun así no podía ignorar que estaba engordando. Con cara de circunstancias y tratando de fingir que simplemente le picaba el trasero, Satsuko intentó tirar de la goma hacia abajo hasta recolocarla en el sitio. Solo después de hacerlo cayó en la cuenta de que rascarse el culo en público no era un comportamiento menos humillante que ponerse bien las bragas. Por suerte, nada más levantar la vista, se encontró con el rótulo que buscaba:

TOUJOURS ENSEMBLE. LENCERÍA SELECTA
EN EL SÓTANO DE ESTE MISMO EDIFICIO →

Echó un vistazo a la fachada del bloque en cuestión. Estaba bastante sucia y plagada de grietas y desconchones pintados de colores diferentes. ¿Seguro que un edificio tan viejo y destartalado albergaba una tienda de lencería? ¿Y en el sótano, nada menos? ¿No sería una especie de sexshop especializada en ropa para juegos eróticos? ¿Y si fuera la trampa de unos secuestradores y una vez dentro no pudiera escapar, a menos que pagara una elevada suma que la dejaría más pobre que las ratas?

En fin, si le parecía que el ambiente era peligroso, solo tenía que salir corriendo y marcharse por donde había llegado. Haciendo de tripas corazón, se tragó sus miedos y penetró en el oscuro bloque. Se fijó en el listado de tiendas del plano del sótano: Oficina de diseño Mitarai, Compañía de tratamiento de Desechos André, Salón de mah-jong Tetsu, Adivinación El Silbido de la Bruja, Boutique para drag queens La Señora del Bigote y, finalmente, Toujours Ensemble.

Nada más bajar las escaleras, que apestaban a moho, se topó con el cartel de la tienda: un panel enmarcado de estilo antiguo restaurado y pintado de color verde menta. Un arreglo floral de pequeñas hortensias de tonos claros, agrupadas en ramilletes redondeados y atados por lazos de satén, aportaba un toque primaveral al conjunto. Satsuko, que ya se había hecho una idea de la tienda a juzgar por el lúgubre interior del edificio, se sintió algo confundida ante aquel ambiente acogedor y femenino.

Al abrir la puerta, entró a un espacio limpio decorado con una combinación de tonos marfil y verde menta. Los ojos de Satsuko recorrieron los expositores repletos de piezas de lencería de todos los colores imaginables. Se acercó a una mesita de patas talladas y alargó la mano para tocar el género expuesto en ella.

Sujetadores triangulares de algodón que la hacían pensar en jovencitas parisinas. Preciosos tangas con bordados de plumas de pavo sobre suave gasa color marfil. Camisolas en tonos vivos que daban alegría solo con mirarlos. Ligueros de estilo clásico, idénticos a los que llevaban las estrellas del cine en blanco y negro. Azules turquesa que atraían la vista, ligeros matices verde hierba, lánguidos rosas grisáceos, prendas de seda oscura como la noche, pétalos de flores artificiales, brillantes lentejuelas, organdíes con caída, sedosos satenes que acariciaban la yema de sus dedos.

Se sintió abrumada ante semejante despliegue de prendas delicadas, tan hermosas que habrían dejado sin respiración a cualquiera que admirara la ropa interior. Tanteando, logró alcanzar la etiqueta de uno de los sujetadores y dio un respingo, sobresaltada al ver su precio. Por suerte, la etiqueta del que quedaba justo al lado indicaba cinco mil yenes, una cifra considerablemente más razonable.

—¿Busca un sujetador? —preguntó una voz masculina a sus espaldas.

¿Un hombre? Sorprendida, se volvió y se encontró con un hombre joven y alto, que se inclinaba levemente hacia ella, con el brazo sobre el pecho y la cabeza un poco inclinada ladeada en actitud servicial. Mantenía las piernas abiertas en un ángulo de treinta y cinco grados. Podría haber dado el pego como modelo de revista de moda.

—Eh… Sí… —respondió ella, algo azorada. ¿Qué hacía un hombre a cargo de una tienda de lencería femenina?

—Como es la primera vez que nos visita, debería empezar por tomarle las medidas. Por favor, pase al probador.

¿Aquel chico iba a tomarle las medidas? ¿En serio? Imposible, ¿dónde se había visto nada igual? Satsuko le lanzó una mirada llena de desconfianza.

—¿Seguro que trabaja usted aquí? No habrá matado a la verdadera dueña y ocupado su lugar para asaltar a mujeres indefensas, ¿verdad? ¿Quién me dice a mí que si abro la puerta del almacén no me encontraré con una montaña de cadáveres apilados? De hecho, creo que ya noto cierto olor a podrido.

—Me temo que el culpable es el sándwich de caballa que me he comido para almorzar.

¿Un sándwich de caballa?

—Me llamo Yô Isaji y le aseguro que soy el especialista de la tienda —insistió él, haciendo una reverencia mientras entregaba su tarjeta de presentación a Satsuko, que la aceptó con cierta reticencia y leyó:

TOUJOURS ENSEMBLE
BOUTIQUE DE LENCERÍA SELECTA
YÔ ISAJI, ESPECIALISTA EN LENCERÍA

Satsuko no acababa de creerse que hubiera hombres especializados en tomar las medidas de las mujeres. Para lencería, nada menos. Sin terminar de fiarse del todo, alzó la vista de nuevo hacia Isaji, aprovechando para repasarlo de arriba abajo. Parecía bastante más joven que ella, no le echaba más de veinticinco años. Era esbelto y de piel pálida; en su rostro destacaban unas aparatosas gafas negras estilo retro. Vestía unos pantalones de traje también de ese color a rayas muy finas y un chaleco de la misma tela. Completaban el atuendo una camisa blanca de manga larga y una pajarita. Era la primera vez también que Satsuko veía a alguien con pajarita. Entre la ropa, sus modales exquisitos y la postura perfecta, tuvo la sensación de estar ante alguien que interpretaba a un mayordomo.

—Verá, es que tengo un poco de prisa, así que solo necesito que me cobre. Sé muy bien qué talla uso.

—¿Puedo preguntarle cuándo la midieron por última vez?

—¿Cuándo? Pues… creo que cuando iba al instituto. —Satsuko calculó por encima, pero debía de haber sido por entonces, pues en aquella época había empezado a comprarse ella misma su ropa interior.

—¿En el instituto? Perdone mi impertinencia, pero ¿cuántos años tiene?

—No sabía que su especialidad incluyera preguntar la edad a las clientas. Aunque tampoco es ningún secreto. Treinta y dos años.

—Entonces, la última vez que le tomaron las medidas fue hace al menos quince. En esta tienda recomiendo a las clientas que se midan como mínimo una vez cada dos meses —replicó él, sacándose una cinta métrica del bolsillo—. Adelante, pase al probador, será solo un momento.

Levemente inclinado, Isaji manejaba el metro como si fuera un látigo: lo extendía de un lado a otro con presteza y el chasquido de la cinta al tensarse resonaba en todo el local.

Medio hipnotizada por el sonido y los enérgicos movimientos del dependiente, Satsuko se dejó llevar hasta el probador. ¿Qué más daba? Después de todo, no volvería a ver a aquel hombre en su vida y desde luego ya no tenía edad para ruborizarse por cosas así. Decidida a acabar con el asunto cuanto antes, se quitó la chaqueta del traje y se desabrochó la blusa.

—Zapatos de Tory Burch, bolso de Oro Bianco, collar y pendientes de diamantes. Si elige sus accesorios con tanto esmero y gusto, ¿por qué no dedica una atención similar a su ropa interior? —preguntó Isaji con voz cantarina, mientras se metía en el probador sin pedir permiso.

—Ni siquiera ha visto qué clase de ropa interior uso, ¿cómo puede afirmar con tanta seguridad que no me interesa? —protestó ella cubriéndose el pecho rápidamente con la blusa.

—Lo sé con solo mirarla, ni siquiera necesito que se desnude para confirmarlo —replicó el joven con vehemencia.

Satsuko se mordió el labio.

La verdad es que estaba en lo cierto: nunca había prestado demasiada atención a sus prendas íntimas. Para ella, la lencería de alta costura era algo tan misterioso y desconocido como el yeti, los duendes de agua japoneses o ese hombre polilla que decían que habían visto al oeste de Virginia. Para ser sinceros, conocía una de las marcas más famosas, la italiana La Bella, aunque solo de nombre, pues nunca había visto lo que fabricaban. Satsuko relacionaba la lencería con el tipo de mujer superficial y frívola que proliferaba en la época de la burbuja económica. No había lugar para esos caprichos en el mundo frío y cruel de la mujer japonesa trabajadora. Ella se conformaba con comprar en internet los conjuntos de bragas y sujetador que vendían por tres mil yenes.

Después de tomarle las medidas de la espalda, el hombre se colocó delante de Satsuko.

—Ponga la espalda recta, por favor. No se preocupe, piense que es como si la examinara su médico.

—El médico no toca justo ahí.

—Pero la sensación es parecida. En ambos casos necesita que un especialista se ocupe de su cuerpo.

Con gesto seguro, Isaji puso las manos sobre la piel de Satsuko. Las puntas de su flequillo recto se movieron como una delicada cortina; algunos cabellos cayeron sobre sus gafas, ocultando por unos segundos la mirada inquisitiva de sus ojos almendrados. Apretaba sus finos labios en un gesto de concentración absoluta, como un ingeniero que ajustara los engranajes de un delicado mecanismo.

Satsuko, algo turbada por las circunstancias, pensó en lo extraño que era que las manos de un desconocido recorrieran de aquella manera su piel desnuda; y es que hacía muchos años que nadie le acariciaba los senos. Sintió que se ruborizaba y un intenso calor por todo su cuerpo que la hizo sudar, a pesar de que en el probador el aire era fresco. Rodeada por tres espejos, no sabía hacia dónde mirar, ya que su imagen la perseguía desde todos los ángulos. Algo agobiada, cerró los ojos con fuerza y dio un paso atrás para alejarse de las manos invasoras. Solo entonces suspiró aliviada.

—Duerme sobre el lado derecho, hacia abajo. Y tiene la costumbre de encoger las rodillas —murmuró Isaji.

¿Cómo?

Satsuko levantó la vista y escrutó el rostro del joven.

—No aguanta más de tres meses seguidos en el gimnasio —continuó el dependiente, esta vez con el ceño fruncido—. Ha tenido problemas de cervicales desde la adolescencia. Sus menstruaciones son irregulares. Su alimentación se basa en fideos precocinados y cerveza. Siempre cena tarde. —Frase tras frase, Isaji iba enumerando detalles de la vida de Satsuko como si estuviera leyéndolos en una historia médica, mientras a ella se le ponía la piel de gallina—. Pesa unos cinco kilos más que cuando era veinteañera —siguió, implacable—. Hace al menos dos años que no mantiene relaciones sexuales.

Satsuko lo observaba paralizada por la sorpresa. ¿Quién era aquel hombre? ¿Acaso se había metido en la tienda de adivinación por error? ¿O es que aquel tipo sabía leer la mente?

—He acertado unas cuantas, ¿verdad? —preguntó Isaji, dirigiéndose finalmente a su fascinada clienta. Su expresión de rígida concentración había dado paso a otra mucho más relajada y accesible.

Sin saber cómo reaccionar, Satsuko soltó una risita nerviosa.

—Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero las ha acertado todas.

—Lo suponía. El cuerpo nunca miente.

—Eso dicen todos los pervertidos.

—Bien. Ahora empieza lo más importante —declaró el dependiente, fingiendo no haberla oído y colocándose muy erguido frente a ella, igual que un profesor que fuera a regañar a su alumno—. Cierre los ojos e imagine el tipo de pecho que le gustaría tener.

—¿En qué sentido?

—Si le gustaría que sus pechos destacaran por el volumen, por ser más firmes, más elegantes, más redondeados o por tener los pezones más respingones…

A pesar de estar medio desnuda en compañía de un hombre que no dejaba de hablar de sus pechos, Satsuko no se sentía incómoda en absoluto.

—En realidad, me gustaría tener todo eso y más —susurró en tono soñador.

—El que pide demasiado acaba sin nada. Necesita un objetivo más claro. Veamos, ¿suele llevar blusas como esta todos los días?

—Más o menos, es lo que me pongo para ir a trabajar.

—Entonces un busto firme es lo que mejor le va a este tipo de prenda.

A Satsuko nunca se le hubiera ocurrido elegir la forma de sus pechos para que armonizaran con la ropa. Creía que lo único importante era crear la ilusión de tamaño para que no pareciera que tenía tan poco. Y la única táctica que conocía era aplastarlos hacia el centro para que dieran el pego con determinados escotes.

—Espere un momento —dijo Isaji y salió del probador. —Al cabo de un par de minutos, reapareció—. Lo normal sería que usted misma eligiera el modelo que más le interesa, pero, si no he entendido mal, tiene algo de prisa.

Le había llevado un sujetador sencillo pero bonito, azul marino con pespuntes de un rosa coral. Aquella combinación de colores vivos era como una aventura para Satsuko, ella, que siempre utilizaba tonos pasteles, rosa bebé, azules cielo, amarillos desvaídos. En suma, todo lo que no resultara llamativo.

Cogió el sujetador que le ofrecía el dependiente y lo observó un momento. Entre las copas había un pequeño lazo rematado con unos volantitos de encaje. Parecía cómodo y funcional, con el punto justo de seriedad acorde con una mujer adulta. También era sexy, aunque no en el sentido que gustaba a los hombres. Es decir, no era el modelo que te comprabas con la intención de lucirlo a fin de incitar a alguien, sino más bien para sentirte guapa.

—Colóquese los tirantes sobre los hombros y ajuste bien las copas sobre sus pechos con las manos —indicó Isaji.

Satsuko obedeció, colocado la suave tela sobre sus senos.

—Ahora estire el cuello, levante los tirantes hacia atrás sobre los hombros y coloque bien cada pecho dentro de su copa. Luego, antes de abrochar el cierre trasero, asegúrese de que la parte inferior queda justo a la altura de la línea del busto. Ahora tire de cada aro hacia atrás hasta que haya metido todo el pecho dentro. Si nota que le molesta contra el brazo, levántelo un poco desde la axila hacia la cabeza.

Normalmente, Satsuko no tardaba ni cinco segundos en ponerse un sujetador. Jamás había pensado que un gesto tan sencillo pudiera transformarse en un ritual tan elaborado. Mientras Isaji continuaba con sus indicaciones, estuvo a punto de interrumpirlo un par de veces para recordarle que tenía prisa, pero al final optó por callarse.

—Con permiso, voy a regularle los tirantes. Deben quedar ajustados, aunque sin apretar, que pueda meter un par de dedos entre la piel y el tirante. Con unos hombros como los suyos, debería escogerlos ligeramente inclinados hacia dentro si no quiere pasarse el día subiéndoselos. Este es el ajuste final, y listo.

Por fin, las manos de Isaji se apartaron de Satsuko, que levantó la cabeza con un gesto rápido, dispuesta a pagar y salir de aquella tienda inmediatamente... Pero al verse en el espejo, enmudeció. Leves jadeos escapaban de sus labios entreabiertos mientras observaba con ojos brillantes su imagen reflejada. El pecho de la mujer del espejo no podía ser el suyo, pues nunca lo había tenido tan alto ni tan grande. Es más, los pequeños michelines que ella había atribuido con resignación a su aumento de peso habían quedado disimulados por completo recogidos en la prenda.

—¿Qué talla es esta? —preguntó cuando recobró la voz.

—Una setenta D.

—¿D? Pero si llevo toda la vida usando una copa B, ¿desde cuándo me he convertido en D? —repuso sorprendida, alzando el tono sin querer.

—La talla no deja de ser una simple orientación, que no la confunda. Las tallas pueden variar mucho dependiendo del fabricante y el estilo de la prenda. Además, cada cuerpo tiene una estructura ósea y una musculatura diferentes, por eso es importante elegir lo que nos queda mejor en lugar de una talla que «nos corresponde».

Satsuko no acababa de creérselo. Sobre todo lo de usar una copa D cuando desde la pubertad no había dejado de suspirar por llegar al menos al volumen de una C.

—Ya verá el efecto cuando se vista, le aseguro que se sorprenderá. No puede saber si una pieza de lencería es la adecuada para usted hasta que está vestida del todo.

Fascinada, Satsuko se apresuró en abotonarse la blusa antes de volver a contemplarse en el espejo. Lo que vio le gustó. Siempre había pensado que los pechos eran grandes o pequeños, sexys o discretos, una cosa o la otra. Su idea de un pecho perfecto eran unos senos redondos, firm ...