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LA INVASIóN DEL TEARLING (LA REINA DEL TEARLING 2)

Erika Johansen

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Fragmento

1

Hall

La Segunda Invasión Mort contaba con todos los ingredientes para convertirse en una masacre. Por una parte estaba el ejército mort, infinitamente superior, armado con las mejores armas disponibles en el Nuevo Mundo y dirigido por un hombre que no se detenía ante nada. Por otra estaba el ejército tear, cuatro veces más pequeño y con armas de hierro de forja barata que se rompían con el impacto del acero, de más calidad. El desequilibrio entre uno y otro solo podía calificarse de catastrófico. El Tearling parecía condenado al desastre.

El Tearling como nación militar,

CALLOW EL MÁRTIR

El amanecer se extendió rápidamente por la frontera mort. Solo se veía una neblinosa franja azul sobre el horizonte y, de pronto, surgieron unos rayos intensos que ascendían por el oriente de Mortmesne. El reflejo luminoso se extendió por el lago Karczmar hasta que la superficie quedó reducida a una destellante plancha de fuego, un efecto que solo se interrumpía cuando una suave brisa acariciaba las orillas y se formaban olas en la superficie.

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En aquella región, la frontera mort era un asunto delicado. Nadie sabía a ciencia cierta dónde estaba trazada la línea divisoria. Los mort afirmaban que el lago se hallaba en territorio mort, pero los tear reclamaban las aguas como propias en virtud de que había sido un célebre explorador tear llamado Martin Karczmar quien había descubierto el lago. Karczmar llevaba cerca de tres siglos enterrado, pero el Tearling nunca había renunciado del todo a sus reivindicaciones sobre el lago. Las aguas en sí tenían escaso valor, pues abundaban en ellas peces depredadores no comestibles; sin embargo, el lago era un enclave importante, el único elemento geográfico destacado en varios kilómetros hacia el norte y hacia el sur de la frontera. Ambos reinos llevaban tiempo ansiosos por restablecer sus derechos de forma definitiva. Años atrás había habido alguna tentativa de negociar un tratado que regulara el conflicto, pero no se había conseguido nada. En las orillas oriental y meridional del lago, el terreno cenagoso de las salinas se extendía hacia el este a lo largo de varios kilómetros de llanura, hasta llegar a un bosque de pinos mort. En la orilla occidental del lago Karczmar, en cambio, las salinas solo se prolongaban unos metros, y entonces el terreno ascendía bruscamente y formaba los Montes Fronterizos, con empinadas laderas recubiertas de una gruesa capa de pinos. Los árboles envolvían los cerros por completo, descendían por la otra ladera hasta el Tearling y ocupaban el norte de la llanura del Almont.

Si bien en las empinadas laderas orientales de los Montes Fronterizos los bosques estaban deshabitados, las cimas y las laderas occidentales estaban salpicadas de pequeñas aldeas tear. Esas aldeas se abastecían, ocasionalmente, en el Almont, pero sobre todo criaban ganado —ovejas y cabras— y comerciaban con lana, leche y carne de ovino, casi siempre entre ellas. En ocasiones juntaban sus recursos y enviaban un cargamento muy bien custodiado a Nueva Londres, donde los artículos —la lana, especialmente— se pagaban mejor, y no mediante trueque, sino en efectivo. Las aldeas estaban diseminadas por la ladera: Woodend, Idyllwild, Devin’s Slope, Griffen... Eran blancos fáciles, pues sus habitantes estaban equipados con armas de madera y se resistían a abandonar a sus animales.

El coronel Hall no entendía cómo podías amar tanto un trozo de tierra y, al mismo tiempo, agradecer al Gran Dios que el destino te hubiera alejado de él. Hall era hijo de un ovejero y se había criado en la aldea de Idyllwild, y el olor que dominaba en aquellas aldeas —a lana húmeda, recubierta con una buena capa de estiércol— estaba tan grabado en su memoria que lo percibía incluso en ese momento, pese a que la aldea más cercana estaba en el lado occidental de los Montes Fronterizos, a varios kilómetros de distancia y fuera del alcance de la vista.

La suerte había alejado a Hall de Idyllwild, y no la buena suerte, sino esa suerte ambigua que ofrecía con una mano mientras apuñalaba con la otra. La aldea estaba demasiado al norte para haber sufrido mucho con la primera invasión mort; una noche, un grupo de atracadores se había llevado unas cuantas ovejas de un prado que no estaba vigilado, pero nada más. Cuando se firmó el Tratado Mort, Idyllwild y las aldeas vecinas celebraron una fiesta. Hall y su hermano gemelo, Simon, se habían emborrachado a base de bien y habían despertado en una pocilga de Devin’s Slope. Su padre dijo que su aldea había salido bien parada, y Hall compartía su opinión, hasta que, ocho meses más tarde, salió el nombre de Simon en la segunda lotería pública.

Hall y Simon, que tenían quince años, ya eran hombres hechos y derechos según los patrones de la frontera, pero sus padres parecían haberlo olvidado. En las semanas posteriores al anuncio, la madre se afanó en preparar las comidas preferidas de Simon, y el padre los exoneró a ambos del trabajo. Hacia finales de mes emprendieron el viaje a Nueva Londres, como tantas familias habían hecho antes que ellos; el padre iba sollozando en la delantera del carro, la madre, seria y callada, y Hall y Simon se esforzaban por aparentar un buen estado de ánimo.

Los padres no quisieron que Hall presenciara la remesa. Lo dejaron en un pub del Gran Bulevar, con tres libras e instrucciones de quedarse allí hasta que ellos regresaran. Pero Hall, que no era ningún crío, salió del pub y los siguió hasta el Parque de la Torre. El padre se derrumbó al poco de partir la remesa, y la madre tuvo que intentar reanimarlo, de modo que al final Hall fue el único que vio partir la caravana, el único que vio perderse a Simon en la ciudad y desaparecer de sus vidas para siempre.

Aquella noche la familia se quedó en Nueva Londres, en una de las posadas más sucias que podían encontrarse en las Tripas. El hedor insoportable que imperaba allí acabó por obligar a Hall a salir afuera; el joven deambuló por las Tripas y buscó un caballo que robar, decidido a seguir la caravana de jaulas hasta la Calzada Mort y liberar a Simon o morir en el intento. Encontró un caballo atado fuera de un pub, y cuando estaba deshaciendo el nudo, una mano se posó sobre su hombro.

—¡Eh, tú, rata de campo! ¿Se puede saber qué haces?

Era un tipo corpulento, más alto que el padre de Hall, e iba protegido con armadura y fuertemente armado. Hall pensó que había llegado su hora, y en parte se alegró.

—Necesito un caballo —dijo.

El hombre lo miró con sagacidad.

—¿Tienes a alguien en la remesa?

—No es asunto suyo.

—Ya lo creo que es asunto mío. Es mi caballo.

Hall desenvainó su cuchillo. Era un cuchillo de esquilar, pero confió en que el desconocido no lo supiera.

—No tengo tiempo para discutir. Necesito su caballo.

—Guarda eso, chico, y no hagas tonterías. La remesa lleva una escolta de ocho cadén. Estoy seguro de que habrás oído hablar de los cadén, aunque vivas en un pueblo de mierda. Cualquier cadén podría partir tu ridículo cuchillo con los dientes.

El desconocido hizo ademán de agarrar la brida del caballo, pero Hall levantó un poco más el cuchillo y le cerró el paso.

—Siento tener que robar, pero no me queda otro remedio. Necesito marcharme.

El desconocido lo miró largo rato, tratando de formarse un juicio sobre él.

—Tienes huevos, chico, eso hay que reconocerlo. ¿Eres granjero?

—Soy pastor.

El desconocido siguió observándolo un momento más, y entonces dijo:

—Está bien, chico. Vamos a hacer una cosa. Te voy a prestar mi caballo. Se llama Favor, curiosamente. Te vas con él a la Calzada Mort y echas un vistazo a la remesa. Si tienes dos dedos de frente, te darás cuenta de que la tuya es una batalla perdida, y entonces tienes dos opciones. Puedes morir inútilmente, y no conseguir nada. O dar media vuelta y dirigirte a los barracones de los Pozos para que hablemos de tu futuro.

—¿Qué futuro?

—Tu futuro como soldado, chico. A menos que quieras pasarte el resto de la vida oliendo a mierda de oveja.

Hall lo miró con recelo y se preguntó si le estaría tendiendo una trampa.

—¿Y si me llevo su caballo y no vuelvo?

—No lo harás. Tienes sentido de la responsabilidad, o no estarías cometiendo esta estupidez. Además, yo tengo a mi disposición todos los caballos que quiera, en caso de que necesite salir a buscarte.

El desconocido se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del pub, y Hall se quedó junto al poste de amarrar caballos.

—¿Quién es usted? —gritó Hall.

—El comandante Bermond, del Frente Derecho. Date prisa, chico. Y si le pasa algo a mi caballo, pagarás con tu sucio pellejo.

Tras una larga noche cabalgando, Hall alcanzó la remesa y comprobó que Bermond tenía razón: era una auténtica fortaleza. Varios soldados rodeaban cada una de las jaulas, y entre sus formaciones se distinguían las capas de los cadén. Hall no llevaba espada, pero no era tan necio como para pensar que de haberla tenido le hubiera servido de algo. Ni siquiera pudo acercarse lo suficiente para localizar a Simon; cuando lo intentó, un cadén disparó una flecha que fue a parar a menos de un palmo de él. Era tal como el comandante lo había descrito.

Aun así, se planteó cargar contra la remesa y poner fin a todo, al terrible futuro que ya había intuido en el viaje a Nueva Londres, un futuro en el que sus padres lo mirarían a él y solo verían al ausente Simon. El rostro de Hall no los consolaría: solo sería un terrible recordatorio. Agarró fuertemente las riendas, preparado para cargar, y de pronto sucedió algo que nunca sería capaz de explicar: vio a Simon entre la masa de apretujados prisioneros de la sexta jaula. Parecía imposible que lo hubiera visto desde tan lejos, pero no cabía duda: era la cara de su hermano, idéntica a la suya. Si continuaba hacia su muerte, no quedaría nada de Simon, nada que sirviera siquiera para recordarlo. Y entonces comprendió que aquello no tenía nada que ver con Simon, sino con su propio sentimiento de culpa, su propio dolor. El egoísmo y la autodestrucción cabalgaban de la mano, como solían hacer.

Dio media vuelta, regresó a Nueva Londres y se alistó en el ejército tear. El comandante Bermond le dio su respaldo, y, aunque Bermond nunca lo admitió, Hall sospechaba que el comandante debía de haber hablado con alguien en privado, pues, durante los años que pasó en la infantería como soldado raso, jamás le tocó custodiar la remesa. Todos los meses enviaba a casa una parte de su paga, y en las pocas ocasiones en que viajaba a Idyllwild, siempre le sorprendía que sus padres se mostraran bruscos pero orgullosos de su hijo soldado. Ascendió deprisa, y a los treinta y un años ya era segundo del comandante. No era un trabajo gratificante: durante la Regencia, la vida de un soldado consistía en interrumpir peleas y perseguir a pequeños delincuentes. No había ninguna gloria en ello. Esto, en cambio...

—Señor.

Hall levantó la cabeza y vio al teniente coronel Blaser, su número dos. Blaser tenía la cara manchada de hollín.

—¿Qué pasa?

—La señal del comandante Caffrey, señor. Listo para recibir sus órdenes.

—Unos minutos más.

Estaban sentados en un nido de pájaros, en la ladera oriental de los Montes Fronterizos. El batallón de Hall ya llevaba varias semanas allí, trabajando sin descanso y viendo cómo la oscura masa avanzaba por la llanura mort. El gran tamaño del ejército mort entorpecía su propio avance, pero había llegado, y el campamento ya ocupaba las orillas meridionales del lago Karczmar, una negra ciudad que se extendía hacia el horizonte.

Con su catalejo, Hall solo consiguió distinguir a cuatro centinelas, muy separados unos de otros, apostados a lo largo del borde occidental del campamento mort. Iban vestidos de modo que se confundieran con la superficie oscura y cenagosa de las salinas, pero Hall conocía bien las orillas de aquel lago, y no le costó detectarlos en cuanto hubo un poco de luz. Dos de ellos ni siquiera patrullaban; se habían quedado dormidos en sus puestos. Era lógico que los mort estuvieran tranquilos. Según los informes de Maza, el ejército mort lo componían más de veinte mil soldados, y sus espadas y armaduras eran de hierro de buena calidad, con piezas de acero. El ejército tear, en cambio, era débil en todos los sentidos. Bermond tenía parte de culpa. Hall adoraba a aquel anciano como a un padre, pero Bermond se había acostumbrado a los tiempos de paz. Recorría el Tearling como un labrador que inspecciona sus tierras, y no como un soldado que se prepara para entrar en combate. El ejército tear no estaba preparado para la guerra, y ahora la guerra se les echaba encima.

Hall volvió a centrar la atención, como había hecho tantas veces esa semana, en los cañones, colocados en una zona fuertemente fortificada justo en el centro del campamento mort. Hall no había creído a la reina hasta que los había visto con sus propios ojos, pese a no poner en duda que ella hubiera tenido algún tipo de visión. Sin embargo ahora, a medida que por el este empezaba a clarear, la luz hacía destellar aquellos monstruos de hierro y realzaba sus formas lisas y cilíndricas, y Hall notó que la rabia le retorcía las entrañas. Se sentía perfectamente cómodo blandiendo una espada, pero la espada era un arma muy limitada. Los mort estaban modificando las reglas de la guerra tal como Hall siempre las había conocido.

—Muy bien —murmuró, y se guardó el catalejo sin darse cuenta de que hablaba en voz baja—. Nosotros también.

Bajó del nido por la escalerilla, y Blaser hizo otro tanto; ambos saltaron al suelo y echaron a andar colina arriba. Durante las pasadas doce horas, Hall había desplegado en silencio a más de setecientos hombres, entre arqueros y soldados de infantería, por la ladera oriental. Pero tras varias semanas de intenso esfuerzo físico, a sus hombres les costaba permanecer quietos y esperar, sobre todo de noche. Cualquier indicio de aumento de la actividad en la colina despertaría a los mort y los pondría en guardia, y por eso Hall se había pasado casi toda la noche yendo de puesto en puesto para asegurarse de que sus soldados no se asustaban.

La cuesta era cada vez más empinada, hasta que Hall y Blaser se vieron obligados a buscar sitios a los que asirse entre las rocas, pues sus pies resbalaban con la capa de agujas de pino que cubría el suelo. Ambos llevaban unos gruesos guantes de piel y trepaban con cuidado, porque el terreno era peligroso. Entre las rocas había numerosos túneles y pequeñas cuevas que a las serpientes de cascabel les gustaba utilizar como guarida. Las cascabeles fronterizas eran unos bichos muy resistentes, el resultado de miles de años luchando por sobrevivir en un entorno inhóspito. La piel, gruesa y coriácea, las hacía casi inmunes al fuego, y sus colmillos inyectaban una dosis de veneno cuidadosamente controlada. En aquella ladera, si te equivocabas al apoyar una mano, podías perder la vida. Cuando Hall y Simon tenían diez años, Simon había cazado una cascabel con una jaula trampa y había intentado domesticarla, pero el juego no había durado ni una semana. Simon no conseguía domeñar la serpiente por muy bien que la alimentara, y el animal atacaba ante el más leve movimiento. Al final, Hall y Simon la soltaron: abrieron la jaula y echaron a correr a toda velocidad por la ladera este. Nadie sabía cuánto tiempo vivían las cascabeles fronterizas; tal vez la serpiente de Simon siguiera por allí, deslizándose con sus hermanas entre las rocas.

«Simon.»

Hall cerró los ojos y volvió a abrirlos. Era inteligente y enseñaba a su imaginación a no aventurarse demasiado por la Calzada Mort, pero aquellas últimas semanas, con todo el occidente de Mortmesne tendido ante él, Hall se había sorprendido pensando en su hermano gemelo con mayor frecuencia de lo habitual: dónde estaría Simon, a quién le pertenecería, para qué lo habrían utilizado. Seguramente como mano de obra; Simon estaba considerado uno de los mejores esquiladores de la ladera occidental. Habría sido un desperdicio utilizar a un hombre como él para otra cosa que no fuera un trabajo duro; Hall se lo repetía una y otra vez, pero la probabilidad no se imponía. Su pensamiento siempre acababa haciendo hincapié en el pequeño porcentaje, la remota posibilidad de que a Simon lo hubieran vendido para cumplir alguna otra función.

—Mierda.

El ahogado reniego de Blaser devolvió a Hall a la realidad, y torció rápidamente la cabeza para asegurarse de que a su teniente no le había mordido una serpiente. Pero Blaser solo había resbalado un poco, y enseguida había vuelto a agarrarse. Hall ahuyentó de su mente pensamientos indeseados y siguió trepando. La remesa era una herida que no se curaba con el paso del tiempo.

Hall llegó a lo alto de la pendiente y entró en el claro, donde encontró a sus hombres esperando con mirada expectante. Llevaban un mes trabajando deprisa, sin las quejas que solían acompañar cualquier proyecto de construcción militar, y habían terminado tan pronto que Hall pudo poner a prueba toda la operación numerosas veces antes de que el ejército mort hubiera llegado a la llanura. El halconero, Jasper, también aguardaba, con sus doce aves encapuchadas y atadas a una alta percha situada en la cima de la colina. Los halcones habían costado mucho dinero, pero la reina había escuchado con atención y había aprobado el gasto sin pestañear.

Hall se acercó a una de las catapultas, apoyó una mano en el brazo de madera y sintió un profundo orgullo al tocar la lisa superficie. Le encantaban los mecanismos y los artilugios, y siempre estaba buscando la forma de mejorarlos y construirlos en menos tiempo. En los inicios de su carrera había diseñado un arco más resistente pero más flexible que se había convertido en el favorito de los arqueros tear. Había participado en un proyecto de construcción civil, para el que había examinado y aprobado un sistema de riego a base de bombas que ahora transportaba agua del Caddell a una extensa y reseca zona del Almont Meridional. Pero aquello era su mayor logro: cinco catapultas, de veinte metros de largo, con gruesos brazos de roble tear y cucharas de pino, más ligeras. Cada catapulta podía lanzar como mínimo ochenta kilos, y tenía un alcance de unos cuatrocientos metros. Los brazos estaban sujetos a la base mediante cuerdas, y a ambos lados de cada brazo había un soldado provisto de un hacha.

Hall se asomó a la cuchara de la primera catapulta y vio quince grandes atados de lona, cada uno envuelto con una fina capa de tela azul cielo. Al principio, Hall había pensado lanzar piedras, como siempre habían hecho las catapultas de asedio, y aplastar una parte considerable del campamento mort. Pero aquellos atados, que habían sido idea de Blaser, eran mucho mejores, y bien valían unas semanas de trabajo desagradable. El bulto de encima del montón se movió un poco, azotado por el viento, y la lona de sus lados onduló; Hall retrocedió y alzó un puño contra el sereno cielo matutino. Los soldados blandieron sus hachas y las mantuvieron en alto.

Blaser se había puesto a tararear. Siempre tarareaba cuando se hallaba en una situación tensa: era un tic molesto. Hall, que lo escuchaba sin prestar mucha atención, identificó la melodía: «La Reina del Tearling», con las notas muy desafinadas pero reconocibles. La canción se había extendido entre sus hombres; Hall la había oído más de una vez en las semanas pasadas mientras lijaban madera o afilaban las hojas de sus armas.

«Este es mi regalo, reina Kelsea», pensó, y bajó la mano hacia el suelo.

Las hachas silbaron al hendir el aire, y el silencio de la mañana se desgarró y por la ladera de la colina resonaron los tremendos crujidos y chirridos que produjeron los brazos de las catapultas al ser liberados. Se accionaron uno a uno, ganando velocidad a medida que salían despedidos, y Hall sintió que el júbilo inundaba su corazón: un júbilo inagotable, como el que había sentido de niño al poner a prueba su primera trampa para conejos.

«¡Mi diseño! ¡Funciona!»

Los brazos de las catapultas alcanzaron su límite y se detuvieron con un estruendo que resonó por toda la colina. Aquello despertaría a los mort, pero ya sería demasiado tarde.

Hall miró por el catalejo y siguió la trayectoria de los fardos azul cielo hacia el campamento enemigo. Alcanzaron su cénit y empezaron a descender, setenta y cinco en total, y los paracaídas azul cielo se desplegaron al atrapar el viento, y sus cargas de lona oscilaron, aparentemente inofensivas, en el aire.

Los mort ya se habían movilizado. Hall detectó algunos puntos de actividad: soldados que salían armados de sus tiendas, centinelas que regresaban al campamento, preparados para atacar.

—¡Jasper! —gritó—. ¡Dos minutos!

Jasper hizo un gesto afirmativo, empezó a retirar las capuchas a los halcones y les dio a cada uno un trocito de carne. El comandante Caffrey, con su asombroso don para reconocer a un mercenario digno de confianza, había encontrado a Jasper en una aldea fronteriza mort tres semanas atrás. A Hall no le gustaban los halcones mort; tampoco le gustaban de niño, cuando las aves sobrevolaban la colina en busca de presas fáciles, pero aun así tenía que admirar la habilidad de Jasper con los animales que tenía a su cargo. Los halcones observaban atentamente a su cuidador, con la cabeza ladeada, como perros que esperan a que su amo les lance un palo.

Del campamento mort ascendió un grito de alerta. Habían visto los paracaídas, que, al disminuir el viento, empezaban a precipitarse a mayor velocidad. Hall los enfocó con el catalejo, contando por lo bajo, y el primer fardo desapareció detrás de una de las tiendas. Trascurridos solo unos segundos, el primer grito resonó por la llanura.

Siguieron cayendo paracaídas en el campamento. Uno aterrizó sobre un carro de artillería, y Hall lo observó, fascinado a pesar de todo, cuando las cuerdas se destensaron. El fardo se estremeció un momento, y entonces se abrió y de él salieron cinco serpientes de cascabel furiosas. Sus cuerpos de piel moteada se enroscaban y se deslizaban veloces por encima de las picas y las flechas, hasta caer del carro y perderse de vista.

Cada vez se oían más gritos, y, en menos de un minuto, el campamento se había sumido en el caos más absoluto. Los soldados chocaban unos con otros; hombres semidesnudos se herían los propios pies con la espada. Algunos intentaban alcanzar terreno elevado, o trepar al techo de los carromatos y las tiendas, e incluso subirse a la espalda de sus compañeros. Pero la mayoría corrían hacia el perímetro del campamento, desesperados por huir de allí. Los oficiales gritaban órdenes, pero sin ningún efecto; había cundido el pánico, y el ejército mort empezaba a huir del campo en todas direcciones: hacia el oeste, en dirección a los Montes Fronterizos, y hacia el este y el sur, por la llanura. Incluso había quienes, sin pensar, corrían hacia el norte y chapoteaban por los bajíos del lago Karczmar. No llevaban armas ni armadura; muchos iban completamente desnudos. Algunos todavía tenían espuma de afeitar en las mejillas.

—¡Jasper! —gritó Hall—. ¡Ya!

Uno a uno, Jasper hizo subir a sus halcones al grueso guante de piel que le cubría un brazo desde el pulgar hasta el hombro y los echó a volar. Los hombres de Hall vieron con inquietud cómo las aves ganaban altura, pero los halcones estaban bien entrenados; ignoraron por completo a los soldados tear y descendieron en picado hacia el campamento mort. Se lanzaron derecho hacia el éxodo de soldados que salían en tropel por los extremos sur y este del campamento, abriendo las garras al descender, y Hall vio cómo el primero agarraba por el cuello a un soldado que huía con solo unos pantalones a medio abrochar. El halcón le cortó la yugular, y roció la luz matutina con una fina neblina de sangre.

En el lado oeste del campamento, un enjambre tras otro de soldados mort corrían desesperados hacia los árboles del pie de la colina. Pero repartidos por las copas de los árboles había cincuenta arqueros tear, y los mort empezaron a caer como moscas, acribillados por las flechas, y se hundían en el barro de la llanura. Del lago también llegaban gritos; los soldados que habían buscado refugio allí habían descubierto su error e intentaban de nuevo alcanzar la orilla, gritando de dolor. Hall sonrió con nostalgia: adentrarse en el lago era un rito de iniciación para los niños de Idyllwild, y Hall todavía tenía en las piernas las cicatrices que lo demostraban.

El grueso del ejército mort ya había abandonado el campamento. Hall miró con pesar los diez cañones, que habían quedado completamente desatendidos. Pero ahora no había forma de llegar hasta ellos; allá donde mirara, las cascabeles se deslizaban entre las tiendas, buscando un buen sitio donde cobijarse. Se preguntó dónde estaría el general Genot, si habría huido con sus hombres o se hallaría entre los cientos de cadáveres que yacían amontonados al pie de la pendiente. Hall había desarrollado un sano respeto por Genot, pero conocía los límites de aquel hombre, muy parecidos a los de Bermond. Genot quería que su guerra fuera tranquila y ordenada. No aceptaba bravuconadas ni incompetencias. Sin embargo, Hall sabía que en todo ejército abundaban esas anomalías.

—¡Jasper! —gritó—. Tus pájaros han hecho un buen trabajo. Haz que vuelvan.

Jasper lanzó un fuerte silbido y esperó; mientras, tensó las correas que le sujetaban el guante de piel al brazo. Pasados unos segundos, los halcones empezaron a regresar, describiendo círculos sobre la cima de la colina. Jasper silbaba intermitentemente, una nota diferente cada vez, y, uno a uno, los pájaros descendían y se posaban en su brazo, donde el soldado los recompensaba con unos trozos de carne de conejo antes de colocarles la capucha y dejarlos otra vez en la percha.

—Llama a los arqueros —ordenó Hall a Blaser—. Y busca a Emmett. Que envíe mensajeros al general y a la reina.

—¿Con qué mensaje, señor?

—Que les digan que les he conseguido un poco de tiempo. Que los mort tardarán al menos dos semanas en reagruparse.

Blaser partió, y Hall se volvió para contemplar la superficie del lago Karczmar, una cegadora plancha de fuego bajo la luz del sol naciente. Aquella visión, que de niño lo llenaba de nostalgia, parecía, de pronto, una advertencia terrible. Los mort se habían dispersado, sí, pero no por mucho tiempo, y si los hombres de Hall perdían la colina, no podrían impedir que los mort destruyeran las líneas defensivas que con tanto cuidado había construido Bermond. Detrás de la colina se extendía la llanura del Almont: miles de kilómetros cuadrados de terreno llano con muy poco espacio para maniobrar, salpicados de granjas y aldeas aisladas e indefensas. Los mort eran cuatro veces más numerosos, y sus armas eran el doble de buenas, y si conseguían bajar al Almont, solo podía haber un desenlace: una carnicería.

Ewen llevaba varios años en el puesto de carcelero de la Ciudadela, desde que su padre se jubilara, y en todo ese tiempo nunca había tenido ningún prisionero a quien pudiera considerar realmente peligroso. La mayoría habían sido hombres que no estaban de acuerdo con el Regente, y generalmente llegaban a la mazmorra tan desnutridos y vapuleados que apenas tenían fuerzas para entrar en sus celdas y derrumbarse. Varios habían muerto estando a cargo de Ewen, aunque su padre le había asegurado que él no tenía la culpa. A Ewen le había conmocionado entrar y encontrar sus cuerpos fríos sobre el catre, pero el Regente no le había dado mucha importancia. Una noche, el Regente bajó la escalera de la mazmorra arrastrando a una de sus mujeres, una pelirroja tan hermosa que parecía salida de uno de los cuentos de hadas del padre de Ewen, con la excepción de que llevaba una cuerda atada alrededor del cuello. El Regente la condujo él mismo hasta una celda, sin parar de insultarla, y le espetó a Ewen: «¡Ni agua ni comida! ¡Y no sale hasta que yo lo diga!».

A Ewen no le gustaba tener a una mujer prisionera. La mujer no hablaba, ni lloraba; se limitaba a contemplar, impertérrita, la pared de su celda. Ignorando las órdenes del Regente, Ewen le había dado agua y comida, y no había dejado de vigilar el reloj. Sabía que la cuerda que llevaba atada al cuello le dolía, y, al final, incapaz de soportarlo más, entró y le aflojó el nudo. Le habría gustado ser sanador y haber podido curar la herida en carne viva que la mujer tenía alrededor del cuello, pero su padre solo le había enseñado los rudimentos de los primeros auxilios para curar cortes y pequeñas heridas. El padre de Ewen siempre había tenido paciencia con las escasas luces de su hijo, incluso cuando le causaban problemas. Pero no hacía falta ser muy inteligente para mantener con vida a una mujer durante una noche, y al padre le habría decepcionado que su hijo hubiera fracasado. Al día siguiente, cuando el Regente fue a recoger a la cautiva, Ewen había sentido un gran alivio. El Regente se había disculpado, pero la mujer había salido de la mazmorra sin mirarlo siquiera.

Desde que la reina ocupara el trono, Ewen no había tenido mucho trabajo. La reina había liberado a todos los prisioneros del Regente; eso había desconcertado a Ewen, pero su padre le había explicado que al Regente le gustaba encerrar en la mazmorra a cualquiera que hiciera algún comentario que lo contrariara, mientras que la reina solo encarcelaba a quienes cometían malas acciones. El padre añadió que la actitud de la reina era sensata, y tras pensarlo un rato, Ewen decidió que tenía razón.

Veintisiete días atrás (Ewen lo había apuntado en el registro), tres guardias reales habían irrumpido en la mazmorra con un prisionero maniatado, un hombre de pelo cano que parecía exhausto pero ileso (Ewen se fijó en ese detalle y lo agradeció). Los tres guardias no pidieron permiso a Ewen para meter de un empujón al prisionero en la celda número tres, pero a Ewen no le importó. Nunca había estado tan cerca de un guardia real, pero lo sabía todo sobre ellos por su padre: eran los encargados de proteger a la reina de cualquier peligro. A Ewen ese le parecía el trabajo más maravilloso e importante del mundo. Estaba satisfecho de ser carcelero jefe, pero si hubiera nacido más inteligente, lo que más le hubiera gustado habría sido ser uno de esos hombres altos y recios, ataviados con capa gris.

—Trátalo bien —le ordenó el jefe, un hombre con una mata de pelo rojizo—. Son órdenes de la reina.

A Ewen le fascinó la melena de aquel guardia, pero intentó no mirarlo embobado, pues a él no le gustaba que lo miraran así. Cerró la celda con llave y vio que el prisionero ya se había tumbado en el catre y había cerrado los ojos.

—¿Cuáles son su nombre y su delito, señor? Tengo que anotarlos en el registro.

—Se llama Javel, y ha cometido traición. —El pelirrojo miró un momento entre los barrotes de la celda, y luego sacudió la cabeza. A continuación, los guardias subieron ruidosamente la escalera, y sus voces fueron apagándose detrás de ellos por el pasadizo.

—Yo le habría cortado el cuello.

—¿Creéis que estará seguro con ese pobre diablo?

—Eso es asunto de la reina y de Maza.

—Debe de hacer bien su trabajo. Nunca se ha escapado nadie.

—Aun así, la reina no puede tener a un idiota de carcelero jefe. Será provisional.

Ewen se encogió al oír que lo llamaban «idiota». Cuando era pequeño, antes de crecer y convertirse en un tipo fortachón, los chulillos solían llamarlo así, y había aprendido a dejar que esa palabra le resbalara; pero oírsela decir a un guardia real dolía más. Y ahora tenía algo nuevo y terrible en que pensar: la posibilidad de que lo sustituyeran. Cuando se jubiló, su padre fue a hablar directamente con el Regente para asegurarse de que Ewen podría seguir en su puesto. Pero Ewen dudaba que su padre hubiera llegado a hablar con la reina.

El nuevo prisionero, Javel, era uno de los presos más fáciles que Ewen había tenido jamás. Apenas hablaba; solo murmuraba unas palabras para avisar a Ewen que se había terminado la comida, o quedado sin agua, o que había que vaciar el cubo. Ewen llegaba a olvidar durante horas que Javel estaba allí, pero entonces Ewen no podía pensar en otra cosa que no fuera la amenaza de que lo retiraran de su puesto. ¿Qué haría si eso llegaba a suceder? Ni siquiera se atrevió a contarle a su padre lo que le había llamado aquel guardia real. No quería que su padre lo supiera.

Cinco días después de que llevaran a Javel a las mazmorras, otros tres guardias reales bajaron la escalera. Uno de ellos era Lázaro de la Maza; hasta Ewen, que casi nunca salía de las celdas, supo reconocerlo. Ewen le había oído contar numerosas historias sobre él a su padre, quien aseguraba que el capitán de la Guardia Real tenía ascendencia feérica, y que no había celda capaz de retenerlo. («¡La pesadilla de cualquier carcelero, Ew!», decía, riendo, mientras se tomaba el té.) Si los otros guardias reales le habían parecido intimidantes, Maza lo era diez veces más, y Ewen lo observó tan atentamente como le permitió su valor. ¡El capitán de la Guardia Real en sus mazmorras! Estaba impaciente por contárselo a su padre.

Los otros dos guardias llevaban a un prisionero como si cargaran un saco de grano, y cuando Ewen hubo abierto la celda número uno, lo tiraron sobre el catre. Maza se quedó contemplando al prisionero largo rato, o eso le pareció a Ewen. Finalmente se enderezó, carraspeó con fuerza y escupió un gran lapo amarillo que dio de lleno en la mejilla del prisionero.

Ewen lo consideró cruel. Fuera cual fuese el delito que hubiera cometido aquel individuo, era evidente que ya había sufrido lo suyo. Era un ser miserable; estaba consumido, desnutrido y deshidratado. Tenía las piernas y el torso cubiertos de grandes verdugones en los que se había incrustado el barro, ya seco. En las muñecas también se apreciaban unas escoriaciones rojas y profundas. Le habían arrancado varios mechones de pelo y le habían dejado unas calvas donde se le habían formado costras. Ewen no quería ni imaginar por lo que debía de haber pasado.

Maza se volvió hacia Ewen y chasqueó los dedos.

—¡Carcelero!

Ewen dio un paso adelante y trató de erguirse cuanto pudo. Su padre lo había elegido a él de aprendiz, y había descartado a sus hermanos, más inteligentes, precisamente por esa razón: porque Ewen era alto y fuerte. Aun así, solo le llegaba por la nariz a Maza. Se preguntó si Maza sabría que era un poco lento.

—Vigila bien a este, carcelero. Nada de visitas. Nada de salir de la celda para estirar las piernas. Nada de nada.

—Sí, señor —replicó Ewen con los ojos muy abiertos, y vio salir al grupo de guardias reales de la mazmorra. Esa vez nadie lo insultó, pero cuando ya se habían marchado, Ewen cayó en la cuenta de que se le había olvidado preguntar el nombre y el delito de aquel hombre para anotarlos en el registro. ¡Qué estúpido! Seguro que a Maza no se le escapaban esos detalles.

Al día siguiente fue a visitarlo su padre. Ewen cuidaba del nuevo prisionero lo mejor que podía, pese a que sus heridas solo podían curarlas el tiempo o la magia. Pero su padre le echó un vistazo al hombre tumbado en el catre y le escupió, como había hecho Maza.

—No te molestes en intentar curar a este desgraciado, Ew.

—¿Quién es?

—Un carpintero. —La calva del padre relucía incluso bajo la escasa luz de las antorchas, y Ewen se fijó con inquietud en que la piel de la frente de su padre se estaba volviendo fina como el lino gastado. Ewen sabía, en el fondo, que también su padre moriría algún día—. Un constructor.

—¿Qué ha construido, padre?

—Jaulas. Ten cuidado con él, Ew.

Ewen miró alrededor, desconcertado. La mazmorra estaba llena de jaulas. Pero por lo visto su padre no quería seguir hablando de aquello, así que Ewen almacenó aquellos datos en su mente junto con el resto de misterios que no entendía. De vez en cuando, generalmente sin que Ewen se lo propusiera, resolvía algún misterio, y entonces lo asaltaba una sensación maravillosa, comparable, o eso imaginaba, a la que debían de tener los pájaros cuando surcaban el cielo. Sin embargo, por muy fijamente que observara al hombre que ocupaba aquella celda, no se le revelaba ninguna respuesta.

Después de aquello, Ewen creyó que ya estaba preparado para que entrara cualquiera en su mazmorra, pero se equivocaba. Dos días más tarde, dos individuos ataviados con el uniforme negro del ejército tear irrumpieron arrastrando a una mujer. Pero no era hermosa como la pelirroja del Regente; esta escupía y lanzaba patadas, y no paraba de insultar y maldecir a los dos hombres que la sujetaban cada uno por un brazo. Ewen jamás había visto nada similar. Parecía completamente blanca, de la cabeza a los pies, como si su piel hubiera perdido toda pigmentación. El pelo también estaba desprovisto de color, como el heno cuando lo dejas demasiado tiempo al sol. Hasta el vestido que llevaba era blanco, aunque a Ewen le pareció que en otros tiempos podría haber sido azul claro. Parecía un fantasma. Los soldados intentaron obligarla a entrar por la puerta abierta de la celda número dos, pero ella se agarró a los barrotes y opuso resistencia.

—No compliques más las cosas —dijo, resollando, el más alto de los soldados.

—¡Vete a la mierda, enano lisiado!

El soldado, perseverante, intentaba soltarle los dedos de los barrotes mientras su compañero la levantaba para introducirla en la jaula. Ewen se quedó a un lado sin saber si debía intervenir. La mujer se fijó en él, y Ewen notó un escalofrío. Tenía los iris bordeados de rosa, pero el centro era de un azul tan claro que brillaba como el hielo. Ewen vio algo terrible en aquellos ojos, algo animal y enfermo. La mujer abrió la boca, y Ewen supo lo que iba a decir incluso antes de que articulara la primera palabra.

—Lo sé todo sobre ti, chico. Eres el tonto.

—¡Ayúdanos un poco, por amor de Dios! —le espetó uno de los soldados.

Ewen se acercó más a ellos. No quería tocar a aquella mujer-fantasma, así que le agarró el vestido y empezó a tirar de él. Ahora los dos soldados podían concentrarse en separar uno a uno los dedos, y por fin consiguieron soltarlos de los barrotes. La metieron en la jaula, y ella rodó sobre el camastro y cayó al suelo. Ewen apenas había tenido tiempo de cerrar la puerta y la mujer ya se había lanzado contra los barrotes, maldiciéndolos a los tres.

—¡Joder, qué trabajo! —masculló uno de los soldados. Se secó el sudor de la frente, donde tenía un lunar que parecía una seta pequeña—. Pero ya está encerrada, no creo que te dé muchos problemas. Está completamente ciega.

—Solo tienes que vigilar por si viene el búho a cazar —comentó el otro, y rieron los dos.

—¿Cuáles son su nombre y su delito?

—Se llama Brenna. Su delito... —El soldado del lunar miró a su amigo—. Es difícil definirlo. Traición, seguramente.

Ewen anotó el delito en el registro, y los soldados salieron de la mazmorra, más relajados tras haber cumplido su misión. Los soldados habían dicho que la mujer-fantasma era ciega, pero Ewen no tardó en descubrir que no lo era. Cuando él se movía, ella torcía la cabeza y sus ojos rosa y azul seguían sus pasos. Cuando Ewen la miraba, la encontraba observándolo con una sonrisa horrible que le tensaba los labios. Ewen solía llevarles la comida a los prisioneros a sus celdas, porque era demasiado corpulento para que lo atacara un hombre desarmado. Sin embargo, ahora se alegraba de que hubiera una puertecita en la parte delantera de la celda por la que podía deslizar las bandejas de comida de la mujer. Agradecía que los barrotes los separaran. La celda número dos era la mejor para los prisioneros peligrosos, porque estaba orientada hacia las reducidas dependencias de Ewen; el carcelero tenía el sueño muy ligero. Sin embargo ahora, cuando llegaba la hora de acostarse, no lograba conciliar el sueño con aquella mirada vigilándolo, y al final trasladó su camastro al rincón, desde donde no podía verla. Aun así, notaba la presencia de la mujer, insomne y maligna incluso a oscuras, y en los días pasados había dormido poco y mal. Esa noche, después de terminarse la cena e inspeccionar las celdas vacías para ver si había ratas o podredumbre (no había ninguna de las dos cosas; limpiaba sus celdas a conciencia en días alternos), se puso a dibujar. Siempre estaba intentando representar lo que veía, pero nunca lo conseguía. A priori parecía tarea fácil, si disponías del papel adecuado y buenos pinceles y pinturas (su padre se los había regalado por su último cumpleaños), pero las imágenes siempre se las ingeniaban para escabullirse al trasladarse de sus pensamientos al papel. Ewen no entendía por qué sucedía, pero sucedía. Estaba intentando dibujar a Javel, el prisionero de la celda número tres, cuando se abrió de par en par la puerta de lo alto de la escalera.

Al principio Ewen se asustó, pues temió que se tratara de una fuga. Su padre lo había prevenido respecto a las fugas, la peor vergüenza que podía sucederle a un carcelero. Había dos soldados apostados frente a lo alto de la puerta del final de la escalera, pero Ewen estaba solo en la mazmorra. No sabía qué haría si alguien había logrado entrar por la fuerza. Agarró el cuchillo que había encima de su mesa.

Pero el portazo fue seguido de voces y pasos, sonidos tan inesperados que Ewen no pudo sino quedarse sentado a su mesa y esperar a ver qué aparecería en el pasillo. Al cabo de unos momentos, una mujer entró en la mazmorra, una mujer alta, con el pelo castaño cortado muy corto y con una corona de plata en la cabeza. Llevaba dos grandes joyas azules colgadas de sendas cadenas de reluciente plata alrededor del cuello, y la rodeaban cinco guardias reales. Ewen constató esos hechos durante unos segundos, y entonces se puso en pie de un brinco: ¡la reina!

Primero miró entre los barrotes de la celda número tres.

—¿Cómo estás, Javel?

El hombre, tumbado en el camastro, levantó ligeramente la cabeza y le lanzó una mirada inexpresiva.

—Bien, Majestad.

—¿Nada más que decir?

—No.

La reina puso los brazos en jarras y resopló, un sonido de desilusión que Ewen reconoció porque se parecía al que emitía a veces su padre, y a continuación fue hasta la celda número uno y echó un vistazo al hombre que estaba allí tumbado, herido.

—Qué aspecto más lamentable tiene.

Maza rio.

—No lo han tratado muy bien, Señora. Peor, quizá, de como yo mismo habría ordenado que lo trataran. Los aldeanos lo apresaron en Devin’s Slope cuando intentaba conseguir comida a cambio de trabajos de carpintería. Lo ataron a un carromato para llevarlo a Nueva Londres, y cuando por fin se desplomó, lo llevaron a rastras el resto del camino.

—¿Pagaste a esos aldeanos?

—Doscientas libras, Majestad. Ha sido un golpe de suerte; necesitamos la lealtad de esos aldeanos fronterizos, y, seguramente, con ese dinero Devin’s Slope se mantendrá durante un año. Por allí no ven dinero en efectivo a menudo.

La reina expresó su aprobación asintiendo con la cabeza. No se parecía a las reinas de las historias que contaba el padre de Ewen, mujeres hermosas y delicadas como la pelirroja del Regente. Esa mujer parecía... implacab ...