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LA JOVEN DE LA PERLA

Tracy Chevalier

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Fragmento

Mi madre no me avisó de que iban a venir. Después dijo que no quería que pareciera nerviosa. Me sorprendió, pues creía que me conocía bien. Los desconocidos pensaban que era una persona tranquila. No me ponía a llorar como una cría. Solo mi madre reparaba en la tensión de mi mandíbula, en lo abiertos que tenía mis ojos ya de por sí abiertos.

Estaba picando verduras en la cocina cuando oí voces al otro lado de la puerta principal: una de mujer, radiante como el latón bruñido, y otra de hombre, grave y oscura como la madera de la mesa en la que estaba trabajando. Eran la clase de voces que rara vez oíamos en nuestra casa. Aquellas voces hacían pensar en lujosas alfombras, libros, perlas y abrigos de piel.

Me alegré de haber fregado con tanto ahínco los escalones de la entrada.

La voz de mi madre —una olla, un cántaro— se acercaba desde el salón. Se dirigían a la cocina. Coloqué en su sitio los puerros que había estado picando, dejé el cuchillo sobre la mesa, me sequé las manos con el delantal y apreté los labios para suavizarlos.

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Mi madre apareció en la puerta, mirándome en señal de advertencia. La mujer que venía detrás de ella tuvo que agachar la cabeza porque era muy alta, más que el hombre que la seguía.

En nuestra familia todos éramos bajos, incluso mi padre y mi hermano.

Parecía que la mujer se hubiera visto azotada por el viento, aunque aquel día no soplaba aire. Tenía el sombrero torcido, y unos pequeños rizos rubios le salían por debajo y le caían sobre la frente como abejas que tratase de aplastar impacientemente. El cuello de su vestido no estaba bien colocado ni tan planchado como cabría esperar. Se echó hacia atrás el manto gris que llevaba en los hombros, y vi que bajo su vestido azul marino se estaba gestando un bebé. Nacería a finales de año o antes.

Su cara recordaba una bandeja ovalada, a veces reluciente y otras apagada. Sus ojos eran dos botones marrón claro, un color que casi nunca había visto combinado con el pelo rubio. Hizo ver que me observaba detenidamente, pero fue incapaz de centrar su atención en mí y sus ojos se pasearon rápidamente por la habitación.

—Así que esta es la chica —dijo de repente.
—Es mi hija, Griet —contestó mi madre. Incliné la cabeza ante el hombre y la mujer en actitud respetuosa.

—Pues no es muy grande. ¿Será lo bastante fuerte? Cuando la mujer se volvió para mirar al hombre, golpeó con el manto el mango del cuchillo, que se cayó de la mesa y rodó por el suelo.

La mujer gritó.
—Catharina —dijo el hombre con calma. Pronunció su nombre como si tuviera canela en la boca. La mujer se calló e hizo un esfuerzo por serenarse.

Me acerqué a coger el cuchillo y, después de limpiarlo con el delantal, volví a dejarlo en la mesa. El cuchillo había rozado las verduras. Coloqué de nuevo en su sitio un trozo de zanahoria.

El hombre me estaba observando con sus ojos grises como el mar. Tenía una cara alargada y angulosa, y poseía una expresión firme, a diferencia de la de su mujer, que era vacilante como una vela. No tenía barba ni bigote, lo cual me agradó, pues le daba un aire aseado. Llevaba una capa negra sobre los hombros, una camisa blanca y una fina gorguera de encaje. Tenía el sombrero calado sobre su pelo del color rojo de los ladrillos mojados por la lluvia.

—¿Qué estabas haciendo, Griet? —preguntó.

Me sorprendió la pregunta, pero logré disimular mi sorpresa.

—Picando verduras, señor. Para la sopa.

Siempre colocaba las verduras en un círculo, cada una en su sección, como porciones de una tarta. Había cinco: lombarda, cebollas, puerros, zanahorias y nabos. Había utilizado la hoja de un cuchillo para dar forma a cada porción y había puesto un disco de zanahoria en el centro.

El hombre dio un golpecito en la mesa con el dedo. —¿Están colocadas en el mismo orden en el que se echan en la sopa? —preguntó, estudiando el círculo.

—No, señor.

Vacilé. No sabía decir por qué había colocado las verduras de aquella forma. Simplemente las ponía como me parecía que debían estar, pero me encontraba demasiado asustada para decirle aquello a un caballero.

—Veo que has separado las blancas —dijo, señalando los nabos y las cebollas—. Y el naranja y el morado no están juntos. ¿Por qué? —Cogió un pedazo de lombarda y otro de zanahoria y los agitó en la mano como si fueran un dado.

Miré a mi madre, que asintió con la cabeza ligeramente.

—Los colores se pelean cuando están juntos, señor.
Él arqueó las cejas, como si no esperase aquella respuesta.

—¿Y pasas mucho tiempo colocando las verduras antes de preparar la sopa?

—Oh, no, señor —contesté, confundida. No quería que pensara que era una vaga.

Vi que algo se movía por el rabillo del ojo. Mi hermana, Agnes, estaba asomada a la jamba de la puerta y había movido la cabeza al oír mi respuesta. Yo no solía mentir. Bajé la vista.

El hombre volvió la cabeza ligeramente, y Agnes desapareció. Dejó los trozos de zanahoria y lombarda en sus porciones correspondientes. El pedazo de lombarda cayó encima de las cebollas. Me entraron ganas de alargar la mano y colocarlo en su sitio. No lo hice, pero él sabía que deseaba hacerlo. Me estaba poniendo a prueba.

—Basta de cháchara —declaró la mujer. Pese a estar molesta con él por la atención que me estaba prestando, fue a mí a quien miró con el ceño fruncido—. ¿Mañana, entonces?

Miró al hombre antes de salir de la habitación majestuosamente, y mi madre se fue detrás de ella. El hombre echó otro vistazo a los ingredientes de la sopa, se despidió de mí con la cabeza y siguió a las mujeres.

Cuando mi madre volvió yo estaba sentada junto a la rueda de las verduras. Aguardé a que ella hablara. Tenía los hombros encorvados como si se estuviera protegiendo del frío invernal, aunque era verano y en la cocina hacía calor.

—Mañana empezarás a trabajar de criada para ellos. Si lo haces bien, te pagarán ocho stuivers al día. Vivirás con ellos.

Apreté los labios.

—No me mires así, Griet —dijo mi madre—. Ahora que tu padre ha dejado su empleo, no nos queda más remedio.

—¿Dónde viven?
—En Oude Langendijk, en el cruce con Molenpoort. —¿En el barrio papista? ¿Son católicos?
—Podrás venir a casa los domingos. Han accedido a ello.

Mi madre rodeó los nabos con las manos, los recogió junto con algunos trozos de lombarda y cebolla, y los echó en la cazuela con agua que aguardaba en el fuego. Las porciones de tarta que había formado con tanto cuidado quedaron destrozadas.

Subí la escalera para ver a mi padre. Estaba sentado en el desván, junto a la ventana, cuya luz le daba en la cara. Era lo más aproximado a la visión de lo que disponía ahora.

Padre había sido azulejero, y todavía tenía los dedos manchados de azul de pintar cupidos, doncellas, soldados, barcos, niños, peces y animales en los azulejos blancos, para luego barnizarlos, cocerlos y venderlos. Un día el horno explotó y le arrebató los ojos y el empleo. Él tuvo suerte; otros dos hombres murieron.

Me senté a su lado y le cogí la mano.
—Lo he oído —dijo antes de que yo pudiera hablar—. Lo he oído todo.

Su oído había adquirido la agudeza de la vista que había perdido.

No se me ocurría nada que decir que no sonase a reproche.

—Lo siento, Griet. Me gustaría haber hecho más por ti. —Su pesar se reflejaba en la zona que antes ocupaban sus ojos, que el médico había cerrado cosiendo la piel—. Pero él es un caballero bueno y justo. Te tratará bien. —No dijo nada de la mujer.

—¿Cómo puede estar tan seguro, padre? ¿Lo conoce? —¿No sabes quién es?
—No.
—¿Te acuerdas del cuadro que vimos en el ayuntamiento hace unos años, el que Van Ruijven expuso después de comprarlo? Era una vista de Delft desde las puertas de Rotterdam y Schiedam. Tenía un cielo que ocupaba gran parte del cuadro y unos edificios iluminados por el sol.

—Sí, uno que tenía arena en la pintura para que los ladrillos y los tejados parecieran ásperos —añadí—. En el agua había sombras alargadas, y en la orilla que se veía más cerca, personas muy pequeñas.

—Ese. —Las cuencas oculares de mi padre se ensancharon como si todavía tuviera ojos y estuviera mirando el cuadro otra vez.

Yo lo recordaba bien; recordaba haber pensado que había estado muchas veces en aquel mismo sitio y nunca había visto Delft como lo había hecho el pintor.

—¿Ese hombre era Van Ruijven?
—¿El patrón? —Padre se rió entre dientes—. No, no, niña, no era él. Era el pintor, Vermeer. Eran Johannes Vermeer y su mujer. Vas a limpiar su estudio.

A las pocas cosas que me iba a llevar conmigo, mi madre añadió otra cofia, otro cuello y otro delantal para que cada día pudiera lavar una prenda y ponerme la otra, y estar siempre limpia. También me dio una peineta de carey con forma de concha, que había pertenecido a mi abuela y era demasiado elegante para una criada, y un devocionario para que leyera cuando necesitara evadirme del catolicismo que me iba a rodear.

Mientras recogíamos mis cosas me explicó por qué iba a trabajar para los Vermeer.

—¿Sabes que tu nuevo amo es el síndico de la cofradía de San Lucas? Ya lo era cuando tu padre sufrió el accidente el año pasado.

Asentí con la cabeza, todavía sorprendida de que fuera a trabajar para semejante artista.

—La cofradía cuida de sus miembros lo mejor que puede. ¿Te acuerdas del dinero que tu padre estuvo dando cada semana durante años? Ese dinero va a parar a los maestros que están en apuros, como es ahora nuestro caso. Pero ya ves que no nos llega, sobre todo ahora que Frans está de aprendiz y no entra más dinero en casa. No tenemos opción. No vamos a aceptar limosnas mientras nos las podemos apañar sin ellas. Y como tu padre se enteró de que tu nuevo amo estaba buscando una criada que le limpiara el estudio sin tocar nada, propuso tu nombre, creyendo que como síndico del gremio, y conociendo nuestras circunstancias, probablemente Vermeer intentaría ayudarnos.

Reflexioné detenidamente sobre lo que ella había dicho. —¿Y cómo se limpia una habitación sin mover nada? —Claro que tendrás que mover las cosas, pero deberás encontrar una forma de volver a ponerlas en su sitio como si no hubieras tocado nada. Como haces con tu padre ahora que no puede ver.

Después del accidente de mi padre habíamos aprendido a colocar las cosas donde él sabía que podía encontrarlas. Pero una cosa era hacerlo para un ciego y otra muy distinta para un hombre con los ojos de un pintor.

Agnes no me dijo nada después de la visita. Cuando me metí en la cama junto a ella por la noche, permaneció callada, aunque no me dio la espalda. Se quedó mirando al techo. Una vez que apagué la vela, se hizo tan oscuro que no podía ver nada. Me volví hacia ella.

—Sabes que no me quiero marchar. No me queda más remedio.

Silencio.
—Necesitamos el dinero. Ahora que padre no puede trabajar, no tenemos nada.

—Ocho stuivers al día no es tanto dinero. —La voz de Agnes sonaba ronca, como si tuviera la garganta llena de telarañas.

—Dará para comprar el pan de la familia. Y un poco de queso. Es más de lo que parece.

—Me quedaré sola. Me vas a dejar sola. Primero Frans y ahora tú.

Agnes había sido la que más se había disgustado de la familia con la partida de Frans el año anterior. Los dos siempre se habían llevado como el perro y el gato, pero cuando él se marchó estuvo enfurruñada durante días. Tenía diez años, era la pequeña de los tres hermanos, y nunca había estado sin Frans ni sin mí.

—Madre y padre seguirán aquí. Y yo vendré los domingos. Además, cuando Frans se marchó no te pilló por sorpresa.

Hacía años que sabíamos que nuestro hermano empezaría su aprendizaje cuando cumpliera trece años. Nuestro padre había ahorrado todo lo que había podido para pagarle los gastos de ingreso y no paraba de decir que Frans aprendería otros aspectos del oficio y luego volvería y montaría con él una fábrica de azulejos.

Ahora nuestro padre se pasaba el día junto a la ventana y nunca hablaba del futuro.

Después del accidente, Frans había estado dos días en casa. Desde entonces no había vuelto de visita. La última vez que yo lo había visto había tenido que ir al otro lado de la ciudad, a la fábrica donde trabajaba de aprendiz. Parecía agotado y tenía quemaduras en los brazos de sacar azulejos del horno. Me dijo que trabajaba desde que amanecía hasta tan tarde que a veces acababa demasiado cansado incluso para comer.

—Padre nunca me dijo que sería tan duro —murmuró con resentimiento—. Siempre decía que se lo debía todo al aprendizaje.

—Tal vez fue así —respondí—. Tal vez también le deba la situación en la que está ahora.

A la mañana siguiente, cuando me disponía a marcharme, mi padre salió a los escalones de la entrada arrastrando los pies y tanteando la pared. Abracé a mi madre y a Agnes.

—El domingo llegará enseguida —dijo mi madre.

Mi padre me entregó algo envuelto en un pañuelo. —Para que te acuerdes de casa —dijo—. De nosotros. Era mi azulejo favorito de todos los que él había hecho. La mayoría de los azulejos de mi padre que había en casa tenían algún defecto: estaban desconchados o torcidos, o bien el dibujo se veía borroso porque el horno estaba demasiado caliente. Pero mi padre había guardado aquel especialmente para nosotros. Tenía un sencillo dibujo de dos figuras, un niño y una niña mayor. No aparecían jugando, como solía ser habitual en los azulejos. Simplemente estaban paseando, y se parecían a Frans y a mí cuando paseábamos; era evidente que mi padre había pensado en nosotros al pintarlo. El niño iba un poco por delante de la niña, pero se había vuelto para decir algo. Tenía cara de travieso y el pelo revuelto. La niña llevaba la cofia como yo, y no como la mayoría de las niñas, con las puntas atadas por debajo de la barbilla o en la nuca. Yo tenía predilección por una cofia blanca que se doblaba en forma de un ala ancha alrededor de mi cara. Me cubría el pelo totalmente y me caía en punta a los lados de la cara de forma que mi expresión no se podía ver de soslayo. La mantenía rígida hirviéndola con mondas de patata.

Me marché de casa con mis cosas atadas en un delantal. Todavía era temprano: nuestros vecinos estaban mojando los escalones y la calle con cubos de agua y fregándolos. Agnes se encargaría de eso ahora, así como de muchas otras de mis tareas. Tendría menos tiempo para jugar en la calle y en los canales. Su vida también iba a cambiar.

La gente me saludaba con la cabeza y me observaba con curiosidad al pasar. Nadie me preguntaba adónde iba ni me gritaba palabras amables. No hacía falta: sabían lo que ocurría en las familias cuando un hombre perdía su empleo. Más tarde se convertiría en tema de conversación: la pequeña Griet convertida en criada, la familia arruinada por culpa de su padre. Sin embargo, no se regodearían. Era algo que le podía pasar a cualquiera.

Había caminado por aquella calle toda mi vida, pero nunca había sido tan consciente de encontrarme de espaldas a mi casa. No obstante, cuando llegué al final y desaparecí de la vista de mi familia, me resultó un poco más fácil caminar con paso seguro y mirar a mi alrededor. Todavía hacía fresco. El cielo de la mañana era una extensión lisa y grisácea que cubría Delft como una sábana, y el sol estival todavía no estaba lo bastante alto para hacerla desaparecer. El canal por cuya orilla caminaba era un espejo de luz blanca teñida de verde. Cuando el sol brillase más, el canal se oscurecería hasta adquirir el color del musgo.

Frans, Agnes y yo solíamos sentarnos junto a aquel canal a tirar cosas dentro —guijarros, palos, una vez un azulejo roto— e imaginábamos con lo que toparían al llegar al fondo: nada de peces, sino criaturas salidas de nuestra imaginación, con muchos ojos, escamas, manos y aletas. Frans se inventaba los monstruos más interesantes. Agnes era la que más se asustaba. Yo siempre ponía fin al juego, demasiado propensa a ver las cosas tal como eran para poder inventar algo que no existía.

Había unas cuantas barcas en el canal que avanzaban en dirección a la plaza del mercado. Sin embargo, no era día de mercado, una ocasión en que el canal estaba tan lleno de embarcaciones que no se veía el agua. Una barca llevaba pescado del río a los puestos del puente de Jeronymous. Otra iba hundida por el peso de los ladrillos que transportaba. El hombre que la empujaba con una pértiga me saludó a gritos. Yo me limité a hacerle una señal con la cabeza y bajé la vista, de forma que el borde de la cofia me ocultó la cara.

Crucé un puente que atravesaba el canal y giré hacia el espacio abierto de la plaza del mercado, que incluso a esas horas estaba lleno de gente que se entrecruzaba de camino a alguna tarea: comprar carne en la lonja de la carne, o pan en la panadería, o pesar madera en la báscula. Los niños hacían recados para sus padres, los aprendices para sus maestros, las criadas para sus amos. A mi derecha estaba el ayuntamiento, con su fachada dorada y sus caras de mármol blanco que miraban desde los dinteles de las ventanas. A mi izquierda estaba la iglesia nueva, donde yo había sido bautizada dieciséis años antes. Su torre alta y estrecha me hacía pensar en una jaula de piedra. Padre nos había llevado a lo alto una vez. Nunca olvidaré la vista de Delft que se extendía debajo de nosotros: las estrechas casas de ladrillo y los empinados tejados rojos, los canales verdes y las puertas de la ciudad, grabados para siempre en mi memoria, diminutos pero definidos. Le había preguntado a mi padre si todas las ciudades holandesas eran así, pero él no lo sabía. Nunca había visitado otra ciudad, ni siquiera La Haya, a tan solo dos horas de trayecto a pie.

Caminé hacia el centro de la plaza. Allí había unas piedras colocadas en forma de estrella de ocho puntas dentro de un círculo. Cada punta señalaba hacia una parte distinta de Delft. Yo la consideraba el centro mismo de la ciudad y de mi vida. Frans, Agnes y yo habíamos jugado en aquella estrella desde que habíamos tenido edad para escapar al mercado. En nuestro juego favorito, uno de nosotros escogía una punta y otro nombraba una cosa —una cigüeña, una iglesia, una carretilla, una flor— y echábamos a correr en esa dirección en busca de esa cosa. Habíamos explorado la mayor parte de Delft de esa forma.

Sin embargo, había una punta cuya dirección no habíamos seguido nunca. Nunca había ido al barrio papista, donde vivían los católicos. La casa en la que iba a trabajar estaba a tan solo diez minutos de la mía, el tiempo que tardaba en hervir una cazuela con agua, pero nunca había pasado por delante de ella.

No conocía a ningún católico. No había muchos en Delft, y no se veía a ninguno en nuestra calle ni en las tiendas que frecuentábamos. No es que los evitásemos, sino que ellos guardaban las distancias. En Delft eran aceptados, pero se suponía que no podían exhibir su fe abiertamente. Celebraban sus misas en privado, en sitios modestos que no parecían iglesias desde fuera.

Mi padre había trabajado con católicos y me había dicho que no se diferenciaban de nosotros. Si acaso, eran menos solemnes. Les gustaba comer, beber, cantar y jugar. Lo decía casi como si los envidiara.

Seguí la punta de la estrella y atravesé la plaza más despacio que cualquier otra persona, pues me resistía a abandonar su entorno familiar. Crucé el puente sobre el canal, giré a la izquierda y seguí Oude Langendijk arriba. A mi izquierda, el canal corría en paralelo a la calle, separándola de la plaza del mercado.

En el cruce con Molenpoort había cuatro niñas sentadas en un banco junto a la puerta abierta de una casa. Estaban colocadas por orden de estatura, de la más mayor, que parecía aproximadamente de la edad de Agnes, a la más pequeña, que probablemente tenía unos cuatro años. Una de las medianas tenía un bebé en el regazo; un bebé grande que probablemente ya gateaba y no tardaría en andar.

Cinco hijos, pensé. Y otro en camino.

La mayor estaba haciendo pompas con una concha sujeta al extremo de un palo hueco; un artilugio muy parecido a uno que nos había hecho mi padre. Las otras se dedicaban a saltar y a explotar las pompas cuando salían. La niña que tenía el bebé en el regazo no se podía mover mucho, y atrapaba pocas burbujas pese a estar sentada al lado de la niña que hacía las pompas. La más pequeña era la que estaba más alejada, con lo cual no tenía ninguna posibilidad de alcanzar las burbujas. La segunda más pequeña era la más rápida, y se lanzaba a por las burbujas y las explotaba con las manos. Era la que tenía el pelo más brillante de las cuatro, rojo como el muro de ladrillo seco que había detrás. La más pequeña y la niña del bebé tenían el pelo rubio rizado como su madre, mientras que el de la mayor era del mismo tono rojo oscuro que el de su padre.

Observé cómo la niña del pelo brillante trataba de aplastar las pompas y las hacía reventar justo antes de que chocasen con las húmedas baldosas grises y blancas colocadas en hileras diagonales delante la casa. Esta me va a dar guerra, pensé.

—Será mejor que las explotes antes de que lleguen al suelo —dije—. O habrá que volver a fregar las baldosas.

La niña mayor se quitó la pipa de las burbujas de la boca. Cuatro pares de ojos me observaron con la misma mirada, que no dejaba lugar a dudas sobre su parentesco. Advertí en ellas varios rasgos de sus padres: los ojos grises de una, los ojos marrón claro de otra, las caras angulosas, los movimientos impacientes.

—¿Eres la nueva criada? —preguntó la mayor.
—Nos han dicho que estuviéramos atentas por si venías —me interrumpió la niña del cabello pelirrojo brillante antes de que pudiera contestar.

—Cornelia, ve a llamar a Tanneke —le dijo la mayor. —Vete tú, Aleydis —ordenó a su vez Cornelia a la más pequeña.

—Iré yo. —Finalmente, la mayor debió de decidir que mi llegada era importante.

—No, iré yo. —Cornelia se puso de pie de un salto y echó a correr delante de su hermana mayor, dejándome a solas con las dos niñas más tranquilas.

Miré el bebé que se retorcía en el regazo de la niña. —¿Es niño o niña?
—Niño —contestó ella con una voz suave como una almohada de plumas—. Se llama Johannes. No lo llames Jan. —Pronunció las últimas palabras como si fueran una muletilla familiar.

—Entiendo. ¿Y cómo os llamáis vosotras? —Lisbeth. Y esta es Aleydis. —La más pequeña me sonrió. Las dos iban ataviadas impecablemente con unos vestidos marrones y unos delantales y cofias blancos.

—¿Y tu hermana mayor?

—Maertge. No la llames Maria. Nuestra abuela se llama Maria, Maria Thins. Esta casa es suya.

El bebé empezó a lloriquear. Lisbeth se puso a menearlo arriba y abajo con la rodilla.

Alcé la vista hacia la casa. Sin duda era más grande que la nuestra, pero no tanto como yo había temido. Tenía dos plantas, además de un desván, mientras que la nuestra solo tenía una y un pequeño desván. Era una casa aparta– da, y Molenpoort pasaba por un lado, de modo que era un poco más ancha que el resto de las casas de la calle. Parecía menos apretujada que muchas casas de Delft, que estaban apiñadas en filas estrechas de ladrillos a lo largo de los canales, con sus chimeneas y sus tejados escalonados reflejados en el agua verde del canal. Las ventanas de la planta baja eran muy altas, y en el primer piso había tres ventanas juntas en lugar de las dos del resto de las casas de la calle.

Desde la parte delantera de la casa se veía la torre de la iglesia nueva al otro lado del canal. Una extraña vista para una familia católica, pensé. Una iglesia en la que nunca entrarían.

—Así que tú eres la nueva criada —oí detrás de mí.

La mujer que estaba en la puerta tenía una cara ancha, llena de marcas de una enfermedad. Su nariz era bulbosa e irregular, y sus gruesos labios se apretaban formando una boca pequeña. Tenía los ojos azul claro, como si hubiera atrapado el cielo en ellos. Llevaba un vestido pardo grisáceo con una blusa blanca, una cofia bien atada alrededor de la cabeza y un delantal que no estaba tan limpio como el mío. Se quedó en la puerta bloqueando el paso, de modo que Maertge y Cornelia tuvieron que empujarla a un lado para salir, y me miraba con los brazos cruzados como si estuviera esperando a que yo la desafiara.

Se siente amenazada por mí, pensé. Si la dejó, me intimidará.

—Me llamo Griet —dije, mirándola con serenidad—. Soy la nueva criada.

La mujer cambió el peso de una cadera a la otra. —Entonces más vale que entres —dijo un momento después. Volvió al oscuro interior de la casa para dejar la puerta despejada.

Crucé el umbral.

Lo que siempre recordé de la primera vez que entré en el salón fueron los cuadros. Me detuve detrás de la puerta, agarrando mi hatillo, y me quedé mirando. Había visto cuadros antes, pero nunca tantos en una misma habitación. Conté once. En el más grande aparecían dos hombres casi desnudos luchando entre ellos. No reconocí que fuera una escena de la Biblia y me pregunté si era un tema católico. Otros cuadros eran de contenido más familiar: montones de fruta, paisajes, barcos en el mar, retratos. Parecían obra de varios pintores. Me pregunté cuáles pertenecían a mi nuevo amo. Ninguno era lo que yo esperaba de él.

Más tarde descubrí que todos habían sido realizados por otros pintores; él casi nunca se quedaba con los cuadros terminados. Además de artista era marchante, y había cuadros colgados prácticamente en todas las habitaciones, incluso en la que yo dormía. En total había más de cincuenta, aunque el número variaba con el tiempo a medida que comerciaba con ellos y los vendía.

—Vamos, no te quedes ahí con la boca abierta.

La mujer avanzó a toda prisa por un largo pasillo que recorría un lado de la casa hasta la parte trasera. La seguí, y de repente se metió en una habitación situada a la izquierda. En la pared de enfrente había colgado un cuadro más grande que yo. En él aparecía Jesús crucificado, rodeado de la Virgen María, María Magdalena y San Juan. Procuré no mirarlo, pero me asombró el tamaño y el tema de la pintura. «Los católicos no son tan diferentes de nosotros», había dicho mi padre. Pero nosotros no teníamos cuadros como aquel en nuestras casas, ni en nuestras iglesias, ni en ninguna parte. Ahora iba a ver aquel cuadro todos los días.

Siempre pensaría en aquel cuarto como el cuarto de la crucifixión. Nunca me sentí cómoda en él.

El cuadro me sorprendió tanto que no me fijé en la mujer del rincón hasta que abrió la boca.

—Bueno, muchacha —dijo—, esto debe de ser algo nuevo para ti.

Estaba sentada en una silla confortable fumando una pipa. Tenía los dientes marrones y los dedos manchados de tinta. El resto de su persona lucía un aspecto impecable: su vestido negro, su cuello de encaje, su rígida cofia blanca. Aunque su cara arrugada tenía una expresión severa, sus ojos marrón claro parecían divertidos.

Era la clase de anciana que parecía que fuera a sobrevivir a todo el mundo.

Es la madre de Catharina, pensé de repente. No solo tenía su color de ojos y un mechón de pelo gris que le salía de la cofia de la misma forma que a su hija. También tenía la actitud de alguien acostumbrado a cuidar de aquellos menos capacitados que ella: es decir, de Catharina. Entonces comprendí por qué me habían llevado ante ella en lugar de ante su hija.

Aunque la mujer parecía mirarme distraídamente, me estaba observando con atención. Al ver que entornaba los ojos, me di cuenta de que sabía lo que me estaba pasando por la cabeza. Volví la cabeza para que la cofia me ocultase la cara.

Maria Thins chupó su pipa y se rió entre dientes.

—Eso es, muchacha. Aquí te callarás lo que pienses. Vas a trabajar para mi hija. Ella ha salido a comprar, pero Tanneke te enseñará la casa y te explicará cuáles son tus tareas.

Asentí con la cabeza.
—Sí, señora.

Tanneke, que había permanecido de pie junto a la anciana, pasó por mi lado dándome un empujón. La seguí, notando los ojos de Maria Thins en mi espalda, y volví a oír cómo se reía entre dientes.

Tanneke me llevó primero a la parte de atrás de la casa, donde estaban la cocina, el lavadero y dos despensas. El lavadero daba a un pequeño patio lleno de ropa blanca tendida.

—En primer lugar, hay que planchar esto —dijo Tanneke.

Yo no dije nada, aunque parecía que la colada todavía no se había blanqueado bien con el sol del mediodía.

Me llevó de nuevo adentro y señaló un agujero que había en el suelo de una de las despensas, que tenía una escalera de mano que bajaba por él.

—Tú dormirás ahí —anunció—. Deja tus cosas ahí dentro. Ya te instalarás luego.

Dejé caer mi hatillo de mala gana en el oscuro agujero, pensando en las piedras que Agnes, Frans y yo tirábamos en el canal para ver si había monstruos. Mis cosas cayeron en el suelo sucio con un ruido sordo. Me sentí como un manzano que pierde su fruta.

Seguí de nuevo a Tanneke por el pasillo, al que daban todas las habitaciones; muchas más de las que había en nuestra casa. Al lado del cuarto de la crucifixión donde estaba Maria Thins, en dirección a la parte de delante de la casa, había una habitación más pequeña con camas de niño, orinales, sillas pequeñas y una mesa, sobre la cual había varios objetos de loza, velas, matacandelas y ropa, todo revuelto.

—Aquí duermen las niñas —murmuró Tanneke, tal vez avergonzada por el desorden.

Salió de nuevo al corredor y abrió una puerta que daba a una habitación grande, por cuyas ventanas entraba la luz a raudales y se derramaba sobre el suelo de baldosas rojas y grises.

—La sala grande —murmuró—. Aquí duermen el señor y la señora.

La cama estaba adornada con unas cortinas de seda verdes. En la habitación había más muebles: un gran armario con incrustaciones de ébano y una mesa de madera blanca pegada a las ventanas y rodeada de varias sillas de cuero. Pero, una vez más, lo que de veras me impresionó fueron los cuadros. En aquella habitación había más que en cualquier otra. Con ...