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LA LENGUA DE LOS DIOSES

Andrea Marcolongo

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Fragmento

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Los griegos decían que solo «de las palabras nacen la belleza y el encanto».

Ver traducido en español mi primer libro es una auténtica maravilla, pues La lengua de los dioses habla de una lengua, el griego antiguo, que no ha dejado nunca de seducir a hombres y mujeres de todas las épocas y de todos los lugares por su hermosura, su elegancia y sobre todo por su rareza.

Traducir significa llevar al lector de la mano, acompañarlo más allá de su manera de pensar a través de una lengua desconocida para desvelar su magia, para quitar el velo al hechizo de las palabras y hacer que se conviertan en realidad sorprendente, en pasión.

Por este motivo, cuando veo que mis palabras, nacidas en una lengua, el italiano, con el fin de hablar de otra —ese griego que Virginia Woolf definía en 1905 en The Magic Language—, arriban a otro puerto, el del español, resulta para mí verdaderamente mágico. Como si mi visión del mundo de los griegos a través de las palabras —desde su particularísima manera de concebir el tiempo hasta la expresión del deseo, desde saber transmitir el amor hasta la superación de la barrera de los géneros de las cosas y de la vida— hubiera emprendido un nuevo periplo.

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Gracias a esta traducción de Taurus, el libro, como Ulises, se enfrenta a un viaje de la lengua griega que dura desde hace ya más de dos mil años, y que, sin embargo, aún es capaz de hablarnos a nosotros, mientras vamos en busca de la «casa de nuestras palabras», que ya no encontramos, en busca de nuestra Ítaca lingüística.

No existe viaje que llegue a una meta sin medirse con la diversidad que se encuentra a lo largo del trayecto; el griego es irremediablemente distinto, por eso sentimos una especie de añoranza de él, como si fuera una historia de amor que nunca hemos vivido, sino siempre anhelado.

No importa si conocéis o no el griego; este libro está dedicado a cualquier persona que busque las palabras para hablar de sí mismo en el presente. La lengua de los dioses no es un manual tradicional, un ensayo académico, una clase impartida desde lo alto de una tarima: es una síntesis del alma a través de una lengua antiquísima como la griega, que, sin embargo, no ha sido nunca tan moderna.

Con este libro el griego ha vuelto a mí, que lo he amado siempre, y ahora vuelve a vosotros, vuelve a casa, a vuestra manera de pensar, a vuestras palabras y a vuestros gestos cotidianos. Vuelve porque no se ha ido nunca: lo clásico no es algo antiguo, sino algo que no deja nunca de tener cosas que contar, decía Italo Calvino. A través de La lengua de los dioses el griego antiguo tiene mucho que contaros; y también tiene mucho que pediros.

¿Cuándo fue la última vez que dijisteis «te quiero» de verdad, que lo disteis todo por hacer realidad un sueño? ¿Cuándo os sentisteis verdaderamente libres de disponer de vuestra vida y por lo tanto obligados a asumir la responsabilidad heroica, griega, de tomar una decisión que cambió para siempre el curso de vuestra existencia?

La lengua de los dioses demuestra lo que siempre he pensado, desde cuando me enamoré del griego siendo una chiquilla e hice de él la brújula de mi vida cosmopolita, entre alegrías y penas, en un mundo actual tan lleno de contradicciones: no existen lenguas muertas o no muertas; lo que existe son lenguas fecundas, tan fértiles como el griego, que forman parte de vuestra lengua materna, tan potentes que forman parte de vosotros mismos.

Al término de la lectura quizá sintáis nostalgia; no de una época como la de la antigua Atenas, sino de una manera de ver el mundo y de saber expresarlo por medio de las palabras, una manera como la de los griegos, tan clara, tan pura, tan tajante, nacida y pensada a la medida del hombre. La nostalgia de las cosas que no hemos vivido y que no viviremos nunca, pero que necesitamos.

Platón decía que «pensar es el acto del alma que se habla a sí misma». Espero que también vosotros, como me ha pasado a mí, sepáis hablaros a vosotros mismos con autenticidad y humana sinceridad a través de mi relato revolucionario del griego antiguo.

INTRODUCCIÓN

El mar quema las máscaras,

las incendia el fuego de la sal.

Hombres llenos de máscaras

llamean en el litoral.

Tú sola podrás resistir

en la hoguera del carnaval.

Tú sola que, sin máscaras,

ocultas el arte de existir.

GIORGIO CAPRONI, «Cronistoria»

«[Es] raro —muy raro— que deseemos saber griego, que intentemos conocerlo, que nos sintamos siempre atraídos por él y estemos siempre formándonos alguna idea sobre su significado, aunque quién sabe a partir de qué detalles incongruentes y con qué escaso parecido con el verdadero sentido del griego —escribió Virginia Woolf—. [Porque] en nuestra ignorancia seremos siempre los últimos de la clase, teniendo en cuenta que no sabemos cómo sonaban las palabras, ni dónde exactamente deberíamos reír.»

Yo también soy rara. Muy rara.

Y agradezco esta rareza mía, que, sin cita previa, como las cosas hermosas que suceden en la vida, me ha llevado a escribir este libro dedicado al griego antiguo. Y de ese modo me he obstinado no solo en querer saber griego, sino incluso en contarlo.

Contároslo a vosotros. Siempre como la última de la clase, por supuesto; pero al menos quizá ahora sepa deciros dónde exactamente deberíamos echarnos a reír.

Lengua muerta y lengua viva.

Tortura del liceo clásico[1] y aventuras de Ulises.

Traducción y jeroglíficos.

Tragedia o comedia.

Comprensión o malinterpretación.

Amor y desamor, sobre todo.

Rebelión, por tanto.

Entender el griego no es cuestión de talento, sino de militancia; como la vida.

Si he escrito estas páginas ha sido porque siendo una jovencita me enamoré del griego antiguo; el amor más largo de mi vida, en resumidas cuentas.

Ahora, mujer ya hecha y derecha, me gustaría intentar regalar (o devolver) un poco de amor a los que se han desenamorado de ella; casi todos los que se toparon —de muchachos— con esta lengua —de adultos— en los años del liceo clásico. Y me gustaría incluso que se enamoraran de esta lengua los que ni siquiera la conocen.

Sí, este libro, ante todo, habla de amor: por una lengua, pero sobre todo por los seres humanos que la hablan; o, si ya no la habla nadie, por los que la estudian porque están obligados o porque se sienten irremediablemente atraídos por ella.

No importa, por tanto, que conozcáis o no el griego antiguo. No están previstos exámenes de madurez ni pruebas sorpresa. Sorpresas, en cambio, sí; y muchas.

Tampoco importa que no hayáis estudiado en el liceo clásico. Si no lo habéis hecho, mejor. Si soy capaz de guiaros por el laberinto del griego con mi fantasía, llegaréis al final del camino con nuevas maneras de concebir el mundo y vuestra vida, con independencia de la lengua en la que expreséis vuestras palabras.

Si habéis estudiado en el liceo clásico, mejor todavía. Si consigo responder a preguntas que no os habíais hecho nunca o que nunca han recibido respuesta, quizá al final de esta lectura habréis recuperado partes de vosotros que habíais perdido en vuestra juventud estudiando griego sin entender bien por qué, y que puede que ahora os resulten útiles, muy útiles.

En ambos casos, estas páginas serán un modo, entre vosotros y yo, de jugar a pensar en griego antiguo.

A lo largo de su vida, cada uno de vosotros ha debido de toparse con el griego y con los griegos. Unos con las piernas encogidas debajo del pupitre del liceo; otros en el teatro, ante una tragedia o una comedia; otros en los pálidos pasillos de los museos arqueológicos que llenan Grecia e Italia… En todos los casos, el sentido de la esencia griega no parece ser nunca más apasionante y vivo que una estatua de mármol.

A todos —absolutamente a todos—, tarde o temprano han debido de decirnos (o quizá ni siquiera nos lo han dicho, porque desde hace dos mil años el rumor que circula es siempre el mismo, un rumor que está ya debajo de la piel y dentro de la cabeza de cualquier europeo): «Todo lo hermoso e insuperable que se ha dicho o hecho en el mundo lo hicieron o dijeron por primera vez los antiguos griegos». Y por lo tanto en griego antiguo.

Casi nadie tiene un conocimiento directo de ellos: la única certeza es que ya no existe ni un solo griego antiguo que hable griego antiguo. Solo se ha «oído hablar» de ellos, o quizá ni siquiera eso, como decía antes; es así y basta; desde hace siglos.

Pues bien, nuestra presunta herencia cultural griega nos ha sido transmitida por un pueblo antiguo que no entendemos en una lengua antigua que tampoco entendemos.

Formidable.

Es terrible la situación de quien no entiende una cosa, pero le han dicho que debe amarla; enseguida la empieza a odiar.

En apariencia, nos sentimos orgullosos de los griegos y del griego antiguo frente a los mármoles del Partenón o ante el teatro de Siracusa, como si fueran obra de nuestros antepasados, de nuestros tatarabuelos más lejanos. Nos gusta imaginarlos al sol de alguna pequeña isla, a punto de inventar la filosofía o la historiografía, o quizá sentados en un teatro ubicado en la ladera de alguna colina mientras asisten a la representación de una tragedia o una comedia; o incluso de noche, admirando un cielo henchido de estrellas mientras descubren la ciencia y la astronomía.

En cambio, en el fondo nos sentimos siempre inseguros de nosotros mismos, como si frente a las preguntas de un examen sobre una historia que no es nuestra hubiéramos olvidado algo de la antigua Grecia. Y la lengua griega es precisamente ese algo que no entendemos.

«El griego: ese instante absurdo, trágico, de lo humano», por citar a Nikos Dimou y toda su desdicha.

Así, pues, no solo nos acercamos como desheredados e inadaptados a esa herencia cultural del griego antiguo. Incluso si intentamos recuperar unas migajas de aquello que el mundo griego nos ha legado, somos víctimas de uno de los sistemas educativos más retrógrados y obtusos del mundo (por supuesto a mi juicio, siempre como última de la clase y quizá, después de este libro, como suspendida y expulsada).

El liceo clásico, tal como está estructurado, parece que no tenga más objetivo que mantener a los griegos y a su griego tan inaccesibles como sea posible, mudos y gloriosos en lo alto de su Olimpo, envueltos en un temor reverencial que a menudo se convierte en terror divino y en una desesperación muy terrena.

Los métodos de aprendizaje al uso, a excepción de unos pocos profesores inspirados, son una perfecta garantía de odio, y no de amor, para quien se atreve a acercarse a la lengua griega. La consecuencia es la rendición total ante esa herencia que ya no queremos, porque en cuanto la acariciamos no la entendemos y salimos corriendo aterrorizados. La mayoría queman las naves del griego tras de sí, en cuanto se ven libres de la obligación escolar.

Serán muchos los lectores a los que este libro les devuelva la memoria pegajosa de sus miedos, de sus fatigas, de su rabia, de su frustración hacia el griego antiguo, reconociéndose en los míos. Sin embargo, estas páginas nacen de la convicción de que no tiene sentido saber una cosa que no se recordará, sobre todo si se ha estudiado con sudor durante cinco años o más. ...