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LA LLAMADA DEL DESEO (PSI/CAMBIANTES 10)

Nalini Singh

5


Fragmento

1

Hawke cruzó los brazos y se apoyó en su sólido y robusto escritorio, con la mirada fija en las dos jóvenes que tenía delante. Con las manos a la espalda y las piernas ligeramente separadas en posición de descanso, Sienna y Maria parecían las soldados que eran... salvo por el hecho de que se les veía el pelo enredado en una salvaje maraña, con pegotes de barro, hojas aplastadas y otros restos del bosque. Además llevaban la ropa desgarrada y desprendían el potente y acre olor de la sangre.

Su lobo mostró los dientes.

—A ver si lo he entendido bien —dijo con un tono tan calmado que hizo que Maria, cuya piel tenía un cálido y suave tono moreno allí donde no estaba amoratada y ensangrentada, se pusiera pálida—. En vez de quedaros de guardia, protegiendo la frontera defensiva del clan, habéis decidido librar vuestra batalla personal por la dominación.

Sienna, por supuesto, se enfrentó a su mirada; algo que ningún lobo habría hecho dadas las circunstancias.

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—Fue...

—Silencio —espetó—. Si abres de nuevo la boca sin permiso, os pondré a ambas en el parque con los de dos años.

Aquellos alucinantes ojos de cardinal, estrellas blancas sobre un fondo de intenso color negro, se tornaron de un ébano puro, y Hawke sabía muy bien que eso indicaba furia, pero Sienna apretó los dientes. Maria, por otra parte, había palidecido todavía más. Bien.

—Maria. —El alfa decidió centrarse en la cambiante menuda, cuya estatura ocultaba su habilidad y fuerza tanto en forma humana como animal—. ¿Cuántos años tienes?

Maria tragó saliva.

—Veinte.

—No eres una menor —comenzó la frase Hawke. Los tupidos rizos negros de Maria, llenos de barro, se movieron sin vida cuando negó con la cabeza—. Entonces explícame esto.

—No puedo, señor.

—Respuesta correcta. —Ninguna razón que pudiera ofrecerle sería una excusa lo bastante buena para justificar la estúpida pelea—. ¿Quién dio el primer puñetazo?

Silencio.

Su lobo lo aprobó. Poco importaba quién había incitado el intercambio cuando ninguna había dado media vuelta y se había alejado de aquello, y lo cierto era que habrían tenido que trabajar como un equipo, así que su castigo sería como equipo... con una advertencia formal.

—Siete días —le dijo a Maria—. Reclusión domiciliaria salvo una hora al día. Prohibido todo contacto mientras estés recluida.

Se trataba de un castigo duro; los lobos eran criaturas gregarias, familiares, y Maria era uno de los miembros más alegres y sociables de la guarida. Obligarla a pasar sola todo ese tiempo era indicativo de hasta qué punto había metido la pata.

—La próxima vez que decidas abandonar una guardia no seré tan indulgente —añadió Hawke.

Maria se arriesgó a mirarle durante un fugaz segundo antes de apartar esos vívidos ojos castaños, pues su instinto dominante no era rival para el de su alfa.

—¿Puedo ir al veintiún cumpleaños de Lake?

—Si es así como quieres utilizar tu hora diaria...

Sí, obligarla a perderse la mayor parte de la fiesta de cumpleaños de su novio le convertía en un cabrón, sobre todo porque los dos estaban dando los primeros y titubeantes pasos en la relación, pero ella había sido muy consciente de lo que hacía cuando decidió enzarzarse en una pelea con una colega soldado para ver quién era mejor.

Los SnowDancer eran un clan fuerte porque se guardaban las espaldas unos a otros. Hawke no iba a permitir que la estupidez o la arrogancia minaran unos pilares que había construido de la nada tras los sangrientos sucesos que le robaron a sus padres y destruyeron el clan, hasta el punto de que su recuperación les había llevado más de una década de absoluto aislamiento.

Refrenó su temperamento por los pelos y dirigió la atención hacia Sienna.

—Se te ordenó específicamente que no te metieras en altercados físicos —dijo con su lobo muy presente en la voz.

Sienna no articuló palabra. Daba igual; su ira era un ardiente pulso contra la piel de Hawke, tan descarnada y turbulenta como la propia Sienna. Cuando se encontraba así, con su naturaleza salvaje apenas imperturbable, resultaba difícil creer que hubiera llegado al clan sumida en el Silencio, con las emociones encerradas bajo tanto hielo que había enfurecido a su lobo.

Maria cambió el peso de un pie al otro al ver que él no continuaba de inmediato.

—¿Tienes algo que decir? —preguntó el alfa.

Maria era una de las mejores soldados novatas del clan cuando no dejaba que su temperamento la dominara.

—Empecé yo —adujo con las mejillas coloradas y los hombros en tensión—. Ella solo se estaba defendiendo...

—No —replicó Sienna con tono firme, tajante, sepultando la ira bajo un glacial muro de control—. Acepto mi parte de la culpa. Podría haberme marchado.

Hawke entrecerró los ojos.

—Maria, vete.

La soldado novata vaciló durante un segundo, pero era una loba subordinada y su instinto natural de obedecer a su alfa era demasiado poderoso como para oponerse a él... aunque estuviera claro que quería quedarse para apoyar a Sienna. Hawke se dio cuenta y aprobó la muestra de lealtad lo suficiente como para no replicarle por titubear.

La puerta se cerró a su espalda con un sonido quedo que pareció atronador dentro del tenso silencio del despacho. Hawke esperó para ver qué iba a hacer Sienna ahora que estaban solos. Para su sorpresa, mantuvo la posición.

Alargó la mano y le asió la barbilla, girándole la cara a un lado para que la luz incidiera en sus suaves rasgos.

—Considérate afortunada de no tener el pómulo roto. —La carne alrededor del ojo iba a adquirir un montón de tonos morados—. ¿Dónde más estás herida?

—Estoy bien.

Sus dedos le asieron la mandíbula con mayor firmeza.

—¿Dónde más estás herida?

—A Maria no le has preguntado. —Su obstinada voluntad era patente en cada palabra.

—Maria es una loba capaz de soportar cinco veces los golpes de una mujer psi y seguir en pie. —Esa era la razón de que a Sienna le hubieran ordenado no meterse en peleas físicas con los lobos. Eso y el hecho de que aún no controlaba completamente sus mortíferas habilidades—. Responde a la pregunta o te juro por Dios que te asigno al parque.

Sería la más humillante de las experiencias, y ella lo sabía; cada músculo de su cuerpo estaba en tensión a causa de la ira contenida de manera férrea.

—Contusiones en las costillas —respondió apretando los dientes—, abdomen magullado, hombro dislocado. Nada roto. Debería recuperarme en una semana.

—Extiende los brazos —le ordenó soltándole la barbilla.

Ella vaciló.

El lobo gruñó lo bastante alto como para que ella se estremeciera.

—Sienna, he sido permisivo contigo desde que llegaste al clan, pero esto termina hoy. —La insubordinación por parte de un menor se podía castigar y perdonar. En un adulto, en un soldado, se trataba de un asunto mucho más serio. Sienna tenía diecinueve camino de veinte, su rango era el de novato; pasar por alto sus actos no era una opción—. Extiende los putos brazos.

Algo en su tono debió de impresionarle, porque hizo lo que le ordenaba. Había unos pequeños cortes en esa cremosa piel besada por el sol, pero no tajos, que habrían indicado el uso de garras.

—Así que Maria consiguió refrenar a su loba.

Si no lo hubiera hecho la habría enviado de nuevo a adiestramiento de una patada. Una cosa era enfadarse; perder el control de tu lobo era algo mucho más peligroso.

Sienna cerró los puños al bajar los brazos.

Cuando alzó la vista, Hawke la miró a los ojos, de un negro absoluto e infinito. Resultaba evidente que estaba luchando contra el impulso básico de atacarle, pero continuó manteniendo la posición.

—¿Hasta dónde has llegado tú?

Su control era impresionante, y eso le irritaba a pesar de que no debería ser así. Pero claro, con Sienna Lauren nunca nada había sido fácil.

—No utilicé mis habilidades. —Los tendones del cuello se le marcaban en la piel cubierta de barro—. Si lo hubiera hecho, estaría muerta.

—Razón por la que tus problemas son más graves que los de Maria.

Cuando dio asilo a la familia Lauren tras su deserción de la fría esterilidad de la PsiNet, lo hizo bajo un número de estrictas condiciones. Una de ellas había sido la prohibición de utilizar las habilidades psi con los compañeros de clan.

Un significativo número de cosas habían cambiado desde entonces y los Lauren eran ahora una parte integral y aceptada del clan. El tío de Sienna, Judd, era uno de los tenientes de Hawke, y a menudo utilizaba sus habilidades telepáticas y telequinésicas para defender a los SnowDancer. Hawke nunca había puesto límites a los dos Lauren más jóvenes, pues sabía que Marlee y Toby necesitarían sus armas psíquicas para defenderse de los revoltosos compañeros de juegos lobos.

Pero esa libertad no se extendía a Sienna porque Hawke sabía lo que podía hacer. En cuanto Judd aceptó el vínculo de sangre de los tenientes, ocultar secretos a su alfa se había convertido en una cuestión de lealtad y confianza.

—¿Por qué? —Sienna levantó la cabeza—. No he desobedecido la regla referente al uso de mis habilidades.

Naturalmente que iba a desafiarle.

—Pero has desobedecido una orden directa al enzarzarte en la pelea —replicó Hawke conteniendo la brusca respuesta del lobo a su desafío—. Tú misma has dicho que podrías haberte marchado.

Unas líneas blancas enmarcaban su boca.

—¿Tú lo habrías hecho?

—No se trata de mí. —En otro tiempo había sido un joven impulsivo, y le habían pateado el culo por ello... hasta que todo cambió y su juventud fue aniquilada en una oleada de sangre, dolor y pena atroz—. Ambos sabemos que tu falta de control podría haber llevado a un desenlace mucho más serio.

Lo peor era que ella también lo sabía... y, sin embargo, se había permitido cruzar esa línea. Eso enfurecía a Hawke más que nada.

—Si no me quieres en la guarida, podría cumplir la reclusión en las tierras de los DarkRiver —adujo Sienna mientras él pensaba cómo lidiar con ella.

Hawke soltó un bufido ante la referencia al clan de leopardos, que era el aliado de más confianza de los SnowDancer.

—¿Para que puedas estar con tu novio? Buen intento.

La piel de Sienna adquirió un apagado tono rojizo.

—Kit no es mi novio.

Hawke no pensaba tener esa conversación. Ni en ese momento ni nunca.

—No tienes ni voz ni voto en tu castigo. —La había consentido demasiado. Era culpa suya que ahora eso se le estuviera volviendo en contra—. Una semana de reclusión en las dependencias del área de los soldados y una hora libre al día. —Los psi soportaban muchísimo mejor el aislamiento que los cambiantes, pero sabía que Sienna no era la misma desde que abandonó la PsiNet y se había integrado mucho más en los lazos de familia, del clan—. Y una segunda semana trabajando con los bebés en la guardería, ya que últimamente actúas como si tuvieras esa edad. Nada de rotaciones hasta que se pueda confiar en que te ceñirás a tu tarea.

—Yo... —Cerró la boca cuando él enarcó una ceja.

—Tres semanas —dijo con suavidad—. La última la pasarás en la cocina fregando platos —sentenció. Las mejillas de Sienna enrojecieron todavía más, pero no volvió a interrumpirle—. Puedes irte.

Solo cuando se hubo marchado, mientras su aroma a especias y a otoño perduraba en el aire en una silenciosa rebelión que sin duda ella habría disfrutado de haberlo sabido, Hawke aflojó el férreo control sobre el lobo que era su mitad más feroz.

Este se lanzó a por su olor.

Inspirando con brusquedad, Hawke combatió el primitivo impulso de salir tras ella. Había luchado contra el instinto durante meses, desde que el lobo decidió que ya era adulta y, por tanto, una posible presa. Su mitad humana no estaba teniendo demasiado éxito tratando de convencer al lobo, no cuando tenía que luchar contra el acuciante deseo de reclamar los privilegios de piel más íntimos cada vez que ella estaba presente.

—Joder. —Cogió el teléfono vía satélite que los técnicos le habían entregado hacía cuatro semanas e hizo una llamada al alfa de los DarkRiver.

Lucas respondió al segundo tono.

—¿Qué sucede?

—Sienna no irá con vosotros durante una temporada. —Aparte de la distancia de la guarida, de él, que al parecer Sienna necesitaba, había estado trabajando con la compañera de Lucas, Sascha, para comprender y hacerse con el control de sus habilidades. Pero...—. No puedo dejarlo pasar. Esta vez no.

—Entendido. —Fue la respuesta de su colega alfa.

Hawke se sentó en el borde de su escritorio y se pasó una mano por el pelo.

—¿Puede con ello?

Sabía que no se vendría abajo, pues Sienna era demasiado fuerte. Esa fortaleza actuaba como una droga para su lobo, pero el poder que vivía en su interior era tan vasto que había que tratarlo como a la más salvaje de las bestias.

—La última vez que vino, Sascha dijo que demostró un excepcional nivel de estabilidad, muy diferente de cuando empezaron a trabajar juntas —respondió Lucas—. Ya no se ven con regularidad, así que eso no es ningún problema.

Hawke se quedó tranquilo.

—Me aseguraré de que Judd esté pendiente de ella a nivel psíquico, por si acaso —adujo Hawke.

A Sienna no le agradaría la supervisión, pero los hechos eran los hechos; era peligrosa y él tenía que pensar en la seguridad del clan. En cuanto a la ferocidad de su instinto protector en lo referente a ella, no pensaba mentir y fingir que no existía.

—¿Puedo preguntar qué ha pasado? —La voz de Lucas denotaba curiosidad.

Hawke le hizo un breve resumen al gato.

—Ha estado peor este último mes. —Antes de eso todos los miembros veteranos del clan se habían fijado y habían aprobado su recién hallada estabilidad—. Tengo que empezar a ponerme serio con ella o provocaré un descontento general.

La jerarquía era el pegamento que mantenía unido al clan. Como alfa, Hawke se encontraba en la cúspide y ni podía ni quería aceptar la rebelión de un subordinado.

—Sí, lo entiendo —replicó Lucas—. Aunque me sorprende. Aquí es la soldado perfecta, ni siquiera me rechista. Tiene una mente afilada como una cuchilla.

Hawke flexionó las garras una y otra vez.

—Sí, bueno, no es tuya.

Hubo un largo y quedo silencio.

—He oído que has estado saliendo con alguien.

—¿Quieres cotillear? —Hawke no intentó disimular su irritación.

—Kit y los otros novatos te vieron con una rubia de infarto hace unas semanas. En un restaurante en Pier 39.

Hawke hizo memoria.

—Es una consultora de medios en la CTX. —Los SnowDancer y los DarkRiver poseían la mayoría de las acciones de la empresa de comunicaciones, una inversión que estaba teniendo un éxito tan arrollador que hasta los psi comenzaban a buscar reportajes libres de la aplastante influencia de su dictatorial Consejo regente—. Quería hablarme de hacer una entrevista.

—¿Cuándo la emitirán?

—Cuando los cerdos vuelen. —Hawke no actuaba ante las cámaras, y se había asegurado de que la señorita consultora comprendiera que los SnowDancer no estaban pensando en cambiar su imagen de lobos salvajes y carnívoros por la de apacibles lobitos de peluche. Podía trabajar con eso o buscarse a otro posib... Una idea repentina atravesó su reciente furia e hizo que su mano apretara el teléfono—. ¿Estaba Sienna con los novatos?

—Sí.

Esa vez fue Hawke quien guardó silencio; su lobo adoptó una posición alerta, atrapado entre dos necesidades opuestas.

—No hay nada que pueda hacer al respecto, Luc —dijo al final; la tensión que agarrotaba cada músculo de su cuerpo casi resultaba dolorosa.

—Eso mismo decía Nate.

El centinela de los leopardos ahora estaba felizmente emparejado y tenía dos cachorros.

—No es lo mismo.

No se trataba solo de una cuestión de edad; la brutal e irrefutable verdad era que la compañera de Hawke estaba muerta. Había fallecido de niña. Sienna no comprendía lo que eso significaba, lo poco que tenía para ofrecerle a ella o a cualquier mujer. Sabía muy bien que la destruiría si era tan egoísta como para sucumbir a la desconocida aunque poderosa atracción entre ellos.

—Eso no significa que no puedas ser feliz. Piensa en ello. —Y Luc colgó.

«No se han acostado, ¿sabes...? No lo dejes mucho, Hawke, o es posible que la pierdas.»

Aquellas palabras se las dijo Indigo hacía dos meses, refiriéndose a Sienna y a ese cachorro que siempre que Hawke se daba la vuelta estaba pegado a ella como una lapa. Dejando a un lado el hecho de que el chico fuera un leopardo, Kit no tenía nada de malo. Sería la pareja perfecta...

Oyó un crujido.

Su nuevo teléfono por satélite tenía una grieta en la pantalla.

RECUPERADO DEL ORDENADOR 2(A)
CORRESPONDENCIA PERSONAL, PADRE, PSI-E, ACCIÓN REQUERIDA Y COMPLETADA[1]

DE: Alice <alice@scifac.edu>

PARA: Papá <ellison@archsoc.edu>

FECHA: 26 de septiembre de 1970, a las 23:43

ASUNTO: ¡Noticias!

Hola, papá:

Tengo noticias muy emocionantes. Aunque ahora mismo estoy terminando mi tesis sobre los psi-e, ¡he obtenido fondos para un segundo estudio sobre la rara designación «x»! El comité de becas mencionó mis dos ensayos el año pasado y dijo que mi visión externa de las habilidades psi ha dado lugar a algunas conclusiones únicas; supongo que tienen razón. A fin de cuentas no soy psi. Mis empáticos nunca me han hecho sentir como alguien ajeno, pero ese es su don, ¿no?

George, que pronto será mi compañero en vez de mi supervisor, dice que me arriesgo al fracaso con este proyecto, ya que últimamente se está volviendo más difícil lidiar con el Consejo de los Psi. Además, se conoce muy poco sobre los «x». Pero le digo que ese es el propósito. Puede que no sea arqueóloga como tú, papá, pero estoy explorando mis propias tierras desconocidas.

Y hablando de George, está trabajando en un artículo sobre el desarrollo de internet. Se mantiene firme en que no se habría desarrollado tan rápido como lo ha hecho si no tuviéramos la PsiNet como ejemplo y estímulo, y estoy de acuerdo con él; la financiación solo llegó pronto y en grandes cantidades al principio porque las empresas buscaban paridad informativa. George quiere la opinión de otro antropólogo, así que le he dicho que se lo enviaré a mamá (¿se lo dices tú?).

Espero que las arenas de Egipto estén siendo buenas con los dos.

Te quiere,

ALICE

2

Su serena fachada se hizo añicos como el cristal en cuanto cerró la puerta y se encontró sola. Sienna pateó la pared del fondo del apartamento que le habían asignado en la zona de la guarida reservada para los soldados sin emparejar. Raras veces usaba ese alojamiento, pues prefería vivir con su hermano Toby, su tío Walker y su prima Marlee. Pero ahora estaba atrapada en aquel espacio pequeño y espartano durante el resto de la semana.

«Sienna, he sido permisivo contigo desde que llegaste al clan, pero esto termina hoy.»

Se estremeció al recordarlo. No había más que una ira lacerante en aquellos ojos de un azul tan pálido, los ojos de un husky en forma humana. En combinación con esa melena rubio platino y, sobre todo, con esa personalidad de alfa, Hawke era un hombre que atraía la atención femenina sin el más mínimo esfuerzo.

Apretó el puño. Ese día no había visto a una mujer delante de él, sino a un miembro del clan en el que no se podía confiar y que con sus actos había puesto en peligro a los SnowDancer. Ningún castigo habría sido comparable al sentimiento de culpa que ella ya tenía. El gélido nudo de vergüenza en su estómago era un glacial recordatorio de hasta qué punto la había cagado. Tanto tiempo y trabajo, y a la hora de la verdad había permitido que su temperamento se impusiera a su mente racional.

—Joder, Sienna.

Introdujo las manos en su pelo, haciendo una mueca cuando le cayó en la cara barro seco, y empezó a desvestirse. Tardó menos de un minuto en despojarse de toda la ropa. Luego se metió en la diminuta ducha, muy agradecida porque los lobos, pensando en el bienestar del clan, se habían ocupado de que todos dispusieran de instalaciones privadas, y se lavó la suciedad y la sangre del cuerpo antes de empezar a desenredarse los largos mechones de pelo, tiesos por el barro.

Aquello le llevó un buen rato.

En todo momento, la frustración consigo misma, con su incapacidad para olvidar algo que la estaba desgarrando en pedazos de forma dolorosa, rugía dentro de ella como un tigre enjaulado. Si los cambiantes llevaban una bestia en su interior, ella también, y su capacidad destructiva hacía que fuera mucho más cruel, mucho más fría. Ahora, dicha bestia se hallaba centrada en su interior y la arañaba con afiladas garras. Después de templar la temperatura del agua, se enjabonó el pelo dos veces y después se aplicó acondicionador, colocando la melena por encima del hombro para cerciorarse de que llegaba a las puntas. Solo cuando casi había terminado se percató de lo que estaba viendo.

Agarró un puñado de pelo, se lo acercó a los ojos y maldijo. La poderosa repercusión de su habilidad había eliminado el tinte. De nuevo. Por tercera vez en un mes. Eso ponía de manifiesto una falta de control que le preocupaba. Se había portado tan bien desde que empezó a pasar largas temporadas en el territorio de los DarkRiver, sus habilidades psi se habían mostrado tan estables, que el miedo que le había atenazado la garganta desde su deserción se había disipado en una tormenta de confianza.

Entonces había visto...

—No.

Cerró el grifo, salió de la ducha y cogió una enorme y mullida toalla que Brenna le había dado como parte de su regalo de cumpleaños. Era gruesa, reconfortante contra su piel; un placer sensorial al que no podía evitar aferrarse... del mismo modo que no podía contener la compulsión que la había llevado a su actual situación.

Apretó los dientes con tanta fuerza que una ráfaga de dolor le recorrió el hueso. Pero el impacto sensorial le ayudó a sacudirse de encima el acuciante anhelo que jamás la abandonaba del todo y a concentrarse en la tarea de secarse. Al mirarse en el espejo del cuarto de baño, este le mostró a una mujer de altura media con el pelo de un tono rojo tan intenso que parecía negro cuando estaba mojado.

«Como el corazón de un rubí —le había dicho Sascha la última vez que le había aplicado el tinte; las manos de la empática se movían con delicadeza por su cuero cabelludo—. Es una verdadera lástima tener que taparlo.»

Por desgracia, no tenían otra opción. Su cabello era demasiado singular. Pero, claro, tal vez ya no fuera peligroso, pensó Sienna mientras contemplaba aquel rostro que se había afinado de un modo muy femenino, dejando atrás todo rastro de suavidad infantil sin darse cuenta.

El pelo se le había ido oscureciendo durante los años transcurridos desde su deserción de la PsiNet. Aparte de los cambios producidos en su cara, su cuerpo era visiblemente más curvilíneo y musculoso. Si bien sus músculos eran fibrosos, aunque no abultados, nadie que la hubiera conocido mientras estaba conectada a la Red la reconocería ahora. Sobre todo gracias a las lentes de contacto castañas que siempre llevaba fuera del territorio de los SnowDancer.

Ese día no se las había puesto. Los ojos amoratados que le devolvían la mirada en el espejo eran los de una cardinal, un distintivo genético que la diferenciaba de un modo que no podía explicarse, ni siquiera a otro cardinal. Tal vez la única persona que había estado cerca de comprender la violencia que residía dentro de ella había sido su madre, una telépata cardinal con sus propios demonios. El hermano de Sienna, Toby, también lo era. Tres en una familia... resultaba algo extraordinario.

Aunque no tan extraordinario como que un psi-x cardinal alcanzara la edad adulta.

Llamaron a la puerta con firmeza.

Sobresaltada por el ruido, se apresuró a ponerse la ropa interior, una camiseta limpia y los suaves pantalones negros que le gustaba llevar en casa.

—¡Ya voy! —gritó cuando llamaron otra vez.

Dado que en la puerta había una nota que indicaba que estaba recluida en sus dependencias, solo podía tratarse de uno de los miembros veteranos del clan.

Se sujetó el pelo húmedo detrás de las orejas y abrió la puerta, encontrándose cara a cara con un hombre que era incuestionablemente letal.

—Judd. —Le sorprendió que no se hubiera comunicado con ella por vía telepática en vez de ir a verla en persona.

Entonces él habló:

—¿Puedes sobrellevar el estar recluida?

El borde de la puerta se le clavó en la palma con dureza y frialdad.

—Te ha pedido que te asegures de ello, ¿no?

Tal vez Judd Lauren fuera el hermano de su madre, pero también había sido una Flecha, uno de los sicarios más mortíferos del Consejo de los Psi. Mantener la máscara se le daba mejor que a nadie que conociera; su rostro no le revelaba nada en esos momentos.

—Responde a la pregunta. —Su tono dejaba claro que no le estaba hablando como su tío, sino como teniente de los SnowDancer.

Sienna se cuadró.

—Estoy bien.

Sus emociones estaban haciendo que sus escudos se sacudieran mientras sus pensamientos rebotaban en cien direcciones distintas, pero resistían. Eso era lo único que importaba, porque sin sus escudos sería una amenaza mucho más destructiva que cualquier arma fabricada por el hombre.

Los ojos de Judd no se apartaron de ella en ningún momento, y Sienna supo que había realizado una evaluación de su estado antes incluso de que asintiera.

—Ya sabes qué hacer en cuanto haya un problema.

—Sí.

Le llamaría por vía telepática y él se teletransportaría y le dispararía para incapacitarla. Si el impactante dolor no hacía pedazos su concentración, a continuación apuntaría a la cabeza. Parecía una barbarie, y sabía que hacerlo quebraría algo dentro de él, pero alguien tenía que actuar como un mecanismo de seguridad, un refuerzo en caso de que ella ya no pudiera detenerse. Porque lo cierto era que se trataba de una cardinal con una habilidad marcial. Eran muchas las probabilidades de que sus escudos se cerraran a cal y canto en cuanto ella se activara. Ni siquiera una Flecha sería capaz de entrar en el plano psíquico.

Un ataque físico era la única vía que quedaba. La certeza de que Judd lanzaría ese ataque en caso de ser necesario era lo único que le permitía vivir sin temer de forma constante por la seguridad de todo aquel que la rodeaba. Sin embargo, fuera cual fuese su situación, había alcanzado una disciplina psíquica casi perfecta en los últimos meses, algo que nadie, ni siquiera ella, hubiera esperado de un psi-x fuera del Silencio.

El recordatorio hizo que se pusiera tensa.

—Emplearé el tiempo a solas para incrementar y perfeccionar los controles que Sascha y tú me habéis ayudado a desarrollar.

Judd no era un «x», pero como telequinésico peligrosamente poderoso entendía el miedo visceral que la impulsaba a mantener la destructiva fuerza de sus habilidades encerrada en la jaula de acero de su mente. Ese era también el motivo por el que la mataría si no le quedaba más remedio.

—Bien. —Se acercó para poner la mano sobre su mejilla; un gesto que ya no era tan extraño como lo fue en otro tiempo, antes de que Judd se emparejara con una loba que había sobrevivido a su propia pesadilla—. Me preguntaba cuándo presionarías demasiado a Hawke. —Le acarició el pómulo con el pulgar y le dio un beso en la frente—. Aprovecha parte de este tiempo para pensar, Sienna, para descubrir hacia dónde vas.

Sus emociones formaban un nudo en su pecho cuando cerró la puerta después de que él se fuera, y regresó al cuarto de baño para coger el cepillo del estante situado junto al espejo.

—La compañera de Hawke está muerta —se obligó a decirle a la mujer que era su reflejo, apretando el mango de madera tallada del cepillo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. Él enterró su corazón con ella.

A pesar de esa dura verdad, la brutal compulsión que sintió dentro de ella se negaba a que la extinguieran, a que la contuvieran. Igual que el destructor poder de un psi-x, esta amenazaba con consumirla hasta que no quedaran más que cenizas.

Lara se dirigía fuera de la guarida, cuando se tropezó con Judd Lauren.

—Ya lo cojo yo —indicó asiendo el maletín médico que ella se disponía a cargarse al hombro.

—Gracias. —Al reparar en la dirección de donde venía Judd, le dijo—: He oído que Sienna y Maria han vuelto de su turno con algunas heridas, pero nadie me ha llamado. ¿Están bien?

El teniente psi la siguió fuera de la guarida hasta el abrasador sol y el aire fresco de Sierra Nevada antes de responder.

—Rasguños y moratones; nada grave.

Con su corazón de sanadora más tranquilo, levantó la vista hacia la intensa claridad del cielo azul cromo.

—En días como este me alegro de ser un miembro de los SnowDancer. —De ser una loba.

—Brenna y yo hemos ido a correr esta mañana temprano, cuando la niebla empezaba a disiparse. —El tono de Judd se suavizaba cuando hablaba de su compañera, algo de lo que, Lara estaba segura, él no se daba cuenta.

—Me encanta ese momento del día. —Cuando todo era fresco y el mundo entero era un secreto susurrado—. ¿Adónde habéis ido?

—Al otro lado del lago —respondió Judd mientras seguían andando—. Bueno... ¿quién está herido?

Lara puso los ojos en blanco.

—Dos de los jóvenes estaban haciendo Dios sabe qué y ahora yo tengo que curar un brazo roto y tres costillas fisuradas.

—Normalmente no necesitas esto. —Golpeteó con el dedo el maletín médico.

—De vez en cuando los jóvenes necesitan aprender la lección de que les conviene poner más cuidado para no romperse ninguna extremidad —farfulló Lara—. Los sanaré lo suficiente como para cerciorarme de que todo va como debe y luego escayolaré el brazo y vendaré las costillas. —Tardarían más en curarse que si empleara su don para reparar las heridas por completo, pero no les vendría nada mal a los chicos—. Lo bueno de esto es que impide que mis habilidades médicas se oxiden, además de que me permite hacer acopio de mis dotes sanadoras en caso de que se nos presente algún herido grave de repente.

Aunque Hawke podía compartir su fuerza con ella a través de su vínculo sanadora-alfa, su propio cuerpo tenía un límite antes de sufrir un colapso.

—Por aquí.

Judd levantó una rama para que Lara pudiera pasar por debajo, razón por la cual iba delante cuando entraron en el claro. Uno de los chicos heridos estaba tendido en el suelo, apoyado contra un árbol y sosteniéndose el brazo con cuidado; el otro estaba sentado con las piernas cruzadas, sujetándose las costillas. Brace era alto y desgarbado en tanto que Joshua había echado algo de músculo durante el último par de meses. Sin embargo en esos instantes ambos parecían niños de seis años avergonzados.

El motivo, imaginó Lara mientras el corazón le latía con fuerza contra las costillas, era el hombre que estaba de pie, con los brazos cruzados, mirando a los dos bribones.

—Walker. —Había captado su olor a agua oscura y abetos salpicados de nieve cuando Judd y ella se aproximaron, pero lo había achacado a que él estaba a menudo en esa área con los adolescentes más jóvenes, ya que estaba a cargo de los chicos de entre diez y trece años. Una edad difícil para los lobos, si bien Walker los manejaba sin tan siquiera levantar la voz.

Podía entender por qué; el callado y serio Walker Lauren tenía una presencia semejante a la de cualquier lobo dominante.

—No esperaba verte aquí. —Su voz surgió un tanto ronca a sus propios oídos, aunque nadie más pareció notarlo.

Los ojos verde claro de Walker le sostuvieron la mirada durante un interminable y tenso segundo.

—Pasaba por aquí cuando vi a estos dos. —Su mirada se desvió más allá del hombro de Lara—. Yo lo llevaré.

—Tenemos que hablar; ven con los chicos a cenar. —Judd desapareció en el bosque tan rápido que Lara ni siquiera pudo darse la vuelta a tiempo.

—Lara, esto duele —dijo una voz casi arrepentida.

Lara se desprendió de la asfixiante telaraña de deseo, ira y dolor que la había envuelto y se puso de rodillas.

—Déjame ver, cielo —dijo, examinando primero a Brace y luego a Joshua—. Quédate quieto un segundo. —Utilizando el inyector a presión, les administró un calmante.

Era muy consciente de Walker, acuclillado a su lado, de su cuerpo grande, de su aroma tan frío y reservado como el hombre mismo. Mientras ella trabajaba, él habló con Joshua y con Brace. Fuera lo que fuese lo que habían hecho para meterse en problemas, los lobos de los chicos se relajaron de inmediato bajo su atención. Lara solo deseaba que su loba no fuera tan extremadamente susceptible a su presencia, pues el pelaje se le erizaba bajo la piel; pero dejando a un lado esa sensibilidad, la loba mantenía una distancia prudencial. Ambas partes de su ser habían aprendido la lección en lo referente a Walker Lauren.

—Ya está —dijo un rato después mientras ambos chicos miraban la escayola de última generación de Brace, hecha de cemento plástico transparente—. A la menor molestia, venid a verme en el acto, ¿entendido?

—Gracias, Lara.

Recibió una deslumbrante sonrisa de Joshua seguida de un beso de cada adolescente, uno en cada mejilla, antes de que se levantaran y se marcharan a toda prisa, como si no hubieran estado conteniendo las lágrimas hasta hacía poco.

Recogió su equipo, sacudiendo la cabeza mientras su loba hacía lo mismo con afecto y diversión, y vio a Walker cargar con el maletín sin ningún esfuerzo. Necesitó varios intentos para conseguir que algún sonido surgiera de su garganta, que se le había secado por completo, pero estaba decidida a no dejar que él la pusiera nerviosa.

—Gracias.

Él asintió en silencio.

Mientras regresaban, la mente de Lara se rebeló contra su propia determinación, sumergiéndola en recuerdos del beso que le había dado a Walker la noche en que Riaz regresó a la guarida. Los miembros veteranos del clan le habían dado una improvisada fiesta de bienvenida al teniente. Habían corrido las burbujas y Lara, que no solía beber, había tomado demasiado champán. Eso le había proporcionado el coraje no solo para discutir con el alto psi que la había fascinado desde que llegó a la guarida, sino también para arrastrarlo a un rincón oscuro, ponerse de puntillas y buscar su boca.

Él le había devuelto el beso de manera pausada y profunda, con ese poderoso cuerpo sometido a un férreo control, amoldando las manos a sus costillas cuando la atrajo hasta la uve formada por sus muslos. Los fuertes músculos de su cuello se flexionaron bajo sus dedos cuando ladeó la cabeza y profundizó el beso, y su mandíbula, un tanto áspera debido a la incipiente barba, era una abrasiva caricia sobre su piel.

Al ser un hombre tan grande, se había sentido rodeada por él, abrumada del modo más sensual, con sus hombros bloqueando el mundo mientras la hacía retroceder hasta la pared. Tal vez estuviera ebria, pero no había olvidado ni un solo instante de aquella experiencia. Mujer y loba, cada parte de ella se había sorprendido por su éxito... por los cinco breves segundos que duró.

Entonces Walker había levantado la cabeza y la había llevado de nuevo a la fiesta. Pensó que se estaba portando como un caballero, pues iba un poco achispada, pero que sin duda actuaría igual que todos los dominantes cuando deseaban a una mujer y la buscaría otra vez cuando estuviera sobria. No la había llamado a la mañana siguiente, lo que no la había puesto de muy buen humor. Pero lo hizo esa misma tarde.

Fueron a dar un paseo, con el corazón en un puño todo el tiempo. Había creído que aquello era un comienzo. Hasta que Walker se detuvo al borde de un precipicio que descendía bruscamente hasta un valle, con la brisa despejando el pelo de su cara.

—Lo que pasó anoche fue un error, Lara —le dijo; su tono suave hacía que todo fuera aún más espantoso—. Te pido disculpas.

El hielo se extendió por sus venas, pero como no quería cometer un fallo, le preguntó:

—¿Porque había bebido demasiado?

La respuesta fue tajante; el rechazo, claro como el cristal.

—No.

Creía que había hecho algún comentario gracioso antes de excusarse para regresar sola a la guarida, pero lo único que podía recordar era la aplastante oscuridad de sus emociones. Dios, cuánto daño le había hecho ese hombre. Sin embargo, si hubiera sido un simple caso de atracción no correspondida, le habría perdonado; como bien sabía, uno no puede controlar de quién se enamora.

No, lo que le había herido y enfurecido era que nada de aquello había sido fruto de su imaginación. Sabía cuándo un hombre la deseaba, y Walker la había deseado... lo suficiente, al parecer, como para besarla, pero no para quedarse con ella. Si ese era el caso, era lo bastante adulto y fuerte como para haber puesto fin al beso antes incluso de que hubiera rozado sus labios. No lo había hecho. La había abrazado como si le importase antes de romperle el corazón. Y eso ni podía ni quería perdonarlo.

—Lara.

Alzó la mirada hacia ese rostro dibujado con toscos y masculinos rasgos y relegó esos recuerdos al lugar al que pertenecían: el pasado.

—Lo siento —respondió con una sonrisa forjada a base de puro orgullo—. Sé que el maletín pesa lo suyo. Puedo llevarlo yo el resto del camino.

Walker hizo caso omiso de su intento para que la conversación siguiera siendo desenfadada.

—No hemos hablado desde hace varias semanas.

Sabía que se estaba refiriendo a las conversaciones nocturnas que habían mantenido antes del beso. Walker era un ave nocturna. Lara solía quedarse despierta hasta tarde cuidando de sus pacientes. De algún modo habían acabado tomando café la mayoría de las noches, alrededor de las once, con Walker velando telepáticamente por su hija y su sobrino cuando Sienna no podía quedarse con ellos. No hablaban de nada relevante, pero esas noches le habían infundido el coraje para hacer algo que no le resultaba nada fácil a una loba no dominante.

Las sanadoras nunca lo eran, aunque tampoco eran sumisas. Por lo general, el instinto dominante de sus compañeros de clan no afectaba a Lara, si bien su loba poseía la habilidad de infundir calma a todos ellos, jóvenes o mayores. No obstante, las cosas no funcionaban del mismo modo con Walker. Pese a todo había dado el primer paso, se había arriesgado a dar ese beso que le había supuesto la humillación.

Desde su rechazo se había asegurado de estar ocupada o ausente de la enfermería a esa hora; la herida era demasiado tierna. Pero había pasado tiempo, las cosas habían cambiado; no solo estaba sobreviviendo, sino que además se estaba manteniendo firme en ese encuentro. Eso no quería decir que fuera a permitir que Walker volviera a su vida, no cuando por fin se sentía lista para pasar página.

—¿Es que lo has olvidado? Hablamos cuando le curé a Marlee la rodilla que se había despellejado —respondió con una sonrisa que parecía natural—. En realidad... —dijo alargando el brazo para que le entregara el maletín—, si no te importa, preferiría hacer sola el resto del camino. Así tendré tiempo de pensar un poco.

Walker se mantuvo inmóvil, con sus ojos verdes fijos en ella.

—¿Y si me importa?

Una incómoda tensión cargó el ambiente.

No entendía por qué Walker estaba insistiendo, pero lo que sí sabía era que no iba a sacar el tema. Ni ese día ni ningún otro.

—Si te parece bien llevarlo tú, entonces te doy las gracias —adujo, simulando adrede que no lo había entendido bien.

Con eso, y despidiéndose agitando la mano con alegría, se internó en el bosque en dirección a la cascada.

Ya estaba, pensó, se había acabado; ese humillante capítulo de su vida estaba cerrado.

3

Hacía dos meses que el consejero Henry Scott había tomado la decisión de sacrificar San Francisco a pesar de la inestabilidad económica y financiera que semejante destrucción causaría. Ahora solo era cuestión de colocar las últimas piezas en su lugar.

Con eso en mente, dio la espalda a la vista de las bulliciosas calles que se contemplaba desde la ventana del despacho de su residencia londinense y se volvió hacia el hombre que había puesto a cargo de coordinar sus recursos militares y que se había integrado ya en la modernizada estructura de Supremacía Psi. El personal civil original había sido eliminado de manera discreta o relegado de los puestos de poder.

Henry no necesitaba un partido político. Necesitaba un arma.

Por ese motivo Vasquez estaba ahora a cargo de las operaciones de Supremacía Psi. Ese hombre carecía de todo atractivo; con una estatura de un metro y sesenta y cuatro centímetros, su constitución se asemejaba más a la de un gimnasta que a la de un soldado, y su rostro era tan corriente que la gente lo olvidaba a los pocos minutos de haberlo conocido.

—¿Cuánto tiempo falta para que podamos atacar San Francisco y las áreas circundantes en manos de los cambiantes?

—Un mes. —Vasquez abrió los archivos en la pantalla principal de la consola e hizo un resumen a Henry sobre el estado actual en lo referente a hombres y armas—. Lo que los lobos llaman el «territorio de la guarida» será lo más difícil de tomar, pero estoy trabajando en una posible solución.

Henry asintió, dejándolo estar. Vasquez no le serviría de nada si no pensaba por sí mismo, algo que su «esposa», Shoshanna, haría bien en emular en lo tocante a sus propios asesores. Se rodeaba de lacayos que no tenían ni siquiera la inteligencia de un mosquito. Por eso Henry dirigía aquello mientras que Shoshanna se creía que llevaba las riendas.

—¿Algún problema que deba saber?

—No.

—En tal caso, nos veremos de nuevo dentro de una semana.

Solo cuando Vasquez se hubo marchado, Henry abrió otro archivo. Se trataba de su cartera de inversiones, y una vez más, estaba en peor estado de lo que era justificable. No necesitaba ser un experto para darse cuenta de qué mano se encontraba detrás del lento e ilocalizable estrangulamiento de sus finanzas; Nikita Duncan era una maestra en manipular dinero. Sin embargo, aunque sus actos eran sin duda problemáticos, las pérdidas no bastaban ni mucho menos para detenerle. Muy pronto tomaría San Francisco, destruyendo la base del imperio de Nikita.

En cuanto a los cambiantes... no podía consentir que vivieran, no después de su constante y continuo desafío. Se creían inmunes al alcance del Consejo, hasta el punto de que alentaban la concepción de un híbrido con sangre cambiante, un feto que si llegaba a término, tendría como resultado el debilitamiento de las habilidades psíquicas que hacían de la raza psi la más poderosa del planeta.

Henry no lo permitiría.

Era hora de que el mundo volviera a ser como había sido durante más de un siglo, a como debería ser; los psi más puros en el poder, permitiendo que las otras dos razas existieran únicamente si acataban sus órdenes. Henry quería que la gente viera el sangriento precio de la desobediencia cuando pensara en los SnowDancer y en los DarkRiver.

4

Tres días después del incidente entre Maria y Sienna, Hawke estaba mirando una pequeña carita de grandes ojos. Se acuclilló para enfrentarse a esa mirada tan colmada de curiosidad.

—Pareces nervioso, Ben —le dijo.

El niño, de cinco años y medio, que era una de las personas preferidas de Hawke en la guarida, asintió.

—¿De verdad has metido a Sinna en la cárcel?

Hawke se mordió el interior de la mejilla.

—Sí.

Debido a la sorpresa, los ojos castaños del niño, del mismo tono que los de su madre, se tornaron ambarinos como los de lobo.

—¿Por qué?

—No ha cumplido las reglas.

Ben pensó en aquello un segundo mientras unas finas arrugas fruncían la tersa frente infantil.

—¿Es como el tiempo libre para los mayores?

—Sí.

—Ah. —Asintió con decisión—. Se lo diré a Marlee.

—¿Marlee está triste? —La niña era la prima de Sienna y un miembro del clan; Hawke no permitiría que sufriera.

Ben negó con la cabeza.

—Su papá ha dicho que Sinna ha sido mala y que por eso la han metido en la cárcel, pero Marlee dice que tú no meterías a Sinna en la cárcel y que lo que pasa es que Sinna está enfadada y no quiere hablar con nadie.

Mientras hacía lo que podía para no perder el hilo, Hawke se enderezó y alborotó el cabello negro de Ben, cuya cabecita sintió cálida al tacto.

—Saldrá dentro de unos días.

Y trabajaría en la guardería. Sabía que la tarea en sí no sería un suplicio para ella. Tenía una naturaleza protectora y, como cualquier protector, lobo o no, disfrutaba cuidando de los lobatos. Estos, a su vez, se sentían a salvo con ella.

Así que no, no le costaría trabajar en la guardería. El castigo consistía en ser apartada de las tareas que correspondían y se esperaban de su rango; una manifestación pública de que él no confiaba en su capacidad para desempeñar el trabajo. Sería un duro golpe para el orgullo que portaba como una armadura, pero su lobo no tenía la más mínima duda de su firmeza y su voluntad de hierro. Sienna no dejaría que nada la aplastara, y mucho menos él. Por principios.

La idea hizo que su lobo mostrara los caninos en una sonrisa feroz.

—Vete a casa, Benny.

En vez de eso, el cachorro caminó a su lado, moviendo con gran velocidad aquellas cortas piernecillas mientras corría para no quedarse atrás.

—¿Adónde vas?

—Afuera.

—¿Puedo ir?

—No.

—¿Por qué?

Hawke se agachó y cogió a Ben bajo un brazo, como si fuera un balón de rugby.

—Porque eres demasiado bajito.

Ben rió y fingió que nadaba.

—Soy más alto que la semana pasada.

—¿Quién lo dice?

—Mamá.

En los labios de Hawke se dibujó una sonrisa ante el amor incondicional impreso en esa única palabra.

—Entonces supongo que tiene que ser verdad. Pero sigues siendo demasiado bajito.

El niño exhaló un enorme suspiro.

—¿Cuándo seré lo bastante alto?

—Antes de que te des cuenta. —Dejó a Ben en el suelo delante de la puerta que conducía a la Zona Blanca, el área segura para los niños, y le dio un empujoncito con suavidad—. Ve a dar patadas al balón. Así crecerás.

—¿En serio?

—Ajá.

Ben corrió hasta un claro situado en el lado izquierdo de la Zona Blanca para incorporarse a un partido que se estaba disputando bajo la supervisión de un dominante fuera de servicio, que había ido a pasar un rato con los pequeños. La mitad de los lobatos estaban en forma humana; la otra, en forma animal. No cabía duda de que jugaban al fútbol americano según las reglas de los cambiantes, que permitían morder con suavidad para hacer que los que estaban en forma humana soltaran el balón.

Normalmente ver a un lobo salir disparado con un balón de rugby en la boca mientras sus amigos intentaban morderle el rabo habría hecho que Hawke riera y se uniera al juego. Pero ese día estaba demasiado irritado, su lobo se encontraba demasiado inquieto. De modo que dio media vuelta y se internó en el frondoso bosque con la intención de liberar la tensión con un poco de duro ejercicio físico. No se había alejado más de cien metros de la Zona Blanca, cuando se quedó inmóvil.

«El puto cachorro tiene las manos sobre Sienna.»

Las garras surgieron de su piel antes de que hubiera asimilado el pensamiento.

Mientras observaba, Kit ajustó el cuerpo para acercarse más a Sienna, enmarcándole el rostro con el fin de darle un apasionado beso que duró lo bastante como para que Hawke contemplase la posibilidad de desmembrarlo. Pero el joven leopardo interrumpió el beso antes de que el lobo de Hawke asumiera el control, y cogió a Sienna de la mano para adentrarse con ella entre los oscuros abetos verdes que cubrían esa área; el sol de última hora de la tarde sombreaba los rectos troncos.

Hawke no tenía que ser un genio para saber qué planeaba el chico.

—¡Hawke!

El alfa guardó las garras e intentó borrar su expresión cuando se volvió hacia la mujer que formaba parte de sus amigos más leales.

Y que podía ser un auténtico incordio.

Indigo frunció el ceño mientras salvaba la distancia que los separaba.

—¿Ha estado Kit aquí? —Hizo una pausa mientras sin duda captaba un segundo olor—. Ah, Sienna está aprovechando su hora libre.

—¿Me necesitas para algo? —Hawke extendió la mano para que la teniente le pasara la agenda electrónica que llevaba—. ¿Hay algún problema con el aumento de las patrullas?

Había establecido patrullas en las entrañas del bosque y a lo largo de las lejanas fronteras montañosas del territorio de la guarida después de los juegos del consejero Henry Scott de hacía un par de meses; juegos que habían estado a punto de arrebatarle la vida a Drew, el compañero de Indigo.

Las aguas habían estado tranquilas desde entonces, pero el clan no iba a bajar la guardia, y mucho menos cuando todo apuntaba a que los consejeros psi tenían los sables en alto. Le gustara o no, los psi eran la raza más poderosa del planeta. Si explotaban, las consecuencias serían devastadoras para todos.

—Indigo, no tengo todo el día —espetó.

La respuesta de la teniente fue cruzarse de brazos; en sus ojos, del color de su nombre, brillaba el desafío.

—Los varones jóvenes empiezan a dar señales de agresividad. Ya sabes por qué.

—Me ocuparé de ello.

Su declaración era un alarde de su naturaleza dominante, hasta tal punto que haría que casi cualquier otro individuo escondiese el rabo y echara a correr.

Indigo le brindó una espontánea y peligrosa sonrisa.

—Sé que no tienes más que chasquear los dedos para que las mujeres se metan en tu cama... —Levantó una mano cuando él la fulminó con la mirada—. Con eso no estoy diciendo que te aproveches de tu posición, pero el hecho de que seas alfa, la razón por la que eres alfa, tu fuerza, tu velocidad, tu instinto dominante... es algo muy poderoso. Por no hablar de tu preciosa carita.

Hawke tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la concentración cuando sintió una oleada de calor en la nuca, furiosamente consciente de lo que estaba sucediendo no muy lejos en el bosque.

—Gracias por las palabras de ánimo. —Su voz surgió áspera como la del lobo.

—Cierra el pico. —Indigo era una de las dos únicas personas de la guarida que podían decirle eso a la cara y no verse de mierda hasta el cuello, y aprovechaba esa certeza sin piedad—. Sé perfectamente que podrías acabar con esa comezón si quisieras, pero piensa bien si aliviarte con cualquier mujer del clan, aunque sea con una que te guste, servirá de algo.

Kit se detuvo en cuanto estuvieron fuera del alcance del agudo oído de los cambiantes... incluso del de un lobo tan próximo a su animal que sus sentidos eran más aguzados de lo normal. Porque si bien Kit se lo pasaba en grande pinchando a Hawke, también sentía un gran respeto por el alfa de los SnowDancer y no pensaba provocarle más allá de cierto límite.

Ese hecho podría haber irritado a su leopardo si se hubiera tratado de otro macho dominante de una edad más cercana a la suya, pero igual que el leopardo de Kit conocía su propia fuerza, hombre y leopardo sabían también que Hawke era un macho cambiante depredador en la flor de la vida. El alfa de los lobos barrería el suelo con él sin tan siquiera derramar una sola gota de sudor.

Sienna se zafó de él.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó con curiosidad, no con furia.

—No dirás que mis besos no son agradables, ¿no? —No pudo resistirse a bromear.

Sienna cruzó los brazos y le clavó una de esas miradas que había copiado de su mentora, Indigo.

—Según recuerdo, ese era el problema.

El orgullo de Kit se resintió. Solo un poco... antes de que su leopardo le restara importancia con felina confianza.

—¿Quieres probar otra vez? Solo fue un único beso.

La expresión de Sienna se tornó sombría, haciendo que su mirada se oscureciera.

—Kit, yo... —Entrecerró los ojos cuando vio la sonrisa que tiraba de sus labios y simuló que le arrojaba algo a la cabeza—. No tiene gracia.

Entre risas, Kit le rodeó el cuello con un brazo para atraerla contra su cuerpo, muy consciente de que a ella no se le daba bien tolerar los privilegios de piel tan informales, que él era una de las poquísimas personas en las que confiaba de ese modo... lo suficiente como para haber permitido que le diera un beso.

—¿Cómo voy a resistirme, Sin? Eres tan adorable y tan seria.

Sienna le propinó un codazo. Con fuerza. Kit hizo una mueca de dolor, pero continuó abrazándola contra su costado.

—Así que sigue sin haber química, ¿eh? —Le rozó la coronilla con la barbilla—. Qué lástima. Porque sabes que estás como un queso.

—Eso tampoco tiene gracia.

—No era ninguna mentira.

Por la forma en que Sienna negó con la cabeza supo que ella pensaba que no decía más que una sarta de tonterías, pero lo cierto era que Sienna era una preciosidad, y eso no le había pasado por alto a ningún cambiante dominante macho de ambos clanes.

La suya no era una belleza femenina y delicada, aunque fuera menuda y delgada. No. En lo más hondo de su ser, Sienna poseía una fortaleza interior que se había grabado en su rostro. Era una mujer que se mantendría firme pasara lo que pasase. Y para un cambiante depredador macho, eso suponía a un mismo tiempo la más pura de las tentaciones y el desafío más seductor.

Captó otra fascinante vislumbre de esa fortaleza interior cuando se apartó para encararse con él una vez más.

—No has respondido a mi pregunta.

—Capté el olor de Hawke que salía —dijo, sin apartar la mirada de ella, de modo que vio en el acto que sus hombros se ponían rígidos y que la tensión se reflejaba en torno a su carnosa boca.

—¿Nos ha visto? —La voz de Sienna desprendía un matiz ronco que fue como la caricia de la seda salvaje para los sentidos de Kit.

—Sí. —Se apoyó contra un pino, cuyo tronco estaba libre de ramas hasta la copa, y enganchó los pulgares en los bolsillos de los vaqueros, pensando de nuevo que eso de la química era una putada. Pero por decepcionante que resultara que no hubiera fuegos artificiales entre Sienna y él (oh, bueno, sí que hubo algunas chispas, claro, aunque no suficientes como para satisfacer a ninguno de los dos), tenía la clara sensación de que su amistad sería duradera. Y Kit cuidaba de sus amigos—. No me mires así.

Con los brazos cruzados sobre el pecho una vez más, Sienna le clavó una mirada furiosa.

—Sabes que no me gust ...