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LA LUZ DE LA TIERRA

Daniel Wolf

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Fragmento

Dramatis Personae

VARENNES SAINT-JACQUES

Michel Fleury, alcalde

Isabelle Fleury, su esposa, mercader

Rémy Fleury, su hijo, maestro de la iluminación de libros

Louis, criado de Michel

Yves, criado de Michel

Gaston, oficial de Rémy

Anton, aprendiz de Rémy

Dreux, ayudante de Rémy

Miembros del Consejo de la ciudad:

Henri Duval, juez municipal

Odard Le Roux, mercader

Eustache Deforest, maestre del gremio de mercaderes y monedero mayor

Soudic Poilevain, mercader

Jean Caboche, maestre de los herreros y corregidor

Guichard Bonet, maestre de los tejedores y tintoreros

Bertrand Tolbert, maestre de los campesinos de la ciudad e inspector de mercados

Anseau Lefèvre, un usurero

Mercaderes del gremio:

Fromony Baffour

Thibaut d’Alsace

René Albert

Recibe antes que nadie historias como ésta

Philippe de Neufchâteau

Adrien Sancere

Victor Fébus

Girard Voclain

Otros habitantes de Varennes:

Jean Pierre Cordonnier, maestre de los zapateros, guarnicioneros y cordeleros

Gaillard Le Masson, maestre de los canteros y albañiles

Adèle, esposa de Jean Caboche

Alain, hijo de Jean y Adèle

Azalaïs, hijastra de Jean Caboche

Chrétien, fattore de Anseau Lefèvre

Daniel Levi, un mercader judío de ultramar

Olivier Fébus, hijo menor de Victor Fébus

Julien, un herrero

Hugo, un zapatero

Guillaume, un guerrero de la ciudad

Richwin, un guerrero de la ciudad

Eugénie, tabernera

Hervé, joven ratero

Maman Marguérite, posadera

Nobleza y clero:

Renouart de Bézenne, un caballero lorenés

Felicitas, su esposa

Nicolás, su hijo y primogénito, caballero templario

Catherine, su hija menor

Abad Wigéric, abad de la abadía de Longchamp

Hermano Adhemar, monje de la abadía de Longchamp

Padre Arnaut, sacerdote

SPEYER

Hans Riederer, mercader, fattore de Michel Fleury

Sieghart Weiss, ayudante de Riederer

Ludolf Retschelin, patricio y miembro del Consejo de la ciudad

METZ

Robert Michelet, mercader, fattore de Michel Fleury

Évrard Bellegrée, presidente del Consejo de escabinos de la República de Metz

Roger Bellegrée, su hijo

Jehan d’Esch, miembro del Treize jurés

Robert Gournais, miembro del Treize jurés

Géraud Malebouche, miembro del Treize jurés

Baptîste Renquillon, miembro del Treize jurés

Pierre Chauverson, miembro del Treize jurés

Micer Ottavio Gentina, prestamista lombardo

Thankmar, mercenario alemán

Pierre Ringois, mercader

Personajes históricos:

Federico II (1194-1250), emperador del Sacro Imperio Romano; llamado stupor mundi, el asombro del mundo

Konrad von Scharfenberg (en torno a 1165-1224), obispo de Metz y Speyer, así como canciller del emperador

Thiébaut (en torno a 1191-1220), duque de la Alta Lorena

Gertrude de Dabo (?-1225), su esposa

Mathieu (en torno a 1193-1251), hermano de Thiébaut, duque de la Alta Lorena desde 1220

Enrique II (1190-1232), conde de Bar

Blanca de Navarra (1177-1229), condesa de Champaña

Érard de Brienne (en torno a 1170-1246), señor de Ramerupt y Venizy

Walther von der Vogelweide (en torno a 1170-1230), poeta y trovador

Eudes de Sorcy (?-1228), obispo de Toul desde 1219

Rogier de Marcey (?-1251), obispo de Toul desde 1231

Theoderich von Wied (en torno a 1170-1242), arzobispo de Tréveris

Jean d’Apremont (?-1238), obispo de Metz desde 1224

Simon de Leiningen, posterior esposo de Gertrude de Dabo

Alberto Magno (en torno a 1200-1280), erudito universal

Leonardo Fibonacci (en torno a 1170-1240), matemático

Otros:

Philippine, una dama de enigmático pasado

Guiberge, su doncella

Padre Bouchard, el capellán de Warcq

Arnold Liebenzeller, un mercader de Estrasburgo

Villard de Gerbamont, un caballero erudito

Tristán de Rouen, doctor en Teología en la Universidad de París

William de Southampton, magister en la Universidad de París

Saint Jacques, el santo patrón de Varennes

Robyn Hode, legendario personaje inglés, hoy conocido por el nombre de Robin Hood

En el anexo se encuentra un glosario de los conceptos históricos empleados en la novela.

PRÓLOGO

Octubre de 1214

VARENNES SAINT-JACQUES

El abad contemplaba el fin del mundo, y su esplendor cromático le extasiaba.

El pergamino resplandecía en púrpura y azul, cardenillo y cinabrio. Los ángeles vertían los cuencos de la ira, sus alas de pan de oro centelleaban a la luz de las velas, mientras la venganza del Todopoderoso caía sobre el mundo. Las siete plagas del momento final eran a un tiempo bellas y espantosas; era un cuadro de miedo y esplendor, que tomaba forma bajo las pinceladas del monje. Aquí los mares se convertían en sangre, allá el sol abrasaba a la Humanidad pecadora, el Éufrates se convertía en polvo seco bajo sus crueles rayos.

—Maravilloso —susurró el abad—, completamente maravilloso. —Y el monje sentado al escritorio sonrió con humildad.

No ocurría a menudo que el abad estuviera satisfecho con el trabajo de sus hermanos. Por lo general veía negligencia por doquier cuando visitaba el scriptorium, y siempre tenía que acicatear a los monjes, porque de lo contrario se extendían la chapuza y la ociosidad.

Ese día, sin embargo, no acudían a sus labios más que elogios. Escribientes, rubricadores, iluminadores… todos se habían superado a sí mismos. El texto de la Revelación de San Juan estaba libre de errores y repugnantes borrones de tinta. Las palabras sagradas desfilaban alineadas por las páginas, cada letra marcada con nitidez. Las capitulares eran pequeñas obras de arte, la una más hermosa que la otra, lo mismo que las miniaturas que orlaban las páginas.

Y la pintura. Ah, la pintura.

Aquel libro iba a acrecentar la fama de la abadía de Longchamp, el abad lo sabía. Más importante aún: iba a reportarle al monasterio una considerable suma. Iba a hablar enseguida con el maestre del gremio de mercaderes y a ensalzar el nuevo y espléndido códice. De ese modo, sin duda encontraría con rapidez un comprador acomodado.

El abad exhortó a sus hermanos a no ceder en su celo antes de salir del scriptorium y regresar a sus aposentos, donde se puso un manto forrado de nutria. Justo en ese momento entró un novicio.

—¡Abad Wigéric, su reverencia! —dijo sin aliento el chico.

—No tengo tiempo, muchacho. Vuelve más tarde.

—Pero tenéis que escucharme —insistió con frescura el novicio—. ¡Es importante!

Aunque el abad estuvo tentado de reprender al chico, se acordó de que ese novicio no era conocido por importunar a sus superiores con tonterías. Lo que tenía que decir podía realmente ser importante.

—Está bien. Habla. ¿Qué sucede?

—Acababa de ir a la ciudad para traer velas nuevas a nuestros hermanos de Saint-Julien cuando he oído hablar del nuevo taller. Ha abierto hoy, abad. En el barrio de los zapateros, cordeleros y guarnicioneros. ¡Toda la ciudad habla de eso!

—¿Qué clase de taller? —preguntó irritado el abad—. ¿De qué estás hablando, muchacho?

—¡Un taller de escritura! ¡Un scriptorium como el nuestro!

—Tienes que estar equivocado. Los otros monasterios no tienen scriptoriums. El nuestro es el único en todo Varennes.

—No, no es de un monasterio —dijo el novicio—. Pertenece a un ciudadano corriente. A un laico.

—¿Un taller de escritura profana? No existe tal cosa… al menos no aquí. Te han engañado.

—Es la verdad, su reverencia. Seguro. El hijo del alcalde está detrás. La gente dice que va a ser el primer escribiente e iluminador de libros profanos de Varennes.

El abad levantó la cabeza:

—¿Rémy Fleury? Pero si está en Schlettstàdt.

—Ha vuelto hace unos días, y ha alquilado una casa en la ciudad.

El rostro del abad se ensombreció. Si lo que el muchacho contaba respondía realmente a la verdad, era una catástrofe. Tenía que llegar al fondo del asunto lo antes posible.

—¿Dónde está ese taller?

—En el callejón que hay entre la torre de Greifen y la de Wagen. No podéis errar.

El abad Wigéric despidió al novicio y dejó sus aposentos. Su visita al maestre tendría que esperar… aquel asunto era más urgente. Fuera, se arrebujó en el manto. Hacía un dorado día de otoño, soleado y claro, y las hojas de las viejísimas hayas del claustro relucían en rojo, amarillo y naranja, casi como el fuego de un hogar que se apaga. Pero el aire era frío esa mañana. Le salía vaho de la boca mientras pasaba de largo el jardín, cruzaba el portal y dejaba atrás los muros, coronados de parra, de la abadía.

¡Un escribiente que no procedía del clero y que no hacía su trabajo en el scriptorium de una comunidad era una necedad, una blasfemia! El abad ya lo había pensado cuando el joven Fleury se había marchado a Schlettstàdt a aprender el arte de la caligrafía y el de la iluminación de libros. Era asunto exclusivo de los monasterios copiar escritos y multiplicar el saber. Los laicos eran obviamente inadecuados para esa sagrada tarea. Si por Wigéric fuera, a los simples cristianos ni siquiera debería permitírseles leer y aprender latín. No hacían falta esas capacidades para llevar una vida agradable a Dios. Si querían oír la palabra de Dios, que hicieran el favor de dirigirse a un sacerdote que les leyera la Sagrada Escritura. Además, muchos libros contenían un conocimiento complejo… un conocimiento que un alma no fortalecida en la fe podía malinterpretar, que podía poner en peligro la salvación de su alma. La Santa Iglesia hacía bien en mantener apartado de él al pueblo llano. Ya era bastante malo que muchos mercaderes supieran leer y escribir. Se había visto adónde llevaba eso: a la sublevación, la rebelión y el descontento en todas partes.

Y ahora, ese Rémy Fleury tenía la desfachatez de abrir un taller de escritura profano… allí, en Varennes Saint-Jacques, en las mismas narices de Wigéric. ¡Qué provocación! ¿Es que quería llevar a la ruina a la abadía de Longchamp? Sí, eso tenía que ser. La familia Fleury había sido enemiga de la Iglesia desde siempre. Sin duda el joven Fleury era tan levantisco e impertinente como su padre, el alcalde, que el Todopoderoso lo castigara por sus pecados.

En su ira, Wigéric había estado caminando cada vez más deprisa. Ahora le costaba trabajo respirar, y notó que el sudor le corría por las mejillas. Ya no era tan joven, y su considerable gordura hacía el resto. El abad echó una mirada al callejón. Estaba en medio del barrio de los zapateros, cordeleros y guarnicioneros, y veía por encima de los tejados la torre de Greifen y la de Wagen.

Ahí delante… ¡tenía que ser ahí!

Se acercó a la casa con los ojos convertidos en ranuras. A la entrada se amontonaban cajas. La mayoría estaban vacías, dos contenían ropa y algo de vajilla. Wigéric llamó de forma enérgica a la puerta. Al no recibir respuesta, abrió sin más y entró.

La casa, un edificio de piedra, tenía dos pisos. Antes había pertenecido a un zapatero, que trabajaba en la planta baja y vivía en el piso superior. No había nadie. Sigiloso, como si se encontrara en terreno enemigo, Wigéric se deslizó por el amplio taller, que aún estaba prácticamente vacío. En la parte trasera había más cajas, una mesa con dos sillas y un escritorio.

En algún sitio se oía ruido. El abad aguzó los oídos. Los sonidos provenían del sótano. Se acercó al escritorio, contempló el mueble con los labios apretados y se imaginó a Fleury inclinado allí, practicando su vergonzosa actividad. Copiando códices, arrebatando importantes encargos a la abadía de Longchamp y difundiendo de manera insensata un conocimiento que hasta entonces los monasterios habían mantenido cuidadosamente resguardado. ¿Había pensado acaso ese hombre en el daño que iba a hacer?

Sobre la mesa había una ballesta —¿para qué quería una ballesta un iluminador de libros?— y un libro, encuadernado en cuero. Wigéric lo abrió. Era De brevitate vitae, de Séneca, una antiquísima maquinación filosófica, escrita en los años oscuros que siguieron al asesinato de Cristo. El impío producto de un pagano. El pliegue entre las cejas de Wigéric se profundizó. Desde hacía algunos años, ciertos eruditos desenterraban cada vez más escritos paganos de la gris Antigüedad y estudiaban su contenido. Aunque aquella práctica contaba con el apoyo de distintos maestros de la Iglesia, Wigéric no le tenía ningún respeto. Séneca, Cicerón y todos los demás romanos no habían sido más que ignorantes, que nunca habían conocido la verdad divina y la salvación celeste. ¿Qué sentido tenía ocuparse con sus pensamientos? Aquello era pecaminoso, incluso peligroso. El verdadero cristiano no necesitaba más que la Biblia, como mucho un salterio o un libro de horas. Todos los demás libros eran superfluos.

Wigéric pasó las páginas. A regañadientes, tuvo que admitir que aquel códice era un hermoso ejemplar. La caligrafía era regular y bien legible, las miniaturas y capitulares podían medirse con las que sus hermanos habían hecho para la nueva copia de la Revelación. Allí había puesto manos a la obra un maestro en su ramo. ¿Se llamaba ese maestro Rémy Fleury? Si la respuesta era sí, era aún más peligroso de lo que Wigéric había supuesto.

El abad oyó pasos y alzó la cabeza.

Rémy Fleury estaba allí, mirándolo. Su sencillo mandil estaba cubierto de polvo, también en su cabello se había enredado la suciedad. Era corto y rubio; rubia era también la barba que cubría la mandíbula y las mejillas. Cuando Wigéric lo había visto por última vez, era un chiquillo. Entretanto se había convertido en un hombre… en uno de buen aspecto, constató malhumorado Wigéric.

—¿Qué puedo hacer por vos? —preguntó Fleury.

El abad señaló De brevitate vitae:

—¿Habéis hecho este libro?

—Es mi obra maestra. No está pensada para ser hojeada. —Con descaro, Fleury tendió el brazo sobre la mesa, cogió el libro y lo cerró—. Si queréis leerlo, puedo conseguiros otra copia.

—No leo escritos paganos —dijo el abad, sin ocultar su aversión—. ¿No teméis incurrir en pecado si acogéis tan impíos pensamientos?

—¿Por qué habría de hacerlo? Las concepciones morales de los paganos contienen muchas cosas verdaderas que los cristianos deberíamos apropiarnos para usarlas a la hora de anunciar el Evangelio. San Agustín nos lo enseña, ¿verdad?

Citar a un padre de la Iglesia, y encima al autor de una regla monástica, era el colmo de la desfachatez. ¡Como si Wigéric no lo supiera! Clavó la mirada en el iluminador.

—En la ciudad se dice que queréis abrir un taller de escritura. No podía creerlo, y estoy aquí para cerciorarme de que no es más que palabrería. Porque es palabrería, ¿no?

—No, esa es exactamente mi intención. —Fleury lo dejó plantado, salió y regresó con la cesta con la vajilla.

—Un taller en el que escribiréis libros y códices —insistió el abad.

—Y contratos, certificados de deuda, cartas. Lo que se os ocurra. —Fleury dejó la cesta y salió a buscar otra.

¡Qué descortesía! Aquel individuo siempre había sido malhablado y solitario, desde que era un muchacho. Muy al contrario que su padre, al que le gustaba oírse y que siempre se daba aires, pero que a su manera era igual de insoportable.

—¡Os estoy hablando! —rugió el abad, cuando Fleury dejó la cesta junto a las otras.

—Disculpad, pero tengo que hacer.

—¿Es que no sabéis quién soy? —preguntó indignado Wigéric.

—El abad del monasterio de Longchamp. Vuestra visita me honra. —Fleury hizo una breve reverencia, antes de desaparecer con la vajilla en la cocina unida al taller.

Wigéric fue tras él.

—Es que ya hay un taller de escritura en Varennes. El scriptorium de la abadía.

—Lo sé. —Fleury empezó a sacar los cacharros de la cesta.

—Si abrís otro, habrá dos. Varennes es demasiado pequeño para eso.

—Varennes es lo bastante grande. Si tenemos buena voluntad, ninguno de los dos molestará al otro.

—Pero ¿cómo queréis ejercer una industria sin pertenecer a ninguna fraternidad? Eso está prohibido.

—Pertenezco a una fraternidad —dijo Fleury, y examinó una fuente que tenía una mella.

—¿Ah, sí? —se burló el abad—. ¿Y cuál es? ¿Hay desde hace poco una fraternidad de escribientes, iluminadores y rubricadores, cuyo único miembro sois vos?

—Los zapateros, cordeleros y guarnicioneros han sido tan amables de acogerme en su seno. —Fleury devolvió la fuente a la cesta.

Wigéric estaba cada vez más furioso. Ese tipo tenía una respuesta para todo.

—¿Qué pasa con el obispo? ¿Os ha permitido acaso abrir un taller de escritura siendo laico?

—No necesito permiso del obispo. Tengo la autorización del Consejo de la ciudad, con eso basta.

Naturalmente. El padre de Fleury era el alcalde; Rémy obtenía del Consejo cualquier permiso que necesitara. Era lo que se había imaginado Wigéric: padre e hijo hacían causa común, en perjuicio del monasterio. Aquella familia no descansaría hasta que la Iglesia se fuera a pique en Varennes.

—¡Pocas veces he dado con un hombre tan terco! —dijo vehemente Wigéric—. Me pregunto qué os ha hecho la abadía de Longchamp para que queráis perjudicarnos de forma tan malvada.

—No quiero perjudicar a nadie. Nada más lejos de mi intención. —Fleury le pasó el brazo por los hombros y, con suave violencia, lo sacó de la cocina y del taller—. Realmente tengo mucho que hacer, abad. Hablaremos cuando tenga más tiempo. Que os vaya bien.

Antes de que el abad se diera cuenta de lo que pasaba estaba en la calle, y la puerta se cerraba detrás de él. Fleury lo había echado, lo había puesto en la calle como a un mendigo molesto. ¡A él, el cabeza de la abadía de Longchamp! Wigéric estaba sin respiración, de pura rabia. Pero Fleury lo lamentaría. Wigéric iba a quejarse de él, al Consejo, al obispo, al arzobispo si era necesario. Forjaría una alianza entre los monasterios para hacer caer a ese tipo desvergonzado.

El abad se volvió y remontó orgulloso la calle.

A más tardar para Navidad, se juró, ese impío taller habría dejado de existir.

LIBRO PRIMERO

STUPOR MUNDI

De mayo a diciembre de 1218

Mayo de 1218

AMANCE, DUCADO DE LA ALTA LORENA

Entre las ascuas del atardecer, a Alain Caboche el castillo le parecía como una bestia que no dormía nunca. Siempre había algo que se agitaba en su vientre de piedra, tanto de día como de noche. Ojos hostiles que observaban el campamento al pie de la colina. Bocas que rugían órdenes. Manos que se pasaban piedras unas a otras y curaban las heridas en el muro. Y el monstruo era inexpugnable. De sus torres y almenas llovían flechas, pedruscos y aceite hirviendo en cuanto el enemigo se acercaba a sus puertas.

El castillo estaba hambriento. Devoraba hombres.

Más de noventa vidas se había cobrado ya la fortaleza que dominaba el pueblecito de Amance, según decían en el campamento. Solo de los reclutados por la ciudad libre de Varennes Saint-Jacques, entre los que Alain se encontraba, habían caído ya ocho hombres; otros tantos yacían en los catres de los físicos. Y el asedio no había hecho más que empezar.

«¿Quién será el próximo al que le toque?», pensaba sordamente Alain mientras orinaba en las letrinas que había al borde del campamento. «Hugo. Sí. Seguro que a Hugo.» El joven aprendiz de zapatero era de natural temeroso, presa del pánico a la menor oportunidad, y en el tumulto de la batalla golpeaba a ciegas con la maza, sin ningún sentido del ataque y la defensa. Era un milagro que hasta ahora hubiera sobrevivido ileso a la campaña.

«O deja ir al pobre Hugo, y llévate en su lugar a Lefèvre.» Anseau Lefèvre era uno de los consejeros de Varennes, y capitaneaba a los reclutados. Alain le odiaba como nunca había odiado a un hombre. «Lefèvre por Hugo… ¿no es un buen trato, Señor? Ven. Muéstranos que sabes ser justo. Al menos por una vez.»

Alain no estaba muy preocupado por su propia vida. Era alto y musculoso como su padre, rápido y resistente. Además, tenía una cota de malla de primera clase y entendía algo de combates. Aunque solo era herrero y acababa de cumplir dieciocho años, sabía defenderse. Lo había demostrado más de una vez en las últimas semanas. No, si no lo alcanzaba por la espalda el dardo de una ballesta, aguantaría hasta la victoria del rey y regresaría sano y salvo a casa.

Alain se sacudió el miembro, se subió el calzón y echó mano al cinturón, que colgaba de la valla junto con el puñal y el hacha de guerra. Al otro lado de la letrina, bajo el alero de una cabaña, se sentaba un siervo barbudo, que le miró fijamente y escupió. Alain bajó la mirada y se ciñó el cinturón. Los campesinos de Amance le daban pena. Como si no fuera bastante malo que el rey les hubiera quitado sus cerdos y el producto de sus campos, todos los días, mil quinientos hombres se meaban y cagaban en los prados comunales. Y en verdad, a aquellos pobres diablos era a los que menos importaba esa guerra.

Reinaba un tiempo cálido y calmo, de manera que la peste infernal de las letrinas persiguió a Alain hasta muy dentro del campamento, donde se mezcló con el humo de las fogatas y el olor a sudor de los hombres. La mayoría de los guerreros que holgazaneaban delante de las tiendas llegaban, como Alain, de Lorena, pero algunos también lo hacían del país de los alemanes, de Alsacia y Borgoña, algunos incluso de Francia. El joven rey había reunido en todas partes a sus vasallos y aliados para aplastar al rebelde duque de la Alta Lorena. Por qué… eso nadie lo sabía del todo. Alain habría apostado de buen grado un sou entero a que en el campamento no había ni diez hombres que pudieran explicar con todos los detalles cómo se había llegado a la disputa entre el rey Federico y el duque Thiébaut. Ni siquiera el propio Alain, aunque se tenía por inteligente. Thié­baut se había metido en discordias en el condado de Champaña y había atraído al hacerlo la ira del rey, que le acusaba de traición a la corona. Durante la breve pero intensa disputa, Rosheim había sido destruido y Nancy saqueado, Thiébaut había huido hacia el sur y se había atrincherado en Amance… y allí estaba, abandonado por casi todos sus leales, cercado por un poder diez veces superior en número.

Alain llegó al borde oriental del campamento, al pie de la ladera del castillo. Allí acampaban los reclutas de Varennes, porque Lefèvre insistía en que sus subordinados pudieran estar en todo momento en primera línea de ataque cuando se produjera la llamada. Muros de tierra y empalizadas protegían las tiendas de las catapultas y ballestas enemigas. Desde primera hora de la tarde, las armas callaban. Los hombres descansaban, atendían sus magulladuras o sorbían sopa.

Alain buscó a Lefèvre. Al no encontrarlo en ninguna parte, se sentó al fuego junto a Julien, Hugo y algunos otros.

—¿Se ha ido Satán al infierno?

—Estaría bien —dijo Julien, herrero como Alain, barbudo, nervudo, con las manos y los brazos llenos de quemaduras de chispas—. Acaba de poner pies en polvorosa. Sabe el diablo lo que estará haciendo. ¿Sopa?

Alain asintió, y Julien le entregó un cuenco de humeante cocido.

—He oído decir que volvemos a atacar temprano —dijo uno de los hombres.

—También yo —murmuró Alain, mientras soplaba en la cuchara. La sopa estaba tan caliente que el cuenco de barro casi le quemaba los dedos.

—¿Por qué no simplemente los matamos de hambre? —preguntó Hugo, que iba a cortar pan, pero estaba más ocupado en juguetear, nervioso, con el mango del cuchillo—. Quiero decir, ¿por qué luchar, cuando podemos sentarnos a esperar? A más tardar en un mes, ahí dentro no les quedará nada que llevarse a la boca. Entonces saldrán de sus agujeros, y habremos ganado sin tener que arriesgar la cabeza.

—No sabes cuántas provisiones tienen —dijo Alain—. Amance es un castillo importante. Los castillos importantes siempre están preparados para los asedios.

—Además, el rey no tiene paciencia —completó Julien—. Quiere dejar atrás este asunto lo antes posible… y luego irse a Roma, a ponerse por fin la corona imperial.

Hugo apretó los labios y repartió el pan. Se había apuntado a la campaña porque quería impresionar con su valor a aquella moza de taberna de la Puerta de la Sal. Y empezaba a pensar que no había sido la mejor idea de su vida.

La cuadrilla de Varennes estaba formada solo por voluntarios, así lo había querido el Consejo. La única norma era que cada fraternidad y cada parroquia de la ciudad tenía que aportar cierto número de hombres cuando el rey exigía asistencia militar. Alain, cuyo padre era miembro del Consejo, era uno de los pocos de la clase alta que habían seguido el llamamiento a las armas. Los otros eran en su mayoría simples aprendices, trabajadores y jornaleros sin derecho de ciudadanía. Se habían apuntado para escapar a su monótona existencia durante unas semanas y mejorar su parco salario con el botín de guerra. Ninguno de ellos había pensado que la campaña podía ser tan sangrienta.

Alain lavó el cuenco vacío en un tonel de agua, se sentó en la pisoteada pradera, a tiro de piedra de los hombres, y se apoyó en la rueda de un carro de bueyes. Tenía metidas en los huesos las fatigas de las pasadas semanas, y no estaba de humor para hablar. Quería seguir pensando tranquilamente. Quizá incluso allí fuera lograra dormir, porque estaba harto del aire viciado de las tiendas de campaña.

Hacía mucho que el sol se había hundido detrás del castillo, y las almenas de la fortaleza se agarraban como dientes al cielo inflamado. Los negros muros y las torres le parecieron a Alain más amenazadores que nunca. No se veía a nadie en los caminos de ronda, pero sabía que estaban allí. Esperaban. Observaban.

Pensó en Jeanne, mientras estaba sentado inmóvil en el suelo, en sus ojos, su pelo. Se habían amado por primera vez la noche antes de su partida, él le había prometido el cielo y la tierra, y que la tomaría por esposa en cuanto volviera. Sin duda aún no se había emancipado, pero eso no lo iba a detener. Su padre era un hombre inteligente, y quería a Alain por encima de todo. No sería un obstáculo en su camino. Haría todo lo que estuviera en sus manos para hacer feliz a su hijo.

«Estarás orgulloso de mí, padre. Tienes mi palabra.»

Alain debía de haberse quedado dormido, porque cuando abrió los ojos era por la mañana temprano. Una niebla gris yacía sobre la ladera y el campamento. Su guerrera estaba húmeda. Un sordo impacto lo había despertado. Entonces oyó un lejano griterío y vio una piedra estrellándose contra el muro exterior del castillo. Se puso en pie de un salto y echó involuntariamente mano a su hacha de guerra.

—¡Alain! —Julien corría por la pradera—. ¡Ha empezado!

Alain siguió a su hermano de armas hasta las tiendas, donde reinaba un agitado trajín. Los hombres de Varennes se pusieron los gambesones, se calaron los cascos y cogieron hachas, escudos, mazas. El conde de Bar pasó cabalgando su corcel de batalla y llamando a sus leales. Los caballeros increpaban a sus escuderos. Los soldados se echaron al hombro las escalas y se apostaron detrás de la empalizada.

Nuevos trozos de roca golpearon los muros del castillo. Entretanto, ya no solo disparaban las catapultas más pequeñas, sino también el fundíbulo, el arma poderosa que se había instalado en un puesto elevado. Aquella máquina de asedio, de la altura de una casa, ejercía una malsana fascinación sobre Alain. Cuando el contrapeso descendía dentro del armazón de madera, el brazo salía disparado hacia arriba y el cabestrillo de cuero lanzaba por los aires un trozo de piedra grande como una rueda de molino. Le parecía un artefacto infernal, que tenía que haber ideado una diabólica inteligencia.

Alain se metió en una de las tiendas, donde Julien le ayudó a ponerse la armadura. Cuando salieron al exterior, divisaron al hombre al que llamaban Satán.

Anseau Lefèvre iba vestido y armado como un caballero de sangre noble. Llevaba una brillante coraza encima de la ropa acolchada, perneras y guantes hechos de cota de malla y una sobreveste de color verde cuyo borde desflecado le llegaba a las rodillas. El morrión le cubría la cabeza entera, y solo se podía ver su rostro porque se había subido la celada. Era aristocrático, pálido y delgado, casi flaco, de pómulos prominentes y ojos oscuros, profundamente hundidos en las cuencas. Atractivo y, al mismo tiempo, desagradable, de una forma difícil de expresar. Cuando avanzó con paso ligero hacia los hombres, una mueca burlona rondaba sus labios.

«Ni siquiera se toma la molestia de ocultar su desprecio hacia nosotros», pensó Alain.

—Coged el ariete y preparaos —ordenó Lefèvre.

El ariete, un tronco de árbol liso de veinte codos de longitud, con una cabeza de carnero forjada en hierro, yacía en la hierba junto a las tiendas. Los seis hombres más fuertes del grupo, entre ellos Alain y Julien, se lo echaron a hombros. Justo en ese momento llegó la orden de marcha. El conde de Bar encabezaba el ataque y cabalgaba delante, numerosos caballeros y dos centenares de guerreros de a pie le seguían. Mientras recorrían el polvoriento camino que serpenteaba colina del castillo arriba, Alain no dejaba de mirar a Hugo. El día anterior, había prometido al aprendiz de zapatero que iba a estar pendiente de él.

La fortaleza propiamente dicha tenía delante un pequeño bastión, consistente en muros coronados por almenas, con caminos de ronda cubiertos y dos torres que flanqueaban la puerta. Las catapultas lo habían dañado, pero el ejército imperial aún no había logrado tomarlo por asalto. En anteriores ataques se habían limitado a llenar de piedras el foso para poder llegar hasta los muros.

Aunque los disparos de las catapultas se lo dificultaban, los leales del duque Thiébaut se abrieron paso hasta los caminos de ronda. Como la zona que había delante de las puertas había sido roturada, tenían campo libre para sus disparos. En consecuencia, a los atacantes los recibió una granizada de dardos y flechas en cuanto abandonaron la protección de los árboles y corrieron por la pradera. Rápidamente los hombres buscaron cobertura bajo los muros de asalto, barreras portátiles de madera y brezo que habían colocado en los días anteriores, a costa de considerables pérdidas. Estaban a ambos lados del camino, filas enteras, que se solapaban la una a la otra.

Alain y sus compañeros dejaron caer el ariete y cogieron aliento, conforme los proyectiles siseaban por encima de las paredes o se quedaban clavados en ellas con sordo estampido. Alain miró con viveza a su alrededor. Estaban todos. Nadie había resultado herido. Cerca de ellos, un caballero del conde de Bar no había tenido tanta suerte: una flecha se clavó en la visera de su yelmo. Antes de encoger la cabeza, Alain alcanzó a ver que el hombre caía de la silla, mientras su caballo se encabritaba relinchando.

—¿Queréis echar raíces aquí? —chilló Lefèvre—. ¡En pie, pandilla de holgazanes!

—El ariete pesa como el diablo, señor —se revolvió Julien—. Necesitamos una pequeña pausa para tomar aire.

—¿Pausa? No estamos en la misa del domingo. Ya podréis tomar aire más tarde. Adelante, ahora. ¿O tengo que haceros mover los pies?

Alain apretó los dientes. Era lo de siempre: Lefèvre quería que el cuadro de Varennes peleara en primera línea porque deseaba gustar al rey. El precio lo pagaban los hombres, a los que Lefèvre reclamaba una medida inhumana de valor y disponibilidad al sacrificio.

Pero ninguno de ellos quería atraerse la legendaria ira del capitán. Así que Alain y los otros herreros levantaron el ariete y avanzaron de muro defensivo en muro defensivo, seguidos por el resto de la cuadrilla.

Entretanto, los ballesteros del conde de Bar empezaron a disparar sobre los defensores del castillo, sin conseguir gran cosa: la mayoría de sus dardos rebotaban en las almenas sin causar efecto alguno.

Por último, llegaron a la fila más adelantada de muros defensivos, dejaron el ariete en la hierba y se agacharon. Alain se dio cuenta de que estaban solos. Ningún otro grupo había osado adelantarse tanto a ese lado del camino. Solo había un arquero cerca de ellos; sacó una flecha de su aljaba, la disparó y corrió a ponerse a cubierto.

Con cuidado, Alain se asomó por encima de la pared de mimbre. Hasta el foso quedaban aún quince o veinte brazas, completamente al descubierto. Alcanzar ilesos el portón le parecía bastante difícil, cuando no imposible.

Una piedra silbó sobre sus cabezas y arrancó una parte del camino de ronda, encima de la puerta. La madera se rompió con un crujido, los hombres gritaron. Con eso terminó el bombardeo con catapultas. Alguien tocó el cuerno, al otro lado del camino aparecieron guerreros entre los muros de asalto, con escalas al hombro. Corrieron entre rugidos en dirección al bastión.

No llegaron muy lejos. Apenas habían abandonado su cobertura, se vieron expuestos a un fuego tan intenso que tuvieron que retirarse. Dos hombres de los más adelantados fueron atravesados por dardos y flechas, los otros dejaron caer las escalas y pusieron pies en polvorosa. Varios guerreros del otro grupo fueron heridos. Uno tenía un dardo clavado en el hombro y un segundo en el muslo, y solo pudo volver a los muros arrastrándose.

—¿A qué esperáis? —bramó Lefèvre—. ¡A la puerta, vamos!

—No —dijo Alain—. No nos podéis pedir tal cosa. Es una locura.

El consejero compuso una fina sonrisa.

—¿Miedo, Caboche? Tsch-tsch-tsch. Tu padre no lo aprobaría. Eres todo su orgullo.

—Claro que tengo miedo. Sería un loco si no lo tuviera. ¿No habéis visto lo que acaba de ocurrir? Si salimos de aquí nos masacrarán.

Los hombres murmuraron, asintiendo.

—No si sois rápidos —dijo Lefèvre—. ¿Eres rápido, Caboche?

—No con el ariete a cuestas. Además, no basta con llegar hasta allí. Para que todo esto tenga sentido, tenemos que echar la puerta abajo. Miradla. Es tan fuerte como pueda ser una maldita puerta de castillo. Resis­ti­rá mucho tiempo al ariete. —Alain sabía que no debía hablar así a su ca­pitán, pero ya no podía contener su rabia. Desde el principio, en su an­sia de fama, Lefèvre había puesto en juego de buen grado la vida de sus hombres, los había lanzado a las mayores carnicerías y los había sacrificado como fichas de una partida de dados. Alain estaba harto—. ¡Estaremos muertos antes de haberle hecho ni un arañazo a la madera!

—Mientras rompéis la puerta, otros atacaremos los caminos de ronda con escalas —repuso Lefèvre—. Para daros el tiempo que necesitáis.

—¡Solo somos veinticuatro hombres, maldita sea! No tenemos ninguna posibilidad contra toda la guarnición del castillo. —Alain miró a los ojos al capitán—. Haced lo que os plazca, pero sin nosotros. Ya hemos sangrado bastante por vos.

—¡Sí! —exclamaron algunos hombres.

—¡Ya está bien!

Más de diez guerreros se pusieron detrás de Alain, algunos con las armas en la mano. Lefèvre les clavó una mirada penetrante.

—¿Os negáis a obedecerme?

Nadie respondió.

—¿Tengo que recordaros que me habéis jurado lealtad hasta la muerte? —preguntó en tono cortante el consejero.

Alain respiró hondo. Lo que estaban haciendo era extremadamente peligroso. Si rompían el juramento que habían hecho a Lefèvre y a su ciudad natal antes de ir al combate, los amenazaban tanto el oprobio como duras sanciones.

—Aquí no hablamos de lealtad —dijo—, sino tan solo de vuestra ansia de fama.

Lefèvre se acercó tanto a él que sus rostros casi se tocaban. Su aliento olía a vino y menta.

—Tienes la boca muy grande, Caboche. Apuesto a que no la tendrías tan grande si tu padre no se sentara en el Consejo.

—Dejad a mi padre fuera de esto —replicó Alain.

—Empuñad el ariete, y quizá olvide este incidente.

—No.

—Estás perdiendo el tiempo, Alain —dijo Julien—. Todos sabemos lo que hay que hacer. Hagámoslo de una vez.

El herrero agitó el hacha de guerra. Lo que ocurrió, sucedió tan deprisa que Alain no pudo intervenir. Lefèvre lo empujó a un lado y desenvainó la espada. Julien se lanzó sobre el consejero, pero no llegó a dar el primer golpe, porque su adversario era un endiablado esgrimista. Desarmó a Julien, le pegó en el rostro con el puño y la empuñadura de la espada y le golpeó en el pecho, haciéndolo caer de espaldas. Cuando fue a incorporarse, Lefèvre le puso la hoja en el cuello.

—¿Alguien más tiene ganas de bailar? —El consejero miró desafiante a su alrededor.

Algunos de los hombres parecieron estar considerando la posibilidad de atacarle. Pero la mayoría no se movió del sitio.

—Vosotros —ordenó Lefèvre a un grupito de jornaleros—, recoged enseguida el ariete, o enviaré a vuestro amigo Julien con su creador. Los demás, coged esas escalas. ¿Me habéis entendido?

Los jornaleros de la cuadrilla, todos ellos hombres sencillos, sin derechos de ciudadanía, eran los que más temían a Lefèvre, y se apresuraron a ejecutar sus órdenes. Eso quebró también la resistencia de los otros. Con una maldición en los labios, un viejo zapatero se puso en marcha.

—¡Ayudadme, maldita sea! —increpó a los hombres—. ¿O queréis que lleve las escalas solo?

Los aludidos le siguieron. Primero cinco, luego diez, después el resto de la cuadrilla, hasta que con Lefèvre tan solo se quedaron Julien, Hugo y Alain.

—Parece que tu pequeña rebelión ha terminado. —Los ojos de Lefèvre centelleaban—. ¿No quieres ayudar a tus amigos? Te necesitarán.

—Ven, Alain —apremió Hugo.

El consejero envainó la espada, escupió y ordenó a los hombres llevar las cuatro escalas hasta un hueco entre los muros de asalto. Alain ayudó a Julien. Su amigo sangraba por la nariz, se la restregó sin prestar atención.

—¿Por qué no me habéis ayudado, maldita sea?

—¡Era una necedad! ¿Qué habías pensado? ¿Que podrías romperle la cabeza y salir airoso?

—Se lo habría merecido —gruñó Julien.

Alain le tendió el hacha y lo maldijo en silencio. Si todos hubieran aguantado como un solo hombre, quizá habrían logrado apartar a Lefèvre de su insensato proyecto. Con su imprudencia, Julien había hecho posible al consejero ahogar de raíz su resistencia. Ahora ya no había nada que Alain pudiera hacer. ¿Huir? Sin duda, no. Esa vergüenza mataría a su padre. Y sin duda Jeanne no se casaría con ningún cobarde y perjuro. Solo podía esperar que las cosas no fueran tan mal como temía.

Entretanto, Lefèvre arengaba a sus hombres con palabras grandilocuentes:

—¡Pensad en la fama que nos espera! Si tomamos por asalto la barbacana, el rey recompensará con largueza a cada uno de nosotros. Sin duda incluso armará caballeros a los más valerosos.

El brillo en sus ojos era más que ambición, advirtió Alain. Era pura locura.

—Dejadnos a nosotros. —Alain ahuyentó a los jornaleros y se hizo cargo del ariete junto a Julien y los otros herreros.

—¡Vamos! —rugió Lefèvre.

Los herreros corrieron en cabeza, los otros los siguieron con las escalas. Enseguida empezaron a disparar sobre ellos. Uno de los herreros fue alcanzado en el cuello, la sangre brotó de su boca mientras se desplomaba. El peso añadido del ariete cayó dolorosamente sobre el hombro de Alain. Para colmo, Julien tropezó con el moribundo y perdió el equilibrio. Dejó caer el ariete, de manera que Alain tampoco pudo seguir sosteniéndolo. Los hombres saltaron hacia los lados, y el ariete crujió en el suelo entre ellos. Julien aulló de dolor. Había sido demasiado lento, y el peso infernal del arma había ido a parar encima de su pie.

A su alrededor, dardos y flechas zumbaban por el aire.

Alain hizo acopio de todas sus fuerzas y levantó el ariete lo bastante como para que Julien pudiera sacar el pie. El viejo herrero gimió de dolor. Alain se quitó el escudo de la espalda a toda prisa y lo puso delante a modo de protección.

—¿Llegarás hasta los muros de asalto?

—Lo intentaré.

Julien empezó a cojear.

Alain miró a su alrededor. En pocos instantes, el ataque se había venido abajo. Los hombres habían dejado caer las escalas, algunos estaban tumbados en la hierba y se protegían con los escudos, otros estaban heridos o muertos, los demás corrían de vuelta a los muros. Junto a ellos, Alain descubrió a Lefèvre.

«¡No ha venido con nosotros! ¡Ese perro sarnoso no ha venido con nosotros!»

—¡Volved! —rugía el capitán—. ¡Atacad, cobardes!

Mientras hablaba, hacía molinetes con la espada e intentaba impedir a los hombres buscar refugio tras los muros de asalto.

En ese momento, Alain tomó la decisión de matarlo. ¡Al diablo las consecuencias! Le daba igual que en casa lo procesaran, lo proscribieran o lo colgaran, con tal de poder enviar a Lefèvre al infierno.

Cuando iba a lanzarse sobre él, descubrió a Hugo. El aprendiz de zapatero estaba arrodillado, a diez pasos de él, junto al murete que delimitaba el camino. Había perdido el casco, la sangre le brotaba de una herida abierta en la sien. Al intentar protegerse con su escudo se había enredado con el cinturón.

—¡Hugo! —exclamó Alain— ¡Ven aquí!

El zapatero levantó un momento la cabeza y le miró fijamente con ojos vidriosos, antes de volver a intentar quitarse el cinturón.

Alain se cubrió rostro y pecho con el escudo y corrió hacia él.

—Ven. Tenemos que irnos de aquí.

—No puedo… tengo que… —balbuceó Hugo.

Alain sacó el puñal, cortó la correa del escudo de Hugo y puso en pie a tirones a su aturdido compañero.

—¿Ves hacia dónde corre nuestra gente? Simplemente, ve tras ellos. ¿Has entendido?

Hugo asintió.

Algo chocó contra el casco de Alain. Se levantó jadeando y se tambaleó. Antes de poder levantar el escudo, notó un doloroso impacto, como si le hubieran dado una patada en el pecho.

—¡Alain! —gritó Hugo.

Alain cayó hacia atrás, parpadeó, trató de tomar aire. Su respiración se volvió traqueteante, gorgoteante, notó sabor a sangre. Levantó la mano y palpó el astil emplumado que sobresalía de su caja torácica.

—¡Alain! Alain…

El olor apestoso a putrefacción pesaba como un banco de niebla sobre el sendero. Lo habían olido mucho antes de ver los cadáveres. Michel Fleury tiró de las riendas de su percherón castaño y contempló los helechos que crecían al borde del camino, entre los abedules. Una mano, pálida y cerúlea, sobresalía de entre los matorrales y yacía como una araña muerta en el suelo musgoso del bosque. Michel apretó la mano contra la nariz y la boca.

Cuando sus dos criados se le unieron, saltó de la silla.

—¿Qué pretendéis? —preguntó Yves.

—Ver si es alguien a quien conozcamos.

—Dejadlo, señor. Yo lo haré.

El gigantesco criado descabalgó, se puso el cabello canoso detrás de una oreja y apartó los helechos, conteniendo la respiración. Yves y el silencioso y fiel Louis servían a Michel desde hacía muchos años. Se habían hecho viejos a su lado, y él les había confiado su vida siempre.

—Son tres —dijo Yves con voz nasal—. Ninguno de los nuestros. Hombres del duque.

Michel se persignó. La peste ponía nervioso a su caballo, que resoplaba y sacudía las orejas.

—Tranquilo, Tristán, muchacho —murmuró al animal, y le dio unas palmadas en el cuello—. Pronto lo habrás superado. Pronto, ¿me oyes?

Cuando viajaba siempre hablaba con su caballo… una costumbre ante la que amigos y criados sonreían. Pero Tristán era para él más que una montura. Era su compañero.

Michel volvió a montar y reprimió un gemido. Llevaban en la silla desde primera hora de la mañana, y le dolía la espalda, las piernas, los brazos, sencillamente todo. Tenía cincuenta y tres años, y en días como ese sentía cada uno de ellos.

—Vamos —llamó a Yves—. Cabalguemos.

—¿No vamos a cumplir con nuestro deber de cristianos y enterrarlos? —preguntó el criado.

—Ya es tarde. Debemos seguir. Si encontramos campesinos por el camino, les pediremos que se ocupen de los muertos.

Siguieron adelante. Yves levantó un dedo en el aire, a modo de prueba.

—Tenéis razón, señor. Debemos llegar pronto a Amance. Si no me engaño, va a llover antes de que caiga la tarde.

Michel rio para sus adentros. El día entero había sido cálido y seco, y no se veía una sola nube en el cielo. Con toda seguridad no iba a llover, ni ese día ni al siguiente. Cuando Yves predecía el tiempo, se equivocaba nueve de cada diez veces, pero… ¿abandonaba por eso? Quien esperase semejante cosa no conocía a Yves.

Cuando poco después abandonaron el bosquecillo, una cuadrilla de leñadores salió a su encuentro. Michel dio a cada uno de los hombres un denier recién acuñado de la moneda de Varennes, y les pidió que enterrasen a los caídos. Sospechaba que los tres guerreros habían sido abatidos cuando el duque Thiébaut había huido a Amance al llegar el ejército del rey. Como eran considerados traidores y perjuros, nadie había creído necesario darles un entierro cristiano.

Michel odiaba la guerra, y muy especialmente aquella disputa. Era un nuevo ejemplo de la necedad de los poderosos, que gustaban de dirimir con la espada cualquier conflicto, por insignificante que fuera. ¿Por qué negociar, cuando en lugar de eso uno podía enviar a la muerte a sus siervos y vasallos? Una solución pacífica habría sido lo más fácil que cabía imaginar, tan solo con que todos los implicados hubieran mostrado un poco más de raciocinio, prudencia y buena voluntad.

Todo había empezado por una disputa sucesoria en Francia, en la que la condesa Blanca de Navarra y Érard de Brienne litigaban por el condado de Champaña. Blanca tenía mucho mejores expectativas de sacar adelante sus pretensiones, porque entre quienes la apoyaban estaban el Papa y el rey de Francia, así como toda una serie de señores poderosos, entre ellos el duque de Borgoña y los obispos de Reims y Langres.

Dado que Érard de Brienne no disponía ni por asomo de tan numerosos e ilustres aliados, el enfrentamiento habría terminado sin duda pronto… si el duque Thiébaut de la Alta Lorena no hubiera decidido, en su infinita sabiduría, tomar partido por Érard. En el Sacro Imperio se hacían cábalas desde hacía meses, preguntándose por qué había hecho eso. Quizá porque en el otro bando estaba el conde de Bar, y Thiébaut quería aprovechar la oportunidad para encontrarse con su viejo adversario en el campo de batalla. Lo que Thiébaut no había tenido en cuenta era que su propio señor feudal y rey, Federico II, acababa de renovar su alianza con la corona francesa. En consecuencia, Federico consideró traición la actitud de Thiébaut, acusó al duque de felonía y lanzó la guerra sobre Lorena… por algo que, en el fondo, no incumbía lo más mínimo al ducado.

La ciudad natal de Michel, Varennes Saint-Jacques, se había mantenido felizmente al margen de los combates. Sin embargo el Consejo de los Doce, que regía los destinos de la ciudad, no había podido impedir que se viera envuelta en la disputa. Porque Varennes estaba obligada a prestar ayuda militar al rey. Así que el Consejo había reclutado una tropa, consistente en cuarenta voluntarios, que había partido a luchar contra Thiébaut del lado de Federico. Durante las pasadas semanas, Michel había rezado noche tras noche por que los hombres regresaran a casa sanos e ilesos. Entretanto, sabía que Dios no había escuchado sus plegarias.

Al caer la tarde divisaron el castillo, que se alzaba sobre la pequeña población de Amance. Era una impresionante construcción, claramente más grande y mejor defendida que las fortalezas de los caballeros loreneses corrientes. En sus torres flameaban, visibles desde muy lejos, los colores de la casa de Châtenois, la barra roja oblicua y las tres águilas de plata. Así que el castillo todavía se encontraba en manos del duque.

Michel y sus criados picaron espuelas a sus caballos y trotaron hacia el campamento que se extendía junto al poblado.

—¿Dónde acampa la tropa de Varennes Saint-Jacques? —preguntó Michel a un guerrero que se apoyaba en su lanza junto al corral de los caballos de batalla.

—Lo siento, señor, no entiendo lorenés —repuso el hombre en alemán, con acento suabo. Al parecer un guerrero del séquito del rey, que como su padre y abuelo descendía de la dinastía de los Staufer. Felizmente, Michel dominaba la lengua de los alemanes casi tan bien como la suya propia. Repitió la pregunta.

—Id por la calle que hay entre las tiendas hasta que se termine, y entonces doblad a la derecha —respondió el vigilante—. Justo junto a la pendiente que lleva a la puerta del castillo. No podéis errar.

—Gracias, amigo. Que Dios te bendiga.

Desmontaron y llevaron de las riendas a los caballos, mientras pasaban ante las tiendas. En verdad el rey había reunido un ejército impresionante, y Michel oyó multitud de lenguas y de dialectos. Bajo el estandarte de Federico no solo combatían alemanes y franceses, sino también sicilianos y apulios. Cosa que, bien pensado, no era sorprendente, al fin y al cabo el rey había pasado la mayor parte de su joven vida en el sur de Italia. Solo había cruzado los Alpes hacía unos pocos años para asumir su real herencia. «El muchacho apulio», lo llamaban, a veces de forma cariñosa, a veces burlona.

El campamento de los guerreros de Varennes consistía en seis tiendas de campaña ante las que pastaban dos caballos. No parecía haber nadie, a excepción de un aprendiz de zapatero llamado Hugo, que estaba sentado junto a un carro. Llevaba la cabeza vendada y tenía un aspecto lamentable. Cuando vio a Michel, se puso en pie de un salto.

—¡Señor alcalde! ¿Qué hacéis aquí?

—¿Dónde están los otros? —preguntó Michel.

—La mitad está entre los heridos. Los otros han ido a buscar comida.

—¿Y vuestro capitán?

Hugo se encogió de hombros.

—No tengo ni idea de dónde está. Lleva fuera desde esta mañana temprano.

«Si te has largado, Lefèvre, me encargaré de que te atrapen y te cuelguen del primer árbol.»

Michel entregó su caballo a Louis y fue hasta el carro junto a Hugo, en el que había siete cuerpos envueltos en toscas lonas. Se le hizo un nudo en la garganta.

—Tengo que enterrarlos —murmuró de manera casi inaudible Hugo—. Pero no lo consigo. Enterrarlos aquí… no está bien. Deberían estar en los cementerios de sus parroquias.

—¿Quiénes son?

—Dos jornaleros. No sé cómo se llaman. Nunca les he preguntado su nombre. Jean-Pierre, de los carniceros. Arnaut, de los tejedores. Bruno y Robert, de los herreros. —La voz de Hugo se iba haciendo más baja—. Y Alain Caboche.

El hijo de Jean. ¡Dios todopoderoso! Michel cerró los ojos por un momento.

—¿Cuándo ha ocurrido?

—Esta mañana temprano. Sat… el capitán quiso que atacáramos la puerta del castillo. No ha salido bien —añadió Hugo.

—Enséñamelo —exigió Michel.

Con los labios apretados, el aprendiz de zapatero retiró la lona. Michel luchó por contener las lágrimas… lágrimas de dolor y de rabia. «Acababa de cumplir dieciocho años. Quería casarse.» Al menos no lo habían mutilado. Al parecer, un dardo de ballesta había atravesado su coraza. Michel no era médico, pero por la herida en el pecho de Alain daba la impresión de que el chico había sido alcanzado directamente en el corazón. Sin duda no había sufrido mucho.

—¿Queréis ver también a los otros?

Michel ignoró la pregunta.

—Cuéntame cómo ha ocurrido.

Hugo volvió a cubrir a Alain con la lona.

—Hubo un ataque a la barbacana del castillo. El conde de Bar quiso asaltar los muros con escalas, pero sus hombres tuvieron que retirarse. Sencillamente los defensores eran demasiado fuertes. Aun así, el capitán nos ordenó correr a la puerta con el ariete y con escalas, porque el rey nos recompensaría si tomábamos la barbacana.

—¿Lo dijo así?

Hugo asintió, ausente.

—Alain le advirtió de que era demasiado peligroso. Hubo pelea por eso, y casi mata a Julien. El capitán, quiero decir, no Alain. En cualquier caso, nos obligó a atacar solos por completo, sin los otros guerreros. No llegamos demasiado lejos. Apenas salimos de los parapetos nos dispa­raron.

A cada frase que oía Michel iba poniéndose más furioso. Sabía que Lefèvre trataba mal a los hombres: un mensajero del Consejo le había informado hacía dos días, y había partido enseguida para poner fin a los manejos del capitán. Pero lo que Hugo acababa de contarle superaba sus peores expectativas.

—Es todo culpa mía —dijo Hugo—. Si no hubiera sido tan torpe, Alain aún estaría vivo.

—Deja eso. El único culpable de la muerte de Alain es el capitán. Ahora, vas a ir a buscar a los hombres. Cuando los hayas encontrado, localizad a Lefèvre y traedlo aquí.

—Como dispongáis, señor alcalde. —El aprendiz salió corriendo.

Michel apoyó una mano en el lateral del carro y se quedó mirando los siete cadáveres. Todo daba vueltas en su cabeza.

«¿Cuántos son en total? Quince. Quince de cuarenta, por todos los santos. Nunca deberíamos haber nombrado capitán a ese hombre.»

—¿Queréis una copa de vino? —preguntó Yves, a su lado.

—Sí. Vino estaría bien.

El criado desapareció en el tumulto del campamento, y Michel se sentó a la sombra del saledizo de una de las tiendas. Jean Caboche era uno de sus mejores amigos… era su deber informarle en persona de lo sucedido. Pero ¿cómo? Jean y su esposa, Adèle, habían querido a Alain sobre todas las cosas. Su muerte iba a romperles el corazón. No había palabras de consuelo que pudieran aliviar su dolor.

En algún momento regresó Yves.

—Por desgracia no hay vino. Os he traído un poco de cerveza.

—Gracias. —Michel dio un sorbo a la copa y torció el gesto. Aquel brebaje sabía amargo y pasado. Dejó la copa en el banco, su mirada se dirigió al carro con los cadáveres, y se preguntó dónde estaba Hugo.

No hacía mucho que Anseau Lefèvre era miembro del Consejo. No procedía de ninguna de las familias patricias de Varennes, que dirigían desde siempre los destinos de la ciudad. De hecho, el ascenso de su familia había empezado exactamente hacía veinte años.

El padre de Lefèvre había sido un simple mercader, un pequeño comerciante que no hacía largos viajes para comprar mercancía, sino que ofrecía los productos de los campesinos y artesanos locales en los mercados cercanos. Su gran momento llegó cuando estalló la guerra civil entre los Staufer y los Welf. Proporcionó a gran escala armas y armaduras a ambos bandos… un negocio sucio, pero rentable, que no tardó en hacerle rico. Al gremio de mercaderes no le quedó más remedio que aceptarlo en su seno, aunque el viejo Lefèvre tenía en todo el valle del Mosela reputación de falta de escrúpulos en asuntos de negocios. Cuando murió, un par de años después, dejó a su único descendiente, Anseau, un negocio floreciente, una casa espléndida y arcas llenas de plata.

Pronto se demostró que el hijo no era ni una pizca mejor que el padre. Anseau solo se comportaba como un mercader en lo que a las apariencias se refería: en realidad, prestaba dinero con intereses. Sin duda estaba prohibido, pero el joven Lefèvre siempre supo ocultar tan hábilmente sus negocios de usura que el Consejo jamás pudo probarle nada.

Su riqueza crecía constantemente, pero eso no le bastaba a Lefèvre. En el año 1216 se presentó candidato a un puesto en el Consejo… y fue elegido con rapidez. Aunque era claramente impopular, suficientes ciudadanos habían votado por él. Michel sospechaba que Lefèvre había sobornado o intimidado a muchos de ellos… un ejercicio fácil para un hombre que disponía de muchas tierras, por lo que muchos ciudadanos pobres dependían de él desde el punto de vista económico. Pero no era posible demostrarlo, y Michel tuvo que conformarse con que el usurero fuera a pertenecer al máximo órgano colegiado de la ciudad durante los dos años siguientes.

Para Michel era evidente que Lefèvre no se sentaba en el Consejo porque Varennes y el futuro de la ciudad le importasen… quería mandar, quería acumular poder. Sin duda aspiraba a algo más alto. Era lo bastante inteligente como para no mostrar con demasiada claridad sus ambiciones. Durante dos años, se contuvo en las deliberaciones del Consejo, de modo que la vigilancia de los otros fue disminuyendo poco a poco. Con sus maneras refinadas y su aspecto aristocrático, envolvía en toda regla a los hombres. Más de un consejero empezaba a preguntarse si no había juzgado mal a Lefèvre.

Un funesto error, según se demostró.

Cuando, en abril, estalló la disputa entre Thiébaut y Federico y el rey llamó a las armas a las ciudades de Lorena, Lefèvre advirtió que era su oportunidad. Se ofreció a encabezar la tropa de Varennes y exigió al Consejo que le nombrara capitán. «No hay en Varennes nadie mejor que yo para ese puesto», declaró, desbordante de seguridad en sí mismo.

En principio, era cierto. El padre de Lefèvre no había reparado en gastos y en esfuerzos para dar a su hijo una educación que por lo general solo los vástagos de la nobleza recibían. No solo habían enseñado al joven a leer, escribir, latín y retórica; además, un maestro de armas lo había instruido en el manejo de la espada, la lanza y el escudo. Sin duda, de todos los ciudadanos de Varennes, era el que más conocía el arte de la guerra.

Desde luego, las capacidades de Lefèvre no cambiaban nada el hecho de que Michel considerase moralmente degenerado al joven consejero.

—Es inadecuado para llevar a nuestros hombres a la lucha —dijo en aquella funesta sesión del Consejo—. Os lo ruego, señores, negadle el voto. Elijamos otro capitán.

Por desgracia, no logró convencer de su punto de vista a una mayoría en el Consejo. Sin duda, los negocios de Lefèvre se movían al borde de lo que permitían el derecho civil y el canónico. Pero, en honor a la verdad, eso podía aplicarse a las actividades de muchos mercaderes. El Consejo votó, y Michel perdió. Siete de doce consejeros pasaron por alto de forma generosa las debilidades del carácter de Lefèvre y lo nombraron comandante de la cuadrilla de la ciudad.

—Tampoco a mí me gusta especialmente —dijo luego en confianza a Michel Guichard Bonet, que había votado a favor de Lefèvre—. Pero estoy convencido de que mandará con cautela a los hombres. Y es de lo único de lo que se trata. Lo veis todo demasiado negro, Michel.

Cuatro semanas después, Bonet y los otros seguidores de Lefèvre reconocían su error, pero ya era demasiado tarde para ocho hombres de la tropa.

Pasó un buen rato antes de que Hugo volviera. Con él iban algunos de la tropa… y Anseau Lefèvre.

Michel salió a la pequeña plaza entre las tiendas y contempló al usurero. Aunque los guerreros no ocultaban su odio hacia él, caminaba orgulloso delante de ellos, ataviado con fino paño de Flandes, en el rostro una expresión de disgusto, como si se le hubiera apartado por una nadería de un asunto importante.

Todo en Michel se rebelaba en contra de aquel hombre. Como siempre que estaba ante Lefèvre, un escalofrío le recorrió la espalda. Era por sus ojos, por la ausencia de todo sentimiento en ellos. Ni rastro de bondad, misericordia o alegría de vivir… allí no había nada más que frío. Como si en el alma de Lefèvre se escondiera un matorral de espinos, viejo, oxidado, cubierto de escarcha.

—Señor alcalde —saludó el capitán, sin especial amabilidad—. ¿A qué debemos el honor de vuestra visita?

Michel no estaba de humor para largos discursos. Fue directo al asunto.

—Louis, enseña los documentos al señor Lefèvre.

El criado se adelantó y entregó un estuche al aludido.

—¿Qué es esto? —preguntó receloso el capitán.

—Leed vos mismo —dijo Michel.

Lefèvre abrió el envoltorio de cuero, rompió el sello de lacre y desenrolló el pergamino. Mientras pasaba la vista por las líneas, su sonrisa se fue desmoronando para dar paso a una confusión incrédula. Una visión que no se podía pagar con dinero.

—Quedáis destituido con efecto inmediato de vuestro cargo de capitán. Desde ahora, yo mando la tropa de Varennes —explicó Michel, para que también los hombres entendieran de qué se trataba.

—No podéis hacer eso —dijo el usurero—. ¡El Consejo me ha nombrado y tomado juramento!

—Una decisión que lamenta profundamente, y que por eso mismo ha revocado. Con un acuerdo unánime, por otra parte, como podéis ver en las firmas al final del documento. Bueno, no del todo unánime. Como no estabais presente, valoramos vuestro voto como abstención.

Lefèvre se quedó inmóvil, mirándolo fijamente, con el documento en la mano. Tras él, los hombres apenas podían ocultar su satisfacción.

—Decid —dijo en voz baja—, ¿cómo habéis conseguido que el Consejo me ataque por la espalda de forma tan pérfida? ¿Qué mentiras le habéis contado?

—¿Mentiras? —repitió Michel—. No hicieron falta mentiras. La verdad de vuestros actos ha bastado para convencer por completo al Consejo.

—Yo no he cumplido más que mi deber. Por Varennes y por el rey.

—¡Quince hombres han muerto! —le increpó Michel—. Vuestro deber habría sido guiarlos con cautela, para que superasen ilesos esta necia disputa. En vez de eso, los habéis sacrificado por vuestra ansia de gloria. Los habéis hecho matar porque pensabais que vuestra osadía complacería al rey. Debéis dar gracias a Dios por que el Consejo se dé por satisfecho con destituiros. Si por mí fuera, se os echaría de la ciudad con deshonor y escarnio.

Algunos hombres empezaron a jalear. Lefèvre se volvió hacia ellos, que enmudecieron al instante. Su miedo a ese hombre seguía siendo considerable.

—Esa decisión del Consejo es un trozo de pergamino sin valor, obtenido con mentiras e intrigas. No la reconozco. —Lefèvre tiró el documento al suelo y lo pisoteó.

—¿Creéis de veras que eso cambia algo? —preguntó Michel.

—Puede que en Varennes seáis el alcalde… pero aquí, aquí no sois nadie. Los hombres me han jurado lealtad a mí, solo me obedecen a mí. Deberíais iros antes de que os haga echar a palos del campamento.

—Bien. Vos lo habéis querido. —Michel se volvió a los hombres—: Prendedle.

—Es la mejor orden que he oído en mucho tiempo —gruñó un herrero mientras se adelantaba con tres compañeros. Cogieron por los brazos a Lefèvre.

—¡Cómo os atrevéis! —les increpó el prestamista—. ¡Soy un consejero electo!

—Llevadlo a Varennes e informad a la guardia de la ciudad —ordenó Michel—. Debe cuidar de que no salga de su casa hasta mi regreso. Si se resiste al arresto, arrojadlo a la Torre del Hambre.

—Me pagaréis esto, Fleury —rugió Lefèvre mientras los herreros se lo llevaban—. ¡Me las pagaréis!

Los hombres estallaron en gritos de júbilo, y esta vez nadie se lo impidió.

—¡Viva el alcalde! —gritó Hugo.

Michel apenas los escuchaba, porque estaba mirando a Lefèvre y pensaba que acababa de ganarse un nuevo enemigo para toda la vida.

Bueno, ¿a quién le sorprendía? Al fin y al cabo, ganarse enemigos para toda la vida era uno de sus especiales talentos.

Una vez que Michel se hubo instalado en la tienda de Lefèvre, visitó a los heridos de la cuadrilla. Los habían llevado a un granero de Amance. Un médico del séquito del rey se ocupaba de ellos. Michel trató de consolarlos, prometiéndoles que el Consejo se haría cargo de sus cuidados si después de la disputa seguían necesitando la ayuda de un médico. Dos hombres estaban tan gravemente heridos que según todos los indicios nunca podrían volver a trabajar. Michel les dijo que ellos y sus familias podían contar con la misericordia de la ciudad, y no tenían que temer terminar convertidos en mendigos. Era lo mínimo que podía hacer por aquellas pobres almas.

Le habría gustado hacer llevar a Varennes los cadáveres de Alain Caboche y los otros caídos aquella mañana. Pero hacía demasiado calor para transportar a los muertos por un camino tan largo, y además no podía privarse de más hombres. Así que habló con el párroco de Amance y convenció al clérigo de que los enterrara en el cementerio del pueblo. No estaba contento con eso, pero era mejor que enterrarlos en una fosa común en algún lugar del bosque, como a los otros caídos del ejército del rey.

Las armas callaron durante los días siguientes. Después de unos combates abundantes en pérdidas, Federico quería conceder un poco de descanso a sus guerreros. Michel aprovechó la oportunidad y pidió una mañana a sus criados que lo acompañaran a la puerta del castillo.

—¿Qué buscáis allí arriba? —preguntó Yves.

—Ver de cerca el castillo.

—Es peligroso.

—Si tenemos cuidado, no nos pasará nada. Ayudadme a ponerme la cota de malla.

Cuanto mayor se hacía Yves, tanto más protector se volvía con Michel. Se sometió refunfuñando al deseo de su señor, pero no se privó de decirle durante todo el camino lo necio que consideraba ese proyecto.

A cincuenta brazas del portón, se ocultaron en la espesura, entre las encinas. Los combates habían dejado huellas en toda la parte delantera de la barbacana: piedras, escalas destrozadas y armas abandonadas yacían dispersas por la hierba pisoteada, como juguetes de la mujer de la guadaña. Las catapultas habían abierto profundas heridas en los muros.

Había guerreros en lo alto de los caminos de ronda. Cuando uno de los hombres avanzó hacia el portón y abandonó la sombra de la torre, la punta de su lanza atrapó de tal modo la luz del sol que el hierro destelló como si estuviera henchido de un poder sagrado.

El propio Michel no podía explicar del todo qué esperaba encontrar allí. Pero sabía una cosa con certeza: en aquella absurda guerra ya habían dejado su vida demasiados ciudadanos de Varennes. Su máximo deber era guardar de daños a los demás. Y haría cualquier cosa por conseguirlo. Cualquier cosa.

Entendía lo bastante de asedios como para saber que el castillo aún iba a aguantar los ataques durante mucho tiempo. Debido a lo empinado de la ladera, había pocos lugares en los que los leales al rey pudieran emplazar escalas de asalto. En el fondo solo era posible en la barbacana, que gracias a su situación se podía defender con facilidad.

Michel entrecerró los ojos, observó las almenas mientras se pasaba la mano derecha por la corta barba. De vez en cuando oía voces, pero demasiado bajas como para poder entender las palabras. «Tiene que haber otra posibilidad. Una que no incluya más derramamiento de sangre. ¡Piensa!»

La anhelada ocurrencia no quería acudir.

Cuando Michel estaba a punto de irse, el duque Thiébaut apareció en la torre delantera. El noble se acercó al parapeto, apoyó el puño derecho en la mandíbula y miró el campamento militar.

—Tenemos que acercarnos más —dijo Michel.

—¿Más aún? —preguntó Yves.

—Si nos quedamos detrás de los muros de asalto no puede pasarnos nada.

—Aun así, no lo considero sensato.

—Tomo nota, Yves. —Michel corrió, agachado, por la pradera pisoteada, seguido por sus criados. Gracias a los muretes, que estaban muy pegados unos a otros, pudieron acercarse sin gran riesgo a la barbacana. Si un arquero enemigo hubiera apuntado hacia ellos, su flecha se habría clavado en la empalizada de mimbre sin causar daños.

Se detuvo en la primera fila de muretes, a unas veinte brazas de la barbacana. Mientras observaba por una rendija a los guerreros detrás de las almenas, pensó fugazmente en su hijo. Rémy era uno de los mejores ballesteros de Varennes, y a esa distancia habría podido matarlos sin gran esfuerzo, sobre todo porque ninguna coraza resistía un dardo de ballesta disparado desde tanta proximidad. Así que haría bien en mantenerse a cubierto si quería volver a ver a Rémy.

Desde allí, Michel pudo distinguir bien al duque. Se sobresaltó un poco al ver el rostro de Thiébaut. En su último encuentro, durante el verano del año anterior, el duque era un hombre joven, de buen aspecto, rebosante de salud, fuerza y confianza en sí mismo. En cambio, el individuo que había en lo alto de las almenas parecía cansado, débil, enflaquecido. Si Michel no hubiera sabido que Thiébaut contaba veintiocho veranos, le habría tomado por un hombre de cuarenta o más. Aunque el rey Federico y sus aliados se esforzasen en presentar a Thiébaut como un traidor, instigador de guerras y quebrantador de la paz, en ese momento a Michel le parecía una víctima. Una víctima de su ligereza juvenil.

El duque se volvió. ¿Cojeaba? Sí. Thiébaut parecía estar herido, y torció el gesto por el dolor al bajar la escalera de la torre.

—Vámonos —dijo Michel a sus criados, y se escurrió entre la espesura.

«Si una tarea es tan difícil que parece irrealizable, desmóntala en pequeños pasos», pensaba durante el camino de vuelta. «Recorre uno tras otro, empezando por el primero.» Era su máxima desde siempre, y así iba a proceder también esta vez.

Cuando llegaron al campamento, los hombres estaban reuniéndose para comer. Un joven jornalero estaba junto a la marmita, sirviendo el cocido.

—¿Una ración también para vos, señor alcalde?

Michel cogió el cuenco lleno y se sentó junto a un grupo de zapateros y herreros. Sus conversaciones enmudecieron al instante. Eran aprendices, todos ellos hombres sencillos, y no estaban acostumbrados a que un patricio comiera con ellos.

Michel esperó a que su nerviosismo cejara un poco antes de preguntar:

—¿Nunca ha habido intentos de mover al duque Thiébaut a entregarse por medios pacíficos?

—Al principio un heraldo le intimó a deponer las armas y entregar el castillo al rey —respondió un herrero—. Pero no pasó nada. A la mañana siguiente atacamos por primera vez.

—¿Y desde entonces el rey no ha vuelto a intentar negociar?

—No, que yo sepa, señor.

—Eso no es verdad —terció Hugo—. El conde de Bar volvió al castillo. Fue hace una semana. Pero tampoco él consiguió nada.

—La situación de Thiébaut es desesperada —dijo Michel—. ¿No pudo el conde de Bar decirle que es más inteligente abandonar en vez de sacrificar más vidas de manera insensata?

—No sé por qué el conde Henri no tuvo éxito —dijo el aprendiz de zapatero—. Lefèvre nunca nos lo contó. Solo se oyen rumores, y uno se hace una idea de lo que pasa.

Después de la comida, Michel dio una vuelta por el campamento. Entabló conversación con un caballero de Borgoña, que confirmó la historia de Hugo.

—Cuando el rey decidió negociar con Thiébaut, el conde Henri se ofreció a hablar en su nombre —contó el hombre—. Se empeñó hasta convencer al rey.

—¿Cómo es que el rey le dejó hacer? El conde de Bar es el archienemigo de Thiébaut. Si se busca la paz, se envía a un negociador al que el adversario respete, y que esté en condiciones de tenderle la mano como a un amigo, no a su mayor rival. —El rey Federico pasaba por inteligente y prudente. A Michel le parecía inverosímil que cometiera un error tan necio.

—El conde de Bar es uno de sus aliados más importantes —explicó el caballero—. El rey Federico no podía negarle ese favor sin ofenderle.

—¿Cómo transcurrieron las negociaciones?

—Estaban condenadas al fracaso desde un principio. Sin duda el conde Henri había dado al rey su palabra de mostrarse mesurado, pero cuando estuvo ante Thiébaut no pudo resistir la tentación de humillar a su viejo enemigo. Pronunció un discurso grandilocuente, y dicen que arrinconó a Thiébaut con sus amenazas.

—Pero tiene que haberle hecho alguna oferta.

—Dijo que el rey perdonaría la vida a Thiébaut si se le sometía. Pero ¿qué vale una oferta semejante cuando al mismo tiempo se le amenaza con privarle, en castigo por su crimen, de su título y todos sus feudos, y con arrasar sus castillos? Thiébaut no tenía otra elección que rechazar la oferta de paz.

Michel suspiró. Los poderosos y su necio orgullo. El conde de Bar había forzado en toda regla al duque Thiébaut a atrincherarse con tanta mayor decisión en su castillo. Porque el tiempo jugaba a su favor. Si podía defenderse durante el suficiente tiempo, los inmensos gastos del asedio terminarían por desbordar al rey, y tendría que retirarse. Sin duda Thiébaut seguiría siendo ante la ley un delincuente excomulgado, pero por un tiempo nadie podría pedirle cuentas, lo que le pondría en condiciones de hacer nuevo acopio de fuerzas.

Hasta que llegara ese momento, el asedio aún iba a durar muchas semanas y meses, y a reclamar nuevas vidas cada día.

Michel agradeció la información al caballero y regresó a las tiendas de la tropa de la ciudad.

—¿Dónde acampa el rey? —preguntó a Hugo.

—En la otra punta. Junto al arroyo —respondió el aprendiz de zapatero.

—Llévame allí.

Federico y sus escuderos, capellanes y sirvientes, así como los canonistas de la Cancillería, habitaban las tiendas más espléndidas del campamento. Estaban dispuestas en óvalo y hechas de los más finos paños azules y verdes, entretejidos con hilo de oro; de sus postes colgaban estandartes con los tres leones de los Staufer, los colores del reino de Sicilia y el águila del Sacro Imperio Romano. Jóvenes criados se ocupaban de los corceles de los grandes señores, espléndidos sementales de henchidos músculos y negra cobertura, que estaban reunidos en un aprisco junto al arroyo. Dos caballeros se ejercitaban en la esgrima y giraban el uno en torno al otro con las espadas desenvainadas y los escudos triangulares en alto, mientras una docena de nobles y comunes los miraban, jaleando ora al uno, ora al otro. Solamente se hablaba italiano, porque Federico gustaba de rodearse de hombres del país en el que había crecido. Michel, que en sus años jóvenes había vivido un tiempo en Milán y dominaba el lombardo, podía entenderlos, aunque tenía dificultades con sus inusuales dialectos sicilianos y apulios.

Se dirigió a un clérigo de grises cabellos, a todas luces un canonista, que cruzaba el prado con algunos rollos de pergamino bajo el brazo.

—Michel Fleury, alcalde de la ciudad libre de Varennes Saint-Jacques —se presentó—. Tengo que hablar con el rey.

—Su Majestad no recibe hoy a nadie.

—Es urgente.

—Puede ser, pero por desgracia Su Majestad no está en el campamento. Ha salido temprano a cazar.

Michel asintió. La pasión de Federico por la cetrería era conocida en todo Occidente. Según se decía, no dejaba pasar ninguna oportunidad de salir a cazar con sus queridos animales.

—¿Me permitís hablar en su lugar con el obispo Konrad?

Konrad von Scharfenberg no solo era la cabeza eclesiástica de Speyer y Metz, sino también el canciller de Federico, su consejero y uno de los hombres más poderosos del Imperio. Si escuchaba a Michel, se habría ganado mucho.

—Puedo preguntarle.

Michel siguió al canonista hasta llegar a una tienda de campaña y esperó fuera mientras el clérigo pasaba entre los dos guardias de la entrada. Poco después el hombre volvió a salir, y dijo a Michel que Konrad le recibiría.

La tienda no estaba adornada de manera tan parca y funcional como la de Michel, sino que recordaba el confortable salón de un espléndido palacio. Por doquier había arcas y baúles de ropa, escritos y vajillas de plata. En medio una cama con un baldaquino y cortinajes púrpura, un espejo de bronce, una mesa con una jarra de vino y dos cómodos sillones. Un candelabro de varios brazos cuidaba de aportar suficiente luz.

Un criado estaba ayudando a Konrad a ponerse una túnica limpia, y estaba en ese momento alisando los pliegues. Cuando Michel entró, el canciller se volvió hacia él. Konrad era enjuto y de elevada estatura. El fino cabello le caía hasta los hombros, mientras en la frente y las sienes ya se había clareado considerablemente. En su rostro surcado por profundas arrugas llamaban la atención unos ojos alerta y una fina y prominente nariz, que subrayaba su gesto implacable e imperativo.

—Excelencia. —Michel se inclinó y besó el anillo de la mano derecha de Konrad—. Os agradezco que me concedáis un instante de vuestro tiempo.

El obispo le invitó con un gesto a incorporarse.

—¿Vino?

—Con gusto.

Un criado llenó dos copas de plata y tendió una a Michel.

—He oído hablar mucho de vos —dijo Konrad—. Dicen que Varennes florece desde que vos la gobernáis. En todo el valle del Mosela no cuentan sino cosas buenas de vos.

—No hago más que cumplir mi deber de consejero y de alcalde.

El canciller le dirigió una mirada penetrante.

—Corren rumores por el campamento. Dicen que habéis destituido a vuestro capitán. ¿Cuál era su nombre?

—Anseau Lefèvre.

—¿Se ha hecho culpable de algo?

—Ha fracasado como capitán —respondió Michel—. No está en condiciones de dirigir la tropa de Varennes.

—¿De veras? A mí siempre me dio impresión de ambicioso y seguro de sí. Bajo su dirección, los guerreros lucharon valientemente por nuestro rey.

—Con todo respeto, excelencia, esa impresión engaña. Lo que vos llamáis ambición y seguridad es en verdad jactancia y ligereza. Por su culpa murieron muchos hombres.

—Esa es la esencia de la guerra. Reclama vidas todos los días. Ese es el precio que el rey tiene que pagar para imponer el derecho.

—Lefèvre sacrificó en toda regla a sus hombres —dijo Michel—. Ese no puede ser el deseo del rey.

—Bien, no quiero inmiscuirme —respondió el obispo Konrad—. Lo que ocurra con Lefèvre solo es decisión del Consejo de Varennes. Lo único que nos importa al rey y a mí es continuar contando con vuestros guerreros.

—Los hombres han jurado fidelidad al rey, y lucharán por su causa hasta el final de la guerra.

Konrad asintió.

—He oído decir que desde ahora vais a mandarlos vos.

—Así es.

—¿Estaréis a la altura de esa tarea? No sois hombre de espada, señor Fleury. Siempre os habéis empleado por la paz.

—Espero poder contribuir también esta vez a poner fin al derramamiento de sangre —dijo Michel—. Tal vez hoy mismo.

—¿Cómo es eso? —preguntó sorprendido el canciller.

—Llevadme ante el rey, excelencia. Quisiera rogarle que me permitiera negociar en su nombre con el duque Thiébaut.

Konrad se sentó y dejó su copa encima de la mesa.

—Un deseo inusual, el que me presentáis. Ni sois de noble estirpe, ni tenéis experiencia en ese terreno.

—Y sin embargo, confío en poder convencer a Thiébaut de que deponga las armas y entregue el castillo al rey.

—El conde de Bar ya lo ha intentado, y ha fracasado.

—Con vuestro permiso, el conde de Bar no era el hombre adecuado para esa tarea.

—¿Vos en cambio lo sois? —preguntó Konrad.

—El duque y yo nos respetamos el uno al otro. Puedo hablar con él sin que entre nosotros se interpongan viejas enemistades y rivalidades.

—Por desgracia la situación es muy difícil desde que se produjo el enfrentamiento entre el traidor y el conde Henri. Thiébaut está acorralado. El rey ya no cree que sea posible convencerle de que se rinda si no es por la fuerza.

—Creo que sé cómo puedo hacer cambiar de opinión a Thiébaut. Os lo ruego, excelencia, dejadme hablar con el rey para que pueda someterle mi propuesta.

Konrad apoyó los dedos en el borde de la copa, la hizo girar y miró largamente a los ojos a Michel.

—Estáis firmemente decidido a intentarlo.

—Lorena ya ha sufrido bastante con esta guerra. Cuanto antes termine, mejor.

El canciller se incorporó con pesadez.

—Sois valiente y astuto, señor Fleury. El rey aprecia a los hombres como vos. Intentémoslo. Quizá os escuche. Pero no puedo garantizar nada.

—Os lo agradezco, excelencia —dijo Michel.

Dos caballeros acompañaron a Michel y a Konrad cuando cabalgaron desde el campamento hacia la colina. Se había roturado una parte del bosque que allí crecía para conseguir madera para las máquinas de asedio. De las laderas sobresalían tocones aserrados justo por encima de las raíces. Ruedas de carro, cascos y botas habían abierto surcos y pisoteado el blando suelo. Había montones de ramas y espesura por todas partes. Adentrándose más en la colina, el bosque estaba intacto.

Al borde del mismo se encontraron por fin con la partida de caza. Ya de lejos Michel oyó el ladrido de los perros que un criado acababa de amarrar. Varios hombres llevaban aves rapaces en los puños enguantados y estaban poniendo caperuzas a los animales. Al parecer, la cacería tocaba a su fin. Solo un halcón seguía describiendo giros encima de las copas de los árboles. Cuando el rey lo llamó, descendió en picado y aterrizó con precisión en la mano izquierda de su señor.

Los hombres habían hecho una buena presa: las alforjas estaban repletas de conejos, perdices y codornices.

—Presentaré vuestra petición a Su Majestad —dijo el obispo Konrad mientras descabalgaban—. Cuando os haga una señal, adelantaos.

Konrad fue hacia Federico, que saludó cordialmente a su canciller. Con el rey había unos veinte hombres: criados, tres caballeros loreneses que Michel conocía de pasada y varios nobles de alto rango, entre ellos el duque de Borgoña, que en ese momento pedía a sus ojeadores que le dieran el odre del vino. El conde de Bar no estaba. «Mejor así», pensó Michel.

Konrad llevó a un lado al rey y habló en voz baja con él. Finalmente, el canciller asintió en dirección a Michel, que avanzó hacia ellos y se arrodilló.

—Mi señor. Gracias por recibirme. Me concedéis con eso un gran favor.

—Levantaos —dijo Federico.

Era la primera vez que Michel veía tan de cerca al joven rey. La testa coronada del Sacro Imperio Romano acababa de cumplir veintitrés años, y su rostro bien formado, su aspecto entero tenían algo de juvenil, aunque sus ojos oscuros derramaban una gran seriedad. El cabello de color claro le caía hasta los hombros, y su esbelto cuerpo vestía una cómoda casaca de paño verde y marrón. De su cinturón pendía un cuchillo de caza con el mango engastado de pedrería. Se decía de Federico que siempre se mostraba inclinado a dar a un hombre la oportunidad de probar su valía, aunque no fuera de sangre noble. Michel esperaba que aquello fuera cierto.

El rey acarició con delicadeza la cabeza a su halcón, antes de poner la caperuza al pájaro y entregárselo a un halconero.

—Alcalde Fleury. Hace mucho que oímos ese nombre por última vez, pero no lo hemos olvidado. Nuestro tío Felipe hablaba a veces de vos. Tenía en gran estima a vuestra familia.

Federico hablaba la lengua de los alemanes sin defecto alguno. Solo si se escuchaba con atención se percibía un ligero acento. Porque su lengua materna era el volgare, el dialecto de los sicilianos.

—Vuestras palabras me honran, majestad —repuso Michel—. Mi familia y Varennes Saint-Jacques deben muchísimo a vuestro tío y a la estirpe de los Staufer.

—¿No fue incluso vuestro hermano el que, durante la Cruzada, intentó salvar a nuestro abuelo de que se ahogara?

—Jean nunca se perdonó haber llegado demasiado tarde.

—Lo que ocurrió aquel día fue voluntad de Dios. Lo importante es que vuestro hermano no dudó, a pesar del peligro, en apostar su propia vida por su rey. Si hubiera más hombres tan fieles a la corona como él, habría menos crímenes e inquietud en nuestro reino.

—Palabras verdaderas, majestad —gruñó uno de los nobles que se arremolinaban en torno a Federico. Michel sentía sus miradas puestas en él.

—Konrad dice que queréis negociar en nuestro nombre con el traidor —señaló el rey entrando en materia.

—El Señor me ha dado el don de mediar entre partes enfrentadas y poner en armonía posiciones opuestas, de forma que se puedan deponer las disputas de manera pacífica —explicó Michel—. Quisiera emplear ese don en pro de vuestra fama y del bien del reino.

Una sonrisa pasó por el rostro de Federico.

—Sin duda no os falta confianza en vos mismo. —Se volvió a Konrad—. Como obispo de Metz, seguro que ya habéis tenido el placer de negociar con el señor Fleury en esta o aquella ocasión. ¿Es de hecho tan capaz como afirma en este terreno?

—El alcalde Fleury y yo nos hemos encontrado hoy por vez primera —respondió Konrad von Scharfenberg—. Pero es cierto que la fama de su habilidad negociadora corre por toda Lorena. Confío en sus capacidades.

—Este mercader podrá ser todo lo hábil que quiera —terció uno de los nobles—. Pero ¡eso no cambia que cualquier palabra razonable es palabra perdida con Thiébaut! Tuvo la oportunidad de poner fin pacífico a la guerra, y la echó a perder.

Federico alzó la mano derecha. En su gesto había tanta autoridad natural, que el caballero, aunque casi doblaba en edad al rey, enmudeció instantáneamente.

—¿Sabéis que el conde de Bar ya ha fracasado en la tarea? —Federico se volvió hacia Michel.

—Lo sé.

—¿Qué os hace creer que podéis conseguir más que nuestro amigo Henri?

—Lo digo con sinceridad, majestad —repuso Michel—. El conde Henri es fiel vasallo vuestro y uno de nuestros mejores guerreros, pero cabe pensar que como enemigo de Thiébaut era inadecuado para esa tarea. Además, le falta la finura necesaria para las negociaciones delicadas.

—El conde Henri hizo todo lo que pudo —dijo otro caballero—. ¿Cómo podéis atreveros a insultarlo de ese modo?

—No le insulto —respondió con calma Michel—. Digo tan solo que a veces equivoca el tono cuando un enfrentamiento se acalora. Ni siquiera el conde Henri negaría tal cosa, según le conozco. Que sin perjuicio de esto dispone de numerosas cualidades es algo que está fuera de toda duda.

Otros nobles quisieron intervenir, pero Federico no les dejó tomar la palabra.

—Basta. Todos sabemos que el conde Henri no fue precisamente hábil en el castillo de Amance. Que las negociaciones fracasaran también fue culpa suya, no solo del traidor.

—Explicad a nuestro rey cómo queréis proceder —intimó el obispo Konrad a Michel.

—Como mercader, para mí es como una segunda naturaleza tener en cuenta distintos intereses y tratar de ponerlos en equilibrio. Solo así puedo llevar al éxito mis empresas. En primer lugar, dará a Thiébaut la oportunidad de salvar la cara. Porque eso es lo que el conde Henri no hizo.

—¿Cómo pretendéis hacerlo? —preguntó el rey.

—Le construiremos un puente de plata. Permitid que siga siendo duque de la Alta Lorena y conserve su feudo si se somete a vos. Estoy seguro de que depondrá las armas hoy mismo.

Entre los nobles presentes estalló un pequeño tumulto. También Konrad von Scharfenberg protestó con decisión contra la propuesta.

—¡Thiébaut es un miserable traidor! —exclamó el canciller—. Se ha hecho culpable de felonía, y tiene que ser castigado. ¡No podéis pretender con seriedad que un hombre así siga siendo duque!

—Calma, señores. —El rey miró a Michel, y la benevolencia que había en sus ojos había dejado paso a un brillo peligroso—. Vuestra pretensión nos extraña. Thiébaut ha cometido numerosos delitos. Si dejamos de pedirle cuentas, pareceremos débiles e invitaremos a otros a imitarlo. Lo que demandáis tendría como consecuencia el caos y la ilegalidad.

—En modo alguno digo que Thiébaut salga indemne de esto —dijo Michel—. Naturalmente que ha de ser castigado. Pero es igual de importante que pongáis fin rápido a esta disputa. Amance es demasiado fuerte como para poder tomarlo por asalto. En consecuencia, este asedio aún se extenderá muchos meses. Os costará inmensas sumas de dinero. Y os retendrá en Lorena, cuando hace mucho que deberíais haberos encaminado a Roma para haceros coronar emperador.

—Sabemos qué cargas nos impone esta guerra —respondió con frialdad Federico—. Pero hasta ahora no nos habéis convencido de por qué ha de ser más sensato negociar con el traidor en vez de ponerlo de rodillas con la fuerza de las armas.

—Si Thiébaut sabe que en caso de derrota lo privaréis del título y de todos sus feudos, le faltará el estímulo para someterse a vos. De ese modo, le obligáis a seguir peleando hasta el amargo final. Pero si le ofrecéis otra expiación para sus errores, podría cambiar de opinión.

—No sé qué castigo tiene en mente el señor Fleury —tomó la palabra el duque de Borgoña—, pero ¿cómo va a ser la respuesta adecuada al crimen de Thiébaut que siga siendo duque? No escuchéis a este mercader, majestad. No hace más que haceros perder vuestro tiempo.

Los otros hombres le apoyaron a voz en cuello.

Michel esperó a que se calmara el tumulto antes de someter su propuesta al rey.

A primera hora de la tarde, Michel subió al castillo. Con él iban cuatro escuderos del séquito del rey armados hasta los dientes, dos canonistas de la Cancillería y un heraldo. Pudo sentir en toda regla que el campamento entero estaba mirándolos cuando subieron y se detuvieron junto al foso, al pie del puente levadizo.

—¿Quién va? —gritó el guardia desde el camino de ronda de la barbacana.

—Michel Fleury, alcalde de Varennes Saint-Jacques y negociador de Su Majestad el rey Federico —anunció el heraldo, que se había adelantado—. Desea hablar con su gracia el duque Thiébaut.

El guardia desapareció y volvió poco después con una docena de ballesteros, que tomaron posiciones detrás de las almenas.

—¿Tenemos vuestra palabra de que vuestras intenciones son honradas?

—Mi palabra y la del rey. —Michel se llevó la mano derecha al pecho.

Se oyó un chirrido de cadenas cuando el puente levadizo bajó y subió el rastrillo. Michel y sus acompañantes avanzaron sobre las gruesas vigas y entraron en el castillo. Apenas habían cruzado el umbral cuando la reja volvió a bajar tras ellos. «Estamos encerrados con un enemigo que no tiene nada que perder», se le pasó a Michel por la cabeza. Un pensamiento desagradable, que descartó con rapidez.

El guardia de la puerta bajó corriendo la escalera, haciendo tintinear su cota de malla.

—Su gracia está en la torre del homenaje. Os llevaré hasta él.

Dos escuderos se quedaron con los cabal ...