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LA MELODíA DEL TIEMPO

José Luis Perales

5


Fragmento

1

Debido a su condición de sordomudo no le resultaba fácil encontrar una mujer con la que compartir su vida. Era un solterón alto y atractivo para las mujeres que acudían a su taller de relojero instalado en un pequeño cuarto de la casa en la que vivía con su madre, Baltasara Cortés, una mujer con un carácter autoritario y absorbente, árido y seco como el paisaje de El Castro, un pueblo en una España olvidada de la mano de Dios y no demasiado lejos de la capital, sediento de agua y de justicia, donde un día se instalarían llevados por su trabajo y por culpa de una mujer.

Bautizado con el nombre de Evaristo Salinas, nació en los últimos años del siglo XIX en la ciudad de Sevilla. Sus padres, al llegar al mundo, no escucharon su llanto, y pronto descubrieron que el pequeño Evaristo era sordomudo. Quizá por su carencia, fue un niño especialmente querido, y cuando tuvo la edad de ir a la escuela, decidieron ingresarlo en un colegio especial para ese tipo de niños donde aprendió a escribir, leer y pronunciar las palabras más elementales para ser entendido, así como para entender, leyendo en los labios de los que le hablaban. Incluso se reveló como un alumno aventajado, hasta el punto de conseguir varias medallas de plata en los diferentes cursos por su aplicación y sus buenos resultados en la escuela; unas medallas que su madre, muchos años después, conservaba guardadas en una cajita de plata hasta que el tiempo las hizo desaparecer. Ya terminado su período de aprendizaje en la escuela, fue contratado por una empresa como técnico encargado del mantenimiento de una red de líneas eléctricas en la comarca de Vallehondo y el alumbrado público de El Castro, región situada a muchos kilómetros de distancia de la ciudad en la que nació. Por entonces su edad era de veintiocho años.

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Pero no solamente Evaristo Salinas había aprendido a comunicarse con su lenguaje especial, sino que también poseía una gran habilidad para el dibujo, por lo que las mujeres de El Castro lo solicitaban habitualmente —sobre todo las novias— para el diseño de sus vestidos de boda, mantelerías, sábanas y todo lo concerniente al ajuar que, una vez dibujado por él, serían ellas las que, con toda delicadeza, bordarían.

El excesivo celo de Baltasara Cortés por su hijo hacía imposible toda relación con alguna mujer que supusiera un peligro de perderlo para siempre.

Un día visitó la relojería de Evaristo Salinas una mujer menuda y tímida. La recibió en el portal Baltasara Cortés.

—¿Qué deseas? —le preguntó.

—Vengo a traer un reloj que hace años que no funciona, y como he oído decir a todo el mundo que lo que no arregle Evaristo Salinas no lo arregla nadie, he pensado que, puesto que es un recuerdo de mis padres, muertos ya hace años, sería muy hermoso para mí volver a escuchar esas campanadas que escuchaba cuando era niña para despertarme.

—¿Cómo te llamas? A pesar de lo pequeño que es El Castro, nunca te he visto.

—Gabriela Rincón, y vivo cerca del mirador.

Baltasara Cortés la hizo entrar en el taller advirtiéndole que fuera rápida en su encuentro con su hijo, ya que andaba escaso de tiempo y sobrado de trabajo.

Evaristo Salinas la recibió con una sonrisa y con un gesto le indicó una silla, invitándola a sentarse.

—No te preocupes —le dijo—, sólo quiero saber si tú podrías arreglarme este despertador que hace años que no funciona. Era de mis padres y… —Volvió a explicar la historia del despertador y todo lo que suponía para ella, después de tanto tiempo, volver a escuchar las campanadas como cuando era niña.

Él la observaba y leía sus labios intentando traducir por sus movimientos las palabras que Gabriela Rincón decía.

Mientras ella hablaba, sin caer en la cuenta de que Evaristo Salinas era sordomudo, él la miraba con una ternura que intimidaba por momentos a Gabriela Rincón, obligándola a bajar la vista esperando una respuesta.

Pidió disculpas por su torpeza mientras desenvolvía con cuidado su reloj despertador con la esfera que el tiempo había cambiado de blanca en amarillenta y la campana en la parte superior que había permanecido en silencio durante casi veinte años.

Evaristo Salinas tomó un papel y un lápiz, y escribió: «Trataré de arreglar tu reloj. Pásate por el taller dentro de una semana. ¿De acuerdo?». Gabriela Rincón asintió con la cabeza y al despedirse, Evaristo Salinas le tendió su mano fuerte y varonil en contraste con la de ella, frágil y transparente. Él la miró con la ternura del alma. Ella percibió algo que nunca hasta entonces había experimentado. De pronto la puerta del taller se abrió violentamente y apareció Baltasara Cortés.

—Te dije que fueras breve, mi hijo tiene demasiado trabajo para estar perdiendo el tiempo.

Gabriela Rincón pidió disculpas, atravesó el portal como una sombra y, tratando de acallar el corazón, volvió a su casa.

Desde la ventana de su cuarto miró hacia Vallehondo. La lluvia empezó a caer lentamente hasta convertirse en tormenta. Los relámpagos iluminaron el atardecer haciéndolo más tenebroso y los truenos amenazaban con romper los cristales de las ventanas.

Mientras contemplaba la tormenta iluminando el valle, un rayo cruzó el cielo y fue a caer sobre un chopo en una zona de huertos. Gabriela Rincón sintió terror al ver cómo el árbol se partía en dos y se desplomaba sobre la tierra. Cerró la ventana y en la penumbra de su cuarto trató de calmar otra tormenta. Esa que se había desatado dentro de su alma. Una tormenta de sentimientos, sensaciones y dudas que acababa de despertar en ella el encuentro con Evaristo Salinas.

De pronto, unos gritos rompieron el silencio y las campanas tocaron a rebato. Todos los habitantes del pueblo salieron de sus casas mientras unas mujeres a voz en grito anunciaban la muerte por un rayo de uno de los mozos cuando trabajaba en su huerto. A Gabriela Rincón se le heló el alma. Ella sin saberlo había sido testigo del accidente desde la ventana de su cuarto.

El muerto era el único hijo de Isabel Ibáñez, una viuda de edad avanzada que, rota de dolor, vio a un grupo de hombres pasar frente a su casa con su hijo muerto envuelto en una manta camino del cementerio donde el forense esperaba su llegada. Una vez realizada la autopsia y lavado el cadáver, fue presentado a su madre, quien, acompañada por unas cuantas mujeres del pueblo y llorando amargamente, abrazó a su hijo que, sobre la losa fría, yacía pálido y con una leve sonrisa en sus labios como quien se hubiera liberado del peso de una vida triste durante la cual nunca conoció el amor ni la felicidad, salvo la que pudo proporcionarle su madre cuidándolo como si fuera un niño.

A partir de ese momento la vida de Isabel Ibáñez dejaría de tener sentido, y cerraría con llave la puerta de su casa para nunca volverla a abrir. Pero antes, una peregrinación constante de todos los habitantes de El Castro pasaría por su casa acompañándola por unos minutos en su dolor. Fue la última vez que se la vio por el pueblo. Algunos pensaron que quizá hubiera ido a la casa de algún familiar lejos de El Castro para encontrar el consuelo junto a los suyos. Otros, que la habían visto salir por la noche y encaminarse al cementerio para visitar la tumba de su hijo. Los niños a veces tiraban piedras a la puerta de la casa esperando verla asomarse al ventanuco, pero la respuesta siempre era la misma. Un silencio de muerte se fue apoderando de la casa y los vecinos, pasado el tiempo, y ante tanto silencio, decidieron dar parte a las autoridades del pueblo sospechando lo peor.

Una mañana, el alcalde, el juez de paz y algunos concejales, acompañados del herrero armado con sus herramientas por si fuera necesario usar la fuerza, se dirigieron a la casa de Isabel Ibáñez. Llamaron a la puerta varias veces con el picaporte de hierro fundido —una mano con una bola—, y la única respuesta desde dentro fue el maullar de un gato, supuestamente el único habitante de la casa.

Los vecinos de la calle, y después algunos curiosos del pueblo, al oír con tanta insistencia los golpes del llamador sobre la puerta de la casa de Isabel Ibáñez, fueron llegando ansiosos por ver el desenlace de tantas historias que se habían forjado en torno a su ausencia en El Castro desde la muerte de su hijo.

El juez dijo algo al alcalde, y este, después de hablar al oído de los concejales, ordenó al herrero abrir la puerta de la casa. Los curiosos estiraban el cuello por encima de las autoridades esperando ser los primeros en descubrir algo en el interior una vez abierta la puerta. Los golpes de las herramientas del herrero sobre la cerradura devolvían un eco siniestro desde el interior de la casa que sobrecogía a los que esperaban verla abierta. Por fin, los goznes cedieron en un crujido siniestro, dando paso a la oscuridad del interior y al frescor húmedo de una corriente de aire procedente de una ventana minúscula situada al fondo del pasillo. Poco a poco, la oscuridad dio paso a la luz procedente de la calle a través de la puerta abierta de par en par. Primero entró en la casa el juez, después el alcalde y, siguiendo a los dos, el resto de las autoridades. El alguacil, que también había acudido al acto, puesto en pie en el centro de la puerta, impedía la entrada a los curiosos que, en ascuas por saber cuál sería el desenlace final, esperaban nerviosos llenando ya la calle frente a la casa de Isabel Ibáñez.

Al principio del pasillo, y a la izquierda, tres escalones ascendían a un dormitorio donde había una ventana cerrada que el juez entornó, y que en otro tiempo se abría a la calle principal desde donde el hijo de Isabel Ibáñez cada mañana miraba al cielo por ver si el día amanecía nublado, lluvioso o con sol para programar su faena en el campo. Había una cómoda donde se guardaba ropa y, junto a la ventana, un aguamanil con su toalla blanca. Al fondo de la sala, el juez inspeccionó una alcoba pequeña sin ventana, y como único mobiliario, una cama, debajo de la cual había un orinal de porcelana blanca, a ambos lados de la cama unas mesitas de noche y en la pared, sobre la cabecera, un cuadro con la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Mientras el juez inspeccionaba la habitación y comprobaba que estaba vacía, el resto de las autoridades esperaban en la puerta a que les informara sobre su investigación.

Continuaron su visita a la casa entrando en la siguiente habitación a la derecha, yendo hacia el fondo del pasillo. Era un cuarto de estar presidido por una estufa de leña en un rincón. A la derecha un sofá, y junto a la ventana que daba a la calle, una máquina de coser con un pespunte a medio hacer y una silla caída en el suelo. Al fondo, un mueble y una pequeña mesa de comedor con dos cubiertos dispuestos para comer y que nunca llegaron a usarse. Un vistazo desde la puerta del pasillo fue suficiente para observar que tampoco en aquel cuarto había nadie; aquella habitación estaba vacía. La pequeña comitiva siguió avanzando pasillo adelante inspeccionando cada espacio sin encontrar el más mínimo rastro de Isabel Ibáñez. Un gato maullaba al fondo del pasillo donde estaba situada la cocina con un ventanuco al patio que dejaba entrar un airecillo fresco y movía una cortina de ganchillo, que, sin duda, había tejido en sus días de soledad Isabel Ibáñez, esperando la llegada de su hijo después de su trabajo en el campo. Ese ventanuco proyectaba una luz que casi era penumbra procedente del patio donde crecían a duras penas algunos rosales y una parra de uvas negras que nunca llegaban a madurar por falta de sol. Un haz de luz entraba por la chimenea iluminando el fogón con una luz mortecina que impedía ver nada más. Poco a poco, los ojos del juez y los acompañantes se fueron acostumbrando a la oscuridad de la cocina, y aun así hubo que abrir al máximo el ventanuco y descorrer la cortina de ganchillo para poder descubrir el cuerpo de Isabel Ibáñez sentada en una silla de anea junto al fogón, en donde el fuego no había ardido en unos años, abrazada al retrato de su hijo. Sobre su regazo, una nota escrita de su puño y letra, que el juez, sin atreverse a tocarla, y para dejar constancia ante las autoridades de El Castro de su contenido, leyó: «Entierren mi cuerpo tal como lo encuentren, abrazado al retrato de mi hijo. Es mi última voluntad». Unos a otros se miraron sin saber qué decir. Sólo el juez, ante una orden tan contundente, decidió imponer el respeto a la voluntad de la difunta, y estudiar, en una junta extraordinaria del ayuntamiento en pleno, la forma de cumplir estrictamente lo que, supuestamente, en plenitud de sus facultades, había dejado escrito Isabel Ibáñez.

Y así se hizo. Ese mismo día se tomaría la decisión y la forma de llevar a cabo entierro tan especial. Cada uno de los miembros de la junta municipal, con el juez a la cabeza, emitieron su opinión con respecto a la forma de respetar o no la posición de sentada en su silla, o si, por el contrario, convenía trocearla y, como el Cristo articulado de la parroquia, colocarla en su ataúd en la posición horizontal en la que se colocan a todos los muertos para el traslado al cementerio. Pero el mensaje era muy claro: «Entierren mi cuerpo tal como lo encuentren».

—Y la forma en que la hemos encontrado —dijo el alcalde— ha sido sentada en su silla de anea, a la que parece que le tenía cierta querencia.

El juez consultaba sus libros de leyes por si alguna de ellas arrojaba luz sobre un caso como el que les ocupaba, pero no lo encontró. Durante todo el día, la muerta siguió sentada en su silla, vigilada por el alguacil para cuidar de que nadie entrara en la casa y fuera a tocarla, con el consiguiente peligro de desintegrarla. Aunque después de los años que llevaba en el estado en que se encontró, todos coincidían en que ese cuerpo era incorrupto, y por lo tanto, dada su consistencia, sería fácil de transportar al cementerio, tal como había sido su deseo, expresado en la nota de su puño y letra. Después de llegar a esa conclusión, sólo quedaba definir el medio de transporte con el que deberían contar para llevarla a su última morada. Y al ser un cuerpo incorrupto, lo más adecuado sería llevarla al cementerio como a una santa. Por unanimidad de todos los miembros del ayuntamiento en pleno, incluido el juez y el cura de El Castro, que pronto tendría una santa más en el altar de su iglesia, se decidió habilitar las andas de san Nicolás, patrón del pueblo, y bajo un viento impenitente y una tarde de perros, la llevaron a hombros desde la iglesia, previa misa corpore insepulto, hasta su panteón, donde quedó sentada por tiempo indefinido en su silla de anea, abrazada a la fotografía de su hijo y al pie de su nicho.

2

Una mañana, el silencio del pueblo fue roto repentinamente cuando Faustino Lebrero, el pregonero, soplando a pleno pulmón su trompetilla de latón reluciente como una patena, anunciaba desde cada esquina la llegada al pueblo de «Emilín y su cine mudo». La proyección tendría lugar a las siete de la tarde en el local de Conrado, junto a la iglesia. La venta de localidades se realizaría en la entrada al local. «LLEVAR SILLA.» El pueblo pasó el día revolucionado por la novedad del acontecimiento ya que hacía al menos tres años que no venía ningún espectáculo, y Emilín era un valor seguro que sorprendía con cada una de las proyecciones.

La de esa noche estaría dedicada a la Pasión de Cristo en la Cruz, obra supervisada con anterioridad por el párroco don Aristeo Arganzúa para su aprobación y censura, si fuera necesario.

Y cuando el sol se marchó, la plaza de la iglesia se llenó de gente procedente de todos los pueblos de la comarca. Unos llegaban a lomos de sus mulas; otros, los más pudientes, en caballos. La fachada de la iglesia sirvió de pantalla clavando una sábana a una altura que la muchedumbre pudiera ver sin ser molestada por los de delante y procurando no tapar la lápida con los nombres de los caídos «Por Dios y por España».

Ante la imposibilidad de controlar la venta de entradas, Emilín anunció a voz en grito, no sin antes rogar silencio a los asistentes, que en esta ocasión la función sería gratuita para todos y que en compensación a la generosidad de la empresa, se instalarían en la puerta de la iglesia unas macetas de barro para recoger las aportaciones voluntarias del público. Poco a poco, la gente se fue acomodando en sus sillas, y Emilín, desde un altillo instalado al fondo de la plaza, pedía silencio y respeto para la proyección sacra.

De pronto se apagaron todas las luces y se hizo el silencio. Un ruido de carraca producido por el motor del proyector dio paso a la primera imagen que, proyectada desde tal distancia, daba un aire solemne al Crucificado, que, quieto, esperaba la explicación de Emilín.

—He ahí el Señor Crucificado en el Gólgota, traspasados sus pies y sus manos con los clavos y coronado de espinas frente a su pueblo. A sus pies María, su madre, María Magdalena y unas santas mujeres con el corazón roto de dolor.

La voz de Emilín sonaba tan teatral en la plaza que causaba en los asistentes un estremecimiento que provocaba en muchos casos un llanto incontenible. Algunos tuvieron que ser atendidos por los desmayos y otros no pudieron contener las ganas de gritar insultos a los soldados romanos que, lanza en ristre, aparecían al pie de la cruz junto a las santas mujeres.

Según avanzaba la noche, las escenas de la Pasión de Cristo se sucedían unas tras otras aumentando el dramatismo de la narración en la voz de Emilín, hasta llegar a la Resurrección gloriosa del Salvador, momento en el que su voz era inaudible después del esfuerzo realizado. El colofón de la proyección consistía en una suelta de palomas blancas que don Aristeo Arganzúa tenía enjauladas procedentes del palomar del campanario adonde regresaban hasta una próxima función.

La gente depositaba generosamente algunas monedas en las macetas antes de marcharse a casa con el corazón en un puño y la gratitud sin límites hacia Emilín por su visita un año más a Vallehondo.

3

Gabriela Rincón pasó la semana esperando el momento de pasarse por la casa de Evaristo Salinas, no tanto por la reparación del despertador como por volver a verlo y sentirlo cerca.

Nunca Gabriela Rincón había sentido nada parecido a lo que produjo en su interior la mirada de aquel hombre con el que, a pesar de ser casi vecinos, nunca se habían cruzado por la calle. Mientras veía caer la lluvia desde su cuarto, trató de reconstruir la imagen que había quedado tan grabada en su alma. Aquel hombre alto, delgado, de pelo negro, rizado, de tez pálida, ojos claros y mirada inteligente y de una edad ligeramente superior a la suya, le había robado el alma en sólo unos minutos. Pero ¿y ella? A juzgar por la mirada de Evaristo en ese primer saludo en el taller, la ternura cuando la miró a los ojos y leyó en sus labios tímidos el encargo sobre el arreglo de su reloj, ¿qué sentimientos habría despertado en él su figura frágil, su timidez, su estatura pequeña comparada con la suya, su torpeza al hablar por primera vez a un sordomudo, y descubrir que él no oía nada de lo que ella decía, y que miraba el movimiento de sus labios con una atención que ella no sabía cómo interpretar, y que la intimidaba de aquel modo? Sintió por un momento que el cielo se abría dando paso a la luz, a pesar de la lluvia, recordando la risa ancha y blanca de Evaristo Salinas al despedirla con un gesto amable, indicándole el camino, tendiéndole su mano y conduciéndola hasta la salida a la calle, mientras Baltasara Cortés se apresuraba a cerrar la puerta, como liberándose de alguien que presentía como un mal augurio en la futura relación con su hijo.

Desde ese día, Gabriela Rincón frecuentaba su calle al anochecer por si casualmente se cruzaba con Evaristo, o si la luz de su relojería se encontraba encendida, pero a esa hora Baltasara Cortés cerraba las ventanas de la casa, apagaba las luces y mantenía en un amargo secuestro a su hijo, evitándole cualquier contacto con lo que para ella intuyera el más mínimo riesgo de perderlo. A fin de cuentas, su motivo para residir en El Castro, habiendo nacido en el sur, respondía únicamente a su obligación de atender y cuidar a su único hijo, dadas sus evidentes carencias.

Durante el pequeño espacio de tiempo que duró su encuentro en la relojería, Gabriela observaba algunos sonidos guturales emitidos con gran esfuerzo por Evaristo, como tratando de pronunciar alguna palabra sin conseguirlo, mientras ella intentaba adivinar lo que él quería decirle, y que, al no conseguirlo, él recurría a su pequeño cuadernillo y su lápiz para escribirlo.

Mientras desde su cuarto Gabriela veía caer la lluvia sobre los tejados, pensaba en aquellos minutos en compañía de Evaristo, y en lo hermoso que habría sido escuchar su voz, y que él hubiera podido escuchar también los latidos acelerados de su corazón mientras lo miraba. Pero cualquier pretexto que la razón pusiera para hacer imposible aquella relación, era inmediatamente descartado por el corazón, y por el amor que lo comprende todo, sin necesidad de explicación alguna, y lo aceptaba todo. Aquella noche, Gabriela habló a su familia de su encuentro con Evaristo Salinas y de lo que había despertado en su corazón. Pero no escuchó ninguna de las opiniones, algunas advirtiendo a Gabriela de los problemas que podrían surgir con respecto a su convivencia con un sordomudo, y, en caso de tener hijos, la posibilidad de que nacieran con el mismo problema. Pero aquella relación parecía ya un sueño irrenunciable. Y mientras su familia hablaba, ella sólo pensaba en el nuevo encuentro con Evaristo, en el que no necesitarían palabras para decirse lo que Baltasara Cortés daría la vida por no escuchar.

Aquella semana fue para Gabriela Rincón la más larga de su vida esperando el día marcado por Evaristo Salinas para recoger el reloj en su taller. Las noches tardaban siglos en amanecer, porque el recuerdo de Evaristo Salinas le quitaba el sueño, y le hacía vivir de nuevo los momentos pasados en aquel taller, en los que descubrió por primera vez un sentimiento nuevo y diferente a todos los vividos en toda su vida, ya que, aun siendo una joven de veinte años, nunca había tenido la más mínima relación con un hombre.

¿Cómo sería ese encuentro que le andaba quitando cada noche el sueño? «¿Nos dejará solos su madre, aunque sea sólo unos minutos, para decirnos lo que sentimos el uno por el otro? ¿Seguirá Evaristo Salinas sintiendo por mí lo que yo sigo sintiendo por él? ¿Me mirará a los ojos con la dulzura con que lo hizo en nuestro primer encuentro? Y ante la imposibilidad de hablar de una forma inteligible, ¿escribirá mi nombre en su libretilla con las palabras “TE QUIERO”, y me abrazará en su silencio mientras yo lo beso con el murmullo de fondo del tictac de los relojes que cuelgan de las paredes del taller?»

¿Habría escuchado los consejos de Baltasara Cortés de la no conveniencia de comprometerse con alguna mujer, aun sin razonarle el porqué?

Una noche, de duermevela, no solamente le conformaba pensar en Evaristo Salinas, viviendo en su sueño las más tiernas escenas de amor en su compañía, sino que pensó en hacer algo que nunca hubiera pensado hacer.

Se levantó de la cama. Se vistió. Y con sus zapatillas en la mano, y descalza para no despertar a los de casa, bajó las escaleras y abrió la puerta de la calle.

La noche era clara. Las calles del pueblo a las cuatro de la madrugada sólo estaban ocupadas por los gatos en celo que maullaban en busca de pareja. Las estrellas brillaban en un cielo incontaminado, y la luna jugaba a esconderse tras alguna nubecilla para volver a asomarse de nuevo como tratando de seguir a Gabriela Rincón en tan arriesgada aventura.

Una vez en la calle, cerró con cuidado la puerta de su casa para no despertar a nadie, se calzó sus zapatillas y se encaminó hacia la casa de Evaristo Salinas, sabiendo que su aventura era una misión imposible. Una locura que sólo el amor puede concebir. Se paró frente a la casa. Como era habitual, todas las ventanas estaban cerradas y las luces apagadas. Sólo un farol con una luz mortecina iluminaba la pequeña plazoleta donde se encontraba la casa.

El eco de unos pasos en la calle vacía alertaron a Gabriela, que buscó la oscuridad tras una pared donde ocultarse. Los pasos, cada vez más cercanos, se oían seguros, como de alguien que conoce bien ese camino. El ritmo disminuyó a medida que se acercaban a la plazoleta, donde, con el alma en un puño por el temor a ser descubierta, temblaba Gabriela, esperando que esos pasos continuaran su camino hacia otro lugar del pueblo.

De pronto, el ruido apagado de un cerrojo sonó en la puerta de la casa de Evaristo Salinas. El pequeño ventanuco se abrió dejando ver en el interior una iluminación tenue que dejaba en contraluz la cabeza de alguien que se asomaba a la calle. Los pasos en la plazoleta tomaron otro rumbo y se fueron alejando, mientras el ventanuco de la puerta se cerraba suavemente sin hacer ruido, salvo el ligero crujido del cerrojo.

Gabriela, con el cuerpo tembloroso de miedo, salió de su escondite, y lentamente, con el corazón acelerado, volvió a su casa, abrió con cautela la puerta de la calle y subió las escaleras hasta su dormitorio. Esa noche no solamente pensó en Evaristo Salinas, sino en el riesgo de ser descubierta en su loca aventura, con la absurda idea de ver si en su taller, en donde a veces trabajaba hasta la madrugada, había alguna luz encendida, y que el destino propiciara el encuentro esa noche con Evaristo Salinas, algo que resultaría increíble.

Nunca más, durante el resto de la semana, volvería Gabriela Rincón a repetir su aventura nocturna, si bien cada mañana iría a la tienda a comprar dando un rodeo en el camino para pasar por la puerta de Evaristo, por si —cosa poco probable— se cruzaba con él.

El día que Gabriela debía recoger el reloj en la casa de Evaristo Salinas, pasó una hora frente al espejo. Se vistió con una falda negra y su blusa de encaje y, al cuello, un camafeo, regalo de su madre, heredado a su vez de su abuela, a la que Gabriela apenas recordaba, y que hacía años había muerto.

Por fin, con el corazón encogido y el temor de ser recibida con recelo, se encaminó hasta la casa de Evaristo Salinas, pasado el plazo que este había marcado. Llamó despacio a la puerta como si en el fondo estuviera deseando que no le abriera nadie, para regresar a su casa y aplazar la visita para otro día. No contestaba nadie, así que decidió irse. De pronto sintió a sus espaldas el crujir de los goznes de la puerta, pero nadie dijo nada; volvió la cabeza y allí estaba, no Baltasara Cortés, sino Evaristo Salinas en persona, que con una sonrisa, y por señas, le indicaba que entrara en la casa. Eso hizo Gabriela, y él la acompañó hasta el taller y le indicó una silla donde tomar asiento. Y aunque no podía hablar, con la mirada le dijo todo lo que el corazón le dictaba. Ella sonreía tímidamente sin saber cómo comunicarse con él sintiendo que su corazón se aceleraba sin remedio y entendió que el lenguaje del amor no necesitaba de palabras. Él rozó con sus manos las manos de ella y ella sintió un escalofrío. En la calle comenzó a llover y en el taller ellos se olvidaron del despertador.

Aquel día pasó lo que nunca hubiera deseado Baltasara Cortés, que Gabriela Rincón le robara el corazón de su hijo durante su ausencia. Una ausencia que a partir de ese día se prolongaría por toda la vida.

Esa tarde, las nubes dieron paso a un sol mortecino que iluminó suavemente los tejados mojados de las casas y las calles embarradas de El Castro.

Unos meses después, Evaristo Salinas y Gabriela Rincón se unieron en santo matrimonio. Él llegó a la iglesia solo y vestido de oscuro, ya que su madre, Baltasara Cortés, se negó a acompañarlo. Ella lo hizo acompañada de su familia, vestida de blanco y cubriendo su cabeza con un velo de encaje que durante su relación con Evaristo Salinas había ido tejiendo primorosamente a la luz de la ventana que daba a Vallehondo, y entre sus manos un manojo de rosas rojas cultivadas por ella misma en su huerto.

Don Aristeo Arganzúa ofició la ceremonia vestido con sus mejores galas; sus palabras a los novios fueron breves dadas las carencias auditivas del novio, aunque este sí entendió al cura cuando dijo:

—Evaristo Salinas, ¿quieres por esposa a Gabriela Rincón en lo bueno y en lo malo, en la salud y la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte os separe?

Evaristo Salinas asintió con la cabeza mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, y rompiendo el protocolo abrazó fuerte y besó a Gabriela Rincón, seguro de que ese momento era el principio de un tiempo de felicidad para los dos.

Ni que decir tiene que Baltasara Cortés no solamente no asistió a la ceremonia, sino que al pasar el séquito de los recién casados bajo la ventana de la casa —que hasta ahora había compartido con su hijo, y en ...