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LA MISIóN DEL BUFóN (EL PROFETA BLANCO 1)

Robin Hobb

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Fragmento

1

Chade Estrellafugaz

¿Es el tiempo la rueda que gira, o el surco que esta deja a su paso?

Acertijo de Kelstar

Se presentó una primavera tardía y húmeda, y trajo de nuevo la vastedad del mundo a la puerta de mi casa. Por aquel entonces yo tenía treinta y cinco años. A los veinte habría pensado que un hombre de mi actual edad empezaba a chochear. Ahora no me parecía ni joven ni viejo, sino a medio camino entre lo uno y lo otro. Ya no contaba con la excusa de la bisoñez y aún no podía escudarme en las excentricidades de la senectud. En muchos aspectos ya no estaba seguro del concepto que tenía de mí mismo. En ocasiones me asaltaba la sensación de que mi vida desaparecía poco a poco detrás de mí, de que se disipaba como un rastro de huellas bajo la lluvia, aunque tal vez siempre había sido un hombre apacible entregado a una existencia ordinaria en una cabaña situada entre el bosque y el mar.

Aquella mañana estaba acostado, escuchando los sonidos leves que de cuando en cuando me aportaban cierta calma. El lobo respiraba cadenciosamente junto al fuego que crepitaba sosegado en el hogar. Me acerqué a él por medio de la magia de la Maña que compartíamos y acaricié sus pensamientos oníricos. Soñaba que corría por sinuosas colinas nevadas con su manada. Para Ojos de Noche aquel era un sueño de silencio, frío y premura. Retiré mi toque con delicadeza y lo dejé disfrutar de su paz íntima.

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Al otro lado de la pequeña ventana, los pájaros que regresaban se dirigían trinos desafiantes los unos a los otros. Corría una brisa ligera que cada vez que agitaba los árboles les hacía liberar parte del agua fresca que la lluvia caída durante la noche había acumulado entre la fronda, de tal modo que las gotas tamborileaban sobre la hierba mojada. Los árboles eran cuatro abedules plateados. Cuando los planté no eran más que unos simples palitos. Ahora su exuberante follaje desplegaba un agradable velo de luces y sombras sobre la ventana de mi dormitorio. Cerré los ojos y casi pude sentir cómo la luz retozaba sobre mis párpados. No deseaba levantarme, aún no.

El día anterior había pasado una mala tarde, y tuve que afrontarla a solas. Hacía casi tres semanas que mi hijo, Percán, se había echado a la briba con su amiga Estornino y aún no había regresado. No podía culparlo. Mi vida, reposada y solitaria, comenzaba a pesar sobre sus hombros juveniles. Las historias que Estornino le contaba acerca de la vida en Torre del Alce, adornadas con toda la habilidad que le permitía su talento de juglaresa, le sugerían unos escenarios demasiado atractivos para que los ignorase. Por tanto, permití a regañadientes que se lo llevara de vacaciones a Torre del Alce, para que conociese el Festival de Primavera que allí se celebraba, probase los pastelillos aderezados con semillas de carris, viera un espectáculo de títeres y, si surgía la ocasión, besara a alguna chica. Percán había dejado atrás la época en que se conformaba con tener un plato en la mesa cada día y una manta con la que arroparse por la noche. Me dije a mí mismo que era hora de ir pensando en dejarlo marchar, de que empezara a trabajar como aprendiz para un buen carpintero o un fijador. Parecía tener talento para eso y, además, mientras antes comenzara un muchacho a aprender un oficio, más llegaría a dominarlo. Aun así, yo todavía no estaba preparado para despedirme de él. Por el momento disfrutaría de un mes de paz y aislamiento y volvería a hacer las cosas por mí mismo. Ojos de Noche y yo nos hacíamos compañía el uno al otro. ¿Qué más necesitábamos?

Sin embargo, apenas se hubieron marchado, sentí que un silencio demasiado intenso pesaba sobre la pequeña casa. La emoción del muchacho al marcharse me recordó cómo me hacían sentir a mí los Festivales de Primavera y otros acontecimientos similares. Los espectáculos de títeres, los pastelillos de semillas de carris y los besos a las chicas me traían recuerdos muy vívidos que creía extinguidos desde hacía mucho tiempo. Tal vez esas visiones fuesen lo que me provocaba unos sueños demasiado reales para ignorarlos. En dos ocasiones llegué a despertarme sudando y temblando, con los músculos contraídos. Llegué a disfrutar de algunos años de tregua, pero a lo largo de los últimos cuatro años mi antigua obsesión había renacido. Ahora llevaba un tiempo yendo y viniendo sin un patrón definido. Era como si la vieja magia de la Habilidad se hubiera acordado de mí súbitamente y pretendiera sacarme a rastras de mi refugio de paz y soledad. Los días, antes siempre idénticos y monótonos como las cuentas de un collar, transcurrían ahora trastocados por su llamada. Unas veces el hambre de Habilidad me carcomía del mismo modo que una úlcera devora la carne sana. Otras, solo me hacía pasar algunas noches presa del anhelo, de unos sueños muy reales. Si el chico hubiera estado en casa, tal vez habría podido disipar a las continuas punzadas de la Habilidad. Pero se había marchado, de modo que la tarde del día anterior sucumbí a la fuerte adicción que tales sueños atizaban. Bajé a los acantilados, me senté en el banco que mi chico había construido para mí y proyecté mi magia más allá de las olas. El lobo se sentó un rato a mi lado, con un eterno reproche en sus ojos. Traté de ignorarlo.

—No es más censurable que tu afición a molestar a los puercos espines —señalé.

Con la diferencia de que estas púas pueden extraerse. Tu herida no hace más que agrandarse y empeorar cada día. Me dedicó una mirada profunda mientras compartía conmigo sus pensamientos mordaces.

¿Por qué no sales a cazar algún conejo?

Hiciste que el chico se marchara y se llevara el arco.

—Podrías cazarlos tú mismo, ¿sabes? Es lo que hacías antes.

Antes salías a cazar conmigo. ¿Por qué no recuperamos esa costumbre en lugar de insistir en esta búsqueda vana? ¿Cuándo aceptarás que no hay nadie ahí fuera que pueda oírte?

Tengo que… intentarlo.

¿Por qué? ¿Mi compañía no te basta?

Sí que me basta. Siempre me ha bastado contigo. Me abrí un poco más al vínculo de la Maña que compartíamos e intenté que sintiera cómo la Habilidad tiraba de mí. La magia lo quiere así, no yo.

No sigas. No quiero verlo. Y cuando le impedí acceder a aquella parte de mí, me preguntó con tono lastimero: ¿Es que nunca nos dejará en paz?

No podía responder a eso. Momentos más tarde el lobo se tumbó, acomodó su enorme cabeza sobre las patas y cerró los ojos. Sabía que se quedaría conmigo porque temía por mí. En dos ocasiones, durante el penúltimo invierno, me entregué en exceso a la Habilidad, consumiendo mis energías físicas con la búsqueda mental hasta el punto de que después ya no podía ni regresar tambaleándome a casa por mi propio pie. Ojos de Noche tuvo que ir a avisar a Percán las dos veces. Esta vez estábamos solos.

Sabía que era imprudente e inútil. También sabía que no conseguiría detenerme. Del mismo modo que un muerto de hambre decide comer hierba para aplacar el terrible vacío de su estómago, yo me abandonaba a la Habilidad y tocaba las vidas que se ponían a mi alcance. Podía rozar sus pensamientos y, por unos instantes, calmar la inmensa ansia que me llenaba de vacío. Llegué a averiguar algunas cosas acerca de la familia que salió de pesca un día de mucho viento. Supe de las tribulaciones de un capitán cuyo cargamento pesaba un poco más de lo que su barco podía transportar. Al primer oficial de la misma nave le preocupaba el hombre con quien su hija deseaba casarse; era un holgazán a pesar de su buen porte. El grumete maldecía su suerte; arribarían a Torre del Alce demasiado tarde para asistir al Festival de Primavera. Cuando llegase ya no quedarían más que guirnaldas rotas y enlodadas en los desagües. Era su sino.

Aquellas averiguaciones me aportaban cierta distracción. Me devolvían el convencimiento de que el mundo se extendía más allá de las cuatro paredes de mi casa, más allá incluso de los confines de mi huerto. Pero no era lo mismo que la verdadera práctica de la Habilidad. No admitía parangón con ese momento de plenitud en que las mentes se fusionaban y la totalidad del mundo se percibía como una entidad enorme donde el propio cuerpo no era más que una mota de polvo.

La firme mandíbula del lobo que noté de pronto en mi muñeca interrumpió mi búsqueda. Vamos. Ya basta. Si te desmayas aquí abajo, el frío y la humedad se cebarán contigo por la noche. Yo no soy el chico, no puedo ayudarte a levantarte. Vamos, ya.

Me levanté, buscando la negrura de los límites de mi campo de visión que percibí cuando me levanté por primera vez. Se había disipado, aunque dejó tras de sí una especie de sombra espiritual. Seguí al lobo a través de la oscuridad que, cada vez más opaca, envolvía los árboles mojados, de regreso a la casa, donde el fuego del hogar ardía manso y las velas se fundían sobre la mesa. Me preparé un té de corteza feérica, negro y amargo, consciente de que no serviría sino para ahondar la desolación que me embargaba, pero también sabiendo que me aliviaría el dolor de cabeza. Consumí el torrente de energía que me proporcionó el té trabajando en un manuscrito donde presentaba el juego de las piedras y explicaba su mecánica. Había intentado redactar aquel documento en varias ocasiones, pero siempre lo abandonaba por considerarlo una tarea vana. Solo se podía aprender a jugar jugando, me decía a mí mismo. Esta vez complementé el texto con una serie de ilustraciones a fin de exponer el progreso de una partida clásica. Cuando lo dejé, poco antes de que amaneciera, me pareció que era lo más estúpido que me había propuesto últimamente. Me acosté más pronto que tarde.

Cuando me desperté ya había transcurrido media mañana. Al fondo del patio las gallinas escarbaban la tierra y parloteaban entre ellas. El gallo cantó una vez. Gruñí. Debía levantarme. Debía comprobar si había huevos que recoger y esparcir un puñado de grano para calmar al corral. Las plantas del huerto empezaban a brotar. Era necesario desherbarlo, y también tenía que plantar nuevas semillas de fesk para reponer las que las orugas se habían comido. Necesitaba recoger más lirios violados ahora que todavía estaban en flor; el último intento de elaborar tinta a partir de sus pétalos no me salió bien, pero quería intentarlo de nuevo. Había madera que cortar y apilar. Avena que cocinar, una chimenea que barrer. Y debía subir al fresno que se alzaba sobre el gallinero para cortarle la rama que tenía quebrada antes de que una tormenta la derribara y se desplomase sobre el cobertizo.

Y deberíamos bajar al río a ver si los peces han comenzado a remontar la corriente. Nos vendría bien comer un poco de pescado fresco. Ojos de Noche aportó sus preocupaciones a mi lista mental.

El año pasado estuviste a punto de morir después de comer pescado podrido.

Razón de más para bajar ahora que todavía están frescos y coleando. Podrías utilizar la lanza del chico.

Y terminar empapado y helado.

Mejor terminar empapado y helado que hambriento.

Me giré para seguir durmiendo. Por una vez dedicaría la mañana a remolonear. ¿A quién le importaba? ¿A las gallinas? Me pareció que apenas habían transcurrido unos instantes cuando los pensamientos del lobo me pusieron sobre aviso.

Hermano, despierta. Se acerca un caballo desconocido.

Me espabilé inmediatamente. El sesgo con que la luz entraba por la ventana me indicaba que habían pasado varias horas. Me levanté, me pasé una túnica por la cabeza, me la até y me calcé unos zapatos de verano. No eran más que unas suelas de cuero con unas pocas correas para sujetarlas a los pies. Me aparté el pelo de la cara. Me froté los ojos legañosos.

—Ve a ver quién es —le indiqué a Ojos de Noche.

Míralo tú mismo. Está casi en la puerta.

No esperaba a nadie. Estornino venía tres o cuatro veces al año para quedarse unos días, ponerme al corriente de los chismes y proveerme de papel de calidad y buen vino, aunque era pronto para que Percán y ella regresaran. Casi nunca se presentaba nadie más. Estaba Baylor, que tenía su granja y sus puercos en el valle colindante, aunque no tenía ni un caballo. Un hojalatero venía dos veces al año. Me encontró por casualidad durante una tormenta; su montura se había quedado coja y, al divisar la luz de mi ventana entre los árboles, se apartó del camino. Desde entonces también recibía visitas de otros viajantes. El hojalatero había grabado un gato aovillado (símbolo de alojamiento hospitalario) en el tronco de un árbol situado junto al sendero que llevaba hasta mi cabaña. Cuando lo descubrí, decidí dejarlo; así de vez en cuando alguien llamaría a mi puerta.

Así, aquel hombre debía de ser un viajante que se había perdido o un comerciante cansado. Me dije que un invitado podría resultar una distracción muy placentera, aunque no las tenía todas conmigo.

Oí al caballo detenerse en la entrada y los sonidos amortiguados del jinete al descabalgar.

El Gris, gruñó el lobo en un tono bajo.

Por poco se me para el corazón. Abrí la puerta despacio en el momento en que el anciano levantaba la mano para llamar. Primero me escrutó y luego mostró una amplia sonrisa.

—Traspié, muchacho. ¡Ah, Traspié!

Abrió los brazos para abrazarme. Por un instante me quedé helado, incapaz de moverme. No lograba identificar lo que sentía. El hecho de que mi antiguo mentor hubiera venido a buscarme después de tantos años me resultaba espantoso. Tenía que haber un motivo, algo más que sencillamente volver a verme. Pero también sentí el resurgir de la afinidad, el repentino brote del interés que Chade siempre había suscitado en mí. De chiquillo, en Torre del Alce, sus invocaciones secretas tenían lugar por la noche y me llevaban a subir la escalera oculta que conducía a la guarida que tenía en la torre situada sobre mi habitación. Allí mezclaba sus venenos y me enseñó el oficio de asesino, hasta que me hizo suyo de manera irrevocable. Mi corazón siempre se aceleraba al abrir aquella puerta secreta. A pesar de los años y el dolor, su presencia seguía afectándome. El secretismo y una promesa de aventura continuaban acompañándolo.

Así que me acerqué para tomarlo por sus hombros encorvados y envolverlo en un abrazo. Escuálido, el anciano estaba escuálido de nuevo, reducido al mismo saco de huesos que era cuando lo conocí. Pero ahora era yo el ermitaño con una vieja túnica de lana gris. Él vestía unas calzas azul marino y un jubón a juego con incrustaciones verdes que le realzaban los ojos. Las botas de montar eran de cuero negro, al igual que los guantes suaves que llevaba. La capa verde combinaba con las incrustaciones del jubón y estaba forrada de piel. Unos remates de encaje blanco asomaban por el cuello y las mangas. De las cicatrices dispersas de las que antes se avergonzaba hasta el punto de querer vivir aislado ya no quedaban más que unas marcas pálidas en su rostro curtido. Su melena cana y lisa, rizada sobre la frente, reposaba sobre sus hombros. Llevaba varias esmeraldas en los pendientes y otra incrustada en medio del collar de oro que le ceñía la garganta.

El viejo asesino sonrió con sorna al verme contemplar su esplendor.

—Ah, un consejero de la reina debe dar cierta imagen si pretende ganarse el respeto con el que tanto ella como él merecen ser tratados en sus negocios.

—Entiendo —dije con un hilo de voz, tras lo que, superada la impresión inicial, añadí—: Pasa, por favor, pasa. Me temo que encontrarás mi morada muy rudimentaria para lo que pareces estar acostumbrado, pero eres bienvenido en cualquier caso.

—No he venido a hablar de quisquillas sobre tu casa, muchacho. He venido a verte a ti.

—¿Muchacho? —repetí en voz baja mientras sonreía y lo conducía al interior.

—Ah, en fin. Para mí, siempre, quizá. Es una de las ventajas de la vejez: puedo llamar a la gente como me plazca que nadie se atreve a protestar. Ah, veo que todavía tienes al lobo. ¿Cómo era, Ojos de Noche? Un poco entrado en años ya. No recuerdo ese blanco que observo en tu hocico. Ven aquí, sé buen chico. Traspié, ¿te importaría encargarte de mi caballo? Llevo toda la mañana cabalgando y he pasado la noche en una posada ruinosa. Noto el cuerpo un poco rígido, ya sabes. Y tráeme las alforjas, ¿quieres? Buen muchacho.

Se agachó para rascarle las orejas al lobo, de espaldas a mí, sabedor de que lo obedecería. Y así hice, con una sonrisa. La yegua negra en la que había llegado era un animal magnífico, amigable y dócil. Siempre resulta agradable ocuparse de una criatura tan bien criada. Le di toda el agua que quiso, le puse un poco del grano para las gallinas y la llevé al potrero vacío del poni. Las alforjas que llevé a la casa pesaban y en una de ellas algún líquido se agitaba prometedoramente.

Al entrar encontré a Chade en mi estudio, sentado ante mi escritorio, examinando mis papeles como si fueran suyos.

—Ah, ya estás aquí. Gracias, Traspié. Esto es el juego de las piedras, ¿no? El que te enseñó Hervidera para que te quitaras de la cabeza la idea de seguir la senda de la Habilidad, ¿recuerdas? Fascinante. Me gustaría quedármelo cuando termines con él.

—Como quieras —dije en voz baja. No sabía muy bien cómo actuar. Decía cosas y soltaba nombres que yo había enterrado en mi memoria hacía tiempo. Hervidera. La senda de la Habilidad. Volví a relegarlos al pasado—. Ya no me llamo Traspié —indiqué con tono apacible—. Ahora soy Tom Mechatejón.

—¡Ah!

Me toqué el mechón de cabello blanco que nacía de mi cicatriz.

—Por esto. La gente se acuerda del nombre. Les digo que el mechón cano es de nacimiento y que por eso mis padres me llamaron así.

—Comprendo —dijo con indiferencia—. En fin, tiene sentido, y es sensato. —Se reclinó en mi silla de madera. El asiento crujió—. Hay coñac en las alforjas. Si tuvieras un par de copas… Y panecillos de jengibre de la vieja Sara… Supongo que no esperabas que me acordara de lo mucho que te gustaban. Puede que estén un poco aplastados, pero lo que importa es el sabor. —El lobo ya se había incorporado. Se acercó a apoyar el hocico en el filo de la mesa. Orientado directamente hacia las alforjas.

—Bien. ¿Sara sigue como cocinera en Torre del Alce? —pregunté mientras buscaba un par de copas presentables. La loza desportillada no me molestaba, pero de pronto no me parecía bien utilizarla con Chade.

Salió del estudio y se dirigió hacia la mesa de la cocina.

—No. Sus ancianos pies le duelen cuando pasa mucho tiempo de pie. Tiene una gran silla con un cojín, dispuesta sobre un estrado en un rincón de la cocina. Desde allí lo supervisa todo. Prepara lo que le gusta cocinar: las imaginativas pastas, los pasteles sazonados y los dulces. Hay un joven, Duff, que ahora es quien se encarga de cocinar la mayor parte de las cosas. —Mientras hablaba iba sacando las cosas de las alforjas. Dejó en la mesa dos botellas donde ponía COÑAC DE ARENAS DEL BORDE. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que tomé un poco. Los panecillos de jengibre (un poco aplastados, como Estrellafugaz había imaginado) aparecieron soltando las migas sobre el lino en que venían envueltos. El lobo olisqueó profundamente y empezó a salivar—. Veo que también son sus preferidos —observó Chade con brusquedad antes de lanzarle uno. El lobo lo atrapó a la primera y se lo llevó para degustarlo en la alfombra delante de la chimenea.

Enseguida salió de las alforjas el resto del tesoro. Un haz de papel fino y varios frascos de tinta azul, roja y verde. Una gruesa raíz de jengibre que empezaba a brotar, lista para pasarla a una maceta hasta el verano. Diversos paquetes de especias. Un desacostumbrado lujo para mí: un queso redondo añejo. Y un cofrecito de madera que contenía otros objetos, cautivadoramente extraños por su familiaridad. Cosas pequeñas que había dado por perdidas hacía tiempo. Un anillo que perteneció al príncipe Rurisk del Reino de las Montañas. La punta de flecha que le perforó el pecho y que casi acabó con su vida. Una cajita que yo mismo tallé años atrás para guardar mis venenos. La abrí. Estaba vacía. La cerré de nuevo y la dejé sobre la mesa. Lo miré. No era solo un anciano que había decidido hacerme una visita. Traía consigo la estela de mi pasado como un engalanado séquito que sigue a una mujer hasta un salón. Al invitarlo a pasar, había permitido que mi antigua vida entrase con él.

—¿Por qué? —le pregunté a media voz—. ¿Por qué vienes a verme después de tantos años?

—Oh, bueno. —Chade arrastró una silla hasta la mesa y se sentó soltando un suspiro. Destapó el coñac y sirvió una copa para cada uno—. Por muchas razones. Vi a tu chico con Estornino. Y supe al instante quién era. No es que se parezca a ti, no más de lo que Ortiga se parece a Burrich. Pero tenía tus mismos gestos, tu modo de contenerse y mirar las cosas, ladeando un poco la cabeza antes de decidir si avanzar o no. Me recordó tanto a ti a su edad que…

—Has visto a Ortiga —dije con la voz templada. No era una pregunta.

—Por supuesto —afirmó él en el mismo tono—. ¿Quieres que te hable de ella?

No era capaz de decidir qué contestar. La prudencia me había enseñado a no mostrar un excesivo interés por ella. Con todo, algo me decía que Ortiga, mi hija, a quien solo conocía por mis visiones, era el motivo por el que Chade había venido hasta aquí. Miré mi copa y sopesé los beneficios de tomar coñac para desayunar. Después volví a pensar en Ortiga, la hija bastarda a la que abandoné contra mi voluntad antes de que naciera. Tomé un sorbo. Había olvidado lo suave que era el coñac de Arenas del Borde. Su calidez me embargó con la inmediatez de la lascivia juvenil.

Chade tuvo el piadoso gesto de no obligarme a manifestar mi interés.

—Se parece mucho a ti, aunque de un modo esbelto y femenino —declaró, tras lo que sonrió al ver cómo me estremecía—. Pero, aunque pueda parecer chocante, se parece aún más a Burrich. Sus gestos y su forma de hablar me recuerdan a él más que los de sus otros cinco hijos.

—¡Cinco! —exclamé atónito.

Chade sonrió.

—Cinco varones, y todos tan respetuosos y deferentes con su padre como podría esperar cualquier hombre. Todo lo contrario que Ortiga. Ha heredado la mirada torva de Burrich, con la que lo desafía siempre que él la mira con desaprobación. Lo cual no ocurre a menudo. No digo que sea su predilecta, pero creo que se gana más su favor al enfrentarse a él que los varones con su inquebrantable respeto. Muestra la misma impaciencia que Burrich, y tiene el mismo concepto de bondad y maldad. Y es tan obstinada como tú, aunque quizá también aprendiera eso de Burrich.

—Entonces ¿viste a Burrich? —Me había criado a mí y ahora estaba criando a mi hija como si fuera suya. Había tomado como esposa a la mujer a quien yo parecía haber abandonado. Los dos creían que estaba muerto. Su vida seguía adelante sin mí. Saber de ellos me produjo una mezcla de dolor y cariño. La diluí con otro trago de coñac de Arenas del Borde.

—Hubiera sido imposible ver a Ortiga sin ver también a Burrich. La controla como si fuera, en fin, su padre. Él se encuentra bien. El paso de los años no ha corregido su cojera. Pero casi nunca se desplaza a pie, así que no parece importarle demasiado. Se mueve en caballo, siempre en caballo, como ha hecho toda la vida. —Carraspeó—. ¿Sabes que la reina y yo nos encargamos de que se le confiaran los potros de Rubí y Hollín? Bien, pues ahora se gana la vida con esos dos sementales. La yegua a la que has desensillado, Ámbar, me la entregó él. Ahora se dedica a entrenar caballos, además de a criarlos. Nunca será rico, en cuanto le sobra un poco de dinero, lo gasta en otro animal o comprando más pasto. Pero cuando le pregunté qué tal le iba, me dijo: «No puedo quejarme».

—¿Y qué dijo Burrich de tu visita? —pregunté. Sentí cierto orgullo al comprobar que podía hablar sin que se me entrecortara la voz.

Chade sonrió de nuevo, aunque el gesto no dejaba de transmitir alguna tristeza.

—Una vez que superó la impresión que le produjo verme, se mostró muy amable y hospitalario. Y cuando a la mañana siguiente me acompañó a buscar mi caballo, el cual uno de los gemelos, Nim, creo, había ensillado para mí, bajó la voz para jurarme que me mataría si fuera necesario, pues no toleraría intromisión alguna con Ortiga. Me lo dijo con pesar pero también con total sinceridad. No puse sus palabras en duda, de modo que no necesito que tú las repitas.

—¿Ortiga sabe que Burrich no es su padre? ¿Sabe algo sobre mí? —Una tras otra, las preguntas se amontonaban en mi cabeza. Las formulaba sin reflexionar. Odiaba la avidez con que hice aquellas dos, pero no pude evitarlo. Era como la adicción a la Habilidad, el ansia de saber, por fin, todas aquellas cosas después de tantos años.

Chade apartó la mirada y tomó un sorbo de coñac.

—Lo ignoro. A Burrich lo llama «papá». Lo quiere con toda el alma, sin ningún tipo de reservas. Ah, a veces discute con él, pero más sobre otros asuntos que sobre el propio Burrich. Me temo que con su madre la relación es aún más turbulenta. A Ortiga no le interesan las abejas ni las velas, pero a Molly le gustaría que su hija se dedicara al mismo oficio que ella. Con lo obstinada que es Ortiga, creo que Molly se tendrá que conformar con que sean uno o dos de sus hijos los que sigan sus pasos. —Miró por la ventana. Añadió en voz baja—: No mencionamos tu nombre en presencia de Ortiga.

Giré la copa entre mis manos.

—¿Qué cosas le interesan?

—Los caballos. Los halcones. Las espadas. Con quince años, esperaba que tarde o temprano me hablase de algún joven, pero se ve que los muchachos no le sirven para nada. Tal vez la mujer que hay en ella todavía no haya despertado, o puede que tenga demasiados hermanos para pensar en ningún chico de manera romántica. Le gustaría escaparse a Torre del Alce y alistarse en alguna compañía de la guardia. Sabe que Burrich fue caballerizo allí en su día. Uno de los motivos por los que fui a verlo era para decirle que Kettricken le proponía ocupar el cargo de nuevo. Burrich lo rechazó. Ortiga no entiende por qué.

—Yo sí.

—Yo también. Pero durante la visita le comenté que podría buscar un lugar para Ortiga allí, aunque él decidiera no ir. Podría acompañarme como paje, al menos, aunque estoy seguro de que a la reina Kettricken le encantaría tenerla a su servicio. «Deja que vea cómo funcionan las cosas en las torres y las ciudades, deja que sepa cómo es la vida en la corte», le dije. Burrich zanjó el asunto sin contemplaciones, e incluso pareció indignarse un poco por el hecho de que se lo hubiera sugerido.

Sin pretenderlo, exhalé un ligero suspiro de alivio. Chade tomó otro sorbo de coñac y me miró. A la espera. Sabía tan bien como yo cuál sería mi siguiente pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué fue en busca de Burrich? ¿Por qué le propuso llevar a Ortiga a Torre del Alce? Yo también di otro trago de coñac y escruté al anciano. Un viejo. Sí, pero distinto a otros hombres de su edad. Pese a que su cabello se había vuelto completamente blanco, el verde de sus ojos parecía destellar con más viveza que nunca bajo los bucles canosos. Pensé en el gran esfuerzo que le supondría impedir que sus hombros encorvados se le descolgaran por completo, y me pregunté qué drogas consumiría para conservar el vigor y en qué medida le perjudicarían. Era mayor que el rey Artimañas, quien llevaba muerto todos aquellos años. Miembro bastardo de la realeza del mismo linaje que yo, parecía prosperar entre las intrigas y los conflictos como yo no había sabido hacer. Yo hui de la corte y todo cuanto en esta había. Chade decidió quedarse y convertirse en una figura imprescindible para una nueva generación de los Vatídico.

—Bien, ¿y cómo está Paciencia? —Elegí la pregunta con cautela. Las noticias sobre la esposa de mi padre eran un tanto vagas, pero su respuesta podría servirme para recabar más información.

—¿Lady Paciencia? Hace meses que no la veo. Más de un año, ahora que lo pienso. Vive en Puesto Vado, ¿sabes? Es quien gobierna allí, y lo hace bastante bien. Es extraño, si lo piensas. Cuando era reina y se casó con tu padre, nunca se impuso. De viuda se conformó con ser la excéntrica lady Paciencia. Pero cuando todos los demás huyeron, ascendió a reina de hecho, aunque no de título, de Torre del Alce. La reina Kettricken hizo bien en concederle su propio dominio, porque ya nunca habría podido salir adelante en Torre del Alce sin ejercer de monarca.

—¿Y el príncipe Dedicado?

—No podría parecerse más a su padre —observó Chade meneando la cabeza. Lo miré de cerca, preguntándome en qué sentido habría hecho el comentario. ¿Cuánto sabía? Frunció el ceño al proseguir—. La reina tendría que dejarlo salir un poco. La gente habla de Dedicado igual que lo hacía de tu padre, Hidalgo. «Correcto hasta el exceso», dicen, y no sin razón, me temo.

Se había producido una sutil variación en el tono de su voz.

—¿No sin razón? —pregunté en voz baja.

Chade sonrió como si pretendiera disculparse.

—Últimamente el muchacho no parece el mismo. Siempre ha sido un joven solitario, aunque eso suele ocurrir cuando se es el único príncipe. Siempre con su cargo en mente, siempre preocupándose por que no lo vieran tratando a un compañero mejor que a los demás. Esa vida lo ha convertido en una persona introspectiva. Aunque de un tiempo a esta parte su temperamento se ha vuelto más oscuro. Se le ve distraído y malhumorado, tan absorto en sus pensamientos que parece totalmente ajeno a cuanto sucede en la vida de quienes lo rodean. No se muestra descortés ni poco compasivo; al menos, no de forma deliberada. Pero…

—¿Cuántos años tiene? ¿Catorce? —pregunté—. No parece tan distinto de Percán, últimamente. He llegado a la misma conclusión sobre él: tengo que dejarlo salir un poco. Es hora de que salga de aquí y aprenda algo nuevo, de alguien que no sea yo.

Chade asintió.

—Creo que tienes toda la razón. La reina Kettricken y yo hemos tomado la misma decisión con respecto al príncipe Dedicado.

Su tono me llevó a sospechar que acababa de caer en la trampa.

—¿Oh? —dije con cautela.

—¿Oh? —repitió Chade, que se inclinó hacia adelante para verter más coñac en su copa. Sonrió, dejándome intuir que el juego tocaba a su fin—. Oh, sí. Sin duda, ya lo has adivinado. Nos encantaría tenerte de nuevo en Torre del Alce para que iniciaras al príncipe en la Habilidad. Y también a Ortiga, si se puede persuadir a Burrich para que la deje salir, y si la chica reúne las aptitudes necesarias.

—No. —respondí deprisa, antes de que me convenciera. No sé cuán tajante sonó mi contestación. Apenas Chade hubo realizado la sugerencia, el deseo de aceptar prendió en mí. Era la respuesta, la sencillísima respuesta, después de tantos años. Entrenar a un nuevo destacamento de Portadores de la Habilidad. Sabía que Chade conservaba los manuscritos y las tablas referentes a la magia de la Habilidad. Primero Galeno, el Maestro de la Habilidad, y después el príncipe Regio nos impidieron injustamente acceder a ellos, hacía ya muchos años. Pero ahora podría estudiar los documentos, podría aprender más cosas y podría entrenar a otros, no del modo en que lo hizo Galeno, sino de la manera correcta. El príncipe Dedicado contaría con un destacamento de Portadores de la Habilidad que lo ayudaría y protegería, y yo pondría fin a mi soledad. Habría alguien que me respondiera siempre que yo lanzase una llamada.

Y mis dos hijos me conocerían, si no como padre, al menos como persona.

Chade continuaba siendo tan taimado como siempre. Debió de percibir mi ambivalencia. Dejó que mi negativa flotase entre los dos. Acogió la copa entre las manos. La miró por un instante, trayéndome un vivo recuerdo de Veraz. A continuación levantó la vista, anclando sus ojos verdes en los míos sin ningún reparo. No me hizo ninguna pregunta, no me exigió nada. Tan solo tenía que esperar.

Conocer su táctica no me sirvió de nada.

—Sabes que no puedo. Conoces todos los motivos por los que no debería.

Meneó levemente la cabeza.

—En realidad no. ¿Por qué se le habría de negar al príncipe Dedicado su derecho de nacimiento como Vatídico? —En un tono más bajo añadió—: ¿O a Ortiga?

—¿Derecho de nacimiento? —Intenté articular una risa amarga—. Querrás decir un mal hereditario, Chade. Pincha como el hambre y, una vez que aprendes a saciarla, se convierte en una adicción. Una adicción que puede terminar por volverse lo bastante intensa para llevarte por el camino que va más allá del Reino de las Montañas. Viste lo que le sucedió a Veraz. La Habilidad lo devoró. La empleó en beneficio propio; hizo su dragón y se entregó por completo. Salvó los Seis Ducados. Pero aunque no hubiera habido Velas Rojas que combatir, Veraz habría terminado por marcharse a las Montañas. Aquel lugar lo llamaba. Es el final dispuesto para todo Habilidoso.

—Comprendo tu recelo —confesó a media voz—. Pero creo que te equivocas. Creo que Galeno te inoculó ese miedo a propósito. Limitó tu aprendizaje y te llenó de temores. Sin embargo, yo he leído los manuscritos de la Habilidad. No he descifrado todo lo que dicen, pero sé que permite hacer muchas más cosas aparte de comunicarse a distancia. Gracias a la Habilidad, una persona puede prolongar su vida y mejorar su salud. Refuerza la capacidad de persuasión de quien habla. Tu formación… No sé hasta dónde llegó, aunque apuesto a que Galeno te enseñó lo menos posible. —Notaba cómo la emoción comenzaba a avivar la voz del anciano, como si hablara de algún tesoro oculto—. La Habilidad encierra tantas posibilidades… Tantas… Algunos manuscritos sugieren que se puede emplear como instrumento de curación, no solo para determinar qué le sucede a un guerrero herido, sino para acelerar la desaparición de sus lesiones. Un Habilidoso experimentado puede ver a través de los ojos de otro, saber lo que otra persona oye y siente. Y…

—Chade. —La templanza de mi voz lo interrumpió. Me sentí indignado cuando admitió que había leído los manuscritos. No tenía derecho, pensé, pero después comprendí que si su reina se los entregó para que los examinara, tenía todo el derecho del mundo. ¿Quién si no debería leerlos? Ya no había Maestros de la Habilidad. Esa parte del don había desaparecido. No. Yo había terminado con ella. Uno tras otro, aniquilé a los últimos Portadores curtidos de la Habilidad, al último destacamento formado en Torre del Alce. Eran desleales a su rey, de modo que los exterminé, a ellos y la magia. Mi lado racional sabía que era mejor que aquella magia desapareciera—. Yo no soy ningún Maestro de la Habilidad, Chade. No es solo que mis conocimientos sobre la Habilidad sean insuficientes, sino que mi talento era inconstante. Si has leído los manuscritos, habrás averiguado, o se lo habrás oído decir a Kettricken, que utilizar corteza feérica es lo peor que un Habilidoso puede hacer. Reduce o incluso elimina el talento. He procurado mantenerme lejos; no me gusta el efecto que ejerce sobre mí. Pero incluso la desolación que me produce es mejor que el hambre de Habilidad. Algunas veces he empleado corteza feérica durante varios días seguidos, cuando el ansia se tornaba insoportable. —Aparté la mirada para no ver su gesto de preocupación—. Si alguna vez tuve algún talento, dudo que exista ninguna posibilidad de recuperarlo.

Chade mantuvo el tono bajo al responder.

—Diría que tu ansia incesante indica todo lo contrario, Traspié. Lamento oír que llevas tiempo sufriendo; te aseguro que no teníamos ni idea. Daba por hecho que el hambre de Habilidad sería como la necesidad de beber o fumar, y que, pasado un período de abstinencia forzosa, el deseo se reduciría.

—No. No se reduce. A veces permanece dormido. Pasan meses, incluso años. Hasta que un día, sin razón aparente, despierta de nuevo. —Cerré los ojos con fuerza por un momento. Hablar de ello, tan solo recordarlo, era como echar sal a la herida—. Chade. Sé que esto es por lo que has venido a buscarme desde tan lejos. Y ya me has oído decir que no. Ahora, ¿podemos hablar de otra cosa? Esta conversación… me atormenta.

Permaneció en silencio durante unos instantes. Un falso entusiasmo apuntaló su voz cuando de súbito dijo:

—Claro que podemos. Le dije a Kettricken que dudaba que te sumaras a nuestro plan. —Exhaló un suspiro breve—. Tendré que hacerlo lo mejor que pueda con lo que he averiguado a partir de los manuscritos. Bien. Ya he dicho lo que tenía que decir. ¿De qué te gustaría hablar?

—No dirás en serio que pretendes iniciar a Dedicado en la Habilidad solo con lo que has leído en un puñado de viejos manuscritos. —Sentí que una chispa de rabia se me encendía en el pecho.

—No me dejas alternativa —señaló en un tono apacible.

—¿Eres consciente del peligro al que lo expondrías? La Habilidad absorbe a los hombres, Chade. Tira de su mente y de su corazón como un imán. Querrá fundirse con ella. Si el príncipe cede a esa atracción, siquiera por un instante, durante el aprendizaje, será su fin. Y no habrá ningún Habilidoso que vaya tras él, que lo agarre y lo aleje de la corriente.

Deduje por la expresión de Chade que no comprendía lo que le estaba diciendo. Se limitó a responder con obstinación.

—Por lo que he leído en los manuscritos, es arriesgado no proporcionar ningún tipo de formación a los más dotados para la Habilidad. En algunos casos, esos jóvenes se inician en la Habilidad casi por instinto, pero sin ser conscientes del peligro ni de cómo controlarlo. Creo que una formación básica podría ser mejor que dejar al joven príncipe sumido en la total ignorancia.

Abrí la boca para replicar, y a continuación volví a cerrarla. Respiré hondo y espiré despacio.

—No me implicaré en esto, Chade. Me niego. Me lo prometí hace años. Me senté junto a Will y lo vi morir. No lo maté. Porque me había prometido que ya no volvería a asesinar, que ya no era un simple instrumento. No dejaré que nadie me manipule ni se aproveche de mí. Ya me he sacrificado bastante. Creo que me merezco esta jubilación. Y si Kettricken y tú no estáis de acuerdo y decidís no seguir enviándome dinero, en fin, también me sobrepondré a eso.

Me alegré de sacar el tema. La primera vez que encontré una bolsa llena de monedas junto a la cama, después de que Estornino se hubiera marchado, me sentí insultado. Pasé meses rumiando la afrenta, hasta su siguiente visita. Entonces se rió y me dijo que no se trataba de un pago que ella me hiciera por mis servicios, si era eso lo que pensaba, sino la pensión de los Seis Ducados. En ese momento me obligué a admitir que cuanto Estornino supiera de mí, Chade también lo sabría. Además, él era el proveedor del papel fino y las excelentes tintas que a veces traía ella. Muy probablemente Estornino se personase ante él para mantenerlo informado cada vez que regresara a Torre del Alce. Me convencí de que no me molestaba. Sin embargo, ahora me preguntaba si todos aquellos años siguiéndome la pista no se deberían al hecho de que Chade tan solo esperaba el momento de que volviera a ser de utilidad. Creo que supo leer mi expresión.

—Traspié, Traspié, cálmate. —El anciano alargó el brazo para darme una palmada tranquilizadora en la mano—. No hemos hablado de nada parecido. Ambos somos muy conscientes no solo de lo que te debemos, sino también de la deuda que los Seis Ducados tienen contigo. No dejarán de enviarte fondos mientras vivas. En cuanto al entrenamiento del príncipe Dedicado, olvídate del asunto. Al fin y al cabo no es responsabilidad tuya.

De nuevo la inquietud me llevó a preguntarme qué más sabría. Me sosegué.

—Como bien dices, no es mi responsabilidad. Tan solo puedo aconsejarte que tengas cuidado.

—Ah, Traspié, ¿alguna vez me has visto obrar de otra manera? —Sus ojos me sonrieron por encima del borde de la copa.

Me olvidé del tema, aunque obligarme a dejar de darle vueltas era como arrancar un árbol de raíz. En parte temía que la inexperiencia de Chade como mentor del joven príncipe lo pusiera en peligro. Pero el deseo que sentía de instruir a un nuevo destacamento se sustentaba principalmente en la posibilidad de satisfacer mi ansia. Habiéndolo reconocido, era imposible que le transmitiese aquel hábito a una nueva generación de manera consciente.

Chade cumplió su palabra. No volvió a hablar de la Habilidad. Durante horas conversamos acerca de todas las personas que llegué a conocer en Torre del Alce y qué fue de ellas. Filo era abuelo y Cordonia, aquejada de intensos dolores en las articulaciones, se había visto obligada a dejar a un lado sus interminables labores de encaje. Ahora Manos era el caballerizo de Torre del Alce. Se había casado con una mujer del interior que tenía el cabello rojo como el fuego y un carácter no menos ardiente. Todos los hijos eran pelirrojos. Tenía bien atado a Manos y, según Chade, este parecía alegrarse mucho de ello. Llevaba un tiempo insistiéndole para que regresara a Lumbrales, la tierra natal de ella, algo en lo que él parecía dispuesto a complacerla; de ahí la visita de Chade a Burrich y su propuesta de volver a ocupar su antiguo puesto. Y así, poco a poco, fue limando las callosidades de mi memoria hasta hacer resurgir todos los rostros del pasado. Me provocó cierta nostalgia de la vida en Torre del Alce, de modo que no pude evitar hacerle algunas preguntas. Cuando ya no quedaba nadie sobre quien chismorrear, le enseñé mi morada como si fuéramos dos viejecitas que acababan de reencontrarse. Lo llevé a ver las gallinas y los abedules, el huerto y los paseos. Le enseñé el cobertizo de trabajo, donde elaboraba los tintes y las tintas de diversos colores que Percán llevaba al mercado por mí. Estas últimas, cuando menos, lo sorprendieron.

—Te había traído tintas de Torre del Alce, aunque ahora me pregunto si las tuyas no serán aún mejores. —Me dio una palmada en el hombro, como hacía tiempo atrás, cada vez que confeccionaba un veneno correctamente, lo que provocó que sintiera un inmenso placer por el hecho de que se enorgulleciera de mí.

Tal vez le mostrara más cosas de las que pretendía. Cuando miró los arriates de las hierbas, sin duda advirtió el protagonismo que tenían los sedantes y los analgésicos entre las plantas medicinales. Cuando le enseñé el banco ubicado en los acantilados de la orilla, dijo con voz queda:

—Sí, a Veraz le habría gustado. —Pero a pesar de todo lo que vio y dedujo, no volvió a mencionar la Habilidad.

Puesto que aquella noche nos quedamos levantados hasta tarde, aproveché para enseñarle las reglas básicas del juego de las piedras de Hervidera. Ojos de Noche se aburrió de nuestra conversación interminable y salió a cazar. Percibí una traza de celos en el lobo, pero decidí hablarlo con él en otro momento. Cuando terminamos la partida, orienté la charla hacia el propio Chade y cómo le iba en la actualidad. Con una sonrisa admitió que se alegraba de haber regresado a la corte y de volver a moverse entre la alta sociedad. Me habló de su juventud, algo que antes no hacía casi nunca. Llevaba una vida muelle hasta que un día su imprudencia en el manejo de una poción le provocó una serie de heridas que le hicieron avergonzarse de su aspecto hasta el punto de que decidió vivir en las sombras como asesino del rey. Durante los últimos años parecía haber recuperado la vitalidad de aquel joven que tanto disfrutaba asistiendo a bailes y cenas de gala en compañía de las damas más ingeniosas. Me alegré por él y, no sin cierto tono jocoso, le pregunté:

—Pero ¿cómo te las arreglas entonces para trabajar en secreto para la Corona, cuando tienes tantas citas y eventos a los que acudir?

Respondió con franqueza.

—Me organizo. Además, mi actual aprendiz ha demostrado ser muy despierto y hábil. Dentro de poco podré dejar las tareas de siempre en manos más jóvenes.

Durante un incómodo momento sentí celos al saber que había tomado a otro en mi lugar. Al instante siguiente comprendí que era absurdo. Los Vatídico siempre necesitarían a un hombre capaz de administrar la Justicia del Rey con discreción. Yo había dicho que nunca volvería a trabajar como asesino real, lo cual no significaba que ya no hiciera falta ninguno. Intenté recuperar el aplomo.

—De modo que la torre sigue sirviendo para realizar experimentos e impartir lecciones.

Afirmó una vez con la cabeza, gravemente.

—Sí. De hecho… —De pronto se levantó del asiento que había ocupado junto al fuego. La fuerza de la costumbre nos había llevado a adoptar las posiciones de siempre: él sentado en una silla junto al fuego y yo en el hogar, a sus pies. Hasta ese momento no me di cuenta de lo extraño de la situación, y me sorprendí ante lo natural que parecía. Meneé la cabeza mientras Chade rebuscaba en las alforjas que había dejado sobre la mesa. Extrajo una petaca confeccionada en un sucio cuero duro.

—Había traído esto para enseñártelo pero después, con tanta cháchara, casi lo olvido. ¿Recuerdas la fascinación que sentía por el fuego y el humo contranaturales y todas esas cosas?

Puse los ojos en blanco. Su «fascinación» había terminado por abrasarnos en más de una ocasión. Aparté el recuerdo de la última vez que lo vi emplear la magia del fuego: hizo que las llamas de las antorchas de Torre del Alce se volvieran azules y chisporrotearan la noche en que el príncipe Regio se proclamó falsamente heredero inmediato de la Corona de los Vatídico. Aquella noche también acontecieron el asesinato del rey Artimañas y mi consiguiente arresto, acusado de aquella muerte.

Si Chade rememoró aquellos momentos, no lo demostró de manera alguna. Regresó aprisa junto al fuego con la petaca.

—¿Tendrías un papel? Yo no he traído.

Fui a buscar una hoja y lo miré con recelo según arrancaba una amplia tira y la plegaba a lo largo para después esparcir con suma precisión un poco de pólvora en la hendidura del pliegue. Muy cuidadosamente dobló el papel por encima una vez y después otra, tras lo cual lo aseguró comprimiéndolo en espiral.

—¡Ahora fíjate bien! —me invitó con entusiasmo.

Observé expectante mientras colocaba el papel sobre las llamas del hogar. No obstante, fuera cual fuese el supuesto efecto —un fogonazo, un chispazo o una humareda—, no sucedió nada. El papel adquirió un color tostado, se prendió y ardió. Se respiraba cierto tufillo a azufre. Eso fue todo. Miré a Chade enarcando una ceja.

—¡No puede ser! —protestó, aturdido. Sin perder un instante, preparó una nueva tira de papel, aunque esta vez fue más generoso con la cantidad de pólvora que extrajo de la petaquita. Colocó el papel sobre las llamas con más cuerpo. Me aparté del hogar y me preparé para el efecto pero de nuevo el resultado fue decepcionante. Me froté los labios para disimular una sonrisa al ver su semblante disgustado.

—¡Pensarás que estoy perdiendo facultades! —exclamó.

—Oh, nada de eso —respondí, aunque me costó mucho reprimir el tono jubiloso de mi voz. Con el tercer trozo de papel preparó un cilindro grueso, del que se escapó un poco de pólvora mientras lo enrollaba para cerrarlo. Me levanté y me aparté del hogar cuando lo situó entre las llamas. Con todo, al igual que antes, no hizo otra cosa que quemarse.

Exhaló un profundo suspiro de fastidio. Miró por la oscura boca de la petaquita y la agitó. Con un gruñido de rabia, la tapó.

—Se ha humedecido. Magnífico. Adiós al espectáculo. —Arrojó la petaca a las llamas, lo cual, tratándose de Chade, indicaba que el enfado era extremo.

Cuando volví a sentarme junto al hogar percibí el enorme peso de su decepción y sentí cierta lástima por el anciano. Intenté quitarle hierro al asunto.

—Esto me recuerda al día en que confundí la pólvora humeante con la raíz de lanceta en polvo. ¿Te acuerdas? Los ojos me estuvieron llorando durante horas.

Chade soltó una risa breve.

—Sí, me acuerdo. —Permaneció un momento en silencio, sonriéndose. Sabía que estaba recordando la época que pasamos juntos. Después se inclinó hacia delante y me puso la mano en el hombro—. Traspié —dijo con gravedad, sus ojos clavados en los míos—. Nunca te engañé, ¿verdad? Fui justo. Te dije lo que te estaba enseñando, desde el principio.

En ese momento vi el bulto de la cicatriz que nos separaba. Puse mi mano sobre la suya. Sus nudillos eran huesudos y la piel se le había vuelto fina como el papel. Dirigí la vista hacia el fuego para responderle.

—Siempre fuiste sincero conmigo, Chade. Si alguien me engañó alguna vez, fui yo mismo. Los dos servíamos a nuestro rey y hacíamos lo que debíamos con ese fin. No regresaré a Torre del Alce. Pero no por nada que tú hayas hecho, sino porque hoy soy un hombre distinto. No te guardo ningún rencor, por nada.

Me giré para mirarlo. Tenía un semblante muy serio, y pude advertir en sus ojos algo que no me había dicho. Me echaba de menos. Me pedía que volviera a Torre del Alce tanto por las razones expuestas como por su deseo personal. Pude disfrutar entonces de cierta sensación de alivio. Aún había alguien que me quería, por lo menos Chade. Conmovido, sentí un nudo en la garganta. Busqué unas palabras con que distender la situación.

—Nunca me dijiste que ser tu aprendiz implicaría llevar una vida tranquila y sin riesgos.

Casi a modo de confirmación de mis palabras, un repentino fogonazo brotó del hogar. Si no hubiera tenido el rostro orientado hacia Chade, supongo que me habría quedado ciego. De hecho, una sacudida de rayos y truenos me dejó sordo. Las ascuas y chispas que salieron despedidas me quemaron al pasar volando junto a mí y el fuego rugió de súbito como una bestia furibunda. Nos levantamos de un salto y nos apartamos a toda prisa del hogar. Un instante después, el hollín desprendido de la descuidada chimenea extinguió la mayor parte de las llamas. Chade y yo corrimos por toda la estancia, pisando las chispas y empujando con el pie hacia el hogar los trozos ardientes de la petaca para que no prendieran el suelo. La puerta se abrió de golpe ante la embestida de Ojos de Noche. Entró en la habitación como una centella, sacudiendo las patas en busca de un asidero según se deslizaba hasta detenerse.

—Estoy bien, estoy bien —le aseguré, tras lo que caí en la cuenta de que necesitaba gritar para imponerme al pitido que me taponaba los oídos. Ojos de Noche resopló con asco al detectar el tufo que inundaba la habitación. Sin detenerse a compartir ningún pensamiento conmigo, corrió a sumergirse de nuevo en la noche.

De repente Chade me dio varias palmadas en el hombro.

—Estaba apagando un ascua —me aseguró alzando la voz. Nos llevó un buen rato ordenarlo todo y volver a encender el fuego en su sitio. Aun así, Chade alejó su silla de las llamas para no sentarse junto al hogar.

—¿Para eso servía la pólvora? —pregunté al cabo una vez que nos hubimos servido un poco más de coñac de Arenas del Borde.

—¡No! ¡Por los testes de El, muchacho! ¿De verdad crees que haría algo así con tu chimenea a propósito? Lo que yo había preparado era un fogonazo de luz blanca, casi cegadora. La pólvora no debería haber provocado algo así. En fin. Me pregunto qué ha podido suceder. ¿Qué ha variado? Maldita sea. Ojalá recordara qué fue lo último que guardé en la petaca… —Cuando anudó las cejas y hundió su mirada furiosa entre las llamas supe que le encargaría a su nuevo aprendiz que determinase la causa de la explosión. No envidiaba la infinidad de experimentos que sin duda debería realizar.

Puesto que aquella noche la pasó en la cabaña, Chade durmió en mi cama y yo me las apañé en la de Percán. Pero cuando a la mañana siguiente nos levantamos, los dos sabíamos que la visita había terminado. De pronto parecía que ya no quedaba ningún asunto sobre el que debatir y no tenía mucho sentido hablar de nada. Me sentí un tanto afligido. ¿Para qué preguntarle acerca de personas a las que nunca volvería a ver? ¿Por qué debería él hablarme de las últimas intrigas políticas cuando no guardaban relación alguna con mi vida? Durante una larga tarde y una extensa velada, nuestras vidas volvieron a entrelazarse; pero ahora, según se iniciaba el día gris, Chade vio cómo me enfrascaba de nuevo en mis quehaceres domésticos: cargar agua y dar de comer al corral, preparar el desayuno para los dos y fregar los platos. Cada silencio incómodo nos distanciaba un poco más. Casi empecé a desear que no hubiera venido nunca.

Concluido el desayuno, Chade dijo que debía ponerse en marcha y yo no intenté disuadirlo. Le prometí que le daría el manuscrito del juego cuando estuviera terminado. Le entregué varias láminas de papel vitela donde había anotado las dosis de diversos tés sedantes, y también algunas raíces para que plantara las pocas hierbas que no conocía de mi huerto. Le di unos cuantos frascos de tintas de varios colores. Su mayor esfuerzo por hacerme cambiar de opinión fue comentar que ese tipo de artículos se vendían mejor en Torre del Alce. Me limité a asentir y a decirle que debía enviar a Percán allí de vez en cuando. Después ensillé y embridé a la formidable yegua y se la llevé. Chade me dio un abrazo de despedida, montó y partió. Lo observé según se alejaba por la senda. A mi lado, Ojos de Noche deslizó su cabeza bajo mi mano.

¿Te arrepientes de esto?

Me arrepiento de muchas cosas. Pero sé que si me hubiera marchado con él para hacer lo que me ha pedido, terminaría lamentándolo mucho más. Con todo, no era capaz de moverme de allí, de apartar la vista de él. «No es tan tarde —me dije—. Un grito bastaría para que se diera media vuelta y regresara.» Apreté los dientes.

Ojos de Noche me empujó la mano con el hocico. Vamos. Salgamos de caza. No está el chico, no hay arco. Estamos solos tú y yo.

—Suena bien —me oí decir. Y así lo hicimos. E incluso cazamos un magnífico conejo de primavera. Me sentó bien estirar los músculos y comprobar que aún era capaz de hacerlo. Decidí que no era ningún viejo, todavía no, y que, al igual que Percán, necesitaba salir y hacer otras cosas. Aprender algo nuevo. Era lo que Paciencia recomendaba siempre para curar el aburrimiento. Aquella noche, al echar un vistazo a la cabaña desde fuera, la encontré más opresiva que confortable. Lo que noches atrás me resultaba familiar y acogedor ahora me parecía aburrido y roñoso. Sabía que se debía al contraste entre las historias que Chade me había contado sobre Torre del Alce y la sobriedad de mi existencia. Pero la inquietud, una vez la despiertas, es muy poderosa.

Intenté recordar cuándo fue la última vez que dormí en una cama que no fuera la mía. Llevaba una vida monótona. Todos los años, cuando llegaba la temporada de la cosecha, recorría los caminos para ofrecerme como mano de obra en los henares, las mieses y los manzanares. Me venía bien el dinero extra. Tiempo atrás, dos veces al año, me desplazaba hasta Bahía de How para intercambiar mis tintas y tintes por telas con las que confeccionar ropa, cacerolas y ese tipo de cosas. Los dos últimos años envié al chico con su viejo poni gordinflón. Mi vida se había sumido en la rutina hasta el punto de que ya ni siquiera era capaz de verla.

Bien. ¿Qué quieres hacer? Ojos de Noche se estiró y bostezó con resignación.

No lo sé, le confesé al viejo lobo. Algo distinto. ¿Qué te parecería pasar una temporada vagando por el mundo?

Por unos momentos Ojos de Noche se retiró a un rincón de su cabeza al que solo él podía acceder. Al cabo, me preguntó, un tanto irritado: ¿Iríamos los dos caminando o esperas que me pase el día corriendo detrás de un caballo?

Es una pregunta razonable. ¿Si los dos fuéramos caminando?

Si es lo que deseas…, convino a regañadientes. Estás pensando en ese lugar de las Montañas, ¿verdad?

¿La ciudad antigua? Sí.

El lobo no se opuso. ¿Llevaremos al chico con nosotros?

Creo que dejaremos a Percán aquí para que se las arregle él solo durante una temporada. Podría venirle bien. Además, alguien tendrá que cuidar de las gallinas.

Entonces supongo que no nos iremos hasta que el chico vuelva.

Asentí. Me pregunté si habría perdido el juicio por completo.

Me pregunté si regresaríamos algún día.

2

Estornino

Estornino Gorjeador, juglaresa de la reina Kettricken, ha inspirado tantas canciones como las que ha escrito. Legendaria acompañante de la reina Kettricken en su expedición para conseguir la ayuda de los vetulus durante la Guerra de las Velas Rojas, trabajó asimismo a lo largo de varias décadas para el trono de los Vatídico, durante la reconstrucción de los Seis Ducados. Agraciada con el don de sentirse a gusto en compañía de todo tipo de personas, se convirtió en una figura imprescindible para la reina en los convulsos años que siguieron a la Limpieza de Gama. A la juglaresa se le confiaban no solo tratados y acuerdos entre nobles, sino también propuestas de amnistía para las bandas de ladrones y las familias de contrabandistas. La propia Estornino compuso canciones sobre muchas de aquellas misiones, pero no cabe duda de que se le asignaron algunos trabajos adicionales, los cuales desempeñó en secreto durante el reinado de los Vatídico, y que eran demasiado delicados para llegar a convertirse alguna vez en el tema de una trova.

Estornino tuvo a Percán con ella durante dos meses completos. La diversión que me causaba al principio la prolongada ausencia del chico terminó transformándose primero en irritación y después en molestia. Me sentía molesto sobre todo conmigo mismo. No fui consciente de lo mucho que dependía de las robustas espaldas del chico hasta que tuve que doblar las mías para realizar las tareas que había delegado en él. Pero no solo asumí el trabajo rutinario del chico durante ese mes adicional de sus vacaciones. La visita de Chade había despertado algo en mi interior. No conseguía identificarlo con ningún nombre, aunque parecía una fiera que me roía las entrañas, que me mostraba el aspecto ruinoso de mi pequeña propiedad. La paz de mi aislado hogar me parecía más bien ahora una muestra de dejadez autosuficiente. ¿De verdad había transcurrido un año desde que coloqué una piedra bajo el escalón hundido del porche y me prometí a mí mismo que ya lo arreglaría? No, en realidad había pasado casi un año y medio.

Reparé el porche y, después, no solo cogí la pala y limpié el gallinero, sino que además lo hice con una mezcla de agua y lejía antes de solarlo con juncos nuevos. Arreglé la gotera de mi cobertizo de trabajo y, por fin, abrí un hueco e instalé la ventana de piel engrasada que llevaba dos años prometiéndome colocar. Llevé a cabo la limpieza general más exhaustiva que había realizado nunca en mi casa. Corté la rama quebrada del fresno y la dejé caer con precisión dentro del gallinero que acababa de limpiar. Volví a colocar el techo del cobertizo. Estaba terminando esa tarea cuando Ojos de Noche me avisó de que oía unos caballos. Bajé, cogí la camisa y me dirigí a la entrada de la cabaña para saludar a Estornino y Percán según se acercaban por la senda.

Ignoraba si se debía al tiempo que llevábamos sin vernos o a la inquietud que acababa de aflorar en mí, pero de pronto Percán y Estornino me parecieron dos extraños. No se debía tan solo a la nueva vestimenta de Percán, aunque esta acentuaba la longitud de sus piernas y la creciente anchura de sus hombros. Tenía un aspecto bastante cómico montado sobre el viejo poni gordinflón, algo de lo que a buen seguro era consciente. El poni era tan poco adecuado para el chico, cada vez más corpulento, como la cama de niño que tenía en la cabaña, o como mi sosegado modo de vida. De repente comprendí que no tenía ningún derecho a pedirle que se quedara en casa cuidando de las gallinas mientras yo me iba a la aventura. De hecho, si no lo enviaba pronto a buscar fortuna a algún otro lugar, el templado descontento que observé en sus ojos desiguales cuando regresó a casa no tardaría en transformarse en una amarga desilusión por su vida. La compañía de Percán me había venido bien; el niño al que había adoptado tal vez me había rescatado en la misma medida en que yo lo había salvado a él. Sería mucho mejor para mí enviar a aquel muchacho a que se buscara la vida mientras aún nos apreciábamos que esperar a convertirme en una carga demasiado gravosa para sus jóvenes hombros.

No solo veía de un modo distinto a Percán. Estornino parecía más radiante que nunca y sonreía al levantar una pierna sobre su caballo para desmontar. Sin embargo, cuando se acercó a mí con los brazos abiertos para estrecharme entre ellos, caí en la cuenta de lo poco que sabía de su vida actual. Al fijarme en sus alegres ojos oscuros vi las patas de gallo que empezaban a brotar de las comisuras de los párpados. Cada año vestía ropas más lujosas, cabalgaba en mejores monturas y lucía joyas más caras. Hoy llevaba su espesa cabellera morena sujeta con una pinza de plata maciza. Saltaba a la vista que había prosperado. Tres o cuatro veces al año, me visitaba durante unos días y ponía patas arriba mi sosegada existencia con sus historias y canciones. Durante los días que permanecía alojada en casa, insistía en condimentar la comida a su gusto, sus pertenencias estaban desperdigadas sobre la mesa, el escritorio y el suelo, y mi cama dejaba de ser el lugar adonde ir cuando me encontraba agotado. Los días posteriores a su marcha me recordaban a un camino en medio del campo sobre el que flotaba una densa nube de polvo levantada por una caravana de titiriteros. Incluso me asaltaba una sensación: respiraba con dificultad y veía borroso hasta que se asentaba de nuevo mi monótona rutina.

Le devolví el abrazo, con fuerza, y respiré el olor a polvo y perfume de su cabello. Se apartó un poco, me miró a la cara y, un instante después, me preguntó:

—¿Qué te ocurre? Te noto distinto.

Esbocé una sonrisa apagada.

—Te lo contaré más tarde —le prometí, y enseguida los dos fuimos conscientes de que sería una de esas conversaciones que se alargaban hasta la madrugada.

—Ve a lavarte —convino ella—. Hueles igual que mi caballo. —Me dio un empujoncito y me alejé de ella para saludar a Percán.

—Bien, muchacho, cuéntame. ¿El Festival de Primavera de Torre del Alce estaba a la altura de los relatos de Estornino?

—Estuvo bien —dijo en tono neutral. Cuando me miró a la cara, vi que sus ojos desiguales (uno castaño y otro azul) estaban cargados de pesar.

—¿Percán? —dije preocupado, pero se encogió de hombros antes de que pudiese tocarle.

Se apartó de mí, aunque quizá lamentara la hosquedad de su saludo, puesto que al momento siguiente dijo con la voz entrecortada:

—Voy a lavarme al arroyo. Vengo cubierto de polvo del camino.

Acompáñalo. No sé muy bien qué ocurre, pero necesita un amigo.

A ser posible, uno que no pueda hacer preguntas, convino Ojos de Noche. Agachó la cabeza, irguió la cola y siguió al chico. A su manera, quería a Percán tanto como yo, y estaba igual de implicado en su educación.

Cuando se hubieron alejado lo suficiente, me dirigí de nuevo a Estornino.

—¿Sabes a qué ha venido eso?

La juglaresa se encogió de hombros, con una sonrisa ladeada en el rostro.

—Tiene quince años. ¿Acaso a esa edad hace falta algún motivo para deprimirse? No te preocupes. Podría ser por mil cosas: una chica a la que no besó en el Festival de Primavera o una a la que sí lo hizo. Irse de Torre del Alce o volver a casa. Quizá una de las salchichas del desayuno estuviera rancia. No lo agobies. Estará bien.

Lo miré hasta que se perdió con el lobo entre la arboleda.

—Puede que mis quince años fueran diferentes de los tuyos —comenté.

Me ocupé de su caballo y del poni, Trébol, mientras Estornino entraba en la cabaña y pensé que, fuera cual fuese mi estado de ánimo, a los quince años Burrich me habría ordenado que me encargara de mi caballo antes de marcharme. En fin, yo no era Burrich, me dije. Me pregunté si a Ortiga, Hidalgo y Nim les trataría con la misma disciplina que me inculcó a mí, y me arrepentí de no haberle preguntado a Chade el nombre del resto de sus hijos. Una vez acomodados los caballos, deseé que Chade no hubiera venido. Su visita había despertado en mí demasiados viejos recuerdos. Me obligué a dejarlos a un lado. «Huesos de quince años», me habría dicho el lobo. Me asomé a su mente durante un momento. Percán, después de mojarse la cara, se había metido en el bosque, mascullando y caminando con tal despreocupación que no podían esperar encontrar ningún tipo de caza. Suspiré por los dos y entré en la cabaña.

Estornino había volcado el contenido de sus alforjas sobre la mesa. Sus botas estaban tiradas de cualquier manera en medio del umbral; su capa colgaba de una silla como si fuera una guirnalda. El agua de la tetera comenzaba a hervir. Estornino se encontraba de pie sobre un taburete frente al armario. Cuando entré, me mostró una pequeña vasija marrón.

—¿Sigue sabiendo bien este té? Huele raro.

—Sabe de maravilla cuando todo me duele tanto que no sé lo que tomo. Bájate de ahí. —La tomé por la cintura y la alcé sin esfuerzo, aunque sentí un pinchazo en mi vieja cicatriz de la espalda cuando la dejé en el suelo—. Siéntate. Yo prepararé el té. Háblame del Festival de Primavera.

Estornino atendió mi petición mientras yo sacaba las pocas copas que tenía, cortaba en rebanadas mi última hogaza y ponía a calentar el estofado de conejo. Las historias que me contó sobre Torre del Alce eran del tipo que solía relatarme siempre que me visitaba: hablaba de juglares que habían actuado bien o mal, chismorreaba sobre señores y damas que yo no conocía, y elogiaba o criticaba los platos que había probado en las casas de los nobles que la habían invitado. Todos los sucesos los narraba con ingenio, haciéndome reír o negar con la cabeza según los hechos lo requirieran, sin provocarme ni un ápice del dolor que Chade me había despertado. Supuse que se debía a que él me había hablado de personas a las que los dos conocimos y quisimos, así que sus relatos tenían un enfoque más íntimo. No era Torre del Alce ni la vida en la ciudad lo que me hacía suspirar, sino mi infancia y mis antiguos amigos. Una cosa sí la tenía clara: era imposible volver a aquellos días. Muy pocas de esas personas sabían que yo seguía vivo, y así deseaba que siguiera siendo. Se lo dije a Estornino.

—A veces las historias que me cuentas me estremecen el corazón y me despiertan el deseo de regresar a Torre del Alce. Pero ahora las puertas de ese mundo están cerradas para mí.

Me miró con el ceño fruncido.

—No veo por qué.

Solté una risotada.

—¿Crees que nadie se sorprendería al descubrir que sigo vivo?

Ladeó la cabeza y me miró con franqueza.

—Creo que serían muy pocos, contando a tus viejos amigos, los que te reconocerían. El recuerdo que la mayoría guarda de ti es el de un joven lozano. La nariz rota, el tajo que cruza tu cara e incluso el mechón canoso podrían servirte de disfraz. Entonces vestías como el hijo de un príncipe; ahora luces el atuendo de un campesino. Entonces te movías con la elegancia de un guerrero. Ahora, en fin, por la mañana o en los días de mucho frío, andas con el mismo cuidado que pondría un anciano. —Meneó la cabeza con pesadumbre y añadió—: Has descuidado mucho tu aspecto, y el paso de los años no se ha mostrado benévolo contigo. Podrías decir que eres cinco o incluso diez años mayor y nadie lo pondría en duda.

Aquella valoración tan descarnada por parte de mi amante hizo mella en mí.

—En fin, está bien saberlo —comenté con ironía. Retiré la tetera del fuego y preferí no mirarla a los ojos en ese momento.

Estornino malinterpretó mis palabras y mi tono.

—Sí. Y teniendo en cuenta que la gente ve lo que quiere y que no espera volver a verte con vida… Creo que podrías arriesgarte. ¿Estás pensando en volver a Torre del Alce, entonces?

—No. —Fui consciente de la sequedad de mi respuesta, pero no se me ocurría qué más añadir. A Estornino no pareció molestarle.

—Lástima. Te pierdes muchas cosas viviendo aquí aislado. —Acto seguido empezó a hablarme del baile del Festival de Primavera. Pese a mi estado de ánimo apagado, tuve que sonreír cuando describió el momento en que una joven admiradora de dieciséis veranos se puso a suplicarle a Chade que la sacara a bailar. Tenía razón. Me habría encantado estar allí.

Mientras preparaba la comida para todos, mi cabeza terminó cediendo al viejo tormento del «y si». ¿Y si hubiera podido regresar a Torre del Alce con mi reina y Estornino? ¿Y si hubiera vuelto a casa con Molly y nuestra hija? Y siempre, por mucho que retorciera la situación a mi gusto, todo terminaba en desastre. Si hubiera regresado a Torre del Alce cuando todos creían que me habían ejecutado por practicar la Maña, solo habría conseguido provocar más divisiones en un momento en que Kettricken intentaba reunificar el territorio. Una facción me habría apoyado a mí en lugar de a ella porque, pese a mi condición de bastardo, tenía sangre de Vatídico mientras que Kettricken reinaba tan solo por su matrimonio. Una facción más radical habría apoyado la opción de volver a ejecutarme, y esta vez con más saña.

¿Y si hubiera vuelto con Molly y la niña, si hubiera regresado para hacerla mía? Supongo que podría haberlo hecho, de haber mirado solo por mis propios intereses. Tanto Burrich como ella me daban por muerto. La mujer que era mi esposa en todos los sentidos salvo por el nombre y el hombre que me había criado y que había sido mi amigo se habían encontrado el uno al otro. Burrich le proporcionó un techo a Molly y se aseguró de que ni le faltara comida ni pasase frío mientras mi hija crecía en sus entrañas. Con sus propias manos, Burrich ayudó a nacer a mi bastarda. Juntos impidieron que los hombres de Regio se llevasen a Ortiga. Burrich se hizo cargo de mi mujer y mi hija, no solo para ayudarlas, sino para quererlas. Podría haberme presentado ante ellos y hacerles ver su deslealtad. Podría haber convertido su vínculo en algo vergonzoso. Burrich me habría devuelto a Molly y Ortiga. Su estricto sentido del honor no le habría dejado alternativa. Y, después, tal vez me habría preguntado si Molly me compararía con él, si el amor que los unía llegó a ser más fuerte y sincero que…

—Se te está quemando el estofado —me avisó Estornino con fastidio.

Tenía razón. Llené los cuencos desde dentro de la cazuela y me senté con ella a la mesa. Me olvidé del pasado, del real y el imaginario. No necesitaba pensar en todo aquello. Contaba con Estornino para distraerme. Como de costumbre, yo hacía de público y ella de cuentacuentos. Inició un extenso relato acerca de un juglar advenedizo que se había atrevido no solo a cantar en el Festival de Primavera una de las composiciones de ella, cambiando tan solo uno o dos versos, sino también a atribuirse su autoría. Agitaba su trozo de pan mientras hablaba y casi llegó a captar mi atención e interés con la historia. Con todo, no dejaba de darle vueltas a mis propios recuerdos de durante otros Festivales de Primavera. ¿Acaso ya no me satisfacía la vida sencilla que me había construido? Durante muchos años no había necesitado a nadie más que el chico y el lobo. ¿A qué se debía ahora aquella aflicción?

Esta pregunta me llevó a otra idea alarmante. ¿Dónde estaba Percán? Había preparado té para los tres y también había servido tres cuencos. A Percán siempre le entraba un hambre voraz cuando realizaba cualquier tarea o volvía de un viaje. Me extrañó que no pudiera sobreponerse a su malhumor para acompañarnos. Mientras Estornino hablaba yo no conseguía dejar de mirar su cuenco de estofado intacto. Al final Estornino se dio cuenta de ello.

—No temas por él —me recomendó un tanto irritada—. Es joven y, como tal, se pasa el día enfurruñado. Cuando el hambre le estruje las tripas, volverá.

O destrozará un buen pez asándolo encima de una hoguera. El pensamiento del lobo llegó en respuesta a la llamada que le lancé por medio de la Maña. Se encontraban en el arroyo. Percán había fabricado una lanza rudimentaria con un palo y el lobo se había metido en el agua para correr tras los peces junto a las socavadas orillas. Cuando encontró un banco nutrido de peces, no le resultó difícil arrinconar uno allí, introducir la cabeza bajo el agua y sacarla con un pez entre las mandíbulas. El agua fría hacía que le dolieran las articulaciones, pero la hoguera que había encendido el chico no tardaría en reconfortarlo. Estaban bien. No te preocupes.

Un consejo inútil, aunque fingí aceptarlo. Cuando terminamos de comer retiré los cuencos. Mientras limpiaba y ordenaba la cabaña, Estornino se sentó junto al hogar, donde ardía ya el fuego de la noche, y empezó a tocar el arpa, cuyas notas casuales dieron paso poco a poco a la vieja canción de la hija del molinero. Cuando terminé de ordenarlo todo, me uní a ella con una copa de coñac de Arenas del Borde para cada uno. Yo me senté en una silla pero Estornino se acomodó junto al fuego, en el suelo. Se recostó contra mis piernas mientras tocaba. Observé cómo deslizaba las manos sobre las cuerdas y me fijé en lo desviadas que tenía aquellas partes de los dedos que se había roto tiempo atrás, a modo de aviso para mí. Al término de la canción, me incliné hacia ella y la besé. Ella me devolvió el beso y, dejando el arpa a un lado, pasó a elaborarlo un poco más.

Se puso de pie y me tomó de las manos para que me levantase del asiento.

—Esta noche estás muy pensativo —observó mientras yo la seguía hacia mi dormitorio.

Articulé algún ruido leve a modo de asenso. Si le hubiera dicho que antes había herido mis sentimientos le habría parecido un niño quejica. ¿Quería que me mintiera, que me dijera que seguía siendo joven y bien parecido cuando obviamente ya no era así? El paso del tiempo se había ensañado conmigo. Eso era todo, algo que cabía esperar. No obstante, Estornino siempre volvía conmigo. A lo largo de todos aquellos años había seguido regresando a mi lado, y a mi cama. Eso también había que tenerlo en cuenta.

—¿Querías contarme algo? —me exhortó.

—Más tarde —respondí. El pasado insistía en oprimirme, pero aparté sus zarpas codiciosas, decidido a entregarme al presente. La vida que llevaba no estaba tan mal. Era sencilla y ordenada, sin conflictos. ¿No era esa la vida con la que siempre había soñado, una vida donde las decisiones las tomase pensando solamente en mí? Además, en realidad no estaba solo. Tenía a Ojos de Noche y a Percán, y a Estornino, siempre que ella me visitaba. Le desabroché el jubón y la blusa para descubrir sus pechos mientras ella me desabotonaba la camisa. Me rodeó con los brazos y se frotó contra mí con el deleite desvergonzado de una gata zalamera. La apreté contra mí y me incliné para besarle la cabeza. Aquel también fue un acto sencillo, lo que enfatizó la dulzura del momento. El colchón, recién rellenado, estaba mullido y olía como la hierba y las plantas que había en su interior. Nos dejamos caer sobre él. Durante unos instantes mantuve la mente en blanco, mientras intentaba convencer a los dos de que, a pesar de las apariencias, seguía siendo joven.

Más tarde comencé a merodear por el umbral del sueño. A veces creo que se descansa mejor en la frontera que separa la vigilia y el sueño que durmiendo. La mente erra bajo el crepúsculo de ambos estados y es capaz de desvelar las verdades que guardan tanto la luz del día como los sueños. Todo aquello que no estamos preparados para descubrir pervive en ese límite, a la espera de encontrarse con ese rincón desprotegido de la psique.

Me desperté. Con los ojos bien abiertos, estudié los detalles de mi penumbrosa habitación hasta que comprendí que el sueño se había evaporado por completo. Tenía un brazo de Estornino atravesado sobre mi pecho. Mientras dormía, la juglaresa había apartado la manta con los pies lejos de ambos. La noche ocultaba su desnudez despreocupada, envolviéndola entre sus sombras. Permanecí inmóvil, oyéndola respirar y oliendo su sudor y su perfume, y me pregunté qué me habría despertado. No entendía por qué, pero tampoco lograba cerrar los ojos de nuevo. Me deslicé por debajo de su brazo y me levanté. Caminé a tientas en la oscuridad para recoger la camisa y las calzas que había dejado tiradas.

Las ascuas del fuego del hogar proporcionaban una iluminación indecisa a la estancia principal, pero no me detuve allí. Abrí la puerta y salí descalzo al exterior, a una apacible noche de primavera. Permanecí inmóvil por un instante hasta que mi vista se adaptó a la oscuridad, me alejé de la cabaña y el huerto y bajé a la orilla del arroyo. El camino consistía en una pista de barro frío y duro, bien compactado por todos los viajes que hacía a diario para recoger agua. Las copas de los árboles se entrelazaban en las alturas, y no había luna, pero mis pies y mi nariz se conocían el trayecto tan bien como mis ojos. Lo único que tenía que hacer era seguir la Maña hasta el lobo. No tardé en divisar el resplandor ambarino de la moribunda hoguera de Percán y en percibir el persistente olor del pescado asado.

Estaban durmiendo junto al fuego, el lobo hecho un ovillo y Percán enroscado en torno a él, con el brazo alrededor del cuello de Ojos de Noche. El lobo abrió los ojos cuando me acerqué unos pasos pero no se movió. Te dije que no te preocuparas.

No estoy preocupado. Estoy aquí, nada más. Percán había dejado algunas ramitas cerca del fuego. Las eché sobre las ascuas. Me senté y observé cómo las llamas las lamían. La luz y el calor cobraron intensidad. Sabía que el chico estaba despierto. Cuando uno crece con un lobo termina adquiriendo su sentido de la cautela. Lo esperé.

—No es por ti. Es decir, no solo por ti.

No miré a Percán, ni siquiera cuando habló. Algunas cosas es mejor decírselas a la oscuridad. Aguardé. El silencio puede formular todas las preguntas, mientras que la lengua solo acierta a hacer la equivocada.

—Tengo que saber —espetó de pronto. Sentí que el corazón se me agarrotaba ante la pregunta que vendría a continuación. En alguna remota parte de mi ser siempre había temido que me la hiciera. No debería haberle permitido ir al Festival de Primavera, pensé con rabia. Si le hubiera obligado a quedarse aquí, mi secreto continuaría a salvo.

Sin embargo, no fue esa la pregunta que me hizo.

—¿Sabías que Estornino estaba casada?

Entonces lo miré y mi cara debió de responder por mí. Cerró los ojos, con compasión.

—Lo siento —añadió en voz baja—. Debí suponer que no lo sabías. Debí buscar una mejor manera de decírtelo.

Y el sencillo consuelo de aquella mujer que venía a mis brazos siempre que ella quería, porque deseaba estar conmigo, y las dulces veladas de historias y música junto al hogar, y sus ojos oscuros y festivos cuando se perdían en los míos, se volvieron de repente culpables, engañosos y furtivos. Me sentí estúpido, mucho más que nunca, porque la credulidad propia de un chico es necedad en un hombre. Casada. Estornino casada. La juglaresa creía que nadie querría casarse con ella porque era estéril. Me había dicho que necesitaba componer canciones para ganarse la vida porque nunca encontraría a un hombre dispuesto a cuidar de ella, ni tendría hijos que la acogieran cuando fuese mayor. Tal vez, cuando me confesó todas esas cosas, pensase que eran verdad. Mi error fue creer que esa realidad nunca cambiaría.

Ojos de Noche se había levantado y estirado con rigidez. Se acercó a tenderse a mi lado. Apoyó la cabeza sobre mi rodilla.

No lo entiendo. ¿Estás enfermo?

No. Solo de estupidez.

Ah. Eso no es nuevo. Al menos todavía no has muerto por ello.

Pero a veces me ha faltado poco. Respiré hondo.

—Cuéntamelo. —No quería oír nada más sobre el tema, pero sabía que el chico necesitaba contármelo. Lo mejor sería pasar el mal trago cuanto antes.

Percán suspiró mientras se acercaba para sentarse al lado de Ojos de Noche. Cogió una rama del suelo y atizó el fuego con ella.

—Creo que Estornino no quería que lo descubriera. Su marido no vive en Torre del Alce. Viajó hasta allí para darle una sorpresa, para pasar el Festival de Primavera con ella. —La rama se prendió mientras Percán hablaba y él la dejó caer entre las llamas. Deslizó la mano hasta Ojos de Noche para acariciarlo con aire distraído.

Imaginé a un granjero honrado y entrado en años que decidía casarse con una juglaresa en la etapa más tranquila de su vida, tal vez con unos hijos ya mayores de un matrimonio anterior. Debía de quererla mucho si viajó hasta Torre del Alce para darle una sorpresa. El Festival de Primavera siempre había sido una fiesta para amantes, tanto recientes como veteranos.

—Se llama Dewin —prosiguió Percán—. Es una especie de pariente del príncipe Dedicado. Un primo lejano o algo así. Es alto y va siempre vestido de gala. Llevaba una capa, el doble de grande de lo normal, con cuello de piel. Y se pone adornos de plata en las dos muñecas. Es muy fuerte, también. Durante el baile del Festival de Primavera levantó a Estornino como si nada y empezó a dar vueltas con ella, y todos se apartaron para verlos. —Percán observaba mis gestos mientras hablaba. Creo que halló cierto consuelo en mi evidente consternación—. Debí haber imaginado que no lo sabías. Tú no le pondrías los cuernos a un hombre tan rico.

—No le pondría los cuernos a ningún hombre —conseguí decir—. No a propósito.

Suspiró como si se sintiera aliviado.

—Eso me has enseñado. —Su mente de muchacho enseguida recordó cómo le había afectado—. Me molestó cuando les vi besarse. Nunca había visto a nadie besarse de esa manera, salvo a ti y Estornino. Creí que te estaba traicionando y, entonces, cuando él se presentó como su marido… —Me miró ladeando la cabeza—. Me sentí ofendido. Pensé que tú lo sabías y que te daba igual. Pensé que tal vez llevabas todos estos años enseñándome una cosa y haciendo otra. Me pregunté si me tomabas por tonto y pensabas que no me enteraría nunca, si Estornino y tú os reiríais de mí por ser tan estúpido. Le di tantas vueltas que empecé a cuestionarme todo lo que me habías enseñado. —Volvió a dirigir la vista a las llamas—. Me dolió mucho sentirme traicionado.

Me alegré de oírlo razonar de aquella manera. Mejor que considerara solo lo que había supuesto para él que se preguntase cómo me afectaba a mí. Debía dejarle que sacase sus propias conclusiones. Mi mente viajaba en otra dirección, chirriando como un viejo carromato sacado del cobertizo y recién engrasado para la primavera. Me resistía al giro de unas ruedas que me conducían a una conclusión inevitable. Estornino estaba casada. ¿Por qué no? Ella no tenía nada que perder con ello y sí mucho que ganar. Una casa acogedora con su gran señor, algún título menor, sin lugar a dudas, riqueza y seguridad para sus últimos días. En cuanto a él, se llevaría una esposa adorable y encantadora, juglaresa de renombre; además, podría jactarse de la fama de su esposa y deleitarse con la envidia de otros hombres.

Y cada vez que ella se aburriera de él, se iría de viaje, como hacían siempre los juglares, para echar una cana al aire conmigo, y ninguno de los dos hombres se enteraría nunca de nada. ¿Ninguno de los dos? ¿Cómo podía saber que no había nadie más?

—¿Creías que eras el único con el que se acostaba?

Percán no se andaba con miramientos. Me pregunté si habría hablado del asunto con Estornino durante el viaje de regreso.

—Supongo que nunca me lo planteé —admití. A veces la vida era más sencilla cuando no te hacías demasiadas preguntas. Creo que daba por hecho que yo compartía a Estornino con otros hombres. Era juglaresa y los artistas hacían ese tipo de cosas. Esa era la justificación que me daba a mí mismo, e indirectamente a Percán, para acostarme con ella. Ella nunca sacaba el tema a colación y yo nunca hacía preguntas sobre ello, de modo que sus otros amantes eran seres imaginarios, anónimos, inexistentes. Sin embargo, sí tenía claro que ninguno era su marido. Pero Estornino estaba unida a aquel hombre, y él a ella. Para mí, eso lo cambiaba todo.

—¿Qué vas a hacer?

Buena pregunta, que había estado evitando a toda costa.

—No estoy seguro —mentí.

—Estornino me dijo que no era asunto mío, que no le hacía daño a nadie. Me dijo que si te lo contaba, sería yo quien te hiciera daño, no ella. Me dijo que siempre había tenido cuidado para no herir tus sentimientos, que la vida ya te había hecho sufrir bastante. Cuando le dije que tenías derecho a saberlo, me respondió que tenías todavía más derecho a no saber nada.

Estornino y su pico de oro. No le había dejado otra opción que sentirse mal consigo mismo. Ahora Percán me miraba, con sus ojos desiguales fieles como los de un sabueso, a la espera de que le comunicara mi veredicto. Le dije la verdad.

—Prefiero que hayas sido sincero conmigo a que veas cómo me engañan.

—Entonces ¿te he hecho daño?

Negué con la cabeza despacio.

—El daño me lo he hecho yo mismo, chico. —Y era verdad. Yo nunca había sido un juglar, por lo tanto, no podía actuar como tal. Quienes se ganan la vida con los dedos y la voz tienen un corazón más duro que los demás, supongo—. Antes es cariñoso el glotón que fiel el juglar. —Eso afirmaba el dicho. Me pregunté si el marido de Estornino le daría algún crédito.

—Temía que te enfadases. Estornino me advirtió de que te pondrías furioso y le harías daño.

—¿La creíste? —Aquello me dolió tanto como la propia revelación.

Percán tomó aire aprisa, titubeó de nuevo y dijo atropelladamente:

—Tienes mucho carácter. Y yo nunca he tenido que decirte nada que pudiera herirte. Algo que pudiera hacerte sentir estúpido.

Percán era un muchacho muy observador. Más de lo que yo imaginaba.

—Estoy enfadado, Percán. Enfadado conmigo mismo.

Miró el fuego.

—Soy un egoísta, porque ahora me siento mejor.

—Me alegro de que te sientas mejor. Me alegro de que las cosas vuelvan a estar bien entre nosotros. Bien. Olvídate de ese asunto y cuéntame qué tal te lo pasaste durante el resto del Festival de Primavera. ¿Qué te pareció Torre del Alce?

Así que Percán comenzó su relato y yo le escuché. Había visto Torre del Alce y el Festival de Primavera con los ojos de un muchacho y, mientras hablaba, comprendí lo mucho que habían cambiado la ciudad y el castillo desde mi etapa allí. Gracias a su descripción, comprendí que la ciudad había conseguido crecer extendiendo el terreno edificable hacia los escarpados riscos que se elevaban sobre ella y levantándose sobre pilotes. Me habló de las tabernas y los almacenes flotantes, y también de los mercaderes del Mitonar y de las islas que había más allá de esa región, así como de los que procedían de las Islas del Margen. Torre del Alce había ganado relevancia como puerto comercial. Cuando mencionó el Gran Salón de Torre del Alce y la habitación donde se había alojado como invitado de Estornino, advertí que también habían cambiado muchas cosas en la torre. Me habló de las alfombras y las fuentes, de los ricos tapices que colgaban de todas las paredes, de las sillas acolchadas y las relucientes lámparas de araña. Sus descripciones me recordaban más a la elegante mansión que Regio poseía en Puesto Vado que a la austera fortaleza que había considerado mi hogar. Supuse que tanto Chade como Kettricken tendrían algo que ver en ello. El viejo asesino siempre había sido amigo de los lujos, por no hablar de las comodidades. Yo ya había decidido que jamás regresaría a Torre del Alce. ¿Por qué me sobrecogía tanto el hecho de que el lugar que yo recordaba, aquella fortaleza austera de piedra negra, ya ni siquiera existiese?

Percán también tenía más historias sobre los pueblos que habían atravesado de camino a Torre del Alce y de regreso. Uno de los relatos me produjo cierto vacío en el estómago.

—Una mañana me llevé un susto de muerte en Flema de Hardin —comenzó, aunque no reconocí el nombre de la aldea. Tenía entendido que muchos de los que huyeron de la costa durante los años de las Velas Rojas habían regresado para fundar nuevos pueblos, no siempre sobre las cenizas de los antiguos. Asentí como si conociera el lugar. Quizá la última vez que pasé por allí era poco más que un ensanchamiento del camino. Percán continuó hablando con los ojos abiertos como platos y comprendí que, por el momento, se había olvidado del engaño de Estornino.

—Pasamos por allí de camino al Festival de Primavera. Hicimos noche en una posada; Estornino tuvo que cantar en pago por la cena y una habitación, y todo el mundo fue tan amable y nos trató tan bien que Flema de Hardin me pareció un lugar muy agradable. En la sala común, cuando Estornino no estaba actuando, oí a unos hombres muy enfadados con una mujer Mañosa a quien habían detenido por practicar su magia con las vacas para que dejaran de dar leche, aunque no les hice mucho caso. Parecían solo la clase de gente que habla de más cuando bebe demasiada cerveza. Los de la posada nos dieron una habitación en la planta de arriba. Me desperté temprano, demasiado pronto para Estornino, pero yo ya no podía dormir. Así que me senté junto a la ventana y me puse a mirar a la gente que iba y venía por las calles. Fuera, en la plaza, empezó a formarse una muchedumbre. Supuse que sería un mercado o alguna feria de primavera. Pero entonces sacaron a una mujer a rastras, completamente magullada y ensangrentada. Cuando la ataron a un poste de castigo pensé que iban a azotarla. En ese momento me fijé en que algunos de los que se habían reunido allí llevaban cestas llenas de piedras. Desperté a Estornino y le pregunté qué estaba ocurriendo, pero me dijo que me calmase, que no podíamos hacer nada. Me dijo que me apartase de la ventana, pero no me moví. Era incapaz de hacerlo. No podía creer que algo así pudiera ocurrir; estaba deseando que apareciese alguien y terminase con todo aquello. Tom, la mujer estaba allí atada, indefensa. Después apareció un hombre que desenrolló un pergamino y lo leyó en voz alta. Luego se retiró y dejó que la lapidaran.

Hizo una pausa. Él sabía que en los pueblos se aplicaban castigos despiadados con los cuatreros y los asesinos. Había oído hablar de los latigazos y los ahorcamientos. Pero nunca había visto ninguno. Tragó saliva durante el silencio que se instaló entre nosotros. El frío se apoderó de mí. Acaricié a Ojos de Noche al oírlo gemir.

Te podría haber pasado a ti.

Lo sé.

Percán respiró hondo.

—Pensé que debía bajar, que alguien tenía que hacer algo, pero estaba demasiado asustado. Me daba vergüenza tener tanto miedo, pero era incapaz de moverme. No pude hacer otra cosa que observar cómo las piedras chocaban contra su cuerpo. La mujer se esforzaba por esconder la cabeza entre los brazos. Sentí arcadas. Entonces oí un ruido que nunca antes había oído, como el que haría un río que fluyera por el mismo cielo. El cielo se oscureció, como si se acercaran unas nubes de tormenta, aunque no corría nada de viento. Eran cuervos, Tom, un torrente de pájaros negros. Nunca había visto tantos, venían graznando y chillando, igual que hacen cuando encuentran un águila o un halcón y se lanzan contra él para ahuyentarlo. Solo que no iban detrás de ningún águila. Salieron de las colinas de detrás del pueblo y llenaron el cielo, como una sábana negra que se sacudiese en un tendedero. Entonces, de pronto, se abalanzaron en picado sobre la muchedumbre mientras seguían graznando. Me fijé en uno que se enganchó en el cabello de una mujer y empezó a picotearle los ojos. La gente corría en todas direcciones, gritando y lanzándoles manotazos a los pájaros. Cuando asustaron a un tiro de caballos, los animales se volvieron locos y empezaron a arrastrar su carro entre la multitud. Todo el mundo rompió a gritar. Incluso Estornino se levantó para mirar por la ventana. Las calles no tardaron en vaciarse, salvo por los cuervos. Estos permanecieron posados en todas partes, en los tejados y los alféizares de las ventanas, y llenaron las ramas de los árboles hasta el punto que estas se doblaron bajo su peso. La mujer a la que habían atado, la Mañosa, ya no estaba. Solo quedaban las cuerdas ensangrentadas, atadas aún al poste. Entonces, todos a la vez, los cuervos se irguieron y emprendieron el vuelo. No quedó ni uno solo. —Su voz se redujo a un mero hilo—. Después, esa misma mañana, el posadero dijo que seguramente la mujer se había transformado en cuervo para huir volando con los demás.

Más tarde, me dije. Más tarde le diría que algo así no era posible, que la mujer podría haber llamado a los cuervos para que la ayudaran a escapar, pero que ni siquiera los Mañosos podían cambiar de forma de aquel modo. Más tarde le diría que no era ningún cobarde por no haber salido a la calle, que le habrían lapidado junto con la mujer. Más tarde. La historia que me estaba contando fluía como el veneno extraído de una herida. Era mejor dejar que saliera sin estorbos.

Retomé el hilo de su relato.

—… Y se hacen llamar la Vieja Sangre. El posadero dijo que tenían planes muy ambiciosos, que querían tomar el poder, igual que lo habían hecho cuando reinaba el príncipe Picazo. Pero si lo consiguen, se vengarán de todos nosotros. Los que no posean la magia de la Maña se convertirán en sus esclavos. Y si alguien se enfrenta a ellos, lo echarán a las bestias de los Mañosos. —Su voz ya no sonaba más fuerte que un susurro. Carraspeó—. Estornino dice que eso es una tontería, que los Mañosos no son así. Dice que la mayoría solo quieren que los dejen vivir tranquilos.

Me aclaré la voz. Me sorprendí al sentir una enorme gratitud por la respuesta de Estornino.

—En fin, es una juglaresa. Los artistas conocen a gente de todo tipo, y guardan una infinidad de conocimientos insospechados. Así que puedes creer lo que te dijo.

Percán me había dado mucho sobre lo que pensar. Apenas presté atención al resto de sus historias. Le intrigaban los descabellados relatos sobre la supuesta cría de dragones en el Mitonar, según los cuales dentro de poco los pueblos podrían comprar dragones del Mitonar para emplearlos como bestias de vigilancia. Le dije que yo había visto dragones de verdad y que no había que dar crédito a esas habladurías. Más realistas eran los rumores que sugerían que la guerra del Mitonar contra Chalaza podría extenderse a los Seis Ducados.

—¿Llegaría la guerra hasta aquí? —quiso saber. Debido a su juventud, tan solo tenía vagos recuerdos, aunque inquietantes, de nuestra guerra contra las Velas Rojas. No obstante, solo era un muchacho, por lo que la guerra le parecía un acontecimiento tan interesante como el Festival de Primavera.

—«Tarde o temprano, siempre estalla la guerra contra Chalaza» —le recordé el viejo dicho—. Incluso cuando no estamos en guerra con Chalaza, siempre se producen escaramuzas en la frontera, y también existe el problema de la piratería y los asaltos. No te preocupes. Los ducados de Torote y Garrón siempre se llevan la peor parte, algo que les complace. Nada le gustaría más al ducado de Torote que robarle otra porción del territorio al duque de Chalaza.

Y así, la conversación fluyó hasta que surgió el tema, menos comprometedor y más prosaico, de qué le había parecido el Festival de Primavera. Me habló de malabaristas que se pasaban rápidamente de una mano a otra mazas llameantes y cuchillos, me contó los mejores chistes de un espectáculo de títeres subido de tono al que asistió y me describió a Jinna, una bella bruja Vulgar que le vendió un amuleto para protegerlo de los rateros y le prometió venir a visitarnos. Me reí a carcajadas cuando me contó que menos de una hora después algún ladronzuelo ya le había afanado el amuleto. Probó el pescado en escabeche, al que se aficionó bastante, hasta que una noche bebió demasiado vino y lo vomitó todo junto. Juró que no volvería a tomarlo nunca más. Dejé que siguiera hablando, por fin feliz de verlo disfrutar compartiendo conmigo sus aventuras en Torre del Alce. Aun así, cada historia que me contaba me convencía un poco más de que mi sencilla existencia ya no era adecuada para él. Había llegado el momento de que empezase a trabajar como aprendiz para que pudiera volar con sus propias alas.

Por un momento me sentí como si me hallase al borde de un precipicio. Debía enviar a Percán con algún maestro para que le enseñase un oficio de verdad, y debía alejar a Estornino de mi vida. Sabía que si la sacaba de mi cama, no se rebajaría a regresar aquí solo como una amiga. La reconfortante y senci ...