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LA NEGRA HISTORIA DE JIMMY MORTIMER

David Lafuente

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Fragmento

019

La primera novela de David Lafuente, cantante de Auryn, es una historia de aventuras, fantasía, amor y amistad que enamorará a sus lectores.

A dónde van los malos pensamientos cuando los tenemos? ¿Cuál es el lugar donde mueren nuestros sueños y se convierten en pesadillas? ¿Quién controla la cantidad de luz y de oscuridad que nos convierte en quienes somos?

Jimmy Mortimer está a punto de descubrirlo.

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1

Hogar, triste hogar

Santo Andre de Teixido (Galicia, España), 1952.

Elevó la cabeza con desgana. Ahí estaba su nueva casa. Jimmy había vivido ya en tantos sitios distintos en los últimos tres años que ya ni siquiera se molestaba en poner FRÁGIL en las cajas de mudanza, porque no le hacía ni pizca de ilusión abrirlas.

—¡Al fin hemos llegado! ¿Qué os parece? —preguntó el señor Mortimer, el padre de Jimmy, mientras detenía el coche justo enfrente.

—Es perfecta, y ¡el sitio es increíble! ¿Verdad que sí, Jimmy? —respondió la señora Mortimer, la madre del chaval.

—Perfecta hasta que tengamos que cambiarla por otra —contestó el chico de malos modos.

—Cariño, eso no depende de nosotros. Ya sabes que el trabajo de tu padre es así… ¡Vamos allá donde lo necesiten! ¡Y por suerte lo necesitan mucho!

Roger Mortimer era uno de los encargados de supervisar en el terreno la construcción de la red ferroviaria en el sur de Inglaterra, y ese cargo le obligaba a él y a su familia a cambiar de vivienda constantemente, algo que Jimmy, como ha quedado claro, detestaba. Con cada uno de esos traslados tenía que adaptarse a una nueva casa, a un nuevo vecindario y a una nueva habitación. «¿Acabará esto alguna vez?», se preguntaba. Sin embargo, en esta ocasión, el cambio iba a resultar mucho más difícil de sobrellevar. Después de años viviendo en Inglaterra, a pesar de haber nacido en Estados Unidos, la familia Mortimer se trasladaba a una pequeña aldea gallega, en España, país de procedencia de la madre de Jimmy. Una pega más que añadir al listado de problemas que el chaval llevaba redactando desde que tenía uso de razón.

—¿Habrá alguien en este pueblucho que sepa hablar inglés? —preguntó con cierto deje de ironía.

—Uy, cielo, eso es pedir demasiado. ¡A duras penas hablarán castellano! En las aldeas de esta zona todo el mundo se entiende en galego —respondió su madre, Tina Mortimer.

El chico sacudió la cabeza con resignación.

—Vamos, hijo, si hablas español casi mejor que tu madre —intervino el señor Mortimer.

—Sí, claro…, lo que tú digas —replicó con sequedad.

Con dieciséis años, Jimmy acababa de sobrevivir a su infancia. Era un chico normal, no muy alto y delgaducho, con unos ojos azules como el mar del Caribe, enigmáticos e intensos. Su pelo negro, con un tupé de flequillo largo, siempre estaba despeinado y alborotado, y le otorgaba un aire descuidado que él no pretendía. A Jimmy no le importaba demasiado su apariencia, aunque tampoco habría tenido con quién compararla. Conocía a poca gente de su edad. No es que no le gustara la gente, es que no tenía oportunidad de cruzarse con demasiada. Lo que realmente ansiaba y deseaba con todas sus fuerzas era tener un buen amigo. Pero por culpa de las obligaciones laborales de su padre, había perdido al único compañero que había tenido, y desde entonces un aire de tristeza, al igual que su sonrisa apagada, era su único acompañante en cada mudanza.

—Parece una zona de lo más tranquila.

El hombre asintió ante las palabras de su mujer mientras acababa de aparcar bien el coche en el que llevaban horas viajando.

—¡Genial! Me dedicaré a hablar con los árboles… —añadió Jimmy con ironía.

Nunca había sido un chaval sombrío, pero en los últimos meses su carácter se había oscurecido un poco. Y no era por culpa de la adolescencia, sino por los cambios continuos en su vida, que le hacían ser cada vez más reservado y menos hablador. Jimmy se había refugiado en su propio mundo, un lugar al que nadie tenía acceso. No podía compartir sus sentimientos con nadie más que con su pequeña libreta roja y blanca, que siempre le acompañaba, fuese donde fuese, y donde dejaba constancia de todo lo que le pasaba por la cabeza y le aturdía el corazón.

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Aquella libreta se había convertido en su única compañera y por eso la custodiaba como si de un tesoro se tratase. Para Jimmy lo era. Gracias a ella y a todo lo que tenía escrito y dibujado en sus páginas, podía sentir que no pasaba solo de un lugar a otro. Cuando la abría, con solo ojearla hacia atrás podía saber qué había sentido en un momento determinado, cómo era una cierta habitación que había dejado atrás… Gracias a su libreta, tenía historia. Gracias a su libreta, no se sentía tan perdido.

—¿Qué, señorito? ¿Piensas bajar del coche de una vez? —dijo la señora Mortimer, ya en pie fuera del vehículo.

—Déjalo, Tina. Ya vendrá cuando quiera. Espera a que oscurezca y verás qué rápido entra en casa.

A Jimmy no le hizo gracia aquel comentario jocoso de su padre, así que esperó a que ambos se adelantaran unos metros para decidirse a salir del vehículo. Agarró la libreta con todas sus fuerzas y bajó del Saab 92 de color rojo que les había traído hasta su nuevo hogar. Cuando empinaba la cuesta para llegar hasta la casa, pensó que si alguien quisiera dibujar una casa lúgubre de cuento, por fuerza tenía que inspirarse en esta: era una vieja casa que parecía estar a punto de quebrarse por un golpe de viento. Estaba hecha de tablones de madera de color blanco desgastado, tenía unos doce metros de altura y la coronaba un pequeño torreón en lo alto.

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El edificio bordeaba un viejo acantilado y se podían escuchar las olas rompiendo contra las rocas que había justo debajo. La niebla gris invadía el jardín seco y descuidado que, a saber desde cuándo, estaba lleno de plantas muertas y hierbajos. Probablemente, no se habían cortado en años. Jimmy sonrió al ver, en mitad del patio, un columpio oxidado y putrefacto que se movía como si alguien estuviese subido en él. Desde luego, para ser un escenario tétrico no le faltaba detalle. Incluso el viento lo mecía, haciendo que las cadenas emitieran un chirrido bastante desagradable. Si hubiera tenido algún amigo, se habría burlado con él de su mala suerte: justo cuando pensaba que su vida no podía ir a peor, sus padres habían logrado alquilar la mayor pocilga de toda Galicia.

—¡Cuidado! —El grito de uno de los chicos del camión de mudanzas sacó a Jimmy de sus pensamientos.

Mientras ellos bajaban las cajas embaladas, sus padres abrieron la puerta principal de la casa con una llave dorada y sucia que, además, llevaba una nota en el llavero que decía «Welcome». Por favor, aquello no podía ser más irónico. Jimmy se decidió a abrir la puerta del vehículo, y se dirigió a la entrada justo cuando sus padres cruzaron el umbral.

El interior era todavía más deprimente. La casa te hacía sentir de todo menos bienvenido. Lo primero que vio fue un pasillo con papel amarillento en las paredes, deteriorado y polvoriento. Su nueva vivienda, mustia y con aspecto de no haberse limpiado en mucho tiempo, ni siquiera por cortesía hacia los nuevos inquilinos, era la viva imagen de la tristeza.

Jimmy ni se molestó en inspeccionar la planta baja, y enfiló la escalera para subir al piso de arriba, pero se dio de bruces con un viejo reloj de pie que había en el pasillo y en el que no se había fijado al entrar. «¿Quién habrá puesto esto aquí?», pensó indignado. Encima de sucios, los antiguos inquilinos parecía que tenían humor con la decoración. Subió por la escalera con el entrecejo fruncido por el golpe y mirando a aquel reloj traidor con recelo.

En el primer rellano se encontró con una habitación pequeña repleta de trastos viejos y con un montón de colchones grises, llenos de polvo, apilados unos encima de otros. Aquella no iba a ser la suya. Jimmy no quiso tocar nada y cerró la puerta con esfuerzo porque, a causa de la humedad por tener el mar tan cercano, estaba hinchada y no encajaba bien.

Cuando subió a la tercera planta, por fin llegó a lo que sería su habitación. Frente a la puerta había una ventana blanca que asomaba a un pequeño balcón a través del cual se podía ver el océano. En ese punto concreto, unos metros más abajo, rompían las olas con fuerza contra la parte baja del acantilado. No dejaba de ser un lugar triste, un lugar perfecto para una muerte romántica y suicida, pero tenía su encanto. Las cortinas, plagadas de agujeros, se movían sutilmente con el viento. «Por lo menos tiene luz natural», pensó.

La estancia tenía un armario enorme y pesado que quedaba a la izquierda, y la estructura de una cama envuelta en plástico que quedaba justo al lado contrario. No tenía colchón y el cabecero de hierro estaba ya sin brillo. La cama era enorme, eso sí, y Jimmy pensó que eso era un cambio a mejor. Decidió moverla para que le llegara mejor la luz de la ventana ya que le gustaba leer en la cama, preferiblemente a primera hora de la tarde, antes de que cayera el sol. Sin embargo, sucedió algo extraño cuando fue a desplazarla: la cama no se movía. Por mucho que lo intentó, parecía como…

—Pero ¿qué demonios es esto? —dijo en voz alta, hablando para sí mismo.

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Las patas de la cama estaban atornilladas al suelo, algo que no había visto en su vida. Volvió a ponerse en pie y trató de mover la estructura, pero lo único que comprobó era que aquella cama, efectivamente, estaba anclada al suelo. No pudo evitar una mueca de espanto, ya que aquello de los tornillos era bastante rarito. Intentó no darle más importancia y siguió inspeccionando el resto del cuarto. Comprobó que el papel de la pared estaba muy deteriorado y le llamó la atención su color azul y los pequeños barcos blancos que tenía pintados. Ese detalle, algo infantil, fue el único que le hizo sonreír desde que había llegado a su nuevo hogar. Pero aquella sonrisa furtiva se esfumó tan rápido como había llegado.

De nuevo otra mudanza. Y de nuevo, en soledad… Se sentó encima de la cama sucia y envuelta en plástico, y pasó el resto del día entre cajas amontonadas y escribiendo notas en su desgastada libreta rojiblanca. Empezó a dibujar los barquitos del papel de la pared, a darles vida. Al menos la tenía a ella para que escuchara sus pensamientos.

—¡Jiiimy, baja a cenar!

Debía de haberse quedado dormido sin querer. El olor de la cena subía hasta la tercera planta, y aunque no pudo identificar de qué alimento se desprendía aquel aroma, Jimmy intuyó que su madre habría preparado algún plato hecho con prisas. La voz de la señora Mortimer gritando el nombre del muchacho se coló hasta el tercer piso.

Habría preferido subir el plato a su cuarto y comer tranquilo, sin tener que escuchar a su madre parlotear sin freno mientras su padre los ignoraba, como de costumbre, sumergido en sus malditos informes. Pero, otra vez, Jimmy antepuso los deseos de sus padres a los suyos y bajó por las escaleras de su nueva casa con la mayor desgana que podía mostrar.

—¡Ya voy! —gritó.

Estaba en lo cierto. Cuando se sentó a la mesa de la cocina y vio el interior de la cacerola donde había cocinado su madre, se quiso morir. La «exquisitez» culinaria de la noche se trataba de alcachofas con aspecto gelatinoso sobre una salsa amarillenta, y rodeadas de judías de lata un tanto resecas. Su madre cocinaba bastante mal, a pesar de que pasaba mucho tiempo en casa. Aquel plato horripilante era lo que se había sacado de la manga para cenar aquel día.

—Jimmy, cariño, ¿te ha gustado tu habitación? —le preguntó sonriente mientras le servía una porción pringosa en el plato. La mujer se esforzaba por suavizar aquellos cambios con su constante buen humor, pero cada vez le costaba más arrancarle una sonrisa a su hijo. Él la miró con recelo y volvió a posar sus ojos sobre las alcachofas amarillentas.

—Sí… —respondió con una voz casi sorda.

La señora Mortimer miró a su marido para indicarle con expresivos movimientos de ojos que algo no iba bien.

—¡Psss! ¡Psss! —le silbó disimuladamente mientras miraba a Jimmy con el rabillo del ojo. Por Dios, aquel truco había dejado de funcionar cuando el chico tenía aproximadamente cinco años.

—¿Pasa algo, Jimmy? —preguntó el padre, quien por un segundo dejó el montón de folios y apuntes del trabajo que tenía sobre las piernas mientras comía, y dirigió los ojos hacia su hijo. Tenía los mofletes inflados mientras masticaba la masa intragable de alcachofas y judías.

—Umph… —Jimmy tragó deprisa, no estaba acostumbrado a que su padre le preguntara cómo se encontraba—. No sucede nada, papá —contestó, frío y seco, soltando el cubierto en la mesa—. Solo estoy cansado y quiero dormir, no tengo hambre… ¿Me puedo ir a la cama ya? —dijo, mirando a su madre, que de los dos era la única que a veces le prestaba un poco de atención.

Ella volvió a mirar a su marido, insistiendo en que algo pasaba. Él hizo un gesto moviendo los hombros, como diciendo que cuando Jimmy tuviese hambre ya comería, y señaló los papeles que tenía encima de las rodillas para dar a entender que no tenía tiempo que perder. El trabajo siempre iba primero.

—¿Ya has sacado las cosas de las cajas? Seguro que la habitación quedará muy bonita cuando la pintemos y compremos un escritorio nuevo. He visto una tienda de muebles viniendo hacia aquí esta mañana que tenía buena pinta y quiero pasar por la floristería para plantar algo en el jardín… ¿Quizá unas petunias? Ya sabes cómo me gustan —continuó diciendo Tina Mortimer para intentar retener a su hijo y que al menos se terminase la cena.

—Si a ti te apetece hacerlo…

—Jimmy, ya sé que esto no te gusta, pero tu padre…

—Ya, ya. Estoy cansado, me voy a dormir. Mañana terminaré con las cajas —contestó mientras se levantaba de la mesa y dejaba su plato con restos de comida en el fregadero—. Buenas noches.

—Buenas noches, hijo, que descanses —dijo su madre con un tono cansado y resignado.

En el fondo todos estaban cansados de mudanzas, de hacer y deshacer cajas, de acostumbrarse a nuevos sitios, nuevos vecinos y nuevos colchones sobre los que dormir, pero la señora Mortimer tenía fe en que el destino les deparaba un cambio a mejor y que sus vidas acabarían siendo estables. No obstante, le inquietaba la actitud de su hijo.

—Cariño, estoy preocupada por Jimmy. No sé qué le pasa… —susurró a su marido, mientras quitaba la mesa.

—Tiene dieciséis años, está en una edad muy complicada. Todos hemos pasado por eso. Ya se le pasará. Sé que le fastidia, pero esta mudanza era necesaria. En parte, lo hacemos por él. Si consigo que este trabajo sea un éxito, tendremos una vida mejor y mejores opciones de futuro para Jimmy. Esta es nuestra oportunidad, no podemos desperdiciarla —se justificó él.

La señora Mortimer apoyaba a su esposo en todas y cada una de sus decisiones, pero no podía evitar sentirse culpable por cómo estas afectaban a Jimmy. Quiso insistir, pero mientras buscaba las palabras, su marido se le adelantó.

—¿Me preparas un café de esos gigantes? —le preguntó mientras encendía una luz tenue en la mesa del salón contiguo a la cocina—. Me espera una noche larga…

La petición venía acompañada de una reverencia exagerada, juntando las dos manos a lo oriental y sosteniendo entre ellas su taza preferida, la misma que usaba siempre, una mueca de cariño que el matrimonio siempre se hacía para mostrar su complicidad.

2

La sombra y la puerta

El día siguiente amaneció frío y nublado. Por la ventana del balcón de Jimmy seguía sin verse el mar, aunque el ruido de las olas rompiendo contra las rocas evidenciaba que seguía ahí abajo. Todo era gris, desde el cielo hasta el ambiente, y daba la sensación de que el mundo se había extinguido y él era el único superviviente de todo el desastre.

Bajó a desayunar sin muchas ganas, a pesar de que la noche anterior no había casi cenado, y encontró una nota encima de la mesa de la cocina que decía lo siguiente: «Cariño, aquí te dejo el desayuno. He ido a comprar algunas cosas a la ciudad. No tardo. Mamá».

Jimmy se sirvió un poco de zumo en un vaso de plástico y después se dirigió al salón, aún lleno de cajas embaladas con grandes letras que indicaban el contenido de su interior: LIBROS, ROPA, COCINA (ahí debían de estar las tazas de desayuno) y más LIBROS. Sin duda, hubo un momento en que aquella familia gozaba de tiempo libre para leer, una época pasada que Jimmy apenas recordaba. Abrió una de las ventanas para ventilar la estancia y salió al pasillo, evitando respirar en aquel ambiente lleno de suciedad.

Decidió echarle una mano a su madre y empezar a desempaquetar algunas cajas. Cuando estaba a punto de abrir la primera, un ruido lo detuvo. Escuchó un sonido extraño, como una especie de arañazos sobre la madera. Miró a su alrededor y oyó aquellos ruiditos con mayor intensidad. No había duda, provenían de la puerta principal que daba al porche de la entrada.

Abrió el portón para ver de qué se trataba. Pero allí no había nadie. Iba a cerrar la puerta cuando notó que algo húmedo le lamía los pies.

Jimmy dio un brinco instintivo hacia atrás. El susto se le pasó al ver que se trataba de un perro negro con una mancha blanca en el ojo y otra en la pata derecha. Tenía unos ojos muy grandes, el hocico alargado y las orejas puntiagudas, exageradamente desproporcionadas para su tamaño.

—¡Eh! ¿De dónde sales, pequeño? —preguntó Jimmy mirando alrededor del porche desierto. La niebla de aquel día era espesa y más allá de un metro de distancia la visión era nula.

Pensó que no podía dejar a ese perro solo en la calle con ese tiempo. Seguramente, se le habría escapado a algún vecino, así que, cuando la niebla pasase, volvería a salir a ver si alguien lo estaba buscando.

El animal ya lo había decidido, sin embargo. Entró enseguida en casa, sin necesidad de que él abriese la boca.

—Parece que ya conoces la casa, ¿eh, amigo? Vamos a mi habitación, que tengo mil cajas que abrir aún. ¿Tienes hambre o sed? A ver qué puedo conseguir en la cocina…, pero no te prometo nada.

El perro parecía sentirse a gusto con Jimmy y no dejaba de ir detrás de él. Le siguió a la cocina cuando fue a echarle algo de comer y al salón cuando fue a cerrar la ventana que había abierto hacía un rato. Ya en la habitación, el animal se sentó en el balcón y desde ahí lo observó mientras el chico abría todas las cajas y ordenaba sus pertenencias como podía. Había ropa, libros, sábanas y algún juguete que guardaba desde que era pequeño, como un oso azul y amarillo con un solo ojo. También encontró dos viejas fotografías de cuando tenía ocho años, una con su familia en la playa y otra con el único amigo que había tenido.

Era un chico gordito, con una cabeza enorme que se llamaba Colman, y aunque ya no tenía contacto con él debido a sus constantes mudanzas, lo recordaba con mucho cariño. Cuando se metían con Jimmy en el colegio (algo que ocurría más veces de las que le gustaba recordar), Cabeza, como así llamaba a aquel chaval, siempre daba la cara por él.

—¡Él será flacucho y tendrá el flequillo tan largo como una chica, pero tú eres un ignorante! —gritaba siempre Cabeza a los chulos del colegio.

Más de una vez se ganó algún moratón por defender a Jimmy, pero nunca jamás se lo recriminó. Cuando estaban juntos, se pasaban las horas imaginando cómo sería su futuro, a qué dedicarían sus vidas y cuántas aventuras vivirían el uno junto al otro. Cabeza fue su único amigo de verdad.

Jimmy sintió como si una oleada de tristeza le recorriera por dentro y, por primera vez, se juntara con otra oleada distinta, esta vez de rabia. Decidió que prefería no seguir viendo aquella foto ni ningún recuerdo más. No valía la pena desempolvar viejos recuerdos de cosas que ya no iban a volver. La puso dentro de una caja con otros trastos y se subió a una silla para dejar la caja encima del armario, bien lejos. Pero al bajar de ella, algo llamó su atención. En la pared, justo al lado de la puerta, había un trozo de papel despegado. Se dirigi ...