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LA NIñA PERDIDA (DOS AMIGAS 4)

Elena Ferrante

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Fragmento

Índice de personajes y breve descripción
de sus circunstancias

 

 

 

LA FAMILIA CERULLO (LA FAMILIA DEL ZAPATERO):

Fernando Cerullo, zapatero, padre de Lila.

Nunzia Cerullo, madre de Lila.

Raffaella Cerullo, llamada Lina o Lila. Nació en agosto de 1944. Cuando desaparece de Nápoles sin dejar rastro, tiene sesenta y seis años. Se casa muy joven con Stefano Carracci, pero durante unas vacaciones en Ischia se enamora de Nino Sarratore, por el que abandona a su marido. Después del naufragio de la convivencia con Nino y el nacimiento de su hijo Gennaro, Lila abandona definitivamente a Stefano al enterarse de que este espera un hijo de Ada Cappuccio. Junto con Enzo Scanno se muda a San Giovanni a Teduccio y al cabo de unos años, con Enzo y su hijo Gennaro, se traslada otra vez al barrio.

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Rino Cerullo, hermano mayor de Lila. Está casado con Pinuccia Carracci, hermana de Stefano, con la que tiene dos hijos. El primogénito de Lila se llama Rino, como él.

Otros hijos.

 

LA FAMILIA GRECO (LA FAMILIA DEL CONSERJE):

Elena Greco, llamada Lenuccia o Lenù. Nacida en agosto de 1944, es la autora de esta larga historia que estamos leyendo. Al terminar la primaria, Elena sigue estudiando con éxito creciente hasta obtener la licenciatura en la Escuela Normal de Pisa, donde conoce a Pietro Airota, con quien se casa unos años más tarde y se traslada a Florencia. Tienen dos hijas, Adele, llamada Dede, y Elsa; pero, decepcionada por su matrimonio, Elena termina por abandonar a sus hijas y a Pietro cuando inicia una relación con Nino Sarratore, al que ama desde que era niña.

Peppe, Gianni y Elisa, hermanos menores de Elena. Pese a la desaprobación de Elena, Elisa se va a vivir con Marcello Solara.

El padre es conserje en el ayuntamiento.

La madre es ama de casa.

 

LA FAMILIA CARRACCI (LA FAMILIA DE DON ACHILLE):

Don Achille Carracci, usurero, traficaba en el mercado negro. Murió asesinado.

Maria Carracci, esposa de don Achille, madre de Stefano, Pinuccia y Alfonso. La hija que Stefano tiene con Ada Cappuccio se llama como ella.

Stefano Carracci, hijo del difunto don Achille, comerciante y primer marido de Lila. Insatisfecho por su tormentoso matrimonio con Lila, comienza una relación con Ada Cappuccio, con la que más tarde se va a vivir. Es el padre de Gennaro, que tuvo con Lila, y de Maria, nacida de su relación con Ada.

Pinuccia, hija de don Achille. Se casa con Rino, hermano de Lila, con quien tiene dos hijos.

Alfonso, hijo de don Achille. Se resigna a casarse con Marisa Sarratore tras un largo noviazgo.

 

LA FAMILIA PELUSO (LA FAMILIA DEL CARPINTERO):

Alfredo Peluso, carpintero y comunista, murió en la cárcel.

Giuseppina Peluso, esposa fiel de Alfredo, se suicida al morir su marido.

Pasquale Peluso, hijo mayor de Alfredo y Giuseppina, albañil, militante comunista.

Carmela Peluso, llamada Carmen. Hermana de Pasquale, fue durante mucho tiempo prometida de Enzo Scanno. Acaba casándose con el empleado de la gasolinera de la avenida, con el que tiene dos hijos.

Otros hijos.

 

LA FAMILIA CAPPUCCIO (LA FAMILIA DE LA VIUDA LOCA):

Melina, pariente de Nunzia Cerullo, viuda. Estuvo a punto de enloquecer al terminar su relación con Donato Sarratore, del que fue amante.

El marido de Melina, muerto en extrañas circunstancias.

Ada Cappuccio, hija de Melina. Comprometida durante años con Pasquale Peluso, se convierte en la amante de Stefano Carracci, con el que se va a vivir. De su relación nace una niña, Maria.

Antonio Cappuccio, su hermano, mecánico. Fue novio de Elena.

Otros hijos.

 

LA FAMILIA SARRATORE (LA FAMILIA DEL FERROVIARIO-POETA):

Donato Sarratore, muy mujeriego, fue amante de Melina Cappuccio. De jovencita, también Elena se entrega a él en una playa de Ischia, impulsada por el dolor que le produce la relación de Nino y Lila.

Lidia Sarratore, esposa de Donato.

Nino Sarratore, primogénito de Donato y Lidia, mantiene una larga relación clandestina con Lila. Casado con Eleonora, con quien tuvo a Albertino, inicia una relación con Elena, también casada y con hijas.

Marisa Sarratore, hermana de Nino. Casada con Alfonso Carracci, se hace amante de Michele Solara, con quien tiene dos hijos.

Pino, Clelia y Ciro Sarratore, los hijos más pequeños de Donato y Lidia.

 

LA FAMILIA SCANNO (LA FAMILIA DEL VERDULERO):

Nicola Scanno, verdulero, murió de pulmonía.

Assunta Scanno, esposa de Nicola, murió de cáncer.

Enzo Scanno, hijo de Nicola y Assunta. Mantuvo un largo noviazgo con Carmen Peluso. Se hace cargo de Lila y de su hijo Gennaro cuando ella abandona definitivamente a Stefano Carracci y se los lleva a vivir a San Giovanni a Teducci.

Otros hijos.

 

LA FAMILIA SOLARA (LA FAMILIA DEL PROPIETARIO DEL BAR-PASTELERÍA DEL MISMO NOMBRE):

Silvio Solara, dueño del bar-pastelería.

Manuela Solara, esposa de Silvio, usurera. Ya mayor, la asesinan en la puerta de su casa.

Marcello y Michele Solara, hijos de Silvio y Manuela. Rechazado de joven por Lila, al cabo de muchos años Marcello se va a vivir con Elisa, hermana menor de Elena. Michele, casado con Gigliola, hija del pastelero, con la que tiene dos hijos, toma como su amante a Marisa Sarratore, y con ella tiene otros dos hijos. No obstante, sigue obsesionado con Lila.

 

LA FAMILIA SPAGNUOLO (LA FAMILIA DEL PASTELERO):

El señor Spagnuolo, pastelero del bar-pastelería Solara.

Rosa Spagnuolo, esposa del pastelero.

Gigliola Spagnuolo, hija del pastelero, esposa de Michele Solara y madre de sus hijos.

Otros hijos.

 

LA FAMILIA AIROTA:

Guido Airota, profesor de literatura griega.

Adele, su mujer.

Mariarosa Airota, la hija mayor, profesora de historia del arte en Milán.

Pietro Airota, jovencísimo profesor universitario. Marido de Elena y padre de Dede y Elsa.

 

LOS MAESTROS:

Ferraro, maestro y bibliotecario.

La Oliviero, maestra.

Gerace, profesor de bachillerato superior.

La Galiani, profesora del curso preuniversitario.

 

OTROS PERSONAJES:

Gino, hijo del farmacéutico, primer novio de Elena. Cabecilla de los fascistas del barrio, muere asesinado delante de su farmacia.

Nella Incardo, prima de la maestra Oliviero.

Armando, médico, hijo de la profesora Galiani. Está casado con Isabella, con la que tiene un hijo llamado Marco.

Nadia, estudiante, hija de la profesora Galiani, fue novia de Nino. Durante su militancia política se une a Pasquale Peluso.

Bruno Soccavo, amigo de Nino Sarratore, heredero del negocio de embutidos de su familia. Es asesinado dentro de su fábrica.

Franco Mari, novio de Elena en los primeros años de universidad, se entrega al activismo político. Pierde un ojo tras un ataque fascista.

Silvia, estudiante universitaria y activista política. Tiene un hijo, Mirko, nacido de una breve relación con Nino Sarratore.

 

 

 

 

Madurez

 

La niña perdida

 

1

 

Desde octubre de 1976 hasta 1979, cuando regresé a Nápoles para vivir, evité reanudar relaciones estables con Lila. No fue fácil. Casi de inmediato, ella intentó volver a entrar en mi vida por la fuerza y yo la ignoré, la toleré y la soporté. Aunque se comportara como si no desease otra cosa que estar a mi lado en un momento difícil, yo no lograba olvidar el desprecio con el que me había tratado.

Hoy pienso que si lo único que me hubiera hecho daño hubiera sido el insulto —eres una cretina, me gritó por teléfono cuando le conté lo de Nino, y antes nunca había ocurrido, jamás me había hablado de ese modo—, se me habría pasado enseguida. En realidad, más que aquella ofensa pesó la alusión a Dede y Elsa. Piensa en el daño que les haces a tus hijas, me advirtió, y en un primer momento no le hice caso. Pero con el tiempo aquellas palabras cobraron cada vez más peso, pensaba en ellas a menudo. Lila nunca había manifestado el menor interés por Dede y Elsa, con toda probabilidad ni siquiera recordaba sus nombres. Las veces en que le contaba por teléfono alguna ocurrencia inteligente de mis hijas, ella cortaba por lo sano y cambiaba de tema. Y cuando las vio por primera vez en casa de Marcello Solara, se limitó a echarles una mirada distraída y decirles alguna frase de compromiso, ni siquiera dedicó la menor atención a cómo iban bien vestidas, bien peinadas, a lo capaces que eran ambas de expresarse con propiedad pese a ser aún pequeñas. Sin embargo, las había parido yo, las había criado yo, eran parte de mí, su amiga de siempre: debería haber dejado algo de espacio —no digo por afecto, pero al menos por amabilidad— a mi orgullo de madre. Pero no, ni siquiera había echado mano de una pizca de afable ironía, había mostrado indiferencia, nada más. Solo ahora —por celos, seguramente, porque me había quedado con Nino— se acordaba de las niñas y quería subrayar que yo era una pésima madre, y que con tal de ser feliz causaba la infelicidad de mis hijas. Era pensar en ello y ponerme nerviosa. ¿Acaso Lila se había preocupado por Gennaro cuando se separó de Stefano, cuando dejó al niño abandonado en casa de su vecina para ir a trabajar a la fábrica, cuando lo envió a mi casa como para deshacerse de él? De acuerdo, yo tenía mis culpas pero, sin duda, era más madre que ella.

 

 

2

 

En aquellos años, los pensamientos de ese tipo se convirtieron en una costumbre. Fue como si Lila, que al fin y al cabo solo había pronunciado aquella única frase perversa sobre Dede y Elsa, se hubiera convertido en el abogado defensor de sus necesidades de hijas, y yo me sintiese obligada a demostrarle que se equivocaba cada vez que las desatendía para dedicarme a mí misma. Pero era solo una voz inventada por el malhumor, no sé qué pensaba realmente de mi comportamiento como madre. Ella es la única que puede contarlo, si de verdad ha conseguido insertarse en esta larguísima cadena de palabras para modificar mi texto, para introducir deliberadamente eslabones perdidos, para desprender otros sin hacerse notar, para decir de mí más de lo que yo quiero, más de cuanto soy capaz de decir. Deseo esa intromisión suya, la espero desde que empecé a escribir nuestra historia, pero debo llegar al final para someter todas estas páginas a examen. Si lo intentara ahora, desde luego me quedaría bloqueada. Escribo desde hace demasiado tiempo y estoy cansada, cada vez es más difícil mantener tensado el hilo del relato dentro del caos de los años, de los acontecimientos grandes y pequeños, de los humores. Por eso o tiendo a pasar por alto mis cosas para enredarme otra vez con Lila y todas las complicaciones que trae consigo o, algo peor, me dejo llevar por los acontecimientos de mi vida únicamente porque me resulta más fácil escribirlos. Pero debo sustraerme a esta encrucijada. No debo ir por el primer camino a lo largo del cual —dado que la propia naturaleza de nuestra relación impone que sea yo quien llegue a ella solo pasando por mí—, si me hago a un lado, acabaría encontrando cada vez menos rastros de Lila. Tampoco debo ir por el segundo. Precisamente, que yo hable de mi experiencia cada vez más por extenso es justo lo que, sin duda, ella apoyaría. Anda —me diría—, cuéntanos qué rumbo ha tomado tu vida, a quién le importa la mía, confiésalo, ni a ti te interesa. Y concluiría: yo soy un garabato tras otro, del todo inapropiada para uno de tus libros; déjame estar, Lenù, no se habla de una tachadura.

¿Qué hacer, pues? ¿Darle una vez más la razón? ¿Aceptar que ser adultos es dejar de mostrarse, es aprender a ocultarse hasta desaparecer? ¿Admitir que con el paso de los años cada vez sé menos de Lila?

Esta mañana tengo a raya el cansancio y vuelvo a sentarme a mi escritorio. Ahora que me acerco al punto más doloroso de nuestra historia, quiero buscar en la página un equilibrio entre ella y yo que en la vida ni siquiera logré encontrar conmigo misma.

 

 

3

 

De los días de Montpellier me acuerdo de todo menos de la ciudad, es como si nunca hubiera estado. Aparte del hotel, aparte de la monumental aula magna donde se celebraba el congreso académico en el que Nino estaba ocupado, hoy solo veo un otoño ventoso y nubes blancas en un cielo azul. Sin embargo, por muchos motivos, el topónimo Montpellier se me quedó grabado en la memoria como un signo de evasión. Ya había estado fuera de Italia, en París, con Franco, y me había sentido electrizada por mi propia audacia. Pero entonces me parecía que mi mundo era y seguiría siendo siempre el barrio, Nápoles, mientras el resto era como una excursión en cuyo clima excepcional podía imaginarme, como de hecho nunca llegaría a ser. En cambio, Montpellier, pese a ser con diferencia mucho menos emocionante que París, me dio la impresión de que mis barreras se hubiesen roto y de que yo estuviera expandiéndome. El simple hecho de encontrarme en ese lugar constituía para mí la prueba de que el barrio, Nápoles, Pisa, Florencia, Milán, la propia Italia, no eran más que minúsculas astillas de mundo, y que hacía bien en no seguir conformándome con ellas. En Montpellier advertí las limitaciones de mi visión de las cosas, de la lengua en la que me expresaba y en la que escribía. En Montpellier vi con claridad hasta qué punto, a mis treinta y dos años, podía resultar estrecho ser esposa y madre. Y durante esos días repletos de amor por primera vez me sentí liberada de los lazos que había acumulado a lo largo de los años, los debidos a mis orígenes, los que había adquirido con el éxito en los estudios, los que se derivaban de las elecciones que había hecho en la vida, en especial del matrimonio. Allí comprendí también los motivos del placer que en el pasado había sentido al ver mi primer libro traducido a otras lenguas y, al mismo tiempo, los motivos de la pena por haber encontrado pocos lectores fuera de Italia. Era maravilloso superar fronteras, dejarse llevar al interior de otras culturas, descubrir la provisionalidad de aquello que había tenido por definitivo. Si en el pasado yo había juzgado el hecho de que Lila no hubiera salido nunca de Nápoles, e incluso de que le hubiera dado miedo San Giovanni a Teduccio, como una elección discutible por su parte, y que ella como de costumbre sabía volver a su favor, ahora sencillamente me pareció un signo de estrechez mental. Reaccioné como se suele reaccionar ante quien nos insulta, usando la misma fórmula que nos ha ofendido. ¿O sea, que tú te equivocaste conmigo? No, querida mía, soy yo la que se equivocó contigo: seguirás toda tu vida viendo circular camiones por la carretera.

Los días pasaron volando. Los organizadores del congreso habían reservado con mucha antelación una habitación individual en el hotel a nombre de Nino, y como yo decidí acompañarlo en el último momento no hubo manera de convertirla en matrimonial. De modo que estábamos en habitaciones separadas, pero al final del día me duchaba, me preparaba para la noche y después, con el corazón en la boca, iba a su habitación. Dormíamos juntos, bien apretados, como si temiéramos que una fuerza hostil nos separase mientras dormíamos. Por la mañana pedíamos el desayuno en la cama, disfrutábamos de ese lujo que solo había visto en el cine; nos reíamos mucho, éramos felices. Durante el día lo acompañaba a la sala grande del congreso; aunque los ponentes leyeran páginas y páginas con tono aburrido, estar con él me entusiasmaba; me sentaba a su lado pero sin molestarlo. Nino seguía con mucha atención las intervenciones, tomaba notas y de vez en cuando me susurraba al oído comentarios irónicos y palabras de amor. Durante el almuerzo y la cena nos mezclábamos con profesores universitarios de medio mundo, nombres extranjeros, lenguas extranjeras. Claro que los ponentes de más prestigio ocupaban una mesa exclusiva y nosotros estábamos en otra con un grupo de investigadores más jóvenes. Pero me llamó la atención la movilidad de Nino, tanto durante los trabajos como en el restaurante. Qué distinto era del estudiante de otros tiempos, incluso del joven que me había defendido en la librería de Milán casi diez años antes. Había dejado a un lado los tonos polémicos, franqueaba con tacto las barreras académicas, establecía relaciones con gesto serio y a la vez cautivador. Unas veces en inglés (excelente), otras en francés (bueno), conversaba de forma brillante desplegando su antiguo culto a las cifras y la eficiencia. Me enorgullecí mucho de ver cuánto gustaba. En pocas horas le cayó simpático a todos, lo llamaban de aquí y de allá.

Hubo un solo momento en que cambió bruscamente, fue la víspera de su intervención en el congreso. Se volvió arisco y descortés, lo vi deshecho por la angustia. Se puso a criticar el texto que había preparado, repitió en varias ocasiones que escribir no le resultaba tan fácil como a mí, se enfadó porque no había tenido tiempo de trabajar más a fondo. Me sentí culpable —¿acaso nuestra complicada historia lo había distraído?— y traté de ponerle remedio abrazándolo, besándolo, animándolo a que me leyera su trabajo. Me lo leyó, y me enterneció su actitud de colegial asustado. Su ponencia no me pareció menos aburrida que otras que había escuchado en el aula magna, aunque lo alabé mucho y se tranquilizó. A la mañana siguiente se exhibió con estudiado entusiasmo, lo aplaudieron. Por la noche uno de los profesores universitarios de prestigio, un estadounidense, lo invitó a sentarse a su lado. Me quedé sola, pero no me importó. Cuando estaba Nino, yo no hablaba con nadie, mientras que en su ausencia me vi obligada a arreglármelas con mi francés rudimentario e hice amistad con una pareja de París. Me cayeron bien porque no tardé en descubrir que se encontraban en una situación no muy distinta de la nuestra. Ambos consideraban sofocante la institución de la familia, los dos habían dejado dolorosamente atrás a cónyuges e hijos, ambos parecían felices. Él, Augustin, rondaba los cincuenta años, tenía la cara sonrosada, ojos azules muy vivaces y grandes bigotes de un rubio claro. Ella, Colombe, tenía algo más de treinta, como yo, el pelo negro muy corto, ojos y labios marcados con fuerza en una cara pequeña y una elegancia seductora. Hablé sobre todo con Colombe, que era madre de un niño de siete años.

—Faltan unos meses —dije— para que mi hija mayor cumpla siete, pero este año ya cursa segundo, es muy buena alumna.

—El mío es muy despierto y fantasioso.

—¿Cómo se ha tomado la separación?

—Bien.

—¿No ha sufrido ni un poquito?

—Los niños no tienen nuestra rigidez, son elásticos.

Insistió en la elasticidad, que atribuía a la infancia, y me pareció que eso la tranquilizaba. Añadió: en nuestro ambiente es bastante común que los padres se separen, los hijos saben que es posible. Pero mientras yo le decía que no conocía a otras mujeres separadas aparte de mi amiga, ella cambió bruscamente de registro y empezó a quejarse del niño: es aplicado pero lento, exclamó, en la escuela dicen que es desordenado. Me llamó mucho la atención que se pusiera a hablar sin ternura, casi con rencor, como si su hijo se comportara de ese modo para fastidiarla, y eso me angustió. Su compañero debió de notarlo, ya que intervino; presumió de sus dos chicos, de catorce y dieciocho años, bromeó sobre cuánto gustaban los dos a las mujeres jóvenes y a las maduras. Cuando Nino regresó a mi lado, los dos hombres —sobre todo Augustin— empezaron a echar pestes sobre la mayoría de los ponentes. Colombe se entrometió casi de inmediato con una alegría un tanto artificial. Las murmuraciones no tardaron en crear un vínculo; Augustin habló y bebió mucho durante toda la noche, su compañera reía en cuanto Nino lograba abrir la boca. Nos invitaron a ir con ellos a París en su coche.

La conversación sobre los hijos y aquella invitación a la que no dijimos ni sí ni no, hicieron que pusiera otra vez los pies en la tierra. Hasta ese momento, Dede y Elsa me habían venido a la cabeza sin cesar, e incluso Pietro, pero como suspendidos en un universo paralelo, inmóviles alrededor de la mesa de la cocina de Florencia, o delante del televisor, o en sus camas. De golpe, mi mundo y el de ellos se volvieron a comunicar. Me di cuenta de que los días en Montpellier estaban a punto de tocar a su fin, y que, inevitablemente, Nino y yo regresaríamos a nuestras casas y tendríamos que enfrentarnos a nuestras respectivas crisis conyugales, yo en Florencia, él en Nápoles. El cuerpo de las niñas se unió otra vez al mío y noté su contacto con violencia. Llevaba cinco días sin saber nada de mis hijas y al tomar conciencia de ello sentí unas fuertes náuseas; la nostalgia se hizo insoportable. Tuve miedo, no del futuro en general, que ya parecía imprescindiblemente ocupado por Nino, sino de las horas que llegarían, del mañana, del pasado mañana. No pude resistirme y, aunque eran casi las doce de la noche —qué importancia tiene, me dije, Pietro siempre está despierto—, llamé.

Fue algo bastante laborioso, pero al final conseguí línea. Diga. Diga, repetí. Sabía que al otro lado estaba Pietro, lo llamé por su nombre: Pietro, soy Elena, cómo están las niñas. Se cortó la comunicación. Esperé unos minutos, y pedí a la centralita que llamara otra vez. Estaba decidida a insistir toda la noche, aunque en esta ocasión Pietro contestó.

—¿Qué quieres?

—¿Qué tal las niñas?

—Duermen.

—Ya lo sé, pero ¿cómo están?

—Qué te importa.

—Son mis hijas.

—Las has abandonado, ya no quieren ser tus hijas.

—¿Te lo han dicho?

—Se lo han dicho a mi madre.

—¿Has mandado llamar a Adele?

—Sí.

—Diles que vuelvo dentro de unos días.

—No hace falta. Ni yo, ni las niñas, ni mi madre queremos volver a verte.

 

 

4

 

Me eché a llorar, luego me calmé y me reuní con Nino. Quería contarle lo de la conversación telefónica, quería que me consolara. Pero cuando iba a llamar a su habitación, lo oí hablar con alguien. Vacilé. Estaba al teléfono, no entendía qué decía, ni en qué lengua hablaba, pero enseguida pensé que hablaba con su mujer. ¿De modo que eso era lo que ocurría todas las noches? Cuando yo me iba a mi habitación a prepararme para ir a la suya y él se quedaba solo, ¿llamaba a Eleonora? ¿Estarían buscando la manera de separarse sin conflictos? ¿O se estaban reconciliando y una vez concluido el paréntesis de Montpellier ella se lo quedaría otra vez?

Me decidí y llamé. Nino se interrumpió, silencio; luego siguió hablando, pero en voz más baja. Me puse nerviosa, llamé otra vez, no pasó nada. Tuve que llamar por tercera vez y con fuerza para que me abriera. Cuando lo hizo, me enfrenté a él enseguida; le eché en cara que me ocultaba ante su mujer, le grité que había telefoneado a Pietro, que mi marido no quería dejarme ver a mis hijas, que yo estaba cuestionando mi vida entera y él, en cambio, arrullaba a Eleonora por teléfono. Fue una noche de discusiones, nos costó reconciliarnos. Nino trató de calmarme por todos los medios: reía nerviosamente, se enfadaba con Pietro por cómo me había tratado, me besaba, yo lo rechazaba, él murmuraba que estaba loca. Pero por más que le insistiera, nunca reconoció que hablaba con su mujer; al contrario, juró por su hijo que desde el día en que se había marchado de Nápoles no tenía noticias de ella.

—Entonces, ¿con quién hablabas?

—Con un colega que está en este hotel.

—¿A las doce de la noche?

—A las doce de la noche.

—Mentiroso.

—Es la verdad.

Me negué durante un buen rato a hacer el amor, no podía, temía que hubiera dejado de quererme. Después cedí para no tener que pensar que todo había terminado.

A la mañana siguiente, por primera vez después de casi cinco días de convivencia, me desperté malhumorada. Había que regresar, el congreso estaba a punto de concluir. Pero no quería que Montpellier fuese un paréntesis, temía regresar a casa, me daba miedo que Nino regresara a la suya, temía perder para siempre a las niñas. Cuando Augustin y Colombe nos invitaron de nuevo a ir con ellos en coche hasta París y se ofrecieron incluso a alojarnos, se lo pregunté a Nino con la esperanza de que él también quisiera aprovechar la ocasión para prolongar el viaje, demorar el regreso. Pero él negó desolado con la cabeza, dijo: imposible, tenemos que regresar a Italia, y habló de aviones, de billetes, de trenes, de dinero. En mi fragilidad, sentí decepción y rencor. No me equivocaba, pensé, me mintió, la ruptura con su mujer no es definitiva. Había hablado con ella todas las noches, se había comprometido a regresar a casa al terminar el congreso, no podía demorarse ni siquiera un par de días. ¿Y yo?

Me acordé de la editorial de Nanterre y de mi relato breve y sesudo sobre la invención de la mujer por parte del hombre. Hasta ese momento no había hablado de lo mío con nadie, ni siquiera con Nino. Había sido la mujer sonriente, aunque casi siempre muda, que se acostaba con el brillante profesor de Nápoles, la mujer siempre pegada a él, atenta a sus exigencias, a sus pensamientos. Y dije con fingida alegría: Nino tiene que regresar, pero yo tengo un compromiso en Nanterre; está a punto de publicarse —o quizá ya se ha publicado— un trabajo mío, un texto a medio camino entre el ensayo y el relato; casi que aprovecho y me voy con vosotros, así paso por la editorial. Los dos me miraron como si justo en ese momento yo hubiera empezado a existir, y me preguntaron a qué me dedicaba. Les conté, y en la conversación me enteré de que Colombe conocía bien a la señora que gestionaba la editorial pequeña pero, como descubrí en ese momento, prestigiosa. Me dejé llevar, hablé con demasiada intensidad y quizá exageré un poco con mi carrera literaria. Pero no lo hice por los dos franceses, sino por Nino. Quise recordarle que tenía una vida propia llena de satisfacciones, que si había sido capaz de abandonar a mis hijas y a Pietro, también podía prescindir de él, y no al cabo de una semana, ni de diez días: enseguida.

Él se quedó escuchando, y luego dijo serio a Colombe y Augustin: de acuerdo, si para vosotros no es molestia, aceptamos la invitación e iremos con vosotros en el coche. Sin embargo, cuando nos quedamos solos me soltó un discurso nervioso en el tono y apasionado en el contenido, cuya esencia era que debía fiarme de él, que a pesar de que nuestra situación era complicada, la resolveríamos, pero para ello debíamos regresar a casa, no podíamos huir de Montpellier a París y luego a saber a qué otra ciudad; era preciso que nos enfrentáramos a nuestros cónyuges y nos fuéramos a vivir juntos. De golpe lo noté no solo razonable sino sincero. Me quedé confundida, lo abracé, murmuré: de acuerdo. Así y todo nos fuimos igualmente a París; yo quería unos días más.

 

 

5

 

Hicimos un largo viaje, soplaba un viento fuerte, llovía a ratos. El paisaje era de una palidez incrustada de herrumbre, pero el cielo se abría a tramos y todo se volvía brillante, empezando por la lluvia. Me abracé a Nino todo el tiempo, a veces me quedaba dormida sobre su hombro, otra vez, y con deleite, me sentí mucho más allá de mis confines. Me gustaba la lengua extranjera que resonaba en el habitáculo del coche, me gustaba estar yendo hacia un libro que había escrito en italiano y que, gracias a Mariarosa, salía por primera vez a la luz en otro idioma. Qué hecho extraordinario, cuántas cosas asombrosas me pasaban. Sentí aquel librito como una piedra mía lanzada con una trayectoria imprevisible, a una velocidad que no tenía comparación con la de las piedras que de pequeñas Lila y yo lanzábamos contra las bandas de chicos.

Pero el viaje no fue siempre bien, a ratos me entristecía. Además, enseguida tuve la impresión de que Nino le hablaba a Colombe con un tono que no usaba con Augustin, sin contar que le tocaba demasiado a menudo el hombro con la punta de los dedos. Poco a poco mi malhumor fue en aumento, vi que los dos se tomaban muchas confianzas. Cuando llegamos a París ya estaban en óptimas relaciones, los dos charlaban sin parar, ella se reía a menudo arreglándose el pelo con un gesto instintivo.

Augustin vivía en un bonito apartamento en el canal Saint-Martin, al que Colombe se había mudado hacía poco. Ni siquiera después de que nos indicaran nuestra habitación, nos dejaron ir a la cama. Me pareció que temían quedarse solos, sus charlas no terminaban nunca. Estaba cansada y nerviosa; yo había querido ir a París y ahora me parecía absurdo encontrarme en aquella casa, entre extraños, con Nino que apenas me prestaba atención, lejos de mis hijas. Una vez en nuestra habitación le pregunté:

—¿Te gusta Colombe?

—Es simpática.

—Te he preguntado si te gusta.

—¿Quieres pelea?

—No.

—Entonces piensa un poco. ¿Cómo puede gustarme Colombe si es a ti a quien quiero?

Me asustaba cuando adoptaba un tono ligeramente áspero, temía verme en la necesidad de reconocer que algo no funcionaba entre nosotros. Se muestra amable con quien ha sido amable con nosotros, me dije, y me quedé dormida. No obstante, dormí mal. En un momento dado tuve la impresión de estar sola en la cama; intenté despertarme, pero me hundí otra vez en el sueño. Regresé a la superficie no sé cuánto tiempo después. Nino estaba de pie en la oscuridad o eso me pareció. Duerme, dijo. Volví a quedarme dormida.

Al día siguiente nuestros anfitriones nos acompañaron a Nanterre. Durante todo el viaje Nino siguió bromeando con Colombe, hablando con indirectas. Me esforcé por no hacer caso. ¿Cómo podía pensar en irme a vivir con él si tenía que dedicarme a vigilarlo? Cuando llegamos a nuestro destino y también se mostró sociable y seductor con la amiga de Mariarosa, propietaria de la editorial, y su socia —una rondaba los cuarenta y la otra, los sesenta, ambas distaban mucho de tener la gracia de la compañera de Augustin—, suspiré aliviada. No hay malicia, concluí, trata así a todas las mujeres. Y al final volví a sentirme bien.

Las dos señoras me agasajaron mucho y preguntaron por Mariarosa. Supe que mi relato estaba en las librerías desde hacía poco pero ya habían salido un par de reseñas. La señora mayor me las enseñó; ella misma parecía asombrada de lo bien que se hablaba de mí y destacó ese aspecto dirigiéndose a Colombe, Augustin y Nino. Leí los artículos, dos líneas por aquí, cuatro por allá. Los firmaban dos mujeres —nunca las había oído nombrar, pero Colombe y las dos señoras, sí—, y realmente elogiaban el libro sin reservas. Debería haberme sentido satisfecha; el día anterior me había visto obligada a adularme yo sola y ahora ya no necesitaba hacerlo. Sin embargo, descubrí que no lograba entusiasmarme. Desde que amaba a Nino y él me amaba a mí, era como si ese amor convirtiera todo lo bueno que me estaba ocurriendo y que me ocurriría en un mero y agradable efecto secundario. Mostré mi satisfacción con mesura y musité pálidos síes a los planes de promoción de mis editoras. Deberá regresar pronto, exclamó la mujer mayor, o al menos eso esperamos. La más joven añadió: Mariarosa nos ha hablado de su crisis matrimonial, ojalá pueda superarla sin demasiado dolor.

Así descubrí que la noticia de mi ruptura con Pietro no solo había afectado a Adele, sino que había llegado a Milán e incluso a Francia. Mejor así, pensé, eso facilitará que la separación sea definitiva. Y me d ...