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LA NIñA Y SU DOBLE

Alejandro Parisi

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Fragmento

Prólogo

Al igual que los hijos de Nusia, yo también soy hijo de sobrevivientes.

Como muchos descendientes, me crié con estas historias que traspasaban el límite de la condición humana. Escuché estos relatos decenas de veces de boca de sus protagonistas. Como si fuese de manera natural, me nutrí y crecí con estas narraciones que me hicieron entramar el pasado con el presente, y la realidad con cualquier ficción.

Fueron estos testimonios los que me permitirían recorrer en mi imaginación las travesías de la aristocrática e iluminada Lemberg natal de Nusia, que también fuera la ciudad universitaria de mi madre. Y de cómo las mismas calles serían rápidamente transitadas por las sombras de la traición y el dolor agudo, que adquirieron el insoportable hedor de lo tanático.

Las sagas inconclusas e inhabitables hicieron que nosotros, los hijos, nos transformáramos en herederos de las huellas de sus historias, y que, por un mandato misterioso, debiéramos indagar en hondos cenagales las insondables memorias signadas por territorios vacíos, que jamás son lugares comunes. Cada relato es diferente, no por un carácter exclusivamente intransferible, sino porque, como en un juego cabalístico, son millones de mundos los que interpelan el recuerdo y exigen ser contados sin aturdirnos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Ser sucesores de esa generación hizo que no pudiéramos hablar ni escribir sobre el tema sin involucrarnos en la hondura de las experiencias inefables, y que en más de una noche evocáramos algún grito silencioso que humanamente nos pregunta por qué. La descendencia nos eleva, otorgándonos un significado. Simboliza que no estuvimos allí, pero el allí nos atraviesa. Pasa por nosotros transformando quiméricamente lo lejano en cercano, confrontándonos con dilemas éticos, con decisiones hipotéticas, con apegos emocionales y con respuestas que demandan correr riesgos.

Ser testigos de un testimonio nos obliga a disponernos de manera obsesiva —sin que la obsesión denote algo perjudicial— para confesarnos en el lugar más celebrado de la conciencia aquella duda de saber cómo hubiésemos actuado nosotros con nuestro entorno y en nuestra generación. Es ahí donde el testimonio nos incluye. Y en la inclusión nos compromete.

La transmisión examina la calidad de la perseverancia y pone a prueba el coraje para que la historia no nos sea ajena. La sacralizada inmensidad que reviste cada palabra de este libro hubiese alcanzado para ser un relato en sí mismo. Ello hace que su lectura no pueda resultar la de una mera biografía.

La de Nusia no es cualquier vida. Contiene la profundidad de un drama que añade algo oculto a toda esta vivencia. Me arriesgo pensar que de eso se trata la categoría plena de sobre-vivencia. Y es el enigma indescifrable lo que probablemente le permitió junto a su amado Julio z”l1, redescubrir el amor, y con pulsión de existencia dejarse guiar hacia lo simple, que resulta lo más sublime: construir una familia, soñar con nietos, apostar a la esperanza y nunca a la venganza.

Sabia y generosa fue la decisión de sus hijos de estimular a su madre a contar su historia y, así, ofrecer su valioso testimonio. Un gran modo de honrarla a ella, y a los que fueron.

Dijo Shlomó entre sus Proverbios:

Se levantan sus hijos y aclaman-

muchas mujeres hicieron bien,

pero tú te destacas.

RABINO DANIEL GOLDMAN

Buenos Aires / octubre de 2013 – jeshvan 5774

1 En hebreo: “bendita sea su memoria”.

a Dante y Vera, mis hijos

1

Subida a una silla, Nusia observaba la calle a través de las ventanas esperando la llegada de Ruzyczka. El día anterior, la institutriz le había prometido que irían de paseo al parque. Pero la muchacha no llegaba, y Nusia estaba tan impaciente como podía estarlo una niña de cinco años que esperaba salir de su casa para jugar en el parque. Fridzia, su hermana mayor, estaba en la escuela; Hanna, su abuela paterna, que vivía con ellos, se había marchado a casa de su hija. Y Nusia estaba aburrida.

El repiqueteo de las máquinas de coser le llegaba desde el pequeño taller que sus padres habían montado en una de las habitaciones del enorme departamento en el que vivían. Las costureras no dejaban de trabajar en ningún momento. Nusia bajó de la silla y se dirigió al taller. La puerta estaba entreabierta. Con sigilo, se asomó para ver si su padre estaba en la casa. En cambio, se encontró con Helena, su madre, que conversaba con una de las empleadas sobre los botones que debía coser en el saco que estaba terminando.

Se alejó rápidamente. Tenía prohibido entrar allí en horas de trabajo. Sin embargo, a veces se las ingeniaba para observar a sus padres sin que la descubrieran. Le gustaba ver a su madre dirigiendo a las empleadas, la seguridad con la que les hablaba de los diseños y de las costuras, de los cortes y de las telas que atiborraban aquel cuarto convertido en taller. Pero lo que más le gustaba era ver a su padre conversando con los clientes que hacían sus pedidos de camisas, sacos de fumar, togas y finos piyamas. Abogados, jueces, militares y funcionarios polacos, todos trataban a su padre con respeto y él los seducía con sus formas educadas, sutiles, de hombre de mundo.

De pronto, Nusia oyó el sonido de la puerta al abrirse. Se volvió, esperando que fuera la institutriz, pero en la puerta había dos hombres. Uno de ellos era su padre. Al verlo, Nusia corrió a sus brazos. Durante unos segundos, Rudolph dudó entre acompañar a su cliente a la oficina o marcharse con su hija para disfrutar el sol de aquel día de septiembre. Sin embargo, se limitó a abrazarla, besarle las mejillas y pedirle que volviera a sus cosas para que él pudiera terminar de cerrar una nueva venta.

Nusia protestó en voz baja, sabiendo que mientras el pequeño taller estaba abierto a empleados y clientes ella no debía molestar a sus padres. A veces le costaba aceptarlo: el solo hecho de estar a tan poca distancia de su padre y no poder jugar con él, conversar o simplemente abrazarlo, la ponía de mal humor. Pero debía aceptarlo. Su madre le había explicado que la institutriz, la mucama, la casa, la comida, los paseos, incluso sus juguetes, todo lo que tenían era gracias a ese trabajo.

Al fin, su padre y el cliente se encerraron en la oficina y ella regresó junto a la ventana. Minutos después, Ruzyczka entró a la casa, tan bien vestida como siempre. Al verla, la institutriz la señaló con un dedo acusador.

—Una señorita como tú no puede sentarse así. Te lo he dicho mil veces, Nusia. Junta las rodillas.

—¿Me llevas al parque?

Su casa estaba ubicada a pocos metros de la Ópera y del edificio de la Municipalidad, una de las zonas más exclusivas de aquella ciudad habitada en partes iguales por polacos, judíos y ucranianos, que a lo largo de los siglos había cambiado de manos y de nombre. Al principio se había llamado Lev, en honor al hijo del rey de Daniel de Galitzia, quien la fundó en 1256. Cien años después, los polacos la conquistaron y le dieron otro nombre. En 1772, la ciudad había sido tomada por los austríacos, que la llamaron Lemberg y la convirtieron en capital de Galitzia, una de las provincias más importantes del Imperio Austro-Húngaro. Al fin, tras la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio, los polacos volvieron a apoderarse de ella y la rebautizaron con el nombre por el que todos la llamaban ahora: Lwow.

Pero de esa historia Nusia sabía poco y nada. Para ella, Lwow era un hervidero de gente que iba de un lado a otro conversando en polaco, idish y ucraniano, entrando y saliendo de bellas iglesias grecorromanas, de imponentes catedrales católicas y de sinagogas de fachadas austeras. Le gustaba ver gente tan distinta a su alrededor.

Al salir a la calle, como siempre, corrió hasta el mercado que cada semana los campesinos del interior montaban en el centro para vender sus animales, sus panes, sus frutas y verduras a la gente de la ciudad. Durante los pocos minutos que a Ruzyczka le tomó encontrarla, Nusia se dedicó a observar a aquellos campesinos y a los judíos ortodoxos con sus trajes, tan extraños y distintos a los que fabricaba su padre.

Al fin, Ruzyczka la tomó de la mano y la arrancó del mercado perfumado por el estiércol de los animales. Juntas, se alejaron por la calle principal. Tenían un par de horas antes de que Fridzia saliera de la escuela. Compraron unas galletas de miel en una tienda y se dirigieron al parque.

Era una muchacha inteligente, de buena familia, como ella. Sabía de libros y de gente importante. Había cursado la carrera de Filosofía en la Universidad, pero no podía ejercer como profesora porque la cuota de judíos estaba cubierta. Debía esperar que alguno se jubilara, se muriera o se marchara para ocupar su lugar, y mientras tanto desempeñaba trabajos para los que estaba sobrecalificada.

Estaban conversando en el parque cuando, a lo lejos, oyeron unos gritos. De pronto, Nusia vio un grupo de hombres armados con palos que cruzaban el césped y sintió que Ruzyczka la rodeaba con los brazos para protegerla. Los hombres comenzaron a apalear a todas las personas que encontraron en el parque al tiempo que, como un coro fúnebre, repetían:

—Fuera los judíos, las judías con nosotros.

Confundida, Nusia miraba la escena a la distancia, y hubiera seguido mirando si Ruzyczka no la hubiese obligado a alejarse del lugar.

Se dirigieron a la puerta de la escuela de Fridzia, y cuando la vieron salir, Nusia se apuró a contarle todo lo que había visto. Su hermana se horrorizó con eso que a Nusia le causaba tanta curiosidad.

Era viernes, y mientras en Lwow los polacos perseguían a los judíos desprevenidos, otros judíos se disponían a comenzar el Shabbat. Como todos los viernes, en casa de los Stier las velas encendidas proyectaban sombras extrañas en el techo. Sentados a la mesa, Nusia, Fridzia y Helena esperaron que Rudolph se lavara las manos en el cuenco que tenía junto a él, sobre la mesa. Luego, lo oyeron murmurar una oración y sólo entonces comenzaron a comer. Excepto por la vajilla, la comida kosher y la mezuzhá enclavada sobre el marco de la puerta, la casa era muy distinta a la de muchos judíos. Había comenzado el Shabbat, pero las luces estaban prendidas y, al día siguiente, en lugar de a la sinagoga, sus padres irían al teatro.

Rudolph apenas había probado el pescado relleno. Estaba impaciente. De a ratos, se asomaba a la ventana y regresaba a la mesa.

—¿Dónde se habrá metido? —preguntó.

—En casa de tus hermanos. Siempre hace lo mismo, no sé por qué te preocupas. Tu madre me teme más a mí que a Petliura.

—¿Quién es Petliura? —preguntó Nusia.

—Un ucraniano que llevó adelante cientos de pogromos —respondió su padre.

—¿Y qué es un pogromo? —insistió Nusia.

—Algo mucho peor que lo que has visto hoy en el parque —respondió su madre, con gesto ausente.

Al fin, cuando se abrió la puerta y Rudolph vio entrar a su madre, se acodó en la mesa con alivio. La abuela Hanna saludó a todos en voz baja, se excusó por su tardanza y se dirigió a su cuarto. Cuando regresó, ocupó su lugar en la mesa y comenzó a comer. Nusia no entendía por qué su abuela se pasaba el día afuera. Tampoco que no hablara con su madre.

Cenaron en silencio. Cuando las niñas se fueron a dormir, Rudolph y Helena se marcharon a tomar una copa al café Roma. Más tarde irían al cine, con la confianza de que la ciudad hubiera recuperado su calma habitual.

2

El invierno de 1938 fue uno de los más crudos y más largos que Nusia recordaba. Había comenzado a nevar en diciembre, y el 26 de marzo, el día en que cumplía ocho años, al despertarse, a través de las ventanas Nusia vio que Lwow seguía cubierta de nieve. Después de lavarse y vestirse, se dirigió a la sala a desayunar. Sus padres la esperaban con un paquete envuelto en papel dorado y un enorme moño rojo. Mientras Mania servía el té y las galletas, ella se apuró a abrir el regalo. Era una muñeca vestida de encaje, rubia y de ojos claros, con las mejillas sonrosadas.

Ella y Fridzia desayunaron rápidamente. No tenían tiempo que perder. El trineo vendría a buscarlas de un momento a otro. Tomaron sus carteras con los útiles escolares, libros y lápices, se cubrieron con largos abrigos, bufandas y guantes y se despidieron de sus padres. En la puerta de calle se cruzaron con las empleadas que llegaban para trabajar en el taller. Mala, la más joven de todas, abrazó a Nusia y le deseó un feliz cumpleaños.

Cuando las muchachas entraron al edificio, las dos hermanas salieron a la calle. Las recibió un viento gélido que les llenó los ojos de lágrimas. A los costados de las veredas, la nieve barrida para permitir el paso de los carros y automóviles se amontonaba en blancas montañas que se perdían en el horizonte. Los árboles, con sus hojas escarchadas, parecían esos pinos que los católicos decoraban para celebrar la Navidad.

Una junto a la otra, Nusia y Fridzia vieron llegar el trineo tirado por los dos caballos azabaches. El cochero, un polaco de mejillas encarnadas, llevaba un sombrero ruso de piel que le ocultaba medio rostro. Las niñas se subieron al trineo. El cochero fustigó a los animales y comenzaron a andar.

Al entrar en la escuela, Nusia se encontró con su prima. Sara era hija de una hermana de su padre, y ese era el único contacto que Nusia tenía con su familia paterna. A veces iba a casa de Sara a jugar o a estudiar, pero los padres de ambas nunca se veían. Como la abuela Hanna, su tía también evitaba a su madre. Nusia no entendía aquella distancia, sin embargo ni unos ni otros les impedían a las niñas ser amigas.

Las niñas se abrazaron y se dirigieron al aula tomadas de la mano.

Cuando llegó la hora de la clase de religión, Nusia, Sara y los demás niños judíos abandonaron el aula. Desde el patio pudieron ver al sacerdote que entraba para darles clase a los niños católicos.

A la salida las esperaba Ruzyczka. Nusia le pidió que las llevara a su casa. A veces, cuando les sobraba tiempo después de hacer las tareas escolares, la institutriz las llevaba a su propia casa para hablarles de los libros de historia, filosofía y literatura que atiborraban los anaqueles que cubrían las paredes de la sala. Ruzyczka sabía de todo, más, incluso, que los maestros de la escuela. Pero aquel día Ruzyczka dijo:

—No. Hoy comenzarán a tomar clases de hebreo. 

Nusia y Fridzia se miraron.

—¿Hebreo? —preguntaron a coro.

—El señor Rudolph ha contratado a un rebe que les enseñará el alfabeto para que puedan leer las oraciones.

Envuelto en su caftán negro, con un sombrero recubierto de piel al estilo ruso, con el rostro enmarcado por una larga barba rala y unos peies ensortijados, el rebe esperaba sentado en una silla con los ojos entrecerrados. Era un anciano arrugado y tembloroso, que al verlas llegar clavó los ojos en suelo para evitar mirar a la bella Ruzyczka.

Primero las saludó en hebreo, pero al ver que las niñas no contestaban tuvo que saludarlas en idish. Las niñas seguían impasibles. Al fin, con un gesto de derrota, el rebe les deseó los buenos días en polaco. Nusia y Fridzia le devolvieron el saludo. Nusia sintió un fuerte olor a cebolla, pero tardó un rato en darse cuenta de que provenía de las ropas del rebe. Se dirigieron a la mesa de la sala y se quedaron en silencio, mirándolo con una curiosidad burlona. El rebe retiró un libro de tapas de cuero de su cartera y lo abrió en el centro de la mesa.

Las niñas miraron el margen izquierdo mientras el dedo índice del rebe señalaba el margen derecho. De pronto, el hombre comenzó a leer, balanceando la cabeza como si rezara. Al fin, ellas comenzaron a repetir las palabras que el otro les decía, esforzándose en vano por pronunciar con corrección.

La clase las aburrió demasiado. Poco antes de que se cumpliera la hora, Fridzia deslizó una mano dentro de un bolsillo y retiró una moneda. Con delicadeza, la deslizó hasta el trozo de mesa que miraba el rebe y dijo:

—Si se marcha ahora y no le dice nada a nuestro padre, mañana le daremos otra moneda.

—Fridzia —dijo Ruzyczka, escandalizada.

Sin embargo, el rebe, incómodo por la incomodidad que le producía la presencia de Ruzyczka y la falta de interés de las niñas, se guardó la moneda y se despidió con una sonrisa.

Por la tarde Rudolph y Helena dejaron de ser los directores del taller de camisas, togas, sacos y piyamas de la fábrica Rud-Star y volvieron a ocupar sus funciones de padres. Ruzyczka, que ya había supervisado el baño y el cambio de ropa de las niñas, se despidió de todos y se marchó para que la familia pudiera disfrutar del cumpleaños de Nusia.

La tía Ruzia, la hermana de Helena, llegó con su familia poco antes del anochecer. Al entrar, Eva, su prima, abrazó a Nusia y la besó en la frente. Le llevaba ocho años, pero a pesar de la diferencia de edad ambas tenían una relación muy cercana. Para Nusia, su prima era un espejo que mostraba el futuro que ella quería para sí: una mujer bella, inteligente, con una picardía mordaz. Mientras sus padres y su hermano Sigmund saludaban a los padres de Nusia, Eva le dijo al oído a Nusia:

—¿Así que quieres aprender hebreo?

Y soltó una carcajada. Nusia le dio un pisotón. Eva se tomó el pie sin dejar de reír, al tiempo que decía:

—El rebe es maestro de Sigmund, así que la culpa es suya, no mía. ¿Dónde está la abuela Hanna?

Hanna no era abuela de Eva, pero ella le había tomado un cariño inmenso porque le encantaba oírla hablar. Inmediatamente, las tres niñas se dirigieron al cuarto de su abuela.

Al mismo tiempo, Helena y Ruzia se marcharon a la cocina para conversar y asegurarse de que Mania tuviera la comida lista. Las dos hermanas eran tan inseparables como sus hijas. En 1914, cuando los cosacos invadieron su ciudad natal y su madre con sus hermanos se marcharon a pie a Checoslovaquia, ellas dos habían partido a Viena para aprender un oficio. Allí pasaron los cuatro años que duró la guerra. Mientras Helena aprendía a diseñar moldes de prendas de vestir, Ruzia se había dedicado a la confección de finos sombreros. Pero ahora la única que trabajaba era Helena. No por necesidad, sino porque disfrutaba del trabajo. Ruzia no. Se había casado con Isidoro, un judío que tenía la representación de una firma textil francesa en Polonia y viajaba por todo el país vendiendo finas prendas que le procuraban bastante dinero y le evitaban a ella esfuerzos que no le causaban la mínima satisfacción.

Ahora Isidoro estaba en la sala con Sigmund, su hijo, junto a Rudolph. Bebían té y conversaban sobre las noticias que llegaban de Alemania.

En el cuarto de la abuela, Nusia, Fridzia y Eva estaban sentadas en torno a Hanna, que se peinaba el largo cabello frente a su tocador.

—¿Es cierto que has bailado con el príncipe Rudolph? —preguntó Eva, que conocía la anécdota pero disfrutaba la manera en que la abuela Hanna solía contar sus historias.

—Niñas, no saben lo bello que era. Fue en un baile, aquí en Lemberg. Rudolph de Habsburgo-Lorena había llegado más tarde que los invitados, y su presencia fue anunciada con un sonido de trompetas. Vestía unos pantalones rojos de pana y su casaca blanca, cargada de botones de oro y medallas. Apenas entró, se fijó en mí.

Hanna suspiró, sin dejar de mirarse al espejo. Su amor platónico por el príncipe era tan fuerte que le había puesto su nombre a su propio hijo, el padre de Nusia. Durante unos segundos, en sus ojos húmedos de anciana brilló un lejano fulgor de juventud.

—¿En qué año, abuela?

—En qué siglo, diría yo. Fue en 1870, antes de que la maldita baronesa Vetsera lo llevara al suicidio.

—¿El príncipe se suicidó? —preguntó Fridzia.

—Sí, pero mejor hablemos del baile. ¿Quieren oír?

Las tres niñas asintieron. La abuela se miró por última vez al espejo y se volvió hacia ellas. Acomodándose el cabello detrás de las orejas, dijo:

—En ese entonces yo no era esta uva arrugada que soy ahora. Tenía la carne firme, y mis vestidos estaban llenos de curvas.

Nusia cerró los ojos, con una sonrisa.

—Un ujier del príncipe se acercó a mí poco antes de que la orquesta comenzara a tocar y me dijo: “Su Majestad desea invitarla a bailar la próxima pieza”. Podrán imaginarse. Tenía ganas de correr y besarlo. Pero…

En ese momento llamaron a la puerta. Las cuatro mujeres se volvieron: la mayor, frustrada por haber visto interrumpido su relato; las niñas, porque preferían oír a la abuela antes que cenar con sus padres. Al otro lado de la puerta, Ruzia y Helena les ordenaron que se apuraran: la comida estaba lista.

Cuando salían del cuarto, Nusia le preguntó a Eva:

—¿Son ciertas las historias que cuenta la abuela?

Eva rió.

—¿Y eso qué importa?

Eva no era la única que caía rendida ante la locuacidad de la abuela Hanna. Mujer inteligente que había sabido ser bella, recibía constantes llamados e invitaciones para cenas y paseos. Todos querían oírla hablar. Sin embargo, la abuela apenas hablaba en presencia de su hijo y su nuera.

Las clases de hebreo y las propinas que las acortaban duraron cerca de un mes. Al fin, hartas del tembloroso rebe que olía a cebollas y las obligaba a repetir oraciones religiosas que no entendían y que no les generaban el menor interés por aquella lengua, Nusia y Fridzia decidieron hablar con su padre.

—Es insoportable —dijo Nusia.

—Pero, Nusia, deben aprender hebreo. Todos los judíos debemos saber la lengua santa.

—Tú hablas idish, ¿por qué debo aprender hebreo? Enséñame idish.

—No, tienes que aprender hebreo.

—Entonces que sea con otro profesor —dijo Fridzia.

Su padre las miró en silencio. Con el ceño fruncido, se esforzaba para no transmitir en sus gestos cuánto le divertía el planteo de sus hijas. Al fin, a la semana siguiente, al llegar de la escuela, Nusia, Fridzia y Ruzyczka se encontraron con un hermoso muchacho vestido a la manera occidental, de cabellos y ojos negros, con una mirada seductora.

Antes de que ellas dijeran nada, el muchacho señaló la mesa y dijo cómo se decía “mesa” en hebreo. Después hizo lo mismo con la lámpara, y los libros, y los zapatos de Nusia. Ellas repitieron y sin darse cuenta comenzaron a aprender sus primeras palabras.

Meses más tarde, la familia de Nusia y la de su prima Eva volvieron a reunirse. Esta vez, no estaban para festejos. Helena les pidió a las niñas que se dirigieran al cuarto de Nusia, a jugar, mientras los mayores se sentaban en torno a la radio. Las noticias desde Alemania eran aterradoras. Nusia podía notarlo en el gesto de preocupación de su padre. Su tío, en cambio, parecía sereno. Fridzia y Eva se marcharon al cuarto. Nusia, en cambio, permaneció unos minutos en la sala, sin dejar de mirar a su padre.

Desde la radio le llegaban frases aisladas que no era capaz de comprender. Lo único que estaba claro era que en Alemania los judíos estaban siendo perseguidos.

Al fin, escuchó a su padre soltar un insulto, como nunca antes había escuchado.

—Son unos animales.

—Rudolph, no seas necio —dijo el tío Isidoro.

—¿Necio? ¿No oyes lo que dicen? No quiero ni pensar lo que debe estar sufriendo mi familia en Dresde.

—La radio exagera. Sólo los están enviando hacia aquí.

—Pero, ¿y si deciden invadirnos?

—No será la primera vez. Y, en todo caso, si llegan los alemanes, nos obligarán a todos los hombres judíos a trabajar para ellos. A los niños y las mujeres no les pasará nada, ellos son sagrados para los alemanes —dijo Isidoro.

Rudolph no parecía tan seguro. De pronto, la tía Ruzia dijo:

—Miedo debemos tenerles sólo a los rusos. Si los que invaden son ellos, estaremos perdidos.

—Quemarán las ciudades, matarán a los niños, violarán a las mujeres… —comenzó a decir Helen, pero al descubrir a su hija medio escondida tras el marco de la puerta gritó—: Nusia, al cuarto.

A principios del año siguiente, llegó a Lwow la familia que Rudolph tenía en Dresde. O parte de ella: su prima Edwarda y su hijo Hans eran los únicos que habían sobrevivido a “la noche de los cristales rotos”. Rudolph los invitó a cenar la misma noche de su llegada.

Lo poco que sabía de las penurias de su primo y su tía le había bastado a Nusia para imaginar que ellos estarían asustados, y sobre todo furiosos con los alemanes que los habían expulsado del país donde habían vivido desde hacía más de veinte años.

—Desgraciados alemanes —dijo Rudolph al abrazar a su prima.

—Ellos sabrán lo que hacen —respondió ella.

Rudolph, Fridzia, Nusia y Helena la miraron esperando que fuera una broma. Pero Edwarda hablaba en serio.

—Alemania nos permitió vivir allí, pero los judíos no aceptaron mezclarse. Siempre andan con esas ropas extrañas, esas barbas antiguas… se lo tienen merecido.

—Pero, ¿no te han expulsado? ¿No has tenido que abandonar tu casa, tu ciudad?

—Por culpa de los judíos.

—Tú eres judía.

—No como ellos.

3

En 1939 Nusia comenzó cuarto grado. Pero aquel año no sería recordado justamente por eso. En septiembre, el verano terminaba y las calles estaban llenas de niños que se dirigían a las escuelas o regresaban de ellas. Mientras Nusia y Fridzia se preparaban para salir, su padre entró a la casa bastante agitado. Tenía la frente húmeda de sudor, el último botón desabrochado y la corbata le colgaba del cuello, a media altura de la camisa.

—¿Tú no debías reunirte con el escribano Kowalski? —preguntó Helena.

—Sí, pero ha pasado algo —dijo Rudolph, misterioso.

—¿Qué?

Rudolph señaló a las niñas, dándole a entender a su mujer que no quería hablar delante de ellas. Pero Helena no le hizo caso.

—Eso que ha pasado, ¿es tan importante como para que dejes de trabajar?

—Han comenzado a bombardear Varsovia.

—¿Quiénes?

—Los alemanes.

—Tardarán algunos días en llegar —dijo Helena, asomándose a la ventana, como si buscara confirmar su serenidad con la tranquilidad de la calle.

—No. Hacia aquí vienen los rusos.

Sólo entonces Helena comprendió la gravedad de las noticias, y se puso pálida. Nusia y Fridzia tomaron sus carteras e intentaron salir, pero su madre las retuvo.

—Ustedes no irán a ninguna parte.

Inmediatamente, su padre encendió la radio. Todos se reunieron en torno a ella, incluso Mania y las costureras polacas. El locutor hablaba con voz entrecortada: Polonia estaba siendo invadida por Alemania desde el oeste, y por el ejército rojo desde el este. En casa de los Stier, las costureras comenzaron a rezar sus oraciones católicas. En la Primera Guerra, todas ellas habían perdido familiares en manos de los cosacos. Ahora, la proximidad del ejército rojo volvía a traerles las historias con las que se habían criado desde pequeñas: siglo tras siglo, generación tras generación, los polacos habían heredado un terror acérrimo a los rusos.

Los aviones de la Luftwaffe llegaron a Lwow ese mismo día, al anochecer. Desde el departamento, a través de las ventanas, Nusia y su familia vieron los refucilos de las bombas que caían sobre el aeropuerto y los tendidos ferroviarios que comunicaban la ciudad con el resto de Polonia. Las campanas de las iglesias repicaban, advirtiendo a los habitantes de la llegada de los bombarderos. Las paredes del departamento vibraban con los estruendos. Era como si el edificio fuera a caerse sobre ellos. Durante toda la noche, los aviones llenaron el cielo de fuego. En su casa, abrazada a su padre, junto con su hermana, su madre, su abuela y Mania, Nusia mantuvo los ojos abiertos hasta que se lo permitió el cansancio. Al fin, cuando en el cielo oscuro el fuego de las bombas les dejó sitio a las ...