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LA PERTENENCIA (CABALLO DE TROYA 2016, 1)

Gema Nieto

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Fragmento

 

 

 

 

A la que fue mi familia hace más de veinte años.

A quien es mi familia hoy: Sofía.

«Todos y cada uno se desvanecieron como brillantes estrellas ante el sol. Se apagaron tranquila y catastróficamente. No quedó de ellos ni un pedazo, excepto el recuerdo de su resplandor y de su gloria. Ahora fluyen dentro de mí, como un vasto río cegado por estrellas fugaces. Forman el negro río que fluye y mantiene el eje de mi mundo en constante revolución (...).

¿Cuándo ocurrió todo esto, que yo nunca he podido olvidar, a pesar de que ya no existe?».

HENRY MILLER, Primavera negra

 

«El pez no era ella. Yo estaba allí, miraba, lo vi. Creí que era ella, pero no era. No era mi madre».

WILLIAM FAULKNER, Mientras agonizo

 

Se la llevan. Es la mañana de Reyes, y se la están llevando. Desde el mueble cama del comedor reconvertido en su cuarto (no hay más habitaciones en la casa), la hija escucha a los camilleros en el pasillo, el chocar de las pequeñas ruedas en las esquinas. Están a punto de salir por la puerta, y de que la puerta se cierre. Su madre no volverá nunca a recorrer esos pasillos. Es la última vez que estará en su casa. La hija se queda inmóvil, escuchando la puerta cerrarse.

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Había una luz de enfermedad en la habitación de sus padres. Las paredes parecían de paja, la lamparita siempre como a punto de apagarse. Ella entraba silenciosa a enseñarle dibujos a su madre, a leerle un soneto recién descubierto o un capítulo de algún libro, y luego se quedaba abrazada a ella en la cama hasta que le decían que tenía que dejarla descansar. Cuánto tiempo más iba a tenerla. Por las noches el reloj del comedor no la dejaba dormir, anunciaba con fuertes campanadas las horas y las medias pero su abuela reaccionaba siempre ofendida cuando pedía permiso para detener el péndulo a la hora de acostarse. Escuchaba a su madre vomitar, desde el salón la siniestra sintonía del telediario de madrugada y a su abuela implorando en voz alta y se tapaba los oídos y la cabeza con la manta, no menos aterrorizada que en aquel campamento años atrás, cuando la enfermedad aún no existía pero ella ya intuyó de alguna manera que no iba a pasar mucho tiempo hasta perderla.

El hermano de la mujer enferma es la persona más sola en el mundo. Se levanta cada mañana sabiéndolo. Le gusta ponerse un anillo de pedrería en el dedo meñique, los pantalones perfectamente planchados con raya, tener todas sus pertenencias ordenadas en una impoluta disposición casi enfermiza. No tiene amigos. Ni siquiera cuenta como tales a sus antiguos compañeros de la oficina en la que trabajaba, era jefe de personal de una ferretería situada en plena Gran Vía (recuerda a su sobrina, muy pequeña, no correteando por su despacho porque siempre fue una niña calmada, pero sí observando con avaricia infantil las estanterías un par de veces que su hermana y su cuñado fueron a recogerle, y todas las cintas de vídeo, los muñecos, las maquinitas que sacaba para ella), hasta que llegó la baja por depresión. Toda su vida (y ya pasa de los cincuenta) ha sido un hombre endeble, frágil, extremadamente sensible a todo. Solitario. En toda su vida, que se despliega ante él sin relaciones sentimentales, sin grandes amistades ni historias especiales que legar, sin logros épicos ni mayores tragedias, computando simplemente el esfuerzo diario de los horarios laborales, el placer de llegar a casa y descansar, la rutina deseada y tranquilizadora, las ínfimas satisfacciones cotidianas más allá de las cuales no pide ni ambiciona nada más, sólo ha contado con su madre y con su hermana, a la que ama con locura. Igual que a su sobrina, por la que se ha desvivido desde que nació, a la que desde que nació, cada año, cada día, ha cubierto de regalos y de atenciones, a la que ha contribuido como nadie a malcriar hasta convertirla en una adolescente arisca que siempre que tiene posibilidad demuestra cuánto le odia. Hasta ahora bastaba con esto, su vida miserable y bondadosa se compensa así, y en ella no cabe el más mínimo pensamiento de pérdida. No puede ser que su hermana se esté muriendo, es sencillamente imposible de concebir. Existe sin embargo la sospecha en su corazón de que el día que ella falte él se disolverá en cuerpo y espíritu. Volverá al alcohol (porque ahora no bebe tanto, ahora todavía lo controla) y se dejará ir sin reproches ni ataduras ni sentimiento de obligación con nadie. Ni siquiera con su sobrina. La niña quedará en manos de su cuñado, sabrá apañárselas. O no, pero a él no le quedarán fuerzas para luchar por nada. Las únicas que tiene las emplea en levantarse muy temprano, asearse, peinarse bien y ponerse sus impecables pantalones con raya, su anillo de pedrería en el dedo meñique. Intenta no hacer ruido. Su madre, su hermana, el marido de ésta y su sobrina aún duermen. Es la mañana de Reyes, y dentro de unas horas llegarán los camilleros.

Durante el camino de vuelta, va sólo fijándose en la luz roja del coche que está delante de él en la carretera. Es como mirar una farola con los párpados entrecerrados para que el amarillo se extienda. La ha dejado sola, en el hospital, como todos aseguran que es mejor, ha permanecido a su lado hasta el último momento permitido y ahora va pensando que es más que probable que no cambie nada en un año, o en cinco, o en toda su vida, y se vaya consumiendo poco a poco la espera, que en realidad nunca fue tal porque en el fondo es consciente de que si el cáncer ya se ha expandido cualquier remedio que intenten será inútil y la esperanza no traerá ninguna cura. Esto lo ha intuido siempre, desde el primer diagnóstico, por eso los días no pueden ofrecerle nada, no van a traer ya nada más que los últimos momentos de compañía que les queden. La casa está vacía desde esa misma mañana en que se la han llevado, y qué puede hacer él cuando una casa ya no es la morada. Pese a todo llega de nuevo allí, sabiendo que las estaciones a partir de entonces dejarán de transcurrir y que se celebrará constantemente una fecha estancada porque allí siempre será día de difuntos, y aprieta el botón del ascensor. Considera por un instante que las mañanas todavía pueden ser agradables porque piensa en su hija y se conmueve, mira la puerta de entrada y es la misma que ha dejado atrás por la mañana —cómo es posible—, pero sabe que en los atardeceres tendrá que enfrentarse otra vez a las luces más violentas y al recuerdo de su nombre, la cama vacía y la noche tras la ventana. Se le caen las llaves de las manos y están frías, están solas, se obliga a soportarlo y se obliga a recogerlas pero la puerta de esa casa ya es extraña para él, ya no existe, y le pende de una tela chorreante la memoria y el terror más absoluto de repente sobreviene con la certeza de que su mujer está durmiendo sola en una cama de hospital y en cualquier momento llamarán por teléfono. Nunca antes tanta tristeza. Con la garganta entre alfileres, al final del día de Reyes allí agachado contra la puerta mientras se hace de noche, espera y reniega y maldice y ruega que todo termine cuanto antes.

El marido no se separa de su cama, todos los días acude al hospital después de dejar a su hija en el colegio, de modo que es su cuñado quien se encarga de recogerla por las tardes. Hacen el camino en silencio, ninguno de los dos busca consuelo en el otro, quizá el tío algo de descarga sobre la sobrina, egoísta, inútilmente, como si él fuera el niño y ella la adulta precoz o sabia que siempre guarda silencio hasta que pronuncia «fuego» y algún objeto arde. Carga con su mochila llena de libros, como si ése fuera el único gesto compasivo del que es capaz. «Tienes que hacerte a la idea de que algunas cosas no se pueden curar», le dice, sin que ella le haya preguntado nada, y al instante se arrepiente de escucharse. O no. «Podrás ir a verla mañana», se apresura a añadir, «con tu padre, después del colegio». Y no sabe si eso para ella supone alivio o condena.

«Llévate la chaqueta, fuera hace frío...». Intenté llegar deprisa hasta la silla y no mirar mientras se descorrían sin voluntad sus párpados, que me parecieron como las cortinas de una balconada inmensa desde donde sólo se veía un espacio en sombra color púrpura; sus dedos estaban colocados de igual forma que los de una virgen desmayada. Pero no existía la oscuridad, la luz aleteaba sobre el suelo y las paredes porque siempre hay tanta claridad en los hospitales por la noche, y además llegaba el sueño, tan despacio, a tocarle los ojos con su varita de serpientes. «Vámonos, volvamos a casa. Otro día podrás venir a visitarla». Así que alguien entonces me sacó de la habitación, o fui yo quien atravesó los pasillos de la clínica sin que nadie tuviera que decirme dónde estaba la salida, mi padre aguardando fuera con el paraguas en la mano y mirando a ninguna parte. Aquello era como un juego, y yo una niña bajando las escaleras que dejaban muy atrás la morgue. Frío, frío, caliente, caliente... Frío fue la última palabra que escuché de su boca, frío su cuerpo cuando me senté en el borde de la cama a mirar qué le traían las enfermeras y me di cuenta de lo poco que pesaban sus muñecas. Y querían sacarme de allí, qué poco sabían. Estaban las flores que habíamos comprado a la salida del colegio, encendidas como esferas de luz, y los cables milagrosos y los brillantes tubos de plástico que convertían la sangre en algo útil de nuevo... pero había algo más latiendo, los corazones que la lloraban, y era posible adivinar todas las cosas, esa noche, velando aquella sangre que muy pronto se posaría bajo la tierra.

Está siendo un marzo muy lluvioso. Al llegar del colegio se tumba en la cama de la habitación de matrimonio sin quitarse el uniforme, sin preocuparse por arrugarlo. En la mesilla hay unas muestras de perfume abiertas que han manchado la superficie de cristal. Las toca levemente con los dedos, todas sus amigas huelen igual ese mes de días nublados cuando ella ya empieza a sospechar que no parte de la misma casilla de salida. Desde la puerta la suave voz de su padre le pregunta amablemente si quiere algo para merendar. Tantas meriendas vacías vendrán después, eso no lo sabe ahora, pero rehúsa. Le enternece de manera inexplicable imaginar a un hombre solo sosteniendo su paraguas bajo la lluvia, de pie frente a las puertas de una clínica, esperando la noticia que no va a tardar en llegar, porque es la imagen que irá siempre asociada a la figura de su padre. Aquel hombre que se marchaba solo a casa tras salir del hospital donde a su esposa algo le devoraba los huesos mientras una adolescente presenciaba cómo el mundo se caía. Se queda quieta, boca arriba, sabiendo en lo más hondo con certeza insoportable, aunque nadie se lo ha dicho ni puede asegurarlo todavía, que su madre jamás regresará a casa.

Marzo. Los idus.

Cuando más tarde la preguntaran o saliera la conversación, algo dentro de ella la llevaría a comentar que lo había sospechado desde la noche anterior cuando escuchó ladrar a los perros, cuando el primer timbrazo del teléfono la alertó. No pudo levantarse, su cuerpo no dio más de sí al ver a su hijo contestar y temblar cuan largo era, los hombros derrumbándose, en los ojos un brillo de aceptación más allá del impacto. Gimió el nombre de su hija, después otra vez, y otra más, cada vez más alto, sin ser consciente al principio de la amarga letanía a la que acababa de dar inicio, primero susurrante, después a gritos. Su hijo no puede hacer más que colgar el auricular, sentir el poder curativo de la espera que se resuelve y acudir a su madre, sostenerla en esos brazos débiles y desposeídos mientras ella grita el mantra, apenas importándole no poder tenerse en pie, apenas deslizándose en su mente hasta explotar el relámpago de que lo que cambia el curso del universo siempre es una llamada telefónica de madrugada.

De pequeña, a menudo, pensaba con frialdad científica en el orden lógico en que morirían los miembros de su familia. La razón (o el deseo) le llevaba a concluir que primero sería su abuela, después su tío y finalmente, en lo que esperaba que fuesen muchos años más tarde, sus padres. Sin necesidad de reflexionar más detenidamente, caía en la cuenta enseguida de que prefería a todas luces que su madre fuese la última.

No puede imaginar cuando se entrega a su siniestro juego que el destino ha decidido recoger el testigo de su escala e invertir caprichosamente los términos de la pirámide.

Por supuesto, él es el encargado de darle a su hija la noticia en el colegio. Días antes, cuando los médicos le comunicaron que el fin era inminente, tuvo que llevarla a casa de su hermana para calmarla. No podía olvidar su llanto descontrolado por la calle, le aterrorizó. Aguarda ahora en la recepción del colegio, con su traje negro, las manos en la espalda y dos profesoras que han tenido con él palabras y gestos amables, a que una de las monjas suba a las aulas, pida permiso para entrar en la de su hija, la avise de que su padre ha ido a recogerla. Se pregunta si lo sabrá desde ese instante, si toda esa escenografía será la corroboración de sus sospechas. Es evidente que sí. Para qué si no iba a presentarse su padre en mitad de las clases. En cualquier momento espera verla aparecer por la puerta que da al hall. Tiene el corazón en un puño, siente la garganta en carne viva. No va a ser capaz de encontrar las palabras, todavía no sabe cuáles escoger. Ahora mismo estará ya bajando las escaleras, en silencio, al lado de la monja que quizá le ha rodeado los hombros con el brazo. Cómo va a decírselo. Las profesoras le han preguntado algo, él no puede responder; tiene la cabeza en otra parte, tan lejos de allí. Su hija surge en el umbral, le parece rubia y blanca como nunca antes. Le cruza la mente un rayo. «Huérfana». Intenta, pese a todo, sonreír al verla. Alarga los brazos hacia ella, cree que debe sostenerla, o más bien apoyarse él mismo en su delgadez. Pero si es una chica lista... ¿a qué viene esa cara de sorpresa, es que no se lo imagina? ¿De verdad va a tener que decírselo, ponerlo en palabras? No hace falta. No sabe si ha llegado a verbalizar algo, pero la inesperada expresión de sorpresa se contrae de repente en otra que él identifica con el miedo, sólo un segundo, porque enseguida brotan las lágrimas no de los ojos de su hija sino de todo su rostro, es como si cada poro las produjera. Escucha palabras sueltas a su alrededor («es inevitable, es inevitable»), las profesoras quieren consolarla, abrazarla, y su cortesía le obliga a tratar de contestar aunque sea vagamente. ¿No debería ser él quien abrazara a su hija en esos momentos, no debería ser él quien encontrara las mejores palabras de consuelo para ella? Y entonces, con otro rayo repentino lo comprende: la muerte de su mujer no es sólo su muerte; es la muerte de todos.

Han salido del colegio por la puerta principal y en la calle una anciana desconocida ha apretado su brazo al verla llorar, como si fuera perfectamente reconocible el motivo, en un gesto que ella no olvidará jamás. En el coche, camino al tanatorio, comienza a atisbar el punto de no retorno que acaba de caer sobre su vida entera, pasado y futuro, pero los términos son tan inabarcables que no puede concebirlos ni entenderlos todavía. Los días y años más oscuros no serán ésos; vendrán más adelante, cuando toda la carga se desplome sobre ella y la inflexión del antes y el después se haga, en el día a día, irrefutable.

Según le cuentan después, su tutora da la noticia a la clase y pregunta quién quiere ir al cementerio. Uno a uno se van levantando todos sus amigos hasta que más de la cuarta parte de la clase está en el estrado y las monjas tienen que alquilar un microbús.

La abuela contempla sus pocos vestidos colgados del armario. No tiene que hacer el esfuerzo de elegir, porque todos son negros. De cada uno, sin embargo, recuerda con exactitud una fecha, un difunto. Cuál ha de escoger para que vaya asociado para siempre a su hija, para ya no quitárselo nunca. Eso piensa, mientras regresa el llanto a las manos y la debilidad a todo un cuerpo demasiado viejo ya para aguantar. Ha de ponerse un vestido de luto por su hija muerta. Y también piensa otra cosa, entre velos, de manera algo opaca pero implacable ahí está ese pensamiento, quizá cruel y vergonzoso aunque clarividente y exacto: que no lo habría sentido tanto si hubiese sido su nieta en lugar de ella.

Para qué detenerse en la llegada al tanatorio, la vuelta a casa, la elección de lápida, el entierro al día siguiente, el breve servicio funerario. Todo son nubes de opio que se disiparán en unos días. Sólo ha escuchado la escueta conversación de su padre con un hombre de traje negro que le explica por qué el mensaje «siempre te recordaremos» es más conveniente, más amable, que «nunca te olvidaremos». Su cara estaba concentradísima en cada palabra, su frente en tensión sopesando durante largo rato una decisión que quizá le vaya a acompañar de por vida. Le ha hecho caso finalmente, eso es lo que pone en la corona de flores. Ella prefería la segunda opción, la del nunca. Pero no ha dicho nada.

Hay un solo instante de terror en mitad de aquella nube narcoléptica, como un súbito abrir de ojos que minutos después de producido no se revela como espanto sino como mero equívoco, y es cuando a la salida de la iglesia ve a uno de sus primos, el mediano, el q ...