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LA PROBABILIDAD ESTADíSTICA DEL AMOR A PRIMERA VISTA

Jennifer E. Smith

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Fragmento

I
18.56, HORA DEL ESTE DE ESTADOS UNIDOS
23.56, HORA DEL MERIDIANO DE GREENWICH

Si eres claustrofóbico, los aeropuertos son cámaras de tortura.

No es solo la inminencia del viaje —apretujados en asientos como sardinas en lata y después catapultados en el aire dentro de un estrecho tubo de metal—, también las terminales, la gente con prisa, la confusión propia del lugar, un zumbido agitado y vertiginoso, todo ruido y movimiento, todo frenesí y clamor, y todo ello encerrado en ventanas de cristal, como en una suerte de monstruosa jaula de grillos.

Esa es solo una de las muchas cosas en las que Hadley procura no pensar mientras espera de pie ante el mostrador de venta de billetes sintiéndose tonta. Fuera, la luz empieza a desvanecerse y su avión ya sobrevuela algún punto del Atlántico, mientras en su interior algo se desinfla, como cuando un globo empieza a perder aire lentamente. En parte se debe a la inminencia del vuelo, en parte al aeropuerto en sí, pero sobre todo —sobre todo— es que se da cuenta de que va a llegar tarde a una boda a la que ni siquiera quiere ir, y hay algo en esta jugarreta del destino que le da ganas de llorar.

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Los auxiliares de vuelo se han reunido al otro lado del mostrador y la miran con gesto impaciente. La pantalla a sus espaldas ya anuncia el siguiente vuelo de JFK a Heathrow, que no sale hasta dentro de más de tres horas, y por su expresión cada vez resulta más evidente que Hadley es lo único que se interpone entre ellos y el final de su turno.

—Lo siento, señorita —dice una de ellos con un suspiro de impaciencia mal disimulado—. Lo único que podemos hacer es tratar de conseguirle un billete para el próximo vuelo.

Hadley asiente sin entusiasmo. Ha pasado las últimas semanas deseando que esto ocurriera, aunque lo cierto es que las circunstancias que había imaginado y que le habrían impedido volar resultaban bastante más trágicas: una huelga general de líneas aéreas; una épica tormenta de granizo; una gripe gravísima o incluso paperas. Todas ellas razones perfectamente aceptables que justificarían que no acompañara a su padre al altar para casarse con una mujer a la que Hadley ni siquiera conoce.

Pero perder el avión por cuatro minutos suena demasiado ridículo, sospechoso incluso, y Hadley no está segura de que sus padres —ninguno de los dos— entiendan que no ha sido culpa suya. De hecho, mucho se teme que lo ocurrido pasará a engrosar esa cortísima lista de cosas sobre las que ambos parecen estar de acuerdo.

Había sido idea suya saltarse el ensayo y llegar a Londres la mañana misma de la boda. Hadley lleva más de un año sin ver a su padre y no está segura de ser capaz de sentarse en una habitación con todas las personas importantes en la vida de este —sus amigos y colegas, el pequeño mundo que se ha construido al otro lado del océano— mientras brindan por su salud y su felicidad, por el comienzo de una nueva vida. Si de ella dependiera, ni siquiera iría a la boda, pero sobre eso no ha habido negociación posible.

—Sigue siendo tu padre —no había cesado de recordarle su madre, como si se tratara de algo que Hadley pudiera olvidar—. Si no vas, lo lamentarás más tarde. Sé que es difícil imaginarlo cuando se tiene diecisiete años, pero créeme: ese día llegará.

Sin embargo, Hadley no está tan segura.

La auxiliar de vuelo está concentrada en el teclado de su ordenador con una suerte de intensa ferocidad, pulsando teclas mientras habla:

—Ha habido suerte —dice levantando las manos en un gesto teatral—. Puedo meterla en el vuelo de las 22.24. Asiento 18 A. Ventanilla.

Hadley tiene casi miedo de preguntar, pero lo hace:

—¿A qué hora llega?

—A las 9.54 —dice la azafata—. Mañana por la mañana.

Hadley piensa en la delicada caligrafía de la invitación de boda impresa en una gruesa cartulina color marfil que ha estado meses en su vestidor. La ceremonia es mañana a mediodía, lo que significa que, si todo marcha como debería —el vuelo, el control de pasaportes, los taxis y el tráfico, todo coreografiado a la perfección— todavía puede llegar a tiempo. Por los pelos.

—El embarque será por esta misma puerta a partir de las 21.45 —dice la auxiliar entregándole la documentación, que está cuidadosamente ordenada dentro de una pequeña funda marrón—. Que tenga un estupendo vuelo.

Hadley camina poco a poco hacia las ventanas e inspecciona las monótonas hileras de sillas grises, la mayoría ocupadas y el resto con las costuras reventadas y dejando ver un relleno amarillo como osos de peluche desgastados por un exceso de mimos. Coloca su mochila sobre la maleta con ruedas y busca en ella su móvil, después desplaza el dedo por los contactos hasta encontrar el teléfono de su padre. Este figura simplemente como «el profesor», una etiqueta que le adjudicó alrededor de un año y medio atrás, cuando supo que no regresaría a Connecticut y la palabra padre se convirtió en un recordatorio poco grato cada vez que abría el móvil.

El corazón se le acelera cuando escucha el tono de llamada; aunque la sigue llamando con cierta frecuencia, ella probablemente no ha marcado su número más allá de unas cuantas veces. En Londres es casi medianoche y cuando su padre por fin contesta tiene la voz espesa, como lastrada por el sueño o el alcohol. O tal vez por ambas cosas.

—¿Hadley?

—He perdido el vuelo —dice adoptando el tono brusco que le sale de forma natural cada vez que habla con su padre estos días, un efecto secundario del rechazo que le inspira últimamente el comportamiento de este.

—¿Qué?

Suspira y repite la frase:

—He perdido el vuelo.

Al fondo se escucha la voz de Charlotte murmurando y algo se enciende en su interior, una súbita oleada de furia. A pesar de los empalagosos correos electrónicos que esta mujer ha estado enviándole desde que su padre le propuso matrimonio —repletos de planes de boda, de fotografías de su viaje a París y de ruegos para que participe, todos terminados con un exaltado «miles de besazos y abrazos» (como si un beso y un abrazo no fueran suficiente)—, hace exactamente un año y noventa y seis días que Hadley decidió odiarla y hará falta algo más que una invitación a ser dama de honor para que cambie de opinión.

—Bueno —dice su padre—. ¿Has conseguido billete para otro?

—Sí, pero no llega hasta las diez.

—¿De la mañana?

—No, de la noche. Voy a ir en cohete.

Su padre ignora el comentario.

—Eso es demasiado tarde. Demasiado justo para la ceremonia, no me va a dar tiempo a ir a buscarte —dice, y se escucha un sonido ahogado mientras tapa el auricular para susurrar algo a Charlotte—. Igual podemos enviar a la tía Marilyn a que te recoja.

—¿Quién es la tía Marilyn?

—La tía de Charlotte.

—Tengo diecisiete años —le recuerda Hadley—. Me parece que seré capaz de coger un taxi hasta la iglesia.

—No sé —dice su padre—. Es la primera vez que vienes a Londres…

Su voz se apaga y a continuación se aclara la garganta.

—¿Crees que a tu madre le parecerá bien?

—Mamá no va a estar —responde Hadley—. A ella le tocó la primera boda.

Hay silencio al otro lado de la línea.

—No pasa nada, papá. Te veo mañana en la iglesia. Con un poco de suerte no llegaré demasiado tarde.

—De acuerdo —contesta su padre con voz suave—. Tengo muchas ganas de verte.

—Sí —se limita a replicar Hadley, incapaz de decirle que ella también a él—. Hasta mañana.

Hasta que cuelga no se da cuenta de que ni siquiera le ha preguntado cómo ha ido el ensayo. El caso es que no está segura de querer saberlo.

Durante un largo instante se queda allí de pie, apretando el teléfono firmemente con la mano tratando de no pensar en todo lo que la espera al otro lado del océano. El olor a mantequilla que desprende un bollo cercano le está empezando a dar náuseas y lo único que quiere es sentarse, pero la puerta de embarque se encuentra atestada de pasajeros procedentes de otras zonas de la terminal. Es el fin de semana del cuatro de julio y los mapas meteorológicos en las pantallas de televisión muestran un patrón circular de tormentas emborronando gran parte del Medio Oeste. La gente se ha desperdigado, adueñándose de secciones de las zonas de embarque como si tuvieran intención de instalarse allí para siempre. Las maletas ocupan asientos vacíos y hay familias acampadas por las esquinas y bolsas grasientas de McDonald’s repartidas por el suelo. Mientras pasa por encima de un hombre que duerme apoyado en su mochila, Hadley tiene la impresión de que el techo y las paredes se cierran a su alrededor, percibe la aglomeración de gente y tiene que hacer esfuerzos para respirar.

Cuando por fin divisa un asiento vacío se apresura a dirigirse hacia él, maniobrando con su maleta de ruedas a través de un mar de zapatos y tratando de no pensar en lo arrugado que estará su vestido lavanda cuando llegue a Londres mañana por la mañana. El plan era disponer de unas pocas horas para arreglarse en el hotel antes de la ceremonia, pero ahora tendrá que ir directamente a la iglesia. De todas sus preocupaciones en ese momento esta no es precisamente la más importante, pero de todas maneras le divierte un poco pensar en lo horrorizadas que se quedarán las amigas de Charlotte; seguro que no tener tiempo para peinarse equivale para ellas a una catástrofe.

Hadley está convencida de que arrepentimiento es una palabra demasiado suave para describir lo que siente por haber aceptado ser dama de honor, pero los incesantes correos electrónicos de Charlotte y las interminables súplicas de su padre habían terminado por hacerla ceder. Y, para colmo, su madre, contra todo pronóstico, se había mostrado partidaria de la idea.

—Ya sé que ahora mismo no es tu persona preferida —le había dicho—. Desde luego tampoco es la mía. Pero piensa que algún día, cuando estés hojeando el álbum de fotos de la boda, tal vez con tus hijos, puede que te arrepientas de no haber participado.

Hadley no cree que algo así vaya a ocurrir, pero como da la impresión de que a todo el mundo le parece una buena idea, decide que lo más fácil es complacerlos, incluso si ello implica pasar por la incomodidad de la laca de pelo, los tacones altos y la inevitable sesión de fotos después de la ceremonia. Cuando el resto del comité organizador de la boda —una colección de amigas de Charlotte de treinta y tantos años— se enteraron de que se unía a ellas una adolescente americana, la habían añadido con una lluvia de signos de exclamación a la cadena de correos electrónicos que se intercambiaban. Y aunque no conocía a Charlotte y había pasado el último año y medio cuidándose mucho de hacerlo, ahora sabía todas las preferencias de aquella mujer en cuestiones diversas pero relacionadas todas ellas con la boda. Temas tan importantes como las ventajas y desventajas de la sandalia frente al zapato cerrado, si incluir o no el falso jazmín en los arreglos florales y, lo peor y más doloroso de todo, sus gustos en ropa interior para la despedida de soltera o, como ellas la llamaban, la noche de las chicas. Hadley sabía que algunas de esas mujeres eran compañeras de Charlotte en la galería de arte de la Universidad de Oxford, pero se preguntaba de dónde sacarían tiempo para trabajar. Se suponía que debía reunirse con ellas en el hotel a la mañana siguiente, pero ahora todo indicaba que tendrían que subirse las cremalleras de los vestidos, pintarse la raya de los ojos y rizarse el pelo sin ella.

Por la ventana el cielo se ve ahora rosa oscuro y las luces de las pistas de despegue y aterrizaje empiezan a parpadear. Hadley mira su reflejo en el cristal, toda pelo rubio, ojos grandes y aspecto cansado y desaliñado, como si hubiera hecho ya el viaje. Se desliza en una silla entre un hombre mayor que se abanica tan fuerte con el periódico que Hadley teme que este salga volando y una mujer de mediana edad con un jersey de cuello vuelto en el que hay bordado un gato, que teje algo que de momento podría ser cualquier cosa.

Tres horas más, piensa abrazando su mochila, y entonces se da cuenta de que no tiene sentido contar los minutos que faltan para algo que no quieres que llegue; sería más preciso decir: dos días. Dos días más y estará de vuelta en casa. Dos días más y podrá hacer como que nada de esto ha ocurrido. Dos días más y habrá sobrevivido al fin de semana que lleva temiendo lo que ahora le parecen años.

Acomoda la mochila en el regazo y se da cuenta, un segundo demasiado tarde, de que no ha cerrado la cremallera del todo, y unas cuantas cosas se caen al suelo. Primero se agacha para coger el brillo de labios y después las revistas de cotilleos, pero cuando se dispone a hacer lo mismo con el libro negro y pesado que le regaló su padre, el chico sentado al otro lado del pasillo se le adelanta.

Echa un vistazo rápido a la cubierta antes de devolvérselo y Hadley ve en sus ojos un destello de reconocimiento. Le lleva un segundo comprender que el chico debe de pensar de ella que es una de esas personas que leen a Dickens en los aeropuertos, y a punto está de sacarle de su error; de hecho tiene este libro desde hace años y jamás lo ha abierto. Pero en lugar de ello esboza una sonrisa cómplice y a continuación se vuelve con determinación hacia la ventana, no sea que el chico tenga intención de entablar conversación.

Y es que Hadley ahora mismo no tiene ganas de hablar con nadie, ni siquiera con un chico tan mono como este. En realidad le gustaría estar en otra parte. El día que tiene por delante es como una criatura viva y que respira, que avanza hacia ella a una velocidad alarmante y, que tarde o temprano, terminará por engullirla. El miedo que le inspira la idea de subirse al avión —por no hablar de llegar a Londres— es algo físico; la impulsa a revolverse en su asiento, a mover las piernas y a agitar los dedos de los pies como si tuviera calambres.

El hombre sentado junto a ella se suena ruidosamente y de nuevo abre el periódico con un gesto brusco. Hadley reza porque no le toque sentarse con él en el avión. Siete horas es mucho tiempo, una porción demasiado grande de un día para dejarla al azar. A nadie se le ocurriría hacer un viaje en coche con alguien a quien no conoce y, sin embargo, ¿cuántas veces ha viajado ella a Chicago, a Denver o a California sentada junto a un completo desconocido, codo contra codo, costado contra costado, sobrevolando juntos el país a gran velocidad? Eso es lo que tiene viajar en avión. Puedes pasarte horas hablando con una persona y no llegar a conocer su nombre, compartir con ella tus secretos más íntimos y no volver a verla nunca más.

Cuando el hombre estira el cuello para leer un artículo su brazo roza el de Hadley y esta se pone de pie con brusquedad, pasándose la mochila al hombro izquierdo. A su alrededor la zona de embarque sigue atestada y mira con desesperación hacia las ventanas, deseando estar fuera ahora mismo. No está segura de ser capaz de seguir allí sentada tres horas más, pero la idea de arrastrar la maleta entre toda aquella multitud se le antoja un obstáculo insuperable. La acerca hacia su asiento, ahora vacío, para que parezca que está reservado y después se vuelve hacia la mujer con el jersey de cuello vuelto.

—¿Le importaría vigilar mi maleta un minuto? —le pregunta, y la mujer deja de mover sus agujas de tejer y la mira con desaprobación.

—Se supone que eso no se puede hacer —dice en tono crítico.

—Sería solo durante un minuto o dos —explica Hadley, pero la mujer se limita a negar ligeramente con la cabeza, como si no soportara la idea de participar en lo que vaya a ocurrir a continuación.

—Yo te la vigilo —dice el chico al otro lado del pasillo y Hadley le mira —le mira bien— por primera vez. Lleva el pelo oscuro un poco demasiado largo y tiene unas migas pegadas a la parte delantera de la camiseta, pero hay algo en él que le resulta atractivo. Tal vez sea el acento, que está convencida de que es británico, o la manera en que tuerce la boca mientras intenta mantener la sonrisa. Pero su corazón le da un vuelco cuando el chico la mira y después hace lo mismo con la mujer, que tiene los labios cerrados en un gesto de desaprobación.

—Va contra la ley —dice la mujer entre dientes, mirando en dirección a dos corpulentos guardias de seguridad a la entrada de la zona de restaurantes.

Hadley vuelve la vista hacia el chico, que le dedica una sonrisa comprensiva.

—No te preocupes —dice—. Me la llevo. Gracias de todas maneras.

Empieza a recopilar sus cosas colocándose el libro debajo de un brazo y pasándose la mochila al hombro contrario. La mujer se limita a retirar un poco los pies mientras Hadley pasa a su lado tirando de la maleta. Cuando llega al final de la zona de espera la moqueta de color indefinido da paso al linóleo del pasillo, y su maleta se atasca en la tira de caucho que separa ambas áreas. Se balancea apoyándose en una rueda y después en la otra, y mientras Hadley se esfuerza por enderezarla, el libro se le resbala de debajo del brazo. Cuando se inclina para recogerlo, se le cae la sudadera al suelo.

No me lo puedo creer, piensa, soplando para apartar un mechón de pelo de su frente. Pero para cuando ha recogido todas sus cosas y se dispone a asir de nuevo la maleta, esta ha desaparecido. Al darse la vuelta descubre asombrada al chico de pie junto a ella con una bolsa colgada del hombro. Hadley baja la vista y comprueba que ha cogido su maleta.

—¿Qué haces? —le pregunta parpadeando de asombro.

—Me pareció que necesitabas ayuda.

Hadley se queda mirándole.

—Y de esta manera es todo legal —añade el chico con una sonrisa.

Hadley arquea las cejas y el chico se endereza ligeramente, ahora parece menos seguro de sí mismo. A Hadley se le ocurre que tal vez quiera robarle la maleta, pero, si es así, no sería un atraco demasiado bien planeado; dentro hay poco más que un par de zapatos y un vestido. Y estará encantada de perderlos de vista.

Se queda allí de pie unos instantes, preguntándose qué es lo que ha hecho para terminar con su propio mozo portaequipajes. Pero el número de gente a su alrededor no para de crecer, le pesa la mochila y los ojos del chico buscan los suyos con una expresión que tiene mucho de desvalida, como si lo último que necesitara ahora mismo fuera que le dejaran solo. Y eso es algo que Hadley comprende muy bien, así que, transcurrido un momento, asiente con la cabeza. Entonces el chico levanta un poco la maleta para apoyarla sobre las ruedas y ambos echan a andar.

2
19.12, HORA DEL ESTE DE ESTADOS UNIDOS
00.12, HORA DEL MERIDIANO DE GREENWICH

Por los altavoces están llamando a un pasajero que al parecer no está en su avión y Hadley no puede evitar pensar: ¿Y si no me subo al avión? Pero, como si le leyera los pensamientos, el chico delante de ella vuelve la vista para asegurarse de que sigue allí y entonces se da cuenta de lo afortunada que es de tener compañía, por inesperada que sea, precisamente hoy.

Dejan atrás una hilera de ventanales que dan a las pistas, donde los aviones están alineados como carrozas en un desfile, y Hadley nota cómo se le acelera el corazón al darse cuenta de que pronto tendrá que subirse a uno de ellos. De todos los espacios cerrados, los interminables recovecos y rincones posibles que existen en el mundo, no hay nada que la haga temblar tanto como la visión de un avión.

La experimentó por primera vez solo un año atrás, esta sensación de vértigo, este ataque de pánico que le produce taquicardia y le revuelve el estómago. En el cuarto de baño de un hotel en Aspen, mientras fuera caía una nieve espesa y abundante y al otro lado de la puerta su padre hablaba por teléfono, tuvo la sensación repentina de que las paredes se estrechaban, avanzando hacia ella centímetro a centímetro, con la inexorabilidad constante de un glaciar. Permaneció quieta tratando de controlar la respiración, mientras los latidos de su corazón resonaban en sus tímpanos con tal fuerza que casi ahogaban el sonido de la voz apagada de su padre al otro lado de la pared.

—Sí —estaba diciendo— y se espera que caigan otros quince centímetros esta noche, así que mañana estará perfecto.

Llevaban dos días enteros en Aspen esforzándose por simular que estas vacaciones de Semana Santa eran como las de todos los años. Se despertaban temprano por la mañana para subir a la montaña antes de que se llenaran las pistas, después se sentaban en silencio con sus tazas de chocolate en el refugio y por la noche se entretenían con juegos de mesa delante de la chimenea. Pero lo cierto era que ponían tanto empeño en no mencionar la ausencia de la madre que ninguno de los dos podía pensar en otra cosa.

Además, Hadley no es tonta. Uno no se marcha a Oxford para pasar un semestre dando clases de poesía y una vez allí de repente decide que quiere el divorcio sin aducir una razón válida. Y aunque su madre no había dicho una palabra al respecto —de hecho se había vuelto muda en todo lo referido a su padre— sabía que esa razón tenía que ser otra mujer.

Había planeado plantarle cara durante el viaje de esquí, bajar del avión y, blandiendo un dedo acusador, exigir que le explicara por qué no volvía a casa. Pero cuando llegó a la zona de recogida de equipajes y lo vio esperándola lo encontró del todo cambiado, con una barba rojiza que desentonaba con su pelo castaño y una sonrisa tan ancha que hasta se le veían los empastes de los dientes. Solo habían pasado seis meses, pero en aquel tiempo su padre se había convertido en casi un desconocido, y hasta que no se inclinó para abrazarla no le reconoció, con su aroma a tabaco y a loción de afeitar, su voz resonando grave en los oídos mientras le decía cuánto la había echado de menos. Y, por alguna razón, aquello no había hecho más que empeorar la cosas. En ocasiones lo que más daño nos hace no son los cambios, sino la bofetada de la familiaridad.

Así que Hadley se amilanó y en lugar de lo planeado pasó aquellos dos primeros días observando y esperando, tratando de leer las líneas del rostro de su padre como si fueran un mapa en busca de pistas que explicaran por qué su pequeña familia se había ido al traste de manera tan abrupta. Cuando se marchó a Inglaterra el invierno pasado al principio todos habían estado encantados. Hasta entonces su padre había sido profesor en una universidad pequeña de mediano prestigio en Connecticut, así que la idea de una beca de investigación en Oxford —que cuenta con uno de los mejores departamentos de literatura del mundo— ...