Loading...

LA REINA DEL TEARLING (LA REINA DEL TEARLING 1)

Erika Johansen

0


Fragmento

1

El décimo caballo

La reina Glynn —Kelsea Raleigh Glynn, séptima Reina del Tearling. Conocida también como: la Reina Marcada. Adoptada por Carlin y Bartholemew (Barty el Bueno) Glynn. Madre: reina Elyssa Raleigh. Padre: desconocido. Véase apéndice XI sobre especulaciones.

Historia del Tearling
según MERWINIAN

Kelsea Glynn, inmóvil, vio acercarse el escuadrón a su casa. Los hombres cabalgaban en formación militar, con escoltas en los flancos, vestidos con el uniforme gris de la Guardia Real del Tearling. Las capas de los jinetes, al ondular, revelaban sus costosas armas: espadas y puñales de acero de Mortmesne. Uno de los hombres llevaba, incluso, una maza; Kelsea vio la cabeza con pinchos que sobresalía de la silla de montar. El semblante adusto con que guiaban sus caballos hacia la casa ponía en evidencia que habrían preferido no estar allí.

Kelsea, con capa y capucha, estaba sentada en la horqueta de un árbol, a unos diez metros de la puerta de la casa. Iba vestida de verde oscuro de pies a cabeza; hasta las botas eran de color pino. De la cadena de plata de ley que llevaba al cuello colgaba un zafiro. Esa joya tenía la irritante costumbre de salirse de la blusa de Kelsea minutos después de que ella la hubiera ocultado, lo que ese día cobraba un nuevo significado, pues el zafiro era la causa de sus problemas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Nueve hombres, diez caballos.

Los soldados llegaron a la parcela rastrillada delante de la casa y desmontaron. Se quitaron las capuchas, y Kelsea comprobó que no tenían su misma edad, sino que rondaban los treinta o cuarenta años; además compartían un aspecto curtido, fruto de la vida militar. El soldado que llevaba la maza murmuró algo, y automáticamente todos se llevaron una mano a la espada.

«Será mejor que nos demos prisa», dijo un soldado alto y delgado cuyo tono autoritario delataba que era el jefe del escuadrón; avanzó hacia la puerta y la golpeó tres veces. La puerta se abrió de inmediato, como si Barty hubiera estado allí esperando. Desde su posición estratégica, Kelsea vio que Barty tenía las arrugas muy marcadas y los ojos enrojecidos e hinchados. Esa mañana había enviado a Kelsea al bosque, pues no quería que ella fuera testigo de su congoja. Kelsea había protestado, pero Barty no había aceptado su negativa, y al final se había limitado a empujarla por la puerta diciendo: «Ve y despídete del bosque, niña. Seguramente pasará mucho tiempo hasta que vuelvan a dejarte pasear por él a tu antojo».

Kelsea había acabado cediendo; se había ido y había pasado la mañana deambulando por el bosque, pasando por encima de árboles caídos y parando de vez en cuando para escuchar un silencio perfecto, nada acorde con la abundancia de vida de aquel entorno. Hasta había atrapado un conejo, por hacer algo, y luego lo había soltado; Barty y Carlin no necesitaban carne, y a ella no le producía ningún placer matar. Mientras veía huir al conejo hasta desaparecer en el bosque donde ella había pasado la mayor parte de su infancia, Kelsea volvió a ensayar aquella palabra, pese a que pronunciarla era como masticar polvo: «reina». Una palabra inquietante que presagiaba un futuro nefasto.

—Barty —dijo el jefe del escuadrón—. Cuánto tiempo.

Barty masculló unas palabras en respuesta a su saludo.

—Hemos venido por la niña.

Barty asintió con la cabeza, se puso dos dedos en las comisuras de la boca y dio un fuerte y agudo silbido. Kelsea se dejó caer del árbol sin hacer ruido y salió de entre los árboles. Notaba el pulso en las sienes. Sabía defenderse de un solo atacante con su puñal —Barty se había encargado de eso—, pero aquel escuadrón fuertemente armado la intimidaba. Sintió las miradas escrutadoras de los soldados. Sabía muy bien que no tenía aspecto de reina.

El jefe, un hombre de facciones duras, con una cicatriz que le surcaba el borde de la barbilla, le hizo una profunda reverencia.

—Alteza. Soy Carroll, capitán de la Guardia Real de la difunta reina.

Tras un momento, los demás también le hicieron una reverencia. El soldado de la maza se inclinó levemente, hundiendo apenas la barbilla.

—Tenemos que ver la marca —murmuró uno de los soldados; la barba pelirroja le tapaba la cara casi por completo—. Y la joya.

—¿Acaso me crees capaz de estafar al reino? —bramó Barty.

—No se parece a su madre —replicó con aspereza el soldado de la barba pelirroja.

Kelsea se sonrojó. Según Carlin, la reina Elyssa, dotada de la belleza clásica del Tearling, era alta, rubia y delgada. Kelsea también era alta, pero morena, y tenía una cara feúcha. Tampoco tenía un cuerpo escultural, ni mucho menos; hacía mucho ejercicio, pero por otra parte tenía muy buen apetito.

—Tiene los ojos de los Raleigh —observó otro soldado.

—Prefiero ver la joya y la cicatriz —insistió el capitán, y el pelirrojo asintió también.

—Muéstraselas, Kel.

Kelsea se sacó el colgante de debajo de la blusa y lo sostuvo bajo la luz. Había llevado ese zafiro desde que tenía uso de razón, y en ese momento le habría encantado arrancárselo y devolvérselo a aquellos hombres. Pero Barty y Carlin ya le habían explicado que no podía quitárselo. Era la princesa heredera del Tearling, y ese día cumplía diecinueve años, la edad de la ascensión al trono de los monarcas del Tearling desde Jonathan Tear. La Guardia Real se la llevaría a la Ciudadela a rastras, si fuera necesario, y la recluiría en el Salón del Trono, donde se quedaría, cubierta de seda y terciopelo, hasta que la asesinaran.

El capitán examinó la joya y asintió; entonces Kelsea se retiró la manga izquierda de la capa para mostrar el antebrazo, en el que una dilatada cicatriz con forma de hoja de puñal discurría desde la muñeca hasta el bíceps. Un par de soldados mascullaron al verla, y las manos con que sujetaban sus armas se relajaron por primera vez desde que habían llegado.

—Muy bien —declaró Carroll con brusquedad—. Ya podemos marcharnos.

—Un momento.

Carlin salió al umbral tras apartar a Barty con un suave empujón. Lo hizo con las muñecas y no con los dedos; ese día la artritis debía de estar haciéndola sufrir. Su aspecto era impecable, como siempre, y llevaba el pelo, cano, pulcramente recogido en la nuca. A Kelsea le sorprendió comprobar que ella también tenía los ojos un poco enrojecidos. Carlin pocas veces exhibía sus emociones, y Kelsea no recordaba haberla visto nunca llorar.

Al ver a Carlin, varios soldados se enderezaron. Un par de ellos hasta dieron un paso atrás, incluido el que llevaba la maza. Kelsea siempre había pensado que Carlin tenía un porte aristocrático, pero, aun así, le sorprendió que aquellos hombres armados con espadas se amilanaran ante una anciana.

«Menos mal que no soy la única.»

—¡Identificaos! —exigió Carlin—. ¿Cómo sabemos que venís de la Ciudadela?

—¿Quién más iba a saber dónde encontrarla precisamente hoy? —replicó Carroll.

—Unos asesinos.

Varios soldados rieron con sorna. Sin embargo, el soldado de la maza dio un paso adelante y rebuscó en su capa.

Carlin se quedó mirándolo un instante y dijo:

—A ti sí te conozco.

—He traído las instrucciones de la reina —dijo él, y sacó un sobre grueso y amarillento—. Por si no me recordabais.

—Dudo que haya alguien que se olvide de tu cara, Lazarus —dijo Carlin con un deje de desaprobación.

Abrió rápidamente el sobre, pese a que debían de dolerle mucho los dedos, y extrajo la carta que contenía. Kelsea se quedó mirando la carta, fascinada. Su madre había muerto hacía mucho, y sin embargo tenía ante sí algo que ella había escrito, algo que sus manos habían tocado.

Carlin quedó satisfecha. Le devolvió la hoja de papel al soldado.

—Kelsea tiene que recoger sus cosas.

—Solo unos minutos, Alteza. Debemos irnos. —Esta vez, Carroll se dirigió a Kelsea y volvió a hacerle una reverencia, y ella comprendió que ya había dejado a Carlin fuera de la conversación.

La mujer también se había percatado de aquella transición; su semblante parecía de piedra. Kelsea lamentaba a menudo que Carlin se refugiase en sus silencios, tan fríos e inalcanzables, en vez de mostrar abiertamente su enfado. Los silencios de Carlin eran terribles.

Kelsea pasó al lado de los caballos y entró en la casa. Su ropa ya estaba guardada en las alforjas, pero no se acercó a ellas, sino que fue hasta el umbral de la biblioteca de Carlin. Las paredes estaban forradas de libros; Barty había construido las estanterías con roble del Tearling, y se las había regalado a Carlin coincidiendo con la cuarta Navidad de Kelsea. En una época de recuerdos vagos, ese día destacaba, puro y brillante, en la memoria de Kelsea: había ayudado a Carlin a poner los libros en los estantes, y había llorado un poco porque esta no le había dejado ordenarlos por colores. Habían transcurrido muchos años, pero Kelsea seguía amando los libros: le encantaba verlos uno al lado del otro, cada volumen en el lugar que le correspondía.

Sin embargo, la biblioteca también había servido de aula, y muchas veces había sido un lugar antipático. Allí había estudiado matemáticas rudimentarias, gramática tear, geografía y, más adelante, las lenguas de los países vecinos, cuyos extraños acentos resultaban difíciles al principio, pero que poco a poco se volvían más fáciles, hasta que Kelsea y Carlin podían pasar con fluidez de una lengua a otra, saltando de mort a cadarés, para luego volver al idioma más sencillo y menos dramático del Tearling sin haber vacilado ni una sola vez. Y, sobre todo, historia: la historia de la humanidad remontándose hasta antes de la Travesía. Carlin solía decir que la historia lo era todo, dado que era propio de los hombres cometer los mismos errores una y otra vez. Miraba con dureza a Kelsea cuando lo decía, y fruncía las blancas cejas para expresar su desaprobación. Carlin era justa, pero también dura. Si Kelsea terminaba todos sus deberes escolares antes de la hora de la cena, como recompensa podía escoger un libro de la biblioteca y leer hasta que lo hubiera terminado. Lo que más le gustaba a Kelsea eran las historias: historias que nunca fueron, historias que la transportaban más allá del mundo inalterable de la casita del bosque. Una noche se había quedado despierta hasta el amanecer leyendo una novela especialmente larga, y al día siguiente la habían dejado dormir y no había tenido que realizar sus tareas domésticas. Pero también había habido meses enteros en que Kelsea, cansada de tanto estudiar, sencillamente había desconectado. Entonces no había historias, ni biblioteca, sino solo tareas domésticas, soledad y la férrea desaprobación de la cara de Carlin. Al final, Kelsea siempre volvía al aula.

Barty cerró la puerta y se le acercó cojeando. Había sido guardia real en otros tiempos, antes de que un golpe de espada en la parte de atrás de la rodilla lo dejara lisiado. Le puso una mano firme en el hombro.

—No puedes entretenerte, Kel.

Kelsea se volvió; Carlin miraba por la ventana. Delante de la casita aguardaban los soldados, intranquilos, sin parar de lanzar miradas fugaces hacia el bosque.

«Están acostumbrados a los recintos —se dijo Kelsea—; los espacios abiertos los asustan.» Lo que ese pensamiento implicaba —el presagio de cómo sería su vida en la Ciudadela— casi la abrumó, precisamente cuando creía que ya había llorado cuanto podía llorar.

—Son tiempos peligrosos, Kelsea —dijo Carlin sin desviar la mirada de la ventana; su voz sonaba distante—. Ten cuidado con el Regente, por mucho que sea tu tío; ha codiciado ese trono desde antes de nacer. Pero la guardia de tu madre la componen hombres de bien, y ellos velarán por ti.

—No les gusto, Carlin —le espetó Kelsea—. Me dijiste que para ellos sería un honor escoltarme, pero no les gusta haber venido hasta aquí.

Carlin y Barty se miraron, y Kelsea vio el fantasma de antiguas discusiones en sus caras. El suyo era un matrimonio extraño; Carlin, que tenía casi setenta años, era como mínimo diez años mayor que Barty. No hacía falta una imaginación extraordinaria para darse cuenta de que en otros tiempos había sido hermosa; sin embargo, su belleza, al endurecerse, se había convertido en austeridad. Barty no era atractivo; era más bajo que Carlin y mucho más grueso, pero tenía un rostro alegre y unos ojos sonrientes bajo el pelo canoso. A Barty no le interesaban en absoluto los libros, y muchas veces Kelsea se preguntaba de qué debía de hablar con Carlin cuando ella no estaba delante. Quizá de nada; quizá Kelsea fuera el único interés común que los mantenía unidos. Y en ese caso, ¿qué futuro les esperaba?

Carlin replicó por fin:

—Le juramos a tu madre que no te hablaríamos de sus defectos, Kelsea, y hemos mantenido nuestra promesa. Pero en la Ciudadela no todo será como tú crees. Barty y yo te hemos dado buenas herramientas; ese era nuestro cometido. Pero, una vez que te sientes en el trono, tendrás que tomar tus propias decisiones, y no serán fáciles.

Barty soltó un bufido de desaprobación y, renqueando, fue a recoger las alforjas de Kelsea. Carlin le lanzó una mirada severa que él ignoró; luego se volvió hacia Kelsea frunciendo las cejas. La muchacha agachó la cabeza; tenía un nudo en el estómago. Un día, hacía mucho, en el bosque, estaban en medio de una lección sobre las utilidades del musgo rojo cuando Barty, sin que viniera a cuento, le soltó:

—Si de mí dependiera, Kel, rompería esos condenados votos y te contaría todo lo que quieres saber.

—¿Por qué no depende de ti?

Barty se quedó mirando el musgo que tenía en las manos con gesto de aflicción; Kelsea tardó un momento en entenderlo. En su casa nada dependía de Barty; Carlin era la que mandaba. Ella era más inteligente y no tenía ninguna incapacidad física. Barty iba después. Carlin no era cruel, pero Kelsea había sentido el peso de esa voluntad férrea suficientes veces para entender los motivos de la amargura de Barty y experimentarla casi como algo propio. Sin embargo, la voluntad de Carlin se había impuesto: Kelsea tenía grandes lagunas en cuanto a conocimientos sobre historia, y respecto al reinado de su madre no sabía absolutamente nada. La habían mantenido alejada de la aldea y de las respuestas que podría haber encontrado allí; su infancia había sido un verdadero exilio. Pero más de una vez había oído a Barty y a Carlin hablar por la noche, cuando ambos creían que Kelsea estaba profundamente dormida, y ahora entendía, al menos, parte del misterio. La guardia del Regente llevaba años recorriendo todos los rincones del país en busca de una niña con el collar y la cicatriz. Buscando a Kelsea.

—Te he puesto un regalo en las alforjas —continuó Carlin, con lo que la devolvió al presente.

—¿Qué regalo?

—Un regalo que descubrirás tú misma cuando hayas salido de aquí.

Kelsea sintió que volvía a enfurecerse; ¡Carlin siempre ocultaba algún secreto! Pero al cabo de un momento se avergonzó de sí misma. Barty y Carlin estaban apenados, no solo por perder a Kelsea, sino también su casa. En ese mismo momento, los rastreadores del Regente debían de estar siguiendo el rastro de la Guardia Real por el Tearling. Barty y Carlin no podían quedarse allí; poco después de partir Kelsea, ellos también se marcharían, a Petaluma, una aldea del sur, cerca de la frontera cadaresa; allí era donde había crecido Barty. Él se sentiría perdido sin su bosque, pero había otros bosques de los que podía aprender. Carlin era la que hacía el mayor sacrificio: su biblioteca. A lo largo de toda la vida había ido recopilando esos libros, salvados y atesorados por los colonos de la Travesía y preservados durante siglos. No podía llevárselos; habría necesitado un carro, y entonces habría sido demasiado fácil seguirles la pista. De modo que iba a perder todos aquellos volúmenes.

Kelsea cogió su mochila y se la colgó a la espalda; miró por la ventana y vio el décimo caballo.

—Hay tantas cosas que no sé.

—Sabes lo necesario —replicó Barty—. ¿Tienes tu puñal?

—Sí.

—Llévalo siempre encima. Y ten cuidado con lo que comes y con su procedencia.

Kelsea lo abrazó. Pese a su amplio contorno, Barty temblaba de cansancio, y de pronto Kelsea se dio cuenta de lo agotado que estaba, de que su educación le había robado a Barty una energía que él debería haber conservado para la vejez. La estrujó un momento con los brazos, y entonces la soltó; sus ojos azules mostraban un brillo feroz.

—Nunca has matado a nadie, Kel, y eso está bien y es bueno, pero de hoy en adelante vas a vivir perseguida, ¿lo entiendes? Así que tendrás que actuar en consecuencia.

Kelsea suponía que Carlin contradiría a Barty; ella siempre decía que la fuerza era para los necios. Pero la mujer dio su aprobación con un movimiento de la cabeza.

—Te he educado para que seas una reina inteligente, Kelsea, y lo serás. Pero ha llegado el momento en que la supervivencia debe imponerse a la tranquilidad. Esos hombres se ocuparán de que vuelvas sana y salva a la Ciudadela. Después de eso, supongo que las enseñanzas de Barty te ayudarán más que las mías.

Se apartó de la ventana y le puso suavemente una mano en la espalda a Kelsea, que dio un respingo. Carlin no solía tocar a nadie. De lo máximo que parecía capaz era de dar una palmadita en la espalda, y esas ocasiones eran como la lluvia en el desierto.

—Pero no dejes que tu confianza en las armas afecte a tu mente, Kelsea. Tu ingenio siempre ha sido sólido; procura que no se debilite por el camino. Cuando empuñas una espada, es fácil que eso suceda.

Un puño enfundado en un guante de malla golpeó la puerta.

—¿Alteza? —oyeron decir a Carroll—. Quedan pocas horas de luz.

Barty y Carlin se apartaron, y Barty recogió la última pieza del equipaje de Kelsea. Parecían ambos tremendamente viejos. Kelsea no quería dejar allí a aquellas dos personas que la habían criado y le habían enseñado todo cuanto sabía. Su lado más irracional se planteó brevemente soltar el equipaje y salir corriendo por la puerta trasera, una luminosa y tentadora fantasía que solo duró dos segundos y luego se desvaneció.

—¿Cuándo podré enviaros un mensaje sin poneros en peligro? —preguntó—. ¿Cuándo podréis dejar de esconderos?

Barty y Carlin se miraron: un rápido vistazo que a Kelsea le pareció furtivo. Finalmente fue Barty quien contestó:

—No será pronto, Kel. Verás...

—Tendrás otras preocupaciones —terció Carlin bruscamente—. Piensa en tu pueblo, en arreglar este reino. Tal vez pase mucho tiempo hasta que vuelvas a vernos.

—Carlin...

—Tienes que irte.

Los soldados ya estaban montados en sus caballos, y cuando Kelsea salió de la casita la miraron fijamente; un par de ellos, sin disimular su desprecio. El soldado de la maza, Lazarus, no la miraba, sino que tenía la vista fija en la lejanía. Kelsea empezó a cargar su equipaje en la montura, una yegua ruana que parecía algo más dócil que el entero de Barty.

—Supongo que sabéis montar, ¿no, Alteza? —preguntó el soldado que sujetaba las riendas de la yegua.

Pronunció la palabra «Alteza» como si fuera una enfermedad. Kelsea le arrancó las riendas de la mano y dijo:

—Sí, sé montar.

Se pasó las riendas de una mano a la otra para ponerse la capa de invierno verde y abrochársela; entonces montó y miró a Barty tratando de superar una terrible premonición de fatalidad. El hombre había envejecido prematuramente, pero no existía ningún motivo para que no viviera unos años más. Y muchas veces las premoniciones quedaban en nada. Según Barty, la vidente de la reina mort había vaticinado que Kelsea no llegaría a cumplir diecinueve años, y sin embargo allí estaba.

Sonrió a Barty tratando de aparentar valor.

—Mandaré a buscaros pronto —dijo.

Él asintió y compuso también una sonrisa amplia y forzada. Carlin había palidecido tanto que Kelsea temió que se desmayara, pero la anciana dio un paso adelante y le tendió una mano. Fue un gesto tan inesperado que Kelsea se quedó mirando aquella mano un momento, hasta que comprendió que se esperaba que la tomara. En todos los años que llevaba en aquella casa, Carlin nunca le había dado la mano.

—Con el tiempo lo entenderás —le dijo Carlin apretándole fuertemente la mano—. Entenderás por qué todo esto era necesario. Ten cuidado con el pasado, Kelsea. No bajes la guardia.

Ni siquiera en un momento como aquel, Carlin podía hablar llanamente. Kelsea siempre había sabido que ella no era la niña a la que Carlin habría elegido instruir, y que la había decepcionado con su carácter indómito y su laxo compromiso con la enorme responsabilidad que llevaba sobre los hombros. Kelsea retiró la mano; entonces miró a Barty y sintió que su irritación se desvanecía. Barty lloraba sin tratar ya de ocultarlo, y unas lágrimas relucientes resbalaban por su cara. Kelsea notó que sus ojos también se anegaban de nuevo, pero asió las riendas y volvió la yegua hacia Carroll.

—Ya podemos irnos, capitán.

—A vuestras órdenes, Señora.

Sacudió las riendas y enfiló el camino.

—Todos alrededor de la reina —ordenó a sus hombres—. Cabalgaremos hasta la puesta de sol.

Reina. Otra vez esa palabra. Kelsea intentó imaginarse en el papel de soberana, pero no pudo. Ajustó el paso al de los soldados, evitando mirar atrás. Solo se volvió una vez, justo antes de tomar la curva, y vio que Barty y Carlin seguían frente a la puerta de la casa, viéndola marchar, como una pareja de ancianos silvicultores de algún cuento olvidado hacía mucho tiempo. Entonces los árboles los ocultaron.

La yegua de Kelsea, al menos aparentemente, era robusta, pues avanzaba con seguridad por aquel terreno tan irregular. El caballo de Barty, en cambio, siempre había tenido problemas en el bosque; Barty decía que el animal era un aristócrata, y que cualquier cosa que no fuera una recta bien ancha era indigna de él. Pero Kelsea nunca se había aventurado a alejarse más de unos pocos kilómetros de la casa. Esas eran las órdenes de Carlin. Siempre que Kelsea hablaba con nostalgia de las cosas que sabía que existían en el mundo más allá del suyo propio, Carlin le recalcaba la necesidad de permanecer oculta, y la importancia del cargo que iba a heredar: ser reina. Se mostraba inflexible ante el miedo al fracaso de Kelsea. No quería ni oír hablar de dudas. La obligación de la muchacha era aprender, aceptar la vida sin otros niños, sin otras personas, sin el mundo más allá del suyo propio.

Un día, cuando tenía trece años, Kelsea había montado el caballo de Barty, había ido al bosque como de costumbre y se había perdido. Pronto se encontró en un lugar desconocido. No reconoció los árboles ni los dos riachuelos por los que pasó. Acabó avanzando en círculos, y, cuando estaba a punto de rendirse y echarse a llorar, miró hacia el horizonte y vio humo de una chimenea a unos treinta metros de donde se hallaba.

Fue hacia allí y se encontró con una casita más pobre que la de Barty y Carlin; no era de piedra, sino de madera. En la parte de delante, había dos críos, más pequeños que Kelsea, que jugaban con espadas de mentira; los observó largo rato y percibió algo que hasta ese momento nunca se había planteado: una infancia completamente diferente de la suya. Ella siempre había creído que todos los niños vivían igual que ella. Aquellos críos llevaban ropa andrajosa, pero ambos vestían cómodas camisas de manga corta que dejaban los bíceps descubiertos. Kelsea solo podía llevar blusas cerradas de manga larga y ajustada, para que, si por casualidad aparecía alguien por su casa, no pudiera verle el brazo ni el collar que no le permitían quitarse. Escuchó hablar a los niños y comprobó que ni siquiera hablaban correctamente la lengua tear; nadie los había obligado a sentarse todas las mañanas para estudiar gramática. Ya era media tarde, pero ellos no estaban en la escuela.

—Tú eres mort, Emmett. ¡Yo soy tear! —proclamó con orgullo el mayor de los dos.

—¡Yo no soy mort! ¡Los mort son bajitos! —le gritó el más pequeño—. ¡Mamá ha dicho que tienes que dejarme ser tear a veces!

—De acuerdo. ¡Eres tear, pero yo sé hacer magia!

Tras observar un rato a aquellos dos niños, Kelsea comprendió dónde estaba la verdadera diferencia, eso que tanto atraía su atención: aquellos críos se tenían el uno al otro. Ella solo estaba a unos quince metros y, sin embargo, la camaradería entre ambos le hizo sentir que se hallaba tan lejos como la luna. Esa distancia no hizo más que aumentar cuando la madre, una mujer oronda sin una pizca de la elegancia de Carlin, salió a buscar a sus hijos para que fueran a cenar.

—¡Eh! ¡Martin! ¡Venid a lavaros!

—¡No! —gritó el pequeño—. ¡No hemos terminado!

La madre cogió un palo del haz que había en el suelo, se metió entre los dos críos y se puso a pelear con ellos, mientras los niños reían y chillaban. Por fin, la madre los agarró a ambos y los apretó contra su cuerpo; juntos entraron en la casa, sin dejar de abrazarse. Estaba anocheciendo, y, pese a saber que debía apresurarse y buscar el camino de regreso, Kelsea no lograba alejarse de aquella escena. Carlin nunca expresaba afecto, ni siquiera a Barty, y a lo máximo que podía aspirar Kelsea era a recibir una sonrisa. Ella era la heredera del trono tear, sí, y Carlin le había explicado infinidad de veces que eso constituía un gran honor. Aun así, por el largo camino de regreso a casa, Kelsea no consiguió librarse de la sensación de que aquellos dos críos tenían más de lo que ella poseía.

Al final, Kelsea encontró el camino de regreso, pero llegó a casa pasada la hora de la cena. Barty y Carlin estaban preocupados; Barty la regañó un poco, pero a pesar de sus gritos Kelsea veía el alivio reflejado en su cara, y, antes de ordenarle que se fuera a su habitación, Barty le dio un gran abrazo. Carlin se limitó a mirarla fijamente antes de comunicarle que sus privilegios para hacer uso de la biblioteca quedaban rescindidos durante toda la semana; y aquella noche Kelsea, despierta en su cama, tuvo la impactante revelación de que había sido víctima de un engaño atroz. Antes de aquel día, la joven había considerado que Carlin era, al menos, su madre adoptiva. Sin embargo, comprendió que no se parecía en nada a una madre, y que Carlin solo era una anciana insensible que exigía mucho y daba muy poco.

Dos días más tarde, Kelsea volvió a traspasar los límites impuestos por Carlin, pero esa vez a propósito, y se propuso encontrar aquella casita perdida en el bosque. Pero cuando estaba a mitad de camino, desistió y dio media vuelta. La desobediencia no le producía satisfacción, sino terror; creía notar la mirada de Carlin clavada en la nuca. Kelsea no había vuelto a traspasar esos límites, de modo que no había mundo más allá del suyo propio. Toda su experiencia provenía del bosque que rodeaba la casita, y a los diez años ella ya lo conocía como la palma de su mano. Ahora, cabalgando por bosques lejanos rodeada de soldados, sonreía secretamente y se fijaba en ese paisaje que veía por primera vez. Iban hacia el sur por la parte más frondosa del bosque de Reddick, que cubría cientos de kilómetros cuadrados de la región septentrional del país. Había robles de Tearling por todas partes; algunos árboles medían quince o veinte metros, y formaban un toldo verde que se extendía sin interrupción por encima de sus cabezas. También había maleza que Kelsea no conocía. Las ramas parecían de radicorrastra, una planta que tenía propiedades antihistamínicas y era buena para preparar cataplasmas. Pero las hojas eran más alargadas, verdes y rizadas, y tenían un matiz rojizo que prevenía de su carácter urticante. Kelsea intentó evitar que su yegua pasara entre ese follaje, pero en algunos sitios resultaba prácticamente imposible; el matorral era cada vez más espeso, y el terreno empezaba a descender en una suave pendiente. Ya estaban lejos del camino, pero, mientras avanzaban por una alfombra dorada y crepitante de hojas de roble secas, Kelsea tenía la impresión de que el mundo entero debía de poder oírles pasar.

Los soldados rodeaban a Kelsea formando un rombo, y permanecían equidistantes a pesar de los cambios de velocidad que exigía el terreno, tan irregular. Lazarus, el soldado de la maza, iba detrás de ella, y Kelsea no podía verlo. A su derecha estaba el soldado desconfiado de la barba pelirroja; Kelsea lo observaba con disimulado interés. El pelo pelirrojo era un gen recesivo, y en los tres siglos transcurridos desde la Travesía, poco a poco había ido desapareciendo de la población. Carlin le había contado a Kelsea que algunas mujeres, e incluso algunos hombres, se teñían el pelo de rojo, pues la singularidad se consideraba un valor añadido. Sin embargo, tras cerca de una hora lanzándole miradas disimuladas al soldado, Kelsea se convenció de que se trataba de una cabeza pelirroja genuina. No había ningún tinte que diera tan buen resultado. El hombre llevaba un pequeño crucifijo de oro que rebotaba en su pecho y destellaba mientras él cabalgaba, y eso también dio que pensar a Kelsea. El crucifijo era el símbolo de la Iglesia de Dios, y Carlin le había explicado muchas veces que ni la Iglesia ni sus sacerdotes eran de confianza.

Detrás del pelirrojo iba un soldado rubio y tan increíblemente apuesto que Kelsea no tuvo más remedio que lanzarle varias miradas de reojo, pese a que era demasiado mayor para ella, pues tenía más de cuarenta años. Su cara le recordaba a la de los ángeles de las ilustraciones de los libros de Carlin del arte anterior a la Travesía. Pero él también parecía cansado; sus ojeras indicaban que llevaba tiempo sin dormir. De alguna forma, esos signos de agotamiento hacían que resultara aún más atractivo. El soldado se volvió y la sorprendió mirándolo, y Kelsea agachó rápidamente la frente. Le ardían las mejillas.

A su izquierda iba un soldado alto y moreno con unos hombros enormes, cuyo físico resultaba claramente amenazador. Delante de él, iba otro hombre mucho más bajo, casi menudo, con el cabello castaño claro. Kelsea lo observó con atención, pues era el que más se acercaba a su edad: aparentaba menos de treinta años. Intentó oír su nombre, pero esos dos soldados siempre hablaban en voz baja, evidentemente para que Kelsea no pudiera oírlos.

Carroll, el capitán, iba a la cabeza de la formación. Lo único que Kelsea distinguía de él era su capa gris. De tanto en tanto, Carroll gritaba una orden y todo el escuadrón corregía ligeramente el rumbo. Cabalgaba con seguridad, sin pedir indicaciones a nadie, y Kelsea no tenía ninguna duda de que la conduciría hasta su destino. Esa capacidad para el mando debía de ser una cualidad necesaria en un capitán; Kelsea iba a necesitar a Carroll para sobrevivir. Pero ¿cómo se ganaría la lealtad de aquellos hombres? Seguramente la consideraban débil. Tal vez creyeran que todas las mujeres eran débiles.

Un halcón chilló por encima de sus cabezas, y Kelsea se puso la capucha y se tapó la frente. Los halcones eran animales hermosos, y un buen alimento, pero Barty le había explicado que en Mortmesne, e incluso en la frontera tear, entrenaban a los halcones como armas mortíferas. Lo había mencionado de pasada, como quien comenta una trivialidad, pero Kelsea no lo había olvidado.

—¡Hacia el sur, muchachos! —gritó Carroll, y la compañía volvió a torcer.

El sol descendía rápidamente tras el horizonte, y un viento helado presagiaba la caída de la noche. Kelsea confiaba en que no tardaran mucho en detenerse, pero prefería congelarse en la silla que protestar. La lealtad empezaba por el respeto.

«Ningún gobernante ha conservado mucho tiempo el poder sin el respeto de los gobernados —solía repetir Carlin—. Los gobernantes que pretenden controlar a una población mal dispuesta no controlan nada, y muchas veces su cabeza acaba clavada en una pica.»

El consejo de Barty había sido aún más conciso: «O te ganas al pueblo, o pierdes el trono».

Eran palabras sabias, y ahora Kelsea las comprendía aún mejor. Sin embargo, no tenía ni idea de qué debía hacer. ¿Cómo iba a mandar ella a nadie?

«Tengo diecinueve años. Se supone que ya no he de tener miedo.»

Pero lo tenía.

Asió más fuerte las riendas y lamentó no haberse acordado de ponerse los guantes de montar, pero en el momento de la despedida se había sentido muy incómoda y se había puesto nerviosa. Ahora tenía las yemas de los dedos entumecidas y las palmas irritadas por el roce con el cuero áspero de las riendas. Hizo lo que pudo para taparse los nudillos con las mangas de la capa y siguió adelante.

Al cabo de una hora, Carroll dio el alto al escuadrón. Habían llegado a un pequeño claro cercado de robles del Tearling y de una tupida capa de bosque bajo compuesto de radicorrastra y de aquella misteriosa planta de hojas rojizas. Kelsea se preguntó si alguno de los soldados sabría qué era. En todas las unidades de la guardia había por lo menos un médico, y se suponía que los médicos entendían de plantas. Barty también había sido médico, y, pese a que enseñarle botánica a Kelsea no se contaba entre sus labores, ella no había tardado en aprender que del descubrimiento de una planta interesante podían extraerse todo tipo de lecciones.

Los soldados cercaron a Kelsea mientras Carroll iba hasta ella al trote. Al reparar en su rostro enrojecido y en la fuerza con que agarraba las riendas, dijo:

—Si lo deseáis, podemos parar durante la noche, Alteza. Llevamos un buen ritmo.

Kelsea soltó las riendas con cierto esfuerzo y se quitó la capucha tratando de impedir que le castañetearan los dientes. Su voz, cuando por fin consiguió hablar, sonó áspera y temblorosa:

—Confío en su juicio, capitán. Llegaremos hasta donde usted considere necesario.

Carroll se quedó mirándola un momento; luego paseó la mirada por el pequeño claro.

—Aquí estaremos bien, Señora. De todas formas, tenemos que madrugar, y llevamos muchas horas de camino.

Los hombres desmontaron. Kelsea, agarrotada y poco acostumbrada a cabalgar tantas horas seguidas, saltó torpemente al suelo, estuvo a punto de caerse y se tambaleó un poco hasta que recobró el equilibrio.

—Pen, la tienda. Elston y Kibb, id a buscar leña. Los demás, ocupaos de la defensa. Mhurn, ve a cazar algo para comer. Lazarus, la montura de la reina.

—Yo me ocuparé de mi montura, capitán.

—Como queráis, Señora. Lazarus os proporcionará cuanto necesitéis.

Los soldados se dispersaron para cumplir sus diversos encargos. Kelsea se agachó hasta el suelo y se deleitó con los crujidos de su columna. Tenía los muslos muy doloridos, pero no pensaba hacer estiramientos de cuádriceps delante de tantos hombres. Sí, eran mayores, demasiado mayores para que Kelsea los encontrara atractivos. Pero eran hombres de todos modos, y de pronto la joven se sintió incómoda delante de ellos, como nunca se había sentido delante de Barty.

Condujo su yegua hasta un árbol al fondo del claro y ató las riendas a una rama con un nudo holgado. Acarició suavemente el sedoso cuello del animal, pero este sacudió la cabeza y relinchó para indicar que no quería que lo acariciaran, así que Kelsea se apartó.

—Tranquila. Ya veo que también tendré que ganarme tu buena disposición.

—Alteza —bramó una voz a su espalda.

Kelsea se volvió y vio a Lazarus, que tenía una almohaza en la mano. No era tan mayor como a ella le había parecido al principio; tenía el pelo castaño oscuro, con entradas incipientes, y no debía de pasar de los cuarenta. Sin embargo, su rostro estaba surcado de arrugas y su expresión era adusta. En sus manos se apreciaban cicatrices, pero lo que más le llamó la atención fue la maza que llevaba al cinto: una bola de hierro recubierta de pinchos de acero afiladísimos.

«Un asesino nato», pensó. Una maza no era más que un elemento decorativo, cuya efectividad dependía de la violencia con que la empuñaran. Aunque el arma debería de haberla impresionado, se sintió reconfortada por la presencia de aquel hombre, quien sin duda había vivido rodeado de violencia casi toda la vida. Cogió el cepillo y se fijó en que él no apartaba la vista del suelo.

—Gracias. Supongo que no sabes cómo se llama la yegua.

—Vos sois la reina, Señora. Podéis llamarla como queráis. —Le dirigió una mirada breve e inexpresiva, y luego volvió a desviarla.

—No me corresponde a mí ponerle otro nombre. ¿Cómo se llama?

—Os corresponde hacer lo que se os antoje.

—Dime su nombre, por favor.

Kelsea notó que despertaba su mal genio. ¿Por qué aquellos hombres tenían tan mala impresión de ella?

—No lo tiene, Señora. Pero yo siempre la he llamado May.

—Gracias. Me parece un buen nombre.

Lazarus echó a andar. Kelsea inspiró hondo para darse valor y, en voz baja, dijo:

—No te he dicho que te vayas, Lazarus.

Él se volvió, inexpresivo.

—Lo siento. ¿Deseáis algo más, Señora?

—¿Por qué me habéis traído una yegua, si todos vosotros montáis caballos enteros?

—No sabíamos si sabríais montar, Señora —contestó él, y esta vez el deje burlón de su voz resultó inconfundible—. No sabíamos si seríais capaz de controlar un entero.

Kelsea entrecerró los ojos.

—¿Qué demonios creíais que había estado haciendo en el bosque tantos años?

—Jugar con muñecas, Señora. Haceros peinados. Probaros vestidos, tal vez.

—¿Te parezco una niña remilgada, Lazarus? —Kelsea notó que subía la voz. Algunas cabezas se habían vuelto para mirarlos—. ¿Tengo pinta de pasarme horas delante del espejo?

—No, en absoluto.

Kelsea sonrió; fue una sonrisa crispada que requirió cierto esfuerzo. Barty y Carlin nunca habían tenido espejos en la casa, y durante mucho tiempo Kelsea había creído que era para impedir que se volviera presumida. Sin embargo, un día, cuando tenía doce años, había visto su cara reflejada en la laguna de aguas transparentes que había detrás de la casita y entonces lo había entendido: su cara era tan anodina como el agua en la que se reflejaba.

—¿Puedo marcharme ya, Señora?

Se quedó mirándolo un instante, pensativa, y entonces dijo:

—Depende, Lazarus. Tengo unas alforjas llenas de muñecas y vestidos con los que jugar. ¿Quieres peinarme?

El soldado permaneció un momento quieto; la expresión de sus oscuros ojos era difícil de interpretar. De pronto agachó la cabeza, pero fue un gesto exagerado, demasiado profundo para ser sincero.

—Podéis llamarme Maza si lo deseáis, Señora. Todos me llaman así.

Tras decir eso, se alejó y su capa gris claro se perdió entre las sombras del crepúsculo. Kelsea se acordó del cepillo que tenía en la mano y se volvió para cepillar la yegua; mientras lo hacía, su mente se agitaba como un animal salvaje.

«Quizá me los gane con mi osadía.»

«Nunca te ganarás el respeto de esta gente. Podrás considerarte afortunada si llegas con vida a la Ciudadela.»

«Es posible. Pero tengo que intentar algo.»

«Hablas como si tuvieras opciones. Lo único que puedes hacer es lo que ellos te digan.»

«Soy la reina. No les debo obediencia.»

«Eso piensan la mayoría de las reinas, hasta el momento en que cae el hacha.»

 

 

Cenaron carne de venado, una carne muy fibrosa, apenas comestible pese a haberla asado bien en la hoguera. Aquel ciervo debía de ser muy viejo. Kelsea solo había visto unos pocos pájaros y ardillas durante el trayecto por el bosque de Reddick, pese a que la vegetación era muy exuberante; allí no podía escasear el agua. A Kelsea le habría gustado preguntar a los soldados por qué había tan pocos animales, pero temió que lo interpretaran como una queja de la comida. De modo que masticó en silencio aquella carne correosa y se esforzó para no mirar fijamente a los hombres sentados a su alrededor con las armas al cinto. Los soldados no hablaban, y Kelsea no pudo evitar pensar que aquel silencio se debía a su presencia, y que era ella quien les impedía distraerse charlando, como habrían hecho de no encontrarse ella allí.

Después de cenar, se acordó del regalo de Carlin. Cogió uno de los faroles que había alrededor de la hoguera y fue a coger su mochila, que estaba colgada de la silla de montar de la yegua. Dos soldados, Lazarus y el otro más alto y ancho de espaldas al que había estado observando por el camino, se apartaron de la hoguera y, sin hacer apenas ruido, la siguieron hasta el cercado que habían improvisado. Kelsea comprendió que, tras años de soledad, seguramente jamás volvería a estar sola. Esa idea tal vez debería de haberla reconfortado, pero curiosamente se le hizo un nudo en el estómago. Se acordó de un fin de semana, cuando tenía siete años; Barty se había estado preparando para viajar a la aldea para vender carne y pieles. Hacía ese viaje cada tres o cuatro meses, pero esa vez Kelsea había decidido que quería acompañarlo; lo ansiaba tanto que creía que se moriría si no iba. Montó un berrinche monumental sobre la alfombra de la biblioteca, con lágrimas, gritos y mucho pataleo.

Carlin no tenía paciencia para ese tipo de teatro; intentó razonar con Kelsea durante unos minutos, y entonces se metió en su biblioteca. Fue Barty quien le lavó la cara y se la sentó en la rodilla hasta que paró de llorar.

—Eres valiosa, Kel —le dijo—. Como el cuero, o como el oro. Y si alguien descubriera que vives aquí, intentarían robarte. A ti no te gustaría que te robasen, ¿verdad?

—¡Pero si nadie sabe que vivo aquí, estoy sola! —replicó Kelsea entre sollozos.

Estaba muy segura de esa afirmación: ella era un secreto, y por lo tanto estaba sola.

Barty sacudió la cabeza sonriendo.

—Es cierto, Kel, nadie sabe que vives aquí. Pero el mundo entero sabe quién eres. Piénsalo un momento. ¿Cómo puedes estar sola si el mundo entero piensa en ti todos los días?

Pese a tener solo siete años, esa respuesta le había parecido sumamente evasiva viniendo de él. Había servido para secar sus lágrimas y calmar su ira, pero a lo largo de las semanas siguientes había recordado con frecuencia aquella frase, y le había dado vueltas en busca del fallo que sabía que contenía. Hasta transcurrido cerca de un año, cuando leía uno de los libros de Carlin, no encontró la palabra que había estado buscando: no era «sola», sino «anónima». La habían mantenido anónima todos aquellos años, y durante mucho tiempo ella había creído que Carlin (Barty tal vez no) la había escondido por crueldad. En el claro, con aquellos dos altos soldados detrás, se preguntó si su anonimato habría sido una bendición. En todo caso, ya lo había perdido.

Los soldados iban a dormir alrededor de la hoguera, pero habían montado una tienda de campaña para Kelsea a unos seis metros del borde del claro. Entró en ella y cerró la portezuela, y oyó que dos soldados se apostaban a sendos lados de la entrada; después se hizo el silencio.

Kelsea dejó su mochila en el suelo y hurgó entre la ropa hasta que encontró un sobre de papel de vitela blanco, uno de los pocos lujos que se permitía Carlin. Notó que dentro había un objeto que se deslizaba. Se sentó en la cama y miró fijamente la carta; confiaba en que estuviera llena de respuestas. Se la habían llevado de la Ciudadela cuando apenas tenía un año, y no conservaba ningún recuerdo de su verdadera madre. A lo largo de los años había ido descubriendo algunos detalles sobre la reina Elyssa: era hermosa, no le gustaba leer y había fallecido a los veintiocho años. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo había muerto: eso pertenecía a territorio prohibido. Siempre que formulaba una pregunta sobre su madre, Carlin sacudía la cabeza y murmuraba: «Lo prometí». Fuera lo que fuese eso que Carlin había prometido, quizá ese día se resolviera el misterio. Kelsea contempló un momento más el sobre; entonces rompió el sello de Carlin y lo abrió.

Del sobre cayó una joya azul colgada de una fina cadena de plata.

Kelsea cogió la cadena, la sostuvo colgada de sus dedos y la observó atentamente bajo la luz del farol. Era un collar idéntico al que ella había llevado toda la vida: un zafiro con corte esmeralda, con una finísima cadenita de plata. El zafiro brillaba alegremente bajo la luz, lanzando destellos azulados intermitentes por el interior de la tienda.

Kelsea volvió a introducir la mano en el sobre en busca de una carta, pero no encontró nada. Comprobó que no hubiera quedado nada en las esquinas. Levantó el sobre y escudriñó en su interior a contraluz, y entonces vio una palabra escrita bajo el sello. Reconoció la caligrafía de Carlin.

Cuidado.

De pronto oyó una fuerte carcajada alrededor de la hoguera y se sobresaltó. Con el corazón acelerado, aguzó el oído para discernir si los soldados que montaban guardia junto a su tienda decían algo, pero no oyó nada.

Se sacó el collar de debajo de la blusa y lo colocó junto al que acababa de encontrar en el sobre. Eran idénticos, no cabía duda: dos gemelos perfectos, incluidas las cadenillas. Habría sido muy fácil confundirlos. Kelsea se apresuró a esconder el collar que llevaba al cuello.

Levantó de nuevo el otro collar y, desconcertada, vio oscilar la joya. Carlin le había contado que todos los herederos al trono del Tearling habían llevado aquel zafiro desde el día de su nacimiento. Según la leyenda popular, la joya era una especie de amuleto que protegía de la muerte. En numerosas ocasiones, cuando era más pequeña, Kelsea se había planteado quitarse el collar, pero la superstición se había impuesto; ¿y si la partía un rayo nada más quitárselo? Por eso nunca se había atrevido a desprenderse de él. Carlin jamás había mencionado que existiera otra joya, pese a que debía de haber estado en su poder todo ese tiempo. Secretos... Con Carlin, todo era secreto. Kelsea no sabía por qué la habían dado en adopción a Carlin, ni quién había sido hasta ese momento, en su vida anterior. Suponía que había sido alguien importante, ya que se desenvolvía con demasiada elegancia para vivir en una casita del bosque. Hasta la presencia de Barty parecía desdibujarse cada vez que aparecía Carlin.

Kelsea contempló la palabra escrita en el interior del sobre: «Cuidado». ¿Sería otro recordatorio de que debía ser prudente en su nueva vida? Lo dudaba; en las últimas semanas había oído esa recomendación hasta la saciedad. Parecía más probable que ese otro collar fuera diferente, de alguna manera; quizá incluso peligroso. Pero ¿en qué radicaba la diferencia? El collar de Kelsea no era peligroso; de haberlo sido, Barty y Carlin no le habrían permitido llevarlo siempre puesto.

Miraba fijamente la joya, pero esta se limitaba a colgar, tan ufana, de la cadenilla mientras la tenue luz del farol arrancaba destellos a sus múltiples facetas. Kelsea se sintió ridícula y guardó el collar en lo más hondo del bolsillo interior de su capa. Tal vez a la luz del día resultara más fácil apreciar alguna diferencia entre los dos. Metió el sobre dentro de la carcasa del farol y vio cómo la llama devoraba el grueso papel mientras una rabia contenida impregnaba sus pensamientos. Carlin nunca daba respuestas: solo generaba más preguntas.

Se tumbó y se quedó mirando el techo de la tienda. Se sentía absolutamente aislada, pese a saber que fuera estaban los soldados. Hasta ese día, desde que Kelsea tenía uso de razón, Barty y Carlin siempre se quedaban en el piso de abajo, despiertos, cuando ella iba a acostarse: Carlin con un libro en la mano y Barty haciendo tallas o experimentando con alguna planta que hubiera encontrado para obtener un anestésico o un antibiótico útiles. Pero Barty y Carlin ya estaban lejos, dirigiéndose hacia el sur.

«Ahora estoy sola.»

Se oyeron más risas amortiguadas alrededor de la hoguera. Kelsea estuvo deliberando brevemente si salir afuera e intentar, al menos, hablar con los soldados, pero lo descartó. Ellos debían de estar hablando de mujeres, o de batallas, o quizá de viejos compañeros; su presencia no sería bien recibida. Además, la larga cabalgata y el frío la habían dejado agotada y le dolían mucho los muslos. Apagó el farol y se tumbó sobre un costado a la espera de un sueño irregular.

Al día siguiente cabalgaron más despacio, pues el tiempo había empeorado. Si bien el frío ya no era tan intenso, una fina y desagradable neblina se adhería a todo, envolvía los troncos de los árboles y se desplazaba por encima del suelo formando corrientes sinuosas. El terreno era cada vez más llano; el bosque, menos cerrado, y entre los árboles crecía un sotobosque espeso. Empezaban a aparecer más animales, la mayoría desconocidos para Kelsea: ardillas pequeñas y unas bestias de aspecto canino, babeantes, que habrían podido confundirse con lobos si no se hubieran mostrado tan asustadizas y no hubieran huido al ver el escuadrón. Pero no vieron ni un solo ciervo, y, cuando se hizo completamente de día, Kelsea identificó otra de las fuentes de su creciente desasosiego: no se oía ni un solo trino de pájaro.

Los soldados también parecían desanimados. Kelsea se había despertado varias veces durante la noche por sus continuas risas, y se había preguntado cuándo se callarían y se pondrían a dormir. Sin embargo, toda aquella alegría parecía haberlos abandonado, igual que el buen tiempo. A medida que avanzaba el día, Kelsea se fijó en que, cada vez más, los soldados lanzaban rápidas miradas detrás de ellos, pese a que ella no veía más que vegetación.

Hacia mediodía se detuvieron para abrevar los caballos en un arroyo que atravesaba el bosque. Carroll desplegó un mapa y él y unos cuantos hombres más se apiñaron alrededor; a partir de los fragmentos de conversación que alcanzó a oír, Kelsea concluyó que la neblina les estaba causando problemas, pues les impedía ver los puntos de referencia que indicaban el camino.

Fue cojeando hasta una gran roca lisa junto al arroyo. Sentarse le produjo un dolor atroz; sintió como si los músculos de sus caderas fueran a desprenderse del hueso cuando doblase las rodillas. Tras maniobrar un poco, consiguió sentarse con las piernas cruzadas, y entonces comprobó que también le dolían las nalgas de cabalgar tantas horas seguidas.

Elston, el soldado corpulento que había permanecido casi todo el camino al lado de Kelsea, la siguió hasta la roca y se quedó vigilando a unos escasos dos metros. Cuando Kelsea levantó la cabeza, él compuso una sonrisa torcida y mostró una boca llena de dientes rotos. La joven intentó ignorarlo, estiró una pierna y se tocó el pie. Sintió como si estuvieran cortándole los músculos del muslo a tiras.

—¿Duele? —le preguntó Elston.

La mermada dentadura le impedía articular las palabras correctamente; Kelsea tuvo que pensar un momento para entender lo que le había dicho.

—No, en absoluto.

—¡Ja! ¡Si apenas podéis moveros! —exclamó él riendo, y rápidamente añadió—: Señora.

Kelsea estiró los brazos y se tocó los dedos de los pies. Le dolieron muchísimo los muslos, y sintió como si los tuviera en carne viva, como si en su interior hubiese costuras que se abrían y sangraban. Se sujetó los dedos de los pies durante unos cinco segundos y entonces los soltó. Cuando volvió a mirar a Elston, vio que él seguía con aquella sonrisa desdentada en los labios. El soldado guardó silencio y permaneció quieto hasta que llegó la hora de volver a montar.

Poco antes del ocaso montaron el campamento. Kelsea acababa de desmontar cuando le arrancaron las riendas de la mano; se dio la vuelta y vio a Maza llevándose su yegua. Fue a protestar, pero se lo pensó mejor y se volvió hacia el resto de la guardia, y vio que cada uno se ocupaba de sus tareas. El soldado más joven estaba sacando el material para armar su tienda de las alforjas de su caballo.

—¡Ya lo hago yo! —le gritó Kelsea, y cruzó el claro a grandes zancadas, con un brazo extendido para que el soldado le diera alguna herramienta, o quizá un arma: no le importaba. Jamás se había sentido tan inútil.

El soldado le acercó un mazo y dijo:

—Para montar la tienda hacen falta dos personas, Alteza. ¿Puedo ayudaros?

—Claro que sí —contestó Kelsea, satisfecha.

Uno sujetaba las estacas y el otro las golpeaba; de ese modo, montar la tienda resultaba sencillo, y Kelsea aprovechó para entablar conversación con el soldado. Se llamaba Pen y era relativamente joven; no aparentaba más de treinta años, y en su cara no se apreciaban las arrugas ni el desgaste que parecían grabados en los semblantes del resto del escuadrón. Era guapo, con el pelo castaño oscuro y un rostro despejado y bondadoso. Pero, curiosamente, todos los soldados de la guardia de su madre eran atractivos, aunque aparentaran más de cuarenta años; incluido Elston, siempre que tuviese la boca cerrada. No podía creer que su madre hubiera escogido a sus soldados solo por su aspecto físico.

Kelse ...