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LA SEGUNDA REVOLUCIóN. HEREDERO

Costa Alcalá

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Fragmento

Antes de la Revolución había diez Familias, una para cada poder. Ahora solo quedan ocho. Aura desapareció. De Dominio, la Familia Imperial, solo queda un mal recuerdo.

Casi veinte años después, los estudiantes del Liceo de la Guardia de Blyd se entrenan para proteger con su magia a una sociedad que hace años que vive en paz. Pero cuando la sombra de Dominio vuelve a acechar al país, un grupo de estudiantes tendrá que enfrentarse a los secretos del pasado... sin revelar los suyos.

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A nuestros blydenses. Los de siempre.

Los de ahora

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Una sombra furtiva se detiene frente a la alambrada. La reja es demasiado alta para saltarla, pero no va a ser un problema. La sombra cierra los ojos para concentrarse. Con cuidado, extiende una mano hacia delante y una ráfaga de Aire le rodea el cuerpo. Levanta la otra mano y el viento se hace más intenso. Puede sentir la corriente como una fuerza viva que le envuelve. El intruso entonces hace un gesto enérgico hacia abajo. El Aire se sacude violentamente y lo levanta del suelo en un salto imposible hasta el otro lado de la valla.

Ya está dentro. En el Liceo de la Guardia y Defensa Ciudadana de Blyd. Solo los mejores logran una plaza en el Liceo pero, en su caso, espera no tener problemas.

No sabe qué hacer ni adónde ir. Cuando planeó su huida, las posibilidades que se le abrían parecían sencillas; pero ahora duda. Se levanta el cuello del abrigo para que le cubra mejor la cara y echa a correr: parece más fácil detener sus pensamientos mientras lo hace. Aunque no es tan sencillo; su cerebro se empeña en repetirle que puede que su plan no funcione, que puede que ni siquiera en el Liceo de Blyd esté a salvo.

Avanza a lo largo de una avenida arbolada con la vista fija en el edificio que queda justo enfrente. De repente, le da un vuelco el corazón. Algo le ha rozado. Se detiene. Sus botas patinan estrepitosamente contra la gravilla del suelo y entonces advierte que lo que acaba de tocarle tan solo es una estatua. Le ha dado un susto de muerte.

Se aparta unos pasos para verla mejor. Representa a un hombre joven con ropa de trabajo, alto y musculoso. Tiene las manos ligeramente adelantadas y de ellas brota un árbol. La luz de la luna se refleja en el mármol proporcionándole una tonalidad lechosa. Tierra. El intruso avanza un poco más y esta vez no se asusta al encontrar otra escultura. Agua. Se trata de una mujer envuelta hasta la cintura en un torbellino de piedra azulada. La tercera está medio escondida entre los arces que flanquean la avenida, otra mujer con el pelo y la ropa agitados por un viento invisible. Aire. Ahora las reconoce. Por un momento la fascinación puede más que la cautela y avanza por la avenida a paso tranquilo, fijándose en el resto de las esculturas que aparecen poco a poco entre los árboles; nueve estatuas para nueve Familias. Falta la décima. El edificio principal del Liceo se abre alrededor de un gran patio y allí en medio, como si le diera la bienvenida, se levanta el pedestal que tiempo atrás albergó la representación de la última Familia. Se da cuenta de que incluso en el Liceo se han deshecho de ella. De su garganta escapa una carcajada inesperada.

Cuando llega al edificio, sube los escalones de piedra desgastada por el paso de centenares de estudiantes y levanta la cabeza hacia una enorme estrella trabajada en alabastro blanco que hay sobre la puerta. En cada una de sus nueve puntas, símbolos de bronce bruñido representan a las nueve Familias y en el centro se adivina una inscripción. El intruso levanta una mano y de repente las sombras a su alrededor se agitan como azuzadas por el Fuego que acaba de aparecerle sobre la palma. La estrella de nueve puntas ahora refulge con luz prestada y puede leer la inscripción:

—«Libres. Iguales. Justos.» —No suena mal, aunque las palabras tendrían más fuerza si fuera capaz de pronunciarlas sin miedo—. Calma —dice con un poco más de firmeza mientras se adentra en el vestíbulo del edificio—. No hay vuelta atrás. No pasa nada. No pasa nada.

Deambula por el edificio desierto. La vista se le escapa hacia los techos abovedados y a las formas casi orgánicas que dibujan las sombras de los rincones hasta que ve luz al final de un pasillo. Se acerca tratando de no hacer ruido. La luz proviene de una puerta entornada. En una placa dorada, se lee: ELMERT NAYER, DIRECTOR. En el despacho, un hombre de barba cana y cabello en retroceso está enfrascado en la lectura de unos documentos. Mierda. Se supone que no debía haber nadie.

Las dudas regresan. La culpabilidad le inunda el estómago pero, contra todo pronóstico, tiene que reprimir una carcajada. Le resulta irónico que, para conseguir lo que quiere, tenga que usar aquello de lo que está huyendo.

Se arma de valor y entra. La puerta choca contra la pared al abrirse y rompe el silencio.

—¿Nedia? —pregunta el director sin apartar la vista de sus papeles—. ¿Qué quieres ahora? No te preocupes tanto, mujer. Todavía tenemos tiempo.

Solo responde el silencio.

El anciano continúa leyendo un poco más y después, extrañado por la ausencia de respuesta, levanta la cabeza. Antes de que pueda añadir algo, el intruso adelanta la mano y cierra el puño.

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—No pasa nada —repite el director.

—Soy un estudiante... —continúa el intruso mientras camina en su dirección. Deja el abrigo en la silla que queda libre frente al escritorio del director antes de sentarse. Debajo lleva un traje igual de gris y anodino que el abrigo pero, con suerte, dentro de unos días podrá vestirse con el uniforme del Liceo.

—Eres un estudiante... —murmura el director con la mirada clavada en sus ojos—. Creo que no te recuerdo. ¿Cómo te llamabas?

No puede darle su verdadero nombre. Frunce los labios en una mueca fugaz. El nombre. Esto no está saliendo según lo planeado. Pasea su mirada por el despacho pero no hay nada para darle ideas, porque está claro que llamarse «ventana» no es que le apetezca mucho. Entonces repara en la estantería que hay a su derecha. Hace una rápida selección de títulos y ordena sus sílabas hasta que toman forma. Ya lo tiene.

Podría pasar por verdadero. Podría ser un comienzo.

—¿Y bien? —pregunta de nuevo el director—. ¿Cuál era tu nombre?

El intruso articula las sílabas. Una a una, van cayendo dentro de la mente del director convirtiéndose en palabras, como si hubieran estado ahí siempre.

Le gusta cómo suenan cuando el director las repite en voz alta. Sí. Su nuevo nombre.

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Martes, 1 de octubre.

Afueras de Blyd, aproximadamente a quinientos metros

sobre el suelo. 6.40 de la mañana

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El aéreo sobrevuela los tejados de colores del Barrio Antiguo cuando se vislumbra a lo lejos la estación Varno Monsett. Es un inmenso edificio de hierro forjado y cristal como una pajarera, abierta por la parte superior. A su alrededor, despegan y aterrizan un enjambre de aéreos que parecen gigantescos insectos mecánicos.

Una azafata imposiblemente acicalada tras doce horas de vuelo cruza el habitáculo a pasitos cortos, lo máximo que le permiten los tacones y la falda de lápiz que lleva. Al final del pasillo se detiene para ajustarse la chaqueta roja del uniforme y el casquete de terciopelo a juego para que todo quede perfecto. Entonces anuncia el próximo aterrizaje en «Blyd, embarcadero aéreo de la estación Varno Monsett» mientras los ocupantes del aéreo se desperezan. El sol ya asoma y poco a poco ilumina Blyd, la capital de Nylert, que llena todo el paisaje visible desde las ventanillas.

Entonces, media docena de operarios se distribuye por las balaustradas que rodean la cabina del vehículo y por los laterales del globo que hace flotar el aparato. Extienden los brazos y, en perfecta sincronización, los mueven en un gesto envolvente. Están conjurando Aire. El aéreo vira y se tambalea al tiempo que se acerca vertiginosamente a la estación. Los pasajeros más aprensivos se agarran con fuerza a los reposabrazos. Justo antes de llegar al embarcadero, los operarios se gritan los unos a los otros, manipulan el viento con presteza y, finalmente, echan los anclajes. La cabina de madera cruje y, tras una breve sacudida, el aéreo se detiene. Un señor en la tercera fila, por fin, respira.

A continuación los pasajeros recogen sus equipajes y esperan pacientemente a que la puerta se abra. La misma azafata de antes les despide a todos con una sonrisa que se vuelve un poco más ancha cuando sale el último pasajero, que tropieza al desembarcar. La pesada maleta que lleva se precipita hacia el suelo pero, en vez de recuperarla, se lleva las manos a la cara y se toquetea el cuerpo, como para asegurarse de que todo siga en su sitio. El cabello oscuro y la piel de un suave color tostado indican que seguramente provenga de las islas Koru. Tiene lógica, contando con que el aéreo despegó el día anterior desde Hol Ibu, la capital del archipiélago.

Kózel, porque así se llama: Kózel, rehúye la mirada de la azafata y, tras recuperar su maleta, la arrastra con esfuerzo hacia el interior del edificio. Dentro, un rumor indefinido, de gente que viene y que va, se mezcla con la megafonía que anuncia los próximos despegues y se multiplica al chocar contra la gran cúpula de cristal que cubre el techo. Cruza el vestíbulo de la estación hacia las taquillas a un extremo y se da cuenta de que algunos viajeros miran en su dirección. Casi por inercia, Kózel se toca la cara pero cree que todo continúa como debe.

Deben de ser imaginaciones suyas, se dice. No pasa nada. Sin embargo, en cuanto llega a las taquillas y se coloca al final de la cola para comprar el billete de metropolitano, tiene una señora detrás que no le quita los ojos de encima. Mientras nota cómo un rubor de vergüenza le sube por las mejillas, Kózel clava la mirada en el suelo y no la levanta hasta que ya es su turno.

—Un billete de... —carraspea. Por culpa de los nervios ha soltado un gallo—. Un billete de ida, por favor.

El taquillero, de mediana edad y facciones agradables, asiente levemente con una sonrisa en los labios.

—Primer día de curso, ¿eh?

—¿Disculpe?

El hombre se da dos golpecitos en la pechera de la camisa. Justo ahí lleva una placa metálica labrada con la imagen de un árbol en la cima de una colina. Tierra. Kózel sabía que en el continente era común exhibir los símbolos de Familias, pero no pensaba que fuera habitual encontrar a alguien orgulloso de ser Tierra.

—Es el primer día de curso en el Liceo, ¿verdad? —insiste el hombre y Kózel por fin entiende a qué se refiere. El uniforme, claro. Casaca gris, botas hasta la pantorrilla, pantalón crema, camisa negra y chaleco verde oscuro. Y en el pecho, una estrella de nueve puntas bordada con hilo de plata que es el escudo del Liceo de la Guardia de Blyd.

Lo estrena hoy.

—Sí, sí...

—Una corona —responde el hombre sin dejar de sonreír, pero luego rectifica—: media por ser estudiante. ¿Cómo dicen en el Liceo? «Libres. Iguales. Justos», ¿verdad?

—Eso dicen, sí. —Kózel traga saliva—. Muchas gracias.

—Enhorabuena por la admisión. Tengo entendido que el ingreso no es fácil.

Kózel pesca una moneda del bolsillo de su nuevo pantalón, la deja sobre el mostrador y recoge el billete que le tiende el taquillero. Si él supiera, pobre hombre, lo difícil que es conseguir una plaza en el Liceo... Se despide con una inclinación de cabeza y antes de dar media vuelta se da cuenta de que al hombre le falta un brazo. Quizá sea un veterano de guerra.

Los soldados rasos solían ser Tierra.

Un tañido metálico distrae sus pensamientos. Del centro de la cúpula cuelga un gran reloj cúbico. Su caja es de cristal y permite ver el mecanismo que lleva en el interior: palancas y ruedas dentadas junto a un carillón que es el responsable de todo el estruendo. Con el último toque de las campanas, el reloj emite siete fogonazos de luz que iluminan el vestíbulo.

Las siete de la mañana.

Kózel profiere una maldición. Si no se apresura llegará tarde.

Casi corriendo vuelve a cruzar el vestíbulo y da gracias a los Antepasados (aunque no sabe si sentirán su gratitud, tan lejos de casa) por que esta vez no se le haya caído nada en el proceso. Kózel llega a los andenes del metropolitano resoplando por el esfuerzo y se deja caer pesadamente en un banco. Necesita tranquilizarse. Cree que toda esta aventura, igual que el uniforme que lleva, le va grande; pero entonces abre su cartera de cuero y saca cuidadosamente el portafolio donde guarda su carta de admisión al Liceo de la Guardia y Defensa Ciudadana de Blyd. Acaricia el papel con las yemas de los dedos y se concentra en el relieve de la estrella de nueve puntas, el mismo emblema de la Guardia que lleva bordado en el chaleco. Debe aferrarse a ella. Si vuelve a casa ahora habrán ganado sus padres y la Tradición. Antes del último portazo, sus padres le preguntaron qué tenía en contra de la tradición familiar y Kózel respondió que en principio nada, siempre que le ocurriera a otra persona.

Vuelve a guardar el portafolio y suspira. Entonces se fija en un retazo de tela que sobresale por un lateral de la cartera y tira de él: es una gorra de lana gris, de las que llevaban hace años los repartidores de periódicos pero que últimamente se han puesto de moda en las islas Koru. La vio en un escaparate de la estación aérea antes de embarcar en Hol Ibu y decidió comprarla. No forma parte del uniforme pero se la pone igualmente, se la cala casi hasta los ojos para que le tape la cara, y ya se siente un poco mejor.

El metropolitano, con su cabina de madera pintada de rojo oscuro y sus remaches de bronce brillando al sol, llega poco después. Mientras se acerca, descargas de Rayo azules casi blancas saltan de las ruedas a los raíles y Kózel da un salto hacia atrás, casi perdiendo la maleta otra vez. El conductor, aunque le dedica una mirada hastiada desde debajo de una gorra de plato, al menos espera pacientemente a que recupere la compostura y suba al vagón. Kózel acaba por acomodarse en un rincón mientras el vehículo sale de la estación a trompicones. Enseguida se zambulle en el infernal tráfico de hora punta en Blyd, donde peatones, cuadriciclos, carruajes, bicicletas y metropolitanos se las arreglan para no atropellarse los unos a los otros.

El metropolitano atraviesa la ciudad poco a poco. Bordea las casas de colores del Barrio Antiguo y sigue la curva que traza el río Lhin hasta una parada que, según grita el conductor, es «Puente de los Héroes». Entonces gira en dirección norte. Las calles se vuelven más anchas, a todas luces los edificios son más ricos y el metropolitano se llena de gente hasta los topes. En la parada de «Barrio Diplomático. Plaza del Parlamento», media docena de estudiantes se hace un hueco a empujones. En vez de verdes, como el suyo, llevan chalecos de color granate, así que Kózel supone que son de segundo curso.

Para no tener que cruzar la mirada con la de ninguno de ellos, trata de aplacar sus nervios mirando por la ventanilla. Ahora atraviesan una avenida ancha, con una alameda en el centro. Al final, antes de girar, se encuentran con la estatua de un señor bajito tocado con una chistera: Varno Monsett. No tiene problemas en reconocerlo porque hay una igual en todas las ciudades del país y, prácticamente, en las de todo el continente. La ha visto docenas de veces no solo en casa sino también en el orbe: Varno Monsett, el creador del Acumulador Monsett.

En cuanto la estatua queda más a la vista es cuando comienzan los abucheos. Kózel vuelve la cabeza hacia el origen del barullo y se da cuenta de que son los estudiantes de segundo curso que han subido hace unos minutos. Uno de ellos, rubio y de facciones afiladas, hace un gesto obsceno en dirección a la estatua de Monsett que arranca un coro de risas de sus compañeros. Al mismo tiempo, el ambiente en el vagón se aquieta y algunos pasajeros les dirigen miradas de reproche. Por un instante apenas se escucha más que el traqueteo del metropolitano, pero entonces el chico rubio murmura «¿algún problema?» con un tono de voz que indica que, si no tienen ninguno, a él le sobran.

Los pasajeros vuelven las miradas al suelo, a los periódicos que estaban leyendo o, como en el caso de Kózel, al paisaje, aunque toma la precaución de girarse bien contra la ventanilla para tapar el color del chaleco de su uniforme. Acaba de ponérselo y ya siente los problemas soplándole en la nuca.

Pobre Varno Monsett, piensa mientras se alejan de la avenida. La abuela Hokulea le conoció y alguna vez le ha hablado de él. Antes del Acumulador Monsett el mundo era un lugar distinto. Los efectos del Vínculo tenían una duración limitada, la gente apenas recurría a Familias que no eran la propia: suponía un gasto de energía terrible (por no hablar, claro, de la Prohibición, se recuerda Kózel mientras se descubre haciendo una mueca de desagrado), pero el Acumulador lo cambió todo. Con esa invención, una sola descarga de energía puede accionar un mecanismo, encender una luz o cualquier aparato imaginable durante horas.

La modernidad llegó al mundo a lomos del Acumulador Monsett, dicen los libros de historia. No solo eso: también se difuminó la diferencia entre Familias y en general eso se considera algo bueno, como demuestran la reluciente avenida y la estatua de Monsett. Lo que pasa, supone Kózel, es que siempre quedarán imbéciles que piensen lo contrario. Espera sinceramente no tener que cruzárselos a menudo por el Liceo. También espera que por pensar en esos términos no acabe metiéndose en líos. Porque una cosa es pensar y otra muy distinta es hacerlo en voz alta como el grupo de alborotadores, que son los únicos charlando en todo el vagón.

Según su reloj de bolsillo, son las ocho menos veinte minutos de la mañana cuando el metropolitano deja atrás el centro de la ciudad y sube por un paseo arbolado. A ambos lados se elevan grandes instalaciones deportivas construidas para los Juegos Intercontinentales de 1892 junto al nuevo estadio del Blyd Balón Prisionero Club, que según leyó Kózel cuando preparaba su viaje a la capital, cuenta con capacidad para más de ochenta mil espectadores.

Finalmente, el conductor del metropolitano anuncia la próxima parada: «Los Altos. Liceo de la Guardia» y detiene el vehículo frente a una gran verja de hierro forjado. Un segundo antes de bajar, a Kózel le invade la pregunta, tan fugaz como aterradora, de si conseguirá adaptarse a esta nueva vida en un sitio que no solo se le hace grande sino que lo es. Antepasados, si hay hasta un lago. No obstante, de inmediato se sumerge entre la marea de estudiantes que llegan desde todos los puntos del país.

El torrente de estudiantes se mueve por un camino de gravilla flanqueado por estatuas y por entre el mosaico de colores que son los uniformes, ve que se comienzan a formar patrones: chalecos granates de segundo curso con granates, azules de tercero con azules, dorados de cuarto con dorados; incluso ve un grupo con chaleco negro. Son los afortunados alumnos de Élite. Cada curso con los suyos mientras, aquí y allí, ve retazos de color verde, estudiantes de primer curso que todavía no conocen a nadie. Ya no hay vuelta atrás.

A la hora convenida, los estudiantes se reúnen en la plaza que queda frente al edificio principal del Liceo. Los alumnos más afortunados permanecen a la sombra de los pórticos que la rodean. La mayoría, sin embargo, suda estoicamente en sus uniformes nuevos.

—Desde su fundación, este Liceo se ha enorgullecido de su tradición integradora, por su búsqueda de la excelencia... —declama un hombre de barba y cabello cano, el director Nayer, mientras Kózel intenta encontrar un hueco entre la multitud, y el desasosiego que venía arrastrando todo el día se atenúa con el anonimato que le proporciona esconderse entre tanta gente—. Pero debo asegurar que, aunque sea un honor estudiar en este Liceo, todavía lo es más para el cuerpo docente darles la bienvenida. Ustedes han logrado algo que está fuera del alcance de muchos. Tienen la oportunidad de instruirse en este Liceo y de honrar nuestro lema, «Libres. Iguales. Justos». Durante sus años aquí, tendrán numerosas oportunidades para demostrar que son la élite de la élite...

—Sí. La élite... ¡Seguro! —dice una voz rezumante de sarcasmo a unos metros de distancia que le resulta familiar.

Sopesa un segundo si le vale la pena el esfuerzo de volverse para comprobar si, efectivamente, el sarcasmo del comentario iba por su presencia en el Liceo pero la curiosidad es más fuerte. Finalmente, lo hace para comprobar que no solo la voz le resulta conocida sino también, sorpresa, la cara de quien lo ha dicho. Es el brabucón rubio del metropolitano, porque probablemente los Antepasados estén molestos por la distancia que ha puesto con su familia y han colocado a Kózel justo a su lado entre tanta gente. Suspira y al final opta por la reacción más segura que es ignorarles a él y al grupo que le corea con risitas crueles para concentrarse otra vez en el discurso del director.

—Me apuesto lo que sea que cada año dice lo mismo. ¿No es para morirse de aburrimiento? —susurra, entonces, otra voz muy cerca de su oído.

El aliento del desconocido le ha hecho cosquillas en la nuca y esta vez Kózel se vuelve inmediatamente a punto de morirse del susto.

Lo primero que ve es una sonrisa. Cruza media cara de quien acaba de hablar hasta replegarse en un par de hoyuelos. Transmite una genuina y absoluta felicidad, como si el lugar entero le perteneciera. El desconocido es alto y su pelo castaño, desordenado y de aspecto suave, le proporciona un aire de niño travieso. El desconocido reacciona primero y le tiende una mano.

—Soy Lórim, Lórim Hérshel. Ese soy yo —dice el desconocido—. Lórim Hérshel, Aire. También estoy en primero —añade, señalando sus chalecos idénticos, de color verde oscuro.

Kózel, todavía con la impresión de que el corazón se le vaya a salir por la garganta, observa a Lórim Hérshel y su sonrisa de crío. Luego al director, que prosigue con su discurso y al rubio de antes, que todavía mira en su dirección.

—¿Y tú?

Con tantas cosas en la cabeza, Kózel tarda unos segundos en procesar que el tal Lórim Hérshel pregunta por su nombre.

—Kózel —se presenta secamente antes de volver la vista hacia el director; pero no puede quitarse de encima la sensación de tener una sonrisa clavada en la nuca y acaba por ceder—. Kózel Hokulea. Ilusión.

—¿Ilusión? ¿En serio? ¡Haz algo!

—¿Disculpa?

—¿Puedes hacer algo? —Con la pregunta, la sonrisa de Lórim Hérshel alcanza magnitudes que parecían imposibles para el rostro humano—. ¡Nunca había conocido a nadie de Ilusión!

—Estaba escuchando el discurso, si no te importa...

—Yo soy Aire, ¿sabes? Ya te lo he dicho. Muy Aire, tan Aire que una vez, cuando era pequeño y todavía no era capaz de controlar el Vínculo salí volando por la ventana, ¿te imaginas? Me encontraron jugando en el tejado de la casa de al lado. ¿Es verdad que los Ilusión podéis controlar también el sonido? ¿Puedes manipular mi voz? Oye, ¿cómo te han aceptado en el Liceo siendo tan bajito? No te ofendas, ¿eh? Pero es que no me llegas ni al hombro...

Kózel se da cuenta de su error. Habría tenido que decir que era Tierra. O Agua. Nadie pide a los Tierra o los Agua que hagan algo. Debería negarse porque no quiere llamar la atención pero se teme que, si no interviene, Lórim Hérshel, Aire, seguirá hablando hasta el fin de los tiempos o hasta que se ahogue por falta de oxígeno.

Cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, el mundo se ha multiplicado en colores imposibles y todo vibra en tonos nuevos. Los rayos de sol que les rodean se han vuelto algo casi sólido que podría tocar con las puntas de los dedos. Se concentra. Agita la mano en un movimiento suave, como si tocara un arpa invisible. A pesar de que la luz no se puede palpar, juraría que percibe una leve resistencia entre sus dedos cuando los haces de luz se comban a su voluntad y crean una cascada de colores que va a precipitarse contra el suelo.

Ha sido algo sencillo pero observa a su incómodo interlocutor para comprobar si ha quedado satisfecho y resulta que la boca de Lórim Hérshel forma una «O» casi perfecta, como dibujada a compás.

—¿Cómo lo has hecho?

—Pues haciéndolo —replica Kózel con aridez—. Era una Ilusión de nivel de jardín de infancia, incluso alguien que no sea de la Familia podría hacerla.

—Bueno, pues yo no sé —le replica Hérshel y luego la expresión se le ilumina como si hubiera tenido la mejor idea del mundo—. Oye, ¿crees que podrías enseñarme? Sería...

Pero Kózel se da media vuelta con los brazos cruzados a la defensiva sobre el pecho, a ver si Hérshel capta la indirecta y se concentra en lo que ocurre sobre la tarima.

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Y lo que ocurre sobre la tarima, en opinión de Lórim Hérshel, es un aburrimiento. Le habían contado que en la ceremonia de inauguración habría exhibiciones del alcance del Vínculo. ¿No se supone que también entran en el Liceo para eso? Para mejorar el control del Vínculo con todas las Familias, no solo con la propia. Para que sea más fácil detener a Los Malos, ¿no? Y atrapar a criminales y cosas así. Y cree que también para rescatar gatitos subidos a los árboles. En todo caso, en el Liceo van a enseñarles muchas cosas, pero no a dar discursos. Se convertirán en Agentes Al Servicio Del Pueblo, acaba de decir el director. Pues que lo demuestren con la práctica. Le gusta la práctica. Él, decide, es un hombre de acción. Que le traigan un gato y verán.

El anciano director termina su discurso dándoles la bienvenida al Liceo otra vez, declara inaugurado el curso de 1945 y se retira. Lórim mira a su alrededor. Con suerte, piensa, ahora será momento de las exhibiciones. Sin embargo, uno de los profesores que esperaba en fila detrás del director, de frente ancha por las grandes entradas y porte vagamente militar, se adelanta.

Lórim va a suspirar por segunda vez hasta que advierte el silencio absoluto que se ha hecho en el patio. Incluso los alumnos mayores del fondo, que con el discurso del director charlaban tranquilamente, se han quedado mudos.

El profesor comienza a hablar. Le preguntaría quién es al chico con el que ha hablado antes, Kózel, pero además de canijo le ha parecido un poco seco, así que Lórim decide buscar una cara más amable.

La afortunada es una chica que viste chaleco verde, como él, así que debe de ser también de primero. Tiene la piel pálida, los ojos grandes, profundamente verdes, y una melena castaña y desordenada. Lórim se le acerca con su mejor sonrisa. Cree que esto es lo que más le va a gustar de estudiar en el Liceo: conocer gente.

—Tiene pinta de importante, ¿verdad? ¿Quién es? —pregunta Lórim con aire casual, como si se conocieran de toda la vida. Ante todo, actitud.

La chica no parece molestarse. Es más, empieza a mover los dedos de una mano mientras musita algo para sí.

—Noventa y ocho por ciento a que es un profesor. Sale un dos por ciento a que sea el hijo del bedel pero yo iría a por las probabilidades altas. ¿Es un profesor? ¿He acertado? —pregunta, volviéndose hacia otra chica que tiene al lado.

—Todo el mundo está atento cuando habla para hacerle la pelota porque es el coordinador del programa de Élite —responde la chica de al lado—. Es el profesor Koem.

—Pues yo soy Lórim. Lórim Hérshel. Aire. —Lórim no ha podido contenerse. Le importa bien poco quién sea el profesor Koem o qué coordine.

—Yo soy Nero, Azar —contesta la chica del chaleco verde—. Y esta es Wen. Es mi compañera de cuarto.

Contento por saberse ya el nombre de tres personas en el primer día de clase, Lórim vuelve la cabeza. El profesor Koem no para de hablar con voz profunda y seria que le da ganas de bostezar. Va a probar a saludar a alguien más, a ver si le cuentan algo realmente interesante del Liceo, lo que no cuentan los profesores. Sin embargo, cuando va a darle un toquecito en el hombro al chico que tiene delante, Nero le toca el brazo.

—Yo que tú no lo haría —le dice con un asentimiento que parece mover montañas.

—¿Por qué?

—Todavía no lo sé, pero no me da muy buenas probabilidades.

—Pero ¿quién es?

—Es —suspira Wen—... Kástor Graadz. Y antes de que lo preguntes: no, no es muy simpático con los desconocidos.

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En defensa de Kástor Graadz, se debe decir que está de malas porque ha tenido una mañana muy estresante. Primero, sus hermanos, en vez de despedirle como lo harían los niños civilizados, se han agarrado a sus piernas y casi no le han dejado marchar. Segundo, para ir desde los Llanos, el barrio donde vive, hasta el Liceo, ha tenido que cruzar todo Blyd en transporte público. El transporte no le molesta, pero con el público tiene un problema. A Kástor no le gusta ir en metropolitano porque siempre está lleno de gente. Tampoco le gusta que le toquen sin su permiso, ni los ruidos fuertes, ni la verdura. A Kástor no le gustan muchas cosas.

—Eh, Kástor. —A su lado, Vann Strainir, que va al mismo curso que él y es su amigo, le hace una seña—. Ya nos toca.

Kástor sigue a Vann hacia la tarima. Junto a ellos, otros seis estudiantes forman uno al lado del otro detrás del profesor Koem, que todavía no ha acabado su discurso. «Los frutos de la paz que hemos conseguido en nuestro país están delante de nuestros ojos», dice Koem. A Kástor le gusta la palabra «paz», tan corta y a la vez con tanto significado.

Cuando el profesor la pronuncia mientras se inclina hacia delante, el ambiente en el patio se aquieta. En cambio, los compañeros que, como él, se encargarán de la exhibición se remueven. Incluso Kástor, que no es muy bueno descifrando cosas complicadas como los sentimientos, se da cuenta de que están todos nerviosos. La exhibición es importante, porque demuestra que las Familias viven en paz, que ya no hay clases, ni Prohibición ni privilegios.

Antes de la Revolución, casi veinte años atrás, era... distinto. Las Bajas Familias, Tierra, Agua y Aire, solo podían vivir como ciudadanos de segunda trabajando en el campo o en las factorías. Y Fuego, su propia Familia. De pensarlo, a Kástor se le estrecha la garganta de culpa heredada. Los Fuego también pertenecían a las Bajas Familias hasta que cambiaron de bando y pasaron a servir al Emperador como su ejército. Luego estaban Escudo, Azar, Ilusión, Familias minoritarias y provenientes de regiones remotas pero igualmente controladas por leyes cada vez más restrictivas. Y Rayo, que formaba la baja aristocracia. Ocho Familias. Antes de la Revolución había diez, pero en cuanto se instauró la República todos los Aura, que pertenecían a la corte, huyeron y de Dominio, la Familia Imperial... de ellos no queda más que un mal recuerdo.

Kástor cruza las manos a la espalda y toma una bocanada profunda de aire. No puede perder el control ahora. Respira con cuidado, a un ritmo regular, hasta que todo lo que hay a su alrededor no es más que una distracción lejana. Poco a poco comienza a concentrar todo el calor que puede en la punta de los dedos.

—Antes de terminar —dice mientras tanto el profesor Koem, que se acerca al borde de la tarima—, recuerden que no hace tanto tiempo Nylert era un país distinto. Injusto. Un país de esclavos donde el futuro de cada uno no lo marcaba su capacidad, sino una insignia cosida a la ropa. Recuerden a sus padres y abuelos que, cuando el Emperador Indrasil cometió el mayor de los crímenes y Dominó a todo su pueblo para que muriera en una guerra que no podía ganar, se alzaron contra la opresión. No olviden jamás que todos ellos se rebelaron. Lo hicieron para que Tierra, Fuego, Aire, Agua, Azar, Escudo, Ilusión y Rayo fueran libres, justos e iguales. Y la Guardia estaba allí. La noche en que se puso fin a la tiranía, la Guardia de la que ustedes pronto formarán parte eligió ponerse del lado de la Justicia y no de la ley, porque las leyes eran injustas. —Koem hace una pausa, su voz ha ido subiendo de volumen. No quita los ojos de su audiencia—. Solo han pasado diecisiete años, este es un mundo nuevo pero frágil. Es su deber protegerlo. Nuestra paz y nuestra democracia son tan jóvenes como ustedes y todavía tienen enemigos. Defiéndanlas. Defiéndanlas de quienes quieran corromperlas y de aquellos que todavía hoy sienten nostalgia por la tiranía de los Indr...

La voz de Koem se rompe antes de acabar. Inclina la cabeza como si le doliera o hubiera recibido un golpe. Kástor está tan cerca que le ve jadear en silencio.

La plaza entonces se sume en un silencio incómodo pero al cabo de un instante Koem se yergue. Hace un gesto con la mano, rápido, y se retira.

Ya les toca. Kástor se frota las manos, que ya le queman.

Los nervios regresan con toda su fuerza pero ya no hay tiempo para retroceder. El primero del grupo, un chico alto y rubio con chaleco negro, de Élite, extiende las manos y mueve los brazos dibujando un círculo delante de él. La atmósfera primero se enfría. Las copas de los árboles que decoran el patio se agitan y salido de la nada, entre las manos del estudiante, aparece un torbellino de Aire.

Una chica de chaleco azul celeste de tercero, cuyos ojos de un azul profundo parecen oscurecerse cuando agita las manos, se adelanta mientras una miríada de destellos plateados se empieza a condensar entre sus dedos. Es Agua que, poco a poco, se extiende por sus brazos, serpentea. A Kástor le recuerda al movimiento de los peces nadando a contracorriente. Al final, con un gesto brusco, la chica impulsa el Agua hacia delante y esta se entrelaza con el Aire justo en el instante en que ambos elementos comienzan a girar a toda velocidad.

El turno de Kástor se aproxima. Delante de él solo queda Vann que, sin aparente esfuerzo, golpea el suelo con los pies. La tarima vibra como si acabara de desencadenarse un terremoto. Entonces, con un gesto que no es exactamente lento pero sí pesado, Vann levanta las manos; piedras, tierra y rocas salen disparadas hacia arriba y se adhieren a la esfera de Agua y Aire que baila delante de ellos.

Por fin Kástor da una palmada con los brazos hacia delante. El calor acumulado en sus manos estalla en una llamarada que le baila por los dedos, le ondula por las mangas de la camisa hasta llegarle a los codos y entonces él, tras un ademán brusco con el brazo, envía el Fuego contra la esfera. Se produce entonces un choque violento, una nube de vapor cubre la tarima durante varios segundos y a Kástor se le nubla la vista mientras siente bajo la piel la energía del Fuego confluyendo con la de sus compañeros mientras él lucha por mantener el Vínculo ya no solo con su Familia, sino también con las demás.

Está tan concentrado que no ve cómo a su lado el siguiente estudiante convoca Rayo. Sin embargo, sí que nota su efecto cuando un latigazo de electricidad sacude la esfera. A Tierra, Fuego, Agua y Aire se le añade un arco de energía azul vibrante que se entrelaza con el resto de las Familias mientras dibuja formas caprichosas. Kástor siente que cada vez le es más difícil mantener el control.

Y aún quedan tres más. Un destello de luz que se incorpora súbitamente a la esfera le indica que el estudiante de Ilusión ya ha hecho su parte. La tarima, todo el patio, incluso las caras asombradas de sus compañeros se iluminan con una claridad imposiblemente blanca.

A continuación, es el turno de Azar; los Azar son capaces de ver patrones, probabilidades en el mundo que les rodea, y a veces incluso decantarlas a su favor. Kástor siente la energía que se añade a la esfera porque, de repente, nota una sacudida y casi pierde la concentración. La esfera entonces se tambalea y Kástor observa, de reojo, que los espectadores de la primera fila se apartan prudentemente.

A lo largo de varios segundos la esfera gira a toda velocidad convertida en una amalgama de colores brillantes. Entonces el estudiante de Escudo estira ambos brazos y golpea la bola de energía con una fuerza invisible. Esta se expande, los elementos se retuercen como serpientes que se persiguen las unas a las otras y el ambiente sobre la tarima se carga de una energía explosiva que pugna por escapar. Se escucha el siseo de vapor de agua al chocar contra el Fuego, el restallar de la electricidad que escapa hacia el cielo como un relámpago y varias piedras se precipitan sobre el suelo. Entonces sucede un último estallido de luz, primero blanca, que luego brilla con cada color del arcoíris. Después, en cuestión de segundos, toda esa fuerza se disipa y solo restan un poco de humo y un silencio asombrado.

La plaza prorrumpe en aplausos. Kástor no sabe si por el espectáculo o porque, por fin, se ha acabado la ceremonia. Consciente de toda la gente que hay reunida en la plaza, se apresura a bajar del estrado pero entonces alguien se le echa encima y siente cómo se le apoya una mano cálida en la nuca.

—Nzo —murmura Kástor. Tan solo su amigo Enzo hace cosas como pasarle el brazo por los hombros. Cualquier otro acabaría en el suelo de un empujón pero Enzo, no. Enzo, con la piel oscura y el pelo cortísimo, es su mejor amigo desde hace un año menos un día. Lo tiene memorizado porque lo de los amigos no le ocurre muy a menudo.

—¡Kástor! Kástor, has estado genial. ¡Genial! ¿Ves? No tenías por qué preocuparte. Ya te lo decía yo, ¿verdad? Ya te lo decía. Es fantástico que te hayan elegido justo a ti de entre todos los Fuego del Liceo. Estoy muy orgulloso. —Enzo lo zarandea y aprovecha para despeinarle antes de que Kástor se aparte de él—. En serio, has estado maravilloso. Y tú también, que no se me olvida —añade cuando Vann se detiene a su lado.

—Sí, pero cuando la esfera ha estado a punto de descontrolarse tú también te has echado para atrás. No intentes negarlo que te he visto, Baaer —replica Vann aunque remata la frase con un guiño para que sepa que está de broma.

Enzo, en vez de justificarse, encoge los hombros.

—Como dicen en Pralín, Touché! Pero es verdad que ha salido genial. ¿Y el discurso de Koem? Me ha encantado. Casi lloro, os lo juro. No os riais, capullos —añade.

—No, hombre, no nos reímos. —Vann finge que se despereza para ocultar una sonrisa burlona—. Aunque quizá Koem se haya extralimitado un poco con eso de defender la democracia. Ya sé que hace muy poco tiempo de la Revolución y que hay gente que todavía no entiende que las cosas cambian pero de ahí a llamarlos enemigos...

—Pues si a ti te ha parecido exagerado, no os imagináis la cara que ha puesto Nedia Vorak mientras hablaba Koem...

Nedia Vorak impartía Fundamentos del Vínculo el curso anterior. No sabe qué les enseñará este año. A Kástor le gusta la profesora Nedia Vorak porque al hablar nunca levanta la voz, pero es tan bajita como aterradora. No recuerda haberle visto ninguna cara particular, así que niega con la cabeza.

—No, claro, es que estabais en la tarima con Koem y la teníais detrás —insiste Enzo—; pero era como si acabara de pescar a alguien copiando en un examen.

—Bueno. Nedia siempre pone mala cara por cualquier cosa, tampoco es la más risueña del claustro de profesores. —Vann echa una rapidísima mirada hacia atrás. Kástor no sabe si para comprobar que la profesora Vorak esté escuchándoles hablar de ella. No sería la primera vez—. Si te vas a quedar más tranquilo, Baaer, vamos y se lo preguntamos.

—Sinceramente, Vann, antes preferiría cortarme una pierna con un mondadientes.

Kástor sabe, porque es una exageración, que Enzo no lo dice en serio. De todas formas la vista se le va a la pierna de su amigo un segundo.

—En fin, ¿qué vais a hacer ahora? ¿Vamos a deshacer el equipaje? O mejor: ¿vamos a por una cerveza? —pregunta Vann. Se ha quedado con las manos entrelazadas detrás de la cabeza y la vista perdida entre la multitud—. ¿Con quién os ha tocado en el dormitorio? Yo tengo a... un momento, que no me acuerdo. —Vann abandona momentáneamente su búsqueda y consulta un papelito que guarda arrugado en el bolsillo del pantalón—. Este año tengo a un tal Kózel Hokulea. De primero.

—Nosotros vamos juntos. —Enzo pasa un brazo alrededor de los hombros de Kástor otra vez.

Vann levanta las cejas. Envidia, parece. Aunque Kástor cree que sigue de buen humor.

—Ya me contarás a quién has sobornado para que os pongan juntos en vez de obligarnos a estar con «estudiantes de otros cursos para fomentar la colaboración» —dice imitando el tono de voz afectada que usan los administradores del Liceo—. En fin. Si me toca un tipo tan raro como el del año pasado, pediré el traslado al Liceo de Klachnodar, os lo juro.

Enzo estalla en carcajadas. Tiene una risa que suena como si le saliera directamente del alma.

—No, hombre, no. Ya sería mala suerte. Y para celebrar que comienza el curso, vamos a tomar esa cerveza, ¿no? Por el Sobrelhin he descubierto un local donde sirven Túlband.

—Tentador. —Túlband es la marca de cerveza favorita de Vann. Kástor está seguro de que su amigo memoriza todos los lugares de Blyd donde la sirven—. Pero acabo de recordar que tengo un compromiso. Os veo luego, chicos.

Vann da un golpecito en el hombro a Kástor y le dedica un gesto de agradecimiento a Enzo. Abre la boca para añadir algo más pero vuelve a quedarse con la vista fija a lo lejos y, sin más, se va. Kástor le sigue intrigado con la mirada; pero entonces se da cuenta de que Vann va directo a encontrarse con un grupo de chicas de su mismo curso a las que Kástor no conoce, porque él no conoce a muchas chicas, pero está claro que Vann sí.

Si Kástor supiera sonreír, lo haría.

Visto que Vann se ha ido de caza, Enzo y él se dirigen hacia la residencia masculina. Con tanta gente, el avance es lento pero Enzo rellena el tiempo contando anécdotas de sus vacaciones y Kástor escucha.

—Eh, fiera —dice Enzo deteniéndose en la bifurcación que va hacia las residencias—, ¿nos vamos a deshacer el equipaje y luego vamos a por esa cerveza para compensar? ¿Te parece?

Van a deshacer el equipaje, luego una cerveza, que si le parece, se repite Kástor. Mira a Enzo buscando una respuesta. Pero Enzo solo sonríe. Entonces, Kástor asiente.

 

Miércoles, 2 de octubre.

Dormitorio de Kózel Hokulea y Vann Strainir.

7 de la mañana

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Kózel Hokulea abre poquito a poco un ojo. El otro sigue firmemente pegado a la almohada. En un primer momento no reconoce dónde se encuentra. Todo está mal, desde la habitación, demasiado pequeña, hasta las ventanas, que dan a un paisaje verde con árboles y edificios al fondo en vez del mar con el que Kózel suele despertar cada mañana. Tampoco le cuadra que haya un chico a medio vestir, aunque también podría referirse a él como a medio desnudar, canturreando al otro extremo del cuarto.

Entonces recuerda: está en el Liceo de Blyd y es el primer día de clase. Su impulso inicial es el de esconderse bajo el edredón y no salir jamás. La tentación es enorme pero, en lugar de eso, se frota la cara suavemente y cuando comprueba que todo está como debería, se incorpora. El chico en cuestión, que debe de ser su compañero de cuarto, sigue a lo suyo.

Tendría que decir algo. Un «buenos días» estaría bien. Es lo lógico; pero no es solo que Kózel tenga la boca pastosa o que, definitivamente, no sea una persona de mañanas; es que su compañero se mueve tan rápido por la habitación mientras prepara sus cosas que, Antepasados benditos, con solo mirarle Kózel se marea.

¿Cómo se llamaba? Sabe que leyó su nombre en la lista que había colgada en la puerta de las residencias antes del discurso, pero no lo recuerda. Tampoco es que pudiera entender muy bien la letra, a duras penas entendió el pasillo y la planta en la que estaba ubicado su dormitorio. Por uve, empezaba por uve, cree, pero es consciente de que necesitaría un café o dos antes de poder pensar con claridad. Aunque ya no importa porque su nuevo compañero, como se llame, termina de guardar un jersey de algodón dentro de una bolsa de cuero y, entonces, por fin, mira en su dirección. Demasiado tarde para fingir que sigue durmiendo.

—¡Buenos días! Perdona, no quería despertarte. Es que me voy a entrenar.

—No, si... —El chico se queda quieto un instante esperando a que Kózel termine la frase. Lo único que delata que también acaba de despertarse es que tiene el cabello, de color castaño rojizo, desordenado. Lo demás, desde la frente ancha, la nariz recta y la curva fuerte de la mandíbula que acaba en un mentón ligeramente partido, irradia ganas de comerse el mundo.

—Soy Vann. Vann Strainir, Tierra. —Y Vann Strainir, Tierra (Kózel sabía que su nombre empezaba por uve), por fin se da cuenta de que va medio desnudo, se pone una camiseta interior de tirantes y se adelanta para estrecharle la mano—. Gracias por dejarme todo el armario. ¡Es que apenas tienes ropa! ¿Te olvidaste del equipaje o...?

—Yo no...

Kózel parpadea. Apoya los pies sobre el suelo y, dando un último bostezo que trata de ocultar tras la mano, se pone en pie. Su compañero se ha acercado a un espejo de cuerpo entero que hay colgado en un lateral de la habitación y procede a peinarse cuidadosamente. Es cierto que su parte del armario está prácticamente vacía pero... dada su situación, tampoco es que haya tenido tiempo para comprarse ropa.

—De veras que siento haberte despertado —dice Vann—. Cuando llegué anoche ya estabas durmiendo. Fui con unos amigos a tomar unas cervezas por aquí cerca y resulta que había música en directo y...

—No, no. No te preocupes. Es que ayer apenas dormí en el aéreo que me trajo hasta Blyd y estaba... agotado. Sí. —«Una frase completa», piensa Kózel. Ya es un avance.

—¡Ya me parecía! —Cuando Vann sonríe entorna los ojos—. Eres de las Koru, ¿verdad?

—¿Tanto se me nota? —pregunta Kózel con cautela. Piensa que ahora llegará el turno de las miradas condescendientes y de las preguntas inocentemente insultantes sobre las islas y sus costumbres pero, no. A Vann solo se le ensancha la sonrisa.

—Lo digo por el acento —responde él—. Hablas como la gente que sale por el orbe. Es como... como si pronunciaras las consonantes más suaves. Y, porque todavía hay poca luz, pero juraría que también tienes cara de korués.

Nada más escucharle, Kózel se cubre las mejillas con las manos con todo el disimulo del que es capaz. Sabía que su origen sería un problema añadido. La última cosa que necesita en la vida es llamar la atención también porque, como en las islas Koru casi todos son de la Familia Ilusión, allí está prácticamente toda la industria del entretenimiento de Nylert. Sabe que solo es cuestión de tiempo que alguien se le acerque y le pregunte si conoce a algún famoso de los que salen en el orbe. Pero, por suerte, parece que Vann no vaya a hacerlo, porque está muy concentrado leyendo su diario, que acaba de tintinear suavemente.

«El diario, es verdad», piensa Kózel. Tuvo que comprarse uno nuevo en la estación aérea de Hol Ibu y todavía lo tiene dentro de la maleta. No iba a traerse el suyo a Blyd. Y dentro de la maleta también tiene la toalla, y el neceser, que recoge aprovechando que Vann sigue distraído. También recoge el uniforme del Liceo, que colgó pulcramente en su mitad casi vacía del armario.

—Oye, me marcho, ¿de acuerdo? Que vaya bien el... ¿entrenamiento? —Cree recordar que Vann ha dicho algo de un entrenamiento.

—Sí, sí. Yo ahora me marcho también. Es que estoy muy solicitado esta mañana —dice Vann sin despegar la vista del diario con una sonrisa bobalicona en la cara—. Ah, y escucha —añade antes de que Kózel pueda escaparse de la habitación—: siento si te he ofendido con lo de la ropa. No es asunto mío. Aquí no importa de dónde venimos, sino que todos llevamos el mismo uniforme. Ya sabes, lo que dijo ayer Nayer en su discurso, que somos todos «libres e iguales» —agrega haciendo una pésima imitación del habla pausada y ronca del anciano director del Liceo.

Kózel asiente. Pues ya está. Libres e iguales serán. Después, aprovecha que Vann sigue distraído para deslizarse hacia el pasillo. Camina con cuidado de no hacer ruido. Por suerte, parece que no todos los estudiantes son tan madrugadores como Vann porque la residencia masculina está sumida en un silencio roto, a veces, por algún ronquido que aquí y allá logra atravesar las paredes. Todavía está algo oscuro y, aunque sopesa lanzar Ilusión a la lámpara que cuelga del techo, los acumuladores suelen zumbar cuando se cargan y, como no quiere despertar a nadie, acaba por agitar suavemente los dedos. De pronto, los rayos rojizos del sol de amanecer que entra por la ventana se estiran en hebras como enredaderas alrededor de sus muñecas. Entonces, con un movimiento envolvente de la mano, los haces de luz se comban y una esfera de luz de Ilusión comienza a flotar alrededor de su cabeza.

Avanza por el corredor pero en la sala de recreo de la tercera planta escucha voces y Kózel se detiene con el corazón en un puño. Deshace la Ilusión sin saber muy bien por qué pero, al final, solo se trata del orbe, que alguien ha dejado activado y que emite repeticiones de la orbenovela a la que medio Nylert está enganchado: Pasión de Fuego.

Kózel aparta hacia un lado la esfera de cristal, que todavía gira rítmicamente en medio de una red intrincada de alambres. Al instante la imagen holográfica que flotaba en medio de la sala desaparece y todo queda a oscuras y en silencio otra vez.

Después cruza el vestíbulo y llega a los pies de la escalera principal. Asciende los peldaños con los nervios a flor de piel y cuando llega al quinto piso, v ...