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LA SEMILLA DEL ODIO

Mónica G. Prieto / Javier Espinosa

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Fragmento



Índice

La semilla del odio

Prólogo

1. La vida en Sadamistán

2. Mártires a su pesar: Irak se prepara para la invasión

3. La invasión

4. Una nación de Alí Babás

5. La historia en llamas, arde la Biblioteca Nacional

6. Irak desentierra el horror de la dictadura

7. Incubando a la bestia: la criminalización del Irak suní

8. Las prisiones, universidades del odio

9. Muqtada hereda la leyenda del clan Sadr

10. El despertar de los desposeídos del Islam

11. La misión española, entre la ficción de Madrid y la realidad de Irak

12. Muqtada toma el control del Irak chií

13. Guerra en el valle de la paz

14. La insurgencia suní se consolida

15. El Irak de los coches bomba

16. Faluya, la Gernika de Irak

17. La psicosis de los secuestros

18. El inicio de la guerra civil

19. Un país devorado por sus demonios

20. La batalla de Bagdad

Recibe antes que nadie historias como ésta

21. Pescando cadáveres en el Tigris

22. Muros para sellar la división sectaria

23. Marcados para morir

24. Bailando en el infierno

25. El éxodo de las minorías

26. Aurora y ocaso del «despertar» suní

27. Viaje por el antiguo califato de Irak

28. El nuevo Irak, un país bajo trauma

29. Irak a ojos de sus ocupantes

30. La Siria de Bashar, retaguardia de la insurgencia iraquí

31. El gran sueño del Kurdistán

Epílogo

Bibliografía

Mapas

Sobre este libro

Sobre los autores

Créditos

Notas

A Yeray y a Nur.

A nuestros padres.

Es un ciclo tan antiguo como el tribalismo. Todo comienza con la ignorancia. La ignorancia genera miedo. El miedo genera odio, y el odio genera violencia. La violencia provoca más violencia hasta que la única ley viene dictada por la voluntad del más fuerte.

DAVID MITCHELL, El atlas de las nubes

Las religiones, como las luciérnagas, necesitan oscuridad para brillar.

ARTHUR SCHOPENHAUER

 

Prólogo

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Bagdad/Madrid, agosto de 2004

La llamada de Yaroub me sobrecogió por la ansiedad que denotaba su voz, habitualmente pausada y reflexiva. «Aún me cuesta creer lo que me ha pasado —comenzó, con tono confuso, buscando las palabras exactas para explicarse—. Tengo mi propio informe de la Mujabarat entre las manos», prosiguió, arrastrando su peculiar español, marcado por un fuerte acento árabe, al que tan habituada estaba.

Al principio no comprendí lo que mi amigo quería decir, sobre todo dado el momento histórico en el que nos encontrábamos: un año después de la invasión de Irak, el país se hallaba inmerso en un torbellino de acontecimientos difíciles de asimilar y a menudo imposibles de descifrar. Cada día ocurrían eventos que lo empujaban un poco más al abismo, y ni los iraquíes ni los extranjeros que habíamos asistido en primera persona al cambio de régimen y al tormentoso periodo posterior nos sentíamos autorizados a desentrañar todos aquellos sucesos, esperados o inesperados, que retorcían, deformaban, estrujaban la normalidad hasta convertirla en jirones, configurando un futuro cada vez más oscuro y complejo. Decisiones políticas destinadas a confrontaciones, insurgencias, castigos colectivos, atentados, saqueos, criminalidad rampante y tolerada, criminalización del antiguo sistema, detenciones masivas, yihadismo, limpieza sectaria... Comprendíamos el potencial desestabilizador de aquel cambio de régimen violento, abrupto e improvisado, pero no sabíamos ni podíamos calcular las consecuencias que tendría para todo el mundo.

Había regresado de Bagdad semanas atrás, después de tres meses de cobertura en los que Yaroub y nuestro conductor y amigo Jalil habían sido mi sombra, mis protectores y mi guía, como ocurría desde principios de 2003, cuando comenzamos a trabajar juntos. La confianza que nos unía era sólida, en honor a todo lo que habíamos vivido. Nuestra complicidad permitía comunicarnos en las ocasiones más complicadas con simples miradas y gestos, pero a través de la línea telefónica no supe cómo interpretar lo que me contaba. No alcanzaba a entender quién ni por qué habría tenido el interés necesario para escarbar en los archivos de la Mujabarat para encontrar su dossier y le pedí que comenzase por el principio, formulándole las preguntas obvias. «Verás, alguien me llamó en julio, pocos días antes viajar a Europa —prosiguió, buscando un hilo del que tirar—. Al principio, pensé que era de los servicios de inteligencia de Sadam Husein, porque ¿quién más iba a tener mi número? El caso es que mi interlocutor empleó pocas palabras. Solo me dijo que tenía algo para mí, que necesitaba verme unos minutos. Le contesté que podía venir a mi casa cuando quisiera. Le di mi dirección y quedamos al día siguiente en mi domicilio.»

En aquellos meses, los atentados con coche bomba se extendían por todo el país, como lo hacía la propia insurgencia contra los invasores estadounidenses y sus aliados. Los primeros secuestros, perpetrados por criminales comunes liberados durante las amnistías de Sadam que precedieron a la ocupación, enturbiaban el ambiente y minaban la confianza, pero Yaroub, un hombre íntegro, valiente y profundamente religioso, no temía a otros iraquíes: solo temía a Alá. Al día siguiente, a la hora acordada, se levantó a abrir la puerta de su vivienda, una amplia edificación con jardín en el acomodado barrio de Al Adel, a un joven de veintipocos años al que nunca había visto. «Parecía un campesino ataviado con un traje elegante en el que no se sentía cómodo. Le saludé y él me tendió una carpeta azul. “Esto es para ti”, me dijo. Miré la primera página y supe inmediatamente que se trataba de la carpeta que contenía todos los documentos que los servicios de inteligencia habían acumulado sobre mí. Le respondí que no me interesaba, pero él se dio la vuelta y se marchó. Me dio la impresión de que alguien le había encargado que me llevase el fichero, pero me quedé con las ganas de saber quién. En aquellas fechas, la gente de Ahmed Chalabi[1] había tomado el cuartel general de la Mujabarat en el barrio de Mansour, y me imaginé que era cosa de ellos, aunque nunca tuvo sentido. Cuanto más tiempo pasa, menos me cuadra que me dieran los documentos.»

La situación se antojaba tan surreal como todo lo que envolvía al Irak invadido, pero Yaroub decidió posponer la apertura del legajo. «Dejé la carpeta encima del armario y me olvidé del asunto hasta que regresé de mi viaje. Entonces, me acordé y la recuperé. Contenía unas cuatrocientas páginas con toda mi actividad laboral desde los años noventa. Todos los informes que yo mismo elaboraba y los que elaboraron sobre mí, en folios oficiales con el escudo del Jihaz al Mujabarat [Directorio de Inteligencia]. Sabía que tenían su mirada sobre mí, pero no podía imaginar hasta qué punto se registraba cada paso que daba.»

Ante sus ojos, gracias a la maquinaria de espionaje interno de Sadam, Yaroub tenía una copia en papel de su propia vida reciente. El volumen del legajo se explicaba porque este hombre culto, con un remarcable don de gentes y gran facilidad para los idiomas, era uno de los pocos iraquíes que había trabajado para empresas extranjeras en los años de las sanciones, cuando el paranoico régimen supervisaba con minuciosidad a sus visitantes. Entre 1990 y 1998 Yaroub, una amable persona de estatura media, compacta constitución militar, grandes bolsas bajo los ojos y tibias arrugas que terminarían cuarteando su rostro de forma prematura, había ejercido como guía turístico, actividad en la que se veía acompañado de forma permanente por un espía del Gobierno en busca de potenciales disidentes o comentarios contrarios al gobierno. «Solían ser muy obvios, no sabían disimular. Se notaba que su misión era vigilarnos y se mostraban celosos cuando los turistas nos daban una propina a los guías y conductores, mientras que ellos no recibían nada. La tensión terminó en denuncia y me llamaron de los servicios de inteligencia para investigarme: terminaron prohibiéndome trabajar con extranjeros, pero el director de la compañía turística les convenció para levantarme el veto», explicaba. Resultaba previsible que su innato don de gentes le granjease enemigos: su abrumadora amabilidad y sinceridad cristalina le convertían en un individuo poco común, abierto y tolerante, un entusiasta del trabajo bien hecho, siempre dispuesto a ayudar y con un sólido sentido del deber hacia los demás. La envidia de los mediocres.

Su labor con los turistas terminó en 1999, cuando cambió de empleo. «Comencé a trabajar para una compañía de importación y exportación china, que gracias al acuerdo “Petróleo por alimentos” vendía material a los ministerios de Transportes, Comercio y Defensa. Eso me llevó a familiarizarme con el concepto de corrupción, del que tanto me había hablado mi padre cuando era un niño sin que yo alcanzase a comprenderlo, porque entonces Irak no era un país corrupto. Incluso en la última era de Sadam, la corrupción era relativa, pero a veces había que pagar unos dinares para lograr acelerar las cosas.»

El trabajo con extranjeros había convertido a Yaroub en un privilegiado entre los iraquíes. «Tenía un sueldo de 250 dólares al mes, un lujo para aquella época.» En 2003, los tambores de guerra que sonaban desde Washington ampliaron, a su pesar, su perspectiva profesional. Bagdad se llenó de periodistas de todas las nacionalidades, y el régimen, tan obsesionado con el control de la información, carecía de suficientes espías dotados de idiomas para supervisar a los reporteros: así se abrió la puerta a voluntarios iraquíes dispuestos a trabajar. Yo llevaba semanas trabajando con traductores oficiales, agentes de la Mujabarat caprichosos, despóticos y malencarados, obsesionados por ocultar y manipular a la prensa, y buscaba a alguien más independiente con quien seguir mi labor. Cuando se lo comenté a nuestro amigo común Walid, no dudó ni un segundo en presentarnos. Acostumbrada al maltrato en el centro de prensa, la presencia respetuosa, curiosa, amable y tolerante de Yaroub me resultó un soplo de aire fresco en el opresivo Irak.

Enseguida congeniamos. Una semana después de comenzar a trabajar juntos, los responsables del centro de prensa le llamaron a capítulo. «Me llamaron la atención por no avisarles de que estaba trabajando contigo, pero me hice el loco. Expliqué que desconocía que debía informarles, y ellos me contestaron que solo podría acompañarte si elaboraba informes diarios sobre nuestros movimientos, nuestros horarios, sobre las personas con las que hablábamos y el contenido de nuestras conversaciones. Querían saber qué hacíamos en cada momento. Así que cuando acabábamos nuestra jornada, escribía un folio escueto con horarios y lugares y lo entregaba en el centro antes de regresar a casa. Pero dos días antes de la invasión, volvieron a llamarme al despacho del responsable. Me acusaron de no saber con quién estaba jugando y me prohibieron volver a verte.» Recordé la conversación telefónica con la que, aquella misma tarde de marzo de 2003, me anunció que no podría acudir al trabajo al día siguiente: yo también había sido convocada horas antes por las autoridades, que me acusaban de desplazarme por Irak sin permiso del régimen y me conminaban a abandonar el país apenas 48 horas antes del principio de la operación «Conmoción y espanto» tras haber logrado mantenerme en Bagdad dos meses seguidos: tuve que activar todos mis contactos y pagar una fuerte cantidad para calmar los ánimos y permanecer en la ciudad. A Yaroub no le volvería a ver hasta el bombardeo del restaurante de la calle Mansour, donde se creía que estaban Sadam y sus hijos, cuando emergió entre el polvo y los cascotes como una aparición fantasmal. Ya no volveríamos a separarnos en mis viajes a Irak, hasta que los demonios surgidos de la invasión se infiltraron en su vida y se viese obligado a abandonar físicamente su país en 2006, aunque mentalmente permanezca allí, terco y orgulloso, con la esperanza de que aún quede algo por salvar. Fue el final de una etapa y el principio de otra, que nos llevaría a vernos y trabajar juntos ocasionalmente en Jordania, Siria, Turquía o el Líbano, pero en 2004 apenas podíamos ver más allá de las cenizas del régimen iraquí y las brasas que comenzaban a incendiar no solo la antigua Mesopotamia, sino todo Oriente Próximo.

El legajo, de color azul oscuro, representaba súbitamente toda una era, el inquietante legado de una dictadura con la que pocos iraquíes simpatizarían hasta que el sistema político que la sustituyó se reveló como más defectuoso, podrido y corrupto que el anterior. En aquel entonces, desconocía que el propio Yaroub terminaría encarnando, como tantos otros miles de iraquíes suníes, el fracaso de la invasión en muchas de sus múltiples formas. Semanas después de aquella conversación telefónica volví a llamarlo para coordinar mi siguiente visita a Irak, y su tono era más lúgubre que nunca.

—¿Quieres que te lleve algo de España? —inquirí de forma automática, antes de colgar.

—Seguridad —respondió automáticamente, dejándome noqueada por unos segundos—. Es lo único que necesitamos, y lo único que añoramos: sentirnos seguros. Ahora, nadie ni nada está a salvo —dijo con voz quebrada.

Sus palabras me atormentarían meses después, cuando de regreso en Madrid, tras una conversación nocturna, perdí el contacto durante semanas. Dejó de responder al teléfono. Cuando por fin llamó, me comunicó que acababa de ser puesto en libertad tras ser secuestrado en un puesto de control y torturado por milicias chiíes durante casi un mes. Su hermano mellizo, Jamal, tendría que pasar casi un año en las prisiones de Bagdad, acusado de pertenencia a banda armada, antes de ver la libertad. El nuevo Irak, abonado cuidadosamente por la invasión y el odio sectario, se consagraba como el terreno idóneo para el crecimiento del extremismo y la locura, y nadie, ni los iraquíes más tolerantes, cultos y razonables, estaban exentos de contagio.

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La vida en Sadamistán

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Bagdad, mayo-septiembre de 2002

 

Muchos de sus compatriotas consideraban a Salam Abid un afortunado, uno de esos contados y dichosos seres tocados por la gracia del único dios que existía en Irak; pero no fue esa la impresión que me transmitió aquel hombre encorvado, apurado y huidizo que examinaba con inquietud cada rincón de su oficina como si buscase ojos al acecho, orejas invisibles a la espera de un renuncio en el que sorprenderle.

Acodado en el ajado escritorio de su despacho, apenas veinte metros cuadrados de crudo cemento salpicado por muebles desconchados, el pintor y su oficina encarnaban un perfecto microcosmos del Irak de Sadam Husein. Una sucia mesa de conglomerado, sofás revestidos de pegajoso material sintético con mordiscos visibles en la gomaespuma, bombillas desnudas, tupidas cortinas acartonadas por un polvo tangible y una cortinilla de baño que, a falta de puerta, separaba la estancia de la habitación colindante, encarnaban los doce años de sanciones económicas que habían sumergido al país en la miseria. En su chaqueta ocre de los años sesenta, remendada con hilo de diferentes colores, y en su mentón recién afeitado se atisban la dignidad de una generación que llegó a estar en la cima gracias al petróleo, antes que los delirios de la dictadura le empujase al abismo del tercer mundo.

A través de su tosco inglés, aprendido a fuerza de ver las escasas películas que emitía la televisión del régimen, hablaban las ganas de huir del aislamiento, pero de su trabajo solo emergía una imagen, la misma que presidía las vidas de cada uno de los iraquíes: el omnipresente rostro de Sadam Husein.

Salam Abid era uno de sus más destacados retratistas y, gracias a ello, sobrevivía con cierta dignidad. Cuando era niño soñaba con ser futbolista, pero su madre le arrebató la fantasía a golpes de realidad. «No paraba de repetir que el deporte no hacía millonarios en Irak», recordaba aquel hombre grisáceo, clavando de forma tímida su mirada cargada de miedos y dudas sobre la periodista que le había puesto en el brete de relatar su historia.

Salam tenía la suerte de haber nacido con un talento que equivalía a una oportunidad entre un millón: sus manos eran capaces de retratar con fidelidad, casi con autonomía, cualquier cosa que concibiera su imaginación. La magia estaba en sus dedos, y desarrollarla le relajaba en los momentos de tensión. Su don era la única vía de escape de una realidad que le afligía, pero al mismo tiempo le condenaba a una posición que podía resultar tan tentadora como aterradora.

Cuando fue movilizado durante la guerra contra Irán,[1] uno de los oficiales se fijó en sus bocetos y le pidió un retrato del presidente Sadam Husein, que terminaría presidiendo el cuartel militar de Basora. «La gente empezó a preguntar quién era el autor. De esa forma, me labré cierta fama», murmuró con ojos entornados, refiriéndose a un pasado que, en el caso de la antigua Mesopotamia, siempre fue mejor. Cuando terminó aquella contienda, Salam tuvo la osadía de enviarle una de sus más afamadas obras al mismísimo Sadam. «Fue en 1989. Devolvió el regalo recibiéndome en persona, junto a otros tres pintores. Me citaron en palacio y, tras horas de seguridad y esperas, nos invitaron a pasar a una sala. Cuando entré en su estudio, le encontré leyendo —rememoró antes de hacer una estudiada pausa con la que aumentar la intriga—. Era más alto, fuerte y apuesto de lo que le imaginaba —prosiguió con tono reverencial—. Nos miró y solo nos dijo una frase: “Quiero que me veáis en persona para que me reflejéis bien en vuestro trabajo”.»

Así fue como el raís cambió para siempre el futuro de Salam Abid. En Irak, la posibilidad de contrariar el más remoto atisbo de deseo del único líder, el hombre que llevaba 23 años dirigiendo el país, era simplemente inexistente o implicaba desaparecer para siempre en las entrañas de una prisión, y a Salam, además, le había comprado con 2.500 dinares de la época, el equivalente a 7.000 euros, una fortuna en la Europa de los años ochenta y noventa. Salam enterró sus ambiciones deportivas y se convirtió en una suerte de pintor de cámara de un dictador tan obsesionado con su megalomanía como con la persistencia de su régimen.

Salam voló a la par que Sadam. Ascendió con los años de gloria del raís, cuando el petróleo y las buenas relaciones de Bagdad con Occidente dispararon su riqueza y su influencia, y cayó en picado con los tiempos oscuros cuando, tras ocho años de guerra con Irán, el escarnio internacional derivado de la invasión de Kuwait[2] empujó al país a las sanciones. Cuando le conocí, a finales del verano de 2012, Abid elaboraba unos diez retratos al mes, la mitad por encargo de instituciones oficiales, y la otra mitad de particulares adinerados: algo comprensible en un país donde resultaba obligatorio tener una imagen del presidente en cada casa, en cada edificio, en cada pared del más recóndito de los agujeros. Consciente del papel que le había reservado el azar, Salam presumía de su «alto nivel social», de los trescientos mil dinares que podía llegar a cobrar en sus mejores momentos, de las cuatrocientas imágenes del raís que habían creado sus manos —Sadam a caballo, Sadam de uniforme, Sadam de civil, Sadam acercándose a los niños, Sadam visitando a los enfermos, con una cámara fotográfica en mano, blandiendo un fusil de asalto...— y de las fiestas del Sindicato de Artistas que había frecuentado consagrándose como miembro vip de la sociedad iraquí.

Eran otros tiempos. Desde que se impusieron las sanciones, Salam, como el resto de artistas que compartían el deslucido estudio de la calle Saadoun, alimentaba su ego de recuerdos. Cada mes recogía, como el resto de la población, la ayuda alimentaria que correspondía a cada familia y sin la cual no podría alimentar a los suyos, porque la inflación había disparado los precios y los sueldos resultaban cada vez más endebles. Y luego estaban las sanciones, pretendidamente aliviadas por el programa «Petróleo por alimentos», un maquiavélico invento de la ONU que el propio secretario general de la época, Kofi Annan, admitía que no llegaba a cubrir las necesidades del 20 por ciento de los veinticinco millones de iraquíes pero facilitaba, eso sí, crudo a bajo precio al mismo Occidente que dictaba las reglas a la dictadura.

Llegué al país con el encargo de tomar contacto con la dictadura en previsión de una posible operación militar tras las amenazas directas del presidente George W. Bush después de los ataques del 11-S. El régimen iraquí, consciente del daño potencial que podía sufrir, abrió tibiamente su política de visados a contados periodistas —sin experiencia previa en el país— para comenzar a lanzar su propia guerra propagandística. Así logré entrar por primera vez en la antigua Mesopotamia, en mayo de 2002, para someterme a lo que se antojaba un experimento poco común: vivir durante algunas semanas en una de las dictaduras más férreas del planeta y tratar de constatar qué había de realidad y de ficción en las noticias que se difundían de ella en Occidente.

Fue fácil comprobar que ambas cosas se mezclaban intrínsecamente en el reino de Sadam, donde tras bajar del avión de Iraqi Airways, en la misma pasarela, resultaba inevitable pisar una consigna cuidadosamente trazada en el suelo, de forma que ningún pasajero pudiera esquivarla: «Abajo Estados Unidos». Las pertenencias de los contados viajeros occidentales que aterrizábamos en el Aeropuerto Internacional Sadam eran meticulosamente escudriñadas por agentes de civil, vestidos con trajes de paño de los años sesenta, que recibían con expectación a los visitantes antes de tomarse su tiempo para abrir cada cremallera y cada bolsillo de cada pieza de equipaje y, con una paciencia solo explicada por el más profundo aburrimiento y cierta curiosidad, procedían a depositar cada objeto en una mesa de madera. Muchos de ellos eran escrutados como si no los hubiesen visto antes. Era la única mujer de la fila —un amago de cola, dado que no éramos más de cuatro o cinco extranjeros en aquel vuelo que tomé en 2002— y mis pertenencias suscitaban un interés aún mayor. Cuando llegó mi turno, me resigné a la espera sabiendo lo que implicaría la apertura de mi mochila de trabajo. La cámara, los cargadores, la grabadora y el ordenador fueron inspeccionados desde cada ángulo antes de proceder a encenderlos y apagarlos. Cada batería y cada cable fueron minuciosamente revisados antes de regresar, en perfecto desorden, a la bolsa.

Cuando llegó el turno a la pequeña maleta con ropa y libros suspiré de alivio, pensando que sería cuestión de minutos. Olvidaba la pequeña caja de tampones que guardaba en el neceser, y que agudizó la expresión de perplejidad del rechoncho individuo a cargo del registro. Su mohín de desaprobación me llevó a intervenir. «No hace falta que lo abra, es algo personal», le expliqué con un expresivo ademán que ejerció el efecto contrario. Sus manazas rompieron el envase y procedieron a colocar algunas unidades sobre la mesa. Con los ojos como platos llamó a un compañero que se sumó al examen ocular de los tampones, antes de proceder a rasgar el papel que envolvía uno de ellos y pasar a diseccionar entre los dedos el tubo de tejido absorbente con el cordón que pendía del extremo. Un súbito calor se apoderó de mis mejillas. Las personas que aguardaban su turno tras de mí comenzaron a desesperarse, hasta que uno de ellos, que decía ser empresario y hablaba árabe, oyó la palabra «munición» e intervino. «¡No, no! Son cosas de mujeres, dejen ya de jugar con eso», dijo con tono de exasperación. Los rostros de los agentes adquirieron una tonalidad púrpura sospechando su utilidad y soltaron los tampones como si evitaran un contagio. En el Irak de las sanciones, lo más parecido a un tampón era una bala. Me tomé mi tiempo en recoger mis cosas, con media sonrisa en los labios y una íntima satisfacción, una vez que constaté que aquellos individuos no estaban por la labor de recomponer mi maleta. Cuando me giré hacia ellos por si deseaban algo más, movieron la mano con aspavientos en dirección a la salida sin mirarme a los ojos.

Irak era una suerte de parque temático dedicado a Sadam Husein. Calles, colegios, universidades, teatros, cines, hospitales, jardines e incluso barrios llevaban su nombre, y su rostro, en forma de pinturas, fotografías o estatuas, era omnipresente en cada rincón del país, como solía ocurrir con otras dictaduras árabes como la siria, la libia, la egipcia, la jordana o la saudí. Muchas veces me preguntaba cómo podría orientarse la población a la hora de localizar direcciones, dado que la mayor parte de edificios oficiales llevaban el nombre del dictador.

Magníficas infraestructuras salpicaban Bagdad. Muchos contaban cómo su reconstrucción fue la prioridad de la dictadura tras la invasión de Kuwait y la operación «Tormenta del desierto», prólogo de la ocupación estadounidense de 2003. A ellas se sumaban monumentos que alimentaban la megalomanía del dictador, que iban desde pretenciosas mezquitas con minaretes en forma de misil Scud o de Kalashnikov hasta el delirante Arco de la Victoria, compuesto por dos espadas cruzadas empuñadas por una reproducción a enorme escala de las mismísimas manos de Sadam. Se decía que las cimitarras son una réplica de las empleadas por Saad Ibn Abi Waqas, el general árabe que derrotó a los persas en el siglo VII. De cada arco pendía una enorme red de metal que contenía los cascos, a menudo agujereados, de los soldados iraníes que perecieron en la contienda. Algunos iraquíes decían que el proyecto original incluía las calaveras de los enemigos persas, pero resultaba imposible discernir si era uno de tantos rumores o si las autoridades habían sopesado realmente semejante posibilidad. El efecto, en cualquier caso, no habría cambiado mucho: la visión logra ser horripilante y chabacana al mismo tiempo.

Irak llevaba una larga década anclado en el pasado. Faltaban productos considerados por algunos «de lujo» pero también básicos como medicamentos, minerales o abonos catalogados como de doble uso, es decir, susceptibles de ser empleados tanto en la industria civil como en la militar. Eso explicaba la carencia de objetos tan simples como lápices: el grafito contenido en las minas estaba prohibido por las sanciones internacionales. Pero, sobre todo y por encima de todo, faltaba dinero para consumir.

Los concurridos mercados callejeros, tapados con toldos agujereados para repeler el calor del desierto, representaban un colorido repaso a la producción agrícola nacional y a las importaciones de los países que no participaban del embargo, pero la abundancia no se traducía en consumo. Muchos se acercaban, inspeccionaban, preguntaban precios y se alejaban con las manos vacías o con apenas un puñado de productos. Pocos transeúntes cargaban con bolsas. Años más tarde, un buen amigo iraquí relataba que algunos niños de provincias, la primera vez que accedieron a un cargamento de plátanos, les hincaron el diente sin pelarlos porque no sabían cómo se comían. «¡Nunca en sus vidas habían visto un plátano!», carcajeó, mirándonos de hito en hito en espera de nuestra reacción. Su risotada fue la única que se oyó en la mesa: los demás, árabes y occidentales, nos quedamos mudos, reparando en el daño que las sanciones hicieron a toda una generación.

La ayuda alimentaria distribuida por el régimen mediante cupones (aceite, arroz, sal, azúcar, legumbres, cereales y té dispensados en los comercios oficiales) era la base de la dieta del pueblo de Sadam para la clase alta y la clase baja, igualada —con excepción de la élite, un puñado de familiares y adeptos— en la represión y en la miseria. El desempleo rozaba el 65 por ciento tras el cierre de las industrias locales, arruinadas por la falta de importaciones, y la huida espantada de las empresas internacionales.

Acudí a los expertos locales en busca de datos que me ayudaran a retratar el país, sabiendo que en el reino de Sadam solo cabía la crítica hacia las políticas internacionales. El empobrecimiento derivado del embargo era un hecho indiscutible e injustificable. «El pueblo habría rozado la hambruna si no fuera por el racionamiento de los productos básicos», me explicó el profesor de economía Humam al Shamun, tan digno y empobrecido como el resto de profesionales iraquíes, desde su despacho de la Universidad de Bagdad. «Cuando se impuso el embargo, la disminución de la venta de petróleo y la paralización del sector industrial y agrícola redujo en cien veces el PIB. La producción se congeló, los precios se dispararon y los sueldos se redujeron a la mínima expresión.»

Los iraquíes se vieron así en la penosa tesitura de pasar de ser ricos a pobres de necesidad. Atrás quedaron los gloriosos años setenta y ochenta, cuando el petróleo y las buenas relaciones del régimen con Occidente permitían que la población fuera la envidia internacional. Los traductores de español que solían trabajar con la prensa, asignados por el régimen, presumían de sus visitas a España como estudiantes en aquellos años. «El Gobierno nos daba una ayuda de mil dinares mensuales, entonces unos tres mil quinientos dólares», me contaba Yaroub cada vez que rememoraba sus días como alumno en Salamanca, en 1981. «Hasta la invasión de Kuwait y el embargo, la vida en Irak era muy cómoda. Mi padre construyó nuestra casa del barrio de Al Adel en 1975 con cuatro mil dinares, unos catorce mil dólares, gracias a un crédito que le concedió el banco estatal sin intereses. Ese era el sistema entonces. Con el embargo, llegó la devaluación: tres mil dinares pasaron a equivaler tres dólares. Teníamos una casa alquilada en Adhamiyah desde los años ochenta por cien dinares al mes [unos trescientos euros]; en el año 91, con esos cien dólares solo se podía comprar una docena de huevos.»

La economía de subsistencia se había implantado en Irak. En la Federación de Mujeres Iraquíes, organización «no gubernamental, popular y progresista», según su responsable, Amisa Shafji, se ofrecían cursos a decenas de miles de mujeres para que pudieran «coser las ropas de sus familiares, nociones de agricultura para que cada una pudiera instalarse su propio huerto en casa y, para aquellas con más recursos, cursos de apicultura, informática o de técnicas empresariales, para ayudarles a emprender sus propios negocios».

La masiva presencia de mujeres en todas las esferas profesionales iraquíes contrastaba con su ausencia en muchos otros países del entorno. Féminas seguras y confiadas pululaban por los pasillos de instituciones oficiales, hospitales, colegios y comercios. Era frecuente ver mujeres sin velo, vestidas al estilo occidental y con una gruesa capa de maquillaje a cargo de empresas y oficinas, con subordinados varones. El más de millón y cuarto de afiliadas a la citada organización ponía de manifiesto el grado de independencia del que gozaba la mujer iraquí, incluso cuando la bigamia era una realidad en el país árabe. Las féminas eran respetadas y alentadas a trabajar y prosperar. Resultaba común ver a mujeres conducir sus propios coches y gestionar sus propios negocios, y también mantener a solas sus hogares ante la ausencia de los varones: muchas eran viudas de soldados que murieron en la guerra contra Irán o en la guerra del Golfo, otras acudían periódicamente a las prisiones para tratar de localizar a sus maridos, desaparecidos en las fauces del régimen.

El recuerdo del conflicto contra Irán ensombrecía el alma iraquí. Fueron ocho años de horror concentrado, espeso y sangrante, que se quedó alojado para siempre en la generación que lo padeció: niños reclutados por sus dirigentes para hacer accionar minas terrestres con la promesa de ir directos al paraíso; armas químicas que gaseaban a propios y extraños; hombres que morían —más de un millón, se repetía en Irak como un siniestro mantra— como reses, sin saber a quién defendían ni por qué entregaban sus vidas, en una decisión política que enterró para siempre cualquier atisbo de popularidad de Sadam. El daño económico de la campaña fue ingente: tres mil millones de dólares. Toda la modernización de los años setenta quedó devorada por los delirios de grandeza del dictador baazista que se creyó capaz de doblegar a los safávidas.

Cada casa, cada familia, cada iraquí había perdido en aquel absurdo conflicto, lo cual llevaría a muchos varones a desertar cuando, en 1991, tres años después del final de aquella guerra, el régimen les volvió a movilizar para invadir Kuwait. Sadam fingía preocuparse por sus «héroes de guerra», aunque solo un selecto puñado de los decenas de miles de mutilados se beneficiaban de su magnificencia. Visité por aquellos días las instalaciones deportivas del club de baloncesto Wadi Wissam al Mejd «Escudo de gloria», destinadas a oficiales amputados que se rehabilitaban mediante el deporte. Administradas por el Ministerio de Defensa y dirigidas por el Comité Olímpico Iraquí, presidido por Uday Husein, me recibió el coronel Karim Zhora, vicedirector del club. «El centro fue creado en 1984, durante la guerra contra Irán, y fue el primero de muchos —señalaba el paracaidista mientras fijaba su vista en los muchachos, una decena de mutilados de guerra impulsando con rapidez de vértigo las ruedas de sus sillas en busca de la pelota—. El deporte es la mejor forma de recuperarlos física y psicológicamente, y también les permite reconciliarse con la vida y hacer que sus familias acepten su nueva situación», proseguía el militar mientras los observaba en la cancha.

Según su testimonio, existían veintitrés centros parecidos en todo Irak, como existían dos barrios exclusivamente destinados para sus amputados de guerra vip dotados con todos los servicios de una ciudad. Ali Rida, de treinta años, aseguraba vivir en una de esas reservadas urbanizaciones, llamada la «Ciudad de la Gloria» desde que la primera guerra del Golfo le dejase sin piernas. «Apenas llevaba tres meses cumpliendo el servicio militar cuando comenzó el conflicto y fui destinado a la frontera con Arabia Saudí. Estando en mi trinchera, un misil estadounidense estalló cerca de mi posición. Pasé catorce días inconsciente —explicaba el orondo iraquí, sudando a mares en una pausa del entrenamiento—. Cuando desperté estaba en el hospital de Basora y tenía el cuerpo completamente quemado. Temía por mi cara, pero mis padres me dijeron que me recuperaría. Palpé mi cuerpo y descubrí que mis piernas ya no estaban ahí.»

En el Escudo de gloria unos noventa minusválidos, supervivientes de los conflictos a los que Sadam arrastraba a su pueblo, aspiraban a competir en los Juegos Paralímpicos. Cada uno desgranaba su historia, hablaba de sus éxitos y describía sus medallas y evocaba con sincera ilusión las competiciones deportivas que les habían sacado, aunque fuera por algunas semanas, de Irak. Nadie mencionaba a la dirección ni evocaba las torturas infringidas por el propio Uday contra los deportistas de élite que perdían competiciones o anunciaban su deseo de retirarse. El miedo envolvía cada mínima esfera de la cotidianidad en Irak y aquellos mutilados, con sus rústicas sillas de ruedas de veinte kilos de peso, eran afortunados en un entorno de carencias y restricciones que deformaba cualquier atisbo de normalidad.

Las sanciones habían creado un mundo paralelo en Irak donde los oficios convencionales no gozaban del recorrido que pueden tener en cualquier otro país. Irak se había llenado de obligados taxistas. Académicos, cirujanos, científicos u obreros, cualquiera que pudiese permitirse un coche tenía en sus manos la única salida profesional que le podía asegurar un extra en forma de proteínas en su magro menú mensual. En el colegio Al Quds de Aleshqan, los profesores admitían abiertamente que ganarían más transportando a gente que dedicando diez horas diarias a las aulas. «Mire, yo gano ciento cincuenta euros y antes de las sanciones ganaba el equivalente a mil quinientos. Pero alguien tendrá que velar por esta generación», admitía la directora, Hula Abas, señalando vagamente con la mano a la larga docena de chavales, con ropas roídas, que copiaban de pie en sus desgastados pupitres la lección del profesor con una disciplina casi marcial.

«Lo vemos en los niños. Tras la guerra del Golfo, comenzaron a abandonar las aulas para ayudar a sus familias. Les ocurre mucho a partir de los diez años: creen que no hay futuro y prefieren ganar dinero antes que estudiar», proseguía Abas, con un rostro prematuramente surcado de arrugas que hacían de su edad un misterio. En otro centro, el colegio Al Qaram, su director Abdel al Zhigouri confesaba avergonzado que su sueldo era menor del que podían percibir chavales sin escolarizar como Mohamed, de trece años, a quien encontré afanado en el taller mecánico donde sus diestras y diminutas manos cotizaban a la alza, con el rostro ennegrecido por una densa capa de grasa y humo.

«Trabajo aquí desde los diez años. Soy el mayor de seis hermanos y necesito ayudar a mi familia», confesaba limpiándose la húmeda nariz con el puño de la camisa, con cierto destello de orgullo en sus inquietos ojos de crío. Muchos de sus colegas adultos le miraban con una envidia poco disimulada. El adolescente no corría el riesgo de ser despedido: a su habilidad y su facilidad para aprender el oficio se sumaba su escasa ambición económica, lo cual convertía a los niños obreros en piezas codiciadas de muchos negocios. Los adultos no tenían tanta suerte. Para sobrevivir en el Irak de Sadam era necesario ser funcionario y, precisamente por eso, nadie culpaba abiertamente al régimen de la situación de penuria en la que se encontraba el país: oficialmente, Estados Unidos encarnaba al mal absoluto y aglutinaba el grueso de las maldiciones para evitar que, en caso contrario, uno de los muchos delatores con los que contaba el Gobierno denunciase al crítico por traición y este terminase desapareciendo en cualquiera de los agujeros negros del sistema opresor del Baaz.

A Manar la conocí en la boda de su prima, una sencilla ceremonia con zumos, bocadillos, organillo y flores de plástico celebrada en el oscuro patio de un sindicato local que alimentaba sus arcas alquilando el recinto para los enlaces de la clase obrera. La presencia de una extranjera, algo tan infrecuente en el Irak de Sadam, revistió súbitamente de interés la ceremonia y la joven, cubierta de maquillaje barato, se sirvió de su escaso inglés y su desbordante simpatía para atraerme a su mesa. Horas de conversación, risas y canciones más tarde me hizo comprender que allí no podía hablar con libertad pero me invitó a su casa, días después, para compartir más horas de charla. La única condición era acudir a la cita sola, lo cual implicaba librarse de la presencia del mainder, en la jerga oficial, aquel que acompañaba a cada informador como una sombra y que, aquella noche, me había dejado en la ceremonia confiado en que nadie podría comunicarse con una extranjera. Por puro aburrimiento y frustración, había solicitado ...