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LA SENDA DEL DRAGO

José Luis Sampedro

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Fragmento

 

Se desmorona la noche. Empieza la tiniebla a diluirse. Asoman promesas de luz. En esos instantes, aún anteriores al día, el espacio no envuelve ni rumbos ni paisajes, dejando así adivinables los adentros del mundo, el reverso de lo cotidiano, la realidad más honda. Como vagos jirones de niebla flotan invisibles revelaciones. Todas para mí, pues sólo yo estoy aquí, viviéndome en este mundo en suspenso. La hora indecisa, la agonía de la noche en la espera del día, barre como hojas secas todos los ruidos urbanos. Me envuelve el susurro del viento, el empuje de la pleamar, las radiaciones acribillando el aire, la música de las esferas.

Respiro hondo un húmedo frescor vigorizante. Me penetra; mi cuerpo lo recibe entregándose. He dejado en la hondura del navío, en la cuarta cubierta donde vivo y trabajo, una luz de neón a todas horas, y emerjo aquí como el náufrago que recobra la vida a bocanadas. Renazco cada día, subiendo al alba, para vivir este intervalo augural, entre dos tiempos, el ayer y el hoy. En esa divisoria vislumbro mejor lo esencial, siempre escondido bajo lo urgente. Recibo a la luz naciente, que llega lenta, imponiéndose al fin en las alturas, irisando las movedizas nubes. Ya no me extraña ver, sobre mi cabeza, cordajes colgantes de un truncado mástil cruzado por una verga rota: ya me han dado la explicación de este viejo residuo, de impensable coexistencia con la rítmica trepidación de la poderosa maquinaria en marcha bajo las planchas metálicas que piso.

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Lo que abajo me corroe, y a ratos me atosiga, se hace aquí insignificante, entre la infinidad celeste y el abismo marino. Entre esos dos polos y en la cesura del tiempo soy serenidad expectante. Algo cunde en las noches: no sé qué, no sé dónde, pero se deja sentir. Por primera vez, desde que la muerte de mi patrón me arrojó a la orfandad, me atrevo a reconocer mi soledad gracias a esta salvación.

El aire húmedo acaricia mi frente con ráfagas salobres, pues navegamos proa al viento. Navegamos, sí, pues conmigo viajan millones de personas. Avanzamos por el océano de la Historia a bordo de esta gigantesca embarcación, mayor aún que un continente. Todo un estilo de vida con su conjunto de tradiciones, su profusión de costumbres y su laberinto de objetivos, deseos, perspectivas… Un hormiguero humano, en fin, flotando tiempo adelante en este navío. El OCCIDENTE: ése es su nombre. Legible en la popa, en grandes letras de oro, algo deterioradas.

Viajando ¿hacia dónde? ¿Cuál es nuestro destino?

Se lo pregunté más de una vez al doctor Ropraz, en su estudio ginebrino de Les Brindilles o en nuestros paseos hacia el lago, en aquellas charlas que me dedicaba en su cariñoso empeño de instruirme. Pero era uno de los pocos temas en que no lograba darme más que azarosas conjeturas. Desde que él me falta ya no intento contestarme. He perdido interés en casi todo y, además, mi edad madura ya sólo me deja un horizonte reducido. Por eso me dejo llevar por la nave, sin más cuidado serio que el de mantenerme en pie con mi digna humildad. Por eso estos amaneceres, antes de acudir a mi trabajo en la Organización, son inyecciones de serenidad, de radiaciones benéficas.

Llego ya al principio de la curva del casco que conduce al que llaman el «mirador de popa». Allí me entretengo un rato. Mirando abajo me atrae la blancura fosforescente de la estela del navío, sobre la que al alba empiezan a revolotear aves marinas, a la caza de desperdicios arrojados desde el buque.

Más allá es la inmensidad azul —o verde, o plomo, según las horas y el celaje—, y en la lejanía el horizonte curvo y en lo alto las nubes. Pero no es una vastedad vacía, sino surcada también por otros buques, grandes o pequeños, pues la Humanidad no se reduce al navío OCCIDENTE, aunque sus pasajeros parezcan tenérselo creído. En contra de esa presunción vuelvo a contemplar, con mis propios ojos, la variedad y el interés de la flotilla que acompaña al OCCIDENTE Historia adelante. Veo a varias distancias de nosotros algunos grandes barcos, también de nuestro porte, y entre ellos otros de menor tonelaje e incluso una red de embarcaciones menores que se mueven de unos a otros y conectan también con el nuestro. Todo un movible laberinto flotante nos acompaña, trenzando el tapiz de la Humanidad en marcha.

Me distrae de mi contemplación la llegada de una de las frecuentes rondas nocturnas de vigilancia, cuyas sospechas sobre mí logro desvanecer con mi carnet de funcionario. Ya no me asombro tanto de esa obsesión por la seguridad, reflejo del miedo permanente, impropio de este navío tan poderosamente armado, así es que sigo adelante. Pero al acercarme a mi banco preferido, situado en el centro del mirador, y habitualmente vacío a estas horas, me encuentro con un viajero allí sentado. Al pronto sólo veo a alguien con un sombrero encasquetado y envuelto en un buen abrigo. Demasiado, me parece, pues no hace tanto frío: Yo ya no soy joven y voy a cuerpo.

El banco ofrece asiento para los dos, pero no me atrevo, suponiendo que, a aquella hora, el desconocido desea la misma soledad que yo. Decepcionado, finjo otro interés y, dándole la espalda, me apoyo en la borda. De pronto oigo al hombre interpelarme desde el banco. Su voz, algo cascada, pero agradable y viva, me pregunta en un inglés bien aprendido si deseo sentarme.

Le doy las gracias y me instalo en el banco. Me ha parecido reconocer el acento en su habla, y a él le ha ocurrido lo mismo conmigo porque me pregunta en nuestra lengua:

—¿Eres español?

Acepto con naturalidad el tuteo, ostensible al pasar al castellano. Lo reclaman casi su abrigo y su sombrero, ahora de visible calidad, frente a mi ligero atuendo. Su leve acento andaluz, junto a su señorial distinción, me hacen sentirme aprendiz de torerillo sorprendido en plena noche por el amo del cortijo adonde ha acudido a capear alguna res. Pero resulta un amo tan benévolo, tan satisfecho de haber tropezado con un paisano, que me conquista sin reservas.

Empezamos a hablar cuando aparecen guardias de la misma ronda que antes me había interrogado, pero no pierden con nosotros mucho tiempo. Les basta con escuchar el nombre de mi acompañante para que nos dejen en paz. A mí también me sorprende el nombre oído, evocando recuerdos de mi infancia:

—¿No será usted de los Osunas famosos?

—¿Los de tantos negocios, quieres decir? Bueno, soy Manuel Ruiz de Osuna, pero los famosos son mis hermanos. Yo soy el más pequeño y, además… Bueno, algo diferente. Hay quienes me creen un poco chiflado, como son algunos de Vejer. Los vientos de allí, según dicen… Pero tanto como famosos…

—¡Digo! ¡Pues no he oído hablar poco de ustedes desde que yo era chaval! Me acuerdo de las aleluyas: «Galletas como las Osuna, no hay ninguna» y «De Osuna hasta en la luna, valen una fortuna». ¡Cuando mi madre me daba una yo me relamía!

—Hoy la publicidad se ha transformado mucho. —Ríe el hombre—. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Martín Vega. Para usted, Martinillo.

—¡Hombre, gracias! Pero ¿por qué para mí?

—Porque me conoce de antiguo. ¿Es que por casualidad no iba usted a veces con su señora a pasar unos días al cortijo El Campanar? De eso hará unos cuarenta años.

—¡Pues sí que iba! Pero no por casualidad, sino porque mi mujer era parienta de los Cártama. ¿Cómo lo sabes?

—Soy nacido allí. Mi madre trabajaba en la casa, yo era zagalillo en los corrales. ¡Pocas veces que les habré visto salir de paseo a caballo por la sierra!

—Sí. A mi mujer le gustaba montar y salíamos los dos. Solía acompañarnos su sobrinilla, Beatriz.

—La duquesita, sí señor. Un primor, la niña. Se parecía a la del Dante, en el cuadro ése que se cruzan él y ella en el puente del Arno.

A pesar de la escasa luz leo la extrañeza en los ojos de Osuna, que se ha vuelto a mirarme.

—¡Caramba! Para ser zagalillo en los corrales resultas muy ilustrado. ¿Dónde has visto ese cuadro?

—Una copia, claro. Estaba colgado en el chalet de Almuñécar donde yo estuve de guarda, empleado por el dueño, un señor suizo que sólo iba de vez en cuando. Siempre me gustó mucho leer.

—¡Ahora caigo! Tú eres el chico de la Mariana, y nuestra sobrina te llevaba al retortero mandándote recados… ¿No querías ser cantaor? ¿No escribías coplas?

—Eso fueron fantasías… Lo que yo escribía más eran cartas, para los gañanes y las mujeres que no sabían mandarlas a sus familias.

—Sí, escribías. Recuerdo unas aleluyas que tenían salero. Eras muy despabilado y muy bien mandado: me alegro de haberte encontrado, mira. Y de que te acuerdes de nosotros, ¡eran mejores tiempos!

Calla, nostálgico. Y yo también. Nunca sabrá lo hermosos que fueron aquellos días de sus estancias en El Campanar. ¡Ay, la duquesita, la estrella inalcanzable!

Por unos instantes una extraña visión me llena la mente como un relámpago: una pequeña hoguera en el bosque, y dos hombres calentándose con ella, uno frente al otro, reconociéndose afines, compartiendo ese refugio, esa isla de luz y precaria seguridad en el océano azaroso de la noche…

Sus palabras borran la imagen, pero ahora sus ojos sonríen como los míos:

—Y ahora ¿qué haces tú aquí?

Creo que en ese momento se le ocurre la idea, porque gira aún más el cuerpo hacia mí. Clarea ya el día y percibo la bondad en sus ojos azules.

—Soy funcionario internacional, administrativo, nada más. Me destinaron aquí hace poco. En la Organización Mundial del Comercio.

—¡Vaya por Dios! ¿Y a ti te gusta eso?

Es tan transparente su actitud crítica que le contesto sin reservas.

—Lo que hacen me gusta cada vez menos, pero no soy responsable. Mi patrón suizo, el doctor Ropraz, dejó de venir a España y me llevó con él a Ginebra, como acompañante para atenderle. Pero en siete años que viví con él aprendí idiomas, acabé siendo su secretario y, cuando se vio muy mal y se retiró a una residencia clínica consiguió antes que unos amigos suyos me metiesen en la OMC. Hay cosas peores.

—Ya lo sé, porque estudié economía hace tiempo. El mundo actual es la Nave de los Locos y no podría ser perfecta tu Organización… Pero me extraña que te obligue a levantarte tan temprano.

—No entro hasta las nueve. Pero madrugo por costumbre. Y me gusta esta hora tan especial.

—¡Qué rarezas!

—Oiga, pues ¿y usted?

—Yo es que no me acuesto; me gusta la noche entera. Ahora me iré a dormir, cuando todos os vais a trabajar. Mi día empieza a primera tarde, que es cuando me desayuno… Lo que te digo: la Nave de los Locos.

Me asombro de su descontento y no me resisto a objetar:

—¿Tan mal lo encuentra usted todo?

—Calcula: ¡gastamos millones y millones buscando agua en Marte y no hacemos nada por conservarla aquí y encontrar más para los sedientos!

Sigue mirándome. ¿Por qué le interesará mi trabajo?

—¿Vives en los pabellones de abajo? Y comerás en la cantina, supongo.

Ya pienso yo, incómodo, en atajar como sea el extraño interrogatorio cuando empieza a explicarse:

—Quizá pueda ofrecerte yo una mejora de alojamiento, si prefieres vivir en un bote trincado de unos pescantes en esta misma cubierta. No creas, tiene cámara, con su litera y todo, ya lo verás si llegamos a un acuerdo. Sólo tendrías que ocuparlo y cuidarlo, como hacías de guarda en aquel chalet de los libros. Sí, también encontrarás libros en él, ya te lo enseñaré otro día… Es que en estos tiempos estará más seguro si alguien lo ocupa.

—¿También en eso hay… inseguridad?

—En eso como en todo. Ya has visto la ronda. Es permanente.

—Sí. A mí los veteranos me recomiendan no salir de noche fuera de este barrio. Pero yo me ahogo sin aire libre.

—En mi bote lo tendrás a todas horas. Cuando…

Le cortan la palabra unas sacudidas que mueven nuestro banco. A él no parecen impresionarle; a mí me recuerdan una experiencia en Granada, muchos años atrás, cuando se registró un leve terremoto de pocos segundos. Pero entonces se escucharon como truenos subterráneos; ahora ha sido más bien un crujido, como de armazón que se desvencija, o elementos que se resisten a ceder. Ya había yo notado esos chasquidos a bordo alguna vez, pero no tan fuertes.

—¡Qué raro! —exclamo—. Creía que en el mar no podía haber terremotos.

—No es un terremoto, ni es en el mar. Es en el buque. Ya oirás más veces estos crujidos.

—¿El buque? ¿Qué le pasa? ¡Si es el mejor de todos!

Lo afirmo mirando, ya a punto de salir el sol, los diversos buques de la numerosa flota que navega con nosotros.

—Le pasa que es viejo. Se le resienten las articulaciones, como a los artríticos. No funciona bien.

—No lo entiendo. ¿No dicen ya que mejor vida que ésta es imposible?

—¡Caramba! ¿También has leído a Fukuyama?

—El libro no, pero salió mucho en los periódicos. No cayó en mis manos y tampoco lo eché de menos. Por lo visto no hemos llegado al fin de la historia, si es que un monumento de barco como éste ya no funciona.

—Hace tiempo que estamos advertidos. Cuando yo era joven aún estaba muy de moda un autor alemán, Oswald Spengler, constatando La decadencia de Occidente, título de su libro. ¿Qué te parece?

—¿Qué voy a opinar yo? Pero ¿cómo es posible que esta enorme máquina, con tantos inventos a mano, no siga adelante?

—Ya en la Edad Media lo explicaba un moro casi de nuestra tierra, Aben Jaldún. Los sabios lo discuten mucho, pero la cosa es sencilla: A todo lo que vive en este mundo acaban agotándosele las pilas. Es fatal. Y este barco lleva ya siglos navegando. No fue siempre como lo ves ahora. Incluso tuvo otros nombres: al principio fue Cristiandad, o Europa. Nació pequeñito, un cascarón de madera poco mayor que una barcaza, movido por remos y por el viento en las velas. Seguro que Cristóbal Colón sí te suena.

—Ése sí, claro. Y su carabela la Santa María.

—La bautizaron así porque entonces los curas mandaban en todo, pues ellos decían ser ésa la voluntad de Dios. No se hablaba del final de la historia pero, como ahora, se afirmaba que el mundo estaba bien y que pensar en cambiarlo era una herejía. Les fastidió la ciencia, la imprenta propagó el humanismo y la nave creció. Se puso un casco de hierro, cambió las velas por máquinas y ahora domina los océanos. Pero sus tripulantes ya no son lo que eran; perdieron su espíritu aventurero… Ahora, aun siendo dueños de tanto poderío, tienen miedo.

Había alcanzado su voz un tonillo declamatorio que él mismo se atajó con un reír silencioso, antes de continuar:

—Ya has visto a los de la ronda, y encontrarás guardias por todas partes y controles y cámaras ocultas: es que tienen miedo. No hace tantos años la noche la guardaban los serenos. ¿Recuerdas cómo eran?

—Aún llegué a utilizarlos. Se les llamaba dando palmadas y acudían a abrir el portal de la casa. Por una propineja, hasta encendían la luz de la escalera.

—Eso mismo. Todo su armamento era la gorra de plato, una linterna y un garrote o un chuzo. Con eso y un silbato para pedir ayuda en casos graves, se bastaban para que durmiéramos sin miedo.

La tierna evocación de los serenos me rejuvenece. Me quedaría escuchando a don Manuel toda la mañana, pero la OMC me espera. Don Manuel se hace cargo y me despide cordialmente, emplazándome para tratar otro día de su oferta de trabajo y de mi posible alojamiento.

Siempre recordaré muy bien las palabras de don Manuel aquel amanecer, porque el encuentro ha sido decisivo en mi vida. Para empezar, pasó a ser pronto mi patrón en cuanto nos citamos una tarde y me llevó, en el paseo de botes, hacia uno algo más grande y muy diferente de las canoas salvavidas alineadas a cada costado de la nave.

Llegamos ante aquella embarcación, firmemente trincada en sus pescantes y, tras invitarme a seguirle, salvó el obstáculo de la borda del barco y puso pie en la cubierta de lo que, en efecto, no era uno de los típicos botes de salvamento con bancadas y grandes remos. Se trataba —se trata, pues ya es mi residencia— de un pequeño yate de recreo, con una cómoda cámara bajo cubierta, provista de dos literas, rincón de descanso, pequeña cocina y todo lo necesario para pasar días en el mar; además de tener a proa una cabina levantada sobre el conjunto, toda acristalada y equipada para dirigir desde ella la navegación. Por si fueran pocos los detalles atractivos, mi deseo aumentó al ver el nombre estampado en la popa del batel: AUSTRO, el buen viento del Sur.

Cuando don Manuel levantó la escotilla a popa, me hizo bajar por la escalerilla, encendió las luces de la batería y me instaló junto a él en la tapizada banqueta, no necesitó preguntarme si yo sería capaz de vivir allí. Era un lujo insospechado, era cambiar la eterna luz de neón por el aire libre, y la pobreza de mi cuartucho por la condensación de todas las comodidades en un pequeño espacio. Sentía yo escrúpulos en aceptar porque no sólo me alojaba gratis sino que me asignaba una remuneración como guardián del bote y encargado de su mantenimiento, bien fácil dada su reciente construcción y escaso uso.

—Me da vergüenza abusar así. ¿Cómo voy a cobrarle nada?

—No digas tonterías.

Le miré y me pareció ver el rostro, para mí paternal, del doctor Ropraz. Y así fue como acepté aquel paraíso.

Paraíso también en un sentido más profundo que el de las comodidades. Mi primera noche en la nueva vivienda fue otro decisivo efecto de mi encuentro con don Manuel cuyas palabras, en el mirador de popa, provocaron un seísmo en mi memoria del que no fui cabalmente consciente hasta verme a solas en la cubierta del bote, envuelto por el océano y el profundo cielo estrellado.

Evocando las palabras de Osuna, y los recuerdos que despertaron, me volví a encontrar en mi paraíso original, el de mi infancia en el cortijo, el que perdí para siempre a los trece años cuando, al morir mi madre, unos tíos me recogieron y me llevaron a su casa de Sevilla. El paraíso de un niño pobre, sí, encargado de pequeñas tareas desde que pudo hacerlas, pero sin hambre ni frío, arrullado por un inmenso cariño materno que encontraba en mí la compensación de otras desgracias, y con grandes ratos de libertad campestre, de juegos con amigos y, sobre todo, de intensas emociones a medida que avanzaba mi aprendizaje de la vida. Un paraíso, sobre todo, que en los últimos años se hizo celestial con la aparición de una pequeña diosa: la duquesita. Su figura, sumergida bajo tanta hojarasca a lo largo de mi vida, luego desarraigada y movediza, fue resucitada en todo su fulgor por mis conversaciones con don Manuel.

Yo tendría nueve años cuando apareció en el cortijo de sus tíos por primera vez; ella andaría por los trece o catorce. Solían considerarla como una niña mimada y, efectivamente, era caprichosa, impulsiva, exigente y disponía de todo y de todos. De mí, claro, como de un pequeño sirviente muy a mano, por mi frecuente presencia junto a mi madre en la casa. Incluso iba a veces a buscarme a los corrales donde yo tenía ocupaciones: «Martinillo, límpiame la bici», «tráeme esto» «vete a buscar lo otro». Yo saltaba a su voz como un perrito amaestrado. Viéndola pensaba en los ángeles y en las hadas de los cuentos, con su largo y suelto cabello rubio, que flotaba en el aire cuando se acercaba a caballo, pues le gustaba montar en una jaquita. Poco a poco mi visión se hizo más terrenal, en parte tras oír más de una vez los ardorosos comentarios de los gañanes aludiéndola, pero no por eso se enturbió mi adoración. Siguió siendo un ídolo, una reina absoluta, sólo que en vez de admirar su cabello de amazona, me faltaba la respiración cuando pasaba ante mí en bicicleta, descubriendo fugazmente unos muslos que luego en mi jergón nocturno encendían mis insomnios… ¡La duquesita! No volví a verla nunca desde mi destierro del paraíso. Pero fue el Amor, acariciándome antes de presentarse como amor. Y en el bote de don Manuel, que para mí es un yate, volví a verla esa primera noche.

Ahora vivo como un turista en un apartamento frente al mar y, además, he recuperado el tiempo que perdía en ir y volver del pabellón al trabajo, porque la sede de la OMC se encuentra en esta zona elegante de la urbanización antigua. Así puedo pasearme por un mundo extranjero, nuevo para mí, del que algo me informaron mis lecturas, y descubrir hermosas avenidas o pintorescas callejuelas, tiendecillas, rincones curiosos… Antes me perdía, bajo la luz artificial, subiendo de una cubierta a otra; ahora, desde la de mi yate, accedo pronto a los niveles más abiertos. Y hoy, por primera vez, he llegado a tener una visión general de todo OCCIDENTE.

Ha sido un poco por casualidad, pues el acceso al nivel superior está muy restringido a los no residentes de la zona. Si yo he tenido éxito ha sido gracias a una de esas escalerillas de servicio que son como clandestinos pasadizos, secretos para los propios dueños de las casas. Alejándome de mi yate advertí, en medio de una pared trasera, una puertecilla semiabierta de la que arrancaban unos escalones en caracol. Subí sin pensarlo más y, después de trepar en la oscuridad como por un tubo sin ninguna otra salida, me enfrenté a otra puerta que logré abrir sin dificultad. Por ella accedí al vestíbulo de un gran edificio y, atravesándolo, llegué a una amplia avenida de la lujosa cubierta superior: una doble y ancha vía para la circulación rodada, con amplios andenes arbolados, ofreciendo un cómodo paseo con lujosas tiendas y algún centro de espectáculos con anuncios de películas y hasta de obras teatrales.

Al desembocar en una vasta rotonda, con un monumento central, que me pareció dedicado a la memoria de guerreros triunfantes, me encontré en lo más alto de las estructuras del buque, con una despejada visión hacia proa en toda su extensión. Apoyándome en la barandilla, como en la cima de una atalaya, tenía a mis pies la Laguna Mediterránea del antiguo mundo, y después un vasto conjunto de construcciones en cuyos cristales centelleaban ya los reflejos del sol. Más allá se extendía el Lago Grande que cruzó Colón y, en su otra orilla, el deslumbrante y erizado frente de los rascacielos, con la famosa estatua de la Libertad, que el cine ha hecho familiar para todos. El dilatado panorama era un espectáculo impresionante, con el esplendor de las avenidas, la magnificencia de los grandes edificios oficiales, la ostentación de los jardines en las lujosas áreas residenciales y la intensidad del tráfico en su intrincado frenesí, reforzada por el vuelo de los aviones que cruzaban el Gran Lago o despegaban y aterrizaban en distintos lugares del panorama.

Aquella prodigiosa y colosal creación colectiva de la cultura tecnocrática me causaba una impresión equiparable a la sentida ante prodigios de la Naturaleza tan asombrosos como el Gran Cañón del Colorado o las más altas cimas del Himalaya. Nunca antes había percibido tan claramente, por incapacidad para imaginarla, toda la infinitud de iniciativas y descubrimientos humanos a lo largo de siglos, tantos empeñosos proyectos y aciertos, hasta conseguir ambientes para la existencia humana tan avanzados sobre la situación originaria. ¡Cuánto y qué admirable recorrido desde las cavernas prehistóricas hasta la actualidad!

¿Cómo era posible que el bueno de don Manuel calificase aquel activo esplendor como la Nave de los Locos? Pero no tardé en reírme de mí mismo: mi ingenuidad no tiene remedio. ¡Como si yo no hubiese nunca pasado hambre, ni supiera de quienes la sufren toda su vida, ni hubiera experimentado en carne propia la existencia de las cubiertas inferiores, las alcantarillas del espléndido panorama desplegado ante mi vista! Pero esos subterráneos, aún siendo verdaderos y dolorosos, no anulan la grandeza de la vasta creación social que llamamos OCCIDENTE, aunque coexistan bajo ella. La impresionante máquina rueda a plena marcha.

Y, sin embargo, rechina. Se oyen los crujidos de vez en cuando, aunque no siento aquellas ligeras sacudidas de otras veces, que yo atribuía a golpes de mar, porque al colgar mi bote de sus pescantes no repercuten en él los estremecimientos del casco. Ha de ser por eso, pues en la calle y en mi oficina los chasquidos parecen amenazar con posibles rupturas.

Como ahora converso con don Manuel casi todas las madrugadas, cambiándonos un «buenos días» por un «buenas noches», le comento mi admiración ante la prodigiosa organización social conseguida, combinando santísimos recursos y componentes, para satisfacer las necesidades, los ocios y hasta las fantasías y el progreso humano. Se comprende que muchos defiendan el sistema de vida occidental como insuperable pues, aun teniendo defectos, no parece posible hacerlo mejor.

—¡Ay, Martinillo! El panorama es seductor a la vista, pero la gestión es injustificable. El sistema rechina porque pretende armonizar sectores incompatibles. ¿Es que no te has tropezado en tus paseos con algún mástil truncado, del que aún cuelga un guiñapo de lona? Es un residuo de cuando los obispos manejaban las velas y decidían el rumbo del navío CRISTIANDAD. Ahora la Iglesia estorba queriendo imponer su mitología a todos, pero la sociedad ya no la sigue como antes. Hoy mandan las grandes empresas globalizadoras, imponiendo una ideología económica del siglo XVIII. Cada sector es de su tiempo: tienen distintos fines y hablan lenguajes diferentes, como en la imposible Torre de Babel. Y, dejándoles a todos atrás, el progreso técnico derrama una constante catarata de innovaciones, que nos colman de medios sin saber para qué van a usarse, porque no tenemos claros los fines, con el resultado de que vamos a la deriva. El sistema se ha vuelto ingobernable, pero la gente se aferra a él porque teme el cambio. Ya no tiene gusto para la aventura.

Escuchando la diatriba se me ocurre pensar que en ese sistema el bueno de Osuna no es de los que están mal situados. Me atrevo a decírselo, con la confianza que ya tenemos:

—Me convence usted, don Manuel, pero no da usted la impresión de que vive muy amargado en ese mundo.

—¡Vaya, al maestro cuchillada…! No te azores, hombre, te lo digo en broma. Pero te equivocas. Éste no es mi mundo en absoluto. Yo soy ajeno a esto; me siento aquí como un inmigrante forzoso, un desterrado. Más todavía que los africanos llegados en pateras, porque ellos podrán volver a su tierra algún día y yo no.

—¿Un Osuna inmigrante aquí? —le replico, burlón.

—Un inmigrante, sí. Te parece increíble porque, como todos, no te das cuenta de que lo mismo que se traslada uno de país, también se pasa en la vida de una época a otra. Yo no soy de hoy. Aunque sigo pisando la misma tierra ibérica no soy de esta España. Mi tierra natal, la de mis raíces y donde crecí, no es ésta. La mía es la España de los primeros años treinta; por aquellas raíces recibo mi savia y con ellas intuyo y siento… No me mires así; es una verdad muy honda. Les pasa a muchos, pero se adaptan al molde en que nos meten, como zapatos en horma, y acaban por no darse cuenta. Incluso procuran reeducarse. Yo, en cambio, cultivo la diferencia, la conservo. Como mi abuela, que nació en Cuba, pero luego pasó toda su vida en España, logrando conservar hasta su muerte el deje del acento cubano.

—Pero ¿es posible subsistir en la época nuclear sintiéndose de antes? ¿No es como querer un pez vivir fuera del agua y respirar con agallas?

—Mira, Martinillo, aprende que todos los que vivimos a contrapelo, en un ambiente a disgusto, nos vemos forzados a llevar una doble vida. Los cristianos en la Roma Imperial se ganaban el pan como tenderos, o albañiles, o lo que fueran y salían a diario a sus tareas como dóciles súbditos, pero se reunían secretamente en sus catacumbas, esperando y preparando el otro mundo que ellos ansiaban… Lo mismo pasa ahora. Yo no quiero este mundo; me da asco. Ha perdido hasta las maneras que antes lubrificaban las rel ...