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LA TIERRA DEL SOL PONIENTE

Barbara Wood

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Fragmento

Prólogo

Palm Springs, California

Época del deshielo, 1920

En lo alto del cañón Mesquite, más allá de los bancos de niebla y los arcoíris, en el corazón de las sombras de palmeras gigantescas y álamos y junto a un impetuoso riachuelo del que los indios habían obtenido agua dulce durante miles de años, una mujer se dedicaba a sus tareas en soledad.

Era lo que su gente llamaba una pul, una chamán, y era miembro de la tribu cahuilla del valle de Coachella, en el sur de California. El hombre blanco le había dicho que nació en el año 1860, antes de que el ferrocarril dividiera el valle en dos. Su nombre indio era Nesha, que en lengua cahuilla significaba «mujer de misterio». No es que fuese misteriosa; ella sabía que la habían llamado Nesha porque iba a pasarse la vida interpretando misterios. Pero cuando era pequeña los curas católicos llegaron desde la misión de San Gabriel, en Los Ángeles, para bautizarla y le cambiaron el nombre por el de Luisa. A la edad de quince años se casó con José Padilla y le dio muchos hijos, algunos de los cuales sobrevivieron.

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José ya no estaba vivo. Se mató al caerse de una palmera muy alta mientras robaba dátiles.

Luisa estaba recogiendo un tipo de juncos que su gente llamaba pa’ul y el hombre blanco espadañas. Rezaba mientras reunía los altos tallos verdes y los ataba en gavillas para cargárselas a la espalda. Pedía a los espíritus de las plantas que bendijeran sus manos y su trabajo; iba a trenzar una cesta sagrada y todavía tenía que decidir su diseño.

Cantaba en voz baja mientras arrancaba juncos. «Meyáwicheqa núkatmi pálpiyik me chéngeneqa, núkatmi; ívim pen metétewangeqa, pen mekwákwaniqa’ men me’ í’isneqa ívim.» Era la historia de cómo, cuando las personas y los animales llegaron al mundo, la diosa de la luna congregó a todos los seres de la creación y los llevó hasta el agua, donde los pintó. Por eso los pájaros, las serpientes, los lagartos, los gatos salvajes y los insectos tenían colores tan vivos y dibujos tan bonitos. Todo en el desierto tenía un dibujo que había pintado la diosa de la luna, razón por la cual el desierto era el lugar más bello de la tierra.

Mientras avanzaba por la rivera se topó con un almendro silvestre que no sabía que estaba allí. Desde que el hombre blanco introdujo esos árboles en el valle, el viento y los pájaros habían transportado las semillas y crecían aquí y allá, en lugares especiales y recónditos. Luisa sonrió. El árbol estaba cuajado de flores de color rosa, lo que significaba que daba almendras dulces; aquellos cuyas flores tenían los pétalos casi blancos en la punta y la base roja daban almendras amargas. Vio que los almendrucos estaban casi maduros. Regresaría con una cesta y los recogería. Luego los cascaría y los almacenaría en un recipiente, al calor, para que el aceite aflorara.

Su gente daba muchos usos al aceite de almendras, pero Luisa estaba pensando en uno en concreto. El aceite podía utilizarse como lubricante para hacer el amor. Según su propia experiencia, ningún hombre se resistía a una mujer que se hubiera ungido su suave t’pili con aceite de almendras dulces. Y para la mujer también era agradable cuando el rígido húyal de su marido estaba resbaladizo gracias al aceite.

Oyó el trino de un pájaro en un arbusto cercano y se detuvo. En su clan, Luisa era la intérprete de los espíritus, y en épocas de peligro y conflictos recibía mensajes del mundo espiritual. Solía ocurrir cuando estaba trabajando, pues entonces tenía la mente despejada y receptiva a las comunicaciones con el otro mundo.

El pájaro le hablaba de un amanecer. Luisa visualizaba con nitidez el horizonte del este, la dorada ascensión del sol mientras las estrellas titilaban aún al oeste. Cuanto más intenso el mensaje, más importante era. Lo había aprendido con los años. Recibía mensajes claros cuando los espíritus estaban inquietos. Era su modo de gritar. Y por ello, por su nitidez, por la intensidad del color y de los detalles, sabía que la visión de ese amanecer era importante. Quizá urgente.

Algo iba a pasar al alba.

—¿Ocurrirá pronto? —preguntó al pajarillo marrón y amarillo.

Prestó atención a su canto. El pájaro repitió el mensaje. Así pues, era muy importante.

Se aproximó con cautela. Al oír un siseo, se detuvo y miró en derredor. Ahí, en medio de un grupo de cactus en flor, se encontraba Mésax, la serpiente de cascabel diamante rojo. La observó. La escuchó. El viento le acariciaba las orejas y susurraba entre las hojas de las palmeras. Levantó la vista. Las puntas verdes de las hojas atrapaban reflejos de la luz del sol. Más allá, el cielo era de un vivo azul y se extendía hacia el infinito.

Luisa miró a la serpiente. Era grande, un abuelo, con un dibujo de rombos rojos en la gruesa zona dorsal. No estaba en posición de ataque. Tenía sus negros ojillos fijos en ella.

Luisa prestó atención.

Se aproxima una tormenta…

—Ay, Mukat —susurró Luisa—. ¿Por dónde? —preguntó.

Por el este. La tormenta viene en tren…

Apretó los largos juncos contra su pecho. Llegaba el hombre blanco. El peligroso hombre blanco.

—¿Es el hombre blanco quien llegará al alba?

No…

—¿Qué sucederá al amanecer?

No el hombre blanco, no la tormenta…

Luisa frunció el ceño y entonces se percató de que había recibido dos mensajes distintos.

—¡Ay! —gritó.

Los espíritus raras veces la confundían así, raras veces rivalizaban por su atención. Pero ahora dos espíritus habían hablado, los dos habían augurado sucesos futuros y Luisa solo comprendía el segundo. El significado del primer mensaje se le escapaba.

—¿Qué debo hacer?

La nuevos hombres blancos caminarán por los lugares sagrados. Pisarán los lugares prohibidos. Hay que detenerlos. Corre al pueblo y avisa a tu clan…

La serpiente parpadeó, luego desenroscó su largo y grueso cuerpo y se alejó despacio.

—Pero ¿qué sucederá al amanecer? —Buscó con la mirada al pájaro marrón y amarillo, pero ya no estaba.

Se apresuró a recoger las gavillas de pa’ul y enfiló el viejo camino de tierra hacia su casa, a los pies del cañón. El corazón le latía desbocado por el miedo. Pero agradecía a Mésax que le hubiera advertido. Trenzaría la nueva cesta en su honor, recrearía el dibujo de la serpiente de cascabel diamante rojo.

¡Una tormenta! Para su clan las tormentas siempre eran motivo de inquietud. Las nubes permanecían ocultas tras la montaña, sembrando el caos en las cumbres, invisibles para los de abajo. Y entonces llegaban los truenos y una enorme pared de agua se llevaba su pueblo y a cualquiera que no hubiera trepado a un lugar alto.

Por eso Luisa, como intérprete de los espíritus, era tan importante para la tribu. Su trabajo como chamán significaba la vida o la muerte, literalmente.

Y ahora había recibido el mensaje de que el mal se aproximaba al valle. Llegaba en tren…

PRIMERA PARTE

1920

1

Stullwood Hall, Derbyshire, Inglaterra, 1920

 

El semental galopaba por los verdes terrenos de Stullwood levantando nubes de polvo y trozos de césped con sus magníficos cascos.

El caballo era un lustroso alazán llamado Blaze; una mancha blanca le recorría el puente del hocico desde la frente hasta los ollares. El jinete, con botas, pantalones de montar y chaqueta de tweed, era Nigel Barnstable, heredero de Stullwood, de veinticuatro años, famoso por lo atractivo y atlético que era y porque pronto se convertiría en uno de los hombres más ricos de Gran Bretaña.

Mientras cabalgaba con furia, en un frenesí de gran excitación, Nigel sentía la piel tirante, como si fuera demasiado grande para su cuerpo. Recordaba haber pensado eso mismo de chaval, cuando estaba creciendo, sentir que era demasiado grande para su piel. Recordaba explorar Stullwood Hall como si fuera un aventurero en África, descubrir una habitación tras otra llena de tesoros y a su madre preguntándole a su padre de dónde sacaba el muchacho tanta energía. Nigel Barnstable era inquieto desde el día en que nació. Llegó al mundo con tres semanas de antelación, salió retorciéndose y agitando los puños, impaciente por ponerse en marcha, y dos décadas después, cabalgando a galope tendido, seguía retorciéndose y agitando los puños. El caballo estaba acostumbrado a los caprichos de su dueño, a la velocidad que imponía, a su necesidad de llegar a otro lugar antes incluso de haber partido. Montura y jinete encajaban a la perfección; el caballo era brioso incluso en la cuadra, donde caracoleaba y resoplaba con impaciencia. Ninguno de los dos podía estarse quieto. La impaciencia era un rasgo que compartían.

Pero en esa ocasión, por una vez, Nigel de verdad tenía prisa. El abogado llegaría de un momento a otro, se leería el testamento y él se convertiría oficialmente en el noveno barón Stullwood, y entonces cada una de esas cuatrocientas hectáreas, con sus granjas, sus arrendatarios, sus parcelas e incluso el pueblo de Stullwood, además de la casa que era como un palacio, los caballos, los cientos de trabajadores de la propiedad y los millones en el banco… serían suyos.

Tras recibir la noticia del fallecimiento de su padre, si bien lamentó con respeto la muerte del anciano, Nigel sintió que en su interior bullían nuevas ambiciones, efervescentes como el buen champán. Cuando su hermano mayor murió luchando en el frente, Nigel había creído que el anciano regresaría a casa. Parecía que nada iba a acabar con el indómito barón, ni siquiera una guerra que debía poner fin a todas las guerras. Por eso no imaginaba que fuera a convertirse tan pronto en el próximo barón Stullwood, en realidad creía que pasarían años, pues el anciano era vigoroso, robusto y dado a la vida sana.

Pero entonces enviaron a su padre gravemente herido a Inglaterra, donde yació en un hospital militar en el delicado mundo entre la vida y la muerte. Y Nigel fue a Londres a verlo e incluso entonces creyó que iba a salir de aquello.

Pero la gripe española, que se había cobrado millones de vidas en todo el mundo, se llevó al viejo barón y Nigel se encontró de repente con una espléndida herencia entre manos.

Por eso había pasado esa mañana inspeccionando la reserva de ciervos de la finca; una zona arbolada delimitada por una acequia y un muro de piedra. Los pasos para ciervos, compuestos por rampas y zanjas, habían sido construidos hacía mucho tiempo para que los animales entraran en la reserva y no pudieran marcharse. Por desgracia, con la guerra la reserva había caído en el abandono, algo que Nigel pretendía rectificar lo antes posible.

Al aproximarse a las caballerizas vio que el abogado no había llegado todavía. Detuvo el caballo y desmontó de un salto.

—Frótalo bien, Mac —dijo cuando entregó a Blaze al mozo.

—Sí, señoría.

Tras golpearse las botas para desprenderse del barro, entró en la casa, se quitó los guantes y los dejó sobre la mesa de espejo del vestíbulo. Apareció una doncella para hacerse cargo de su chaqueta de montar de tweed, y Nigel se quedó con sus pantalones de montar y su camisa blanca de seda a medida. La doncella hizo una rápida reverencia, esbozó una sonrisa tímida y se marchó con premura. Nigel vio el rubor en sus mejillas. Era consciente de su atractivo. Consciente de su efecto en las mujeres. Pero no era presuntuoso. Simplemente había nacido guapo, además de con una densa mata de pelo negro y ondulado y una sonrisa deslumbrante y agradable.

Entró en el salón, donde aguardaban su abuela y su hermano pequeño, Rupert. El mal tiempo decidió estallar en ese momento y la lluvia comenzó a azotar las antiguas ventanas geminadas.

—Está empezando a diluviar —dijo mientras se encaminaba hacia el carrito de los licores y se servía un poco de whisky—. Espero que a Radcliffe no le pille de camino.

Radcliffe era el abogado que llevaba el testamento del viejo barón. Nigel apuró la copa de un trago. Estaba impaciente por comenzar con los cambios en Stullwood.

Cuando las luces parpadearon, su señoría la baronesa viuda, abuela de Nigel y de Rupert, tiró de la campanilla y un lacayo acudió enseguida; un hombre joven ataviado con librea negra, camisa blanca almidonada y chaleco negro.

—¿Sí, señoría?

—Tenga la bondad de ocuparse de que lleven quinqués y cerillas a todas las habitaciones, no sea caso que se apaguen los generadores eléctricos.

—Muy bien, señoría.

La baronesa viuda pensaba que la era moderna no era tan práctica como debería. Stullwood Hall disponía incluso de un teléfono, pero, a su modo de ver, si bien facilitaba algunos aspectos de la vida, restringía las comunicaciones que de otro modo habrían tenido lugar cara a cara. «Pronto habrá un batallón de gente hablando por teléfono y dejaremos de vernos unos a otros», pensó.

Sentada con la espalda bien erguida en una silla de estilo reina Ana, se agarraba las manos con fuerza. Temía la lectura del testamento de su hijo. Daría una irreversibilidad a su muerte que no era capaz de afrontar. En el lapso de tres años había perdido a su único hijo y a su nieto mayor… en una guerra sin sentido, por muchas veces que se lo explicaran. Sin embargo, a pesar de su miedo a tan inevitable momento, deseaba que llegara el abogado y se pusiera manos a la obra.

El señor Radcliffe llegó por fin y lo condujeron al salón; era un hombrecillo menudo y pulcro que dispuso de inmediato sus papeles en un ornamentado escritorio antiguo y se aclaró la garganta tantas veces que su señoría pidió en voz queda al lacayo que le llevara un vaso de agua.

Nigel tomó asiento y le dijo a su hermano pequeño:

—No te preocupes, muchacho, permitiré que continúes viviendo aquí tanto tiempo como desees. Tráete también a tu novia si decides que te gustan las mujeres.

Rupert no respondió. Deseó que Nigel no adoptara una actitud tan caballerosa en un momento tan deprimente. Al parecer no podía tomarse nada en serio. Sin duda había ido a la vieja reserva de ciervos con el fin de idear costosos planes para su recuperación.

El señor Radcliffe carraspeó y comenzó a leer. Las primeras páginas estaban llenas de jerga legal a la que los demás apenas prestaron oído. Su atención se avivó cuando llegó a los legados individuales. El barón se había acordado del mayordomo y del ama de llaves, así como de su leal ayuda de cámara, que lo había seguido al ejército y había sobrevivido a la guerra. Los jefes de las caballerizas y de las jaurías también recibieron regalos.

Por último, lo que los tres Barnstable estaban esperando:

—«Mi madre continuará viviendo en Stullwood Hall hasta que desee y seguirá recibiendo la asignación de la que ha gozado todos estos años, con aumentos de acuerdo al coste de la vida. A mi hijo Nigel le lego la suma de cien mil libras. El resto de mi propiedad, todas sus tierras y títulos e ingresos diversos, así como la fortuna familiar, se lo dejo a mi hijo pequeño, Rupert.»

Mientras la lluvia resbalaba por las ventanas y el fuego crepitaba en el hogar, tres rostros contemplaban impasibles al señor Radcliffe, que desvió la mirada. Por fin su señoría dijo:

—No cabe duda de que ha intercambiado los nombres, apreciado amigo. Es Rupert quien recibe la compensación y Nigel quien hereda la propiedad.

El abogado se aclaró la garganta con una expresión que decía que esa era la parte que había estado temiendo y que preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo en vez de allí.

—Yo no cometo errores, señoría. Puede examinar el escrito usted misma si lo desea.

—Me gustaría echarle un vistazo —dijo Nigel, acercándose con paso vivo al escritorio y arrebatando los documentos de las manos de Radcliffe.

Tras una lectura rápida, Nigel rio con aire burlón.

—¡Tiene que ser una broma!

—No lo es, señoría.

—Pero… pero… —balbuceó Nigel de un modo que estaba completamente fuera de lugar. Nigel Barnstable jamás balbuceaba—. ¡No puede ser legal!

El señor Radcliffe pasó los dedos por los bordes de los papeles que tenía ante sí para asegurarse de que estaban perfectamente alineados y tener una excusa para no mirar a Nigel a los ojos.

—Le aseguro que todo es legal, señoría.

Nigel profirió un bufido de desprecio.

—Hacia el final, mi padre sufrió mucho dolor y fiebre a causa de las numerosas infecciones. Además de la gripe. No estaba en pleno uso de sus facultades mentales.

Radcliffe carraspeó de nuevo y los demás se preguntaron si se trataba de un achaque fruto de los años que llevaba leyendo malos testamentos.

—Señoría, este testamento fue redactado antes de que el barón se alistara en el ejército. —Les concedió un momento para que digirieran aquello, y la abuela y los dos nietos lo hicieron en un silencio hosco. Después prosiguió—: Queda un documento más. Una carta.

Los tres lo miraron con brusquedad. ¡Una carta! La baronesa viuda sintió que el corazón le daba un vuelco. Las últimas palabras de su hijo. Era casi como si Harold volviera a ella brevemente. Por un instante sintió una alegría extraña.

—Está dirigida a usted, señor —dijo mirando por fin a Nigel.

A la baronesa se le cayó el alma a los pies. Su alegría había sido fugaz y en ese momento sintió una efímera punzada de resentimiento contra el nieto al que quería. Era una rara mezcla que la descolocó de manera momentánea; amaba a Nigel y sin embargo le envidiaba aquello que ella más deseaba: las últimas palabras de su hijo.

Cuando Nigel extendió la mano para recibir la carta, Radcliffe se puso un tanto pálido, tenía el semblante de un hombre que está considerando cambiar de profesión, algo que de hecho había considerado en ocasiones como aquella. Pero no había cambiado de profesión, le gustaba lo que hacía, el sueldo era excelente y en general era portador de buenas noticias, en cuyo caso las familias tan adineradas como aquella le trataban muy bien.

—Se me ha indicado que lea la carta en voz alta —dijo, evitando el contacto visual con Nigel—. A los tres.

Aguardó hasta que el alto e imponente Barnstable se alejó despacio y volvió a su silla, donde no suponía una amenaza física tan grande.

Radcliffe se aclaró la garganta un par de veces más, trató de no mirar el reloj, de no dejar entrever su incomodidad, y leyó:

—«Querido Nigel, me duele haber tenido que hacer lo que he hecho. Te quiero, hijo. Estoy orgulloso de tus muchas virtudes. Eres inteligente y listo, y aportas tranquilidad a los demás. En pocas palabras, hijo mío, eres un encanto. Pero también eres impulsivo, y cuando no te sales con la tuya sueles actuar de manera irracional e irreflexiva. Estas son las cualidades que me preocupan y debo tener presentes al pensar en el bienestar de Stullwood Hall y en el apellido de la familia.

»Pero lo más preocupante es que eres ambicioso, Nigel. Eras ambicioso de niño y te has convertido en un hombre ambicioso en exceso. Tan feroz ambición genera impaciencia y mala planificación. La impaciencia conduce al fracaso. Aunque considero que posees la inteligencia y las dotes necesarias para dirigir esta propiedad, temo que tus ambiciones la lleven a su ruina. Stullwood debe permanecer inalterable. No puedo permitir que hagas pedazos la tierra en pos de vanas quimeras. Sé que Rupert es juicioso y posee verdadera devoción por la tradición. Estoy convencido de que Rupert se ocupará de que Stullwood continúe como lo ha hecho durante siglos. Pero tú, hijo mío, serás el noveno barón Stullwood. Lleva el título con honor y honra. Deseo de todo corazón que algún día refrenes tus ambiciones y aprendas a conciliar tus deberes como Barnstable y como caballero, y como señor de la gente de esta propiedad. Tengo plena confianza en que en este empeño harás que todos nos sintamos orgullosos».

Radcliffe dejó la carta y esperó a que su público compuesto por tres personas la asimilara.

A la baronesa no le preocupaba tanto que su hijo fuera tan crítico con Nigel como que no hubiera escrito ni una sola palabra para ella o sobre ella. Algo parecido rondaba la mente de Rupert, quien pensaba en lo raro e inesperado de la carta mientras trataba de encajarla en el marco de su nueva vida. Y cuando captó la importancia de lo que Barnstable padre había dicho, Rupert comprendió con estupor, y con profunda decepción, que más que entregarle la propiedad a él se la había quitado a Nigel. Cualquier sensación de recompensa o de mérito personal que había sentido al recibir el legado se marchitó en el acto y de repente se sintió tremendamente abatido.

Los pensamientos de Nigel discurrían por distintos derroteros.

No podía creerlo. Su padre le había echado un rapapolvo delante de su abuela, de su hermano y de aquel abogado. ¿Por qué había dispuesto que la carta se leyera en voz alta? ¿Había tenido su padre intención de humillarle? No, Nigel lo conocía bien. Jamás había sido de los que humillan a alguien a propósito. Entonces debía de haber pensado que al hacer que sus palabras se leyeran en voz alta, al transmitirlas mediante una voz humana, el impacto sería mayor, el mensaje ganaría fuerza. Y daría munición a la abuela para que en el futuro le recordara lo que su padre había dicho; en el fondo los convertía a Rupert y a ella en los guardianes de su personalidad y sus ambiciones.

Radcliffe, que había leído muchos testamentos para gente rica, era capaz de pronosticar el mal genio. El ambiente en el salón estaba tan cargado que creyó que empezarían a caer relámpagos del techo. Evitando la expresión iracunda del hijo mayor —Nigel parecía dispuesto a matar a alguien y Radcliffe ya había visto antes esa mirada— se apresuró a recoger sus papeles.

—Dejaré la carta aquí, pero si quiero coger el tren a Londres más vale que me dé prisa.

Sabía que era una retirada cobarde, pero también que iba a ser el blanco de una ira que se iba apoderando del ambiente.

—Estaremos encantados de acogerlo —dijo la baronesa con gentileza, tratando de ocultarle el estado de shock en que se encontraba— hasta que haya pasado la tormenta.

—Tengo asuntos que atender en la ciudad. Pero gracias, señoría. Le agradezco el ofrecimiento.

Y salió con premura.

Con la partida de Radcliffe se hizo un nuevo silencio en el salón; los tres se quedaron allí sentados en un estado de estupor tal que ninguno era capaz de hablar. Al cabo, Nigel, casi sin aliento, presa de la ira que empezaba a bullir en su alma, dijo:

—Abuela, ¿tú sabías algo de esto?

La anciana estaba pálida como la tiza. Las últimas palabras de su hijo, las últimas que oiría, no se las había dirigido a ella.

—No, no lo sabía. Pero Harold tenía sus razones y tenía la cabeza sobre los hombros.

Nigel se levantó y fue hasta el escritorio, donde estaba la carta. Bajó la mirada y vio de inmediato la letra tan conocida, un trazo nítido, sin rastro del temblor que su padre padecía en los últimos días. El abogado había dicho la verdad. Su padre la había escrito antes de alistarse en el ejército.

No recordaba haber sufrido una conmoción semejante ni siquiera cuando su madre murió y su padre dijo que ella ya no volvería a casa, y él, durante semanas, con siete años, se sentó junto a la ventana a esperar al carruaje que la traería de regreso, pues se negaba rotundamente a creer la verdad. Así se sentía entonces, pensaba que Radcliffe reaparecería de un momento a otro y diría que todo había sido una broma. Pero Radcliffe, al igual que su madre, no regresó.

—Bueno, ¿y ya está? —dijo al fin—. ¿Eso es todo lo que voy a recibir? ¿Mi título y una cantidad de dinero?

Ninguno de sus acompañantes respondió. Nigel pensó que el silencio en el salón era tan denso que casi resultaba ensordecedor. Un pesado silencio producto de la fuerte impresión combinada de tres personas que acababan de recibir una noticia inesperada.

—Lo siento, hombre —dijo Rupert y se levantó un instante y se sentó de nuevo, como si la mera decisión de quedarse de pie o sentado fuera demasiado para él—. No tenía ni idea de que padre iba a hacer esto. Pero… —Rupert se examinó las uñas de ese modo suyo tan irritante cuando buscaba palabras agradables para comunicar noticias desagradables—. Estoy de acuerdo con él. No se te da bien cobrar las rentas, Nigel, ni ocuparte de las reparaciones. Cuando los arrendatarios necesitan que se resuelva una disputa, tú te vas a Londres para reunirte con un arquitecto. En vez de inspeccionar las granjas, te dedicas a marcar dónde irán los hoyos de golf. Stullwood necesita una buena cabeza para los negocios. —Y habría añadido: «Y sí, cuando las cosas no salen como tú quieres, te comportas como un mocoso mimado». Pero Rupert sabía cuándo cerrar la boca.

Nigel miró a su hermano como si fuera un rinoceronte que acabara de entrar, luego se levantó, fue hasta la ventana y miró hacia el exterior. La lluvia estaba amainando. El cielo parecía haber soltado su agua solo para la lectura del testamento y ahora la descargaba sobre el mal día de algún otro. A Nigel le sobrevino un pensamiento incómodo: «Mi hermano pequeño se queda con la fortuna familiar mientras que yo, el heredero legal de padre, recibiré… un cheque».

Se dio la vuelta y los miró a ambos, a la anciana y al joven de veintidós años con mentalidad de un hombre de cincuenta. En ese instante los despreció. Nunca había sentido verdadero afecto por la dominante y anciana matriarca; Nigel a veces pensaba que se creía la reencarnación de la reina Victoria porque vestía de negro y llevaba el corsé tan ceñido que su enorme pecho casi le llegaba a la barbilla. Y Rupert… el hermano pequeño ni siquiera sabía deletrear la palabra ambición, así que cómo iba a poseer ninguna.

—Esto es ridículo —farfulló al tiempo que giraba sobre los talones y salía del salón con paso airado mientras los otros dos, sorprendidos, decían: «Nigel, espera», «Nigel, ¿adónde vas?».

Agarró su fusta de la mesa del vestíbulo y avanzó por la encharcada gravilla hacia las caballerizas.

—Ve a buscar a Blaze —le dijo al mozo—. Ensíllalo.

—Acabo de secarlo, señoría.

—¡Hazlo!

Nigel recorrió los húmedos establos palmeándose el muslo con la fusta de cuero que le había regalado el conde de Shrewsbury en su decimoctavo cumpleaños. Destinada para recordar al caballo quién estaba al mando y cómo tenía que moverse, Nigel empleó el corto y rígido látigo para autoflagelarse, golpeándose el muslo con tanta fuerza que podía sentirlo a través de la tela de sus pantalones de montar. Fuera persistía una fina llovizna y se levantó un viento helador. Se había dejado la chaqueta en casa. Pero no tenía frío. La ira que lo embargaba era como un grueso y pesado abrigo sobre su cuerpo.

«Un título… eso es cuanto me ha legado. Un título sin nada que lo respalde. Me ha reducido a un hombre de paja. La gente se reirá y guiñará el ojo a mi espalda. Seré un arrendatario en mi propia casa, en un dominio que tenía que gobernar. Me ha castrado y me ha dejado impotente.»

Cuando Nigel montó, a la ira se le unieron otras cargas —amargura, sentimientos de traición, incluso una buena dosis de enfado—, de manera que espoleó a Blaze y le dio rienda suelta hasta que cabalgaron a toda velocidad por la campiña. Ambiciones y objetivos habían burbujeado como vino espumoso en su mente aquella mañana, pero en ese momento bullían ardientes y oscuras emociones, como un lago de lava volcánica.

Cabalgó de nuevo hasta la reserva de ciervos, como si se hubiera dejado algo allí y necesitara encontrarlo. Y quizá fuera así. Antes se había paseado por el bosque a lomos de Blaze como un hombre muy rico y con muchas tierras, heredero de Stullwood y de sus millones. Ahora regresaba como un simple heredero de un título vacío y unas míseras cien mil libras. ¡Un hazmerreír! La gente preguntaría «¿Por qué lo hizo el viejo barón? ¿Qué pasa con el hijo mayor para que no le hayan legado la propiedad?».

Cabalgó a Blaze con violencia, sin piedad, azuzándolo con la fusta una y otra vez bajo la lluvia; la crin del animal y el espeso cabello de Nigel chorreaban. Tenía ganas de gritar. Tenía ganas de aullar su indignación al cielo. Tenía ganas de matar a Rupert. El caballo galopaba empapado de sudor mientras la fusta lo azuzaba cada vez más fuerte, Nigel desahogaba su furia y resentimiento en una criatura que no sabía qué había hecho pero que temía desobedecer.

Tras una larga y enérgica cabalgada, aminoró hasta el trote y luego al paso para dejar que sus dispersos y perturbados pensamientos lo alcanzaran. Atravesó la reserva de ciervos, donde estos entraban pero no podían salir; llevaban una existencia confinada hasta que un disparo le ponía fin.

Guio al semental por un sendero y se dio cuenta de que la ira y otras turbulentas emociones habían quedado atrás, ya no lo dominaban. En su lugar, una fría niebla envolvía su mente, las gélidas brumas de Inglaterra que a veces sentía en la sangre.

«Soy Juan sin Tierra —pensó con cierta indiferencia—. Un nombre sin tierras…, un hombre sin poder.»

Empezaba a sentirse avergonzado y sin embargo no había hecho nada malo. «Cometí el pecado de nacer con ambición. Con la necesidad de cambiar las cosas, de crecer y expandirme, de coger algo y convertirlo en lo que debería ser.»

Al igual que aquel calumniado rey de siglos atrás que había perdido sus tierras y enviado ejércitos para recuperarlas, Nigel no iba a aceptar aquella derrota de brazos cruzados, pues eso es lo que era, una derrota, al menos a sus ojos, como sin duda lo sería a los ojos de la mayoría de sus pares. Sintió que despertaba el espíritu de lucha en él, una rebelión contra una injusticia.

Como el semental, resollando y resoplando, pateando la tierra mojada, Nigel sintió que una extraña sensación de paz lo envolvía por un instante; no se trataba de una rendición, sino de un cambio de pensamientos y puntos de vista.

«Juan sin Tierra, rey de Inglaterra —pensó de nuevo—. Johan sanz Terre, en francés normando. Carezco de tierra. No tengo tierra…»

Permaneció sobre su inquieta montura mientras la niebla en su mente, la fría calma, comenzaba a arremolinarse y a despejarse bajo la llovizna. En la silenciosa reserva para ciervos los únicos sonidos que perturbaban sus pensamientos eran el tintineo del bocado del semental, el crujido de la silla y las gotas de lluvia al salpicar las hojas.

Y entonces, con cierta extrañeza, Nigel sintió que la emoción lo embargaba. Una emoción grande, repentina. Que surgía de lo más profundo de su ser. Una inesperada inyección de moral. Un entusiasmo mayor que cuando de niño lo habían iniciado en la caza del zorro. A los diez años se había sentido henchido de orgullo cuando el montero mayor le untó las mejillas y la frente con la sangre del zorro capturado. Un entusiasmo mayor que aquel… ¿qué significaba?

Contempló las verdes y onduladas hectáreas donde los blancos dedos de la niebla se arremolinaban en torno a imponentes y frondosos robles. Contempló la enorme y sólida casa que se alzaba en el césped verde esmeralda, majestuosa e imponente contra el grisáceo cielo, y sucedió algo muy extraño: sintió que estaba viendo su casa por primera vez, como si le hubieran sacado los ojos de las cuencas y le hubieran puesto los de otra persona.

Justo en medio de las cuatrocientas cuatro hectáreas de perfecto césped se alzaba una sólida y antigua mansión de tres plantas, con almenas a lo largo del tejado, como en las fortalezas, y una cúpula de estilo griego con una bandera en lo alto. Tenía noventa habitaciones e igual número de corrientes y goteras. No era Stull­wood, no para sus nuevos ojos. Le sonaba pero no. Nigel parpadeó. Se frotó los párpados. Mientras el sol asomaba y se ocultaba tras la protección de nubarrones cargados de lluvia, Nigel pensó que la vista le estaba jugando una mala pasada. Cuando naces en una casa, creces en ella, la llamas hogar y es la única residencia que has conocido, esa casa no solo te suena. Así pues, ¿por qué Stull­wood Hall le parecía ahora tan extraña y fuera de lugar?

No era la casa lo que había cambiado, especuló. Y una vez que se apropió de esa idea, la retuvo durante un minuto, dándole vueltas, analizándola, evaluándola, intentando ver qué significaba.

«Si la casa no ha cambiado, ¿qué lo ha hecho?», preguntó a los árboles de la reserva de ciervos. Porque esa cosa sólida y vieja construida con feos ladrillos amarillos ya no le parecía familiar.

«Tienes demasiada ambición», le había dicho su padre. Pero ¿qué era un hombre si no tenía ambición? La ambición era lo que hacía que la sangre corriera por las venas de un hombre. Y la ambición producía sueños, que a su vez generaban energía. A un hombre no deberían darle los sueños en bandeja de plata; tenía que crearlos, que perseguirlos, que trabajar para lograrlos, pues de lo contrario no le proporcionaban energía.

A excepción de Nigel, los hombres de la familia Barnstable carecían de ambición. Quizá él no fuera un Barnstable. Era una idea. Quizá un buen día, hacía veinticinco años, su madre entretuvo a un visitante ambicioso mientras su padre se encontraba en Londres por negocios. No era verdad, claro. El parecido de Nigel con el octavo barón Stullwood puso fin a eso. Pese a todo, durante unos minutos fue una fantasía agradable pensar que un hombre grandioso, un titán con ambición, había llegado a la casa, su madre se había entregado y Nigel era el resultado. Porque Nigel aceptaba por completo esa ambición, para eso había nacido.

Rompió a reír. «Juan sin Tierra», pensó de nuevo. Era una señal. Un punto de inflexión. Uno de esos momentos cruciales en la vida de un hombre en que este sabe que el destino se muestra y le llama. Lo que justo una hora antes había visto como una amarga derrota, un bofetón, ahora le parecía una oportunidad de oro. «Carezco de tierras —pensó mientras espoleaba a su montura y se dirigía de nuevo a la casa—, pero eso es solo para que pueda ir a adquirirlas.»

Nigel mantuvo un diálogo mental con su padre mientras se aproximaba a la vieja, señorial y aburrida Stullwood Hall.

—La impaciencia lleva a la mala planificación, que a su vez lleva al fracaso —dijo el viejo barón.

A lo que Nigel respondió:

—La impaciencia consigue que se hagan las cosas, lo que a su vez conduce al éxito.

La abuela y Rupert seguían sentados en el salón, como si se hubieran quedado atrapados en una burbuja atemporal, como si necesitaran la presencia de Nigel para que les diera vida de nuevo.

Sin mediar palabra, fue derecho al escritorio y, para sorpresa de los demás, cogió la carta de su padre y la arrojó al fuego de la chimenea. Cuando prendió y se convirtió en ceniza, se volvió hacia ellos, como si esperara que cuestionaran su derecho a destruir una carta dirigida a él.

—Lo siento mucho, muchacho —dijo Rupert al cabo de un momento, con escasa convicción.

Nigel miró a su hermano pequeño y la vista le engañó otra vez. Igual que cuando vio esa casa desconocida desde el otro lado de los verdes jardines, su hermano en ese momento le parecía un completo extraño. Si le pidieran que identificara al hombre de la silla, podría haber dicho: «Es mi hermano, Rupert». Pero a un nivel más profundo, en un primitivo plano instintivo, no tenía ni idea de quién era aquel tipo. Al mirarlo por primera vez, tal como hacía un rato había mirado por primera vez Stullwood Hall, se dio cuenta de que si bien el joven Rupert poseía ciertos rasgos de los Barnstable —nariz recta y mandíbula cuadrada—, era bajo. Además tenía entradas, ¡a los veintidós años! Y se sentaba con las manos laxas y la expresión lánguida de un enemigo fácil de derrotar.

Pensar en los rasgos de la personalidad de Rupert de repente lo exasperó; sus modales relajados, su actitud casi indiferente hacia la vida. La indolente sensación de creerse con derecho a todo, aquello que algunos llamaban «riqueza ociosa» era lo que había aniquilado hasta el más mínimo rastro de agallas en él, cualquier germen de ambición que pudiera haber florecido si a Rupert le hubieran dado la oportunidad. En cambio le habían dado una vida rodeada de dinero y comodidades.

«Pero a mí también», pensó Nigel en un momento de sorpresa en cuanto a qué fuerza de la naturaleza podía crear dos hermanos tan diferentes. Nigel había crecido con dinero y comodidades, jamás había tenido que trabajar, ni siquiera había ido a la guerra; si bien quiso alistarse tan pronto cumplió los dieciocho, su padre insistió en que se quedara en Stullwood mientras su hermano mayor y él partían al frente. Y, sin embargo, él tenía ambición y motivación. «¿Por qué?», se preguntó.

—No lo sientes, Rupert —dijo con una extraña mezcla de ira y serenidad. Más que nada estaba enfadado—. Te quedas con todo. Bueno, muchacho, pues espero que lo disfrutes porque vas a tenerlo todo para ti solito.

La baronesa viuda se irguió de golpe cuando Nigel pensaba que era imposible que se sentara más tiesa.

—Nigel, ¿de qué estás hablando?

—Me marcho, abuela —respondió, y cuando las palabras salieron de su boca le pareció divertido provocar esa expresión de estupefacción en rostros que normalmente eran complacientes. ¡Sí, estaba disfrutando!—. Me marcho de Stullwood y de Inglaterra.

La baronesa ahogó un grito, balbuceó algo y Nigel oyó el crujido de las ballenas del corsé.

—¡Qué! Absurdo. No puedes marcharte. Eres el señor de la propiedad. Tienes un deber con Stullwood. —Miró a Rupert. Miró los retratos que colgaban de las paredes. Buscaba a alguien que la apoyara—. No seas ridículo. Para empezar, ¿adónde demonios ibas a ir? Este es tu hogar. Somos tu familia. Tu padre te dejó una buena suma, pero no durará para siempre, no si te vas por tu cuenta. Puedes vivir aquí, en Stullwood, con mucha comodidad.

Pero Nigel no quería comodidad. ¿Por qué no podían entenderlo? Los miró a los dos, abuela y nieto, como piezas de museo atrapadas en aquella casa. Estaba resentido con ellos, y de repente le divirtió pensar que jamás sabrían dónde se hallaba, si seguía vivo o había muerto, si tenía un hijo. Rupert jamás sabría cuándo el título pasaba a él, si llegaba el caso.

De repente la baronesa tuvo miedo y sus hombros se encorvaron. Un miedo cortante y glacial que no recordaba haber experimentado antes. De hecho, no recordaba la última vez que había sentido tanto miedo. Cuando padre e hijo partieron a la guerra vestidos de uniforme; entonces tuvo miedo, pero por ellos, por su seguridad, por sus vidas. Aquel repentino y espantoso miedo abarcaba algo mucho mayor que la muerte de dos hombres. Era como si la guerra hubiera hecho más que matar soldados. Había desgarrado el tejido de la sociedad. Habían muerto hombres jóvenes y esas muertes habían provocado la desarticulación de un modo de vida arraigado en la sociedad inglesa durante cientos de años. Imaginó a Sansón derribando las columnas del templo de los filisteos. Imaginó a Inglaterra apoyada sobre columnas que se estaban derrumbando. Cerró los ojos y pensó: «¡Hijo mío, no le has hecho ningún favor a Stullwood al legárselo a Rupert! Tu plan para salvar la propiedad y sus tradiciones ha obtenido el efecto contrario. Al alejar a Nigel nos has mutilado».

Abrió los ojos y miró a su apuesto nieto. Obstinado, ambicioso, impaciente. Sí, esas eran sus flaquezas. Sí, no habría dirigido bien Stullwood. Otras familias habían acabado en la ruina por culpa de hombres temerarios que solo pensaban en sus propias ambiciones.

Pero el miedo impidió que expresara aquello en voz alta.

—Si te marchas, no será por mucho tiempo, Nigel. —Le sorprendió oírse decir aquello con un tono tan seguro—. Llevas Inglaterra en la sangre. No puedes darles la espalda a los antepasados y a tu derecho de nacimiento. Stullwood siempre te atraerá.

«Menudo discurso», pensó con amargura; ni siquiera ella se lo creía. Por mucho que Nigel añorara Stullwood, se mantendría lejos por pura obstinación.

Resultó que su nieto estaba pensando lo mismo.

—Acabas de sellarlo con tus propias palabras, abuela —dijo—. Ahora que predices que volveré, debes saber que una vez que me marche, ya no regresaré.

—Vamos, Nigel —replicó Rupert, preocupado de pronto.

Tenía sentimientos encontrados de felicidad por su repentina e inesperada fortuna y de culpabilidad por no merecerla. Dichos sentimientos engendraban rencor hacia el hermano que estaba haciendo que se sintiera culpable e indigno. Rupert deseaba con todas sus fuerzas que Nigel abandonara Stullwood y cumpliera su promesa de no volver jamás. Con Nigel desaparecido para siempre, confiaba en que con el tiempo su remordimiento se desvanecería y al final comprendería que sí merecía aquella herencia.

—Vamos, Rupert —remedó Nigel—. No sé qué plan tenía padre en mente para mí cuando me robó lo que era mío por nacimiento y te lo dio a ti, hermano, pero yo tengo mis propios planes.

Justo en ese momento entró un lacayo con una bandeja de plata con el servicio de té. Mientras Nigel veía a su abuela, con su vestido negro y su ceñido corsé, coger la tetera de plata y servir, como había hecho cada tarde desde que él tenía memoria, pensó hasta qué punto la tradición estaba arraigada en aquella casa y en su familia. Se había leído el testamento de su hijo, a su nieto mediano le habían asestado un golpe devastador, y aun así ella continuaba con su té de la tarde.

La miró con desprecio. De repente la mansión le parecía pequeña a pesar de su enormidad. Eran las mentes que había dentro las que la empequeñecían. «El hombre está en la tierra para lograr algo —pensó mientras observaba las manos temblorosas de su abuela poniéndose azúcar en el té—. Un hombre debe dejar huella, de lo contrario ¿qué propósito tiene nada? Rupert se encargará de que Stullwood avance conforme a la tradición, se asegurará de que el ciclo de las estaciones continúe; la caza del faisán, la caza del zorro, las carreras de caballos y las regatas de remo en el río. Pasatiempos ociosos que no dejarán la huella de ningún hombre. Rupert envejecerá dentro de estos muros, legará la propiedad al siguiente Barnstable aburrido y el ciclo de la tradición continuará ininterrumpidamente. Pero a mí me han liberado de ese ciclo. Ya no soy esclavo de esta casa ni de sus tradiciones.»

—¿Tendrás la bondad de tomar el té y de hablar las cosas con nosotros, Nigel? —preguntó la abuela, y captó tal expresión en los ojos de su nieto que, de repente, se puso a la defensiva.

Nigel siempre había sido inquieto, y ahora que había perdido Stullwood, lo era aún más. Parecía que el té y los terrones de azúcar le ofendían. ¿Qué había esperado que hiciera? ¿Que corriera y gritara? Acababa de oír las últimas palabras de su único hijo, leídas por un abogado londinense que carraspeaba demasiado. Necesitaba pensar en ello, en lo que Harold había dicho y hecho. Necesitaba una pausa o acabaría corriendo y gritando. El té de la tarde siempre había sido el té de la tarde; marcaba un momento del día, era un ritual que la conectaba a través de los años con su madre y, antes, con su abuela. ¿Cómo podía Nigel concederle de mala gana ese pequeño consuelo mientras ella reflexionaba sobre las últimas palabras de su hijo?

Luchó contra las lágrimas. No quería que Nigel se marchara, pero suplicar, descubrir su vulnerabilidad no estaba en su naturaleza. La cruda realidad era que, de sus tres nietos, Nigel era el que más se parecía a su padre. Hasta tenían la misma voz. Era un poco como tener a su amado Harold. Si Nigel se marchaba, su hijo moriría otra vez.

Nigel la miró a los ojos. «No me cree. Rupert y ella no creen que hable en serio. Pero nunca he hablado tan en serio.»

De repente, rehabilitar reservas de ciervos carecía de atractivo y un campo de golf de nueve hoyos solo podía satisfacer una ambición de corto alcance. Dejando a un lado esas dos cuestiones, Nigel centró su atención en el siguiente punto: ¿adónde iría?

«Tal vez al este de África. Ahí es adonde van los tipos listos. Comprar terreno en las tierras altas de Kenia y cultivar café. Valentine Treverton se llevó a su familia allí. Podría unirme a ellos.»

Pero estaban todos esos negros. No se imaginaba en medio de un puñado de salvajes. Pensó en la India. Era un lugar cálido. Pero antiguo. Y lleno de paganos que adoraban a ídolos. ¿Dónde había un lugar soleado con grandes espacios y sitio para un hombre en pos de sus sueños? Intacto y virgen. Eso era lo que Nigel quería. Seguro que un hombre de su refinamiento y fortuna podría encontrar tierra, establecerse y construir su propio imperio en alguna parte del mundo. Un lugar que no estuviera sujeto a tantas reglas, leyes y tradiciones.

Divisó el periódico doblado sobre la pulida mesa redonda; The London Times, recién planchado y listo para que la abuela lo leyera mientras tomaba el té. Un titular por encima del doblez rezaba: «El Senado de Estados Unidos aprueba el proyecto de ley del sufragio femenino».

Nigel parpadeó. Se le había ocurrido algo, o tal vez era algo que se había ido gestando durante todo el día a la espera del momento adecuado para hacer su aparición. Para Nigel el motivo recurrente de ese día había sido lo antiguo; darse cuenta de lo antigua que era Stullwood Hall, hasta qué punto se regía por tradiciones antiguas, lo antigua que era su abuela, e incluso Rupert, a sus veintidós años, ya tenía unas maneras antiguas y aburridas.

Quizá fuera hora de introducir la palabra «nuevo» en su vida. Sus ojos se posaron, como mariposas sobre una flor, en las palabras «Estados Unidos». «Nuestros primos bastardos», pensó. Una raza mestiza de ingratos que criticaban a la madre Inglaterra e iban alegremente a la suya sin siquiera un agradecimiento por haberles dado la lengua, la cultura y la historia.

Cuanto más pensaba en ese amplio continente con su diversidad climática, desde los nevados pinares hasta los ardientes desiertos, más convencido estaba de que América era el lugar perfecto para un hombre de sus ambiciones. América. El Nuevo Mundo. Donde había oído que carecían de títulos nobiliarios, donde un hombre que se llamara a sí mismo «lord» destacaría.

«Tendré tierras. Tendré poder.»

Había entrado en esa habitación esperando que le entregaran las llaves de un reino, un reino que era suyo por derecho, y ahora iba a salir de ella siendo pobre. Cien mil libras podían parecer una fortuna para alguien de menor categoría, pero no era nada para el hombre que tenía que haber sido uno de los más ricos de Inglaterra. Pero había oído que en América un hombre con solo dos peniques en el bolsillo podía hacerse millonario siempre que tuviera empuje, imaginación y ambición. Y Nigel Barnstable, recién nombrado noveno barón Stullwood, los poseía en abundancia.

—Volverás —dijo Rupert con un respingo de soberbia; de pronto se sentía superior al hermano respecto del cual se había sentido inferior durante veintidós años—. No estarás lejos mucho tiempo.

—Victor Hugo dijo que la perseverancia es el secreto de todas las victorias —replicó Nigel—. Triunfaré, querido hermano, mientras que tú serás un conformista toda tu vida. De hecho, morirás sin haber vivido siquiera, Rupert.

—Nos echarás en falta —adujo Rupert, haciendo caso omiso de las duras palabras de su hermano—. Recuerda lo que te digo. Añorarás esta casa y nos añorarás a nosotros.

Nigel pensó en eso; volvió la vista atrás, examinó su corazón y sus sentimientos. No, decidió. No añoraría la casa ni a ellos. Pero había algo que sí echaría de menos. Echaría de menos a Blaze, su caballo, que siempre cabalgaba exactamente como Nigel quería.

2

«RMS Mauretania», abril de 1920

—Soy inflexible en esto, Lizzie —dijo el señor Van Linden a su hija de diecinueve años—. No puedo permitir que gestiones tu fideicomiso. Las mujeres no están capacitadas mentalmente para gestionar dinero, así de simple.

Elizabeth ladeó la cabeza.

—Y sin embargo el Congreso nos ha concedido el derecho al voto.

—¡Por Dios! ¡Dejar que la mujer vote es una farsa! Lo único que significa es que los hombres casados ahora tienen dos votos. Y no cambies de tema. Quien se case contigo será quien custodie tu fideicomiso, y se acabó.

—Pero eso significa que tengo que casarme.

Él la miró como si acabara de hablar en chino.

—Por supuesto que tienes que casarte. ¿Qué otra cosa podrías hacer?

Elizabeth no tenía respuesta para aquello. No tenía ni idea de qué podría hacer, solo sabía que vivía con una vaga sensación de que tenía que hacer algo.

Sus padres y ella estaban sentados a una pequeña mesa de la cafetería Verandah, en la cubierta del Mauretania, protegidos por biombos de las inclemencias climatológicas del Atlántico. Hacía frío y todo el mundo iba abrigado. Cuando vieron grandes placas de hielo flotando en las grisáceas y procelosas aguas, en la mente de todos apareció el Titanic, hundido hacía solo ocho años.

—De verdad, Elizabeth, ¿es necesario que traigas a Button a la mesa? —dijo la señora Van Linden.

Button era un caniche enano marrón que Elizabeth tenía desde los catorce años. Iba con ella a todas partes, incluso compartía su cama por las noches.

—Detesto dejarlo solo en el camarote, madre.

—Yergue la espalda. Estás encorvada. Y ya que estamos, no creo que el malva sea tu color. ¿En qué estaba pensando cuando elegí la tela para ese vestido? Este año me decantaré por colores más cálidos.

Elizabeth suspiró. Odiaba el malva, pero su madre había insistido. Elizabeth nunca elegía las telas para su ropa, nunca elegía el color de la decoración de su dormitorio, tenía que contar con la aprobación de su madre en todo, amistades incluidas. Sospechaba que a su madre le daría una apoplejía si supiera que su más reciente amiga, Libby, era hija de una mujer progresista; ¡una feminista! Era uno de los pocos secretos que les ocultaba a sus padres.

—¿Qué pasa con Ostermond? —dijo Van Linden, acariciándose el negro bigote de morsa—. Es un tipo decente. Bien educado. Tiene la cabeza sobre los hombros. Creía que te gustaba.

—Sí. Me gusta mucho. Pero no sé qué siente él por mí.

—Bueno, tiempo al tiempo, querida —intervino su madre. La señora Van Linden iba envuelta en un elegante abrigo de marta cibelina y tocada con un sombrero cuyas plumas de garceta se agitaban con la brisa oceánica—. Sé agradable, Elizabeth. No hables demasiado. No intentes parecer lista. Adúlale. Y, sobre todo, coincide con él en cualquier cosa que diga.

Si la señora Van Linden daba la impresión de ser una persona agobiante, no era lo que pretendía. Tenía buenas intenciones. De hecho, cuando se trataba de su único retoño, lo daba todo: se preo­cupaba, alababa, aconsejaba, corregía. Pero con afecto, siempre con afecto. Cuando se trataba de su preciosa hija, la señora Van Linden era un cúmulo de exigencias maternales: Elizabeth debía ser feliz, estar a salvo, bien cuidada, sin preocupaciones, sin carencias, protegida y, sobre todo, bien casada.

Hacía diecinueve años, las niñeras, a las que la señora Van Linden controlaba de forma excesiva, se marcharon una tras otra porque la señora de la casa no les dejaba hacer su trabajo. Luego fueron las institutrices, a las que apenas dejaba respirar de tan encima de ellas como estaba y tanto como se preocupaba. Más tarde, las profesoras del colegio se habituaron a esperar las visitas semanales de la amantísima madre de Elizabeth, y también los profesores de piano, los de equitación y el desfile de tutores que contrató para que su niña alcanzara la perfección, de tal modo que ahora, en la fase crucial de la búsqueda de esposo, la señora Van Linden podía decirse a sí misma que había hecho un buen trabajo criando a una hija que cualquier madre del mundo desearía tener.

Pero no podía dormirse en los laureles. Si bien las niñeras, las institutrices, los profesores y los tutores habían sido de vital importancia en la formación de su niña, nada se acercaba ni por asomo a la astronómica relevancia del siguiente paso: elegir esposo para Elizabeth. No podía ser cualquiera. Los Van Linden de Nueva York se movían en un mundo tan acaudalado, exclusivo y socialmente restringido que el marido de Elizabeth solo podía proceder de un mundo igual de acaudalado, exclusivo y restringido a nivel social.

El abuelo de Elizabeth, Josiah van der Linden —a partir de él prescindieron del «der» para parecer menos extranjeros—, emigró a América siendo un joven sin apenas un penique, pero trabajó con ahínco, ahorró, pasó hambre, vivió en callejones, se autoeducó, incluso robó y engañó cuando fue necesario, y por último invirtió de forma inteligente en acero, textiles y ferrocarriles hasta amasar poco a poco una fortuna. El resultado fue que los Van Linden vivían en Park Avenue, en un tramo llamado Marble Row, una hilera de mansiones construidas a finales del siglo XIX por multimillonarios del sector industrial, hombres con apellidos como Vanderbilt, Rockefeller y Carnegie. Su mansión de setenta y cinco habitaciones ocupaba la mitad de una manzana urbana. Se decía que los Astor disponían de veinte criados y que, por lo tanto, los Van Linden contaban con veintiuno.

Al ser hija única, Elizabeth era el centro del universo de los Van Linden. Ahora había llegado el momento de que hiciera una buena boda y que su fortuna estuviera a salvo en manos de un hombre sensato.

Cuando falleció su abuelo, dejó un generoso fondo fiduciario para su única nieta. Por desgracia, el legado tenía condiciones. Josiah, que creía que las mujeres no tenían cabeza para las finanzas, estipuló que el fondo debería administrarlo el esposo de Elizabeth cuando esta se casara. Si permanecía soltera, el dinero lo administraría su padre. Mientras los Van Linden continuaban informando a su hija de las debilidades innatas de las mujeres —«No pueden evitarlo; Dios las hizo así»— los ojos de Elizabeth deambularon hasta el hombre que se hallaba de pie, solo, junto a la barandilla del barco.

Estaba allí todos los días, llevaba el cuello alzado como si quisiera dejar el mundo fuera. «Una barrera muy pequeña —pensó Elizabeth—, un pedazo de terciopelo negro subido hasta las orejas.» Sin embargo parecía fu ...