Loading...

LAS PUERTAS DEL INFINITO

Víctor Conde / José Antonio Cotrina

0


Fragmento

Prólogo

Una sirvienta apareció desplazándose bajo una meseta de cabello petrificado.

Tomó el abrigo del caballero y lo colgó de un perchero. Había refrescado, como si la pasada noche, azul como ceniza de ensueños, hubiese contagiado con su frialdad al nuevo día. El recibidor era un espacio libre bajo voladizos de algún material desconocido. Fieles al estilo gótico, las salas de la casa amasaban los muebles como generales aprestándose para la batalla, con escuadrones de lámparas, batallones de sofás, regimientos de curiosidades y compañías de tallas, cojines y tapices, todo apiñado en defensa mutua.

El caballero se quitó el sombrero de copa, pero no lo entregó. Lo conservó en un lugar a salvo en su regazo.

—No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

La mujer se quedó desconcertada.

—¿De verdad, señor? Yo… eh… el amo dijo…

—Sé lo que le habrá dicho, pero no hace falta que siga sus instrucciones al pie de la letra. Conozco el camino. —Se colocó bien los gruesos lentes sobre el puente de la nariz. Eran unas gafas extrañas, con anillos llenos de minúsculos numeritos alrededor de cada cristal—. He estado aquí antes.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La sirvienta se fue llevándose consigo su mirada espantada. Sí, claro, muchos habían estado en las salas oscuras, pero eran pocos los que regresaban. «Solo los locos lo hacen», le había asegurado Gertrude, la rotunda ama de llaves. «Cuídate de ellos, esa gente no pertenece a este mundo.»

Una vez se quedó a solas, el caballero cayó durante unos instantes hacia el interior de sí mismo. Respiraba de forma tranquila pero intensa, como si fuera un acto decisivo.

Cuando encontró algo que no podía sino calificarse como «cierto equilibrio interior», encaró la puerta. Era de doble hoja, probablemente de bronce. Pero no un bronce normal, sino forjado al estilo de la Antigüedad, igual que se hacía en Tracia y en la Cólquida para parir espadas. Solo que en aquel metal no había filos, sino secretos.

El caballero lo examinó. Sí que había estado antes frente a esa puerta, con los pies juntos en la misma baldosa del suelo. Observando. En eso no le había mentido a la sirvienta, ni tampoco a su amo, que esperaba con impaciencia en el despacho del piso de arriba. Sí que le habría mentido, aunque por omisión de la verdad, si ella le hubiese preguntado por el resultado de su anterior excursión.

«Ninguna cerradura se abre dos veces de la misma manera», le habría dicho a sabiendas de que para la gente de su nivel todo constituía un misterio. «Ni siquiera usando la misma llave que en la ocasión anterior. Cuando la abres, tus movimientos son diferentes, tu actitud ha variado, tu alma ya no es la misma. Por lo tanto, jamás repites la manera de abrir una misma cerradura.»

El hombre miró la puerta como había que hacerlo: como si fuera la primera vez. Sin retener ningún recuerdo, ninguna emoción. Ningún fragmento de experiencia, pues ninguna puerta se atraviesa tampoco dos veces de igual forma.

El bronce tenía siluetas, grabados, tallas. Un dibujo que lo decoraba de la jamba al dintel, una legión de peces que nadaban en formación. Pero había más. Si uno fijaba la vista en los espacios que había entre los peces, se advertía que esos huecos también tenían forma y formaban un patrón… Entonces los peces se volvían invisibles y ya solo veías los pájaros.

Era una ilusión asimétrica. La observabas desde un lado y era verdad. La mirabas desde el otro y era la mentira más retorcida del universo.

La última vez que estuvo allí (no, no pienses en eso, no hubo última vez), perdón, la vez que no estuvo allí, ni intentó abrirla, la puerta carecía de cerradura. ¿Y cuál era la llave apropiada para abrir una cerradura inexistente? El caballero había cavilado durante meses sobre ese misterio.

Otro secreto de su profesión: las llaves no siempre tienen la forma que uno espera.

Había caminado por las sendas neblinosas y oído las voces en los callejones oscuros. Había presenciado el instante en que las niñas se transforman en mujeres y había logrado destilar una solución líquida que resumía esa sensación. Había observado los cuadros de múltiples niveles hasta dar con el retrato que esconden en la sombra, allá donde no llegó el pincel del pintor. Y en cada una de esas ocasiones vio llaves. Llaves y cerraduras que servían para todo: para ir a otros lugares, para descifrar secretos innombrables… para ser, simplemente. Para estar allí de manera que demostrasen de forma implícita alguna verdad.

Esa era su vida. La vida de un aperimante.

Sí, meditó durante meses sobre el acertijo del bronce de los pájaros y los peces. Otros compañeros habían intentado resolverlo, y no se había vuelto a saber nada de ninguno de ellos. Era de dominio público que, en ocasiones, las puertas se abrían aunque no lo hubieras hecho de manera correcta. Te dejaban pasar, de acuerdo, pero el lugar que te aguardaba al otro lado no tenía nada que ver con aquel al que querías ir. Y, una vez equivocada la senda de ida, nadie encontraba el camino de vuelta.

El caballero sabía que aquella puerta, cruel y traicionera, tenía truco. Su amigo Janus Blonk, el aristócrata, lo descubrió demasiado tarde. Lo mismo le sucedió a su hija, la bellísima Vicky, que quiso ir a rescatarlo sin haber completado el entrenamiento. Nombres en un muro de lamentaciones.

El dueño de la Mansión era consciente del peligro que entrañaban sus puertas. Solo usaba una minúscula porción de la casa, aquella que había podido abrir sin peligro. Pero por cada habitación descubierta yacían mil más en la penumbra. Por eso permitía a aperimantes de todo el mundo probar suerte bajo su propia responsabilidad. La recompensa era simple: «Podéis quedaros con todo lo que encontréis en la habitación que descubráis, siempre y cuando yo me quede con la habitación». Era un trato muy tentador, porque las salas, la primera vez que se accedía a ellas, solían estar llenas de objetos: artilugios extraños con propiedades fascinantes, muchas veces peligrosos, pocas veces fiables y casi siempre letales.

Muchas personas eran capaces de morir (y matar) por poseerlos. El dueño de la Mansión lo sabía, por eso el juego había durado tantas décadas. Por ese motivo se habían abierto tantas puertas… y por eso tantos amigos habían rubricado en aquel triste muro.

Cuando uno se enfrentaba al enigma, tenía que hacerse una serie de preguntas en un orden concreto. La primera y más obvia era si la puerta podía abrirse. Muchos magos de la Antigüedad construyeron entradas falsas que no podían cruzarse de ninguna manera, y tenían a los pobres incautos atrapados en una espiral eterna de preguntas y silogismos.

Una vez constatado más allá de toda duda que sí, que la puerta podía abrirse, enlazando así dos lugares distintos, venía la siguiente pregunta: ¿cómo? ¿Había que manipular algún mecanismo o desarmar alguna trampa? ¿Existía una llave para ello? Y si era así, ¿qué forma tenía? ¿Era un pedazo de hierro dentado, un poema, una canción, un puzle, el pacto con un antiguo demonio, una confesión inconfesable, un acento sin diéresis, una inocencia perdida dos veces? ¿Quizá una serie de condiciones que había que cumplir en un minuto exacto de alguna fecha para que todo encajara?

Y lo más importante, la pregunta por la que un aperimante se jugaba la vida: ¿adónde llevaba aquella puerta? ¿A algún sitio donde no te arrepentirías de haber entrado?

Ese era el problema final: la distancia mínima entre la vida y la muerte. La que había entre una pregunta y su respuesta.

Fijó toda su atención en el bronce.

Si la puerta no tenía cerradura, si solo mostraba un juego sin fin de ilusiones ópticas… entonces, tal vez, la llave misma podría estar incluida dentro de la propia puerta. Oculta en el espejismo.

Esa idea lo seducía. Una llave escondida en un extremo de la ilusión, con la cerradura oculta en el otro. Por eso nadie había podido abrirla jamás.

El caballero se inclinó unos grados hacia la derecha, hasta alcanzar un ángulo idóneo donde los peces eran más visibles. La puerta se convirtió en un banco de truchas en perfecta formación. Luego se movió hacia la izquierda, unos pocos grados también, y clavó la mirada en los espacios entre las truchas para que su cerebro hiciera el cambio. Voilà! Los peces habían desaparecido de su visión y las golondrinas echaban a volar.

«Ah, cabronazos», pensó.

Los pájaros tenían la llave. Y los peces, la cerradura.

Solo había que descubrir cómo juntarlas. Por desgracia, una condición sine qua non de las ilusiones ópticas era que no podías ver las dos a la vez. Tu cerebro solo aceptaba una simetría simple, no dos superpuestas. Por eso la llave no podría encontrarse jamás con la cerradura, aunque descansaran a muy poca distancia la una de la otra. Estaban, por así decirlo, en dos niveles de realidad irreconciliables.

Al caballero le pareció oír a lo lejos la risa del dueño de la Mansión. Sus cejas formaron una V sobre los anteojos.

Dejó el sombrero de copa en una silla. Se situó en el centro de ambas puertas, justo a la distancia focal de sus anteojos, y los graduó. Cada lente estaba montada sobre un anillo calibrado, de modo que, al atornillarlo o desatornillarlo, se podía variar el ángulo de cada cristal de forma independiente.

Sacó una libreta, la abrió y consultó unos números. Aquello se parecía mucho al trabajo de un arqueólogo. Rozó los anillos de las lentes con los pulgares, calibrándolos, mientras miraba primero una puerta y después la otra. Buscaba diferencias sutiles, interrupciones en la geometría del mosaico que pudieran darle una pista sobre dónde enfocar la vista.

Era normal dar por sentado que para tener una visión holística había que dirigir la mirada al centro, pero no tenía por qué ser así. Una cosa era la puerta física y otra la ilusión que cabalgaba sobre ella. No tenían por qué compartir epicentro.

Empezó a dolerle la cabeza cuando las lentes enfocaron dos imágenes distintas, una más inclinada hacia la derecha y otra hacia la izquierda. Pero el efecto fue sorprendente: a pesar de la desorientación, pudo distinguir pájaros y peces a la vez, como dos nubes de siluetas translúcidas que se pelearan por el mismo espacio.

Entonces las vio.

Había dos figuras distintas al resto. Un pez que tenía las puntas de las aletas ligeramente curvadas hacia fuera, y una golondrina con las alas más cerradas que sus hermanas de bandada. Las dos eran figuras diferentes y, por lo tanto, dignas de atención. Y, además, tenían otra cualidad: estaban situadas juntas, siendo el pájaro cóncavo el hueco que complementaba al pez convexo.

—Ya te tengo… —dijo emocionado mientras anotaba rápidamente unos números.

Extendió las manos, ignorando el dolor de cabeza, e hizo girar el pájaro para que se acostase sobre el pez que veía con el otro ojo. Los hizo encajar como un enzima en las imperfecciones dactilares de un sustrato.

Hueco encajando con hueco. Sombra con sombra. Enigma con solución.

Clic.

La puerta soltó un gemido apagado, como si lamentase que alguien hubiera violado su secreto. Y se abrió. Una leve corriente que olía a misterios enterrados palpitó como un velo invisible.

—¡Jamás pensé que lo lograría! —exclamó una voz a su espalda.

Al volverse, descubrió al dueño de la casa apoyado en su bastón de caoba. Lo miraba con una mezcla de odio y satisfacción, como si le diese las gracias por haber ampliado unos metros más la zona habitable de la Mansión, pero al mismo tiempo le guardase rencor por haber matado otro pedazo de su misterio.

El caballero se ajustó el sombrero.

—Si le soy sincero, yo tampoco estaba convencido del todo.

—¿De veras quiere entrar? —preguntó el dueño, lord Astrud, señalando la oscuridad con forma de pasadizo—. ¿No teme lo que pueda pasar?

El hombre se lo pensó, serio, durante un minuto y luego sonrió.

—Claro que lo temo: me da un miedo atroz. El principio de Circularidad de la magia me obligará a pagar un precio por todo lo que encuentre, a reparar los daños y a argumentar yo mismo los poderes que use. Pero eso es lo que lo hace interesante, ¿no cree?

Y desapareció internándose en zonas de la Mansión que nadie había visto en siglos.

LIBRO PRIMERO

DEUS EX MAGIA

It’s only forever

Not long at all

 

DAVID BOWIE, Underground

1

Riddly nace

El nacimiento de Riddly constituyó un enigma en sí mismo.

Su madre se llamaba Lisa Strongfield (apellido de soltera, Novartis), una dama de alta cuna cuya familia estaba relacionada con las obras del metro de Londres. Sí, era cierto que nadie quería que se horadara la ciudad en cien direcciones diferentes, con los obreros tuneleando como gusanos desquiciados, con las molestias que ello comportaría en los buenos barrios, pero el apellido Strongfield pesaba con la contundencia de una guerra contra los bóers. Y si lord Astrud Strongfield decía que había que cavar, porque era por el bien de la ciudad, pues se cavaba y punto.

Corría el año de gracia de 1895 bajo el reinado de los Estuardo, y el cercano cambio de siglo, más que una manera de pasar página, se percibía como una tabula rasa. Un salto de renglón hacia algo que… bueno, que no se sabía muy bien cómo sería, pero que estaba claro que sería distinto. Y lo sería en cada una de sus tres sílabas.

Lord Astrud confiaba tanto en las posibilidades de ese cambio que hasta había mandado construir un paso para su famoso tren subterráneo por debajo del Támesis, una obra maestra de ingeniería a la que él llamaba cordialmente Augusta, en honor a su santa abuela. El resto de la ciudad lo denominaba «locura demente».

Lo que Lisa no llegó a sospechar jamás era el modo tan cruel en que esa profecía iba a afectar a su familia en concreto, más que a ninguna otra de Londres. Lo que saldría de ahí…

En fin, lo que salió de ahí la noche del 20 de junio fue un bebé.

Hacía nueve meses, cuando el periodo empezó a retrasarse y los pechos de la joven a crecer de manera expansiva, las habladurías corrieron como la llama sobre hierba seca por la Mansión. De todos era conocido el problema de aquel matrimonio, en virtud del cual uno de los dos, no se sabía si Lisa o su marido (un héroe afrikáner condecorado con siete orejas de suazi), tenía algún estancamiento en el divino sistema del amor. Y ese atasco impedía que o bien los efluvios masculinos subieran o bien los femeninos bajaran. Hubo quien lo achacó a los poderes sobrenaturales de ciertos médiums que la señora Strongfield solía visitar, y que le habían regalado aquella figurilla de poder maravilloso, un pequeño cíclope con una considerable erección entre las piernas, que ella se había pasado meses sosteniendo mientras hacía el amor con su marido. Uno de los dos era estéril, o quizá ambos, y eso había privado a la casa de los Strongfield de un heredero legítimo.

Hasta aquella espantosa noche.

Sucedió en medio de un teatro de rayos, truenos y relámpagos; de lluvia que parecía el exordio del Segundo Diluvio. ¡De gritos y un rumor constante de gente que corría por las escaleras! Lord Astrud, hecho un manojo de nervios, se había quedado retorciendo su sudoroso pañuelo más allá de los límites de lo posible, mientras aguardaba sentado en un taburete.

Frente a él, una puerta.

Y tras la puerta, en medio de un pandemonio de aullidos de la madre, de instrucciones del médico a sus asistentes y del articular de engranajes de la máquina que la matrona había llevado consigo, un milagro.

El corazón de lord Astrud estuvo a punto de decir «aquí me planto» cuando sobrevino aquel instante de silencio. Un momento aterrador en el que la lluvia dejó de azotar las ventanas, el reloj se olvidó de amartillar el siguiente segundo, el viento se atoró en un nudo dentro del tiro de la chimenea… y la casa quedó sumida en una lóbrega quietud. Era el silencio del interior de la tumba, del corazón del mausoleo, de la garganta del mudo cuando intenta chillar de miedo.

La madre, que apretaba la figurita del cíclope contra el corazón como si fuera su último aliento, había dejado de chillar. El médico, de dar órdenes. Los criados, de sollozar asustados. El corazón de Astrud, de dar bandazos contra el esternón. Inglaterra entera contenía el aliento, desde la capital hasta las lejanas colonias en la India, España y Australia.

El primogénito de los Strongfield estaba naciendo, y nadie tenía poder para desacralizar aquel momento. Ni siquiera la reina.

La manecilla del reloj se atrevió a cruzar la barrera de la medianoche. Y en las salas del piso de arriba resonó el llanto de un bebé. Un bebé sano, que maullaba como un gato pero se retorcía como un león. Un bebé que colgaba por una pierna de la mano del médico como un jamón sonrosado, goteando sangre y líquido amniótico sobre la exhausta madre.

Y el corazón de lord Astrud decidió que por aquello, solo por aquello, merecía la pena seguir latiendo.

El periodo de felicidad que abrazó las vidas de la familia no tuvo parangón en toda su historia. No es que fuera a durar mucho, pero sí que hubo algunos años buenos, en los que nada estaba torcido y el puzle del mundo parecía haber encajado.

Lisa no pudo tener más hijos, porque, en palabras del doctor, se lo había dejado todo sobre la cama aquella noche: su hijo, su fertilidad e incluso parte de sus tripas. La sábana quedó hecha un charco cuando los criados obtuvieron permiso para llevarla a la bañera y asearla, pero ella sobrevivió. Eso era lo único que importaba. Al menos, en lo relativo al pequeño Riddly.

Era un pequeño sano y listo, un revoltijo de cabello que se pegaba a la teta como un bóer a sus tierras de cultivo. Un revoltijo que miró al mundo casi desde el primer segundo, porque dijeron que nació con los ojos abiertos y que primero observó al médico con parsimonia, y luego a los criados como si los estuviera juzgando… hasta que al fin localizó los ojos de su madre.

Dicen que los bebés no ven más allá de unos cuantos centímetros, el espacio que necesitan para definir su pequeño mundo: el pezón como fuente de vida, el latido de la madre como fuente de amor, y ya está. Pero Riddly veía, veía mucho más de lo que nadie en aquella habitación pudo imaginar nunca. Y cuando detectó el cuerpo encorvado de dolor de su mamá, alzó una manita hacia ella y le enseñó, despectivo, el pompis al palurdo del médico.

Cuando Lisa lo cogió entre sus brazos, el dolor se evaporó. Y no es que fuera una metáfora: desapareció de verdad, como por arte de magia.

Y eso era, literalmente.

Arte de magia.

2

Rebeca y el escarabajo

«Lo más importante es la llave.»

Esa era una de las frases predilectas del Cerrajero. Fue, de hecho, una de las primeras lecciones que le impartió al poco de comprarla en el mercado de esclavos. «No lo olvides nunca, Rebeca. Pase lo que pase, no la pierdas nunca de vista. Sin ella no podrás regresar a casa jamás.»

Por norma general, Rebeca solía colgarse las llaves del cuello; pero, dado el tamaño de la última (una mariposa enorme esculpida en miel solidificada), había optado por guardarla en el bolsillo interior de la cazadora. Y esta continuaba a la vista, así que se podía decir que estaba cumpliendo con la recomendación del Cerrajero.

La cazadora colgaba de un saliente curvo de la pared, a unos tres metros de distancia, justo donde la había dejado. Era nueva, de cuero manchado, y había temido estropearla dentro de aquella gran campana de cristal con su llovizna continua.

El tanque en cuestión estaba repleto de escarabajos, cada uno adormilado en su correspondiente celdilla, labradas todas ellas en las caras internas de la mampara. Esos insectos precisaban de humedad constante; de ahí la lluvia, y de ahí la cazadora colgada en aquel perchero. Rebeca tenía ahora en su poder, metido en un frasco con la tapa horadada, uno de esos escarabajos, una criatura esmerilada de alas oscuras. Ese había sido su objetivo en aquella incursión, la pieza que debía capturar. Y ya estaba hecho. Ahora solo tenía que salir de allí.

Pero, por supuesto, para ello necesitaba la llave.

El problema estribaba en que entre su cazadora y ella se interponían dos criaturas que parecían surgidas de las pesadillas de un entomófobo. Insectos humanoides de casi dos metros de altura dotados de cuatro brazos, un llamativo par de piernas en sierra y unas alas alargadas, esbeltas como espadas. Sus cabezas eran de un tamaño considerable, y las coronaban un par de ojos multifacéticos. Ambos llevaban una armadura viva fabricada a base de larvas.

Los insectos la mantenían encañonada. Sus armas tenían un curioso diseño en espiral, rematado por un cañón ancho, de boca dentada. De haber leído con detalle el dossier de misión que el Cerrajero le había entregado, Rebeca habría sabido que iban cargadas con proyectiles de ámbar, cada uno con un diminuto insecto en el interior. Cuando la bala acertaba a su objetivo, la cubierta de resina se derretía y el insecto infectaba a la víctima con parásitos de desarrollo rápido que devoraban a su huésped en cuestión de minutos.

De todas formas, y aun sin haber leído esa parte del informe, Rebeca no tenía la menor intención de permitir que las balas la alcanzaran.

Imaginaba que ambas criaturas debían de contemplarla con un pasmo absoluto. No era para menos. Sin duda era la primera vez que tenían ante sí a un ser semejante. ¿Qué pensarían? ¿La tomarían por uno de los suyos? Lo dudaba. Era cierto que tanto su respirador como las gafas le conferían a la cara un aire de insecto, pero no tenía el número correcto de extremidades, y su anatomía difería mucho de la de aquellas avispas. Rebeca era claramente humana, una mamífera de pies a cabeza, con su par de brazos y de piernas, sus amplias caderas y unas glándulas mamarias de un tamaño más que aceptable.

¿Les desagradaría su visión a esos seres? Quizá. A ella, por el contrario, las criaturas insecto le resultaban hermosas, de una delicada fiereza.

El tenso encuentro se producía en mitad de una sala romboidal, de suelo y techo repletos de porosidades pilosas. Detrás de Rebeca había ocho tanques de insectos, todos ellos idénticos en tamaño y forma, aunque no en contenido: tres de ellos encerraban escarabajos; dos, libélulas, y el resto, mariposas, unos animales de formas y colores extravagantes. En la pared de la izquierda, a espaldas de los guardias, se veía una puerta con aspecto de esfínter, mientras que a la derecha se abría un ventanal que cubría casi por entero la pared. Parte de uno de los cristales estaba en el suelo, donde ella lo había dejado tras cortarlo con su láser.

La vista desde la ventana era espectacular: un mundo repleto de edificios colmena de un intenso color rojo sobre el que se derramaba un crepúsculo de tonos violeta y nubes negras. La luna en lo alto estaba casi llena. Era la misma que se veía desde la Tierra, solo que su superficie estaba tallada con un sinfín de celdillas; otra colmena más, tremenda y madura allí en el cielo.

Una gran diversidad de seres volaba entre los edificios. Algunos lo hacían en enjambre; otros, en solitario. También se apreciaba el vuelo lento de unos enormes insectos globulares, semitransparentes, que llevaban a otros en su interior. Rebeca se encontraba en una de las plantas superiores de la estructura más alta, la gigantesca colmena negra que, según el dossier, era la residencia de invierno de la Araña Madre que gobernaba el hemisferio.

Uno de los insectos avanzó un paso, sus garras firmes alrededor del arma.

Rebeca se tensó. Si quería sobrevivir, tenía que jugar con su desconcierto. Ese era otro de los consejos habituales del Cerrajero: jugar la baza de la extrañeza que sin duda sentirían los nativos al verla, sobre todo en los mundos excéntricos, los que divergían en extremo de su hogar.

—¡Hola! —exclamó. El sonido de su voz surtió efecto: los seres retrocedieron como si en vez de hablarles los hubiera golpeado—. Estoy segura de que ahora mismo os estaréis preguntando qué diablos soy y qué hago aquí. —Hablaba deprisa, atenta a las zarpas de aquellas cosas, y dispuesta a rodar por el suelo a la menor señal de que fueran a disparar—. Me llamo Rebeca Su, y vengo de una realidad alternativa en la que los monos descendimos de los árboles y nos hicimos con el poder. Lo sé, ¡es delirante! Soy una saltadora y voy de mundo en mundo consiguiendo los objetos que me piden. Y hoy me han ordenado que robe uno de vuestros bichos. No tengo ni idea de qué es ni de para qué sirve, pero me han pedido que lo haga y soy una chica obediente. Aunque ¿acaso importa lo que os diga? Vosotros no me entendéis del mismo modo en que yo no os entiendo a vosotros.

Como si quisiera corroborar su teoría, la criatura de la izquierda le dedicó un rápido zumbido. Los quelíceros de su faz se agitaron, envueltos en la cota de larvas que le protegía cuerpo y rostro. Una de las larvas se desprendió de sus fauces y cayó al suelo terroso, que la absorbió en el acto.

Rebeca alzó las manos en un, esperaba, universal gesto de rendición.

La avispa de la derecha le dedicó un nuevo zumbido, más apremiante. La paciencia de aquellos seres daba la impresión de estar agotándose. Rebeca decidió no tentar más a la suerte. Contó hasta tres, cerró los ojos y accionó el pequeño pulsador situado en la parte interior de su palma.

Un fogonazo de luz blanca saturó la estancia.

No se detuvo a comprobar si las criaturas quedaban cegadas o no. Incluso estando ciegas serían capaces de disparar a un blanco inmóvil. Así pues, optó por lo más sensato: huir a la desesperada. Se tiró al suelo y rodó por el piso. Una de las criaturas se tambaleaba, aturdida por el estallido. La segunda abrió fuego. Las balas atravesaron el cristal del tanque a su espalda, y una maraña de grietas comenzó a extenderse por su superficie. Las mariposas alzaron el vuelo, aterradas.

Rebeca se levantó de un salto, cogió la cazadora y corrió a toda la velocidad que le permitieron las piernas. Los insectos le cortaban toda posibilidad de fuga por la puerta, pero esta no le interesaba. Se dio impulso y, de un potente salto, atravesó la ventana. Se cubrió con un brazo mientras se valía del otro para acolchar el bote del escarabajo, que embestía contra el cristal en un vano intento de imitar su plan de fuga.

La noche era tan fría que a Rebeca le dio la impresión de zambullirse en aguas heladas. La gravedad la reclamó, y ella, sin más alternativa, cayó a lo que parecía una muerte segura, rodeada por una lluvia de esquirlas de cristal.

Sonrió mientras caía. Se sentía viva, ingrávida.

No tuvo necesidad de llamar a Ágata. El animal había estado alerta y se lanzaba ya en su búsqueda. Una sombra líquida se desplazó envuelta en el crepúsculo; una reverberación en la atmósfera, invisible a los ojos. Aquella era su montura, una criatura camaleónica perfecta que, gracias al capricho de la evolución, además de ser indetectable a simple vista podía volar.

Rebeca lanzó un gemido al caer sobre el lomo de Ágata. El golpe fue contundente, lo bastante como para sumar nuevos moratones a la colección de aquella noche. La joven se echó hacia delante, guardó el frasco en un bolsillo de la cazadora y se la puso a trompicones. Tomó las riendas de Ágata mientras introducía a ciegas los pies en los estribos. El campo metamórfico que protegía a la criatura se hizo extensible a ella.

—Buena chica, buena chica… —susurró. Lo primero que había hecho cuando el Cerrajero le regaló a Ágata fue eliminar las espuelas. Decidió que su relación sería de iguales. En el fondo, ambas eran esclavas.

El animal soltó un maullido, extendió las alas verdes y comenzó a descender en lentas espirales. Rebeca alzó la vista. Los guardias ya no estaban deslumbrados y acababan de salir volando por el ventanal hecho pedazos. Uno de ellos giró sobre sí mismo mientras el segundo se lanzaba en picado, en un intento de encontrar a la mamífera suicida.

Le llegó, no sabía de dónde, una vibración curiosa, en el umbral de audición. ¿Era una alarma? ¿Un sistema de aviso? ¿La alerta correspondiente a «invasión en ciernes desde una dimensión paralela»?

No importaba. Antes de que pudieran rastrearla, ella habría abandonado aquella tierra de insectos prodigiosos. Espoleó al dragón de niebla en busca de la puerta que daba a su mundo. Con suerte estaría de regreso para la hora de la cena.

3

El retorno del viajero

El dueño de la Mansión logró mantener viva durante bastante tiempo la alegría que le producía la apertura de la Puerta de los pájaros y los peces. Pero esa alegría se fue mitigando a medida que los días pasaban y el aperimante no regresaba.

El proceso siempre era el mismo: un aventurero con talento cruzaba un umbral, exploraba lo que hubiera al otro lado y volvía al poco tiempo, con las alforjas cargadas con los objetos que hubiera podido rapiñar en la nueva habitación, por si acaso alguno tenía propiedades mágicas. El regreso del aventurero le indicaba al dueño de la casa que se podía volver a atravesar la Puerta sin riesgo alguno.

Pero en esa ocasión, y a pesar del prestigio de que gozaba, el aperimante (o lo que era lo mismo, sir Logan de Noxville, su verdadero nombre) no había vuelto del otro lado. Aquello solía significar que algo se lo había comido, o que se había extraviado en el laberinto de dimensiones. Lord Astrud recordaba a la perfección el día en que el aperimante abrió la Puerta: usó sus extrañas gafas, le soltó una retahíla de sandeces sobre la circularidad de la magia, y desapareció en la oscuridad.

Desde entonces habían pasado ya doce años.

En ese tiempo, Riddly, el primogénito (y único hijo hasta la fecha) de lord Astrud, había crecido y se había convertido en todo un hombrecito. Era un chico de tez saludable, un poco bajo para la media pero con una mirada que denotaba… quizá no una gran inteligencia, pero sí una inusual atención hacia los detalles. Riddly no era un superdotado, en el sentido de que le costaba lo mismo que a los demás resolver problemas de lógica, aprender cosas nuevas en el colegio o desarrollar algún talento artístico. El niño era una personita completamente normal en todos estos aspectos.

Pero ¿qué decir de sus ojos? Ojos que barrían la realidad con un interés sobrenatural. Ojos que no veían, sino que tragaban información, y absorbían los detalles de lo que capturaban con una minuciosidad insólita. Ese era el talento que hacía especial al muchacho: su capacidad de ver.

La familia se divertía en las fiestas sociales exhibiendo la capacidad de observación del niño. Los aristócratas de Londres boqueaban asombrados cuando, tras un vistazo que no solía durar más de tres segundos, el niño cerraba los ojos y describía con absoluto detalle el contenido de una habitación, o las características de un cuadro, o las elegantes peculiaridades del vestido de una dama.

Al final todos aplaudían. Y Riddly pedía un caramelo.

Su madre, Lisa, rezumaba orgullo hacia su hijo. Y un exacerbado sentido protector. Sabía que Riddly era especial, aunque no parecía que su talento sirviera de gran cosa. Tal vez pudiera trabajar cuando fuera mayor en los departamentos de la policía, donde semejante capacidad de observación le sería de enorme utilidad. Pero no, ella no quería que su tesoro se pasara la vida desgranando escenas truculentas. Su padre lo veía más como un arquitecto, una persona capaz de detectar hasta la más pequeña imperfección en la estructura de un edificio con solo echarle un vistazo. Pero eso implicaría subir una y otra vez a lugares altos, lo cual tampoco le hacía demasiada ilusión. ¿Cirujano, tal vez? Tampoco: los médicos jugaban demasiado con cuchillos.

Los años que habían transcurrido desde que los padres descubrieron el talento de Riddly y este celebró su duodécima onomástica fueron alegres, vivaces y llenos de esperanza. De vez en cuando un nuevo aperimante tocaba la campanilla, se le invitaba a pasar y a un té con pastas, y se le preguntaba cuál de las Puertas de la Mansión Infinita quería desafiar. El hombre (o la mujer, porque había aperimantes de ambos sexos) elegía una Puerta y explicaba cómo había resuelto el enigma de la cerradura. Luego todos se encomendaban a Dios y a su cohorte de santos, y el aventurero ponía en práctica su teoría. La mayoría de las veces no se volvía a saber nada de él.

Por eso les asustó tanto el suceso de la noche del 30 de abril de 1907.

Lo que ocurrió aquel día marcó un punto y aparte en la historia no solo de los Strongfield sino también de la Mansión. Señaló la fecha en que los buenos tiempos acabaron y comenzó la trágica odisea de la familia, y en particular del pequeño Riddly.

Una sirvienta, la misma que había tomado la chaqueta del aperimante Logan de Noxville, estaba en la sala haciendo limpieza cuando oyó un ruido a su espalda. Era como si algo se hubiese caído de un estante. Se dio la vuelta, rezando por que no fuera una de las carísimas figuras de porcelana que la señora se traía de sus viajes a las colonias, y fue entonces cuando vio al hombre.

La sirvienta profirió un grito de terror y dio con su orondo trasero en un aparador, con tal mala suerte que una docena de esas figurillas cayeron al suelo y se hicieron añicos. Ella ni siquiera se enteró. Estaba paralizada por el asombro.

Porque a menos de tres metros de ella había aparecido una persona, un varón de unos cuarenta años. Estaba encorvado, y al borde del colapso tras un viaje de muchas leguas. Llevaba unas ropas hechas jirones que en tiempos pudieron ser las de un caballero de buena cuna, pero de eso hacía mil vicisitudes. Y el olor que desprendía… era lo más horrible que la sirvienta, una mujer acostumbrada al ambiente de cocinas y mataderos, hubiera olido jamás. Como si aquel hombre fuera un pordiosero y solo hubiera conocido un tipo de agua: las gotas del bautismo.

Pero lo que más impresionó a la mujer no fue el hombre, sino que la puerta que había a su espalda, el umbral prohibido de los pájaros y los peces, estaba abierta de par en par.

La conmoción que el regreso del viajero provocó en la casa careció de parangón en toda su historia. Lord Astrud saltó de la cama al oír el grito de la sirvienta, pues pensaba que se había colado un ladrón, y agarró el mosquete de matar indígenas. Cebó la cazoleta con la polvera y bajó corriendo hasta el primer piso.

Su mujer, muerta de miedo, se encerró en el dormitorio junto con el pequeño Riddly, quien lo miraba todo con ojos de sueño mientras se preguntaba qué diantre sucedía.

Cuando Astrud llegó a la habitación de la Puerta, que solía usarse para exponer la porcelana, y vio a la aterrorizada sirvienta mirando al extraño, pensó que había acertado en su previsión: un ladrón maloliente se había colado en sus dominios. Y se había entretenido en hacer añicos su colección de porcelana Ming.

Por mucho menos que eso, la ley amparaba al dueño si le soltaba un trabucazo. Así que elevó el mosquete, apuntó al hombre…

… y entonces lo reconoció.

Lord Astrud soltó un grito agudo, similar al que había proferido la mujer. Y bajó el cañón del arma. Logan había regresado después de doce años de viaje por las dimensiones ocultas. Era la primera vez que sucedía algo semejante.

Menos de dos horas después, el Cónclave de aperimantes estaba reunido en el salón de té de la Mansión. Astrud había tenido suerte de dar con todos menos con uno, que estaba de viaje en Bélgica. Los otros tres se encontraban en Londres aquel día y acudieron a toda prisa en respuesta a su llamada. No era para menos. Estaban igual de sorprendidos que él. ¿Logan de Noxville había logrado volver, en serio? ¿No podía tratarse de un truco? No, el prestigio de Logan dentro del gremio era demasiado alto. No era el típico viajero joven con aires de grandeza, capaz de fraguar un plan para engañar a sus maestros. Se habían dado casos de jovencitos que decían estar a punto de abrir una Puerta, luego se tomaban unas largas vacaciones y reaparecían en escena diciendo que habían estado presos en tal o cual dimensión desconocida. Pero los aperimantes viejos, los que de verdad tenían experiencia, los calaban enseguida.

Logan, por el contrario, era un aperimante mítico, el hombre que más Puertas había abierto en su vida. Ya tenía el récord, y eso que solo contaba cuarenta y pocos años. Estaba en la flor de la vida. Y aunque nadie se esperaba su regreso, fue motivo de alborozo para todos.

—Es increíble. Si me lo llegan a jurar sobre la Biblia no me lo creo —comentó lady Marisa Condlell, la más anciana del grupo. En aquel momento le tocaba ser la presidenta del Cónclave, un puesto rotatorio. Y miraba al bueno de Logan con la misma incredulidad con la que miraría a un ángel aparecido sobre un cementerio, con trompetas y todo.

Los otros dos ancianos estaban de acuerdo. Uno había nacido en la lejana Mongolia, y el otro, aunque inglés, tenía más pinta de bárbaro de las montañas escocesas que de haberse pasado la infancia en un barrio de alta alcurnia. Lord Astrud, su esposa y Riddly completaban el cuadro. Todos miraban fijamente a Logan, quien tiritaba bajo unas mantas. Ya se había aseado, si bien aún desprendía un olor inclasificable que no era ni sudor humano ni suciedad ni… ni nada reconocible.

—Si no recuerdo mal, aunque eso para mí ocurrió hace una eternidad —dijo Logan, en voz baja y estropeada—, lo último que le dije antes de cruzar el umbral, lord Astrud, fue que a pesar del miedo la experiencia merecería la pena. Me reafirmo en ello.

—Pero ¿qué le ha pasado, hombre de Dios? —explotó Marisa, sin poder contener su curiosidad—. Lo dábamos por muerto después de tanto tiempo.

—Y ciertamente lo estuve… —La mirada del viajero se marchó a otros lugares, a otros tiempos que no parecían demasiado agradables. Sus temblores debajo de la manta arreciaron—. Estuve vagando como muerto por sendas oscuras durante días, soy incapaz de decir cuántos. Al cruzar la Puerta pensé que al otro lado habría una habitación, un oasis de luz en el que podría refugiarme… pero esta vez fue distinto.

Los tres ancianos se inclinaron hacia delante, temblando de la curiosidad.

—¿Qué fue lo que viste, Logan? —murmuró el que parecía un montañés.

—El pasillo era muy, muy largo —relató Logan con voz neutra—. Y complejo en su trazado. No parecía tener fin. Al principio me preocupé; temí no haber resuelto de la manera correcta el enigma de la cerradura y que me hubiesen metido en un laberinto recurrente, un pasillo cuyo final enlazara con su comienzo por toda la eternidad… Pero al cabo de muchas horas, gracias a Dios, vi una luz. Alcancé un lugar distinto, pero no era una habitación. Se parecía más bien a un cruce de caminos, un nexo.

—¿Un nexo? —se sorprendió Marisa—. Increíble. Habíamos teorizado sobre su existencia, pero nunca se había descubierto ninguno. Esto significa que es cierta la teoría de que las realidades de la Mansión se cortan entre sí al menos en un punto.

—A esa misma conclusión llegué yo —asintió Logan—. Estuve meses dentro de aquel lugar, sin comer ni beber, aunque la propia Mansión parecía mantenerme con vida. Parecía como si quisiera que hubiese un testigo dentro de sus entrañas, para que relatara lo que había visto en una suerte de desquiciado evangelio. Intenté elaborar una teoría de Portales completamente nueva para aquel lugar, algo que explicara lo que estaba viendo, pero no logré sino arañar la superficie.

»Al cabo de muchos días decidí empezar a moverme. Mi cerebro había llegado a un punto en que no iba a avanzar más con los pocos datos de que disponía, ...