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LAS SIETE HERMANAS (LAS SIETE HERMANAS 1)

Lucinda Riley

4


Fragmento

1

Siempre recordaré con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto.

Estaba en Londres, sentada en el hermoso jardín de la casa de mi vieja amiga del colegio, con un ejemplar de Penélope y las doce criadas abierto pero sin leer sobre el regazo y disfrutando del sol de junio mientras Jenny recogía a su pequeño de la guardería.

Me sentía tranquila y agradecida por la excelente idea que había sido disfrutar de unas vacaciones.

Estaba observando las clemátides en flor, alentadas por su soleada comadrona a dar a luz un torrente de color, cuando me sonó el móvil. Miré la pantalla y vi que era Marina.

—Hola, Ma, ¿cómo estás? —dije con la esperanza de que también ella pudiera percibir el calor en mi voz.

—Maia…

Se quedó callada y enseguida supe que algo iba terriblemente mal.

—¿Qué ocurre?

—Maia, no hay una manera fácil de decirte esto. Ayer por la tarde tu padre sufrió un ataque al corazón en casa y… ha fallecido esta madrugada.

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Guardé silencio mientras un millón de pensamientos absurdos me daban vueltas en la cabeza. El primero fue que Marina, por la razón que fuera, había decidido gastarme una broma de mal gusto.

—Eres la primera de las hermanas a la que se lo digo, Maia, porque eres la mayor. Quería preguntarte si prefieres contárselo tú a las demás o que lo haga yo.

—Yo…

Continuaba sin poder articular palabras coherentes, ya que empezaba a comprender que Marina, mi querida y amada Marina, la mujer que había sido lo más parecido que había tenido a una madre, jamás me diría algo como aquello si no fuera verdad. De modo que tenía que ser cierto. Y de repente todo mi mundo se tambaleó.

—Maia, por favor, dime que estás bien. Es la llamada más difícil que he tenido que hacer en toda mi vida, pero ¿qué otra opción tenía? No quiero ni imaginarme cómo van a tomárselo las demás chicas.

Fue entonces cuando oí el sufrimiento en su voz y comprendí que Marina había necesitado contármelo no solo por mí, sino también por ella. Así que volví a mi papel de siempre, que consistía en consolar a los demás.

—Por supuesto que yo misma se lo diré a mis hermanas si así lo prefieres, Ma, aunque no estoy segura de saber dónde están todas. ¿No está Ally entrenando para una regata?

Mientras hablábamos del paradero de cada una de mis hermanas pequeñas, como si necesitáramos reunirlas para una fiesta de cumpleaños y no para llorar la muerte de nuestro padre, la conversación se tornó un tanto surrealista.

—¿Para cuándo crees que deberíamos programar el funeral? Con Electra en Los Ángeles y Ally en alta mar, lo más seguro es que no podamos celebrarlo hasta la próxima semana como muy pronto —dije.

—Bueno… —La voz de Marina era vacilante—. Creo que lo mejor será que lo hablemos cuando llegues a casa. En realidad ya no hay prisa, Maia. Si prefieres pasar los dos días de vacaciones que te quedan en Londres, adelante. Aquí ya no podemos hacer nada más por él…

La tristeza le apagó la voz.

—Ma, tomaré el primer vuelo disponible a Ginebra. Voy a llamar a la compañía aérea ahora mismo y luego intentaré hablar con mis hermanas.

—Lo siento muchísimo, chérie —dijo Marina con pesar—. Sé lo mucho que lo querías.

—Sí —dije, y la extraña serenidad que había experimentado mientras discutíamos los preparativos me abandonó bruscamente, como la calma antes de la tormenta—. Te llamaré más tarde, cuando sepa a qué hora llego.

—Cuídate mucho, Maia, por favor. Has sufrido un golpe terrible.

Pulsé el botón para terminar la llamada y, antes de que los nubarrones de mi corazón se abrieran y me ahogaran, subí a mi cuarto para buscar mi billete de avión y telefonear a la compañía aérea. Me pusieron en espera y, entretanto, miré la cama donde aquella misma mañana había despertado para disfrutar de otro día tranquilo. Y agradecí a Dios que los seres humanos no tuviéramos el poder de predecir el futuro.

La mujer que al cabo de un rato me atendió no destacaba por su amabilidad y, mientras me hablaba de vuelos llenos, recargos y detalles de la tarjeta de crédito, supe que mi dique emocional estaba a punto de romperse. Cuando al fin me asignó de mala gana un asiento en el vuelo de las cuatro a Ginebra, lo cual significaba hacer la maleta de inmediato y tomar un taxi a Heathrow, me senté en la cama y me quedé mirando el papel de ramitas de la pared durante tanto rato que el dibujo empezó a bailar ante mis ojos.

—Se ha ido —susurré—. Se ha ido para siempre. Nunca volveré a verlo.

Esperaba que pronunciar aquellas palabras desatara un torrente de lágrimas, así que me sorprendió que en realidad no ocurriera nada. Me quedé allí sentada, aturdida, con la cabeza todavía llena de detalles prácticos. La idea de darles la noticia a mis hermanas —a las cinco— me espantaba, y repasé mi archivo emocional para decidir a cuál de ellas llamaría primero. Inevitablemente, a Tiggy, la penúltima de las seis chicas y a la que siempre me había sentido más unida.

Con dedos temblorosos, busqué su número en el móvil y lo marqué. Cuando me salió el buzón de voz no supe qué decir, salvo algunas palabras embrolladas pidiéndole que me llamara de inmediato. En aquel momento se hallaba en algún lugar de las Highlands de Escocia trabajando en un centro para ciervos salvajes huérfanos y enfermos.

En cuanto al resto de mis hermanas… sabía que sus reacciones irían, al menos en apariencia, desde la indiferencia hasta el melodrama más espectacular.

Dado que en aquel instante no estaba segura del grado que alcanzaría mi propia pena cuando hablara con ellas, opté por la vía cobarde y les envié un mensaje de texto en el que les pedía que me telefonearan lo antes posible. Después hice la maleta a toda prisa y bajé por la angosta escalera hasta la cocina para escribirle a Jenny una nota explicándole el motivo por el que había tenido que marcharme así.

Decidida a correr el riesgo de intentar parar un taxi en las calles de Londres, salí de la casa y eché a andar a buen ritmo por la arbolada calle curva de Chelsea, tal como haría una persona normal en un día normal. Creo que hasta saludé a alguien que paseaba a su perro cuando me lo crucé en la acera y que alcancé a esbozar una sonrisa.

«Nadie podría imaginar lo que acaba de sucederme», pensé mientras conseguía un taxi en la concurrida King’s Road y, tras subirme, le pedía al conductor que me llevase a Heathrow.

Nadie podría imaginarlo.

Cinco horas después, cuando el sol descendía lentamente sobre el lago de Ginebra, llegué a nuestro muelle privado, donde emprendería la última etapa de mi regreso a casa.

Christian ya estaba esperándome en nuestra elegante lancha Riva. Y por la expresión de su cara, supe que estaba al tanto de lo sucedido.

—¿Cómo está, señorita Maia? —preguntó con una empática mirada azul al tiempo que me ayudaba a subir.

—Bueno… contenta de estar aquí —respondí en tono neutro mientras me dirigía al fondo de la lancha y tomaba asiento en el acolchado banco tapizado en piel de color crema que seguía la forma curva de la popa.

Normalmente me habría acomodado con Christian en el sitio del copiloto para surcar a gran velocidad las tranquilas aguas durante el trayecto de veinte minutos hasta casa. Pero aquel día necesitaba intimidad. Cuando encendió el potente motor, el sol ya se reflejaba en los ventanales de las magníficas casas que bordeaban las orillas del lago de Ginebra. Muchas veces, al realizar aquel trayecto había sentido que era la puerta de entrada a un mundo etéreo desconectado de la realidad.

El mundo de Pa Salt.

Sentí el primer escozor de las lágrimas en los ojos al pensar en el apodo de niña que había puesto a mi padre. Siempre le había encantado navegar, y cuando después de hacerlo regresaba a nuestra casa del lago, olía a aire fresco y a mar. El sobrenombre, por algún motivo, se le quedó, y mis hermanas también lo adoptaron a medida que fueron llegando.

Cuando la lancha aceleró y el viento cálido me acarició el pelo, pensé en los cientos de trayectos que había hecho hasta entonces a Atlantis, el castillo de cuento de hadas de Pa Salt. Inaccesible por tierra debido a que estaba ubicado sobre un promontorio privado con un escarpado terreno montañoso detrás, solo se podía llegar hasta él en barco. Los vecinos más cercanos se hallaban a varios kilómetros de distancia a lo largo del lago, de modo que Atlantis era nuestro reino privado, separado del resto del mundo. Todo cuanto contenía era mágico… como si Pa Salt y nosotras —sus hijas— hubiéramos vivido allí bajo un encantamiento.

Pa Salt nos había escogido y adoptado de bebés, procedentes de todos los rincones del planeta, y nos había llevado a casa para vivir bajo su protección. Y cada una de nosotras, como le gustaba decir a Pa, era especial, diferente… éramos sus niñas. Nos había puesto los nombres de Las Siete Hermanas, su cúmulo de estrellas favorito, de las que Maia era la primera y la más antigua.

De niña Pa Salt me llevaba a su observatorio de cristal, construido en lo alto de la casa, me aupaba con sus manos grandes y fuertes y me hacía mirar el cielo nocturno a través de su telescopio.

—Ahí está —decía al tiempo que ajustaba el objetivo—. Mira, Maia, tú llevas el nombre de esa estrella tan bonita y brillante.

Y yo la veía. Mientras él explicaba las leyendas que constituían el origen de mi nombre y los de mis hermanas, apenas le prestaba atención, me limitaba a disfrutar de la fuerza con que me estrechaban sus brazos, plenamente consciente de ese momento raro y especial en que lo tenía para mí sola.

Yo al fin había comprendido que Marina, a quien durante mi infancia había tomado por mi madre —incluso le había reducido el nombre a «Ma»—, era una niñera contratada por Pa para que cuidara de mí durante sus largas ausencias. Pero, sin duda, Marina era mucho más que una niñera para todas nosotras. Era la persona que nos había secado las lágrimas, reprendido por descuidar nuestros modales a la mesa y dirigido con serenidad en la difícil transición de la infancia a la adultez.

Siempre había estado ahí, y no podría haberla querido más si me hubiese traído a este mundo.

Durante los tres primeros años de mi niñez, Marina y yo vivimos solas en nuestro castillo mágico a orillas del lago de Ginebra mientras Pa Salt viajaba por los siete mares gestionando su negocio. Luego, una a una, empezaron a llegar mis hermanas.

Normalmente, Pa me llevaba un detalle cuando regresaba a casa. Yo oía que la lancha se acercaba y echaba a correr por el césped, entre los árboles, para recibirlo en el muelle. Como cualquier niño, quería ver lo que escondía en sus bolsillos mágicos para mi deleite. En una ocasión en particular, no obstante, después de regalarme un reno tallado en madera con exquisitez, que me aseguró provenía del taller del mismísimo Papá Noel en el Polo Norte, detrás de él asomó una mujer uniformada que llevaba en los brazos un bulto envuelto en un chal. Y el bulto se movía.

—Esta vez, Maia, te he traído un regalo muy especial. Tienes una hermana. —Pa Salt me sonrió y me cogió en brazos—. A partir de ahora ya no estarás sola cuando tenga que ausentarme.

A partir de ese día mi vida cambió. La enfermera que había acompañado a Pa desapareció al cabo de unas semanas y Marina asumió el cuidado de mi hermana. Yo no conseguía entender que aquella cosa pelirroja y berreona que a menudo apestaba y me robaba protagonismo fuera un regalo. Hasta una mañana en que Alción —llamada como la segunda estrella de Las Siete Hermanas— me sonrió desde lo alto de su trona en el desayuno.

—Sabe quién soy —le dije maravillada a Marina, que le estaba dando de comer.

—Pues claro, mi querida Maia. Eres su hermana mayor, la persona a la que tomará como ejemplo. Tendrás la responsabilidad de enseñarle muchas cosas que tú sabes y ella no.

Y cuando creció se convirtió en mi sombra. Me seguía a todas partes, algo que me gustaba e irritaba en igual medida.

—¡Maia, espera! —gritaba mientras trataba de alcanzarme con pasitos tambaleantes.

A pesar de que al principio Ally —que fue como la apodé— había sido una incorporación indeseada a mi existencia de ensueño en Atlantis, no podría haber pedido una compañera más dulce y adorable. Raras veces lloraba, y tampoco tenía los berrinches propios de los niños de su edad. Con sus alborotados rizos pelirrojos y sus grandes ojos azules, Ally poseía un encanto natural que atraía a la gente, incluido nuestro padre. Cuando Pa Salt estaba en casa entre un viaje y otro, me daba cuenta de que al verla los ojos se le iluminaban con un brillo que yo no despertaba. Y mientras que yo era tímida y reservada con los desconocidos, Ally era tan extravertida y confiada que enseguida se ganaba el cariño de la gente.

También era una de esas niñas que destacaban en todo, especialmente en la música y en cualquier deporte relacionado con el agua. Recuerdo a Pa enseñándole a nadar en nuestra enorme piscina y, mientras que a mí me había costado ser capaz de permanecer a flote y superar el miedo a bucear, mi hermana pequeña parecía una sirena. Yo era incapaz de mantener el equilibrio incluso en el Titán, el enorme y precioso yate de Pa, pero Ally siempre le suplicaba que la llevara en el pequeño Laser que tenía amarrado en nuestro embarcadero privado. Yo me acuclillaba en la estrecha popa mientras Pa y Ally tomaban las riendas de la embarcación y surcábamos las aguas cristalinas a toda velocidad. La pasión de ambos por la navegación los unía de una manera que yo sabía que nunca podría igualar.

A pesar de que Ally había estudiado música en el Conservatoire de Musique de Genève y era una talentosa flautista que habría podido forjarse una carrera en una orquesta profesional, tras dejar la escuela de música eligió dedicarse por completo a la navegación. Ahora competía regularmente en regatas y había representado a Suiza en varias ocasiones.

Cuando Ally tenía casi tres años, Pa llegó a casa con nuestra siguiente hermana, a la que llamó Astérope, como la tercera de Las Siete Hermanas.

—Pero la llamaremos Star —dijo sonriéndonos a Marina, a Ally y a mí mientras examinábamos a la nueva incorporación a la familia, que descansaba en el moisés.

Para entonces yo ya asistía todas las mañanas a clases con un profesor particular, de modo que la llegada de la nueva hermana me afectó menos de lo que lo había hecho la de Ally. Transcurridos apenas seis meses, otro bebé se sumó a nosotras, una niña de doce semanas llamada Celeno, nombre que Ally enseguida redujo a CeCe.

Solo había tres meses de diferencia entre Star y CeCe y, desde donde me alcanza la memoria, siempre estuvieron muy unidas. Parecían casi gemelas y compartían un particular lenguaje de bebés que, en parte, todavía empleaban hoy día para comunicarse. Vivían en un mundo privado que excluía a las demás hermanas. E incluso ahora, a sus veintitantos años, todo seguía igual. CeCe, la menor de las dos, era la que mandaba, y su cuerpo moreno y robusto contrastaba sobremanera con la figura blanca y delgada de Star.

Al año siguiente llegó otro bebé, Taygeta, a quien apodé «Tiggy», porque su pelo corto y oscuro salía disparado en todas direcciones desde su diminuta cabeza y me recordaba al erizo del célebre cuento de Beatrix Potter.

Para entonces yo tenía siete años, y sentí una conexión especial con Tiggy en cuanto la vi. Era la más delicada de todas nosotras y contraía una enfermedad infantil tras otra, pero incluso de bebé era estoica y poco exigente. Cuando unos meses después Pa llevó a casa a otra niña, llamada Electra, Marina, exhausta, empezó a pedirme que hiciera compañía a Tiggy, que siempre tenía fiebre o anginas. Al final le diagnosticaron asma y raras veces la sacaban de casa para pasear en el cochecito por miedo a que el aire frío y la espesa niebla del invierno de Ginebra le afectasen al pecho.

Electra era la menor de mis hermanas y el nombre le iba que ni pintado. Para entonces yo ya estaba acostumbrada a los bebés y sus exigencias, pero mi hermana menor era, sin la menor duda, la más difícil de todas. En ella todo era eléctrico; su habilidad innata para pasar en un segundo de la oscuridad a la luz y viceversa hizo que nuestra casa, tranquila hasta ese momento, temblara cada día con sus agudos chillidos. Las rabietas de Electra resonaron a lo largo de mi infancia, y con los años su fuerte temperamento no se aplacó.

En privado, Ally, Tiggy y yo teníamos un apodo para ella: las tres la conocíamos como «Polvorín». Todas andábamos con pies de plomo en su presencia por temor a hacer algo que pudiera provocar un repentino cambio de humor. Reconozco que había momentos en que la detestaba por alterar la vida en Atlantis.

Y sin embargo, si Electra sabía que alguna de las hermanas estaba en apuros, era la primera en ofrecer su ayuda y apoyo. Igual que era capaz de mostrar un gran egoísmo, en otras ocasiones su generosidad no le iba a la zaga.

Después de Electra, todo Atlantis esperaba la llegada de la Séptima Hermana. A fin de cuentas, llevábamos los nombres del cúmulo de estrellas favorito de Pa Salt y no estaríamos completas sin ella. Hasta conocíamos su nombre —Mérope— y nos preguntábamos cómo sería. Pero pasó un año, y luego otro, y otro, y ningún bebé más llegó a casa con nuestro padre.

Recuerdo como si fuera hoy un día que estaba con él en su observatorio. Yo tenía catorce años y me faltaba poco para convertirme en mujer. Estábamos esperando un eclipse, los cuales, según Pa, eran momentos trascendentales para la humanidad y normalmente producían cambios.

—Pa —dije—, ¿traerás algún día a casa a nuestra séptima hermana?

Su cuerpo, fuerte y protector, pareció quedarse petrificado unos segundos. De repente dio la sensación de cargar con todo el peso del mundo sobre los hombros. Aunque no me miró, pues seguía concentrado en ajustar el telescopio para el inminente eclipse, supe al instante que lo que había dicho le había afectado.

—No, Maia, no la traeré. Porque no la he encontrado.

Cuando el familiar seto de píceas que protegía nuestra casa del lago de las miradas ajenas asomó a lo lejos, divisé a Marina esperando en el embarcadero y al fin empecé a asumir la terrible verdad de la pérdida de Pa.

Y comprendí que el hombre que había creado el reino en el que todas habíamos sido sus princesas ya no estaba para mantener vivo el encantamiento.

2

Marina me dio un abrazo reconfortante cuando bajé de la lancha. Sin pronunciar palabra, echamos a andar entre los árboles hacia la vasta e inclinada extensión de césped que conducía a la casa. Atlantis alcanzaba su máximo esplendor en junio. Los cuidados jardines estaban en flor e instaban a los ocupantes de la casa a explorar los senderos ocultos y las grutas secretas.

La casa propiamente dicha, construida a finales del siglo XIX y de estilo Luis XV, destacaba por su elegante grandiosidad. Tenía cuatro plantas, y los muros macizos, de un rosa pálido, estaban tachonados de altas ventanas de estilo inglés y coronados por un pronunciado tejado rojo con una torrecilla en cada esquina. El interior estaba decorado de forma exquisita y con todos los lujos modernos; las alfombras gruesas y los sofás mullidos arropaban y reconfortaban a todos los que vivían en ella. Nosotras, las hermanas, dormíamos en la última planta, que ofrecía unas vistas espectaculares del lago por encima de las copas de los árboles. Marina también ocupaba un conjunto de estancias en aquel piso, con nosotras.

Observé su rostro y pensé que parecía exhausta. Sus amables ojos castaños estaban rodeados de sombras de cansancio, y sus labios, por lo general sonrientes, estaban tensos y arrugados. Debía de tener unos sesenta y cinco años, pero aparentaba menos. Alta y de marcadas facciones aguileñas, era una mujer guapa y elegante, siempre impecablemente vestida, con un refinamiento natural que revelaba su ascendencia francesa. Cuando era niña, llevaba suelto el cabello oscuro y sedoso, pero ahora se lo recogía en un moño bajo.

Miles de preguntas se disputaban mi atención en mi cabeza, pero solo una exigía ser formulada de inmediato.

—¿Por qué no me llamaste en cuanto Pa sufrió el ataque? —dije mientras entrábamos en la casa y nos dirigíamos al salón de techos altos. La estancia daba a una amplia terraza de piedra rodeada de jarrones repletos de capuchinas rojas y amarillas.

—Maia, créeme, le supliqué que me dejara contártelo, contároslo a todas, pero se puso tan nervioso que tuve que hacer lo que me pedía.

Y comprendí que si Pa le había dicho que no nos llamara, ella no había tenido más remedio que obedecer. Él era el rey y Marina, en el mejor de los casos, su cortesano más leal y, en el peor, un sirviente que ha de hacer exactamente lo que se le ordena.

—¿Dónde está? —le pregunté—. ¿Sigue en su dormitorio? ¿Debería subir a verlo?

—No, chérie, no está en su dormitorio. ¿Quieres una taza de té antes de que sigamos hablando? —propuso.

—La verdad, creo que no me iría mal un gin-tonic bien cargado —reconocí dejándome caer en uno de los enormes sofás.

—Le pediré a Claudia que te lo prepare. Y me parece que, por esta vez, te acompañaré.

Salió del salón en busca de Claudia, nuestra ama de llaves, que llevaba en Atlantis el mismo tiempo que ella. Era alemana, y su hosquedad aparente ocultaba un corazón de oro. Como todas nosotras, había sentido adoración por mi padre. De pronto me pregunté qué sería de ella y de Marina. Y, de hecho, qué pasaría con Atlantis ahora que Pa ya no estaba.

Aquellas palabras aún me resultaban absurdas en aquel contexto. Pa casi nunca «estaba», siempre se hallaba en otro lugar haciendo algo, aunque ni su familia ni ningún miembro de su personal tenían una idea clara de cómo se ganaba la vida. Yo se lo había preguntado en una ocasión, cuando mi amiga Jenny vino a pasar unos días con nosotros durante las vacaciones escolares y se quedó asombrada por la opulencia con que vivíamos.

—Tu padre debe de ser increíblemente rico —me había susurrado al bajar del avión privado de Pa, que acababa de aterrizar en el aeropuerto de La Môle, cerca de St. Tropez. El chófer nos esperaba en la pista para llevarnos al puerto, donde embarcaríamos en nuestro magnífico yate de diez camarotes, el Titán, y emprenderíamos nuestro crucero anual por el Mediterráneo hasta el destino que Pa Salt hubiera elegido.

Como cualquier niño, rico o pobre, como había crecido sin conocer otra cosa, la forma en que vivíamos nunca me había parecido inusual. De pequeñas, mis hermanas y yo habíamos estudiado en casa con profesores particulares, así que hasta los trece años, cuando ingresé en el internado, no me percaté de lo diferente que era nuestra vida de la de la mayor parte de la gente.

Cuando un día le pregunté a Pa qué hacía exactamente para proporcionarle a nuestra familia todos los lujos imaginables, me dedicó una de sus miradas enigmáticas y sonrió.

—Soy una especie de mago.

Respuesta que, como era su intención, no me desveló nada.

Con los años empecé a darme cuenta de que Pa Salt era un maestro del ilusionismo y que nada era lo que parecía.

Cuando Marina volvió al salón con dos gin-tonics en una bandeja, me dije que, después de treinta y tres años, no tenía ni idea de quién había sido mi padre fuera de Atlantis. Y me pregunté si finalmente empezaría a descubrirlo ahora.

—Toma —me dijo dejando el vaso delante de mí—. Por tu padre. —Levantó su copa—. Descanse en paz.

—Sí, por Pa Salt. Descanse en paz.

Marina bebió un largo sorbo antes de devolver el gin-tonic a la mesa y tomar mis manos entre las suyas.

—Maia, antes de que hablemos de lo demás, hay algo que debes saber.

—¿Qué? —inquirí contemplando su cejo fruncido por la preocupación.

—Antes me has preguntado si tu padre seguía en casa. La respuesta es que ya ha recibido sepultura. Su deseo era ser enterrado enseguida y que ninguna de sus hijas estuviera presente.

La miré como si se hubiera vuelto loca.

—Pero, Ma, hace solo unas horas me has dicho que Pa ha muerto esta madrugada. ¿Cómo ha podido organizarse un funeral tan deprisa? ¿Y por qué?

—Maia, tu padre me dejó muy claro que, en cuanto muriera, su cuerpo debía ser trasladado de inmediato hasta su yate en su avión privado. Una vez a bordo, debía ser introducido en un ataúd de plomo que al parecer llevaba años en la bodega del Titán a la espera de este momento. Después debía ser conducido a alta mar. Obviamente, dado su amor por el agua, deseaba que sus restos descansaran en el mar. Y no quería que sus hijas pasaran por el mal trago de… presenciar el acontecimiento.

—Dios —susurré. Las palabras de Marina me provocaron escalofríos de terror—. Pero él tenía que saber que nosotras habríamos querido despedirnos de él como es debido. ¿Cómo ha podido hacer algo así? ¿Qué les diré a las demás? No…

—Chérie, tú y yo somos las que más tiempo hemos vivido en esta casa y ambas sabemos que las decisiones de tu padre no debían cuestionarse. Quiero creer —dijo en voz baja— que deseaba ser enterrado de la misma manera que vivió: discretamente.

—Y controlándolo todo —añadí en un arrebato de rabia—. Por lo visto ni siquiera podía confiar en que la gente que lo quería hiciera las cosas a su gusto.

—Fueran cuales fuesen sus razones —dijo Marina—, solo espero que con el tiempo podáis recordarlo como el padre cariñoso que fue. Lo único que sé es que vosotras lo erais todo para él.

—Pero ¿quién de nosotras lo conocía? —pregunté con lágrimas de frustración en los ojos—. ¿Ha venido un médico para confirmar su muerte? Debes de tener un certificado de defunción. ¿Puedo verlo?

—El médico me ha pedido los datos personales de tu padre, como el año y el lugar de nacimiento. Le he dicho que yo solo soy una empleada y no conozco esos detalles a ciencia cierta. Lo he puesto en contacto con Georg Hoffman, el abogado que lleva sus asuntos.

—¿Por qué era tan reservado, Ma? En el avión venía pensando que no recuerdo que trajera amigos a Atlantis ni una sola vez. En algunas ocasiones, cuando estábamos en el yate, embarcaba algún socio para celebrar una reunión y se encerraban abajo, en su despacho, pero no hacía vida social.

—Quería mantener a su familia separada del trabajo para que cuando estuviera en casa pudiera dedicar toda su atención a sus hijas.

—Las hijas que adoptó y trajo aquí desde todos los rincones del mundo. ¿Por qué, Ma, por qué?

Marina me miró en silencio y sus ojos sabios y serenos no me dieron una sola pista sobre si conocía o no la respuesta.

—Cuando eres pequeña —continué—, creces aceptando la vida que tienes. Pero las dos sabemos que es bastante inusual, por no decir extrañísimo, que un hombre soltero de mediana edad adopte a seis niñas y se las traiga a Suiza para que crezcan bajo el mismo techo.

—Es que tu padre era un hombre inusual —convino Marina—. Pero no creo que ofrecer a unas niñas huérfanas la oportunidad de una vida mejor bajo su protección pueda verse como algo malo —dijo con ambigüedad—. Muchas personas ricas que no tienen hijos propios adoptan niños.

—Pero, por lo general, están casadas —repuse bruscamente—. Ma, ¿sabes si Pa tuvo alguna novia? ¿Alguien a quien amar? Lo conozco desde hace treinta y tres años y jamás lo he visto con una mujer.

—Chérie, soy consciente de que tu padre se ha ido y de que de repente te das cuenta de que muchas preguntas que querías hacerle ya nunca obtendrán respuesta, pero yo no puedo ayudarte. Además, tampoco es el momento —añadió Marina con dulzura—. Por ahora, debemos celebrar lo que fue para todas y cada una de nosotras y recordarlo como el ser amable y cariñoso que conocimos dentro de las paredes de Atlantis. No olvides que tu padre tenía más de ochenta años. Ha gozado de una vida larga y plena.

—Pero hace solo tres semanas estaba navegando con el Laser por el lago y desenvolviéndose en la embarcación como un hombre de cuarenta —dije haciendo memoria—. Es difícil conciliar esa imagen con la de un hombre moribundo.

—Lo sé, y gracias a Dios no siguió a muchos otros de su edad y no sufrió una muerte lenta y prolongada. Es maravilloso que tú y las demás vayáis a recordarlo como un hombre sano, feliz y en forma —me alentó Marina—. No hay duda de que es lo que él habría deseado.

—No sufrió cuando le llegó el final, ¿verdad? —pregunté vacilante pese a saber, en el fondo, que aunque así hubiera sido Marina no me lo diría.

—No. Sabía lo que le esperaba, Maia, y creo que había hecho las paces con Dios. En serio, creo que se alegraba de pasar a mejor vida.

—¿Cómo diantres les digo a mis hermanas que su padre ha muerto? —me lamenté—. ¿Y que ni siquiera tienen un cuerpo que enterrar? Se sentirán igual que yo, como si simplemente se lo hubiera llevado el viento.

—Tu padre pensó en eso antes de morir y Georg Hoffman, su abogado, me ha llamado esta mañana. Te prometo que todas tendréis la oportunidad de despediros de él.

—Incluso muerto, Pa lo tiene todo bajo control —suspiré desalentada—. Por cierto, les he dejado mensajes a todas mis hermanas, pero de momento ninguna me ha contestado.

—Bueno, Georg Hoffman vendrá en cuanto estéis todas aquí. Y por favor, Maia, no me preguntes de qué quiere hablaros, porque no tengo ni idea. Le he pedido a Claudia que te prepare una sopa. Seguro que no has probado bocado en todo el día. ¿Quieres que te la lleve al Pabellón o prefieres dormir esta noche en la casa?

—Me tomaré la sopa aquí y luego, si no te importa, me iré a mi casa. Creo que necesito estar sola.

—Claro. —Marina se acercó y me dio un abrazo—. Sé que ha sido un golpe terrible para ti. Y lamento que, una vez más, te toque cargar con la responsabilidad para con tus hermanas, pero tu padre me pidió que te lo contara a ti primero. No sé si eso te servirá de consuelo. Y ahora, ¿quieres que le pida a Claudia que caliente la sopa? Creo que a las dos nos sentaría bien un poco de comida casera.

Después de cenar le dije a Marina que se acostara y le di un beso de buenas noches, pues era evidente que ella también estaba agotada. Antes de marcharme subí los incontables escalones hasta el último piso y entré en las habitaciones de mis hermanas. Todo estaba igual que el día en que sus ocupantes se marcharon de casa para emprender los caminos que habían elegido, así que cada uno de los dormitorios seguía mostrando sus muy distintas personalidades. Cada vez que volvían, como pájaros a su nido, ninguna de ellas mostraba el menor interés en cambiarlos. Tampoco yo.

Abrí la puerta de mi antigua habitación y me acerqué al estante donde aún guardaba mis más preciadas posesiones de la infancia. Cogí una vieja muñeca de porcelana que Pa me había regalado cuando era muy pequeña. Como siempre, mi padre había tejido para ella una historia mágica, según la cual la muñeca había pertenecido a una joven condesa rusa y se había sentido muy sola en su palacio nevado de Moscú cuando su dueña creció y se olvidó de ella. Me dijo que se llamaba Leonora y que necesitaba un nuevo par de brazos que la quisieran.

Devolví la muñeca al estante y alcancé la caja que contenía el regalo que Pa me había hecho al cumplir los dieciséis; la abrí y saqué el collar.

—Es una piedra lunar, Maia —me había explicado mientras yo contemplaba la peculiar piedra opalescente, que brillaba con un tono azulado y estaba rodeada de diamantes diminutos—. Es más vieja que yo y encierra una historia muy interesante. —Recordaba que en aquel momento Pa Salt había vacilado un poco, como si estuviera sopesando algo—. Puede que algún día te la cuente —prosiguió—. El collar es un poco serio para tu edad, pero llegará el día en que sea perfecto para ti.

Pa había acertado en su valoración. Por aquel entonces, yo llevaba el cuerpo adornado —al igual que todas mis amigas del colegio— con pulseras de plata barata y enormes cruces ensartadas en cordoncillos de cuero colgadas del cuello. Nunca me había puesto la piedra lunar, que había permanecido olvidada en el estante desde entonces.

Pero ahora me la pondría.

Caminé hasta el espejo, me abroché el diminuto cierre de la delicada cadena de oro en la nuca y estudié la piedra. Tal vez fueran imaginaciones mías, pero tuve la sensación de que por un momento brillaba con intensidad sobre mi piel. Instintivamente, acaricié la piedra con los dedos mientras me acercaba a la ventana y contemplaba las luces titilantes del lago de Ginebra.

—Descansa en paz, querido Pa Salt —susurré.

Y antes de que me engulleran los recuerdos, abandoné a toda prisa mi cuarto de la infancia, salí de la casa y tomé el estrecho sendero que conducía hasta mi hogar actual, situado a unos doscientos metros de allí.

Nunca cerraba con llave la puerta del Pabellón; teniendo en cuenta el sofisticado sistema de alarma que funcionaba en todo el perímetro de nuestra propiedad, era poco probable que alguien pudiera huir con mis escasas pertenencias.

Cuando entré vi que Claudia ya había estado allí para encender las lámparas de la sala. Me dejé caer en el sofá, presa del desconsuelo.

Yo era la hermana que nunca se había ido.

3

Cuando mi móvil sonó a las dos de la madrugada, estaba tumbada en la cama sin poder conciliar el sueño, preguntándome por qué era incapaz de bajar la guardia y llorar la muerte de Pa. El corazón me dio un vuelco de ciento ochenta grados en cuanto vi en la pantalla que era Tiggy.

—¿Sí?

—Maia, siento llamarte tan tarde, pero no he podido escuchar tu mensaje hasta ahora. Tenemos muy mala cobertura aquí arriba. Tu voz me ha hecho pensar que algo va mal. ¿Estás bien?

La voz dulce y alegre de Tiggy derritió las aristas de la roca helada que parecía haber ocupado el lugar de mi corazón.

—Sí, pero…

—¿Es Pa Salt?

—Sí. —Tragué saliva, agobiada por la tensión—. ¿Cómo lo has sabido?

—No lo sabía… es decir, no sé… pero esta mañana he tenido una sensación muy extraña mientras buscaba en los páramos a una de las gamas que marcamos hace unas semanas. La he encontrado muerta y, por alguna razón, he pensado en Pa. Le he restado importancia diciéndome que solo era que estaba apenada por la gama. ¿Está Pa…?

—Tiggy, lo siento mucho, pero… Pa ha muerto esta madrugada. O, mejor dicho, la madrugada de ayer —me corregí.

—¡Oh, Maia, no! No puedo creerlo. ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido un accidente con el barco? La última vez que lo vi le dije que ya no debería salir solo con el Laser.

—No, murió en casa. De un ataque al corazón.

—¿Estabas con él? ¿Sufrió? No… —La voz le temblaba—. No soportaría que hubiese sufrido.

—No estaba con él, Tiggy. Me había ido unos días a Londres para ver a mi amiga Jenny. De hecho —cogí una gran bocanada de aire mientras hacía memoria—, fue Pa quien me convenció de que fuera. Dijo que me sentaría bien alejarme unos días de Atlantis y descansar.

—Cuánto lo siento por ti, Maia. Casi nunca viajas, y para una vez que lo haces…

—Lo sé.

—¿Crees que Pa lo sabía y que quería ahorrarte el mal trago?

Su hermana acababa de decir en voz alta lo que me había estado rondando la cabeza las últimas dos horas.

—No. Creo que lo llaman la ley de Murphy. Pero no te preocupes por mí. Me siento mucho más angustiada por ti y la terrible noticia que acabo de darte. ¿Estás bien? Ojalá estuviera ahí contigo para poder abrazarte.

—Si te soy sincera, ahora mismo no puedo decirte cómo me encuentro, porque no me parece real. Y puede que no me lo parezca hasta que llegue a casa. Intentaré coger un avión mañana mismo. ¿Se lo has dicho ya a las demás?

—Les he dejado miles de mensajes pidiéndoles que me llamen de inmediato.

—Volveré lo antes posible para echarte una mano, cariño. Estoy segura de que habrá muchas cosas que organizar para el funeral.

No tuve el valor de explicarle que ya estaba todo hecho.

—Será estupendo tenerte aquí. Ahora, si puedes, intenta dormir, Tiggy, y si necesitas hablar llámame, sea la hora que sea.

—Gracias. —Su voz trémula me dijo que se hallaba al borde de las lágrimas y que empezaba a asimilar la noticia—. Maia, sabes que no se ha ido, ¿verdad? Ningún espíritu muere, simplemente pasa a otro plano.

—Espero que tengas razón. Buenas noches, querida Tiggy.

—Sé fuerte, Maia. Hasta mañana.

Pulsé el botón para finalizar la llamada y me recosté en la cama, agotada y deseando compartir las fervientes creencias espirituales de Tiggy sobre la otra vida. Pero en aquellos momentos no se me ocurría una sola razón kármica por la que Pa Salt hubiera abandonado este mundo.

Puede que en otros tiempos hubiera creído que existía un dios, o por lo menos un poder que escapaba al entendimiento humano. Pero, en algún momento, aquel consuelo se había desvanecido.

Y, siendo sincera conmigo misma, sabía exactamente cuándo había ocurrido.

Ojalá pudiera aprender a sentir de nuevo y a dejar de ser una autómata que por fuera parecía un ser humano sereno y eficiente. El hecho de verme incapaz de reaccionar a la muerte de Pa con la emotividad que merecía demostraba de una forma clara la gravedad de mi problema.

Y aun así, cavilé, se me daba bien consolar a los demás. Sabía que todas mis hermanas me veían como el pilar de la familia, la persona a la que siempre podían acudir cuando tenían un problema. Maia, la práctica, la sensata y, como había dicho Marina, se suponía que era la «fuerte».

En realidad estaba más asustada que cualquiera de ellas. Mientras que todas mis hermanas habían abandonado el nido, yo me había quedado en Atlantis, escondiéndome tras la necesidad de que hubiera alguien allí ahora que Pa estaba envejeciendo. Y utilizando la excusa añadida de que encajaba a la perfección con la profesión que había elegido, que era muy solitaria.

Paradójicamente, teniendo en cuenta la vacuidad de mi vida personal, me pasaba los días inmersa en un mundo ficticio y con frecuencia romántico, traduciendo novelas del ruso y el portugués al francés, mi primera lengua.

Pa había sido el primero en reparar en mi don para imitar como un loro cualquier idioma en el que me hablara. Él era políglota, y le gustaba saltar de un idioma a otro y comprobar si yo podía hacer lo mismo. Cuando cumplí trece años, hablaba perfectamente francés, alemán e inglés —todas ellas lenguas de uso común en Suiza— y dominaba el italiano, el latín, el griego, el ruso y el portugués.

Sentía pasión por los idiomas, un reto inagotable, porque por muy buena que fuera, siempre podía ser mejor. Las palabras y el uso correcto de las mismas me absorbían, de ahí que cuando me llegó la hora de pensar qué quería estudiar en la universidad, la elección fuera obvia.

Había pedido consejo a Pa sobre los idiomas en los que debería centrarme.

Me miró pensativo.

—En realidad, Maia, te corresponde a ti decidirlo, pero quizá no deberías escoger el idioma que más domines actualmente, así aprovecharás tres o cuatro años en la universidad para perfeccionarlo.

—No sé, Pa —suspiré—. Me gustan todos. Por eso te lo pregunto.

—En ese caso, te hablaré desde un punto de vista práctico y te diré que a lo largo de los próximos treinta años el poder económico mundial experimentará un cambio radical. De modo que, si yo fuera tú, dado que ya hablas tres de los principales idiomas de Occidente, buscaría en otra parte.

—¿Te refieres a países como China y Rusia? —inquirí.

—Sí, y a la India y Brasil, por supuesto. Son naciones que tienen vastos recursos sin explotar y culturas fascinantes.

—La verdad es que el ruso me gusta mucho, y también el portugués. Es un idioma muy… —Recuerdo que busqué la palabra adecuada— expresivo.

—Pues ya lo tienes. —Pa sonrió y me di cuenta de que estaba satisfecho con mi respuesta—. ¿Por qué no estudias ambos? Con tu don natural para los idiomas, no te supondría un gran esfuerzo. Y te prometo, Maia, que con una o ambas de esas lenguas en tu haber, te comerás el mundo. Hoy día hay poca gente capaz de comprender lo que nos espera en el futuro. El mundo está cambiando y tú siempre estarás en la vanguardia.

Tenía la garganta seca. Me levanté de la cama y fui a la cocina para servirme un vaso de agua. Pensé en las esperanzas que Pa había depositado en que yo, armada con mis singulares aptitudes, saliera con aplomo al nuevo amanecer que él vaticinaba. Y en aquel entonces también yo pensaba que, casi con total seguridad, eso sería lo que haría. Lo que más deseaba en el mundo era que Pa estuviera orgulloso de mí.

Pero, como les sucede a muchas personas, la vida me había desviado de mi trayectoria inicial. Y en lugar de proporcionarme un trampolín al mundo, mis dones me habían permitido esconderme en mi hogar de la infancia.

Cada vez que mis hermanas venían a pasar unos días de descanso de sus variadas existencias a lo largo y ancho del planeta, se metían con mi vida ermitaña. Decían que corría el riesgo de convertirme en una solterona, porque ¿cómo esperaba conocer a alguien si me negaba a poner un pie fuera de Atlantis?

—Eres preciosa, Maia. Todo el mundo lo comenta cuando te conoce, pero prefieres estar aquí sola y desperdiciar tu belleza —me había reprendido Ally la última vez que la vi.

Y probablemente tuviera razón en lo de que era mi envoltorio lo que me hacía destacar. Venía de una familia de seis hermanas, así que a todas nos habían puesto etiquetas de pequeñas, el rasgo fundamental que nos hacía especiales:

Maia, la guapa; Ally, la líder; Star, la conciliadora; CeCe, la pragmática; Tiggy, la cuidadora; y Electra, la bola de fuego.

La pregunta era: ¿esos dones nos habían proporcionado éxito y felicidad?

Algunas de mis hermanas eran aún muy jóvenes y no habían vivido lo suficiente para saberlo o para que yo pudiera juzgarlo. En cuanto a mí, sabía que el «don» de la belleza había ayudado a provocar el momento más doloroso de mi vida, simplemente porque yo era entonces demasiado ingenua para comprender el poder que este ejercía. De modo que ahora lo ocultaba, y eso implicaba que yo también me escondiera.

Últimamente, cuando Pa venía a verme al Pabellón me preguntaba a menudo si era feliz.

—Claro que sí, Pa —respondía yo siempre.

Al fin y al cabo, daba la impresión de que tenía pocas razones para no serlo. Vivía rodeada de comodidades y con dos pares de brazos afectuosos a un tiro de piedra. Y, técnicamente, tenía el mundo a mis pies. No tenía ataduras, ni responsabilidades… Sin embargo, cuánto anhelaba tenerlas.

Sonreí al recordar a Pa animándome, hacía solo dos semanas, a que fuera a Londres a ver a mi vieja amiga del colegio. Y como quien me lo propuso fue él, y yo me había pasado mi vida adulta sintiendo que lo había decepcionado, acepté. Aunque no pudiera ser «normal», confié en que él pensaría que lo era si iba.

Así que me había ido a Londres… y había descubierto a mi regreso que él también se había ido. Para siempre.

Ya eran las cuatro de la madrugada. Regresé a mi cuarto y me tumbé, desesperada por conciliar el sueño. Pero era imposible. El corazón empezó a aporrearme el pecho cuando comprendí que, ahora que Pa había muerto, ya no podía utilizarlo de excusa para seguir escondiéndome allí. Tal vez incluso se vendiera Atlantis. Por supuesto, Pa jamás me había contado qué sucedería tras su muerte. Y que yo supiera, tampoco había les dicho nada a mis hermanas.

Hasta hacía unas horas, Pa Salt había sido omnipotente, omnipresente. Una fuerza de la naturaleza que nos había mantenido a todas a flote.

Pa solía llamarnos sus manzanas doradas. Maduras y perfectamente moldeadas, a la espera de ser arrancadas. Ahora habían zarandeado la rama y todas habíamos caído de forma brusca al suelo, sin una mano firme que detuviera nuestro descenso.

Oí que llamaban a la puerta y me levanté medio atontada para ir a abrir. Presa de la desesperación, unas horas antes, cuando empezaba a amanecer, había buscado los somníferos que me habían recetado hacía años y me había tomado uno. Al ver que el reloj del recibidor marcaba más de las once, lamenté haber sucumbido a la tentación.

Cuando abrí la puerta, el rostro preocupado de Marina apareció tras ella.

—Buenos días, Maia. Te he llamado al fijo y al móvil, pero como no contestabas he venido para asegurarme de que estás bien.

—Lo siento, me he tomado una pastilla y me ha dejado fuera de juego —confesé avergonzada—. Pasa.

—No, dejaré que te espabiles sin prisa. Cuando te hayas duchado y vestido, ¿te importaría venir a la casa? Tiggy ha llamado para decir que llegará a las cinco. Ha conseguido hablar con Star, CeCe y Electra, así que también ellas están en camino. ¿Sabes algo de Ally?

—Miraré el móvil y si no hay nada, volveré a llamarla.

—¿Estás bien, Maia? Tienes mala cara.

—Lo estaré, Ma, no te preocupes. Luego nos vemos.

Cerré la puerta y me dirigí al cuarto de baño para echarme agua fría en la cara y terminar de despertarme. Cuando me miré en el espejo comprendí por qué Marina me había preguntado si me encontraba bien. Durante la noche me habían aparecido arrugas alrededor de los ojos, debajo de los cuales tenía unas inmensas ojeras azuladas. El cabello oscuro, por lo general brillante, me colgaba lacio y grasiento a ambos lados de la cara. Y la piel, por lo habitual de un color miel tostada impecable y que apenas precisaba maquillaje, estaba hinchada y pálida.

—No creo que esta mañana sea precisamente la guapa de la familia —farfullé a mi reflejo antes de buscar el móvil entre las sábanas enredadas.

Tras desenterrarlo de debajo del edredón, vi que tenía ocho llamadas perdidas. Escuché las voces de mis hermanas, sus distintos mensajes de conmoción e incredulidad. La única que no había respondido aún a mi llamada era Ally. Hablé de nuevo con su buzón de voz y le pedí que me telefoneara lo antes posible.

En la casa encontré a Marina y a Claudia en el piso de arriba, cambiando las sábanas y ventilando las habitaciones de mis hermanas. Me fijé en que Marina, pese al dolor, se alegraba de que todas sus chicas regresaran al nido. Últimamente era muy difícil que las seis coincidiéramos bajo un mismo techo. La última vez había sido once meses antes, en julio, cuando hicimos un crucero por las islas griegas en el yate de Pa. En Navidad solo cuatro de nosotras estuvimos en casa, porque Star y CeCe estaban viajando por Extremo Oriente.

—He enviado a Christian con la lancha para que recoja la comida y las provisiones que he encargado —me informó Marina mientras bajaba la escalera tras ella—. Tus hermanas se han vuelto unas maniáticas. Tiggy es vegana, y a saber qué dieta de moda está siguiendo ahora Electra —rezongó, aunque parte de ella estaba disfrutando cada segundo de aquel inesperado caos que, sin duda, le recordaba los tiempos en que todas estábamos bajo su cuidado—. Claudia lleva en la cocina desde el alba, pero he pensado que esta noche haremos algo sencillo, como pasta y ensalada.

—¿Sabes a qué hora llega Electra? —le pregunté al llegar a la cocina, donde el delicioso olor del pan que estaba horneando Claudia me llevó de vuelta a la infancia.

—Probablemente después de medianoche. Ha conseguido un vuelo de Los Ángeles a París, y desde allí volará a Ginebra.

—¿Cómo estaba?

—Llorando —dijo Marina—. No podía controlarse.

—¿Y Star y CeCe?

—CeCe, como de costumbre, está encargándose de todo por las dos. No he hablado con Star. CeCe parecía conmocionada, la pobre, como si le hubieran cortado las alas. Hace solo diez días que regresaron de Vietnam. Come un poco de pan recién hecho, Maia. Estoy segura de que todavía no has dado ni un bocado esta mañana.

Marina me puso delante una rebanada generosamente untada de mantequilla y mermelada.

—Tiemblo al pensar en cómo van a tomárselo —murmuré antes de darle un bocado.

—Estarán como siempre y cada una se lo tomará a su manera —respondió ella con sabiduría.

—Y, claro, todas creen que vienen a casa para el funeral de Pa —dije con un suspiro—. Aunque habría sido un acontecimiento muy triste, por lo menos habría sido un rito de paso, una oportunidad para celebrar su vida, despedirnos y, con suerte, empezar a pasar página. Ahora llegarán a casa únicamente para descubrir que su padre ya no está.

—Lo sé, Maia, pero lo hecho hecho está —terció Marina con pesar.

—Imagino que, por lo menos, habrá amigos o socios a quienes debamos avisar.

—Georg Hoffman dijo que él se encargaría de todo. Esta mañana ha vuelto a telefonearme para saber cuándo estaríais todas aquí y venir a veros. Le he dicho que le informaría en cuanto habláramos con Ally. Tal vez él pueda arrojar algo de luz sobre el misterioso funcionamiento de la mente de vuestro padre.

—Bueno, espero que alguien pueda hacerlo —murmuré con gravedad.

—Y ahora, ¿te importa si te dejo sola? Tengo un millón de cosas que hacer antes de la llegada de tus hermanas.

—En absoluto, Ma —dije—. Y gracias. No sé qué haríamos sin ti.

—O yo sin vosotras.

Me dio unas palmaditas en el hombro y salió de la cocina.

4

Pasadas las cinco, después de dedicar la tarde a deambular por los jardines y luego a intentar traducir alguna página para dejar de pensar en Pa, oí el motor de la lancha en el embarcadero. Aliviada por que Tiggy hubiera llegado al fin y por no tener que seguir estando a solas con mis pensamientos, abrí la puerta del Pabellón y eché a correr por el césped para recibirla.

La observé bajar de la embarcación con elegancia. Cuando era pequeña, Pa le había sugerido en varias ocasiones que estudiara ballet, porque Tiggy no caminaba, flotaba. Su cuerpo alto y delgado se movía con tal ligereza que parecía que sus pies no tocaran el suelo. Poseía una presencia casi etérea, unos ojos grandes y cristalinos rodeados de espesas pestañas que dominaban un rostro con forma de corazón. Mientras la miraba, me sorprendió el parecido que guardaba con la frágil gama que con tanto celo había cuidado.

—Maia, cariño —dijo tendiendo los brazos hacia mí.

Nos fundimos en un abrazo silencioso. Cuando se apartó, vi que tenía los ojos inundados de lágrimas.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Conmocionada, paralizada… ¿Tú?

—Igual. Todavía no me lo creo.

Echamos a andar hacia la casa cogidas de los hombros. Al llegar a la terraza, Tiggy se detuvo en seco y se volvió hacia mí.

—¿Está Pa en…? —Clavó la vista en la casa—. Si está, necesito un minuto para prepararme.

—No, Tiggy, ya no está aquí.

—Oh, supongo que se lo habrán llevado a… —La voz se le quebró.

—Entremos en casa. Te lo explicaré todo frente a una taza de té.

—He intentado sentirlo, ¿sabes?… Me refiero a su espíritu —dijo Tiggy con un suspiro—. Pero solo siento un vacío. Dentro no hay nada.

—Puede que sea demasiado pronto para sentir algo —la consolé. Estaba acostumbrada a las ideas extrañas de Tiggy y no quería echarlas por tierra con mi busco pragmatismo—. Yo, desde luego, no puedo —añadí mientras entrábamos en la cocina.

Claudia estaba ante el fregadero y cuando se volvió hacia Tiggy —que yo siempre había sospechado que era su favorita— vi compasión en sus ojos.

—¿No es terrible? —dijo Tiggy estrechándola con fuerza.

Era la única de nosotras que se sentía lo bastante cómoda con Claudia para abrazarla.

—Lo es —convino ella—. Id al salón. Enseguida os llevo una taza de té.

—¿Dónde está Ma? —preguntó Tiggy mientras recorríamos la casa.

—Arriba, dando los últimos retoques a vuestras habitaciones. Imagino, además, que querrá dejarnos un rato a solas —respondí cuando nos sentábamos.

—¿Estaba aquí? ¿Estuvo con Pa hasta el final?

—Sí.

—Pero ¿por qué no nos llamó enseguida? —preguntó mi hermana, igual que lo había hecho yo.

Pasé la siguiente media hora dando respuesta a las mismas preguntas con las que yo había bombardeado a Marina el día anterior. También le conté que el cuerpo de Pa ya reposaba en el mar, en un ataúd de plomo, convencida de que se indignaría tanto como yo. Tiggy, sin embargo, se limitó a encogerse de hombros, comprensiva.

—Quería regresar al lugar que amaba y que su cuerpo descansara allí para siempre. En cierto modo, Maia, me alegro de no haberlo visto… sin vida, porque ahora siempre podré recordarlo tal como era.

La miré asombrada. Teniendo en cuenta que era la más sensible de las seis hermanas, era evidente que la noticia de la muerte de Pa no la había afectado —al menos en apariencia— tanto como yo esperaba. Su melena, castaña y abundante, brillaba alrededor de su rostro, y sus enormes ojos marrones, con su habitual expresión inocente, casi asustada, chispeaban. El enfoque sereno de Tiggy me hizo confiar en que tal vez el resto de mis hermanas reaccionaran con igual optimismo, aunque yo no pudiera.

—Es curioso, pero tienes un aspecto fantástico, Tiggy —dije, dando voz a mis pensamientos—. Por lo visto el aire puro de Escocia te sienta bien.

—Y que lo digas —convino—. Después de toda una infancia sin poder salir de casa, tengo la sensación de que me han soltado en plena selva. Adoro mi trabajo, aunque es duro, y la casita donde vivo es increíblemente básica. Ni siquiera tiene el retrete dentro.

—Uau. —Admiraba su capacidad de renunciar a las comodidades con tal de perseguir su sueño—. Entonces, ¿te gusta más que trabajar en el laboratorio del zoo de Servion?

—Desde luego. —Tiggy enarcó una ceja—. Para serte franca, aunque era un buen empleo, lo detestaba, porque no trataba directamente con los animales, solo analizaba su estructura genética. Supongo que crees que estoy loca por renunciar a una carrera prometedora para patearme las Highlands día y noche por un sueldo ridículo, pero me resulta mucho más gratificante.

Levantó la vista y sonrió cuando Claudia entró en el salón con una bandeja y la dejó en la mesita de centro antes de retirarse.

—No creo que estés loca, Tiggy. En serio, lo entiendo muy bien.

—De hecho, hasta que anoche hablamos por teléfono, era más feliz de lo que lo he sido nunca.

—Eso es porque has encontrado tu vocación, estoy segura. —Sonreí.

—Por eso y… por otras cosas —reconoció al tiempo que un leve rubor aparecía en sus delicadas mejillas—. Pero ya te lo contaré en otro momento. ¿A qué hora llegan las demás?

—CeCe y Star estarán aquí en torno a las siete, y Electra llegará de madrugada —contesté sirviendo dos tazas de té.

—¿Cómo reaccionó Electra cuando se lo dijiste? —preguntó Tiggy—. Aunque no hace falta que me lo digas, puedo imaginármelo.

—En realidad fue Ma quien habló con ella. Creo que se puso a llorar a gritos.

—Típico de ella. —Tiggy bebió un sorbo de té. De pronto soltó un suspiro y su mirada se apagó—. Qué extraño es todo esto. Tengo la sensación de que Pa va a entrar en cualquier momento, pero está claro que ya nunca lo hará.

—No —convine con tristeza.

—¿Hay algo que debamos hacer? —preguntó, y se levantó bruscamente del sofá para acercarse a la ventana—. Siento que deberíamos estar haciendo… algo.

—Al parecer el abogado de Pa vendrá cuando estemos las seis y nos lo explicará todo, pero de momento… —Me encogí de hombros, impotente—. Lo único que podemos hacer es esperar a las demás.

—Supongo que tienes razón.

Tiggy apoyó la frente en el cristal.

—Ninguna de nosotras lo conocía de verdad, ¿no es así? —dijo en voz baja.

—No —admití.

—Maia, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Alguna vez has querido saber de dónde vienes? ¿Quiénes eran tus verdaderos padres?

—Desde luego que se me ha pasado por la cabeza, Tiggy, pero Pa lo ha sido todo para mí. Él era mi padre. Supongo que por eso nunca he necesitado, o deseado, ir más allá.

—¿Crees que te sentirías culpable si tuvieras la necesidad de averiguarlo?

—Puede —contesté—. Pero yo siempre he tenido suficiente con Pa, y no puedo imaginar un padre más cariñoso o atento.

—Te entiendo. Entre vosotros siempre hubo un vínculo especial. Quizá sea algo que siempre ocurre con el primogénito.

—Las seis teníamos una relación especial con él. Pa nos quería a todas.

—Sí, sé que Pa me quería —dijo Tiggy con calma—, pero eso no me ha impedido querer conocer mis orígenes. Alguna vez pensé en preguntárselo, pero no deseaba disgustarlo, así que no lo hice. Y ahora ya es demasiado tarde. —Ahogó un bostezo—. ¿Te importa si subo a mi cuarto a descansar un rato? No sé si será el impacto retardado o que hace semanas que no tengo un día libre, pero estoy agotada.

—Claro que no. Sube a tumbarte, Tiggy.

La observé flotar por el salón hasta la puerta.

—Hasta luego.

—Que duermas bien —dije.

Me quedé sola de nuevo. Y extrañamente irritada. Quizá el problema fuera mío, pero el caso es que, de repente, la naturaleza etérea de Tiggy, ese aire de estar un poco alejada de todo lo que sucedía a su alrededor, me parecía más pronunciada. No sabía muy bien qué quería de ella; al fin y al cabo, había estado temiéndome la reacción de mis hermanas ante la noticia. Debería alegrarme de que, en apariencia, Tiggy lo llevara tan bien.

¿O acaso el verdadero motivo de mi malestar era que todas mis hermanas se habían forjado una vida más allá de Pa Salt y de su hogar de la infancia, mientras que Atlantis y él habían sido todo mi mundo?

Star y CeCe bajaron de la lancha justo después de las siete, y yo ya estaba en el embarcadero para recibirlas. Poco dada a las muestras de afecto, CeCe dejó que la abrazara un breve instante antes de apartarse.

—Qué noticia tan horrible, Maia —dijo—. Star está muy afectada.

—Lo imagino. —Me fijé en Star, que esperaba detrás de su hermana aún más pálida de lo habitual—. ¿Cómo estás, cariño? —le pregunté tendiéndole los brazos.

—Destrozada —susurró y, durante unos segundos, apoyó la cabeza, con su maravillosa melena del color de la luna llena, sobre mi hombro.

—Por lo menos estamos juntas —dije mientras Star se apartaba de mí y volvía junto a CeCe, que de inmediato la rodeó una vez más con su brazo fuerte y protector.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó esta cuando las tres echamos a andar hacia la casa.

De nuevo, las llevé hasta el salón y las senté. Y de nuevo, repetí las circunstancias de la muerte de Pa y su deseo de tener un funeral íntimo, sin la presencia de ninguna de nosotras.

—Entonces, ¿quién se encargó de tirar a Pa por la borda? —preguntó CeCe, fría y lógica como solo mi cuarta hermana podía serlo.

Yo sabía que no pretendía ser insensible. Simplemente, necesitaba información.

—La verdad, no se me ocurrió preguntarlo, pero estoy convencida de que podemos averiguarlo. Seguro que fue un miembro de la tripulación del Titán.

—¿Y dónde lo hicieron? —continuó CeCe—. ¿Cerca de St. Tropez, donde estaba amarrado el yate, o mar adentro? Imagino que mar adentro.

Su necesidad de conocer los detalles hizo que tanto Star como yo nos estremeciéramos.

—Ma dice que lo metieron en un ataúd de plomo que ya estaba en el Titán. Pero ignoro dónde ocurrió —dije con la esperanza de que el interrogatorio de CeCe terminara ahí.

—Imagino que ese abogado nos dirá exactamente qué hay en el testamento —insistió.

—Sí, supongo.

—Por lo que sabemos, ahora mismo podríamos estar en la indigencia —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Recuerdas lo obsesionado que estaba Pa Salt con que todas nos ganáramos la vida por nosotras mismas? No me extrañaría que se lo hubiera dejado todo a una asociación benéfica —añadió.

Aunque entendía que la innata falta de tacto de CeCe era más acentuada en ese momento porque seguramente la ayudaba a sobrellevar su propio dolor, había llegado a mi límite. En lugar de responder a su comentario, me volví hacia Star, que permanecía sentada en el sofá junto a su hermana sin abrir la boca.

—¿Cómo te sientes? —le pregunté con dulzura.

—Estoy…

—Conmocionada, como todas nosotras —la interrumpió CeCe—. Pero lo superaremos juntas, ¿verdad? —Su mano fuerte y morena estrechó los dedos delgados y pálidos de Star—. Es una verdadera pena, porque estaba a punto de darle a Pa una buena noticia.

—¿Qué noticia? —pregunté.

—Me han ofrecido una plaza en un curso preparatorio de un año en el Royal College of Art de Londres. Empiezo en septiembre.

—Es fantástico, CeCe —dije.

Aunque en realidad yo nunca había entendido sus extrañas «instalaciones», como CeCe las llamaba, porque prefería un estilo de arte más clásico, sabía que eran su pasión y me alegraba por ella.

—Estamo ...