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LAS SOMBRAS DE QUIRKE (QUIRKE 7)

Benjamin Black

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Fragmento

1.

Una espléndida mañana de mediados de junio, David Sinclair tuvo la intuición de que ejercía la profesión equivocada. Tenía treinta y cuatro años y, tras ocho dedicados a formarse, era candidato al puesto de director del departamento de Patología del hospital de la Sagrada Familia en sustitución de su jefe, Quirke, ausente por una baja por enfermedad que le habían prorrogado y que, si había justicia, sería permanente. Durante aquellos ocho años, no había cesado de preguntarse, o eso le parecía, si realmente deseaba ser patólogo. Tampoco recordaba haber decidido cuando estaba en el colegio que dedicaría su vida a aquello: hacer incisiones en el vientre de los cadáveres, cortarles las costillas y serrarles el esternón, con la nariz impregnada de sus horribles olores, las manos pegajosas de sangre coagulada. ¿Qué era lo que solía decir Quirke? «Abajo, entre los muertos.» ¿Era allí donde de verdad quería pasar su vida?

El laboratorio de Patología era una cueva sin ventanas situada en el sótano. Hileras de luces fluorescentes en el techo emitían un débil zumbido incesante, que aquel día le estaba perforando las sienes. Sabía que afuera brillaba el sol. Chicas con vestidos de verano paseaban junto al río, los cisnes nadaban en el agua y las banderas ondeaban en la brisa cálida. En Grafton Street, un delicioso aroma a granos de café tostados escaparía por la puerta abierta del Café Oriental Bewley, los chavales que vendían periódicos estarían voceando los últimos titulares, y se escucharía el sonido de los cascos de los caballos sobre los adoquines y los gritos de las vendedoras en los puestos de flores. Verano. Multitud. Vida.

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El cuerpo sobre la mesa de autopsias era de un joven de poco más de veinte años, de constitución delgada. Estaba terriblemente quemado y olía a gasolina y a carne chamuscada. En Phoenix Park, con la primera luz de la mañana, habían sido precisos tres miembros del cuerpo de bomberos para sacarle con cuidado del amasijo de hierros aún humeantes de su coche, un Wolseley que se había salido de la carretera que atravesaba el parque, había chocado contra un árbol y estallado en llamas. Un ciclista aficionado que se había despertado temprano para pedalear en su bicicleta de carreras se topó con la escena; para entonces el fuego se había extinguido, pero una densa columna de humo negro aún escapaba del capó abierto del coche.

Un suicidio, según el agente de la Garda[1] que acompañó a los hombres de la ambulancia. El año anterior se habían producido tres casos similares de jóvenes desesperados que deliberadamente estrellaron sus coches a gran velocidad contra obstáculos de gran dureza; eran tiempos difíciles para la juventud, con el desempleo creciendo a un ritmo preocupante. El propio policía era joven, apenas debía de tener veinte años, y se le veía sobrecogido a pesar de su aire displicente. Sinclair sospechó que era el primer caso que le habían asignado con un muerto o por lo menos con un cadáver en aquel estado: abrasado, con la ropa reducida a cenizas salvo algunos jirones ennegrecidos, la carne crujiente como beicon frito, los ojos fuera de las cuencas.

—¿Alguna identificación? —había preguntado Sinclair.

El agente se había encogido de hombros y se había echado hacia atrás la gorra con la brillante visera negra. Tenía el cabello claro, las pestañas rubias.

—Nos hemos puesto en contacto con el ayuntamiento para comprobar la matrícula —parecía incapaz de apartar la mirada de la entrepierna del muerto y de la cosa negra y arrugada que había allí, como un pequeño dedo doblado—. Pobre desgraciado. Espero que estuviera inconsciente cuando empezó el fuego.

—Sí —había dicho Sinclair.

Ya habían pasado dos horas desde entonces y hacía tiempo que el policía se había ido. Con el ceño fruncido, Sinclair observaba la apergaminada y ennegrecida calavera y la profunda contusión sobre la sien izquierda.

Inconsciente. ¿De verdad?

Los árboles de Ailesbury Road parecían palpitar bajo la luz del sol, grandes copas bulbosas de hojas titilando en la neblina grisácea de la calima. Quirke miraba la calle desde una esquina de la alta ventana de guillotina. Desde hacía un tiempo su cerebro se detenía a veces con un seco chasquido, igual que una locomotora de vapor que frenara durante la noche en medio de la nada. Sabía que era imposible no pensar, que la mente estaba activa incluso durante el sueño, por profundo que este fuese, pero al final de aquellos episodios en blanco, cuando la pobre y vieja maquinaria se ponía en marcha de nuevo, él intentaba regresar a tientas al oscuro lugar donde se había detenido para descubrir qué había pasado allí, a menudo con muy poco éxito.

Philbin, el especialista del cerebro, le había dicho que los últimos lapsos tal vez fuesen fruto de la inactividad y de un estado de agitación general combinados con la tensión nerviosa. En otras palabras, pensó Quirke, me siento bajo presión y estoy aburrido… Y para diagnosticar eso se necesita a un especialista. Perfecto.

Durante meses había sufrido alucinaciones y lo que Philbin denominaría más tarde crisis de ausencia, hasta que al fin se dio por vencido y decidió ir al médico para ver si podía hacerse algo al respecto. Para entonces estaba seguro de que tenía un tumor cerebral, pero Philbin le mostró las radiografías y estaban limpias. Su hipótesis era que existía una lesión en el lóbulo temporal, de ahí las lagunas mentales y los delirios ocasionales. Se trataba probablemente de una vieja cicatriz, dijo Philbin; tan vieja, suponía Quirke, como la leve cojera que arrastraba desde la seria paliza que le dieron un par de matones a sueldo una húmeda noche de invierno de hacía años. Así regresa el pasado para acosarnos.

—Descansa —le había dicho Philbin, asintiendo juiciosamente—. Tan solo descansa, intenta relajarte, mantente alejado de los problemas y te encontrarás fresco como una rosa.

Philbin tenía una cabeza larga y estrecha, cuya parte superior dibujaba una curva brillante y algo aplanada, como la corteza de una hogaza. Estaba calvo, excepto por una franja de cabello de un negro sospechoso —¿se lo teñía?— en la parte posterior del cráneo. Cuando inclinaba la cabeza, un pequeño rombo de luz plateada se deslizaba sobre la lisa y pálida bóveda, dibujando una tenue estrella fugaz. Aunque Quirke y él fueron compañeros de universidad, nunca habían sido amigos. Quirke no valoraba demasiado la amistad, ni siquiera en su juventud.

—¿Y mi trabajo? —había preguntado Quirke—. ¿Cuándo podré incorporarme?

Philbin había comenzado a juguetear con los papeles sobre la mesa. Su mirada se volvió vaga.

—Ya veremos. De momento, tómatelo con calma, como te he dicho, y permanece sobrio.

Quirke había hecho caso: se lo había tomado con calma, había descansado y solo había bebido vino, y solo en la cena. Tenía pastillas para dormir y otras pastillas para no alterarse cuando estaba despierto. Y así los días pasaban despacio y cada uno era prácticamente idéntico a los demás. Se sentía como un Robinson Crusoe que hubiese envejecido en la isla.

Mal, su hermano adoptivo, y la esposa de Mal, Rose, habían insistido en que se quedara con ellos un tiempo para recuperarse, y él, aun sin estar del todo seguro, había aceptado. No se veía a sí mismo como un convaleciente, pero sabía que no se encontraba bien. Su humor variaba como un péndulo defectuoso: tan pronto estaba hundido en el más profundo abatimiento como, al instante siguiente, bullía de impaciencia por regresar al mundo, por volver a su vida. No obstante, cuando pensaba en el hospital donde los últimos veinte años había trabajado en una habitación mal ventilada en el sótano, se le encogía el corazón.

Si no regresaba, ¿qué haría? Incluso desde aquella distancia podía oír cómo su ayudante, Sinclair, se frotaba las manos ante la perspectiva de ocupar su silla.

Aunque no lo mostrara, apreciaba a Sinclair, pero de ninguna manera iba a permitir que se quedara con su puesto. No, esperaría el momento adecuado y cuando llegara el día tomaría un taxi al hospital de la Sagrada Familia y descendería al laboratorio por las anchas escaleras de mármol. Colgaría su sombrero del perchero, se sentaría en su silla, colocaría los pies sobre la mesa y pondría a su ayudante en su sitio sin miramientos.

Escuchó abrirse la puerta a su espalda. No se movió. Por los pasos sabía quién era.

—Pareces un hombre a punto de saltar desde el alféizar —dijo Rose.

Quirke se dio la vuelta. Rose ya no era joven, pero aún era una mujer atractiva: delgada, elegante, erguida, con una sonrisa serena y una mirada burlona. Se habían acostado en una ocasión, solo una, hacía mucho tiempo. Ahora ella estaba casada con Mal. A Quirke todavía le parecían una pareja insólita, pero a Quirke todas las parejas le parecían insólitas.

Rose se aproximó y se quedó a su lado, en la otra esquina de la ventana, y juntos observaron la ancha calle soleada.

—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó ella con su lánguido deje; ese porte suyo de belleza sureña nunca envejecería. Quirke movió la cabeza de un lado a otro. Rose lo miró con el ceño fruncido—: Sales muy poco, ¿nunca sientes claustrofobia?

—Todo el rato, especialmente cuando estoy fuera.

—Cómo eres —repuso ella, y se rio.

Cruzó la habitación hacia la chimenea y sacó un cigarrillo de una caja dorada que había sobre la repisa. Quirke la observaba. Siempre le había intrigado cómo sería su vida con Mal, y desde que vivía con ellos su curiosidad había aumentado. Cuando marido y mujer estaban juntos, por ejemplo durante la comida o sentados en el salón al atardecer, hablaban con lo que a Quirke le parecían banales frases hechas, como si no tuvieran nada que decirse. Otorgándoles el beneficio de la duda, pensó que tal vez era un efecto de la atmósfera anquilosada de la casa, que había sido una embajada antes de que Mal y Rose la compraran. Y además estaba su propia presencia, que sin duda los cohibía. Quizá cuando se quedaban solos se comportaban de una forma absolutamente distinta, con una intimidad que a Quirke le resultaba difícil figurarse. Intentaba no especular sobre lo que hacían en la cama: Mal y Rose abrazándose, desnudos y sudorosos, dejándose llevar por la pasión… No, no podía imaginárselo, simplemente no podía. La idea era demasiado extraña, demasiado triste y también muy divertida.

—¿Cómo te encuentras hoy? —inquirió Rose. Se lo preguntaba todos los días—. Veo que ya no pasas la mitad de la mañana con esa bata horrible.

—¿Horrible? Siempre he pensado que me daba cierto aire a Noël Coward.

—No, Quirke, me temo que no. Más bien te da cierto aire a un viejo alcohólico en dique seco o, como decís aquí, haciendo una cura.

Rose no se mordía la lengua.

—La bebida no es el problema en esta ocasión —dijo Quirke—. En esta ocasión me han dicho que estoy enfermo.

—Tú no estás enfermo. La gente como nosotros no se toma la molestia de enfermar, Quirke.

Él giró el rostro de nuevo hacia la ventana, hacia la calle. Rose se quedó mirándolo con cariñoso escepticismo.

—Venga, dime la verdad: ¿cómo te encuentras? —le preguntó, con un brazo doblado sobre el pecho, mientras que con la otra mano sujetaba el cigarrillo.

—La verdad es que no lo sé. Tengo la sensación de que la mitad del tiempo mi cerebro está muerto.

—¿Y la otra mitad?

Él permaneció en silencio unos instantes, sacó sus propios cigarrillos y encendió uno.

—Me cuesta sentirme vivo. Me siento paralizado, como si algo dentro de mí se hubiese apagado.

—El médico dijo que te pondrías bien, ¿no es cierto?

—Para serte sincero, no creo que el problema sea la lesión en mi cerebro, no creo que sea eso. Algo me ha sucedido, algo ha… desaparecido.

—Tal vez deberías irte a algún sitio, tomarte unas vacaciones.

Él la miró.

—Rose, ¡por favor!

Ofendida, ella inhaló una furibunda calada de su cigarrillo, alzó la barbilla y expulsó una delgada y veloz columna de humo hacia el techo.

—Eres imposible, Quirke, ¿lo sabías?

—¿A ti te parezco imposible? Imagina cómo es para mí, que no puedo escapar de mí mismo.

Rose golpeó el suelo con el pie, clavando el tacón en la alfombra persa.

—Me sacas de quicio —dijo—. A veces me dan ganas de zarandearte.

—Lo siento, solo era una broma.

—¿Bromear, tú? Por favor, ni te molestes.

Él esbozó una pequeña reverencia, concediéndole ese punto.

—No debería haber dejado que me convencieseis para quedarme aquí con vosotros. Sabía que no funcionaría… Aunque vuestra invitación fue muy amable, desde luego —añadió, y en su tono había una afilada ironía.

—¿Por qué aceptaste entonces?

—Porque fuiste tú quien me lo pidió.

Ambos desviaron la vista y permanecieron en silencio. Lo que existió entre ellos en otro tiempo se agitó y centelleó como un pez en un estanque profundo y umbrío.

Rose se sentó en el brazo de una butaca tapizada en brocado y colocó el cenicero en equilibrio sobre su rodilla.

—Mal está en el jardín, jugando a ser jardinero. ¿Has visto su nuevo sombrero para el sol? Le da un aire entre jornalero y lámpara —hizo una pausa, mientras miraba alrededor con irritada impaciencia—. Tal vez soy yo quien debería tomarse unas vacaciones. Cojamos el coche, Quirke, solo nosotros, tú y yo, y vayamos a… no sé. Montecarlo. Marrakech. Tombuctú —hizo una nueva pausa—. ¿Nunca te hartas de esta ciudad de mala muerte? ¿De este país de mala muerte?

Él se rio y una nube de humo de su cigarrillo lo envolvió.

—Continuamente.

—Entonces ¿por qué te quedas?

—No lo sé. Mi vida, tal como ha sido, ha transcurrido aquí.

—Dios santo, Quirke, ¿siempre tienes que hablar en pasado, como si ya todo hubiese sucedido y terminado?

—O como si nunca hubiese empezado.

Ella entrecerró los ojos. En la boquilla de su cigarrillo había una mancha de carmín.

—¿Qué harías si ahora mismo me acercara a ti y te dijera que me besaras? —él volvió la cabeza despacio y la miró—. ¿Y? —preguntó ella con un airado estremecimiento.

Él desvió la vista de nuevo hacia la calle.

—La última vez que estuve en el San Juan de la Cruz en dique seco había un tipo a quien su esposa acudía a visitar todos los días… Todos, sin excepción. Él no era joven, tendría mi edad. Ella tampoco era joven, no muy atractiva, un poco desaliñada, ya imaginas el tipo. Formaban una pareja corriente. Pero cada vez que ella entraba en la cafetería, que era donde nos encontrábamos con nuestros visitantes, lo primero que hacía siempre era sujetar la cara de él entre las manos y besarle en la boca apasionadamente, como si fuesen una pareja de jóvenes amantes y llevasen semanas sin verse ni acariciarse.

Quirke se aproximó a Rose y aplastó la colilla en el cenicero que había sobre el brazo de la butaca donde estaba sentada.

—Bonita historia —dijo Rose, alzando la vista hacia él. Su voz ya no sonaba irritada, sino melancólica.

—Lo más extraño era el impacto que nos causaba a los demás.

—¿Cómo era?

—Nos sentíamos un poco incómodos y guasones y desdeñosos…, ese tipo de cosas, ya te puedes imaginar. Pero lo que sentíamos con mayor intensidad era tristeza. Simplemente eso, tristeza. Eso no habría pasado de hecho si ellos hubiesen sido jóvenes y guapos… Imagino que entonces habríamos estado celosos. Pero no, nos sentíamos tristes —de pie junto a la chimenea, Quirke hablaba con los ojos fijos en la alfombra y las manos en los bolsillos—. Creo que lo que veíamos en ellos, en aquella pareja de cuarentones que estaban allí besándose, era el reconocimiento de lo que nosotros habíamos perdido o que nunca habíamos tenido… Todas las posibilidades de la vida que habían pasado de largo, que nosotros habíamos dejado pasar sin ni siquiera extender una mano para detenerlas, para aferrarlas. No me malinterpretes, esa tristeza no era un sentimiento lacerante. Era como… como uno de esos jirones de bruma que te atraviesan en un día caluroso, provocándote un escalofrío y dejándote con una sensación de frío que antes no tenías —calló durante un instante—. Lo siento, ¿estoy siendo melodramático? A veces me oigo hablar y tengo la sensación de que es otra persona quien dice estas cosas. Tal vez se me está derritiendo el cerebro.

Inquieto y contrariado, frunció el ceño. Rose se levantó de la silla, se aproximó a él y puso una mano sobre su mejilla. El hombre no alzó la mirada.

—Ay, Quirke, ¿qué vamos a hacer contigo, pobre infeliz? —dijo con suavidad mientras movía la cabeza.

Sonó un golpe en la puerta. Rose no separó la mano y, acariciándole, dijo:

—Adelante.

Era Maisie, la criada, una chica huesuda y pelirroja de rostro sonrosado. Los miró sorprendida un instante, ambos muy juntos frente a la gran chimenea de mármol, y luego su rostro mudó rápidamente en una máscara inexpresiva.

—Hay una persona que quiere ver al doctor Quirke, señora —dijo.

Rose apartó, por fin, su mano de la mejilla de Quirke.

—¿Quién es, Maisie?

Ruborizada, la chica se mordió el labio inferior.

—Lo siento, señora, olvidé preguntarlo.

—Maisie, Maisie, Maisie —repitió Rose con hastío y, cerrando los ojos, suspiró—. No sé cuántas veces te he dicho que tienes que preguntarlo siempre. Si no lo haces, no podemos saber de quién se trata y eso puede ocasionar situaciones incómodas.

—Lo siento, señora.

Rose se volvió hacia Quirke.

—¿Quieres que baje?

—No, no —repuso Quirke—, ya voy yo.

David Sinclair aguardaba de pie en el vestíbulo. Vestía unos arrugados pantalones de lino y un chaleco de cricket sobre una camisa blanca algo sucia. Un mechón de su cabello, muy negro y levemente ondulado, le caía sobre el ojo izquierdo. Era el novio de Phoebe, la hija de Quirke. Quirke no sabía qué comportaba ser su novio, pero hacer conjeturas al respecto le interesaba tan poco como hacer conjeturas sobre lo que sucedía en el dormitorio de Mal y Rose. Le habría gustado que Sinclair no optara a su puesto. Eso hacía que la relación entre ellos, de por sí complicada, lo fuese aún más.

—Lamento presentarme de esta manera —dijo Sinclair, aunque no aparentaba lamentarlo en absoluto—. No encontraba el número de teléfono de la casa y la operadora se negó a dármelo.

—No pasa nada —replicó Quirke—. ¿Qué sucede?

Percibió cómo Sinclair miraba detenidamente alrededor: la mesa antigua, el gran espejo dorado sobre ella, el pie de elefante atestado con un surtido de bastones, un Jack Yeats enmarcado en la pared, un pequeño y discreto cuadro abstracto de Mainie Jellett en un nicho. Quirke desconocía el medio social del que procedía Sinclair, tan solo sabía que era judío y que tenía parientes en Cork. El chaleco de cricket, que era un toque de abolengo, parecía un anacronismo. ¿Jugaban al cricket los judíos? Quizá lo llevara como una especie de guiño irónico.

—Quería pedirle consejo —dijo Sinclair. Sujetaba entre las manos un baqueteado sombrero de paja, que hacía girar por el ala—. Esta mañana temprano trajeron a un joven. Estrelló su coche contra un árbol en Phoenix Park, el coche se incendió. La policía piensa que se trata de un suicidio. El cadáver está en bastante mal estado.

—¿Le ha hecho la autopsia? —preguntó Quirke.

Sinclair asintió.

—Pero hay un golpe en el cráneo, justo aquí —se tocó con el dedo un lado de la cabeza, sobre la oreja izquierda.

—Sí, ¿y?

—Tiene asimismo heridas muy profundas en la frente, allí donde debió de golpearse con el volante cuando el coche chocó con el árbol. Probablemente son las que lo mataron o en cualquier caso lo dejaron inconsciente. Pero esa magulladura en un lado de la cabeza… No sé.

—¿Qué es lo que no sabe? —a Quirke le satisfizo comprobar con qué facilidad y rapidez había recuperado su tono de autoridad, la brusquedad, el tenue eco de altanera impaciencia. Si has de estar al mando, debes aprender a ser actor.

—No sé cómo pudo hacerse eso en el choque —dijo Sinclair—. Quizá me equivoco.

Quirke contempló el reflejo de ambos en el espejo inclinado, o lo que alcanzaba a ver: su propio hombro y una oreja, y la acicalada parte posterior de la cabeza de Sinclair. Era extraño, pero cada vez que se miraba en un espejo creía escuchar una especie de repique musical, un lejano y leve tintineo cristalino. Se preguntó por qué sería. Parpadeó. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué había dicho él? Entonces lo recordó.

—Así que hay una contusión en el cráneo que a usted le parece sospechosa —dijo exhibiendo una brusquedad aún mayor—. ¿Piensa que ya estaba ahí antes de que el coche chocara? ¿Que es obra de alguien? ¿Que alguien le golpeó en la cabeza y le dejó inconsciente?

Sinclair arrugó la frente.

—No lo sé —dijo y frunció los labios—. Solo que… hay algo extraño. Es una sensación que tengo, probablemente no sea nada, pero…

Si creyera que no es nada, no habría venido hasta aquí para contármelo, pensó Quirke irritado.

—¿Y qué quiere que haga yo? —repuso.

Sinclair bajó la mirada hacia sus zapatos.

—Pensé que podría acercarse a echar un vistazo y decirme qué le parece.

Se hizo un silencio. Quirke sintió un pellizco de pánico, como si una llama le hubiese rozado la piel. La idea de volver al hospital después de tanto tiempo hizo que se le secara la boca. Pero ¿cómo podía negarse? Contempló a su ayudante con los ojos entrecerrados. ¿Quería el joven, en verdad, su opinión? ¿O estaba comprobando si su jefe nunca más volvería al trabajo, dejándole el camino libre para reclamar su puesto?

—De acuerdo —dijo Quirke—. ¿Tiene coche?

Sinclair asintió; no era aquella la respuesta que deseaba, decidió Quirke.

Rose Griffin apareció en el rellano que había sobre sus cabezas.

—¿Va todo bien? —preguntó, inclinándose sobre la barandilla.

—Sí —contestó Quirke con brusquedad—. Voy a salir. No tardaré.

Rose se quedó mirándolos mientras atravesaban el vestíbulo y cerraban la puerta principal tras ellos. En los dos meses que llevaba allí, Quirke apenas había salido. Ella, que nunca había sido madre, se sintió como si acabase de ver partir a su único hijo hacia la primera etapa de un largo y peligroso viaje.

2.

El coche de Sinclair era un Morris Minor prematuramente envejecido. Había sufrido un prolongado maltrato, ya que Sinclair era un pésimo conductor. Se sentaba al volante con el asiento tan atrás como era posible y, envarado y con los codos estirados como si manejara el coche a distancia, pisaba al azar y con gran fuerza los pedales y movía la palanca de cambios como si estuviese desatascando una tubería. A lo largo de las calles arboladas del sur de la ciudad, el coche entraba y salía de las balsas de sombra y, cada vez que emergía, la luz del sol resplandecía en el capó y centelleaba en el cristal del parabrisas.

Al aproximarse a los muelles les llegó el hedor del río; un poco más adelante sintieron la fragancia densa y empalagosa de la malta que se tostaba en la fábrica de Guinness. No habían intercambiado una sola palabra desde que dejaron Ailesbury Road; nunca tenían gran cosa que decirse. A pesar de sus recelos, Quirke sentía un respeto sincero hacia la profesionalidad de Sinclair. Desconfiaba de él, no como médico, sino como hombre, y sospechaba que aquel sentimiento era mutuo. Casi nunca hablaban de Phoebe y hasta era raro que mencionaran su nombre.

Quirke entró en el hospital con las palmas de las manos húmedas y el corazón latiéndole con fuerza. La misma sensación que solía tener al final del verano, cuando el comienzo del curso escolar estaba a la vuelta de la esquina. Reconoció el olor familiar a medicinas, a vendas, a desinfectante y a otras cosas indescriptibles. La nueva chica de recepción sonrió a Sinclair, pero a él no le prestó ninguna atención. Los pasos de ambos resonaron mientras descendían por los escalones de mármol hacia los consabidos pasillos, las paredes pintadas del color de los mocos y las losetas de caucho caramelo oscuro, que chirriaron bajo sus pies. Se alegró al notar que, a pesar del tiempo transcurrido, su despacho conservaba un tufo rancio a cigarrillos y también a él. Tocó el respaldo de la silla giratoria tras la mesa, pero se sintió cohibido ante la idea de sentarse en ella. Lanzó su sombrero al perchero, falló y el sombrero cayó junto al archivador. Sinclair lo recogió.

Una gran ventana daba a la sala de disección y a la figura cubierta sobre la mesa de autopsias.

—Muy bien —dijo Quirke, quitándose la arrugada chaqueta de lino—, vamos a echarle un vistazo.

No necesitó más de dos segundos, el tiempo de girar hacia la luz la calavera cubierta por una tensa y apergaminada piel, para comprobar que las sospechas de Sinclair estaban bien fundadas. La hendidura sobre la oreja izquierda era el resultado de un salvaje golpe intencionado. No sabía cómo lo sabía y no existía ninguna base científica para aquella conclusión; como en el caso de Sinclair, no era más que un pálpito, pero confiaba en él absolutamente.

—¿Me dijo que el coche se estrelló antes de incendiarse? —preguntó.

—Chocó contra un árbol.

—Me pregunto a qué velocidad iría.

—El policía no lo mencionó. ¿Cree que pudieron golpearle en la cabeza, lo colocaron en el asiento tras el volante con una marcha puesta y a continuación soltaron el embrague para que el coche se pusiera en marcha?

Quirke no contestó, absorto en la contemplación del cuerpo retorcido y carbonizado; luego le dio la espalda. Sinclair cubrió el cadáver con la sábana de nailon. Incluso allí abajo se percibía el calor de la calle, denso como la miel. Las luces en el techo zumbaban. En la lejanía se oía la sirena de una ambulancia que se aproximaba.

—Venga, invíteme al menos a una taza de té —dijo Quirke.

Al salir, se toparon con Bolger, el celador, con su descolorida bata verde de laboratorio y un cigarrillo con medio dedo de ceniza colgándole del labio inferior. Saludó a Quirke con frialdad; nunca había existido ninguna simpatía entre ellos. La dentadura postiza y mal encajada de Bolger silbaba cuando hablaba; en invierno siempre estaba acatarrado y, en especial por la mañana, una gota de humedad relucía al final de su nariz como un diamante.

—Qué tiempo veraniego tan soberbio —dijo con su graznido de fumador, mientras intencionadamente fijaba la vista más allá del hombro izquierdo de Quirke.

Bolger robaba vendas y rollos de esparadrapo que le pasaba a un vendedor ambulante de Moore Street. Pensaba que nadie sospechaba de sus pequeños robos, pero Quirke lo sabía, aunque nunca se había tomado la molestia de informar a la enfermera jefe. Además, era probable que Bolger tuviese un hatajo de críos que alimentar. ¿Qué importancia podían tener unas cuantas cajas de gasas de vez en cuando?

En la cafetería del cuarto piso, el humo de los cigarrillos creaba una delicada nube azulada que se mecía en la luz que entraba a raudales por los tres ventanales del fondo. Una delgada cinta de vapor procedente de la gran tetera ascendía temblorosa, y olía a repollo y beicon cocido. Solo unas cuantas mesas se hallaban ocupadas; los pacientes, algunos vendados o con una cicatriz, iban en bata y zapatillas, mientras que los visitantes daban la impresión de estar bien aburridos e irritados, bien preocupados y llorosos.

Quirke se sentó en una mesa alejada del sol, en una esquina. Sinclair trajo dos gruesas tazas grises con un té de color terroso.

—Lo toma negro, ¿verdad? —dijo.

Abrió un paquete de galletas Marietta. Quirke tomó con cautela un sorbo de té: no solo era el color, también sabía a tierra. Cogió una galleta, y tan pronto la pasta seca y pardusca se desmigajó en su boca volvió a ser por un segundo un niño perdido en un pasado vacío e insondable.

—¿Qué opina entonces? —le preguntó Sinclair—. ¿Son meras figuraciones mías?

Quirke miró por la ventana hacia los tejados erizados de chimeneas y abrasados por el sol.

—Tal vez —contestó—. Supongo que no se localizó ningún arma.

—¿El famoso instrumento romo? —Sinclair lanzó una pequeña risa burlona—. Ya se lo dije, el agente que se presentó aquí estaba convencido de que se trataba de un suicidio, aunque su informe no diga nada al respecto. Es increíble la cantidad de conductores que se estrellan accidentalmente contra un árbol o contra un muro de piedra a medianoche. O que se caen al Liffey con los bolsillos llenos de piedras —prendió un cigarrillo—. Por cierto, ¿cómo se encuentra usted?

—¿Cómo me encuentro? —molesto por la pregunta, Quirke intentó ganar tiempo. Sacó su pitillera y encendió asimismo un cigarrillo—. Estoy bien. Todavía tengo jaquecas y algún que otro breve episodio en blanco, pero no tengo alucinaciones. Parece que ya son parte del pasado.

—Eso está bien, ¿no?

Sinclair no era un tipo efusivo y su tono mostraba un interés cortés, nada más.

—Sí, imagino que sí —asintió Quirke, ligeramente a la defensiva—. Lo que me deprime es la confusión, esa sensación de avanzar a tientas a través de la niebla. Eso y la incertidumbre… Me refiero a no saber con seguridad si llegaré a encontrarme mejor de como me encuentro ahora. ¿Y cómo sé siquiera si ahora mismo no me encuentro igual a como se encuentra todo el mundo y la única diferencia es que los demás no se quejan? ¿Alguna vez ha tenido usted visiones? ¿O ha salido de un estado de trance y se ha dado cuenta de que no tenía ningún recuerdo de lo que había sucedido en la media hora anterior?

—No —contestó Sinclair, golpeando con suavidad el extremo de su cigarrillo contra el borde del cenicero metálico que había sobre la mesa—. Aunque quizá eso solo signifique que no tengo mucha imaginación. Además, yo no bebo tanto como usted… —se interrumpió de golpe, ruborizado.

—No se preocupe —dijo Quirke—, probablemente tiene razón. Probablemente lo único que me sucede es que he sido un borracho durante tantos años que la mitad de mis neuronas se han muerto.

—Lo siento, no quería decir… —replicó Sinclair, azorado, con la vista baja.

Quirke se inclinó hacia delante, apagó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero y carraspeó.

—En cuanto al pobre desgraciado del coche, aceptémoslo: ambos estamos convencidos de que le golpearon en la cabeza, le metieron en el coche y pusieron en marcha el vehículo para que se estrellara contra el árbol y pareciese un accidente o un suicidio.

—¿Ha notado el fuerte olor a gasolina?

—Sí, pero ¿qué importancia tiene eso? La gasolina explota… Los coches en llamas siempre huelen así.

—¿Tan fuerte? Es como si al tipo lo hubieran rociado.

Quirke reflexionó unos instantes mientras tiraba hacia fuera de su labio inferior.

—No hay duda de que alguien lo quería muerto.

Sinclair probó el té, hizo una mueca y apartó la taza. Quirke le tendió la pitillera y Sinclair sacó su mechero. Ambos expulsaron al mismo tiempo un cono de humo hacia el techo.

En una esquina alejada de la habitación, una mujer de mediana edad con una pierna vendada empezó a llorar quedamente, aunque no tanto como para que los demás no la oyesen. Todo el mundo se esmeró en ignorarla. El joven que estaba con ella, que debía de ser su hijo, echó una rápida e inquieta mirada alrededor con expresión abochornada.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Sinclair.

Quirke sonrió.

—Creo que iré a ver a un viejo amigo.

El inspector Hackett estaba almorzando en una mesa soleada del comedor delantero del hotel Gresham. Era un capricho que se regalaba de vez en cuando. A menudo se prometía que así sería su vida cuando se jubilara: comería en el Gresham, luego daría un paseo hasta el río bajando por O’Connell Street y cuando llegara giraría a la derecha, hacia los muelles, para echar un vistazo a los puestos de libros o giraría a la izquierda, hacia el puerto, para contemplar durante una media hora cómo descargaban los botes. Si el tiempo no acompañaba, entraría en el cine Savoy y echaría una cabezadita frente a una película de guerra o una de vaqueros. Nunca le habían interesado las películas, encontraba las historias inverosímiles y a los personajes irreales, pero le gustaba arrellanarse en un asiento cómodo y quedarse adormilado en la aterciopelada oscuridad. Siempre se sentaba en la ...