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LAS TRES PASIONES

Elif Shafak

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Fragmento

El bolso

Estambul, 2016

Era un día de primavera cualquiera, una tarde larga y plomiza como tantas, cuando, con una sensación de vacío en el estómago, descubrió que era capaz de matar. Siempre había sospechado que, sometidas a presión, incluso las mujeres más serenas y dulces eran propensas a arrebatos de violencia. Como no se consideraba ni serena ni dulce, tenía que reconocer que su potencial para perder el control era considerablemente mayor que el de las demás. Pero la palabra «potencial» era engañosa. Hacía años todo el mundo decía que Turquía tenía un gran potencial, y solo había que ver los resultados. De modo que se sintió más tranquila al pensar que al final su potencial para el mal también se quedaría en nada.

Por fortuna, el destino —esa tabla bien conservada en la que está escrito todo lo que ha sucedido y lo que sucederá— la había librado casi siempre de obrar mal. Todos esos años había llevado una vida decorosa. No había causado daño al prójimo, al menos no a propósito ni recientemente, aunque alguna que otra vez había chismorreado o echado pestes de otros, pero eso no contaba. Al fin y al cabo, eso lo hacían todos; si fuera un pecado tan grave, el infierno estaría a rebosar. Si había hecho sufrir a alguien era a Dios, y Dios, aunque se enfadaba con facilidad y tenía fama de voluble, nunca se ofendía. Ofender y sentirse ofendido eran rasgos humanos.

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Para la familia y los amigos, Nazperi Nalbantoğlu —Peri, como la llamaban todos— era una buena persona. Colaboraba en obras benéficas, participaba en campañas de sensibilización sobre el Alzheimer y recaudaba fondos destinados a las familias necesitadas; trabajaba como voluntaria en residencias de ancianos donde participaba en torneos de backgammon y perdía a propósito; siempre llevaba en el bolso algo de comer para los muchos gatos callejeros que había en Estambul, y de vez en cuando costeaba de su propio bolsillo alguna operación de castración; no se perdía ninguna de las obras de teatro escolar en las que actuaran sus hijos; daba elegantes cenas para el jefe y los colegas de su marido; ayunaba el primero y el último día de Ramadán, aunque solía saltarse los de en medio, y todos los días del Eid sacrificaba un cordero teñido con henna. No ensuciaba las calles, no se saltaba la cola en el supermercado, no alzaba la voz, ni siquiera cuando la trataban con grosería. Una buena esposa, una buena madre, una buena ama de casa, una buena ciudadana, una buena musulmana moderna: eso era ella.

El tiempo, cual sastre habilidoso, había cosido a la perfección las dos telas que revestían la vida de Peri: lo que los demás pensaban de ella y lo que ella pensaba de sí misma. La impresión que causaba y la percepción que ella tenía de su persona se fundían en un todo tan homogéneo que ya no era capaz de distinguir qué parte de cada jornada era definida por lo que los demás deseaban para ella y qué parte por lo que ella realmente deseaba. A menudo le entraban ganas de coger un balde lleno de agua jabonosa y limpiar las calles, las plazas públicas, el gobierno, el Parlamento, la burocracia, y de paso unas cuantas bocas. Había tanta porquería que limpiar, tantos pedazos rotos que pegar, tantos errores que enmendar… Al salir de casa por las mañanas Peri siempre suspiraba quedamente, como si en una sola exhalación pudiera alejar de sí los desechos del día anterior. Aunque ponía en tela de juicio el mundo, y no era de las que se callan ante la injusticia, hacía varios años había decidido contentarse con lo que tenía. Debió de sorprenderse, por tanto, cuando un día corriente, con treinta y cinco años cumplidos, y ya asentada en la vida y respetada, se descubrió a sí misma contemplando el vacío de su alma.

La culpa de todo la tuvo el tráfico, se diría más tarde para tranquilizarse. El estruendo, los bocinazos, el entrechocar de metal contra metal semejante a los gritos de guerra de un millar de soldados. La ciudad entera era un gran recinto en obras. Estambul había crecido de manera descontrolada y seguía extendiéndose, como un pez hinchado que no era consciente de haber engullido más de lo que era capaz de digerir y buscaba algo más que comer. Al mirar atrás aquella aciaga tarde, Peri se convencería de que, de no haber sido por el desesperante atasco, nunca se habría desencadenado la serie de sucesos que despertó aquella parte de su memoria que llevaba largo tiempo dormida.

Allí estaban, avanzando a paso de tortuga por una carretera de dos carriles medio obstruida por un camión volcado que había quedado atrapado entre vehículos de todos los tamaños. Peri tamborileaba con los dedos en el volante y cambiaba una y otra vez la emisora de radio, mientras su hija, con los auriculares puestos y sentada junto a ella, miraba con expresión aburrida. Como una varita mágica en manos equivocadas, el tráfico transformaba los minutos en horas, a los seres humanos en brutos y todo atisbo de cordura en pura demencia. A Estambul no parecía importarle. Tiempo, brutos y locura, de eso tenía de sobra. Una hora más, una hora menos; un bruto más, un loco menos…, a partir de cierto punto no había diferencia.

La locura discurría por las calles de aquella ciudad como una droga en el torrente sanguíneo. Todos los días millones de estambulíes tomaban otra dosis, sin percatarse de que cada vez estaban más locos. Personas que se negaban a compartir el pan compartían en cambio la locura, solo que para ellas tenía todo el sentido. En eso consistía la pérdida colectiva de la cordura: si había suficientes ojos observando la misma alucinación, resultaba ser cierta; si había suficientes personas riéndose de la misma desgracia, se convertía en una broma divertida.

—¡Deja de morderte las uñas! —soltó Peri de pronto—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

Despacio, muy despacio, Deniz se bajó los auriculares alrededor del cuello.

—Son mis uñas —replicó, y bebió un sorbo del vaso desechable que había entre ellas.

Antes de ponerse en camino habían parado en un Starbörek —una cadena turca de cafeterías que había sido demandada varias veces por Starbucks por utilizar su logo, su menú y una versión distorsionada del nombre de la marca, pero que, debido a las lagunas jurídicas, no cerraba sus puertas— y comprado dos bebidas: un café con leche descremada para Peri y un frappuccino doble con nata y pedacitos de chocolate para su hija. Peri se había terminado el suyo, pero Deniz no acababa nunca, sorbía con cuidado como un pájaro herido. Fuera el sol se fundía con el horizonte, y los últimos rayos pintaban los tejados de las casuchas, las cúpulas de las mezquitas y las ventanas de los rascacielos del mismo tono herrumbroso.

—Y es mi coche —replicó Peri en voz baja—. Estás ensuciándolo.

En cuanto pronunció esas palabras, se arrepintió. ¡Mi coche! Qué horrible decirle algo así a una hija, o a cualquiera, en realidad. ¿Acaso se había convertido en una de esas bobas materialistas cuyo sentido de identidad y pertenencia se basaba en sus posesiones? Confiaba en que no.

Su hija, que no pareció sorprenderse, encogió los huesudos hombros y miró por la ventanilla mientas pasaba a morderse con furia la siguiente uña.

El coche dio una sacudida y se detuvo de nuevo con un chirrido de neumáticos. Era un Range Rover de un tono catalogado por la concesionaria como «azul Montecarlo». En el folleto había otras opciones: blanco Davos, rojo dragón oriental, rosa desierto saudí, azul brillante policía de Ghana o verde mate ejército indonesio. Negando con la cabeza y frunciendo los labios, Peri se preguntó quién demonios escogía esos nombres, y si los conductores eran conscientes de que los coches de líneas elegantes que exhibían estaban relacionados con los uniformes de la policía ghanesa y las tormentas de arena del Sáhara.

Con independencia de su color, Estambul estaba abarrotado de vehículos lujosos, muchos de los cuales parecían fuera de lugar, como perros con pedigrí que, pese a estar destinados a una vida de confort y holgura, se han extraviado y han acabado en plena naturaleza. Descapotables de carreras que rugían de frustración por no tener dónde coger velocidad, todoterrenos que ni con la más diestra maniobra lograban encajar en las diminutas plazas de aparcamiento, si por casualidad había alguna libre, y caros sedanes diseñados para circular por amplias carreteras que solo existían en tierras lejanas y en los anuncios de la televisión.

—He leído que es el peor del mundo —comentó Peri.

—¿El qué?

—El tráfico. Somos el número uno. Imagino que es peor que el de El Cairo. ¡Incluso peor que el de Delhi!

No es que ella hubiera estado en El Cairo ni en Delhi. Pero, como muchos estambulíes, Peri creía con firmeza que su ciudad era más civilizada que cualquiera de esos lugares remotos, peligrosos y congestionados; aunque «remoto» era un concepto relativo, y «peligroso» y «congestionado» eran adjetivos que se aplicaban a menudo a Estambul. De todos modos, la ciudad limitaba con Europa. La proximidad tenía que contar. De hecho, estaba tan asombrosamente cerca que Turquía había metido un pie en la puerta de Europa y empujado con todas sus fuerzas, y solo había conseguido descubrir que era tan estrecha que por mucho que retorciera el cuerpo no podía colarse. Tampoco ayudó que entretanto Europa hubiera empezado a cerrar la puerta de nuevo.

—¡Guay! —dijo Deniz.

—¿Guay? —repitió Peri con incredulidad.

—Sí. Al menos somos el número uno en algo.

Así estaban las cosas con su hija. En los últimos tiempos Deniz le rebatía cualquier opinión que Peri expresaba sobre el tema que fuera. Cualquier comentario que hacía, por lógico u oportuno que fuese, su hija lo recibía con una hostilidad rayana en el odio. Peri era consciente de que Deniz, que había llegado a la delicada edad de trece años, tenía que romper con la influencia de sus padres, sobre todo la de la mater familias. Hasta ahí lo entendía. Lo que no le entraba en la cabeza era la cantidad de ira que eso comportaba. Su hija hervía de cólera, algo que Peri no había experimentado en ninguna etapa de la vida, ni siquiera en la adolescencia. Su pubertad había transcurrido envuelta en una inocente confusión, casi en la ingenuidad. Qué distinta había sido ella de adolescente, y eso que su madre no se había mostrado ni la mitad de considerada y comprensiva que ella. De un modo tortuoso, cuanto más sufría Peri a causa de los arbitrarios estallidos de su hija, más se indignaba consigo misma por no haberse enfadado lo bastante con su propia madre en el pasado.

—Cuando tengas mi edad se te habrá agotado la paciencia con esta ciudad —murmuró Peri.

—«Cuando tengas mi edad» —la imitó Deniz con amargura—. Antes nunca hablabas así.

—¡Es que las cosas están cada vez peor!

—No, mamá, es que tú misma te pones años —replicó Deniz—. Es la forma en que hablas. ¡Y mira cómo te vistes!

—¿Qué tiene de malo cómo visto?

Se hizo un silencio.

Peri bajó la vista hacia el vestido de seda morado y la chaqueta de chiffon bordada con cuentas. Había comprado el conjunto en una boutique de un flamante centro comercial situado en un centro comercial más grande, como si el segundo hubiera dado a luz al primero. Era demasiado caro, pero cuando protestó por el precio la dependienta guardó silencio y una leve sonrisa afloró a sus labios. «Si no puede permitírselo, señora, ¿qué hace aquí?», decía la sonrisa. Su condescendencia irritó a Peri. «Me lo quedo», se oyó decir. De pronto sintió la tirantez de la tela sobre la piel y reparó en lo poco acertado del color. El morado, tan atrevido y apropiado bajo los fluorescentes de la tienda, se volvió chillón y cursi a la luz del día.

Eran pensamientos inútiles, pues no le daba tiempo a regresar a casa y cambiarse. Llegaban tarde a una cena en la mansión junto al mar de un hombre de negocios que en pocos años había amasado una gran fortuna, lo que, por otra parte, no era nada insólito. Estambul estaba lleno de pobres y de nuevos ricos, y de los que ansiaban dar el salto rápidamente de la primera a la segunda categoría.

Peri aborrecía esas cenas que se prolongaban hasta altas horas de la noche y que a menudo la dejaban con migraña al día siguiente. Preferiría quedarse en casa y que la medianoche la encontrara absorta en una novela; leer era su forma de conectar con el universo. Pero la soledad era un privilegio poco común en Estambul, donde siempre había algún acto importante al que asistir o un deber social urgente que atender, como si la cultura, cual niño que teme la soledad, se asegurara de que todos estuvieran acompañados a cualquier hora. Muchas risas y comida. Política y cigarros. Tacones y vestidos, pero, por encima de todo, bolsos de diseño. Las mujeres exhibían sus bolsos como trofeos ganados en lejanas batallas. ¿Quién sabía decir cuáles eran originales y cuáles falsos? Las señoras de clase media alta de Estambul, reacias a dejarse ver comprando artículos falsificados, evitaban acudir a las tiendas de dudosa reputación que había dentro y alrededor del Gran Bazar, pero invitaban a su casa a los dueños. Furgonetas llenas de artículos de Chanel, Louis Vuitton y Bottega Veneta, con los cristales de las ventanillas tintadas y las matrículas embadurnadas de barro (aunque el resto del vehículo estaba impecable), iban y venían por los barrios ricos y, como en una película de espías de cine negro, las dejaban entrar en los garajes privados de las villas por las puertas traseras. Se pagaba al contado, sin recibo, y no se hacían preguntas. En la siguiente reunión social, las mismas mujeres miraban de manera furtiva los bolsos de las demás, no solo para identificar la marca lujosa, sino para establecer su autenticidad o la calidad de la falsificación. Requería un gran esfuerzo. Un esfuerzo óptico.

Las mujeres no solo miraban. Examinaban, inspeccionaban, escudriñaban buscando en las otras mujeres defectos, tanto manifiestos como camuflados. Uñas desconchadas, kilos recién ganados, vientres fláccidos, labios con bótox, varices, celulitis todavía visible tras una liposucción, raíces sin teñir, un grano o una arruga disimulados bajo capas de polvos… No había nada que sus penetrantes miradas no pudieran detectar y descifrar. Por felices que hubieran estado antes de llegar a la fiesta, eran demasiadas las invitadas que, al poco rato, se convertían tanto en víctimas como en verdugos. Cuanto más pensaba Peri en la velada que la aguardaba, más aterrada se sentía.

—Necesito estirar las piernas —dijo Deniz bajando del coche.

Peri encendió de inmediato un cigarrillo. Había dejado de fumar hacía más de una década, pero últimamente había empezado a llevar una cajetilla encima y de vez en cuando se encendía uno, aunque se contentaba con dar unas pocas caladas y nunca se los terminaba. Los tiraba a medias, sintiendo culpabilidad y algo parecido al asco. A continuación mascaba un chicle de menta, aunque no le gustaba el sabor, para disimular el olor. Siempre había pensado que si los sabores de los chicles fueran regímenes políticos, el del fascismo sería el de menta: totalitario, estéril, severo.

—Mamá, no puedo respirar —dijo Deniz, que había vuelto—. ¿No sabes que te matará?

Deniz estaba en esa edad en que los niños ven a los fumadores como vampiros que andan sueltos. En la escuela les habían dado una charla sobre los efectos perjudiciales del tabaco, mostrándoles un póster con flechas en fosforito que iban de una cajetilla recién abierta a una tumba recién cavada.

—Está bien, está bien —dijo Peri blandiendo una mano en señal de rendición.

—Si fuera presidenta del gobierno, metería en la cárcel a los padres que fuman delante de sus hijos. ¡Lo digo en serio!

—Bueno, pues me alegro de que no te presentes como candidata —replicó Peri antes de apretar el botón y bajar la ventanilla.

El humo que exhaló formó en el aire una espiral que poco a poco, y de forma inesperada, se coló por la ventanilla abierta del coche de al lado. Eso era de lo único de lo que no te librabas en aquella ciudad: de la proximidad. Todo estaba pegado. Los transeúntes se abrían paso como un solo organismo por las calles; los viajeros se apretujaban a bordo de ferries o iban hombro con hombro en autobuses y metros; los cuerpos colisionaban, chocaban y coexistían ingrávidamente, como esporas de dientes de león en la brisa.

En el coche de al lado iban dos hombres. Ambos le sonrieron. Peri palideció al recordar que en la Guía avanzada hacia el patriarcado el hecho de que una mujer arrojara el humo de su cigarrillo al rostro de un varón desconocido se consideraba una invitación sexual abierta. Aunque a veces lo olvidaba con facilidad, la ciudad era un mar tempestuoso lleno de icebergs flotantes de masculinidad que era mejor esquivar con cuidado e inteligencia, porque nunca sabías los peligros que se ocultaban bajo la superficie.

Tanto si iba en coche como a pie, lo mejor era que una mujer mantuviera la mirada perdida e introspectiva, como si contemplara recuerdos lejanos. Siempre que fuera posible, debía bajar la cabeza para transmitir un mensaje claro de modestia, lo que no resultaba fácil dados los peligros de la vida urbana, por no hablar de la atención masculina no solicitada y del acoso sexual, que requerían que no se bajara nunca la guardia. Peri no entendía cómo se pretendía que las mujeres fueran con la cabeza gacha y los ojos abiertos en todas direcciones a la vez. Tiró el cigarrillo por la ventanilla y la subió, esperando que los dos desconocidos perdieran enseguida el interés por ella. El semáforo cambió de rojo a verde, pero daba igual. Nada se movió.

Entonces reparó en el vagabundo que bajaba por el centro de la calle. Alto, desgarbado y flaco como una estaca, tenía un rostro anguloso, la frente arrugada como si fuera un viejo, la barbilla llena de un sarpullido y las manos con escamas por el eczema. Uno de los millones de refugiados sirios que habían huido de la única vida que conocían, pensó Peri al principio, aunque había las mismas posibilidades de que fuera turco, kurdo, gitano o un poco todo. ¿Cuántas personas en esa tierra de infinitas migraciones y transformaciones podían decir con certeza que eran de una sola etnia, a no ser que se mintieran a sí mismas y a sus hijos? Claro que Estambul acumulaba muchísimas mentiras.

El hombre tenía los pies sucios de barro seco y llevaba un abrigo raído con el cuello subido, tan mugriento que casi era negro. Había encontrado la colilla manchada de carmín de Peri y fumaba tan tranquilo. La mirada de ella iba de su boca a sus ojos, sorprendida al ver que él la observaba con expresión divertida. En su actitud había arrogancia, casi desafío, como si fuera un actor interpretando a un vagabundo, tan seguro de su actuación que esperara los aplausos.

Ya eran tres los hombres que debía evitar, a los dos del coche vecino y al vagabundo. Peri se volvió con brusquedad, sin acordarse del vaso de frappuccino que tenía al lado, que se volcó y derramó el espumoso contenido en su regazo.

—¡No! —gritó horrorizada al ver la mancha oscura que se extendía sobre su caro vestido.

Su hija silbó, disfrutando sin duda con el desastre.

—Podrás decir que es un modelo de un nuevo diseñador loco.

Peri pasó por alto el comentario y, maldiciendo para sí, cogió a tientas el bolso —un modelo Birkin de avestruz color lavanda, perfecto en todos los detalles salvo en el acento de la palabra Hermès, que estaba mal, porque no había nada que los contrabandistas turcos no supieran fusilar, a excepción de la ortografía— que tenía entre las piernas. Sacó un paquete de pañuelos de papel, aunque sabía, o al menos lo sabía una parte de ella, que solo empeoraría la mancha. Distraída, cometió un error que ningún conductor de Estambul cometería: tiró el bolso al asiento trasero sin haber puesto el seguro de la puerta.

Con el rabillo del ojo detectó un movimiento. Una niña de la calle, que no tendría más de doce años, se acercaba pidiendo monedas. Con la ropa colgándole de su flaco cuerpo, y la palma extendida ante sí, caminaba sin moverse de cintura para arriba, como a través del agua. Se detenía delante de cada coche unos diez segundos antes de pasar al siguiente. Tal vez la experiencia le había enseñado que si en ese breve instante no era capaz de inspirar compasión, jamás lo haría. La compasión nunca llegaba como un pensamiento tardío; era espontánea o brillaba por su ausencia.

Cuando la niña se acercó al Range Rover, Peri y Deniz volvieron automáticamente la cabeza en dirección contraria, fingiendo no haberla visto. Pero los mendigos de Estambul estaban acostumbrados y bien preparados para ser invisibles, y en el lugar exacto hacia donde madre e hija miraron apareció otra niña de la misma edad, que aguardaba con la palma tendida.

Aliviada, Peri vio que el semáforo cambiaba al verde y que los coches salían disparados como el agua de una manguera. Estaba a punto de pisar el acelerador cuando oyó la portezuela trasera abrirse y cerrarse, tan rápido como un resorte. Por el retrovisor vio cómo sacaban el bolso del coche.

—¡Ladrones! —gritó con voz ronca por el esfuerzo—. Socorro, me han robado el bolso. ¡Ladrones!

Los coches de detrás tocaron el claxon frenéticos, ajenos a lo ocurrido e impacientes por largarse de allí. Era evidente que nadie la ayudaría. Peri titubeó, pero solo un instante. Con un diestro giro del volante, condujo el coche hacia la cuneta y activó las luces de emergencia.

—Mamá, ¿qué haces?

Peri no respondió. No había tiempo. Sabía la dirección en que habían huido las niñas, y necesitaba seguirlas inmediatamente; algo en ella, un instinto animal, le aseguró que si las encontraba recuperaría lo que le pertenecía.

—Mamá, déjalo. ¡Solo es un bolso, y de imitación!

—Llevo dinero y las tarjetas de crédito.

Pero Deniz estaba preocupada, hasta avergonzada. No soportaba llamar la atención, y solo quería fundirse como una gota gris en un mar gris. Toda su rebelión parecía reservarla para su madre.

—Quédate en el coche, echa los seguros y espérame —le gritó Peri—. Por una vez, haz lo que te pido. ¡Por favor!

—Pero, mamá…

Sin pararse a pensar, Peri bajó corriendo del coche, olvidando por un instante que llevaba tacones. Luego se quitó los zapatos y posó sus pies descalzos pesadamente sobre el asfalto. Desde el coche, su hija la miraba con los ojos como platos, boquiabierta de estupefacción y vergüenza.

Echó a correr. Con su vestido morado y las mejillas encendidas, cargando con el peso de los años —esposa, ama de casa y madre de tres hijos— frente a decenas de ojos, fue consciente de que los pechos le bailaban frenéticos, pero no podía hacer nada. Aun así, experimentando una extraña sensación de libertad al meterse en una zona prohibida cuyo nombre no podía pronunciar, cruzó corriendo la carretera en dirección a las calles que se adentraban, mientras los conductores se reían y las gaviotas describían círculos sobre su cabeza. Si hubiera titubeado o disminuido la velocidad, aunque solo fuera un segundo, le habría horrorizado lo que estaba haciendo. Le habría aterrado la posibilidad de pisar un clavo oxidado, cascos de botellas de cervezas u orina de rata. Pero se precipitó hacia delante. Las piernas, casi independientes, como accionadas por un recuerdo propio, continuaron avanzando cada vez más deprisa, acordándose de la época en Oxford en que corría de cuatro a seis kilómetros diarios, lloviera o tronara.

A Peri le había encantado correr. Como otros placeres de la vida, ese también era cosa del pasado.

El Poeta Mudo

Estambul, década de 1980

Cuando Peri era niña los Nalbantoğlu vivían en la calle del Poeta Mudo, en un barrio de clase media baja del lado asiático de Estambul. En aquellos días decadentes, salía de las ventanas abiertas una mezcla de olores —a berenjenas fritas, café molido, pan de pita recién horneado, ajos asados a fuego lento— tan intensos que, colándose por las tuberías y las bocas de las alcantarillas, lo impregnaban todo; tan fuertes que el viento matinal cambiaba inmediatamente de dirección. Pero los lugareños no se quejaban. Nunca reparaban en ellos. Los únicos que los detectaban eran los forasteros, y eran muy pocos los que tenían motivos para acercarse a ese vecindario. Las casas se inclinaban desordenadamente como lápidas de un cementerio abandonado. Una bruma de tedio lo cubría todo y solo se levantaba por un momento cuando los gritos de los niños, que hacían trampas al jugar, hendían el aire.

Corrían muchos rumores acerca del origen del peculiar nombre de la calle. Algunos sostenían que un famoso poeta otomano que residía en el barrio, insatisfecho con la triste propina que había recibido del palacio por un poema, juró no volver a abrir la boca hasta que el sultán lo recompensara como debía.

«Sin duda el Señor de las Tierras de César y de Alejandro Magno, el Soberano de los Tres Continentes y los Cinco Océanos, la Sombra de Dios sobre la Tierra, derramará su generosidad sin límites sobre su humilde súbdito. Pero si no lo hace, lo tomaré como una señal de que mis poemas son imperfectos y enmudeceré hasta el día de mi muerte, porque es preferible un poeta muerto a un poeta fracasado.»

Esas fueron las últimas palabras que pronunció antes de tornarse tan silencioso como la nieve de medianoche. No era petulancia; él reverenciaba, temía y obedecía lo que a su entender tenía que ser un soberano. Aun así, como artista no podía evitar anhelar mayor atención, elogios, aprecio… y unas cuantas monedas más tampoco le habrían venido mal.

Al llegar el suceso a oídos del sultán, este, divertido ante tamaña insolencia, prometió desagraviarlo. Como todos los déspotas, no sabía qué pensar de sus artistas; si bien desaprobaba su actitud imprevisible y su rebeldía, también disfrutaba con su presencia, siempre que respetaran los límites. Los artistas tenían una forma original de ver las cosas que podía ser divertida, salvo cuando no lo era. Le gustaba que hubiera unos cuantos en su corte, aunque a brida corta. Eran libres de decir lo que querían siempre que no criticaran el Estado y sus leyes, la religión y al Todopoderoso y, por encima de todo, al soberano.

Quiso el destino que esa misma semana, a raíz de una conspiración que hubo en el serrallo para derrocar al sultán y colocar a su hijo mayor en el trono, el soberano fuera asesinado, estrangulado con una cuerda de arco sedosa para no derramar su noble sangre. Tanto en la muerte como en vida, a los otomanos les gustaba que todo el mundo estuviera en su sitio y todo fuera meticulosamente regulado de forma inequívoca: a la familia real se la estrangulaba, a los ladrones se los ahorcaba, a los rebeldes se los decapitaba, a los salteadores de caminos se los empalaba y a los dignatarios locales se los molía en un mortero; a las concubinas las arrojaban al mar dentro de sacos con piedras, y en las horcas que había frente al palacio todas las semanas se exhibía una nueva remesa de cabezas cortadas, con la boca llena de algodón si eran oficiales de alto rango y de paja si se trababa de individuos insignificantes. Así era exactamente como se sentía el poeta: mudo. Obligado por su juramento, guardó silencio hasta el día en que exhaló su último aliento.

Otros tenían una versión diferente de la historia: cuando el poeta exigió que se le recompensara con generosidad, el sultán, furioso ante semejante descaro, ordenó que le cortaran la lengua, la trocearan, la frieran y se la dieran de comer a los gatos de siete barrios. Pero después de tantos años pronunciando palabras tan crudas, y pese a haber sido salteada con grasa de cola de carnero y cebollas frescas, la lengua del poeta estaba amarga. Los gatos dieron la vuelta y se marcharon. La esposa del poeta, que había contemplado la escena tras una celosía, juntó a hurtadillas los pedazos y los cosió. Pero apenas dejó su creación sobre la cama y salió a buscar a un cirujano para que la cosiera de nuevo en la boca de su marido, una gaviota se coló por la ventana abierta y la robó. Algo poco sorprendente, pues las gaviotas de Estambul tienen fama de hurgar entre las basuras y atracarse con lo primero que encuentran, sin importarles el sabor. Un pájaro que puede picotear y comerse los ojos de animales que le doblan en tamaño es capaz de devorarlo todo. De ahí que el poeta permaneciera callado como una tumba. En su lugar, un ave blanca volaba en círculos sobre su cabeza, graznando para toda la ciudad los poemas que él ya no podía recitar.

Fuera cual fuese el verdadero origen de su nombre, la calle en la que vivían los Nalbantoğlu era una vía pintoresca y aletargada donde las virtudes más ponderadas estaban inspiradas en los tres estados de la materia: obedecer a Alá —y a los imanes— con firme sumisión, máxima rendición e inquebrantable constancia (sólido); aceptar el río divino de la vida por mucho barro y escombros que arrastrara (líquido) y renunciar a las ambiciones, puesto que todas las posesiones y los trofeos con el tiempo se esfumaban en el aire (gaseoso). Allí todos los destinos se creían predeterminados y todos los sufrimientos se consideraban inevitables, incluso los que los residentes de la calle se infligían unos a otros, como las peleas en el fútbol, las discusiones sobre política y las palizas a las esposas.

La casa donde vivían era de dos plantas, del color de las cerezas amargas. A lo largo de los años la habían pintado de distintos tonos: verde ciruela salada, marrón confitura de nueces, morado remolacha encurtida. Los Nalbantoğlu tenían alquilada la planta baja y su casero vivía en el piso superior. Aunque la familia no podía considerarse rica —toda la riqueza es relativa según el tiempo y el lugar—, Peri había crecido sin sensación de carencia. Eso llegaría después, e igual que todo lo pospuesto lo haría con gran fuerza, como para recuperar el tiempo perdido. Llegado el momento, aprendería a ver los defectos de un hogar donde había sido una hija muy querida y protegida.

Era la pequeña de los Nalbantoğlu, y su concepción había sido una gran sorpresa, pues sus padres, que ya habían criado a dos muchachos que estaban dejando atrás la adolescencia, según las convenciones locales eran demasiado mayores para tener más hijos. Protegida, consentida y con todas sus necesidades no solo satisfechas sino anticipadas, los primeros años de la vida de Peri fueron de tranquilidad. Aun así era consciente de que en su casa corría una brisa de tensión que se convertía en un huracán en toda regla cada vez que sus padres coincidían en la misma habitación.

Eran tan incompatibles como una taberna y una mezquita. El ceño que aparecía en sus frentes y la dureza que adquirían sus voces no los retrataba como una pareja enamorada, sino como contrincantes en una partida de ajedrez. En el tablero de su matrimonio cada uno avanzaba estudiando la estrategia de la siguiente jugada, y capturaban torres, elefantes y visires aspirando a asestar la última derrota. Cada uno veía al otro como el tirano de la familia, el intolerable, y anhelaban decir algún día: «Jaque mate, shah manad, el rey no tiene escapatoria». Su matrimonio había estado tan profundamente entretejido de resentimiento mutuo que ya no necesitaban una razón para sentirse injuriados y frustrados. Incluso a esa edad tan temprana, Peri percibía que el amor no era, y tal vez nunca había sido, el motivo por el que sus padres estaban juntos.

Por las tardes observaba cómo su padre se sentaba a la mesa con platos de mezes distribuidos alrededor de una botella de raqi. Hojas de parra rellenas, humus, pimientos rojos asados, alcachofas en aceite de oliva y su plato favorito, ensalada de sesos de cordero. Comía despacio, saboreando cada bocado como un exigente sibarita, aunque la comida no era más que un requisito necesario para no beber con el estómago vacío. «No juego, no robo, no acepto sobornos, no fumo y no voy por ahí persiguiendo a las mujeres; sin duda, Alá perdonará a Su vieja criatura esta falta», le gustaba decir. Por lo general se reunían con él un par de amigos. Durante esas largas cenas divagaban sobre la política y los políticos, deprimidos ante la situación. Como la mayoría de la gente de esa tierra, hablaban sobre todo de las cosas que menos les gustaban.

«Si viajas por el mundo, verás que las personas beben de forma diferente», decía Mensur. Él mismo había viajado mucho en su juventud como ingeniero naval. «Donde hay democracia, cuando un hombre se emborracha, grita: “¿Qué ha sido de mi amor?”. Donde no hay democracia, cuando un hombre se emborracha, grita: “¿Qué ha sido de mi amado país?”.»

Pronto las palabras se fundían en melodías, y se ponían a cantar, al principio animadas tonadillas balcánicas, luego canciones revolucionarias del mar Negro, y poco a poco, de forma inevitable, baladas originarias de Anatolia sobre desengaños amorosos y amores no correspondidos. En el aire, como espirales de humo, se mezclaban letras turcas, kurdas, griegas, armenias y ladinas.

Sentada sola en un rincón, a Peri le invadía la pesadumbre. A menudo se preguntaba cuál era la causa de la tristeza de su padre. Imaginaba su congoja adhiriéndose a él como una fina capa de alquitrán negro a la suela del zapato. Peri no encontraba la manera de animarlo, ni de dejar de intentarlo, porque, como toda la familia atestiguaba, era la niña de sus ojos.

Desde el ornamentado marco colgado en la pared, Atatürk —el padre de los turcos— los observaba con sus ojos azul acerado con motas doradas. En toda la casa había retratos del héroe nacional: Atatürk con uniforme militar en la cocina, Atatürk con redingote en la sala de estar, Atatürk con abrigo y kalpak en el dormitorio principal, Atatürk con guantes de seda y capa ondeante en el pasillo. Las fiestas nacionales y los días conmemorativos Mensur colgaba de la ventana, a la vista de todos, una bandera turca con la foto del gran hombre.

«Recuerda que si no fuera por él, estaríamos como en Irán —le decía a menudo a su hija—. Yo tendría que dejarme crecer la barba y compraría alcohol de contrabando y, cuando me descubrieran, me azotarían en la plaza. ¡Y tú, alma mía, te cubrirías con un chador, incluso a tu edad!»

Los amigos de Mensur —maestros de escuela, empleados de banco, ingenieros— eran tan devotos de Atatürk y de sus principios como él mismo. Leían, recitaban y, cuando les llegaba la inspiración, componían poemas patrióticos, la mayoría de ellos con un ritmo tan similar y tan repetitivos en esencia que más que piezas separadas parecían ecos del mismo llamamiento. Aun así a Peri le gustaba quedarse en el salón escuchando su afable conversación, los tonos y las cadencias de sus voces se elevaban y descendían con cada nueva copa rebosante. A ellos no les molestaba su presencia. En todo caso, el interés que Peri mostraba por su conversación parecía animarlos y llenarlos de esperanza en la juventud. De modo que ella revoloteaba a su alrededor bebiendo zumo de naranja del tazón preferido de su padre, que llevaba en un lado la firma de Atatürk y en el otro unas palabras suyas: «El mundo civilizado va por delante de nosotros; no nos queda más remedio que alcanzarlo». Le encantaba ese tazón, el liso tacto de la porcelana en la mano, aunque sentía cierto pesar cuando el zumo se terminaba, como si con él también se desvanecieran las posibilidades de alcanzar el mundo civilizado.

Peri iba y venía como un yoyó. Había cubiteras que llenar, ceniceros que vaciar, pan que tostar…, siempre se ocupaba de las mismas tareas, sobre todo desde que su madre había empezado a ausentarse durante esas veladas.

En cuanto Selma ponía la comida sobre la mesa, suspiraba quedamente y se retiraba a su habitación, de la que no salía hasta la mañana siguiente. A veces solo reaparecía al mediodía o más tarde. La palabra «depresión» no se oía en su casa. Jaquecas, comentaba ella. Siempre sufría de jaquecas que la dejaban debilitada, con los ojos abiertos apenas una ranura, como si los entrecerrara contra la perpetua luz del sol. Afirmaba que cuando el cuerpo estaba débil, la mente se purificaba. Veía auspicios en todo: en unas palomas que se arrullaban en el alféizar, en un bulbo que de pronto florecía, en una hoja que flotaba en una infusión. Encerrada en su habitación, se quedaba en la cama atenta al menor ruido. Era imposible no oír con aquellas paredes tan finas como láminas de masa de pan extendida. Pero entre Selma y Mensur había otra pared, erigida hacía décadas, y cada año era más alta.

Hacía tiempo Selma se había unido a un círculo tariqa encabezado por un predicador famoso por la elocuencia de sus sermones y la rigidez de sus opiniones. Lo llamaban Üzümbaz Efendi, pues se sabía que había afirmado que allá donde veía signos de idolatría y herejía, los aplastaba como quien pisa descalzo üzüm, uva. No le preocupaba lo más mínimo que su sobrenombre se relacionara con la elaboración del vino, un pecado no menos grave que el de beber en sí. Ni las uvas jugosas ni el vino embotellado despertaban tanto interés en él como el acto de aplastar.

Bajo la influencia del predicador, Selma había cambiado de manera visible. Ahora no solo rehusaba estrechar la mano al sexo opuesto, también se negaba a sentarse en un asiento del autobús que hubiera ocupado un hombre, aunque este se levantara para cedérselo. No llevaba niqab, como algunas de sus amigas íntimas, pero iba con la cabeza totalmente cubierta. En casa prohibió toda clase de dulces y comida para picar, helados, patatas fritas y productos de chocolate —incluso los comestibles con la etiqueta de «halal»— desde que Üzümbaz Efendi comentó que podían contener gelatina, que a su vez podía contener colágeno que a su vez podía contener cerdo. Era tal su temor a entrar en contacto con cualquier extracto de cerdo, que en vez de champú usaba jabón de aceite de oliva virgen; en lugar de pasta de dientes, un palillo miswak, y a modo de vela utilizaba un pedazo de mantequilla con una mecha insertada. Recelosa de que en su fabricación se hubiera empleado un pegamento a base de huesos de cerdos, se negaba a llevar calzado de marcas extranjeras y aconsejaba a todo el mundo que hiciera lo mismo. Las sandalias eran lo menos arriesgado. Durante años, siguiendo las instrucciones maternas, Peri fue a la escuela con sandalias de cuero de camello y calcetines de lana de cabra, y sus compañeros de clase se reían de ella.

Con un grupo de espíritus afines, Selma organizaba excursiones a playas de Estambul y sus alrededores para intentar convencer a las mujeres que tomaban el sol en biquini de que cambiaran su comportamiento antes de que fuera demasiado tarde para la salvación de su alma. «Cada palmo de carne que enseñéis hoy se achicharrará mañana en el infierno.» Distribuían folletos escritos con mala gramática y peor ortografía, plagados de signos de exclamación y sin comas; insistían en que Alá no quería ver a las nietas de Eva medio desnudas en los espacios públicos. Cuando al caer la noche las playas quedaban desiertas, se veían esos mismos folletos, rasgados y sucios, agitándose al viento, las palabras «libertinaje», «sacrilegio» y «condenación eterna» quedaban esparcidas por la arena como filamentos de algas secas.

Aunque siempre había sido una mujer animosa, en esa nueva fase de la vida Selma se volvió aún más habladora y discutidora, deseosa de conducir a los demás, sobre todo a su marido, por la senda del bien. Como Mensur no tenía intención de enmendarse, el hogar de los Nalbantoğlu estaba dividido en dos zonas —Dar al-islam y Dar al-harp—, el reino de la sumisión y el reino de la guerra.

La religión había irrumpido como un meteoro en sus vidas y creado un abismo, fraccionando la familia en dos bandos confrontados. El hijo pequeño, Hakan, irredimiblemente religioso y en exceso nacionalista, tomaba partido por su madre; el primogénito Umut, en un esfuerzo reconciliador, permaneció neutral un tiempo, aunque era evidente por todo lo que decía y hacía que se inclinaba hacia la izquierda. Cuando al final se declarara de izquierdas, lo haría como un marxista consumado.

Todo eso dejaba a Peri, la hija menor, en una posición incómoda, con ambos progenitores peleándose por ganársela; su misma existencia se convirtió en un campo de batalla entre dos visiones del mundo enfrentadas. La idea de tener que escoger, de una vez por todas, entre la desafiante religiosidad de su madre y el desafiante materialismo de su padre casi la paralizaba. Porque ella era una persona que en la medida de lo posible procuraba no ofender a nadie. Rodeada de combatientes que se rebelaban unos contra otros y libraban guerras sin cuartel, se decantó por una sumisión forzosa y se obligó a ser dócil. Sin que nadie se diera cuenta, apagó el fuego que ardía en su interior, que quedó reducido a cenizas.

En ninguna parte era tan evidente el abismo existente entre sus progenitores como en un rincón del salón. Encima del televisor había dos estantes, el primero reservado para los libros de su padre —Atatürk: El renacimiento de una nación de lord Kinross, El gran discurso, del mismo Atatürk, Antología de Nazim Hikmet, Crimen y castigo de Dostoievski, Doctor Zhivago de Boris Pasternak, una colección completa de memorias (de generales y soldados rasos) de la Primera Guerra Mundial, y una vieja edición de Las cuartetas persas de Umar Jayyam, cuya cubierta estaba cuarteada de tanto uso.

El segundo estante representaba un mundo aparte. Durante años lo había ocupado una colección de caballos de porcelana de todos los tamaños y colores: ponis, sementales y yeguas de crines doradas y colas con todos los tonos del arcoíris que retozaban, galopaban, pastaban. Pero poco a poco empezaron a llegar libros: Hadices compilados por Al-Bujari, Disciplinando el alma de Al-Ghazali, La oración paso a paso y la súplica en el islam, Historias de los profetas, Manual de la buena mujer musulmana, Las virtudes de la paciencia y la gratitud, La interpretación islámica de los sueños. La esquina derecha estaba reservada para los dos libros de Üzümbaz Efendi, La importancia de la pureza en un mundo inmoral y Shaitan te susurra al oído. A medida que se añadían títulos, los caballos iban siendo desplazados hacia el extremo del estante, donde se mantenían en precario equilibrio, como al borde de un acantilado.

La avalancha de palabras y de emociones que discurría por los pasillos de la casa confundió la mente inocente de Peri. Por cuanto se le había enseñado, sabía que Alá era el único. Sin embargo, no podía creer ni por un momento que las enseñanzas religiosas que su madre tenía por sagradas y que su padre aborrecía pertenecieran al mismo Dios. Seguramente no era así, pero si le pertenecían, ¿cómo era posible que a Dios lo vieran de forma tan opuesta dos personas a las que los unía una alianza de matrimonio y que, aunque ya no lo hicieran, habían compartido el lecho?

Vigilante y sumisa, Peri era testigo de las riñas y observaba cómo sus seres queridos se destrozaban mutuamente. A una edad muy temprana aprendería que no había pelea más dolorosa que la que tiene lugar en el seno de una familia, y que no había pelea familiar más dolorosa que la que trataba de Dios.

La navaja

Estambul, 2016

Peri no tardó en divisar a las dos mendigas que le habían robado el bolso. Aunque habían escapado tan deprisa como se lo habían permitido sus pies, ella había corrido más. No podía creer su suerte, si podía llamarse así. Con el pecho quemándole cada vez que respiraba, había corrido en su persecución hasta un callejón adoquinado cuyas paredes de piedra se alzaban de las sombras.

Allí estaban las niñas, flaqueando a un hombre que no era sino el vagabundo que se había fumado la colilla de Peri. Dio un paso hacia ellos, pero no pudo hablar. Había actuado sin pensar, y ahora que por fin pensaba, estaba desorientada.

El vagabundo le sonrió con serenidad, como si hubiera estado esperándola. De cerca tenía un aspecto diferente, las demacradas líneas de sus pómulos eran perfectamente simétricas, y de las profundidades de sus ojos oscuros emanaba un brillo juvenil. De no ser por su aspecto de dejadez, se habría dicho que tenía un aire dandi. En el regazo sostenía con reverencia su bolso, acariciándolo como a un amante perdido hacía mucho.

«Es mío», dijo Peri con voz tensa después de tragarse el nudo de la garganta.

Al oírla, él abrió el cierre del bolso y lo sostuvo un instante en el aire antes de darle la vuelta. Todo lo que había dentro cayó: llaves, un pintalabios, un lápiz de ojos, un bolígrafo, un frasquito de perfume, un móvil, un paquete de pañuelos de papel, unas gafas de sol, un cepillo de pelo, un tampón… Y una cartera de cuero que él recogió con cuidado del suelo y de la que extrajo un fajo de billetes, tarjetas de crédito, un carnet de identidad rosa, un permiso de conducir y fotos de momentos especiales de la familia. Silbando, se guardó en el bolsillo el dinero y el móvil, y desechó todo lo demás. Era una melodía despreocupada y alegre que recordaba a la tonadilla de una vieja caja de música. Justo cuando estaba a punto de tirar la cartera, algo llamó su atención. Una polaroid que asomaba parcialmente de un compartimento donde había sido guardada con cuidado, oculta a la vista. Una reliquia de una época desaparecida hacía mucho.

Arqueando una ceja, el vagabundo examinó la polaroid. Se veían cuatro rostros: de un hombre y de tres mujeres jóvenes. Un profesor y sus alumnas. Envueltos en sus abrigos, sombreros y bufandas, daban la espalda a la biblioteca Bodleiana de Oxford, apiñados en busca de calor o por la fuerza de la costumbre, atrapados para siempre en uno de los días más fríos de aquel invierno.

El vagabundo alzó la cabeza y sonrió a Peri como si hubiera reconocido Oxford de una película o un recorte de periódico. O tal vez se había dado cuenta de que estaba ante él una de las chicas de la foto. Había engordado y tenía arrugas, llevaba el cabello más corto y más liso, pero —salvo el atisbo de tristeza— los ojos eran los mismos. Tiró la foto.

Peri miró unos segundos —no más— cómo la polaroid descendía flotando hasta el suelo. Parpadeó igual que si la foto tuviera vida y hubiera podido hacerse daño al caer.

Aterrada, le gritó al vagabundo que había pedido ayuda y que no tardarían en llegar la policía, los gendarmes y su marido. Agitó la mano para enseñarle la sortija de casada, y en ese instante cobró plena conciencia de cuánto se habría burlado la joven que ella había sido por exhibir ese símbolo de su estado civil como si se tratara de un amuleto. Pero había suficientes motivos para que el hombre no la creyera, y el menor de todos no era el tono de su voz. El callejón estaba desierto y la luz se retiraba. ¿Cuánto se había apartado ...