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LEGADO MORTAL

Mary Higgins Clark

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Fragmento

Agradecimientos

Una vez más y como siempre, gracias a mi editor de toda la vida y querido amigo, Michael Korda. Me ha guiado a lo largo del viaje desde la primera página hasta la maravillosa palabra «fin». Qué afortunada he sido al tenerle a mi lado durante todos estos años.

Quiero también dar las gracias a Marysue Rucci, jefa de redacción de Simon & Schuster. Ha sido estupendo trabajar con ella en los últimos años.

Es un placer contar con el equipo que tengo en casa. Mi hijo David se ha convertido en un valioso ayudante e investigador a jornada completa y, como de costumbre, el resto de mis hijos han sido por voluntad propia mis primeros lectores y conejillos de Indias a lo largo de todos los pasos del camino.

Y, como siempre, gracias a mi extraordinario marido, John Conheeney, que lleva veinte años oyéndome decir entre suspiros que estoy segura de que este libro no funciona.

Nadine Petry, mi ayudante y mano derecha desde hace tanto tiempo, tiene el don de interpretar mi imposible caligrafía. Gracias, Nadine.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando hace cuarenta y un años se publicó ¿Dónde están los niños? jamás pensé que tendría la inmensa fortuna de seguir escribiendo pasados tantos años. Disfruto encontrando nuevos personajes y novedosas situaciones en las que colocarlos.

Como ya he dicho, «fin» es mi palabra favorita, pero no existiría si no hubiera una primera frase que les invitase, queridos lectores, a pasar las páginas.

Gracias por continuar disfrutando con las historias que les cuento.

Todo mi agradecimiento y mis mejores deseos,

MARY

Prólogo

El primer llanto del bebé fue un sonido tan penetrante que las dos parejas que aguardaban tras la puerta del paritorio de Cora Banks, la comadrona, dejaron escapar al unísono un grito ahogado. Los ojos de James y Jennifer Wright se iluminaron de alegría. Una mezcla de alivio y resignación se reflejó en el rostro de Rose y Martin Ryan, cuya hija de diecisiete años acababa de dar a luz.

Las parejas se conocían entre sí como los Smith y los Jones. Ninguna deseaba conocer la verdadera identidad de la otra. Un cuarto de hora después seguían esperando nerviosos para ver al recién nacido.

Era una niña adormilada de más de tres kilos de peso cuyos negros mechones rizados contrastaban con su tez clara. Cuando abrió sus ojitos, todos vieron que eran grandes y de un castaño oscuro. Jennifer Wright alargó los brazos para cogerla y la comadrona sonrió.

—Creo que tenemos un asuntillo pendiente —sugirió.

James Wright abrió el maletín que llevaba.

—Sesenta mil dólares —dijo—. Cuéntelos.

Les habían descrito a la madre del bebé que acababa de nacer como una chica de diecisiete años que se había quedado embarazada la noche del baile de graduación. Sus padres habían ocultado el embarazo a todo el mundo. Dijeron a familiares y amigos que era demasiado joven para marcharse a la universidad y que tenía previsto trabajar en el taller de costura que su tía poseía en Milwaukee. El padre, un muchacho de dieciocho años, se había ido a la universidad sin saber nada del embarazo.

—Cuarenta mil dólares para los estudios de la madre. —Cora contó el dinero y entregó esa cantidad a los padres de la joven parturienta mientras sus gruesos brazos sujetaban con firmeza a la criatura. No le pareció necesario añadir que los veinte mil dólares restantes correspondían al pago de sus servicios.

Los abuelos de la recién nacida aceptaron el dinero en silencio.

—¡Qué feliz soy! —susurró Jennifer Wright, y alargó sus brazos anhelantes.

—Registraré el nacimiento a nombre de ustedes —anunció la comadrona a la radiante pareja.

Su fría sonrisa no sirvió para realzar su cara redonda y sin atractivo. Aunque solo tenía cuarenta años, su expresión le añadía al menos otros diez.

Se volvió hacia los padres de la joven madre.

—Que duerma unas horas más. Después, llévensela a casa.

En el paritorio, la muchacha de diecisiete años luchaba contra el efecto de la elevada dosis de sedantes que le habían administrado. Sentía los pechos hinchados por la impresión de abrazar a la niña en sus primeros momentos de vida. La quiero, la quiero, gritaba su alma. No entreguéis a mi bebé. Encontraré un modo de cuidarla...

Dos horas después, acurrucada en el asiento trasero del coche familiar, se dirigía a un motel cercano.

A la mañana siguiente regresaba sola en avión a Milwaukee.

1

—Y ahora, el habitual bloque de anuncios —susurró Delaney Wright al compañero junto al que presentaba las noticias de las seis de la tarde en la WRL—. Todos ellos absolutamente fascinantes.

—No olvides que nos pagan el sueldo —le recordó Don Brown con una sonrisa.

—Ya lo sé, benditos sean —repuso con alegría, mirándose al espejo para comprobar su aspecto.

Creía que la blusa de color morado intenso que había elegido la encargada de vestuario resaltaba demasiado con su piel clara, aunque tenía que reconocer que le quedaba bien con su cabello negro, cortado a la altura de los hombros. Iris, su maquilladora favorita, había hecho un buen trabajo realzando sus ojos castaño oscuro y sus largas pestañas.

El realizador inició la cuenta atrás.

—Diez, nueve... tres, dos...

Cuando dijo «uno», Delaney empezó a leer.

—«Mañana por la mañana dará comienzo en el palacio de justicia del condado de Bergen, en Hackensack, New Jersey, la selección del jurado en el juicio contra Betsy Grant, antigua profesora de instituto de cuarenta y tres años acusada del asesinato de su acaudalado esposo, el doctor Edward Grant, de cincuenta y ocho. La víctima padecía la enfermedad de Alzheimer de inicio precoz. Aunque la acusada no ha dejado de proclamar su inocencia, el fiscal mantiene que se cansó de esperar la muerte de su marido. Ella y el hijo de la víctima son herederos a partes iguales de una fortuna valorada en más de quince millones de dólares».

—Y ahora una noticia mucho más alegre —continuó Don Brown—. Esta es la clase de reportaje que nos encanta presentar.

En la pantalla aparecieron las primeras imágenes del encuentro de un hombre de treinta años con su madre biológica.

«Llevábamos diez años buscándonos —explicó Matthew Trainor, sonriente—. Tenía la sensación de que ella me llamaba. Necesitaba encontrarla.»

Rodeaba con el brazo a una mujer corpulenta de unos cincuenta años, de pelo ondulado y facciones agradables. En sus ojos color avellana brillaban lágrimas contenidas.

«Tenía diecinueve años cuando di a luz a Charles. —Hizo una pausa y levantó la mirada hasta su hijo—. En mi cabeza siempre le llamé Charles. El día de su cumpleaños solía comprar juguetes y los donaba a una entidad benéfica. —Con voz temblorosa, añadió—: Me gusta el nombre que le pusieron sus padres adoptivos. Matthew significa “regalo de Dios”.»

«Desde que tengo memoria he sentido la necesidad de saber quiénes eran mis padres biológicos, sobre todo mi madre» —añadió el hijo reencontrado cuando el reportaje tocaba a su fin.

Matthew le dio un fuerte abrazo a Doris Murray, que no pudo reprimir las lágrimas por más tiempo.

«Es imposible explicar cuánto he echado de menos a mi hijo.»

—Una noticia conmovedora, ¿verdad, Delaney? —preguntó Don Brown.

La presentadora solo pudo asentir con la cabeza. Sabía que el nudo que tenía en la garganta estaba a punto de deshacerse en un mar de lágrimas.

Don esperó unos segundos su respuesta y luego, con expresión de sorpresa, dijo:

—Veamos qué nos cuenta Ben Stevens, nuestro hombre del tiempo.

—Lo siento, Don —se disculpó Delaney cuando terminó el programa—. Esa noticia me ha emocionado tanto que me daba miedo empezar a llorar igual que la madre.

—Bueno, ya veremos si dentro de seis meses todavía se hablan —replicó él, sarcástico. Echó la silla hacia atrás—. En fin, ya hemos terminado.

En el estudio contiguo, a través de la pared de cristal, vieron al presentador de las noticias nacionales, Richard Kramer, en directo. Delaney sabía que Don aspiraba a ocupar ese puesto cuando Kramer se jubilara. La muchacha se levantó, salió del estudio, pasó por su despacho y cambió su blusa morada por una camiseta de yoga. Sustituía a la copresentadora habitual, Stephanie Lewis, que estaba enferma, y se alegraba especialmente de cubrir el juicio contra Betsy Grant. Estaba segura de que iba a ser fascinante.

Cogió el bolso, saludó a su paso a varios compañeros, recorrió una sucesión de largos pasillos y salió a Columbus Circle.

Aunque le encantaba el verano, Delaney estaba deseando que llegara el otoño. Pensó en el dinamismo que adquiría Manhattan a partir del día del Trabajo, y entonces comprendió que estaba tratando de apartar de su mente lo que tanto le preocupaba. El reportaje sobre la adopción había derribado de golpe los muros que tanto se había esforzado por construir a su alrededor para evitar obsesionarse de nuevo con el mismo tema.

Necesitaba encontrar a su madre biológica. James y Jennifer Wright la habían adoptado a las pocas horas de nacer y eran sus nombres los que constaban en la partida de nacimiento registrada en Filadelfia. Una comadrona había asistido al parto. La mujer que había organizado la adopción estaba muerta y no había rastro del nombre de la matrona.

Al parecer, había llegado a un callejón sin salida, pero estaba a punto de tomar una decisión. Había oído hablar de un detective jubilado especializado en seguir rastros imposibles en casos como el suyo. Tan absorta estaba al iniciar su caminata de kilómetro y medio hasta casa que, casi sin percatarse, dejó atrás la Quinta Avenida.

Giró hacia el este en la calle Cincuenta y cuatro. Su apartamento estaba en uno de los edificios más antiguos, justo al lado de donde vivió Greta Garbo, la legendaria actriz de los años treinta. Muchas veces, al final de una jornada especialmente frenética en el estudio, Delaney recordaba la famosa frase de la actriz: «Quiero estar sola».

Danny, el portero siempre sonriente, le abrió la puerta. Su apartamento, una amplia vivienda de tres habitaciones, era muy distinto de la inmensa y hermosa casa de Oyster Bay, en Long Island, en la que había crecido. Delaney soltó el bolso, sacó una botella de Perrier del frigorífico y, apoyando los pies en un cojín, se acomodó en su confortable butaca.

En la mesa que había al otro lado de la sala había una gran foto de familia, hecha cuando tenía tres años. Delaney estaba sentada sobre el regazo de su madre, junto a su padre. Sus tres hermanos aparecían alineados detrás. El cabello negro y rizado y los ojos de color castaño oscuro de la niña llamaban claramente la atención en la supuesta foto de familia. Los demás tenían el pelo en distintos tonos de rubio rojizo, y los ojos en diferentes tonos de azul claro y avellana.

Lo recordaba muy bien. La primera vez que vio la fotografía se echó a llorar.

—¿Por qué no me parezco a todos vosotros? —preguntó entre sollozos.

Fue entonces cuando sus padres le dijeron que era adoptada, aunque no con esas palabras. Teniendo en cuenta su corta edad, le explicaron lo mejor que pudieron que deseaban tener una niña, y que desde que era un bebé se había convertido en parte de la familia.

El mes anterior había tenido lugar en Oyster Bay una gran reunión familiar para celebrar el setenta y cinco cumpleaños de su madre. Jim acudió desde Cleveland, Larry desde San Francisco y Richard desde Chicago, todos con sus mujeres e hijos. Había sido un momento realmente feliz. Sus padres se mudaban a Florida y habían regalado los muebles que no necesitaban. Delaney y sus hermanos pudieron quedarse con lo que quisieron, y ella escogió unas cuantas piezas pequeñas que cabían en su apartamento.

Contempló de nuevo la foto de familia, imaginando a la madre que nunca había conocido. ¿Me parezco a ti?, se preguntó.

Sonó el teléfono. Alzó los ojos al cielo, pero entonces vio que quien la llamaba era Carl Ferro, el productor del noticiario de las seis. Estaba exultante.

—Stephanie ha aceptado el empleo que le ofrecían en NOW News. Estamos todos contentísimos. Se estaba volviendo una insuperable... pesada. Siempre pretendía saber más que Kathleen. —Kathleen Gerard era la productora ejecutiva del departamento de noticias—. Su dimisión llegará por la mañana. Eres nuestra nueva copresentadora con Don Brown. ¡Enhorabuena!

Delaney dejó escapar un grito ahogado.

—¡Carl, estoy encantada! ¿Qué más puedo decir? Lo único que lamento es no poder cubrir el juicio de Grant.

—Seguimos queriendo que lo hagas. Recurriremos a otras copresentadoras hasta que termine la vista oral. Eres una gran reportera y este tipo de juicios es lo tuyo.

—No puedo pedir nada más, Carl. Muchas gracias —se despidió.

Sin embargo, al colgar el teléfono la embargó un instante de inquietud. Su niñera, Bridget O’Keefe, solía decir: «Cuando las cosas parecen demasiado buenas, los problemas vienen de camino».

2

—Willy, necesito de verdad un nuevo proyecto —insistió Alvirah.

Estaban desayunando en su apartamento de Central Park South. Iban por la segunda taza de café, que era el momento predilecto de Alvirah para charlar. También era cuando Willy llegaba a la sección de deportes del Post, que estaba deseando devorar.

Con un suspiro de resignación, dejó a un lado el periódico y miró a su querida esposa, de cuarenta y tres años, sentada al otro lado de la mesa. Willy tenía el cabello blanco, los rasgos marcados y los ojos de un azul intenso, y a sus amigos de más edad les recordaba a Tip O’Neill, el legendario portavoz de la Cámara de Representantes.

—Ya sé que empiezas a impacientarte, cariño —dijo con dulzura.

—Así es —reconoció Alvirah, alargando el brazo para coger un segundo trozo de bizcocho—. Últimamente no hemos hecho gran cosa. Bueno, disfruté mucho en el crucero fluvial por el Sena. ¿A quién no le habría gustado? Además, me encantó ver dónde pasó Van Gogh los últimos meses de su vida. Pero ahora me alegro de estar en casa.

Echó un vistazo por la ventana para admirar las vistas de Central Park.

—¿Verdad que tenemos suerte de estar aquí? —añadió—. Solo tienes que compararlo con nuestro apartamento en Astoria. La cocina ni siquiera tenía ventana.

Willy lo recordaba todo con nitidez. Seis años atrás él era fontanero y Alvirah, una mujer de la limpieza. Estaban en su antiguo piso, y ella tenía los pies tan cansados que los había metido en una palangana de agua caliente con sal de Epsom. En ese momento anunciaron por televisión el billete ganador de la lotería. Willy tuvo que mirar dos veces el suyo para asimilar que habían ganado cuarenta millones de dólares.

Recibían el dinero en pagos anuales y siempre ahorraban la mitad. Habían comprado ese apartamento en Central Park South, pero conservaban el de Astoria por si el gobierno se declaraba en quiebra y no podían continuar con los pagos.

Un día, el director del Daily Standard entrevistó a Alvirah. Ella le dijo que siempre había querido ir al balneario Cypress Point de California. El periodista le pidió que escribiera un artículo sobre sus experiencias allí y le regaló un broche con forma de sol que llevaba un micrófono incorporado para grabar sus conversaciones, asegurándole que le sería útil para redactar el reportaje. En cambio, le sirvió para descubrir la identidad de un asesino que se encontraba en el balneario. Desde entonces, Alvirah, con la ayuda de su micrófono, había resuelto numerosos crímenes.

—Estoy deseando ver a Delaney mañana —reconoció—. ¡Qué suerte tiene de cubrir el juicio contra Betsy Grant!

—¿Esa tal Grant no es la que asesinó a su marido? —preguntó Willy.

—No, solo está acusada de asesinar a su marido —le corrigió Alvirah.

—Pues por lo poco que he leído al respecto pensaba que era un caso muy claro.

—Estoy de acuerdo —se apresuró a responder ella—, pero, como siempre, estoy dispuesta a mantener la mente abierta...

Willy sonrió.

—Más te vale estar abierta a su culpabilidad.

3

A veintitrés kilómetros de distancia, en su mansión de diez habitaciones de Alpine, en New Jersey, Betsy Grant se preparaba una segunda taza de café en la cocina mientras contemplaba el paisaje por la ventana con aire pensativo. De forma inconsciente, observó que las hojas de los olmos habían adquirido un tono dorado, tal como correspondía a los primeros días de septiembre.

Los grandes ventanales panorámicos producían la sensación de fundirse con la naturaleza, como les había dicho el entusiasta agente inmobiliario que les enseñó esa casa doce años atrás.

Tras otra noche de insomnio esas palabras aparecían nítidas en su mente, como el recuerdo del cariño en los ojos de Ted cuando la miró para comprobar su reacción. Sabía que él quería comprar la propiedad. ¿Y por qué no iba a gustarme a mí?, se preguntó. Estaba tan enamorada que cualquier casa que él hubiera querido comprar me habría parecido bien. Me disgustaba que el anterior propietario estuviera dispuesto a vender a bajo precio porque su empresa había quebrado, no me agradaba la idea de aprovecharnos de la desgracia de otro. Pero esta casa es realmente preciosa, pensó.

Subió a la primera planta con la taza de café en la mano. Tras la muerte de Ted había vuelto a dormir en la habitación principal. Cruzó la salita en la que habían pasado tantas horas felices. Durante el otoño y el invierno solían encender la chimenea allí y ver algún programa de televisión que les gustara a ambos, o sencillamente sentarse juntos a leer.

El rápido inicio del alzhéimer precoz, cuando Ted tenía solo cincuenta y un años, supuso una tragedia inesperada. Betsy bloqueó las escaleras para impedir que su marido se inclinase peligrosamente sobre la barandilla y transformó la biblioteca de la planta baja en un dormitorio para él. Al principio ella dormía en el pequeño cuarto adyacente, pero acabó cediéndoselo a la auxiliar contratada a jornada completa y se trasladó al dormitorio de invitados con baño situado junto a la cocina.

Todo aquello daba vueltas y más vueltas en su cabeza cuando dejó la taza en la encimera del baño y abrió la ducha.

Su abogado, Robert Maynard, llegaría al cabo de una hora. No sé por qué viene, pensó Betsy con una pizca de resentimiento. Sé todo lo que va a decir. Sé todo lo que puedo esperar. Al quitarse la bata y el camisón rememoró el terrible momento en el que Maynard le informó de que el gran jurado la había acusado formalmente de asesinato. La foto para la ficha policial, la toma de sus huellas dactilares, la comparecencia ante el juez, el pago de su fianza... todo aquello eran fragmentos de recuerdos que la asaltaban a diario, por más que se esforzara en apartarlos de su cabeza.

Se duchó, se recogió la larga melena de color castaño claro, se dio un toque de máscara de pestañas y se aplicó una pizca de brillo de labios. El hombre del tiempo había anunciado que el día sería mucho más fresco. Vistió su esbelto cuerpo con una blusa de cachemir de manga larga verde botella y unos pantalones marrón oscuro que seleccionó del armario. Había dejado de vestir de negro cuatro meses atrás, cuando un columnista comentó que la acusada del asesinato de Edward Grant se pavoneaba por ahí vestida de luto. Sin embargo, solo vestía colores oscuros, incluso en casa.

Miró a su alrededor antes de salir de la habitación, en un gesto que se había convertido en un hábito. Durante la noche, había ocasiones en las que Ted se las arreglaba para escalar la valla que protegía el hueco de la escalera y subir hasta allí.

Resultaba fácil saber cuándo había sucedido. Todos los cajones de las cómodas y mesillas de noche aparecían volcados. Era como si Ted buscase algo, pensó en ese momento. A ella y a Carmen, la asistenta, no les costaba demasiado volver a ponerlo todo en su sitio. Su única preocupación era que Ted de algún modo había recordado la combinación de la caja fuerte del armario y había sacado la preciosa pulsera de diamantes y esmeraldas que le regaló en su primer aniversario de boda. Betsy no había perdido la esperanza de encontrarla algún día, aunque siempre existía la posibilidad de que la hubiese arrojado al interior del compactador de basura.

Sintió la tentación de hacer la cama, pero sabía que Carmen llegaría en cualquier momento.

—Déjemelo a mí, señora Betsy. Para eso estoy aquí —decía siempre.

Sin embargo, le resultaba casi imposible dejar un plato en el fregadero o una bata sobre una silla tras convivir durante demasiados años con una madre obsesionada con pulir, abrillantar y pasar el aspirador.

Con un suspiro inconsciente, bajó a la planta baja justo cuando entraba la asistenta. Al cabo de media hora, el campanilleo del timbre le indicó que Robert Maynard se encontraba en el porche delantero de su casa.

4

Alan Grant, hijo del difunto Edward Grant, a quien su familia y amigos llamaban Ted, miraba a su exesposa, Carly, mientras intentaba ocultar la rabia irrefrenable que sentía. Su hijo de cuatro años y su hija de dos, conscientes de la animadversión que flotaba en el ambiente, se habían refugiado apresuradamente en su dormitorio.

Carly señaló el pasillo por el que se habían ido.

—¿Puedes decirme cómo voy a cuidar de ellos si me echan de aquí? —exigió saber, enfadada.

Era una bailarina cuya carrera en Broadway finalizó de golpe cuando la atropelló un conductor que se dio a la fuga. Ahora, su hermoso rostro delataba la tensión que le causaba el dolor de espalda provocado por las graves lesiones sufridas en el accidente y las preocupaciones económicas que formaban parte de su existencia cotidiana.

Su exmarido no tenía respuesta.

—Mira —le espetó furioso y a la defensiva—, ya sabes que cuando acabe el juicio podré disponer del dinero de mi padre. Y tendré un montón. Además, no hay duda de que Betsy acabará en la cárcel, lo que significa que la fortuna que ha heredado será mía también. Tú tienes amigos ricos. Diles que te presten dinero. Págales intereses.

Se metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y tiró una tarjeta de crédito sobre la mesa.

—En esta hay fondos, me han pagado el trabajo que hice en Atlanta fotografiando casas. Utilízala para comprar comida y yo me ocuparé del alquiler antes del día 30.

Sin molestarse en despedirse de sus hijos, salió del apartamento de cuatro habitaciones en la calle Ochenta y nueve Oeste de Manhattan, abandonó el edificio y se encaminó hacia el centro a grandes y rápidas zancadas.

A sus treinta y cinco años, Alan guardaba un gran parecido con su difunto padre, un detalle que los medios de comunicación destacaban a menudo. Con su metro ochenta y tres de estatura, su pelo castaño rojizo y sus ojos de color avellana, era la viva imagen del privilegiado que ha nacido con un chupete de plata en la boca y se ha graduado en una universidad prestigiosa.

Estaba convencido de que todo era culpa de Betsy. Ella y Alan se llevaban muy bien, pero fue su madrastra quien instó a su padre a dejar de firmarle un cheque cada vez que tenía un problema y asignarle a cambio una paga razonable.

—Alan es un fotógrafo excelente —le había hecho notar—. Si se concentrase menos en ser el playboy del mundo occidental y sentase la cabeza, podría ganarse bien la vida.

Fue entonces cuando su padre dejó de pagarle las facturas y se limitó a enviarle un cheque de cien mil dólares por Navidad. Esa cantidad no le alcanzaba para mantenerse a sí mismo, y menos aún a una exesposa con dos hijos y a otro hijo de diez años que había tenido con una novia anterior.

Su ira fue remitiendo mientras seguía caminando. Solo era cuestión de tiempo, se aseguró a sí mismo. Era imposible que el jurado exculpara a Betsy, cuya situación empeoró cuando se supo que durante los dos últimos años de vida de su padre había estado viéndose en secreto con otro tipo, el doctor Peter Benson, director del departamento de humanidades de la Universidad Franklin de Filadelfia. Aunque estaba cansado, Alan decidió que todo saldría bien. Recibiría el dinero. Betsy no heredaría ni un céntimo. Solo tenía que ser paciente.

No quería aceptar el encargo de fotografiar los modelos de primavera para la nueva marca de ropa creada por aquel imbécil famoso, pero no había tenido más remedio que hacerlo.

Mientras atajaba por Central Park West en dirección a Columbus Circle, sonrió satisfecho al recordar a su padre atacando a Betsy la noche en que se reunieron todos en un esfuerzo inútil por celebrar el cumpleaños del enfermo. Todo el mundo la había oído gritar angustiada:

—¡Ya no puedo soportarlo!

Esa misma noche, su padre fue asesinado estando solo con Betsy en la casa.

Cuando la declaren culpable no podrá heredar, pensó, así que toda la fortuna que dejó papá será mía.

Acto seguido intentó apartar de su mente un pensamiento desagradable: a su padre le habían fracturado el cráneo de un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza.

5

Antes de desayunar, el doctor Scott Clifton recogió los periódicos de la mañana que descansaban en los peldaños de entrada de su casa de Ridgewood, New Jersey. Para Clifton, un hombre atlético y corpulento de cincuenta y siete años con la cara quemada por el sol y abundante cabello de color rubio canoso, no supuso ninguna sorpresa comprobar el regreso de los titulares morbosos a medida que se aproximaba el día del juicio.

A lo largo de veinte años, Ted, el doctor Kent Adams y él habían dirigido juntos una clínica traumatológica de gran éxito. Y entonces, más de ocho años atrás, a Ted le diagnosticaron alzhéimer. Desde ese momento, él y Kent pusieron fin a la sociedad y tomaron rumbos distintos. En ausencia de Kent, la clínica de Scott había perdido muchos pacientes.

Lisa no solía bajar a desayunar antes de que él se fuera a trabajar. No es que su mujer acostumbrara a dormir hasta muy tarde, pero él siempre salía de casa a las ocho en punto, o incluso antes, por lo que el médico se preparaba sus propios cereales y su café.

Sin embargo, ese día ella entró inesperadamente en la cocina.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Scott con brusquedad.

Lisa vaciló.

—Esta noche has dado muchas vueltas en la cama —dijo finalmente—. No parabas de nombrar a Ted. Sé que te inquieta el juicio.

—Claro que sí. Lamento no haberte dejado dormir.

—No pretendía insinuar que me estuvieses molestando. Solo me preocupaba por ti. —Lisa parpadeó para no llorar—. Diga lo que diga, siempre me contestas de malos modos —añadió en voz baja.

Él no contestó. Sabía que su matrimonio, tres años atrás, había sido un error.

Apenas se había secado la tinta de los papeles de su divorcio cuando se casó con ella. Ahora tenía t ...