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LO QUE APRENDí DE MI PINGüINO

Tom Michell

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Fragmento

Prólogo

Si en los años cincuenta, cuando era pequeño, me hubieran dicho que mi vida estaría unida a la de un pingüino, y que juntos nos enfrentaríamos al mundo (al menos por un tiempo), no me habría sorprendido demasiado. Hay que tener en cuenta que mi madre tuvo tres caimanes en nuestra casa de Esher, hasta que se hicieron demasiado grandes y peligrosos para una localidad tan apacible y los cuidadores del zoo de Chessington se los llevaron. Lo de tener caimanes en casa no fue voluntario. Mi madre vivió hasta los dieciséis años en Singapur, y antes del viaje de vuelta a Inglaterra su mejor amiga, en una despedida llena de ternura y lágrimas, le dio tres huevos como recuerdo. Durante el largo viaje, previsiblemente, las crías nacieron en el camarote, y mi madre se las llevó a su casa. Años después, en ciertos momentos de nostalgia, comentaba que quizá nunca le habían regalado un recuerdo tan eficaz como aquel imaginativo obsequio.

Yo de animales, salvajes y domésticos, era buen conocedor. Mi infancia en el campo me había dado una visión realista de la vida. Sabía muy bien lo que les esperaba a los zorros y al ganado. En cambio solo conocía los animales exóticos por los zoos, y en mi imaginación. En eso bebí de la genialidad de Rudyard Kipling, que más tarde inspiraría a Walt Disney Productions. Me identificaba a fondo con El libro de la selva y Kim, y con sus descripciones de la vida escolar, idéntica a la mía, a pesar de que hubiera transcurrido más de medio siglo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Es la pura verdad. Me eduqué con una visión del mundo propia de principios del siglo XX. Como mis padres habían nacido en distintas partes del imperio, tenía tíos y primos por todo el planeta: Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Sudáfrica, la India, Ceilán (la actual Sri Lanka), Singapur, Rodesia (Zimbabue), Nyasalandia (Malaui)… Eran sitios que casi tenía la impresión de conocer. Varias veces al año llegaban cartas de esos países (y también, aunque no con la misma frecuencia, sus autores), y mi imaginación de niño se encendía con historias sobre el «África negra» y demás. Mi deseo, sin embargo, era aventurarme por tierras distintas e inexploradas, una verdadera Terra Incognita. En América del Sur, que me constase, no había estado ni tenía vínculos ninguno de mis conocidos, así que resolví, antes de haber terminado el colegio, que de mayor sería adonde viajaría. A los doce años me compré un diccionario de español y empecé a aprender frases en secreto. Así, cuando llegara la ocasión, estaría preparado.

Tardó diez años en llegar, y lo hizo en forma de un anuncio en el suplemento de educación del Times: «Vacante en Argentina para internado británico». El puesto se adaptaba tan claramente a mis objetivos que media hora después ya había echado mi solicitud al buzón, para que sobrevolase el Atlántico pregonando que no hacía falta que buscasen más. Por lo que a mí respectaba, había empezado el viaje.

Antes de irme, como es natural, me documenté sobre la situación económica y política del país. Un tío que trabajaba en el Foreign Office me dio información confidencial sobre la fragilidad del gobierno peronista argentino. Según nuestros servicios de inteligencia había muchas posibilidades de que las fuerzas armadas orquestasen en breve un nuevo y cruento golpe de Estado. El terrorismo imponía su ley, y los asesinatos y secuestros eran el pan de cada día. Se consideraba que el ejército era el único capaz de velar por el orden. También recibí información económica, esta vez de mi banco de Londres: ¡un caos total, sin paliativos! En resumidas cuentas (decía todo el mundo con algo de paternalismo), ir a Argentina era una idea absurda, que en aquellas circunstancias no se podía barajar, ni se le ocurriría a nadie en su sano juicio. Yo, de más está decirlo, no pedía otra cosa ni necesitaba más ánimos.

Me ofrecieron el puesto de profesor asistente, con participación en las tareas de la residencia, aunque las cláusulas del contrato no eran muy prometedoras. El colegio me pagaría el vuelo de vuelta a condición de que me quedara durante todo un año académico. También me pagaría las cotizaciones para la jubilación, y un sueldo en la moneda del país, equivalente a un poder adquisitivo que el director no pudo aclararme a causa del desbarajuste económico. En todo caso cobraría en consonancia con lo que recibía el resto del personal docente. Durante mi estancia en el internado me pagarían la comida y el alojamiento. Nada más.

Comprobé que mi dinero en el banco alcanzaba para un vuelo de regreso desde Buenos Aires para casos de emergencia. El banco, por su parte, gestionó con una sucursal del Banco de Londres y América del Sur en Buenos Aires que en caso de necesidad pudieran mandarme dinero desde Londres. De todos modos el dinero no me preocupaba: estaba a punto de saciar el ansia de aventura que había sentido durante mi infancia, y de embarcarme en la búsqueda de mi destino. Que la Fortuna me asignase como amigo y compañero de viajes un pingüino, y que años después aquel pingüino alimentase cuentos que oirían antes de dormir generaciones que aún no habían nacido, era un giro insospechado que quedaba muy lejos, detrás del horizonte occidental.

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Juan Salvador fue un pingüino que sedujo e hizo las delicias de todas las personas que lo conocieron en aquellos tiempos de oscuridad y peligro, los de la caída del gobierno peronista entre atentados terroristas y violencia revolucionaria, en una Argentina al borde de la anarquía. Las libertades, oportunidades y actitudes de esa época no se parecían en nada a las de hoy, pero a pesar de todo resultó posible que un viajero joven como yo y el inimitable e indómito Juan Salvador vivieran en feliz armonía después de su rescate en circunstancias dramáticas por un servidor, que lo salvó de sucumbir a las mortales aguas de la costa uruguaya.

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Rescato un pingüino

En que termina una aventura y da comienzo otra

En la costa de Uruguay, donde confluyen las grandes planicies litorales del Atlántico y la orilla norte del inmenso delta del Río de la Plata, se encuentra la localidad balnearia de Punta del Este, a un centenar de kilómetros al este de la capital, Montevideo, separada por el ancho río de la capital de la República Argentina, Buenos Aires. En los sesenta y setenta Punta del Este fue para los habitantes de estas dos grandes metrópolis su Niza, Cannes o Saint-Tropez, el destino para las vacaciones estivales de la gente bien, que se refugiaba del calor en áticos de lujo y bloques de pisos en primera línea de mar, como es muy posible que sigan haciéndolo, hasta donde yo sé.

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De uno de esos pisos tenía yo la llave, gracias a la amabilidad de la familia Bellamy, unos amigos que en aquella época del año, pleno invierno, no lo usaban. Me encontraba en Uruguay después de una increíble estancia en Paraguay, de donde había regresado por las gigantescas cataratas de Iguazú y luego bordeando la costa. Tras varias semanas de fatigas y emociones no pedía nada más que relajarme algunos días en la tranquilidad de Punta del Este en temporada baja.

El último día, por la tarde, volví con la intención de hacer el equipaje y preparar mis pertenencias para salir a primera hora de la mañana. A las doce zarpaba el barco rumbo a la otra orilla del Río de la Plata. Tendría que tomar el «colectivo» de Punta del Este a Montevideo a las seis menos cuarto de la mañana. Los conductores de autobús de la región cargaban sus vehículos de adornos y amuletos, creo yo que para compensar la poca calidad de los neumáticos.

Una vez preparado el equipaje, y con el piso limpio y ordenado, decidí dar un último paseo a la orilla del mar antes de la que sería mi última cena en Punta del Este.

El puerto, que ocupa el lado occidental de la punta homónima, solo tenía capacidad para unas cuantas decenas de barcas de pesca y de recreo, que se mecían suavemente en armonía con los pontones flotantes que permitían a los propietarios acceder a los botes. Es un puerto bien resguardado del mar por el este, pero aquel día apenas brindaba protección contra la brisa del oeste.

Todo eran gritos de gaviotas, chocar de cabos, olor de pescado… Un pequeño remanso de seguridad que gozaba sereno de un luminoso sol de invierno. El azul zafiro del mar y el celeste del cielo realzaban al máximo los vivos colores de las gaviotas, las barcas y las casas, pero lo que me llamó la atención fueron los miles y miles de peces que nadaban en el agua fría y cristalina: bancos de espadines que evolucionaban al unísono tratando de huir de sus depredadores mediante rápidos zigzags por el puerto, o separándose para reunirse al cabo de pocos segundos. Me fascinaban las ondas, chispeantes de luz, que palpitaban en el agua como una aurora boreal cuando se reflejaba el sol en los cuerpos iridiscentes de los peces.

Junto a los antiguos y herrumbrosos surtidores de gasolina, graduados por galones y protegidos por un tejadillo de chapa, una pescadora musculosa sacaba del puerto su sustento con una gran red verde atada a un mango recio de bambú. Llevaba un delantal de cuero y botas de goma, y aunque vi que sus manos estaban desnudas, sonreía satisfecha. Tenía el pelo recogido con un pañuelo marrón y el rostro surcado por profundas arrugas. Al lado de ella había tres toneles de madera casi a rebosar de espadines. Supuse que era el motivo de su cara de satisfacción. Con el agua hasta el tobillo, rodeada de peces de franjas plateadas, echaba la red y la sacaba llena casi cada minuto, para disgusto de las gaviotas, que la miraban con hostilidad, graznando sin cesar. Cada vez que echaba un nuevo cargamento de peces a los toneles y sacaba manualmente los que no se hubieran caído de la red (cosa que no podría haber hecho con guantes, comprendí), sonreía y enseñaba su boca desdentada. Las gaviotas, pequeñas, con el lomo negro y la cola bifurcada, sobrevolaban un momento el mar, a unos tres metros de altura, y después de zambullirse resurgían y se quedaban sentadas en la superficie, con el brillo de los espadines en el pico, como si estuvieran hechos de goma de mercurio. En otro abrir y cerrar de ojos, la pesca quedaba engullida.

En el puerto también había un par de pingüinos que tomaban parte en el festín. Era fascinante la velocidad con la que se movían por el agua en persecución de los peces, con una destreza que superaba incluso la de las gaviotas en el aire. Se escurrían por los bancos con una rapidez y agilidad pasmosas, cebándose en los peces que se encontraban a su paso; peces que, frente a un adversario tan excepcional, no parecían tener otra defensa que su propio número, aparentemente infinito. Lo que me sorprendió fue que no hubiera más pingüinos para tan suculento y fácil banquete.

Gustosamente los habría observado más tiempo, pero los pingüinos se perdieron de vista, así que me giré y rodeé el promontorio hacia su flanco este para dirigirme al siguiente rompeolas. Llegaban del mar olas pequeñas, salpicadas de blanco. Solo había paseado por la playa diez minutos, o a lo sumo un cuarto de hora, disfrutando de la tarde y pensando en mis nuevas experiencias (las muchas y sobrecogedoras maravillas que había visto y hecho durante mis vacaciones), cuando vi la primera de varias formas negras e inmóviles. Al principio parecían pocas, pero al acercarme crecieron tanto en número que daba la impresión de que la playa estuviese cubierta de bultos negros sobre una alfombra negra: cientos de pingüinos muertos en la arena, embadurnados de petróleo, desde el principio del rompiente hasta la costa norte. Pingüinos muertos, recubiertos de una gruesa, sofocante y densa capa de petróleo y alquitrán. Era tan atroz el espectáculo, tan nauseabundo, tan deplorable, que irremediablemente me pregunté por el futuro que le esperaba a una «civilización» capaz no ya de tolerar, sino de perpetrar una profanación así. Comprendí entonces que hubiera tan pocos pingüinos a la caza de espadines en el puerto, a pesar de la abundancia de peces. Pocos, evidentemente, habían tenido la suerte de escapar del vertido de petróleo.

Reanudé mi paseo, consumido por oscuros pensamientos, junto al rastro de devastación que cubría gran parte de la playa. Intentaba hacer una estimación del número de aves muertas, pero aunque hubiera podido calcular cuántos pingüinos había en la playa (formando montones en algunos puntos), lo que era inabarcable era la cantidad de cadáveres que se agitaban en el mar. Cada ola apilaba nuevos pingüinos sobre los anteriores, mientras la siguiente deslizaba hacia la costa una nueva y siniestra remesa de cuerpos negros.

La playa era estrecha, entre el mar y el parapeto de la carretera; en su punto más ancho no debía de superar los treinta metros, pero la contaminación se extendía más allá de donde alcanzaba mi vista. Estaba claro que miles de pingüinos habían sufrido una muerte horrenda durante su viaje al norte, por rutas migratorias ancestrales que sus antepasados usaban desde hacía millones de años.

Aún no sé por qué aquel día seguí caminando por la playa. Lo más probable es que lo hiciera por la necesidad de asimilar todo el horror de lo ocurrido y la gravedad de los daños. No había oído noticias sobre ningún vertido de petróleo en la zona, pero en aquella época pasaba con cierta frecuencia, debido a que la normativa sobre petroleros no era tan estricta como ahora, ni la respetaba casi nadie. Los petroleros entregaban su cargamento, se hacían de nuevo a la mar y limpiaban los tanques durante el camino para ir a buscar otra partida.

Fueron situaciones como esta las que acabaron provocando un cambio imprescindible. Tuve la seguridad de que lo que veía en la playa era la consecuencia inevitable de un horrible choque de culturas. Cuando la necesidad instintiva de las aves marinas de emprender su migración anual topaba con una gran mancha de petróleo vertido al mar por un descuido humano, y por la codicia, solo había un desenlace posible: la aniquilación total de los pingüinos. Incluso si lo hubiera causado un accidente, también habría sido una atrocidad indescriptible. La hipótesis de que naciese de un acto voluntario, llevado a cabo con pleno conocimiento de las más que probables consecuencias, chocaba con cualquier tipo de racionalización o aceptación.

Caminaba deprisa, sin ganas de fijarme en los animales muertos, cuando me pareció ver con el rabillo del ojo que algo se movía, no entre la espuma de las olas, sino en la calma de la playa. Me detuve a mirar. No, no me equivocaba. Una de las aves seguía con vida: un solo y valeroso superviviente que se debatía entre los muertos. ¡Increíble! ¿Cómo podía mantenerse un solo pájaro con vida, si el petróleo y el alquitrán habían aniquilado tan abrumadoramente al resto?

Estaba panza abajo, cubierto igualmente de alquitrán, pero movía las alas y levantaba la cabeza. Tampoco es que se moviera mucho: solo pequeños espasmos de la cabeza y de las alas, que interpreté como los últimos estertores de un animal vencido.

Me lo quedé mirando. ¿Sería capaz de irme, abandonando al pingüino al sofocante alquitrán que le iría robando sus fuerzas hasta que se le apagara la vida? Mi conclusión fue que no. Tenía que acabar cuanto antes con su sufrimiento. Me acerqué, despejando el camino con la máxima decencia y respeto posibles por las aves muertas.

Sobre cómo administrar el golpe de gracia no tenía un plan claro. De hecho no tenía planes sobre nada. Sin embargo, cuando el pingüino, que solo se diferenciaba en un aspecto de sus miles de congéneres embadurnados de alquitrán (el de estar vivo), se puso dificultosamente en pie para enfrentarse con un nuevo adversario, se borró de mi mente cualquier idea de violencia. Agitando hacia mí sus alas pegajosas y picoteando el aire, se mostraba dispuesto a defender una vez más su vida. ¡Casi ...