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LO QUE ESCONDEN LAS OLAS

Emma Lira

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Fragmento

Prólogo

1907

 

La primera vez que Piero montó en barco fue también la última. El vapor que le trasladó junto a su familia al puerto de La Guaira resollaba como un animal herido durante la travesía. Tenía entonces ocho años y creía firmemente que los fantasmas de todos los ahogados a través de los tiempos tiraban del barco hacia las profundidades con dedos azules y gelatinosos. Por la noche sentía las miradas de gentes que ya no existían, hirvientes de odio, clavadas en él a través de los ojos de buey. Tuvo pesadillas y le cambiaron a un camarote sin vistas al exterior, en el que se mareaba, revuelto en aquel galope incesante, pero no se atrevió a quejarse, por si le cambiaban de nuevo, por si volvía a sentirse hipnotizado por aquellas ventanas que le asomaban a un mar oscuro y amenazador, y por si veía algo —o alguien— que nadie más podía ver. Algo o alguien que, olvidado, silencioso y sediento de justicia, se atreviera a asomar entre las cumbres espumosas de las olas.

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Durante el día, cuando los monstruos de la oscuridad no le acechaban, se sentía valiente y jugaba a perderse por cubierta, observando el trajín de los marineros. A veces, de lejos veía al capitán, vestido de blanco, gobernando aquel reino nómada como un reyezuelo atemporal. Él entonces se acordaba del abuelo, recordaba que no debía acordarse y se le subían las lágrimas a la garganta. Todo había salido mal. Él tenía que haber hecho su primer viaje en el barco del abuelo. Entonces habría sido alguien importante, como un infantito mimado y despótico, y quizá habría podido vestir de blanco, dar órdenes a los marineros y mirar hacia el horizonte a través de los prismáticos. Hacia un horizonte que él sabía ya, antes que nadie, que nunca sería el del camino de vuelta, porque ya sabía también, sin que nadie se lo hubiese dicho, que jamás habría vuelta posible.

La travesía fue más corta de lo que le pedía su corazón, y más larga de lo que soportaba su cuerpo escuálido. Aunque nadie pudiera imaginarlo, estaba grabando en su mente todos y cada uno de los momentos de aquella navegación, porque no ignoraba ya que jamás volvería a subir a un barco. Y, pese a todo, pese al miedo recurrente al naufragio, a los terrores nocturnos, a los rostros sin vida que adivinaba flotando bajo la superficie, no podía evitar que algo dentro de él se rebullera en presencia del mar. Le embriagaba aquel aroma salvaje a algas, a sal, y le excitaba la sensación de tratar de dominar un elemento hostil. ¿Acaso no le había dicho siempre el abuelo que era igual que él? Piero saboreó aquella travesía plagada de emociones y espectros imaginados con la nostalgia anticipada del que conoce que será la última. Tenía sólo ocho años, pero ya sabía de la vergüenza, del dolor, de la injusticia. Y aunque nadie se lo había dicho, si algo le había quedado claro en aquella partida precipitada, entre silencios medidos, cuchicheos clandestinos y lágrimas, era que el mar no sería ya nunca más un motivo de conversación en su familia.

Había aguantado el tipo bastante bien durante todo el viaje, pero el día que llegaban a puerto, cuando su padre le oyó hablar con uno de los marineros, ensalzando la figura del abuelo, se lo llevó a la rastra y le dio dos buenas bofetadas que le dejaron la cara hinchada, los ojos palpitándole de lágrimas no vertidas y una sensación de injusticia enorme, desmesurada, estallándole en el pecho, como sólo se conciben las injusticias a los ocho años. Mucho tiempo después, esa misma sería la respuesta que él le daría a su nieto cuando le dijera que de mayor quería ser capitán de barco. Le cruzó la cara de un guantazo sin mediar palabra. Para entonces, tendría ya noventa y cuatro años, pero conservaba las fuerzas íntegras, el ánimo impasible y el odio por el mar, intacto, aprendido y transmitido día a día, durante toda una vida, ardiéndole en las entrañas.

Habían atracado en Venezuela una mañana luminosa. La humedad le chorreaba en la piel y el sudor de los pasajeros se mezclaba con el aroma dulzón de la fruta madura y el olor a algas muertas y pescado pasado que emanaban del puerto. Miró a su familia como si los viera por vez primera, y le pareció que allí estaban tal cual eran, de verdad, como si hubieran sido recortados y superpuestos en un escenario ajeno. La tita se secaba los ojos húmedos con un pañuelillo, mientras trataba de alisarse el vestido, húmedo y arrugado, y la nonna se sentaba sobre una maleta ajada con ojos perdidos e inexpugnables. Piero intuía, con esa sabiduría innata de los niños, que había decidido dejarse morir de a poco. En medio de aquella triste cohorte, su padre escrutaba en derredor, intentando aparentar una resolución que estaba lejos de sentir, buscando convencerse una vez más de que aquella huida había sido la única salida posible, y su madre le miraba callada, mansa, como desganada.

—Mamma, ¿cuándo vamos a volver a casa? —preguntó en voz baja, intuyendo la respuesta.

—Mi vida, acabamos de llegar. —La madre ensayó una sonrisa triste y le acarició el pelo.

Entendía mal aquella coral de acentos desconocidos y el guirigay de las conversaciones aceleradas. Se volvió a escondidas para despedirse del buque, procurando que no le vieran. Se llamaba Victoria y sus rampas de bajada seguían vomitando ejércitos de desarrapados como ellos. Le hubiera gustado darle las gracias al capitán por el viaje, pero no le vio. Su padre hablaba ya con un hombre muy moreno, de sombrero calado y bigote feroz, que estaba subido en una carreta.

—Venga, subid las cosas, rápido. Nos vamos.

—¿Adónde? —protestó levemente su tita con voz cansada.

—Necesitan gente para el campo. Este señor nos lleva a casa de su jefe. Él es el capataz de la finca. Vamos. Tenemos aún dos días de viaje hasta allí.

Empezaron a arrastrar cansinamente los bultos a la carreta, sin protestar. Su padre parecía haber revivido con la propuesta. Piero se fijó en los trapos y los baúles acartonados en los que llevaban la que hasta entonces había sido toda su existencia, lo que les había quedado después de malvender o empeñarlo todo, y no pudo evitar acordarse de la casa de contraventanas azules desde la que se veía siempre el mar. Se le nublaron los ojos y el dolor en el pecho se hizo insoportable. Tanto, que se arriesgó a hacer la pregunta.

—Papá, ¿hay mar donde vamos?

Su padre le cogió en brazos y le depositó en la carreta. Estaba contento y no le regañó, pero sus ojos se escondieron bajo una bruma y su voz se tornó seria.

—No, Piero. Allí estaremos muy lejos del mar. ¿Me oyes? Muy, muy lejos. Y no quiero volver a oírte hablar del tema. Ni de mar, ni de barcos… ni de capitanes. ¿Me has entendido?

Le habían enseñado a no mentir, pero asintió, porque no podía hacer otra cosa. Se sentó en la trasera de la carreta con las piernas colgando, de espaldas a los demás, para que nadie viera que se le escapaban las lágrimas. Y así fue como se despidió para siempre del océano, de aquel reino itinerante que era el Victoria y de las figuritas blancas que se movían ajetreadas como un ejército disciplinado de hormigas. Le dijo adiós al futuro que había abrigado su infancia, navegando con su nonno, y le dijo adiós al Mediterráneo, tan lejos de allí. Aún no sabía que, al sacrificar los sueños de la infancia, empezaba a ingresar en el mundo triste y apático de los mayores. Y así fue como creció, así se enfrentó a una nueva vida, al otro lado del mundo. Una vida en la que aprendería otra lengua, en la que jamás volvería a montar en un barco y en la que no moriría en la Gran Guerra, como tantos de sus amigos de la infancia, porque, cuando ésta estalló, él pertenecía ya a otro país. Así fue como vivió una vida sencilla, de campesino, sin horizontes ni sueños inalcanzables, aprendiendo a trabajar la tierra y a amarla, por ese orden. Una vida engendrando niñas y casándolas con españoles y cuarterones que, sentía, le iban robando, poco a poco, sus raíces, su apellido, sus orígenes y aquella casa alegre de contraventanas azules donde había vivido junto a su familia y su nonno. Así vivió toda una vida. Una vida larga, cansada y tranquila en la que nunca, jamás, volvería a ver el mar…

Marzo, 2006

¿Cómo y cuándo sucede?, me pregunto. ¿En qué momento una vida, cualquier vida, da un giro inesperado? ¿Cuándo cobran sentido las omisiones, los silencios, los diálogos velados escuchados tras la puerta entornada de tu infancia? ¿Cuándo salen a la luz esos secretos familiares que acumulan polvo en el desván de la memoria con el único objetivo de desbaratar tu futuro, de estremecer tu presente, de recolocarte en el mapa que crees tener de ti mismo? ¿Es sólo un momento o se trata de la suma de muchos, de la acumulación de retazos de confidencias apagadas, de nombres susurrados a media voz, de miradas bajas, del brillo nublado de la vergüenza bailando en los ojos, tremolando en las conversaciones? ¿Cuántas generaciones han de pasar para que algo, ALGO, con mayúsculas, se olvide? Y aún peor, después del olvido, ¿cuántas generaciones han de pasar para que alguien, alguien con la dosis justa de prepotencia e inconsciencia, vuelva a remover un lodo compactado, negruzco y pegajoso para hacer aflorar de nuevo todo a la superficie…?

La vida es una continua casualidad, un encadenamiento de instantes transitorios. ¿Y si hubiera hecho esto…? ¿Y si no hubiera hecho lo otro…? Los gurús de la física cuántica y la teoría del caos podrían dar respuestas filosóficas del tipo de: «Puedes vivir dos realidades paralelas…». Quizá. Y tres, y cuatro… Pero los mortales de a pie, los que nos movemos por una sola realidad y de forma imperfecta, sin guiones, sin conocimientos de física y dando bandazos, nos decidimos cada día cien veces y de manera temeraria por una sola opción sin saber jamás qué habría sucedido en caso de elegir la otra, sin pistas de ningún tipo, con una especie de nostalgia a flor de piel de esa otra realidad soñada que siempre se nos antoja mejor que la vivida. Y eso cuando elegimos, porque en la mayoría de los casos, somos lo suficientemente pasivos, lo suficientemente flacos de voluntad como para que nuestro mérito sea sencillamente el de estar ahí cuando ocurren las cosas…

El abuelo de mi abuelo estaba allí cuando sucedió todo. Es decir, estuvo aquí. Y eso, indudablemente, es un hecho.

Cien años después yo estoy también allí. Es decir, aquí. Y esto es un hecho también.

Pero no es ésta la casualidad. Porque mi elección del espacio y el tiempo, una elección verdadera, no es fruto de las caprichosas reglas del azar. Yo estoy aquí voluntaria y conscientemente, buscando. Si no buscándole a él, a ese antepasado lejano, sí, al menos, buscando su rastro, su presencia, su verdad. Buscando respuestas que quizá nadie jamás se haya hecho en la familia. Buscando la trascendencia de un suceso, pretendidamente ajeno, con cierta dosis de docudrama. ¿Qué hubiera sido de mi vida si…? ¿De la vida de mi tatarabuelo, de la de mi abuelo, de la de todos nosotros…? Y de la mía, por supuesto; egocentrismo puro en última instancia…

Jamás le conocí. A mi tatarabuelo. ¿Qué me une a él, más allá del cordón umbilical de la herencia genética y un apellido extranjero reclamando su espacio en mis documentos de identidad? Conservo apenas tres o cuatro imágenes suyas, en todas mayor, en todas con el gesto serio y el ceño fruncido, como si estuviera perpetuamente enfadado. En todas en blanco y negro, distante, solitario, lejano, como el pariente de otro. El silencio con respecto a él tampoco ha ayudado nunca a establecer un puente emocional que salve… no sé, ¿cinco generaciones? El único nexo común entre ambos fue mi abuelo, mi nonno Piero, que había sido su único nieto. El mismo abuelo que me miraba con una nostalgia aguada, casi con conmiseración, para recordarme continuamente que, en la familia, sólo él y yo habíamos heredado sus ojos.

Eso era todo. Un ancestro común. Unos ojos del color del cielo. Y el mar.

Tardé mucho en conocer el mar. Quizá por ello lo había idealizado en mis fantasías de niño y en mis sueños tempranos de adolescente ávido de aventuras. Y tardé mucho también en escuchar aquella historia que sonaba a leyenda familiar inventada con ingredientes truculentos y que jamás se mencionaba delante del nonno. De niño, de muy niño, me sonaba a cuento de terror y me daba miedo. Luego la asimilé con el deleite con el que se coleccionan los secretos y más tarde quizá la olvidé, ante la prepotencia adolescente que impone horizontes cercanos, plazos cortos y disfrutes inmediatos… O quizá no fue por eso. Quizá quise olvidarla porque aquélla era una historia triste que había tenido lugar en un mundo lejano y en un tiempo que no era el mío. Una historia que no me afectaba en absoluto, porque no me correspondía. Una historia fea. Muy fea. Tan fea que nadie querría que fuese la suya…

Pero era la mía. Y lo siguió siendo pese a la veleidad con que mis emociones la percibían. Quiero pensar que al crecer, maduramos, nos conectamos con el mundo, con la familia, con la Historia… Los años se nos doblan hasta poder tocar los extremos del tiempo, y el espacio se achica, se hace más pequeño, hasta tal punto que dejamos de ser nosotros en nuestra individualidad, en nuestro entorno, en nuestro país para convertirnos en algo más grande. Llega un momento en el que la mente es capaz de procesar que la gente de la que yo vengo perteneció una vez a otro mundo chico, a otra ciudad, a otra patria, a otro paraíso terrenal, añorado, por supuesto, del que se vieron obligados a exiliarse. Y sobre todo que vivieron una realidad distinta, una realidad completa, imperfecta o no, que tuvieron que cambiar por esta otra. Por descontado, sin llegar jamás a conocer la respuesta a la pregunta: ¿qué hubiera sido de mi vida si…?

¿Cuándo acaricié por primera vez la idea de venir aquí? A mi «aquí» de ahora que es el «allí» de mi tatarabuelo. Aún ahora no sé decir si tomé la decisión de manera consciente o me dejé arrastrar porque sí, porque era inevitable, porque algo invisible nos conectaba a través del tiempo, porque reconocí la angustia en una voz que jamás había escuchado, porque conservo sus ojos, o porque soy el único descendiente que fue capaz de amar el mar como lo amó él, y como lo había amado mi abuelo, antes de que la realidad le cercenara la ilusión.

Si es así, mis decisiones dejan de tener el poco mérito que quisiera otorgarles. Y en una especie de determinismo, mi voluntad se reduce al grito agónico de una herencia genética que me impulsa a hacerme preguntas, a buscar respuestas, a tratar de explicarme mi presente cuestionándome el pasado…

La mañana que llegué por fin a este pueblo, al pueblo que había conjurado en mis fantasías, el aire cargaba un aroma dulzón que luego supe que era el de la primavera en el Mediterráneo. La rotunda luz marítima ponía contornos afilados a unas orillas y unos perfiles que yo creía conocer, pero que siempre había imaginado en tonos sepias y levemente manchados, como emborronados por el paso del tiempo.

No recordé que estaba en un cabo hasta que el mar apareció de nuevo, a espaldas del puerto, tras de mí, como una sorpresa. Su apariencia era suave, lisa, con hipnóticas ondulaciones, como una sábana nueva tendida al sol. Me sorprendió que no fuera negro como en los recuerdos que atesoraba sin haberlos vivido, o en las fotografías que coleccionaba desde que había descubierto aquella historia prohibida que había atado mi alma a la de un diminuto pueblo de un país en el que jamás había estado.

Y sin embargo, pese a su inocente aire vacacional y a la prematura luz de verano que destilaba, adivinaba en cada una de las callejas que terminaban abruptamente en el mar el sordo rumor de la tragedia, la oscuridad densa y acechante del recuerdo sepultado durante un siglo. Y quizá donde otros vieran el destello juguetón del amanecer, yo adivinaba una gigantesca tumba, un cúmulo de fatalidades. Y donde otros sólo verían unas olas suaves batidas por la brisa, frente al faro, yo veía un sinnúmero de preguntas sin respuesta enterradas para siempre a casi setenta metros de profundidad.

Un viento ligero había comenzado a soplar desde el suroeste el día que yo llegué. Lebeche, lo llamaban. Más allá del faro, el horizonte se confundía en una calima africana pesada y difusa y los chillidos de las gaviotas, capaces de anticipar en días la tormenta, parecían voces sobrenaturales que me hablaran a través de la cadencia de las olas, erizándome la piel. Estuve a punto de arrepentirme, de dar media vuelta y cruzar de nuevo medio mundo para permanecer a salvo de mis propios interrogantes, en el mullido confort de la vida que, mucho antes que yo, alguien de mi familia había elegido representar. Pero me quedé. Me quedé porque necesitaba saber quién era yo, pero sobre todo quién había sido él.

Sé ahora que, de una manera inconsciente, buscaba a alguien que me dijera cómo habían ocurrido las cosas, alguien que me jurara que no había podido ser de otro modo, que ninguna decisión de último minuto podría haber salvado centenares de vidas, que no había culpables en aquella historia, tan sólo víctimas… No lo sé. Acababa de aterrizar y aún no sabía exactamente lo que quería. Sólo lo que no quería: no quería verme obligado a ofrecer respuestas, no quería tener que contar mi historia, no quería ser quien era… Al menos por lo pronto. Para ello tendría que inventarme una de esas realidades paralelas que justificaran mi presencia en aquel momento y en aquella antigua aldea de pescadores en la que ponía los pies por primera vez.

No había sido tan fácil. Para llegar hasta aquí, como en los sortilegios, habían hecho falta tres cosas: un billete de avión, una carta y una muerte.

Si uno solo de los elementos hubiese fallado, jamás habría venido.

Y en ese momento, el primer día de mi llegada, mientras aún me preguntaba por los motivos reales que me habían impulsado a aquella búsqueda, fui capaz de constatar, con un escalofrío, que, pese al colorido desplegado bajo el sol, pese a la apacible apariencia turística y pese a las modernas construcciones de cristal que encaraban el mar, en el fondo, muy en el fondo de aquel pueblo subyacía algo oscuro, siniestro y vagamente familiar.

Quizá porque era tal y como lo había soñado desde siempre.

En mis pesadillas.

Noviembre, 1906

Se presentó ante la puerta de mi camarote, solo, sin llamar ni anunciarse, como acostumbrado quizá a ser recibido siempre. Era esa hora turbia en que la madrugada empieza a cederle su sitio al amanecer. Ni siquiera sé si me saludó o se disculpó por la hora. Recuerdo, aunque no me había fijado en ello antes, que, pese a su envergadura, se movía con una elegancia que pretendía disimular la impaciencia de sus movimientos. Se plantó ante mí y en un castellano entrecortado que no era el idioma de ninguno de los dos me hizo sólo dos preguntas: si me consideraba a mí mismo un caballero y si podía proteger unos documentos confidenciales hasta donde hiciera falta. Eso dijo. Hasta donde hiciera falta. Y dejó que mi imaginación pusiera el límite. ¿Qué hombre de honor que se precie hubiera contestado otra cosa que sí a ambas preguntas?

Después, siempre después, cuando todo se sabe, a tenor de los acontecimientos y sin conocer todos los hechos en profundidad, es muy fácil juzgar, culpar, lapidar incluso. Es muy fácil hundir a un hombre en la humillación y la ignominia… pero siempre hay un instante que precede al después. Un instante en que las cosas pudieron suceder de otra manera. Un instante capaz de cambiarlo todo. Y ahora sé que aquél fue el instante.

Tenía prestancia. Eso ya lo había observado en la cena de gala. Era elegante. De cierta edad, pero más joven que yo mismo, aunque a estas edades casi todo el mundo con quien se puede mantener una conversación decente es más joven que yo mismo. Llevaba un traje bien cortado que respiraba clase y discreción al mismo tiempo y destilaba una elegancia concebida para pasar desapercibida. Tenía un pelo fino, muy rubio, y un mostacho prominente de un tono un poco más oscuro. Un poco de tripa, pero la justa, la que en un hombre de su condición hasta era un demostrativo de estar bien alimentado, de provenir de una familia de posibles. Tenía el rostro blando y una sonrisa confiada que disimulaban los bigotes y le daba un aire ingenuo. Creo que en otras circunstancias hubiera sido un compañero agradable con quien compartir una cerveza o una grappa y desgranar batallitas hasta el amanecer, uno de esos oyentes de mostrador, risueños y agradecidos con que cuentan todas las noches y todas las tabernas del mundo. Pero no era un hombre de tabernas, sino de despachos, de despachos grises, de pasillos enmoquetados y de puertas cerradas, y pese a su seguridad, a sus modales estudiados y a su incuestionable aire de distinción, en cuanto clavó sus ojos en mí supe que nunca podría reírse de nada en la barra de ningún bar porque traía un peso insondable en el corazón que le había apagado la alegría. Sé lo que digo y juro que lo pensé ya en aquel momento. Para entonces ya había mirado a muchos hombres a los ojos en mi vida. Sus párpados arrastraban una sombra triste y sus ojos eran de un azul espeso, apagado, mortecino, cansados o, más bien, rendidos. Como si hubieran agotado todo el llanto del mundo… como si hubieran mirado desde las puertas del mismísimo infierno y hubieran vuelto para contarlo…

—No tengo mucho tiempo, capitán Piccone. Mi nombre es Leopold Politzer. Soy el cónsul austríaco en Río de Janeiro. Necesito alguien en quien confiar a bordo y me han dicho que es usted un caballero…

Sabía quién era, por supuesto. Y no puedo negar que su presencia, unido a lo intempestivo del momento, disparaba mi curiosidad. Deseaba descansar. El calor de aquella noche mediterránea tenía un poso de humedad que me pegaba el traje al cuerpo, pero, cosas de la vanidad humana, ¿cómo resistirse a ese comienzo…?

—¿Quiere tomar algo de beber, señor cónsul? Si me concede unos minutos, puedo pedir que nos traigan…

—Unos minutos —me interrumpió. Y movió apesadumbrado la cabeza en una muda negativa—. ¿Quién sabe lo que puede suceder en unos minutos, capitán? No tengo ese tiempo. Y nadie debe saber que estoy aquí, con usted. Permítame explicarle… —Hizo una imperceptible pausa, corrigiéndose—: Hasta donde pueda al menos…

Fue entonces cuando me mostró aquel cartapacio. Hasta ese instante, no sé muy bien cómo, me había pasado inadvertido, como si lo hubiera mimetizado en su propia figura o como si lo llevase escondido. Era negro, con una minúscula cerradura dorada. Lo tomó apenas con dos dedos para ponerlo encima de mi mesa de cartas. Como si lo cogiera con reverencia. O con asco.

—Capitán —prosiguió sin esperar mi respuesta; mi cargo sonaba con cierta marcialidad en sus labios, como si tuviera un pasado en el ejército—, viajan aquí unos documentos de suma importancia. Como máxima autoridad a bordo recurro a usted e invoco su favor para pedirle que los custodie convenientemente.

—No hay ningún problema, señor cónsul. Hay una caja fuerte a bordo para estos casos. Le pediré a uno de mis oficiales…

—¡No!

La negativa tajante desmintió su aspecto bonachón. Sonrió levemente, quizá para dulcificar lo que parecía una orden.

—Le ruego que me entienda, capitán. —La sonrisa estiró sus bigotes. Una sonrisa conveniente, pero no necesariamente sincera—. No necesito oficiales. Ni cajas fuertes. Necesito un caballero y la garantía de su palabra.

Se hizo un silencio en el que los dos parecíamos medir nuestras fuerzas.

—Una caja fuerte tiene una combinación que conocen varias personas, capitán —prosiguió—. Y las personas corrientes somos débiles. El dinero puede comprar voluntades. Yo lo sé bien, porque ése es mi oficio. —Me dirigió una sonrisa triste—. Oh, no se escandalice. Le aseguro que la vida, las labores de un diplomático no son tan digamos agradables, como pueden parecer a simple vista. No todo son cócteles de gala, coches lujosos y viajes de representación. —Su mirada se endureció—. Hay demasiado dinero, demasiados intereses, demasiada política en juego… Le puedo asegurar que nos ganamos nuestros cócteles. Y nuestros coches…

Sonrió levemente de nuevo. Parecía un discurso ensayado. Semejaba un vendedor, de esos que agrupan a las gentes en las plazas y las seducen para probar las ventajas de algún tónico reconfortante. Y quizá fuera eso lo que estaba haciendo conmigo…

—En fin —continuó—. Lo único que quiero pedirle es que guarde usted esta documentación. Está bajo llave. Y créame; no le conviene en absoluto conocer su contenido.

—¿Por qué me la entrega?

—Porque —bajó inadvertidamente el tono de voz— digamos que tengo motivos, capitán, para sospechar, o sentir, llámelo como usted quiera, que no estoy a salvo en este barco. En su barco. Que alguien puede desear tener acceso a mi persona, a cierta información que poseo… a esta documentación…

Sentí cierta indignación, como si un huésped me hubiera confesado que había sido amenazado bajo mi techo.

—¿Por qué cree que corre peligro en mi barco? ¿Sospecha de alguien? ¿Viaja usted solo? Hay un par de comisarios regios a bordo. Los pondremos en antecedentes. Puedo garantizarle…

—Usted no puede garantizar nada, capitán —me interrumpió una vez más—. Créame. Sé de lo que hablo. Este barco es muy grande, hay demasiada gente y ni quiero alertar a ninguna autoridad a bordo, ni tengo pruebas que ofrecerles. Tranquilícese. Si nos damos prisa nadie sabrá que usted tiene esta documentación y no le pondré en peligro. Si al llegar a mi destino, nada ha ocurrido, le pediré que me la devuelva. Pero si algo ocurriera…

—¿Algo? —inquirí sorprendido—. ¿Algo de qué tipo…?

—Algo. —Arqueó las cejas y con la mano hizo un gesto difuso que podía significar cualquier cosa—. Si algo me ocurriera… Si usted sospechase que sucede algo a bordo que pueda no ser… casual… es de suma importancia que ponga usted a salvo esta documentación. Lo antes posible. Entréguela en la primera embajada alemana o austríaca que encuentre. Usted mismo y sólo al embajador en persona. A nadie más. Dé mi nombre y le recibirán de inmediato.

—¿Qué hay en este portafolios? —exigí saber—. Si voy a custodiarlo, debería conocer su contenido.

—No, créame. No debe usted conocerlo. Así, al entregármelo de nuevo, o al depositarlo en una embajada, usted podrá olvidar este encuentro y continuar con su vida. Si conociera su contenido… Quizá ya no pudiera. O quizá no le dejaran…

Debí decir que no. Ahí fue donde debí decir: no, muchas gracias por su confianza. No puedo hacerme cargo de esto. Es su deber, no el mío. No es mi trabajo… Pero ese misterio velado, ese secretismo, disparó la adrenalina en mis venas y me hizo sentir joven de nuevo, así que sólo dije:

—¿Usted conoce su contenido?

Cerró los ojos y momentáneamente pareció un anciano. Un anciano cansado, agotado, deseoso de estar en alguna otra parte. Se repuso e inspiró una bocanada de aire que infló su pecho.

—Sí. Y también preferiría no conocerlo. Ya le he dicho que los diplomáticos estamos un poco idealizados. No somos gente políglota y hábil. A veces estamos más cerca de ser, digamos, unos simples mensajeros de la destrucción…

Dirigí mi mirada a aquel cartapacio oscuro de apariencia inocente.

—Baste decirle —continuó el cónsul— que la información que contiene atañe gravemente a miles de personas, a decenas de miles de personas. —¿Fue imaginación mía o había un leve temblor en su voz?—. Quizá a millones de personas…

Compuse un gesto de incredulidad, de perro viejo, de «hasta aquí hemos llegado»… Incluso hice ademán de abrir la puerta de mi camarote para invitarle a salir, pero él me lo impidió.

—¡No! —Su mano sujetó con fuerza mi muñeca que hacía el giro para abrir el pomo—. Por favor. —Suavizó sus modales. Clavó de nuevo su mirada en mí y supe entonces que no mentía. Me estremecí porque sus ojos eran los de alguien al borde de la desesperación—. Le juro que todo lo que le digo es cierto. Sólo le pido que me crea, que no me haga preguntas que sólo le comprometerían y que me dé su palabra de honor…

—Si cree que corre peligro a bordo, ¿por qué no abandona el barco?

—Lo haré en la próxima escala. Pero hasta entonces, necesito tener esa seguridad… Una vez desembarque, ¿quién sabe? Quizá seguiré siendo un objetivo, pero ése ya no será su problema.

Lo dijo sin vacilar. Sin miedo. Lo supe. He vivido muchas situaciones difíciles durante toda una vida navegando. Me he encontrado a hombres valientes que han enloquecido frente a una tormenta en alta mar y a hombres sencillos que, de repente, se han sorprendido a sí mismos a salvo de las afiladas garras del miedo. No es algo que uno pueda elegir. Ni prever. Se siente o no. Y aquel hombre no parecía tener miedo a la muerte. De alguna manera ya se había despedido de todo. Pero entonces, ¿por qué esa mirada apesadumbrada? ¿Por qué parecía cargar con el peso del mundo sobre sus hombros?

—¿Su destino no es Brasil?

—Oficialmente sí, pero le liberaré de su compromiso antes. Me apearé en Cádiz o en alguna otra escala de la zona. Me llevaré mi maletín conmigo y se acabó.

Cádiz no era ni con mucho el total de la travesía, que finalizaba en Buenos Aires. Representaba a lo sumo un par de días. ¿Podía adquirir un compromiso por ese tiempo?

—En la zona, como usted dice, no hay más escala prevista que la de Cádiz —indiqué.

Sonrió. Beatífico. Como Jesucristo habría sonreído al discípulo que le dijera: «Maestro, no puede caminar sobre las aguas». Me escrutó de nuevo y su mirada me dijo que sabía más de lo que yo podría imaginar nunca.

—Oh, sí —asintió. Enfrentó mis ojos, como instándome a contradecirle—. Claro que las hay…

Supe que era inútil negarlo y fue entonces cuando me decidí. Quizá por un inconsciente afán de protagonismo, quizá por un interés genuino en la historia, quizá por una caballerosidad exaltada a lo don Quijote que me impelía a ayudar a quien solicitaba mi protección, quizá por la última alusión velada al conocimiento de escalas no oficiales en nuestra ruta a América que sonaba a chantaje solapado… Quizá por la suma de todo…

Tomé el cartapacio en mi mano y lo sopesé, como si el volumen pudiera darme alguna pista de lo que escondía su interior.

—¿Sólo debo custodiarlo durante un par de días?

Asintió.

—Y ponerlo a salvo en caso de que ocurra algo. En una embajada, bien de mi país o bien de Alemania. Le repito que el contenido de esos papeles afecta a miles de seres humanos. Comprenderá que en absoluto puede caer en las manos inadecuadas…

Me miró gravemente, como si analizara hasta qué punto era consciente de su argumentación. Lo analicé yo también. Era el capitán de una nave que en aquellos momentos se deslizaba plácidamente sobre las aguas del Mediterráneo, y frente a mí había un hombre, uno de mis pasajeros, que ahora parecía diez años mayor que cuando había entrado, que solicitaba mi ayuda para proteger una documentación diplomática.

Una documentación que, si le creía, implicaba muchas vidas humanas.

Y hasta su destino habría dos días de navegación a lo sumo.

¿Qué podía pasar en dos días? Accedí.

Ése fue mi primer gran error.

Agosto, 1906

Candelaria Cortés tenía la extraordinaria facultad de estar en muchos sitios a la vez, sin ser apenas percibida. Quizá fuera un talento natural, o quizá sólo el estudiado arte del escaqueo ayudado por una figura sin muchas pretensiones. Espigada, de ojos vivaces y negrísimos y pelo tenso en un moño que avejentaba su rostro aceitunado y le daba el aire mandón de una institutriz gitana, no era guapa, pero sí ingeniosa, lista e inquieta. Esas cualidades la habían sacado del Sacromonte granadino, la habían salvado del hambre que asolaba el sur de España y la habían catapultado a su posición actual: asistenta, secretaria, cuidadora infantil y representante de artistas. Todo a la vez. De su vida pasada, vivida al filo de la madrugada en el intrincado laberinto blanco de las casas-cueva del Sacromonte, conservaba la sabiduría de un patriarca, el callado hábito de la observación y el mágico conocimiento de adivinar el futuro en las cartas y en las estrellas.

Era ese futuro entrevisto el que la había conducido a bordo de aquel barco. En él, ella misma, su representada, Carmela Montes, y las dos hijas de ambas —ninguna de las cuales había cumplido todavía los cuatro años— se dirigían a un horizonte aún más pretencioso que aquel amenazador Madrid que la había recibido unos años atrás sin más posesiones que un hatillo de ropa, una barriga de cinco meses y la determinación férrea de cobrarse una deuda de lealtad. Buenos Aires era el nombre exótico de su destino, un nombre optimista y mágico donde las cosas eran al revés de como ella estaba acostumbrada a verlas: era de día mientras en España era de noche, era invierno mientras en España era verano… Candelaria fantaseaba con la posibilidad de que la capital de aquel país de prosperidad y bienestar invirtiese también las jerarquías, los usos sociales, los ricos y los pobres, los de arriba y los de abajo…

El barco oscilaba levemente, amarrado al puerto, como un animal gigantesco y temible. Acodada en la borda, tras dejar a las pequeñas y a Carmela instaladas en su camarote, se permitió un momento de descanso para deslizar su mirada sobre el bullicio del puerto al atardecer, y sorprenderse con la estridente risa de un coro de gaviotas, que ensayaban picados sobre un mar calmo y oscuro, espejeante, del color del mercurio. Atardecía, pero el calor en el puerto era ya pegajoso, ingobernable. Notaba el pelo húmedo de sudor en la nuca y la transpiración en los brazos, bajo la seda blanca.

Cerró los ojos y trató de empaparse de las sensaciones de ese día que —quería pensar— era el primer día de una vida mejor. Se sentía mareada ante los olores inidentificables de mercancías desconocidas y algas moribundas, de los sudores de pieles diferentes y pescado en putrefacción bajo los que subyacía algo más: un aroma espeso y húmedo, salino, marítimo que hablaba de mundos sumergidos, limosos e inalcanzables. Las redes, puestas a secar, arrojaban destellos de escamas plateadas y ofrecían un atisbo multicolor y mutilado de la vida bajo la superficie de aquel mar al que Candelaria se acercaba tanto por vez primera. El espectáculo en sí era fascinante. El muelle de embarque era un hervidero humano de colores y gritos. Equipajes en movimiento, maniobras orquestadas desde el puente, gente subiendo incesantemente por las rampas, despedidas emotivas, pañuelos que enjugaban lágrimas, adioses y abrazos en varios acentos. Y sobre todo el contraste, el contraste vivo, en directo, entre el placer y la necesidad. Las amplias sonrisas de los que prometían reencontrarse, frente a los rostros surcados de arrugas de aquellos que sabían que no volverían a ver jamás a la familia que embarcaba al Nuevo Mundo, golfillos descuideros, descalzos y de rostros quemados, frente a niñas cargadas de lazos que los miraban fingiendo no verlos; trajes bien cortados y puros con aspecto de haber sido desempolvados para la ocasión, frente a obreros chupados con un cigarro de liar apagado entre unos labios que habían olvidado cómo sonreír, apretados de rabia, de miedo, de desesperación… Y en medio, ellas. O quizá más exactamente, ella. Como una transición, quizá. Como un híbrido de dos mundos.

Candelaria había tenido claro desde muy niña que deseaba pertenecer al mundo de los poderosos, de los que tenían todo el dinero y ninguna preocupación, de los que disfrutaban de lujos y comodidades. Se lo había fijado como un objetivo mientras veía a su padre arreglar instrumentos destartalados y a su madre con las manos arrasadas de limpiar mierda propia y ajena en aquella cueva del Sacromonte donde habían nacido y donde morirían. En la España de principios del siglo xx, vivía en el arrabal de una ciudad de provincias que apenas empezaba a soñar con el turismo, era pobre, era niña y no era guapa, tres obstáculos a una ambición innata. Pero era lista, muy lista. Por eso presintió que podía poner su ingenio al servicio de alguien. Y no se equivocó.

Su madre le había dicho una vez, más consciente que ella misma de sus limitaciones: «Si no eres guapa, ponte a la sombra de una». Y eso había hecho. Carmela Montes Heredia era la niña más bonita del Sacromonte. Y como lo sabía, actuaba en consecuencia. Desde muy pequeña estaba acostumbrada a enamorar, a seducir, y se dejaba mimar mientras sacara provecho de ello. Era caprichosa hasta la saciedad y tan consciente de su belleza, que con apenas ocho años manejaba los parpadeos, los suspiros y las sonrisas de tal manera que podía enloquecer a un hombre. Su padre también era consciente de su belleza. Tanto que la encerraba bajo siete llaves en un barrio donde las niñas perdían su virginidad antes de los once años, no siempre de forma consentida, e incluso, a veces, previo intercambio de dinero…

Habían crecido juntas desde pequeñas. Desde que eran poco mayores que Marcia y Mariana, sus hijas, Candela y Carmen correteaban descalzas en dos cuevas gemelas del Sacromonte granadino. Allí las dos habían reído sin tasa, habían cantado, bailado y dado palmas al son de una guitarra hasta caer rendidas, habían recogido agua del Darro, cántara en la cabeza, forzando el balanceo del talle ante los ojos golosos de los hombres, se habían bañado del sol primaveral del valle de Valparaíso con los párpados entornados y los brazos desnudos, y, a escondidas de las familias, habían apelado a la generosidad de los primeros extranjeros atraídos por aquella ciudad que glosaban los románticos, y que aflojaban extraordinarias propinas fascinados ante el desparpajo, el descaro y el arte de aquellas dos chiquillas morenas y descalzas, de pelo por la cintura, ojos pícaros y la sonrisa franca de quien no se ha dejado aún rozar por la adversidad.

Y es que Carmen, la pequeña Carmela —oh, designios caprichosos de los dioses—, era además poseedora de una voz prodigiosa, una voz, herencia de otras voces y otras músicas familiares, que era una mágica mezcla de genética, aprendizaje e instinto. Y era guapa, muy guapa. Pero no era muy lista. Por eso era Candelaria la que organizaba los improvisados espectáculos, la que se confabulaba con algún guitarrista del barrio, la que era capaz de encontrar el ritmo interno de cada espectador a base de palmas, con el moreno flequillo pegado a la frente, y la que recogía aquellas propinas, monedas extranjeras que hablaban ya de otros mundos. Y mientras su amiguita se iniciaba en el mundo de la representación de artistas, Carmen, con una voz afilada como una madrugada, los ojos apretados y un gesto de dolor profundo que parecía imposible en una niña de su edad, desgarraba melodías que calaban hasta los huesos y volvían las emociones del revés a todos los que la escuchaban.

Nada hacía predecir entonces que apenas unos años después ambas estarían embarcadas rumbo a una América próspera y ansiosa de arte español, de música de la madre patria. O sí. Quizá las cartas que Candelaria echaba mecánicamente una y otra vez, noche tras noche. Cartas en las que aún no aparecían hombres morenos ni la promesa de hijos, pero sí un destino escrito junto a aquella belleza gitana que se acercaba peligrosamente a la adolescencia. Un destino conjunto que había estado a punto de desvanecerse en dos ocasiones.

La primera de ellas fue a los doce años, cuando una Carmen de pelo salvaje y mirada ardiente bordó una estrofa flamenca rubricándola con el hipnotizante remolino de sus piernas desnudas, una tarde en que volvía de lavar, entre el regocijo de sus compañeras. Su madre, testigo desde el camino, rompió el corro de chiquillas, la agarró de los pelos y la llevó, arrastrándola, hasta su casa. La Espigá, su madre, había sido bailaora de más joven, y su abuelo, uno de los mejores guitarristas de Granada, pero para entonces, en su casa hacía tiempo que la guitarra cogía polvo en un rincón y las castañuelas dormitaban su olvido en un baúl de lencería, perfumado con saquitos de lavanda recién cortada. Porque en esa casa, en la casa del Mulero, ya sabían que la belleza y el arte casan mal juntos cuando eres pobre. Porque ya había un antecedente, la Pastora, la deshonrá, la hermana a la que jamás se mencionaba, una chiquilla cuya voz y rasgos eran apenas una sombra de los de Carmen, su hermana menor, una voz prodigio en un rostro de virgen gitana, que también había soñado con codearse con las grandes figuras del flamenco y que había acabado haciendo la calle en el poco recomendable barrio granadino de La Manigua. La familia llevaba años rumiando su vergüenza, y nadie quería que la historia volviera a repetirse: el talento sumado a la belleza podía ser una maldición cuando eres pobre.

Encerrada en su cueva, Carmen se rebeló, lloró, pataleó y escuchó el sonido de la puerta al cerrarse a su espalda como quien oye esfumarse un futuro que jamás se materializará. Y así habría sido de no ser por Candelaria. Que no era guapa, pero era muy, muy lista, que poseía el don de pasar desapercibida, y lo que es aún más útil en la adolescencia, la capacidad de ganarse ciegamente la confianza de los padres ajenos, que al final permitieron que aquel don de su hija pudiera seguir puliéndose, para disfrutarlo, aunque fuera en la intimidad del clan familiar.

La segunda vez que aquel destino bordado en las estrellas se había puesto en peligro, pareció ser para siempre. Fue un domingo por la mañana, cuando aquel tipo de Madrid, con su traje barato, su bigote repeinado y sus aires de mundo, irrumpió en sus vidas sin más mérito que la casualidad que le llevó a caminar por el Paseo de los Tristes mientras ellas montaban su improvisado espectáculo. Don Alfredo, que sí se dedicaba profesionalmente al vago mundillo de la representación artística, presumía de tener buen ojo, pero cualquiera con mucho menos que él, hubiera reparado en la explosiva combinación de una voz prodigiosa, un rostro delicado de rasgos morunos y una sensualidad desbordante que él decidió explotar.

En el entusiasmo que precedió al encuentro, Candelaria mascó un rencor pequeñito que le iba creciendo en el pecho porque había sido ella la primera en apreciar el llanto herido de aquellas coplas capaces de partir el alma, la primera que había adivinado el embrujo de aquella figura diminuta de curvas bien repartidas, con su risa perpetua, la piel del color del azúcar tostado y su cascada de rizos oscuros con aroma a dama de noche. Había sido ella la primera en vender el arte de su amiga por la Carrera del Darro. Candelaria vivió la aparición de aquel empresario del espectáculo como una amenaza, hasta que estalló el drama familiar. El día en que el Mulero propinó a su hija una paliza que quizá la hubiera matado, el propio don Alfredo se presentó en su cueva, las espaldas cubiertas por dos ayudantes, previamente avisado por Candelaria, aquella niña que no era guapa, pero sí muy lista y con una extraordinaria facultad para pasar desapercibida. Carmela renegó de su familia envuelta en lágrimas y cubierta de moratones y el Mulero, desengañado, mascullando una deshonra presentida, le cedió la custodia a aquel extraño a cambio de un fajo de billetes, convencido de que le estaba vendiendo a su hija como si fuera una mula. La madre se arrancó los cabellos, arropada por las comadres, y Carmela salió de la casa de noche, clandestina, culpable, avergonzada; con apenas lo puesto, la raya de ojos corrida de llanto embadurnándole la cara, y los ojos febriles de un noviete gitano taladrándola desde el Camino de la Abadía. Desde la casa vecina Candelaria, con las trenzas apretadas y los ojos muy abiertos, asistía a la escena como si nada fuera con ella. No es que hubiera optado por la generosidad; es que le había tendido una mano al Destino que les permitiría, a las dos, escapar del Sacromonte. No importaba que Carmen estuviera huyendo, llorosa y cabizbaja, de la mano de un desconocido rumbo a Madrid. Ella sabía que la esperaría, porque era a ella a quien le debía todo. Carmen no era muy lista, pero sí muy fiel. Y Candelaria, que sí era lista, era también prudente y sabía esperar. Las dos sabían que algún día Candelaria iría a buscarla para cobrarse esa deuda de lealtad y que Carmen, que jamás volvió a poner los pies en el Sacromonte, la admitiría a su lado. Así estaba escrito en las estrellas. Desde siempre.

La Carmela que, diez años después, Candelaria había vuelto a encontrar en Madrid era desvergonzada, ambiciosa, descreída y segura de sí misma. Nunca llegó a conocer muy bien la trayectoria que había seguido en los años que permanecieron separadas. Su aparente cercanía, sus gestos íntimos y su frivolidad eran sólo una máscara. Aquellos ojos brujos guardaban algo más sepultado en su interior: dolores profundos, heridas no cicatrizadas, quemaduras internas que escocían al más mínimo roce… En ese tiempo también la belleza de Carmen había madurado como una fruta al sol y había dejado de ser una niña para convertirse en una mujer turbadora. Don Alfredo había desaparecido de su vida, cualquiera que fuera el papel que había protagonizado en ella, pero por el camino había reciclado a aquella promesa del flamenco y había puesto su sensualidad y su voz al servicio del cuplé, aquel género menor, importado de Francia, que causaba furor en las grandes capitales. Así, cumpliendo los peores presagios de sus padres, cada noche, sobre un escenario, Carmen insinuaba la esbeltez de unas piernas de bailarina y ondeaba su desbordante melena negra, mientras su voz, teñida de matices, hacía reír, o llorar, o emocionarse en cualquiera de sus posibilidades, al respetable.

Su voz se había vuelto más ronca, sus gestos más estudiados, su tono más gélido, pero el entusiasmo seguía innato y su resolución, desbordante, era nueva. Las dos amigas de la infancia recobraron al instante la complicidad perdida. En aquel paréntesis temporal, las dos habían sido madres, con apenas unos meses de diferencia. Marcia, la hija de Candelaria, era fruto de un amor adolescente, un matrimonio arreglado a toda prisa para acallar a las comadres y un abandono presentido desde el primer momento. Mariana, la hija de Carmela, veía muy fugazmente a un padre que pagaba puntual y generosamente su manutención, pero a quien su madre mantenía en el más oscuro anonimato. Las dos niñas, de pocos meses de edad, se miraron como si se reconociesen y supieron que se necesitaban como se necesitaban sus madres. Sus manitas garabateando al aire sellaron entre ellas un contrato no escrito.

—Mi hija necesita alguien que la cuide y el contacto con otros niños mientras viajo. Tú necesitas un empleo. Y yo necesito alguien como tú a mi lado. Lista, fiel… y mujer.

Así fue como Carmen había comprado su compañía, la de las dos, y así fue como las había introducido en un mundo que no les pertenecía y que había deslumbrado a Candelaria desde un primer momento. Así fue también como Candelaria supo que Carmen se había hartado de representantes masculinos que pretendían negociar en especias y cobrarse favores que no eran tales. Y así fue como habían terminado a bordo de ese barco, un barco que ni siquiera era el que les correspondía, el que deberían tomar con destino a Buenos Aires. Pero dos días antes, una Carmela impaciente había decidido adelantar la partida y embarcar en aquel vapor italiano que atracaba el día 3 en el puerto de Barcelona. Cuando Carmela supo que a bordo viajaba una estrella del cuplé y algunos personajes importantes de la escena española lo interpretó como un buen presagio. Hasta donde Candelaria sabía, el incentivo de un rostro moreno y unos ojos voraces presentidos a bordo hicieron el resto. No tenían pasajes reservados, pero una prudente suma de dinero, una mirada insinuada y un estudiado contoneo de caderas frente a uno de los empleados de la casa consignataria les habían franqueado, en el último momento, las puertas de un camarote de primera. Con el júbilo y los nervios de la partida, con el alboroto excitado e incesante de las niñas, ninguna de las dos cayó en la cuenta de que aquel abordaje repentino, que rozaba la clandestinidad, sólo quedaría registrado a bordo, y que si por cualquier motivo alguien, tiempo después, pretendiera buscar sus nombres en las listas de pasajeros embarcados, jamás podría encontrarlas…

Marzo, 2006

No sé exactamente cuánto tiempo llevaba en el pueblo, cuando la vi por primera vez. ¿Un día? ¿Una semana? No fue hasta que ella apareció que las cosas comenzaron a suceder, los acontecimientos a engranarse y todo a cobrar sentido. Por eso asocio su presencia con el comienzo de todo, aunque seguramente para entonces yo llevara ya unos días alojándome en un hotel barato con vistas al faro, dejándome empapar del ambiente bullicioso de una recién estrenada primavera y preguntándome por qué estaba allí, tan lejos de donde me habría imaginado estar y tan cerca de la tragedia que mi familia había tratado de sepultar durante años.

Una muerte, una carta y un billete de avión. Por ese orden. Como en los sortilegios. El billete de avión había sido el último paso, la materialización final de un deseo, casi de una necesidad. También el más fácil. Un vuelo, un tren y un autobús me habían cambiado de realidad geográfica en menos de veinticuatro horas, y yo apenas sabía ya dónde me encontraba. No físicamente —siempre me he orientado a la perfección— sino mentalmente. Para cuando ella apareció ya llevaba unos cuantos paseos siguiendo la línea mansa de la costa, y unos cuantos atardeceres observando cómo el parabrisas luminoso del faro barría un mar calmo, como un embalse. Desayunaba en el hotel, comía en el puerto, cenaba frugalmente en una terraza… Probablemente pareciera un visitante más. Solo. Introvertido. Un baño de vez en cuando. Una siesta al sol de media tarde. Apenas hablaba con nadie, porque aún no tenía de qué hablar. Volvía una y otra vez al par de establecimientos que conservaban las antiguas fotos de aquel barco y me perdía en el detalle pixelado de aquellas imágenes que en su día acapararon portadas de periódicos y que ahora formaban parte de la leyenda local, para, a modo de pósteres, ornamentar el comedor de los restaurantes. Era frustrante buscar información congelada en aquellas imágenes borrosas en blanco y negro. Recorría el centro de interpretación y dejaba que mis ojos, mis manos, se perdieran en objetos rescatados del fondo del mar y del tiempo, buscando ¿qué? ¿Una conexión atemporal? ¿Una descarga eléctrica? ¿Un reconocimiento? ¿Una especie de déjà vu de algo que jamás había vivido?

—¿Me echas un cable?

—¿Disculpa?

Su voz me había sacado de mi ensimismamiento una mañana en el puerto. Llevaba un rato vagando por allí, tratando de poner en orden mis pensamientos, mis pasos y mis próximas acciones. Frente a mí, un pequeño velero con el velamen recogido se aproximaba al hueco que le correspondía, en el pantalán. En proa, ella, descalza, con un pantalón blanco inflado por el viento y la melena oscura azotándole el rostro, sujetaba un cabo.

—Que si me echas un cable —repitió, y me mostró el cabo sin esperar respuesta—. ¡Amárralo!

El cabo voló como a cámara lenta los escasos metros que nos separaban. Lo cogí al vuelo y lo tensé, manteniendo recta la dirección, mientras ella daba marcha atrás para contrarrestar la inercia del avance del barco. Como en una maniobra orquestada, ella usó el bichero para separarse de los buques colindantes, y yo anudé el cabo al noray con un ballestrinque.

Me quedé allí de pie, mirando el barco. También sentía el pelo desordenado, batiéndome en los ojos. Ella salió del tambucho con una pequeña mochila que tiró al pantalán desde la borda. Luego se deslizó, descalza, por la misma, hasta pararse frente a mí. Observó el noray. Ni siquiera me dio las gracias.

—No está mal —comentó condescendiente, apreciando el nudo—. ¿Navegas?

—Un poco —reconocí con una sonrisa.

Ella arqueó una ceja, visiblemente interesada. Sus ojos eran profundos y acaramelados, pero destilaban un brillo duro, orgulloso, desconfiado. Me observó de arriba abajo, con cierto descaro, quizá buscando saber si me había visto antes.

—¿Estás de vacaciones por aquí?

—Digamos que de visita…

—¿Sudamericano? —inquirió ella, supongo que por mi acento.

—Venezolano —confirmé.

Ella pareció vagamente sorprendida. Sabía por qué. El pelo rubio y los ojos claros —los ojos de mi abuelo, y los de su abuelo, antes que él— desmentían el estereotipo latino.

—Vaya. No pareces venezolano…

—Lamento decepcionarte. —Sonreí irónico—. ¿Qué aspecto debería tener para ser un auténtico venezolano?

—Un poco más moreno —bromeó ella, siguiéndome el juego— y así, como más galán de culebrón…

—Puedo ser todo un galán si me lo propongo… —le advertí, y supe, en ese mismo momento, que estaba adentrándome en terreno pantanoso.

Ella me sostuvo la mirada, pero no respondió a la sonrisa. «Demasiado acostumbrada a halagos triviales…», adiviné. Contemplé su figura menuda, la melena lisa, corta, oscura, que enmarcaba el rostro bronceado, las arruguitas de sol y mar que se abrían en unos ojos de miel acostumbrados a sonreír, y supe que tenía que prolongar como fuera ese momento.

—En cualquier caso no son ésas las habilidades que ando ofreciendo —reculé medio en broma, medio en serio—. Busco trabajo. Me gusta el mar y puedo hacer prácticamente cualquier cosa. Siempre que sea medianamente legal —aclaré, con una sonrisa—. ¿Se te ocurre algún sitio donde pueda encajar?

No sé por qué lo dije. Me venía bien un poco de dinero para sufragarme la estancia, pero no era consciente de haber tomado esa decisión. Yo había ido allí a buscar una historia. Una historia que me liberara de culpas heredadas, de congojas inexplicables, del olor a mar empozado y a muerte que se agazapaba en mis sueños. Cierto que no sabía por dónde empezar, que aún estaba dejándome invadir por las sensaciones, pero si algo tenía claro es que no había cruzado medio mundo para engancharme en los primeros ojos de ámbar que se enredaran en los míos. Y, sin embargo, inexplicablemente, cuando ella me miró con una condescendencia fingida y me sonrió por primera vez, supe que estaba haciendo lo correcto.

—Puede ser —admitió, encogiéndose de hombros. Y me lanzó la mochila, golpeándome con ella en el pecho antes de volverme la espalda con aire de suficiencia—. Toma. Acompáñame a ver a mi jefe. Podemos preguntarle si tiene algo para ti. Empieza la temporada alta.

Presentí, o más bien supe, que una puerta se abría ante mí. No sabía si era la correcta o no, pero tuve la inquietante sensación de que acababa por fin de ponerme en marcha y que a partir de entonces ya no habría marcha atrás. Tuve apenas unos segundos para tratar de evaluar si me estaba o no desviando de un camino que no sabía cuál era, ni hacia qué me dirigía. Un billete, una muerte y una carta para llegar… ¿a dónde? Ella no miró hacia atrás. Ni siquiera me preguntó mi nombre. Echó a andar, los hombros desnudos y los pies descalzos, con la elegancia de una bailarina. Antes de seguirla hice un doble nudo en el ballestrinque. Un atraque seguro. Simplemente para reforzar mis conocimientos ante ella, por ganar puntos, como un adolescente en celo. Por si ella volvía la cabeza y me miraba.

No lo hizo. Pero tiempo después me gustaría pensar que había sido ese nudo, esa amarra física y simbólica la que me había atado al destino que me esperaba allí a ocho mil kilómetros de mi hogar, y desde hacía cien años.

Noviembre, 1906

Acepté los papeles del cónsul. Con ellos acepté aquel compromiso. Y con él acepté la pala que está cavando mi propia tumba. Porque no me engaño. El tiempo que paso volcando mis recuerdos emborronados en estas páginas son horas robadas a la muerte. Lo sé. Y si un día me importó, ya no me importa. Como el cónsul austríaco, aquella noche en que irrumpió en mi camarote cuando el vapor que yo capitaneaba se deslizaba, como un fantasma, sin apenas ruido, por un Mediterráneo silencioso, yo ya estoy muerto. Me veo en los espejos y encuentro la misma mirada derrotada y turbia que él arrastraba, una sombra oscura y perpetua en los párpados, la mirada insondable de los moribundos. Llevo tres meses muerto, sí. Desde esa noche. Soy una funda de piel, la cáscara de un alma que ya me ha abandonado. Pero no porque espere una condena, que presiento que no llegará, dado mi estado, sino porque no hay peor condena que una conciencia culpable. ¿Dijo alguien esta frase o debería registrarla para la posteridad? De hecho, ¿soy culpable de algo? Quiero pensar que no, pero aun así, no existe descanso para mi conciencia, ni para mi cuerpo, que encadena semana tras semana sin poder conciliar el sueño, porque cada vez que lo intenta tropieza con los gritos, con las miradas de espanto, con el feroz chapoteo del agua al chocar contra el casco, con todos los fantasmas de una tragedia que, como clamaron los periódicos, pudo ser evitada… Señores periodistas clarividentes: todo puede ser evitado cuando se conocen las consecuencias. Pero ¿qué hay del antes?

Exagero. Quizá no lleve tanto tiempo sin dormir; nadie podría soportar algo así, pero mis noches son retazos de un sueño intermitente poblado de pesadillas y a veces no distingo entre la fantasía y la realidad. Hay quien diría que estoy perdiendo la cabeza. Un buen eximente a estas alturas. Día tras día vuelvo al mismo punto de partida, como un bucle, a tratar de reproducir los hechos uno por uno, a jugar a sentirme un dios benigno e interrumpir la secuencia en el último momento, pero este ejercicio masoquista me está matando. Dios no fue benigno entonces y ¿quién soy yo para enmendar sus actos? ¿No es egocentrismo acaso pensar que todo fue un castigo contra mi pecado de soberbia? ¿No es egocentrismo acaso pensar que en este tiempo, si nada en el delicado equilibrio del mundo se ha movido ni ha cambiado, es que actué bien, o, al menos, todo lo bien que supe, dadas las circunstancias…?

Actué como un hombre al que otro, temeroso de su suerte pide un último favor, actué como capitán cuando quise estimar cuál sería el alcance, el bien mayor. Quizá si frente al recuerdo de las desavenencias históricas hubiera primado mi patriotismo, no habría aceptado aquel compromiso. Quizá si, al conocer el alcance de la documentación que llevaba, hubiera obrado como un patriota italiano, el resultado sería ahora muy diferente. Pero ¿cómo actuar de acuerdo a la política de un país, cuando un barco es un país en sí mismo, cuando las aguas internacionales se precian de diluir las fronteras? Mi barco era mi reino, y ése fue mi gran pecado de soberbia: jugar a ser un rey a bordo, a hacer y deshacer, a tomar mis propias decisiones, como si ellas no afectaran a nadie más…

Un hombre que cree que su vida peligra y un portafolios cerrado con documentos que ponen en juego miles de vidas… Recuerdo que sonreí al pensarlo, con el aire displicente del padre que sonríe ante la última gracia de sus hijos, mientras, al tiempo de rendirme al sueño, me sentía fuerte, poderoso, casi joven aun. Era afortunado. Pensaba en las aventuras que había vivido y que aquella travesía, la de mi jubilación, me regalaba el incentivo de un pequeño secreto a bordo. Acababa de cumplir sesenta y ocho años y estaba previsto que aquélla fuera mi última navegación: la travesía de ida y vuelta a Buenos Aires con la que me despediría de toda una vida en el mar, y de diecisiete años haciendo la misma ruta para la misma compañía. Con ese orgullo rayano en la nostalgia había zarpado del puerto de Génova, saboreando todas las sensaciones, con la conciencia afilada del que sabe que es la última vez de muchas cosas, muchos paisajes y muchos pequeños gestos. Mi última travesía: ida y vuelta. Y la satisfacción de años de trabajo bien hecho me caldeaba el alma mientras dirigía la maniobra de salida del puerto, sin poder ni por un instante imaginar que jamás habría vuelta. Que ni siquiera habría ida.

Reconozco que realmente no me tomé en serio aquel discurso precipitado, tejido quizá por un diplomático paranoico, hasta que escuché el agónico chillido del casco del barco al rasgarse, quizá segundos antes de detenernos para siempre, del estallido de las calderas, del comienzo del terror… En aquel momento miré hacia el exterior y contemplé una realidad que parecía desmentir los hechos: un día soleado, una costa cercana y conocida, y un mar en calma no parecen los ingredientes de una catástrofe marítima. En ese instante comprendí que el cónsul había hablado en serio, que algo fuera de lo habitual —muy fuera de lo habitual— estaba sucediendo. Y le creí. Le creí en toda su magnitud y me di cuenta de que había recaído en mí la responsabilidad de mantener aquella información, lo que quiera que fuese, a salvo. Dudé sobre lo que debía hacer, no lo digo en mi descargo, claro que dudé. ¿Quién no lo hubiera hecho? Dudé no sé cuanto tiempo. Quizá unos minutos o quizá sólo unos segundos. Pero yo conocía sobradamente esa zona, porque la había navegado muchas veces, y sopesé la situación. Por la distancia que nos separaba de la costa, el barco debía haber encallado en uno de los bajos de las Islas Hormigas, lo que, aunque suponía un accidente grave, no significaría su hundimiento. El Sirio quedaría encallado entre las rocas en condiciones de mar calmo, aparentemente inofensivo. La temperatura del agua en aquella tarde de verano y la hora, las cuatro de la tarde, jugaban a favor de una evacuación rápida y sin demasiados incidentes. Apenas tres millas nos separaban de una costa poblada que podía prestar auxilio, y un par de grandes barcos viraron rápidamente sus rumbos al comprobar lo que ocurría para venir en nuestra dirección. Además, el resto de la tripulación quedaría a bordo, un puñado de hombres sobradamente preparados para dirigir una maniobra de salvamento. Todo, dentro de la catástrofe presentida, parecía tan favorable, que yo no era una pieza estrictamente necesaria en aquella ecuación, y yo… yo tenía por delante otra misión.

Probablemente ése fuera mi segundo gran error.

Agosto, 1906

—¡Melania! ¡Melania! ¿Dónde estás?

No llevaban más de veinticuatro horas a bordo y Enrico ...