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LOS AMANTES CLANDESTINOS

Ana Cabrera Vivanco

5


Fragmento

 

El meu avi va anar a Cuba

a bordo del Català,

el millor barco de guerra

de la flota d’ultramar.

El meu avi (habanera)

Joaquín Alegret, catalán de nacimiento, cubano por lazos del corazón y ciudadano americano por culpa de una emboscada del destino, murió en las primeras horas de un amanecer de octubre, en una clínica privada de Miami, con las manos de su mujer atadas a las suyas y sus dos hijos y nueras, abrazados, velando al pie de su cama. Hasta el minuto final mantuvo la disciplina de un cabeza de familia y contó con los arrestos suficientes para dictar a sus seres más queridos su última voluntad. Ordenó por prioridades cómo tenía decidido que fuera su funeral: las canciones catalanas que quería le dedicaran, el color de las insignias que habrían de cubrir su féretro, los gastos innecesarios que prefería que se ahorraran con las ofrendas florales que al fin y al cabo no valían la pena, y las lágrimas que tampoco merecían ser malgastadas, porque las únicas lágrimas que merecían derramarse en esta vida no eran las que nacían de la pena sino de la felicidad.

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Hacía más de cuatro décadas que echaba en falta su Cataluña natal, pero bastaba que cerrase los párpados para visionar la franja rosa que clareaba sobre el Mediterráneo aquel amanecer de abril de 1924 cuando el barco que lo llevaría a Cuba emitió un último silbido anunciando que zarpaba del puerto de Barcelona, dejando atrás su ciudad, alborotada de gaviotas bajo el primer atisbo de luz de la mañana.

Si algo se llevó a la tumba, y no le contó a nadie, fue el flashazo premonitorio que le trajo la memoria la noche que le sobrevino el ataque al corazón y le hizo caer doblado en la bañera clamando por su mujer con el alarido de socorro que le arrancó el dolor. Fue curioso que en ese justo momento su mente focalizara con entera nitidez la figura anciana y fúnebre de aquel judío vestido de negro impenetrable, que compraba y vendía libros viejos en una vetusta callejuela de La Habana con quien no medió más trato ni intercambio que los libros y la frase sentenciosa que supuso borrada de sus recuerdos y retuvo en su conciencia sin querer: «Lo único que tenemos en común las aves migratorias como usted y como yo, señor Alegret, es que el día que nos toque pasar a mejor vida, nos despediremos de esta con el adiós que a cada cual le corresponda en su lengua». Seguramente al judío que era ya bastante anciano, en la época en que él se consideraba todavía lo suficientemente joven como para no tomarse en serio otros lances que no fuesen los del amor y los retos impuestos por la vida, le había tocado su turno de partir al otro mundo diciendo adiós en hebreo. Pero razón le sobraba. Llegada su hora definitiva, lo último que le escucharon decir a Joaquín Alegret fue una frase pronunciada en catalán que brotó de su garganta con un impulso tan vivo que el reducido grupo de allegados que le acompañaban recibió el fogonazo de su voz con un fugaz destello de esperanza. Los rezos y los sollozos se cortaron en seco y los ánimos se aligeraron de repente despestañando la ringlera de madrugadas en vilo que tenían abigarradas tras los párpados. Por un segundo, las pupilas pendientes del enfermo que yacía en la cama se desviaron del cuerpo que se fundía a la muerte para perseguir el revoloteo del alma que por un mínimo instante se elevó por encima de ellos, prendida a las sílabas que aún flotaban dispersas en el aire hasta quedar difuminadas en la polvareda diáfana que clareó la habitación con el primer rayo de sol de la mañana.

Tan absortos se encontraban en atrapar al vuelo las últimas palabras pronunciadas por Joaquín, que sólo se percataron de que ya no se contaba entre los vivos cuando vieron a Lola, su mujer, transida por la fiereza del dolor, aferrarse al cuerpo inerte del hombre con quien había tenido dos hijos y compartido su vida por más de cuarenta años. Miguel, el hijo mayor del matrimonio Alegret, fue el último en reaccionar ante la consternación de la pérdida. Tenía el convencimiento íntimo de que la frase dicha por su padre estaba dirigida a él, y que para él había sido el último mensaje de sus ojos y el último gesto que hizo esforzándose en buscar su mano, en el momento en que el zarpazo de la muerte se interpuso entre los dos. Pero una vez que consiguió sobreponerse a la embestida inicial, fue también el primero en recuperar la entereza necesaria para permitirse pensar en los pasos a seguir de cara a los funerales. Un vistazo le bastó para saber que, como otras tantas veces a lo largo de su vida, se imponía asumir a solas el mando en circunstancias extremas. Con su madre no podría consultar para disponer de nada. Estaba tan abatida que apenas se tenía en pie, apoyada a duras penas en los brazos de sus nietos y sus nueras, que muy abatidos también, lejos de consolarla, compartían el desconsuelo llorando juntos a la vez. Tampoco su hermano, Javier, el otro hombre de la familia con quien pretendía contar, le sería de ninguna utilidad en la condición que estaba: gimoteando como un niño sin atinar a otra cosa que a apretujarse a la madre, igual que hacía en su infancia, cuando algo lo asustaba o despertaba de un mal sueño en medio de la oscuridad. Miguel sintió que un sollozo se le atascaba en la garganta, pero contuvo el apremio de encontrar confortamiento desparramando su aflicción con la misma espontaneidad que mostraban sus familiares.

Aprovechó la entrada del médico que venía a certificar la defunción, y se acercó al tío Pascual, el hermano de su padre, el único que persistía en hacer de tripas corazón sujetándose la pena sólo por cumplir fielmente la voluntad del difunto de no conceder al duelo el despilfarro de las lágrimas. Miguel estaba seguro de que únicamente su tío, por ser catalán, y Lola que, a pesar de ser cubana, era de esas mujeres que según el propio Joaquín tenía adiestrado el corazón al lenguaje del amor y le bastaba con mirarle a los ojos para adivinarle el pensamiento sin necesidad de que hablara, habían conseguido entender la última frase que su padre pronunció en la lengua de su tierra. Tentado estuvo en preguntar al tío su significado en español, pero creyéndolo inoportuno, se limitó a pedirle que intentara infundirle aliento al entorno familiar y sobre todo que se encargara personalmente de Lola, porque él mismo no sabía cómo armarse de valor para enfrentarse a su madre sin que flaquearan sus fuerzas, pero estaba convencido de que, llegado el momento, sería ella la primera en erguirse ante el dolor y mostrarse inflexible, si su hijo, a causa de una flaqueza, incumplía, desatendía o pasaba siquiera por alto una sola de las prioridades que había ordenado su padre en la manera que determinó decir adiós a este mundo.

—Ve tranquilo, Miguel —le aseguró el tío Pascual—. Tú a lo tuyo. De tu madre y la familia, yo me encargo.

Recorrió los pasillos de la clínica con el mensaje indescifrable de su padre de punta en el entrecejo. Se reprochaba a sí mismo no sólo por no alcanzar a entenderlo sino porque el dolor de no haberlo conseguido estaba tan fijo en su pensamiento que ocupaba en su mente más espacio del que le correspondía enteramente al duelo en su corazón.

La enfermerita cubana, que recién había entrado al turno de la mañana y conversaba en el pasillo con una mulatona que debía de ser santiaguera por el dejo que se le notaba al hablar y que decía ser la esposa del gringo grandullón que acababan de ingresar esa misma madrugada en la habitación de al lado, dejó de chacharear y las dos mujeres se volvieron para mirar a Miguel: la enfermerita cubana lo recorrió de arriba abajo y la mulatona santiaguera de abajo arriba, y mostrando el blanco de los ojos como si fuese a desfallecer, exclamó con aspaviento:

—¡Ay, mamá, eso sí es un tronco de machazo y no el que yo me traje de casa!

Lo era de la cabeza a los pies: alto, erguido, bien plantado. Un varón de rompe y rasga, que arrancaba suspiros a su paso. Impecable en su traje gris metálico que sentaba de maravilla a su figura de perfecciones geométricas. «Un guerrero del amor», como decía su padre. «Que ganará todas las batallas del corazón», como decía su madre. «Que deberá andar por la vida con pie de plomo, armado hasta los cojones porque el amor, además de darle guerra, le va a jugar a traición», como le vaticinó Macorina II, cuando se empecinó en tirarle los caracoles la misma noche que lo estrenó como hombre en un burdel de La Habana. De los tres, fue Macorina II la de mejor ojo avizor. Incluso cuando le dijo que correría mucho mundo y que sería un triunfador porque, además de ser audaz en la cama, desafiaría al destino guiado por la letra que trajo escrita al nacer: «Con dos hilos de suerte se teje la tela de la vida, pero sólo con mil amarguras quedará tejida enteramente».

Rebasados los cuarenta, no sólo había desafiado al destino en cada una de las apuestas que le puso por delante sino que le siguió siempre el juego apostando a ganar aunque en la última partida tuviese que arriesgarlo todo y contara con una sola carta a la hora de apostar. «Tienes un instinto nato que te corre por las venas y te salvará la vida —le pronosticó Macorina—. Te viene de tus ancestros. El buen ojo lo heredas de tu padre que a su vez lo heredó de un hombre de barba blanca que tenía el alma muy negra, pero también vista de águila. Los caracoles me dicen que ese hombre era tu abuelo.» Macorina II tenía más que bien ganada su reputación en el oficio: se sabía que era nieta de Macorina I, la que dio pie al estribillo de «ponme la mano aquí, Macorina, pon, pon, pon»… por haber sido en su época una de las prostitutas más elegantes, bellas y famosas de que se tenga recuerdo. En cuanto a sus dotes como pitonisa, se decía que también las heredaba de su abuela, que sabía interpretar los caracoles como nadie, y que nadie que se conozca se atrevió a dudar jamás de la justeza de sus vaticinios.

Tal como lo intuyó Macorina II, Miguel era uno de esos pocos hombres que podían fiarse de su instinto. Se preciaba de poder interpretar las miradas de los que fueron tanto amigos como enemigos. Le bastaba mirar a los ojos de un cliente para saber si cerraría o no un negocio, si podía confiar o no en una promesa antes de sellar un trato. Le bastó una primera mirada para saber que había encontrado a la mujer que amaría de por vida y sólo una bastó para reconocer el momento en que el odio se posesionó del hombre que habría de odiarlo hasta la muerte. «Nunca te fíes de nadie que no te mire a los ojos cuando te proponga un pacto ni de alguien que prometa con la boca lo que no sea capaz de probarte con los hechos. Son los hechos, Miguel, los que te dicen quién es quién y hablan siempre por sí mismos», le advirtió su padre años atrás cuando él estuvo en peligro, a un paso de la muerte. Pero algo había cambiado el destino en su manera de ser y ese algo tenía un antes y un después que Miguel se negaba a afrontar rotundamente. Se preguntó si su padre le guardaría algún resentimiento a causa de aquella partida decisiva donde él lo expuso todo, y a todos se les trastocó la vida en un antes y un después. Pero no había visos de reproche en la mirada que la muerte dejó trunca en las pupilas de su padre. Joaquín nunca hacía alusiones al pasado; jamás le escuchó jactarse recordando los tiempos de bonanzas, y nunca le escuchó una queja que trajera a colación ni los años de las penurias pasadas ni de las pérdidas y heridas más recientes. «Lo único que no le pueden arrancar a un desterrado son las raíces del alma y el acento de su tierra. Las dictaduras podrán condenarte al exilio, privarte de tu libertad de hablar y hasta prohibirte que hables en tu lengua, pero el acento del habla va contigo a dondequiera que vayas, y hables la lengua que hables nada ni nadie te lo puede arrebatar.» Cataluña era para Joaquín un modo ser y de estar que iba con él en cuerpo y alma. Desde el ritual mañanero de restregar el tomate sobre las rebanadas del pan y rociarlas con un chorrito de aceite de oliva, hasta las canciones de su tierra con que dormía a sus hijos cada noche y que luego seguiría cantando para dormir a sus nietos.

No. Su padre no era hombre de guardarse rencores bajo la piel, como tampoco lo fue de palabrerías ni grandilocuencias. El orgullo que sentía por sus hijos le brotaba por los poros, igual que el amor por su mujer podía respirarse por encima de todos los olores respirables que envolvían el ambiente de su hogar.

Desde que Miguel era muy pequeño, Joaquín lo preparó para que, dado el caso en que él faltara, ocupara su lugar como el hombre de la casa, y la mejor manera que encontró de hacerle ver a su hijo lo mucho que confiaba en él fue mostrándole en cada gesto no sólo su aprobación paternal, sino su reconocimiento y gratitud resumidos en la expresión complacida de su mirada risueña. Pero nada de esto hubo en la última mirada de su padre. Ni un destello de complacencia se adivinaba en su expresión y menos en la elocuencia del gesto con que buscó atrapar su mano. Por si esto fuera poco estaban aquellas dos únicas palabras que consiguió traducir de la frase en catalán: secret y felicitat, de por sí más que elocuentes. Tras mucho dale que vira haciéndose los sesos agua, no tuvo más alternativa que enfrentarse a la verdad: su padre no quería irse sin llamarle a capítulo con una señal de alerta, donde parecía estar implícito un: ¿qué está pasando contigo, Miguel? ¿Dónde quedó aquel guerrero que nunca se rindió ante ninguna batalla? ¿Sería posible que su padre hubiera leído en sus ojos la guerra que libraba en su interior?

Nunca conseguiría definir el estado de ánimo que lo embargaba cuando salió de la clínica. Sacó su auto del garaje y condujo hasta la casa de sus padres. No eran las noches en vela lo que abrumaba su espíritu, ni siquiera ese aletargamiento que deja tras de sí la muerte, previo al vacío consciente de la pérdida. Era la oleada de pensamientos que le traían los recuerdos que se le venían encima desnucándose sobre el rompiente de rocas que antepuso al corazón.

Entró a la casa de sus padres en estado de sonambulismo. Recorrió con los ojos el salón comedor. Todo estaba igual que siempre y como siempre se respiraba el mismo orden y hasta la misma estela de olores que lo hacía identificar a su madre en cualquier lugar del mundo que estuviese. De la cocina llegaba el aroma de canela, vainilla y limón de la repostería casera de Lola. Cada rincón de la casa le encrespaba los recuerdos y alebrestaba las nostalgias. Sus padres tenían fotos enmarcadas por todas las paredes y un sinfín de portarretratos repartidos por encima de los muebles. Desvió la vista resistiéndose a mirarlas. Las fotos eran las almas más fieles del recuerdo. Instantes apresados en el tiempo, retazos de vida que burlaban a la muerte. Entró a la habitación donde su padre tenía su reducida biblioteca, la había ido volviendo a armar poco a poco, reuniendo libros por aquí y por allá; nunca volvería a ser igual de grande como la que tuvo en Cuba, pero por más pequeña que fuese desprendía el mismo halo evocador que la otra y a Cuba olía igualmente. El aroma de los habanos que fumaba su padre flotaba en el ambiente de aquel estrecho cuartico en el que Joaquín disfrutaba cada noche de sus horas de lectura recostado al butacón orejudo donde leía hasta que el sueño se imponía y lo obligaba a irse a la cama. Se dispuso a remover cajones buscando las banderas de Cataluña y de Cuba que su padre había ordenado para cubrir su féretro y el disco de Pau Casals con El canto de los pájaros que quería lo despidiera en su último viaje. Abría y cerraba cajones buscando sin buscar. Las lágrimas le venían solas enturbiando su visión. Se dejó caer sobre el butacón orejudo, impregnado por el olor insolente del tabaco. Tenía la sensación de que su padre estaba allí, a sus espaldas. Percibía su presencia tan real y tan cercana, que creyó sentir su mano posada sobre su hombro y su aliento próximo a su nuca como si intentara hablarle. Tal como lo había visto no hacía ni un mes, cuando celebraron su sesenta y cuatro cumpleaños y brindaron felices. Talmente parecía que iba a oír su voz, y bastó que cerrara los ojos para poder visualizarlo. Lo vio como si lo tuviera delante, estrenando aquel pullover verde de Lacoste que él mismo le regaló esa mañana. Nada hacía presagiar que el final estaba cerca: su padre aparentaba rebosar salud y contaba con tan buena disposición de ánimo que se permitió el lujo de beber más allá de la copa solitaria que tenía por costumbre y, contrario a su hábito, se dio el gusto de hablar con tanta efusividad y soltura que los tomó a todos por sorpresa. Joaquín, parco por naturaleza, mesurado con el vino y prudente al hablar, era además tan discreto con la privacidad ajena como celoso y discreto lo fue siempre de su propia intimidad. Por eso llamó la atención la locuacidad de que hizo gala esa noche. Algunos lo achacaron a que se pasó de copas y otros al síndrome del gorrión, como llamaban los cubanos a esa nostalgia de patria lejana que padecen los que emigran de su tierra. Lo cierto fue que fuese lo uno o lo otro o todo junto a la vez, Joaquín se expansionó a sus anchas al punto de que, además de dar rienda a la añoranza, fue capaz de recapitular en una noche los recuerdos que se guardó para sí, la vida entera.

En realidad la historia que contó su padre esa noche comenzó por una broma inocente. Apuntó con el índice al emblema de Lacoste que llevaba en su pullover y dijo rompiendo a reír: «Este caimán era Cuba para mí hace cuarenta y seis años. Lo único que Pascual y yo sabíamos de Cuba cuando emprendimos la aventura que habría de traernos a América, era el lugar que ocupaba en el mapa que cubría de punta a punta la pared del despacho del abuelo. Un viejo lobo de mar que tenía trazado en rojo la ruta que hacía el barco que capitaneaba entre el golfo de Guinea y una isla verde esmeralda parecida a un caimán dormido sobre el mar azul añil de las Antillas. Mi abuelo era ya un anciano octogenario cuando mi hermano Pascual y yo lo conocimos. Poco o nada sabíamos de su existencia —aclaró Joaquín—. Y lo poco que sabíamos era mejor aparentar no saberlo».

Poco o nada sabía el propio Miguel del abuelo catalán hasta el día en que su padre se pasó de copas y le dio el pronto de soltar la lengua. Hasta entonces lo único que la familia conocía del anciano personaje era que Joaquín se refería a él llamándolo «viejo ogro», limitándose a decir que tenía la agudeza visual de un ave de rapiña y el instinto olfativo de un animal salvaje. A eso se reducía el tema: «No es saludable hurgar en el pasado. Las cosas que se mueren no se deben tocar, Miguel —le decía—. ¿Entiendes, hijo?». Entender como tal, no entendía, pero podía intuir los visos truculentos de aquel pasado que su padre prefería dar por muerto. Y fue precisamente por eso que esa noche, cuando oyó a su padre traer al viejo ogro a colación, los pelos se le pusieron de punta e hizo todo lo que pudo por arrancarle la cuarta o quinta copa que se había servido y tenía a punto ya de empinarse.

Pero su padre parecía no oírlo y él no tuvo más remedio que dejarlo continuar, aunque ahora que repasaba los gestos y los detalles de aquel día, y que volvía a revivir la inflexión que había en la voz de su padre, al contar lo que contó, tenía la impresión de que no se trataba en absoluto de un arrebato inspirativo, sino más bien de un desbordamiento que tras mucho reprimir, además de rebosar su memoria, le anegaba el corazón.

No obstante tenía que reconocer que se centró por entero en escuchar por primera vez la historia del encuentro inicial de su padre y el tío Pascual con el ogro de su abuelo, al que sólo se enfrentaron un par de veces.

«No soy dado a creer en fatalismos —dijo Joaquín—, pero de serlo, diría que la fatalidad se posesionó de nuestro hogar y de repente lo trastocó todo en nuestras vidas. A mi padre lo enrolaron en la guerra de Marruecos, regresó enfermo de tuberculosis y lo internaron en un sanatorio donde murió en pocos meses. Mi madre no se lo pensó dos veces, no se concedió siquiera tiempo para asimilar su pérdida y tampoco para asumir siquiera el duelo, sabía que la fatalidad cuando te deja al garete no concede alternativas y estaba más que consciente de que debía aparcar el orgullo y plantar cara al padre que la había repudiado catorce años atrás, pero que sabía era la única persona en el mundo a la que volver los ojos y confiarle a sus hijos.

»Fue así que decidió presentarse con nosotros en el palacete señorial de nuestro abuelo. Sin tiempo para explicaciones, nos dijo que se trataba sólo de una visita a su padre y se guardó de decirnos que su intención era pedirle que nos tomara a su cargo porque cuidando a su difunto marido había contraído el mal y temía que Pascual y yo pudiéramos también contagiarnos.»

Miguel recordaba perfectamente que tanto él como el resto de los presentes en la fiesta se quedaron de piedra cuando oyeron a Joaquín decir que su abuelo ostentaba el título de barón y había amasado una fortuna en el Caribe con la trata clandestina, y que por boca de Josefa, la criada negra que el viejo se trajo de Cuba, fue que su madre vino a saber que no eran cargas de ébano sino negros de carne y hueso lo que llevaba en su barco desde Guinea hasta La Habana para venderlos en el mercado de esclavos. Los cazaban en las selvas africanas atrapándolos con redes igual que si fuesen bestias y los encadenaban y transportaban a América en condiciones brutales.

«Con el correr de los años, Pascual y yo llegamos a sospechar que la propia negra Josefa había venido de África en el barco del abuelo, que había sido esclava en Cuba y que probablemente el viejo ogro compró su libertad para traerla consigo y tenerla como sirvienta y amante. No había más que ver el odio que le prendía en la mirada cuando salía y entraba en su despacho. Cumplía sus órdenes sin chistar pero sus ojos la delataban, no sólo le soltaban chispas sino que se tornaban rojos y ardientes como tizones.»

Describió el palacete del abuelo como una de las tantas mansiones lujosas que se hacían edificar los indianos que se iban a «hacer las Américas», aquellos que partían con lo puesto y al cabo de pocos años regresaban con blasones y fortuna, se instalaban como nuevos ricos en Barcelona y como muestra de su poderío se hacían servir por los negros que traían del exótico Caribe y hasta plantaban un par de palmeras en el jardín para dar más realce a su aventura tropical.

«En el umbral del palacete —dijo su padre—, nos recibió una negra vestida toda de blanco con profusión de collares y pulseras de colores y un turbante de lunares anudado a la cabeza. Apenas abrirnos la puerta se lanzó sobre mi madre cubriéndola de lágrimas y besándola como una loca. Era la negra Josefa.

»Las vimos hacer un aparte de nosotros y cuchichear un buen rato. No podíamos saber de qué hablaban, pero la expresión ojiplática de Josefa y las muecas de su boca y su cara, que iban de la extrañeza a la consternación y de la consternación al paroxismo, hicieron elevar los niveles del miedo que de por sí ya traíamos Pascual y yo entre pecho y espalda.

»El miedo rozó los niveles del terror cuando finalmente Josefa nos introdujo en el despacho del abuelo. El viejo ogro era un gigante imponente de barbas algodonadas. Nos observaba a los tres de pies a cabeza, como si quisiera devorarnos vivos. Ni siquiera por aparentar cortesía o por un resto de decencia nos invitó a sentarnos. Tampoco dijo ni pío cuando mi madre optó por tomar asiento frente a él y nos sentó a Pascual y a mí pegaditos a su costado. Permanecía apoltronado en su trono de terciopelo púrpura con las piernas cruzadas encima de su buró, fumando como una chimenea mientras dejaba que su hija hablara hasta quedar sin palabras, exprimida toda ella en sí misma como un trapo estrujado y desechable. Entonces consideró que había llegado el momento de desatar toda la rabia que llevaba acumulando contra mi madre desde hacía catorce años. La acusó de haberse fugado con mi padre como si fuese una fulana faltando a su deber de obediencia y cometiendo el mayor de los pecados: manchar los honorables apellidos de su casta casándose sin su consentimiento con un pobre diablo, un pintorcillo bohemio de mala muerte, que le sorbió los sesos prometiéndole que la llevaría a París, donde se haría de fama y vivirían de su arte, cuando lo único que podía ofrecerle eran tres varas de miseria. Para al final irse a Marruecos de donde ni siquiera regresó como regresan los héroes de la guerra: mutilado o con los pies por delante cubiertos por la bandera, sino que tuvo que ponerse tísico, dejando viuda y enferma a su mujer y encima con un par de críos. Así les pagaban los hijos a sus padres. Si no lo hubiera desobedecido rechazando a ese hombre noble y linajudo que había escogido para casarse con ella, habría vivido como una emperatriz.

»Yo contaba sólo doce años por entonces, y Pascual apenas diez, pero ese día quedó marcado en mi mente como un hierro al rojo vivo. Recuerdo que escuchaba al viejo ogro con los dientes apretados y los ojos fijos: clavados como dos dardos sobre el caimán esmeralda que parecía navegar sobre las letras combadas que señalaban en el mapa las coordenadas del mar Caribe. Pascual se apretaba a mí, pegándose contra mis costillas. No sabíamos qué iba a pasar, pero no contábamos con que la determinación de mi madre fuera tan ciega como irrevocable. Aguantó el sermón del viejo ogro a pulmón, y más que aparcar el orgullo se lo exprimió gota a gota hasta la raíz del alma. Finalmente consiguió lo que se propuso. El abuelo aceptó hacerse cargo de nuestra educación advirtiendo que no veríamos ni un duro de su herencia y que nos enviaría internos con los curas que sabrían apretarnos las tuercas con mano férrea y hacer que la letra nos entrara con sangre.

»Tras ordenar a Josefa que nos preparara una habitación, salió dando un portazo feroz sin despedirse siquiera.

»Al quedar solos nos tocó el turno a mi hermano y a mí de abrazarnos a nuestra madre: nos apretamos tanto contra ella que yo podía sentir los golpetazos que le daba el corazón. Resistidos a desprendernos de su abrazo, lloramos a moco tendido. Ella nos apretaba a su vez contra su pecho y yo sentía como si algo se hiciera añicos en su interior. Tenía los ojos cuajados de lágrimas cuando me deslizó al oído: “Júrame que protegerás a tu hermano: él confía en ti”. Incapaz de decir palabra, sólo atiné a darle un beso y a asentir con la mirada.

»Pascual y yo permanecimos en la puerta tomados de la mano mientras la veíamos alejarse. Recogida dentro del abrigo negro, lucía empequeñecida, y no sé si sería el luto lo que hacía que su figura pareciera tan menuda y tan frágil. Ya en la verja del jardín se volvió para decirnos adiós agitando la mano… No volveríamos a verla.»

Miguel seguía el curso de los recuerdos con los ojos cerrados, pero ya no estaba recostado sobre el respaldar del butacón orejudo; la ingravidez del pensamiento había conseguido transportarlo en el tiempo y se veía igual que pocas semanas atrás, sentado entre el grupo de familiares y amigos que escuchaban conmovidos la historia desvelada por su padre. Podía palpar el silencio sobrecogedor que los embargaba, un silencio tan físico como un contacto material. Pero su padre no parecía tener en cuenta a su auditorio, ni siquiera dedicó una mirada a su hermano Pascual que, como parte protagónica en la historia, estaba tan abrumado que su rostro se transmutaba pasando del rojo vivo al blanco mate mientras hacía esfuerzos enormes por reprimir las lágrimas. No, su padre semejaba navegar al pairo, hablaba a solas consigo mismo como alguien que mantiene un monólogo con la imagen de su espejo sin reparar en nada y en nadie…

«Cinco años estuvimos en el Sagrado Corazón de Jesús de la calle Caspe, en Barcelona, internados con los jesuitas. No nos mataron a castigos, pero fue puro milagro que no muriéramos de tristeza. Estuvimos encerrados entre sotanas sin que nadie se molestara en visitarnos ni fuera siquiera a recogernos para pasar fuera de aquel claustro los días de Navidad. En el primer año no pasaban dos semanas sin que recibiéramos carta de mamá. En el segundo comenzaron a espaciarse y en el tercero nos dejaron de llegar. Yo sabía lo que significaba el silencio. No dije ni una palabra a mi hermano, pero no tardó en adivinar lo que había detrás de aquella ausencia epistolar porque se escondía por los rincones para que yo no lo viera llorando y de buenas a primeras dejó de preguntar por qué no recibíamos ya nada de mamá. El abuelo no se equivocó al vaticinar que los curas nos meterían en cintura. Los jesuitas tenían un régimen de disciplina inflexible. La desobediencia era una falta grave y la más grave de todas era desobedecer a Dios. Dios era el más severo de los padres. Nos amaba infinitamente y nos ofrecía vida eterna en el reino de los cielos. Pero ojo con descarriarnos tomando el camino de la tentación porque su ira tampoco tenía límites, y no dudaría en condenarnos al infierno que venía siendo algo así como la garganta oscura de un pozo donde serías devorado por mil lenguas de fuego. Sobra decir que tanto mi hermano como yo andábamos más rectos que dos velas. No dábamos motivos de quejas ni cometíamos faltas, pero no se me podía ocurrir que sería algo tan inocente como recitar la primera estrofa de un poema en catalán lo que habría de considerarse una falta de tanta gravedad que hizo al cura enrojecer de cólera, interrumpir su clase de literatura y advertirme con el dedo amenazante apuntando a mi cara que en su clase no se hablaba otro idioma que no fuera la lengua de don Miguel de Cervantes. Y por último, para que no lo olvidara, me impuso como castigo escribir cientos de renglones repitiendo: “Queda prohibido hablar en catalán”.

»Todavía andaba yo con la mano entumecida de tanto escribir la misma letanía, cuando recibimos la noticia de que nuestro abuelo quería que nos personáramos en su casa. Pensamos que los jesuitas se habrían inventado algo malo para exagerar lo ocurrido y darle quejas nuestras, y que nos esperaría un sermón de padre y muy señor mío. Nada podía hacernos suponer que el destino nos estaba preparando una nueva encrucijada.

»Josefa nos recibió junto a la verja del jardín con un abrazo tan cálido como ella misma. Nos advirtió que el abuelo tenía un pie en la tumba y que por más que nos sermoneara, lo oyéramos sin chistar.

»No exageraba; apenas reconocimos su vocear de carillón en aquel acento plano y apagado con que nos pidió que entráramos al despacho donde fuimos recibidos la primera vez, sin tener ni la más remota idea de que esta sería la segunda y la última. Todo estaba igual que entonces. Desde el escritorio de ébano bruñido, el trono de terciopelo color púrpura y el enorme mapamundi con el caimán dormido encerrado dentro de un círculo rojo como un gran telón de fondo. Todo menos el abuelo, que ya no era el gigante que imponía apoltronado en su trono. Era apenas un anciano enfermo de barbas desaliñadas sentado en un sillón de ruedas con las piernas inertes cubiertas por una manta afelpada. Ni tan siquiera sus ojos transmitían ya la ferocidad que le metía miedo al susto ni había rastros de iracundia en su mirada cuando nos mandó que nos sentáramos.

»La razón de que nos mandara a buscar estaba muy lejos de ser la reprimenda que Pascual y yo esperábamos. Lo primero que nos dijo fue que había dado orden a Josefa de no devolvernos al colegio, que no le alcanzaría la vida para seguir encargándose de nosotros y tampoco el rumbo del país le inspiraba tranquilidad. Nos dijo que un tal Primo de Rivera, ex capitán general de Barcelona, había dado un golpe de Estado, con el visto bueno del propio rey Alfonso XIII, la Iglesia católica, el ejército, y los sectores más conservadores de la Liga Regionalista que se había ido ganando gracias a la mano dura que mostró contra la delincuencia y la conflictividad social. Por lo poco que entendíamos mi hermano y yo del asunto, tuvimos la impresión de que el dictador (como lo llamó mi abuelo) se ganó también los favores de la burguesía catalana a la que engañó ocultando su anticatalanismo para luego de encabezar un directorio militar y centralizar en él todos sus poderes, traicionar a todos los que confiaron en él en los primeros momentos al cargarse la Mancomunidad de Cataluña y hacer escarnio de las lenguas regionales.

»Yo sentía mi cabeza como un bombo: tenía la impresión de haber vivido cinco años atrapado en un limbo estacionario donde el tiempo no existía. Con los curas aprendíamos una historia que no tenía nada que ver con la que nos contaba el abuelo. Todo se resumía en alabar al Señor, ensalzar a la realeza y lisonjear al poderoso, además de acribillarnos a collejas por cometer cualquier falta, castigarnos por hablar en catalán o pegarnos una tanda de correazos si nos pillaban masturbándonos porque además de ser un acto obsceno, te reblandecía el cerebro y afectaba a la columna vertebral. Mientras, afuera, el tiempo transcurría sin que nos diéramos cuenta: Primo de Rivera había dado un golpe de Estado, se hablaba de aplicar la pena de muerte, los hombres se iban a la guerra, morían en la guerra, seguían dejando viudas y huérfanos como nosotros, y Pascual y yo vivíamos sin tener ni puta idea de que un jodido personaje se había adjudicado poderes absolutos. Entonces ocurrió algo impensable: mientras nos advertía de que en España podía armarse la de Dios es Cristo en cualquier instante y que si llegado el momento él ya no estaba en este mundo, no iba a incumplir la palabra empeñada con nuestra madre dejándonos a la deriva, aproximando el sillón de ruedas a su escritorio extrajo un sobre lacrado del cajón.

»Pascual y yo intercambiamos miradas con un mismo pensamiento: seguramente dentro del sobre estaba su testamento y en él nos dejaría a nosotros, sus únicos nietos, aunque fuese una birria de la herencia.

»Pero el abuelo seguía fiel a su palabra. Había jurado que ni su hija ni nosotros veríamos ni un duro de su fortuna, y no habría de cambiar de parecer ni teniendo un pie en la tumba. Así que se encargó de aclararnos que no se trataba de dinero el contenido del sobre, que si algo temía nuestra madre era que sus hijos se vieran sin asideros y los enviaran a la guerra.

»Pues bien, él había encargado indagar en la familia Alegret, por si quedaba algún pariente, y resultó que contábamos con un par de primos, hijos del hermano mayor de nuestro difunto padre. Se trataba de un par de chavalotes más o menos de nuestra edad que eran también huérfanos de padre y madre.

»El sobre contenía la dirección de nuestros parientes. Le había costado encontrarlos porque se habían marchado lejos… y apuntando con la punta de su bastón al caimán verde esmeralda que dormía sobre las letras combadas que señalaban en el mapa las coordenadas del Caribe, dijo que ambos habían marchado a la isla de Cuba en busca de hacer fortuna y volver como nuevos ricos, y que a Cuba nos enviaría a Pascual y a mí. “Quien no haga fortuna en Cuba es porque nació tarado”, aseguró, porque Cuba, en su opinión, era un paraíso primoroso donde había que doblar el lomo, pero que si algo acreditaba a los catalanes era que sabían sacar pan de las piedras. Así que no habría de asustarnos el trabajo. Entonces nos preguntó si sabíamos lo que significaba la palabra fornicar. Tanto mi hermano Pascual como yo nos apresuramos a asentir con un movimiento de cabeza.

»“Pues lo que son buenas fornicadoras en la isla se les van a sobrar”, nos aseguró. Eso sí: debíamos andar con tiento, sobre todo con las negras que eran mujeres de una intensa hermosura, que tenían el coño lanudo como estropajo y ardiente como un brasero y en la cama eran leonas que volvían loco al más cuerdo. Pero, ojo, todavía más peligrosas que las negras eran las mulatas de ojos amarillos, con su belleza felina y enigmática, que engatusaban con su mirada de pantera y cuando menos lo esperabas, ¡zas!, te pegaban el zarpazo. Pobre de aquel que cayera en sus garras porque entonces sí que adiós fortuna y adiós vuelta. Bastaba pisar La Habana para sentirte poseído por el mismo encantamiento que se respiraba en sus hembras. La Habana, según el abuelo, se definía en una frase: “Una hembra en celo que te seduce y entrampa”.

»Sobra decir que mi hermano y yo vimos los cielos abiertos: entre las sotanas malolientes de los jesuitas y las hembras fornicadoras no cabía discusión. El viejo ogro dio órdenes a Josefa de que se encargara de nosotros. No tengo clara conciencia de lo que ocurrió después, incluso me cuesta reconocerme a mí mismo tal como era entonces: un chaval de diecisiete años con cien pesetas en el bolsillo y un lío de ropa atado tras la espalda. Josefa cumplió lo prometido al pie de la letra. Nos entregó entre lágrimas los pasajes, los ataditos de ropa y las escasas pesetas que consiguió sustraerle al abuelo y nos las metió en los bolsillos de unos abrigos enormes que de seguro también le robó al viejo porque, además de apestar a naftalina, nos iban tan grandes y largos que nos tapaban las manos y rozaban los tobillos. Me cuesta verme en el espejo del recuerdo. En cambio no olvido cómo me estrujaba el corazón la mirada indefensa de mi hermano, engullido bajo el pesado abrigo marrón donde cabían dos como él. Creo que fue en ese momento cuando me di cuenta de lo injusto que había sido con Pascual, pretendiendo que actuara como una persona adulta cuando era poco menos que un chiquillo dos años menor que yo, que más que un compañero de aventuras era solamente un crío capaz de seguirme a ciegas, seguro de que yo nunca lo abandonaría ni dejaría de proteger. Pero si algo no olvidaré mientras viva será la imagen de la negra Josefa, tiritando bajo su mantón de lana mientras nos decía adiós secándose a manotazos las lágrimas que le corrían por la cara. Fue su turbante de lunares lo último que divisamos cuando el barco se fue alejando del puerto. El turbante de la negra Josefa quedó atravesado en mis párpados igual que aquella idea fija que me condujo a La Habana metida entre ceja y ceja: hacer fortuna y volver.»

Llegado a ese punto de la historia, Miguel recordaba que su padre hizo un alto y respiró hondo, como queriendo atrapar de una bocanada todo el aire de la noche. A las claras se veía que estaba exhausto y que de tanto hablar sin respiro le urgía hacer una pausa tras la larga y dolorosa travesía recorrida en el tiempo. Nadie se había movido del puesto que ocupaba alrededor de la mesa de convite y no sólo no habían hecho honor a la tarta de cumpleaños que sirvieron en sus platos sino que aún permanecían expectantes sin apenas probar bocado del bufet. Cosa muy rara entre la parentela cubañola, como la llamaba Lola, su madre, que daba siempre por sentado que si algo tenían en común los cubanos y los españoles era que en cualquier lugar del mundo que estuviesen hacían de la buena mesa un festín.

A pesar de la insistencia de los invitados en animar a que su padre siguiera contando más, Joaquín decidió poner punto final, diciendo que le haría caso a su hijo en no continuar ni bebiendo ni contando porque además de pasarse de copas y estarles aguando la fiesta no había más que contar.

Los noes se sucedieron: que si no había aguado nada a nadie, que si la fiesta era suya, que si «¡venga, hombre!» para aquí y «¡venga, hombre!» para allá.

«Es que lo que resta de la historia ya lo saben —dijo su padre—. Bueno… Del abuelo no supimos más, y tampoco de Josefa. Es de suponer que tanto él como ella emprendieron su viaje al otro mundo con rumbos divergentes. El abuelo habrá descendido a los abismos y Josefa habrá ascendido a las alturas con sus collares y pulseras de colorines y su turbante de lunares anudado a la cabeza. Mi abuelo no anduvo del todo errado: desde que pisamos la isla nunca nos faltó trabajo. Fregamos suelos, limpiamos inodoros y vaciamos escupideras en la Casa de Socorro de La Habana; lavamos platos y servimos mesas en la fonda de mala muerte donde nuestros dos primos servían de cocineros. Cuando quedaba tiempo libre nos íbamos a las cuevas, a recoger guano de murciélago que era muy apreciado como abono en los trabajos del campo y nos duplicaba el jornal. Cuando los primos y nosotros conseguimos colocarnos en el comercio que un tendero catalán acababa de instalar por entonces en una céntrica esquina de La Habana, la situación mejoró notablemente. Cierto que fuimos los chicos para todo hasta que nos ganamos una plaza tras el mostrador y el dueño me permitió administrarle el negocio porque según él, aparte de fiarse de mi seriedad, confiaba en mis habilidades con las cuentas. Nuestros primos prosperaron, se casaron y se fueron a Puerto Rico a poner su tienda propia. En cuanto a hacernos de fortuna… No se podría ser más afortunado de lo que hemos sido tanto Pascual como yo. Él conoció a Herminia, su negrita leona, y yo… a Lola, mi mulatica pantera. Desde la primera mirada de sus ojos amarillos, me volví loco por ella, pero loco de remate, ¿eh? Cuarenta años de casados y sigo como el primer día, enloquecido de amor por mi mujer. Ya ven —dijo con una media sonrisa—. Soy uno de esos rara avis que aún quedan con vicios confesables. La lectura, el tabaco y Lola. La primera y la única mujer que ha existido y existirá para Joaquín Alegret.»

Miguel revivía las escenas que se sucedieron esa noche: las rondas de brindis y mojazones. Las chocaderas de copas y chinchines entre risas y palmadas. Los brindis: por la familia, por el amor y la amistad; por Cuba y los cubanos; por Cataluña y los catalanes; por España y los cubañoles. Dieron vivas por todo lo que pudieron ronda tras ronda y chinchines tras chinchines de nunca acabar.

Todavía impresionado por los vívidos recuerdos y aún con la voz de su padre resonando con entera nitidez en sus oídos, Miguel abrió los ojos finalmente, devuelto en volandas al butacón orejudo. De nuevo se encontró rodeado de fotos por todas partes. Las viejas fotografías habían provocado una acalorada discusión con su mujer, cuando más que pedirle le exigió que las apartara de su vista. Pero ahora no podía eludir lo ineludible. Las almas del recuerdo atrapadas en el tiempo le herían con sus rostros las pupilas. Sobre el escritorio de Joaquín en un marco de plata esterlina aparecían su madre y su padre junto a su tío Pascual y la tía Herminia de jóvenes, sentados de espaldas al mar sobre el muro del Malecón de La Habana. Enlazados los cuatro por el talle, rebosantes de felicidad. Como si para ser feliz no se necesitara más que eso: saberse juntos los cuatro para tenerse y amarse. Fueron ellos los que pusieron la primera piedra de los cimientos que fundó la familia Alegret. Herminia, huérfana desde pequeña, se crió en casa de Lola donde crecieron como hermanas. En el barrio las llamaban la soga y el caldero porque a donde iba una, allá la seguía la otra. Eran inseparables y se enamoraron de dos hombres que además de ser hermanos eran también uña y carne.

Por dondequiera que volviera los ojos, se reconocía a sí mismo en el Miguel de los retratos que le miraba sonriente, despreocupado y feliz. Entonces no necesitaba demasiado para sentirse feliz. Recordaba a su padre trabajando en la tienda de los Almacenes Bellpuig desde bien temprano en la mañana hasta ya entrada la noche, doblado bajo un foco incandescente, apuntando números sobre un cuaderno rayado. Su madre, desde el mismo amanecer, se pegaba al pedal de su máquina Singer o se sentaba junto a la ventana a bordar la mejor lencería hecha a mano que se hacía en toda La Habana, según decían las parroquianas que la encargaban expresamente a los Bellpuig. Por entonces la tienda de los Bellpuig había ganado gran fama. Su propietario se había ido expandiendo y había abierto tantas tiendas que llegó a abarcar toda una manzana. Trabajar para la firma Bellpuig daba crédito y reconocimiento, y su madre se hizo de una clientela rica que la tenía por una hacedora de ensueños. Sus manos poseían la gracia de las hadas y bordaban las hechuras al cuerpo. Habría podido dejar de trabajar para un dueño y hacerse de su tienda propia de no haber sido porque al nacer su segundo hijo tuvo que restar tiempo a la costura para dedicarse a velar de un crío débil y enfermo. Pasaba madrugadas enteras meciendo a Javier en un sillón. Los ataques de asma que padecía el menor de sus dos hijos ponían la casa en vilo al menos en aquellos años en que fueron más frecuentes y severos. No recordaba haber sentido jamás ni una pizca de celos de su hermano, ni haberse quejado siquiera porque Lola lo consintiera más que a él. Todo lo contario. Javier había venido a este mundo con el don de hacerse querer y consentir. Así como Miguel había nacido para triunfar, relucir y avivar rivalidades. A pesar de estos desbalances de carácter, nunca existieron entre ellos roces ni fricciones que pasaran de ser las comunes entre críos. Desde muy chicos se aceptaron tal cual eran: Javier, el ojito derecho de mamá, y Miguel, el derecho y el izquierdo de papá. Si a alguien se le ocurriera preguntarle a estas alturas cómo definiría su infancia se limitaría a mostrarle la sonrisa, despreocupada y feliz, que reflejaban las fotografías…

«Éramos felices sin más…», se dijo prendiendo un cigarrillo. Prenderlo y traer a la mente a la mujer a la que le bastó una mirada para reconocer en ella el amor de su vida, fue lo mismo. Los recuerdos se le agolparon de burujón transportándolo a La Habana de 1951 y aquella primera cita que tuvieron en el cine Payret, donde ponían La extraña pasajera, de Bette Davis y Paul Henreid, y él por imitar al actor o por dárselas de galán, repitió lo que hacía el personaje de Jerry en la película: se puso dos cigarrillos en los labios, los encendió a la vez y le ofreció uno a ella.

—Prométeme que no harás esto con ninguna otra mujer.

—¿El qué? —preguntó embelesado mirando las arruguitas deliciosas que se le hacían a ella sobre la nariz por las cosquillas del humo.

—Compartir un cigarrillo.

...