Loading...

LOS AMORES DE NISHINO

Hiromi Kawakami

4


Fragmento

Parfait

Minami tenía siete años en aquella época.

Era una niña introvertida. Siempre estaba haciendo piezas de origami con sus finos dedos. Un piano. Una flor de campanilla. Un periquito. Una caja con pies. No se cansaba de hacer figuras, que guardaba delicadamente en una caja forrada con papeles de colores. Minami es la niña que di a luz siendo muy joven.

Cuando ella tenía siete años, yo aún no había llegado a la treintena y, a veces, me resultaba un incordio. Acto seguido, sentía una punzada en el corazón y la abrazaba con fuerza. Quizá fuese porque la conjugación de mi juventud y de aquella blandura indefensa de Minami, semejante a la de un bebé, conseguía espantar la sensación de fastidio. Cuando la abrazaba con fuerza, Minami siempre se quedaba quieta y callada. De pequeña, Minami era muy callada.

En aquella época, me había enamorado.

¿Qué demonios será el amor? Estaba enamorada de Nishino, un hombre que me sacaba doce años. Se había acostado conmigo en múltiples ocasiones.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La primera vez que me rodeó el hombro, guardé silencio igual que Minami y dejé que lo hiciera. Simplemente me callé y dejé que me abrazara, sin pensar si aquello era cariño o amor. Cada vez que nos veíamos, me sentía más dispuesta a estar junto a él, pero los sentimientos iniciales de Nishino nunca cambiaron.

¿Qué será el amor? Las personas tienen derecho a enamorarse de otros, no a que los demás las amen. Que yo estuviese enamorada de Nishino no significaba que Nishino tuviese que estar enamorado de mí. Aun sabiéndolo, me disgustaba que no me quisiera tanto como yo lo quería a él. Y como me disgustaba, cada vez lo necesitaba más y más.

Un día, Nishino me llamó cuando mi marido estaba en casa. Mi marido me pasó el teléfono en silencio. Lo hizo tan tranquilo, limitándose a decir: «Es de la aseguradora».

Yo cogí el aparato y, en voz baja, respondí escuetamente: «sí», «vale», «no», «de acuerdo». Al otro lado de la línea se oía la voz de Nishino que, imitando el tono de un empleado de una compañía de seguros, intercalaba a propósito frases como «quiero hacerte el amor ahora mismo», y yo me dije que a lo mejor aquel hombre en realidad no me gustaba.

Mientras atendía la llamada, mi marido permaneció a mi lado en silencio, echando un vistazo a unos papeles. Quizá lo supiera todo o quizá no. Durante los casi tres años que pasaron desde que conocí a Nishino, me enamoré de él y, poco a poco, fue poniendo distancia de por medio hasta que dejamos de llamarnos, mi marido jamás me hizo pregunta alguna.

Yo no dejaba de repetir «sí», «vale», «tiene razón», mientras observaba su pulcra nuca. Tras hablar durante unos minutos, Nishino colgó de repente. Porque siempre era Nishino quien colgaba. Quizá no me gustase, pero estaba enamorada de él.

De vez en cuando iba a verlo con Minami. Él mismo me pedía que la llevase.

«Si tuviera un hijo, querría que fuera niña», solía decir. Nishino nunca se había casado. En aquella época ya debía de pasar de los cuarenta. Si bien era siete años mayor que mi esposo, no tenía ni una sola pizca de ese aire frío y sereno que poseía mi marido. Daba la impresión de que jamás encajaría en la sociedad, pero debía de ser un profesional muy competente; recuerdo haberme sorprendido cuando lo conocí y me entregó una tarjeta de presentación en la que figuraba un cargo importante.

Nishino siempre le traía regalitos a Minami. «Ábrelo», le decía, y Minami abría el envoltorio en silencio. Al desanudar el lazo rojo, se oía el roce de sus finos dedos sobre la tela.

Un elegante lapicero adornado con conchas rosadas. Un pisapapeles con forma de perro. Un bollo relleno de anko espolvoreado con semillas de amapola. Una cajita de música que cabía en la palma de la mano. Minami miraba los regalos sin cambiar apenas de gesto y siempre inclinaba un poco la cabeza en señal de agradecimiento. «Muchas gracias», decía en voz baja.

Nunca me preguntó quién era Nishino. Simplemente, me agarraba de la mano y me acompañaba en silencio, como una sombra. ¿Me asustaba que pudiera hablarle de Nishino a mi marido? ¿No estaría deseando, en el fondo, que, como por casualidad, Minami dejase caer el tema en casa?

Nishino nunca me abrazaba cuando la niña estaba conmigo. Siempre nos llevaba, eso sí, a un restaurante con terraza y, antes de que Minami abriera la boca, pedía un parfait de fresa para ella y, para nosotros, dos cafés calientes. Cuando no era temporada de fresas, lo pedía de plátano.

—Cualquier cosa menos un parfait de chocolate —sentenciaba Nishino, estirando la sílaba final de parfait, a lo cual Minami asentía extrañada con la cabeza. Igual que yo.

Mientras asentíamos con la cabeza, yo miraba a Minami y ella me miraba a mí. Lo hacía con aquellos ojos redondos de un blanco apagado y pupilas negras como el azabache. Yo arqueaba un poco las cejas y ella, con una tenue sonrisa, hacía lo propio.

Minami nunca se terminaba el postre. Aun así, Nishino siempre pedía parfait de fresa o plátano.

—Un parfait para la pequeña Minami, ¿vale? —decía en un tono algo más agudo que el de costumbre, y se quedaba con la mirada fija en el rostro cabizbajo de la niña.

Al salir del restaurante, siempre dábamos dos vueltas por el parque. Luego íbamos directos a la estación y nos despedíamos frente a los torniquetes. Los billetes nos los compraba Nishino. Uno de adulto y otro infantil. Siempre nos ponía a cada una su billete en la palma de la mano.

Después de pasar la barrera, me daba la vuelta y Nishino, sonriente, agitaba la mano desde el otro lado. Minami se dirigía recta hacia las escaleras sin volverse. Era también de ella de quien se estaba despidiendo, aunque Minami jamás hiciera ademán de girarse. Sacudía la mano hacia mí, hacia Minami y hacia el espacio que había entre ambas.

—Mamá, ¿no crees que Nishino era una persona un poco enigmática? —me dijo Minami en la primavera de sus quince años.

Nishino y yo nos vimos por última vez en invierno. Rompimos cuando Minami tenía diez años. Pese a no haberle explicado a mi hija que él y yo ya no volveríamos a vernos, jamás me había hecho ningún comentario.

Ahora que lo recuerdo, tras varios encuentros con Nishino, de pronto Minami empezó a hablar y a reírse en su presencia. Cuando se reía y se daba cuenta de que yo la estaba mirando, dejaba de hacerlo, como si le diera vergüenza. A continuación, siempre soltaba unos cuantos estornudos pequeños.

Esa primavera en la que Minami cumplió quince años, yo ya apenas pensaba en él. El eco de la palabra Nishino, que salió repentinamente de su boca, atrajo hacia mi corazón un montón de algo que no sé cómo explicar. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que un agujero se abría en mi vientre y se me escapaba el aire.

—Porque Nishino y tú erais amantes, ¿verdad? —me preguntó mirándome a los ojos.

Me pongo a pensarlo y no sé qué decir. De hecho, tampoco lo sabía cuando solía quedar con él. Dudaba ya de si habíamos estado enamorados, de si de verdad me gustaba o incluso de si realmente Nishino había existido.

—Siempre que me llamaba «la pequeña Minami», me sentía como cuando te manchas la palma de la mano con pintura oscura y, por mucho que la laves, no se quita —murmuró suavemente Minami, casi como si estuviera tatareando.

Desde el año anterior, más o menos, Minami había empezado a dar un estirón. Sus manos y sus piernas se hacían cada vez más largas. Células nuevas llenaban su cuerpo. El nuevo metabolismo era tan potente que parecía haber reemplazado todas sus células en pocos días.

—Me fastidiaba que, después de haberlo visto, siempre quedara esa especie de huella que dejaba su presencia.

—¿Huella?

—Era agridulce y me ponía un poco nostálgica.

—Minami, ¿por qué no vamos a tomar un parfait? —dije yo, imitando el modo de hablar de Nishino y alargando adrede la última sílaba. Ella se rio.

—¿Qué tal estará?

—Seguro que bien.

—Me alegré tanto cuando me regaló el pisapapeles con forma de perro…

Aun después de que rompiéramos Nishino y yo, Minami siguió usando cariñosamente el pisapapeles plateado. Le puso de nombre «Koro» y a veces lo abrillantaba con bicarbonato.

—Aquel bollo con semillas de amapola también estaba bueno.

Nishino tenía un don para elegir regalos. En una ocasión, también me obsequió a mí: un cascabelillo de plata. Cuando lo cogías y lo agitabas producía un tintineo diáfano.

Llévalo siempre contigo a partir de hoy, Natsumi, rio él. Así sabré enseguida dónde estás. ¿Y qué harás cuando lo sepas?, creo que le pregunté yo. ¿Huirás de mí, como el ratón que intentó colgarle un cascabel al gato? No, te atraparé. Para que no escapes, para saber dónde estás en todo momento, para que no huyas de mí.

Al oír esas palabras, me sonrojé ligeramente.

La siguiente vez que quedé con él, enganché el cascabel a una cadena y me la puse en la muñeca. Cuando hacíamos el amor, tintineaba suavemente. «No escaparás», me decía Nishino.

¿Dónde habrá ido a parar el cascabel? Recordé el modo que Nishino tenía de hacer el amor y, por un instante, sentí nostalgia. Sin embargo, me costaba recordar de qué modo estaba yo enamorada de él.

—Nishino decía que, cuando fueras mayor, le gustaría salir contigo.

—¿Qué clase de broma es esa? —exclamó Minami.

—Así era él.

—¿Un depravado?

—Una persona consentida, seguramente.

—¡Qué ridículo!

El tono de voz de Minami sonó melindroso, como el de una persona consentida. Ella no se daba cuenta, pero así sonó.

—¿A ti te gusta alguien, Minami?

—No —contestó ella casi de forma automática, y se levantó. Con cara de pocos amigos, subió las escaleras a zancadas, de dos en dos, y cerró con un golpe la puerta de su habitación.

¿Con qué ojos vería Minami a Nishino en aquel entonces? Mientras subía las escaleras, su cuerpo desprendía el dulce olor característico de esa edad. Tenía ganas de volver a oír la voz de Nishino. La Minami quinceañera que había despertado ese sentimiento me resultó un incordio, pero de una naturaleza distinta al que causaba cuando tenía siete años.

Minami cumplió los veinticinco.

Se había enamorado varias veces, aunque nunca me contaba nada. Amaba en silencio y en silencio dejaba de amar, como cuando, de pequeña, hacía calladamente aquellas figuras de origami.

Habían pasado unos quince años desde que Nishino y yo lo dejamos. Fue entonces cuando por fin logré recordar lo nuestro como es debido.

En esa época me venían a la cabeza su voz, su físico, sus palabras con una frecuencia inusual. Como si estuviera allí mismo. Con tanta frecuencia que en ocasiones incluso llegaba a pensar que quizá ya no estuviera vivo.

De hecho, a Nishino le gustaba soltar frases como: «Cuando vaya a morirme…». Las decía en un tono un tanto afectado. A veces, me sorprendía de que Minami tuviera casi la misma edad que yo tenía cuando salía con Nishino.

De vez en cuando, Nishino me decía: «Es que yo, en realidad, quiero casarme». «Si quieres casarte, hazlo», le respondía yo, y él me preguntaba: «¿Te casarías conmigo, Natsumi?».

Como sabía que no estaba hablando en serio, yo siempre negaba con la cabeza.

El tono alegre con que me respondía «¡qué sosa eres!» me partía el alma. Aunque fingía no darme cuenta, cuando salía con él presentía la sombra de muchas otras mujeres. Por eso, ese «en realidad quiero casarme» me resultaba tan cruel.

—Escucha, Natsumi, cuando vaya a morirme acudiré a tu lado —me dijo una vez.

—¿Eh?

—Cuando vaya a morirme, quiero que tú me veles.

—Eso se lo dirás a todas —respondí sin darle importancia, y Nishino, en un tono serio poco habitual en él, dijo:

—No es cierto.

—¡Mamá, hay alguien en el jardín! —gritó Minami.

Era viernes, pero Minami había pedido el día libre y estaba en casa desde la mañana. A veces se tomaba días de asueto sin ningún motivo en particular. Le pregunté qué pasaba y ella se quedó callada con una sonrisa en la cara.

Es Nishino, presentí yo.

El olor dulzón de la calabaza que acababa de empezar a hervir se había extendido por toda la cocina. La vieja nevera emitió un zumbido.

—Ve a ver, Minami —dije de pie frente al fregadero.

Se oyó cómo abría la puerta corredera que daba al jardín. Al instante, sonaron los pasos de unas sandalias de madera sobre las losas. El ruido cesó poco después. Se levantó una ráfaga de viento acompañada por el susurro de la hierba.

—¡Ven, mamá! —gritó Minami desde el jardín.

En el momento en que se oyó la voz de mi hija, la nevera comenzó a zumbar de nuevo.

—No voy a ir —respondí yo tranquilamente por la ventana de la cocina.

Eché un vistazo al jardín por la celosía.

Había una sombra que me recordaba a Nishino sentada en medio de las malas hierbas.

A través de esa sombra se transparentaba el paisaje. Estaba como mezclada con el tupido césped. Minami se había agachado y la miraba fijamente a la cara.

Aquella persona permanecía sentada bien erguida. Cuando vivía, Nishino no era tan tranquilo. Siempre se removía el pelo o parpadeaba, como si no se sintiera a gusto con el ambiente.

—¿Quieres agua? —preguntó Minami—. ¿Algo de beber?

La sombra asintió ligeramente con la cabeza.

Aunque Minami y la sombra de Nishino se hallaban lejos de mí, por algún motivo podía percibir claramente sus movimientos.

Abrí el grifo y llené de agua un vaso de cristal fino. Luego me acerqué despacio hasta la puerta corredera para que el agua no se derramase.

Minami me esperaba de pie sobre el camino de losas.

—¿Qué es eso? —preguntó Minami.

—Lo sabes perfectamente, Minami —respondí yo en un tono grave.

—¿Es… Nishino?

—Sí, o eso creo.

—¿Se ha muerto?

—Eso parece.

Minami y yo nos miramos en silencio a los ojos. La campanilla de viento tintineó. Nishino se estremeció sobre la hierba.

—¿No pr ...