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LOS AMORES PERDIDOS

Miguel de León

5


Fragmento

1

La carta, con matasellos de Nueva York de la semana anterior, estaba datada cinco semanas atrás, en prueba del largo preámbulo de indecisión que debió superar antes de que fuera depositada en el buzón de la oficina de correos. Ponía término al atolladero en que Arturo Quíner había encallado su vida, pero no era una liberación, sino un amargo final, el tránsito de una pena insoportable a otra pena mayor.

Tras un invierno intenso, a principios de marzo la primavera se adelantaba sobre el archipiélago de las Canarias en días claros y noches radiantes. Durante los últimos años Arturo Quíner había ido sucumbiendo a una penosa incapacidad para conciliar el sueño. Cuando lo daba por imposible, deambulaba por la casa, a veces desarropado y descalzo, y solía terminar en el estudio, oyendo el lejano rumor de las ranas, sentado en una piedra enorme que le servía de diván, a la que estimaba como el bien más preciado del patrimonio familiar. La luna llena le convocaba los recuerdos. En ocasiones durante horas, permanecía con la mirada perdida en el horizonte y la memoria a la deriva, en el resplandor de la plata lunar, sobre las aguas en calma del océano inmenso.

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Apenas con veintiséis años, Arturo Quíner se casó con Alejandra Minéo cuando ella había cumplido los quince. Siete aniversarios llevaban de un matrimonio que si nunca lo fue del todo, no había dejado de serlo ni por un instante, puesto que no hubo en él ni un gesto de desamor o deslealtad. La edad de ella y las circunstancias del compromiso lo obligaban a lo único que un hombre como él, de una hechura humana sin resquicios, podía considerar decente: dejarla marchar. Pero en ese empeño se aniquilaba. En un círculo pernicioso, se tragaba el amor que a continuación se le volvía a escurrir por las costuras.

Tres años y medio después de que ella se marchara para emprender los estudios superiores, no les quedaba otro intercambio que alguna llamada telefónica en la madrugada, desde el otro lado del mundo, y las cartas frecuentes, hondas y sentidas por ambos, pero más explícitas en lo que callaban que en lo que decían.

A media mañana, el primero del montón de la correspondencia que le dejaron sobre la mesa era un sobre sin abrir, lo que advertía del correo personal, y nada más verlo supo que traía la noticia que tanto temía y esperaba. La congoja se le anudó en la garganta mientras leía:

Arturo, queridísimo mío, ha pasado más de un año desde el día en que decidí escribir esta carta, pero he tenido que empezarla muchas veces porque me ha faltado el valor para escribirla. Siempre te agradeceré que te casaras conmigo cuando yo era tan niña y que me impulsaras a llegar donde estoy. Pero ahora soy una mujer, tengo que continuar mi vida. Te veré pronto y necesito que tengas dispuestos los papeles de nuestro divorcio, para que tú quedes libre del compromiso y yo pueda dar alcance a la felicidad que me falta.

Sabía que permanecería en él, que la hallaría en el fondo de todos los paisajes de su soledad, en cada recodo del pensamiento, pero no alcanzaba consuelo. No había hecho sino lo más justo, evitar traicionarse a sí mismo evitando traicionarla a ella. Haberla amado, continuar amándola, ahogado por el silencio. La manera torpe y muchas veces brutal, pero hermosa hasta la locura, en la que aún consideraba que debía hacerlo.

* * *

Pasaban las tres, en la madrugada siguiente de aquel día, principio del fin. Un hombre de movimientos ligeros, vestido de negro, evita la escalera bien iluminada, trepa el alto paredón de piedras y llega a la parte posterior de la casa. Encuentra la puerta trasera abierta. Tras ella, desconecta el interruptor general de electricidad. Arturo se incorpora en la cama. La lámpara de la mesilla no enciende. Tanteando en la oscuridad, alcanza primero la puerta y a continuación el pasamanos de la escalera. Siente un chispazo en el cráneo, rueda por los escalones y queda en el descansillo, inmóvil e indefenso. Minutos después, la sombra abandona la casa y desaparece como ha llegado, creyéndolo el cadáver de un muerto fácil.

Por la funesta coincidencia con el único contratiempo serio de la salud que había sufrido, alguien había podido sorprender en su propia casa a Arturo Quíner, un hombre joven, en la plenitud de la vida, además de un insomne pertinaz.

* * *

Muy cerca de la casa donde se escapaba gota a gota la vida de Arturo Quíner, Venancio, el párroco adjunto del Terrero, esperaba a que pasaran los cinco minutos de cortesía antes de empezar el oficio.

Aunque la primera misa fue siempre la de los feligreses más asiduos e insobornables, la de aquellos que como él la preferían a cualquier otra, a pesar de que fuese a una hora tan intempestiva como las seis de la mañana, en el transcurso de los años los decesos y los achaques habían menguado la presencia de parroquianos. Aún podía sorprenderlo alguno de los feligreses de fe más curtida, que de manera ocasional hubiese decidido ir a misa antes de acudir al trabajo, o alguna de aquellas ancianas de temple heroico a quien ni los achaques ni la familia le hubieran podido impedir la asistencia. Pero lo más usual había terminado por ser la ausencia de fieles para los que celebrar la ceremonia. Era en esos días cuando la liturgia, por más sencilla, alcanzaba a ser más entrañable. La estiraba un poco de aquí, la acortaba otro poco de allá, la volteaba de este lado, la acomodaba del otro y la dejaba a su medida, hecha suya por entero. Abandonado a ella solía desvanecerse en un estado de deleite tan sublime que en alguna ocasión temió que hubiese en ello algo de obscenidad o impudicia. No faltaba en su plegaria ningún doliente del mundo. En su breve capítulo personal, durante los últimos meses Arturo Quíner se había hecho un hueco permanente. Se trataba de una urgencia menor, que si acaso le dolía más que otras, lo hacía por razón de la proximidad y no porque alcanzara a sospechar que se albergase en ella ninguna cuestión de vida o muerte.

En una circunstancia insólita, Venancio, además de ser párroco adjunto en el Terrero, trabajaba en la finca de Arturo Quíner. Era una de sus personas de confianza y, sin duda, su amigo. Por la eventualidad del ánimo y porque no tenía asuntos importantes en la parroquia, aquella mañana decidió ir al trabajo antes que de costumbre.

Arturo, que solía ser el primero en llegar, no estaba en la oficina. Venancio recordó lo enfermo que lo había visto la tarde anterior y corrió a la casa, alarmado. Subió las largas escalinatas, se apresuró por el jardín, jadeando abrió la puerta posterior y lo encontró tendido, con la cabeza en un pequeño charco de sangre. Estaba frío, aunque parecía arder en fiebre, apenas tenía pulso y no reaccionaba a los estímulos.

La ambulancia se lo llevó poco después, abriéndose paso entre los grupos de trabajadores congregados delante de la vivienda.

2

A primera hora de la tarde Venancio llegó al hospital acompañado de Alfonso Santos, médico del pueblo desde hacía más de tres décadas y, sin duda, la persona más querida y respetada de la comarca. Al anochecer una enfermera que identificó a Alfonso le dio aviso al jefe de cuidados intensivos, que se apresuró a saludarlo y darles la información que esperaban. Arturo padecía neumonía incipiente en ambos pulmones que respondía al tratamiento y no preocupaba. No había perdido tanta sangre como para requerir una transfusión ni habían hallado un coágulo en el cerebro que pudiera explicar la causa del coma, provocado con seguridad por el golpe en la cabeza. Es decir, que nada podían anticipar, ni en un sentido ni en el otro.

Regresaban, ya de noche, heridos por la amenaza de una pérdida que para ambos sería irremediable. Alfonso Santos, curtido por el oficio, se sobreponía a la congoja. Venancio lo afrontaba peor. Agarraba entre sus manos enormes un libro de oraciones del que nunca se desprendía y rezaba con ardor. Alfonso no quiso interrumpirlo con la conversación, hasta que las lágrimas de Venancio, al principio esporádicas, se hicieron más frecuentes y más febril el fragor de las plegarias. Alfonso no sabía qué le dolía más, si ver llorar a un sacerdote, al que debía suponerle la sabiduría para superar la idea de la muerte, o al hombretón fornido, implorando con tanta pasión y secándose las lágrimas con la manga de la camisa, como lo haría un niño.

—Sobrepóngase, Venancio —le dijo.

—No hay quien carajo conozca a ese hombre y pueda sobreponerse a esto —replicó Venancio con un gesto vehemente.

Alfonso intentó una estrategia que no podía fallarle y lo hurgó en la fe, para abrir otra interminable discusión sobre sus diferentes ideas de Dios.

—¿Cree que acogerá a un ateo como él? —preguntó, sin necesidad de hacer explícito el nombre de quien tenía la potestad para acoger.

—Un ateo sin pruebas, dice él —lo defendió Venancio—. Viene a ser lo mismo que ser creyente sin pruebas. Como nosotros, Alfonso. Mira para otra parte, pero lo hace desde la misma losa de incertidumbre que nosotros.

Pese a la edad, Alfonso Santos todavía atendía a algunos de sus pacientes de toda la vida y Arturo Quíner, a quien quería como a un hijo, era uno de los contados que ostentaban tan meritoria gentileza. Fue el último en hablar con él la tarde anterior, cuando lo vio entrar en la consulta con el semblante traspuesto.

—¿Otra vez aquí, alma de cántaro? —le preguntó, con la habitual afabilidad de trato con que solía distinguirlo, y se adelantó unos pasos para saludarlo, pero al llegar a su lado le palpó el cuello con el dorso de la mano y ensombreció la expresión—. ¡Por Dios, chico, estás hirviendo!

Le auscultó el pecho y la espalda sin disimular la preocupación.

—¿Cómo está Alejandra? —le preguntó mientras preparaba una jeringa.

—Le va bien en Nueva York —respondió Arturo, haciendo un esfuerzo para no quebrarse y, como era natural en él, sin abundar en detalles.

—Como no arregles tus asuntos con ella, terminarás en una cama del hospital —le dijo Alfonso, más como reproche que como advertencia, dejando percibir un deje de paternal inquietud—. Ahora tienes un ronquido muy feo en el pecho —continuó al inyectarle el potente antibiótico—. Pero eso es lo aparente. No lo tendrías, ni habrías estado con la espalda agarrotada hace dos semanas, ni te sobrevendrían las jaquecas, si no estuvieras tan… encoñado. O como sea que se llame eso tuyo.

Las palabras quedaron suspendidas, sin réplica.

—Y eso no te lo arreglará ningún médico de este mundo —agregó Alfonso, dejando que el reproche sonara sin disimulo.

Arturo llevaba la carta con la petición del divorcio en el bolsillo y pensó que no importaba ya. Los asuntos a los que Alfonso Santos se refería habían hallado solución por sí mismos. Le faltó el ánimo para ponerlo en conocimiento de ello y no le respondió. Además de que Alfonso le había salvado la vida en múltiples ocasiones, no sólo por tropiezos de la salud, lo quería como a un padre y, desde muy niño, lo había investido de todas las autoridades que era capaz de reconocerle a una persona. Su querido y viejo amigo tenía el derecho de hablarle de lo que quisiera en el tono que se le antojara.

* * *

La primera leyenda que Alfonso Santos escuchó a los antiguos del lugar, cuando llegó al Terrero procedente de Madrid casi de destierro, se remontaba a la época de la conquista de las islas Canarias, y hablaba del comienzo de una dinastía cuyo último miembro sería Arturo Quíner. Contaban que cuando la primera tropa llegó allí, a lomos de los caballos, con sus recuas de mulas, armados de arcabuces y ballestas, descubrieron con asombro que alguien se les había adelantado. Encontraron una cabaña de madera y piedras y, cerca de ella, un círculo de tierra que parecía ser una era, junto al que se erguía una cruz de buen tamaño, que no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza de sus moradores.

El que los precedió dijo ser cristiano viejo y, salvo por el apellido, castellano de pura cepa. Naufragó cerca de la isla y, tras unas horas zarandeado por el mar, los nativos, que lo encontraron moribundo en la playa, consiguieron arrebatárselo a la muerte. Estaba casado con una hija del jefe aborigen con la que tenía hijos.

Por el contrario que en el resto de la isla, los guanches eran allí altos y rubios. Decían que el hombre, conocedor del destino de esclavos que los aguardaba, los protegió proclamando que habían abrazado la fe de Cristo y recibido el bautismo; que estaban, por tanto, bajo protección de los reyes Isabel y Fernando. Y que como resultado de aquello en esa parte abundaban los lugareños altos y de cabellos claros, que hoy es fácil confundir con los turistas del norte que frecuentan las islas.

No era posible afirmar ni negar la historia. La única certeza era que la tierra conocida como el Estero figuraba en el registro más antiguo como perteneciente a alguien apellidado Quíner. Si parecía poco probable que la propiedad hubiese permanecido sin segregar al cabo de tantas generaciones, cuando se conocía el lugar se entendía mejor que lo contrario. El nombre, bien puesto en su día, daba a entender que en ella hubo una laguna, lo que confirmaría cualquiera con conocimientos básicos de geología, pues eran claras las evidencias del agua embalsada en un pasado no muy lejano.

Aquello se remontaba a una época de la que no quedaban sino el nombre, las piedras y la soledad cuando Alfonso Santos llegó a la isla.

* * *

Para conocer las razones de Arturo era obligado remontarse a sus antecedentes familiares y personales, y nadie los conocía mejor que Alfonso Santos, que sentía ser parte tan cercana que al recordarlos recordaba su propia historia. Sobre todo, después de la larga espera en el hospital, porque el susurro de las batas, el olor de los desinfectantes y cuanto evoca el ámbito hospitalario, hacía que su juventud distante atravesara el laberinto de la memoria para mostrarse con el vigor de los sucesos recientes.

No fue casual que decidiera hacerse médico cuando había obtenido ya la licenciatura en Filosofía y Letras. El verano en que regresó a casa, con ella en la maleta oliendo a tinta reciente, lo dedicó a la lectura de un montón de libros rescatados del tedio de los sucesivos aplazamientos, entre los que se hallaba el que había sido favorito del abuelo paterno. Llegó a sus manos del modo más misterioso, puesto que no recordaba haberlo sacado de la ilustre biblioteca y era muy improbable que alguien hubiese cometido la falta de respeto de tocarla. Alfonso quería al abuelo con vehemencia. Incluso cuando era ya viejo continuaba echándolo de menos, en particular durante los veranos. Aquel libro, El panteísmo de Benedicto Spinoza, fue como una transferencia del alma del abuelo, en la que descubrió, bajo la luz de la razón, que nada se pierde ni permanece inmóvil, que todo es trascendente y perdura en continua evolución, durante los eones, por el universo infinito. Le despertó la vocación dormida y en octubre comenzaba por el principio en la facultad de Medicina, para dar el primer paso hacia el que había de ser su destino: llegar a ser un buen médico.

Hacía prácticas en el hospital cuando estalló la guerra. Lo militarizaron con el grado de capitán y al caer Madrid, aunque joven, era un hábil y experimentado cirujano a cuyo cargo quedó la unidad de cirugía, por su valía sobre todo, pero también porque se negó a abandonar a los pacientes que no resistirían el traslado. Escapó de la inmediata purga de los vencedores gracias al testimonio de algunos a los que había salvado la vida cuando eran prisioneros. Habían confundido el compromiso del juramento médico con la complacencia en las ideas de los sublevados, lo que estaba muy lejos de la realidad. Alfonso pensaba que aquella guerra, como todas aunque ésa más que otras, era una guerra de ricos contra pobres. Le dolía por igual el desastre y, con uniforme o sin él, no distinguía entre los asesinos de personas por sus creencias religiosas, de los asesinos de pobres enloquecidos por el hambre. Odiaba a los canallas, de un lado o del otro, de dentro y de fuera, que aprovecharon las dificultades de un tiempo de tempestad para derribar las instituciones, masacrar a la población y arrastrar el buen nombre de España por su fango de traición y muerte. Despreciaba a los que llegaron a continuación sacando ventajas en forma de prerrogativas políticas y prebendas administrativas, a sabiendas de que, por mucho que lo vistieran, era ése y no otro el motivo de sus crímenes. Los imaginaba cuadrando caja mientras repetían el sonsonete, que tantas veces oyó y que tanta repulsión le producía: «Hubo que hacerlo, hubo que hacerlo», esforzados en ganar una salvación ilusoria con la misa y la comunión diarias. «Dios aguarda», se decía Alfonso, a veces en voz alta y siempre con amargura.

No sin recelo, lo ascendieron al grado de comandante y lo dejaron ocupando el mismo empleo, por lo que continuó ejerciendo de igual manera que antes, atendiendo a los pacientes sin tener en cuenta su procedencia, según estrictos criterios médicos. Lo que con anterioridad había sido impecable norma de procedimiento, ahora contravenía órdenes explícitas. Algunos rumiaron durante años hasta que el rumor de fondo se hizo voz audible. Por fortuna, en lo peor de la guerra, gracias a una novedosa técnica contra la gangrena, había salvado a un coronel de la amputación de una pierna, quien le pagó, años más tarde, advirtiéndole del peligro que lo acechaba. Alfonso actuó con rapidez y solicitó una plaza de médico rural, que le concedieron sin demora, aunque alguien se aseguró de que se pareciera todo lo posible a un destierro, creándola en el lugar más remoto que pudo encontrar.

Le hicieron un favor. Soñaba con ejercer la medicina en la que creía en un entorno sencillo, inmediato, donde pudiera aplicarla bajo la luz de la ciencia, pero sin olvidar al ser humano que es el paciente antes que otra cosa; donde pudiera conocer su mundo mental y afectivo, su profesión y sus hábitos; todo cuanto en suma es necesario entender para defenderlo del demonio de la enfermedad. Con el destierro lo enviaban a su paraíso particular.

Si separarse de la familia suponía un drama, hacerlo de la mujer a la que amaba era una tragedia. Se llamaba Matilde y él siempre la consideró su enfermera más competente. Una mujer inteligente y alegre a la que amaba tanto y desde hacía tanto, que no recordaba ya cuándo fue que empezó a alargar las jornadas de trabajo más por el placer de sentirse a su lado que por la necesidad de los pacientes. Y ella jamás le faltó; ni un solo día, ni un instante, por largas que fueran las operaciones o las muchas horas que llevaran sin descansar.

No fue capaz de darle la noticia hasta el último momento. La llamó aparte y se lo dijo tragando un grueso nudo que le dolió por la garganta y se le atravesó en el pecho oprimiéndole el alma. Matilde le deseó suerte y desapareció con tanta prisa que no le dio tiempo de pedirle el permiso de escribirle. Alfonso Santos nunca lamentó tanto como aquel día el calvario de su timidez. La buscó por rincones, inéditos para él, hasta que la encontró en un lóbrego almacén de ropa, llorando a lágrima viva. Alfonso se sentó en el suelo, a los pies de ella. Asustado, le estrechó las manos y se las besó. Matilde se deslizó hasta al suelo, se echó en sus brazos y lo tuteó por primera vez:

—¡Llévame contigo!

—Es muy lejos. Pocos son capaces de señalar las Canarias en el mapa.

—No me importa dónde sea, sólo quiero estar contigo.

Se casaron aprisa para aunar la luna de miel con el traslado a la isla. Fue una travesía difícil a bordo de un antiguo buque correo, desvencijado e incómodo del que, sin embargo, guardarían un grato recuerdo. La última noche el tiempo amainó y ellos despertaron inquietos por la repentina calma del mar. Desde la cubierta de estribor contemplaron un amanecer grandioso. Lo comentaban diciendo que era imposible volver a vivir algo más hermoso cuando, al doblar el recodo de popa, se les escapó un suspiro de asombro al descubrir la silueta de la isla recortada sobre el fondo azul. La calima del amanecer impedía distinguir el horizonte y la isla parecía suspendida del cielo, con su volcán ingente y sus montañas de cartón piedra, coronadas de nieve.

—No es ella la que está lejos —susurró Alfonso—. Es todo lo demás. ¡Son ellos los desterrados!

Días después llegaron al Terrero cansados por tres horas de difícil carretera. Alguien hubiera podido decirles que era el lugar más triste del mundo, sin embargo, ellos hallaron lo contrario. Era un grupo de cinco o seis callejuelas con construcciones de mediados del XIX; todas de dos plantas, en lo que parecía una norma sin excepción; elegantes, con puertas y ventanas altas, algunas con pequeños balcones y otras con enormes balconadas de carpintería labrada.

Por su semblante sobrio y sus formas mesuradas el Terrero denotaba la nobleza de sus comienzos. Fue el capricho de una familia acaudalada, que construyó una casa grande, establos y una ermita alrededor de un espacio amplio que acabó siendo una plaza, a los que se fueron agregando viviendas para acoger durante los veranos a familiares e invitados. Los vaivenes de la fortuna fueron dispersando los títulos de propiedad y el Terrero terminó convertido en un pueblo diminuto. Sobre el plano las calles se habían trazado formando una perfecta cuadrícula, dando un aire de distinción y orden. El clima benigno, la luz y la naturaleza exultante atrajeron población y creció durante algunas décadas. Lo hizo sin perder el encanto, por el respeto de las construcciones recientes a la linealidad en los retranqueos y las rasantes, y al estilo de las fachadas. La moda cambió y se empezó a preferir la zona de costa del Terrero: Hoya Bermeja, primero un poblado de pescadores y después lugar de residencia habitual o de verano de familias con posibilidades.

La necesidad de un médico en el pueblo era imperiosa. En poco más de un mes la consulta empezaba a funcionar. Tan esencial como el trabajo de Alfonso, fue el de Matilde. Hacía análisis, preparaba remedios, curaba heridas, asistía en las operaciones, sosegaba los alborotos de la consulta y administraba el dinero escaso que, además del salario de miseria asignado a la plaza de médico rural, provenía de los muy contados que podían costear el servicio. Por acuerdo del que nunca necesitaron hablar, cobraban sólo a los pacientes que pudieran pagar y sólo en la medida en que pudieran hacerlo. Nunca regatearon atención alguna, y se dio el caso frecuente de que sufragaran el medicamento de algún paciente sin recursos, por lo que el cariño de la gente llegó pronto y con justicia. Pasados unos meses se presentaban personas de rincones alejados, lo que los obligaba a rehusar los casos menos urgentes, para no desatender a la población del Terrero.

3

Era también obligado mirar muy atrás, mucho antes de que Alejandra Minéo hubiera nacido, para comprender otra parte de la historia. Tuvo su detonante en la ciudad, la tarde terrible en que Francisco Minéo entró al que debía ser su piso de casado y encontró la nota que Rita Cortés le dejó en la hornacina del recibidor, junto con las llaves, las cartas de amor que había escrito para ella con la complicidad maestra de los versos de Amado Nervo, el anillo de prometidos y los testimonios de seis años de noviazgo que se malograba una semana antes de la boda:

No puedo casarme. Lo siento mucho. Me voy a Madrid.

La semana de encierro en la habitación, ocultándose de las risitas crueles, de las falsas condolencias y los cuchicheos, sólo le dio para que fuera capaz de contener el llanto. Las amigas de ella lo esperaban ansiosas, como buitres a la espera de la carroña. Ninguna quería perderse el protagonismo de contarlo:

—No se explica cómo no te diste cuenta, Francisco.

—Se estaba viendo con un capitán de corbeta que es hijo de un aristócrata de Madrid.

—Eso, por lo menos, desde hace tres meses.

—Ella decía que era muy rico. Y estaba dichosa de que le hubiera pedido la mano.

—Nos enseñó una pulsera y una gargantilla carísimas, mandadas a hacer para ella a un joyero finísimo de Zaragoza.

—Aunque lo mejor fue el anillo de pedida, que se lo regaló doña Isabel II a una antepasada de él.

Lo dijeron quitándose la ocasión unas a otras, casi al unísono, con una premura perversa, disputándose la frase más incisiva, el comentario más hiriente.

—Da mucha pena, después de tener comprometido al obispo para la ceremonia —se compadecía una.

—Y con las invitaciones mandadas desde hace dos meses —se lamentaba otra.

—Y con el piso y el ajuar listos para ese día maravilloso —casi lloraba la tercera.

* * *

Los padres de Rita Cortés no se oponían a la boda porque se sentían mayores y querían verla casada, aunque aceptaban a regañadientes la unión con el hijo de un hombre honorable, pero que terminó sus días en la cárcel, represaliado por el régimen. Francisco tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para visitarlos y dar conclusión al inesperado final. La madre pedía perdón por la acción de la hija, pero el padre, Alejandro Cortés, fue implacable:

—No sé cómo decirte lo avergonzado que estoy por la conducta de mi hija —dijo—. Nosotros no la educamos así. Sé que no te consolará, hijo, pero guardo algo para ti.

Se levantó, arrastró cinco pasos apoyándose en el bastón, puso la mano derecha sobre el hombro de Francisco y en tono de grave solemnidad le dijo, con los labios temblorosos y la voz derrumbándose:

—Francisco Minéo, te doy mi palabra de coronel de caballería de que, ahora, cuando dan las cinco y media de la tarde, del 2 de febrero de este año desgraciado, mi única hija acaba de morir.

—¡Ay, Alejandro! ¡Por el amor de Dios, no digas eso! —gritó la mujer—. ¡Que es mi única hija, Alejandro! ¡Que me rompes el corazón, Alejandro!

—¡Muerta! —dijo Alejandro, dando un golpe seco con el bastón en el suelo—. Tu hija muerta, Consuelo.

Hizo una larga pausa. Con un bronco ronquido hinchó el pecho y recuperó con un rictus la expresión de orgullo.

—Puedes llorarla, como la lloro yo, Consuelo. Como a una hija muerta.

Dos lágrimas como perdigones cruzaron el rostro del hombre, se perdieron bajo la barba blanca y continuaron para estrellarse sobre la alfombra. Dio la vuelta y se acercó con su andar derrengado para acariciar el cabello de la atribulada mujer.

Francisco Minéo no quiso saber más. Vendió el piso y los muebles por lo que quisieron darle, regaló el ajuar a las hermanas de Jesús Desamparado, tiró las cartas, las fotografías, los últimos recuerdos y los versos de Amado Nervo en el fondo del infierno; metió el traje de novia, las arras y los anillos en un baúl; se fue a su casa del rincón más remoto del mundo, borró su vida del alma y se sentó a contemplar cada una de las mareas del Atlántico. En la misma piedra día tras día, petrificado en un pasmo mineral, a la espera de una brisa compasiva que lo entregara al mar.

* * *

Rita Cortés llegó a Madrid del brazo de Asencio Samper, cuya familia la recibió con la pompa reservada a una reina, sorprendidos de que el memo del hijo hubiera enamorado a una mujer de tan buena familia, de tanto talento y belleza, diecisiete años más joven que él, cuando lo habían dado por imposible. Harían lo que fuera para no dejarla escapar. La madre le asignó la compañía de una sobrina de su confianza para que la ayudara a introducirse en la sociedad, aunque le encomendó con la mayor insistencia que la tuviera vigilada. El padre, el general Samper, le consiguió una plaza en la residencia para señoritas más cara y solicitada de Madrid y le organizó una clase de monta en la Sociedad Hípica, para que no se aburriera y empezara a codearse con gente de la clase alta. Le escribió una carta muy abigarrada al padre de Rita para solicitarle colaboración en el envío de invitaciones y otros asuntos de menor relieve, necesarios para mejor presencia de los fastos de la boda. Rita escribió otra diciéndoles a los padres que los esperaba para la fecha tan señalada. El cartero las entregó juntas en la propia mano de Alejandro Cortés. Rita recibió la suya devuelta al remitente, sin abrir, con unas líneas escritas al dorso:

Al remitente: A causa del fallecimiento de nuestra hija, que descanse en paz, le rogamos que nos deje con nuestro dolor y no vuelva a escribir.

La contestación para el general fue tan severa como la otra:

A la orden de vuecencia, mi general:

Leída su inesperada carta, lamento comunicarle que nada tengo que decir sobre el particular, puesto que, por mandato de lo aprendido durante toda una vida de milicia sobre el honor, a mi única hija se la llevó Dios donde quiso, el día 2 de febrero de este mismo año de Sus Designios, a las cinco y media de la tarde, el día y la hora en que debía haberse casado con un joven de esta localidad.

Sin otro particular, quedo a las órdenes de vuecencia, mi general.

A Rita Cortés le enviaron los documentos para la formalización del matrimonio a nombre de «Rita Cort». Cuando la bautizaron, el sacerdote que ofició había escrito el registro de la niña con un plumín desangrado, que dejó casi imperceptibles las dos letras finales. El error se había arrastrado, documento tras documento, hasta que se hizo visible aquel día. El general Samper quiso solucionarlo; sin embargo, cuando Rita recibió la carta devuelta por el padre, le pidió dejarlo como estaba para no entorpecer la fecha de la boda. En algún momento empezó a decir «Rita Cort», por lo que el origen del apellido terminó siendo del todo equívoco, sin que ella hubiera podido explicar si lo dejó así por despecho al padre o justo por lo contrario. Sin embargo, el halo de misterio agregado al origen de la persona aumentó su carta de nobleza.

Asencio Samper, el novio, llegó al grado de capitán de corbeta por la importancia de los apellidos y la abnegación del padre, no por preparación ni méritos. Aunque en el primer vistazo podía engañar a un observador poco perspicaz, puesto que se manejaba bien con las normas de comportamiento, que la madre le había inculcado desde muy niño, junto con una religiosidad exagerada, sólo en lo formal, en la que vivió sumido toda la vida. Era alto, de piernas arqueadas y caderas anchísimas que le ponían culo de pandero. Su semblante altivo era imposible de reconciliar en el rostro afeado por un labio leporino, mal corregido por una cirugía de carnicero novato. Tenía los ojos negros y pequeños, como de ratón, tan separados uno del otro que se antojaba que por desavenencia; y un bigotito de tiralíneas, sin simetría, que realzaba el estrépito de la cicatriz sobre el labio. Según el día, coronaba aquel cataclismo con una halitosis sofocante. Durante los preliminares de la boda se pavoneaba por el ministerio, perdonando las vidas de los de rango inferior y haciendo genuflexiones ante los de rango superior, recibiendo el interminable desfile de felicitaciones de personalidades y personajes, estupefactos ante el acontecimiento inconcebible de la boda. Rita no se inmutaba por tal desatino de hombre. Le sobraba inteligencia para obtener provecho de la situación sin tener que entregar demasiado a cambio.

La imposibilidad de mencionar a los padres de la novia produjo un problema con las invitaciones que tuvo que conciliar nada menos que el jefe de Protocolo del Palacio del Pardo. A la ceremonia, que se celebró en los Jerónimos, le siguió un banquete en el hotel Palace rodeados de lo más señalado de la sociedad madrileña afecta al régimen.

El rumbo de la deserción era para Rita Cortés una perfecta línea que podía divisar hasta detrás del horizonte, y que supo transitar con pie firme, sin detenerse a mirar atrás. En un par de meses había pasado de probarse un traje de novia en un modesto taller de la isla, a que se lo probara en su propia habitación la sastrería más afamada de Madrid; de tener un pisito en una calle de segunda en la capital de la isla, a disponer de un piso tan grande que hacían falta tres personas para atenderlo, en pleno barrio de Salamanca, además de una de las mejores casas de descanso en Miraflores. Las actuales amistades de la Sociedad Hípica y del Club Militar eran el núcleo del ambiente que frecuentaba y ahora alcanzaba dentro del ámbito familiar al propio Palacio del Pardo. Aunque se habría equivocado quien observara en ello la simpleza de que se entregaba por la riqueza, la ostentación o la posición social. La realidad era tan profunda y compleja que ni la propia Rita hubiera podido explicar sus razones. No era en absoluto feliz, pero había llegado a donde quería. Estaba a salvo, aunque no sabía muy bien de qué.

Como le había contado al marido la patraña de que no conocía varón, tuvo que eludir el escollo, y lo hizo con maestría. Simuló el tan socorrido percance con la silla de montar y pidió que llamaran de urgencia al novio para que acudiera a verla. En la intimidad, se dolió a lágrima viva de que no podría ofrecerle lo que con tanto anhelo había guardado para él. Asencio no dijo nada, la besó en la mano y la liberó de presentar lo que para él era una evidencia imprescindible. Aunque ella lo suponía ya, en ese momento lo constató. A su penetrante mirada no se le escapó que aquel mequetrefe jamás habría sabido cómo comprobarla. Durante el noviazgo lo había mantenido a una distancia conveniente para evitarse la náusea del mal aliento, evadiendo encontrarse a solas con él y, cuando esto no era posible, accediendo a los besos apasionados con una torpeza muy calculada, en la que apretaba los labios y mantenía el resuello el instante que duraba, frenándolo a continuación:

—Asencio, que vas a hacer que me pierda.

No cambió en las luchas de alcoba ni siquiera durante los primeros meses del matrimonio. Segura de la inexperiencia del marido, aprovechó los excesos de su bárbara mitología religiosa, encarnizada en lo relativo al papel de la mujer en el matrimonio, para evitar en lo posible el contacto con él. Lo recibía con unos pololos cerrados por debajo de la rodilla, dispuestos con un ojal en la entrepierna, un sujetador grande y acartonado y un camisón de algodón, largo hasta los tobillos y con puños cerrados, que era, le decía ella, la forma aconsejada por el director espiritual para que los buenos cristianos mantuviesen la pureza del matrimonio. Descubrió la primera noche que el marido añadía a su particular e imposible cúmulo de cualidades la de estar tan mal pertrechado para el amor como para lo demás, con un adminículo tan exiguo que le daba más pena que risa. Aun tuvo la osadía de ingeniárselas para que no la penetrara:

—Déjame cogerte, que puedes hacerme daño con eso tan grande —le susurraba, agarrándolo, para impedirle pasar del segundo umbral.

El inexperto infeliz, después de una vida de abstinencia, con los ojos fuera de las órbitas, bufaba, embestía y obtenía un alivio prematuro y breve. Ella gimoteaba y salía disparada a lavarse el nauseabundo testimonio del marido, con tanta saña que no paraba hasta que le dolía. Cuando él quería llegar más lejos, cuando intentaba acariciarle el pecho o le pedía que se desnudara, ella pasaba días sin hablarle, con semblante ofendido.

—Me tratas como a una ramera. No me respetas como a una esposa. No quiero ni imaginar dónde habrás aprendido esas cosas tan feas —decía fingiendo espanto.

Y permanecía con el hocico levantado hasta que se aburría de oírle pedir perdón y jurarle que no había estado con mujeres de «mala vida».

—Te perdono porque sólo soy una pobre mujer enamorada de su marido —le decía.

Apenas unos meses después de la boda hizo sustituir la cama de matrimonio por camas separadas, para evitar los asaltos de pecaminosa lujuria, y antes del año dormían en habitaciones distintas.

4

El primero en llamar a la puerta de Alfonso Santos, cuando todavía se acomodaba en la casa y nadie sabía con certeza si tenían o no médico, fue Lorenzo Quíner, por una causa muy noble. Casi como en cada pueblo, pesaba sobre el Terrero una fatigosa maldición que de cuando en cuando les entregaba un nuevo episodio de la infamia, lo que sucedía cada vez que la parvada de valientes que se juntaba en la taberna de Ovidio, el Ventero, encontraba una nueva crueldad con la que reírse de su víctima más indefensa, Chano, el Nuestro, o Chanito a secas, para casi todos; Chano, el Bobo, para los malandrines de la cantina, lo que los definía mejor a ellos que a él.

Después de tantos años de calamidades, Chano no se fiaba de ellos, pero lo engañaban con facilidad. Aquel domingo consiguieron arrastrarlo a la cantina, para hacerle creer que la infusión de manzanilla eran orines, confundiéndole el azúcar con la sal. Apenas dio el primer sorbo quedó paralizado intentando comprender qué le estaba sucediendo.

—Chano, ¡que estás bebiendo meados de vaca! —dijo uno que había permanecido, sólo en apariencia, al margen de la situación.

Chano dejó caer la taza, se puso rojo, miró a unos y otros, le brotaron dos gruesos lagrimones, dio unos pasos, envaró el cuerpo, puso los ojos en blanco, los brazos cayeron tensos a lo largo de los costados. Permaneció ausente y rígido hasta que de pronto arremetió como un toro y dio con la cabeza en el mostrador haciendo saltar polvo centenario de las hendijas.

La explosión de risotadas en la taberna interrumpió las conversaciones en los corrillos de feligreses recién salidos de misa de once. Los tres miembros de la familia Quíner comentaban con otros vecinos el creciente rumor de que había llegado un médico al pueblo.

—Están con lo de siempre —le dijo Ana a su marido.

Lorenzo Quíner hizo una seña a Ismael, el hijo, y ambos entraron en la cantina. Chano estaba en el suelo goteando sangre de la frente, los demás reían. Lorenzo Quíner contempló la escena conteniendo la rabia sin que nadie advirtiera su presencia, hasta que dio un manotazo sobre una mesa que sonó como un cañonazo. Las risas cesaron y el tumulto se desperdigó.

Alfonso Santos se apresuró a diagnosticar, en la medida de sus posibilidades, que no parecía haber fractura, y a prevenir que la herida no tuviese consecuencias, seguro ya de que Chano estaba más aquejado de la soledad y las crueldades que del retraso.

Por la tarde, después de que Chano se recompuso del trance, un terremoto de insolencia sacudió los cimientos del Terrero, cuando Ana Tristán entró en la taberna, donde ni los más viejos recordaban que lo hubiera hecho una mujer. Sin alzar la voz, destacando la poca hombría que había en burlarse de alguien tan indefenso, confrontando la nobleza de Chano con las debilidades particulares de cada uno por separado y de todos en conjunto, les despachó una reprimenda tan cargada de razones que la escucharon cabizbajos y ninguno fue capaz de replicar.

Lorenzo permanecía detrás de ella, respetuoso y en silencio, pero muerto de risa por dentro, al contemplar el espectáculo de tanto hombretón encogido de bochorno delante del cuerpo frágil y breve de su mujer. Desde aquel día no sólo las burlas, las crueldades, las rabietas y los testarazos se esfumaron, sino que se llevaron con ellos un montón de tradiciones de compostura y decoro que dejaron un aire más respirable, porque en adelante entró en aquel recinto cuanta mujer quiso, sin que nadie osara alzar la voz en contra del nuevo orden de cosas, traído sin ese propósito, pero bien traído, por Ana Tristán.

Al atardecer del día siguiente Lorenzo Quíner y su hijo, Ismael, llegaron a la casa de Alfonso y Matilde con un regalo para ella: dos hermosas cabras, recién lavadas y cepilladas, y vestidas como de domingo con un lazo rojo alrededor del cuello.

* * *

Chano era un pobre disminuido que rondaba la cuarentena, grandote y fuerte, que no aparentaba retraso y que ni siquiera era mal parecido. Cuando apenas contaba seis años se le escurrió de los dedos al padre, y cayó de cabeza desde la techumbre de un cobertizo. No parecía haber sufrido más daño que la conmoción, pero al cumplir los diez años daban por seguro que su mente se había eternizado en los seis que tenía en el momento del accidente. Cuando andaba por la veintena la familia desapareció. Muy temprano, antes de que los vecinos comenzaran el día, subieron las pertenencias en un carro y se marcharon. Sobre el mediodía alguien que pasó cerca oyó los sollozos y entró en la casucha. Llorando desesperado donde le habían dicho que debía aguardar, cuidando de un montón de trastos viejos y basura, Chano esperaba a que vinieran a buscarlo. No apareció ningún familiar. Se quedó en el pueblo viviendo de la caridad de la gente buena, pero sufriendo las atrocidades y rechiflas de los vándalos, que para colmo de sus desventuras era un censo bastante nutrido. La mayoría de las veces que alguien del pueblo le daba un trabajillo lo hacía para aprovecharse de él. Para evitar las suspicacias los buenos vecinos no le pedían ayuda, aunque eran los que se preocupaban de que tuviera alpargatas y llevara la ropa limpia y cosida y el pelo cortado.

Ayudaba en la iglesia, no en los oficios. El párroco, por lo demás un buen hombre, era de talante adusto y cascarrabias, y no había intentado enseñarlo empleando el cariño, que era el recurso con el que mejores resultados habría obtenido, sino que lo amenazaba con la cólera divina y la condena eterna, sin darse cuenta del efecto devastador que esas palabras tenían en la mente de Chano.

De modo que el manotazo de Lorenzo Quíner, que acalló la jarana en la taberna, se le quedó en la mente como el instante que puso fin a sus martirios. Se llevaba mejor con los más chicos que con los mayores, razón por la que después del suceso de la taberna le fue fácil dejar que Ismael Quíner, todavía adolescente, participara de sus confidencias. Una ocurrencia de Ismael terminó por darle un último gesto de cariño que lo acercó más a la familia, una tarde en que Chano no lo recibió como era habitual en él, con alegría desbordada. Estaba melancólico y taciturno. A su manera se explicó:

—Don Saturnino, el cura, no tiene familia. Yo tampoco. Se olvidaron que yo faltaba.

—Mira, Chano —le dijo Ismael conmovido—, las familias se hacen por el roce. Tú, cuando tengas gana o te pase alguna cosa, subes al Estero a vernos, dando un paseo. Que allí tú no molestarás y nos pondremos contentos de verte. Claro, que eso si a ti te gusta mi familia.

—Sí. Me gusta. Ana un día me curó. Lorenzo es listo. Da un golpe y todo el mundo a callar.

5

Dolores Bernal, la rica todopoderosa del pueblo, pasó la tarde en el trajín de una alquimia indescifrable. En la cocina empapó sal gruesa en tinta china, en los dormitorios lubricó bisagras y cerraduras, en la biblioteca sustituyó la carga de perdigones de dos cartuchos por la sal, en su alcoba limpió la escopeta, como tantas veces le vio hacer a su difunto marido, desmontándola y frotando con esmero cada pieza por separado. Montó el arma, limpió los restos de aceite con un paño y la dejó apoyada junto a la cómoda. Guardó en la gaveta los cartuchos de sal con otros dos cartuchos de perdigones. Sacó del guardarropa su mejor bata, su mejor mantilla y sus mejores zapatillas. Depositó la bata y la mantilla dobladas con primor sobre la cama y, en el suelo, en una vertical cuidadosa bajo ellas, las zapatillas. Al fin, bajó para ultimar los preparativos de la cena de fin de año.

Fue una cena triste, como todas desde que enviudó, con sus hijos Roberto y María y el amigo de Roberto, Juan Cavero. Los hombres salieron antes de la medianoche y quedaron las mujeres solas en una sobremesa formal, ausentes en sus pensamientos, esperando a retirarse cuando no fuera ofensivo para ninguna proponerlo.

Apenas cabeceando un poco, Dolores Bernal permaneció despierta esperando la llegada de los hombres. Pasadas las cuatro de la madrugada los oyó entrar en la habitación del invitado, Juan Cavero. Frente al espejo peinó su cabello ambarino. Con un movimiento virtuoso de las manos se hizo el moño, que sujetó con una minúscula peineta de oro. Se retocó las mejillas y los labios. Cargó la escopeta con los cartuchos de sal, metió los otros dos cartuchos en el bolsillo de la bata y salió, con la escopeta quebrada sobre el antebrazo, ataviada con sus mejores prendas de dormitorio.

Abrió despacio la puerta de la habitación de su hijo y confirmó el temor de años sorprendiéndolos en un dislate de sodomía que sonrojaba las paredes. Cerró la escopeta, se deslizó por la penumbra y, desde el lugar preciso, descargó los dos disparos de postas de sal, al unísono, en tan buen ángulo que los arrasó por igual.

Se formó una pelotera infernal, con los criados irrumpiendo en la casa y corriendo por los pasillos, los perros ladrando y los sorprendidos amantes aullando de dolor y dando saltos por la habitación. Dolores Bernal recargó la escopeta con los dos cartuchos de perdigones, se acercó enérgica aunque serena a Juan Cavero, le puso la escopeta cerca de la cara y le ordenó salir con un movimiento de la cabeza. Lo hizo bajar hasta la puerta de entrada y lo echó de la casa, abandonándolo desnudo en el relente de enero, con las nalgas y el escroto aterrorizados por el espanto de la sal. María, la hija, y los criados observaban con estupor.

—Este maricón de mierda, que ha confundido las querencias de mi hijo, acaba de pisar mi casa por última vez. Quede claro. Vayan a buscar a ese médico nuevo para que venga a ver a Roberto. Sin prisa. Que padezca a placer lo que se ha ganado.

El recurso de la tinta china le funcionó a Dolores Bernal. Juan y Roberto llevarían el estigma tatuado hasta la muerte, en castigo del intolerable agravio que era para ella que se hubiesen atrevido a tanto y en su propia casa. No hablaría más del asunto, le bastó dejar el principio establecido para lavar la conciencia.

Fue una excusa oportuna para hacer llevar hasta su casa al nuevo médico, que llevaba siete meses instalado en el Terrero y que la tenía en un estado de insoportable turbación, por la mala índole de no haberse presentado a rendirle la pleitesía de la que ella pensaba ser justa acreedora.

Así como hasta ese día Alfonso no se había inmutado por los recaditos que ella le había hecho llegar de manera indirecta y por caminos tortuosos, en cuanto fue llamado para atender una urgencia médica, acudió de inmediato. En el incidente se hizo una semblanza puntual de la familia y de la clase de persona que era Dolores Bernal.

—Lo de la sal por maricones —le dijo ella—. Lo de la tinta, para que se acuerden de mí cuando se les vuelva a ocurrir.

—¿Era necesario? —preguntó Alfonso, limpiando la carnicería en el trasero de Roberto, que lloraba de dolor, pero incapaz de hablar ni de mirar a nadie.

—Era imprescindible —respondió Dolores en tono de no admitir opinión al respecto.

Alfonso cambió de tema para no contrariarla.

—¿Cómo lleva lo del dolor de las articulaciones? —le preguntó.

Dolores Bernal hizo un leve gesto de perplejidad.

—¿Cómo sabe usted que sufro de eso?

—Para saber esas cosas es para lo que uno se hace médico.

—Pues lo llevo fatal. Mejor dicho, me lo hacen llevar fatal esos médicos ladrones que me atienden. No hacen más que sacarme dinero y dejarme peor de lo que estoy.

—¿Sigue usted los tratamientos?

—Al pie de la letra. Pero cuanto más lo hago peor me pongo. Sería buena cosa que viniera usted a verme.

Dolores Bernal acogió con alivio a Alfonso Santos. Enterada de que ostentaba el grado de comandante, que era una buena carta de presentación para ella, le adjudicó la complicidad que daba a los suyos, y Alfonso Santos jamás la sacó del error. Consiguió calmarle los dolores con una astucia de zorro viejo. Cuando tuvo comprobado los resultados de los análisis de sangre y orina, aprovechó uno de aquellos días en que el dolor postraba a la mujer para darle el diagnóstico. La realidad era que Dolores Bernal tenía una salud de pedernal, pero como Alfonso pensó desde el primer vistazo, comía con desorden y abusaba de la carne, pero lo que le tenía la salud revuelta era el repertorio de medicamentos, prescritos con mal criterio y que ella tomaba con desacierto.

—Este mal suyo tiene alivio —le dijo—. Pero tiene que darme palabra de cumplir el tratamiento a rajatabla o tendré que retirárselo. Le recetaré unas gotas y debe llevar una dieta muy rigurosa.

—Mitigue esta tortura. Haré lo que me mande —suplicó Dolores.

Alfonso le explicó los pormenores de la dieta y le insistió en que debía pasear al menos un par de veces durante el día. El medicamento era un placebo de agua destilada y ácido acetilsalicílico con un edulcorante. El auténtico remedio era la dieta, que fue de una eficacia liberadora. Los dolores remitieron hasta casi desaparecer y se esfumó el séquito de efectos secundarios de los analgésicos que había estado tomando. No hubo ya otro médico para ella que Alfonso, que le cobraba sin remordimiento pero a quien Dolores, a pesar de su avaricia, no se atrevía a discutirle ni un céntimo porque le parecía de mal agüero en un asunto de tanto mérito. Por su parte, Alfonso cobraba donde podía para atender donde lo necesitaban.

A pesar del buen pie con que Alfonso entró en la casa, Dolores no abandonó los recelos. Superó su natural desconfianza y bajó la guardia, pero muy poco a poco. Era pequeña, mezquina, brutal cuando lo consideraba menester, y tan reseca de cuerpo y facciones como de carácter. Estaba convencida de que haber nacido en su favorable situación era designio divino que le otorgaba derechos sobre el resto de los mortales. Aunque se imponía las formalidades de la etiqueta religiosa, reales o imaginadas, y las hacía cumplir con rigor, incluso más allá del ámbito de la casa, no era más que una cosmética vital que la dispensaba de exigirse cuentas de conciencia; farfolla que terminaba justo donde empezaba la palabra «caridad». No admitía que de un negocio cupiese considerarse si era turbio o legítimo, sino bueno o malo, sin más zarandajas, lo que fue causa de discusión permanente mientras vivió su marido. A ella, las víctimas de su tiranía no le quitaban el sueño, puesto que les adjudicaba ser responsables únicos de sus infortunios.

Se decía que utilizaba el apellido del marido, aunque la realidad era que se había casado con un primo lejano de la vía paterna, por lo que los hijos llevaban la reiteración Bernal en los apellidos. Lo que sí le llegaba del marido era el sobrenombre de la Francesa, puesto que a él, por razones que nadie acertaba a explicar, lo llamaban el Francés. El apodo no alcanzó a los hijos. Roberto había obtenido desde chico sus propios méritos para el remoquete y era conocido como el Marrajo. Por la razón contraria, el cariño de la gente, María, la hija, era conocida sólo por el nombre y el apellido.

Al enviudar supo anticiparse a los malos tiempos y metió al hijo, casi un niño, en la política. En el levantamiento militar que provocó la Guerra Civil, Franco era comandante general de Canarias, pero se sumó al golpe de manera poco decidida y vacilante, cobarde a decir de algunos historiadores, causando la exasperación, cuando no el desprecio, de los generales conspiradores. La región militar canaria estaba bajo su control y en las islas no hubo un período de guerra, sino que en ellas se ensayaron los puntos siguientes del manual en la espantosa estrategia del general Mola: el terror de la población, el exterminio de cuantos pudieran ser sospechosos de poco afines al golpe. De modo que gente como Dolores Bernal se encontró con la cena servida.

Aunque liberó a su hijo Roberto del servicio militar, cuando concluyó la guerra ocupaba ya un cargo local de cierta importancia a partir del cual Dolores amplió las fronteras de su reino del terror. Controlaba el estraperlo, se apoderaba de propiedades, esclavizaba a los sumisos, aterrorizaba a los díscolos, dirigía al párroco, ponía y quitaba al alcalde, daba órdenes en el cuartelillo de la Guardia Civil y, en definitiva, detentaba todo el poder en la comarca.

Su hijo Roberto y el amigo, Juan Cavero, inseparables desde niños, actuaban de peones, aumentando los encargos a sus espaldas. No hubo asesinato, robo, incendio o violación, en aquella parte, en la que no estuvieran involucrados. Nadie osaba contrariarlos porque hacerse objeto de la venganza era, además de sencillo, temerario. Mucha gente decidió abandonarlo todo y marcharse y, en alguna ocasión, la propia huida fue el detonante de su ira asesina.

Juan Cavero era amante del juego, de los trajes caros y de andar presumiendo de hombría por las tabernas. Roberto era del todo homosexual desde la adolescencia, no así Juan Cavero. Trataba a Roberto con brutalidad, aunque de tanto en tanto accediese al intercambio sexual, porque era la manera de tenerlo bajo control. Muy al contrario, Juan aterrorizaba en especial a las familias con hijas porque andaba a la caza de las chicas más jóvenes. Roberto no participaba de forma directa, puesto que hacerlo con una mujer le parecía una cochinada, pero fue cómplice activo en todos los casos.

* * *

Roberto tardó en curarse. Los primeros días lloraba cuando orinaba o tenía que cambiar de postura y tuvo los testículos hinchados como melones y amoratados al menos una semana. Alargó la convalecencia para evitar encontrarse con la madre o la hermana. Una mañana se levantó muy temprano y se marchó a la capital en busca de algún negocio que traerle a la madre.

La tierra, con ser tan escasa en una isla, no es el bien más valioso. El auténtico tesoro es el agua. Al ser más fácil excavar en horizontal que en vertical y más eficaz el resultado, la forma tradicional de explotar los acuíferos son las galerías horadadas en las montañas. La inversión necesaria para alumbrar agua, por lo general cuantiosa, exigía el consorcio de agricultores y ganaderos que unieran sus fuerzas, por lo que desde antiguo existía un mercado de acciones de las galerías. Roberto solía ir a la capital en busca de oportunidades para comprar esas participaciones. Aquel día el corrillo de tratantes había suspendido la reunión, por lo que decidió visitar el departamento de cartografía militar. Los planos geológicos le habían ayudado en ocasiones a conocer los mejores lugares de la isla para la captación de aguas. Como no tenía una pregunta concreta, el teniente que se los mostró se extendió en explicaciones y Roberto regresó de la entrevista seguro de que la zona del Estero, la finca de Lorenzo Quíner, en una cota no explotada, era inmejorable para abrir una galería.

—Madre, le tengo una buena —le dijo a Dolores durante la cena.

Ella ni siquiera lo miró y siguió tomando la sopa.

—Es la finca de Lorenzo Quíner —continuó él—. Es enorme. Está bastante arriba. No tiene agua, pero, según los planos, está en la mejor zona para abrir una galería.

—Habla con el dueño, a ver cuánto pide —le ordenó Dolores.

* * *

Lorenzo Quíner supo que le llegaban las dificultades en cuanto descubrió a Roberto y a Juan Cavero, subiendo sin aliento por el empinado sendero de acceso. Roberto pasó de largo, jadeando, sin saludar. Juan Cavero tampoco saludó. Caminó alrededor de la casa, sonriendo con suficiencia, y terminó su paseo donde Ana había puesto a blanquear la colada, sobre un mechón de hierba. Pisó unas enaguas y se agachó para limpiarse con ellas los zapatos embarrados, sin dejar de mirarla con su grosera sonrisa.

Ismael Quíner, que observaba oculto en una sombra de la casa, salió disparado para embestir a Juan Cavero. Lorenzo Quíner sólo necesitó elevar el antebrazo para tumbar al hijo del revés. Ana se apresuró a su lado para atenderlo. Juan Cavero observó con desinterés sin abandonar su sonrisa de burla. En aquel momento advirtió la presencia de una mujer que caminaba con una cesta en la cabeza, en dirección a una casa situada unos cincuenta metros por debajo. Atrapado por los sensuales contornos de la desconocida, estiró el cuello, se acercó al borde cuanto pudo y la persiguió con la mirada, cuando Roberto Bernal regresaba de su superflua inspección.

—¿Cuánto quiere por ella? —preguntó.

—Nada —contestó Lorenzo Quíner—. No la puedo vender porque no vale nada. Y estaría mal regalar una desgracia.

Roberto no respondió. Sabía que Lorenzo Quíner no cambiaría de opinión. Se acercó a Juan Cavero, que continuaba absorto en la contemplación de Manuela Álvarez, la vecina de los Quíner.

—Ahora no es buen momento —le dijo Roberto casi en un susurro—. Tendrás que esperar. Y me tendrás que desagraviar.

Cuando desaparecieron, Ismael aún no recuperaba la lucidez. Lorenzo se apresuró a su lado.

—¿Estás bien, hijo?

—Me has matado, papá.

—Es tu obligación defender a tu madre, pero mientras pueda defenderla yo, me corresponde a mí —dijo Lorenzo, acariciándole la cabeza con un gesto un tanto hosco—. Sé que te indignó tanto como a mí, hijo, pero esos dos son muy peligrosos.

* * *

Esa tarde Dolores Bernal le dio instrucciones precisas al alcalde de cómo quería que llevase el asunto del Estero.

—La ley no está hecha para eso —se resistía el hombre—. Sólo podemos expropiar si el ayuntamiento tiene algún plan con ese terreno y no es el caso.

—Pues hace usted uno —respondió Dolores con crispación, y respiró varias veces para tranquilizarse, antes de seguir—. Vamos a sacar agua de allí. Usted es el alcalde y nos comprará el agua. Ésa es la ventaja para el ayuntamiento. Eso dará beneficios y, con la participación que yo le daré, podrá comprarle a su mujer un ajuar nuevo. Incluso podrá terminar de pagar el piso de esa querida que tiene en la capital. Todos saldremos ganando. Y nadie va a venir a este culo del mundo a decirnos qué tenemos que hacer. Lo único que quieren de nosotros es que tengamos a la gente controlada para que no salgan ateos ni comunistas.

En poco tiempo se había ejecutado la expropiación de dos tercios de la finca y, por un misterio indescifrable de las leyes administrativas, habían pasado a ser propiedad de Dolores Be ...