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LOS áNGELES DE HIELO

Toni Hill

4


Fragmento

La luz del día empezó a desaparecer de la habitación roja. Eran más de las cuatro y las nubes de la tarde habían dado paso a un oscuro crepúsculo. Oía el ruido incesante de la lluvia contra los cristales y los aullidos del viento procedentes del salón. El frío fue penetrando en mi cuerpo, y con él se mitigó el valor. Volví a caer en mi talante habitual: humilde, inseguro y triste, mientras se apagaba en mí todo signo de enojo. Si todos decían que era mala, tal vez tuvieran razón.

 

CHARLOTTE BRONTË, Jane Eyre

 

 

Por allá van y gimen,

muertos en pie, vidas tras de la piedra,

golpeando la impotencia,

arañando la sombra

con inútil ternura.

 

No, no es el amor quien muere.

 

LUIS CERNUDA

Prólogo

Barcelona, 1914

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Nadie debería saber la fecha de su propia muerte, le había dicho el cura de la cárcel, como si la injusticia de la ejecución no radicara en el hecho en sí sino en conocer de antemano los detalles concretos que la definían. El día, la hora, el lugar. El garrote. Ésas son cosas que sólo atañen a Dios, había añadido; ni a ti, ni a mí, ni al verdugo ni al juez. Luego, cuando el padre Robí se dio cuenta de que sus palabras podían ser malinterpretadas en unos años donde por todas partes se suscitaban sospechas de anarquismo, se corrigió apuntando en tono resignado que algunos actos, por su especial carácter aberrante, merecían que los hombres usurparan esa prerrogativa divina y aplicaran la penitencia con todo su rigor. En ningún momento había prestado atención a sus protestas de inocencia, a su insistencia en que no había cometido aberración alguna más allá de gozar de un cuerpo vivo que se le ofrecía con el pudor que cabía esperar en una mujer joven y de buena familia. De hecho, para ser sinceros, cuando le había llegado la hora de confesarse al capellán, esas reivindicaciones ya habían perdido fuerza, como si incluso él hubiera dejado de creerlas y fueran simples palabras sin sentido de una letanía memorizada. Como los rezos de la iglesia. Y es que, en realidad, desde que encontró el cadáver de Clarisa, él comprendió que nadie iba a creer su versión y adivinó que la muerte que deformaba los rasgos de su joven amante era una peste contagiosa que pronto se apoderaría de los suyos. Despertó al anochecer, después de una tarde de goce y un rato de sueño profundo y satisfecho; sintió el roce de un cuerpo que había amado hasta la extenuación y se incorporó un poco para observar cómo dormía, buscando la paz que nos embarga al contemplar el reposo de nuestros seres queridos. Decidió que una mujer como aquélla, que se había entregado a él por primera vez unas horas atrás, merecía un regalo que alegrara su despertar exactamente igual que la visión de su rostro dormido animaba el suyo. Había visto un huerto con flores de camino a la pensión y decidió salir sin hacer ruido para coger unas cuantas y depositarlas en el lecho.

Regresó un rato después, con las flores en la mano, y rodeó la cama para dejarlas sobre las sábanas aún calientes. No llegó a hacerlo, pues en la parte que antes ocupaba él se había formado una mancha roja y espesa; entonces lo vio, descubrió el tajo que arañaba el cuello de Clarisa, la sangre que formaba una mancha impúdica sobre la sábana. Los ojos abiertos, yermos, inmortalizados en una expresión de horror y sorpresa, y aquel pajarillo obsceno y ajado que le salía de la boca. Soltó las flores en el suelo y ahí quedaron, un regalo de amor convertido en desordenada corona fúnebre.

Huyó, claro; no pudo evitar que la repugnancia venciera al cariño. Deseó alejarse del roce de aquel cuerpo muerto que parecía invocar su propio final de una manera inminente. Durante muchos días y noches corrió y se escondió, hasta que lo atraparon los guardias civiles. La primera bofetada le convenció de que su historia, por alto que la gritara, nunca sería escuchada, y se resignó a los golpes, las patadas y los insultos. Lo que no pensó hasta que el juez dictó la sentencia y se vio solo, en la celda, esperando que llegara el día de la ejecución, fue el terror que le acompañaría en esas noches solitarias, las sombras que revoloteaban por las paredes como pájaros negros, susurrándole amenazas o riéndose de él; los murmullos que se colaban en sus sueños febriles, aquellos en los que se veía caminando con paso firme y enfrentándose a un verdugo. A veces ese hombre tenía una cara que le resultaba vagamente familiar; otras era un completo desconocido o un ser deforme, de esos que sólo se ven en las ferias de los pueblos. En todos los casos, él se sentaba y sentía cómo el collar de hierro le amordazaba el cuello. Siempre despertaba en ese momento, un segundo antes de que el verdugo girara el tornillo con todas sus fuerzas. Tumbado en el camastro, aterido de un frío que nacía en su interior, se esforzaba por disipar los miedos siguiendo los consejos del cura. «Cuando te asalte la inquietud —le había dicho una tarde—, evoca los mejores momentos de tu corta existencia.» Y eso hacía, o cuando menos lo intentaba.

Buscaba en su mente imágenes de su infancia en el pueblo, las guerras a pedradas, el sol de la huerta de Murcia, tan distinto al de la calle estrecha de Cornellà donde Padre los había trasladado doce años atrás, cuando él tenía sólo siete. Había tenido la impresión de que el mundo se había empequeñecido de repente, aunque nadie podía negar que comían mejor o al menos con más regularidad. A cambio, muchos días, se asomaba a la ventana pequeña, sacaba por ella medio cuerpo y contemplaba los campos, tan distintos y al mismo tiempo tan parecidos a los que había dejado atrás. Permanecía así, casi suspendido sobre el alféizar, hasta que Madre lo agarraba del cuello y lo arrastraba para dentro sin contemplaciones. Luego, arrepentida, le daba pan con aceite y azúcar y le contaba historias de ese pueblo que su memoria infantil empezaba a olvidar. Él nunca había vuelto allí; su hermano menor sí lo hizo, porque cayó enfermo y Madre había ido a dejarlo con los abuelos. Ya en esos días había pensado que, de los dos, y a pesar de que la salud débil del pequeño indicara lo contrario, era él quien cargaba con la mala suerte. Habría dado cuanto fuera por irse de aquel piso, tan distinto de la casa con patio y corral donde había vivido durante sus primeros años. No se le había pasado por alto que Madre había tardado bastante en regresar y que, cuando por fin apareció, su rostro parecía haberse ensombrecido, como si la luz hubiera quedado definitivamente atrás, prendida de los ojos de aquel niño que había quedado lejos, al cuidado de los abuelos. A partir de entonces fue ella la que se asomaba a la ventana y su mirada vagaba perdida, oteando el horizonte, como quien aguarda con obsesiva insistencia la llegada de alguien.

Los murcianos, los llamaban, y era verdad que con el tiempo habían ido llegando otros, del mismo pueblo o de otros cercanos, parientes y amigos, expulsados por la dureza del campo, animados por la perspectiva de un futuro mejor. La Siemens, la fábrica, necesitaba gente, y allí trabajaba su padre desde su apertura, hacía cuatro años, y allí había trabajado también él en los últimos tiempos hasta que pasó lo de Clarisa. No, no eran los momentos en la fábrica los que quería recordar en esas noches pavorosas en la celda. Ni tampoco a Clarisa. Ya no. Porque pensar en ella era verla muerta. Como a Madre, a la que encontraron un día caída en la calle, justo debajo de la ventana abierta. «Se habrá mareado», dijeron. Le ha dado un vahído mientras tendía la ropa. Pero él sabía bien que había que sacar medio cuerpo para caer al vacío y que su madre tenía que haberse encaramado voluntariamente a la ventana para terminar en el asfalto, maltrecha como un tiesto roto.

Lo único que le quedaba para eludir la imagen del garrote que surgía cual fantasma en los rincones de la celda era la playa. El mar. Lo había visto por primera vez a los once años, y se había quedado en la orilla, temeroso ante un oleaje furioso. Nunca había aprendido a nadar. A sus padres les daba miedo y no lo dejaron pasar más allá de donde las olas se fundían con la arena.

Sí, aquel día de verano, el momento en que descubrió que el cielo y la tierra se enlazaban en un horizonte lejano, era el recuerdo al que aferrarse en aquella celda oscura. Intentó cerrar los ojos para verlo, oír su arrullo, aspirar su olor, pero sólo lo consiguió a medias. Veía un manto azul, sí, pero por alguna razón se le aparecía Clarisa flotando en él, dejando una estela de sangre sobre la espuma blanca. Veía peces boqueando en un cubo grande, como el que usaban los pescadores, y los conejos que su madre mataba de un machetazo en la cocina, y flores que se pudrían en cuanto las cortaba. La muerte corrompía incluso los buenos recuerdos. Le acechaba, le rondaba durante el sueño y durante la vigilia, le asediaba en las charlas con el cura, que insistía todas las tardes en que se arrepintiera de corazón para así asegurarse un espacio en el cielo. «¿Estará allí Clarisa?», preguntó él, y el hombre había vacilado un segundo antes de afirmar que esa pobre muchacha había muerto de una manera tan horrenda, sin tener tiempo a poner en paz su alma, que tal vez debiera pasar por el purgatorio para expiar sus pecados.

Nadie debería saber la fecha de su propia muerte, se repitió él, a pesar de que en su caso no podía olvidarla. Y por fin el día llegó. El sacerdote insistió en acompañarlo esa última noche y él lo agradeció. Había pedido ver a su padre, en vano, y tampoco lo echaba de menos. El cura, quizá para entretenerle, quizá simplemente porque el tema le interesaba, le habló de Francisco Fernando, el heredero del trono austríaco que había sido asesinado «cobardemente» junto con su esposa, embarazada, unos días antes. Al parecer los periódicos no se hacían eco de otra cosa. Del crimen y de la Mano Negra, el grupo serbio que había organizado la matanza fatal. «¡Dios sabe qué pasará ahora!», se lamentaba el padre Robí, y él pensaba en Austria, en Serbia, en todos los lugares de los que no había oído hablar y a los que ya nunca iría porque en cuanto amaneciera irían a buscarlo para llevarlo al patio. Y el verdugo lo sentaría y le colocaría aquella argolla de hierro al cuello y luego giraría el tornillo, y el punzón le atravesaría las vértebras y esa vez ya no conseguiría despertar. «¿Moriré mañana?», preguntaba sin cesar, buscando una respuesta que tampoco deseaba oír.

La realidad siempre es mucho menos digna que los sueños. Cuando se abrió la puerta de la celda, él llevaba horas acurrucado en el camastro, hecho un ovillo, sollozando en silencio como un crío. El cura, agotado a pesar de su buena voluntad, había echado una cabezada y se sobresaltó al oírlos entrar. «¿Ya?», preguntó. La respuesta era tan obvia que nadie se molestó en dársela. Él sabía que debía levantarse, aunque las piernas se negaban a obedecerle. Necesitaron cuatro guardias para incorporarlo, y luego retenerlo, porque esos miembros inertes parecían haber cobrado vida de repente y actuar por su cuenta, repartiendo puñetazos y patadas al aire, mientras alguien dentro de él gritaba con una voz ronca que partía el alma que no, que no era culpable, que no quería morir. Que él la amaba y que nunca le habría hecho daño. Que no tenía ni veinte años.

Las lágrimas se le mezclaban con los mocos y con la saliva, y más que nunca el padre Robí pensó que algo estaba mal en este mundo y tuvo que recordarse que el propio Dios hablaba del ojo por ojo, aunque la frase sonara absurda ante aquel chico rubio que casi sacaba espuma por la boca y que sorprendentemente consiguió zafarse de sus captores, se echó a sus pies, se agarró a sus piernas y hundió el rostro en su sotana, manchándola de lágrimas calientes y sudor frío. Fueron sus ojos los que vio el sacerdote entonces, y por primera vez se fijó en que los tenía de un azul grisáceo. No había forma humana de separarse de aquel cuerpo joven que lo usaba de tabla salvavidas, con la desesperación del náufrago, mientras los guardias, impacientes, dudaban. Podían golpearlo en la nuca y sacarlo inconsciente, pero el protocolo de las ejecuciones no contemplaba esa posibilidad. Esperaron, por tanto, a que el cura se agachara y le susurrara algo al oído, que no llegaron a oír. El chico siguió sollozando, cada vez con menos fuerza, y sus manos fueron cayendo a los costados, como si ya estuviera muerto. Los guardias aprovecharon el momento de flojera para llevárselo, a rastras, un guiñapo débil y sin voluntad.

El padre Robí caminó tras ellos a distancia y se obligó a mantener los ojos abiertos mientras aquel cuerpo desmadejado quedaba por fin fijo en la silla, erguido por el collar de hierro. Sin querer, se llevó una mano al alzacuellos para aflojarlo un poco, un gesto que no pasó desapercibido por uno de los guardias, que sonrió con sorna. Echó un vistazo alrededor. Un hombre y una mujer, vestidos de negro riguroso, contemplaban la escena desde un rincón del patio. El caballero se mantenía firme, en pose casi militar, mientras ella, a todas luces su esposa, se apoyaba en su brazo para no caer. Tenían que ser los padres de Clarisa Miravé. El sacerdote intentó cruzar la mirada con la del hombre, algo imposible ya que la del señor Miravé estaba fija en el garrote. Centró de nuevo su atención en el reo y, tras lanzarle un último mensaje con los labios, respiró hondo, preparándose para el instante final. Fue entonces cuando tuvo la molesta sensación de que alguien le observaba y volvió la cabeza hasta identificar de quién se trataba. Distinguió a una mujer, vestida igualmente de negro, aunque no llegó a ver sus rasgos ya que tenía la cabeza baja, como si estuviera entregada a sus pensamientos. Lo más extraño era que se encontraba sola, alejada del pequeño grupo formado por el alcaide de la prisión, los padres de la víctima, el abogado que defendió al reo y un par de caballeros más. No quiso seguir observándola: sentía que, por respeto al muchacho que iba a ser ejecutado, estaba obligado a presenciar su muerte. Sin embargo, el pecado venial de la curiosidad le hizo lanzar una última mirada de soslayo, fugaz, tan breve que luego no habría sabido decir si lo que vio fue real o un efecto extraño de la tensión del lugar.

Por un instante, la dama levantó la cabeza y sus labios se abrieron en una carcajada que debería haber paralizado a todos los presentes y que el sacerdote notó en sus oídos, como si miles de agujas se clavaran en ellos. Cerró los ojos, casi mareado por aquellos pinchazos agudos y lacerantes. Y en ese momento el dolor fue sustituido por el chasquido metálico que todos esperaban, y el boqueo estrangulado de aquel hombre que poco antes lloraba a sus pies. Fueron los ojos del sacerdote entonces los que se llenaron de lágrimas, algo que no le sucedía desde la muerte de su propia madre, muchos años atrás. Parpadeó para deshacerlas, algo avergonzado, intuyendo que aquella tristeza permanecería dentro de él durante mucho tiempo. Por primera vez después de una ejecución no consiguió rezar: se limitó a mover los labios, en una parodia de oración por la que sabía que debería confesarse cuando llegara el momento, y así siguió hasta que el verdugo deshizo el proceso y la cabeza del joven cayó de lado, doblada en un ángulo imposible.

Cuando volvió a mirar a su alrededor, con los ojos enturbiados; la mujer de negro había desaparecido. No había ni rastro de ella. Los asistentes se dispersaron deprisa, porque incluso aquellos que anhelaban ver la muerte del asesino preferían ahora dejarla atrás y regresar al mundo de los vivos. El sacerdote se dirigió a uno de los guardias; le preguntó, alterado, por la presencia de aquella mujer, por esa risa que todavía, si cerraba los ojos, retumbaba dentro de su cabeza.

El guardia le miró como si estuviera loco. Y lo mismo sucedió con el alcaide de la prisión, con el verdugo y con el abogado del desgraciado reo, que aún seguía por allí. Nadie había visto a ninguna mujer, nadie había oído más gemido que el del asesino Mario Guerrero, que había muerto a las ocho y cinco de la mañana del 1 de julio de 1914. Que Dios, en su misericordia, le diera la paz eterna.

Desazonado, absolutamente perplejo ante unos recuerdos que no podía fingir no haber vivido, el cura se santiguó y, entonces sí, se quedó a solas con el cuerpo del difunto y se entregó al único consuelo que conocía. Rezó por aquella alma atormentada y, sin poder evitarlo, rezó también por la suya propia. Intentó limpiar su conciencia de la visión, achacarla a la edad o al nerviosismo. Buscó, como hacía siempre, el consejo de Dios que, en su sabiduría infinita, traduciría sus aprensiones en una explicación razonable. Pero esta vez el Altísimo se negó a ayudarle, y durante ese día y los muchos que le siguieron, no consiguió borrar de su mente que, por un instante, le había visto la cara a la muerte y había oído su espantoso aullido de bienvenida.

PRIMERA PARTE

Introducción

Barcelona, 1931

 

Siempre he pensado que hay historias que merecen ser contadas, dramas humanos que no pueden perderse en el olvido o la ignorancia. A lo largo de mi vida he oído muchos; mis pacientes, o a veces mis amigos, me los han relatado con la confianza de que mi boca estará sellada y, hasta el momento presente, siempre he cumplido ese acuerdo tácito. Sin embargo, algo en mí me impulsa ahora a sentarme a escribir. Quizá sea la edad, o tal vez la cercanía silenciosa del final, lo que me empuja a poner por escrito los sucesos que, en un tiempo de mi vida no tan lejano, me conmovieron y desasosegaron más que cualquier otro hecho que haya llegado a mi conocimiento en mis años de consulta, más incluso que cualquier relato de ficción fantasmal ideado con el firme propósito de provocar inquietud. Éstos suelen causarme una sonrisa leve y admito que los escucho con un aire de condescendencia no exento de ironía. Son pasatiempos banales que apuntan a nuestros miedos más básicos: la muerte, la oscuridad, el más allá… Excitan nuestro Thánatos, como dicen ahora, y en el fondo nos sirven para confinar esos temores a un terreno acotado y ficticio, delimitado por el principio y el final del propio cuento. Nuestra realidad no se ve afectada por ellos porque tienden a suceder en lugares ancestrales, caserones remotos o páramos desolados donde los fantasmas, seres caprichosos y al parecer bastante tontos, eligen morar cuando nada les impediría hacerlo en cualquier otro lugar de clima más cálido y compasivo. A su vez, dichos seres son avistados siempre por transeúntes igual de necios e imprudentes, que se empeñan en desoír las advertencias de quienes conocen la zona, o por doncellas ricas y lánguidas que se aburren demasiado en sus aposentos. Es posible que tales relatos logren colarse en los sueños de algunas personas impresionables. En mi caso, sólo me cabe admitir un placer malsano al leerlos u oírlos contados de viva voz; en cuanto cierro las páginas del libro o en el mismo momento en que el narrador marca con un tono contundente que ha llegado al espeluznante final, la historia se funde con otras parecidas en un magma difuso y olvidable. Nunca he pasado una mala noche, ni he sentido miedo alguno, después de una sesión de lecturas o narraciones oscuras. La cena, un cigarro, una copa de brandy, mis preocupaciones profesionales… todo conspira luego para sofocar cualquier atisbo de temor. Y en cambio, ya desde hace unos años, cuando apago la luz de mi alcoba y me dispongo a dormir, debo esforzarme por no recordar las palabras de Frederic Mayol: su historia tensa, narrada en el tono crispado de quien ha visto y sabe demasiado, su inexactitud y, ¿cómo decirlo?, su visión subjetiva y angustiosa de los hechos que acaecieron en Barcelona hace ahora quince años, mientras esa guerra inmensa y cruel asolaba Europa entera. Un conflicto impensable, inevitable para algunos porque siempre hay quien aboga por la fuerza de las armas para resolver cualquier clase de afrenta, aunque igualmente deprimente por lo que tuvo de cruento y de inútil. No es que sea yo quien deba juzgarlo: los viejos hemos vivido demasiado para creer en conceptos como honor, orgullo o patria, y apenas si nos queda fe en la justicia o, peor aún, en la humanidad. Lo único que esperamos, y a la vez tememos, es una vejez tranquila coronada por una muerte dulce. No, la guerra es para los jóvenes, en cuya sangre arden a partes iguales el valor, la estupidez y el frenesí por cambiar el mundo. Lo veo ahora, a mis sesenta y seis años, cuando a mi alrededor la gente se emociona por esta República que pretende modernizar el país, un empeño que he apoyado desde un punto de vista intelectual pero para el que ya no me quedan fuerzas físicas. Mientras en mi entorno se habla de laicidad o de sufragio, y se modifica con muchos aspavientos el color de la bandera o se discute hasta llegar a las manos sobre el posible himno, mi mente se distrae, se zambulle en el pasado, más interesada en dar coherencia a lo que ya sucedió que en seguir los vaivenes de un presente demasiado variable, demasiado azaroso. La sensatez nunca ha generado revoluciones, y a mi edad lo ridículo sería no ser sensato. Es por ello que, estoy convencido, los viejos debemos escuchar y callar, escudarnos en nuestros recuerdos y dejar las decisiones trascendentales a los jóvenes, que tienen facilidad para obviar los yerros y celebrar sólo los aciertos. ¿Quién desea escuchar los consejos razonados de alguien a quien el futuro ya no va a afectarle? ¿Por qué atender a argumentos precavidos que se basan en un pasado que está a punto de perecer? No, es mejor retirarse, permanecer en una discreta retaguardia y dedicarse a lo que de verdad le importa a uno sin molestar a nadie. Y debo decir que, de todo lo que me ha acaecido en mi ya larga vida, ninguna historia ha conseguido alterarme tanto como la que les voy a referir. Ya cuando la escuché de boca de su narrador me intranquilizó durante noches enteras, y a día de hoy, al evocarla, percibo que su efecto no se ha disipado con el tiempo. Al contrario: la maldad que transpiraba ese relato, la absoluta inmoralidad y el deseo perverso de hacer daño que la caracterizaban me inquieta ahora más todavía que antes, quizá porque la edad, además de prudentes, nos torna frágiles y timoratos. Más sensibles a las emociones más oscuras del corazón humano y a lo que nos aguarda después de la muerte.

Permítanme ahora que me presente. No hace falta que me extienda mucho en ello, pero creo que es justo que sepan quién soy. Será una introducción breve, porque rápidamente desapareceré y dejaré la historia en manos de sus auténticos protagonistas. Mi nombre es Sebastián Freixas, y soy doctor en medicina y psiquiatría. Sí, como ven, no les mentía cuando les he dicho que mi vida ha estado repleta de muchos relatos, ya que la he dedicado a la curación del cuerpo y de la mente, con relativo éxito. Las enfermedades mentales han absorbido mi interés durante casi toda mi carrera, y he invertido mi existencia en intentar comprender eso que ha dado en llamarse «locura». No seré tan arrogante como para afirmar que he conseguido grandes logros, ni tampoco tan falsamente modesto para sostener lo contrario. A día de hoy, la mente humana sigue siendo un misterio pese a que se han dado grandes pasos a la hora de desentrañar los mecanismos que la configuran. Puedo decir sin vergüenza alguna que siempre he mostrado un talante ecléctico, alejado de dogmatismos y que, en la medida de lo posible, me he esforzado por tratar con dignidad a esos alienados que, cuando me inicié en la profesión a finales del pasado siglo, eran básicamente presos. Hubo que erradicar muchos prejuicios y me temo que no lo hemos conseguido del todo. No obstante, los últimos avances nos han permitido dar grandes pasos en esa dirección y puedo afirmar, sin ruborizarme, haber contribuido en gran medida no tanto a la curación de esos desgraciados sino a su bienestar mientras se hallaban confinados en las instituciones donde he trabajado y sobre todo, en los últimos años de mi carrera, en aquella que dirigí hasta hace pocos meses, cuando decidí retirarme.

Fue en el marco de este sanatorio donde conocí a Frederic Mayol. O Friedrich, como le llamaban algunos. Y recuerdo haber hablado precisamente de esto cuando le entrevisté para que se incorporara al equipo de psiquiatras que trabajaba a mis órdenes. Casi no puedo creer que haga ya quince años de aquella mañana, cuando le recibí en el despacho y me encontré con un hombre joven, excepcionalmente moreno. Quizá porque sabía algo de sus orígenes, de su madre austríaca sobre todo, esperaba toparme con un individuo de rasgos teutónicos, incluso rubio. Pero nada de eso: Mayol había salido a su padre, o al menos a la rama española de la familia, porque sus cabellos eran negros; sus cejas, pobladas, y sus ojos más oscuros de lo habitual. Sin duda era un caballero apuesto, alto, de porte digno y movimientos firmes. Más adelante, ya entrada la conversación, descubrí que sus rasgos, un poco duros a primera vista, cambiaban mucho cuando tomaba la palabra. Tenía un tono de voz profundo, serio y amable a la vez, que de algún modo suavizaba aquel rostro de líneas rectas y mandíbula poderosa, y se expresaba de un modo pausado y reflexivo, sin la precipitación que suele asociarse a los veintitantos años de edad. Veintisiete cumplidos, si mal no recuerdo. En esa primera charla me hice una idea somera sobre su carácter y ya entonces pensé que esa moderación en las formas enmascaraba a alguien que podía mostrarse apasionado en la discusión si el tema suscitaba su interés. Un par de días atrás se había publicado un reportaje en uno de los principales periódicos donde se denunciaba el horror existente en algunos manicomios. El artículo de un tal Gonzalo R. Lafora, ilustrado por fotografías espeluznantes, recogía con todo lujo de detalles escabrosos las prácticas que seguían llevándose a cabo en nuestro país. Las imágenes de hombres metidos en camisas de fuerza, a veces desnudos y encadenados de pies y manos a un cinturón de hierro, de cuartos lóbregos y sobrepoblados, se combinaban con un texto en el que se hablaba de la escasa formación de los cuidadores, a quienes describía como meros celadores tendentes a usar la fuerza contra unos pacientes que más bien eran tratados como bestias salvajes a las que había que domar a palos. Por supuesto, la información, aunque levemente distorsionada y con puntos del todo sensacionalistas, había causado una indignación en la opinión pública que, por experiencias anteriores, no duraría mucho. Pero también había provocado que algunos psiquiatras, encabezados por los doctores Pérez Valdés o Tomás Busquet, respondieran en defensa de la profesión, alegando que no todos los manicomios eran iguales. En Cataluña nos enorgullecíamos del trato que dábamos a los alienados. Cuando saqué a colación el tema, el doctor Frederic Mayol se mostró elocuente, despreciando esos lugares ancestrales a los que llamó «cárceles para locos».

—Esos antros deberían cerrarse —afirmó con vehemencia—. Es monstruoso que en pleno siglo veinte sigan cometiéndose estos atropellos contra seres humanos cuyo único delito es estar enfermos.

Me apresuré a mostrarme de acuerdo con él y a asegurarle que, como podría ver enseguida, nuestras instalaciones, si bien no todo lo modernas que habríamos deseado, sí eran luminosas y hasta cierto punto acogedoras. Hacíamos lo que podíamos con las donaciones que nos llegaban e intentábamos que nuestros pacientes vivieran su encierro con relativa comodidad. No le dije que, en contadas ocasiones, seguíamos usando camisas de fuerza para lidiar con pacientes violentos: a nadie le gusta admitir que algunos métodos coercitivos resultan útiles en determinados momentos. Proseguimos hablando de su formación, en Viena, donde había estudiado a fondo la teoría psicoanalítica que, en esos momentos, en las primeras décadas del siglo XX, continuaba en boga por toda Europa. Contra lo que me esperaba, Mayol se mostró cauto a la hora de valorarla: reconoció sus avances, lo innovador de sus tesis, pero no la defendió a capa y espada como suelen hacer los seguidores devotos de cualquier corriente de pensamiento. Debo admitir que eso me gustó: ya les he dicho antes que he huido por sistema de cualquier dogmatismo, y esto se hacía extensible a una teoría que, en algunos puntos, parecía obsesionarse en modo extremo con elementos de la infancia y la sexualidad. Yo había leído las obras de Freud, por supuesto, y reconocía en él la insigne figura del pensador ilustre y radical, pero al mismo tiempo tenía la impresión de que sus célebres casos estaban pensados para afianzar su propia teoría en lugar de lo contrario. De todos modos, yo mismo había experimentado con la hipnosis y luego con la asociación libre, con resultados tan desiguales como esperanzadores.

Seguimos hablando durante un buen rato, revisando algunos casos célebres del maestro vienés. En una institución como la nuestra los recursos son escasos, y yo quería estar seguro de no equivocarme a la hora de contratarlo. Conversamos pues sobre su impecable expediente académico y sobre su vida en la capital austríaca.

—Me temo que Barcelona se le quedará pequeña después de haber vivido en la suntuosa Viena —apunté, sin especificar que hablaba absolutamente de oídas: nunca me ha gustado viajar y he evitado siempre cualquier alejamiento prolongado de mi ciudad natal—. A pesar de que ahora mismo, con esta guerra terrible, sus habitantes se están enfrentando a toda clase de privaciones.

—Peores son las que se viven en combate —replicó él—. Nadie se imagina lo que es aquello. De hecho, tanto el káiser como el emperador ponen mucho empeño en que nadie hable de ello.

Y fue entonces cuando noté el apasionamiento que mencionaba antes. Como si hubiera abierto las compuertas de una presa cuyas aguas pugnaban por reventar, su voz amable y ponderada adoptó un tono más irritado y apareció en sus ojos oscuros un brillo furioso.

—Lo que está sucediendo en las trincheras es una aberración mayor aún que la de esos pobres desgraciados de los que hablábamos antes. Hombres jóvenes arrojados a fosos de donde nadie puede salir vivo, y siempre bajo la batuta de unos generales que juegan con ellos como si fueran soldados de plomo, extendiéndolos en un mapa y borrándolos de un manotazo cuando se equivocan. Tropas dirigidas por oficiales ineptos y pagados de sí mismos, y todo, por supuesto, a mayor gloria de unos gobernantes a quienes sólo les mueve salvaguardar el orgullo herido, niños malcriados por siglos de tradición que proclaman sin cesar su amor a la patria, el honor y el sacrificio mientras otros mueren por ellos.

Hizo una pausa y luego se tocó el brazo izquierdo que, como yo había percibido antes, presentaba una rigidez anormal.

—¿Ve esto, doctor Freixas? Es lo mejor que me ha ocurrido en los últimos dieciocho meses. La bala podría haberme matado pero no lo hizo y la lesión me impide seguir siendo útil al ejército, con lo que, en realidad, me ha salvado la vida. Otros no tuvieron tanta suerte. El dolor, que aún siento, no es nada comparado con lo que sufren otros allí.

Comprendí la ironía. Lo que no te mata te hace más fuerte, dice el saber popular, y el brazo herido de Mayol era una buena muestra de ello.

—Algún día tiene que contarme sus experiencias en el campo de batalla, doctor Mayol —le dije—. Estoy seguro de que deben resultar apasionantes.

Esbozó una media sonrisa antes de responder:

—Lo haré. Pero me temo que confundirá mis opiniones con las de grupos poco apreciados por las mentes bien pensantes de la sociedad.

—Las mentes bien pensantes nunca aprecian la verdad cruda de las cosas. Prefieren contarla con eufemismos que la adornan, la embellecen y, en realidad, la desfiguran.

—Es decir, ¿mienten?

Me reí.

—Bueno, ésa sería una manera directa de describirlo, sí. Creo que tantos años de trato con las mentes bien pensantes han terminado contaminando mi discurso en la forma, aunque espero que no en el fondo.

Sonrió, y en ese momento supe que nos llevaríamos bien y que el joven doctor Mayol supondría una valiosa aportación para el centro que yo dirigía. Su rostro no mostraba arrogancia, algo que detesto en los profesionales jóvenes, sino confianza en sí mismo y también ilusión. Cuando le enseñé las salas y las diversas instalaciones de nuestra clínica, formuló preguntas atinadas y coherentes, y escuchó mis respuestas con verdadera atención. Le conté la historia del lugar, que había sido primero el proyecto de un hotel de lujo que nunca llegó a inaugurarse para convertirse luego en un internado para señoritas de buena familia. Recuerdo que durante la visita fuimos testigos de un incidente desagradable, que de algún modo echaba por tierra todo lo que yo había dicho. Uno de los pacientes, el joven Biel Estrada, sufrió un ataque justo cuando yo mostraba la sala común a quien sería el nuevo médico. Fue un momento embarazoso, de inusitada violencia, y debo admitir que me avergoncé un poco. No es que deseara causar buena impresión, pero tampoco me agradó que el joven tuviera que ser reducido por la fuerza, ante la mirada circunspecta de su médico, el doctor Bescós, a quien había herido en una mano, y conducido a una de las salas de aislamiento del piso superior. Sus gritos se oyeron durante un buen rato, hasta que el calmante debió de surtir efecto.

La reacción del doctor Mayol terminó de convencerme. No sólo se mantuvo al margen, dejando que los cuidadores realizaran su labor, sino que admitió que ciertos pacientes pueden ser violentos y que, dada la situación, reducirlos es la única opción posible. Sus frases ponderadas nada tenían que ver con el hombre que vino a verme años después, absolutamente preso por un estado que podría calificarse de delirio. Esa noche, sus ojos habían perdido el brillo y sus pupilas parecían haberse impregnado del horror que pasó a relatarme. Oscuras ojeras delataban su estado insomne y nervioso, su mano derecha se movía, agitada, golpeando el aire con un cuaderno donde constaba una parte importante de la verdad, y en sus cabellos negros brillaba alguna cana rebelde, que yo no había percibido antes. Ésa fue la última vez que lo vi, y la historia que me contó es la que he decidido relatarles. Hallarán también el contenido del cuaderno que me entregó ese día, el diario de una mujer llamada Águeda Sanmartín, que yo me limito a transcribir. Como en todo, les corresponde a ustedes decidir si lo creen o no; si desean saber mi opinión, les diré que estoy convencido de que todo lo que me contó Frederic Mayol es cierto, aunque también debo admitir que, años ha, cuando oí el relato completo por primera vez, pensé que el pobre hombre había caído víctima de esa clase de obsesión que convierte en lógicos argumentos inverosímiles. Yo les contaré todo lo que sé, juzguen ustedes mismos. Me temo que me libraré de sus reproches, ya que si alguien llega alguna vez a leer esta historia significará que yo ya he abandonado el mundo de los vivos, y que su principal protagonista se ha enfrentado a sus propios demonios y ha decidido hacerla pública. Así lo dejaré dispuesto: sólo espero tener tiempo suficiente para llevar a cabo mi tarea. No se inquieten: debo admitir que en líneas generales me encuentro bien de salud, pero la vejez es traicionera y el final es una sombra que planea ya sobre todos mis días, algunas veces como algo lejano y otras, en cambio, como una presencia dolorosamente próxima.

Una última advertencia: hace pocas líneas he tenido la desconsideración de burlarme de los cuentos de fantasmas clásicos, tachándolos de banales constructos ficticios. Quiero dejar constancia desde este momento de que algunas partes de lo que voy a narrarles no tienen justificación empírica alguna y pueden ser descartadas, atribuidas a la mente enferma de un demente o a la senectud de mi propia persona. Lo admito sin el menor rubor. Pero al mismo tiempo existen otras partes que fueron debidamente probadas: muertes atroces que ocuparon las primeras páginas de los periódicos y fueron juzgadas ante la opinión pública. Ésas pueden verificarlas, aunque descubrirán que la explicación oficial difiere bastante de la que les ofreceré ahora. El mundo no siempre está preparado para asumir el mal.

No me demoraré más. Pido disculpas de antemano por cualquier error de facto que pueda cometer en las siguientes páginas; no las pido, en cambio, por añadir ciertos pasajes a aquello que me contó Frederic Mayol, ya que lo hago por el bien de la narración en sí misma. Tendrán que fiarse de mí más de lo que confié yo en él, debo admitirlo. Por otro lado, nunca he creído en la observación imparcial por lo que se refiere a la conducta humana: mi misión, por tanto, no es sólo transmitir con fidelidad lo que sé sino también interpretarlo; intentar, en la medida de lo humanamente posible, dar un punto de coherencia al horror. Para ello, volveré a mi segundo plano: ocuparé en la narración el lugar de ese Dios que quizá no existe, y que si en verdad mora en algún lugar ha escogido mantenerse ajeno a la perversión que reina en el mundo que Él mismo creó. Porque les aseguro que en esta historia penetraremos en los más oscuros recovecos del alma humana, en las atrocidades que pueden cometer los seres atormentados por la venganza y el odio.

Tanto los vivos como los muertos.

1

Barcelona, 16 de abril de 1916

 

Si había algo que de niño le indicaba sin ninguna duda el lugar en el que se encontraba era el desayuno, a pesar de que en ambas residencias —la casa paterna de la calle Alí-Bey de Barcelona y el apartamento de su madre, situado muy cerca de la Votivkirche de Viena— lo tomaba siempre solo, acompañado únicamente por la presencia vigilante de una persona del servicio que tenía órdenes estrictas de no permitirle abandonar su sitio hasta que hubiera dado cuenta de toda la comida. Los motivos por los que ni su padre ni su madre desayunaban con él eran tan opuestos que reflejaban en sí mismos toda una filosofía de vida y costumbres. Horaci Mayol se levantaba al alba, y para cuando Frederic se sentaba a la mesa ya estaba dando un largo paseo matutino que siempre trazaba el mismo recorrido. En cambio, Claudine, su madre, dormía hasta media mañana, pues la casa donde vivían solía llenarse de gente por las noches, en su mayor parte artistas que conversaban, se reían y a veces peleaban, casi siempre sin gritar, porque la anfitriona no permitía escándalos que perturbaran el sueño de su Friedrich. Por curioso que parezca, sus padres, tan opuestos en todo, compartían una misma teoría en lo que se refería a su educación —a las normas, los modales, los resultados académicos y la conducta en general— aunque tenían diferentes maneras de conseguir los mismos objetivos, y él no habría sabido decir si prefería la severidad física de su padre, nunca desproporcionada pero a veces dolorosa, a las lágrimas y los comentarios intencionados de Claudine, experta en hacerle sentir una vergüenza extrema en las raras ocasiones en que su conducta infantil no fue, como ella solía decir, «la que corresponde». Por lo tanto, lo que le ubicaba al instante a la hora del desayuno no eran el comedor ni la compañía, sino los alimentos en sí mismos. Y así, aquel domingo de abril, mientras ingería el pan con tomate y el embutido, su memoria se llenó de las delicadas tostadas con mantequilla y miel que se servían en la residencia materna los días de fiesta, siempre precedidas de huevos revueltos y acompañadas por una taza de café aromático, un desayuno absolutamente distinto a las gachas que aparecían ante él de lunes a sábado y que jamás había conseguido comer a gusto.

Mientras pensaba en las evocaciones que podía despertar una simple loncha de jamón, la vieja Enriqueta surgió a su lado, provista de una bandeja donde llevaba un tazón de leche y una jarrita con algo que tenía el color del café. Al verla, Frederic se dijo que el epíteto «vieja» se lo había aplicado desde la infancia, siguiendo el ejemplo de su madre que, cuando él regresaba a Viena, le sometía a un interrogatorio sobre todo lo acaecido en Barcelona. Claudine se interesaba por la casa, por su lejano marido, por la ciudad, por detalles sin importancia como quiénes visitaban el piso o qué comían los domingos. «¿Y cómo está la vieja Enriqueta?», le preguntaba invariablemente al final, como si de repente acabara de acordarse de esa mujer baja y más bien gruesa, de rasgos toscos y labios muy finos que nunca habían sido vistos dibujando una sonrisa. A lo que él, todavía un niño, respondía con un «bien, como siempre». En este momento, sin embargo, la vio envejecida por primera vez y se preguntó cuál sería su edad real. Definitivamente no habría sido tan vieja dieciséis o diecisiete años atrás, pero no podía negar la sensación de que esa mujer había nacido así, en la mediana edad, como si asociar infancia o juventud a ese semblante adusto fuera inconcebible. Nunca había sido una mujer simpática, ni por supuesto lo era ahora. Esa mañana se limitó a dejar la bandeja desportillada sobre la mesa, y cuando iba a verter el contenido de la jarrita en el café la mano derecha sufrió un temblor repentino que le hizo derramar parte de la leche sobre el mantel. Lo limpió rápidamente, con un trapo azulado que solía llevar prendido del cinturón del vestido negro.

—Ahora traigo más leche —murmuró a modo de disculpa.

—No hace falta, de verdad. Con ésta es suficiente.

Frederic intentó sonreír, pero su gesto se estampó contra los ojillos de roedor de la mujer, que dio media vuelta con la bandeja en la mano y caminó despacio, como si ésta le pesara, hacia la puerta del salón. Regresó minutos después, con otra jarra llena de leche, y la plantó en la mesa haciendo gala de una firmeza exagerada y desafiante.

—Ya le he dicho que no hacía falta. Pero gracias —se apresuró a añadir, al tiempo que echaba unas gotas más de leche al café; sonrió al darse cuenta de que seguía hablándole de usted, exactamente igual que cuando era un mocoso.

Frederic buscó algo que decirle. Llevaba menos de un mes en Barcelona, después de una larga convalecencia en el hospital y un viaje que se le hizo eterno a través de media Europa. En estos días había charlado con su padre, por supuesto, y había mantenido una entrevista con el doctor Freixas relativa a su entrada como psiquiatra en el sanatorio que éste dirigía. Pero aparte de esas dos conversaciones, no había cruzado apenas palabra con nadie más. Su padre le habló sin tapujos de su situación económica y le aclaró que, aunque sus rentas aún garantizaban su propio bienestar en la vejez, los restos que quedarían tras su eventual fallecimiento no permitirían a su hijo subsistir sin una fuente de ingresos. Es decir, hablando de manera simple y llana: debía buscarse un empleo.

Tal como le había sucedido en el hospital, echaba de menos la camaradería, las bromas soeces, la convivencia con sus compañeros de armas. La sensación constante de que nunca estabas solo, ni siquiera de noche. Para un hijo único criado con afecto pero sin excesivas muestras de cariño (otra de las cosas que compartían sus separados progenitores), el contacto diario con otros hombres, absolutamente distintos entre sí en edad o educación, había resultado estimulante. Mucho más que sus días en la escuela, donde su timidez y sus viajes frecuentes le habían relegado a ese espacio etéreo pero real de los «raros» del aula. En la trinchera no había lugar para la timidez, ni para la excentricidad; sólo la necesidad de empujar las horas hasta que llegara el siguiente combate, ya fuera a base de zambullirse en la nostalgia o de discutir con los otros por cualquier banalidad. Fuera como fuese, esa mañana de domingo no le apetecía desayunar solo y lo único que se le ocurrió para retener a Enriqueta fue añadir, mirándola de reojo:

—Mi madre me dio recuerdos para usted.

Era mentira, obviamente, y los ojos pequeños de Enriqueta se convirtieron en dos líneas despectivas, que demostraban que, aunque no se creía ni una palabra de esa frase, sí tenía la posibilidad de aprovecharla para indagar sobre quien había sido su más encarnizada enemiga en la tierra.

—¿Cómo está la señora Claudia? —preguntó, en un tono de cortés formalidad, enfatizando la castellanización del nombre, algo que su madre, ambos lo sabían, habría detestado profundamente.

Frederic recordó de repente que su madre, en venganza, solía llamar Henriette a la vieja criada, sólo para corregirse segundos después y añadir, con aquella vocecilla traviesa que todos conocían bien: «No, chérie, por mucho que me gustaría llamarte así, Henriette no te pega en absoluto. Demasiado… sofisticado para ti». Claudine había estudiado en París —de hecho fue allí donde conoció a Horaci cuando éste regresó de ultramar— y había adoptado el francés casi como primera lengua, aunque hablaba español y por supuesto alemán. Se había trasladado a la capital francesa siendo muy joven, huyendo de una ciudad que entonces le traía malos recuerdos. En diciembre de 1881, la familia de Claudine, judíos adinerados originalmente procedentes de Moravia, asistieron a la función de Los Cuentos de Hoffmann que se representaba en el Ringtheater. Claudine se quedó en casa, enferma de gripe, seguramente disgustada por perderse lo que era la representación más popular de esos días en la capital. Fue esa gripe lo que, sin embargo, le salvó la vida. Un incendio fortuito estalló en el teatro en plena función, y, según se dijo luego, las medidas de seguridad no funcionaron. El caos cundió en los palcos y en la platea, sobre todo cuando alguien cortó las luces. Tanto los padres como la hermana mayor de Claudine perecieron en ese fuego, junto con casi ochocientas personas más, y ella, una joven relativamente rica y de repente sola en Viena, optó por marcharse a París en cuanto se repuso del trauma de la pérdida.

—Bien. Bueno, muy alterada por la guerra. Viena ya no es lo que era… —Se detuvo ante la dificultad de explicarle a aquella mujer, que salía poco de casa, apenas abandonaba el barrio y nunca había cruzado los márgenes de la Ciudad Condal, el cambio experimentado en un lugar tan lejano para ella como la capital del Imperio austro-húngaro. Desistió—. En realidad, se encuentra bien. Como siempre, más o menos. Algo más mayor.

Enriqueta permaneció inmóvil, esperando al parecer que él elaborara algo más su explicación.

—Los años pasan para todos —apostilló con un deje de satisfacción bastante evidente.

—En efecto. —Frederic hizo otro intento por sonreír—. Yo acabo de cumplir veintisiete, ya no soy el niño al que había que vigilar para que se terminara la comida.

Si creía que el recurso de la nostalgia iba a servirle de algo con Enriqueta, tardó poco en ver que ella no se dejaba conmover con facilidad. Al contrario, se tomó la frase como una crítica y repuso, sin el menor atisbo de emoción:

—Yo cumplía órdenes. No crea que no tenía otras cosas mejores que hacer, además de vigilarlo. —Lo dijo como si se hubiera tratado de una carga injusta añadida a sus quehaceres domésticos, una tarea que se había visto obligada a desempeñar a la fuerza y que, para colmo, ahora le ocasionaba reproches.

—Ya lo supongo —dijo él, levemente ofendido—. Pues ahora ya no es necesario. Puede ir a la cocina, o a donde quiera. No hace falta que se quede conmigo.

Ella asintió y dio media vuelta, con el mismo paso cansado de antes. Desapareció dejando el rastro incómodo que suele desprenderse de las conversaciones desagradables, un regusto un tanto agrio que le llevó a endulzar un poco más el café con leche. En los últimos meses, había mantenido suficientes encuentros dolorosos con personas que le importaban más que la vieja Enriqueta y su amargura existencial. Resultaba curioso que los quince meses en el frente, desde que se alistó voluntario a finales del verano de 1914 hasta que sufrió la herida que le devolvió a casa definitivamente, le hubieran descubierto todo un mundo de amistad y compañerismo con los hombres de su unidad, una amistad recia y sin florituras, auténtica en un sentido esencial de la palabra, y al mismo tiempo hubieran significado su alejamiento de las dos mujeres que habían tenido algún peso significativo en su vida, su madre y Gretta. Por motivos distintos, en realidad opuestos, ambas terminaron enojadas y ofendidas por sus decisiones, incapaces de comprender las razones que le empujaron primero a unirse a la contienda y luego a despotricar contra ella. Las oficinas de reclutamiento, instaladas en el parque del Prater, reclamaban el alistamiento voluntario de los jóvenes austríacos, tiñendo el acto de un air ...