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LOS DíAS DE JESúS EN LA ESCUELA

J.M. Coetzee

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Fragmento

1

Él esperaba que Estrella fuera más grande. En el mapa figura como un punto del mismo tamaño que Novilla. Pero mientras que Novilla es una ciudad de verdad, Estrella no es más que pueblo grande y disperso, ubicado en una campiña de colinas, campos y huertos por la que traza sus meandros un río perezoso.

¿Acaso será posible empezar una vida nueva en Estrella? En Novilla él pudo acudir a la Oficina de Reubicación para conseguir alojamiento. ¿Acaso Inés, el niño y él podrán encontrar una casa aquí? La Oficina de Reubicación es caritativa, es la encarnación misma de una modalidad impersonal de la caridad; pero ¿acaso esa caridad se extenderá a unos fugitivos de la ley?

Juan, el autoestopista que se les unió de camino a Estrella, le ha sugerido que busquen trabajo en una de las granjas de la zona. Los granjeros siempre necesitan jornaleros, les dice. Las granjas más grandes incluso tienen barracones dormitorio para los temporeros. Si no es temporada de naranjas, será la de manzanas; si no es la de manzanas, será la de la uva. Estrella y sus inmediaciones son un verdadero cuerno de la abundancia. Si ellos quieren, él puede indicarles cómo llegar a una granja donde una vez trabajaron unos amigos suyos.

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Él cruza una mirada con Inés. ¿Deberían seguir el consejo de Juan? El dinero no es problema, él tiene bastante en el bolsillo, podrían alojarse con facilidad en un hotel. Pero si realmente les están yendo detrás las autoridades de Novilla, tal vez les convendría más juntarse con la población anónima y de paso.

—Sí —dice Inés—. Vamos a esa granja. Ya llevamos demasiado tiempo metidos en el coche. Bolívar necesita que lo paseen.

—Yo pienso lo mismo —dice él, Simón—. Pero una granja no es un campamento de vacaciones. Inés, ¿estás dispuesta a pasarte todo el día recogiendo fruta bajo un sol de justicia?

—Trabajaré como todos —dice Inés—. Ni más ni menos.

—¿Yo también puedo recoger fruta? —dice el niño.

—Me temo que no, tú no —dice Juan—. Eso iría contra la ley. Sería trabajo infantil.

—A mí no me molesta el trabajo infantil —dice el niño.

—Estoy seguro de que el granjero te dejará recoger fruta —dice él, Simón—. Pero no demasiada. No lo bastante como para que sea trabajar.

Cruzan Estrella con el coche, por la calle principal. Juan les señala el mercado, los edificios administrativos y el modesto museo de arte. Cruzan un puente, dejan atrás el pueblo y siguen el curso del río hasta que aparece ante ellos una casa imponente en la ladera de la colina.

—Esa es la granja que os decía —dice Juan—. Ahí fue donde mis amigos encontraron trabajo. El refugio está detrás. Tiene una pinta espantosa, pero en realidad es bastante cómodo.

El refugio se compone de dos barracones alargados de acero galvanizado unidos por un pasadizo cubierto; a un lado está la caseta de los lavabos. Él aparca el coche. El único que sale a darles la bienvenida es un perro canoso de patas agarrotadas que, refrenado por su cadena, les gruñe y les enseña unos colmillos amarillentos.

Bolívar se despereza y se escabulle del coche. Inspecciona de lejos al perro desconocido y decide no hacerle caso.

El niño entra corriendo en los barracones y vuelve a salir.

—¡Tienen literas dobles! —grita—. ¿Puedo dormir en una litera de arriba? ¡Por favor!

Ahora una mujer corpulenta con delantal rojo y vestido suelto de algodón aparece procedente de la parte de atrás de la granja y se les acerca bamboleándose por el camino.

—¡Buenos días, buenos días! —les dice, levantando la voz. Examina el coche cargado—. ¿Vienen de lejos?

—Sí, de muy lejos. Nos preguntábamos si necesitaban algún jornalero más.

—Siempre nos viene bien tener a más gente. Cuantos más trabajen, más liviano es el trabajo. ¿No dicen eso los libros?

—Seríamos solo dos, mi mujer y yo. Mi amigo aquí presente tiene otras obligaciones. Este es nuestro hijo, se llama David. Y este es Bolívar. ¿Habría un sitio para Bolívar? Forma parte de la familia. No vamos a ninguna parte sin él.

—Bolívar es su nombre de verdad —dice el niño—. Es un alsaciano.

—Bolívar. Es un nombre bonito —dice la mujer—. Poco común. Seguro que tenemos algún sitio para él, siempre y cuando se porte bien, se conforme con comer sobras y no se meta en peleas ni persiga a los pollos. Ahora mismo los trabajadores están en los huertos, pero les puedo enseñar los dormitorios. El de la izquierda es el de los hombres y el de la derecha el de las mujeres. Me temo que no hay habitaciones familiares.

—Yo voy a estar en el lado de los hombres —dice el niño—. Dice Simón que puedo dormir en una litera de arriba.

—Haz lo que quieras, chico. Hay espacio de sobra. Los demás volverán…

—Simón no es mi padre de verdad y yo en realidad no me llamo David. ¿Quieres saber cómo me llamo de verdad?

La mujer echa una mirada desconcertada a Inés, que finge no verla.

—Veníamos jugando a un juego en el coche —interviene él, Simón—. Para pasar el rato. Hemos jugado a ponernos nombres nuevos.

La mujer se encoge de hombros.

—Los demás volverán pronto para el almuerzo y entonces podréis presentaros. La paga son veinte reales al día, lo mismo para los hombres que para las mujeres. Se trabaja desde que sale el sol hasta que se pone, con dos horas para descansar a mediodía. El séptimo día descansamos. Es el orden natural y es el orden que seguimos. En cuanto a la comida, nosotros os damos los ingredientes y vosotros los cocináis. ¿Os parecen bien las condiciones? ¿Creéis que os apañaréis? ¿Habéis recogido fruta antes? ¿No? Aprenderéis deprisa, no tiene mucho misterio. ¿Tenéis gorras? Vais a necesitar gorras, el sol pega bastante fuerte. ¿Qué más os puedo decir? A mí me podéis encontrar siempre en la casa grande. Me llamo Roberta.

—Roberta, encantado de conocerte. Yo soy Simón, ella es Inés y él es Juan, que nos ha hecho de guía; a él lo voy a llevar ahora en coche al pueblo.

—Bienvenidos a nuestra granja. Estoy segura de que nos llevaremos bien. Es bueno que tengáis coche propio.

—Nos ha traído desde lejos. Es un coche fiel. Es lo mejor que se le puede pedir a un coche, fidelidad.

Para cuando terminan de descargar el coche, los jornaleros ya han empezado a volver poco a poco de los huertos. Todo el mundo se presenta y les ofrecen almorzar con ellos, a Juan incluido: pan casero, queso, aceitunas y cuencos grandes de fruta. Sus compañeros son una veintena más o menos, entre ellos una familia con cinco hijos a los que David examina desde su lado de la mesa.

Antes de conducir a Juan de vuelta a Estrella, él se lleva un momento aparte a Inés.

—¿Qué te parece? —le dice en voz baja—. ¿Nos quedamos?

—El sitio se ve bien. Estoy dispuesta a quedarme aquí mientras buscamos otra cosa. Pero necesitamos un plan. No he hecho todo este viaje para terminar llevando la vida de una simple jornalera del campo.

Inés y él han discutido la cuestión antes. Si las autoridades les están yendo detrás, necesitan ser prudentes. Pero ¿acaso les están yendo detrás? ¿Tienen razones para temer que los persigan? ¿Acaso la ley tiene suficientes recursos para mandar agentes a los confines más remotos del país y detener a un niño de seis años por hacer novillos? ¿Acaso es motivo de preocupación verdadera para las autoridades de Novilla el hecho de que un niño vaya o no a la escuela, siempre y cuando no crezca analfabeto? Él, Simón, lo duda. Por otro lado, ¿y si resulta que no están persiguiendo al niño que hace novillos, sino a la pareja que, jurando falsamente que son sus padres, lo ha sacado de la escuela? Si es a Inés y a él a quienes están buscando, ¿acaso no deberían permanecer escondidos hasta que sus perseguidores, agotados, abandonen la cacería?

—Una semana —propone él—. Seamos simples jornaleros durante una semana. Entonces nos lo replantearemos.

Va con el coche a Estrella y deja a Juan en casa de unos amigos suyos que tienen una imprenta. De vuelta en la granja, se reúne con Inés y con el niño para explorar su nuevo entorno. Visitan los huertos y son iniciados en los misterios de las cizallas y el cuchillo de poda. Le dicen a David que los deje solos un rato y él desaparece, quién sabe dónde, con los demás niños. A la hora de la cena vuelve con arañazos, en los brazos y las piernas. Han estado subiéndose a los árboles, les cuenta. Inés quiere ponerle yodo en los arañazos, pero él no se deja. Se retiran a la cama temprano, igual que todos los demás, y David se va a su deseada litera de arriba.

Para cuando llega el camión de la mañana, Inés y él ya han desayunado a toda prisa. David, que todavía se está quitando las legañas, no participa de su desayuno. Ellos suben al camión junto con sus nuevos compañeros y son llevados a los viñedos; siguiendo el ejemplo de sus compañeros, Inés y él se atan unos canastos a la espalda y se ponen manos a la obra.

Mientras ellos trabajan, los niños son libres de hacer lo que quieran. Liderados por el mayor de la tribu de cinco hermanos —un niño llamado Bengi, alto, flaco y con una mata de pelo negro rizado—, corren colina arriba hasta la represa de tierra que riega los viñedos. Los patos que están nadando en ella se alejan alarmados, todos menos una pareja con polluelos demasiado inmaduros para volar, que en su intento de escapar empujan a su camada hacia la otra orilla. Pero son demasiado lentos: los niños los desvían entre gritos excitados y los obligan a volver al medio de la represa. Bengi empieza a tirarles piedras; los más pequeños lo imitan. Incapaces de volar, las aves nadan en círculos y graznan ruidosamente. Una piedra golpea al macho de colores más hermosos. El animal saca medio cuerpo del agua, se vuelve a zambullir y se aleja chapoteando con un ala rota. Bengi suelta un grito de triunfo. El diluvio de piedras y terrones se redobla.

Inés y él oyen el barullo con incertidumbre; los demás recolectores no prestan atención.

—¿Qué crees que es ese ruido? —dice Inés—. ¿Crees que le puede haber pasado algo a David?

Él deja el canasto en el suelo, sube la ladera de la colina y llega a la represa a tiempo de ver cómo David le da al chico mayor un empujón tan furioso que lo hace tambalearse y casi caer.

—¡Para! —lo oye gritar.

El chico se queda mirando con asombro a su asaltante; a continuación se da la vuelta y les tira otra piedra a los patos.

Ahora David se zambulle en el agua, con zapatos y todo, y se pone a chapotear en dirección a los patos.

—¡David! —lo llama él, Simón.

El niño no le hace caso.

En el viñedo al pie de la colina, Inés deja su canasto y echa a correr. Él no la ha visto afanarse tanto desde que la vio jugar al tenis el año pasado. Ahora va despacio, sin embargo; ha ganado peso.

El perrazo sale de la nada y pasa corriendo al lado de ella, directo como una flecha. Se zambulle en el agua y al cabo de un momento ya está al lado de David. Le agarra la camisa con los dientes y lo arrastra hasta la orilla, entre las protestas y manotazos del niño.

Llega Inés. El perro se tumba en el suelo, con las orejas caídas y los ojos clavados en ella, esperando una señal, mientras David, con la ropa empapada, se dedica a berrear y a gol­pearlo con los puños.

—¡Te odio, Bolívar! —chilla—. ¡Ese niño estaba tirando piedras, Inés! ¡Quería matar al pato!

Él, Simón, coge en brazos al niño entre pataleos.

—Tranquilo, tranquilo —le dice—. El pato no está muerto, ¡míralo! Solo es un chichón. Pronto se pondrá mejor. Ahora, niños, creo que tenéis que iros todos y dejar que los patos se tranquilicen y sigan con sus cosas. Y tú no digas que odias a Bolívar. Tú lo quieres, lo sabemos todos, y él te quiere a ti. Ha creído que te estabas ahogando y ha intentado salvarte.

David se escabulle de sus brazos, furioso.

—Yo iba a salvar al pato —dice—. No le he pedido a Bolívar que venga. Bolívar es tonto. Es un perro tonto. Ahora lo tienes que salvar tú, Simón. ¡Venga, sálvalo!

Él, Simón, se quita los zapatos y la camisa.

—Ya que insistes, lo intentaré. Pero déjame que te comente que la idea que tiene un pato de que lo salven puede ser muy distinta a la idea que tienes tú de que te salven a ti. Y puede que esa idea incluya cosas como que te dejen en paz los humanos.

Acaban de llegar unos cuantos vendimiadores más.

—Déjalo, ya voy yo —se ofrece un hombre más joven.

—No, es muy amable de tu parte, pero esto es cosa de mi hijo.

Él se quita los pantalones y se mete en calzoncillos en las aguas marrones. El perro aparece a su lado sin apenas salpicar.

—Vete, Bolívar —le dice él en voz baja—. Yo no necesito que me salves.

Apiñados en la orilla, los vendimiadores miran cómo ese caballero ya no tan joven y con un cuerpo no tan firme como en su época de estibador se dedica a hacer la voluntad de su hijo.

El agua no cubre mucho. Ni siquiera en la parte más profunda le llega por encima del pecho. Aun así, le cuesta mucho mover los pies por el lodo blando del fondo. Es completamente imposible que pueda alcanzar al pato del ala rota, que ahora chapotea por la superficie trazando círculos irregulares, ya no digamos a la madre pato, que a estas alturas ya ha llegado a la otra orilla y se ha escabullido por entre la maleza seguida de su camada.

Es Bolívar quien acaba haciéndolo en su lugar. Deslizándose a su lado como un fantasma, sin asomar más que la cabeza por encima del agua, encuentra al pato herido, le cierra las fauces como si fueran un tornillo de banco sobre el ala inerte y lo arrastra hasta la orilla. Al principio hay un frenesí de resistencia, un batir de alas y un chapoteo; luego, de golpe, el ave parece aceptar su destino. Para cuando él, Simón, ha emergido del agua, el pato ya está en brazos del joven que se ha ofrecido antes para ir en su lugar y los niños lo están inspeccionando con curiosidad.

Aunque ya está muy alto en el cielo, el sol apenas lo calienta. Se pone la ropa, temblando.

Bengi, el mismo que lanzó la piedra que ha causado todo este problema, acaricia la cabeza del pato; el animal se muestra completamente pasivo.

—Pídele perdón por lo que has hecho —le dice el joven.

—Perdón —murmura Bengi—. ¿Le podemos curar el ala? ¿Se la podemos entablillar?

El joven niega con la cabeza.

—Es una criatura silvestre —dice—. No se dejará entablillar. Está listo para morir. Lo ha aceptado. Mira. Mírale los ojos. Ya está muerto.

—Se puede quedar en mi litera —dice Bengi—. Le puedo dar de comer hasta que se mejore.

—Date la vuelta —le dice el joven.

Bengi no lo entiende.

—Date la vuelta —dice el joven.

Y él, Simón, le susurra a Inés, que está secando al niño:

—No le dejes mirar.

Ella se pega la cabeza del niño a la falda. Él se resiste, pero ella se muestra firme.

El joven agarra al pato entre las rodillas. Un movimiento rápido y ya está. La cabeza queda colgando desgarbadamente; los ojos se le entelan. El joven le da el cadáver emplumado a Bengi.

—Ve a enterrarlo —le ordena—. Venga.

Inés suelta al niño.

—Ve con tu amigo —le dice él, Simón—. Ayúdale a enterrar al pato. Asegúrate de que lo hace como es debido.

Más tarde el niño los busca a Inés y a él mientras están trabajando en las viñas.

—¿Qué? ¿Habéis enterrado al pobre pato? —le pregunta él.

El niño niega con la cabeza.

—No hemos podido cavarle un hoyo. No teníamos pala. Bengi lo ha escondido entre las matas.

—Eso no está bien. Cuando termine mi jornada iré yo y lo enterraré. Tú me enseñas dónde está.

—¿Por qué ha hecho eso?

—¿Por qué ese joven le ha dado una muerte piadosa? Ya te lo he dicho. Porque el pato no habría podido hacer nada con el ala rota. Se habría negado a comer. Se habría dejado morir.

—No, pregunto por qué ha hecho eso Bengi.

—Estoy seguro de que no tenía mala intención. Simplemente estaba tirando piedras y una cosa ha llevado a la otra.

—¿Y las crías también se morirán?

—Claro que no. Tienen a su madre, que las cuida.

—Pero ¿quién les va a dar leche?

—Las aves no son como nosotros. No beben leche. Y en todo caso, son las madres las que dan leche, no los padres.

—¿Encontrarán a un padrino?

—No creo. No creo que haya padrinos entre las aves, igual que no hay leche. Los padrinos son una institución humana.

—Bengi no está arrepentido. Dice que lo siente, pero no lo siente de verdad.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Que quería matar al pato.

—No estoy de acuerdo, hijo. No creo que supiera lo que estaba haciendo, al menos no del todo. Estaba tirando piedras de esa forma en que tiran piedras los chicos. No era su intención matar a nadie. Y después, cuando ha visto que el pato era una criatura hermosa y él había hecho una cosa terrible, se ha arrepentido y lo ha sentido.

—No es verdad que lo sienta. Me lo ha dicho.

—Si no lo siente todavía, lo sentirá pronto. Su conciencia no le dará descanso. Así somos los seres humanos. Si hacemos algo malo, no lo podemos disfrutar. Nuestra conciencia se encarga.

—¡Pero estaba brillando! ¡Lo he visto! ¡Estaba brillando y tirando piedras con todas sus fuerzas! ¡Quería matarlos a todos!

—No sé qué quieres decir con eso de que estaba brillando, pero aunque brillara, y aunque tirara piedras, eso no demuestra que tuviera la intención real de matarlos. No siempre podemos prever las consecuencias de nuestros actos, sobre todo cuando somos jóvenes. Y no te olvides de que se ofreció para cuidarle el ala rota al pato y para darle cobijo en su litera. ¿Qué más podía hacer? ¿Des-tirar la piedra que tiró? Eso es imposible. El pasado no se puede cambiar. Lo hecho, hecho está.

—No lo ha enterrado. Lo ha tirado entre las matas.

—Y yo lo siento, pero el pato está muerto. No lo podemos traer de vuelta. En cuanto se acabe mi jornada iremos tú y yo y lo enterraremos.

—Yo quería darle un beso, pero Bengi no me ha dejado. Me ha dicho que estaba sucio. Pero le he dado el beso de todas maneras. Me he metido en las matas y le he dado un beso.

—Muy bien, me alegro de oírlo. Le hará mucho bien saber que alguien lo quiso y lo besó después de muerto. También le hará mucho bien saber que lo han enterrado como es debido.

—Entiérralo tú. Yo no lo quiero enterrar.

—Muy bien, lo enterraré yo. Y si mañana por la mañana volvemos y la tumba está vacía y nos encontramos a la familia de patos entera nadando en la represa, padre, madre y polluelos, sin que falte nadie, entonces sabremos que los besos funcionan y que los besos lo pueden traer a uno de vuelta de la tumba. Pero si no lo vemos, si no vemos a la familia de patos…

—No quiero que vuelvan. Si vuelven, Bengi se pondrá a tirarles piedras otra vez. No está arrepentido. Solo lo está fingiendo. Yo sé que está fingiendo, pero tú no me crees. No me crees nunca.

No hay ni una pala ni un pico por ningún lado, de forma que él coge del camión una palanca para desmontar neumáticos. El niño lo lleva hasta las matas donde está tirado el cadáver. Las plumas ya han perdido el brillo y las hormigas le han encontrado los ojos. Él cava un agujero con la palanca en el suelo pedregoso. No es lo bastante profundo y él no puede fingir que le está dando un entierro decente, pero aun así echa al pato muerto al fondo del agujero y lo cubre. Queda asomando una pata palmeada, rígida. Él coge unas cuantas piedras y las pone sobre la tumba.

—Ahí está —le dice al niño—. Ya no puedo hacer más.

Cuando visitan el lugar a la mañana siguiente, las piedras están todas desperdigadas y el pato no está. Hay plumas por todas partes. Ellos lo buscan, pero solo encuentran la cabeza con las cuencas de los ojos vacías y una pata.

—Lo siento —dice él.

Y se aleja dando zancadas para unirse a la cuadrilla de vendimiadores.

2

Dos días más tarde se termina la vendimia; el camión ya se ha llevado las últimas cubas.

—¿Quién se va a comer todas esas uvas? —le pregunta David.

—No son para comer. Las van a prensar en un lagar y el mosto se va a convertir en vino.

—A mí no me gusta el vino —dice David—. Es amargo.

—El vino no gusta de entrada. De niños no nos gusta y de mayores nos acostumbramos a su sabor.

—Yo no me voy a acostumbrar nunca.

—Eso dices ahora. Ya veremos después.

Una vez vaciados de fruta los viñedos, los trabajadores se trasladan a los olivares, donde despliegan redes por el suelo y usan unos ganchos largos para hacer caer las aceitunas. Es un trabajo más duro que recoger uvas. Él agradece el descanso del mediodía; el calor de las largas tardes se le hace duro de aguantar, y a menudo se ve obligado a parar para beber o simplemente para recobrar fuerzas. Le cuesta creer que hace solo unos meses estaba trabajando en los muelles de estibador, cargando bultos enormes y sin apenas una gota de sudor. Ahora su espalda y sus brazos han perdido la fuerza de antaño, el corazón le late a ritmo de tortuga y le incordia el dolor de la costilla que se rompió.

De Inés, que no está acostumbrada al trabajo físico, él se esperaba quejas y rezongos. Pero no: ella trabaja a su lado el día entero, sin disfrutar pero sin decir tampoco una palabra. No le hace falta que le recuerden que fue ella quien decidió escapar de Novilla para ponerse a vivir como gitanos. Pues bueno, por fin ha averiguado cómo viven los gitanos: trabajando duro en campos ajenos, de sol a sol, a cambio de la comida y de unos pocos reales en el bolsillo.

Pero al menos el niño se lo está pasando bien, el mismo niño por cuyo bien huyeron de la ciudad. Después de un periodo breve y altivo de distanciamiento, se ha vuelto a juntar con Bengi y su tribu; incluso parece que se ha erigido en su líder. Porque ahora es él, y no Bengi, quien da las órdenes, y Bengi y los demás le obedecen dócilmente.

Bengi tiene tres hermanas menores. Las tres llevan idénticos vestidos de calicó y el pelo recogido en coletas idénticas atadas con gomas rojas idénticas, y participan en todos los juegos de los chicos. En su escuela de Novilla, David se negaba a tener nada que ver con las niñas. «Siempre están hablando en voz baja y soltando risitas —le dijo una vez a Inés—. Son tontas.» Ahora, por primera vez, está jugando con niñas y no parece que las encuentre tontas para nada. ...