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LOS DíAS IGUALES DE CUANDO FUIMOS MALAS

Inma López Silva

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Fragmento

El sabor de las cerezas

Amor, cuando estaba en la cárcel lo único que quería era que pasasen los minutos y que la sensación de relojes parados se marchase al ritmo del cumplimiento de la condena. Ahora que eso ya ha pasado y el tiempo corre, siempre tengo miedo de que el teléfono suene estrepitosamente y me anuncie tu muerte. Puedo, como me dices siempre, ahuyentar fantasmas escribiendo esta novela que ya tarda. Solo que tú no sabes que hace años que no soy capaz de escribir ni una línea, así que todo lo que salga a partir de ahora, durante este tiempo asqueroso en el que escribo, no será más que basura. Verás.

Ya te dije un día que me obsesionan los accidentes de tráfico. Te reíste de mí y ahora así me va. En realidad, sabía que tener un móvil al que avisar en caso de accidente me condenaba de nuevo y me ataba a la preocupación por ti mucho más que el contrato matrimonial. Y ahora aquí me tienes, sin saber si es mejor encender la radio y adormilarme entre tertulias matinales que siempre integro en sueños absurdos o dejarme llevar por estas palabras agobiantes, escribiendo de cualquier manera, mientras tú conduces. Mientras trabajas. Mientras coges el coche, te vas y me dejas sola, pensando que puedo escribir como antes. Mientras estás lejos de mí creyendo que estoy sana y que soy buena.

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Ahora tengo la suerte de saber a ciencia cierta que el tiempo siempre pasa. En realidad, aprendí por fin que todo pasa, como pasaron los días iguales en los que de verdad existía el peligro de que los relojes se parasen solo para mí. Si mientras estás fuera no llaman, podré vivir en paz hasta mañana. Y será así el resto de nuestra vida, hasta el día en que te mueras. O en que muera yo.

Por las tardes esto no me sucede. Después de comer, la angustia se me olvida, e incluso me siento algo culpable cuando pienso que debería estar preocupándome, como por las mañanas, y me entero de que ya es tarde, de que ya debes de estar de vuelta, que el peligro ha pasado mientras yo atendía otras cosas que no eran tú. Por las tardes hasta dejo el teléfono en el bolso mientras conduces. La angustia es matinal, y la culpabilidad, vespertina.

Si consiguiese dormir, a lo mejor no pensaría en estas cosas, pero los números fosforescentes del reloj presionan como el cronómetro de la cuenta atrás de una bomba. Es así como me siento, amor: como una artificiera a punto de volar por los aires si el teléfono suena y me dicen que has muerto. Porque un día me dijiste que preferías morir antes que yo, ¿te acuerdas? Es difícil convivir con la certeza de que quieres morir primero y me dejarás.

Tampoco creo que la solución esté en invertir la espera escribiendo esta historia que habla del tiempo anterior a la vida contigo. Me he secado. Por supuesto que no tenías ni idea, pero las verdades y mentiras se me quedaron enganchadas a las rejas de la prisión en un tiempo anterior a ti que ni siquiera imaginas.

Cómo se parece la palabra prisión a presión. Prisión. Presión. Presión. Prisión. Si las repites muchas veces, las dos dejan de tener sentido. Es curioso. Lo mismo te pasa cuando vives rodeada de ellas, en la cárcel. Por las mañanas siento la presión no solo de que mueras, sino de que me avisen de que has muerto, y quedarme así, aprisionada en tu ausencia insoportable. Que escriba dices, que me dedique a lo mío en esta hora en la que solo pienso en tu muerte. ¿Y qué se escribe cuando la cabeza únicamente está llena de angustias?

Suena el timbre del teléfono. Me detengo. Respiro. Miro el reloj. Puede ser. Reúno valor. Sigue sonando. Pero se detiene antes de que lo coja, y yo escribo, mi amor, porque tú me lo pides.

Aquí tienes.

Cuando no llevan puestas las chaquetas, los funcionarios de prisiones van vestidos de gris. Silver grey se llama, por lo visto. De buenas a primeras, parecen repartidores de refrescos u obreros de la construcción, pero después, si te fijas bien, tienen toda la pinta de simples carceleros. En realidad, no existe una manera agradable de mirarlos, y ellos, por lo general, tampoco nos miraban a las internas como se mira normalmente a las personas. Hay algo extraño, un navegar entre el miedo y la condescendencia, en el trato entre funcionarios y reclusas. Siempre creí que, mientras opositan, aprenden a no vernos como a mujeres y así poder practicar con nosotros una especie de trato administrativo, distante, ideado para que pienses que sentirte despreciada no es más que una ilusión personal tuya, causada sobre todo por los años de presidio.

Lo cierto es que en el aire de la cárcel todas dábamos asco. Todas. Aunque nadie fuera del todo culpable ni del todo inocente, era evidente en todos y cada uno de los rincones de aquellas paredes que jamás podríamos volver a vernos ni del todo limpias ni del todo sucias. Para los funcionarios no éramos más que eso, presas, aunque nos llamasen internas. Los que tenían veleidades psicoanalíticas quizá nos veían como presas de nosotras mismas, de nuestras vidas desgraciadas, de nuestras infancias tristes y mutiladas, presas incluso de este mundo en el que alguien nos había metido, pobrecitas de nosotras. Pero la mayoría de ellos nos veían simplemente como reclusas por concurso público, personas que es mejor tener lejos, como cuando decides cambiarte de acera porque unos adolescentes camorristas se van a cruzar contigo y tu carrito de bebé. Y sí, es cierto que no éramos más que mujeres sin vida allí dentro, y solo deseábamos que el tiempo pasara cuanto antes para salir, que aquellos años se convirtiesen en un paréntesis para poder comportarnos algún día como si todo aquello no hubiera ocurrido nunca.

En la hora de la siesta, acostada en el catre con la radio encendida, yo fantaseaba con la idea de cruzarme algún día en la calle con alguna de las compañeras y hacer como que no la conocía, como si no fuésemos una especie de familia mal mirada, como si nunca nos hubiésemos visto llorar ni conociéramos nuestros nombres, o los nombres de aquellos que nos la metieron cruzada y nos lanzaron de cabeza a perder una parte de nuestras vidas en ese paréntesis. Eso me ayudaba a llegar a la hora de la cena sin querer morirme.

Paréntesis como un empacho de cerezas.

Antes de escribir este libro, amor, voy a contarte que los veranos larguísimos en casa de mis abuelos los pasaba jugando al escondite con mis primos, a pesar de que siempre me hacían trampas. Daba igual quien contara, y daba igual que fuera una tortura ponerme a contar a mí porque solo me sabía los números hasta veinte, treinta, si le ponía mucha atención: se las apañaban siempre para ser ellos los que se escondían y yo quien los buscaba. Sigo pensando que lo hacían porque, además de la más pequeña de todos, era niña. Y yo siempre caía en la misma trampa y siempre sentía la misma mezcla de ira y pena cuando me veía buscándolos una y otra vez como una idiota, llamándolos, metiéndome en agujeros llenos de bichos, montando guardia delante de la pared del garaje donde se contaba y enterándome, mucho tiempo después, de que no vendrían porque ya habían salido de sus escondrijos y estaban jugando a otra cosa sin mí desde hacía un buen rato.

Un día coincidieron dos acontecimientos importantes. Uno: decidí rebelarme. Y dos: descubrí el escondite perfecto en un cerezo que había en las lindes de la inmensa finca de mis abuelos. Allí subida, nadie podría encontrarme, así que trepé y trepé hasta acomodarme en una rama ancha, bien camuflada por las hojas del árbol, y me puse a comer cerezas esperando ver pasar a mis primos escondiéndose de mí. Allí arriba, decidí categóricamente que no me encontrarían jamás y que no bajaría hasta que los oyera llorar ante sus madres por haberme perdido en lugar de cuidarme. No fue un acto de protesta, como el barón rampante que subió a un árbol y luego no quiso bajar más. Fue un simple acto de venganza en el que aprendí a ser mala y a sentir placer.

Mientras piensas en ser cruel, amor, no fracasas. Y da gusto.

Nunca comí tantas cerezas, ni tan buenas, tan dulces, tan gustosas. Cerca de mí, un pájaro me miraba desconcertado, como si tuviera miedo de quedarse sin sustento. Si alzaba la vista, podía ver retales de cielo entre las cerezas y las hojas. Allá abajo, el tronco de cortar la leña y el hacha clavada como estaba siempre. Lo recuerdo así, el tronco bajo el cerezo, y cierto miedo a caerme encima del hacha que me amenazaba con su filo goloso. Suspiraba y todo me sabía a una extraña libertad de cerezas y calor. Y pasé así mucho tiempo, entre el hacha y las cerezas.

¿Me habrían hecho lo mismo mis primos si hubieran sabido que un día sería una convicta? ¿Si hubieran imaginado, aunque solo fuera de lejos, la bestia que yo llevaba dentro? Aún no habían comenzado las miradas furtivas, los silencios telefónicos, ni el hacer como si no supiesen quién era yo. Entonces no éramos más que niños, todavía no había muerto ninguno de nosotros, ni habíamos perdido una pizca de inocencia, y no imaginábamos que el futuro fuera a venir como lo hizo.

Estuve en aquel árbol comiendo cerezas esa tarde entera, hasta bien entrada la noche. Hasta que mi abuela, después de que todos mis primos fueran pasando a cenar los macarrones gratinados que siempre mantenía calientes en el horno, se dio cuenta de que faltaba yo, y, claro, le entró ese afán sosegado que solo existía en aquellos tiempos en que una abuela nunca pensaba en la posibilidad de que alguien tuviera el más mínimo interés en raptar a una niña.

Después de castigar e interrogar por ese orden a mis primos, salió a la finca voceando mi nombre. Primero lo oí muy lejos, diminuto, pero luego fue un golpe de voz a mi lado, ¡Inma!, que me arrancó de aquel paréntesis de soledad y libertad lleno de cerezas. Por un rato especulé con la posibilidad de callar y quedarme allí para siempre, pero ver a mi abuela mirándome desde abajo muy muy pequeña, allí, tan cerca del tronco y del hacha, hizo que sintiera de pronto el vértigo y el dolor de estómago que no había tenido durante toda esa tarde en que, a los cinco años, me sentí más libre y poderosa que nunca.

—Venga, baja, que hay macarrones.

En ese momento me dio una punzada en el estómago.

—Es que no sé bajar…

—A tus primos un día de estos los machaco.

Entonces desapareció en la negrura de la noche. En cuanto dejé de verla comencé a sentir de repente el miedo, el mismo miedo que sentí tantas noches después en la cárcel desde la primera vez que se cerró a mis espaldas la puerta de la celda. Un miedo que se mezcla con orgullo, con hambre, con incertidumbres y con idiotez. «Abuela…», quise gritar, pero no me salió más que la vocecita leve que cabe por las rendijas de un nudo hecho con las cuerdas vocales. Y tragué saliva que mantenía aún el sabor dulce de las cerezas.

Juraría que pasaron horas hasta que la abuela Rocío apareció con una escalera de madera y una linterna. La apoyó en el cerezo y, gruesa como era ella, empezó a subir escalón tras escalón, pesadamente. Si no hubiera llevado la linterna en la boca, quizá me habría dicho algunas palabras de cariño, o más probablemente un reproche. Al verla subir, comencé a temer por la solidez del cerezo. ¿Podría con las dos? La escalera no alcanzaba hasta donde estaba yo. Al llegar al penúltimo escalón, la abuela puso la linterna en el bolsillo del delantal.

—Ahora tendrás que hacer tú un esfuerzo. Esas ramas pueden contigo pero conmigo no, así que, con mucho cuidado; yo te alumbro con la linterna y tú vas poniendo los pies en estas ramas de aquí como si fueran una escalera, hasta que estés cerca.

—¿Me vas a agarrar?

—Sí.

Y abrió unos brazos que en aquel momento me parecieron enormes.

—Me duele la barriga.

—No habrás estado comiendo cerezas todo este tiempo…

—Sí…

—¿Con el hueso?

—Con el hueso.

—Pues venga, baja poquito a poco y cuando entremos en casa, preparamos manzanilla.

—¿A ellos les vas a dar manzanilla?

—Lo que les voy a dar a ellos es un castigo para todo el verano. Venga, baja.

Y así, pensando en el castigo a mis primos y en la manzanilla con mucho azúcar que me esperaba sobre el mármol de la cocina económica, fui cerrando aquel paréntesis de cerezas, vigilando con el pie si la rama que iba a sostenerme podría con mi peso de niña de cinco años. En cuanto pudo, mi abuela me cogió con sus brazos gruesos y me ayudó a apoyar los pies en la escalera.

—Ahora ya es mucho más fácil, ¿verdad que sí? —me dijo mientras íbamos bajando las dos poco a poco. Era más fácil, y, sin embargo, sentí que algo de mí se quedaba en aquella tarde de vivir en un árbol con los pájaros y los pedazos de cielo entre las hojas.

Oigo el radio-despertador. Ha pasado esta primera hora de escribir como me pides, amor, y ahora siento alivio porque ya puedo parar. Me aseguro de que el teléfono no ha sonado otra vez sin que yo lo haya oído y me levanto a mirar la calle desde la ventana. Nunca pensé que tendría esta vida que parece fácil, cómoda y sencilla, como si yo fuese una de esas mujeres que no ocultan nada. Incluso el teléfono, tranquilo, empieza a parecerme inofensivo.

Y tú, amor, has sobrevivido por hoy.

Vigo

Para Margot, vivir en Vigo es desaprovechar el mundo un poco. Además, no se le va de la cabeza el día que encontró a aquella asesina ahorcada en la celda. Quitando esas dos obsesiones y un gran amor, siempre dejó correr la vida como si nada, en un ir y venir de días en los que la cárcel es el descanso de los veinte euros por chuparla, treinta por un polvo. Además, no se llama Margot, evidentemente, pero el nombre la precede como un estandarte, y contra eso no hay nada que hacer. Margot es Margot, una institución del Berbés.

El día en que con quince años Margot descubrió que en París también había un Berbés, soñó con ir allí. Intentó aprender algo de francés, más allá del consabido beso, y al mismo tiempo que las conjugaciones y todo lo que le ocurrió hasta convertirla en puta, decidió que su vocación era ejercer allá. En realidad, ese fue su único sueño, y no se cumplió nunca. Se quedó de puta en el Berbés, con ese nombre pretencioso que siempre le recuerda su sueño incumplido, como tantas otras cosas. Eso sí, si se lo piden, tiene un estilo tremendo cuando suelta frases en francés, con acento incluido. Es el sello de la casa, y gracias a eso tiene algún cliente fijo que le permite vivir más o menos bien, en una casita del Barrio del Cura (paradojas) alquilada con renta antigua, que está casi cayéndose pero que Margot tiene muy arreglada, con su colección de teteras y sus pósters de Montmartre, del Moulin Rouge y de cabareteras para tapar los desconchones y las manchas de humedad en las paredes.

Las teteras le gustaron a Margot desde niña, quién sabe por qué. Fue guardando algunas que robó porque eran bonitas y otras que le regalaron las amigas que conocen ese gusto suyo, tan refinado y extraño. Los carteles se los encarga de vez en cuando a los marineros franceses que pasan un par de noches en el puerto de Vigo, y así va variándolos de tal forma que incluso parece que se ha mudado de casa. O incluso que logra estar en París. Sí. Margot ha conseguido hacer de su casita un lugar acogedor, a salvo del resto de su vida. Y aunque parezca una tontería, pensar en ella le hace más llevaderas las temporadas en la cárcel. A veces se podría decir que incluso hace lo posible por que la detengan para pasar una pequeña temporada solo entre mujeres, de vacaciones de hombres, viéndolos como de lejos. Hace algunos años descubrió que solo así pueden seguir gustándole. Si no, ¿de qué viviría?

La primera vez que entró en prisión tenía veintiún años. Otras se gradúan con esa edad. Se metió en uno de esos cruceros enormes y forzó puertas de camarotes para birlar las carteras a quince suecos y a diez italianos, y todo habría ido como la seda si no hubiera sido porque a una inglesa medio paranoica se le ocurrió echar a correr tras ella, tropezaron y en el rifirrafe Margot arañó a la señora. La señora le tiró de los pelos a Margot; entonces ella, en un acto reflejo, le dio una patada en el estómago y, en fin, como Margot era puta y la inglesa profesora de matemáticas jubilada, se consideró que todas las carteras de los cruceristas habían sido un robo con violencia. Y fue así como Margot fue a dar con su cuerpo pequeño y escuálido a la prisión de A Lama, que a lo mejor resulta el sitio ideal para que una puta de veintiún años tenga su primera experiencia entre rejas, y la que más cerca queda de Vigo. Dos años, claro, porque pesaron las denuncias de siempre, las de ejercer la prostitución en la calle, que solo son malas cuando te trincan por otra cosa. De esa primera vez, Margot sacó en limpio un montón de buenos consejos sobre cómo no hay que robar. Y salió, en realidad, siendo la experta en que luego se convirtió.

Toda la vida ocurrió así: Margot siempre fue buena en todo lo que se propuso. La mejor puta del Berbés. La mejor carterista del casco viejo. La mejor estudiante de quinto. La mejor esposa. La mejor madre. Es terca y nunca aceptó la mediocridad. Y sin embargo, ha vivido sin que se cumplieran sus sueños.

En realidad, stricto sensu, sí hubo un sueño cumplido: su boda. Fue como ella misma, el mejor enlace del mundo.

Aquel día, Margot se levantó ansiosa. No era felicidad lo que sentía. Era expectación, nerviosismo. Amor tampoco es que hubiera demasiado, pero ¿qué más daba? Había ilusión y deseo de sobra. La esperaba una vida nueva. La pusieron hermosísima, con las joyas de la familia, con el vestido de pedrería, los zapatos de medio tacón y unos tirabuzones brillantes que le caían por la espalda dejando ver algo de su piel morena. Mientras la arreglaban, Margot temblaba de miedo. Ya lo llevaba agarrado en el estómago desde hacía un par de semanas, pero el miedo aumentó cuando las cosas fueron evidentes, en el momento en que llegaron con el vestido y el ajuar, cuando la maquillaron y, sobre todo, cuando se vio entera en el espejo vestida de novia, preparada para el ritual.

Y aun así, fue la mejor boda del mundo. A pesar del miedo, a pesar de los temblores, a pesar de no saber muy bien cómo se construye el amor, o si puede construirse siquiera. Con eso y con todo, Margot fue la novia perfecta. Y el novio, de alguna manera, también. Isaac, el del pacto con Yahvé, según la Biblia, el padre de uno que después compró una primogenitura por un plato de lentejas. Poco más sabía ella de la Biblia. Siempre había sabido que se casaría con Isaac, a lo mejor porque Margot entonces se llamaba Rebeca y las familias solían hacer esos guiños irónicos al destino y a las Sagradas Escrituras. Probablemente, el hecho de que Margot jamás dudase de que Isaac sería su marido ideal también tenía que ver con los nombres; Isaac, el del enlace perfecto, el de la vida única, el guía de los pueblos, como en la historia antigua de Israel. Más tarde ella siempre pensó en todo aquello como en el producto de otra vida.

En la Biblia, Rebeca era estéril. Tiene gracia. Isaac había sido en realidad el producto extraño también de la esterilidad de sus padres cuando su madre Sara lo parió a los noventa años, y su padre Abraham tendría alrededor de cien. Quizá por eso se atrevió a casarse con aquella mujer que le habían llevado sin elegirla y que era, asimismo, pariente suya. Además Rebeca era prima de su marido. La única diferencia entre ellos y la pareja de la Biblia era que esta Rebeca y este Isaac eran insultantemente jóvenes para una boda perfecta.

Cuando Margot no era Margot, solo soñaba con la boda y con verse desnuda en los brazos de Isaac. Soñaba con aquel día como sueñan casi todas las chicas como ella y, en realidad, no pensaba demasiado en la vida que tendría, ni siquiera, en realidad, en las cosas que rodeaban el matrimonio. Rebeca imaginaba los vestidos y sus diseños, el color de las medias y la longitud de las enaguas. Pensaba también en la comida y en el baile, en la música que le gustaría escuchar, en los cánticos de la ceremonia y en las invitadas que la llevarían en volandas hacia Isaac, a quien no había elegido y no amaba, pero que le gustaba porque soñaba con el contacto desnudo de la piel de ambos casi desde que tenía uso de razón y había entendido que ella existía para ser la esposa de Isaac, como en la Biblia.

El día de su boda llegó a creerse una mujer, aunque no era más que una cría cargada de maquillaje, velos blancos, tules que hacían frufrú, nerviosismo, y la virginidad como una losa. Luego la realidad se impuso y ya fue imposible crecer de golpe. Pero sí, Rebeca tuvo la mejor boda del mundo y fue la novia más guapa a sus catorce años, cumpliendo el destino de Dios.

El destierro comenzó cuando su padre gritó: «¡Esta hija ha muerto para nosotros!». Pero podría decirse que ya hubo un primer anuncio cuando el ritual.

Se habla mucho entre las muchachas gitanas sobre la prueba del paño y la vieja metiéndoles el dedo por ahí. Rebeca no sentía esa presión. Solo le molestaba pensar que alrededor de ella había una multitud de mujeres mientras estaba abierta de piernas, entre cojines y colchas; y le daba un poco de miedo no sentir dolor, sino placer, cuando empezasen a hurgarle por ahí abajo. Y le daba muchísima vergüenza pensar que detrás de la puerta, por donde se oía la música y las palmas, los hombres sabían lo que entre todas estaban haciéndole a ella. Pero fue horroroso. De allí no salía lo que tenía que salir, según la vieja de uñas negras que, por lo visto, era una tía abuela de Isaac muy experta en probar virginidades con el paño blanco. Estaba como blando, más elástico de lo normal, dijo alguien, y acabó sangrando, seguro, de tanto rascarlo. Hubo aplauso, sí, pero tímido, sin convencimiento. Eso Rebeca lo supo después, cuando parió a un hijo ochomesino y rubio.

Hay gitanos rubios. También hay gitanos que tienen unos enormes ojos verdes. Y hay gitanas que pierden la virginidad sin sexo, sin hombres, sin amor, ni nada parecido. Hay gitanas que pierden la virginidad por un golpe que les ha dado su padre o por una mala caída. Pero ella a los quince años no lo sabía.

Rebeca, la de la Biblia, también fue condenada a vivir sin su hijo Jacob, el favorito. Pero Margot habría dado la vida que no tuvo por tener un Esaú que la consolara de su infinita soledad cuando la desterraron por puta y por traidora, y por parir un bebé prematuro de bucles claros. Rebeca habría dado la vida entera por ver cómo a su bebé se le volvían verdes los ojos, y cómo jugaba a perseguir a los perros de los vecinos, y cómo empezó a ir a la escuela, y cómo cantaba en la iglesia. Pero como no tenía tanta vida que dar, dio solo toda su juventud y se convirtió en Margot. Dio la vida de la Rebeca a la que Isaac, quizá por quedar bien con los suyos, molió a palos hasta dejarla sin sentido, una semana después de nacer aquel Jacob al que alguien le cambió el nombre por otro distinto que Margot solo conoció siglos después. Fue la última vez que los vio: la dejaron en la puerta de un hospital muy lejano con la primera condena de su vida, el destierro. Ninguna de las penas de prisión que vino después logró hacer sombra a aquel destierro gitano.

Cuando se curó de las heridas, se quedó en Vigo, bien colocada en el camino de convertirse en Margot. Jamás se le pasó por la cabeza volver al lugar de donde procedía. Y jamás volvió a ver a Isaac, ni a la vieja de uñas negras, ni a su bebé rubio que después tuvo los ojos verdes. Su bebé, que vivió siempre con el estigma de ser hijo de una desterrada sin saber que en realidad su madre era una puta del Berbés, heroinómana por temporadas. Jamás nadie volvió a buscarla, ni a mirarla. No supo de nadie, ni de las bodas de sus hermanas, ni de los entierros de sus abuelos, ni del nacimiento de sus sobrinos. Ningún contacto hasta que ya fue demasiado tarde, tan tarde que esa nebulosa familiar no fue más que humo. Nada. La mataron en vida y todos ellos murieron para ella el día que la dejaron en la puerta de urgencias de aquel hospital del que salió con la certeza de que jamás nacería un Esaú que sustituyera al hijo rubio que le habían arrebatado.

La única que se resistió al destierro fue la madre de Margot. Aquella mujer, que asistió al ritual de la boda como culminación de catorce años de vigilancia escrupulosa de la virginidad de su hija, sabía que era imposible que Rebeca hubiera estado con un hombre que no fuese Isaac, quien además también era casi un niño. Pero tampoco se atrevió a hacer valer esa lógica, ni intentó siquiera que el hijo rubio le fuera devuelto a la madre desterrada. Aceptó aquello e intentó suplir su falta de valor con mucho cariño en las visitas que logró hacerle a su hija a escondidas demasiados años después, cuando consiguió averiguar dónde estaba. Con todo, Margot nunca le perdonó a su madre que no se atreviera a robar el niño y llevárselo. A lo mejor incluso vivir juntas con el pequeño una nueva vida en Vigo, pero no. Lo peor de todo es que Margot nunca entendió por qué la familia de Isaac se quedó con aquel niño rubio.

Vigo la ha salvado gracias a la vieja casita llena de teteras, los clientes encantados con su acento francés, los souvenirs que le hacen creer que viaja a París de vez en cuando, las nieblas bajas que entran por el oeste y convierten las islas Cíes en espectros de la ría que vigilan los trabajos de Margot, allí en un escalón de piedra o en una esquina, o en una huerta recóndita, con la acera de Jacinto Benavente siempre como punto de partida. En Vigo Rebeca ha ido desvaneciéndose, aunque Margot ha soñado mil veces con esconderse en alguno de los cruceros en los que robaba para ver dónde podía dejarla el destino. Pero en realidad nunca se atrevió, y con el tiempo, poco a poco, le fue bastando con los pósters colgados en las paredes desconchadas, los relatos de los marineros que habían estado en París, y un pico tranquilizador de jeringuillas tibias.

En la cárcel suele decir que le parece que ha desaprovechado el mundo, pero lo cierto es que siempre creyó que era mejor reducir las fronteras del destierro. Quizá su bebé rubio y de ojos verdes podría llegar un día con un plato de lentejas en la mano, con la ría de fondo y los olores ruidosos de las conserveras. Además, Margot adora Vigo.

«Pas à deux»

No se puede decir que Laura sea una tía lista. Siempre quiso ser bailarina de ballet, pero acabó de funcionaria de prisiones. No es que sufriese una lesión o que tuviera la pelvis estrecha, o que la distancia entre la rodilla y el empeine del pie le impidiera impulsarse y volar en el escenario. A decir verdad, el ballet se le daba bien. A lo mejor, incluso podría haber bailado en una compañía importante si hubiera querido, pero no quiso. Un día empezó a darle pereza, y poco después dejó de bailar. Ni siquiera fue por desidia adolescente o por rebeldía. Como diría ella mucho tiempo después, fue solo que dejó de tener ganas. Y tampoco sintió que dejarlo fuera un drama. Sencillamente, decidió dedicarse a otra cosa.

Es raro que alguien piense con seriedad en ser funcionaria de prisiones. Cuando se les pregunta a las niñas qué quieren ser de mayores, no van por ahí contestando alegremente «¡Funcionaria de prisiones!», y alardeando de vocación carcelaria. En el fondo, a ella la habían educado para hacer algo hermoso y por eso había querido ser bailarina durante tantos años de su infancia. Pero algo se torció en el inmenso aburrimiento de tardes de ensayo al ritmo de las corcheas de un piano de estudio.

Le pusieron el mismo nombre que a la niña de la que se enamoró Petrarca porque, según su madre, estaba predestinada a la belleza. En los días de arrullos y planes, de deseos de futuro y de proyectos posibles para una familia que todavía tardaría mucho en peinar canas, los padres decidieron predestinar a Laura. Pero un día, sin venir demasiado a cuento, ella se enteró de que Laura no era más que un nombre, y se cansó de los poemas de Petrarca y de la danza clásica.

Mientras camina por los pasillos de la cárcel, a Laura todavía se le notan muy bien los rasgos de bailarina. Los años de disciplina han dejado su huella en un cuerpo esbelto que por momentos parece reflejar la elegancia de antaño. Hay algo infantil y despreocupado en la forma de andar de Laura que trata de rememorar un ritmo con garbo. Desde luego, desentona. Ver a Laura en la cárcel es una especie de contradicción que se intensifica cuando te das cuenta, además, de que seguramente es feliz con su trabajo. Dejó el ballet para eso. Estudió derecho para eso, aun sabiendo que no era exactamente lo que precisaba para ser guardia de módulo. Se enfrentó al destino de llamarse Laura para eso y esquivó así un futuro entero lleno de belleza.

Fue alrededor de los once años y Laura no sabe por qué le ocurrió. Tampoco es que se levantase un día y decidiera trabajar en una cárcel. Solo se puso las zapatillas con puntas, los calentadores de lana, el jersey fino de punto gris y el cabello en un moño, se miró en el espejo y pensó que aquello era lo más aburrido del mundo. Pero aún tuvo que soportar años de pasos y barra, de esguinces en los pies, de comidas a base de lechuga y de vídeos de Nuréiev con bailarinas rusas que bailaban con rostro de no haber sufrido jamás y que disfrutaban de la suerte infinita de saber que el ballet clásico estaba pensado para la constitución física de mujeres que no eran latinas. Ni en aquellos días ni más tarde entendió Laura cómo su madre podía asumir tan alegremente que ella debía sufrir y bailar.

Nadie se explica muy bien el empecinamiento de los padres de Laura en esos asuntos, ellos que en su vida han pisado un teatro y viven con parsimonia y sin grandes pretensiones en un lugar que, con el tiempo, ha pasado de aldea a suburbio, convirtiendo a sus habitantes en seres descolocados entre los ritmos agrarios y las pretensiones urbanitas. El padre de Laura ya hace mucho que enterró las ambiciones de la juventud en el mismo cemento con el que allana paredes, sin dejar más rastro que una marquita que pone en los muros que levanta, en lugares inverosímiles que luego alguien pinta para esconder definitivamente su paso por el mundo.

La madre de Laura siempre se ha contentado con llevar la casa, cultivar un huerto que se ha quedado encajado entre edificios de cuatro o cinco pisos, y criar un cerdo, unas cuantas gallinas y algún que otro conejo. Es ella, sobre todo, la que siempre se ha resistido a dejar de imaginar una vida más emocionante y un matrimonio menos prosaico gracias a la radio que la acompañaba a todas horas en el bolsillo del delantal y a las historias de las telenovelas que todavía hoy ve sentada en una banqueta después de comer. Cuando nació Laura, vio en ella la posibilidad de que le cambiase la vida si su hija, mira por dónde, resultaba ser uno de esos personajes que llenaban la pantalla con acentos extranjeros, maquillajes perfectos y ondas de agua en los peinados. Decidió que su hija no podía haber nacido para ser cajera del súper, dependienta en una zapatería cerca de la plaza de España o, como mucho, administrativa de la Seguridad Social. Así que una noche de domingo, cuando Laura no era más que un bebé, con el recuerdo de una caja de música que conservaba desde la infancia brillándole en los ojos, logró convencer a su ma­rido de lo bonito que sería que la niña fuese bailarina. Y sin que é ...