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LOS ORTEGA

José Ortega Spottorno

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Fragmento

PRÓLOGO

JOSÉ ORTEGA SPOTTORNO (1916-2002)

LA SOMBRA DEL PADRE ES ALARGADA

Andrés Ortega Klein

La fuerza vital guarda sus misterios. José Ortega Spottorno, mi padre, terminó de escribir este libro —pensado y trabajado a lo largo de muchos años, casi se puede decir que de toda su vida— estando ya muy enfermo de cáncer. Aguantó hasta completarlo y luego se dejó morir, a los ochenta y cinco años de edad. El más joven de los hermanos, de una familia longeva por la parte Spottorno, fue el primero en fallecer. «Que me cuiden el libro», fue uno de los últimos encargos que me hizo, pues no llegó a revisarlo ni a ver las pruebas. «La verdad es que en todos los momentos importantes de mi vida he sentido siempre a mi padre dentro de ella», terminan las páginas que el lector tiene entre sus manos. Eso lo pueden, lo podemos, decir muchos. Sin embargo, haber sido uno de los hijos de José Ortega y Gasset, y el que continuó con sus iniciativas editoriales su labor como difusor de cultura, debió de resultar otra cosa.

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Previo ensayo con la deliciosa e interesante Historia probable de los Spottorno, escribió Los Ortega desde una cierta altura vital, desde una edad y una distancia que no son las mías aún, el tercero de sus hijos. No tendría sentido hacer aquí una detallada descripción de su vida y de sus emprendimientos, que han marcado este país: la reanudación de las ediciones de Revista de Occidente en el erial cultural de la posguerra civil y la dictadura franquista, y del propio mensual que había lanzado su padre; de Alianza Editorial, que con sus libros de bolsillo revolucionó la oferta para toda una generación que sería la protagonista en la Transición a la democracia, Transición en la que el diario El País, que él fundó, tuvo un papel destacado. Bajo la dirección de la historiadora Mercedes Cabrera, con una magnífica biografía de Javier Zamora Bonilla y capítulos de otros colaboradores, de esto precisamente trata el libro colectivo José Ortega Spottorno (1916-2002). Un editor, puente entre generaciones, publicado por Alianza Editorial con ocasión del centenario del nacimiento de José, que coincide con los cincuenta del libro de bolsillo de Alianza y los cuarenta del periódico. (Lo llamo aquí José, aunque mis hermanos y yo siempre le decíamos «papá», y su nombre de bautizo era José Diego Bienaventuranza de la Santísima Trinidad, un nombre tradicional en una parte de la familia.) En ese libro queda claro que la labor de José como editor sirvió de puente cultural entre la España de los años anteriores a la Guerra Civil y la de la Transición a la democracia, idea planteada por la propia Cabrera. Esa primera etapa fue una de las más ricas intelectualmente hablando de este país, y en ella la figura más destacada fue su padre, José Ortega y Gasset, a quien su fiel Fernando Vela describió no como un personaje sino como «un acontecimiento». Marcó al hijo en su vida personal y profesional, como no podía ser de otra manera.

Todo lo que hizo José no fue por afán de enriquecimiento o de poder, que nunca le interesó, aunque sí vivir bien sin aficiones onerosas —de hecho, sin aficiones—, sino por entusiasmo propio y por sentido del deber vital, en una línea marcada por su padre, José Ortega y Gasset, y otros antepasados ligados a El Imparcial o El Sol, periódicos de referencia en sus días.

No se trata pues, aquí, de hacer una disección profesional, sino de la persona. Y José Ortega Spottorno fue, en palabra que tanto le gustaba y aplicaba mucho para describir a gente que se lo merecía, muy «persona», decente, se entiende. Cuando siendo adolescentes discutíamos a menudo mis hermanos José e Inés y yo con él, una frase que solía emplear, y que al menos a mí me marcó, es que «la vida no es diversión, sino que consiste en resolver problemas». Es decir, que nos pedía que nos tomásemos la vida con seriedad, como se la tomó él. En esas discusiones, otra sentencia no menos lapidaria, pero que podía dejar a uno frustrado pues era de difícil réplica, es la de «no digas cosas evidentes». Una recomendación que siempre he intentado seguir, pese a la dificultad real que supone.

Era una lección aprendida de sus mayores, que él practicaba. No era un ser taciturno, aunque tampoco demasiado hablador, y tímido, mas buen conversador, muy culto y con un rico vocabulario y una grata prosa, con un acentuado sentido del humor pese a su aparente seriedad. Hombre de palabras certeras y medidas, le molestaban en extremo las banalidades orales o escritas. Y poseía una gran sensibilidad, tanto hacia las personas como hacia la cultura. Mucho menos hacia las cosas, pues en casa se hablaba poco de «cosas». Siempre me viene un recuerdo que, quizá, sirva para definir su personalidad. Tenía yo por entonces unos diecisiete o dieciocho años, y estaba buscando en la rica biblioteca de casa, buscando algo que leer. Él, como otros en su familia, creía en la cultura de los lomos de libros que cautiva a los hijos cuando pasean por viviendas con bibliotecas bien nutridas y se quedan al menos con los títulos y los autores y acaban entrando en esos tomos (cultura que desaparece con el libro electrónico, que ni siquiera puede dejarse en herencia a los descendientes). Ese día cogí La Chartreuse de Parme — en francés, claro está—, de su admirado tendhal al que dedicó tantas lecturas. Me vio, y comentó: «¡Cómo te envidio que puedas leer este libro por primera vez!». De escoger otro de sus autores favoritos, además del citado, mencionaría a Ramón Gómez de la Serna, «Ramón» siempre a secas, al que consideró un genio.

Tuve una experiencia que pocos han tenido y que cambió mi relación con él: mi padre se me murió dos veces. La segunda, cuando falleció en febrero de 2002, entra relativamente dentro de lo natural. La primera fue a mediados de los setenta. Estando mis padres de viaje en el extranjero y previsto su regreso para ese día, pasaba yo el puente de San José con unos amigos en un apartamento sin teléfono de un pueblo levantino cuando, ya de noche y mientras cenábamos, sonó el timbre. Dos guardias civiles llegaron para comunicar que habían recibido un telegrama: mi padre había fallecido y debía ponerme rápidamente en contacto con mi casa. El choque fue brutal, aunque poco después se deshacía el doloroso malentendido. Al trasladarme al cuartelillo y leer el texto que había llegado a la estafeta de telégrafos, que por ser festivo no repartía, caí en la cuenta de que se referían a mi abuelo materno —lo llamábamos, muy a la francesa, Bon Papa—, por el que tenía yo un gran cariño, pues, a diferencia de su mujer, mi abuela, era un hombre bondadoso. Pero, sobre todo, comprendí que se me había dado una segunda oportunidad en las relaciones con mi padre y, desde entonces, quise aprovecharlas y me sentí mucho más próximo a él y no sólo profesionalmente, aunque discrepáramos en muchas cuestiones, lo cual era natural.

SIN JUVENTUD

José tuvo una buena infancia, feliz, en lo que hoy llamaríamos una familia burguesa, aunque singular. Siempre estuvo muy apegado a su madre, como cuenta en estas páginas, y Rosa Spottorno fue después la mejor abuela («Lala») con la que unos nietos, los nueve primos, podíamos soñar pues le encantaban los niños, a los que, como decían nuestros padres, más que mimar, corrompía. Pero en la juventud —tenía diecinueve años— José se vio obligado a un exilio temporal en París tras el levantamiento contra la República del 18 de julio de 1936; a una terrible Guerra Civil en la que participó, pero nunca combatió, con las tropas nacionales, y al horror de la posguerra y la Segunda Guerra Mundial. Nunca llegó a acumular ninguna fortuna, aunque no vivió —vivimos— nada mal, pero lo que poseyó —que de haberlo consolidado podía haber llegado a ser bastante— lo perdió. No tenía, ni por concepción, ni por trayectoria familiar, ni por experiencia propia, una idea lineal de la vida —esa vida que, como ya he recordado, consiste en resolver problemas más que en gozar de ella—, sino de altos y bajos y, eso sí, de esfuerzos constantes. Nunca dejó de trabajar, ni siquiera en la vejez.

«Somos una generación que no pudimos ser jóvenes ni podemos ser viejos porque cuando hubiéramos podido gozar la vida alegre y la esperanza de juventud vino la Guerra Civil —y para los europeos la Segunda Guerra Mundial— y cuando llegamos a la vejez la falta de servicio y el modo de vida de nuestros hijos no nos dejan jubilarnos de las obligaciones de la vida, normales en la madurez», señaló en una nota escrita a máquina en sus cuadernos (ya que desde muy pronto dejó de escribir a mano dada su mala caligrafía, incluso las cartas que nos mandaba a sus familiares), aunque la segunda parte sorprende, pues sus tres hijos pronto fuimos autosuficientes. El citado sentido del deber, del deber vital —también filial en este caso—, le animó toda su vida. Con menos de veinticinco años de edad, desde esa juventud que no tuvo, en una carta a su padre del 6 de septiembre de 1941, le decía: «No sólo tengo que tener posibilidad, o hacer los ademanes adecuados a lo que me proponga, sino realizar, finiquitar todo lo que emprenda».

Otra nota suya, en parte pero no sólo, autobiográfica, enumera los «acontecimientos que ocurren en una vida y que pueden ser importantes para un individuo, sea él consciente o no de ellos […] Quedarse huérfano, enamorarse, casarse, terminar los estudios, primer adulterio, éxitos con el sexo opuesto, enriquecerse, arruinarse, salir de grave enfermedad (y padecerla), accidente con secuelas, la fama, el poder, el triunfo, el fracaso, perder el poder, muerte del amigo (y de los hijos), traición del amigo, muerte de la amada, celos, encontrar en su vida un genio de algo, la guerra, el hambre, la calumnia, mentir, la soledad, la emigración, la ilusión, el desencanto, hacerse mujer, parir, ser madre, dominio, la creación».

Nació a las tres de la tarde del lunes 13 de noviembre de 1916 en el número 22 de la madrileña calle de Zurbano (poco después se mudarían a Serrano, 47), cuando su padre estaba en su primer viaje, triunfal, en Argentina; «alcanzó no sólo el éxito sino algo así como la gloria», escribiría su hijo. Los juegos de infancia que describe no son sorprendentes, sino muy propios de su época: las canicas, la pídola, el cine, el teatrillo de Seix y Barral (aquel pequeño de cartón para representar algunas obras clásicas que perduraría en las siguientes generaciones), y el patinaje en el pasillo —siempre largos para poder pasear, y llenos de libros— con calcetines viejos, como luego haríamos los nietos en Monte Esquinza, su última residencia en Madrid donde siguió viviendo nuestra abuela.

Bautizado —fue parte del acuerdo matrimonial de su padre, que no se casó como católico, aunque sí por la Iglesia, ya que Rosa era creyente, y el filósofo siempre consideró que había que educar a los niños, no así a los jóvenes, en la cultura imperante—, recibió su primera comunión «sin ninguna estridencia en la capilla de Lourdes en la calle Fortuny», y no en el colegio, pues el Instituto Escuela, creado en 1918, con sede entonces en la calle Miguel Ángel, era un centro laico, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza. Tuvo la suerte de recibir una educación inteligente y liberal. José era un niño despierto, a quien el periodismo atraía ya en el colegio, que gozaba de las excursiones —de mayor nos enseñaría a los hijos mucha España—, y que leía con profusión además de dársele muy bien las matemáticas, por las que siguió interesándose toda su vida. Mi hermano José —que luego estudiaría medicina— y yo, que éramos «de ciencias» (nuestra hermana, «de letras»), consultábamos muchas cosas con él al respecto, y también sobre otras materias de todo tipo, pese a que él siempre insistía en que no era un intelectual, sino un emprendedor editorial. Cuando empecé a cursar Ingeniería de Caminos, me repetía constantemente: «Haz problemas», y cuando ya en segundo curso me pasé, para su desesperación momentánea, a Ciencias Políticas, cambió para machacarme con un constante. «Lee». Él lo hacía infatigablemente, como editor y por interés propio.

Por esta afición y facilidad con las matemáticas, y porque su padre, filósofo, creía que las letras no tenían un gran futuro, mientras sí las ciencias y lo que entonces se llamaba técnica, estudió Ingeniería Agrónoma —«una carrera con mucho campo», como solía decir—, aunque suspendió antes de la guerra el examen de ingreso debido a lo mal que dibujaba. Entró después de la contienda, y trabajó en este terreno durante varios años hasta que lo tuvo que dejar para centrarse en el lanzamiento de Alianza Editorial, si bien nunca dejó de interesarse por las cuestiones agronómicas que apoyó, con compañeros o con su sobrina Cuca, hija de su hermana Soledad, que le siguió en esta carrera.

Que la vida consiste en resolver problemas y que las dificultades del momento le dejaron sin juventud lo refleja el que a partir de 1939, a la vez que estudiaba la carrera, se dedicara a reactivar la editorial Revista de Occidente y diera además clases de matemáticas, primero en la Academia Krahe y luego en Aula Nueva, que fundó junto a su hermana Soledad y otros conocidos, ocupándose a la vez de cosas de su padre en el exilio. A menudo, en nuestra presencia, le gustaba decir aquello de «llegamos al país de los niños que nunca han tenido infancia». Él la tuvo, pero pasó luego directamente a la madurez. Otros muchos en esa España lo pasaron bastante peor, claro está. Y algunos otros, bastante mejor.

LA REPÚBLICA Y EL RÉGIMEN FRANQUISTA

Con ilusión, según recordaba, acudió aquel 14 de abril de 1931 —tenía catorce años— a la Puerta de Sol cuando se proclamó la República, y siguió varios de los debates en las Cortes Constituyentes en las que tuvo varias intervenciones decisivas su padre. No obstante, compartió el desencanto de este último con el nuevo régimen.

Cuando se conoció el golpe de Estado, el levantamiento de varios generales el 18 de julio de 1936, pilló desprevenida a la familia Ortega, y con temor del filósofo, que estaba atravesando una grave enfermedad del aparato digestivo, a que unos u otros pusieran en peligro su vida. Se trasladaron al domicilio del abuelo Juan Spottorno, tan querido por José, en Serrano número 47, el piso que ellos habían habitado antes de trasladarse a un pequeño chalet en la colonia de El Viso que Ortega y Gasset había comprado (fue su primera propiedad) con una hipoteca a la que tuvieron que hacer frente tras la Guerra Civil. Allí se sentían algo más protegidos, pero esa sensación se mantuvo durante poco tiempo. A los escasos días, don José aceptó el ofrecimiento de su amigo Alberto Jiménez Fraud para refugiarse con la familia en la Residencia de Estudiantes, entre Serrano y la Castellana, a la altura de la calle Pinar.

A finales de agosto, gracias a la ayuda del embajador francés, de Eduardo Ortega y Gasset —hermano del filósofo, ex diputado por el Partido Radical Socialista y por entonces fiscal general de la República, y que en abril había sido objeto de un atentado por parte de Falange que impresionó hondamente a José y a toda la familia—, del amigo, médico y ex ministro Vicente Iranzo, salieron de España vía Alicante para instalarse en Francia, primero en Tronche, en las proximidades de Grenoble, y luego en París a finales del 36, en la rue Gros. Allí fueron llegando familiares, entre ellos el abuelo Juan y la prima Ángeles Gasset (una de las futuras fundadoras del Colegio Estudio). En ese París, sin dinero, salvo el que le dejaban algunos amigos desde otros países, demostró Rosa Spottorno toda su valía. Pero todo esto se cuenta bien en Los Ortega.

José acompañó a su padre a dar unas conferencias en Holanda invitado por el historiador Johan Huizinga, algunas de cuyas obras, como por ejemplo El otoño de la Edad Media, había publicado Revista de Occidente. A su retorno a París, José y su hermano Miguel decidieron volver a España e incorporarse a las filas del ejército nacional después de que la quinta del primero hubiera sido llamada a filas. Es una decisión que discutí muchas veces después con él, pues nunca acabé de entenderla. Su padre, sin duda, influyó. También lo que sería ya una constante en su vida, compartida con su progenitor aunque escribió poco de ello: un visceral anticomunismo, desde un sentido liberal amplio (en las primeras elecciones democráticas de 1977, no queriendo hacerlo ni por Suárez, ni por Alianza Popular, ni tampoco sintiéndose en nada socialista, votaría, uno de los pocos junto con su mujer, por Joaquín Ruiz-Giménez).

Las razones últimas de su regreso a España para combatir en las filas franquistas, las dejó escritas: «No tenía otra solución; haber vuelto a la zona republicana, suponiendo que ésa hubiera sido mi intención, significaba para mí, por lo menos, la prisión, y no quería quedarme exiliado en un exilio, además, solitario, sin el apoyo económico que tenían muchos republicanos exiliados. Mi padre había aceptado sin demasiada ilusión mi ida a Burgos y tanto él como mi madre quedaron muy entristecidos sin sus hijos varones». La decisión causó revuelo en España. ¡Los hijos de Ortega se unen al ejército franquista! Un gran tanto propagandístico para este último, por mucho que los nacionales fueran antiorteguianos y siguieran aquel grito de Millán-Astray de «¡Muera la inteligencia!». Miguel entró como médico, y José como soldado raso destinado a una batería en el frente de Teruel, encargado de una radio para las comunicaciones con el mando cuyas instrucciones estaban en alemán —que él conocía—, y de ir constantemente a la retaguardia a recargar la batería. Allí, con el gorro calado durante semanas debido al frío, empezó su calvicie prematura, aunque ésta es una constante de la juventud de varios Ortega. No recordaba haber disparado nunca con su fusil.

José y Miguel fueron de los primeros en llegar a Madrid una vez finalizada la guerra. Y cuando acudieron a las oficinas de Revista de Occidente en Gran Vía número 7, donde se acomodaron, estaban selladas por la Falange, a la que nunca pertenecieron a diferencia de muchos otros del bando nacional. Miguel hizo saltar los sellos, y allí, y posteriormente en las oficinas de Bárbara de Braganza, se alojaron un tiempo para reanudar las actividades de la editorial, vivir y trabajar. La casa de El Viso, donde también vivieron, se vieron forzados a venderla al no poder hacer frente a la hipoteca, pese al periodo de carencia decretado por el régimen. Y recuperaron a su querida Elisa, la cocinera de sus padres desde sus inicios, que había permanecido en Madrid. Sus padres se quedarían en el exilio. Ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, marcharon a Argentina y luego a Portugal. Ortega y Gasset, pese a que oficialmente siempre estuvo afincado en Portugal, a donde de vez en cuando iban a verle los hijos, regresó a España en 1945 creyendo, como muchos otros, que una vez finalizada la guerra mundial los Aliados obligarían al régimen franquista a abrirse. Una ingenuidad, al no ver que la incipiente Guerra Fría reforzaría a Franco. Pero a la vez fueron los años de mayor esplendor europeo y norteamericano de José Ortega y Gasset, en constante comunicación con su hijo para hacerle recomendaciones sobre Revista de Occidente, además de otros temas personales.

EMPRESAS Y EMPRENDIMIENTOS

En el erial cultural del terrible franquismo de la posguerra, Revista de Occidente pudo publicar varios libros nuevos y reeditar otros de sus fondos, como bien se analiza en el citado libro homenaje. Empezó entonces, de modo circunstancial y obligado, la andadura de José como editor y empresario. Aunque más que un empresario, siempre se consideró a sí mismo, ya se ha apuntado, un emprendedor, muchos años antes de que el término se pusiera de moda. Cuando se despidió de la presidencia de Prisa y de El País, escribió que él había sido «un iniciador, un promotor, un entusiasta, con la punta de locura suficiente como para emprender» esa aventura que «valió la pena», como no se cansó de repetir cuando la estaba poniendo en marcha y cuando la dejó. Las decisiones importantes en la vida siempre tenían varias razones, y en aquélla, que lo era, confluían varias, desde el sentido del deber vital o histórico, hasta la tradición periodística familiar.

Tras retomar la actividad de la editorial Revista de Occidente, a principios de los sesenta fundaría, con otros socios, Alianza, en un primer momento como distribuidora y más tarde como editorial. Ahí nació un libro de bolsillo que marcó toda una época para una juventud que se formó con estos autores traídos de fuera y de dentro. No parece una casualidad que el libro de bolsillo en España naciera de una idea de su padre con Calpe para lanzar la colección Austral, de precios bajos y tamaño reducido, y años después la continuara el hijo con la colección de Alianza, con unos volúmenes iniciales en 1966 de excelente presentación y atractivas cubiertas de Daniel Gil al precio de cincuenta pesetas. Se anunció en los cines, la primera editorial en hacerlo con un spot publicitario que decía «libros de Alianza para todos». Y finalmente, fundó Prisa y El País, periódico que tuvo un papel crucial en los años de la Transición a la democracia y después.

Alianza fue y significó mucho para la difusión de la cultura en esa época y la formación de las nuevas generaciones. Pero algo que ilusionó en extremo a José fue la colección RTV —concurso ganado en coedición de Alianza con Salvat—, muy barata y que se vendió a raudales. Siempre recordaba que había conseguido meter en más de un millón de hogares de toda condición social a Unamuno, cuya novela La tía Tula abría la serie. «Aunque no lo leyeran», añadía con orgullo.

Como tantos Ortega, rumiaba sus ideas, lanzaba suspiros —ese «¡Ay de mí!» que tanto nos chocaba de niños—, y paseaba por los pasillos con las manos cruzadas en la espalda, hasta que tuvo que apoyarse en un bastón. Como en este país uno suele ser lo último que ha hecho, el emprendimiento de El País marcaría su imagen, pero no fue, desde luego, el único, como he apuntado. Aunque ya desde los años sesenta venía dándole vueltas, en la línea familiar, al lanzamiento de un diario moderno y europeo, sólo en 1972 se constituyó Prisa con este objetivo. Consideró que Franco y su régimen estaban acercándose al final, y que esta sociedad iba a necesitar un periódico moderno, abierto y europeo. La primera acta de la Junta de Fundadores de Prisa, editora del periódico que todavía no tenía nombre, con fecha de 29 de enero de 1972, escrita a mano, no podía aún hablar de democracia, pero sí recogía algunos principios, entre otros, que «se fomentará la convivencia entre todos los españoles, respetando la libertad y dignidad humanas, exaltando las virtudes patrias, los valores cívicos y la cultura y combatiendo los extremismos exclusivistas». Ahí están las semillas de los principios por los que se regiría El País, que expresó como presidente en la Junta de Accionistas de 1977, y que serían posteriormente incorporados al Estatuto de la Redacción del periódico, y que se pueden invocar en aplicación de la cláusula de conciencia. Esa primera Junta de Fundadores estaba integrada por Darío Valcárcel, secretario, que vino de la mano de Miguel Ortega; Carlos Mendo; Ramón Jordán, y Juan José de Carlos, abogado y amigo.

El nombre de El País lo sugirió Mendo que, periodista, figuró como primer director (era necesario para solicitar el preceptivo permiso), y llegó casi por eliminación al estar otras atractivas cabeceras tomadas o registradas. Emilio Romero, por entonces ex director de Pueblo, le ofreció la cabecera de El Sol, que había registrado a su nombre, a cambio de que le nombraran director del nuevo periódico. José le agradeció el gesto, pero nunca le contestó.

Se le puede aplicar a José lo que él mismo ha escrito de otros emprendedores y que tiene algo de Marco Aurelio: «Cuando se pone la vida seriamente en algo hay que pasar por muchos avatares hasta lograr el empeño: atravesar las tierras de los desalmados, evitar el promontorio de los tontos, no perecer en las arenas movedizas de los propios errores y vacilaciones y doblar el cabo de las desesperanzas».

El permiso no llegaba, y requirió muchas gestiones, especialmente a través de Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ex ministro pero aún referencia del aperturismo desde el franquismo, que intercedió en varias ocasiones. Recuerdo por aquellas fechas, en 1973 o 1974, cómo mi madre Simone, que acababa de publicar el que sería su famoso 1.080 recetas de cocina, otra idea de mi padre si bien la buena cocinera fuera ella, le decía: «José, déjalo, que nunca os van a dar el permiso para publicar el periódico». Se lo dieron unas semanas antes de la muerte del dictador. Después de su salida, le prohibiría a su mujer leerlo en la cama por la noche, pues mientras él iba cayendo en los brazos de Morfeo, ella le sobresaltaba comentando alguna noticia o titular que no era de su agrado.

Su idea inicial era la de un accionariado múltiple que nadie o ningún grupo pudiera dominar —y los que primero aportaron capital lo hicieron por fe, convencimiento y confianza, pero no con ánimo de lucrarse—. José enseguida se percató de que necesitaba un gran empresario para llevar a buen puerto este proyecto. Lo encontró en Jesús Polanco, editor de éxito de Santillana, que acabaría siendo el único con dinero suficiente para ir comprando acciones ante los posteriores embates de las tramas de otros para hacerse con El País. Como director le propusieron al joven y talentoso Juan Luis Cebrián, que a los treinta y dos años ya tenía una trayectoria periodística acreditada. No obstante, José intentó que por encima de él se situara Miguel Delibes, pero el gran escritor y periodista no quiso abandonar su vida vallisoletana, por lo que al final optó por Cebrián.

El diseño claro y moderno de El País se debió esencialmente, junto con Julio Alonso, al alemán Reinhard Gäde, que llegó a Madrid de la mano de Miguel Ortega Spottorno, amigo de su mujer. Aunque una vez lanzado el periódico tuvo que abandonar El País, por desavenencias con Cebrián.

El éxito fulgurante de El País hizo que muchos pretendieran controlarlo. Para empezar, los accionistas que querían que hubiera sido como Le Figaro (conservador) en España, rechazaban que se hubiera convertido más bien en Le Monde bajo la dirección de Cebrián. Hubo un intento de hacerse con la mayoría del capital por parte de un sindicato de accionistas capitaneado por varios grupos, con enormes tensiones dentro de la cúpula de El País pues Darío Valcárcel estaba en esas operaciones, y finalmente por el abogado Antonio García-Trevijano, y Miguel Ortega Spottorno, el propio hermano de José. Éste entendió pronto que tenía que cerrar filas con Polanco y Cebrián, a pesar de que se habían confabulado contra él, a lo que José nunca dio una importancia excesiva.

De hecho, como muestra una carta a ambos, de fecha 31 de mayo de 1981, con copia guardada en una carpeta de su archivo titulada «Personalísimo», cuando éstos tuvieron sus diferencias —en más de una ocasión Polanco le exigió la dimisión a Cebrián— se ofreció, desde la «autoridad» que le confería el haberlos llamado para dirigir Prisa y El País, a actuar de «hombre bueno» para reconciliarlos, ya que consideraba no sólo que su «entendimiento y buena armonía» eran necesarios sino imprescindibles «todavía para esta aventura de El País». «En cuanto a mí —añadía—, quiero que sepáis que no permaneceré un solo día más en mis Presidencias si veo que no hay solución para que El País siga siendo lo que debe ser y no caiga en manos de los fariseos o de la derecha recalcitrante, a la que todos quisimos salir al paso.»

A menudo les mandaba notas a Polanco y a Cebrián con comentarios sobre actuaciones o enfoques que, a su entender, estaba haciendo mal el periódico, colaboradores de talla maltratados, u otras cuestiones. Con poco efecto. No era un hombre de poder, y lo demostró. Lo que buscaba era hacer cosas, si bien le llenó de satisfacción —no así a su hermano Miguel, que pensaba que le correspondía a él como hijo de su padre— que el rey Juan Carlos le nombrara uno de los cuarenta y un senadores de designación real en las Cortes Constituyentes tras las elecciones de 1977, como hizo con algunos otros presidentes de empresas periodísticas como Víctor de la Serna. En la Agrupación Independiente se encontraría con amigos o conocidos como Julián Marías, Camilo José Cela o Justino de Azcárate, recién regresado del exilio en Venezuela y que perteneció a la Agrupación al Servicio de la República impulsada por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala en 1931. José no tomaría nunca la palabra en un pleno, aunque trabajó en comisiones, incluida la de Agricultura. Pero le llenó de orgullo aprobar el proyecto de Constitución de 1978, posteriormente sometido a referéndum.

Cuando Prisa, serenadas las luchas internas, fue a más como grupo multimedia, José consideró que ése era otro mundo para él y pidió permanecer sólo como presidente de honor de El País, aunque Polanco insistió en que siguiera también como consejero. Ya para entonces había consolidado con el nombre de su padre los premios Ortega y Gasset de Periodismo —otro homenaje al filósofo de la plazuela pública— que El País viene otorgando desde 1984.

LA RUINA

Por salvar lo insalvable de la herencia intelectual de su padre, cometió un error que le llevó prácticamente a la ruina. «Porque mucho después de que pasen las cosas malas que nos pasan es cuando entendemos al fin por qué ocurrieron y de quién fue la culpa, sin excluir a uno mismo», comenta en Los Ortega.

La catástrofe le sobrevino en 1977-1978, cuando El País empezaba a cosechar grandes éxitos, Alianza iba viento en popa y él era senador real. A la espera del permiso para el periódico, había lanzado la tercera época del mensual Revista de Occidente, como se planteara su padre aunque nunca le explicó lo que tenía en mente, con un formato mucho más moderno, gráfica, visualmente y en contenidos, también rediseñada por Gäde, con Darío Valcárcel como secretario. La empresa resultó sumamente gravosa. Dada la situación deficitaria de la editorial por esta y otras razones, José ordenó por su cuenta transferir fondos de Alianza Editorial para sacar a flote la editorial que había fundado su padre, pero sin permiso del consejo de administración de Alianza. De haberlo pedido, con toda probabilidad se lo habrían concedido con condiciones. Nada de enriquecimiento personal hubo en todo ello. Pero llevó a Alianza, además de la Revista de Occidente, al borde de la quiebra. Los grandes accionistas de Alianza, sobre todo José Vergara y Jaime Salinas, quisieron defender sus haberes. Y sus hermanos Miguel y Soledad —con José Varela Ortega, el hijo mayor de la hermana, en cabeza de la reclamación de la solución más dura para José—, copropietarios de Revista de Occidente, le exigieron vender todo lo que tenía: las acciones de Prisa y otros bienes. Es decir, todo lo que había acumulado en su vida. Salvó la situación Diego Hidalgo, que acabó quedándose con una parte de Alianza que absorbió Revista de Occidente― y con las acciones de Prisa de José (que éste había adquirido en buena parte con unos créditos que luego tuvo que pagar), a cambio de inyectar dinero en la editorial.

Esto debilitó algo la posición de José en Prisa, pero Polanco le pidió que siguiera como faro de la empresa. Años después, Polanco me hablaría de José, consejero hasta su muerte, calificándolo de «tótem» del grupo. José no se deprimió con la catástrofe. No era dado a esos estados de ánimo y tenía una visión no lineal de la vida, heredada de unos antepasados que habían vivido estos quiebros, avances o retrocesos, sin una idea de progreso constante. Incluso ganó en humanidad, él que había sido un poco —muy poco para la época— autoritario en su manera de ser.

Sabía que en la vida se puede perder todo, y que muchas veces hay que volver a empezar. Su familia había controlado varios periódicos de referencia, como El Imparcial fundado por su bisabuelo Eduardo Gasset y Artime y cuyo suplemento Los Lunes (entonces no había periódicos ese día de la semana) dirigió su abuelo José Ortega Munilla, quien también llevaría las riendas del diario durante una corta época. O luego El Sol, fundado por Nicolás María de Urgoiti y en el que Ortega y Gasset tantas veces escribió con firma o redactó editoriales. A este respecto, sabía que los periódicos siguen curvas y acaban decayendo cuando se ponen al servicio de intereses concretos, como le ocurrió a El Imparcial cuando el hijo del fundador, Rafael Gasset Chinchilla, varias veces ministro, entre otras carteras, de Fomento, lo utilizó para apoyar su carrera política. Incluso su propio padre, que dejó de escribir en ese periódico para empezar a hacerlo en El Sol, tuvo, como he contado, que dejarlo todo, salvo su palabra, su obra y su intelecto, para marcharse al exilio.

«En algún momento —escribió en una nota sin fecha, pero que debe ser posterior a estos acontecimientos—, los que tenemos cierta edad sin ser aún ancianos, pensamos estar a punto de fracasar, de encontrarnos al borde del desastre y, sin embargo, de pronto, al volver una esquina del tiempo, el horizonte se aclara y se logran nuestros propósitos o, al menos, aquellos a los que damos especial importancia. Otros, en cambio, viven en el mejor de los mundos creyendo haber conseguido cuanto pretendían y, de repente, se les hunde el suelo bajo los pies y acaban su vida, sin tiempo ya para rehacerla, en un terrible fracaso. Pero logros en unos y fracasos en otros no se perciben muchas veces por los demás. Lo que a cada cual le importa es un secreto íntimo, muy claro para él pero casi inefable al prójimo.»

Profundo dolor, sin embargo, le causó la ruptura con sus hermanos, a los que tanto les unía. Con Miguel las relaciones nunca se recompusieron, especialmente después de que, al frente del sindicato que quería hacerse con El País, presentó una querella contra él por la adquisición de una acción de Prisa cada uno por parte de Javier Pradera y yo mismo, mientras la madre, Rosa, estaba falleciendo en el otoño de 1980. Con Soledad recuperó con los años un modus vivendi, aunque nunca quiso tener nada que ver con la Fundación Ortega y Gasset que su hermana creó, y a la que los hermanos acordaron, eso sí, donar el archivo de su padre.

Con un sueldo más que digno como colaborador, que Prisa le mantuvo hasta el final de su vida —ya que no tenía derecho a ninguna jubilación—, y como consejero, junto con los ingresos de su mujer Simone por sus famosas 1.080 recetas de cocina, llevó una vida desahogada el resto de sus días. Nunca, como he apuntado, le dio importancia ni al poder ni al dinero, y como buen Ortega, nunca lo poseyó en exceso, y lo gastó con generosidad. El dinero le servía para vivir cómodamente, sí, y para hacer cosas. Y cosas hizo. Incluso cuando salieron a bolsa las acciones de Prisa, lo poco que le quedó —pues había recomprado algunas— le pareció excesivamente valorado, aunque desde un principio había considerado que El País tenía que ser un negocio —es decir, dar beneficios— para garantizar su independencia.

NO PODER, MAS SÍ RECONOCIMIENTO

Si no fue hombre de poder, sí lo fue de eso tan hegeliano que es el reconocimiento, y que algunos han intentado tapar en su caso. De vez en cuando lamentaba que no se le reconociera haber sido el primero en publicar, a pesar de la censura, a tal o cual autor español o extranjero. Por ejemplo, el Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela, su coetáneo (1916), cuya primera edición salió en Revista de Occidente en 1948.

José realmente se molestó cuando, con ocasión de que Cebrián dejara en octubre de 1988 la dirección de El País para convertirse en consejero delegado de Prisa, Polanco, en su elogio, le describió como «director fundador» del periódico. José escribió a Polanco para recordarle que si bien Cebrián había «hecho» El País, y el propio Polanco le había dado la dimensión empresarial sin la cual el diario no hubiera sido lo que fue, no lo había «fundado». El fundador había sido él por crear la sociedad, definir el estilo del periódico y sus principios fundacionales, que además utilizó su poder de convocatoria para esa andadura. Al día siguiente de su muerte el 18 de febrero de 2002, su periódico sí tituló: «Muere José Ortega Spottorno, fundador de El País». Siempre fue fiel a El País, en el que yo mismo he trabajado en diversas épocas y funciones, aunque bastante antes del final de su vida ya consideraba que el periódico había entrado en un declive propio de muchas empresas periodísticas, porque era muy difícil mantenerse a la cabeza en calidad y en ventas —cosas ambas que había conseguido a diferencia de El Imparcial o El Sol, influyentes pero más minoritarios—, y porque había perdido independencia al convertirse Prisa en una plataforma multimedia con más hipotecas políticas, y posteriormente su salida a bolsa.

Pero al final de su trayecto vital, le llenó de satisfacción no sólo el reconocimiento público que le brindó Jesús Polanco cuando le homenajeó al cumplir ochenta años, y las buenas palabras pronunciadas por éste y por Cebrián en el almuerzo interno para los trabajadores y colaboradores de El País en mayo de 2001, con ocasión del 25.º aniversario del periódico, unos meses antes de su fallecimiento, sino el largo aplauso de los centenares de empleados, que le llegó a lo más profundo del alma.

DE EDITOR A ESCRITOR

Ya hacía un tiempo que había considerado El País su «última obra colectiva» y empezó una nueva andadura puramente personal de escritor —el íntimo deseo de tantos editores—, de artículos y de libros, e incluso de alguna crítica de libro (a menudo por compromiso) que venía firmando con el seudónimo Diego Munilla, algo que, en teoría, estaba prohibido en ese diario. En 1989 ganó con setenta y dos años el premio González Ruano de Periodismo, que otorgaba entonces la Fundación Mapfre, por un artículo sobre la relación entre su padre y el torero Domingo Ortega, en el que recogía la comparación de «la lucha entre la horizontal del toro y la vertical del torero, entre la línea y el punto».

En esos años escribió una novela, El área remota, de no muy buena calidad y cuyo protagonista estaba inspirado en su amigo y genialoide ingeniero de caminos José «Pico» Torán. También publicó dos series de narraciones más breves mucho más acertadas, los Relatos en espiral, editado por Espasa-Calpe en 1990, y Los amores de cinco minutos, en colaboración con Mercedes Ballesteros, en El País-Aguilar en 1995, tan llenos de escarceos amorosos, una parte de los cuales se pueden considerar autobiográficos. Y, naturalmente, la Historia probable de los Spottorno, que le presentó Francisco Fernández Ordoñez siendo ministro de Asuntos Exteriores, y luego Los Ortega.

Siempre era mejor cuando hacía perfiles de personas que había conocido, pues en el José escritor dominaba el factor humano más que la creatividad. Lo demostró en las numerosas necrológicas de amigos fallecidos que tuvo que redactar para El País, así como en algunos brindis y conferencias, escasas estas últimas pues él mismo se consideraba mal orador, sobre todo en comparación con lo que debió de ser su padre. Dicho sea de paso, se negó a grabar, como le ofreció una periodista, una entrevista sobre su vida que se guardaría hasta después de su muerte. Rechazó la idea de una «autonecrológica», ya que no le pareció un formato adecuado. Y pese a algunos esbozos de diario o de autobiografía, nunca se planteó escribir unas memorias aunque hubiera tenido mucho que contar sobre su vida, los autores que publicó y con los que guardaba una estrecha relación, o la aventura de El País. Siempre prefirió escribir de los demás, lo que dice mucho de su manera de ser.

SIMONE

A partir de 1949, cuando contrajo matrimonio con ella, la vida de José no se entiende sin Simone a su lado. Se conocieron en casa de unos amigos comunes, Catali y Mariano Garrigues, en una cena a la que José acudió con una mujer muy guapa, que, según nuestra madre, «no le pegaba nada». Empezaron a verse. Simone Klein —apellido por el que Ortega y Gasset le preguntaría a su hijo ennoviado por «la judiita», pese a que no lo era— procedía de una familia francesa de origen alsaciano, industrial y pionera, pues montó la primera fábrica en España, en Barcelona, aunque después la trasladarían a Segovia, de neumáticos para automóviles y camiones. Simone había acabado el bachillerato en el Liceo Francés de Madrid justo antes del estallido de la Guerra Civil, y esta y la posterior nueva guerra mundial le impidieron seguir sus estudios. No obstante, sus padres le recomendaron que hiciera algo por el país que tan bien los había acogido, motivo por el cual regresó a España por San Sebastián para hacer labores de enfermera en el campo nacional.

José, obsesionado por su trabajo y su dedicación a su padre, nunca había pensado hasta entonces en casarse ni menos en tener hijos. Pero Simone, mujer de una gran belleza y elegancia, tenía prisa, pues había enviudado prematuramente tres años antes y juzgó que «ya no estaba para entretenerse», por lo que empujó a José a la boda, por cierto, la única de sus hijos a la que, debido al exilio, asistió don José. Éste se llevó muy bien con su nueva nuera, a la que calificó (son palabras de mi madre) de «auténtica» y sin pretensiones. Incluso la puso en algunos apuros al pedirle cocinaba y recibía, como se decía entonces, muy bien― que le organizara en su madrileña casa de Padilla cenas con diversas personas, incluidas algunas señoras, a las que no asistía Rosa Spottorno, lo que produjo cierta tensión entre la suegra y la nuera. Pero «si me lo pedía don José, ¿cómo me iba a negar?», me comentó Simone en más de una ocasión.

Simone no tenía nada de intelectual, pero sí era una ávida lectora, una excelente anfitriona y una buena conversadora. Y le enseñó algunas cosas a José, entre otras la afición por la música a la que no eran nada dados los Ortega, pese a algunos ensayos sobre Beethoven y otros compositores escritos por Ortega y Gasset. De ahí nació una cierta relación y correspondencia entre José y Daniel Barenboim.

En una ocasión, Simone le organizó un «menú de editor» para una cena en su casa, con sopas de letras, filete chateaubriand y, naturalmente, de postre un milhojas. La idea de un libro de cocina moderno y asequible, que publicaría Alianza Editorial en la colección de bolsillo, nació del instinto de editor y marido de José. La elaboración de 1.080 recetas de cocina se convirtió en un festival de experimentación en nuestra casa durante algunos años, y en un éxito de ventas que perdura hasta nuestros días. Tanto que José solía decir que se había convertido en «el marido de la señora de Ortega», pues para evitar dar la impresión de ser un libro de cocina extranjera, Simone optó por el apellido de su marido, antes que por el suyo propio. Curiosamente, a José no le gustaban algunos platos de la cocina francesa que nos chiflaban a los hijos, como el suflé (mejor dulce que salado), pero disfrutaba de la gastronomía gala. Aunque siempre consideró que de haber sabido inglés habría emprendido más cosas en su vida profesional, le apasionaba la literatura francesa. Dominaba un muy rico vocabulario en esa lengua, si bien su pronunciación dejaba que desear, sobre todo ante unos hijos —José, Inés y yo— educados en el bilingüismo de su madre y del Liceo Francés.

Simone siempre acabó apoyándole en las dificultades, pese a que José era muy reservado y sólo contaba sus problemas a su mujer o a sus hijos si no le quedaba más remedio. Incluso en su modesto viaje de novios a París en 1949, Simone le vio tan preocupado (por problemas financieros de Revista de Occidente) que le propuso acortar su estancia y regresar a Madrid. Respecto a los grandes contratiempos de 1978, tardó mucho en explicarlos, tanto a ella como a mis hermanos y a mí.

José, en su tercera edad, intentaba siempre contentar a su mujer, y no contrariarla. Durante varios años fueron a veranear a Bandol, en la Costa Azul, a la casa que Simone había heredado de su madre. Anteriormente habíamos ido muy poco allí, debido a que José no congeniaba mucho con su suegra, Andrée. Pero pronto Simone la vendió, ya que nos pillaba a todos muy lejos, y con José redescubrió, tras mi matrimonio con Mariona Sobrequés, Palamós y los encantos de la Costa Brava y su arrière pays. A lo largo de muchos años, todos los veranos pasaban casi dos meses en el hotel Trías de Palamós, donde Simone, que era muy mediterránea, podía tomar sus baños de mar y José, al que no le gustaban —ya cuando viajaba de niño a Zumaia le salían ronchas unos kilómetros antes de llegar—, sí disfrutaba de un gran pueblo costero. Nosotros, y sus dos nietas Laia y Andrea, los íbamos a visitar a diario y se llevaban muy bien con la culta y divertida familia Sobrequés.

José tenía una larga relación con Girona, sobre la que siempre quiso escribir un artículo, pese a que le detuvo el hecho de que había entrado en la ciudad con los nacionales en 1939. Su bisabuelo había estado destinado allí, su abuelo Ortega Munilla estudió en su seminario, su padre la había visitado (hay una famosa foto de 1930 ante el Palacio Episcopal) y fue uno de sus primeros destinos, muy breve, como ingeniero agrónomo del Estado. A todo esto hay que sumar, mucho después, el hecho de que mi mujer fuera de allí, y esos largos veraneos, para una persona que consideraba, como su propio padre, que las vacaciones estivales son «un toro que hay que torear cada año».

COLABORADORES Y AMIGOS

Palamós estaba cerca de Calella de Palafrugell, a donde habían ido muchos años antes y donde tenían amigos cercanos, verdaderos y de valía como los compositores Xavier Montsalvatge y Manuel Valls i Gorina (el autor de la música del himno del Barça) y sus familias.

El País le hizo perder algunas amistades, como la del filósofo Julián Marías, heredada de su padre. Pero llevaba sabido en la sangre los recelos que siempre despierta un periódico influyente que, no obstante, también le trajo nuevas relaciones. Asimismo, la ruptura con sus hermanos provocó que algunos amigos comunes se distanciaran.

Cuando por la calle alguien le saludaba efusivamente llamándole Pepe, los hijos sabíamos que no era un amigo, sino un mero conocido, pues, a diferencia de su padre, a él nadie le llamó así en sus círculos íntimos. José, no demasiado sociable, desde luego mucho menos que su mujer, fue una persona de buenos pero pocos amigos, hacia los que siempre se mostró leal.

Seguramente me dejaré algunos fuera, pero entre sus amigos íntimos comenzaré por mencionar al de su niñez y después, el ya citado José Torán, que falleció en 1981. Para satisfacción de mi padre, mi hermano José, traumatólogo, se casaría con una sobrina suya, Ana, y le darían otro José Ortega como nieto, el último de una línea de padres e hijos con ese nombre y apellido. Inés, licenciada en Filología Francesa, profesora de instituto y que posteriormente seguiría la tradición recetaria y gastronómica de Simone, se desposaría con otro José, Pombo, y tendría a su vez un hijo también llamado José. Con lo que los 19 de marzo, día del Padre y de San José, eran de celebración familiar en una u otra casa, aunque nuestro padre era de pocos festejos, ya que le gustaba más hacer regalos que recibirlos.

Íntimos fueron también Fernando Flórez y su mujer Solita, una pareja muy moderna, en una amistad que empezó pronto y siguió a lo largo de sus vidas, incluidos varios viajes con dimensión musical pues eran melómanos como sus amigos comunes los Torregrosa. Ambas familias compraron casas en Torrelodones (técnicamente en Galapagar), que con el tiempo y sus hijos crecidos venderían, en el caso de José porque necesitaba el dinero y porque no le gustaba nada el campo, pese a su faceta de agrónomo. Fernando era aparejador desde 1943 y ya con cinco hijos amplió sus estudios —José le ayudó financieramente— con objeto de convertirse en 1962 en arquitecto, y se especializó en hospitales. Cuando llegaron las vicisitudes de José, Flórez acudió en su ayuda. Fue también el arquitecto de la sede de El País en Miguel Yuste, diseñada sin ventanas para evitar ataques de manifestantes desde la calle.

De siempre mantuvo una estrecha relación con el editor José Ruiz Castillo, un bon vivant, y su animada esposa Matilde Ucelay, la primera mujer arquitecto en España.

Julio «Julito» Caro Baroja —nacido el mismo día que él dos años antes—, con el que jugaba en su domicilio de pequeño mientras su padre y el tío de éste, Pío Baroja, se encerraban a hablar y discutir muchas tardes de domingo, venía a menudo por casa (era mi padrino y me inoculó la afición por el circo, a donde nos llevaba a menudo a mis hermanos y a mí). Belén Marañón, hija del doctor, una persona que nunca hablaba mal de nadie, algo raro en España, era otra amiga (y también madrina mía).

Manuel García Pelayo —en muchos sentidos mi maestro— fue otro gran amigo, además de un intelectual enormemente respetado por José, junto con su esposa Graciela Soriano «Chelita», también politóloga. Viajaban a menudo a España desde Venezuela, y cuando el politólogo y jurista se convirtió en primer presidente del Tribunal Constitucional y se instaló en este país, se veían con asiduidad hasta su fallecimiento en Caracas.

Diego Hidalgo —hijo del notario que fue ministro de la Guerra en 1934, y de Gerda Schnur, alemana judía, amiga íntima de Simone y fallecida prematuramente— tras una carrera meteórica en el Banco Mundial heredó una fortuna, y fue decisivo, como he apuntado, en la salida del trance de la quiebra de Revista de Occidente y Alianza Editorial. Estuvo con Prisa desde el principio, y se convirtió en uno de sus accionistas importantes. Fueron mis padres quienes le presentaron a su primera mujer, Gloria Turullols, hija de un colaborador, y excepcionalmente amigo, de Alianza. Diego pertenecía a una generación intermedia, y conectó enseguida con José. Éste y Simone cultivaron también la relación con los más jóvenes, con almuerzos o cenas en su casa. Y después con otros, como Ana Esther Velázquez, profesora de Filosofía en Aller (Asturias). O el más mayor hispanista británico Charles David Ley y su mujer Paz Tarrío. Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo y Víctor Rodríguez-Lafora (excelente psiquiatra e hijo del gran don Gonzalo, colaborador de Ortega y Gasset en los Cuadernos de Neurología) son otros de los nombres más habituales. Entre los amigos médicos, cabe destacar asimismo a Hernández Ros y a Manuel Tamames. O Carlos Prieto, melómano además de radiólogo, que venía a menudo de México. Otro amigo músico fue Cristóbal Halffter.

Amigos íntimos fueron también el citado Juan José de Carlos, que estuvo en la Junta de Fundadores de El País, y su mujer Julia «Luli» Muñoz, que estudió la carrera de Derecho de mayor junto con su hija, tras haberse dedicado a su familia, y que tanto ayudarían como abogados a José y a Simone y a todos nosotros. O Ricardo Téllez y su mujer, él ingeniero agrónomo en la FAO en Roma, y durante un tiempo presidente del INIA (Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas). Y los muy entrañables Daniel y Pilar Tapia, españoles exiliados en México, él con un asombroso parecido a Simón Bolívar que José siempre ponía de relieve, y al que nombró delegado allí de Alianza Editorial. Todos tienen un lugar destacado en esta lista a la fuerza incompleta.

Desde la lejanía, aunque alguna vez viniera a España tras la muerte de Franco, con su querido primo Juan Manuel Ortega, hijo de Eduardo Ortega y Gasset, exiliado primero en Cuba y posteriormente en Venezuela, mantuvo una constante correspondencia.

Curiosamente, con alguna excepción ya señalada, José no fue amigo de muchos de sus socios o colaboradores. Mas, como toda persona realmente inteligente, supo rodearse siempre de gente de enorme valía. El fiel Fernando Vela y Paulino Garagorri en Revista de Occidente; o Javier Pradera (que desempeñaría un papel clave en El País, en cuyo proyecto al principio no creyó por pensar que iba a ser «el periódico de Fraga») en Alianza Editorial con su inteligencia y su avidez por la lectura, y que dimitiría como consejero cuando Prisa salió a bolsa. En Alianza contó asimismo con Jaime Salinas, hijo del poeta —que rechazaba lo que llamaba «la sociedad de apellidos»—, dotado de una especial sensibilidad para la literatura, y que fue durante un tiempo secretario de redacción de la Revista de Occidente, además de importante accionista de la propia editorial. O Daniel Gil, artista que marcó una nueva forma de hacer portadas en España. Y, naturalmente, como ya he explicado, la incorporación de Jesús Polanco a Prisa. Con todos ellos trabajaba durante horas, si bien no eran amigos ni asiduos de su casa.

Eso sí, aunque discrepara con él en términos ideológicos, cuando uno de sus autores iba a la cárcel, como ocurrió con el economista Ramón Tamames, al que encerraron por pertenecer al Comité Central del Partido Comunista de España, fue a visitarle a Carabanchel. Como también fue a ver a la prisión a su amigo Manuel Salvat, encarcelado temporalmente por el escándalo del caso Matesa en 1969, en el que se vio involucrado por los engaños de su cuñado Juan Vilá Reyes.

NADA RELIGIOSO

«No dejéis que vuestra madre me traiga un sacerdote», fue uno de los últimos ruegos que nos hizo nuestro padre a mi hermano y a mí, antes de perder la consciencia y fallecer a los pocos días. Y lo cumplimos. Seguramente pensaba en lo ocurrido con su padre en el lecho de muerte —y que relata en Los Ortega— cuando Rosa Spottorno y mi propia madre dejaron entrar al padre Félix García, amigo de la familia, y le dio la extremaunción al filósofo moribundo, lo que la Iglesia católica utilizó de forma propagandística después.

Aunque fue bautizado e hizo la primera comunión, José tuvo una formación bastante laica, lo que le permitió abandonar sin traumas personales, según ha explicado él mismo, las creencias religiosas recibidas. Su madre sí era creyente, como Simone, católica con inquietudes que apoyó las conclusiones del Concilio Vaticano II sobre las que a menudo discutía con sacerdotes amigos, entre ellos José María Martín Patino. José no creía en una vida después de la muerte, aunque, como su padre, tampoco era propiamente ateo, pues sentía el misterio de los orígenes. Nos acompañaba en coche los domingos a misa, generalmente a los jesuitas en Serrano, nos dejaba delante de la iglesia y se marchaba a aparcar, hasta que descubrimos que se iba a tomar un aperitivo para volver luego a recogernos. Y, claro está, empezamos a querer acompañarle. Aunque lo importante es que nos diera a sus hijos una cultura abierta y liberal.

EL ÚLTIMO TRANVÍA

José Ortega Spottorno fue un hombre bueno, generoso y siempre discreto. Cuando enfermó de cáncer y su médico de cabecera le quiso explicar lo que tenía, le dijo que no era necesario, actitud que el doctor calificó de sumamente elegante. Poco antes de tomar lo que en un artículo especialmente acertado llamó «el último tranvía», este agnóstico nos comentó a sus hijos lo que esta vez sí veía como algo evidente: «Ya no me queda nada que hacer en mi vida». Se iba tranquilo. «Ya he vivido demasiado», nos susurró.

En una necrológica citada por él, con ocasión de la muerte de Navarro Ledesma su padre pedía: «No reduzcamos los muertos a las obras que dejaron; esto es impío. Recojamos lo que aún queda de ellos en el aire y revivamos sus virtudes». Pues eso.

La muerte de un ser nunca es total y definitiva mientras se mantenga el recuerdo del fallecido entre los vivos, sobre todo, entre sus seres más próximos y más queridos. Es una forma de ampliar su vida, es la vivencia del ser ausente, como, no por casualidad, señalaba el narrador de mi novela Sin alma.

Simone solía encuadernar con tapas amarillas los libros dedicados que valían la pena. En un volumen de poemas, publicado en 1972 por Revista de Occidente, Dionisio Ridruejo le escribió: «A José Ortega que se llama así y hace honor a lo que se llama».

PREÁMBULO

Hace pocos años me entretuve en hacer la historia «probable» de mi familia materna, los Spottorno, gente oriunda de la Riviera genovesa. Ahora intento contemplar el panorama de mis antepasados con una historia similar de mi familia paterna, los Ortega. Es empeño mucho más difícil porque los Ortega fueron personas más complicadas y porque uno de ellos, mi padre, fue un filósofo, un intelectual de primer rango en la España contemporánea, cuyo pensamiento sigue vivo —y por ello discutido— en España y fuera de ella.

Cuando se va ya viendo la espalda de la vida, es curioso cómo nos invade un gran interés por saber más de los seres queridos que poblaron nuestra infancia. El eco de los antepasados parece resonar, a veces, en el latido de la sangre, y muchas reacciones, caracteres y sentimientos de una persona se explicarían si conociésemos cómo fueron otros miembros de su linaje. No se hereda todo pero hay características vitales que se perpetúan más fácilmente, como la salud, débil o recia. El temperamento, los deseos, las pasiones son menos propensos a esa relativa continuidad, aunque pienso que cuando descubrimos en algún rincón de nuestro almario una pasión escondida, muy bien pudiera ser el rescoldo de esa misma pasión que estaba en algún antecesor nuestro señoreando, implacable, el centro de su alma. La inteligencia es, por el contrario, la herencia más difícil a no ser la formalista de las dinastías musicales o matemáticas, como los Bach o los Bernoulli o los Halffter, en nuestro país. Pero no hay duda de que los antepasados, cuando sabemos o recordamos algo de ellos, nos hacen a veces guiños desde la ribera oscura.

Creo más justo y razonable que, cuando un hombre es ilustre, la fama y los honores irradien, como sucedía en el Celeste Imperio, sobre sus padres y no sobre sus descendientes; algo aportan aquéllos al triunfo de sus hijos, sea el peculiar ritmo en la hélice de su ADN, sea la atención, el aliento o el ejemplo que supieron darle. Y habiendo sido mi padre un hito en la historia cultural española, debemos hablar de su progenitor, José Ortega Munilla, y de su abuelo, José Ortega Zapata, músico, jurista y periodista, porque algo heredó de ellos. Sin olvidar su rama materna, los Gasset, gente asimismo valiosa que dejó su huella en la España del siglo XIX, el cual, como es admitido, remonta más allá de 1900.

En mi caso, el centro de mi vida ha sido, naturalmente, mi padre: por su personalidad, por el atractivo de su modo de ser y de sus ideas, por la bondad de su carácter, por la convivencia asidua con él y porque los acontecimientos de nuestra reciente historia me llevaron a ocuparme más de él en los momentos difíciles de la Guerra Civil, del exilio y de la posguerra. Pero no por haber vivido cerca de una persona podemos pretender explicar su vida, que es siempre enigma para el otro. La biografía, en última instancia, es un empeño imposible pero cabe desentrañar algo de esa «misteriosa trama de azar, destino y carácter» que era para Dilthey la vida. En un hombre de pensamiento que se va haciendo cuestión de su propia vida, sus escritos pueden ayudarnos a revelar su horizonte vital, aunque en ningún momento trato de exponer sus originales ideas filosóficas. Esto lo van haciendo —por cierto cada vez con mayor profundidad y perspicacia— sus discípulos, tanto los que le conocieron en vida como los que le han ido descubriendo en sus escritos.

Mi propósito es movilizar mis recuerdos para ir tratando de despejar las incógnitas en que consiste toda vida y que son ante todo, a mi juicio, éstas: los padres y la familia, el predominio de la soledad o la compañía, los amigos (o la falta de ellos), los enemigos (a veces ignorados por el personaje), la educación sentimental («la mujer es el encanto y el desasosiego del mundo» es una definición bellísima que daba Azorín, poco mujeriego por cierto), la vocación, dotes y capacidades, los problemas económicos, los grandes acontecimientos vividos, la salud (longevidad o vida breve), los éxitos y los fracasos, los caprichos y manías, y lo que en esa vida podemos atribuir al azar y la suerte. Y, como tarea más empinada, tratar de dibujar el mapa de sus sentimientos, pasiones y ensimismamientos.

Probablemente mi propósito supera a mi capacidad de relatar la vida de mi padre o la vida de mi abuelo —a quien traté de niño— y de mi bisabuelo, que sólo era ya anécdota en mi casa. Pero si me he decidido ha sido al darme cuenta de que nada podía hacer con mayor fruición en estos años postreros de mi propia vida que lograr la reviviscencia del paso de mi padre por la suya. Me perdonará el lector que sienta, además de cariño, entusiasmo por aquel hombre que, en frase de su colaborador máximo Fernando Vela, «más que un hombre fue un acontecimiento».

CAPÍTULO I

JOSÉ ORTEGA ZAPATA

(1824-1903)

VALLADOLID

Mi bisabuelo, José Ortega Zapata, nació en Valladolid el 8 de abril de 1824 en el número 7 de la calle de las Damas, muy próximo a la catedral chiquita, como llamaban entonces a la iglesia de las Angustias de la capital castellana. Su padre, Fernando Ortega y Montaner —y ésta es la única noticia que tengo de la hora postrera de mi tatarabuelo a través de lo que escribió su hijo en 1895—, «era Comisario Ordenador de los Reales Ejércitos del distrito de Castilla la Vieja —tal se llamaba entonces el destino equivalente al de intendente militar de hoy—. En julio de 1828, el rey Fernando, de vuelta de Cataluña, con ocasión de los disturbios políticos de aquella época[1], era esperado en Valladolid después de su estancia en Burgos.

»Mi padre, muy adicto a la persona de Fernando VII por haber pertenecido a la servidumbre del monarca en el Palacio Real de Madrid, y por haber ido muchos años con la real familia, de jornada, a los sitios de El Pardo, Aranjuez, El Escorial y La Granja, quiso hacer el viaje a Palencia para incorporarse allí a la regia comitiva. No habiendo hallado otro carruaje de alquiler que una tartana, en ella emprendimos la expedición mi padre, mi madre y yo, a la sazón de cuatro años. Pasado Torquemada y ya cerca de Magaz, volcó la tartana y cayó en una zanja de la carretera; mi padre, que era muy corpulento, tuvo la desgracia de que, en la caída, se le fracturase la clavícula derecha. Moribundo fue llevado a Magaz; desde allí envió mi madre un propio a Burgos noticiando el triste acontecimiento. El Rey dispuso que dos médicos de Cámara tomaran la posta para asistir a mi padre, pero cuando llegaron ¡mi padre era cadáver y estaba enterrado en Magaz!»[2].

Ese cargo regio permitiría, sin duda, que la familia se mudase, teniendo el bisabuelo dos años de edad, al cuarto bajo de la Casa Polentinos como llamaba «todo el Valladolid de 1826 al gran edificio, de fachada y proporciones señoriales», en la calle de San Salvador, donde el conde de Polentinos tenía sus despachos. Un piso bajo con grandes rejas de hierro donde el bisabuelo se soltó a caminar con los andadores que le pusieron sus padres, el carretón y la pollera de mimbres que se usaban entonces «para los mamones que empezábamos a dar nuestros primeros y vacilantes pasos». Y aunque no debía de ser excesivamente lujoso el tenor de la vida de aquel Comisario, como demuestra el que no dispusiera de carruaje propio y tuviera que tomar uno de alquiler para ir a honrar a su amado Rey, su muerte cambió la situación de la familia, y en ese mismo año de 1828 se trasladaron a la calle de María de Molina y en 1833, a la de Santiago, a pisos más modestos.

Todo esto nos lo cuenta Ortega Zapata en Solaces de un vallisoletano setentón que publicó El Norte de Castilla en 1895 para contar a los pincianos[3] de entonces lo que era el Valladolid de 1830 a 1847, fecha desde la que no había vuelto a pisar su «inolvidable suelo». El último de los 34 Solaces lo escribió en 1895, en la propia mesa de redacción del famoso periódico castellano, pero la casi totalidad de los restantes los enviaba desde Miraflores de El Palo, barriada malagueña donde residía, a ratos con sus nietos, y donde moriría en 1903. El propio Norte de Castilla recogió en 1895, en forma de libro[4], la mayor parte de esas remembranzas, que demuestran, por cierto, una gran memoria. Y hace pocos años —en 1983— el sacerdote y catedrático de la Universidad de Valladolid Lorenzo Rubio González ha publicado una nueva edición, crítica y completa, que debemos agradecerle todos los descendientes de José-Dionisio Ortega Zapata, como firmaba el autor sus Solaces.

Su buen hijo, Ortega Munilla, ya entonces periodista de gran talla e influencia, puso unas líneas de preludio —que no prólogo— a ese libro con el título Antes de empezar, que transcribo en parte:

«Los Solaces de un vallisoletano setentón no tienen pretensión alguna ni su autor, que empleó buena parte de su vida en las faenas del periodismo, ha aspirado jamás a los triunfos literarios. Por distraer ocios de anciano y vigilias de enfermo, fue anotando al correr de la pluma sus recuerdos infantiles y remembranzas de mozo... y así desfilan ante el lector, dentro del cuadro del Valladolid de los años 30, los tipos castizos y rancios, las costumbres sencillas y modestas, correspondientes a una época de transición; el buen vallisoletano que viajaba, acompañado de escopeteros, en galera o en el coche de Tragaleguas; que hacía visitas en bombé; que encendía los cigarros en chufeta y se alumbraba con velas de sebo; [sus paisanos actuales] recorrerán con curiosidad los Solaces en los que verán restaurada y reproducida la ciudad antigua con el movimiento de la vida».

Pero aunque no seamos vallisoletanos, lo que cuenta mi bisabuelo de la ciudad de su niñez resulta curioso y divertido. Era Valladolid el vestigio desarbolado de la capital de los Austria, de edificios sonoros pero ya menesterosos y deshabitados. Téophile Gautier, que pasó por allí pocos años después en su famoso viaje por España, decía que «era una ciudad de 20.000 habitantes capaz para albergar 200.000». Y ese interés de los relatos del bisabuelo procede de su probado sentido periodístico, como lo demuestran, por ejemplo, estos titulares del Solaz XVIII: «Una copla socialista y comunista»; «Avanzar cuatro años para retroceder tres»; «La supresión de los manteos de los estudiantes»; «Anguarinas, capas, chaquetas, levitas, sombreros gachos y de copa»; «Aire, agua, fuego y tierra».

No voy, naturalmente, a comentar cada uno de esos Solaces pero sí quiero señalar dos temas que, sin duda, le impactaron. Uno, el de la higiene —o, mejor dicho, la falta de ella— en la ciudad del pestilente Esgueva; otro, su entusiasmo por la pastelería de Gordaliza, de cuyo hijo Gabino sería gran amigo, «que era el Lhardy de Valladolid». «La higiene —nos dice en el Solaz XII— era completamente desconocida en Valladolid en los años 30 y siguientes [...] Lo único que se echaba de ver algo, estaba en que por la mañana, a primera hora, barrían la calle los presidiarios [...] Como no había cuartos escusados, retretes comunes en las casas, había que suplir la falta tal con cosa precisa, necesaria y secreta. La olla desempeñaba un gran papel en las primeras horas de la mañana y en las de nueve en adelante por la noche. Las criadas de las casas cargaban con la olla, se la ponían abrazada con el brazo izquierdo en la cintura, y emprendían la marcha al vertedero más próximo del río Esgueva. El aroma que envolvía Valladolid durante dichas horas [...] no olía a ámbar». Más adelante insistiría en la urgencia de ...