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LOS PRIMEROS DíAS DE POMPEYA (CABALLO DE TROYA 2016, 2)

María Folguera

0


Fragmento

1

Tu historia comienza en verano. A la sequedad, que se prolongaba cuando llegó octubre, se sumó una noticia que hacía más difícil respirar, dormir, avanzar, como si la ciudad se hubiera convertido en un desierto. Estaba preocupada porque por primera vez se había abatido sobre el mundo un suceso inevitable, y buscaba la mejor manera de comprenderlo.

El hecho era éste: mi tío Víctor sólo abría un ojo cuando alguien tosía a su lado, cuando un teléfono móvil se disparaba y derramaba su melodía, cuando el señor de la cama de al lado apretaba un botón y el enfermero carraspeaba por el telefonillo.

—Qué quiere.

—Se ha acabado el suero.

—Ahora mismo se lo cambio.

Víctor parpadeaba y volvía a abrir la boca llena de grietas, se hundía otra vez en un sueño caliente, se dejaba adormecer por la fiebre.

—Qué pesados sois. Cómo habláis.

Víctor intentaba alcanzar los últimos rayos líquidos de luz en el hospital, entregado a una tarea de la que desconocíamos los detalles, pero con la que nos aprestábamos a colaborar, sin saber muy bien por qué.

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—Mira, Víctor —insistía yo en conversar—, ¿has visto que me he pintado las uñas de color azul? Se llama Electric Blue Shock, este color.

—Es horroroso —respondía él.

Estaba decidido a protestar ante la falta de silencio. Es difícil saber cuándo el que ya sólo fabrica silencio en las laboriosas celdillas de sus órganos quiere o no tomar el ajetreo que le ofrecen los otros, el préstamo del ruido y los planes.

—He comprado este pintaúñas en un chino, ¿has visto?

Yo destilaba ruido para Víctor, sin saber si lo aceptaba por educación o porque de verdad su silencio quería adornarse un momento con mis zumbidos.

Meses antes, Víctor había anunciado una enfermedad sentado en la mesa familiar, y desde ese mismo momento se había impuesto la certeza de que era mejor no hablar de ello. Seguramente ahí empecé a atisbar esta historia. Yo me preguntaba, ¿por qué este disimulo, por qué esta incapacidad para arriesgarnos a aceptar que se muere? El cáncer va pelando a la persona como si fuera una fruta y todos retrocedemos, aceptando la norma, sin saber quién la dictó, de no interponerse entre el cuchillo invisible y aquel que entorna los ojos. Sin embargo, aunque guardé las formas desde el primer momento, y no aflojé y no dije estupideces, y fui madura y me mantuve serena, cuando sucedió y Víctor cayó definitivamente bajo el sol que lo miraba sin parpadear, pensé que esto no iba a quedarse así. Hacía falta una palabra, un intermedio, una conexión para terminar de comprender cómo era esto de ver morir a otro. De todo este Génesis insatisfecho, el libro primero iniciado desde el asombro ante semejante pobreza funeraria, acabarías apareciendo tú. Tú, un punto de sangre entre tu padre y yo. La demostración de que en realidad no tenemos miedo; de que a pesar del miedo estamos dispuestos a morir una y otra vez. ¿Por qué no celebrarlo, entonces?

2

Tu padre y yo vivíamos en un antiguo almacén, en lo alto de un edificio de la calle del Carmen. La noche en que la historia continúa subíamos las escaleras hacia nuestra puerta. Al pisar, la madera se hundía ligeramente. Veníamos de despedir a Víctor: primero la cortina hermética había cubierto la ventana del tanatorio y después, abrazados y compungidos, los supervivientes nos habíamos marchado a comer, a una larga velada en un restaurante de mantel blanco. Buscamos consuelo en la carta del menú y estiramos la sobremesa hasta que cayó la tarde, sin otro ritual ni palabra mágica que nos prometiera una restitución. Nos habíamos despedido y yo me había preguntado si nos conformaríamos con esa tristeza sobria, si de verdad estábamos de acuerdo en aquella impotencia y aquella discreción. Por ejemplo, ¿debíamos haber reservado un espacio para Víctor? ¿No habíamos trazado demasiado rápido la nueva distribución de platos y sillas? Allí faltaba una solución para incluir a aquellos a los que ya sólo podíamos ver en las fotos.

Callaba y pensaba en esto mientras subíamos a oscuras, con el móvil en la mano, alumbrando paredes e interruptores inútiles. Nadie más vivía en el edificio. Nunca habíamos visto abrirse ninguna de las puertas que nos salían al paso, todas con un pomo que debió de ser dorado hace tiempo. Nuestra casa estaba en el último piso. Era estrecha y larga: un pasillo en el que se alineaban la cama, el sofá y la tele. En un rincón el dueño se las había arreglado para instalar una pequeña cocina, y en el único cuarto de la casa había logrado encajar el baño que definitivamente le permitiera considerar aquello un espacio habitable, y por lo tanto cobrar un alquiler a los primeros afortunados que la descubrieran. Estábamos orgullosos de vivir en el centro de la ciudad, y del precio barato que pagábamos gracias a que, seguramente, aunque el dueño se hubiera empeñado en hacerla habitable, una inspección por parte de las autoridades competentes no habría estado de acuerdo.

Al entrar, como todas las noches de invierno, nos precipitamos a enchufar el radiador antes de encender la luz siquiera. La casa tenía ventanas a cada lado: en uno la galería de ventanucos gruesos sobre la calle del Carmen, y en otro, la ventana que daba al patio, atravesada por una hendidura que separaba el cristal en dos mitades. Hasta los ventanucos ascendía el murmullo de los que recorrían la calle abrazados a sus bolsas de papel y sus teléfonos móviles, y también la flauta que tocaba una y otra vez las mismas notas de «The sounds of silence». Su dueño se apostaba cada día junto a nuestro portal y cumplía con una jornada de más de ocho horas en las que repasaba el inicio de «The sounds of silence» hasta que ya no lo escuchábamos. Era como si agitara en el aire las cabelleras de Simon y Garfunkel insertadas en un palo, reclamando la colaboración del gentío apresurado que lo rodeaba, de compras, directo al cine, camino al próximo bar. La calle del Carmen era un sendero necesario para atravesar el corazón de la ciudad, que no ofrecía motivos para detenerse ni mucho menos descansar. Del otro lado de la casa, el del patio, de noche sólo nos llegaba silencio, hasta que empezara el día siguiente y se despertara también la cafetería de la planta baja, los únicos ocupantes del edificio aparte de nosotros. Nuestra única relación con ellos consistía en dejar que la freidora de su cocina arrojara efluvios de aceite oscuro hacia la ropa tendida.

Sentados en el sofá, a oscuras, tardamos en quitarnos el abrigo. Nos recuperábamos del trayecto de cinco pisos. La ventana del patio recogía un leve resplandor naranja, como si la luz de las farolas del barrio hubiera rebasado la azotea y se filtrara por la raja de cristal.

—Se ha despegado el cartón —dijo tu padre.

Y era cierto. En el suelo yacía una caja de galletas desplegada y aplanada, con los trozos de esparadrapo vueltos hacia el techo.

—Levántate tú.

—No, levántate tú.

Era nuestro remedio para callar el frío que empezaba a silbar por ese resquicio. Una eficaz manera de no llamar al cristalero y aguantar hasta la primavera. Me agaché y cogí el trozo de cartón, observando el estado del esparadrapo. Decidí que podía reutilizarlo y presioné el cartón contra la fisura, intentando que las tiras de esparadrapo se adhirieran de nuevo.

—Pero cámbialo, qué te cuesta —dijo tu padre.

—No —dije mientras repasaba con el dedo el margen superior.

En ese momento, una ventana se iluminó en el patio. Dudé, pero tuve que soltar el cartón. Aquello era demasiado extraordinario.

—¿Qué pasa?

—Se ha encendido una luz.

Tu padre saltó del sofá y vino. Los dos nos asomamos por encima del cartón, que tenía el dibujo de un vaso de leche y una galleta con una espiga de trigo dorada atravesándola en diagonal. La ventana estaba encendida; no había cortinas, pero no dejaba entrever nada ni a nadie. Sólo una pared blanca.

—Ha venido gente nueva, entonces.

3

Me desperté con ganas de intervenir contra esa inquietud que había dejado en mí la despedida de Víctor. Había soñado que tenía una piedra muy ligera en la mano, tanto como una piedra pómez. La piedra me suplicaba que le diera agua; no tenía boca, ni hablaba, pero en el sueño yo era capaz de comprenderla, y buscaba líquido para evitar que se secara. Tumbada en la cama, pensé que la pesadilla era consecuencia tanto de la sed provocada por el banquete del día anterior como del recuerdo de Víctor en el hospital, exprimido y gris, color ceniza.

Recordé la ventana encendida. Salí de la cama y metí los pies en los zapatos helados. Cogí la manta del sofá y me envolví para acercarme al cristal. Tu padre se removió, emitió un quejido y luego volvió a oírse su respiración lenta y profunda. Al aplastar la nariz contra el vidrio no vi nada nuevo; la fachada del patio permanecía inexpresiva. De la cafetería llegaba el sonido de la radio, el choque de platos y vasos y los chasquidos de la freidora.

Sin soltar la manta, cogí mi ordenador portátil y me acurruqué en el sofá. Pulsé el botón de inicio. Quería buscar información acerca de mi tío. Entré en google y escribí su nombre, con apellidos. Estuve un rato separando arenas, y de vez en cuando detectaba un destello, entre referencias azarosas a otros Víctores y los sustantivos encerrados en sus apellidos, esquelas dedicadas al padre de mi tío, que se llamaba igual que él y había fallecido en 1980 —afortunadamente, la hemeroteca digital de un periódico había rescatado para la posteridad cada una de las hojas de sus números anteriores a la existencia de internet—, y, por fin, una noticia sobre mi tío, el 12 de septiembre de 1970: «Detenido en Gerona por introducir propaganda subversiva. El estudiante de veintisiete años proyectaba introducir en nuestro país unas maletas de contenido peligroso. Procedente de París, regresaba a España en un coche Morris matrícula M-582921».

—¿Qué hora es? —farfulló tu padre desde la cama.

—Las ocho y media.

—¿Qué haces?

—Estoy buscando cosas sobre Víctor.

Tu padre suspiró y apartó el edredón para levantarse. Tosió y se rascó la cabeza, sentado sobre sus patas largas, en calzoncillos. Un escalofrío repentino lo sacudió y gateó hasta el extremo de la cama, donde se enredaban camisetas y pantalones. Mientras se vestía, miraba la pantalla del ordenador.

—¿Y qué has encontrado?

—Una noticia de google, de cuando era joven. Voy a guardarla.

Tu padre se incorporó y se dirigió a la cafetera para servirse lo que quedaba del café del día anterior. Mientras la taza daba vueltas en el zumbido del microondas, él continuaba frotándose los ojos.

—¿Y qué vas a hacer con eso?

—Pues no lo sé —reconocí—. Pero es que ayer me quedé muy rara después del entierro, y de la comida. Es como si no supiéramos muy bien qué hacer. ¿A ti no te parece que Víctor se habría enfadado si nos hubiera visto ahí, tan sosos, hablando de nuestras cosas, fingiendo que era un día como cualquier otro?

—Yo no diría tanto —replicó tu padre—; estábamos todos hechos polvo.

—Ya, pero ¿no vamos a hacer nada más?

—Qué podemos hacer —se encogió de hombros—. ¿Me dejas poner las noticias?

Asentí mientras releía la página de periódico que explicaba la detención de mi tío. No sabía qué hacer con ella. Reconstruir un relato sobre los secretos e historias perdidas de Víctor habría sido un gesto muy noble, pero yo no podía escribir más de dos líneas consecutivas. Alguna vez lo había intentado, pero me distraía enseguida: tu padre que entraba por la puerta o las notas de Simon and Garfunkel desde la calle o el teléfono móvil. Así no se puede, decía yo; necesito salir de aquí un mes y encerrarme y concentrarme y entonces sabré si puedo escribir, imaginar, lo que sea.

En la televisión se veía la Puerta del Sol, la plaza en la que desembocaba nuestra calle. Un chico cruzaba en patines, un vendedor de globos disfrazado de gato de peluche gigante le hacía morisquetas a un niño. «Disminuye la cifra de visitantes en Madrid. La capital española registró una abrupta caída de turistas durante los últimos meses.» Una pareja de ojos rasgados remaba en la laguna del parque del Retiro; él apoyaba el remo para sacar el móvil y hacerse una foto a sí mismos, suspendiéndolo en el aire para enmarcarse mejor. Decidí prepararme un café yo también y no descartar la posibilidad de escribir sobre mi tío; pensaría en ello a lo largo del día. Lo primero que haría al llegar a la oficina sería imprimir la noticia de la hemeroteca.

Al acercarme a la esquina de la cocina miré de soslayo hacia el patio. Fue entonces cuando por fin se prendió una bombilla amarilla en la ventana de enfrente, en el piso inferior. Contuve el aliento y susurré, porque no confiaba en que el cartón de las galletas consiguiera tapar del todo la grieta, que dejaría escapar nuestras voces:

—Tenemos vecinos, tenemos vecinos.

Tu padre se acercó, pero al no descubrir nada nuevo se dio por vencido y volvió al sofá.

—Ya nos cruzaremos con ellos.

—Yo quiero conocerlos, ¿voy a saludarlos?

Tu padre negó con la cabeza, resignado.

—Sí, claro, como en las películas.

Después de vestirme, y morder un trozo de pan, y salir por la puerta, bajé las escaleras pausadamente, dando tiempo a los nuevos inquilinos a reaccionar y salir a conocerme. Pero el descansillo del piso inferior permaneció mudo y sombrío, como todas las mañanas hasta entonces, con su aire de centinela petrificado. Seguramente era temprano para encontrarse; continué bajando los peldaños. Al salir a la calle del Carmen me recibió el amigo de la flauta, que se preparaba para su concierto cotidiano de las cuatro notas de «The sounds of silence». Con su chupa de cuero, su cabello apelmazado en cordones lanudos, que lo coronaban como a un poeta antiguo, se llevó el cilindro de plástico a los labios y comenzó a soplar. Al pasar junto a él me lanzó su plegaria de todos los días, «Una monedita, guapa», pero preparado ya para soltar la segunda parte, «Hija de puta». Otras veces increpaba a los viandantes con «Eso, eso, vete corriendo», o «Que no tengo sida, hijo de puta»; pero conmigo, antigua conocida, resolvía más rápido.

Descendí por la Puerta del Sol y dejé atrás el pez de cristal, la boca de metro por donde se internan cientos de personas como oleadas de plancton. Intentaba imaginar una despedida sincera para mi tío. Llegué caminando hasta El Teatrito. Fui la primera, así que pude imprimir la noticia de periódico tranquilamente. Pero mi jefa no tardó y guardé el papel doblado en un bolsillo. Juntas repasamos las tareas de la mañana y me dispuse a acatar la primera. Ya había agarrado la escoba cuando recibí una llamada de Adriano.

—Voy a trabajar a tu barrio. ¿Estarás?

Le dije que sí y quedamos en vernos en una hora. Para acabar a tiempo decidí empezar por el escenario. Una compañía polaca había realizado la última función de El jardín de los cerezos el día anterior y estaba todo asperjado de pétalos blancos. Así se había invocado la presencia del magnífico cerezal del jardín del que hablaba la obra: diseminando restos de pequeñas flores por el suelo. Cualquier riguroso de la botánica habría descubierto la verdad: eran pétalos de almendro, pero no habíamos tenido otra opción; yo misma acompañé a la productora de la compañía, una joven becaria de prácticas, a preguntar a la floristería, y lo único que pudimos conseguir fue un hatillo de ramas de almendro. No obstante, estábamos contentos con el resultado. Había venido a verlo más gente de la esperada, unas treinta personas cada día, lo cual nos alegró como anfitriones teniendo en cuenta nuestro pesimismo inicial.

La otra tarea de la jornada, que decidí relegar a la tarde, después de haberme visto con Adriano, era preparar la llegada de la compañía valenciana. Ésta venía subvencionada por ser un espectáculo de danza, para nuestro alivio. Así nos ahorraríamos los terrores de la recaudación. La compañía, tres chicas y un chico, cobrarían aunque vinieran pocos amantes del género, amenaza siempre cercana en El Teatrito; motivada por el frío y las ganas de quedarse en casa, la reticencia a gastarse catorce euros en un producto desconocido; o el buen tiempo y la cerveza a un euro en los parques y los bancos de la calle, o un partido de fútbol. Nunca se podía predecir desde qué lado soplaría el viento capaz de arrasar nuestra modesta grada para espectadores.

—Los valencianos nos han pedido diez sacos de tierra —me había dicho la jefa—. Ya les he dicho que nosotros no podemos pagarlo, que tienen que asumirlo ellos; pero tú les acompañas esta tarde al vivero y allí lo compráis.

Los pétalos blancos se habían adherido al suelo, surcados por delgadas líneas marrones de óxido, aplastados por el tránsito de los actores en la escena. Para despegarlos tenía que arrodillarme y rascar con las uñas. Alguien se había dejado una mochila en el camerino; ahora nos escribirían desde Polonia y nos pedirían que por favor se la enviásemos por correo. Una compañía de teatro en gira es como un grupo de niños de excursión. Siempre hay pérdidas de objetos. También se habían dejado un bote de nocilla y un costurero; decidí que les enviaríamos el costurero con la mochila, pero el bote lo dejé en un asiento de la primera fila, para acordarme de tirarlo a la basura. El sonido de unos pasos sobre la tarima y una exclamación de felicidad se adelantaron a mi propósito:

Tono había descubierto la nocilla.

—Iba a tirarla —respondí, sabiendo que desencadenaría una reacción apasionada.

—Pero qué dices, esto me lo pongo yo al lado del ordenador con una cucharita y voy repostando cada rato.

Tono agarró el bote de nocilla y se perdió por la puerta que lleva a la oficina, pero aun así subió el volumen de voz para que yo lo oyera.

— El azúcar es muy bueno para los trabajos intelectuales, reina.

Sobre lo de «trabajos intelectuales» yo iba a hacer una observación, pero antes de formularla ya sabía que era mejor callar. Tono ahora pasaría un rato decidiendo qué hacer, si ir al comercio chino a comprar una cuchara de plástico, si comprar pan de molde y un cuchillo para untar la nocilla, o aprovechar que sólo éramos tres en la oficina y meter directamente los dedos en la nocilla, chuperreteando a conciencia luego para no manchar el teclado del ordenador. Terminé de barrer el escenario y fui a los camerinos. En el recogedor, a la maraña de polvo y pétalos marchitos se superpusieron enseguida horquillas, papeles de caramelos, hojas sueltas del libreto y cabellos de diferentes colores y longitudes. Las baldosas del suelo ya sólo estaban maculadas por las huellas que habían dejado los polacos al salir de la ducha. Cuando me di cuenta de que se nos había acabado la lejía, y me asomé a la puerta, la voz de Tono replicó:

—Compra, por favor, pan de molde y un cuchillo y una cucharita de plástico.

Pero ya había sal ...