Loading...

LOS VIAJES DE GULLIVER (LOS MEJORES CLáSICOS)

Jonathan Swift

0


Fragmento

INTRODUCCIÓN

Como de cualquier otra obra cuya popularidad sobrevive a su propia época, una gran variedad de lectores pueden disfrutar de las diversas interpretaciones, todas placenteras y provechosas, que pueden realizarse de Los viajes de Gulliver. En los tiempos que corren, los lectores, al estar habituados al género de ficción predominante en el siglo XX, a menudo se acercan a esta obra como si fuera una novela. Desde este punto de vista, Gulliver es el protagonista y seguimos sus gestas a lo largo de cuatro viajes, centrando nuestro interés en sus aventuras y hazañas, en su evolución y su supervivencia. Muchas adaptaciones bien logradas, ya sea a la gran pantalla, en libros infantiles o en representaciones pictóricas, reflejan esta perspectiva, a la que también hay que atribuir gran parte de su éxito ininterrumpido. En efecto, Swift juega con el deseo de historias como las de antaño que tenían los lectores; y aquellos que lo deseen con la fuerza suficiente, incluso podrán encontrar en la señora Gulliver a una ligeramente esbozada Penélope, a quien ese Ulises moderno regresa durante y después de los largos y peligrosos viajes. Sería un disparate negar la capacidad que posee la obra para suscitar interés. Tan relevantes para la longevidad de Gulliver como puede ser la aproximación a él como si se tratara de un libro de cuentos o de una novela, son otros elementos que se desarrollan en el texto, muchos de los cuales tienden a debilitar de forma drástica el enfoque que lo ha mantenido vivo todos estos años.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando un lector deja de sentirse «lleno [...] de una emoción mezclada de alegría y asombro [y] la crítica [ya no está] maravillada», como describe el doctor Johnson el primer efecto de Gulliver, ciertamente, surgen los problemas. Para empezar, el personaje principal nos cuenta cosas que se alejan en extremo del decoro convencional de la novela de viajes que creemos estar leyendo. Algunos fracasos de las expectativas ocurren al principio de la primera parte: el protagonista se encuentra entre la gente diminuta de Lilliput y Blefuscu, donde todo lo existente en el mundo europeo es representado en miniatura, a escala de uno a doce. Como si fuera nuestro corresponsal en el extranjero, Gulliver nos informa sobre ese extraño lugar, su vida política, sus intrigas y algunas de sus costumbres. Cuando los liliputienses lo capturan y lo llevan a la ciudad, lo encadenan y lo retienen en un templo en desuso (cuyo parecido con la abadía de Westminster de Inglaterra solo reconocerán los lectores más instruidos). Sin embargo, nos sorprende con la descripción de su acto de defecación:

Hacía algunas horas que me encontraba muy apurado por las necesidades de la naturaleza, y no es de extrañar, puesto que hacía casi dos días que no me había descargado. Me sentía en gran dificultad entre la necesidad y la vergüenza. Pensé que la mejor solución consistía en deslizarme sigilosamente en casa, así que esto fue lo que hice, y cerrando la puerta después de alejarme hasta la longitud que me fijaba la cadena, al fin me desembaracé del lastre. Pero esta fue la única vez que me sentí culpable de tan sucio acto; no me resta sino esperar que el ingenuo lector será condescendiente conmigo, una vez sopesada la apurada situación en que me encontraba. A partir de aquel día me acostumbré, nada más levantarme, a ir afuera y ocuparme de ese asunto al aire libre, tan lejos como me lo permitía la cadena. Antes de que alguien viniera a visitarme por la mañana, se tomaban las medidas adecuadas para que mis residuos desaparecieran en las carretillas que dos sirvientes manejaban. No me habría extendido tanto en este incidente, que a primera vista puede parecer insignificante, de no ser por mi necesidad de justificar mi modo de ser en cuanto a la limpieza del mundo. Sin embargo, me han dicho que mis detractores han aprovechado este y otros incidentes para atacarme. (Primera parte, cap. II)

El tono es el adecuado, pero no es el tema que uno espera encontrar en el relato de un viajero. Solo aquellos que lean sin reflexionar, que digieran cualquier cosa que se les ofrezca impresa en la hoja, pueden, en este punto, evitar reexaminar sus suposiciones previas, tanto sobre el narrador como sobre la obra en general. Este fragmento fuerza al lector a reconocer que Swift está ridiculizando las historias de viajes que al mismo tiempo imita, por lo que emerge la incómoda sospecha de que también los lectores estamos en su punto de mira.

Solo en la primera parte se apela «al lector» veinte veces más, y durante el curso de la obra, las numerosas llamadas al «ingenuo», «curioso» y «amable lector» sirven de recordatorio de que Swift está subvirtiendo tanto la apariencia de su relato como el tipo de lectura que este requiere. Hacia el final de la cuarta parte, Gulliver podría estar haciendo una declaración en contra del género que ha imitado:

Deseo de todo corazón que se promulgue una ley obligando a todo viajero, antes de que se autorice la publicación de su relato de viajes, a efectuar un solemne juramento ante el lord Gran Canciller de que todo cuanto se propone publicar es, a su entender, absolutamente verdadero con gran placer durante mi juventud. Pero después he podido recorrer la mayor parte de las regiones del globo y, gracias a mi experiencia personal, estoy en condiciones de desmentir muchos relatos quiméricos. Todo ello me ha producido una repulsa generalizada hacia esta literatura de viajes y bastante indignación al comprobar de qué modo tan descarado se abusa de la credulidad humana. (Cuarta parte, cap. XII)

Swift alecciona a los lectores a lo largo de la obra, a la vez que los incita a leer su libro. Además, la sátira se enfoca en ofrecer más de una lectura posible; y tiene como objetivo la mayoría de supuestos que constituyen la mentalidad de un lector: supuestos sobre el discurso, la razón y la naturaleza humana. Es revelador que la narración de la defecación, que se va repitiendo —a veces en la forma de «remedio» recomendado para el lector—, resulte una de las señales más claras de la actividad subversiva de Swift. Ni el refinamiento de su prosa clara y simple, ni la respetable edad de la obra (casi trescientos años) pueden esconder el hecho de que este libro es a menudo tan obsceno y conflictivo como cualquier producto moderno del activismo político.

Gulliver no es preeminentemente una novela o un relato; en verdad, pertenece a un género literario más complejo: la sátira. Es una parodia de libro de viajes, como Voyages, de William Dampier (del cual se hacen varias referencias explícitas). Es notable la influencia adquirida, tanto en la forma como en el espíritu, de una larga lista de obras satíricas que empieza en la Antigüedad, entre las que se han establecido correspondencias específicas con ciertos textos de especial importancia, por ejemplo del poeta griego Luciano, Rabelais, sir Thomas More y Cyrano de Bergerac. De todas formas, el espíritu satírico de Gulliver va más allá de las similitudes que guarda con obras concretas. Swift recibió una amplia educación sobre los escritores clásicos, y conocía especialmente bien, como muchos de sus contemporáneos, la poesía de los grandes escritores satíricos romanos: Horacio, Juvenal y Persio. Existe un manuscrito incluido en la colección Rothschild donde se recoge la traducción que hizo Swift de las sátiras VI y X de Juvenal. El conocimiento profundo de estos y otros poemas satíricos de la Antigüedad se hace evidente en sus escritos. A veces parece que Swift proclame su afinidad con estos poetas clásicos. Hacia el final de la obra, por ejemplo, Gulliver habla de lo que ocurriría si los europeos atacaran a sus admirados houyhnhnms, de apariencia equina, pero sumamente racionales:

Imaginaos en una carga a veinte mil de ellos contra el grueso de un ejército europeo, desordenando las filas, volcando los vehículos con los terribles impactos de sus cascos traseros, desfigurando completamente las caras de los combatientes. Pues sin duda merecerían que se dijese de ellos lo que se dijo de Augusto: Recalcitrat undique tutus. Pero en lugar de hacer proyectos para subyugar a aquel magnánimo país, preferiría que ellos tuvieran los medios y disposición de enviar un número adecuado de sus conciudadanos para civilizar Europa, enseñándonos las nociones básicas de honor, justicia, veracidad, templanza, espíritu cívico, fortaleza, castidad, amistad, benevolencia y fidelidad. Los nombres de estas virtudes todavía perduran en la mayoría de nuestros idiomas y se encuentran en autores tanto antiguos como modernos, como mi escasa y personal experiencia lectora lo atestigua. (Cuarta parte, cap. XII)

La cita en latín significa: «Da coces, seguro, por todos lados». Pertenece a un poema de Horacio en el cual se reafirma como poeta satírico, a la vez que reconoce que le saldría más rentable dedicarse a otros géneros literarios, como el panegírico (Sátiras, II, 1). De algún modo, Swift habla a través de la voz de Horacio para defender su propia identidad como escritor satírico al final de su más larga y exitosa obra del género.

Gulliver cumple con todos los tópicos característicos de este género clásico. Como en la sátira X de Juvenal, se ríe de la vanidad en los deseos más comunes del género humano: dinero, poder, fama, longevidad, conocimiento (sobre todo el que no implica esfuerzo), belleza, etc. Como sucede con la gran mayoría de este tipo de composiciones, no se puede afirmar, precisamente, que incite a los lectores a llevar una vida ejemplar, aunque, de un modo implícito, aconseja cumplir algunas virtudes sencillas como, por ejemplo, la tríada cristiana: fe, esperanza y caridad.

Uno de los vehículos de la sátira de Swift es, por supuesto, el uso que hace de la perspectiva. El hecho de que el punto de vista del protagonista cambie de un lugar a otro es una característica remarcable y exquisita de la obra. Incluso se podría interpretar como una metáfora continuada, o un juego, como sugiere Denis Donoghue, parecida al símbolo de la poesía metafísica. De hecho, Samuel Johnson reacciona con la misma impaciencia a la metáfora continuada de Swift que a la de la poesía metafísica. Le dice a Boswell: «Una vez has imaginado hombres grandes y hombres pequeños, es muy sencillo hacer todo el resto».[1] «Todo el resto» no significa el libro entero, aunque sí el grueso, en especial la primera y segunda parte, y a menudo incluye los aspectos de la sátira general. Por ejemplo, el tamaño de Gulliver en comparación con el de los liliputienses es lo que vehicula toda la discusión sobre la dificultad de alimentar y alojar su cuerpo enorme. Es doce veces más alto que ellos, y eso implica (en términos de razonamiento matemático) que es doce veces el tamaño de los liliputienses en cada dimensión, por lo que su volumen es 123 o 1. 728 veces el suyo. Esta enormidad resulta obscena, y es evidente que nos quiere recordar la ordinariez del cuerpo humano, un lugar común de las sátiras y los sermones escritos para disuadirnos de la vanidad terrenal y recordarnos la importancia del espíritu. Se puede considerar lo mismo sobre el famoso episodio en el que Gulliver saca provecho de su tamaño para extinguir un fuego en el palacio liliputiense dirigiendo su chorro de orina a los aposentos de la emperatriz. Desde las alturas de su superioridad corporal, no cae en lo repulsivo y humillante que su gesto puede resultar a la sensibilidad de la gobernante.

Por otro lado, la metáfora —la enormidad de Gulliver—, tiende más bien a evidenciar la inferioridad moral, o la mezquindad, más que la elegancia o la delicadeza de los liliputienses. Estos distinguen diferentes alturas que son insignificantes para la escala «normal» de los europeos, aunque son ingenuos e irritables más que precisos y sagaces. El contraste entre la pequeñez de los liliputienses y la enormidad de Gulliver anticipa el giro de la metáfora en la segunda parte, donde se nos muestra la insignificancia de Gulliver en relación con la vastedad (y, a veces, grandeza) de los brobdingnagianos. Ahora es la piel de Gulliver la que parece delicada, y tosca la de sus anfitriones. Al examinar, con precisión microscópica en comparación con estos, sus pieles, puede observar las imperfecciones, las verrugas y, lo más desagradable, los piojos, todo magnificado hasta unas proporciones horripilantes. Como lectores, sin embargo, sabemos que lo que contempla en la carne de los brobdingnagianos es lo mismo que hay en la carne humana; eso debería servir para rebajar nuestro orgullo insoportable, y debería enseñarnos a creer en virtudes interiores más duraderas. En la segunda parte, como en la primera, Swift podría dar aún otra vuelta a la metáfora: hacer que no nos centremos en la enormidad de los brobdingnagianos, sino en la pequeñez humana de Gulliver. Quizá el pasaje más constante y abiertamente satírico de todo el libro se encuentre después de que Gulliver describa la cultura e historia europeas al rey de los brobdingnagianos. La respuesta de este último sitúa al protagonista y a sus conciudadanos (es decir, a nosotros) bajo su perspectiva: «Solo puedo llegar a una conclusión: el grueso de tu raza constituye, en su conjunto, la especie más maligna de odiosos y pequeños bichos a los que la naturaleza haya jamás permitido deslizarse por la superficie de la Tierra». Para lograr esta visión en extremo satírica, Swift solo tergiversa la alegoría central de Gulliver y contempla a su protagonista a través del extremo equivocado de un telescopio enorme.

Swift no necesita que el doctor Johnson le cuente que hay una predictibilidad metafísica y una frialdad matemática en la alegoría visual de la obra. Conoce a la perfección sus limitaciones, del mismo modo que conoce las de las obras metafísicas cuando las parodia en Cuento de una barrica y Meditaciones sobre un palo de escoba. En Gulliver se burla de este recurso a la vez que lo utiliza. Las conversiones en el famoso registro de los objetos de los bolsillos de Gulliver son un ejemplo detallado de esa aproximación dual. Además, Swift casi deja de lado la metáfora continuada en la tercera y cuarta parte. El cambio de perspectiva en esta última es abstracto y ontológico, si es que hay alguno: los humanos se ponen al nivel de los caballos en términos de la mayoría de la cualidades que normalmente definen a los humanos en oposición a los caballos, por lo menos desde el punto de vista de la lógica. La ingenuidad nos puede hacer pensar en la inversión del sentido común y el punto de vista académico como un cambio de perspectiva en la tercera parte, pero la ausencia aquí de la metáfora visual a la que estamos acostumbrados es, con certeza, una de las causas de que este fragmento sea tan poco popular entre los lectores. Además, parece interesarse más en la sátira de acontecimientos y personajes contemporáneos concretos que en las primeras dos partes (aunque eso podría ser solo una opinión). Puede considerarse una simple inconsistencia del libro, pero el género satírico autoriza a Swift a cambiar de método a media obra (uno de los significados de la palabra latina satira es mezcla), y eso no deja de ser una reivindicación de su preocupación en asuntos relativamente locales. Las sátiras clásicas pueden ser solemnes y filosóficas, pero a menudo también se refieren a asuntos contemporáneos específicos. Asimismo, Gulliver, dado su alcance filosófico, está impregnado de la política de su tiempo.

Swift pudo haberse planteado escribir la obra que nos ocupa en la fecha tan temprana de 1713. En aquel momento, a pesar de haber nacido y crecido en Dublín, se encontraba en Inglaterra y estaba involucrado en política, al lado de los ministros conservadores que controlaron el parlamento entre 1710 y 1714. Hacia el final de esa época, la suerte de los conservadores cambió de forma radical, y los liberales, dirigidos al principio por Robert Walpole, conservaron el poder hasta más allá de la muerte de Swift. Cuando el gobierno a quien rindió servicio estaba a punto de caer, volvió a Irlanda. Como recompensa a sus servicios, y aun muy lejos de lo que él esperaba, fue nombrado deán de la catedral de San Patricio de Dublín en 1714. Desde ese cargo, y en algún modo decepcionado, repasó los días de intriga política en Londres y, hasta cierto punto, reflexionó sobre los acontecimientos políticos pasados y recientes. Escribió una obra sobre sus años en el gobierno llamada The Last Four Years of Queen Anne, en la cual defiende a algunos de sus amigos políticos caídos, pero lo convencieron de no publicarla, decisión que mantuvo el resto de su vida. Trabajó en Gulliver en Irlanda, más o menos entre 1721 y 1725, y la publicó en 1726. Esta obra, al ser ficción, le proporcionó a Swift un medio artístico más seguro a través del cual pudo reflexionar sobre su etapa de implicación política. Se centra, unas veces con amplitud y otras con más minuciosidad, en los asuntos políticos de su época, pero el tratamiento de la historia política es siempre artístico, por lo que resulta fácil apreciar la obra sin tener un conocimiento profundo de los hechos a los que se refiere. Por otro lado, la biblioteca de Swift, sus inquietudes como lector y su biografía política indican que la historia era uno de sus intereses predilectos, de manera que los lectores que quieran entender más al autor y sus intenciones con esta obra deben conocer necesariamente algunos de estos acontecimientos.

El contexto general de Gulliver es la historia de Inglaterra, sobre todo desde la ejecución de Carlos I en 1649 (que se da a entender en la descripción del templo en desuso de la primera parte) hasta la crisis de los ministros conservadores que terminó con la acusación y expulsión de sus compañeros Robert Harley, Lord Oxford y Henry Saint-John, el vizconde de Bolingbroke; la muerte de la reina Ana y la ascensión al trono de Inglaterra de Jorge I, el Elector de Hannover. Otro acontecimiento destacado, como Swift se refiere a él, es la revolución Gloriosa, mediante la cual Jaime II, católico romano, fue destituido por el parlamento, y su hija y su yerno, María y Guillermo de Orange, fueron coronados rey y reina. Este hecho tuvo una doble importancia para Swift, porque desencadenó la rebelión de los católicos irlandeses que fue aterradora tanto por sí misma como por la brutal manera con que fue aplastada por Guillermo III en la batalla de Boyne. Durante aquel acontecimiento histórico Swift tenía veintidós años. Dejó el Trinity College, en el que se había graduado tres años antes, y fue a visitar a su madre en Leicester, Inglaterra, donde había vivido lejos de él desde que era un niño. Después se mudó a Moor Park, donde trabajó como secretario para William Temple, veterano de la guerra civil británica y político muy experimentado que había sido miembro del gobierno la mayor parte de su vida.

Un aspecto importante de la entonces reciente historia de Irlanda e Inglaterra era la reconfiguración frecuente y periódica de la esfera religiosa dentro del mundo político. Cuando cambió la monarquía, también lo hicieron las leyes que afectaban a diferentes sectores religiosos que dependían de su gobierno. Swift, desde su posición de sacerdote de la Iglesia irlandesa (ordenado en 1695), se mantenía en un punto intermedio: se alejaba de los extremismos, tanto de los católicos y sus simpatizantes, muchos de los cuales favorecieron el retorno de la dinastía Estuardo, como de los disidentes, que querían incrementar la separación entre Iglesia y Estado, y cuya forma relativista y racionalista de entender la religión Swift y muchos otros consideraban una clase de ateísmo. Durante el reinado de Ana, Guillermo mostró cierta indulgencia con los disidentes, la cual se revocó en legislaciones como la Test Act. Este clima envalentonó a los seguidores de la Iglesia alta anglicana, pero el jacobismo (que prefería al pretendiente Estuardo en el trono, en aquel momento Jaime Francisco Eduardo) todavía se consideraba una traición, y, de hecho, los ministros conservadores de Ana fueron enviados al exilio bajo cargos de traición. En Gulliver se representan de modo sucesivo acontecimientos importantes de la desaparición de los conservadores: el juicio por traición al obispo Atterbury por actividades jacobitas, por ejemplo, toma forma en la tercera parte, cuando se describe a un equipo de intérpretes trastornados de la Academia de Lagado que «saben descifrar que una silla agujereada significa el consejo privado; una bandada de gansos es el senado; un perro cojo, un invasor; [...]» (Tercera parte, cap. VII). Del mismo modo, el «acta de acusación contra Quinbus Flestrin», en la primera parte, disfraza ligeramente el acta de acusación real contra Harley y Bolingbroke.

A pesar de que es difícil distinguirlos de los asuntos políticos internos, Swift alude con frecuencia a acontecimientos internacionales de gran importancia para la historia británica moderna. Aparecen varias alusiones en Gulliver al tratado de Utrecht, que fue debatido acaloradamente y acabó siendo considerada una hazaña diplomática e impopular de los conservadores. Utrecht puso punto y final a la guerra de Sucesión española, una contienda mundial que se luchó tanto en América del Norte como en Europa. Gran Bretaña se involucró militar y diplomáticamente con España, Portugal, Holanda, y con sus enemigos sempiternos, los franceses, así como con otras naciones más pequeñas. Cuando aparecen personajes españoles, holandeses o portugueses en Gulliver, su descripción refleja la opinión partidista que Swift mantiene de la política y religión de esos países, y en especial del papel que desempeñaron en la guerra y la traición que le puso fin. Por lo que respecta a este contexto político general, se hace especialmente evidente que algunas preocupaciones de gobierno de Swift, a pesar de ser siempre partidistas en algún aspecto, forman parte de una aproximación a la política más profunda y filosófica. El sentimiento antimilitarista en la obra se identifica no solo con la retórica conservadora sobre el tratado de Utrecht, sino también con el tradicional punto de vista que sostienen grandes humanistas como Erasmo o Thomas More, quienes a su vez tenían en mente sus batallas particulares. Del mismo modo, la repulsión que expresa la novela hacia los horrores de la civilización recae sobre todo en los españoles, a causa de diferentes razones históricas concretas, pero también ofrece una posición filosófica general que es comprensible y coherente incluso si no se conocen las acciones de España en el «Nuevo Mundo».

Menos importantes, pero evidentes, son algunas maniobras políticas de Swift durante su traslado a Irlanda después de retirarse del gran escenario de gobierno de Londres. Una de las hazañas políticas de las que se sentía más orgulloso fue la derrota del complot conocido como Wood’s Halfpence. Después de sobornar con éxito a la duquesa de Kendall, William Wood consiguió una patente en Londres para acuñar trescientas sesenta toneladas de cobre en monedas irlandesas de medio penique; obtendría unos cuantos millones de libras en dinero moderno. Los irlandeses hubiesen añadido una pérdida equivalente a su ya pequeño poder adquisitivo, por lo menos en los mercados extranjeros, porque esa aleación, más pobre, sería sin duda rechazada en muchos países. La argucia fue por completo concebida y aprobada en Londres, y representó, para Swift y otros, una muestra más de la tiranía económica que Gran Bretaña ejercía sobre Irlanda desde hacía tantos años. En febrero de 1724, Swift se amparó en uno de sus personajes literarios, William Drapier para iniciar una campaña en contra del complot. En una serie de seis cartas, las Drapier’s Letters, publicadas durante el año siguiente, Swift ayudó a reactivar la oposición irlandesa en contra de la artimaña de Wood, por lo que se arriesgó en gran manera a ser arrestado por libelo sedicioso. En agosto de 1725, la patente de Wood se retiró, y Swift y el parlamento irlandés quedaron complacidos.

La intensa implicación en la lucha contra Wood coincidió con la escritura de Gulliver, lo cual se hace evidente en la alegoría en los cinco párrafos de la tercera parte que describen la rebelión de Lindalino (juego de palabras con Dublín) contra Laputa, el reino de la isla flotante. Este fragmento no fue publicado en la primera edición de 1726, ni en la segunda de 1727, ni siquiera en la edición revisada y corregida de 1735, presumiblemente porque los editores temían represalias políticas. Permanecieron inéditos hasta 1896, y, de hecho, no resultan imprescindibles para la lectura del conjunto del libro. Sin embargo, esta anécdota demuestra en qué medida son importantes en esta obra los acontecimientos históricos y políticos concretos. Muchos creen que cuando se hacen demasiado evidentes este tipo de detalles se echa a perder el arte, que un libro solo sobrevive como éxito atemporal si evita los pormenores políticos concretos o los generaliza de tal modo que les permita ser accesibles a los lectores, cada vez más alejados del contexto histórico de la obra. La tercera parte, la última que Swift redactó, se considera a menudo como la menos lograda de las cuatro, lo cual podría ser atribuido a que los sucesos políticos del momento se inmiscuyeron con más fuerza durante las últimas fases de la creación de la obra. Pero prácticamente cada sección de Gulliver alberga signos de la historia británica reciente, y casi todas desdibujan, al mismo tiempo, esos sucesos, resguardándose en el mundo de la ficción y la fantasía, donde los lectores no necesitan notas del editor para apreciar su valor, ni tan solo en los libros escritos en un pasado lejano y, por tanto, en un también lejano contexto histórico. Según mi opinión, hasta los pasajes más politizados de la tercera parte logran esta transformación, como atestigua el interés que todas las partes del libro suscitan en los estudiosos y en los nuevos lectores.

Hay otro aspecto que merece nuestra atención: la competición entre el texto de ficción y el texto político para disputarse la atención del lector. La palestra lingüística de esta disputa está enmarcada por el uso que hace Swift del pronombre de primera persona, «yo». El «yo» en Gulliver se refiere, por supuesto, a Lemuel Gulliver, un personaje que guarda muy poco parecido con el autor que lo creó. Como sugieren sus orígenes en la ciudad de Banbury y su educación en el Emanuel College, en Cambrige, quizá se trate de un protestante disidente, mientras que Swift era un sacerdote de la Iglesia de Irlanda. Ya que es cirujano, y por muchos otros motivos, Gulliver se centra en el cuerpo y dedica pocos pensamientos al espíritu, que era el tema central de los cuidados de Swift. Como seguidor del racionalismo, en especial después de vivir con los houyhnhnms, Gulliver se aleja de las virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad de un modo que su autor hubiera condenado. El propio Gulliver suele ser objeto de la sátira en esta obra, como lo es también el narrador. Si no nos hemos percatado antes, esta posición ante el protagonista se hace muy evidente cuando queda hundido en una boñiga de vaca en Brobdingnag, lo lanzan dentro de una ensaladera llena de crema o se transforma en el juguete de un niño y en la muñeca de una niña.

En contraste a esta consideración de Gulliver como objeto de la sátira, por supuesto, permanece su posición putativa como autor de la obra. A pesar de que Swift nos ofrece muchas pistas para que lleguemos a la conclusión de que es una farsa, y da a entender que ya lo sabemos, en primer lugar, porque toda obra literaria humana es en sí misma una clase de falsedad, de vez en cuando tergiversa la ironía para trazar conexiones reales entre él, el verdadero autor, y Gulliver. Un ejemplo significativo de este tipo de confusión con la que Swift disfruta se encuentra en la primera aparición del protagonista en todas las ediciones publicadas después de 1735, la «Carta del capitán Gulliver a su primo Sympson». Aquí, Gulliver se queja al editor, al que llama primo Sympson, nombre que Swift usó como seudónimo cuando inició las negociaciones con Benjamin Motte para la primera edición del libro. Las quejas de Gulliver son casi las mismas que Swift trasladó a Motte a través de la agencia de su amigo en la vida real, Charles Ford, en una carta enviada desde Dublín con fecha del 3 de enero de 1727. Gulliver le dice a Sympson: «No recuerdo que te diera autorización para omitir nada; y mucho menos para que se efectuasen inserciones. Por consiguiente, por lo que respecta a estas últimas, niego ser el autor de las mismas, especialmente por lo que respecta a un párrafo acerca de Su Majestad la reina Ana, de piadosísima y gloriosa memoria, y a la que profesé una reverencia y estima superiores a la de cualquier otro mortal». En la realidad, Swift escribió a Motte: «Siento un respeto absoluto por la memoria de Su Majestad, y siempre me siento complacido cuando otros también lo muestran; pero el párrafo que se refiere a ella está tan alejado de ese propósito que no puedo pensar que lo haya escrito el mismo autor».[2] Hay diferencias obvias entre ambas declaraciones, y la última oración del comentario de Gulliver, a pesar de resultar extraña o hasta incomprensible a un primer lector, pone de manifiesto su carácter después de su conversión al houyhnhnmismo, en la cuarta parte. Sin embargo, los sentimientos en los dos fragmentos son prácticamente los mismos y la forma de hablar de Gulliver retrata por poco la de Swift.

Hay otros momentos en los que este portavoz ingenuo y superficial sorprende por el parecido de sus aseveraciones con las del autor, como muchos críticos han notado. Robert C. Elliott analizó esta relación en detalle, y Claude Rawson habla de un «trasvase íntimo entre la invención ficcional y el sinceramiento personal, ambos parodiados y no reconocidos».[3] Como tantos otros, Rawson cita el ejemplo de la observación de Swift en la carta al Papa con fecha de 26 de noviembre de 1725, justo antes de llegar a Inglaterra con el manuscrito de Gulliver: «Después de todo, os digo que no odio a la humanidad, sois vousautres quienes les odiáis porque les consideráis animales racionales, y estáis enfadados porque os han decepcionado [. . . ] Yo no estoy más enfadado [con la humanidad] de lo que lo estaba con el milano que se llevó volando la semana pasada a una de mis gallinas cuando, al fin, uno de mis sirvientes le disparó dos días después». Esta observación se asemeja mucho a la del amo houyhnhnm que Gulliver recoge: «Aunque [el amo houyhnhnm] odiaba a los yahoos de su país, ya no los criticaba por sus odiosas cualidades más de lo que podría criticar a un gnnayh (un ave de rapiña) por su crueldad» (Cuarta parte, cap. V). Incluso cuando no hay un paralelismo verbal, en muchos momentos los lectores han de sentir cómo se estrecha la identificación de Swift con Gulliver, como cuando este reconoce la vanidad en los deseos de fama, gloria, belleza y longevidad de los seres humanos (o de los liliputienses). ...