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MALDITO CUMPLEAñOS

Marie-Sabine Roger

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Fragmento

Me levanté más temprano que de costumbre. A las seis de la mañana. Era un día importante, y ya sabía que no lo vería finalizar.

Fui a buscar cruasanes a la panadería, y me preparé un café. Miré mis álbumes de fotos. Aunque no hacía ninguna falta, repasé con el trapo mi impecable cocina. Luego intenté ver una película, también leer; sin éxito. Consulté la hora unas doscientas veces en el reloj de péndulo. Qué curioso: el tiempo parece ralentizarse cuando esperas. Las horas se hacen viscosas, se estiran en minutos elásticos y pegajosos como el largo hilo de baba que pende del hocico de un perro. Aguardaba ese momento final desde hacía tanto… No es que fuera a lanzar cohetes cuando llegara, pero sentía curiosidad por saber lo que sucedería. Lo único que me disgustaba es que fuera a tener lugar aquí. Durante los últimos años había hecho mil y un planes, grandiosos, especiales: despedirme de esta vida en un apartado rincón de China, en un fumadero de opio; con los aborígenes australianos, mientras hacían sonar un viejo diyeridú. En la cima de un volcán. En los brazos de Jasmine, en pleno corazón de Manhattan. Evidentemente, no había hecho nada de eso. Como siempre, había perdido el tiempo posponiendo hasta el día siguiente la elección de mi destino final. Resultado: no había tomado ninguna decisión, así que moriría en mi casa, como un cualquiera. Esa última mañana estaba siendo muy decepcionante. Deseaba que acabara.

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Cincuenta minutos antes de la hora prevista, como estaba harto de dar vueltas y empezaba a aburrirme, para relajarme un poco me tumbé en mi sofá cama en esa famosa postura llamada «del muerto», bien conocida por los difuntos y por quienes practican yoga, o lo intentan, como era mi caso desde hacía tres semanas. Las palmas de las manos vueltas hacia el cielo, las piernas apenas separadas, las puntas de los pies descuidadamente orientadas hacia el exterior, el diafragma relajado, la respiración lenta y calmada, los ojos fijos en ese maldito reloj de péndulo colgado sobre la campana extractora, justo enfrente de mi cama, que no dejaba de roer los segundos que me quedaban con la discreción de una anciana cuya dentadura aún puede con un mendrugo de pan.

Ya eran las 10.12.

A las 10.13 llamaron con energía a mi puerta, que se abrió de inmediato y se cerró enseguida con un golpe. Vaya, ya sabía yo que me había olvidado de algo: no había echado el pestillo.

—¡¿Todavía en el catre, perezoso?! —soltó Paquita mientras atravesaba mi apartamento con el paso resuelto de un antílope entrado en carnes que trota sobre unos tacones de doce centímetros directo a beber de una charca.

Lanzó su abrigo de piel sintética, que aterrizó en una esquina de mi cama, y acto seguido se fue detrás de la barra que separa mi cocina de mi sala de estar-dormitorio-despacho. Paquita se siente siempre en cualquier sitio como en su casa, sobre todo cuando está en la mía. Es una de esas personas que, invariablemente, en cuanto entran en una habitación ocupan todo el espacio, no importa lo grande que sea.

Dijo:

—¿Sabes que no funciona tu timbre?

«Normal, he cortado la electricidad», pensé.

Me echó un vistazo y exclamó con cierta sorpresa:

—¿Desde cuándo duermes con traje?

Y luego:

—Menudos calcetines… ¿Has pasado por Cáritas?

Se rio de su propia broma. En cuestión de humor, Paquita no es demasiado exigente.

Cogió una taza del mueble alto y dijo:

—Te quedará café, ¿no? Sí, qué bien.

Después:

—¡Caray, está todo muy ordenado! Tú te has traído aquí a una chica por San Valentín, ¿eh, sinvergüenza?

«Pues no.»

Acto seguido:

—¡Tu cocina tampoco funciona! ¿No se te habrá fundido un fusible, por casualidad?

«Puede que sí… El mío. Desde hace tiempo.»

A continuación:

—Da igual, aún está caliente.

Y justo al momento:

—¡Uf! ¡Tu nevera es el desierto del Colorado, cariño! ¡Si se levanta viento, rodarán bolas de hierbajos secos como en las pelis del Oeste!

Lo dudaba, puesto que las «bolas de hierbajos secos», también llamadas tumbleweeds, barrillas o rodamundos —su nombre científico es Salsola tragus—, se encuentran esencialmente en los desiertos del norte de Estados Unidos, no en Colorado.

Es más, nunca hay viento en una nevera. Qué absurdo.

Pero es inútil argumentar o razonar con Paquita; raras veces escucha lo que se le dice. Así pues, no la corregí; no lo hice en ese momento sobre asuntos de botánica ni tampoco antes a propósito de mis gustos en cuestión de indumentaria.

Me encantaban esos calcetines. Punto.

Y precisamente ella no es que fuese la más adecuada para darme consejos sobre mi look: Paquita se viste como una puta. No lo digo con malicia; fue su primera vocación, y respeto a todo aquel que tiene un proyecto de vida. Pero no siempre hacemos lo que habríamos deseado. Nassardine la bajó de la acera antes incluso de que se subiera a ella. En fin, esa es otra historia.

La contaría si tuviera tiempo.

Vale, de acuerdo, la cuento

Conozco a Paquita y a Nassardine desde hace más de veinte años. Paquita me habrá explicado cientos de veces cómo se conocieron mientras Nassardine, conmovido, asentía con la cabeza, con los ojos llorosos como los de un viejo perro sabueso, y le daba golpecitos en la mano durante los momentos más emotivos.

Fue al comienzo de la primavera, en plena feria.

Paquita tenía diecisiete años y curraba como camarera —aún no era prostituta, pero ya apuntaba maneras— en un barucho con pretensiones de bareto. El jefe era ambicioso; había puesto a su mujer y a sus hijas a hacer la calle y soñaba con ampliar el rebaño para hacer prosperar su pequeña empresa. Paquita mostraba buena disposición. Era aplicada, sonriente, trabajadora. Tenía un culo espectacular y una delantera que hacía perder la cabeza. Además, no era arisca, y sería mayor de edad al final del verano. Reunía, pues, un montón de buenas cualidades, indispensables, por otro lado, para quien quiere labrarse un porvenir en ese oficio.

Paquita tenía ante sí un futuro espléndido, si creía a su jefe cuando la llamaba «mi putita» al tiempo que le sobaba el culo para verificar la calidad de la mercancía.

Nassardine, que por entonces tenía diecinueve años, era albañil en una obra contigua. Hacía seis meses que había llegado de Argelia en barco —durante los cuales lo habían amenazado diez veces al día con tener que volverse a nado— y dormía en un albergue para inmigrantes lleno de otros chibanis nostálgicos que se alojaban allí desde hacía quince años, sin haber visto a sus familias nunca más, y que jugaban al ajedrez fumando en sus pipas de agua.

El resto del tiempo, cuando no trabajaba, Nassardine deambulaba por el centro con la mirada curiosa, las manos en los bolsillos, contoneándose con aire a la vez tímido y seguro de sí mismo.

Cuando aquella tarde se plantó en pleno centro de la feria, entre las casetas de buñuelos y los tiovivos, solo la vio a ella, a Paquita. Su rubio Marilyn, su delantera atómica, sus tacones como zancos y aquel ligero contoneo que hacía balancear suavemente en el espacio sus bonitos cuartos traseros de potranca. Avanzaba como si nada luciendo pandero, sin prestar la menor atención a los soldados en celo que seguían sus pasos.

De repente encandilado, Nassardine se quedó plantado mirando a Paquita, que se dirigía a su encuentro lamiendo una manzana caramelizada. Cuando llegó a su altura, a escasos centímetros, bajó hacia él sus grandes y preciosos ojos de miope.

Nassardine se quedó en shock. La contempló sin atreverse a decir una sola palabra, con la cara levantada hacia aquella aparición encaramada en unos tacones, con la expresión bobalicona propia de una pastorcilla que hubiera visto de repente a la Virgen en un recodo del camino.

Acababa de ser tocado por la gracia. No solo por ese cuerpo magnífico, ese cuerpo de doble página central de revista para adultos, sino también por esos ojazos verdes, luminosos y confiados. Ojos de madre… o de niña.

Y Paquita, por su parte, no vio en él al inmigrante sin blanca que paseaba su soledad con la esperanza inútil de encontrar a una chica, sino a un hombre del desierto, a un apuesto guerrero bárbaro, con la mirada más caliente y oscura que una taza de chocolate.

Por lo general, cuando llegan a esta parte del relato a Paquita se le enronquece la voz y Nassardine se suena la nariz. Ya no se acuerdan de lo que se dijeron el uno al otro aquella noche, imposible. Solo saben que se subieron a la montaña rusa y dieron dos vueltas montados en los autos de choque, sin dejar de mirarse un instante. Él ganó para ella un perro gigante de peluche en el puesto de tiro; la paga y el corazón fundidos al mismo tiempo. Ella se enamoró y, flotando, se elevó hasta la estratosfera. Desde entonces, está sujeta de su brazo.

En la actualidad, Paquita tiene cincuenta y siete años, y aún se viste como una fulana; cuestión de costumbre y de gusto, pero no hay que confundirse. El hábito no hace al monje, como tampoco hace a la puta. No hay persona más fiel, más enamorada que ella.

Tampoco más celosa.

Si no fuera por los hijos que nunca pudo tener —la única pena de su vida—, por lo demás es una mujer dichosa. Y él, con su pinta de viejo árabe de la tienda de la esquina, su pantalón dado de sí en las rodillas, su silueta ensanchada por la chaqueta de mangas demasiado largas y su barba de un día, es el hombre más feliz del mundo, y el más orgulloso. Va contando a todo aquel que quiere escucharle que deberíamos desconfiar de él, que es un peligroso terrorista.

En cuanto se le pregunta por qué, responde con un guiño:

—¡Eh! Cada noche, alabado sea Alá, ¡tengo una bomba en mi cama!

Aunque la «bomba» hoy sea un petardo gordo embutido en una falda demasiado corta, Nassardine ve a Paquita como era cuando tenía diecisiete años. Sigue siendo su milagro, su diosa, y eso es lo único que cuenta para él.

Y si Paquita contempla a su hombre, no ve las canas de su barba, ni sus arrugas profundas ni su incipiente calvicie. Ve siempre al guapo argelino de ardientes ojos oscuros que la sedujo con una sola mirada delante del puesto de buñuelos.

Nunca bajaron del tiovivo los dos enamorados de la feria. Son realmente afortunados. A pesar del paso del tiempo, la melodía del carrusel suena para ellos de la mañana a la noche.

Paquita estaba sentada ahora en mi taburete de bar, detrás de mi barra, balanceando con desgana una pierna en el aire mientras mantenía la otra graciosamente doblada bajo el trasero, como un enorme flamenco rosa con tanga, según podía comprobar sin ningún esfuerzo.

Esta mujer es un cómputo de improbabilidades. Ya me había acostumbrado, y de haberla visto con una falda hasta las rodillas o una camisa recatadamente abotonada hasta el cuello, me habría extrañado más que encontrármela así, disfrazada de Lolita madura en busca de quien le riegue el jardín. No puede decirse que sea vulgar; es otra cosa. Nadie como ella podría vestirse así a su edad… con excepción de algunas señoronas y unas cuantas prostitutas jubiladas.

Paquita es indescriptible. Con sus kilos y sus lorzas, sus pestañas emplastadas de rímel, sus faldas de buscona y sus escotes cada vez más pronunciados para contener esos senos que rebosan hacia abajo, simplemente es entrañable. En cuanto la ves, sabes que es ingenua y que ama la vida. Tienes la certeza de que lo dejaría todo sin pensárselo dos veces para ayudar a alguien que pasa dificultades, salvo quizá a una descarada que coqueteara con su Nassar adorado, y aun así lo dudo.

Hay gente como ella. No tienen nada de malo, nada de mediocre, solo algunos defectos de niño; son inquietos, despistados, crédulos, llenos de esperanza, posesivos, caprichosos. Demasiado sinceros.

Echaría de menos a mi regordeta Paquita cuando me fuera al otro barrio.

Por el momento, se bebía mi café templado entre gestos y jadeos de placer.

—¡Aaah! ¡Nada que ver con el café de Nassar! Tú sí sabes hacerlo, no como él.

Lo que merece, en mi opinión, un breve inciso.

Breve inciso

Cuando Nassardine la conoció, Paquita tenía dos talentos: hacía muy bien el amor y los creps bretones. Como es lógico, en adelante su primera habilidad quedaría reservada en exclusiva a su hombre, así que solo restaba explotar su otra aptitud.

Nassardine, comprensiblemente desconfiado, le había sugerido abandonar cuanto antes su empleo de camarera. De modo que Paquita devolvió su delantal, muy a pesar del señor Jeannot, el jefe, quien se lo tomó a mal e insultó hasta la acera a esa zorra, a esa ingrata que no había sabido ver la oportunidad que él le ofrecía, a esa cualquiera que rechazaba «ocuparse de los clientes» y que lo dejaba tirado, ¡y todo por un moro!

Paquita era jovial, buena, solo pedía trabajar. Rápidamente encontró un puesto de cocinera en una crepería al otro lado de la ciudad. Cogía el autobús todas las mañanas y volvía tarde por la noche para reencontrarse con su Nassar, que curraba duro y tampoco contaba las horas. Porque tenían un proyecto en común. Un bonito proyecto: comprarse una furgoneta para ir a vender creps por toda Francia, y quizá más allá.

Pero una furgoneta cuesta dinero.

A ese ritmo, tendrían que esperar veinte años. Y veinte años, cuando se tienen veinte años, es una eternidad demasiado larga. Paquita decidió recurrir a sus progenitores, que nunca se habían preocupado mucho por ella. Un domingo por la mañana Nassardine se afeitó a conciencia, domó sus rizos con gomina y se puso su mejor traje, en fin, el único que tenía. Paquita se puso hecha un pimpollo, y de la mano se fueron a casa de sus padres.

Cuando llegaron, su madre tendía las sábanas en la cuerda del jardín y su padre trasteaba en el motor de su coche. Nassardine, a quien su enamorada le había dicho que esperase junto al portón, se apoyó en el muro, al lado del buzón. Se lio un cigarrillo con dedos temblorosos, con el corazón un poco acelerado y el oído aguzado.

Entraría cuando ella le hiciera una señal. Sería una sorpresa.

Paquita, emocionada y feliz, anunció a sus padres que tenía novio, uno de verdad. No, Johnny no, ni Juju, ni Paulo, sino otro, uno al que aún no conocían. Pero esperaba de todo corazón que lo quisieran tanto como ella.

Sin sacar la nariz del capó, su padre murmuró:

—¡Bah, si nos hemos hecho a los otros, no hay razón para que no nos hagamos a este! Siempre y cuando no nos traigas a un moro…

—¡Qué dices! —exclamó su madre riéndose detrás de sus sábanas—. Un árabe… ¡Anda ya! ¡Qué tonto!

Nassardine se alejó silbando, como si nada. Fue a esperar a su amor a la parada del autobús, doscientos metros más allá. Ella fue a su encuentro llorando. Nassardine la consoló, se apañarían sin su familia. No le extrañaba, la verdad. A sus padres tampoco les habría gustado verlo con ella, una blanca.

Así es la vida.

Trabajaron un poco más, mucho más, y terminaron por comprarse la furgoneta. Solitos, como los grandes, sin la ayuda de nadie. Una vieja Peugeot J7 oxidada que Nassardine restauró y transformó en crepería, sábados, domingos y festivos. La pintó de todos los colores, y, en honor a Paquita, la bautizaron Chez Pâquerette, como la llama él. Pero con lo cara que estaba la gasolina y como la furgo, encima, chupaba más que mama un ternero, nunca fueron demasiado lejos. No más allá de la avenida, frente al instituto Mistral. Pronto hará treinta años que están ahí a diario y es, de lejos, la mejor crepería de la ciudad, así como el peor sitio para tomarse un café.

El café. En eso estábamos.

Desde que conozco a Nassardine hace mal el café con una constancia admirable, lo que no impide que persiga sin desanimarse su sueño, que no es otro que dar con el sabor exacto de aquel café al estilo árabe tradicional, especiado, que preparaba su abuelo, sublime… al menos en su recuerdo.

Ha pasado por todas las fases, del pis de burro al aguachirle. Paquita ya no se inmuta. Compra café soluble, que bebe en su propia taza, un cerdito de color rosa chicle que sostiene por la cola con delicadeza, con el meñique tieso como haría una verdadera princesa. Y si no, viene a mi casa a tomarlo, que es lo habitual.

Ya solo son los clientes los que se arriesgan a hacer de cobayas de Nassardine. O bien son novatos, y entonces su inocencia les juega una mala pasada, o bien ya saben a qué atenerse pero se sacrifican porque él les pregunta si quieren un poco tan gentilmente, con tanta esperanza en los ojos…

—¿Se tomará un cafecito mientras espera su crep? ¡Venga! Esta vez sí, alabado sea Alá. ¡He dado con la fórmula, ya lo verá!

Lo que nunca —repito: nunca— es cierto.

A cambio de su buena voluntad, Nassardine les lee a veces el futuro sentado en el escalón de la furgoneta, tras remover con un golpe seco los posos que quedan en la taza. Y, dada la cantidad de café que pone en el puchero, siempre tiene mucho que decir y que contar. Sentados frente a él, escupiendo discretamente los minúsculos granitos negros que les rechinan entre los dientes, los clientes lo escuchan y fingen creérselo, inclinados sobre el platillo que Nassardine analiza con mirada de experto. Les habla de viajes, de idas, de encuentros, al tiempo que Paquita se esmera en sus fogones. Les inventa una vida de ensueño con tanta poesía y sinceridad que cualquier pato se creería cisne. Solo es un futuro de platillo de pírex, falso, de oferta. Un quizá. Sin embargo, ellos atienden y hasta alimentan esperanzas. Y qué más da si el crep está frío; cuando se van, tienen el corazón un poco más calentito.

Paquita los mira mientras se alejan, con una sonrisilla tierna dirigida a los hombres y un quisquilloso alzamiento de hombros a las mujeres, sobre todo si son más jóvenes que ella, es decir, bastante a menudo. Está tan convencida de los encantos de su Nassar que cree irresistible el poder de sus manos ardientes y de sus ojos de terciopelo marrón cuando, sonriendo, coge con delicadeza las tazas de entre los dedos de ellas. Está segura de ver cómo les vibran las pestañas, les titilan las pupilas, se les sonrojan las mejillas maquilladas. Fulmina con la mirada a su hombre, lanza maldiciones a esas busconas, bate los huevos con rabia, farfulla en voz alta.

—Posos de café… ¡Ya te daré yo a ti posos! ¿Qué quieres sacar de ahí, aparte de verlo todo negro?

Paquita bebe los vientos por su Nassar.

Desde hace más de cuarenta años lo chincha, le monta escenas, se lo come con ojos de gata enamorada en cuanto se da la vuelta, lo envuelve como yedra trepadora y hace ver que le da igual cuando él le confiesa que la ama. Y Nassardine, el viejo zorro, acepta sus caprichos, le dice que no sea tonta, le perdona sus manías y la quiere todavía más.

Si pudiera, Paquita mataría a todas las mujeres de entre quince y sesenta años que se acercan a él. Sería una carnicería inútil.

Nassardine es fiel, está completamente loco por ella.

Yo estaba aún tumbado en mi sofá cama; no me atrevía a levantarme por miedo a morirme en cualquier rincón de la habitación. Paquita, encaramada en mi taburete como una planta carnosa en su tiesto colgante, apuraba la taza tomándose su tiempo mientras me contaba las últimas noticias del mundo, visto desde el mostrador de la furgoneta.

Le encanta hablar de la actualidad. Siempre lo hace de una manera personal, clasificando los acontecimientos según su propio criterio, que da más valor a los chismes de peluquería que a los grandes conflictos políticos internacionales.

Para ella la primavera árabe es una estación del año «turística», igual que el verano indio o veranillo de San Martín. Y sospecho que piensa que Europa es un país, pues suele apostillar «A mí me encantaría ir hasta Europa uno de estos días» cuando enumera los viajes que le gustaría hacer con Nassardine cuando se jubilen; es decir, cuando sea ...