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MARAVILLOSA REDENCIóN (LOS HERMANOS MADDOX 2)

Jamie McGuire

5


Fragmento

Capítulo 1

El control era lo único real. Había aprendido desde muy pequeña que la planificación, el cálculo y la observación podían evitarnos la mayor parte de las cosas desagradables de la vida: riesgos innecesarios, desilusiones y, lo más importante de todo, que nos rompieran el corazón.

Sin embargo, planificar no era siempre fácil, y eso se había vuelto evidente en las tenues luces del bar Cutter’s.

La docena de signos de neón que colgaban de las paredes y el riel de débiles halógenos que a lo largo del techo iluminaban las botellas de alcohol detrás de la barra no eran sino un ligero consuelo. Todo lo demás volvía aún más evidente lo lejos que estaba de casa.

El bar céntrico, con la madera de granero reciclada que cubría las paredes y el pino blanco manchado de negro, había sido diseñado especialmente para parecer un tugurio, pero todo estaba demasiado limpio. La pintura no estaba saturada de un humo centenario ni las paredes susurraban historias de Capone o Dillinger.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Hacía dos horas que estaba sentada en el mismo taburete desde que había terminado de desembalar las cajas en mi nuevo apartamento. Había estado acomodando, tanto como había soportado mi paciencia, las cosas que conformaban quien yo era. Explorar el vecindario era mucho más atractivo, sobre todo en ese tibio aire nocturno, a pesar de tratarse del último día de febrero. Estaba experimentando mi nueva independencia y, como añadido, la libertad de que nadie reclamara un informe acerca de dónde me encontraba.

El almohadón del asiento que mantenía cálido con mis nalgas estaba forrado de cuero artificial naranja, y tras haberme bebido un porcentaje considerable del incentivo por traslado que el FBI había depositado tan generosamente en mi cuenta esa misma tarde, me las estaba ingeniando para seguir sentada sobre él lo más erguida posible.

El último de los cinco manhattan de la noche se había esfumado del vaso como por arte de magia, bajando por mi garganta como un fuego chisporroteante. El bourbon y el vermut sabían a soledad. Al menos eso me hacía sentir en casa. Mi casa, sin embargo, o lo que hasta el día anterior había sido mi casa, quedaba a miles de kilómetros de distancia, y cuanto más tiempo seguía ahí sentada en uno de los doce taburetes que bordeaban la barra curva del bar, más lejos me parecía.

Pero no estaba perdida. Era una fugitiva. En mi nuevo apartamento del quinto piso había pilas de cajas, cajas que había empaquetado con entusiasmo mientras mi exnovio, Jackson, permanecía con cara larga de pie en un rincón del diminuto piso de Chicago que compartíamos.

No quedarse mucho tiempo en el mismo destino era clave para subir los escalones jerárquicos del FBI y yo me había vuelto muy buena en ese juego en muy poco tiempo. Jackson se había mostrado impávido la primera vez que le dije que iban a trasladarme a San Diego. Incluso en el aeropuerto, justo antes de que me subiera al avión, me había jurado que lo nuestro todavía podía funcionar. A Jackson le costaba horrores dejar que algo se fuera. Había amenazado con amarme para siempre.

Mecí alegremente mi copa vacía delante de mí con una sonrisa expectante. El barman me ayudó a apoyarla ruidosamente sobre la barra, y luego me sirvió otro trago. La cáscara de naranja y la cereza bailaban lentamente entre el fondo y la superficie, como yo.

—Esta va a ser la última, cariño —dijo, mientras limpiaba la barra a los lados de mi copa.

—No te esmeres tanto. No doy buenas propinas.

—Como todos los federales —aseveró sin juzgar.

—¿Es tan obvio? —pregunté.

—Muchos viven por aquí. Todos habláis igual y os emborracháis la primera noche que estáis lejos de casa. No te preocupes. No tienes las letras FBI pintadas en la cara.

—Gracias al cielo —exclamé, alzando el vaso. No lo decía en serio. Amaba el FBI y todo lo que tuviera que ver con él. Incluso había amado a Jackson, que también era un agente federal.

—¿De dónde te han trasladado? —preguntó. Su pulóver negro de cuello en V demasiado ajustado, sus cuidadas cutículas y su cabello perfectamente peinado con gel delataban lo que fingía su seductora sonrisa.

—Chicago —dije.

Primero estiró hacia atrás los labios y después los frunció hasta parecer casi un pez, mientras abría mucho los ojos.

—Tendrías que estar celebrándolo.

—Supongo que no debería estar triste, a menos que se me acaben los lugares a los que huir. —Bebí un trago y me lamí los labios, degustando el ahumado ardor del bourbon.

—Oh. ¿Escapando de tu ex?

—En mi campo de trabajo, en realidad jamás escapas.

—Vaya. ¿También es agente federal? Donde se come no se caga, cariño.

Contorneé el borde del vaso con el dedo.

—En realidad no te preparan para eso.

—Lo sé. Ocurre muy a menudo. Lo veo todo el tiempo —dijo, meneando la cabeza, mientras lavaba algo en una pila llena de espuma detrás de la barra—. ¿Vives cerca?

Lo miré, desconfiando de cualquiera que pudiera olfatear a un agente e hiciera demasiadas preguntas.

—Que si vas a venir por aquí con frecuencia —aclaró.

Viendo adónde iba con su interrogatorio, asentí con la cabeza.

—Es probable.

—No te preocupes por la propina. Las mudanzas son caras, y también lo es emborracharse para olvidar lo que dejaste atrás. Tendrás tiempo de compensarlo más adelante.

Sus palabras hicieron que mis labios se curvaran hacia arriba como hacía meses que no lo hacían, aunque tal vez nadie hubiese podido notarlo, salvo yo.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Anthony.

—¿Alguien te llama Tony?

—No si quieren beber aquí.

—Tomo nota.

Anthony atendió a la única otra clienta que había en el bar en esa noche de lunes (o tal vez sería más correcto decir «esa madrugada de martes»). La mujer regordeta de mediana edad con ojos rojos hinchados llevaba un vestido negro. En ese momento, se abrió la puerta y un hombre de mi edad entró y se sentó a dos taburetes de donde yo estaba. Se aflojó la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa blanca perfectamente planchada. Lanzó un vistazo en mi dirección y, en ese medio segundo, sus ojos avellana verdosos registraron todo lo que quería saber de mí. Después, apartó la mirada.

Mi móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta y lo saqué para mirar la pantalla. Era otro mensaje de texto de Jackson. Junto a su nombre, había un pequeño seis encerrado entre paréntesis que indicaba el número de mensajes que había enviado. Esa cifra atrapada entre paréntesis me recordó la última vez que Jackson me había tocado, durante un abrazo del que había logrado soltarme después de mucho insistirle.

Estaba a casi tres mil quinientos kilómetros de distancia de Jackson y todavía tenía la capacidad de hacerme sentir culpable, aunque no lo suficiente.

Apreté el botón lateral del móvil y oscurecí la pantalla, sin responder el mensaje. Después, alcé un dedo en dirección al barman, mientras terminaba de un solo trago lo que quedaba del sexto vaso.

Había encontrado el bar Cutter’s justo a la vuelta de mi nuevo apartamento en el centro de la ciudad, una zona de San Diego ubicada entre el aeropuerto y el zoológico. Mis colegas de Chicago estarían en ese momento usando las típicas parkas del FBI encima de sus chalecos antibalas mientras yo disfrutaba del clima más templado de lo habitual de San Diego vestida con un top sin tirantes, una chaqueta y unos vaqueros superajustados. Me sentía demasiado abrigada y un poco sudorosa. Claro que también podía ser por la cantidad de alcohol que había en mi organismo.

—Eres demasiado pequeña para estar en un lugar como este —dijo el hombre sentado a dos taburetes de distancia.

—¿Un lugar como qué? —preguntó Anthony, alzando una ceja, mientras amagaba con empuñar un vaso.

El hombre lo ignoró.

—No soy pequeña —repliqué antes de beber un trago—. Soy menudita.

—¿No es lo mismo?

—También tengo un táser en mi bolso y un terrible gancho de izquierda, así que no abarques más de lo que puedas apretar.

—El kung-fu se te da bien.

No le di la satisfacción de prestarle atención. Por el contrario, mantuve la vista fija hacia adelante.

—¿Eso ha sido un comentario racista?

—En absoluto. Solo me pareces un poco violenta.

—No soy violenta —repuse, aunque era preferible parecer un blanco fácil e insulso.

—Oh, ¿en serio? —No era una pregunta. Estaba tratando de llevarme la contraria—. Hace poco leí sobre una distinción con la que premiaron a unas líderes asiáticas pacifistas. Imagino que tú no eras una de ellas.

—También tengo sangre irlandesa —dije entre dientes.

Rio para sus adentros. Había algo en su voz. No era simplemente ego, era algo que iba más allá de la seguridad o la confianza que podía tener en sí mismo, algo que me hizo querer girar la cabeza y mirarlo, pero mantuve los ojos fijos en la hilera de botellas que había al otro lado de la barra.

Cuando el hombre se dio cuenta de que no iba a conseguir una respuesta mejor, se pasó al taburete contiguo al mío. Suspiré.

—¿Qué bebes?

Llevé los ojos hacia el techo como molesta y después dirigí la vista hacia él. Era tan hermoso como el sol de California, y no podría haber sido más distinto de Jackson. Incluso sentado, podía darme cuenta de que era alto —por lo menos un metro noventa—. Su piel bronceada por la playa resaltaba aún más sus ojos color avellana. A cualquier hombre común le habría resultado intimidante, pero yo no tenía la sensación de que fuera peligroso —al menos no para mí—, aunque me doblaba en tamaño.

—Lo que pedí —contesté, sin tratar de disimular mi más seductora sonrisa.

Bajar la guardia ante un atractivo desconocido durante una hora estaba más que justificado, sobre todo después del sexto trago. Tontearíamos un poco, me olvidaría de la sensación de culpa que todavía tenía y luego me iría a casa. Era un plan respetable.

Me devolvió la sonrisa.

—Anthony —dijo, alzando un dedo.

—¿Lo de siempre? —preguntó Anthony del otro lado de la barra.

El hombre asintió. Era un cliente habitual. Debía vivir o trabajar cerca.

Fruncí el ceño cuando Anthony se llevó mi vaso en vez de volver a llenarlo.

Él se encogió de hombros, sin el más mínimo gesto de disculpa en su rostro.

—Te advertí que era tu último trago.

En unos minutos, el desconocido se bebió la suficiente cantidad de cerveza barata como para estar a mi mismo nivel de embriaguez. Yo estaba contenta. No iba a tener que simular estar sobria, y el hecho de que hubiera elegido cerveza me permitía conjeturar que no era pretencioso ni estaba tratando de impresionarme. O tal vez simplemente no tenía un céntimo.

—¿Dijiste que no puedo invitarte a un trago porque Anthony te ha puesto un límite o porque realmente no quieres? —preguntó.

—Porque yo misma me puedo pagar mis copas —respondí, aunque con cierta dificultad para pronunciar las palabras.

—¿Vives por aquí? —quiso saber.

Lo miré entrecerrando los ojos.

—Tus habilidades de conversación atrofiadas me están decepcionando segundo a segundo.

Se rio en voz alta, lanzando la cabeza hacia atrás.

—Vamos. ¿De dónde eres? No de aquí.

—Chicago. Acabo de llegar. Todavía tengo las cajas sin desembalar en el salón.

—Entiendo —dijo, asintiendo con la cabeza, mientras alzaba la botella de cerveza en señal de respeto—. En los últimos tres años me he mudado dos veces de una punta a otra del país.

—¿A dónde?

—De aquí a Washington y después de nuevo de Washington a aquí.

—¿Eres político o trabajas para un lobby? —pregunté con una sonrisa irónica.

—Ninguna de las dos cosas —dijo con una expresión de asco en su rostro. Bebió un sorbo de cerveza—. ¿Cómo te llamas? —preguntó.

—No estoy interesada.

—Qué nombre más espantoso.

Hice un gesto de disgusto. Él continuó:

—Eso explica tu mudanza. Estás escapando de un tipo.

Lo miré fijamente con furia. Era guapo pero también engreído, aunque tuviese razón.

—Y no estoy buscando otro. Ni un encuentro casual de una noche ni follar para vengarme, nada. Así que no pierdas tu tiempo y tu dinero. Estoy segura de que puedes encontrar una chica mona de la Costa Oeste que estará más que feliz de aceptarte una copa.

—¿Qué gracia tiene eso? —dijo, inclinándose hacia mí.

Santo Dios, aunque estuviera sobria, el tipo resultaría embriagador.

Observé el modo en que sus labios tocaban el borde de la botella de cerveza y sentí una punzada entre los muslos. Yo estaba mintiendo y él lo sabía.

—¿Te he ofendido? —preguntó con la sonrisa más encantadora que jamás había visto.

Con su rostro pulcramente afeitado y su pelo corto castaño, ese hombre y su sonrisa habían superado retos más formidables que el que yo suponía.

—¿Estás tratando de hacerlo? —repliqué.

—Puede ser. La manera en que pones la boca cuando estás enojada… es sencillamente alucinante. Podría ser un pesado contigo toda la noche solo para poder mirarte los labios.

Tragué.

Mi jueguecito se había terminado. El tipo había ganado y él lo sabía.

—¿Quieres que salgamos de aquí? —preguntó.

Le hice una seña a Anthony, pero el desconocido dijo que no con la cabeza y puso un billete de cien dólares sobre el mostrador. Copas gratis: al menos esa parte de mi plan había funcionado. El tipo caminó hasta la puerta y me hizo un gesto para que fuera yo delante.

—La propina de toda una semana a que esto no va a llegar a nada —dijo Anthony en voz alta para que el atractivo desconocido lo oyera.

—Al demonio —dije atravesando la puerta.

Pasé al lado de mi nuevo amigo y salí a la acera; la puerta se cerró lentamente. Me tomó de la mano, de manera juguetona pero firme, y me atrajo hacia él.

—Parece que Anthony piensa que te vas a echar atrás —dije, mirándolo.

Era mucho más alto que yo. De pie junto a él, me sentía como en la primera fila de un cine. Tenía que levantar el mentón y echar la cabeza ligeramente hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.

Me incliné hacia delante, desafiándolo a que me besara.

Vaciló, mientras observaba detenidamente mi cara, y luego sus ojos se ablandaron.

—Algo me dice que esta vez no me echaré atrás.

Inclinó su cuerpo y lo que empezó como un suave beso experimental se convirtió de pronto en un beso a la vez lujurioso y romántico. Sus labios se movían con los míos como si los recordasen, o incluso echasen de menos su sabor. Una extraña corriente eléctrica, como nunca antes había sentido en mi vida, me atravesó por todo el cuerpo, haciendo que mis nervios se desvanecieran por completo. Habíamos hecho esto muchas veces antes (en una fantasía o tal vez en un sueño). Era el déjà vu más hermoso que podía haber.

Una vez terminado el beso, permaneció unos segundos con los ojos cerrados, como si estuviera saboreando el momento. Cuando bajó la vista hacia mí, meneó la cabeza.

—Definitivamente no pienso echarme atrás.

Dimos la vuelta a la esquina, cruzando rápidamente la calle, y después subimos las escaleras hasta el portal de mi edificio. Busqué en mi bolso las llaves, después entramos y esperamos el ascensor. Sus dedos rozaron los míos y, una vez que se entrelazaron, me atrajo hacia él. Se abrió la puerta del ascensor y subimos sin poder despegarnos.

Me tomó de las caderas y me apretó aún más contra su cuerpo, mientras con los dedos buscaba el botón del piso. Me rozó el cuello con sus labios aterciopelados y yo sentí que todos mis nervios chispeaban y bailaban bajo mi piel. Los pequeños besos que me dio a lo largo de la mandíbula eran decididos y experimentados. Sus manos me rogaban que me pegara aún más a él con cada roce, como si me hubiese esperado toda su vida. Aunque yo tenía esa misma sensación irracional, sabía que todo era parte de la atracción, parte de la estratagema, pero el modo en que se contenía claramente de tirar demasiado fuerte de mi ropa hacía que todo mi cuerpo se estremeciese.

Cuando llegamos al quinto piso, el desconocido había echado todo mi cabello hacia un lado, dejando un hombro completamente al descubierto, mientras recorría la piel de mi cuello con sus labios.

—Eres tan suave —susurró.

Irónicamente, sus palabras hicieron que se me pusiera la piel de gallina.

Oía el tintineo de mis llaves, mientras trataba torpemente de abrir la puerta de mi apartamento. El tipo giró el picaporte y los dos casi caímos en el suelo del vestíbulo. Se apartó de mí, cerró la puerta con la espalda y me atrajo hacia él con las manos. Olía a cerveza con un toque a azafrán y madera de su colonia, pero su boca todavía sabía a pasta de dientes de menta. Cuando nuestros labios volvieron a encontrarse, dejé que su lengua se deslizara en mi boca, mientras yo entrelazaba los dedos detrás de su cuello.

Me quitó la chaqueta y la dejé caer al suelo. Después, se aflojó el nudo de la corbata y se la sacó por encima de la cabeza. Mientras se desabotonaba la camisa, me quité el top. Mis pechos desnudos quedaron expuestos unos segundos antes de que mi largo cabello negro cayera en cascada y los cubriera.

El desconocido ya se había quitado la camisa; su torso, una combinación de genes impresionantes y varios años de intensos ejercicios diarios que habían esculpido esa perfección que tenía delante de mis ojos. Me saqué los tacones, y él hizo lo mismo con sus zapatos. Pasé los dedos por cada uno de los abultados músculos de su abdomen. Posé una mano sobre el botón de su pantalón, mientras con la otra empuñaba la gruesa dureza que sobresalía por debajo.

Un tamaño impresionante.

El agudo sonido de la cremallera hizo que mi entrepierna latiera, rogando prácticamente que la acariciaran. Presioné mis dedos contra su espalda, mientras sus besos pasaban del cuello a mis hombros y luego a mis pechos. A la vez, con sus manos me iba quitando los vaqueros.

Se detuvo unos segundos, tomándose el tiempo para apreciar mi cuerpo desnudo delante de él. También parecía un poco sorprendido.

—¿No usas bragas?

Me encogí de hombros.

—Jamás.

—¿Jamás? —preguntó, rogando con los ojos que dijera que no.

Adoraba la manera en que me miraba: en parte asombrado, en parte divertido, en parte abrumadoramente excitado. Mis amigas de Chicago siempre habían elogiado las ventajas de un encuentro casual de una noche libre de toda atadura. Este tipo parecía el hombre perfecto con quien hacer la prueba.

Alcé una ceja, saboreando lo sexy que ese completo extraño me hacía sentir.

—No tengo ni un par.

Me levantó en sus brazos, y enganché los tobillos alrededor de su trasero. La única tela que todavía quedaba entre nosotros era su bóxer gris.

Me besó, mientras me llevaba hasta el sofá, y después me depositó suavemente sobre los almohadones.

—¿Cómoda? —preguntó, casi en un susurro.

Cuando asentí, me besó una vez y después fue a sacar un envoltorio cuadrado de su billetera. Cuando volvió, lo abrió con los dientes. Me alegró que hubiese traído los suyos. Aunque hubiese pensado en comprar preservativos, yo no habría tenido la previsión o el optimismo de buscar de su tamaño.

Desenrolló rápidamente el fino látex a lo largo de su miembro y después tocó con la punta la delicada piel rosada entre mis piernas. Se inclinó hacia adelante para susurrarme en el oído, pero solo dejó escapar un suspiro entrecortado.

Estiré mis brazos alrededor de su musculoso trasero y presioné mis dedos contra su piel, guiándolo, mientras él me penetraba. Entonces me tocó a mí suspirar.

Él gimió y volvió a juntar su boca con la mía.

Tras diez minutos de maniobrar sobre el sofá, sudado y con el rostro enrojecido, el desconocido me miró con una sonrisa de frustración y disculpa.

—¿Dónde está tu dormitorio?

Señalé hacia el pasillo.

—La segunda puerta a la derecha.

Me alzó, sujetándome de los muslos que yo apreté alrededor de su cintura. Caminó por el pasillo descalzo, pasando al lado de cajas y bolsas de plástico con pilas de platos y ropa de cama. No entendía cómo podía caminar sin tropezarse en la tenue luz de un apartamento desconocido con su boca contra la mía.

Mientras caminaba todavía dentro de mí, no pude evitar gritar el único nombre que me vino a la mente, «Jesús».

Sonrió con sus labios contra los míos mientras abría la puerta de un empujón, y luego me puso sobre el colchón.

Se acomodó encima de mí sin apartar sus ojos de los míos. Sus rodillas se encontraban un poco más separadas que cuando estábamos en el sofá, lo que le permitía entrar más hondo y mover sus caderas de tal manera que me tocaba en un lugar que hacía que mis rodillas temblaran con cada arremetida. Su boca estaba de nuevo contra la mía como si la espera le hubiera resultado una agonía. Si no lo hubiese conocido media hora antes, habría creído que el modo en que me tocaba, me besaba, se movía contra mi cuerpo era amor.

Acercó su mejilla a la mía y contuvo la respiración mientras se concentraba, a medida que su excitación se acercaba más al paroxismo. A la vez trataba de prolongar el insensato, tonto e irresponsable viaje en el que los dos nos habíamos embarcado. Se apoyó con una mano en el colchón y sujetó mi rodilla contra su hombro con la otra.

Aferré con fuerza el edredón mientras él arremetía dentro de mí una y otra vez. Jackson no tenía un mal tamaño, pero sin duda este desconocido llenaba cada centímetro de mi ser. Cada vez que me penetraba, lanzaba una oleada de un dolor maravilloso por todo mi cuerpo, y cada vez que se retiraba, casi entraba en pánico de que ya hubiese acabado.

Con mis brazos y piernas alrededor de su cuerpo, volví a lanzar un grito por enésima vez desde que había subido a mi apartamento. Su lengua era tan contundente y manejaba con tanta destreza mi boca que yo sabía que él había hecho esto muchas, muchas veces antes. Eso lo volvía todo más fácil. No le importaba lo suficiente como para después juzgarme, de modo que yo también me ahorraría el tener que hacerlo. Una vez que vi el cuerpo que había debajo de esa camisa, ya no hubo manera de que me culpara de nada, ni aunque hubiese estado sobria.

Volvió a penetrarme, su sudor mezclándose con el mío; parecía como si nuestras pieles se estuviesen derritiendo juntas. Mis ojos casi se quedaron en blanco ante la devastadora mezcla de dolor y placer que recorría mi cuerpo con cada sacudida.

Su boca volvió a juntarse con la mía y no pude evitar perderme en el pensamiento de lo voraces que eran sus labios y a la vez tan suaves y deliciosos. Cada movimiento de su lengua estaba calculado, ejercitado, y parecía como si todo estuviera dirigido a darme placer. Jackson no había sido particularmente bueno besando, y, aunque en realidad acababa de conocer al tipo que estaba encima de mí, sabía que iba a extrañar esos maravillosos besos una vez que se fuera de mi apartamento a primera hora de la mañana, si es que se quedaba tanto.

Mientras me follaba maravillosamente y sin piedad, me agarró el muslo con una mano, separando aún más mis piernas. Después deslizó la otra entre mis muslos, frotando tiernamente su pulgar en círculos sobre mi piel rosada, hinchada y sensible.

Unos segundos más tarde no podía parar de gritar, mientras alzaba las caderas para pegarlas a las suyas y le apretaba fuertemente la cintura con mis rodillas. Él se inclinó hacia adelante y acercó su boca a la mía, mientras yo gemía. Podía sentir que sus labios se arqueaban en una sonrisa.

Tras algunos movimientos lentos y unos tiernos besos, dejó de controlarse. Sus músculos se tensaron, al arremeter con fuerza dentro de mí, cada vez con mayor violencia. Una vez que alcancé mi orgasmo de una manera impresionante, él se concentró solo en su propio placer, arremetiendo contra mí sin piedad.

Sus gemidos se ahogaron en mi boca, y después apretó su mejilla contra la mía, mientras cabalgaba la ola de su propio orgasmo. Lentamente fue aquietándose encima de mí. Se tomó unos segundos para recuperar el aliento y después giró para besarme en la mejilla, sin despegar de inmediato los labios.

Nuestro encuentro había pasado de una aventura espontánea a una penosa incomodidad en menos de un minuto.

El silencio y la quietud del cuarto consiguieron que el efecto del alcohol se disipara, y la realidad de lo que habíamos hecho dejó sentir todo su peso sobre nosotros. Yo había pasado de sentirme sexy y deseada a sentirme una chica vergonzosamente calentona y barata.

El desconocido se inclinó hacia mí para besarme en los labios, pero yo bajé el mentón, retirando el rostro, lo que fue una situación ridícula, dado que él todavía estaba dentro de mí.

—Mañana —empecé a decir— tengo que estar temprano en el trabajo.

Me besó de todos modos, ignorando mi expresión de vergüenza. Su lengua bailó con la mía, acariciándola, memorizándola.

Exhaló con fuerza por la nariz, para nada apurado, y después se apartó, sonriendo.

Maldición, cómo iba a extrañar su boca, y de pronto me sentí patética por eso. Dudaba de que alguna vez encontrara a alguien que pudiese besarme de esa manera.

—Yo también. Soy… Thomas, por cierto —dijo con voz suave. Rodó hacia un costado y se relajó a mi lado, sosteniéndose la cabeza con la mano. En vez de vestirse, parecía listo para iniciar una conversación.

Mi independencia se me iba escapando rápidamente de las manos a medida que el desconocido iba siendo cada vez un poco menos desconocido. Recuerdos de mí teniendo que informar a Jackson de hasta el último de mis movimientos se sucedieron sin orden como si estuviera zapeando canales de televisión en mi mente. No había elegido que me trasladaran a miles de kilómetros de distancia para estar encadenada a otra relación.

Presioné ligeramente los labios.

—No estoy —dilo, dilo, o después te vas a querer matar— emocionalmente disponible.

Thomas asintió con la cabeza, se levantó y después fue hasta el salón para vestirse en silencio. Se paró en el umbral de mi dormitorio con los zapatos en la mano, sus llaves en la otra y la corbata colgando torcida en el cuello. Traté de no mirar, pero no lo logré, de modo que estudié meticulosamente cada centímetro de su cuerpo para recordarlo y poder fantasear el resto de mi vida.

Bajó la mirada y rio entre dientes, con una expresión aún libre de todo juicio.

—Gracias por un final grandioso e inesperado a un lunes de mierda.

Me cubrí con la manta y me senté en la cama.

—No es por ti. Estuviste fantástico.

Se giró hacia mí, con una sonrisa de ironía en su rostro ensombrecido.

—No te preocupes. No me voy de aquí dudando de mí. Me lo advertiste muy claramente. No esperaba nada más.

—Si me das un segundo, te acompaño a la puerta.

—Conozco la salida. Vivo en este edificio. Estoy seguro de que nos volveremos a encontrar.

Mis mejillas empalidecieron.

—¿Vives en este edificio?

Miró hacia el techo.

—Justo aquí encima.

Señalé hacia arriba.

—¿Te refieres al siguiente piso?

—Sí —dijo con una sonrisa entre avergonzada y culpable—, vivo justo encima de ti. Pero estoy muy poco en casa.

Me atraganté con sus palabras, horrorizada. Ahí tienes tu encuentro de una sola noche sin ataduras. Empecé a comerme la uña del pulgar, tratando de pensar qué contestarle.

—Bueno…, de acuerdo. Que duermas bien entonces, vecino.

Thomas lanzó una sonrisa arrogante y seductora.

—Buenas noches.

Capítulo 2

Haberme emborrachado la noche anterior a mi primer día de trabajo en la oficina de San Diego para olvidarme de la culpa que Jackson me quería hacer sentir con sus mensajes de texto no había sido para nada una idea brillante.

Llegué solo con mi chaleco y, una vez que cumplí con los trámites de ingreso, me entregaron un arma, credenciales y un teléfono móvil. Me asignaron al Escuadrón Cinco y me coloqué en el único escritorio vacío, que había pertenecido al último agente que no había congeniado con el infame Subagente Especial a Cargo, a quien nosotros llamábamos SEC. Había oído hablar de él en Chicago, pero iba a hacer falta más que un mal carácter para ahuyentarme de la posibilidad de un ascenso.

Solo una pequeña porción de la superficie del escritorio no tenía una ligera capa de polvo, probablemente el lugar donde había estado situado el ordenador del agente anterior. El estuche con mis auriculares estaba al lado de mi portátil y la falta total de portarretratos o cualquier otro tipo de adornos hacía que mi mesa resultara patética en comparación con los otros escritorios de la sala del escuadrón.

—Es patético —exclamó una voz femenina, haciéndome dudar de si no habría pensado en voz alta.

Una mujer joven pero ligeramente intimidante estaba de pie de brazos cruzados y apoyada en el borde de la pared entelada de uno por dos que separaba mi cubículo del pasillo principal que iba de un extremo al otro de la sala del escuadrón. Llevaba su sedoso cabello color castaño recogido en un moño en la parte baja de la nuca.

—No puedo negarlo —contesté, mientras quitaba el polvo con una toalla de papel.

Ya había guardado mi chaleco en mi taquilla. Era lo único que había traído de mi oficina de Chicago. Me había mudado a San Diego para empezar de nuevo, de modo que no tenía mucho sentido exhibir mi antigua vida.

—No me refiero al polvo —dijo, observándome con sus velados ojos verdes. Sus mejillas eran algo regordetas, pero ese era el único rasgo que delataba su juventud. En todo lo demás, no cabían dudas de que estaba bien en forma.

—Lo sé.

—Soy Val Taber. No me llames agente Taber o no podremos ser amigas.

—¿Te llamo Val entonces?

Hizo un gesto de disgusto.

—¿Y de qué otro modo me ibas a llamar si no?

—Agente Taber —dijo un hombre alto y esbelto, al pasar junto a ella. El hombre sonrió como si supiera lo que le esperaba.

—Vete al infierno —respondió ella, arrancándole un expediente de las manos. Val le echó un vistazo y después volvió a dirigirme la mirada—. ¿Eres la analista de inteligencia? ¿Lisa Lindy?

—Liis —dije, algo tensa. Nunca había logrado acostumbrarme a corregir a la gente—. Con dos íes y sin a.

—Liis. Disculpa. He oído decir que has hecho carrera muy rápido. —Su voz tenía un deje de sarcasmo—. Me parecen auténticas estupideces, además en realidad no es asunto mío.

Estaba en lo cierto. El hecho de ser una agente federal especializada en lenguas prácticamente había extendido una alfombra roja para mi traslado, pero me habían dado instrucciones de no mencionar mi especialización a nadie a menos que tuviera la aprobación de mi supervisor.

Miré hacia la oficina del supervisor. Estaba aún más desierta que mi escritorio. Conseguir la aprobación de una oficina vacía no iba a ser nada fácil.

—Tienes razón —respondí sin entrar en detalles.

Había sido pura suerte que el Escuadrón Cinco necesitara un experto en lenguas justo cuando decidí dejar Chicago. La discreción recomendada tan enfáticamente significaba q ...