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MARTINA CON VISTAS AL MAR (HORIZONTE MARTINA 1)

Elísabet Benavent

5


Fragmento

PRÓLOGO

2012

Era nuestro noveno aniversario. Fernando me había mandado un ramo de flores al trabajo con una nota en la que me pedía que reservara aquella noche para nosotros y nuestro regalo. Me imaginaba que se refería a una sesión pragmática de sexo o a algún conjunto de ropa interior envuelto en papel de seda como aperitivo, así que…, bueno, tampoco me emocioné demasiado. Sí, lo sé, soy una persona poco romántica. A decir verdad, tengo muchos más problemas de actitud aparte de ese.

Llegué a casa, puse el ramo en agua y me quedé mirándolo casi a oscuras en la cocina del piso que compartía con él. Me parecía una estupidez que se hubiera gastado cincuenta euros en un ramo de flores que a los dos días empezaría a morir y a dejar olor a funeral en toda la casa, pero él era de otra generación. Bueno, a lo mejor no tiene nada que ver con el año en que nació pero yo achacaba todas nuestras diferencias al hecho de que Fernando fuera doce años mayor que yo.

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Sobre la cama de nuestro dormitorio Fernando había extendido un vestido que compré años antes para mi graduación en la escuela de cocina. Una de las buenas, decía mi madre a todo el que quisiera escucharla, como si en el fondo estuviera un poco decepcionada con mi elección profesional y quisiera demostrarle a todo el mundo, comenzando por ella misma, que era un trabajo rodeado de glamour. No sé cómo será en otros países, pero siempre he considerado que mi trabajo es un trabajo sin más; me gusta, sí, pero con el añadido de que salgo oliendo a comida. Ya lo he dicho, soy muy pragmática y algo cuadriculada, así que era normal que fuera mi pareja quien eligiera lo que iba a ponerme aquella noche. Para mí era casi como parte del regalo para que yo no tuviera que devanarme los sesos; entiendo de moda lo mismo que de biología: lo básico. El vestido era negro, con escote bardott y falda midi con vuelo. Todos estos términos los conozco porque Sandra, una de mis dos mejores amigas, me los dijo maravillada cuando les enseñé la prenda. Allí estaban ellas, emocionadas porque mi vestido de graduación era precioso, y yo aliviada por no tener que salir a buscar otro. No me gusta mucho ir de compras porque nunca sé si lo estoy haciendo bien o no. Amaia, mi otra mejor amiga, se ríe de mí mientras intenta convencerme de que ir de compras no es una asignatura que alguien vaya a aprobar o a suspender, que no hay examinadores escondidos entre los percheros de Zara, pero yo no lo tengo tan claro. Por eso cuando define mi estilo como «look aprobado» yo le digo que es una «zorra cruel».

Al asomarme al cuarto de baño atisbé a ver un post-it en el espejo. Sonreí al leerlo: «Hoy es un día especial y lo celebraremos en un lugar especial, donde confluyen todas tus grandes pasiones. Te espero abajo a las 20.45». No hizo falta ninguna pista más. Yo ya sabía adónde íbamos porque solo había un lugar en el mundo donde confluyeran todas mis grandes pasiones y ese sitio era El Mar. El Mar era el restaurante en el que todo buen cocinero quería trabajar; un proyecto imponente de cocina joven, creativa y sin ataduras que fue recibido por la crítica con entusiasmo. Había sido abierto en 2010 por Pablo Ruiz, su chef principal, y por su socio capitalista, un hombre con sobrada experiencia en el negocio de la hostelería. En sus dos años de andadura ya había sido merecedor de algunos de los premios gastronómicos más importantes de España, además de una mención especial en diversas publicaciones internacionales especializadas. Por aquel entonces yo aún estaba terminando mis estudios de repostería, que compaginaba con mi trabajo en la cocina de un hotel; cenar allí era el mejor regalo del mundo. Era como acudir a una masterclass para el paladar. Pero es que además era un detalle bastante caro y con lista de espera.

Sabía que Fernando había coincidido con Pablo Ruiz en algunas ocasiones y siempre hablaba maravillas de él, a pesar de que tenía fama de poseer un carácter bastante explosivo. Siempre pensé que los genios tenían personalidades complicadas. El Mozart de la cocina, me decía a mí misma cada vez que pensaba en él. Y pensaba en él con ADMIRACIÓN TOTAL porque era joven, talentoso, brillante y todo lo que yo quería ser algún día. Nunca fui demasiado fan de nada, excepto del trabajo de Pablo Ruiz. Y es curioso, me entusiasmaba su cocina, me sabía muchas de sus recetas de memoria, pero no le había visto más que en la foto de la contraportada de su primer libro. Una foto a la que no presté mucha atención.

Fernando esperaba en la puerta de casa con el coche en marcha y la radio puesta; sabía que no soy de las que llega tarde a los sitios. Cuando me senté a su lado y le sonreí, pareció que los meses raros en nuestra relación se esfumaban. Él también sonrió.

—Ya sabes dónde vamos, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y?

—No podrías haber elegido un regalo mejor.

Me incliné para besarle. En realidad, la acumulación de meses extraños nos sorprendía a los dos. Éramos una pareja muy bien avenida; nos entendíamos a la perfección. Habíamos tenido que pelear mucho para que la gente no nos mirara y juzgara, porque lo cierto es que Fernando y yo nos conocimos en el peor contexto posible para el comienzo de una relación: él fue mi profesor de Técnicas Culinarias I. Mi primer contacto con los estudios superiores fue con él explicándonos, sentado sobre la mesa del profesor, que la cocina no podía enseñarse si uno no la llevaba ya dentro. Y me enamoré de la pasión que él exteriorizaba y que yo, por mucho que también sintiera, no lograba mostrar. Nueve años después, allí estábamos. A veces nos daba la sensación de que nuestra relación había pasado a ser más de amistad que de pareja, pero luego nos metíamos en la cama y ardía Troya. Nos costó un tiempo darnos cuenta de que tampoco podíamos fiarnos de la calidad del sexo para medir la temperatura de nuestra relación.

Un aparcacoches se hizo cargo del Seat Ibiza de Fer al llegar al local y nos morimos de risa pensando en la cara que pondría el pobre chico cuando se le encendiera la radio y sonara el cedé de Peret con el que me martirizaba Fernando. Él me ofreció su mano y con un guiño me preguntó si estaba preparada. ¡Y tanto! Había nacido preparada para aprender de una experiencia como aquella. Y entramos. Entramos a lo que la mente y el alma de Pablo Ruiz entendía que era el mar.

Cuando a uno le hablan sobre un restaurante que se llama El Mar espera encontrar una ambientación marinera más o menos determinada (y manida): blanco y azul, barquitos, útiles de navegación… pero nada más lejos de la realidad en este caso. Nuestros pies caminaron sobre un suelo de amplios tablones de madera pulida, preciosa y clara. Una de las paredes era una suerte de mosaico realizado con enormes placas cerámicas de un precioso color verde mar delimitadas, unas con otras, por finas líneas metalizadas. Unos cortinajes blancos compuestos de pequeñas piezas de metal demarcaban la estancia y la podían dividir en salas independientes. El techo estaba cubierto a tramos por espejos en los que las imágenes ondeaban sobre su superficie sinuosa e irregular, como si flotaras en un mar imaginario, por encima de tu cabeza. La iluminación era cálida y suave y las mesas de madera clara, redondas, cubiertas con una vajilla del mismo color que el mosaico de la pared y las sillas. Había visto alguna fotografía, pero la impresión que producía no se parecía en absoluto a la que te embargaba cuando estabas en el centro de la estancia. Me quedé tan impresionada por lo que se respiraba allí dentro que Fer tuvo que tirar de mi brazo para recordarme que lo normal era sentarse, no esperar los platos de pie.

Cogí la servilleta de tela y la extendí sobre mi regazo; allí, bordado en color turquesa, una frase de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway: «Se mecía como si el océano estuviera haciendo el amor con alguna cosa». En la de Fernando había una diferente: «Y se dio cuenta de que nadie jamás está solo en el mar». ¿Puede una morir de amor platónico?

La única posibilidad de disfrutar la experiencia culinaria que ofrecía El Mar tenía lugar durante la cena. Tras su inauguración el restaurante abría sus puertas también a mediodía, pero, según las malas lenguas, la falta de clientela les llevó a reformular el concepto. No les fue nada mal. Contra todo pronóstico, colgaban desde hacía tiempo el cartel de lleno durante los once meses que estaba en funcionamiento al año. Había también una sola opción: su menú degustación, compuesto de veintidós platos y tres postres. Evidentemente las raciones eran escasas pero, decían, los sabores plenos. Yo estaba impaciente por analizar cada pase, cada presentación, por intentar reconocer todos los ingredientes… Igual que una niña con zapatos nuevos.

Pedimos vino blanco y Fernando decidió gastar una pequeña fortuna en una botella en concreto que haría más especial los sabores, según me dijo. Nos sirvieron agua fría. El salón estaba completamente lleno y todos esperábamos que empezara el baile.

El Mar era una maquinaria precisa. Los platos salían a la vez para todas las mesas. Conté cincuenta comensales aquella noche, en veinte mesas diferentes, atendidos por cuatro jefes de sala y una horda bien organizada y silenciosa de lo que nosotros llamamos runners: los chicos que trasladan los platos desde la mesa bajo las lámparas de pase a la sala, donde los camareros se encargan de servirlos. Nadie debía esperar. Nadie devolvía nada a la cocina. El punto de cocción era perfecto. Los sabores. Las texturas. Los colores. El punto de sal. El emplatado. La espera entre plato y plato. No había absolutamente nada que pudiera ser juzgado con un adjetivo por debajo de «perfecto». Pablo Ruiz hacía pura magia.

—Te estás enamorando —se mofó Fer al verme suspirar con un ravioli invertido en la boca.

—Es un genio —respondí convencida.

—Y guapo.

—Eso dicen.

—¿Eso dicen? —se burló—. ¿Es que nunca te has quedado embobada mirando la foto de su libro?

—No le he prestado la suficiente atención. —Sonreí.

Y si no se la presté fue porque mi admiración profesional me cegaba y, además, la fotografía que había en el libro de Pablo Ruiz no hacía justicia a la realidad, hecho que adiviné cuando, después de que los camareros retiraran los platos de postre vacíos y tomaran nota de los cafés, el chef salió a saludar. Y aquello sí que no me lo esperaba. Las puertas de doble hoja se abrieron y Pablo apareció andando a grandes zancadas pero despacio; tenía las piernas muy largas, no podía ser de otra manera. Lo primero que me llamó la atención fue su pelo, rebelde, ondulado y desordenado, más largo de lo que yo imaginaba, que se movía con libertad entre sus dedos cuando lo apartaba de su cara, como si fuese un jovencito grunge. Lo segundo, la manera en la que la chaquetilla de chef se ajustaba a su cuerpo, combinada con unos vaqueros estrechos y rotos en una rodilla. Joder. Pablo Ruiz no solo era un genio: ¡estaba bueno! Hasta me ruboricé y farfullé un exabrupto de admiración cuando esquivó con gracia una silla y bromeó con la señorita que había estado a punto de arrollarlo. Era una criatura extraña. Era… casi felino en sus movimientos. Elegancia, rebeldía, juventud y sexualidad juntas, agitadas pero no revueltas. Mmm… era muy sexi.

Fer estaba hablándome, pero me percaté de que lo estaba haciendo cuando él ya se había dado cuenta de que no le prestaba ninguna atención.

—Lo siento —le dije.

—No pasa nada. —Sonrió—. Os pasa a todas. Tiene un magnetismo especial.

Joder, sí. Era verdad. Tan masculino, joven, grácil, firme, con tanta luz propia… Pablo se enderezó cuando se despidió de una mesa y al levantar la mirada chocó con la mía. No sé explicar la inquietante sensación de ser observada, entre tanta gente, por sus ojos. Como agua muy fría recorriéndome la espalda bajo la ropa. Una bofetada de hielo. Un puño estrujándome el estómago. Por primera vez en mucho tiempo me puse nerviosa.

Pablo localizó a Fer y le saludó con un gesto. «Ahora te veo», vocalizó, dando a entender que dejaría nuestra mesa para el final para no andar con prisas. Siguió su baile, mesa por mesa, saludando, dando las gracias por compartir con él y con sus platos aquella noche, preguntando si todo había estado bien, contando a quien le preguntaba el porqué de ciertas técnicas o la elección del nombre de sus creaciones. Y hasta la sesentona que estaba sentada con su marido en la mesa de al lado lo siguió con la mirada y la boca abierta cuando se despidió de ellos y se dirigió hacia nosotros.

—Vaya noche —suspiró dejándose caer sin ceremonia en una silla junto a nuestra mesa—. ¿Qué tal va, viejo?

Perdón. ¿Esos ojos eran legales? Nunca había visto un iris como el suyo, de un verde más claro que el mar en pleno verano. No sé cómo la barbilla no me tocó el suelo. Me quedé sin palabras…, solo pude musitar un «hola» y bajar los ojos hacia la mesa, sin importarme si parecía una maleducada. Me sentí impresionada por muchos motivos: el primero, que era ofensivamente joven para ser quien era, pero es que, además, aparentaba su edad. En aquel momento creo que tendría unos veintiocho años y ya se adivinaba que aún no había alcanzado toda su plenitud. En unos años nos tendríamos que poner gafas de sol para poder mirarlo pero no por ser poseedor de una belleza apabullante, que conste. Fer tenía razón, Pablo Ruiz era increíblemente magnético, y diré más: cuando hablaba, tus ojos solo podían mirar sus labios. Tenía algo. Algo… desbordante.

Nos preguntó si habíamos disfrutado de la experiencia y después Fernando y él se pusieron al día brevemente. Fue una charla cortés, educada y distendida en la que no participé por miedo a tartamudear o a que se me cayera la baba por la comisura de los labios. Seguía sus preguntas y contestaciones como lo haría una fanática que se queda paralizada delante de su ídolo. Cuando entendí que no tenía sentido desviar la mirada y perder la oportunidad de estudiar la pasión con la que Pablo hablaba, lo descubrí mirándome con su labio inferior atrapado entre sus dientes.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Muy bien. —Quise sonreír, pero no sé si lo conseguí.

—Ya veo —respondió. Una voz áspera, algo rota y masculina, que sonaba sensual y a la vez dulce le acompañaba. Narcótico. Genial. Una jodida fuerza de la naturaleza…, eso me pareció Pablo Ruiz. Fue como conocer la pasión por la cocina en sí misma, hecha carne. Pablo cogió aire, se irguió y palmeando el hombro de Fer se levantó—. Siento no poder quedarme a tomar café con vosotros, aunque de todas maneras imagino que os apetecerá disfrutar de esta noche solos. La cena corre a cuenta de la casa. No todos los días se cumplen nueve años juntos. Felicidades.

No perdí detalle hasta que traspasó el umbral del salón y se marchó de nuevo hacia su cocina. Su andar, ese gesto con el que se apartaba el pelo de la cara, lo ceñidos que eran los vaqueros que lucía y la mirada que me lanzó justo antes de desaparecer de mi vista. Si hubiera tenido quince años me hubiera enamorado irremediablemente de él, pero no los tenía y estaba allí sentada con mi pareja. Que nadie crea que se convirtió en mi amor platónico, pero de alguna manera fue como una experiencia extrasensorial. Pensé que jamás volvería a cruzar una palabra con él y me sentía afortunada por haberlo conocido. Pablo se convirtió para mí en un jodido mito con el que, sí, fantaseé a menudo, pero no como creo que estáis pensando.

De vuelta a casa, Fernando estuvo burlándose de mí porque decía que me había faltado desmayarme como una fan histérica, pero estaba muy concentrada en el verdadero sentimiento que me despertaba Pablo Ruiz: una mezcla de admiración y envidia. Una oleada de calor, de pasión concentrada en el estómago, pero no carnal, sino visceral: eso me llevaba a casa. Quería ser como él, quería aprender con él. Quería…, QUERÍA.

—Es un genio —musité.

—Sí, lo es. En todos los sentidos, además. Si tienes suerte y te esfuerzas, un día podrías trabajar con él.

Claro. Y desfilar en Cibeles. No me lo tomé en serio. Ni siquiera me lo planteé, porque lo que pasa cuando nos hacemos mayores es que ese ímpetu que guía nuestros pasos se hace más débil y nos dejamos convencer por la vida de que es demasiado difícil como para intentarlo. Ya era demasiado mayor, me dije. Querría gente mucho más joven, que naciera en la cocina a su lado. No, no fue mi meta porque no la creí posible, aunque me esforcé. Por mí. Por no decepcionarme.

Cuando al día siguiente volví a enfundarme el uniforme de la cocina del hotel en el que trabajaba sentí una profunda decepción. Rancio abolengo. Tarta tatín y el té de las cinco. La creatividad quedaba fuera de mi trabajo, aunque allí me sentía cómoda. El protocolo y la rutina me parecían tranquilizadores; las cosas se hacían como se hacían y no había más vuelta de hoja. Pero tenía la impresión de ser demasiado joven como para acomodarme y cuando soñaba despierta siempre terminaba en la cocina de Pablo Ruiz, aprendiendo del que muchos decían que creaba magia en sus platos. Para mí, él era la personificación de lo que se podía hacer con nuestra profesión, sin plantearme nada más. Pablo Ruiz era… la pasión.

1

LA VIDA

Siempre fui una niña maniática. Nunca comí con las manos, nunca me ensucié la cara, nunca me dormí sobre un plato, me pinté la cara o hice algún desastre similar. Siempre fui… pulcra. Tuve una infancia feliz, una adolescencia nada problemática y una juventud muy plena. Pero es cierto que siempre fui… seria. Muy contenida, a decir verdad. En mi casa todos lo somos. Se respira cariño y respeto, pero no nos volvemos locos dando besos y abrazos cuando nos vemos. Ni siquiera nos vemos mucho. Mis padres son de los que entienden que, llegada una edad, es normal que los polluelos vuelen lejos del nido. No nos van los mimos.

Puedo parecer una persona fría. Sé que a la gente le cuesta sentir simpatía por mí, porque suelo dar una imagen errónea de impermeabilidad, como si todo me resbalara, como si no necesitara a nadie y las emociones humanas me resultaran excesivas. Eso es porque he sido criada en la contención. Soy una chica contenida, lo que no significa que no sienta. Pero es cierto, me cuesta horrores expresar mis emociones profundas; no llevo bien la sorpresa y el coqueteo para mí es un tormento. Es como si mi piel fuera más gruesa que la de los demás y a veces me sorprendo imitando las reacciones de los de mi alrededor para obligarme a salir del cascarón. Suelo sentirme a menudo como un pez fuera del agua, pero tengo la suerte de tener cerca de mí a personas que son mi zona de confort. No me recluyo en mi habitación con la música alta para aislarme…, muy al contrario, busco abrigo en mi gente. Mis padres son amigables a su manera y mis hermanos independientes hasta el extremo, como yo, pero mis dos mejores amigas suplen con creces estas carencias.

Pero nada de lo anterior tiene que ver con mi pasión por la cocina. Sí, pasión, una palabra caliente que arde en mi lengua, en mis venas, cuando me encierro en una cocina. No es un hobby; para mí es una forma de vida. Mi forma de vida y de expresión. He llegado a pensar que sufro asperger y que esta es la única manera en la que me siento libre.

Es algo totalmente vocacional. Era una chica aplicada, que sacaba buenas notas, devoraba libros y a la que todos imaginaban con un brillante futuro como abogada o médico, quizá, pero yo siempre decía que quería ser chef. He tenido que luchar durante muchos años contra los prejuicios de los demás acerca de mi pasión. Muchos me hablaron con una nota de condescendencia para tratar de poner luz sobre el asunto y aclararme que podía hacer cuantos dulces quisiera en mi tiempo libre, pero que debía estudiar una carrera. Nunca los escuché, porque todo ese fuego y esa espontaneidad que me falta en las relaciones sociales habituales me sobra cuando me pongo a cocinar. Siempre quise ser chef. Y no cualquier chef. Siempre quise ser de las mejores. O la mejor.

A los dieciocho años me inscribí en la escuela de cocina a pesar de las quejas de mis padres. Y trabajé durísimo para aprender todo cuanto pude; lo hice con ganas y ahínco, a veces turbada por no saber si lo que me hacía avanzar era el talento o el empeño. Fue en aquel momento cuando conocí a Fernando. Tenía una sonrisa preciosa y los ojos brillantes. Nos miramos nada más entrar en el aula y la sensación fue electrizante. Lo malo es que no era un compañero con el que pasear cogida de la mano por el campus; Fernando tenía treinta años y era mi profesor. Él me enseñó en el aula la base de todo lo que sé ahora. Era apasionado, dedicado, un buen docente y el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Moreno, alto, con mucha vida a sus espaldas, manos grandes y suaves. El sueño de cualquier posadolescente impresionable. Me enamoré como una colegiala. Un día me preguntó si, siendo su alumna más aventajada, me apetecía acompañarle a una sesión de maridaje de vinos, como experiencia complementaria.

—Por probar si también tienes dotes de sumiller —dijo sin mirarme mientras ordenaba unos folios.

No, no las tenía, pero después de tanto vino, que los profesionales escupieron pero nosotros nos lo bebimos de mil amores, me llevó a mi casa y en el portal me confesó que algo le empujaba a pasar más tiempo conmigo y que nunca se había sentido más fascinado por alguien. Decía que era tremendamente madura, pero nunca consideré que lo fuera. Creo que solo parecía menos pizpireta que el resto de chicas de mi edad; en realidad aún estaba a medio cocer, como mis compañeras, pero tenía un aire taciturno que me ayudaba a disimularlo.

Ya en nuestro primer beso supe que iba a ser uno de los hombres más importantes de mi vida. Nos fuimos a vivir juntos tres años después y gracias a él me hice adulta de verdad. Lo nuestro duró una década. Durante esos diez años, yo seguí formándome y trabajando para cumplir el sueño de ser una de las mejores chefs de España y él siguió con sus clases; la vida era apacible y tranquila. Terminé mis estudios y seguí con otros en la prestigiosa escuela Cordon Bleu, de la que salí, tras varios años y varios cursos, con mención de honor. Nunca podré agradecerle lo suficiente el apoyo que me brindó siempre, no solo económico. Fer era mi compañero en la vida. Era el alma de muchas de mis pasiones. Fer me enseñó muchas cosas además de cocina. Él fue haciéndome consciente de las dimensiones de mi cuerpo y de todas las terminaciones nerviosas de mi piel. El placer. Fue el primer hombre con el que me metí en la cama de verdad a los dieciocho y… él tenía doce años de rodaje más que yo. Mientras mis amigas se acostaban con críos inexpertos que no sabían más que empujar, Fernando me hacía gritar, empapada en sudor entre las sábanas. Tuve una tremenda suerte, pero la verdad es que dejó el listón demasiado alto. Nuestra relación fue siempre muy apasionada, muy sexual y satisfactoria. Esa faceta nunca empeoró.

Pero una noche de 2014, después de ochocientas discusiones sobre nuestro futuro, nos dimos cuenta de que él quería una cosa y yo otra completamente distinta. Y vaya sorpresa descubrir que, a pesar de seguir excitándonos, ya no estábamos enamorados. Fue un batacazo, una bofetada de realidad; nunca me planteé que pudiera querer tanto a una persona a la que no amaba pero que sí me excitaba. Los sentimientos son a veces demasiado complejos para alguien como yo. Éramos dos amigos muy bien avenidos en la cama que se habían habituado a tenerse. Pero él quería hijos, asentarse, dar un paso… y yo estudiar, crecer en mi profesión, viajar… y olvidé por completo que a sus ojos ya tenía edad de hacerle padre. ¿Hacerle padre? ¿¿Es que estábamos locos?? Se sumaba la dificultad de que yo tenía un problema de salud, una malformación del útero, que hacía de la posibilidad de quedarme embarazada algo difícil y lejano. Fernando quería ponerse a ello ya, por si acaso, y a mí la idea sencillamente me horrorizaba. Aquella era una diferencia irreconciliable, por lo que decidimos romper esa misma noche, aunque aún compartimos piso durante más de siete meses. Y dormimos juntos. Y follamos mucho y muy bien, porque Fernando es un auténtico maestro en muchas cosas. Pero los dos sabíamos que ya no éramos nada y que aquello solo era un parche que terminaría por ser un problema. Comprendimos que era el final.

Con todo el dolor de mi corazón fui diciendo adiós a toda esa calma, a la vida apacible y tranquila a la que me había acostumbrado. Fer siempre lo dijo: el aburrimiento es la enfermedad que pudre las relaciones. Creo que nosotros no nos aburrimos jamás juntos como amigos, pero como pareja… es complicado.

Me busqué un piso y cuando ya estaba decidida a mudarme, Amaia, una de mis mejores amigas, me llamó y me dijo que se venía a vivir conmigo. Lo que me faltaba.

—Ya verás qué bien. ¡Montaremos orgías en la cocina! ¡Yo me lo monto con muchos tíos y tú con un par de pepinos!

Me lo pensé durante unos dos segundos antes de decirle que no. Un NO rotundo, además. Discutimos, claro. Amaia llegó a tirarme un montón de plátanos a la cabeza cuando una tarde, tratando de disuadirme, me acompañó al supermercado. Después Sandra, que con eso de ser opositora estaba muy concentrada en esquemas, normativas y apuntes, nos redactó la declaración de convivencia en una cartulina de color hueso que colgamos enmarcada en el salón, porque si algo no se le puede decir a Amaia es que no.

Escogimos un piso viejo pero bonito en un edificio antiguo y señorial con tres habitaciones y dos cuartos de baño. La habitación grande en suite fue para mí, por haber sido la encargada de todo el papeleo y los marrones de mudarnos. Amaia solo tuvo que venir con su maleta, ayudar a vaciar la nevera y encender la tele. Bueno, no le quitaré mérito, porque fue también ella quien me ayudó con el traslado de todas mis cosas desde el piso que compartí con Fer. Lo guardé muy dentro, pero estaba triste y decepcionada porque lo que habíamos creído que duraría de por vida se había acabado tras diez años. Y… me sentía confusa, porque no sabía qué debía apetecerme en ese momento.

Y allí estábamos, en casa de Fernando, que ya no era mi casa, recogiendo lo que quedaba de mi vida. Amaia, mucho más seria de lo habitual, me palmeó una rodilla y yo la miré con una sonrisa resignada. El salón estaba lleno de cajas y yo las observaba con melancolía.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí, sí. Ya sabes que todo esto es necesario. Antes de que acabe mal de verdad. —Me encogí de hombros—. Pero son diez años. No deja de dar pena.

—¿Vas a llorar? —preguntó sorprendida.

—No. —Suspiré—. Pero me siento…, estoy confusa, ¿sabes? Demasiado tiempo pensando que había sido el destino y que…

—Fue el destino —me dijo muy segura—. Pero ahora necesitáis otra cosa. Es un lujo que podáis seguir siendo amigos.

—Ya. Eso ya lo sé. Pero… es como…

—El paso final. Lo que lo va a materializar de verdad, ¿no?

—Sí. —Me apoyé en su hombro con los ojos perdidos en el bonito suelo de parqué—. Y ahora… ¿qué narices sé yo de ligar?

—Si te sirve de consuelo, creo que nunca has sabido nada de ligar.

Me reí entre dientes y lo mezclé con un insulto que ella aceptó con una sonrisa.

—Zorra cruel.

Se escucharon las llaves de casa. Miré a Amaia y en un susurro le pedí que se comportara con naturalidad. Fer entró en el salón y nos dedicó una sonrisa.

—Hola, ratón —me dijo—. Hola, Amaia, qué guapa estás.

—Lo sé —contestó ella con un golpe de melena.

—¿Os ayudo con las cajas?

—No hace falta, Fer —dije levantándome.

—Oye —contestó en voz muy baja acercándose—, esta decisión la has tomado tú. Yo no tengo prisa por que te vayas. Ya lo sabes. No quiero hacer de esto un drama.

—No lo es. —Sonreí—. Pero… —Bajé más aún el tono convirtiendo las palabras en un susurro—. Si no me voy, vamos a seguir bajo el mismo techo y bajo…

—Las mismas sábanas. —Los dos sonreímos y él me palmeó el trasero—. Dime, ¿qué cajas pesan más? Por dejárselas a Amaia, que se la ve muy en forma.

Amaia le lanzó un cojín a la cabeza, que él atrapó y volvió a dejar en el sofá. Le señalé un par de bultos y él se arremangó para cargarlos. Nosotras nos miramos y mi mejor amiga levantó el pulgar con gesto interrogante, como preguntándome otra vez si estaba bien. Asentí. Cogí una caja y seguí con mi mudanza.

Daba igual la decepción de decir adiós a una relación larga en la que aún quedaba cariño porque sabía que estaba tomando la decisión adecuada; en el fondo sabía qué quería de la vida, pero era un término vago al que no era posible aferrarse con uñas y dientes. Yo quería… pasión.

2

AMAIA, EL CALOR DE MI VIDA

Cuando Amaia se matriculó en enfermería creímos que estaba borracha. O colocada. Lo de ir borracha era bastante común en ella en aquella época. No conozco a nadie más desmedido. Está completamente desquiciada y entre el maremágnum de virtudes que tiene entremezcladas, hechas un nudo en su interior, no está ni la delicadeza ni la paciencia, dos de las cosas que una enfermera necesita tener.

Pero Amaia se transforma en su trabajo. Nada que ver con la brutalidad con la que me toma a mí la tensión. Me ha llegado a dejar moratones en el brazo, no estoy de coña. Está loca. En confianza es una hooligan, pero sus pacientes se van a casa enamorados de ella; recibe felicitaciones de Navidad de muchísimos de ellos e incluso un par de abuelitas la van a visitar con bizcochos. Bizcochos. Le pirran. Se vuelve más loca aún cuando los come. Farfulla con la boca llena de migas y se ríe a carcajadas. Es lo más cercano que conozco al monstruo de las galletas en versión humana. De ese amor por los dulces Amaia no ha sacado un alma dulce, pero sí un físico esponjoso. Mide poco más de un metro sesenta, es pechugona y de muslitos redondos; pequeña, carnosa pero proporcionada, y con una cintura marcada que le da una apariencia tan femenina que cuesta no envidiarla. No, no está dentro de los cánones actuales de belleza, pero nunca he conocido a nadie tan deseable, porque a pesar de estar loca, no tener modales y ser una bestia parda, es preciosa, simpática, inteligente, ocurrente, creativa y muy buena persona. No hay hombre que la conozca de verdad que sea completamente inmune a sus encantos. Incluso Fernando me decía que a veces daban ganas de callarla de un pollazo.

El caso es que unos años atrás, en una carambola del destino, Amaia había conseguido plaza en uno de los hospitales de nueva construcción de Madrid, en la planta de alergología, con el doctor Mario Nieto. Y el doctor Mario Nieto solo tuvo que atusarse su espesa melena rubia cortada a lo príncipe Disney para que la ropa interior de Amaia cayera al suelo e hiciera ruido. Mario la prefería por encima del resto de sus compañeras. Le hacía regalos por su cumpleaños y por Navidad, incluso la invitaba a comer de vez en cuando. Nuestra amiga nos contaba que apoyaba la barbilla sobre su puño cerrado y, mientras aleteaba las pestañas de sus enormes ojos negros, le pedía que le contara cosas. Y siempre terminaba diciéndole:

—Amaia, ¿qué haría yo sin ti? No te vayas nunca. ¿Quién iba a quererte más que yo?

Y a pesar de que tenía una novia guapísima y muy elegante, una tal María José, Amaia siempre creyó que él estaba secretamente enamorado de ella.

—A lo mejor aún no lo sabe, pero ese me quiere a mí con todas mis carnes morenas.

Y lo de sus carnes morenas es una expresión, porque no he visto jamás una piel más blanca que la de ella. Eso sí, preciosa, perfecta, de porcelana pura, cosa que encaja perfectamente con su pelo rubio caramelo, liso y largo, y con sus juguetones ojitos azules.

Un día, un par de meses antes, Amaia había entrado en su consulta para recogerlo e ir a comer, pero lo encontró sentado en la camilla, con la cabeza entre las manos.

—¿¡Estás bien!? —gritó ella alarmada.

María José quería niños, le contó, pero él no estaba preparado para ello. Y por eso lo habían dejado.

—¡¡Claro que no estás preparado!! ¡Porque ella no es la madre de tus hijos! —Lo que se calló es que ELLA era realmente la futura madre de sus hijos.

Mario se volcó desde aquel momento en su amistad. Se veían incluso algún fin de semana. Le presentó a algunos amigos suyos, la llevaba al cine, le presentó a su madre y le decía que, aunque no creía en Dios, el cielo la había mandado para que su vida fuese mejor.

—Eres mi mejor amiga, Amaia —le dijo una noche hasta arriba de ron con cola—. Y eres preciosa.

Evidentemente, ella creyó que detrás de aquellas palabras había una declaración de amor. Sandra y yo tuvimos que disuadirla de presentarse en el piso de él vestida solo con una gabardina, por aquello de darle un empujoncito y que se decidiera a pedirle ya salir. Gracias a Dios que la convencimos.

Y así estaban los ánimos. Amaia contaba con los deditos los días que le quedaban hasta que encontrara una situación propicia para confesarle su amor. Así se lo decía día tras día a Javi, su otro mejor amigo, compañero y enfermero también, que sufría el empalago con el que Amaia hablaba de Mario.

—¿Te has fijado en esos ojos tan negros? Me mira y me come, lo sé.

Y Javi ponía los ojos en blanco porque estaba ya cansado de pedirle que relativizara todos esos detalles que Amaia entendía como la prueba definitiva del amor que el doctor le profesaba. Javi es una persona magnífica con más paciencia que el santo Job.

Nos gustara o no…, se lo quisiéramos ahorrar o no…, estaba muy cerca el día en el que vería por ella misma que el doctor Mario Nieto la adoraba pero no como ella se imaginaba.

3

SANDRA Y EL COSMOS

Ni siquiera recuerdo el momento en el que Sandra decidió opositar, pero sé que fue poco después de licenciarse. Un día apareció en la cervecería donde habíamos quedado y nos dijo que se había dado cuenta de que tenía aptitudes para ser notaria. Llevaba, a esas alturas de la vida, siete años en ello.

La primera convocatoria la pilló casi con la decisión recién tomada. Nadie esperaba que la aprobara en aquella ocasión, así que cuando recibió las consecuentes palmaditas en la espalda Sandra se relajó. Y la siguiente… se relajó más. Y la siguiente más aún.

Como resultado, Sandra era opositora como forma de vida. Su profesión era esa y no le hacía falta buscarse un trabajo de media jornada que le permitiera tener su propia fuente de ingresos porque sus padres financiaban sus gastos. No creo que lo hicieran con intención de malcriarla, sino quizá con la esperanza de que, de esa manera, se sintiera con la obligación moral de aprobar pronto.

Pero no aprobaba. Amaia incluso decía que cada vez que se presentaba, sacaba peores notas. No sé si es una exageración o la realidad, porque cuando empezó a evidenciarse que Sandra se había acomodado y no quería ni escuchar hablar de lo que los demás pensábamos del asunto, me distancié de ese problema. En realidad nos distanciamos de ese problema el día que, en una cafetería, se puso a gritarnos como una loca que éramos unas jodidas hijas de perra que solo queríamos presionarla. Sandra tiene unas explosiones bastante espeluznantes que chocan con la mala gaita que se gasta Amaia. Ese día quedaron en verse a la salida, como si fueran dos macarras en el instituto, y se dieron de tortas en la puerta hasta que Sandra se puso a llorar porque se le había roto su pulsera preferida.

Sandra tenía un novio, Íñigo, desde los dieciséis. Pobre Íñigo, era un jodido santo. La adoraba. La miraba como se debe mirar una aparición mariana: con devoción pura. Y le dejaba pasar muchas cosas, entre otras sus estallidos de mal humor, su forma de vida «opositante» y el no querer ni oír hablar de la posibilidad de salir de casa de sus padres para irse a vivir con él.

—Sandra, reina, estoy harto de hacerlo en el coche —le dijo un día—. Yo me alquilo un piso, quieras o no.

Y se lo alquiló, pero ella no se movió de su nidito, donde tenía la comida hecha, la ropa lavada y planchada y el baño limpio como por arte de magia. Amaia y yo nos dábamos cuenta de que Sandra tenía bastantes problemas que acabarían estallando. Uno era el de sus padres, que empezaban a estar hartos.

—Yo no sé…, Martina… —me decía su madre cuando iba a verla—, pero este pichón no quiere abandonar el nido.

—Igual tenéis que empujarlo. —Me reía yo.

Cuando nos independizamos juntas, Amaia y yo le propusimos que ocupara el tercer dormitorio de la casa, pero ella nos dijo que no le llegaba la paga que le daban sus padres. Dejamos caer la posibilidad de que eso se solucionaría buscando un trabajo a media jornada, pero ella encontró la excusa de que la economía estaba muy mal y que ya nadie contrataba. Desde luego, nadie iba a ir a su casa a contratarla.

Su otro problema era que la paciencia de Íñigo tenía un límite, y Sandra lo estaba poniendo a prueba con su egoísta sentido de la comodidad. Le había dicho un par de veces que necesitaba más por su parte, que estaba cansado de tirar de ella, que lo suyo no era una relación adulta y sana, pero Sandra se reía de él.

—Deja de leer la Super Pop —le decía—. Los tiempos han cambiado y esto es lo que nos toca vivir hasta que me saque la oposición.

—Mi padre sigue ofreciéndote un puesto en la gestoría —le insistía él, desesperado.

—No he estudiado durante tanto tiempo para terminar en la microgestoría de tu padre…

Y él empezaba a no poder más. Había estudiado un módulo de electricidad, había ganado mucho dinero en los años de bonanza y había sabido capear el temporal con la llegada de la crisis. Quería poder vivir. Pero Sandra no vivía…, Sandra hibernaba. Quizá había llegado el momento de salir de la cueva.

4

CONOCER A PABLO RUIZ…

Fernando me llamó un miércoles. Yo estaba comiéndome una manzana de pie en la cocina de mi piso, a punto de irme a trabajar, mientras trataba de convencerme de que la fruta estaba igual de rica que ese bizcocho de té matcha que había hecho la tarde anterior y del que aún quedaba un pedazo. Me ayudaba a convencerme el notar lo mucho que me violaban los vaqueros.

—¿Qué pasa? —pregunté con una sonrisa, contenta de que alguien me quitara el bizcocho de la cabeza—. ¿Qué bicho te ha picado para que quieras confesarte a estas horas?

—Ay, Martina, Martina…, qué suspicaz es usted. ¿No puedo llamarte para ver qué tal te va la vida?

—No sé. ¿Puedes?

—¿No quedamos en que éramos amigos? Pues mira: hola, amiga, ¿qué tal te va?

—Bien. —Me reí—. Por ahora la experiencia de vivir con Amaia no nos ha mandado a ninguna al hospital y tampoco han tenido que venir los bomberos a casa, y ya son bastantes meses, así que me siento complacida.

—Complacida…, qué bonita palabra. Y ¿qué me dirías si te dijera que te llamo para complacerte?

—Te diría que para eso hay unos números 906 y que metas la chorra de vuelta en los pantalones.

—No me refería a ese tipo de complacencia, ratón.

Lo cierto es que, bien mirado, tampoco me vendría mal, que ya era demasiado tiempo de sequía.

—¿Entonces? —Cambié de tema. Ahí estaba el motivo por el que no quería pensar en bizcochos o la razón por la que me quería comer todos los que estuvieran en mi camino: falta de sexo.

—¿Qué haces el viernes?

—¿De qué va esto? Ve al grano, tengo que irme a trabajar.

—¿A qué hora sales el viernes?

—Salgo a la una. Pero de la noche, no del mediodía.

—Perfecto, porque tienes una entrevista en El Mar por la mañana.

—Sí, y tú una modelo desnuda esperándote en la cama.

—No estaría mal, pero me parece que no me has entendido. Tienes una entrevista en El Mar. Hace veinte minutos me ha llamado Pablo Ruiz para preguntarme si conocía a alguien para ocupar un puesto de jefe de partida en su restaurante.

Me agarré a la encimera de la cocina. Agua fría recorriéndome la espalda. Una bofetada de hielo. Un puño que me estrangulaba el estómago.

—Si estás de coña y esto es una de tus bromas pesadas te mataré. No. Mandaré a Amaia de noche a tu casa para que lo haga ella. Puede inyectarte una burbuja de aire en las venas cuando duermes. Amenaza con hacérmelo a mí constantemente y los dos sabemos que sería capaz.

—No es broma. Él preguntó y yo dije tu nombre.

Me miré la mano que no sujetaba el teléfono móvil: temblaba. Pablo Ruiz. El Mar. El trabajo de mi vida. La creatividad.

—¿Y qué dijo él?

—¿Qué va a decir? No te conoce.

—Pero ¿sabe que tú y yo… éramos pareja? Quiero decir… si se acuerda.

—Es probable que Pablo no se acuerde ni de su segundo apellido. Se lo he recordado yo; no quiero sorpresas después. Me ha dado un discurso sobre todas las cosas horribles que pueden pasarme como por accidente si le mando a mi ex para salir de un compromiso y resultas ser un paquete.

—Qué tranquilizador.

—¿Estás nerviosa? Te lo pregunto porque doña Contención no es que sea muy expresiva.

—Estoy al borde del infarto, joder. Dime por favor que no es coña.

—No es coña, pero no te hagas ilusiones, ¿vale? Es una entrevista —insistió.

—Es más que nada.

—Ya lo sé, pero Pablo… tiene un carácter raro. Es un tipo muy…, no sé cómo decírtelo. Original, digamos.

—No me pareció un tarado.

—No digo que sea un tarado, pero déjame decirte que dos minutos hablando con él en su restaurante no dan mucha información. Y de eso han pasado casi tres años.

—¿Es un tirano?

—No. No es eso. Si todo el mundo quiere trabajar allí no es solo porque tenga dos estrellas Michelín. Pero es un tío bastante poco convencional.

—Bueno…

—Intenta ser menos estirada que de costumbre, ¿vale?

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que seas menos estirada que de costumbre. —Cogí aire para contestarle, pero él siguió hablando—. No estoy diciendo que seas una repipi, pero si te ve muy cuadriculada te va a mandar a mamarla a Parla. Quiere gente superactiva. Me da que está pasando una crisis creativa y quiere a alguien que le eche una mano. Valor añadido, me dijo.

—Vale. Vale. Vale —farfullé secándome las palmas de las manos en los vaqueros mientras sostenía el móvil con el hombro—. Y… ¿qué me pongo?

—No te pongas traje, que te veo venir.

—Joder, Fernando…, esto es…, muchísimas gracias.

—No lo hago por ti. Lo hago por él. Quería a la mejor y yo se la he ofrecido en bandeja. No me dejes mal.

—No lo haré.

Escuché las llaves en la cerradura en el mismo momento en el que dejaba el teléfono móvil sobre la encimera de la cocina. Amaia entró muy pizpireta, mientras su coleta se movía de un lado a otro como con vida propia.

—¿Qué pasa, miss Tetitas?

—No te lo puedes imaginar… —musité siguiéndola con la mirada hasta la nevera.

Sacó un refresco y un trozo de queso y lo mordió sin cortar una porción, directamente de la cuña. Puse los ojos en blanco. Joder…, qué ejercicio de paciencia.

—Cuenta, cuenta —me dijo.

—¿No puedes coger un cuchillo en lugar de ir dejando tus dientes marcados en todo lo que hay en la nevera?

—Es un rito. Marco territorio. Venga, ¿qué te ha pasado?

—Me ha llamado Fernando para decirme que el viernes tengo una entrevista en El Mar.

—¿En el mar? ¿Mediterráneo? ¿De buzo?

—¡¡Por el amor de Dios, Amaia!! El restaurante de Pablo Ruiz.

—¿El bomboncito de la gastronomía?

—Sí —asentí con orgullo—. El mejor.

—Chachi —asintió mientras masticaba.

—¿Chachi? ¡Es lo mejor que me ha pasado en la vida!

—Ah, perdón.

Dejó el refresco y el trozo de queso en la encimera y salió corriendo y gritando en círculos por toda la cocina.

—¡¡El Mar!! ¡¡¡¡El Mar!!!!

Cuando me marché a trabajar, ella seguía fingiendo que era fiesta nacional.

No se lo conté ni a mis padres por miedo a gafarlo. Me arrepentí incluso de habérselo dicho a Amaia, aunque lo cierto es que, para lo desmedida y bruta que es, fue muy buena y cambió el turno para poder desayunar conmigo antes de mi entrevista. Juntas elegimos qué ropa ponerme y, siguiendo los consejos de Fernando, fueron finalmente unos vaqueros sencillos, una camiseta blanca y un cárdigan grueso y esponjoso de color gris humo. Aún hacía fresquito, pero se adivinaban ya los primeros calores de la primavera.

Creo que nunca, en toda mi vida, he estado más nerviosa que en aquel momento. Me repetí cien veces que desayunar un rollito de canela no había sido buena idea porque no paraba de sentir su peso en el estómago. Me imaginaba dándole la mano a Pablo Ruiz, doblándome en dos y vomitándole en los zapatos. Si el trayecto fue un calvario, con las manos sudadas agarrando con fuerza la carpeta que contenía mi recetario personal en un autobús plagado de gente que olía regulín, el tiempo que tardaron en abrirme la puerta de servicio del restaurante por poco no me mató. Se me hizo eterno. Me obligué a respirar hondo y a fijarme en todos los detalles del bonito palacete en el que se encontraba el local. Daba a tres calles: una en la que se encontraba la entrada principal, otra en la que montaban una pequeña terraza con jardín donde servir las cenas cuando venía el buen tiempo y otra donde ahora estaba yo esperando.

Se escucharon pasos al otro lado de la puerta y me abrió un hombre de unos cuarenta y muchos, con una sonrisa espléndida y poco pelo (por no decir ni uno), que me dio la mano y dos besos. Llevaba un pendiente en una oreja y vestía con pesadas botas de motero, unos vaqueros negros hechos polvo y un jersey oscuro.

—Martina, ¿verdad?

—Sí —asentí con una sonrisa comedida.

—Bienvenida a El Mar. Soy Alfonso, uno de los jefes de cocina.

—Encantada, Alfonso.

—Igualmente. Si me acompañas, Pablo te espera en su despacho.

Asentí y miré de reojo el reloj; era la hora en punto. Bien. Ni me había adelantado ni había llegado tarde.

Para dirigirnos al despacho de Pablo cruzamos la enorme cocina donde, en aquel momento, aún no había nadie. Había trabajado ya en varios restaurantes, pero nunca me había encontrado con un espacio como aquel. Era sencillamente gigantesco. Amplio, bien organizado, bastante nuevo y luminoso. Entraba muchísima luz por los ventanales altos y todo se veía radiante e impoluto. El piar de un par de pajaritos en un árbol cercano llenó la estancia y la vació de silencio. ¡¡Dioss!! ¡Necesitaba trabajar allí!

El despacho de Pablo era un cuartito contiguo pintado de blanco en el que prácticamente no se veían las paredes, pues estaban cubiertas de estanterías con libros y cientos de marcos con fotos y recuerdos de viajes. Los muebles eran funcionales y discretos; solo una mesa, dos sillas cómodas y varios armarios archivadores. Todo muy bonito, sí, pero Pablo no estaba por allí.

—Ah… —dijo Alfonso al encontrar la habitación vacía—. Voy a buscarlo; debe de estar revisando la nueva vajilla. Siéntate, ponte cómoda.

Pasé cinco largos minutos sentada, con las piernas cruzadas, las manos sobre la rodilla derecha y los ojos repasando centímetro a centímetro la superficie de las paredes. Había fotos preciosas de paisajes, mercados, skylines, artesanía, monumentos, vegetación… La India, Tailandia, China, Japón, México, algunas ciudades icónicas de Estados Unidos…

La puerta se abrió de golpe, alguien entró como una exhalación y cerró con un portazo.

—Hostias, perdón —musitó mientras volvía a abrir la puerta, sin apenas mirarme.

Llevaba una camisa a cuadros rojos y negros, unos pantalones vaqueros más estrechos que los míos con las rodillas deshilachadas, que le daban un aire de estrella de rock, y unos botines modernos y envejecidos de color oscuro. Jamás me vestiría así para hacerle una entrevista de trabajo a alguien, pero bueno, era el jodido Pablo Ruiz. Podía permitirse ir vestido de valenciana, peinetas incluidas, si le daba la gana. Me levanté y le tendí la mano, que él miró con una sonrisa bastante burlona.

—Uhm… —murmuró cuando la estrechó—. Encantado…, Martina, ¿verdad?

—Verdad.

Me arrepentí de haberle dado la mano. Debía haberle dado dos besos. O un abrazo. O tirarme al suelo a adorarlo. Quizá comérsela. No es que no fuera tentadora la última idea…

—¿Te parece si hablamos en la terraza? Hace un día precioso.

—Claro —contesté. «Tú sí que estarías precioso con otras pintas».

Me mordí con fuerza el labio para dejar de pensar estupideces. Extendió la mano para indicarme que saliera yo primero y él cerró la puerta con mucha más suavidad que tras su aparición estelar. Colocó su mano sobre mi espalda para dirigirme a la salida en un gesto cercano y cálido que me puso muy nerviosa. No sé cómo no vomité el rollito de canela, la taza de café con cuchara incluida y a Amaia si me apuras.

—Me dijo Fernando que estás trabajando en el restaurante del Carlton.

—Sí.

Me abrió la puerta y me dejó pasar de nuevo. Afuera se respiraba un agradable olor a hierba y a primavera; estábamos a finales de marzo y la terraza aún no estaba montada, de modo que nos dirigimos a un muro bajo que separaba el espacio del resto del jardín y Pablo se apoyó allí con los brazos cruzados sobre el pecho. No dijo nada y yo me quedé como una gilipollas mirándole. Le daba el sol en la cara y sus ojos parecían casi transparentes. Joder…, menudos ojos. Llevaba el pelo más largo de lo que recordaba y lo apartaba de su cara constantemente con la mano derecha, echándolo hacia un lado en un gesto tan inconsciente como sexi. Me resultaba atractivo hasta niveles odiosos…, como odioso estaba siendo aquel silencio.

—Muchas gracias por brindarme la oportunidad de hacer esta entrevista. Estoy encantada de poder conocerle. Admiro muchísimo su trabajo.

—Ven, acércate. Pero… —Carraspeó. No me hables de usted, me jode bastante.

Levanté las cejas, sorprendida, y encontré una sonrisa en su boca. Una sonrisa preciosa. «Martina, céntrate. Estás aquí por el trabajo, no por lo increíble y asquerosamente bueno que está este hortera».

—Supongo que no te sorprenderá que haya hecho un par de llamadas. No es que no me fíe de Fernando pero, bueno…, fuiste su mejor alumna y tenéis una relación personal.

—Teníamos —contesté sin darme tiempo a decidir si quería hacerlo en voz alta.

Pablo levantó las cejas y sonrió desviando su mirada hacia el suelo.

—Teníais. Está bien. La cuestión es que quería una opinión un poco más objetiva. Pero vamos…, que tu jefe actual también cuenta maravillas de ti.

—Gracias —contesté estúpidamente.

—No me las des a mí. —Su boca dibujó una mueca simpática y me palmeó la espalda como para infundirme tranquilidad; un gesto natural que hubiera hecho de igual forma si el entrevistado hubiera sido un hombre—. Dime una cosa…, ¿por qué quieres trabajar en El Mar?

—¿Cómo podría no querer? —Fui consciente de que había sonado demasiado brusco—. Bueno, quiero decir que…, que todo el mundo quiere trabajar aquí.

—Bien, pero no le estoy preguntando a todo el mundo. ¿Cuáles son tus razones?

—Yo… le admiro mucho.

Pablo me estudió con la mirada, como si esos ojos pudieran ver a través de mí y encontrar todas las cosas que el nudo de nervios de mi garganta me impedía decirle. Cosas como que necesitaba ver trabajar día a día a alguien de su talento, que quería formar parte de lo que todos definían como una maquinaria precisa y bien engrasada, que quería demostrarme a mí misma que tenía algo que dar, algo nuevo que contar a pesar de estar casi programada para realizar tareas mecánicas que ya no me motivaban en los fogones. Tras unos segundos respiró hondo y volvió a hablar.

—Aquí funcionamos de una manera distinta a otros restaurantes; somos un poco marcianos. Consideramos la cocina como una familia en la que todos tienen algo que decir. No me gustan los convencionalismos y no soy un jefe; ni siquiera un compañero al uso. Soy el chef, pero sin más. No quiero pleitesías y me molesta que no me traten como a un igual. Tendrás que olvidar un poco el protocolo de otros sitios. Las cosas se hacen aquí como se hacen en El Mar. ¿Qué traes en esa carpeta?

—Mi recetario.

—¿Me lo dejas?

—Claro, tome.

—Tutéame, por favor. Creo que incluso soy más joven que tú.

Menuda patada en el estómago. Pablo Ruiz tenía un año más que yo pero era evidente que yo aparentaba unos cuantos más. Mientras él hojeaba mi carpeta, agaché la cabeza y me atreví a decir:

—En realidad tengo un año menos que tú.

Levantó la mirada de las hojas, con el ceño fruncido. Por un momento creí que iba a decirme que no le interesaba lo más mínimo, pero su expresión fue cambiando hasta dibujar un gesto de total vergüenza.

—Oh, joder. Perdona. Qué cagada. Pensé que…, no es que los aparentes, pero como Fernando me saca unos años…

—Bueno, a mí también.

—Lo siento. No quise ser…, no lo pensé.

—No te preocupes.

—Dios…, soy un jodido gilipollas —musitó antes de concentrarse de nuevo en las hojas, con la mano inmersa en su pelo.

«Necesitas un corte de pelo», pensé. «Y una camisa decente». «Unos pantalones menos estrechos tampoco te irían mal». Mi charla interior amenizó un poco los dos minutazos que Pablo estuvo sin decir absolutamente nada. Mucho tiempo en silencio. Iba pasando las hojas del recetario con cara de concentración y yo rezaba por que se terminara pronto aquel suplicio. Estaba sudando como una perra y seguro que ya tenía dos tortillazas marcadas debajo de cada brazo en el cárdigan. Y él allí, como recién sacado de la portada de un disco, con su cara de «ser más joven que yo» y con un negocio que iba viento en popa. Tendría un año menos que él, pero llegaba tarde para seguirle los pasos. Qué puto asco. Cerró la carpeta y se la colocó debajo del brazo.

—Muy interesante. ¿Me la puedo quedar?

—Por supuesto.

—Vale. Genial. Te cuento entonces. Aquí lo que solemos hacer es lo siguiente: te quedas una semana de prueba. Si no funcionas dentro del equipo, te decimos adiós con un abrazo y todos tan amigos. Si nos gustas, te quedas. No hay garantía, aunque te diré que lo normal es que todo marche bien. Te sugiero que pidas unos días de vacaciones en tu trabajo para esta semana de tanteo. Sé que eres muy buena, no lo dudo, pero lo que importa es que funciones con el resto de los compañeros. ¿Entiendes?

—Claro.

—Es como una inversión de tiempo…, un riesgo que es necesario asumir si quieres formar parte de esto.

—Lo entiendo.

—Los horarios no son leoninos, pero son intensos y algo duros. Entras a las cuatro, sales entre la una y media y las dos con un breve descanso para dar un bocado y fumar si fumas. Nada más.

—Me parece bien.

—Necesito un jefe de partida que sea resolutivo y rápido. Todo el mundo al que le he preguntado coincide en que tú lo eres, además de tener unos nervios de acero. Eso me gusta. También me interesa mucho tu experiencia en repostería. Es posible que necesite que eches una mano en la partida de postres también. ¿Qué te parece?

—Estupendo.

—¿Preparo los papeles?

Asentí nerviosa y él dejó la carpeta sobre el muro para darme la mano de nuevo. No pude ni limpiarme el sudor de la palma antes de que él agarrara la mía con las dos manos. Las suyas estaban secas y calientes, algo rasposas. Me di cuenta entonces de que llevaba un anillo de plata en el dedo índice de cada mano y uno más en el corazón de la derecha. Me horrorizaban los hombres con cualquier joya que no fuera una sencilla alianza, pero debo admitir que todo en él era como… coherente. Hubiera podido presentarse con un sombrero de ala ancha y no me hubiera extrañado. A decir verdad, hubiera estado increíble.

Pablo se agachó un poco para mirarme a la cara y con una sonrisa burlona me obligó a despegar los ojos de sus manos.

—Empiezas el martes. Bienvenida a El Mar.

Bienvenida al giro que cambiará tu vida, Martina.

5

MARTINA, UNA CAJA DE BOMBONES

Mi madre siempre dice que la vida es como una caja de bombones. No, perdón. Estoy vacilando. Lo que quería decir es que mi madre siempre dice que el primer encuentro entre dos personas marcará para siempre la relación que les una después. Nunca lo creí. Soy de los que piensan que no hay nada predeterminado en nosotros y que por algo nos regimos por el libre albedrío. No creo en el destino ni en ninguna divinidad superior que programe nuestras vidas. Sin embargo… algo hubo en Martina. Desde el principio.

Martina era morena y mona, pero me pareció sosa. Quizá no sosa, pero sí aburrida. Ella estaba aburrida, aburrida de la vida; lo vi en el mismo momento en el que crucé la primera mirada con ella, hace unos años. Era una chica atrapada en una vida demasiado adulta. Me daba tanto miedo meterla en mi cocina… Yo no quería gente en mi equipo que dominase la técnica y que no entendiera de emoción. Mi restaurante, que a pesar de no ser de mi propiedad al cien por cien era lo más mío que tenía en el mundo, era mi casa. Cada día es un reto en un negocio como este y cada persona es como la sal que se añade a un plato; es tan importante que no falte como no pecar de exceso. ¿Qué era Martina? Porque se parecía sospechosamente a una barra de pan precocido sin sal y yo me encontraba en un momento profesional sensible. Había perdido un poco de fuelle, siendo sincero conmigo mismo; necesitaba apoyarme en un equipo multidisciplinar que me inspirara y que pudiera funcionar solo, a poder ser un par de pasos por delante de mí. Gente que me hiciera preguntarme qué nos quedaba por contarle al público.

Yo sé la pinta que tengo. Me miro en el espejo todos los días. Sé qué parezco y qué no parezco. No, no soy un tipo serio de los que imponen mucho respeto, pero sé quién soy y las opiniones de la gente sobre mi aspecto suelen sudármela bastante. Las opiniones de los demás sobre mi cocina ya no me la sudan tanto. Lo que quiero decir es que no soy nadie para juzgar a Martina por su aspecto, pero me pareció tan… políticamente correcta. No había nada que se saliera de lo común en ella, excepto dos tetas altas, redondas y bastante apetecibles. Miento. Martina era una belleza extraña pero atrayente. La recordaba de cuando vino al restaurante con Fernando. Volví a la cocina pensando que ese jodido cabrón (al que aprecio mucho, que nadie crea lo contrario por mi costumbre de hablar como un camionero) tenía mucha suerte. Martina tenía curvas, era morena y en su cara relucían como un puto faro dos ojos oscuros salpicados de malditas estrellas. Si hubiera llevado un tatuaje en el brazo, un piercing en el labio o el pelo de color verde me la hubiera pelado como un asqueroso al llegar a casa. Me gustaban ese tipo de chicas. Me la ponían dura el descaro y la actitud de una mujer que está de vuelta de todo. Sin embargo, un rato después de nuestra entrevista seguía pensando en ella. ¿Por qué? No tengo ni idea. Quise pensar que me preocupaba el hecho de que mi relación con Fernando se viera afectada por lo que sucediera de allí en adelante. Lo que no sabía era que sería todo mi mundo el que se vería afectado. Martina fue un ciclón en mi vida. Y yo en la suya. Pero… paso a paso. Quedan muchas páginas para desvelarlo.

6

MIENTRAS TANTO EN POZUELO…

La casa de los padres de Sandra («mi casa, mi tesoro», como se empeñaba en llamarla ella siempre que hacíamos mención a que los propietarios eran sus progenitores) era muy bonita. Era un pareado grande, con parcela independiente y piscina pequeña pero cuca, a las afueras de Pozuelo. Sus padres eran funcionarios y se habían permitido comprar esa casa después de mucho ahorrar. Tanto Amaia como Sandra vivieron en el barrio de Chamberí, como yo, durante buena parte de su adolescencia.

Ella tenía una de las habitaciones más grandes de toda la casa. Casi era más grande que el dormitorio de sus padres y estuvo a punto de quedarse con la que ocupaban ellos porque «quería tener el baño cerca de la habitación para no perder tiempo en desplazamientos cuando estuviera estudiando». Las he visto con cara, pero lo de Sandra es maestría. Estuvo a punto de convencerles con sus depuradas tácticas de control mental y manipulación. Demos gracias a lo que rige el cosmos de que no se le ocurriera dedicarse a la política porque de ser así iríamos apañados…

Sus padres seguían por aquel entonces pasándole un dinero mensual para que ella pudiera administrárselo y ser «mínimamente independiente». Independiente con el dinero de sus padres, pero independiente. Amaia le decía que era su «paguita» como si en realidad se estuviera refiriendo a alguna ayuda del Estado por minusvalía mental. Yo siempre la reprendía pero ¿qué le vamos a hacer? Amaia, además de políticamente incorrecta, es un poco maleducada y cruel a más no poder.

El caso es que sus padres se acababan de jubilar y ella albergaba el oscuro deseo de que se fueran a vivir al apartamentito de la playa que habían heredado de una abuela y la dejaran a ella como dueña y señora del castillo, eso sí, sin dar de baja el ADSL o la tele de pago, que a ver qué hacía ella ahora sin poder ver Cosmopolitan TV.

Mientras esperaba a que sus padres salieran del nido, ella estudiaba. Estudiaba… a su manera, eso sí. Sandra defendía que tenía tan sabido y consabido el temario que si empollaba más, lo desaprendería. Decía, además, que se crearía una supernova en su habitación y desaparecerían del mapa Pozuelo, Aravaca y la Ciudad de la Imagen. Un choriceo que pa’ qué. Mi madre ya le habría roto una escoba en el lomo, pero es que creo que mi madre nació con un gen mutante y es totalmente inmune a manipulaciones y chantajes emocionales (igual es la capa de laca que se echa todas las mañanas, que la ha hecho indestructible con los años. O a lo mejor es que es un puto témpano de hielo).

Así que allí estaba ella, en la postura del loto, haciendo sus ejercicios diarios de relajación y respiración cuando alguien llamó con los nudillos a su puerta. Ella gruñó:

—¿Queeeeeé?

La cabecita de Íñigo, su novio, se asomó y le sonrió.

—Hola, Winnie.

Lo de Winnie le venía de un apodo que le había puesto Amaia durante nuestros años de instituto y que hacía mención a un insulto. Amaia la llamaba «Winnie de Puta», pero Íñigo, que es muy buen chico, siempre pensó que era porque su novia era más dulce que la miel y achuchable como un osito. El amor…

Íñigo, por cierto, era lo que comúnmente se conoce como «diamante en bruto». Le había llegado a Sandra a los dieciséis, sin saber afeitarse demasiado bien, sin tener ni remota idea de cómo vestir pero con una buena materia prima. A los treinta seguía siendo el niño atento que la había encandilado en el papel del bueno que no la haría sufrir, pero además había crecido hasta pasar el metro ochenta, tenía un precioso pelo cobrizo, los ojos muy bonitos y, buena planta, y había solucionado lo del mal afeitado. Siempre iba de punta en blanco, olía a Loewe y tenía más paciencia que yo con Amaia, que ya es decir.

Sandra se sorprendió al verlo allí y se levantó a darle un beso en los labios sin pasión ninguna. Íñigo trató de retenerla entre sus labios, pero ella interrumpió el beso sin delicadeza.

—Quita, pesado. Ya pensaba yo que era mi madre, que me subía el té de media tarde.

Íñigo frunció el ceño.

—Ya podías bajar tú a por el té, hija mía, que tu madre sufre con la ciática.

—A ella le va bien hacer ejercicio —respondió Sandra—. ¿Qué haces aquí?

—Darte una sorpresa. Y además, mira por dónde…, me acabo de cruzar con tus padres que se iban al Leroy Merlin a por unas macetas. —Levantó las cejas un par de veces seguidas—. Y parece que tenemos la casa para nosotros solos.

Sandra arqueó una ceja, confusa.

—¿Y para qué queremos nosotros la casa?

—Pues… para hacer gorrinaditas —le dijo él con un guiñito de sus ojos vivarachos—. Está la caidita de Roma; el aquí te pillo, aquí te mato; el salto del tigre…, depuradas técnicas amatorias en las que soy un verdadero crack.

Sandra volvió a poner los ojos en blanco y rebufó.

—Estoy en medio de mis ejercicios de respiración, Íñigo. ¿Cómo crees que aguanto si no mis duras jornadas de estudio?

—Ay, Winnie…, ten piedad. ¿Cómo crees que aguanto yo con todo el amor que albergan mis…?

—¡No termines esa frase, marrano!

—Venga… —dijo Íñigo enroscándosele—. Venga, mi vida. Tengo ganas de tocarte y de olerte…

La nariz de Íñigo se paseó por el cuello de Sandra y aunque ella intentó controlar un pequeño ronroneo que nació de su garganta, la vibración llegó hasta su chico, animándolo. La llevó hasta la cama, se sentó y la sentó a horcajadas sobre él. Se inclinó con la intención de besarla, pero ella le rehuyó.

—Vale —dijo Sandra irguiendo su dedo índice frente a la cara de Íñigo—. Pero uno rapidito. Sin besos, ni mamadas, ni nada.

Íñigo tenía toda la razón del mundo para indignarse, pero decidió dejarlo pasar cuando vio que empezaba a bajarse la cinturilla de su pantalón.

—Pero tú encima —le gruñó ella—. Que haciendo Pilates ayer me dio un tirón en una nalga.

Íñigo empezó a desnudarse rápidamente, como si le fuera la vida en ello o temiera darle tiempo para pensárselo mejor. Se acostó encima de Sandra y se sorprendió al comprobar que solo se había quitado una de las perneras del pantalón y las braguitas colgaban aún de la pierna que tenía vestida.

—¿Pero…?

—Uno rapidito, Íñigo —se quejó Sandra.

Íñigo la miró con sus dos enormes ojos bien abiertos.

—¿No te vas a quitar ni la ropa, Sandra?

—No, que me da pereza. ¡Venga! ¿Quieres o no?

De pronto a Íñigo la compuerta de la indignación se le abrió de par en par y, aunque llevaba años soportando situaciones bastante peores que aquella, se desbordó. Se levantó de la cama ignorándola y empezó a vestirse.

—Pero ¿qué haces? —preguntó Sandra a voz en grito.

—Me voy. Y no sé si voy a volver.

Ella sonrió. Vaya novio llorica que le había tocado. Era como el mundo al revés. El chico que pide compromiso y la chica que prefiere la comodidad. Habían discutido muchas veces sobre el tema, pero Íñigo siempre terminaba cediendo. Ella no entendía por qué no se cansaba ya de sacar el tema, si nunca avanzaba ni se salía con la suya.

Cuando él se giró hacia Sandra, ya vestido con sus pantalones vaqueros y su camiseta negra y lisa, se dio cuenta de que nunca había visto una expresión así en su cara.

—Sandra, te has convertido en una persona horriblemente egoísta, perezosa y tirana. Nunca piensas en nadie que no seas tú. Y creo que, si en algún momento alguien se te cruza por la cabeza, no soy yo ni de lejos. Yo, que llevo catorce años saliendo contigo, cuidándote, preocupándome por ti y por tus necesidades. Todo te da igual. ¿Sabes, Sandra? A partir de hoy a mí también me lo va a dar, porque me he cansado. Se acabó.

—Pero, Íñigo, ¿todo esto por no querer quitarme la ropa para un polvo?

—Hace cosa de dos años que tú y yo no follamos en condiciones. Yo empujo y me corro y supongo que tú también te corres, porque como no emites sonido alguno, me lo tengo que imaginar. Además me tratas como un puto trapo y ya me he cansado de tus aires de princesa. ¡Esto no es una relación, es la jodida Corea del Norte!

—Estás exagerando —dijo ella muy digna mientras se recolocaba las bragas.

—No, no estoy exagerando. He tenido tanta paciencia que soy la comidilla de todos nuestros amigos. Gente a la que no ves desde hace lustros porque solo te interesa tu puto ombligo, que debe de ser muy hondo para que te lo mires con tanta asiduidad. ¿Y quieres que te diga más? No vas a sacarte las oposiciones en la vida, porque en realidad no tienes ningún interés en hacerlo. Lo único que quieres es vivir de puta madre en casa de tus padres, chupar del bote todo lo que puedas y después ya se verá, ¿no? Pues una cosita…, ¡tienes treinta años y no has trabajado en tu puta vida! Eso debería darte una vergüenza horrible. ¡Me la da hasta a mí!

—Te estás pasando.

—Te estoy dejando, Sandra. Hasta aquí hemos llegado. Aquí y ahora. Yo quiero ser feliz y contigo no puedo porque tú no me quieres una puta mierda.

Íñigo se fue dando un portazo y ella, petulante, volvió muy digna a la posición del loto.

—No te jode —murmuró para sí, cerrando los ojos—. No va y me dice que me deja. A ver cuánto tarda en volver reptando con los labios esos que tiene. Baboso besucón.

7

EL LUNES MÁS EXTRAÑO DE LA HISTORIA DE LOS LUNES

Amaia llegó al hospital, dejó sus trastos en taquilla y se cambió. Se puso el pijama azul de enfermera y se fue corriendo en busca del doctor Mario Nieto. Su Mario, como decía siempre ella. Se lo encontró sentado en su consulta revisando las historias médicas de los pacientes que tenía a continuación y le sonrió de oreja a oreja.

—Buenos días, Amaia. Qué guapa estás hoy. ¿Te has hecho algo en el pelo?

Amaia se lo atusó con su salero habitual.

—Me lo he ondulado. Cómo te fijas…

—Soy muy observador. —Dejó a un lado los papeles y sonrió—. ¿Comemos juntos hoy?

—¡Claro! Paso a buscarte a las dos.

—Oye, Amaia…, ¿te importa que sea fuera del hospital?

—Eh… —A Amaia se le aceleró el corazón, ¡sonaba a cita!—. No, claro que no.

—Es que quiero contarte algo. —Y él le guiñó un ojo—. No quiero que nos interrumpa nadie. Y como siempre llevas a Javi pegado a tu falda.

—Es mi gay, ¿qué le vamos a hacer?

—¿Cómo que tu gay?

—Ah, sí. Pues que todas las chicas tenemos un amigo gay, como nuestro mejor amigo/archienemigo a la vez. Las relaciones chica-gay son muy intensas, ¿sabes? —contestó dándose importancia.

—No sabía que Javi fuera gay.

—Bueno, tampoco estoy segura al cien por cien, pero me lo imagino. Tiene buen gusto, es meloso y siempre va conmigo. ¿Para qué pedir más datos?

—Bueno, bueno. —Sonrió él—. Yo también voy mucho contigo y no soy gay.

—Eso espero.

Mario arqueó una ceja y Amaia tragó saliva. Se le estaba acabando la paciencia y parecía que había que darle un empujoncito. Estaba claro (ahora la cito a ella) que él estaba perdidamente enamorado de ella, es posible que por algún eco edipiano, pero aún no había hecho las paces con esa parte de sí mismo porque tenía miedo de no ser correspondido y perderla. La madre que la parió.

—Bueno, paso a las dos a por ti. Podemos ir a La Nicoletta. Hacen esa pasta con salmón que tanto te gusta.

¡¡AY!! ¡¡Si hasta se acordaba de que le pirraban los tallarines con salmón!! Si eso no era una señal del cosmos… Amaia salió de su consulta contoneando su pequeño y carnoso cuerpo; se encontró a Javi de cara y le sonrió. Javi le devolvió la sonrisa, afable y dulce, como siempre, con esos dos ojos grandes, bonitos y expresivos y su pelo liso, negro y brillante.

—¿Qué tal el finde? ¿Comiste muchos rabos? —le preguntó Amaia.

Javi abrió los ojos de par en par. La sonrisa se le perdió en un bufido para responder en un tono bastante seco que no. Un no tajante.

—Eres una desagradable —contestó, y pasó de largo.

—Pero ¡no te enfurruñes! ¡Ven! —Le tiró del brazo—. ¡Ven, te he dicho! Coño, qué fuerza tienes para ser más tierno que una flor.

—¿Qué quieres? —Se paró en mitad del pasillo y metió las manos en los bolsillos de su pijama de enfermero.

—Peeeerdónnnn —le dijo en tono cansino—. Ven, que te quiero contar una cosa.

—¿A que adivino sobre quién?

—Exacto. El doctor Amor. Mi Mario me ha invitado a comer hoy.

—Menuda novedad. —Y Javi puso los ojos en blanco.

—Que sí, que sí. Escúchame, que quiere que comamos los dos solos, fuera del hospital, porque quiere contarme algo sin que nadie nos interrumpa. ¡Hoy es el día!

—¿El día? ¿Qué día?

—¡El día que se me declara! —Amaia dio un par de saltitos y aplaudió.

—Amaia… —Javi la apartó en el pasillo, pegándola a la pared—. Te lo digo porque sabes cuánto te quiero y te aprecio. ...