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MEDIA GUERRA (EL MAR QUEBRADO 3)

Joe Abercrombie

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Fragmento

LA CAÍDA

—Estamos derrotados —dijo el rey Fynn sin apartar los ojos de su jarra de cerveza.

Skara dejó vagar su mirada por el salón vacío y comprendió que era innegable. El verano anterior, los héroes reunidos casi habían hecho saltar por los aires las vigas del techo con sus sanguinarias bravatas, sus gloriosas canciones y sus promesas de triunfo sobre la escoria que pudiera enviar contra ellos el Alto Rey.

Como sucede a menudo con los hombres, al final habían demostrado ser más feroces hablando que luchando. Después de unos pocos meses ociosos, improductivos y desprovistos de gloria, los guerreros se habían ido escabullendo de uno en uno, dejando atrás solo a unos pocos desafortunados que merodeaban en torno al gran hogar, que ardía en el centro del salón con una llama tan tenue como las esperanzas de Trovenlandia. El Bosque, que había albergado entre sus columnas a una hueste de guerreros, había quedado poblado únicamente de sombras. Atestado solo de decepciones.

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Estaban derrotados. Sin librar siquiera una sola batalla.

Por supuesto, la madre Kyre veía las cosas de otro modo.

—Hemos conseguido alcanzar un acuerdo, mi rey —lo corrigió, y dio a la carne de su plato un mordisquito tan pulcro como el de una yegua vieja a un fardo de heno.

—¿Acuerdo? —Skara apuñaló con rabia su propia comida, que estaba sin tocar—. Mi padre entregó la vida defendiendo el cabo de Bail y tú has regalado su llave a la abuela Wexen sin cruzar un solo golpe. ¡Has prometido paso franco por nuestras tierras a los guerreros del Alto Rey! Si eso es un acuerdo, ¿qué aspecto tendría para ti una derrota?

La madre Kyre dirigió la mirada a Skara con su habitual e irritante calma.

—Vuestro abuelo muerto dentro de su túmulo, las mujeres de Yaletoft derramando lágrimas sobre los cadáveres de sus hijos, este salón convertido en cenizas y vos, princesa, con una argolla de esclava y encadenada a la silla del Alto Rey. Ese es el aspecto que tendría para mí una derrota. Por eso digo que hemos conseguido alcanzar un acuerdo.

Despojado de su orgullo, el rey Fynn flaqueaba como una vela sin su mástil. Skara siempre había creído que su abuelo era tan invencible como el Padre Tierra. No soportaba tener que verlo así. O quizá lo que no soportaba era darse cuenta de lo infantil que había sido al tener tanta fe en él.

Observó cómo el rey daba otro sorbo de oscura cerveza, eructaba y dejaba a un lado la jarra dorada para que se la rellenaran.

—¿Qué dices tú, Jenner el Azul?

—En tan majestuosa compañía como la presente, mi rey, lo mínimo posible.

Jenner el Azul era un viejo insolente y taimado, más saqueador que comerciante, con una cara igual de tallada, curtida y agrietada que la de una vieja bestia de proa. Si Skara hubiera estado al mando, no habría permitido ni que pisara los muelles, mucho menos que se sentara a la mesa del rey.

Por supuesto, la madre Kyre veía las cosas de otro modo.

—Un capitán es como un rey, solo que tiene un barco por país. Jenner, la princesa Skara podría beneficiarse de tu experiencia.

Lo que había que oír.

—Un pirata dando lecciones de política —murmuró Skara entre dientes—. Y para colmo, ni siquiera un buen pirata.

—No farfulléis. ¿Cuántas horas me he pasado enseñándoos la forma en que debe hablar una princesa, la forma en que debe hablar una reina? —La madre Kyre alzó el rostro y proyectó su voz hasta las vigas del techo sin el menor esfuerzo—. Si juzgáis que vuestras ideas merecen oírse, pronunciadlas con orgullo, empujadlas hasta el último rincón de la estancia, ¡llenad el salón con vuestras esperanzas y deseos, y contagiadlos a todo el que os oiga! Si os avergüenzan vuestros pensamientos, es mejor guardar silencio. Y las sonrisas no cuestan nada. Jenner, ¿qué decías?

—Bueno... —Jenner el Azul se rascó las pocas canas que le quedaban aún en la cabeza, que sin duda era territorio ignoto para los peines—. La abuela Wexen ha aplastado la rebelión en las Tierras Bajas.

—Con la ayuda de ese perro suyo, Yilling el Radiante, que no adora a más dios que la Muerte. —El abuelo de Skara levantó de nuevo la jarra mientras el esclavo aún la llenaba y manchó la mesa de cerveza—. Dicen que ha colgado cadáveres a lo largo de todo el camino a Casa Skeken.

—Los ojos del Alto Rey ahora miran hacia el norte —siguió diciendo Jenner—. Arde en deseos de doblegar a Uthil y a Grom-gil-Gorm, y Trovenlandia...

—Se interpone en su camino —concluyó la madre Kyre—. No os encorvéis, Skara, es impropio de una princesa.

Skara frunció el ceño pero enderezó un poco la espalda de todos modos, aproximándose a la postura rígida como un palo, de cuello estirado y espantosamente antinatural que tanto gustaba a la clériga. «Sentaos como si tuvierais un cuchillo contra el cuello —le decía siempre—. El papel de una princesa no consiste en estar cómoda.»

—Yo estoy acostumbrado a vivir en libertad y no tengo ningún aprecio por la abuela Wexen, ni por su Diosa Única, ni por sus impuestos y sus normas. —Jenner el Azul se frotó con gesto triste la mandíbula, que tenía un poco torcida—. Pero cuando la Madre Mar agita la tormenta, un capitán hace lo que sea necesario para salvar cuanto pueda. La libertad no sirve de nada a los muertos. El orgullo sirve de bien poco hasta a los vivos.

—Sabias palabras. —La madre Kyre levantó un dedo hacia Skara—. Los vencidos pueden ganar mañana. Los muertos están derrotados para siempre.

—A veces cuesta distinguir a un sabio de un cobarde —restalló Skara.

La clériga apretó los dientes.

—Estoy segura de haberos enseñado modales de sobra como para que insultéis a un invitado. La nobleza no se demuestra con el respeto que se recibe de los superiores, sino con el que se ofrece a los inferiores. Las palabras son armas. Deben manejarse con el debido cuidado.

Jenner desestimó con un leve ademán cualquier insinuación de ofensa.

—La princesa Skara está en lo cierto, de eso no hay duda. He conocido a muchos hombres más valientes que yo de largo. —Sonrió con tristeza, mostrando unos dientes torcidos entre los que había varios huecos—. Y he visto cómo enterraban a la mayoría, uno tras otro.

—La audacia y la longevidad rara vez están bien avenidas —dijo el rey, y apuró de nuevo su jarra.

—Los reyes y la cerveza no hacen mejores migas —replicó Skara.

—No me queda nada más que la cerveza, nieta mía. Mis guerreros me han abandonado. Mis aliados han desertado. Pronunciaron juramentos de día despejado, firmes como robles mientras brillaba la Madre Sol, pero propensos a marchitarse cuando se nubla el cielo.

Aquello no era ningún secreto. Skara había montado guardia a diario en el puerto, ansiosa por ver cuántos barcos enviaría el rey Uthil de Gettlandia, cuántos guerreros acompañarían al afamado Grom-gil-Gorm de Vansterlandia. Un día tras otro mientras brotaban las hojas de las ramas, y luego mientras moteaban el suelo de sombras, y luego mientras perdían vigor y caían marrones al suelo. No habían llegado barcos ni guerreros.

—La lealtad es habitual en los perros pero escasa en los hombres —comentó la madre Kyre—. Un plan que se base en la lealtad es peor que actuar sin plan alguno.

—Entonces ¿qué nos queda? —preguntó Skara—. ¿Un plan que se base en la cobardía?

Avejentado, ese era el aspecto que tenía su abuelo cuando se volvió hacia ella con los ojos empañados y el aliento cervecero. Avejentado y vencido.

—Tú siempre has sido valiente, Skara. Más valiente que yo. Salta a la vista que la sangre de Bail fluye por tus venas.

—¡Y vuestra sangre también, mi rey! Siempre me habéis dicho que solo media guerra se libra con espadas. La otra media se libra aquí. —Skara se apretó con un dedo la sien, tan fuerte que le dolió.

—Tú siempre has sido lista, Skara. Más lista que yo. Los dioses saben que puedes convencer a los pájaros para que bajen del cielo, cuando te lo propones. Libra esa mitad de la guerra, pues. Propón las ideas astuciosas que puedan repeler a los ejércitos del Alto Rey y salvar nuestra tierra y a nuestro pueblo de la espada de Yilling el Radiante. Que puedan evitarme la vergüenza de aceptar las condiciones de la abuela Wexen.

Skara bajó la mirada al suelo cubierto de paja, con las mejillas ardiendo.

—Ojalá pudiera. —Pero era una chica de solo diecisiete inviernos y, con sangre de Bail en las venas o sin ella, su mente no albergaba respuestas de héroe—. Lo siento, abuelo.

—Yo también, mi niña. —El rey Fynn volvió a recostarse y pidió más cerveza con un gesto—. Yo también.

—Skara.

Oír su nombre la sacó de un sueño inquieto y la arrojó a la oscuridad, al rostro fantasmagórico de la madre Kyre a la luz inquieta de una vela.

—Skara, arriba.

Apartó las pieles con torpeza somnolienta. Había sonidos extraños fuera. Gritos y risas. Se frotó los ojos.

—¿Qué ocurre?

—Tenéis que marcharos con Jenner el Azul.

Entonces Skara vio al mercader, que esperaba en el umbral de su dormitorio. Era una silueta negra, de escaso pelo revuelto y con la mirada fija en el suelo.

—¿Qué?

La madre Kyre la obligó a levantarse con un tirón en el brazo.

—Tenéis que iros ya.

Skara estuvo a punto de rechistar, como hacía siempre. Pero entonces vio la expresión de la clériga y optó por obedecer sin discusión. Nunca había visto a la madre Kyre asustada.

Los sonidos que llegaban del exterior ya no parecían risas. Eran llantos. Chillidos.

—¿Qué está pasando? —logró preguntar con voz rasposa.

—Cometí un error tremendo. —La madre Kyre lanzó una mirada furtiva a la puerta y volvió la cabeza de nuevo hacia ella—. Confié en la abuela Wexen. —Sacó del brazo de Skara el aro de oro que lo adornaba, el mismo aro que Bail el Constructor llevó una vez a la batalla, con un rubí engarzado que brillaba tenue como la sangre recién derramada a la luz de la vela—. Esto es para ti —dijo, tendiéndoselo a Jenner el Azul—, si juras llevarla sana y salva hasta Thorlby.

El saqueador alzó la mirada con gesto culpable mientras lo cogía.

—Lo juro. Pronuncio un juramento-sol y un juramento-luna.

La madre Kyre asió con dolorosa fuerza las dos manos de Skara.

—Pase lo que pase, vos debéis sobrevivir. Ahora ese es vuestro deber. Debéis vivir y debéis gobernar. Debéis luchar por Trovenlandia. Debéis defender a su pueblo si... si no queda nadie más.

Skara tenía la garganta tan agarrotada por el miedo que apenas podía hablar.

—¿Luchar? Pero...

—Os he enseñado cómo hacerlo. O al menos lo he intentado. Las palabras son armas. —La clériga apartó del rostro de Skara unas lágrimas que ni siquiera era consciente de haber derramado—. Vuestro abuelo tenía razón: sois valiente y sois lista. Pero ahora tenéis que ser fuerte. Ya no sois una niña. Recordad siempre que la sangre de Bail fluye por vuestras venas. Y ahora, marchaos.

Skara siguió a Jenner el Azul a través de la oscuridad, descalza y tiritando en su camisón, con las lecciones de la madre Kyre tan arraigadas que incluso temiendo por su vida se preocupó de no llevar la vestimenta apropiada. Desde el otro lado de las estrechas ventanas, las llamas proyectaban sombras que se movían como puñales entre las briznas de paja desperdigadas por el suelo. Oyó gritos de pánico. Los ladridos de un perro, interrumpidos de sopetón. Golpes secos y fuertes, como de árboles cayendo.

Como de hachas clavándose en un portón.

Entraron con sigilo en el dormitorio de invitados, donde los guerreros habían dormido apiñados unos meses antes. Ya solo quedaba la manta deshilachada de Jenner el Azul.

—¿Qué está pasando? —susurró, casi sin reconocer el sonido débil y entrecortado de su propia voz.

—Ha llegado Yilling el Radiante con sus Compañeros —respondió Jenner—, para saldar las deudas de la abuela Wexen. Yaletoft ya arde. Lo siento, princesa.

Skara se encogió cuando Jenner llevó las manos a su cuello para ponerle algo. Era una argolla de plata retorcida, de la que pendía tintineando una delicada cadena. Muy similar a la que había llevado la chica inglinga que antes le trenzaba el pelo.

—¿Soy una esclava? —preguntó con un susurro, mientras Jenner cerraba el otro extremo en torno a su muñeca.

—Debéis aparentarlo.

Skara dio un paso atrás al oír un estrépito en el exterior, un tañido de metal, y Jenner la empujó contra la pared. Apagó la vela de un soplido y se quedaron los dos a oscuras. Skara vio cómo desenfundaba un puñal, cuyo filo reflejó la luz del Padre Luna.

Empezaron a llegar aullidos desde el otro lado del portón, agudos y horribles, más parecidos a bramidos de bestias que a voces de hombres. Skara apretó con fuerza los párpados, notó el picor de las lágrimas en las comisuras y rezó. Fueron oraciones murmuradas, tartamudeadas, sin sentido. Plegarias elevadas a todos los dioses y a ninguno.

Era fácil ser valiente cuando la Última Puerta se veía diminuta en la lejanía, cuando solo era algo muy distante de lo que se preocupaban otros. En aquel momento Skara sintió en la nuca el gélido aliento de la Muerte, que le congeló toda la audacia. Con qué ligereza había hablado de cobardía en la mesa del rey. En aquel dormitorio entendió lo que era de verdad.

Hubo un último alarido prolongado antes del silencio, que resultó casi peor que el estruendo anterior. Skara notó que la empujaban hacia delante y sintió el aliento rancio de Jenner en la mejilla.

—Tenemos que irnos.

—Estoy asustada —dijo ella con un hilo de voz.

—Yo también. Pero si vamos a cara descubierta, a lo mejor conseguimos salir de aquí a base de labia. Como nos encuentren escondidos...

«Solo se puede conquistar los miedos afrontándolos —acostumbraba a decir su abuelo—. Si los rehúyes, te conquistan ellos a ti.» Jenner abrió la puerta con un chirrido de goznes y Skara se obligó a salir detrás de él, con las rodillas tan temblorosas que casi entrechocaban.

Sus pies descalzos resbalaron en algo húmedo. Había un cadáver sentado junto a la puerta y toda la paja de alrededor estaba ennegrecida de sangre.

Borid, se llamaba. Era un guerrero que había servido a su padre. Había llevado a Skara a hombros cuando era pequeña, para que alcanzara a arrancar los melocotones en el huerto que había al pie de las murallas del cabo de Bail.

Desvió los ojos irritados hacia el sonido de voces. Su mirada recorrió armas rotas y escudos hendidos. Recorrió más cadáveres, encorvados, caídos de cualquier manera, despatarrados entre las columnas talladas por las que el salón de su abuelo era conocido como el Bosque.

Había unos hombres reunidos a la poca luz que daba el hogar. Guerreros de renombre, con sus cotas de malla, armas y aros-moneda reflejando los colores del fuego, dejando alargadas sombras que se extendían por el suelo hacia ella.

La madre Kyre estaba de pie entre ellos, como también el abuelo de Skara, con su malla mal ajustada puesta a toda prisa y las canas todavía revueltas de recién levantado. Un guerrero delgado contemplaba a sus dos prisioneros con una leve sonrisa en un rostro suave y atractivo, despreocupado como el de un niño, y a su alrededor había un espacio que ni siquiera los demás asesinos se atrevían a invadir.

Era Yilling el Radiante, que no adoraba a más dios que la Muerte.

Su voz despertó ecos vivaces en la inmensidad del salón.

—Esperaba poder saludar a la princesa Skara.

—Se ha marchado con su prima Laithlin —dijo la madre Kyre. Tenía la misma voz que con tanta calma había enseñado, corregido y sermoneado a Skara durante toda su vida, pero en ella se oía un desacostumbrado gorjeo de pavor—. Donde nunca podrás llegar a ella.

—Ah, llegar, llegaremos —repuso un guerrero de Yilling, un hombre enorme con el cuello de un buey.

—Y pronto, madre Kyre, bien pronto —añadió otro que llevaba una larga lanza y un cuerno en el cinturón.

—El rey Uthil vendrá —replicó ella—. Quemará vuestros barcos y os expulsará a todos al mar.

—¿Cómo va a quemar mis barcos si están a salvo tras las grandes cadenas del cabo de Bail? —preguntó Yilling—. Las cadenas de las que vosotros me disteis la llave.

—Grom-gil-Gorm vendrá —insistió la madre Kyre, pero su voz casi se había reducido a un susurro.

—Confío en ello. —Yilling extendió los dos brazos y, con toda la suavidad del mundo, pasó el cabello de la clériga por detrás de sus hombros—. Pero llegará demasiado tarde para ti. —Desenvainó una espada que tenía un gran diamante en la zarpa dorada que adornaba su pomo y cuyo acero estaba pulido como un espejo, tan brillante en la oscuridad que dejó una mancha blanca en la visión de Skara.

—La muerte nos espera a todos —dijo el rey.

El rey Fynn inspiró hondo por la nariz y se irguió con orgullo. Un fugaz atisbo del hombre que había sido. Miró a su alrededor y, entre las columnas del salón, cruzó la mirada con Skara y pareció dedicarle un ínfimo atisbo de sonrisa. Luego se dejó caer de rodillas.

—Hoy vas a matar a un rey.

Yilling se encogió de hombros.

—Reyes, campesinos... Para la Muerte todos somos muy parecidos.

Clavó la hoja hasta la empuñadura donde el cuello del abuelo de Skara se unía a su hombro y al instante la retiró, rápida y mortífera como un relámpago al caer. El rey Fynn solo tuvo tiempo de proferir un breve y seco gañido antes de morir, y se derrumbó de cara sobre el hogar. Skara se quedó petrificada, incapaz de respirar, incapaz de pensar.

La madre Kyre bajó la mirada hacia el cadáver de su señor.

—La abuela Wexen me lo había prometido —balbuceó.

Plic-plic, plic-plic. La sangre goteó de la punta de la espada de Yilling.

—Las promesas solo atan a los débiles.

Giró con la precisión de un bailarín y su acero cruzó luces y sombras. Hubo un chorro negro y la cabeza de la madre Kyre rebotó contra el suelo, mientras su cuerpo se desplomaba como si no tuviera ni un hueso dentro.

Skara inspiró una bocanada temblorosa. Todo aquello tenía que ser una pesadilla. Una ilusión febril. Quería acostarse. Le palpitaban los párpados y notaba el cuerpo sin fuerza, pero la mano de Jenner el Azul le sostenía el brazo con dolorosa firmeza.

—Sois una esclava —siseó mientras le daba un tenso zarandeo—. No decís nada. No comprendéis nada.

Skara intentó apaciguar los gemidos de su garganta mientras unos pasos ligeros se acercaban a ella. A lo lejos, alguien había empezado a chillar y no paraba.

—Vaya, vaya —dijo la voz sedosa de Yilling el Radiante—. Estos dos no están donde deberían.

—No, mi señor. Me llamo Jenner el Azul. —Skara no pudo entender cómo logró sonar tan amistoso, firme y razonable. Si ella hubiera soltado prenda, solo le habrían salido unos sollozos babeantes—. Soy un mercader con salvoconducto del Alto Rey y acabo de regresar del río Divino. Nos dirigíamos a Casa Skeken, pero un temporal nos ha desviado de nuestro rumbo.

—Debías de ser muy amigo del rey Fynn, si estabas invitado a su salón.

—Un mercader sabio es amigo de todo el mundo, mi señor.

—Estás sudando, Jenner el Azul.

—¿La verdad? Me aterrorizas.

—Sí que eres un mercader sabio.

Skara notó una mano suave bajo la barbilla que la obligó a levantar la cabeza. Miró el rostro del hombre que acababa de asesinar a las dos personas que la habían criado desde niña, con aquella leve sonrisa todavía salpicada de su sangre, tan cerca que hasta podía contar las minúsculas pecas que tenía en la nariz.

Yilling hizo un mohín con sus labios regordetes y dio un silbido limpio y agudo.

—Y transportas una mercancía de primera, ya lo creo que sí.

Acarició el cabello de Skara con una mano, enrolló un mechón en torno a sus largos dedos y se lo apartó del rostro hasta rozarle una mejilla con el pulgar.

«Debéis vivir. Debéis gobernar.» Skara asfixió el miedo. Asfixió el odio. Obligó a sus facciones a seguir inexpresivas. Cara de esclava, sin revelar nada.

—¿Me venderías esto de aquí, mercader? —preguntó Yilling—. ¿A cambio de tu vida, quizá?

—Con mucho gusto, mi señor —dijo Jenner el Azul. Skara sabía que la madre Kyre había sido una necia al confiar en aquel maleante. Cogió aire para maldecirlo, pero los dedos nudosos de Jenner se clavaron aún más en su brazo—. Pero es imposible.

—Según mi experiencia, que es larga y muy sangrienta... —Yilling el Radiante alzó su espada y apoyó el filo ensangrentado en su mejilla, como una niña podría hacer con su muñeca favorita. El diamante del pomo parecía arder con chispas rojas, anaranjadas y amarillas—. Una hoja afilada puede cercenar cualquier soga de imposibles.

La nuez de Jenner se movió entre su barba entrecana cuando tragó saliva.

—La esclava no es de mi propiedad y no puedo venderla. Es un regalo. Del príncipe Varoslaf de Kalyiv al Alto Rey.

—Vaya, hombre. —Yilling permitió que la espada descendiera muy despacio, dejando una mancha roja y alargada en su rostro—. Tengo entendido que Varoslaf es un hombre al que los sabios temen.

—Le gustan muy poco las bromas, es cierto.

—A medida que florece el poder de un hombre, se marchita su buen humor. —Yilling miró ceñudo el rastro de huellas sanguinolentas que sus botas habían dejado entre las columnas. Entre los cadáveres—. Al Alto Rey también le pasa. No sería prudente apropiarse de ningún regalo que se hagan esos dos.

—Justo eso llevo pensando yo desde que zarpé de Kalyiv —dijo Jenner.

Yilling el Radiante hizo chascar los dedos con la fuerza de un latigazo y de pronto sus ojos irradiaron un entusiasmo infantil.

—¡Tengo una idea! Lanzaremos una moneda al aire. Si sale cara, puedes llevarte esta preciosidad a Casa Skeken para que lave los pies al Alto Rey. Si sale cruz, te mato y le saco mejor partido. —Dio una palmada a Jenner en el hombro—. ¿Qué opinas, mi nuevo amigo?

—Opino que la abuela Wexen no lo verá con buenos ojos —respondió Jenner.

—No ve nada con buenos ojos. —Yilling sonrió de oreja a oreja y las comisuras de los párpados se le poblaron de amistosas arrugas—. Pero yo solo me inclino ante la voluntad de una mujer. No es la abuela Wexen, ni la Madre Mar, ni la Madre Sol, ni siquiera la Madre Guerra. —Hizo volar una moneda dorada, que destelló en las venerables alturas del Bosque—. Solo me inclino ante la Muerte. —La atrapó de entre las sombras—. Rey o campesino, grande o insignificante, fuerte o débil, sabio o necio. La Muerte nos espera a todos.

Abrió la mano y la moneda destelló en su palma.

—Anda —dijo Jenner el Azul con cara de sorpresa—. Parece que a mí tendrá que esperarme un poco más.

Se alejaron a toda prisa por entre las ruinas de Yaletoft, a través de un viento cálido que arremolinaba ardientes briznas de paja en la noche, llena de gritos y ruegos y sollozos. Skara mantuvo la mirada fija en el suelo como debía hacer toda buena esclava, sin nadie ya para decirle que no se encorvara, mientras su miedo se derretía poco a poco y se transformaba en culpabilidad.

Subieron de un salto a bordo del barco de Jenner y zarparon arrullados por las oraciones murmuradas de los tripulantes, que daban gracias al Padre Paz por haberlos salvado de la masacre y hacían crujir los remos con un ritmo firme para deslizarse entre las embarcaciones de los asaltantes y salir a mar abierto. Skara se dejó caer entre el cargamento y su culpabilidad se deshizo en charcos de tristeza al contemplar cómo el fuego arrasaba el hermoso salón del rey Fynn y, con él, su vida anterior, cómo la gran viga frontal se destacaba negra contra las llamas antes de caer con un estallido de chispas resplandecientes.

El incendio de todo cuanto había conocido se fue perdiendo en la lejanía y Yaletoft quedó reducida a una motita de llamas en la oscuridad, entre los chasquidos de las velas y las órdenes de Jenner para que el barco virara al norte, rumbo a Gettlandia. Skara se levantó y miró a popa, hacia el pasado, sintiendo que se le secaban las lágrimas en las mejillas y que su tristeza se congelaba en un bloque de cólera fría, dura y férrea.

—Me encargaré de que Trovenlandia sea libre —susurró, apretando los puños—. Y de que se reconstruya el salón de mi abuelo, y de que los cuervos den buena cuenta del cadáver de Yilling el Radiante.

—De momento, encarguémonos de que sigáis con vida, princesa.

Jenner le retiró del cuello la argolla de esclava y le pasó su capa sobre los hombros temblorosos. Skara lo miró a los ojos mientras se frotaba con delicadeza las marcas que le había dejado la fina plata.

—Te había juzgado mal, Jenner el Azul.

—No, vuestro juicio fue certero. He hecho cosas mucho peores que las que pudierais creer.

—¿Por qué arriesgar tu vida por la mía, entonces?

Jenner se rascó el mentón un momento, con aire pensativo. Luego alzó los hombros.

—Porque el ayer no puede cambiarse. Solo el mañana. —Le puso algo en la mano. Era el aro de Bail, con su rubí que resplandecía como la sangre a la luz de la luna—. Creo que esto os pertenece.

NO HABRÁ PAZ

—¿Cuándo llegarán?

El padre Yarvi estaba sentado con la espalda apoyada en un árbol, las piernas cruzadas y un libro de aspecto vetusto encajado entre las rodillas. Cualquiera habría dicho que dormía, si sus ojos no estuvieran recorriendo la escritura bajo unos párpados entornados.

—Soy clérigo, Koll —musitó—, no vidente.

Koll miró con gravedad las ofrendas esparcidas por todo el claro. Aves decapitadas, jarras de cerveza vacías y fardos de huesos meciéndose y haciendo chirriar las cuerdas. Un perro, una vaca y cuatro ovejas, todas colgadas bocabajo de unas ramas con runas talladas mientras las moscas se congregaban atareadas en sus cuellos rebanados.

También había un hombre. Un esclavo, a juzgar por las rozaduras del cuello, con un círculo de runas inscritas de cualquier manera en la espalda y los nudillos tocando el suelo, rojo de sangre. Un magnífico sacrificio para Aquel Que Germina La Simiente, por parte de alguna ricachona con ganas de tener hijos.

A Koll no le hacían demasiada gracia los lugares sagrados. Le daban la sensación de que alguien lo observaba. Le gustaba pensar que era un tipo sincero, pero todo el mundo guardaba sus secretos. Todo el mundo albergaba sus dudas.

—¿Qué libro es? —preguntó.

—Un tratado sobre reliquias élficas escrito hace dos siglos por la hermana Slodd de Reerskoft.

—Más conocimiento prohibido, ¿eh?

—De una época en que la Clerecía se dedicaba a acumular sabiduría y no a reprimirla.

—Solo lo que se conoce puede controlarse —murmuró Koll.

—Y todo conocimiento, igual que todo poder, puede ser peligroso en las manos equivocadas. Lo que cuenta es el uso que se le da.

El padre Yarvi se chupó la punta del único dedo retorcido que había en su deforme mano izquierda y lo usó para pasar la página. Koll frunció el ceño, observando el bosque.

—¿Hacía falta que llegáramos tan pronto?

—La batalla suele ganarla el bando que llega antes.

—¿No habíamos venido a negociar la paz?

—Las negociaciones de paz son el campo de batalla del clérigo.

Koll dio un suspiro que le hizo aletear los labios. Se sentó en un tocón que había al borde del claro, a una distancia cauta de todas las ofrendas, y sacó el cuchillo y el trozo de madera de fresno al que ya había dado una forma tosca. Terminaría representando a Aquella Que Golpea El Yunque, con su martillo en alto. Un regalo para Rin, cuando regresara a Thorlby. Si es que regresaba, en vez de acabar colgado de un árbol en aquel mismo claro. Sus labios aletearon de nuevo.

—Los dioses te han bendecido con muchos dones —dijo en voz baja el padre Yarvi sin levantar la mirada del libro—. Manos diestras y buen juicio. Una bonita mata de pelo del color de la arena. Un sentido del humor algo descontrolado. Pero ¿quieres ser un gran clérigo y estar al hombro de reyes?

Koll tragó saliva.

—Sabes que sí, padre Yarvi. Más que nada en el mundo.

—En ese caso te queda mucho por aprender, empezando por la paciencia. Enfoca esa polilla que tienes por mente y un día podrías cambiar el mundo, como tu madre quería que hicieras.

Koll tiró de la cinta de cuero que llevaba al cuello y notó por debajo de la camisa cómo entrechocaban las pesas sujetas a ella. Las pesas que su madre, Safrit, había llevado en su condición de mercader respetada por no engañar en la pesada. «Sé valiente, Koll. Sé el mejor hombre que puedas ser.»

—Dioses, aún la echo de menos —susurró.

—Yo también. Y ahora, quédate quieto y observa lo que hago.

Koll soltó la tira de cuero.

—Mis ojos no se apartan de ti, padre Yarvi.

—Pues ciérralos. —El clérigo cerró el libro de golpe, se levantó y se sacudió las hojas muertas de detrás de la túnica—. Y escucha.

Pasos, cruzando el bosque en dirección a ellos. Koll guardó la madera tallada pero conservó el cuchillo en la mano, con la punta oculta en la manga. Las palabras adecuadas podían resolver la mayoría de los problemas, pero Koll sabía que el acero afilado era una muy buena herramienta para afrontar los demás.

De los árboles salió una mujer, vestida de negro al modo de los clérigos. Su cabello de color rojo fuego estaba afeitado por los lados, dejando ver las runas que llevaba tatuadas en torno a las orejas, y levantado con grasa por el centro en forma de aleta pinchuda. Tenía las facciones duras, endurecidas más si cabe por los músculos que tensaba al mascar corteza del soñador y por las manchas de color púrpura en las comisuras de sus labios.

—Llegas temprano, madre Adwyn.

—No tan temprano como tú, padre Yarvi.

—La madre Gundring siempre me decía que es de mala educación llegar el segundo a una cita.

—Espero que disculpes mi grosería, entonces.

—Dependerá de las palabras que traigas de la abuela Wexen.

La madre Adwyn levantó la barbilla.

—Tu señor, el rey Uthil, y su aliado, Grom-gil-Gorm, han incumplido sus juramentos al Alto Rey. Han rechazado la mano amistosa que les tendía y han desenfundado las espadas en su contra.

—Su mano amistosa nos resultaba muy opresiva —respondió Yarvi—. En los dos años que han pasado desde que nos la quitamos de encima hemos descubierto que todos respiramos mejor. Dos años en los que el Alto Rey no ha tomado un solo pueblo, no ha ganado una sola batalla ni...

—¿Y qué batallas han entablado Uthil y Gorm? Sin contar las que emprenden a diario uno contra el otro, quiero decir. —Adwyn escupió jugo por un lado de la boca y Koll, incómodo, jugueteó con un hilo suelto de su manga. El comentario de la clériga había dado muy cerca del blanco—. Habéis tenido suerte, padre Yarvi, porque la mirada del Alto Rey estaba fija en la rebelión de las Tierras Bajas. Rebelión que, según tengo entendido, ayudaste a instigar.

Yarvi parpadeó, todo inocencia.

—¿Puedo hacer que los hombres se alcen en armas a cientos de leguas de distancia? ¿Acaso soy un mago?

—Hay quienes dicen que lo eres, pero de poco te servirán la magia, la suerte o la astucia. La rebelión está sofocada. Yilling el Radiante retó en duelo a los tres hijos de Hokon y los mató uno tras otro. No tiene igual con la espada.

El padre Yarvi se miró la única uña de su mano contrahecha, como para comprobar que siguiera en buenas condiciones.

—El rey Uthil podría no estar de acuerdo. Sin duda habría podido derrotar a esos tres hermanos al mismo tiempo.

La madre Adwyn dejó pasar la fanfarronada.

—Yilling el Radiante pertenece a una nueva clase de hombre, con nuevas formas de actuar. Pasó a espada a los perjuros, y sus Compañeros quemaron sus salones con sus familias dentro.

—Familias quemadas. —Koll tragó saliva—. Ahí está el progreso.

—Quizá no hayáis oído lo que hizo después Yilling el Radiante.

—Dicen que es muy buen bailarín —repuso Koll—. ¿Por casualidad bailó?

—Ya lo creo. Bailó cruzando los estrechos hasta Yaletoft para hacer una visita a ese descreído del rey Fynn.

En el silencio que siguió el viento agitó las hojas, hizo chirriar las ofrendas y provocó a Koll un escalofrío que le subió hasta la nuca. La madre Adwyn sonrió entre los húmedos chasquidos de su boca al masticar.

—Vaya, veo que tu bufón se ha quedado sin réplicas jocosas. Yaletoft yace en ruinas, el salón del rey Fynn en cenizas y sus guerreros se han disgregado a los cuatro vientos.

Yarvi contrajo el gesto de forma casi imperceptible.

—¿Qué hay del propio rey?

—Ha cruzado la Última Puerta, junto a su clériga. Sus muertes estaban anunciadas desde el momento en que los engañaste para unirse a tu pequeña alianza de condenados.

—En el campo de batalla no hay reglas —musitó el padre Yarvi—. Nuevas formas de actuar, sin duda.

—Yilling el Radiante ya cruza Trovenlandia a fuego, preparando el camino para el ejército del Alto Rey. Un ejército más numeroso que los granos de arena en la playa. El mayor ejército reunido desde que los elfos declararon la guerra a la Diosa. Para mediados de verano habrán llegado a las puertas de Thorlby.

—El futuro es un terreno sumido en la bruma, madre Adwyn. Quizá todavía nos sorprenda a todos.

—No es necesario ser profeta para saber lo que ocurrirá. —Sacó un pergamino y lo extendió dejando a la vista las runas que lo llenaban—. La abuela Wexen os nombrará a ti y a la reina Laithlin hechiceros y traidores. La Clerecía proclamará que ese papel moneda suyo es magia élfica y convertirá a quien lo emplee en marginado y proscrito.

Koll se sobresaltó al oír partirse una ramita entre los matorrales.

—Seréis podados del mundo —siguió diciendo la clériga—, como lo serán Uthil, Gorm y cualquiera que los respalde.

Entonces aparecieron los hombres. Eran guerreros de Yutmarca, a juzgar por las hebillas cuadradas de sus capas y los escudos alargados. Koll contó seis y oyó al menos a otros dos a su espalda, y tuvo que hacer acopio de voluntad para no salir por piernas.

—¿Espadas desenfundadas? —preguntó el padre Yarvi—. ¿En el terreno sagrado del Padre Paz?

—Adoramos a la Diosa Única —masculló su capitán, un guerrero con grabados de oro en el yelmo—. Para nosotros, esto es solo polvo.

Koll observó los rostros afilados y las hojas afiladas extendidas hacia él, y notó que le sudaba la palma de la mano en torno al puño de su cuchillo oculto.

—Esto no pinta nada bien —gimió.

La madre Adwyn dejó caer el pergamino al suelo.

—Pero incluso ahora, incluso después de todas tus intrigas y traiciones, la abuela Wexen está dispuesta a ofrecerte la paz. —Las sombras motearon su cara cuando alzó la mirada al cielo—. La Diosa Única en verdad es misericordiosa.

El padre Yarvi soltó un bufido. A Koll le costaba creer que se mostrara tan intrépido.

—Pero supongo que su misericordia tiene un precio, ¿me equivoco?

—Las estatuas de los altos dioses serán destruidas allí donde se alcen y se adorará a la Diosa Única a lo largo y ancho del mar Quebrado —dijo Adwyn—. Todo vansterlandés y gettlandés pagará un diezmo a la Clerecía. El rey Uthil y el rey Gorm depondrán sus espadas a los pies del Alto Rey en Casa Skeken, suplicarán su perdón y pronunciarán nuevos juramentos.

—Los antiguos no sirvieron de mucho.

—Motivo por el que tú, la madre Scaer y el joven príncipe Druin permaneceréis allí como rehenes.

—Hum. —El padre Yarvi se dio unos golpecitos en el mentón con su dedo retorcido—. Es una oferta tentadora, pero en Casa Skeken el verano puede llegar a ser un poco pegajoso.

Una flecha pasó volando junto a la mejilla de Koll, tan cerca que notó moverse el aire. Alcanzó al líder de los guerreros en un hombro, justo por encima del brocal de su escudo, sin hacer el menor ruido.

Llegaron más flechas desde el bosque. Un hombre chilló. Otro agarró un asta que tenía clavada en la cara. Koll se abalanzó sobre el padre Yarvi y lo derribó tras el grueso tronco de un árbol sagrado. Entrevió a un guerrero que embestía en su dirección con la espada en alto. Entonces Dosduvoi salió de la espesura, enorme como una casa, lo levantó del suelo con un tajo de su gran hacha y lo envió hacia el centro del claro entre un remolino de hojas muertas.

Las sombras se retorcieron, apuñalaron y tajaron, topando contra las ofrendas y haciendo que se balancearan. A los pocos y sangrientos instantes, los hombres de la madre Adwyn se habían unido al rey Fynn al otro lado de la Última Puerta. Su capitán estaba de rodillas, resollando, con seis flechas clavadas en su cota de mallas. Intentó levantarse apoyándose en la espada, pero la fuerza roja escapaba de él a borbotones.

Fror avanzó por el claro. En una mano llevaba su pesada hacha y, con gestos cuidadosos de la otra, abrió la hebilla del yelmo ribeteado en oro del capitán. Era de buena calidad y podría venderse por un buen precio.

—Esto lo lamentarás —susurró el hombre, con sangre en los labios y el pelo canoso pegado a la frente sudorosa.

Fror asintió muy despacio con la cabeza.

—Ya lo lamento.

Y descargó el hacha en la coronilla del capitán, que cayó con los brazos extendidos.

—Ya puedes dejar que me levante —dijo el padre Yarvi, dando una palmada en el costado de su aprendiz. Koll cayó en la cuenta de que había protegido al clérigo con su cuerpo, como haría una madre con su bebé en una tormenta.

—¿No podías haberme contado el plan? —preguntó mientras se levantaba con torpeza.

—No puedes revelar lo que no sabes.

—¿No confías en mí para que interprete un papel?

—La confianza es como el cristal —dijo Rulf mientras se ponía al hombro su enorme arco y tendía su manaza a Yarvi para ayudarlo a levantarse—. Encantadora, pero solo un necio apoya demasiado peso en ella.

El claro estaba completamente rodeado por curtidos guerreros de Gettlandia y Vansterlandia, y la madre Adwyn se veía muy solitaria entre todos ellos. A Koll casi le dio lástima, pero sabía que no serviría de nada a ninguno de los dos.

—Parece que mis intrigas han dado mejor resultado que las tuyas —dijo Yarvi—. Dos veces ha intentado ya tu maestra podarme del mundo y, sin embargo, aquí me tienes.

—Por las intrigas se te conoce, araña. —La madre Adwyn escupió jugo de corteza morado a los pies del clérigo—. ¿Qué ha sido del terreno sagrado del Padre Paz?

Yarvi se encogió de hombros.

—Ah, es un dios misericordioso. Pero quizá lo más prudente sería colgarte de uno de estos árboles y rajarte la garganta como ofrenda, por si acaso.

—Hazlo, pues —siseó ella.

—La piedad demuestra más poder que el asesinato. Regresa junto a la abuela Wexen. Agradécele la información que me has proporcionado y tan útil nos resultará. —Señaló los cadáveres de los guerreros, ya en camino de pender bocabajo de las ramas de la arboleda sagrada—. Agradécele tan ricas ofrendas para los altos dioses, que sin duda sabrán apreciarlas. —El padre Yarvi se inclinó hacia ella enseñando los dientes, y Koll vio caer la máscara de la madre Adwyn y el miedo que había ocultado—. ¡Pero dile a la Primera Entre Clérigos que me meo en su oferta! Juré vengarme de los asesinos de mi padre. Pronuncié un juramento-sol y un juramento-luna. Dile a la abuela Wexen que, mientras ella y yo vivamos, no habrá paz.

NUNCA BASTANTE SANGUINARIO

—¡Te mataré, zorra de medio pelo! —bramó Raith entre salivazos mientras se lanzaba hacia ella.

Rakki lo aferró por el brazo izquierdo, Soryorn por el derecho y entre los dos lograron contenerlo. Tenían mucha práctica, al fin y al cabo.

Espina Bathu no se movió, si no se contaba la contracción de los músculos en el lado afeitado de su cabeza al apretar la mandíbula.

—Tranquilicémonos todos —dijo su marido, Brand, gesticulando con las manos abiertas como un pastor que intentara apaciguar un rebaño inquieto—. Se supone que somos aliados, ¿verdad? —Era un buey grandote y fuerte, pero sin la menor bravura—. Probemos a... a vivir en la luz un momento.

Raith hizo saber a todos el poco respeto que le merecía la idea forcejeando lo suficiente con su hermano para escupir a Brand en la cara. Por desgracia falló, pero dejó clara su opinión.

Espina torció el labio.

—Me parece que a este perro habría que sacrificarlo.

Todo el mundo tenía sus llagas, y las palabras de la mujer hundieron el dedo en la de Raith. Relajó los músculos, dejó que su cabeza se inclinara a un lado y enseñó los dientes con una sonrisa perezosa mientras posaba la mirada en Brand.

—¿Qué tal si, en vez de eso, mato yo a esta esposa tan cobarde que tienes?

Siempre se le había dado bien empezar las peleas, y tampoco era manco terminándolas, pero nada podría haberlo preparado para la velocidad con que Espina se abalanzó sobre él.

—¡Estás muerto, cabrón de pelo lechoso!

Raith se echó a un lado, arrastró a su hermano y a Soryorn en un revoltijo de brazos y piernas y estuvo a punto de hacerlos caer contra la madera del muelle. Para contener a Espina hicieron falta tres gettlandeses: el viejo y amargado maestro de armas, Hunnan; el timonel calvo, Rulf, y Brand, sujetando el cuello de la mujer con un antebrazo lleno de cicatrices. Todos hombres vigorosos, y todos al límite de sus fuerzas, pero aun así el puño suelto de Espina logró dar a Raith un buen coscorrón en la coronilla.

—¡Paz! —exclamó Brand mientras hacía retroceder a su esposa entre forcejeos—. ¡Por todos los dioses, paz!

Pero a nadie le apetecía mucho la paz. Ya había otros profiriendo insultos, tanto en las filas gettlandesas como en las vansterlandesas. Raith vio nudillos blanquecinos sobre empuñaduras de espadas, oyó el chirrido de la daga de Soryorn saliendo de su vaina. Olió cómo se aproximaba la violencia, mucho mayor que la que había planeado. Pero así era la violencia. Pocas veces se quedaba contenida en el terreno que se delimitaba para ella. De lo contrario, no sería violencia.

Raith replegó los labios en una mueca a medio camino entre el rugido y la sonrisa, sintió cómo se le llenaba el pecho de fuego, cómo el aliento cálido le raspaba la garganta, cómo se le tensaba hasta el último músculo.

Podría haber sido una batalla digna de canciones, allí mismo, bajo la lluvia en los muelles de Thorlby, si Grom-gil-Gorm no hubiera llegado espantando a la enfurecida multitud como un gigantesco buey abriéndose paso entre un rebaño de cabras ruidosas.

—¡Basta! —bramó el rey de Vansterlandia—. ¿Qué ridículo picoteo de pajaritos es este?

El alboroto remitió. Raith se quitó de encima a su hermano con una sonrisa lupina en los labios, y Espina se liberó de su marido mascullando improperios. Sin duda a Brand le esperaba una noche incómoda, pero a ojos de Raith todo había salido bastante bien. Al fin y al cabo, había ido allí a pelear y no le preocupaba demasiado contra quién.

Los ceñudos gettlandeses se apartaron para dejar paso al rey Uthil, que acunaba en el brazo su espada desnuda. Raith lo odiaba, por supuesto. Todo buen vansterlandés debía odiar al rey de Gettlandia. Pero por lo demás parecía un hombre bastante admirable, duro y gris como un barrote de hierro e igual de reacio a doblegarse, famoso por sus muchas victorias y sus pocas palabras, con aquel brillo demente en los ojos hundidos que revelaba tan solo un gélido vacío en el lugar donde los dioses acostumbraban a depositar la piedad en los hombres.

—Estoy decepcionado, Espina Bathu —dijo con una voz dura y chirriante como las piedras de molino—. Esperaba más de ti.

—No sabéis cuánto lo lamento, mi rey —gruñó ella, con una mirada torva que pasó de Raith a Brand, quien hizo una mueca como si las miradas asesinas de su esposa no fueran ninguna novedad.

—Yo no esperaba más. —Grom-gil-Gorm enarcó una ceja en dirección a Raith—. Pero al menos confiaba en que pudieras sorprenderme.

—¿Vamos a permitir que nos insulten, mi rey? —casi gritó Raith.

—Los pequeños insultos deben soportarse cuando s ...