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MEDIO REY (EL MAR QUEBRADO 1)

Joe Abercrombie

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Fragmento

EL BIEN MAYOR

Se desató un fiero vendaval la noche que Yarvi supo que era rey. O medio rey, por lo menos.

En Gettlandia esa clase de viento recibía el nombre de «aire buscador» porque siempre encontraba hasta la última rendija y la cerradura más pequeña, para entrar ululando en todas las viviendas con la gelidez de la Madre Mar, por alto que ardiera el fuego del hogar y por mucho que se apiñaran sus habitantes.

El viento azotó los postigos de las estrechas ventanas de los aposentos de la madre Gundring e hizo estremecer incluso la puerta, sujeta por bisagras de hierro. Hostigó las llamas de la chimenea, que escupieron y restallaron de rabia, convirtiendo en garras las sombras de las hierbas colgadas a secar y reflejándose en la raíz que sostenía la madre Gundring entre sus dedos huesudos.

—¿Y esta?

Tenía todo el aspecto de un terrón de barro, pero Yarvi había aprendido a reconocerla.

—Raíz de lenguanegra.

—¿Y para qué podría necesitarla un clérigo, mi príncipe?

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—Un clérigo espera no necesitarla nunca. Hervida en agua no se distingue a la vista ni cambia el sabor de esta, pero es un veneno letal.

La madre Gundring dejó la raíz a un lado.

—A veces los clérigos deben valerse de artes oscuras.

—Los clérigos deben aspirar al mal menor —replicó Yarvi.

—Y sopesar el bien mayor. Cinco de cinco. —Una simple inclinación de cabeza de la madre Gundring hizo que el pecho de Yarvi se hinchara de orgullo. El beneplácito de la clériga de Gettlandia no se lo ganaba cualquiera—. Y las preguntas de la prueba serán más fáciles que estas.

—La prueba.

Yarvi, inquieto, se frotó la palma contrahecha de su mano mala con el pulgar de la buena.

—La superarás.

—No puedes estar segura.

—Un clérigo está obligado a dudar en todo momento...

—... Pero fingir siempre certeza. — Yarvi terminó la frase.

—¿Lo ves? Te conozco. —Era cierto. Nadie lo conocía mejor que ella, incluso en su propia familia. Especialmente en su propia familia—. Nunca he tenido un aprendiz más aventajado. Superarás la prueba al primer intento.

—Y dejaré de ser el príncipe Yarvi. —La perspectiva le producía un gran alivio—. No tendré familia ni prerrogativa.

—Serás el hermano Yarvi y tu familia será la Clerecía. —La luz del hogar resaltó las arrugas de la madre Gundring cuando sonrió—. Tu prerrogativa serán las plantas, los libros y las palabras suaves. Recordarás y aconsejarás, sanarás y dirás la verdad, conocerás los caminos secretos y allanarás el camino del Padre Paz en todas las lenguas, como he intentado hacer yo. No existe dedicación más noble, por muchas idioteces que farfullen esos necios sobresaturados de músculo en el cuadrado de entrenamiento.

—Los necios sobresaturados de músculo son difíciles de pasar por alto si estás en el cuadrado con ellos.

—Ya. —La clériga ahuecó la lengua y lanzó un escupitajo a las llamas—. Cuando hayas superado la prueba, solo tendrás que ir allí para tratar alguna cabeza abierta, y eso si se ponen demasiado burros con sus jueguecitos. Algún día mi báculo será tuyo. —Señaló con la cabeza el fino y tachonado bastón de metal élfico, que estaba apoyado contra la pared—. Algún día te sentarás al lado de la Silla Negra y serás el padre Yarvi.

—Padre Yarvi. —Se removió inquieto en la banqueta al pensarlo—. Me falta la sabiduría.

Se refería a que le faltaba el valor, pero no tenía el valor de reconocerlo.

—La sabiduría puede aprenderse, mi príncipe.

Yarvi levantó la mano izquierda, por llamarla de alguna manera.

—¿Y las manos? ¿Las manos pueden aprenderse?

—Quizá te falte una mano, pero los dioses te han concedido unos dones más valiosos.

El joven resopló.

—¿Te refieres a mi melodiosa voz?

—¿Por qué no? Y a tu mente despierta, tu empatía y tu fuerza. Solo que es la clase de fuerza que tienen los grandes clérigos, no los grandes reyes. Eres un favorito del Padre Paz, Yarvi. Recuerda siempre esto: hombres con músculos hay muchos, pero los sabios escasean.

—No me extraña que las mujeres sean mejores clérigas.

—Y también hacen mejor las infusiones... normalmente. —Gundring dio un sorbo a la taza que Yarvi le llevaba cada tarde y volvió a asentir, satisfecha—. La preparación de infusiones es otro de tus puntos fuertes.

—Una gesta heroica, sin duda. ¿Me halagarás menos cuando haya pasado de príncipe a clérigo?

—Recibirás mi adulación cuando la merezcas, y mis patadas en el culo el resto del tiempo.

Yarvi suspiró.

—Algunas cosas nunca cambian.

—Y ahora, historia.

La madre Gundring sacó de la estantería un libro con el lomo dorado, donde competían el brillo verde y el rojo de las gemas que tenía engarzadas.

—¿Ahora? Tengo que subir a la luz de la Madre Sol para dar de comer a tus palomas. Esperaba poder dormir un poco antes de...

—Te dejaré descansar cuando hayas superado la prueba.

—No me dejarás.

—Es cierto, no te dejaré. —La anciana se humedeció un dedo y empezó a pasar las páginas del vetusto libro—. Dime, mi príncipe, ¿en cuántas astillas partieron a la Diosa los elfos?

—En cuatrocientas nueve. Los cuatrocientos dioses menores, los seis altos dioses, el primer hombre, la primera mujer y la Muerte, que guarda la Última Puerta. Pero ¿esto no es materia de tejedores de plegarias más que de clérigos?

La madre Gundring chasqueó la lengua.

—Todo conocimiento es cosa de clérigos, pues solo lo que se conoce puede controlarse. Enumera los seis altos dioses.

—Madre Mar y Padre Tierra, Madre Sol y Padre Luna, Madre Guerra y...

La puerta se abrió de sopetón y el aire buscador se apoderó de la estancia. Las llamas del hogar saltaron al mismo tiempo que Yarvi, para bailar distorsionadas en los centenares de frascos y botellas que ocupaban los estantes. Una silueta terminó de subir los escalones con paso torpe y dejó las hierbas puestas a secar balanceándose como hombres ahorcados a su paso.

Era Odem, el tío de Yarvi, que llegó jadeando y con el pelo empapado y pegado a la cara por la lluvia. Clavó su mirada perdida en el príncipe y abrió la boca sin dejar escapar sonido alguno. No hacía falta el don de la empatía para adivinar que traía funestas noticias.

—¿Qué ocurre? —preguntó Yarvi con la voz rota y la garganta agarrotada de miedo.

Su tío se dejó caer de rodillas y apoyó las manos en la paja grasienta del suelo. Agachó la cabeza y pronunció dos palabras, roncas y crudas.

—Mi rey.

Y Yarvi supo que su padre y su hermano habían muerto.

DEBER

Casi no parecían muertos.

Solo estaban muy blancos, tendidos en las losas heladas de aquella estancia helada, con la mortaja que les llegaba a las axilas y el brillo de sus espadas desenvainadas sobre el torso. Yarvi no dejaba de pensar que en cualquier momento su hermano frunciría los labios en sueños. Que su padre abriría los ojos y dirigiría hacia él su habitual mirada de desprecio. Pero no hicieron nada de eso. Nunca volverían a hacerlo.

La Muerte les había abierto la Última Puerta y desde más allá de aquel umbral no regresaba nadie.

—¿Cómo ocurrió? —oyó decir a su madre desde la entrada. Tenía la voz tan firme como siempre.

—Traición, mi reina —murmuró su tío Odem.

—Ahora ya no soy reina.

—Por supuesto. Lo siento, Laithlin.

Yarvi extendió un brazo y rozó el hombro de su padre. Qué frío estaba. Se preguntó cuándo lo había tocado por última vez. ¿Había una vez anterior, siquiera? Recordaba muy bien lo último que le dijo, meses atrás.

«Un hombre blande la guadaña y el hacha —había dicho su padre—. Un hombre tira del remo y tensa el nudo. Sobre todo, un hombre sostiene el escudo. Un hombre resiste en su fila. Un hombre se mantiene firme junto a su compañero de hombro. ¿Qué clase de hombre es incapaz de hacer todo eso?»

«Yo no pedí tener media mano», había respondido Yarvi atrapado en el mismo lugar de siempre, en la tierra yerma que se extendía entre la vergüenza y la rabia.

«Y yo no pedí tener medio hijo.»

Pero el rey Uthrik había muerto y su Círculo Real, ajustado a toda prisa, pesaba en la frente de Yarvi. Pesaba mucho más de lo que se esperaría de una fina diadema de oro.

—Te he preguntado cómo murieron —estaba diciendo su madre.

—Fueron a negociar la paz con Grom-gil-Gorm.

—No puede haber paz con esos condenados vansterlandeses —intervino la voz gutural de Hurik, el Escudo Elegido de Laithlin.

—Debe haber venganza —dijo la madre de Yarvi.

Su tío intentó apaciguar la tormenta.

—Habrá un tiempo de duelo antes que nada. El Alto Rey ha prohibido la guerra abierta hasta que...

—¡Venganza! —La voz de Laithlin salió afilada como un cristal roto—. Rauda como el rayo, ardiente como el fuego.

Los ojos de Yarvi pasaron al cadáver de su hermano. Él sí que era raudo y ardiente, o al menos lo había sido. Mandíbula marcada, cuello recio y los primeros despuntes de una barba oscura como la de su padre. Tan distinto de Yarvi como era posible serlo. Su hermano le había tenido aprecio, supuso Yarvi, aunque fuese de un modo hiriente y cada palmadita suya estuviera al borde del bofetón. El afecto que se profesa a algo que nunca dejará de ser inferior.

—Venganza —gruñó Hurik—. Los vansterlandeses tienen que pagarlo caro.

—Al cuerno con los vansterlandeses —dijo la madre de Yarvi—. Primero hay que doblegar a nuestro propio pueblo. Hay que dejarles claro que su nuevo rey tiene hierro en la sangre. Cuando se alegren de que les permitamos arrodillarse, podréis hacer que la Madre Mar crezca con vuestras lágrimas.

El tío de Yarvi suspiró profundamente.

—Venganza, pues. Pero ¿él está preparado, Laithlin? Nunca ha sido un guerrero...

—¡Debe luchar, esté preparado o no! —replicó su madre. Todo el mundo hablaba siempre de Yarvi como si fuera sordo además de tullido. Por lo visto, su repentino ascenso al poder no había conseguido cambiar las viejas costumbres—. Haced los preparativos para una gran incursión.

—¿Dónde atacaremos? —preguntó Hurik.

—Lo único que importa es que lo haremos. Déjanos solos.

Yarvi oyó la puerta cerrarse y luego los pasos de su madre, suaves contra el frío suelo.

—Para de llorar —le dijo.

Hasta ese momento Yarvi no se había dado cuenta de que tenía los ojos anegados. Avergonzado, se los frotó y se sorbió la nariz. Siempre sentía vergüenza.

Su madre lo asió de los hombros.

—La espalda derecha, Yarvi.

—Lo siento —dijo él intentando sacar pecho como podría haber hecho su hermano. Siempre se disculpaba.

—Ahora eres el rey. —Le colocó bien la hebilla de la capa, intentó arreglarle el pelo rubio claro, corto pero siempre revoltoso, y por último apoyó sus dedos fríos en la mejilla de Yarvi—. Nunca debes pedir perdón. Tendrás que empuñar la espada de tu padre y encabezar una incursión contra los vansterlandeses.

Yarvi tragó saliva. La idea de participar en una incursión siempre lo había llenado de pavor. ¿Y ahora tenía que encabezar una?

Odem debió de captar su miedo.

—Yo seré vuestro compañero de hombro, mi rey, y estaré siempre a vuestro lado con el escudo presto. Os ayudaré en todo lo que pueda.

—Te lo agradezco —musitó Yarvi.

La única ayuda que ansiaba era la que le permitiera viajar a Casa Skeken para enfrentarse a la Prueba del Clérigo, para sentarse a la sombra en lugar de ser arrojado a la luz. Pero esa esperanza acababa de volverse polvo. Los deseos de Yarvi, como la argamasa mal mezclada, eran propensos a derrumbarse.

—Debes hacer que Grom-gil-Gorm sufra por esto —dijo su madre—. Y después deberás casarte con tu prima.

Yarvi no pudo hacer más que mirar los ojos duros como el hierro de su madre, con la cabeza inclinada un poco hacia atrás, ya que todavía era más bajo que ella.

—¿Qué?

La caricia se transformó en una zarpa que se cerró, irresistible, en torno a su barbilla.

—Escúchame, Yarvi, y escucha con atención. Eres el rey. Tal vez no sea lo que deseábamos ninguno de los dos, pero es lo que hay. Ahora todas nuestras esperanzas descansan en tu mano, que está al borde del precipicio. No se te respeta. Tienes pocos aliados. Debes unir nuestra familia casándote con la hija de Odem, Isriun, como iba a hacer tu hermano. Ya lo hemos discutido y estamos de acuerdo.

Su tío Odem se apresuró a compensar el hielo con calidez.

—Nada me complacería más que convertirme en vuestro padre-por-casamiento, mi rey, y que nuestras familias fuesen una sola para siempre.

Ni una mención a los sentimientos de Isriun, observó Yarvi. Exactamente las mismas que a los de él.

—Pero...

El ceño de su madre se endureció. Sus ojos se entrecerraron. Yarvi había visto a grandes héroes echarse a temblar bajo aquella mirada, y él no era ningún héroe.

—Yo estuve prometida con tu tío Uthil, cuya destreza con la espada todavía ensalzan los guerreros. Tu tío Uthil, que debió reinar. —Le falló la voz, como si aquellas palabras le causaran daño—. Cuando la Madre Mar se lo tragó y levantaron su túmulo vacío junto a la orilla, me casé con tu padre en su lugar. Yo dejé de lado mis sentimientos y cumplí con mi deber. Tú tienes que hacer lo mismo.

Yarvi posó de nuevo la mirada en el apuesto cadáver de su hermano, sorprendido por la calma con que su madre era capaz de urdir planes al lado de su marido y su hijo muertos.

—¿No lloras por ellos?

De pronto un espasmo crispó el rostro de Laithlin, ajó su esmerada belleza, le apretó los labios, le arrugó el entrecejo e hizo sobresalir los tendones de su cuello. Durante un momento horrible, Yarvi no supo si iba a pegarle o a echarse a llorar a lágrima viva, y tampoco sabía cuál de las opciones le daba más miedo. Entonces Laithlin tomó una temblorosa bocanada de aire, devolvió un mechón suelto de su cabello dorado a su sitio y recobró la compostura.

—Por lo menos uno de nosotros debe ser un hombre.

Y con ese regalo digno de reyes, dio media vuelta y salió de la cámara con la frente bien alta.

Yarvi cerró los puños. O más bien cerró uno y apretó el pulgar izquierdo contra el muñón torcido de su único otro dedo.

—Gracias por los ánimos, madre.

Siempre se enfurecía. Pero nunca antes de que fuera demasiado tarde para aprovecharlo.

Oyó los pasos de su tío al acercarse y su voz suave, como la que podría emplearse con un potrillo asustadizo.

—Sabes que tu madre te quiere.

—¿Ah, sí?

—Pero tiene que ser fuerte. Por ti. Por el reino. Por tu padre.

Yarvi miró el cadáver de su padre y luego el rostro de su tío. Tan parecidos y a la vez tan distintos.

—Gracias a los dioses que estás aquí —dijo con un nudo en la garganta.

Al menos había alguien de la familia que se preocupaba por él.

—Lo siento, Yarvi. De verdad que lo siento. —Odem apoyó la mano en el hombro de su sobrino con un atisbo de lágrimas en los ojos—. Pero Laithlin tiene razón. Debemos hacer lo que sea mejor para Gettlandia. Debemos dejar de lado nuestros sentimientos.

Yarvi suspiró como si expulsara el alma.

—Lo sé.

Sus sentimientos llevaban dejados de lado desde que tenía memoria.

UNA MANERA DE GANAR

—Keimdal, un lance contra el rey.

Yarvi tuvo que sofocar una risita tonta cuando oyó al maestro de armas referirse a él con ese apelativo. Seguro que las cuatro veintenas de jóvenes guerreros que tenía enfrente también intentaban contener la risa. Y si no, tendrían que hacerlo cuando vieran pelear a su nuevo monarca. Pero para entonces, la risa sería sin duda lo que menos preocupara a Yarvi.

Ahora eran súbditos suyos, por supuesto. Sus sirvientes. Sus hombres, todos ellos obligados por juramento a morir a su antojo. Aun así, daban incluso más sensación de ser una hilera de enemigos desdeñosos que cuando se había enfrentado a ellos de niño.

Todavía se sentía como un niño. Más como un niño que nunca.

—Será un honor.

Keimdal no puso cara de sentirse particularmente honrado mientras abandonaba la hilera y entraba en el cuadrado de entrenamiento, moviéndose en su cota de malla con la facilidad de una doncella en camisón. El joven cogió un escudo y una espada de entrenamiento, hecha de madera, e hizo silbar el aire con unos tajos terroríficos. Quizá fuese algo mayor que Yarvi, pero aparentaba cinco años más: le sacaba media cabeza de altura, tenía el pecho y los hombros mucho más amplios y ya lucía una pelusilla rojiza en su prominente mandíbula.

—¿Estáis preparado, mi rey? —murmuró Odem al oído de Yarvi.

—Salta a la vista que no —replicó Yarvi con un susurro.

Pero no tenía escapatoria. El rey de Gettlandia debía ser un buen hijo de la Madre Guerra, por pocas cualidades que tuviera para ello. Tenía que demostrar a los guerreros de más edad, reunidos en torno al cuadrado, que podía ser algo más que una vergüenza manca. Tenía que buscar una manera de ganar. «Siempre hay una manera», acostumbraba decirle su madre.

Sin embargo, pese a sus indiscutibles dones, pese a su mente despierta, su empatía y su voz melodiosa, no se le ocurría ni media.

Aquel día habían trazado el cuadrado de entrenamiento en la playa, de ocho zancadas de largo y con cuatro lanzas clavadas en la arena para marcar las esquinas. Cada día buscaban un terreno distinto para entrenar, ya fuesen peñascos, bosques, ciénagas, los estrechos callejones de Thorlby e incluso el río, pues un hombre de Gettlandia debía estar bien preparado para luchar allí donde se encontrara. O mal, en el caso de Yarvi.

Pero las batallas del mar Quebrado se luchaban sobre todo en sus irregulares costas, por lo que era en ese lugar donde más practicaban, y donde en su día Yarvi había tragado suficiente arena para hacer encallar un barco de guerra. Los veteranos habrían estado dispuestos a entrenar con salmuera hasta las rodillas mientras la Madre Sol caía por detrás de las colinas, pero la marea había dejado solo algunos charcos brillantes al retirarse, y la humedad procedía únicamente de la punzante espuma que traía el aire salado y del sudor que provocaba a Yarvi el desacostumbrado peso de la cota de malla.

Dioses, cómo odiaba esa malla. Cómo odiaba a Hunnan, el maestro de armas que había sido su torturador jefe durante tantos años. Cómo odiaba las espadas y los escudos, cómo detestaba el cuadrado de entrenamiento, cómo despreciaba a los guerreros que lo consideraban su hogar. Y sobre todo, cómo aborrecía su propia mano de chiste, que le impediría para siempre unirse a ellos.

—Vigilad la posición de las piernas, mi rey —dijo Odem en voz baja.

—La posición no es lo que me dará problemas —respondió Yarvi con brusquedad—. Dos pies sí tengo, al menos.

Llevaba tres años sin apenas tocar una espada, pasando la jornada entera en las habitaciones de la madre Gundring, estudiando los usos de las plantas y los idiomas de parajes lejanos. Memorizando los nombres de los dioses menores y cuidando en extremo su caligrafía. El tiempo que él había empleado en aprender a curar heridas, aquellos muchachos —aquellos hombres, comprendió con un regusto amargo en la boca— lo habían dedicado a esforzarse en provocarlas.

Odem le dio ánimos con una palmada en el hombro que estuvo a punto de derribarlo.

—Mantened alto el escudo. Esperad vuestra ocasión.

Yarvi dio un bufido. Si tenía que esperar su ocasión con cada guerrero, estarían allí hasta que la marea los ahogara a todos. Le sujetaron el escudo con firmeza al antebrazo atrofiado mediante un lastimoso embrollo de correas, y Yarvi asió la manija del escudo con un pulgar y un muñón de dedo mientras ya empezaba a notar cómo le ardía el brazo hasta el hombro solo por el esfuerzo de dejarlo muerto con aquel trasto atado.

—Nuestro rey lleva tiempo sin pisar el cuadrado —advirtió el maestro Hunnan, y luego movió la boca como si las palabras le supieran amargas—. Hoy id con calma.

—¡Intentaré no hacerle demasiado daño! —gritó Yarvi.

Hubo algunas risas, pero le dio la impresión de que tenían un matiz burlesco. En la guerra, los chistes eran mal sustituto de unos tendones fuertes y de una buena mano de escudo. Yarvi miró a Keimdal a los ojos, vio en ellos una confianza despreocupada y trató de convencerse de que hombres con músculos había muchos, pero que los sabios escaseaban. Hasta en el interior de su propio cráneo, la afirmación sonaba hueca.

El maestro Hunnan no había sonreído. No existía chiste ingenioso, crío adorable ni mujer atractiva capaz de curvar aquellos labios de hierro. Se limitó a fijar la mirada en Yarvi igual que había hecho siempre, tan llena de mudo desdén hacia su rey como lo había estado hacia su príncipe.

—¡Empezad! —ladró.

Si la rapidez podía considerarse piedad, fue sin duda un lance piadoso.

El primer golpe cayó sobre el escudo de Yarvi y arrancó la manija de su débil sujeción, de modo que el borde le dio en toda la boca y lo dejó trastabillando. La segunda acometida la desvió con la espada porque debía de quedarle alguna pizca de instinto, aunque rebotó contra su hombro y le entumeció el brazo, pero la tercera ni siquiera la vio venir. Solo sintió un dolor intenso cuando Keimdal le barrió un tobillo del suelo, cayó de espaldas y sus pulmones soltaron todo el aire con un gemido de fuelle roto.

Se quedó tendido un momento, parpadeando. Aún se oían historias de las hazañas sin par que había protagonizado su tío Uthil en el cuadrado. Por lo visto, era posible que las de Yarvi perdurasen el mismo tiempo en el recuerdo, aunque desgraciadamente por motivos muy distintos.

Keimdal clavó su espada en la arena y le ofreció la mano.

—Mi rey.

Lo estaba disimulando mucho mejor que en los viejos tiempos, pero a Yarvi le pareció captar un sesgo burlón en la comisura de sus labios.

—Has mejorado —se obligó a responder con los dientes apretados mientras sacaba la mano mala de aquellas correas inútiles para que Keimdal no tuviera más opción que cogerla si quería ayudarlo a levantarse.

—Vos también, mi rey.

Yarvi notó la repugnancia de Keimdal cuando tocó aquella cosa retorcida, y se aseguró de hacerle unas cosquillas de despedida con el muñón de dedo. Quizá fuera una mezquindad, pero los débiles tenían que contentarse con las pequeñas venganzas.

—He empeorado —murmuró al tiempo que Keimdal regresaba con los suyos—. Por increíble que parezca.

Se fijó en el rostro de una chica que había entre los discípulos más jóvenes. Tendría unos trece años, la mirada pugnaz y un cabello oscuro que le llegaba a la altura de los marcados pómulos. Yarvi supuso que debía agradecer a Hunnan que no la hubiera elegido a ella para darle una paliza. Quizá sería lo siguiente en su ristra de humillaciones.

El maestro de armas movió la cabeza con desprecio mientras daba media vuelta y entonces la rabia se apoderó de Yarvi, implacable como una marea de invierno. Su hermano podía haber heredado toda la fuerza de su padre, pero a él le había tocado una buena porción de la furia.

—¿Va otro lance? —preguntó en tono áspero hacia el otro lado del cuadrado.

Keimdal enarcó las cejas, pero enseguida se encogió de hombros y recuperó la espada y el escudo.

—Si vos lo ordenáis...

—Ya lo creo que sí.

Los hombres más viejos murmuraron entre ellos y el entrecejo de Hunnan se arrugó aún más. ¿Tendrían que soportar más tiempo aquella farsa indigna? La vergüenza de su rey era la vergüenza de todos ellos, y en Yarvi encontraban vergüenza más que de sobra para padecerla hasta el día en que murieran.

Notó que su tío le cogía el brazo con suavidad.

—Mi rey —dijo en voz baja, suave y reconfortante. Su tío siempre era suave y reconfortante como la brisa en verano—. Quizá no deberíais forzaros demasiado.

—Tienes razón, por supuesto —respondió Yarvi.

La madre Gundring le había dicho una vez que los necios son esclavos de su furia, pero que la furia de un hombre sabio es su herramienta.

—Hurik, lucha en mi nombre.

Se hizo el silencio mientras todas las miradas se volvían hacia el Escudo Elegido de la reina, sentado en la banqueta tallada que lo distinguía como uno de los luchadores más respetados de Gettlandia. El hombretón tenía una gran cicatriz que le bajaba por toda la mejilla y acababa en una línea rala en la barba.

—Mi rey —dijo con voz atronadora a la vez que se levantaba.

Hurik pasó un brazo por la maraña de cintas del escudo caído. Yarvi le entregó su espada; en la mano enorme y llena de cicatrices de Hurik, parecía un juguete. Sus pasos rompieron el silencio mientras ocupaba su puesto enfrente de Keimdal, quien de pronto aparentaba de verdad los dieciséis años que tenía. Hurik se agachó, hundió las botas en la arena, enseñó los dientes y soltó un gruñido belicoso, profundo y palpitante, que fue ganando sonoridad hasta que el cuadrado entero pareció temblar con él, y Yarvi vio la incertidumbre y el miedo en los ojos de Keimdal, como siempre había soñado.

—Empezad —dijo.

El lance fue incluso más rápido que el anterior, pero nadie podría haberlo llamado piadoso.

Había que reconocer que Keimdal se lanzó al ataque con valor, pero Hurik contuvo el golpe con su espada y, mientras los bordes de madera se raspaban, lanzó la pierna como una serpiente a pesar de su tamaño y levantó a Keimdal del suelo. El muchacho gritó conforme caía, pero solo hasta que el borde del escudo de Hurik dio contra su frente con un impacto sordo y lo dejó medio inconsciente. Hurik, con el ceño fruncido, dio un paso adelante, plantó la bota sobre la mano de la espada de Keimdal y la aplastó contra el suelo. El guerrero gimió, con media mueca rebozada de arena y la otra media ensangrentada por el corte en la frente.

Tal vez las chicas discreparan, pero Yarvi nunca le había visto mejor aspecto.

Entonces dirigió al grupo de guerreros una mirada furibunda, como las que su madre dedicaba a quienes la contrariaban.

—Punto para mí —dijo.

Pisó al otro lado de la espada caída de Keimdal para salir del cuadrado, por una ruta calculada para que el maestro Hunnan tuviera que apartarse con torpeza.

—Habéis estado poco magnánimo, mi rey —dijo su tío Odem ajustándose al paso de Yarvi—. Pero no poco divertido.

—Me alegro de haberte hecho reír —refunfuñó Yarvi.

—Más que reír, me habéis hecho sentir orgullo.

Yarvi miró de reojo y vio que Odem le devolvía la mirada, apacible y atemperada. Su tío siempre era apacible y atemperado como la nieve recién caída.

—Las victorias gloriosas inspiran grandes canciones, Yarvi, pero las victorias sin gloria son igual de buenas una vez que los bardos han terminado con ellas. Las derrotas gloriosas, en cambio, son solo derrotas.

—En el campo de batalla no hay reglas —dijo Yarvi recordando lo que le había dicho su padre cierto día que estaba borracho y aburrido de gritar a los perros.

—Exacto. —Odem pasó su fuerte brazo por los hombros de Yarvi, quien se preguntó cuánto más feliz habría vivido si su tío hubiera sido su padre—. Un rey debe ganar. Todo lo demás es polvo.

ENTRE DIOSES Y HOMBRES

—Madre Sol y Padre Luna, que vuestras luces de oro y plata brillen sobre esta unión entre Yarvi, hijo de Laithlin, e Isriun, hija de Odem...

Las gigantescas estatuas de los seis altos dioses los miraban con sus despiadados ojos granates. Por encima de ellos, en unas hornacinas que bordeaban la cúpula del techo, relucían las figuras de ámbar de los dioses menores. Todos ellos estaban juzgando la valía de Yarvi, y sin duda encontrándolo tan deficiente como se encontraba él mismo.

Cerró su mano atrofiada e intentó ocultarla bajo la manga. En el Salón de los Dioses todos sabían a la perfección lo que tenía al final del brazo. O lo que no tenía.

Aun así él procuraba que no se viera.

—Madre Mar y Padre Tierra, concededles vuestras cosechas y vuestra abundancia, y haced que gocen de buena suertedeclima y buena suertedearmas...

En el centro del salón había una tarima sobre la que se hallaba la Silla Negra. Era una reliquia élfica de tiempos anteriores a la Ruptura de la Diosa, forjada con artes perdidas a partir de una sola pieza de metal negro, de fuerza y delicadeza imposibles y sin una sola rayadura a pesar de los años transcurridos, que eran muchos.

—Madre Guerra y Padre Paz, concededles la fuerza para enfrentarse a lo que les depare el destino...

Yarvi había esperado hacerse clérigo, renunciar a tener esposa e hijos sin pensarlo dos veces. Besar la anciana mejilla de la abuela Wexen cuando superase la prueba era lo más cerca que había esperado estar del romanticismo. Ahora debía compartir su vida, por miserable que fuese, con una chica a la que apenas conocía.

La palma de la mano de Isriun sudaba contra la suya, dentro de la tela sagrada que las envolvía juntas en un fardo incómodo. Estaban agarrados entre ellos, empujados hacia el otro por deseo de sus padres y atados por las necesidades de Gettlandia, pero seguía dando la sensación de que existía un abismo inabarcable entre los dos.

—Oh, Aquel Que Germina La Simiente, concédeles una progenie sana...

Yarvi sabía lo que estaba pensando hasta el último invitado: «Y no una progenie tullida, no una progenie manca». Aventuró una mirada de reojo hacia la muchacha menuda, delgada y rubia que en un principio iba a casarse con su hermano. Parecía temerosa y un poco mareada. Pero ¿cómo no iba a estarlo si se veía obligada a casarse con medio hombre?

Aquella situación era la segunda mejor alternativa para todo el mundo. Un día de celebración que todos lamentarían. Una concesión trágica.

—Oh, Aquella Que Protege Las Cerraduras, mantén a salvo su hogar...

El único que estaba disfrutando era Brinyolf, el tejedor de plegarias. Había hilvanado una bendición grandilocuente para el compromiso entre Isriun y el hermano de Yarvi, y ahora, para su propio deleite ya que no para el de ella, tenía la ocasión de componer otra. Su voz siguió con el sonsonete, exhortando a los altos dioses y los dioses menores para que les concedieran fertilidad en sus tierras y obediencia por parte de sus esclavos, y no habría sorprendido a nadie que lo siguiente fuese elevar una súplica por la regularidad en sus intestinos. Yarvi encorvó los hombros, lastrado por una de las pesadas pieles que había llevado siempre su padre, y sintió auténtico pavor ante lo mucho que Brinyolf podía prolongar su bendición el día de la boda en sí.

—¡Oh, Portadora del Aguamanil, vierte la prosperidad en esta real pareja, en sus progenitores y en sus súbditos, y en Gettlandia entera!

El tejedor de plegarias se retiró dando un paso atrás, orgulloso como un padre primerizo, mientras su barbilla se fundía con su grasienta papada.

—Seré breve —dijo la madre Gundring con solo una fugaz mirada cómplice a Yarvi, que dejó escapar un resoplido al contener la risa, vio puestos en él los ojos fríos como el mar de invierno de su madre y ya no tuvo que contener una segunda—. Un reino se sostiene sobre dos bases. Ya tenemos un rey fuerte. —Nadie estalló en carcajadas; una compostura admirable—. Pronto, dioses mediante, también tendremos una reina fuerte.

Yarvi se percató de que a Isriun le palpitaba el cuello al tiempo que tragaba saliva.

La madre Gundring hizo acercarse a la madre de Yarvi y a su tío Odem, el único que parecía contento de asistir a la ceremonia, para que dieran su consentimiento poniendo las manos sobre el fardo de tela. Después, con cierto esfuerzo, alzó su báculo, todo brillantes tubos y varas del mismo metal élfico que la Silla Negra, y proclamó:

—¡Están comprometidos!

Ya estaba hecho. A Isriun nadie le había pedido su opinión sobre el asunto, como tampoco a Yarvi. Las opiniones de los reyes no parecían despertar demasiado interés. O al menos, no la de ese en concreto. Las cien personas o más que había presentes cumplieron tributándoles un aplauso contenido. Los hombres, que encabezaban varias de las principales familias de Gettlandia y lucían oro en la empuñadura de la espada y la hebilla de la capa, se aporrearon el amplio pecho en señal de satisfacción. Las mujeres, de pelo brillante por el aceite recién aplicado, con la llave de su casa colgada al cuello en su mejor cadena enjoyada, hicieron tabalear recatadamente los dedos en la palma de la mano.

La madre Gundring desenvolvió la tela sagrada que rodeaba sus manos y Yarvi apartó con ansia la suya, rosada como si la hubieran acribillado a picaduras y entumecida. Aunque Yarvi no había hecho más méritos que quedarse allí plantado y cantar unas promesas que apenas entendía, su tío le agarró los hombros y le dijo al oído:

—¡Muy bien hecho!

Los invitados fueron saliendo del salón ordenadamente, y Brinyolf cerró tras él los portones con un estruendo que provocó ecos, dejando a Isriun y Yarvi solos con los dioses, la Silla Negra, el peso de su futuro incierto y un silencio tan prolongado como incómodo.

Isriun, que se estaba frotando con suavidad la mano que había sostenido la de Yarvi, miraba al suelo. Él la imitó, aunque allí abajo no hubiera nada demasiado interesante. Carraspeó. Se ajustó el cinto de la espada, que aún se le hacía incómodo. Intuyó que nunca se acostumbraría a él.

—Lo siento —dijo por fin.

Ella levantó la mirada y un ojo brilló en la densa oscuridad.

—¿Qué es lo que sientes? —Y entonces se acordó de añadir, con timidez—: Mi rey.

Yarvi estuvo ...