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MENTIRA Y SORTILEGIO

Elsa Morante

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Fragmento

1

Una sepultada en vida y una mujer perdida.

Ya hace dos meses que mi madre adoptiva, mi única amiga y protectora, murió. Era apenas una niña cuando, huérfana de padre y madre, fui recogida y adoptada por ella; desde entonces —han pasado más de quince años—, siempre vivimos juntas.

La funesta noticia ya se ha propagado por todo el círculo de sus conocidos; y, terminadas desde hace tiempo las visitas casuales de algún desinformado que durante los primeros días aún venía a buscarla, nadie sube ya a este viejo piso, en el que me he quedado sola. No había transcurrido más de una semana del entierro cuando también nuestra única criada, empleada desde hacía poco, se despidió con una excusa cualquiera, poco dispuesta a aguantar, imagino, el desierto y el silencio de nuestras paredes, antes acostumbradas a la mundanidad y al ruido. Y yo, aunque la herencia de mi protectora me permita vivir con cierta holgura, no deseo disponer de nuevo personal. Así que, desde hace varias semanas, vivo encerrada aquí dentro, sin ver un alma viviente, excepto a la portera, encargada de traerme la compra, y a mí misma, reflejada en los numerosos espejos de mi morada.

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Algunas veces, mientras deambulo por las habitaciones sin nada que hacer, mi reflejo sale al paso a traición; me sobresalto al ver moverse una figura en estas fúnebres aguas solitarias y luego, cuando me reconozco, permanezco inmóvil observándome, como si contemplase una medusa. Miro a la grácil, nerviosa persona arrebujada en el vestido rojizo de siempre —no me preocupo por llevar luto—, las trenzas negras que coronan su cabeza recogidas en un peinado anticuado y negligente, el rostro consumido, de piel un punto oscura, y los ojos grandes y ardientes, como esperando siempre hechizos y apariciones. Y me pregunto: «¿Quién es esta mujer? ¿Quién es esta Elisa?». A menudo, como solía hacer de niña, aparto la vista del espejo, con la esperanza de verme reflejada de nuevo completamente diferente en cuanto lo vuelva a mirar; porque, desaparecida mi segunda madre, la única que tuvo a bien alabarme, e incluso juzgarme guapa, vuelve a surgir en mí, con más fuerza cada día, la antigua aversión por mi propia figura.

Sin embargo, tengo que reconocer que esta figura familiar, aunque poco agradable, no tiene una apariencia disoluta o deshonesta. El fuego de sus ojos negros como los de una mulata no tiene nada de sensual; a veces, posee la vivacidad inquieta que puede reconocerse en los ojos de un chico rebelde, y otras, la mística determinación de los contemplativos. Esta desangelada criatura llamada Elisa puede parecer en algunos momentos una niña vieja y en otros una niña malcriada; pero es innegable que en todos y cada uno de sus rasgos denota timidez, soledad y orgullosa castidad.

Ahora bien, un visitante desconocido que entrase en esta casa notaría seguramente, no sin asombro, un curioso contraste entre mi persona y mi morada. Me ahorro el describirles este muestrario del pésimo gusto y de la vergüenza; estos muebles apretujados, chabacanas y vulgares imitaciones de los estilos más variados; y la tapicería chillona y sucia, los cojines, las figuritas pretenciosas y las baratijas; las fotografías retocadas con acuarela y negras de polvo, a menudo acompañadas de dedicatorias pueriles; y los grabados y estatuillas cuyas figuras y poses son, a menudo, como para ruborizar a cualquier persona decente que pusiera en ellas su mirada —en el caso inverosímil de que una persona de esta suerte se dejara caer por aquí—. La verdad es que la difunta propietaria y decoradora de esta casa no parecía preocuparse mínimamente de ocultar, sino más bien ostentaba, su vida desvergonzada y proclamaba a los cuatro vientos, por todas sus habitaciones, el haber sido lo que por aquí llaman una mala femmina. Tal fue, en verdad, mi segunda madre; tal fue desde su primera juventud y hasta su muerte, que la sorprendió en la madurez floreciente de los cuarenta y cuatro años de edad. Y no ignoro, desgraciadamente, que estas cuatro paredes ahora abandonadas y fúnebres fueron testigos, durante los largos años en que ella las habitó, de lo que bastaría para condenar al infierno no a una mujer, sino a mil.

Dicho esto, podría parecer aún más extraño, y casi increíble, que bajo este mismo techo la que escribe esto haya llevado, desde el día en que de niña fue amparada hasta hoy, una existencia apartada y casta como si hubiese vivido en un convento de clausura. Y mi madre adoptiva, aunque a veces no me ahorraba sus mofas, benévolas casi siempre, pero en alguna ocasión crudas y brutales, respetó, sin embargo, mis costumbres y no permitió a nadie que las perturbara. A decir verdad, al principio de nuestra vida en común intentó curar mi esquivez y modestia. Casi inmediatamente, no soportando verse rodeada de colores tétricos y mortecinos, me quitó los vestidos de luto, y, juzgándome demasiado pálida, solía avivarme las mejillas con un poco de colorete. Cambió además mi peinado, soltando mi tupido cabello, que yo llevaba recogido en dos trenzas; compró para mí a los quincalleros varios anillitos, collares y pasadores falsos, y un par de pendientes también falsos, que solía colgarme por medio de dos hilos de seda, al haberse despreocupado mi madre cuando nací de agujerearme las orejas. Así, tras haberme peinado, acicalado y pintado un poquito, si había visitas me llamaba al salón, para mostrarme a sus amigas. Y yo, por obediencia, acudía presurosa, trémula y muda; parecida, con mi enorme cabellera encrespada, a un animalito de pelaje desmesurado y extremidades diminutas, irrisorias, familiarizado con los climas bárbaros. Las presentes, recuerdo, comentaban entre risas y chanzas mi hosquedad; pero no se ensañaban nunca demasiado conmigo, aun teniendo muchas ganas de hacerlo, ya que conocían muy bien la violencia, e incluso ferocidad, con que mi protectora sabía defender lo que le pertenecía. Sin embargo y no obstante su prudencia, yo me ponía colorada como el fuego con sus bromas; y mis miradas perdidas y tímidas buscaban las de mi protectora, en cuyas faldas me refugiaba temblando de pies a cabeza, como si tuviese fiebre.

Escenas parecidas, repito, podían darse al principio; pero después mi protectora acabó por claudicar ante mi meditabunda y solitaria índole, y renunció a enderezar mis inclinaciones, que por otra parte eran para ella, mi anfitriona, las menos molestas del mundo. Poco a poco, mis apariciones en sociedad se volvieron cada vez más infrecuentes y fugaces, y los que visitaban la casa dejaron de interesarse por mi persona y por mi existencia prácticamente invisible. Me consideraban, supongo, una chica un poco loca, inofensiva, que la señora tenía en la casa por un capricho suyo, como otros crían una melancólica lechuza o una tortuga.

Así, de los innumerables personajes que vagaron a mi alrededor en esta casa durante los años allí transcurridos, de sus fiestas, altercados y escenas, y de las señoras de curiosa vestimenta, de mucho gesticular, estrépito y vocerío, me ha quedado en la memoria un cuadro enmarañado, extravagante y convulso, carente de significado alguno. No muy diferente, creo yo, se antojará un teatro con su escenario, sus máscaras y luces, y actores y bailarines, a un monito, o a un perrito, o tal vez a un tímido conejo que, fiel a un guión, tenga que representar un papel de figurante fugaz durante una escena.

Así las cosas, ustedes querrán saber qué circunstancias me llevaron a encontrar refugio entre estas paredes, y a ello responderé en el curso de esta historia. Pero también se preguntarán, imagino, con una pizca de ironía: así pues, ¿cómo es que una chiquilla tan esquiva y virtuosa, pudo, llegada a la edad de la razón, seguir viviendo en la casa de una señora tan indigna y aceptar las ventajas que esta le ofrecía?; y aún más: ¿cómo puede aceptar vivir todavía con un dinero así ganado que le dejó en herencia?

A tales preguntas no puedo dar ninguna respuesta que me justifique. Reconozco mi flaqueza moral pasada y presente, contra la cual ninguna excusa aducida por mí podría valerme el perdón; y no puedo hacer otra cosa que intentar contarla describiendo mi vida y mi carácter. Por otra parte, no ignoro que mi explicación no será desde luego suficiente para obtener la absolución; más bien servirá para confirmar mi condena.

Pues bien, ni espero perdón ni deseo la simpatía de los demás. Solo pretendo ser sincera.

Sin otra finalidad, empezaré por decirles que mi madre adoptiva fue, después de mi verdadera madre, la persona a la que más quise. Mi corazón podría parecerse a aquellos antiguos principados en los que al pueblo se aplicaba una ley diferente que a los grandes; estos eran en cierto modo no solo inmunes al castigo, sino también a la culpa. Y las mismas acciones que para los humildes constituían delito, eran lícitas y justas para ellos.

Es decir, yo nunca tuve que perdonar vicios a las personas que quise porque nunca vi vicio alguno en ellas. A la luz de su sustancia luminosa, como sucede con el fuego, los mismos pecados que odiaba en otras personas perdían su sentido, consumándose en el fervor y la pureza; y la vida del ser querido para mí tenía un altivo esplendor. Así, los delitos de mi protectora perdían su significado delictivo; y no llamaba infamia a sus infamias. Si en un altercado oía a alguien gritarle el nombre que ella desgraciadamente se merecía, yo me ofendía como si fuera una irreverencia; siendo tal mi necedad no maravillará a nadie que no haya intentado nunca, ni siquiera soñado, una redención, utópica por otra parte, de mi benefactora. Añado que todavía hoy, mientras mi razón me sugiere el exacto juicio acerca de la difunta, continúo, a pesar mío, viéndola bajo el aspecto inocente y radiante en que la vi mientras vivió. Y si afirmo: «Se ha condenado», siento al mismo tiempo una especie de malicioso regocijo; como si mi afirmación fuera una broma, y, secretamente, yo no tuviera ninguna duda de que mi risueña magnífica difunta está en el Paraíso y no puede estar en ningún otro lugar. Esta es, en realidad, la prueba final de mi necedad que viene a añadirse a mis culpas. ¡Pensar que el cielo me sea cómplice!, ¡y pretender que amolde su justicia a mis elecciones y glorifique los afectos de la tonta de Elisa!

Mi protectora, por su parte, también me profesó un tierno afecto que, como más adelante veremos, nació en ella durante un trágico verano de mi infancia y que duró hasta su muerte. En efecto, aun siendo por índole y elección suya —no por maldad de la sociedad o por destino— una aventurera libertina, permanecía fiel y devota a sus verdaderos sentimientos. Esta contradicción era el aspecto más encantador de su carácter; pero, por supuesto, a pesar de su afecto, sus innumerables y complicados pasatiempos le permitían dedicarme solo una pequeña parte de sus días y de su atención.

Durante la niñez, esto me causó un amargo despecho y sufrimiento. Por lo tanto, no puedo afirmar con toda sinceridad no haber aborrecido en la justa medida la disipación de mi querida madre adoptiva; pero lo que odiaba no era la perdición de su alma, sino mis celos.

Estos celos intensificaron mi inclinación a la soledad y en ella encontré una medicina tan eficaz y reconfortante que en los últimos tiempos había llegado, aun amando a mi protectora, a rehuirla a menudo. Prefería su presencia imaginaria, transfigurada y domada por la imaginación según mis deseos, a su presencia carnal.

Y aquí estoy, efectivamente, dispuesta a contarles el motivo más secreto de mi flaqueza moral; que es además, podría asegurarse, la razón que inspira este libro, y los numerosos personajes que en él aparecen.

2

Santos, sultanes y grandes capitanes en mi habitación. Se anuncia al misterioso Alvaro.

Las pocas habitaciones que hay en nuestro piso dan todas menos una a un largo pasillo que dobla al final, formando un ángulo recto, ...