Loading...

MENTIRAS

Yrsa Sigurdardóttir

0


Fragmento

Prólogo

28 de enero de 2014

CENTRAL DE LA GUARDIA COSTERA: ¿Situación?

HELICÓPTERO TF-LÍF: Ya vemos los Tres Islotes. Llegaremos enseguida.

CENTRAL: Mantened los ojos bien abiertos. Si hay buena visibilidad buscad por la superficie. Podríais hallar al desaparecido.

TF-LÍF: De acuerdo. ¿Lleva chaleco salvavidas?

CENTRAL: Seguramente no. No estáis buscando a un hombre con vida. Se da por muerto.

TF-LÍF: De acuerdo. De momento no vemos nada. ¿Puede que se haya hundido?

CENTRAL: Posiblemente. Lleva dos días en el agua, así que ya no deben de quedar restos de aire en su cuerpo. Y todavía es pronto para que flote. En esta época del año el agua está fría de cojones. Dudo que se hayan formado gases.

TF-LÍF: ¿Habéis consultado las corrientes?

CENTRAL: Creemos que el cuerpo podría ir a parar a la costa de Hafnarvík. Aunque es igual de probable que lo haga en Landeyjasandur. No se sabe a ciencia cierta el momento exacto en que cayó al mar.

Recibe antes que nadie historias como ésta

TF-LÍF: Entendido.

CENTRAL: Ha llegado un aviso. El coche de la policía está ya en el hangar, así que seréis bien recibidos cuando volváis.

TF-LÍF: (Ruido, sonido incomprensible.)

CENTRAL: No he entendido esto último, ha habido interferencias.

TF-LÍF: Nada importante. Nos quedan tres millas náuticas y ya distinguimos bien el islote.

CENTRAL: ¿Veis a las personas?

TF-LÍF: No. Quizá cuando estemos más cerca.

CENTRAL: ¿Cómo se encuentra el policía? ¿Parece estar bien?

TF-LÍF: Creo que sí, no podríamos tener mejores condiciones. Pero le puedo preguntar. (Ruido, sonido incomprensible.) Sí, dice que está bien. Al menos no se le ve muy pálido. Ya veremos después del descenso.

CENTRAL: Ya veremos. (Risas.)

TF-LÍF: Estamos reduciendo la velocidad. Hay un objeto flotando al oeste del islote, a casi una milla de distancia. Vamos a ver qué es.

CENTRAL: De acuerdo. Aunque me extrañaría que se tratara del hombre. La corriente lo tendría que haber arrastrado mucho más lejos.

TF-LÍF: Estoy mirando por los prismáticos. (Interferencias, zumbido.) Es una persona. Joder.

CENTRAL: ¿Muerta o tal vez viva?

TF-LÍF: Muerta, definitivamente. Está flotando boca abajo. No se mueve.

CENTRAL: De acuerdo. Era lo que esperábamos. Tiene que ser el desaparecido. Id a buscarlo después de recoger a los que están en el islote. Esas eran las órdenes. ¿Recibido?

TF-LÍF: Recibido. Vamos a dar la vuelta. No se alejará mucho. (Interferencias.) ¡Hostia! ¿Me recibís?

CENTRAL: Sí. ¿Qué ocurre?

TF-LÍF: Hemos detectado otro cadáver. A los pies del islote, encajado en un saliente de roca.

CENTRAL: ¿Qué? ¿Estás seguro?

TF-LÍF: Totalmente. Es una persona. Muerta.

CENTRAL: Joder. Solo lleváis una bolsa, ¿no?

TF-LÍF: Sí. Teníamos entendido que solo había un cadáver. ¿Cómo procedemos?

CENTRAL: Izad ambos cuerpos. Colocad el otro sobre la camilla y cubridlo con una manta. Os confirmo mientras descendéis. Puede que tengáis que venir a Reikiavik y luego volver al islote. Podría ser un mal trago para los pasajeros. Aunque algo me dice que los de contabilidad preferirán que hagáis un solo viaje.

TF-LÍF: Seguiremos órdenes. Ahora estamos sobrevolando el islote. No sé cómo explicarlo, pero estamos viendo un cuerpo tirado en las escaleras del faro. A su lado hay una persona arrodillada. El del suelo parece un hombre y la otra es casi seguro una mujer. La situación tiene muy mala pinta.

CENTRAL: ¿Se encuentra bien el hombre?

TF-LÍF: No se mueve. Pero podría estar dormido. Mierda. (Juramentos, interferencias.)

CENTRAL: TF-LÍF, ¿qué ocurre?

TF-LÍF: La mujer lleva un cuchillo. Parece habérselo clavado en un costado o en el corazón. No alcanzo a verlo bien. El hombre todavía no se ha movido.

CENTRAL: Descended inmediatamente. Que baje primero nuestro hombre y luego el policía.

TF-LÍF: Recibido. Debo cortar la comunicación mientras les ayudo a prepararse. Mierda.

CENTRAL: ¿Qué ocurre ahora?

TF-LÍF: Algo le pasa a esa mujer. Está gritando y mirando hacia arriba, probablemente hacia nosotros. Ah, no. Más bien parece reírse.

CENTRAL: Dile a nuestro hombre que vaya con cuidado cuando baje. Que se suelte cuanto antes y que esté preparado por si la mujer intenta agredirlo. Si lleva un cuchillo debe extremar las precauciones. Aclárale que puede usar la fuerza en caso de necesidad. Y recuérdale lo pequeño que es el islote. No queremos que se caiga por el precipicio. Es fundamental que espere tranquilo si ve que la mujer no tiene intenciones de acercarse a él. Que no se mueva de la plataforma de aterrizaje hasta que el agente haya bajado también.

TF-LÍF: Recibido. Gaui irá primero. Después el policía. Les comunico todo lo demás.

CENTRAL: Mucha suerte.

TF-LÍF: Gracias. Qué catástrofe… (Interferencias, se corta la comunicación.)

1

26 de enero de 2014

A Helgi le invade una sensación de déjà vu, como si ya hubiera hecho este viaje antes. Solo recuerda fragmentos sueltos de su sueño, pero a medida que avanza el vuelo va refrescando cada vez más detalles. No hay nada de misterioso, no son más que una serie de elementos que coinciden con lo recreado de noche por su imaginación: el malestar en el estómago cuando el helicóptero se ha elevado en el aire, el hormigueo en la planta de los pies debido a la vibración de la carcasa de acero y el angustioso presentimiento de haberse dejado algo en casa. Otras cosas no coinciden tanto; por ejemplo, a pesar de no recordar las caras de sus compañeros de viaje en el sueño, sabe que los de ahora son totalmente distintos. Tampoco es capaz de recordar cómo terminaba su aventura justo antes de que la alarma lo despertara sobresaltado muy temprano por la mañana. No está habituado a madrugar en invierno: los fotógrafos no suelen tener motivos para levantarse antes de que salga el sol. Pero siempre hay excepciones, como la de hoy. En realidad se podría haber quedado un poco más en la cama, ya que la salida se ha retrasado varias veces hasta que por fin les han dado luz verde a mediodía. Sin embargo, su sueño todavía lo incordia, quizá porque ayer se acostó pensando que iría acompañado de una sola persona, Ívar, el hombre que le había hablado de aquella aventura y el que había despertado en él sus ganas de apuntarse. Pero al llegar al aeropuerto se ha enterado de que venían otros dos pasajeros. La extraña coincidencia con su sueño lo ha dejado más intranquilo de lo que le gustaría admitir.

Helgi se inclina para mirar por la ventanilla. Aunque las orejeras hacen que el ruido sea algo más llevadero, el helicóptero no ha dejado de atronar desde que las aspas han comenzado a girar en Reikiavik. Helgi tiene la impresión de que el enorme casco de seguridad les servirá de bien poco en caso de que tengan un accidente a semejante altura. Se lo ajusta mejor para amortiguar más el estruendo, pero no lo consigue. Quizá el propósito de las orejeras no sea el de minimizar los ruidos, sino el de permitir la comunicación en el interior del helicóptero. Aunque eso todavía está por comprobar. Los pilotos intercambian algunas palabras y los cuatro pasajeros escuchan sin participar en la conversación. Helgi espera que el diálogo entre ellos no siga esa línea después de aterrizar. Pero tampoco le preocupa, en todo caso la experiencia de estar en un peñasco perdido en medio del océano va a ser tan abrumadora que cualquier charla insustancial estará de sobra.

En el casco se oyen unos chasquidos y después una estridencia seguida de una voz lejana:

—Tenlo todo preparado por si quieres hacer fotos desde aquí arriba.

Helgi murmura algo que no entienden ni él ni los demás pasajeros. Le incomoda que todos escuchen su voz a través del aparato. Poco después del despegue ya ha tenido que responder al piloto cuando este se ha ofrecido a sobrevolar el barrio de Skerjafjörður para que Helgi pudiera fotografiar la operación policial que estaba teniendo lugar en la zona. En realidad, a Helgi le hubiera gustado agradecerle el gesto y pedirle que se limitara a continuar su camino, pero no se ha atrevido a hacerlo por miedo a quedar como un desagradecido. La Guardia Costera se había portado muy bien con él. Al final ha fotografiado por la ventanilla las luces azules de los vehículos mientras el piloto ladeaba el helicóptero, y ahora tiene una colección de fotografías aéreas más bien inútiles que borrará en cuanto pueda.

Helgi busca a tientas la pesada bolsa de la cámara y se arrepiente de no haberla dejado antes fuera de su alcance. Cada vez que se inclina hacia delante el cinturón de seguridad le da un tirón en el hombro como para advertirle de la temeridad de sus movimientos. Sin embargo, su cabeza le dice que si el helicóptero cayera en picado el cinturón le será tan útil como el casco. Ahora bien, lo echa en falta en cuanto uno de los pilotos se gira para desabrochárselo, atarle una cuerda de seguridad y abrirle la puerta lateral. Por mucho que cuestione la utilidad del cinturón, prefiere mil veces que le impida moverse del asiento. Al apoyarse en el borde de la puerta comienzan a flaquearle las piernas y, bajo la atenta mirada de sus compañeros de viaje, blande la cámara con sus manos temblorosas tratando de hacer como si nada. Se considera afortunado por no tener que dedicarse a ese tipo de fotografía. Lo único que le queda es engañarse a sí mismo y pensar que cabría la posibilidad de sobrevivir si cayera al mar.

Helgi siente vértigo y al principio le cuesta respirar. No le ayuda la certeza de que no puede caerse del helicóptero. Contempla el mar agitado y le invade la hechizante tentación de desatarse la cuerda y tirarse. El océano lo recibiría con los brazos abiertos. Pero la fuerza del viento se cuida de quitarle la idea de la cabeza y el sabor a sal le recuerda despiadadamente lo que realmente le espera abajo: un frío terrible y una muerte segura. Helgi traga saliva y cierra los ojos unos segundos. Lo único que quiere es pedirle al copiloto que cierre la puerta para poder volver a su asiento.

Pero tiene que echarle agallas. A la mínima muestra de debilidad podrían llevarlo de vuelta a Reikiavik. O tal vez el miedo lo asedie y luego no se atreva a descender por la cuerda. Es consciente de que si deja escapar esta oportunidad no se le presentará otra igual. Es ahora o nunca. Suelta el borde de la puerta con determinación y levanta la cámara. Los grandes peligros parecen ahora más inofensivos a través del objetivo, como si simplemente se hubieran convertido en material fotográfico que debe capturar. Sus manos han recuperado las fuerzas y agarran con firmeza la aparatosa cámara. Ahora solo verá lo que él decida encuadrar.

El viento se lleva volando su ansiedad. Helgi aprieta el zoom con decisión y los islotes parecen volar hacia él como si no pudieran esperar a que él llegue hasta ellos. Hace algunas fotos de los cuatro peñascos y luego aumenta el zoom hasta que el más grande ocupa todo el campo de visión.

—¿Te das cuenta de que son cuatro? No tres. —Helgi regresa de nuevo al ruido y a la sensación de inseguridad del helicóptero. Se agarra con fuerza al borde de la puerta y asiente mirando al copiloto, que le sonríe desde su asiento—. Alucinante que los contaran así de mal.

Helgi le devuelve una tímida sonrisa y se gira de nuevo hacia los peñascos.

¿Cómo podían haber llamado «los Tres Islotes» a aquellas cuatro garras de roca que emergían entre las olas? Tal vez parecieran tres desde la costa sur del país o desde las islas Vestmannaeyjar, pero en algún momento alguien debía de haber caído en el error, ya que cada uno tiene su propio nombre: el Redondo, el Mogote, el Quebrado y el Gran Islote. Helgi tiene claro cuál es este último, pero no es capaz de identificar los demás.

El Gran Islote se alza sobre el océano como una columna ligeramente inclinada bordeada de acantilados. Helgi se pregunta cómo ha podido resistir el incesante embate de las olas, por no hablar de los terremotos. Tiene que estar hecho de una roca increíblemente dura, a menos que represente los vestigios de una isla mucho más grande esculpida por las fuerzas de la naturaleza y que terminará sucumbiendo al paso del tiempo.

—Si quieres puedo volar entre los islotes y por encima del faro. No tenemos prisa.

El piloto vuelve a girarse para ver la reacción de Helgi. Está claro que ha perdido toda esperanza de que los pasajeros utilicen el intercomunicador.

Helgi asiente de nuevo y se vuelve a centrar en las posibilidades fotográficas. La tenue luz es perfecta y baña un océano azul verdoso adornado con un blanco oleaje que arremete contra las rocas. El mar parece un manto de terciopelo con bordes de encaje, aunque esa imagen no podría estar más alejada de la realidad: el faro, el motivo de su viaje, fue construido para evitar que los marineros murieran en la noche arrastrados por las olas contra los islotes. Impresiona pensar que en aquellos tiempos lograran erigir un faro en lo alto del Gran Islote. Helgi ha leído sobre su construcción durante el estallido de la Primera Guerra Mundial. En aquel entonces no había helicópteros, así que debía transportarse el material y la mano de obra por barco hasta allí para luego subir cuarenta metros de acantilado. Helgi se pregunta —y no por primera vez— si antiguamente los hombres estaban hechos de otro material y si tal vez el hombre moderno también sería capaz de lograr semejante hazaña, pero simplemente no tiene oportunidad de demostrarlo. Ante él ve una cadena que cuelga del precipicio. Solo en caso de extrema necesidad accedería a escalar por ahí teniendo ese hierro oxidado como única ayuda.

Justo cuando ya cree que sus fotos son lo suficientemente buenas como para que los riesgos de este peculiar viaje hayan merecido la pena, la voz del piloto vuelve a resonar en el casco:

—¿Ya vais a caber ahí los cuatro? Si casi no hay espacio…

Helgi ignora el comentario y se centra en hacer fotos. Oye el murmullo de los otros pasajeros.

El helicóptero sobrevuela el faro y los cuatro comprueban que la pregunta tiene todo el sentido del mundo. Salvo el faro y la plataforma cuadrada de aterrizaje, construida mucho tiempo después, en el Gran Islote no hay más que acantilados. Dos empinados repechos flanquean el faro, pero son tan abruptos que parecen imposibles de escalar. Las fotos que Helgi había visto en internet no eran más que un vago reflejo de lo que tiene ahora frente a él. Una vez más la realidad supera las imágenes bidimensionales de forma tan apabullante que Helgi baja las manos desanimado. ¿Cómo va a poder capturar ese espectáculo en una foto y hacer que la gente se quede tan boquiabierta como él está ahora? Helgi inclina ligeramente la cámara para compensar el ángulo del helicóptero y dispara. De por sí suele acobardarse en situaciones menos desafiantes, pero esta vez decide apartar sus miedos y dejarse llevar por su intuición de fotógrafo. No pasa nada porque no le salgan bien; en el peor de los casos se tendrá que conformar con una serie de fotos de las que pocos pueden alardear. Rara vez la Guardia Costera permite que vayan fotógrafos en un viaje así, ¿y quién puede permitirse alquilar un helicóptero solo para hacer fotos? Cuando lo llamaron para confirmarle que le concedían su petición, se sorprendió tanto que se quedó mirando el teléfono con la boca abierta después de que hubieran colgado. No es que la vida le sonría todos los días. Mejor no le podría haber ido. Eso sí, ahora tiene que hacer buenas fotos.

El helicóptero sobrevuela el islote y los pasajeros dejan de ver la plataforma cuadrada de aterrizaje, ya que ahora la tienen justo debajo. La única ventana del diminuto edificio blanco está tapada con tablones y es como si el faro los mirara fijamente con un ojo ciego.

—Bienvenidos al faro de los Tres Islotes.

Los pilotos se giran sonriendo con complicidad. Luego intercambian una mirada y pulsan una serie de botones en el cuadro de mandos. Da la impresión de que están a punto de romper a reír ante lo que les aguarda a los pasajeros. Y no es de extrañar, porque los cuatro tienen la mirada clavada en ese inhóspito paraje donde van a pasar las próximas veinticuatro horas y ninguno parece morirse de ganas por tocar tierra. En todo caso, no por el único camino posible: en línea recta hacia abajo. Helgi hace fotos del faro, pero el helicóptero se tambalea y le cuesta mantener fijo el encuadre.

—Vamos a comenzar el descenso, así que es mejor que vayas terminando y vuelvas a tu asiento.

El piloto suena más autoritario que antes. Helgi hace dos fotos más, pero no se molesta en mirarlas, sabe que no han salido bien. Se apretuja en su asiento, se quita la cuerda de seguridad y se abrocha el cinturón.

El copiloto prepara el cabestrante, las cuerdas y los arneses. Da una palmada en la rodilla del pasajero sentado junto a la puerta y le pide que se levante para ajustarle el equipamiento. Intercambian unas palabras mientras estira con fuerza de todas las correas. Entonces se colocan junto a la puerta, que el miembro de la tripulación vuelve a abrir sin pestañear. Pero el pasajero da instintivamente un paso hacia atrás. De nuevo hablan entre ellos y el copiloto le explica con gestos lo que tiene que hacer. Lo siguiente que ven Helgi y sus compañeros es que el hombre se sienta y sus piernas cuelgan del helicóptero. Evitan cruzar la mirada entre ellos, pero automáticamente los tres se inclinan hacia atrás en sus asientos todo lo posible. Pronto les va a tocar a ellos.

Después le sigue el otro hombre y a continuación la única mujer del grupo. Helgi admira lo bien que disimula su inseguridad, que se intuye por el temblor de sus manos finas y la palidez de su rostro de ojos hundidos. Helgi no se resiste a hacerle fotos con el equipamiento puesto y se arrepiente de no haber hecho lo mismo con los hombres. Habría sido interesante compararlas después. Ellos habían hinchado el pecho y estirado la espalda; llenando los pulmones de aire llenaban también la mente de un valor imaginario. Su actuación terminaba cuando les tocaba saltar: lo último que se veía de ellos eran sus caras de pánico y sus ojos desorbitados. La expresión de la mujer, sin embargo, muestra respeto ante el miedo, pero a la vez una calma estoica que a Helgi también le gustaría tener. Sobre todo ahora que se acerca su turno.

Cuando el arnés y la cuerda están de vuelta, el copiloto le hace una señal y Helgi se pone de pie con las piernas temblando. Como un condenado de camino a la soga, deja que le aten las cuerdas, introduce las piernas por las correas y hace muecas mientras el copiloto comprueba que todo está bien ajustado. Cuando le palpa el cuerpo, le invade su ya familiar vergüenza por su exceso de peso y se pregunta si el equipamiento no estará hecho en realidad para personas más delgadas. ¿Y si se cae porque pesa demasiado? Pero no dice nada, no quiere hablar de su sobrepeso con un desconocido; se acerca a la puerta abierta como los demás y deja que sus piernas cuelguen por encima del islote. Asoma la cabeza y ve a los otros tres pasajeros en la plataforma de aterrizaje. Ellos lo miran y mueven los brazos animadamente como para darle la bienvenida y hacerle entender que la bajada no es tan traumática como parece. Si ellos lo han hecho, él también. Seguro que es como cuando uno se baja de la montaña rusa y luego hace gestos con las manos a los que se van a montar.

Pero luego viene cuando la montaña rusa descarrila al tomar una curva cerrada. O porque uno de los pasajeros está demasiado gordo.

Helgi se suelta y comienza a bajar. Siente la corriente de aire contra su cuerpo y la cuerda le parece terriblemente fina y endeble al verla pasar mientras él desciende. No puede dejar de calcular mentalmente si ya se ha acercado lo suficiente a la superficie como para sobrevivir a la caída. De pronto siente un golpe seco y una sacudida que recorre su columna vertebral como cuando un pianista desliza sus dedos por las teclas a toda velocidad. Se estira, sonríe a sus tres compañeros y se apresura a desabrocharse las hebillas para que no lo vuelvan a subir. Se angustia cuando le queda solo una: si lo izaran en ese momento, las fijaciones cederían a mitad de camino. Cuando por fin se libera, sigue con la mirada el arnés vacío hasta que desaparece en el helicóptero.

El estruendo de las aspas hace imposible que puedan hablar, así que los cuatro se limitan a mirar hacia arriba. Ninguno quiere estar justo debajo para recoger la primera caja que va a bajar. Por lo que Helgi ha podido entender antes de subir a bordo, el plan consiste en renovar el transmisor del faro, cambiar un panel solar estropeado y repintar el exterior. También tienen que hacer mediciones alrededor de la plataforma para estudiar las posibilidades de ampliarla y reforzarla a fin de que se pueda volver a aterrizar en ella. Helgi no se explica cómo se las van a arreglar para hacerlo sin despeñarse. La plataforma se apoya sobre una base de piedra, así que quien vaya a evaluar las condiciones del terreno tendrá que bajar agarrándose a las rocas y apoyarse de puntillas sobre los afilados salientes del acantilado. Helgi espera de verdad que nadie le pida ayuda.

En equipo, desatan cada caja que baja del helicóptero y la apartan para que no se interponga en el camino de la siguiente. Cuando Helgi ha dejado de sentir los brazos, ve que desciende uno de los pilotos: ya han terminado. Baja por la cuerda como si tal cosa mientras les sonríe y los saluda con la mano. Sigue de buen humor al llegar al suelo.

—¡Ya está todo! —anuncia a voz en grito. Helgi no puede evitar preguntarse si también le berreará así a su mujer sin darse cuenta después de trabajar—. Todos bien, ¿no? —Helgi asiente con reparo y los demás siguen su ejemplo—. La previsión del tiempo es buena y contamos con venir a buscaros mañana por la tarde, a no ser que nos llaméis vosotros antes. Lleváis el doble de comida, así que si consideráis necesario pasar otra noche no tenéis más que avisarnos. Llevad cuidado y procurad que no os dé ningún ataque de claustrofobia. —Al sonreír deja asomar unos dientes tan blancos como su casco—. ¡Y, por favor, nada de hacer footing por la mañana! La cosa podría acabar mal.

Vuelve a sonreír y hace una señal para que lo icen. Poco después asoma la cabeza por la puerta del helicóptero y se despide de ellos con la mano. La escotilla se cierra, el helicóptero se inclina ligeramente y después de dar un giro se aleja a toda velocidad. A medida que se pierde en la lejanía, el ruido del motor disminuye hasta desaparecer por completo.

Los cuatro se miran en silencio con incomodidad. Ívar, el conocido de Helgi, rompe el hielo y masculla que deberían meter dentro los equipos. El otro hombre, más joven, le hace caso y se pone manos a la obra. Ambos caminan por la plataforma entre montones de bultos hasta que encuentran las cajas que buscan y las abren. Por lo visto no tienen mucho miedo a las alturas. A Helgi le parece que se acercan peligrosamente al borde de la plataforma y que en cualquier descuido podrían resbalarse. Helgi se pregunta si debería hacer otro intento de hablar con sus compañeros, pero prefiere dejarlo estar. Ívar no ha querido hablar mucho con él en el aeropuerto y de hecho no parece acordarse bien de quién es, lo que tampoco es de extrañar. Helgi habló con él hacía poco en un bar que solo parecía atraer a individuos con tan pocos amigos como él y a algún que otro turista espantado ante la idea de que esa fuera la reputada vida nocturna islandesa.

Ívar estaba medio borracho y se llenaba la boca diciendo que iba a hacer un viaje trepidante que no estaba al alcance de todo el mundo. Helgi dejó que se explayara y luego le preguntó si podía acompañarlo para hacer fotos. Ívar le palmeó la espalda con fuerza y le dijo que seguramente no habría ningún problema. Le caía bien y se alegraría de que fuera con él. Helgi solo tenía que llamar y pedir permiso a la Guardia Costera mencionando que Ívar daba su visto bueno. Y así lo hizo.

Helgi observa a los dos hombres mientras dejan las herramientas a un lado y las disponen en fila ordenadamente. No hablan entre ellos, pero tampoco parece hacerles falta. Está claro que saben lo que hacen y maniobran con calma y seguridad. Helgi vuelve a alegrarse de no tener que encargarse ni del mantenimiento del faro ni de hacer mediciones alrededor de la plataforma. Le parece increíble que se pueda trabajar en un sitio tan estrecho y encuentra que las condiciones son altamente peligrosas por muchas medidas de seguridad que tomen. Lo mejor es no estorbar; de hecho esa era la única condición que le habían impuesto para concederle el permiso. Él lo había prometido alegremente, pero ahora se da cuenta de que apenas puede levantar la cámara sin entorpecer el trabajo de sus compañeros. Eso si es que en algún momento puede salir de la plataforma para llegar al faro.

A pesar de la ridícula distancia hasta el edificio, el camino parece desalentador. Helgi apoya instintivamente una mano sobre los equipos amontonados para combatir el vértigo. Por el rabillo del ojo ve que la joven también busca un punto de apoyo y se avergüenza de no ser tan hombre como los otros dos. Para disimular, se pone a hacer fotos al azar hasta que sus compañeros parecen haber terminado.

Los hombres caminan con firmeza hacia el faro y Helgi los sigue lentamente. Es consciente de que la mujer va detrás, pero no se atreve a girarse. El crujido de las piedras sueltas y la respiración acelerada le indican que lo sigue de cerca. Helgi mira concentrado hacia el faro, tan diminuto que parece haber sido construido por uno de los siete enanitos. Al llegar resopla y se apoya contra la austera edificación. La mujer se coloca a su lado con las mejillas rojas y la mirada ansiosa, como si la hubieran llevado allí en contra de su voluntad. O sin estar convencida. Su ropa de montaña gris le da un aspecto de mujer dura; en realidad no la hace especialmente sexy, pero al fin y al cabo su función principal es protegerla del frío. A pesar de su indumentaria recién estrenada, la situación no parece estar haciéndole gracia. No mucha más que a él.

Helgi abre la boca para decir algo que la anime, en buena parte para armarse él de valor, pero no encuentra las palabras que quiere y prefiere seguir callado. Ambos contemplan en silencio la vista desde el islote: un mar revuelto y brillante bajo un cielo prácticamente despejado. Helgi la mira de soslayo. Se llama Heiða, si no recuerda mal. Por sus uñas pintadas de rosa deduce que es el técnico que decidieron enviar a última hora para renovar el transmisor del faro. Así pues, Tóti, el compañero de Ívar, tiene que ser el otro operario encargado del mantenimiento del edificio. Ninguna operaria luciría unas uñas tan largas y rosas.

Ívar asoma la cabeza al interior del faro y después se gira hacia Heiða y Helgi, que siguen con la mirada clavada en el océano y el cielo. Sube los escalones de la entrada y golpea los pies contra el suelo como para sacudirse el polvo. Tóti lo sigue de cerca. Ívar suspira con las manos en las caderas y guarda un cuchillo en una funda de cuero sujeta a su cinturón. Helgi se arrepiente de no haber cogido su cuchillo de caza para encajar más en el grupo.

—Bueno —dice Ívar—. ¿A qué estamos esperando? No hay tiempo que perder si queremos tenerlo todo terminado mañana por la tarde.

Helgi se separa de la pared y al soltarse le da la sensación de que le tiemblan las piernas.

—Si queréis os puedo echar una mano. No tengo que estar haciendo fotos todo el tiempo.

Los hombres no parecen hacerle mucho caso, pero Ívar masculla que lo tendrá en cuenta. Los tres compañeros de Helgi entran en el faro; sin embargo, hay tan poco espacio que uno de ellos tiene que quedarse en la puerta. Desde donde está, Helgi escucha el rumor de la conversación y deja que le bajen las pulsaciones. Le resulta todo increíble. Ahí está, rodeado de acantilados en un peñasco del tamaño de su apartamento. Lo único que tiene alrededor es un mar helado que parece ansioso por que alguno se resbale. Este lugar no está hecho para quedarse ahí plantado de pie. Y mucho menos para pasar la noche.

A Helgi le viene otra vez su sueño a la cabeza y, aunque no lo recuerda bien, está bastante seguro de que su mente no llegó a recrear fielmente el entorno del faro. Trata de localizar con la vista el helicóptero en el horizonte, pero ya ha desaparecido. En realidad no hay mucho más que ver, así que se une a los otros y se asoma por encima del hombro de Tóti, que está esperando en la puerta.

Dentro del faro Heiða e Ívar se agachan sobre un objeto, pero no puede ver qué es. Sin embargo, no son ellos los que captan su atención, sino el blanco de las paredes. En su cabeza emergen ahora las imágenes del sueño que antes no aparecían. Unas paredes de cemento blancas manchadas de sangre. Un suelo de piedra con charcos negros y brillantes. De pronto se acuerda de cómo terminaba el sueño.

Al comienzo eran cuatro viajeros.

Solo dos regresan a tierra.

Lo peor de todo es que no recuerda si él era uno de ellos.

2

20 de enero de 2014

Muy pocos podían tener alguna razón para bajar al desapacible sótano de la comisaría. Debido a la ausencia de ventanas y a su techo bajo, lo usaban como trastero. Y no para almacenar objetos que hiciera falta guardar, sino cosas que no valían para nada pero que nadie había tomado la decisión de tirar a la basura. Nína dio la luz y uno a uno los fluorescentes se fueron encendiendo con un chasquido mientras bajaba las escaleras. Normalmente solo se dejaba caer por allí el conserje, pero el ligero olor a tabaco le indicaba que de vez en cuando merodeaban también otros miembros de la comisaría. Nína frunció la nariz y dejó escapar un suspiro. Se acostumbraría a aquella peste; con peores olores se había enfrentado en su trabajo. Examinaba los cachivaches tirados por el suelo mientras recorría lentamente el camino en zigzag que había abierto el conserje. Le daba pena que el pobre hombre tuviera que revisar toda aquella basura antes de que trasladaran la comisaría a un edificio más moderno. Pero allí abajo no solo se almacenaban los trastos que nadie usaba ya: escondidos en algún lugar del sótano había unos archivos atestados de papeles. A los superiores de Nína les parecía más apropiado que un agente se ocupara de vaciarlos. Aunque los documentos hubieran empezado a amarillear, podrían contener información delicada.

El polvo bailaba en el aire resistiéndose a posarse. Nína se masajeó la nariz. El silencio era absoluto: ni el más mínimo rumor del tráfico de la calle Hverfisgata y la estación de Hlemmur que tanto la molestaba en las plantas superiores. Le parecía increíble que una simple capa de hormigón pudiera aislar el sótano del ajetreo de la superficie. Allí abajo se encontraba en otro mundo, lejos del bullicio y la luz diurna. Contuvo las náuseas que le había provocado el aire viciado e intentó apartar de su cabeza todo lo que había leído sobre los peligros de los hongos y esporas en sitios cerrados como aquel. Y no es que últimamente se preocupara mucho por su salud. Todo le daba igual, iba al trabajo como una autómata y se ocupaba únicamente de lo justo y necesario. Sus compañeros la trataban o bien como una figura de porcelana o bien como una granada a punto de explotar, y su jefe era incapaz de manejar la situación. Esa era probablemente la razón por la que había terminado en aquel sótano. Su jefe no podía volver a enviarla a patrullar después del revuelo que había causado en la comisaría tras demandar formalmente a uno de sus compañeros por comportamiento improcedente. A pesar del carácter confidencial que suelen tener ese tipo de incidentes, la historia había llegado a oídos de todo el mundo.

Unos vecinos del barrio este de la ciudad habían denunciado una pelea en su bloque, un posible caso de violencia doméstica. Desde comisaría enviaron a Nína y a otro agente para calmar la situación y detener al agresor en caso de que hubiera pegado a su mujer. Por el camino, su compañero le había contado refunfuñando que un estudio reciente demostraba que la situación laboral de las mujeres policía era básicamente una mierda y que eran víctimas de muchos prejuicios por parte de los hombres. Nína defendió a sus colegas de profesión, ya que conocía el problema de primera mano. Las mujeres todavía estaban en inmensa minoría en el cuerpo, pero al parecer para algunos hombres ya había suficientes. Su compañero había tratado de demostrar razonadamente por qué ellos eran mejores que ellas, y terminó exponiendo a la cara de Nína todos los prejuicios que el estudio había sacado a relucir. Una verdadera pena que hubieran tirado el dinero en hacer aquel estudio: les habría bastado con hablar con él.

Durante la mayor parte de la conversación, Nína fue capaz de controlarse. Pero se le agotó la paciencia cuando su compañero sacó el ajedrez como argumento. Nína le preguntó si él era bueno en aquella noble disciplina; de nada le valdría hacer referencia a la genialidad de los grandes maestros rusos si no podía aplicarla a su persona. Si el ajedrez sirviera de baremo para medir la inteligencia de los hombres, entonces sus compañeros y él dejaban mucho que desear. La escasa participación en el campeonato navideño de ajedrez no era precisamente un signo de que fueran unos genios. Siguieron discutiendo mientras subían las escaleras, así que cuando por fin les abrieron tras aporrear la puerta, ambos estaban exaltados y de mal humor.

En la puerta apareció un individuo con toda la pinta de no saber ni mover las piezas. Tras él se oían los sollozos de una mujer. El apartamento apestaba a alcohol y a humo de cigarrillo. El tipo les dejó entrar como si tal cosa, como si en este país fuera lo más normal del mundo que un hombre le pegara a su mujer. Nína siguió los sollozos hasta encontrar a la mujer llorando en un rincón. Al levantar la cabeza mostró su cara manchada de rímel y la marca roja de un golpe en una mejilla. Por debajo de la camiseta rota le asomaba el tirante del sujetador y, al apartarle los brazos de las rodillas, Nína vio que llevaba los pantalones bajados hasta el pubis. Todavía estaban abrochados y tenía las caderas llenas de rasgu ...