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MI ISLA

Elísabet Benavent

5


Fragmento

PRÓLOGO

A VECES EL CÓMO NO IMPORTA

Pongamos que entráis en mi habitación el día que empieza esta historia. Es imposible, sobre todo porque de eso hace ya bastante y por mucho que me seduzca la idea, no tengo una máquina del tiempo. Si hubiera tenido una de esas a mano otro gallo cantaría. Pero, vaya, pongamos que estáis ahí, conmigo. Lo primero que veis es el mar porque tengo la ventana abierta. Las cortinas blancas ondean a ambos lados del marco y huele a primavera. Estamos casi en el mes de mayo y hace una temperatura perfecta para andar desnuda por casa, pero desde el episodio con la Guardia Civil ya no hago esas cosas. El problema es que la otra ventana del dormitorio da a la casa cuartel y aún no toman bromuro con el café de la mañana. Y no es que yo esté tan buena que me rompa…, es que tanto tío junto ahí dentro…

Seguro que si echáis una ojeada a vuestro alrededor entendéis por qué elegí esta habitación. Tiene las mejores vistas de toda la casa y, además, mucha luz. Más allá de las ventanas todo es mar, cielo y alguna nube que viene y va; la brisa entra en el dormitorio y lo invade todo para después marcharse sin más. Es una habitación bonita, espaciosa, pero muy sencilla. No hay muchas cosas interesantes por aquí. A todo el mundo le llama la atención que las puertas y las ventanas estén pintadas de azul, pero no es originalidad mía; una mera copia de una postal que alguien me envió desde Santorini. Esta isla no es Grecia, pero es bonita. Está inmersa en pleno Mediterráneo y todavía no se ha puesto demasiado de moda, por lo que la gente que viene aún es interesante. Pero no diremos su nombre, no sea que se llene de guiris con sandalias y calcetines o, peor, de paparazzis persiguiendo al famosete de turno.

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Mi habitación se encuentra en el último piso y apenas está decorada, ni siquiera hay muchos muebles. Tengo un pequeño armario antiguo de madera que yo misma lijé y pinté de blanco. Subirlo hasta mi dormitorio fue un drama, pero tengo unos vecinos muy majos que me echaron una mano. ¿Qué más? Todo es muy sencillo, casi espartano. Una cama amplia con sábanas blancas de algodón, nada sexis por cierto, y una mesita de noche que sufrió una transformación parecida a la del armario pero que sí pude subirla sola. Si queréis mirar dentro de los cajones, por mí no hay problema; soy muy aburrida. Ni juguetes sexuales, ni revistas porno, ni tangas de cuero. Ropa interior bonita con algo de encaje. Es lo único de lo que no me he podido deshacer desde que llegué. Mi gusto por la ropa interior preciosa sigue siendo una de esas cosas que espero cambiar pero que nunca consigo. Volviendo al cajón también hay una novela manoseada, Oda, de Valeria Férriz, que iluminó mi vida en un momento dado y que no puedo dejar de releer de vez en cuando; también hay un cuaderno, un lápiz, una foto… Sí, mirad, son mis padres. Todo el mundo lo dice, soy clavada a mi madre.

En el armario hay un montón de vestidos sueltos. Cuatro blancos, uno azul marino con unas cuentas en el escote que me gusta especialmente pero que manché con lejía y he tenido que pintar con rotulador Carioca. Hay otro azul turquesa, dos negros y también de color coral, rosa, morado… Los hace una señora del pueblo con una máquina de coser que parece el DeLorean. Creo que si aprietas mucho el pedal te lleva de viaje en el tiempo; habrá que probarlo un día de estos. La costurera es la señora Mercedes, lo más cercano a una amiga que tengo aquí. Y a quien la gente del hogar del jubilado le parece una panda de jóvenes trasnochados, no digo más. Nuestras sesiones de cotilleo son algo así como mi nueva vida social. Las dos cosemos y rajamos; que si fulanita quiere mandar en el coro de la iglesia, que si la de la tienda de chuches come más que vende, que si el barrendero está de buen ver…

También me ha tejido un par de chaquetas que adoro, para los días en los que aquí refresca y que me hacen sentir envuelta en hogar. Ella no lo sabe, pero en invierno a veces duermo con una puesta más por ñoñería que por frío. Algunas tardes me invita a café y pastas, y yo le llevo confitura de tomate casera, que la vuelve loca. Entonces mira el tarro con los ojos entornados por el deseo y susurra que nuestra amistad llegará lejos. Es la turbo abuela que todas querríamos.

¿Qué más hay por aquí? Nada. Una cómoda, libros, un tocadiscos antiguo que no funciona, una maleta…, ¡eh, eh, eh! ¡No! Esa maleta que hay en el altillo es otro asunto y jamás se abre. Las manos quietas, que luego van al pan…

Si seguís mirando, aquí estoy yo. Me acabo de dar una ducha y me estoy cepillando el pelo delante de un espejo. Llevo uno de esos vestidos sueltos, esta vez de color maquillaje. El color maquillaje es algo que a mi padre le consterna. Dice que es una invención diabólica femenina para volver locos a los hombres y poder culparles de cosas como no saber lo que es un «blazer color nude», «el rojo coral» o «el rosa palo». Para él en el mundo solo existen cuatro o cinco colores y probablemente en su mente dos se parecen demasiado entre sí.

Si me miráis comprobaréis que mi cara no traduce ningún estado de ánimo. Suelo adoptar una expresión bastante estoica, herencia de aquel momento en mi vida en el que todo me daba bastante igual. Además, no estoy pensando acerca de la magnitud del cosmos ni sobre el karma, no soy tan profunda. Más bien medito sobre que hace demasiado tiempo que no me corto el pelo, que me llega ya por debajo del pecho y tiene el tacto de una cama de paja, qué horror. Con lo que yo he sido, con mis sérums, mis mascarillas naturales y los barnices para cerrar la cutícula capilar. Definitivamente me he asilvestrado y soy la versión rubia y humana de una cabra montesa. Si mi madre viene a verme pronto me lo cortará ella misma en un intento por volver a hacerme parecer una persona urbanita y sociable. Lo malo es que lo hace con las tijeras de cortar papel y el resultado es cuanto menos inquietante. Pobre, no se da cuenta de que lo mío no tiene solución.

Como veis, tengo los ojos verdes, de un color muy claro. Ojos de muerta, así me llamaba una compañera del instituto que además de ser cruel, no se lavaba los dientes ni bajo pena de muerte, la muy cerda. Un poco de muerta sí que son, por lo del color, pero me gustan porque los he heredado de mi abuela junto con esta casa. Mientras vivió dejó muy claro que la finca sería para su nieta mayor y esa tuve la suerte de ser yo. A decir verdad, soy la única mujer de la familia. Mis padres son hijos únicos y tengo dos hermanos mayores. A mis hermanos les dejó su Fiat Cinquecento comido de mierda y el traje de boda de mi abuelo… y a mí todas las tierras, di que sí. Abuela…, cómo molabas.

El color dorado cobrizo de mis bucles es herencia materna, como el resto. La nariz pequeña y respingona, la boca carnosa, las orejas, la forma de los ojos almendrados y la disposición al bies de mis pestañas… Clavada a mi madre, aunque espero no haber heredado la manía persecutoria hacia cualquier génesis de pelusa y la psicosis tradicionalista que le hace llorar de emoción viendo la sección de bodas del Hola. A mí también me hace llorar… pero sangre.

Como podéis ver mientras me paseo por la habitación, voy descalza. Casi nunca llevo zapatos, solo me los pongo si voy al pueblo a comprar, más que nada porque no quiero que me señalen con el dedo y se fragüen a mi costa leyendas tontas sobre la extraña forastera que un día llegó, se instaló y no volvió a salir de la isla ni a ponerse zapatos. No soy rara, no voy de especial; no soy como esos modernos que ponen en riesgo la salud de sus gónadas con pitillos extra slim. Esto no es postureo. Solamente tengo mis manías y mis placeres, como todo el mundo. Y me encanta ir descalza. Pasé parte de mi niñez enfadada por tener que llevar siempre zapatos y hace poco que redescubrí el gusto que me da sentir el suelo frío, la gravilla del camino de acceso a mi casa o la arena de la playa debajo de mis pies. Hay gente que paga por hacer esas cosas en un recinto cerrado al que llaman spa y a mí me aterroriza la idea de tenerlo tan cerca y no hacerlo. No tengo por qué privarme de un placer tan tonto. He pasado demasiados años enfrascada en vicios muy caros. Este no cuesta dinero, no hace daño a nadie y además en esta isla no hay riesgo de clavarse ninguna jeringuilla.

Por cierto, ¿escucháis eso? A través de la ventana abierta se percibe un murmullo de guijarros bajo los pies de alguien. Me asomo. Es el comienzo de mi historia, que ya viene.

I PARTE

DE SECRETOS

1

PASAPORTE

Cuando llené la maleta lo hice sin saber adónde iba; solo sabía que escapaba. ¿Habéis sentido alguna vez que todo lo que quisisteis alcanzar se os ha quedado grande? Es una sensación horrible porque uno tiende a pensar, de tanto darle vueltas, que el que ha fracasado es uno mismo. No es que la vida sea muy puta, es que tú no has sido suficiente. Aunque como voz de la experiencia os digo que ese pensamiento es equivocado. Cuando cumples años la vida empieza a quitarse el velo con el que se ha vestido y va dejando cada vez más piel al descubierto; los misterios dejan de serlo o, al menos, dejan de preocuparte tanto. Quizá porque los años desnudan la vida y a ti mismo. Pero en aquel momento no podía relativizar. Lo había intentado pero había terminado con una presión en el pecho terrible que no me permitía respirar. Me ahogaba. En la puta capital del mundo. En la cima de todas aquellas cosas que un día me planteé como un sueño imposible. Allí arriba, sintiendo que me moría asfixiado por unas manos invisibles. Llamé a mis padres desde el aeropuerto. Me temblaban las manos. Nunca me había encontrado tan mal y, cuando ellos me preguntaron qué era lo que me pasaba…, no supe responderles. Las cosas me iban bien. Tenía más trabajo del que un día pensé que lograría; era reconocido, respetado, era un buen tío, joder, aunque durante las últimas semanas me hubiera empeñado en mostrar lo contrario con tanta fuerza. Joder, qué asco jugar a ser un guarro frívolo cuando no lo eres. Hay un momento en la vida para cada cosa y no iba a portarme como un gilipollas para impresionar a nadie porque ya lo había hecho en el pasado y sabía que el resultado era un Alejandro imbécil.

—No sé qué me pasa —le confesé a mi padre, que había cogido el teléfono—. Pero me vuelvo a España. No puedo aguantar más esto. No es para mí. Me ha venido grande.

—Vamos a ver, Alejandro…, llevas allí mucho tiempo. Algo te ha debido pasar. ¿Estás bien? ¿Es por lo de Celine?

—No. No lo sé. Papá, de verdad, necesito salir de aquí.

—¿Has hablado con Rachel?

—No. Sé lo que me va a decir.

—¿Y qué te va a decir?

—Que soy un gilipollas.

Escuché la típica risa sorda de mi padre, esa que se le escapaba cuando veía las cosas con mucha más claridad que tú pero no quería decírtelo.

—¿No será que necesitas unas vacaciones? Has estado muy ocupado. Llevas mucho tiempo sin venir…, quizá una visita te vendría bien.

Me imaginé entrando en casa de mis padres cargado con las bolsas de viaje que ni siquiera sabía con qué había llenado. Me recibirían con algarabía y abrazos y, aunque eso podría ser reconfortante en un primer momento…, tendría que explicarles algo. Algo, no sé. Ellos siempre hablaban de más y yo terminaba contagiándome. Y no me apetecía tener que charlar sobre esa crisis vital que todos pasamos en algún momento de nuestra vida. Porque… era eso, ¿no?

—Alejandro, llama a Rachel y pide que te despeje la agenda un tiempo. Te recogeremos en el aeropuerto y nos vamos a…

—No, papá…, necesito hacer esto solo. Solo llamo porque…, porque no sé por qué cojones llamo, joder.

Escuché a mi madre intentar arrebatarle el teléfono, susurrando como para que no le escuchara, que ella podría hacerlo mejor, sin parar de preguntar qué me pasaba. Pues no lo sé, mamá. Creo que estoy teniendo el primer ataque de ansiedad de mi vida. Si me vuelven a preguntar por mi ruptura, si escucho el flash de una cámara una vez más, si salgo a la calle y me vuelve a rodear una marea de gente impersonal, sin caras, reventaré.

—Tengo un… —Me froté la cara. A mi alrededor el frío ambiente del aeropuerto se llenaba a cada rato que pasaba con más y más gente—. Tengo días. Hasta junio o así.

—¿Entonces? No te agobies. Compra el billete.

—¿Adónde?

Se quedó callado. Mi madre, que probablemente tenía la oreja pegada al auricular, gritó: «¡¡A casa!!», pero papá carraspeó y lo solucionó.

—Coge el billete para Barcelona. Voy a buscar un sitio tranquilo donde puedas ir a… relajarte. Algo con playa, ¿te parece?

—Sí.

Me sentí un crío. Me sentí un niño pequeño que llega a casa acongojado por lo que le parece el problema más grave del universo y al que sus padres borran los temores con un bocadillo de chocolate y una charla. Por el amor de Dios…, Alejandro, reacciona, ¿qué pasa?

—Te mando los datos al e-mail.

—Papá…, yo…

—No pasa nada, Alejandro. Estás sometido a estrés. Es normal que la sobreexposición te pase factura. Llevas mucho tiempo lejos de casa y siempre nos cuentas que la vida allí no termina de encajar contigo…, ¿creías que esto no iba a pasar? Ahora rompes con…

—No es por eso. Al menos no…, no es solo por eso. Lo llevo bien.

—Si nos contaras qué ha pasado.

—Es que no quiero hablar de ello.

Escuché un rumor de vocecitas agudas a mi alrededor y descolgué las gafas de sol del cuello de la camiseta, me las coloqué y me alejé unos pasos.

—Vale. Pues… dame un rato. Voy a buscar algo y te lo mando. Espero que te guste.

—Gracias, papá.

—A los padres no se les debe dar las gracias —se mofó—. Mejor cómprame unas entraditas para ver al Barça.

Los dos nos echamos a reír.

Cuando colgué me di cuenta de que estaba un poco más tranquilo. Al menos me sentía más dueño de mí mismo. Esa presión, el galope desbocado dentro del pecho, desaparecería cuando me dedicara un tiempo para mí. Sin nada más que yo. Sin teléfonos que sonaran cada cinco minutos. Sin tener que cuadrar agendas ni cerrar contratos.

El billete me costó un dolor. Como si me hubieran dado con un martillo en las pelotas, pero no sé qué sentido tiene ahorrar si no gastas en este tipo de imprevistos. O urgencias. Me pasé por un cajero en la terminal, saqué dinero, cambié a euros una cantidad y me dirigí al control de seguridad respirando hondo.

El e-mail de mi padre entró antes de que llegara a mi puerta de embarque. Adjuntaba una foto de una casa blanca, encalada, con ventanas y puertas pintadas de un intenso color azul. «Una pequeña hospedería a la antigua, donde los únicos protagonistas son el mar, la brisa, la cocina tradicional y… tú».

Pues ya estaba. Sin pensarlo. De cabeza. Sin plantearlo. Sin saber con seguridad si había metido bañador en las bolsas o si llevaría una jodida toalla. De cabeza a una isla que no conocía y que tenía pinta de poder recorrerse andando de punta a punta. En medio de la nada. Atrapada en el tiempo. Una isla en la que encontré, sin saberlo, la vida en todo su esplendor.

2

NO LO ESPERABA

No me gusta hablar de mi pasado, esa es la verdad. Quizá me sigo escondiendo. El ser humano es especialista en quitarse de encima la culpa y hundir la cabeza en la tierra como las avestruces. Por aquel entonces, en el momento en el que empieza esta historia, navegaba constantemente sobre el oleaje de la fase de negación. Era consciente de lo que cargaba a mis espaldas, de las experiencias que acumulaba y lo que estas decían de mí, pero en el día a día las defenestraba a un baúl mental lleno de cosas sin importancia. Minucias. Yo ya había cambiado, ¿no? ¿Para qué seguir regodeándome en las equivocaciones que me habían llevado a aquella isla?

Mi historia empezó a escribirse de nuevo en el mismo instante en que monté mi negocio. Me aproveché del cariño que me profesa mi hermano mediano para suplicarle que me ayudara a convertir la antigua casa de la abuela en un negocio rentable y… como me quiere por encima de todas las cosas, lo hizo. Él fue quien construyó la web desde la que empecé a erigir la hospedería. Era una página muy chula con la que intenté captar clientela pero no fue hasta que me metí en el mundo de las ofertas hasta que no aparecieron los primeros huéspedes… y poco a poco todo fue funcionando. Y menos mal…, acondicionar la casa había supuesto un gran esfuerzo, aunque económicamente en aquel momento no podía quejarme. La suerte había estado de mi lado, al menos en ese aspecto.

El caso es que unos clientes se lo recomendaron a otros, la página se llenó de comentarios amables y de pronto algo que me había planteado como fuente de ingresos eventual me daba de comer durante todo el año. Bueno, eso y el huerto que mi padre me había ayudado a plantar en la pequeña parcela que había detrás de la casa. Patatas, tomateras, calabacines, pimientos, lechugas, habas, berenjenas. Esas cosas. Había pensado incluso en comprar un par de gallinas y tenerlas en el patio trasero, pero siempre desechaba la idea al recordar que no son famosas por su pulcra higiene. Aquella forma de vida tan en contacto con la tierra me hizo feliz. Fue como concentrarse de pronto en lo que de verdad importaba, en estar bien y eliminar todo lo accesorio que entorpecía mi vida. El trabajo manual, labrar el huertito, recoger las verduras, lavar la ropa, cocinar… me hizo sentir útil. Y viva. Me hizo sentir que podía empezar de nuevo, tener una vida normal.

Olvidé lo que era vivir en una gran ciudad. De mi Barcelona natal y de mi Madrid adoptivo, borré todos los recuerdos que me unían a ellas. Los taxis, las luces de las farolas, el rumor de cientos de voces conversando bajo mi ventana, el empedrado de algunas calles del centro, donde los tacones te gastaban alguna que otra mala pasada. Las tiendas. Los restaurantes. La música que salía de algunos locales y que te invitaba a entrar. Las tarjetas de crédito. Las carcajadas y las modas. La juventud. Tener el mundo a mis pies y el rugido de la ciudad en mis oídos. Todo quedó atrás.

El primer año en la hospedería fue difícil, pasé por diferentes fases, algunas alegres, otras tristes. Me ahogaba en el mismo sitio en el que en un primer momento había conseguido respirar por fin. Me sentía sola. ¿Cómo podía echar de menos una vida que no me llenaba? Todo en aquel lugar me parecía aburrido e intenso a la vez. Pero me acostumbré; si algo aprendí en aquella época fue que el aburrimiento es una sensación caprichosa que desaparece si uno se empeña en que lo haga. Aprecié el silencio y aprendí a escucharme. Me di cuenta de que cuando una está bien sola, lo demás da igual.

Mirar el mar, pensar, escuchar la radio o hacer compota, cantar, planchar, leer, un poco de conversación de vez en cuando… No necesitaba más. No sé si hubiera podido vivir siempre así; de lo único que estoy segura es de que aquel locus amoenus se empezó a resquebrajar el mismo día en que lo oí llegar a la puerta de mi casa.

En temporada alta solía tener mucho trabajo, pero estábamos a finales de abril y, después de una Semana Santa bastante ajetreada, estaba sola en la hospedería, tranquila e inmersa en mis rutinas. No esperaba recibir huéspedes hasta junio; y aunque aquel año estaba haciendo mucho calor no tenía ninguna reserva confirmada. Nada. Por eso me sorprendió oír los pasos de alguien que avanzaba hacia mi casa. Bajé por las escaleras y abrí la puerta de entrada. Vi llegar a alguien solo y entorné los ojos para distinguir su figura al trasluz, pero no lo conseguí. Me coloqué la mano como visera…, vale, oficialmente era una más de la panda del hogar del jubilado; tenía totalmente interiorizadas sus técnicas de vigilancia.

Humm. Alto. Muy alto. Guapo. Hacía tiempo que no recibía ninguna visita de ese tipo. El primer verano en la hospedería vinieron dos chicos que…, Dios, casi me llevaron al huerto. A la vez. Un moreno alto y galante y un rubito melancólico que tarareaba a Lana del Rey, que protagonizaron fantasías locas sin ir más allá. Creo que fue la última vez que sentí algo de cintura para abajo… un leve cosquilleo cuando tonteábamos, pero nada más. Cerrado por reformas. Pero ¿por qué estaba pensando en aquello? El sonido de sus pasos hizo que regresara de mis pensamientos. Y, a medida que avanzaba por el sendero de guijarros que daba acceso a la casa, su figura de pronto se empezó a volver más nítida. Y carnal. Se detuvo y me miró. «Hos… pital. ¿Estaba bueno? No, Maggie, estaba que se rompía…».

Podría burlarme de mí y decir que me convertí en una señorita impresionable que incluso se mareó cuando lo tuvo delante, pero lo cierto es que me sentí un poco incómoda; como fuera de lugar. Estaba habituada a estar sola, diré en mi defensa. Y tenía el día tonto. Y me pasaba el día recolectando nabos, calabacines y pepinos en mi huerto. Basta de excusas, era de carne y hueso, iba vestida con una bata que parecía un saco y no me cortaba el pelo desde la era glaciar. Había perdido la costumbre de relacionarme con hombres que me lo parecieran. No tenía interés erótico festivo por alguno de mis vecinos con pito, que se habían convertido en meros compañeros de isla. Por eso, encontrarme de pronto con alguien que a primera vista me parecía atractivo me hizo recordar a una Maggie coqueta, que tonteaba, que sabía entablar conversación con un hombre interesante… y me impactó. Casi la tenía olvidada.

¿Quién sería? Menudo cachorro. Conocía a todos (o casi todos) los vecinos del pueblo y no, no era el nuevo cartero. ¿De dónde había salido? ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Era real? ¿Alucinaciones provocadas por el suavizante de la ropa? ¿Tontuna primaveril? A lo mejor había salido directamente de mis sueños húmedos para alegrarme la vida. O a lo mejor estaba loca y empezaba a tener visiones psicóticas. «Llevas demasiado tiempo sola», me dije, «será un cliente». Me apoyé en el quicio de la puerta y sonreí con cortesía, pero no me fijé en si me devolvía el gesto porque me quedé pasmada mirando las dos bolsas de viaje de Louis Vuitton, modelo Keepall 55 con bandolera, de lona Damier Ebène, que cargaba. Muy caras. ¿Sabría aquel chico que aquello no era el Four Seasons?

Cuando se detuvo delante de mí me pareció que estábamos peligrosamente cerca y di un paso hacia atrás para dejarle entrar. Era enorme, pero no enorme como Arnold Swa…, Scha…, como Sylvester Stallone, vaya. Era más bien enorme como un atlante a quien le dejaría sostener mi bóveda celeste de buen grado. Y lo que quisiera. Mediría cerca de 1,90, si no más. Tenía las piernas largas, la piel morena y un cuello que pedía a gritos que lo recorrieran con la punta de la lengua. «Por el amor de Dios, Maggie, tranquilízate…». Cintura estrecha y espalda ancha, cabello corto y castaño oscuro, mucha cantidad. Llevaba un corte de pelo que le habría costado mucha pasta. Quizá había tenido que empeñar hasta a su primogénito. Ese corte de pelo era cosa de un estilista que se había preocupado de estudiar sus facciones antes de pasar a las tijeras. Un estilista muy bueno, diría. Detuve mi análisis. Demasiada violación visual por el momento. Momento de contacto verbal. Procesando frase cortés. Sonriendo y…

—Hola.

—Hola —contestó a la sonrisa un poco seco y forzado—. ¿Eres la dueña?

—Sí. —Yo mantuve mi sonrisa comercial en los labios.

Fui hacia el pequeño mostrador y abrí el libro de reservas un poco turbada; cuando ese hombre habló, algo me tembló dentro, vibrando. La soledad me había convertido en una pervertida babeante y cachondona, qué cosas. Se quitó sus Ray Ban Wayfarer y me miró fijamente con sus preciosos ojos oscuros. Por poco no gemí. ¿Por qué cojones me estudiaba de esa manera?

—¿Puedo tutearte? —susurró.

—Claro. —«Y atarme a la cama también, cariño». Cállate, le ordené a mi neurona salida.

—No sé por qué me imaginaba que la dueña iba a ser una…

—Una ancianita haciendo punto de cruz junto a un montón de geranios, ¿no? —le solté porque solía ser el comentario habitual.

—Más o menos —se rio. Vaya. Menuda sonrisa. Con ella podría iluminar el mundo, joder—. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinte?

—Veintinueve, pero gracias por la parte que me toca. —Me sonrojé. No creo que fuera un cumplido. No tenía pinta de atractiva mujer a punto de entrar en la treintena. Más bien de fan de la boyband de turno con una buena delantera. ¿Qué le vamos a hacer?

—Me han dicho que alquilas habitaciones.

—Sí —y al asentir me sentí como un camello que está a punto de vender parte de su mercancía.

—Estupendo. —Dejó las bolsas en el suelo.

Cejas poderosas. Mentón bien definido. Labios insinuantes. Joder…, Dios se había esmerado con aquel espécimen humano. Hum…, qué piel más bonita. Tenía un color tostado precioso. De repente me di cuenta de que llevaba demasiados minutos mirándolo. No quería parecer una tarada, aunque probablemente lo era, así que volví a mi libro de registros lápiz en mano y empecé a golpearlo contra las hojas de forma nerviosa.

—A ver…, no tengo a nadie así que ¿te pongo en la que tiene cuarto de baño propio? Es un poco más cara pero… —«pero no creo que te importe cuando has gastado el dinero que seguro has gastado en ese corte de pelo, maldito». Pero no, no lo dije. Solo lo pensé.

—No importa —dijo él muy resuelto.

—Ya. — Claro que no, llevaba dos bolsas de viaje de Louis Vuitton—. Bueno, son veinte euros la noche. Treinta y dos pensión completa.

Me miró extrañado y apoyó los codos sobre el mostrador. Quizá le parecía barato. Quizá debía cobrarle el doble por listo.

—¿Nos conocemos? —susurró entornando los ojos.

—No, no creo. —Ni siquiera lo miré.

—¿No te sueno de nada?

—Pues… no. ¿Has estado antes aquí? —«Como si no fuera a acordarme»… Aflojó la tensión de sus hombros y negó con la cabeza. Pero vamos a ver… ¿cómo se me iba a olvidar haberlo visto? Llevaba años recluida en aquella isla y no… por allí no había hombres como él. A lo sumo dos de los guardias civiles que estaban de buen ver y que se empeñaban en pasearse muy ufanos por delante de mí si me veían en el pueblo. Respiré hondo…

—¿Me recomiendas comer aquí? —contestó sin responder a mi pregunta.

—Claro. En el pueblo los restaurantes son caros y sirven un pescado que lleva tanto tiempo en la nevera que hasta le ha dado tiempo a aprender idiomas.

Sonrió por educación a mi intento de hacerle gracia y como me avergoncé de mi chiste malo intenté esquivar su mirada.

—Verás, vengo buscando calma; si entro en coma no me importaría.

—Entonces vienes al lugar indicado. —Volví a mirarlo—. Si algo hay aquí es tranquilidad e intimidad. —«¿¡Qué!? ¿A qué santo viene lo de la intimidad, Maggie?». Dios, estaba nerviosa. ¿Por qué?

—¿La playa está cerca? —preguntó tras un carraspeo de lo más sexy.

—A un paseíto. Mucha gente alquila un coche, pero aquí no hay. Tienen que desplazarse a la isla de al lado y traerlo en el ferri.

—Bueno, me gusta andar. No tengo prisa por llegar a ningún sitio.

Pues para no tener prisa tienes pinta de ser capaz de llevarme muy rápido al orgasmo, vaya.

—Si algún día la tienes, tengo una moto. —«Y tú me pones como cuando la arranco. Grrr». Maggie…, último aviso: deja de ser una sucia pervertida.

—Ok. ¿Tengo que dejarte algún depósito? —Se humedeció los labios.

—Eso depende, ¿cuánto tiempo te quedarás?

Metió la mano en el bolsillo de la parte de atrás del vaquero y sacó la cartera. Era de mal gusto mirar el contenido, pero no pude evitar echar un vistazo a aquel billetero de Prada, más que nada porque quería desviar los ojos de esos jodidos labios; madre del amor santísimo. ¿Era absolutamente necesario ser tan guapo? Mejor mirarle el contenido de la cartera que violarle con los ojos, ¿no? Llevaba muchas tarjetas, entre ellas una American Express, varios dólares, ¿una estampita? y… Oh, por Dios, ¿era eso un billete de quinientos euros? Carraspeé y miré hacia otra parte, pero lo sacó y lo dejó sobre el mostrador.

—Esto me da para al menos quince días, ¿no?

Cogí una calculadora enorme del cajón, la puse encima de la mesa y empecé a echar cuentas. Asentí. Me incomodó aquel alarde de poderío económico. Con las bolsas de viaje, la cartera y su pinta de dandi ya me había quedado claro. ¿Qué era lo próximo? ¿Enseñarme la chorra bañada en oro de dieciocho quilates?

—Necesito que me dejes un momento el DNI —le pedí tensa.

—No lo llevo a mano. ¿Te sirve el pasaporte?

—Sí. —«Claro, pasaporte, el DNI de los ricos», pensé.

Lo abrió hacia mí, lo cogí y apunté su nombre en mi registro en la casilla de la habitación con baño independiente. Hice una cruz en la casilla de pensión completa. Alejandro Duarte Müller. Bonito nombre. Al devolverle el pasaporte seguía mirándome como si esperara alguna reacción por mi parte y… me turbé.

—Si quieres puedo enseñarte la habitación.

—Eso sería estupendo —y sonrió como si diera por finalizada una prueba que hubiera pasado sin problemas.

Fotocopié su pasaporte (sí, tengo una fotocopiadora y sí, me he fotocopiado alguna vez la cara, las tetas y el culo) y firmó el poco papeleo que había que cumplimentar para el check in. Después le indiqué que me acompañara con un gesto y recogió sus carísimas bolsas del suelo de mosaico de la «recepción».

—Muy vintage todo, ¿no?…

—Vuelta a los orígenes. No hace falta más.

—¿Tú crees?

—Una semana aquí hace que el resto del mundo deje de existir.

—Ojalá tengas razón.

Aunque no tan increíblemente perfectos, había alojado en otro tiempo a personas como él. Es algo que intuía cuando los veía aparecer (aunque cuando lo vi a él solo pude fijarme en que estaba bueno y en la marca de sus bolsas, lo siento). Estaba huyendo. Un chico joven, solo, en una isla que no estaba de moda y menos en temporada baja. No tenía pinta de escritor en retiro espiritual; de esos también había tenido un par: sátiros bebedores de vino, intelectuales silenciosos e incluso unas chicas majísimas con las que había tomado alguna que otra copa en el porche, aderezada de anécdotas que seguro después quedarían plasmadas en alguno de sus libros. Pero este…

Alejandro venía huyendo. De alguien, de algo, de un problema al que no encontraba solución o de un pico de trabajo demasiado estresante, de esos que amenazan con dejar una migraña crónica. Alejandro huía de algo como yo lo hice cuando llegué.

Perdida en esas hipótesis no me preocupé por enseñarle las plantas de mis pies, ennegrecidas después de horas de andar arriba y abajo sin zapatos. A esas horas, el caballero que me seguía a unos escalones de distancia debía estar viendo en 3D y panorámica unos apéndices dignos de un hobbit, pero al girarme Alejandro miraba al suelo. Bueno, si iba a quedarse quinientos euros, quiero decir, quince días, ya los vería. Al final del día estaban como para hacer sopa con ellos.

Lo conduje a la mejor habitación de la casa, justo debajo de mi dormitorio. Era sencilla, como todas las estancias, pero estaba impoluta. Limpiar era una de esas tareas que, si hacía sobre limpio, me relajaban y no me dejaban pensar demasiado sobre nada en particular. Tenía una cama de matrimonio con hierro forjado en el cabecero y a los pies, un pequeño diván, una mesita con dos sillas junto a la ventana y un armario de obra; el cuarto de baño alicatado en blanco, con una bañera funcional y el suelo de damero. Todo tenía ese aspecto vintage con el que en los últimos años decoraban muchas tiendas en Madrid, pero en este caso no había nada falso, solo estudiado.

Alejandro lo miró todo alrededor y sonrió. Me jugaba la mano derecha (con la que hago todas las cosas importantes de esta vida) a que era justo lo que buscaba. Un rincón apartado y mono en el que retirarse a pensar sobre lo guapo que lo había hecho el cosmos. Estudié con ojo clínico sus vaqueros Levi’s 501 oscuros. Le habrían costado alrededor de los ciento veinte euros. Llevaba unas Converse negras, pero edición limitada con algunas tachuelas. ¿Le habrían costado menos de cien euros? No lo creo. La camiseta blanca desgastada tenía pinta de ser de firma. Algo caro y con estilo. ¿Prada? Me acerqué disimuladamente y reprimí la tentación de tocar el algodón. Lo que estaba claro es que pertenecía a una colección crucero…

—Pues esta es la habitación —le dije poniendo los brazos en jarras.

Se sacó un teléfono móvil última generación del bolsillo y sonrió. Dios, ¡era enorme! ¿Ahora se llevaban así? Mi último móvil era muchísimo más pequeño.

—¿No hay cobertura? —me preguntó.

—Generalmente sí, pero va y viene según el punto de la casa. Si necesitas hacer alguna llamada tengo un teléfono en la recepción. —Asintió—. Si quieres cualquier cosa pégame un grito. De todas maneras si voy al pueblo te avisaré. Mi habitación está en el piso de arriba; es la única que hay, pero durante el día estoy abajo. —Dejó sus bolsas sobre la cama y las abrió—. Suelo tener preparada la comida a las dos pero si tienes hambre o te apetece cualquier cosa puedes pasarte por la cocina a cualquier hora. Así es más cómodo para los dos.

—Está bien —sonrió.

—¿Eres alérgico a algo?

Sacó unas camisetas y las guardó en la balda del pequeñísimo armario. Marc Jacobs, Chanel, Gucci y Yves Saint Laurent. ¿Eran alucinaciones mías o ese tío llevaba más diseñadores dentro de la maleta que la edición especial de Vogue Colecciones?

—No soy alérgico a nada, pero no suelo comer grasas trans.

—¿Grasas qué? —«Pero ¿en qué hablaba este hombre?».

Me miró.

—¿Sabes? Da igual. Me gusta todo. Soy de buen comer.

Se palmeó el estómago plano. Sería de buen comer, pero de lo que tenía cuerpo era de pasar horas en el gimnasio, esculpiendo ese maldito pectoral que me estaba poniendo cardiaca. Me pilló con los ojos puestos justo en esa parte de su cuerpo y haciendo una mueca disimulé mirándome las uñas, por cierto, llenas de mierda.

—Bueno, me imagino que querrás instalarte y estar solo un rato, así que… —Me dirigí hacia la puerta.

Unos dedos me rodearon la muñeca. Unos dedos largos, morenos, masculinos, que presionaron mi piel hasta dejar una suave huella blanquecina. Sensación cálida. Un estallido en el estómago. Terminaciones nerviosas recuperándose, conectándose hasta tejer un mapa de cosquillas sobre la piel. Vibración. Explosión de vida. Células eclosionando, floreciendo, abriéndose como palomitas de maíz. Fuego en mis ojos y dentro de mi estómago. Conexión.

Miré sus dedos y él miró mi mano, que caía lánguida de entre estos. Un solo roce, casi casual y una pulsión eléctrica me azotaba como un cubo de hielo derretido recorriéndome la espalda. «Alejandro, mierda, no me jodas. Dime que no has venido para quedarte o para hacerme daño. Dime que no voy a volver a sentir una mierda porque soy feliz desde que sobrevivo y no vivo, y todo está como dormido. Alejandro, por favor, acabo de conocerte, no seas importante. No te conviertas en una herida de las que duele. No me veas por dentro, jamás. Ven, huye, búscate pero vete en cuanto te hayas encontrado. Ignórame. No me mires. No me mires como lo estás haciendo ahora. Déjame. Suéltame».

Pero… ¿qué coño estaba pasando? Agité la mano y me solté de la suya.

—Perdona, no sé tu nombre —susurró.

—Maggie —contesté.

—¿Maggie?

—Magdalena, pero todos me llaman Maggie.

—Maggie…, ¿tienes televisión? —sonrió.

—No. Solo un reproductor de CD y un tocadiscos que no funciona.

—¿Compras el periódico? ¿Revistas?

Recordé mi colección de revistas Vogue y el tiempo que llevaba sin hojear ninguna…, la de cosas que me habría perdido…, a lo mejor por fin se había cumplido la amenaza y volvían los vaqueros lavados a la piedra y las hombreras. En tal caso me recluiría en mi isla y no saldría jamás. Le sonreí:

—No. Nada de eso. Si hay una hecatombe nuclear ya me enteraré.

Me contestó a aquello con otra sonrisa y asintió.

—Tienes toda la razón.

Bajé despacio las escaleras escuchando cómo Alejandro colocaba sus cosas en el armario. Fui hacia la recepción y guardé los quinientos euros en la caja fuerte que tenía bajo una fotografía en blanco y negro de la cala más famosa de la isla.

Luego me senté en la cocina respirando hondo e intenté tranquilizarme. Ojalá hubiera podido esconderme bajo llave.

3

ALEJANDRO PARECE FELIZ

Comimos juntos, pero no tuvimos demasiada conversación. Estaba concentrada en no parecer una mirona obsesiva. Un chico tan guapo como él debía de estar cansado de tener tías babeando a su alrededor. Y que conste que no estaba babeando… solo escudriñando. Que me hubiera cogido por la muñeca me dejó un sensación extraña. Admito que no tenía por qué haber comido con él. Normalmente dejaba a los huéspedes a su rollo, les servía en su habitación o en el salón y comía cualquier cosa de pie en la cocina, pero invité a Alejandro a sentarse conmigo en mi lugar preferido de la casa, donde aún conservaba la mesa de madera sobre la que amasaba mi abuela cuando era pequeña. El suelo tenía más de cien años, porque aquella casa perteneció antes que a ella a sus padres… Un suelo de los que ya no se hacen, precioso. Él no sabía que no era lo habitual y yo me dije a mí misma que, como empezaba a notar que perdía la cabeza, lo mejor era tener compañía.

No hubo mucha conversación, como decía. Alejandro solo levantó la vista del plato en una ocasión para preguntarme qué llevaba el cuscús que estábamos comiendo.

—Lo hiervo con caldo de pollo casero y le añado después zanahoria ligeramente salteada, tomate seco, pasas y trigueros.

—¿Y especias?

—Sí, un poco de canela, cilantro, ajo en polvo, cebolla, limón y una cucharadita de mostaza. Es receta propia. ¿Te gusta?

—Es increíble —susurró mientras volvía la mirada al plato.

«Increíble». Me hizo sentir bien, como si después de dos años recuperada, sin contacto con hombres, sin relaciones sociales complicadas, la opinión de alguien desconocido sirviera para constatar que todo volvía a estar en su sitio y que yo era útil y podía hacer las cosas bien. Respiré hondo. Esa sensación siempre tiene dos caras y cuando se esfuma todo vuelve a ser muy gris.

Después de comer le ofrecí café o postre, pero solo quiso una botella de agua y desapareció rumbo a su habitación. Me hubiera gustado proponerle un paseo por la isla cuando empezara a caer el sol para enseñarle las zonas más bonitas pero me moría de vergüenza. ¿A cuenta de qué me apetecía a mí compañía que no fuera la de la señora Mercedes? No necesitaba a nadie. ¿Es que no había aprendido ya la lección? Quizá debía comprarme un loro… o un mono.

Me entretuve. A decir verdad, me obligué a seguir con las tareas que me había fijado antes de que él apareciera. ¿Quién sería Alejandro Duarte y por qué me interesaba saberlo?

Por la tarde pasó por la cocina mientras hacía la masa para unas empanadas y me preguntó con timidez si tenía algo de fruta. Me lavé las manos y le di un cuenco con cerezas, un melocotón y algunos fresones que Alejandro recibió alucinado, como si acabase de crear una nebulosa con mis propios dedos. Angelico. Pues debería verme coser. Bueno, mejor no, que yo creía que se me daba fenomenal pero porque siempre he sido muy optimista con esas cosas.

—Gracias —dijo mientras yo volvía a meter las manos en la masa.

—De nada. Tienes más en la nevera. No te cortes. Lo bueno de que ahora no haya más huéspedes es que tendré manga ancha contigo. —Me aparté el pelo con el dorso de las manos enharinadas y soplé para ayudarme con un mechón que se me había soltado y que me hacía cosquillas en la frente—. Puto pelo.

Alejandro se acercó, dejó la fruta en el banco de la cocina, cogió el mechón y me lo colocó detrás de la oreja.

—Así mejor, ¿verdad?

«¿Verdad? ¿Verdad? ¿Verdad?». Eco. Parpadeo. Luces. Me quedé mirándole los dedos y mi memoria retrocedió a la última vez que un chico me apartó el pelo de la cara. Fue en una discoteca, dentro de un baño, en una situación muy diferente. Él empujaba hacia el fondo de mi garganta y yo me preguntaba cuándo me tocaría a mí pasarlo bien. Pestañeé nerviosa. ¿Qué coño pasaba con aquel tío?

—¿Quieres un vaso de leche con canela? —le pregunté para cambiar la atmósfera.

—No quiero molestarte. Estás aquí trabajando y yo…

—No es molestia. Forma parte de mi trabajo que tengas todo lo que te apetezca.

—Suena bien —musitó. Me giré hacia él con el ceño fruncido y sonrió—. Lo siento.

No contesté. Me limpié las manos y alcancé de dentro de la nevera una jarra con leche endulzada y con canela. Le serví un vaso grande porque no me pasó desapercibida la mirada que le echó; seguramente su madre se lo preparaba cuando era pequeño, en verano, y su paladar saboreó un fantasma, el recuerdo de un tiempo feliz. Cuando somos niños todo nos resulta más dulce, más rico y más nuevo. Me lo agradeció y se marchó. Aunque me giré de vuelta a mi empanada, escuché cada paso que dio. Cerré los ojos y me centré en escuchar; dejó el cuenco y el vaso junto a una de las sillas del porche y volvió sobre sus pasos para deslizarse escaleras arriba hasta su dormitorio de donde volvió con algo entre las manos. Un libro, pensé. Lo imaginé con las hojas deslizándose entre los dedos, estoy segura de que suspiró y después dio un sorbo a la leche. Juraría que sonrió después, pero las sonrisas son sordas. Hay pocas cosas en el mundo que me gusten más que un hombre guapo leyendo. Y que sabe gastar una broma. Y que mide metro noventa.

El día fue tranquilo como venía siendo costumbre desde hacía dos años. Acicalé el huerto, recogí un par de tomates, cebollas y pimientos rojos y verdes, cociné pisto casero y tendí unas sábanas. Cuando pasé por delante del porche con la intención de poner la mesa seguía sentado leyendo. No hubo mucha conversación tampoco durante la cena. Apenas un «¿Desde cuándo tienes el negocio?» o «Está haciendo muy buen tiempo». Me ayudó a retirar los platos, alabó mi mano para la cocina y después de darme las gracias por todo regresó a su habitación. Sin tocarme. Sin evocar ninguna nueva sensación. Dejándome más tranquila.

¿De qué huiría? ¿O de quién? De eso yo sabía un rato. De huir de cosas que me venían grandes. En fin…, Alejandro también parecía tener una necesidad imperiosa de estar solo, como me sucedió a mí cuando llegué. Cuando uno se lame las heridas busca un rincón al que no pueda llegar la mirada de cualquiera. Quizá estaba disfrutando del silencio, de la soledad y de la sensación de que allí estaba a salvo de los problemas.

Apoyada en la recepción miré con un mohín el libro al que me entregaba cada noche. Las páginas de una novela son un buen lugar donde refugiarse y hacer amigos que, aunque desaparecerán cuando la cierres, siempre quedan un poco en ti… pero me apetecía una conversación real. Miré el reloj y descolgué el teléfono para llamar a mi madre, que respondió con su suave y cariñoso tono de voz. Mamá…, cerré los ojos. No hay nada como una madre para reconfortarnos. Por más que sintamos que a veces no nos entendieron o que les decepcionamos.

—Hola, cariño —murmuró.

—Hola, mamá.

—¿Qué tiempo hace por allí? ¿Aún hace fresco?

Las madres y su obsesión por la climatología.

—Empieza a hacer calor. Ya tengo un huésped.

—¿Uno solo?

—Sí, un chico. Un chico joven.

Jugué con el hilo rizado del teléfono y ella emitió un sonido que evidenciaba que aquello no le parecía, ni de lejos, tan emocionante como a mí. Ella creía que el mundo exterior era una trampa mortal para sus cachorros…

—Ay, Maggie, no sé cómo no te mueres de miedo metida en una casa con un desconocido.

Con este desconocido me metía hasta en el infierno solo para verlo sudar.

—Mamá, por favor…, ¡si fuera como tú tendría agorafobia! —me reí.

—¿Es guapo?

—Qué pronto cambias de tercio. Te diré que al menos le gusta la comida que preparo.

Se echó a reír.

—Eso es que sí. Un huésped guapo que intentas ganarte por el estómago.

—Sí, es guapo; pero no, no intento ganármelo. —Me sonrojé—. No lo conozco de nada, por Dios…

—Ándate con cuidado —me aconsejó.

Mis vecinos más cercanos vivían en una casa cuartel…, estaba tranquila. Siempre y cuando no volviera a pasearme desnuda frente a la ventana todo iría bien.

Mamá cambió de tema, como siempre que algo le preocupaba pero sabía que sus advertencias iban a caer en saco roto. Me habló de mis hermanos. De mi cuñada. No entendía por qué no querían tener hijos… Ella sería muy buena abuela. Aunque, claro, esa decisión era muy personal. Compartimos una receta que había apuntado del canal cocina y nos despedimos deseándonos buenas noches y repartiendo besos para los demás. Ya está, Maggie…, ya has tenido tu contacto semanal con el mundo exterior.

Al subir las escaleras hacia mi dormitorio a eso de las doce de la noche vi a Alejandro a través de la puerta entreabierta. Estaba sentado en el umbral de la ventana, mirando hacia fuera con expresión de quietud. Me pareció que sonreía. Y sin saber por qué, yo también sonreí.

Lo que Alejandro y yo sentimos cuando nos conocimos solo se podía definir con una palabra: conexión. Teníamos demasiadas cosas en común como para que el cosmos no se diera cuenta y nos lo hiciera sentir en el estómago.

4

SABIOS CONSEJOS DE UNA VIEJA COSTURERA

A la mañana siguiente Alejandro se levantó a las once. Bajó a la cocina casi dando tumbos con los ojos y los labios hinchados por el sueño y se sentó en una silla, dejándose caer sobre la mesa. Estaba impresionante. Llevaba una camiseta blanca y un pantalón liviano de pijama de color azul marino. Me encantó el hecho de que bajara así a desayunar; me produjo una sensación de confianza y ternura que quizá estaba lejos de ser real.

—¿Cuántos días he dormido? —preguntó con la frente sobre la madera de la mesa.

—Dos días enteros con sus dos noches —le respondí juguetona.

Levantó la cabeza alarmado.

—¿En serio?

—Claro que no. ¿Quieres café? —le ofrecí.

—¿Tú ya has desayunado?

Llevaba tres horas moviéndome por la casa. Me sorprendía que no se hubiera despertado con el ruido que había hecho sin querer aquella mañana.

—Desayuné hace un par de horas. ¿Qué te apetece?

—Pues… un café —contestó mirando hacia la ventana.

—¿Con leche?

—Sí, pero deja…, yo puedo…

Cogí la cafetera italiana y tiré el sobrante frío para limpiarla y prepararla de nuevo. Se levantó y se acercó hacia donde yo estaba. Por Dios, qué grande era.

—No, no, eres mi inquilino. Los inquilinos no cocinan.

—Bueno, déjame al menos que me prepare el café. Necesito sentirme útil.

—Si tengo que arar la tierra del huerto o algo ya contaré contigo. Por ahora déjame a mí el desayuno.

—De verdad, que prefiero participar…, no me gusta no hacer nada.

—Pues no has venido al sitio adecuado —me resistí.

—Venga, Maggie —sonrió—. Es solo una cafetera.

—Fuera de mi cocina, ¡ya!

Nos reímos y forcejeamos con la cafetera durante unos segundos. Se me olvidó respirar cuando capté su calor y olor. Tan cerca podía apreciar el vago recuerdo de su perfume mezclado con el de su piel. Olía como esos días en los que no quieres salir de la cama. Olía a…, Dios, ese hombre no olía a sexo ni a deseo; ese hombre olía a intimidad. A algo que es imposible que huela un desconocido.

Alejandro terminó arrebatándome la cafetera de las manos mientras sonreía. Una sonrisa clara, espléndida, natural. Ese tipo de sonrisa que esperas de un niño, pero nunca de un hombre guapo como él. Me dejó descolocada porque no recordaba que ningún hombre me hubiera sonreído así; estaba acostumbrada a tratar y a que me trataran de otra manera. Mis relaciones con el género opuesto no habían sido lo que se dice… sanas. Cogí aire, me separé un paso y le pregunté:

—¿Te pongo algo más? ¿Fruta, unas tostadas, un trozo de bizcocho?

—No, por ahora no. Solo café.

Alejandro era de esos hombres que acompañaban el café con silencio, que miraban a lo lejos, que meditaban, que leían, que pensaban antes de actuar. Lo sabía aunque no lo conociera de nada y la seguridad me asustó.

—Tengo que ir al pueblo, ¿quieres algo? —Me quité el mandil y lo colgué detrás de la puerta.

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