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MI VIDA QUERIDA

Alice Munro

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Fragmento

Llegar a Japón

En cuanto le subió la maleta al compartimento, Peter pareció ansioso por quitarse del paso. No es que estuviera impaciente por irse, dijo que solo le preocupaba que el tren se pusiera en marcha. Se quedó en el andén mirando hacia la ventanilla, despidiéndose con la mano. Saludaba, sonriendo. A Katy la miraba con una sonrisa franca, resplandeciente, inequívoca, como si creyera que la niña siempre sería un prodigio para él, y él para ella. A su mujer, en cambio, le sonreía con optimismo y confianza, pero con cierta determinación. Algo que no era fácil expresar con palabras, que nunca lo sería. Si Greta lo hubiera mencionado, Peter le habría dicho: no digas tonterías. Y ella le habría dado la razón, pues no le parecía natural que personas que se veían a diario, a todas horas, tuvieran que andarse con explicaciones de ninguna clase.

Cuando Peter era un niño de pecho, su madre cruzó con él en los brazos unas montañas cuyo nombre Greta olvidaba siempre, para huir de la Checoslovaquia soviética a la Europa occidental. Iban con más gente, claro está. El padre de Peter tenía intención de acompañarlos, pero lo mandaron a un sanatorio justo antes de emprender aquel viaje clandestino. Debía seguirlos en cuanto le fuera posible. Sin embargo, murió antes de poder intentarlo.

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—He leído historias parecidas —dijo Greta la primera vez que Peter se lo contó. Y explicó que en esas historias el bebé siempre rompía a llorar y no había más remedio que asfixiarlo o estrangularlo para que el llanto no pusiera en peligro a todo el grupo clandestino.

Peter contestó que nunca había oído nada parecido y prefirió no pensar qué habría hecho su madre en esas circunstancias.

Lo que hizo su madre fue llegar a la Columbia Británica, mejorar el inglés y conseguir trabajo dando clases de lo que entonces se llamaba gestión empresarial a estudiantes de bachillerato. Crió a su hijo sola y lo mandó a la universidad; Peter era ingeniero. Cuando iba a verlos a su apartamento, y más tarde a su casa, su madre se quedaba siempre en el salón, nunca entraba en la cocina a menos que Greta la invitara. Así era ella. Llevaba la prudencia al extremo. Se empeñaba en pasar desapercibida, en no entrometerse ni dar sugerencias, aunque superaba con creces a su nuera en todas y cada una de las habilidades o artes domésticas.

También se deshizo del apartamento donde Peter había crecido y se mudó a otro más pequeño sin dormitorio, con el espacio justo para un sofá cama. ¿Para que Peter no pueda volver a casa de mamá?, le dijo Greta bromeando, pero su suegra se sobresaltó. Las bromas la hacían sufrir. Quizá por culpa del idioma, aunque a esas alturas el inglés era su lengua habitual, y desde luego la única que hablaba su hijo. Mientras Peter estudiaba gestión empresarial, aunque no con su madre, Greta memorizaba El paraíso perdido. Ella huía como de la peste de todo lo que entrañara alguna utilidad. Él, por lo visto, hacía lo contrario.

Separados por el cristal, y sin que Katy consintiera que los adioses decayeran, acabaron intercambiando miradas cómicas, incluso absurdas, cargadas de buena intención. Greta pensó en lo guapo que era, y en lo poco consciente que parecía de su atractivo. Llevaba el pelo cortado a cepillo, a la moda de la época —sobre todo si se era ingeniero o algo por el estilo—, y tenía la piel blanca: nunca le salían rojeces ni manchas del sol, como le pasaba a ella, sino que lucía un tono uniforme en cualquier época del año.

Sus opiniones eran un poco como su tez. Cuando iban a ver una película, nunca quería comentarla. Se limitaba a decir que era buena, o bastante buena, o pasable. No le veía sentido a ir más allá. Con la misma actitud veía la televisión o leía un libro. Era tolerante con esas cosas. Sus creadores trataban de hacerlo lo mejor posible. Greta siempre le llevaba la contraria, con descaro le preguntaba si diría lo mismo de un puente. Sus constructores trataban de hacerlo lo mejor posible, pero eso no bastaba si el puente se venía abajo.

En vez de seguir discutiendo, Peter se echó a reír.

No era lo mismo, dijo.

¿Ah, no?

No.

Greta tendría que haber comprendido que esa actitud tolerante, de no meterse en nada, era una bendición para ella, porque era poeta y en sus poemas había cosas que no eran ni mucho menos alegres o fáciles de explicar.

(La madre de Peter y la gente que trabajaba con él, al menos los que lo sabían, aún decían «poetisa». A Peter había conseguido quitarle la costumbre. Aparte de eso, no hizo falta más. A los parientes que habían quedado atrás, o a la gente que la conocía en su papel de ama de casa y madre, no hizo falta quitarles ninguna costumbre, porque desconocían esa peculiaridad suya.)

Más adelante sería difícil explicar lo que valía la pena rescatar de aquella época y lo que no. Se podría decir que el feminismo no, pero entonces habría que aclarar que «feminismo» ni siquiera era una palabra de uso corriente. Y luego habría que liarse a explicar que el hecho de tener ideas propias, por no hablar de ambiciones, o simplemente leer un libro de verdad, resultaba sospechoso, e incluso podía guardar relación con que tu hijo cogiera una neumonía. Y un comentario político en una fiesta de la oficina podía costarle el ascenso a tu marido. Daba igual sobre qué partido político. Era el hecho de que una mujer se fuera de la lengua.

La gente se reiría y diría, anda ya, estás de broma. Y habría que contestar, bueno, no te creas. Y a continuación les diría que escribir poesía, sin embargo, era menos arriesgado para una mujer que para un hombre. Y era entonces cuando la palabra poetisa era tan socorrida como una telaraña de caramelo hilado. Peter no lo vivía así, diría ella, pero claro, él había nacido en Europa. En cambio sí podía entender que los hombres con los que trabajaba pensaran esas cosas.

Ese verano Peter iba a pasar un mes o quizá un poco más a cargo de una obra en Lund, bien al norte: de hecho, lo más al norte que se podía llegar por carretera en el continente. No había alojamiento para Katy y Greta.

Sin embargo, Greta mantenía el contacto con una chica que había trabajado con ella en la biblioteca de Vancouver, antes de casarse y marcharse a Toronto, y resultaba que esa amiga se iba un mes de vacaciones a Europa con su marido, que era maestro, y le había escrito preguntándole a Greta con mucha cortesía si no les haría el favor de instalarse con su familia en la casa de Toronto, los días que quisieran, para que no quedara vacía tanto tiempo. Y Greta le había contestado hablándole del trabajo de Peter, pero aceptando el ofrecimiento para ella y Katy.

De ahí que ahora Peter estuviera en el andén y ellas en el tren, saludándose incansablemente.

Entonces había una revista, The Echo Answers, que se editaba en Toronto con periodicidad irregular. Greta la encontró en la biblioteca y mandó algunos poemas. Dos de los poemas se publicaron, y a raíz de eso el otoño anterior la habían invitado junto a otros escritores a una fiesta para conocer al editor de la revista, que estaba de paso en Vancouver. La fiesta fue en casa de un escritor con uno de esos nombres que parece que uno haya oído toda la vida. Como la cita era a última hora de la tarde, cuando Peter todavía estaba en el trabajo, Greta llamó a una niñera y cogió el autobús desde Vancouver Norte que cruzaba el puente de Lions Gate y el parque Stanley. Luego esperó delante de la bahía de Hudson para cambiar de autobús y emprender un largo trayecto hasta el campus universitario, donde vivía el escritor. Al bajar en el último desvío, encontró la calle y echó a andar siguiendo los números de las casas. Llevaba unos tacones altos que la obligaban a ir despacio. Además se había puesto su vestido negro más sofisticado, que se abrochaba a la espalda y le marcaba la cintura y siempre le ajustaba un poco más de la cuenta las caderas. Se imaginó un tanto ridícula, una mujer sola tambaleándose por aquellas calles serpenteantes sin aceras mientras caía la tarde. Casas modernas, ventanas apaisadas, igual que en cualquier barrio residencial en alza, que no era para nada el tipo de vecindario que había imaginado. Se preguntó si habría apuntado mal la calle, y la idea no le disgustó. Volvería a la parada del autobús, donde había un banco. Se quitaría los zapatos y se acomodaría para el solitario largo viaje de regreso a casa.

Sin embargo cuando vio los coches aparcados, y vio el número, era demasiado tarde para dar media vuelta. El jaleo se oía desde fuera, tuvo que tocar dos veces el timbre.

La recibió una mujer que parecía esperar a otra persona. Recibir no es la palabra exacta: la mujer abrió la puerta y Greta dijo que si era allí donde daban la fiesta.

—¿A ti qué te parece? —dijo la mujer, apoyada en el marco de la puerta.

Bloqueaba el paso.

—¿Puedo pasar? —preguntó Greta.

La mujer se apartó con un gesto de dolor. No la invitó a seguirla, pero Greta lo hizo de todos modos.

Nadie le dirigió la palabra ni le prestó atención, pero al poco una adolescente pasó con una bandeja de copas de lo que parecía limonada con granadina. Greta cogió una, la vació de un solo trago para calmar la sed, y acto seguido cogió otra. Le dio las gracias a la camarera e intentó entablar una conversación sobre el largo y caluroso paseo, pero a la chica no le interesaba y dio media vuelta para seguir con su trabajo.

Greta se adentró en la casa sin dejar de sonreír. Nadie dio muestras de reconocerla ni la observó con especial agrado, ¿por qué iban a hacerlo? La gente la miraba un instante antes de retomar la conversación. Se reían. A excepción de Greta, parecía que todo el mundo llevara un repertorio de amigos, bromas, secretos a medias; daba la impresión de que todos hubieran encontrado a alguien que les diera la bienvenida. Menos los adolescentes que servían sin tregua y con cara de pocos amigos las bebidas rosadas.

Aun así, Greta no se dio por vencida. Al ver que la bebida le sentaba bien, decidió tomarse otra copa en cuanto hubiera una bandeja a su alcance. Buscó un hueco en alguno de los grupos donde poder meterse en la conversación. Creyó encontrarlo en uno de los corros, al oír las películas que se mencionaban. Cine europeo, que en esa época empezaba a llegar a Vancouver. Oyó el título de una que había ido a ver con Peter, Los cuatrocientos golpes.

—¡Ah, la he visto!

Habló con tal vehemencia que todos la miraron.

—¿En serio?, ¿no me digas? —dijo uno, que parecía llevar la voz cantante.

Greta estaba borracha, cómo no. Se había tomado varias copas de Pimm’s n.º 1 con zumo de pomelo en un visto y no visto. No se tomó a mal el desaire, como habría hecho en una situación normal. Siguió caminando a la deriva, consciente de haber perdido un poco la compostura, pero con la sensación de que se respiraba un aire de permisividad y embriaguez, y de que no importaba no hacer amigos, porque podía ir por ahí expresando sus opiniones, sin más.

Bajo un arco había un cúmulo de gente importante. Entre ellos vio al anfitrión, una cara y un nombre que parecía conocer de toda la vida. Hablaba a voces, enfebrecido, y enseguida se veía que el peligro rondaba cerca de él y otro par de hombres, como si pudieran soltar un insulto con solo mirarte. Al final llegó a la conclusión de que sus mujeres estaban en el corro con el que acababa de tener el encontronazo.

La mujer que le había abierto la puerta no estaba en ninguno de los dos grupos, aunque era escritora. Greta la vio volverse cuando la llamaban. Era el nombre de una colaboradora de la misma revista donde habían publicado sus poemas. Entonces, ¿no podría ir y presentarse? ¿De igual a igual, a pesar de la frialdad en la puerta?

Pero la mujer había recostado la cabeza en el hombro del tipo que la llamaba, y no les haría gracia que los interrumpieran.

Con esta reflexión le vinieron ganas de sentarse y, al no encontrar ninguna silla, se sentó en el suelo. La asaltó una idea. Pensó que cuando iba con Peter a una fiesta de ingenieros el ambiente era agradable, pero la charla aburrida. Y eso se debía a que todo el mundo tenía una reputación asentada y sólida, al menos por el momento. Allí, en cambio, nadie estaba a salvo. Se lanzaban dardos envenenados a espaldas de cualquiera, incluso de la gente conocida y que publicaba. Imperaban las poses inteligentes o los nervios, quienquiera que fueses.

Y ella desesperada porque alguien le lanzara un triste hueso y le diera conversación.

Satisfecha con su teoría sobre la actitud desagradable de la gente, dejó de importarle que le hablaran o no le hablaran. Y cuando se quitó los zapatos, el alivio ya fue inmenso. Se sentó con la espalda contra una pared y las piernas estiradas en uno de los pasos menos transitados de la fiesta. Como no quería correr el riesgo de derramar la bebida sobre la alfombra, se la terminó deprisa.

Un hombre se detuvo a su lado.

—¿Cómo has venido a parar aquí? —le preguntó.

Ella se compadeció de los pies torpes y embotados del hombre. Se compadecía de cualquiera que tuviera que estar de pie.

Dijo que la habían invitado.

—Ya, pero ¿has venido en coche propio?

—No, andando. —Pero con eso no bastaba, y al final consiguió rematar el resto—. He venido en autobús, y luego andando.

Uno de los hombres que antes estaba en el corro selecto se paró detrás del hombre de los zapatos.

—Excelente idea —dijo. Parecía de veras dispuesto a hablar con ella.

El primer hombre no le prestó mucha atención a este otro. Había recuperado los zapatos de Greta, pero ella le explicó que le dolían demasiado y los rechazó.

—Llévalos en la mano. O ya los llevo yo. ¿Puedes tenerte en pie?

Buscó al hombre más importante para ver si la ayudaba, pero se había ido. Se acordó entonces de que era el autor de una obra sobre los dujobores que tuvo mucha polémica, porque los miembros de la secta iban a aparecer desnudos. No eran dujobores de verdad, sino actores, pero de todos modos al final no les dieron permiso para salir desnudos.

Trató de explicárselo a aquel hombre que la ayudaba a ponerse de pie, pero era obvio que no le interesaba. Greta le preguntó qué escribía. El hombre aclaró que no era un escritor de esos, sino periodista. Estaba de visita en la casa con su hijo y su hija, nietos de los anfitriones. Los chicos eran los que llevaban las bandejas de las bebidas.

—Son letales —dijo, en alusión a los cócteles—. Criminales.

Habían salido afuera. Greta cruzó el césped descalza, aunque con medias, y esquivó un charco por muy poco.

—Alguien ha vomitado —le dijo al escolta.

—No me extraña —dijo él, y la ayudó a montarse en un coche. El aire de la calle le había alterado el ánimo, de una euforia inestable a un malestar que rozaba la vergüenza.

—Vancouver Norte —dijo el hombre. Debía de habérselo dicho ella—. ¿De acuerdo? Adelante. Hacia Lions Gate.

Deseó que no le preguntara qué hacía en la fiesta. Si no le quedaba más remedio que decir que era poeta, su estado, sus excesos, serían tópicos patéticos. No había oscurecido del todo, aunque era tarde. Parecían ir en la dirección correcta, siguiendo el agua, y luego cruzaron un puente. El puente de Burrard Street. Luego veía el tráfico y los árboles que quedaban atrás, pero los ojos se le cerraban sin querer. Cuando el coche se detuvo supo que no podían haber llegado a casa. A la suya, por lo menos.

Vio las copas de los árboles frondosos. Ninguna estrella. Apenas unos destellos en el agua que mediaba entre el lugar donde estaban y las luces de la ciudad.

—Párate un momento a considerar —dijo el hombre.

La palabra la subyugó.

—A considerar.

—Cómo vas a volver a tu casa, por ejemplo. ¿Te las arreglarás para parecer digna? Sin exagerar, con naturalidad. Supongo que estás casada.

—Primero tendré que darte las gracias por llevarme a casa —dijo—. Así que tendrás que decirme tu nombre.

Al parecer ya se lo había dicho. Y dos veces. Pero bueno, de acuerdo, una vez más. Harris Bennett. Bennett. Era el yerno de la gente que daba la fiesta. Los chicos que servían las bebidas eran sus hijos. Estaban de visita, vivían en Toronto. ¿Satisfecha?

—¿Y no tienen madre?

—Claro que sí, pero está en el hospital.

—Lo siento.

—No hay por qué. Es un hospital muy agradable. Para problemas mentales. O quizá habría que decir problemas emocionales.

Ella se apresuró a contarle que su marido se llamaba Peter y era ingeniero, y que tenían una hija que se llamaba Katy.

—Mira qué bonito —dijo él, y salió dando marcha atrás.

En el puente de Lions Gate se disculpó.

—Perdóname por haber hablado así. Dudaba entre si besarte o no besarte, y al final he preferido no hacerlo.

Greta creyó entender que algo en ella lo había echado atrás, que no estaba a la altura de que la besara. La vergüenza le devolvió la sobriedad en el acto, como una bofetada.

—Ahora, cuando pasemos el puente, ¿seguimos por Marine Drive? —continuó el hombre—. Cuento con que me vayas indicando.

Aquel otoño, y también durante el invierno y la primavera siguientes, no hubo día que no pensara en él. Era como tener el mismo sueño nada más dormirte. Recostada en el almohadón negro del sofá, fantaseaba con que la estrechaba entre sus brazos. Era de imaginar que no recordara su cara, pero se le aparecía con todo detalle, el rostro arrugado de un hombre de vuelta de todo, irónico, dado a los ambientes cerrados. De cuerpo tampoco estaba mal, quizá un tanto venido a menos pero competente, y deseable como ningún otro.

El deseo la dejaba al borde del llanto. Aun así toda esa fantasía desaparecía, entraba en hibernación, en cuanto Peter llegaba a casa. Entonces los afectos cotidianos cobraban relevancia, tan solventes como siempre.

El sueño se parecía mucho, de hecho, al clima de Vancouver: una especie de añoranza sombría, una tristeza lluviosa y etérea, un peso que orbitaba alrededor del corazón.

¿Y el rechazo a besarla, que podía parecer un golpe descortés?

Simplemente lo eliminó, sin más. Lo enterró en el olvido.

¿Y su poesía? Ni un verso, ni una palabra. Ni un solo indicio de que jamás le hubiera importado.

Naturalmente cedía a estos arrebatos sobre todo cuando Katy dormía la siesta. A veces llamaba al hombre en voz alta, se entregaba a la estupidez. A continuación la embargaba una vergüenza lacerante, que la hacía despreciarse. Qué estupidez, desde luego. Estúpida.

Y de pronto la situación dio un vuelco, la posibilidad y luego la certeza del trabajo en Lund, el ofrecimiento de una casa en Toronto. Un cambio brusco del tiempo, un acceso de temeridad.

Sin darse cuenta empezó a escribir una carta. No empezaba de una manera convencional. Nada de querido Harris. Nada de me recuerdas.

Escribir esta carta es como meter una nota en una botella…

Y esperar

que llegue a Japón.

Lo más cercano a un poema en mucho tiempo.

No tenía ni idea de a qué dirección mandarla. Fue tan temeraria e insensata como para llamar a la gente que había dado la fiesta, pero cuando contestaron la boca se le secó, la sintió inmensa como una tundra y tuvo que colgar. Entonces metió a Katy en el cochecito y fue a la biblioteca pública a consultar un listín telefónico de Toronto. Había muchos Bennett, pero ningún Harris o H. Bennett.

Entonces se le ocurrió una idea desconcertante: mirar en las necrológicas. No pudo contenerse. Esperó a que el hombre que leía el ejemplar de la biblioteca terminara. No solía hojear el periódico de Toronto porque había que cruzar el puente para comprarlo, y Peter siempre llevaba a casa el Vancouver Sun. Pasó las hojas con impaciencia hasta dar con su firma en un artículo. Así pues, no había muerto. Era columnista de prensa. Era lógico que no quisiera arriesgarse a que cualquiera, conociendo su nombre, pudiera llamarlo a casa.

Escribía sobre política. Sus comentarios parecían inteligentes, pero eso a ella no le importaba.

Le mandó la carta allí, al periódico. No sabía si abriría personalmente el correo y pensó que poner PRIVADO en el sobre era buscarse problemas, así que solo escribió el día de su llegada y el horario del tren, tras las líneas sobre la botella. Ningún nombre. Pensó que quien abriera el sobre pensaría en una anciana de la familia dada a caprichosos giros expresivos. Nada que lo comprometiera, aun suponiendo que le reenviaran a su domicilio una carta tan peculiar y que la abriera su mujer, en caso de que hubiera salido del hospital.

Por lo visto Katy no había entendido que el hecho de que Peter estuviera fuera, en el andén, significaba que no viajaría con ellas. Cuando el tren empezó a moverse, y al ganar velocidad lo perdieron de vista, encajó mal el abandono. Sin embargo, al rato se calmó y le dijo a Greta que seguro que papá llegaría al día siguiente.

Aunque Greta fue con tacto al levantarse por la mañana, Katy ni siquiera mencionó la ausencia. Greta le preguntó si tenía hambre y la niña dijo que sí, y le comentó a su madre, igual que Greta se lo había dicho ya antes de subir al tren, que ahora tenían que quitarse el pijama e ir a desayunar a otro sitio.

—¿Qué quieres desayunar?

—Piscris. —Quería decir Krispies.

—A ver si tienen.

Tenían.

—Y ahora ¿vamos a buscar a papá?

Había un área de juegos infantiles, aunque más bien pequeña. La habían conquistado un niño y una niña que, a decir por sus disfraces de conejito conjuntados eran hermanos. Su juego consistía en lanzarse vehículos en miniatura y esquivarlos en el último momento. PAM PUM CRASH.

—Esta es Katy —dijo Greta—. Yo soy su mamá. ¿Y vosotros, cómo os llamáis?

Los choques cobraron intensidad, pero los niños no levantaron la vista.

—Papá no está aquí —dijo Katy.

Greta decidió que lo mejor era volver a buscar el libro de Christopher Robin de Katy e ir a leerlo al vagón de la cúpula panorámica. No creía que molestaran a nadie, porque aún se servían desayunos y los paisajes de montaña más espectaculares todavía no habían empezado.

El problema fue que, al acabar el libro, Katy quiso volver a leerlo inmediatamente. Durante la primera lectura había escuchado en silencio, pero ahora empezó a repetir el final de cada frase. Y a la tercera lo recitaba palabra por palabra, aunque no se atrevía a intentarlo sola. Greta imaginó que eso sería un incordio cuando el vagón panorámico se llenara de gente. A la edad de Katy, la monotonía no era un problema. Es más, a los niños les gustaba, se sumergían en ella y enroscaban la lengua en las palabras conocidas, como si fuera una golosina que no se terminara nunca.

Un chico y una chica subieron la escalera y se sentaron en diagonal de Greta y Katy. Les dieron los buenos días con entusiasmo, y Greta contestó. A Katy no le hizo gracia que su madre los saludara, y siguió recitando en voz baja sin apartar la vista del libro.

Desde el otro lado del pasillo llegó la voz del chico, casi tan baja como la suya.

Cambio de guardia en Buckingham:

Christopher Robin y Alice allá que van.

Cuando terminó, empezó con otro poema: «No me gustan, como me llamo Sam».

Greta se echó a reír, pero Katy siguió seria. Greta se dio cuenta de que su hija estaba un poco escandalizada. Entendía las letras tontas si salían de un libro, pero no de la boca de alguien que no tenía libro.

—Perdón —se disculpó el chico con Greta—. Somos preescolares. Esta es nuestra literatura. —Se inclinó en el asiento y le habló a Katy solemnemente en voz baja—: Es un libro muy bonito, ¿verdad?

—Quiere decir que trabajamos con niños de preescolar —aclaró la chica—. Aunque a veces nos confundimos.

El chico siguió hablando con Katy.

—A lo mejor ahora puedo adivinar tu nombre. ¿Cuál será? ¿Rufus, tal vez? ¿O será Rover?

Katy se mordió los labios, pero no pudo contener una respuesta tajante.

—No soy un perro —dijo.

—Claro que no. Qué tonto. Yo soy un chico, y me llamo Greg. El nombre de esta chica es Laurie.

—Greg te estaba tomando el pelo —dijo Laurie—. ¿Le doy un tortazo?

Katy sopesó la pregunta.

—No —dijo al fin.

—«Alice se casa con un guardia real» —continuó Greg—. «La vida del soldado es dura de verdad, dice Alice.»

Katy repitió en voz baja el final del segundo verso.

Laurie le contó a Greta que habían recorrido varios jardines de infancia con pequeñas representaciones satíricas. A eso lo llamaban actividades de predisposición a la lectura. Eran actores, en realidad. Ella se bajaba en Jasper, donde había conseguido trabajo de camarera para el verano, que alternaría con algunos números cómicos. No exactamente de predisposición a la lectura. Entretenimiento para adultos, lo llamaban.

—Ay, Dios. Se hace lo que se puede —dijo.

Greg se dedicaría a zanganear; bajaba en Saskatoon, donde estaba su familia.

Los dos eran guapos, pensó Greta. Altos, de brazos y piernas largos, de una esbeltez casi antinatural. El chico, moreno y de pelo rizado; la chica, con melena oscura y la sobriedad de una madona. Cuando poco después mencionó que se parecían, le dijeron que a veces se habían aprovechado de esa similitud a la hora de buscar alojamiento. Simplificaba las cosas una barbaridad, si bien tenían que acordarse de pedir camas separadas y no olvidarse de deshacer las dos.

Aunque ya no tenían que preocuparse por eso. No habría de qué escandalizarse. Después de tres años juntos lo habían dejado. Llevaban meses de castidad, al menos uno con el otro.

—Y ahora se acabó el palacio de Buckingham —le dijo Greg a Katy—. Tengo que hacer mis ejercicios.

Greta pensó que se iría abajo, o que por lo menos haría un poco de calistenia en el pasillo, pero Laurie y él echaron atrás la cabeza, estiraron el cuello y empezaron a hacer gorgoritos y graznidos que formaban curiosos cantos. Katy estaba loca de contento, pensando que todo era una ofrenda, un espectáculo solo para ella. Y se comportó como una verdadera espectadora: guardó silencio hasta el final y solo entonces estalló en carcajadas.

Varios pasajeros que habían hecho ademán de subir se quedaron al pie de la escalera, no tan contentos como Katy, sin acabar de entender la situación.

—Perdón —dijo Greg sin dar explicaciones, aunque con una nota cordial e íntima. Le tendió la mano a Katy—: Vamos a ver si hay alguna sala de juegos.

Laurie y Greta los siguieron. Greta deseó que no fuera uno de esos adultos que se hacen amigos de los niños para poner a prueba sus propios encantos, hasta que se aburren y acaban de malhumor al ver lo agotador que puede ser el cariño de los críos.

Antes del almuerzo ya sabía que no había de qué preocuparse. Las atenciones de Katy no solo no agotaban a Greg, sino que otros niños se habían unido a la competición y no daba ninguna muestra de cansancio.

No es que Greg hubiera organizado una competición. Se las había ingeniado de manera que la atención que atrajo en un principio sirviera para que los niños tomaran conciencia unos de otros y la centraran luego en juegos animados, incluso salvajes, pero que no daban cabida al mal genio. Nada de berrinches. Prohibidos los caprichos. Sencillamente no había tiempo, con las cosas interesantes que estaban pasando. Era un milagro capear así el salvajismo en un espacio tan pequeño. Y el derroche de energía prometía una buena siesta por la tarde.

—Greg es increíble —le comentó Greta a Laurie.

—Sí, casi siempre es así —dijo Laurie—. No se reserva. ¿Sabes que muchos actores lo hacen? Los actores en particular. Fuera del escenario son muertos.

Greta pensó: eso es lo que hago yo. La mayor parte del tiempo me reservo. Soy cauta con Katy, cauta con Peter.

En la década en la que se adentraban sin que ella apenas se diera cuenta, se prestaría mucha atención a ese tipo de cosas. Vivir significaría algo que antes no significaba. Ir con la corriente. Entregarse. Había quien se entregaba, había quien no. Las barreras que separaban el interior y el exterior de la cabeza caerían. Exigencias de la autenticidad. Cosas como los poemas de Greta, cosas que no salían directamente de dentro, empezaron a resultar sospechosas, incluso se miraban con desdén. Por supuesto que ella siguió como siempre, indagando y explorando, incidiendo con la misma determinación secreta en la contracultura. Sin embargo, mientras veía a su hija rendirse a Greg y a todo lo que hacía, se sintió plenamente agradecida.

Por la tarde, tal como había previsto, los niños se fueron a dormir la siesta. En algunos casos, las madres también. Otras se quedaron jugando a cartas. Greg y Greta despidieron a Laurie cuando se bajó en Jasper. Ella les lanzó besos desde el andén. Apareció un hombre de más edad, que le cogió la maleta, la besó cariñosamente y saludó a Greg, que le devolvió el saludo.

—El nuevo galán —comentó.

Más saludos mientras el tren se ponía en marcha, y entonces Greta y Greg llevaron a Katy al compartimento. La niña se quedó dormida entre los dos en pleno salto. Descorrieron la cortina para airear el compartimento, ahora que no había peligro de que la niña se cayera.

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