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MY DILEMMA IS YOU. UN NUEVO AMOR. O DOS... (SERIE MY DILEMMA IS YOU 1)

Cristina Chiperi

5


Fragmento

PRÓLOGO

Jamás he subido a un avión, así que reconozco que estoy un poco emocionada.

Me siento y me abrocho el cinturón de seguridad. Mi madre se acomoda a mi lado y me sonríe con aire compasivo:

—Tranquila, cariño. Llegaremos a Miami enseguida.

Cinco horas y veintitrés minutos para sobrevolar el país de un océano a otro. Tres mil setecientos cincuenta y siete kilómetros en total, para ser más exactos.

Cinco horas y veintitrés minutos para destrozar dieciséis años de vida. Y todo por un estúpido trabajo.

Hace solo quince días mi vida era perfecta: dos mejores amigos, un montón de conocidos, fiestas todos los sábados por la noche y una familia…, bueno, como cualquier otra. ¿Qué más se puede pedir?

Hasta que un viernes por la tarde, al volver a casa después de clase, enseguida me doy cuenta de que está a punto de ocurrir algo terrible. Cuando mis padres deben darme una mala noticia preparan siempre una tarta de chocolate para que luego pueda consolarme con ella, y ese es, precisamente, el aroma que me recibe: tarta de chocolate.

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Dejo el bolso en el recibidor y voy directa a la cocina. Mi madre está delante de los fogones.

—Hola, mamá —digo.

—Hola, cariño, no te he oído entrar. —Por su mirada comprendo enseguida que algo va mal.

—¿Todo bien?

—Sí, ¿por qué?

—Pareces un poco..., no sé..., extraña.

—Todo va bien, cielo. Cenamos dentro de una hora.

—Ok, mientras tanto ordenaré mi cuarto —digo a la vez que salgo de la cocina y subo como un rayo la escalera en dirección a mi dormitorio.

Me acerco al ordenador y pongo un poco de música. Misery Business, de los Paramore, comienza a sonar a todo volumen y empiezo a ordenar mis trastos, entre otras cosas para quitarme de la cabeza al gilipollas de Set. Hemos estado juntos ocho meses… Es terrible descubrir que el chico que quieres te engaña. ¡Menudo idiota!

La voz de mi madre me distrae de mis pensamientos:

—¡A la mesa!

En la cocina mi madre, mi padre y Kate están ya sentados en su sitio habitual. Tomo asiento yo también. No veo la hora de llevarme algo a la boca, porque me estoy muriendo de hambre.

El silencio que reina en la cocina resulta embarazoso, además de raro, porque solemos hablar mucho.

—¿Sabéis? Me encanta el nuevo colegio —dice mi hermana rompiéndolo. Kate tiene catorce años y acaba de empezar su primer año en el instituto.

Observo las caras de mis padres. Se miran de forma extraña y parecen preocupados. Veo que mi padre asiente con la cabeza y que mi madre entiende a la perfección su gesto.

¿Qué está pasando?

—Chicas, papá y yo debemos deciros algo importante.

¡Oh, no! ¡Lo sabía!

—Nos tenemos que ir a vivir a Miami, porque a vuestro padre le han ofrecido un trabajo mejor allí. Nos marcharemos dentro de dos semanas —dice.

¡No me lo puedo creer! ¡No puede ser verdad! No tiene sentido… ¡Estamos genial en Los Ángeles! Tenemos una casa bonita, muchos amigos, puede que el instituto sea un asco, pero los compañeros son fantásticos y, además, mis padres ganan bastante dinero.

—Pero ¡si estamos bien aquí! —digo.

Mi padre me mira haciendo un esfuerzo para mantener la sonrisa.

—Lo sé, Cris, pero no puedo rechazar el puesto. John Dallas se fía de mí y quiere que esté a su lado para gestionar unos negocios importantes. Piensa en lo que ganaréis Kate y tú con el cambio: ¡una casa dos veces más grande que esta, un instituto magnífico que os proporcionará una formación adecuada, amigos nuevos y muchas otras cosas! Además, Miami es una ciudad preciosa, ya lo veréis.

—¿Quién es John Dallas? —pregunta Kate.

—Un viejo y querido amigo nuestro de la época de la universidad, además del jefe de vuestro padre —responde mi madre—. Estoy segura de que Miami os gustará, chicas.

—¡Esa no es la cuestión, mamá! —replico—. Da igual si es la ciudad más bonita del mundo, ¡todos mis amigos están aquí!

—¡Sí, todos nuestros amigos están aquí! —corrobora Kate.

—Es cierto, pero los amigos van y vienen, estoy segura de que haréis otros nuevos.

No doy crédito a lo que oigo. No puedo contener la rabia. ¿Cómo pueden ser tan insensibles?

—¡No quiero hacer nuevos amigos! —suelto al final con los ojos anegados en lágrimas—. ¡Y no quiero dejar a Cass y a Trevor! Sabes de sobra que estamos muy unidos. ¡No puedo vivir sin ellos!

—Basta, Cris, estás exagerando. Existe internet. De una forma u otra seguiréis en contacto.

Mi madre siempre da por zanjadas las discusiones de esa forma: encontrando la solución más sencilla a cualquier problema, pero sé de sobra que es difícil conservar una relación en la distancia. ¿Cómo será la vida sin Cass y Trevor? ¿Cómo será dejar de verlos a diario, no compartir con ellos todo lo que me sucede?

Por no hablar de Set… Esperaba tener tiempo para resolver nuestros problemas, para conseguir que volviera conmigo.

En cambio, todo se ha acabado.

Y ahora estoy aquí, a bordo de este maldito avión, que no tardará en arrebatarme todas las cosas que dan sentido a mi vida. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?

Estoy sentada en el lado de la ventanilla y oigo que el avión avanza por la pista acelerando. Cada vez nos movemos más deprisa, lanzados hacia delante como un proyectil. Contengo el aliento mientras nos elevamos del suelo. No me lo puedo creer, está sucediendo de verdad. Una fuerza me mantiene pegada al asiento y noto una sensación de vacío en el estómago. Tengo miedo y, al mismo tiempo, lo reconozco, siento un extraño estremecimiento de placer.

Sin saber cómo, encuentro el valor suficiente para mirar por la ventanilla. A nuestros pies se encuentra la ciudad de Los Ángeles, como nunca la había visto hasta ahora: una red de líneas y formas geométricas que se van alejando. No la reconozco.

Algo me dice que van a ser las cinco horas más largas de mi vida. Miro alrededor y me concentro en dos niños que viajan con sus padres: tendrán unos cuatro y cinco años, y parecen alegres y tranquilos, como si volar fuera para ellos la cosa más natural del mundo.

En cierta medida los envidio. Esbozo una sonrisa y cierro los ojos con la esperanza de poder relajarme y conciliar el sueño, a pesar del jaleo que están montando.

Al final me duermo y empiezo a soñar. Y el sueño es uno de los más raros que he tenido en mi vida: estoy llorando y abrazando a un chico. Pese a que no puedo ver sus facciones, noto un detalle: lleva un pendiente en el lóbulo derecho, una especie de media luna.

No sé quién es y, sin embargo, tengo la extraña sensación, mejor dicho, la certeza, de que lo conozco desde siempre. Da la impresión de que sufre mucho, pero ¿por qué?

Mueve los labios para hablar, y es realmente insólito porque solo dice: «¡Despiértate, cariño!».

Lo miro perpleja y acto seguido abro los ojos.

Es mi madre.

—Estamos en Miami —me dice.

1

Me enderezo en el asiento, desentumezco las piernas y los brazos, y me desabrocho el cinturón de seguridad para poder levantarme. Estoy deseando pisar tierra firme.

Por lo visto todos los pasajeros comparten mi deseo, porque se apiñan a la salida. A saber si también a ellos les falta el aire… Kate no parece tener el menor problema: pasa por mi lado a toda prisa, se abre paso entre la multitud para bajar y cuando la pierdo de vista comprendo que lo ha conseguido. Daría lo que fuera por tener una pizca de su descaro y de su capacidad para adaptarse a las novedades. Aceptó mucho mejor que yo la noticia del traslado y ahora diría que parece incluso feliz.

Al cabo de más o menos una hora, después de haber recuperado las maletas, salimos del aeropuerto y subimos a un taxi. Mi madre, Kate y yo nos apretamos en el asiento posterior, y papá se sienta delante.

A través de la ventanilla observo la ciudad que fluye ante mis ojos y que no tardará en convertirse en mi hogar: rascacielos, mar, palmeras, playas, casas y, de nuevo, el mar.

Vamos a vivir en Miami Beach, es lo único que no me desagrada, al contrario. Me encanta el mar y espero poder pasar todas las tardes en la playa.

Las calles que atravesamos están llenas de chicos de mi edad que circulan a toda velocidad con sus skates, que patinan o que van a la playa en bermudas y con la tabla de surf bajo el brazo. Tengo que reconocer que el sitio no está nada mal, sobre todo en esta época del año.

Espero poder hacer nuevos amigos desde el primer día de clase. Cuando era pequeña sufrí mucho a causa de la timidez. Tenía la sensación de ser invisible a ojos de los demás y no comprendía que, en realidad, era yo la que me aislaba. No obstante, por suerte pude contar con Cass y con Trevor. Luego, en el primer año de instituto, decidí que debía cambiar de actitud: me envalentoné y aprendí a relacionarme con las personas. De hecho, ahora tengo un montón de amigos. Mejor dicho, tenía un montón de amigos.

El taxista frena bruscamente y me doy de bruces con el asiento delantero.

—Pero ¿qué le pasa? —estallo.

El tipo saca la cabeza por la ventanilla.

—¡La próxima vez mirad antes de cruzar con el semáforo en rojo, chicos! ¡No os he atropellado de milagro! —grita.

Me asomo también para ver con quién está hablando y diviso un grupo de chicos; uno se está riendo como un idiota en las mismas narices del taxista.

Creo que tienen mi edad. Tres chicos y una chica, vestidos a la moda y muy guapos. A saber si van también a mi futuro instituto. Espero que no. No me gustaría toparme en clase con cierto tipo de gente.

El taxista se disculpa por el frenazo y arranca de nuevo. Rodeamos un parque y nos adentramos en un barrio lleno de casas gigantescas. El taxi se detiene por fin. Mi padre empieza a descargar las maletas.

Miro alrededor. Veo unas casas enormes con unas piscinas y unos jardines impresionantes. Además, todas tienen, al menos, dos plantas. Huele a mar, así que la playa no puede quedar muy lejos.

—¡¿Es la nuestra?! —digo señalando la mansión que hay justo enfrente de nosotros.

Mi padre asiente con la cabeza, y me quedo boquiabierta. Cuando le eché un vistazo en Street View no me pareció tan grande, al contrario. Tiene dos pisos y desde aquí puedo ver ya la piscina… ¡que no veo la hora de usar!

—¡Guau! —exclamo.

Kate coge al vuelo sus bolsas y corre entusiasmada hacia la entrada.

—¡Muévete, papá!

Yo también voy para allá en compañía de mi madre. Cuando abrimos la puerta me quedo literalmente sin palabras. Ante nosotros se abre un recibidor muy luminoso, con una puerta acristalada que da al jardín con vistas al mar. A nuestra derecha una escalera lleva al piso de arriba. A la izquierda, en cambio, un arco da acceso a un salón con otras dos grandes puertas acristaladas por las que también se sale al jardín.

Todo está decorado con mucho gusto, con un estilo supermoderno y cuidado hasta en los más mínimos detalles. En un rincón de la sala entreveo los paquetes procedentes de Los Ángeles que contienen lo poco que ha quedado de nuestra antigua casa.

Dejo las maletas en el recibidor y subo la escalera para ver el piso de arriba. ¡Vaya, hay muchísimas habitaciones! Entro en todas: una sala con una pared de cristal desde la que se ve el océano, un cuarto de baño enorme y cuatro dormitorios. Cada habitación tiene un baño privado, pero ninguna me gusta. O son demasiado grandes o demasiado pequeñas, además, odio tener que usar las escaleras de buena mañana, así que bajo otra vez para comprobar si hay un dormitorio en la planta baja.

Lo encuentro y, por suerte, me parece perfecto. Tiene el tamaño justo y desde la ventana se ve la piscina, nuestra piscina.

—¿Cómo te sientes, cariño? —pregunta mi madre entrando en la habitación.

—Bien…, creo —respondo.

—¿Quieres dormir aquí? —dice mirando alrededor.

—Sí, ¿puedo?

—Por supuesto. —Sonríe.

Asiento con la cabeza y echo un nuevo vistazo alrededor para ver cómo puedo colocar mis cosas.

—Recuerda que el lunes empiezas las clases. Aprovecha esta tarde y mañana para ordenar todo, cariño —dice, arruinándome un día que ya estaba de por sí arruinado.

—Ah, sí… Las clases…

Acto seguido voy a coger las maletas y las arrastro hasta mi nuevo cuarto.

No tengo los libros de texto, no sé cómo van con el programa, no sé nada. No será fácil integrarse en octubre, con las clases ya empezadas y, sobre todo, formadas.

A última hora de la tarde acabo de ordenar mi dormitorio, que ahora siento más mío que hace unas horas. No está mal, pese a que mi vieja habitación de Los Ángeles era otra cosa.

De una carpeta saco unas cuantas fotos que imprimí antes del viaje. Cojo el celo y empiezo a pegarlas en las puertas del armario.

Esta la sacamos el día del cumpleaños de la arrogante de Giuly: Cass y yo aparecemos sonrientes y manchadas de nata. Esa noche organizamos un lío de miedo, pero nos divertimos como enanas. Cuando la madre de la festejada pasaba por nuestro lado con la tarta Cass me empujó y caí sobre la señora. La tarta salió volando por los aires y aterrizó en la cabeza de los invitados. En ese momento estalló una guerra en que la nata y el bizcocho volaron por los aires. Cass y yo nos hicimos una foto de recuerdo.

En esta otra aparecemos Trevor y yo abrazados. Sonrío. No sé lo que daría en este momento por recibir un abrazo de mi amigo.

Esta, en cambio, la sacamos ayer por la tarde al salir de clase. Es un selfie de los tres en nuestro banco de siempre. Tengo la impresión de que ha pasado ya una vida y, sin embargo, hace solo veinticuatro horas. Los ojos se me llenan de lágrimas.

Cass no podía estar más triste, de los tres fue la que peor encajó la noticia de mi partida. Jamás habría imaginado que iba a reaccionar tan mal. A todos nos resulta difícil, pero puede que para ella sea aún peor. Me regaló el colgante que llevo puesto ahora, la mitad de un corazón, la otra mitad se la quedó ella, así no olvidaremos que siempre estaremos unidas.

Trevor puso una expresión muy cómica cuando comprendió que estaba excluido del regalo. Pero luego Cass nos sorprendió con otro: tres pulseras con nuestras iniciales: CCT.

—Para recordar que somos y seremos siempre los tres mosqueteros —dijo riéndose.

Luego, en el momento de la despedida, mi amiga me dio un abrazo fortísimo, como si no quisiera dejarme ir, y me imploró entre lágrimas:

—No me dejes, Cris, por favor.

Fue el momento más triste de mi vida.

Trevor, en cambio, no lloró, pero tenía los ojos brillantes y sé que sufría.

Me siento en la cama, cojo el móvil y miro más fotografías. Luego envío un mensaje a los dos: «Os echo de menos».

2

El intenso aroma de las tortitas recién hechas me arranca con dulzura del sueño. Trato de retrasar lo más posible el despertar apretando los párpados y respirando a pleno pulmón este olor, tan delicioso y familiar.

Cuando, por fin, me decido a abrir los ojos, tardo unos segundos en comprender dónde estoy.

Atraída por el aroma de las tortitas, tengo un único objetivo: llegar hasta la cocina.

Una vez en la puerta veo que mis padres y Kate ya están sentados a la mesa, en el mismo sitio que ocupaban en la cocina de Los Ángeles. Casi no parece que estemos a miles de kilómetros de allí. Me siento también a la espera de recibir mi porción de felicidad.

—Buenos días, cariño, ¿has dormido bien? ¿Qué quieres con las tortitas? —pregunta mi madre.

—Buenos días, mamá, sí, gracias. Tomaré té —contesto sonriendo.

Me lo sirve, y yo soplo para que se enfríe.

—Prueba un poco —dice mi padre pasándome un plato con sus fabulosas tortitas de jarabe de arce. Solo él sabe hacerlas tan buenas, no me cabe la menor duda.

Después del desayuno me preparo para ir a la playa. Deambulo un poco por el barrio buscando un cartel que me indique la dirección que debo seguir, pero no lo encuentro. Al final pido información a una señora que, por suerte, me muestra el camino.

En unos minutos el número de palmeras aumenta, chicos de todas las edades hormiguean por las aceras con sus monopatines o sus rollerblade y, por fin, veo el mar.

Al llegar a la playa pongo la toalla en la arena, me descalzo y me tumbo al sol. Se está de maravilla, y empiezo a pensar que, quizá, la vida aquí no sea tan terrible, cuando, de improviso, algo me golpea un brazo. Me incorporo de un salto a la vez que me quito las gafas de sol, que se han llenado de arena.

Un chico se acerca a mí corriendo. Tiene los ojos más azules que el cielo y el viento mueve su pelo castaño.

—Perdona, la culpa es de Cam —dice recuperando la pelota.

—No es nada, tranquilo. Da igual —respondo a la vez que me sacudo la arena del cuerpo.

El chico sonríe y me escruta unos segundos.

—Hasta la vista.

Asiento con la cabeza y le devuelvo la sonrisa, pero él ha echado ya a correr.

¡La verdad es que el tal Cam podía haber estado más atento! Tengo arena por todas partes. Además, ¡qué vergüenza! Odio hablar con chicos que no conozco, nunca sé cómo comportarme.

Sigo con la mirada al tipo de los ojos azules y veo que se reúne de nuevo con su grupo de amigos.

¡Juraría que son los mismos que ayer cruzaron la calle con el semáforo en rojo!

Me vuelvo a tumbar e intento relajarme, mecida por el ruido de las olas, pero no logro recuperar la magia de hace unos minutos. Quizá me vendría bien ir de compras… ¿Acaso hay algo mejor para animarse? Me apetece comprarme algo nuevo para el instituto.

Recojo mis cosas y me encamino hacia lo que, a juzgar por el número de tiendas y el vaivén de gente que camina ajetreada, parece el centro de la ciudad.

Entro en Forever 21, echo un vistazo alrededor y enseguida encuentro auténticas maravillas. Salgo satisfecha de la tienda: en la bolsa llevo tres camisetas, un vestidito y dos pares de leggings. ¡Ahora solo debo elegir qué me pondré mañana, el primer día de clase! Intento imaginar las posibles combinaciones, en lugar de dejarlo para el último momento, como suelo hacer. Mientras camino ensimismada un tipo que va en monopatín se abalanza sobre mí y me tira al suelo.

Pero ¿se puede saber qué pasa hoy? ¿Es el día de «Lancémonos todos contra Cris»?

—Perdona —dice enseguida el skater.

Alzo la mirada para ver de quién se trata. Debe de ser más o menos de mi edad, tiene el pelo rubio, despeinado, y los ojos del tono castaño más bonito que he visto jamás.

Recoge mi bolsa del suelo, se levanta y me la pasa.

—Perdona. ¿Te has hecho daño? Estaba… —Se calla en cuanto nuestras miradas se cruzan.

—Hum… tranquilo, estoy bien. —Cojo la bolsa y le sonrío.

—Sí…, esto…, entonces… —dice él tocándose el pelo.

Pero ¿qué le ocurre? ¿Me equivoco o parece un poco avergonzado?

—¡Matt! ¿Va todo bien? —grita un chico acercándose a nosotros, el mismo que vino a recuperar la pelota en la playa—. ¿Otra vez tú? —pregunta en tono divertido al reconocerme.

—Sí, no ha pasado nada. ¿Os conocéis? —pregunta el rubio.

—No, pero antes Cam le ha dado con la pelota —explica el chico de los ojos azules. Los dos se echan a reír.

La situación no me gusta ni un poquito. Empiezo a sentirme incómoda y, francamente, no le veo la gracia.

—Soy Nash. Encantado —añade luego dirigiéndose a mí.

—Cris —respondo con una sonrisa forzada.

—Nunca te he visto por aquí. ¿Eres nueva? —pregunta el chico que, según creo, se llama Matt.

—Sí, llegué ayer. —Procuro mantener la calma y no dejarme llevar por el pánico.

—Entonces espero que nos veamos pronto, estoy seguro de que a alguien no le disgustará tenerte cerca —afirma Nash dando una palmadita en el hombro a su amigo—. ¡Vamos, Matt! Cam, Taylor y la princesita nos están esperando.

—Adiós, Cris —dice el rubio a modo de despedida.

—Adiós… —Sonrío un poco avergonzada y los miro mientras se alejan.

Pero ¿por qué me sucede todo a mí? ¿Qué tengo de malo?

¡Desde que llegué a esta ciudad no me sale nada bien! Por si fuera poco, me pierdo al volver a casa. Solo consigo encontrar la calle gracias a la ayuda de un policía.

Dado que la mañana ha sido movidita, decido pasar la tarde, la última libre antes de que empiecen las clases, en el borde de mi piscina. ¡Es lo más placentero de este mundo!

Estoy rodeada de verde y de silencio; es realmente relajante. Con todo, no consigo dejar de preguntarme qué sucederá este año en el nuevo instituto… Cierro los ojos y me concentro en el silencio para acallar mis pensamientos.

—¡Para ya! —grita de repente una chica. Me vuelvo para ver qué está sucediendo, pero no es nada: solo son dos enamorados que se persiguen riéndose por la calle que bordea el jardín.

Él parece muy mono, con un físico que no está nada mal. Ella tiene una melena rubia, larga y ondulada, y va vestida de color fucsia de pies a cabeza. El mero hecho de mirarla da dolor de cabeza.

La felicidad que demuestran hace que sienta una punzada en el corazón, y me recuerda cómo éramos Set y yo al principio. Salíamos a menudo, pasábamos las tardes viendo películas y nos divertíamos un montón.

Hasta que un día Sindy nos invitó a su fiesta de cumpleaños. Yo había decidido no ir, mientras que Set quiso pasarse para coincidir con sus compañeros del equipo de rugby. El caso es que al final fui también, pero solo porque Cass no se encontraba bien y me pidió que me reuniera con ella. Mientras la buscaba encontré a Set en el baño de las chicas, ocupado con una.

Parecían tan interesados el uno en el otro… Y la pregunta que aún me hago es: ¿desde cuándo duraba la historia?

En ese momento todo terminó. Nosotros terminamos.

Regreso a la Tierra. Está anocheciendo y sé que mañana será un día muy pesado. Será mejor que entre en casa. Lo único que quiero es refugiarme bajo las sábanas y desconectar unas horas.

3

Como de costumbre, la mañana llega demasiado deprisa y el timbre del despertador retumba en la habitación.

No tengo ganas de levantarme, así que lo retraso diez minutos para poder descansar un poco más.

Cuando vuelve a sonar escondo la cabeza bajo la almohada para taparme los oídos, pero la luz que entra por la puerta me despierta del todo.

Guiñando los ojos entreveo el perfil de mi madre en el umbral. Al principio no entiendo lo que dice, pero luego sus palabras resultan incluso demasiado claras.

—¡¿Aún estás en pijama?! —grita.

No entiendo a qué viene tanta ansiedad. Pero ¿qué le pasa? Me incorporo, cojo el móvil y miro la hora.

¡Oh, no! ¡El estúpido aparato en lugar de posponer el timbre diez minutos lo retrasa treinta! ¡Voy a llegar tarde el primer día de clase!

Salgo de un salto de la cama y cojo lo primero que encuentro en el armario.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunto mientras me pongo una camiseta.

—Diez minutos. ¡Muévete!

Agarro la mochila, corro hacia el cuarto de baño para pintarme un poco y salgo de casa como una exhalación. Mi madre me está esperando en el coche.

—¿Está muy lejos? —le pregunto abrochándome el cinturón de seguridad.

—Unos quince minutos en coche.

—Con tráfico puede que veinticinco —añade Kate, que está matriculada en el mismo centro que yo.

—Gracias por la ayuda —le digo fulminándola con la mirada.

Llegamos al cabo de un cuarto de hora exacto, nos bajamos del coche en un abrir y cerrar de ojos mientras mi madre nos desea que pasemos un buen día.

—¡Nos vemos en casa! —me grita Kate corriendo en dirección a los alumnos de primero.

La observo mientras se aleja, luego me vuelvo a mirar el instituto: ¡es espantosamente grande! Inspiro hondo y cruzo el umbral.

En el patio me abro paso entre los estudiantes que esperan para entrar. Algunos fuman, muchos van a su bola, otros charlan animadamente. Debo de tener un aspecto horrible o parecer una marciana: tengo la sensación de que todos me miran y eso me crispa los nervios. Mi objetivo era pasar desapercibida, pero temo haber fracasado miserablemente…

Suena el timbre y los alumnos se mueven en dirección a las aulas. Yo perderé al menos veinte minutos de la primera clase buscando a la directora.

Me acerco a una chica pelirroja que está sola y le pregunto educadamente dónde está el despacho en cuestión. Esperando que no me haya tomado el pelo, echo a andar en la dirección que me ha indicado y, tal y como me ha dicho, llego a una puerta de color blanco deslumbrante.

Llamo y entro.

—Buenos días.

—Buenos días, supongo que es usted la nueva alumna —dice la directora sonriendo.

Asiento un poco asustada.

—Cristina Evans, ¿verdad? —pregunta mirando un folio.

Asiento de nuevo.

—Su hermana ha estado aquí hace justo cinco minutos. —Se ríe—. Siéntese.

Me siento en el sillón que acaba de señalar sin decir una palabra.

—Bienvenida a nuestro centro, señorita Evans. Hemos examinado los cursos a los que asistía en Los Ángeles y, a menos que quiera modificar el plan de estudios, los continuará aquí. Como ya sabe, las clases empezaron hace más de un mes, así que supongo que no le resultará fácil ponerse al día con las clases. Pero tranquilícese, estoy segura de que se integrará enseguida y de que se encontrará a gusto entre nosotros.

Quisiera ser tan optimista como ella, confío en que tenga razón.

Alguien llama a la puerta y, apenas entra, reconozco sus increíbles ojos azules.

—Señorita Evans, le presento a Nash Grier —dice la directora sonriendo—. Le enseñará el centro y la presentará en su clase de Lengua.

¡Me he quedado literalmente muda! ¡Otra vez él!

Al cabo de unos minutos Nash y yo salimos del despacho de la directora.

—¡Vaya casualidad! ¡Así que vas a estudiar aquí! —exclama divertido—. Bueno, en ese caso, ¡bienvenida al instituto que destrozará tu vida! —Se echa a reír a la vez que da inicio a nuestro tour: las aulas, la biblioteca, el comedor, la cafetería y la enfermería.

—¡Se acabó la excursión turística! —anuncia Nash al cabo de un rato—. Solo hemos visitado una pequeña parte del centro. Ahora debemos ir al aula. ¡Supongo que no querrás perderte la clase de Lengua! —Me guiña un ojo.

—¿Cuántos somos?

—Cuatrocientos —contesta bromeando.

Simulo una carcajada.

—Qué gracioso.

—Somos veintisiete —dice mientras avanzamos por un pasillo flanqueado de taquillas rojas—. Ah, antes de ir a clase te enseñaré tu taquilla. Es la número 672. Puedes poner la contraseña que quieras.

Nash se vuelve mientras pongo mi fecha de nacimiento. Ya la cambiaré cuando se me ocurra algo mejor.

Tras caminar unos metros llegamos a una puerta, llamamos y entramos en un aula que, sin lugar a dudas, es demasiado grande para veintisiete alumnos. Los pupitres son individuales y eso no me gusta ni un poquito.

—Buenos días, Grier. ¿Es la nueva alumna? —pregunta el profesor.

Nash asiente con la cabeza y va a sentarse a su sitio. Me quedo sola al lado de la mesa del profesor, mientras una clase de desconocidos me escruta de arriba abajo. Daría lo que fuera por que me tragara la tierra. Observo a mis compañeros. Reconozco al dueño del monopatín que vi ayer por la mañana, Matt, y eso hace que me sienta enseguida un poco aliviada.

—Bien, chicos, os presento a vuestra nueva compañera. Se llama Cristina Evin —dice el profesor.

—Evans —le corrijo. Me pregunto cómo puede equivocarse con un apellido tan corriente.

—Ah, sí, Evans. —Coge un bolígrafo y apunta algo en la lista.

Varias chicas me observan riéndose. No entiendo por qué. Creo que una es la rubita que ayer bromeaba con su novio cerca de mi casa.

—Bueno, Cristina, siéntate delante de Cameron —dice el profe.

Lástima que no sepa quién es el tal Cameron.

—Allí —añade, señalando la tercera fila. Voy a sentarme donde me indica.

Estoy cerca de Nash y Matt está justo al otro lado de la clase, en el último pupitre. Cuando me vuelvo para mirarlo veo que me está observando. Me sonríe y lo saludo con la mano. Él me devuelve el saludo.

Me alegro de estar en clase con varias personas que, al menos, conozco de vista.

El profesor retoma la lección donde la interrumpió cuando llegamos.

—¡Eh! —susurra el chico que está a mi espalda.

Me vuelvo con la esperanza de que el profe no se dé cuenta y al hacerlo veo un par de ojos de color castaño intenso, luminosos y profundos, y una cara que me resulta familiar… Estoy casi segura de que es el mismo tipo que ayer estaba con la rubita. Tiene una mirada magnética. Sus labios se ensanchan en una sonrisa maliciosa.

—Tienes algo en la cabeza —me dice.

Abro los ojos de par en par asustada.

—¡¿Qué es?! —pregunto inquieta.

—Evans, no sabía que estuvieras tan adelantada con el programa. Vamos, responde tú —dice el profesor.

Solo ahora me doy cuenta de que he levantado la mano. Estoy a punto de hacer un ridículo espantoso, lo siento. Como era de esperar, ese idiota me estaba tomando el pelo. Lo odio ya.

—Esto… —Oigo reírse al chico que está detrás de mí—. He olvidado lo que iba a decir, lo siento —digo a modo de disculpa.

El profesor vuelve a concentrarse en la clase y repite la pregunta.

Estoy muy enfadada, pero, por suerte, sé mantener la calma y logro dominar las ganas de volverme y mandar al infierno al imbécil que sigue riéndose a mi espalda.

En cambio, noto que Nash lo está mirando desde su sitio a la vez que niega con la cabeza con aire de reproche.

Por mi parte, prefiero concentrarme en la lección y tomar apuntes, entre otras cosas porque, según parece, voy mucho más retrasada con el programa de lo que creía.

4

Me he pasado las últimas horas tomando apuntes, de manera que el timbre que anuncia la pausa para comer es todo un alivio, sobre todo para mi mano.

Prefiero pasar la próxima hora sentada aquí para no perderme y correr el riesgo de no encontrar de nuevo el aula.

Todos charlan y se ríen. Daría lo que fuera para que mis mejores amigos estuvieran aquí.

—Hola —dice una chica acercándose a mi pupitre. Melena larga y ondulada, cara dulce y una sonrisa realmente desarmante.

—Hola —contesto.

—Soy Sam. Encantada.

—Cris. —Le devuelvo la sonrisa a la vez que le estrecho la mano.

—Siento lo de antes. Vi lo que te hizo mi hermano Cameron. No le hagas caso, es idiota —bromea.

—Tranquila, da igual.

—De eso nada. —Se sienta en el pupitre que hay delante del mío—. Desde que Cameron está con el grupito de víboras se ha vuelto insoportable, así que te haré una pequeña advertencia: evita a Susan y a sus amigas.

—Te pareces mucho a tu hermano —digo. De hecho, son casi iguales, pese a que difieren en algo: ella es simpática, él no.

—Eso es lo que dicen todos. Pero, en realidad, se refieren solo al aspecto. En todo lo demás les parecemos muy diferentes.

—¿A qué te refieres?

—Él es uno de los chicos más populares del instituto. Yo no. Cam es el capitán del equipo de fútbol. No sé cuántas chicas sueñan con él. En cualquier caso, solo va con la rubia y sus amiguitas, porque son tan guays como él.

—Y la rubia es la jefa de las animadoras, ¿me equivoco? —pregunto.

—Exacto. Además sale con mi hermano, por desgracia. El diablo los cría…

Nos echamos a reír. Sam es realmente mona y simpática.

—¿Qué me dices de los demás? —pregunto intrigada mirando alrededor.

—Bueno, Cameron no es el único chico popular del instituto. Hay un grupito de chicos guapísimos que llevan a todas de cabeza. Por ejemplo, ¿ves a ese? —dice señalándome al chico de los ojos azules.

—¿Nash? Parece simpático.

—¿Lo conoces? —me pregunta sorprendida.

—Sí, más o menos. Me ha enseñado el centro.

—¡Vaya, menuda suerte! Es el mejor amigo de mi hermano, pero nunca me ha dirigido la palabra.

Solo son unos chicos del montón.

—¿Y qué me dices de Matt? —pregunto mirándolo mientras él sonríe a Nash.

—¿Cómo es posible que conozcas a Matthew Espinosa? —pregunta Sam alzando la voz.

—Ayer por la mañana, mientras iba de tiendas, se abalanzó sobre mí.

Sam se queda boquiabierta.

—¡N ...