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NI LO VES NI LO VERáS (INSPECTORA HELEN GRACE 2)

M. J. Arlidge

5


Fragmento

Índice

 

Portadilla

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Capítulo 108

Capítulo 109

Capítulo 110

Capítulo 111

Capítulo 112

Capítulo 113

Capítulo 114

Capítulo 115

Capítulo 116

Capítulo 117

Capítulo 118

Capítulo 119

Epílogo

Capítulo 120

Capítulo 121

Sobre el autor

Créditos

1

 

 

 

La niebla se deslizaba lentamente desde el mar, sofocando la ciudad. Descendía como un ejército invasor, apoderándose de los sitios más reconocibles, estrangulando el resplandor de la luna, haciendo que Southampton se convirtiera en un lugar extraño y aterrador.

El polígono industrial de Empress Road estaba tan silencioso como un cementerio. Los talleres y fábricas habían dado por concluida su jornada, los mecánicos y los trabajadores del supermercado habían abandonado la zona y las prostitutas callejeras ya se estaban dejando ver. Vestidas con minifaldas y microtops, aspiraban con fruición sus cigarrillos, atesorando el poco calor que desprendían para poder protegerse de un frío que te congelaba el alma. Paseando arriba y abajo, trabajaban muy duro para poder vender su sexo, pero en esa penumbra se parecían más a fantasmas esqueléticos que a objetos de deseo.

El hombre condujo lentamente, sus ojos evaluando la fila de yonquis semidesnudas. Las examinó —de vez en cuando reconocía a alguna— y las descartó. No eran lo que estaba buscando. Esa noche andaba a la caza de algo especial.

La esperanza se mezcló con el miedo y la frustración. Durante muchos días no había sido capaz de pensar en otra cosa. Estaba tan cerca, pero ¿y si todo era una mentira? ¿Un mito urbano? Golpeó con fuerza el volante. Tenía que estar allí.

Nada. Nada. Nad…

Allí estaba. Sola, de pie, apoyada contra una pared recubierta de grafitis. El hombre se sintió cachondo de repente. Había algo diferente en esta. No se estaba mirando las uñas, ni fumando, ni cotilleando con las otras. Solo estaba esperando. Esperando a que algo sucediera.

Salió de la carretera y aparcó el coche en un lugar apartado y protegido de la vista por una alambrada. Tenía que ser cuidadoso, no debía dejar nada al azar. Miró a ambos lados de la calle por si venía alguien, pero la niebla lo ocultaba todo. Parecía que fueran las dos únicas personas que quedaban en el mundo.

Cruzó la calle para acercarse a ella y después se contuvo, haciendo más lentos sus pasos. No debía apresurarse. Esto era algo para saborear, para ser disfrutado. A veces la espera era más placentera que el acto, lo sabía por experiencia. Con esta tendría que tomarse su tiempo. En los días posteriores, querría recordarlo todo con tanto detalle como le fuera posible.

Ella estaba rodeada de casas abandonadas. Nadie quería seguir viviendo por allí y los edificios estaban vacíos y sucios. Eran refugios para yonquis e indigentes, con los suelos llenos de jeringuillas usadas y colchones mugrientos. Mientras cruzaba la calle, la chica le miró, atisbándole por debajo de su espeso flequillo. Apartándose de la pared, no dijo nada; solo señaló con la cabeza hacia el armazón del edificio más cercano antes de adentrarse en él. No hubo negociación ni preámbulos. Fue como si se hubiera resignado a su destino. Como si lo supiera.

Apresurándose para alcanzarla, el hombre se recreó observando su trasero, sus piernas, sus tacones, mientras su erección no dejaba de aumentar. Cuando ella desapareció en la oscuridad, empezó a andar más rápido. Ya no podía esperar más.

La tarima del suelo crujió con estruendo cuando él se coló en la casa. Ese edificio en ruinas era exactamente lo que había imaginado en sus fantasías. Un penetrante olor a humedad le abrumó la nariz; todo lo que le rodeaba estaba podrido. Pasó a lo que antes era el salón, ahora convertido en un vertedero de tangas abandonados y condones usados. Ella no se encontraba allí. Así que ahora se iban a poner a jugar al escondite, ¿no?

A la cocina. Ni rastro de ella. Salió de allí y subió las escaleras que llevaban hasta el piso superior. A cada paso, sus ojos inspeccionaban a un lado y a otro, buscando a su presa.

Fue hacia el dormitorio principal. Una cama con manchas de moho, una ventana rota, una paloma muerta. Pero la chica no estaba ahí.

La ira empezó a mezclarse con la lujuria. ¿Quién era ella para reírse de él de esa forma? No era más que una puta. La mierda que se le quedaba en el zapato. Iba a hacer que sufriera por tratarle de esa manera.

Abrió la puerta del baño —nada—, y después se dirigió hacia la otra habitación. Le iba a destrozar su estúpida ca…

De repente la cabeza se le inclinó bruscamente hacia atrás. Un dolor intenso le recorrió todo el cuerpo. Le estaban tirando del pelo con fuerza, obligándole a doblarse cada vez más hacia atrás. No podía respirar; le estaban apretando un trapo contra el rostro. Un olor intenso le subió por la nariz, y el instinto de supervivencia surgió demasiado tarde. Intentó defenderse, pero ya estaba perdiendo la consciencia. Después todo se volvió negro.

2

 

 

 

Estaban observando cada movimiento que hacía. Bebiéndose cada palabra que ella pronunciaba.

—El cuerpo es de una mujer de raza blanca, de entre veinte y veinticinco años. Ayer por la mañana se la encontró un colaborador del equipo de seguridad ciudadana en Greenwood, en el maletero de un coche abandonado.

La voz de la inspectora Helen Grace era clara y firme, a pesar de la tensión que le agarrotaba el estómago. Estaba resumiendo el caso a toda la oficina de Incidencias en la comisaría central de Southampton.

—Como se puede ver en las fotografías, le destrozaron los dientes, probablemente con un martillo, y le cortaron las manos. Tiene muchos tatuajes, lo cual nos puede ayudar con la identificación, y deberíais centraros primero en ambientes de prostitución y drogas. Esto parece un asesinato relacionado con las mafias, más que otra cosa. El sargento Bridges va a dirigir esta investigación y os pondrá al corriente de los sospechosos que andamos barajando. ¿Tony?

—Gracias, inspectora. Lo primero, quiero mirar si hay algún precedente…

Mientras el sargento Bridges seguía hablando, Helen se escabulló de la sala. Incluso después de todo ese tiempo, no podía soportar ser el centro de atención, el foco de todos esos cotilleos e intrigas. Ya había pasado casi un año desde que había puesto fin a la terrible oleada de asesinatos de Marianne, pero el interés que había suscitado Helen no había menguado. Atrapar a una asesina en serie ya era bastante impactante, pero tener que matar a tu propia hermana para conseguirlo lo convertía en algo inaudito. Los primeros días, tanto amigos como compañeros de trabajo, periodistas y completos desconocidos se habían apresurado a ofrecerle todo su apoyo y comprensión. Pero era un gesto fundamentalmente hipócrita, lo que querían eran detalles. Querían que Helen se abriera y poder revolver en sus entrañas: ¿qué se sentía al disparar a tu propia hermana? ¿Tu padre abusó de ti? ¿Te sientes culpable por todas esas muertes? ¿Te sientes responsable?

Helen había pasado toda su vida de adulta construyendo un muro a su alrededor —incluso el nombre de Helen Grace era falso—, pero gracias a Marianne esa protección había quedado destruida para siempre. Al principio Helen había pensado en huir —le habían ofrecido una excedencia, un traslado, incluso una jubilación anticipada—, pero de alguna manera se había sobrepuesto, y había decidido volver a trabajar en la comisaría de Southampton tan pronto como se lo permitieran. Sabía que mil ojos la seguirían independientemente de a dónde se dirigiera. Mucho mejor soportar los constantes análisis en el sitio que ella consideraba su hogar, donde durante muchos años la vida se había portado bastante bien con ella.

O por lo menos esa había sido la teoría, porque no había sido tan fácil. Tenía tantos recuerdos asociados con este lugar —de Mark, de Charlie—, y había tantas personas deseosas de investigar, especular o incluso bromear acerca de su demoledora experiencia. Incluso ahora, meses después de que hubiera vuelto a trabajar, había veces que simplemente tenía que alejarse de todo.

—Buenas noches, inspectora.

Helen volvió a la realidad, dándose cuenta de que se acababa de cruzar con un oficial.

—Buenas noches, Harry. Espero que los Saints recuerden cómo ganar esta noche, por ti.

Su voz sonaba alegre, pero las palabras salían extrañas, como si el esfuerzo de fingir entusiasmo fuera demasiado para ella. Se apresuró a salir de la comisaría, cogió su Kawasaki y, abriendo gas, bajó por la West Quay Road. La niebla procedente del mar que había empezado por la mañana ya cubría toda la ciudad y Helen desapareció en ella.

Mantuvo la velocidad y superó todo el atasco que iba en dirección al estadio de St. Mary. Cuando llegó a las afueras de la ciudad cogió la salida de la autopista. La fuerza de la costumbre hizo que mirara los retrovisores, pero nadie la seguía. A medida que descendía el tráfico, ella aceleraba más y más. Cuando llegó a 130, dudó un segundo antes de ponerse a 140. Nunca se sentía tan a gusto como cuando iba a toda pastilla.

Fue dejando atrás las ciudades dormitorio. Winchester, Farnborough, hasta que finalmente Aldershot se divisó en el horizonte. Otro vistazo a los retrovisores, y se dirigió al centro de la población. Dejó la moto en un parking, sorteó a un grupo de borrachos y se dio prisa, escondiéndose en la oscuridad cuando podía. Nadie de por allí la conocía, pero aun así no se podía permitir el más mínimo descuido.

Pasó por delante de la estación de tren y al poco se encontró en la avenida Cole, el corazón del extrarradio de Aldershot. No estaba segura de estar haciendo lo correcto, pero había algo que la impulsaba a regresar. Se acomodó en los matorrales que crecían a un lado de la calle y ocupó su sitio acostumbrado.

El tiempo pasaba lentamente. El estómago de Helen rugió y se dio cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Qué imbécil, se estaba quedando cada vez más delgada. ¿Qué estaba intentando demostrar? Había mejores modos de hacer penitencia que morirse de hambre.

De repente las cosas se pusieron en marcha. Un «adiós» dicho a voces y la puerta del número 14 se cerró. Helen se agachó todavía más. Sus ojos siguieron al chico que bajaba por la calle, tecleando en su teléfono móvil. Pasó a tres metros de Helen, sin darse cuenta de su presencia, y dobló la esquina. Ella contó hasta quince, dejó su escondite y se puso a seguirle.

El chico —de unos veinticinco años— era bastante atractivo, con un pelo oscuro y espeso y la cara redonda. Vestido de manera informal, con los pantalones por las caderas, se parecía a muchos otros jóvenes, desesperados por parecer distantes y sin interés en nada. Eso hizo que Helen sonriera ligeramente, pues ese descuido impostado estaba planificado al milímetro.

Un grupo de chavales armando gresca apareció en la calle, de pie en la salida de la Railway Tavern. A dos libras la pinta, cincuenta peniques el chupito y mesas de billar gratis, era una meca para los jóvenes, los que no tenían un duro y la gente con negocios turbios. Al anciano dueño no le suponía ningún problema servir a cualquiera que hubiera alcanzado la adolescencia, así que el sitio siempre estaba a reventar, con multitudes desparramándose por la calle. Helen se alegró de la cobertura que eso le proporcionaba, moviéndose entre la gente para poder seguir observando sin que nadie se diera cuenta. El grupo de antes saludó al chico con un grito mientras él enarbolaba un billete de veinte libras a modo de reclamo. Fueron hacia el bar y Helen les siguió. Esperando con paciencia en la cola para entrar, se había vuelto invisible para ellos: en su mundo no existía nadie que pasara de los treinta años.

Después de un par de copas, el grupo volvió a irse del bar y de los ojos que les estaban observando, en dirección a un parque infantil de las afueras del pueblo. El lugar estaba bastante descuidado y no había nadie más, así que Helen tuvo que seguirles con cautela. Una mujer paseando sola por la noche suele llamar la atención, por lo que ella se quedó atrás deliberadamente. Encontró un roble anciano, herido con profundas marcas grabadas por enamorados, y se escondió tras él. Desde ahí podía vigilarles sin que la molestaran mientras los chicos fumaban porros, felices y despreocupados, a pesar del frío.

Helen se había pasado toda su vida siendo observada, pero allí era invisible. Después de la muerte de Marianne, su vida se había visto destrozada, dispuesta en un plato para el consumo público. Por tanto, la gente creía conocerla a fondo.

Pero había algo que no sabían. Un secreto que había conseguido guardarse.

Y estaba a menos de quince metros de ella, completamente ajeno a su presencia.

3

 

 

 

Abrió los ojos, pero no podía ver nada.

Por sus mejillas no dejaba de resbalar líquido, mientras sus ojos giraban en las cuencas inútilmente. Los sonidos le llegaban amortiguados, como si le hubieran metido bolas de algodón en las orejas. Luchando por recuperar la consciencia, el hombre sintió un terrible dolor atravesándole la garganta. Una quemazón espantosa, como si le hubieran acercado una llama a la laringe. Quería estornudar, vomitar, escupir lo que fuera que le estaba atormentando. Pero se encontraba amordazado, la boca tapada con cinta de embalar, así que tuvo que tragarse la agonía que estaba sufriendo.

Al final la cascada de lágrimas cesó, y su irritada vista comenzó a perfilar lo que le rodeaba. Seguía en el mismo edificio en ruinas, solo que ahora estaba en el dormitorio principal, tumbado en ese asqueroso jergón. Su adrenalina estaba disparada y se debatió con todas sus fuerzas —debía salir de ahí—, pero tenía los brazos y piernas firmemente sujetos al armazón de hierro de la cama. Se retorció, giró y tiró de las cuerdas de nailon, pero estas resistieron todos sus esfuerzos.

Solo entonces se dio cuenta de que estaba desnudo. Se le ocurrió una idea aterradora: ¿le iban a dejar así? ¿Para que se congelara hasta morir? Su cuerpo ya había reaccionado —tenía la piel de gallina debido al frío y al miedo— advirtiéndole de la temperatura glacial que hacía en la casa.

Intentó bramar con todas su fuerzas, pero lo único que consiguió fue emitir un quejido sordo. Si pudiera hablar con ellos, razonar… Podía conseguirles dinero, si le dejaban marchar. No podían dejarle ahí de esa manera. La humillación se unió al miedo que sentía, mientras miraba su cuerpo ya viejo, hinchado y extendido sobre esa colcha sucia.

Intentó aguzar el oído, esperando contra todo pronóstico que no le hubieran dejado solo. Pero no se oía nada. Le habían abandonado. ¿Cuánto tiempo le iban a dejar ahí? ¿Hasta que hubieran vaciado sus cuentas? ¿Hasta que hubieran conseguido escapar? El hombre sintió un escalofrío, muerto de miedo ante la perspectiva de tener que negociar su libertad con algún drogadicto o alguna puta. ¿Qué haría cuando por fin estuviera libre? ¿Qué le diría a su familia? ¿A la policía? Maldijo con amargura por haber sido tan puñeteramente estúp…

El crujido de una tarima. Así que no estaba solo. La esperanza resurgió; a lo mejor ahora podría saber qué era lo que querían. Giró la cabeza todo lo que fue capaz para hablar con su asaltante, pero este se estaba acercando por detrás y no pudo verle. De repente se dio cuenta de que la cama a la que le habían atado había sido colocada en el centro de la habitación, como si fuera el escenario de un espectáculo. Nadie querría dormir con la cama en esa posición, así que ¿por qué…?

Una sombra descendió por su rostro. Antes de que pudiera reaccionar algo le estaba pasando por los ojos, la nariz, la boca. Algún tipo de capucha. Podía sentir la suave tela en la cara, la cuerda que la cerraba ajustándose. Inmediatamente el hombre tuvo dificultades para respirar, con el grueso terciopelo tapándole los agujeros de la nariz. Meneó la cabeza con furia, intentando crear algún resquicio de aire para poder respirar. Esperaba que en cualquier momento la cuerda diera el tirón definitivo, pero no sucedió nada, para su sorpresa.

¿Y ahora qué? Todo volvía a estar en silencio, aparte del ruido de su propia y laboriosa respiración. Empezaba a hacer calor dentro del saco que le habían puesto en la cabeza. ¿Podía el oxígeno atravesar la tela? Se obligó a respirar más despacio. Si se dejaba llevar por el pánico, hiperventilaría, y entonces…

Súbitamente dio un respingo, los nervios disparados. Algo frío se había apoyado en su pierna. Algo duro. ¿Algo metálico? ¿Un cuchillo? Ahora estaba subiendo por su muslo, hacia… El hombre corcoveó con todas sus fuerzas, desgarrándose los músculos al tirar de las cuerdas que le sujetaban. Ahora sabía que esto era una lucha a muerte.

Aulló todo lo que pudo. Pero la cinta de embalar no se movió. Las correas no cedieron. Y allí no había nadie para escuchar sus gritos.

4

 

 

 

Trabajo o placer?

Helen se dio la vuelta, el corazón a mil por hora. Subiendo a oscuras la escalera hacia su piso, había dado por hecho que estaba sola. La irritación que le produjo haberse sobresaltado se mezcló con un leve toque de ansiedad…, pero solo era James, apoyado en el quicio de su puerta. Se había mudado al piso de abajo hacía tres meses y, como era el jefe de enfermeros en el hospital de South Hants, solía estar despierto a horas intempestivas.

—Trabajo —mintió Helen—. ¿Y tú?

—Trabajo que pensé que se podía convertir en algo más. Pero… acaba de irse en taxi.

—Qué pena.

James se encogió de hombros y sonrió con malicia. Tenía treinta y pico años, era atractivo de una manera descuidada y su vago encanto normalmente funcionaba con las enfermeras jovencitas.

—Para gustos, los colores —continuó—. Pensé que yo le atraía, pero siempre se me ha dado fatal interpretar las señales.

—Ah, ¿sí? —respondió Helen, sin creerse una sola palabra.

—De todos modos, ¿te apetece un poco de compañía? Tengo una botella de vino que… Té, tengo té… —dijo, corrigiéndose sobre la marcha.

Hasta entonces Helen se había visto tentada. Pero su elección de palabras le molestó. James era como todos los demás: sabía que no bebía alcohol, sabía que prefería el té al café, sabía que era una asesina. Otro voyeur mirando el desastre en el que se había convertido su vida.

—Me encantaría —volvió a mentir—, pero tengo un montón de expedientes que leer antes de mi próximo turno.

James sonrió para señalar sumisión, pero sabía lo que estaba pasando. Y también sabía que no había que forzarlo. Observó a Helen subir las escaleras hasta su casa sin molestarse en ocultar su curiosidad. La puerta de Helen se cerró tras ella con rotundidad.

 

 

El reloj marcaba las cinco de la mañana. Acurrucándose en el sofá, Helen se bebió un buen trago de té y encendió el portátil. Las primeras señales de cansancio ya se estaban haciendo notar, pero tenía trabajo que hacer antes de poder irse a dormir. La seguridad que había instalado en su ordenador portátil era bastante compleja —un fortín acorazado protegiendo lo que le quedaba de vida privada— y Helen se tomó su tiempo, disfrutando del elaborado proceso de escribir contraseñas y abrir los bloqueos de seguridad digitales.

Abrió el archivo de Robert Stonehill. El chico al que había estado siguiendo antes no tenía ni idea de que ella existía, pero ella se sabía toda su vida. Helen empezó a teclear, dando cuerpo a la descripción cada vez más ampliada de él, añadiendo los pequeños detalles de su personalidad y su carácter que había conseguido averiguar en el último seguimiento. El chico era listo —eso ya se podía ver—. Tenía sentido del humor y, aunque de dos palabras que pronunciaba una era un taco, era ingenioso y su sonrisa cautivaba. Se le daba muy bien que la gente hiciera lo que él quería. Nunca había esperado una cola en la barra del bar, siempre conseguía que algún otro lo hiciera por él, mientras seguía haciendo el bobo con Davey, el gordito que estaba claro que era el líder del grupo.

Robert parecía tener siempre dinero, lo que era raro dado que trabajaba como reponedor en un supermercado. ¿De dónde lo sacaba? ¿Lo robaba? ¿O algo peor? O a lo mejor eran sus padres, que le mimaban. Era el único hijo de Monica y Adam —el centro de su universo— y Helen sabía que les tenía comiendo de su mano. ¿Era de ellos de donde sacaba el dinero, aparentemente sin límites?

Siempre había chicas a su alrededor —era guapo y estaba en forma—, pero no tenía una novia como tal. Ese era el tema en el que Helen estaba más interesada. ¿Era hetero o gay? ¿Abierto o desconfiado? ¿A quién le permitía entrar en su vida? Era una pregunta para la que Helen no tenía todavía la respuesta, pero confiaba en llegar a adivinarla. Lenta y metódicamente, estaba analizando cada cuadrante de la vida de Robert.

Helen bostezó. Tenía que volver en breve a la comisaría, pero todavía podría aprovechar unas cuantas horas de sueño si lo dejaba en ese instante. Con una facilidad surgida de la repetición, puso en marcha los programas de encriptación de su ordenador, cerró los archivos y cambió la contraseña. Ahora ponía una nueva cada vez que usaba el portátil. Sabía que era una exageración, que estaba siendo una paranoica, pero no quería dejar nada al azar. Robert era suyo y solo suyo. Y así era como quería que permaneciera.

5

 

 

 

Estaba amaneciendo, así que tenía que darse prisa. En una o dos horas, el sol se abriría paso entre la niebla, dejando a la vista a quienes se escondían en ella. Le temblaban las manos, le dolían las articulaciones, pero se empeñó en seguir adelante.

Había robado la palanqueta en una ferretería de Elm Street. El hindú que la regentaba estaba demasiado ocupado mirando un partido de críquet en su tableta como para darse cuenta de que se la había escondido en el abrigo. Sus manos se encontraban a gusto agarrando el frío y duro metal y empezaron a trabajar, arriba y abajo, atacando los barrotes oxidados que protegían las ventanas. El primer travesaño fue fácil, el segundo requirió un poco más de esfuerzo, pero pronto hubo espacio suficiente como para que pudiera pasar una persona. Habría sido más fácil ir a la fachada principal y forzar la puerta, pero no se atrevía a dejarse ver por esas calles. Le debía dinero a demasiada gente —gente que le daría una paliza por el sencillo placer de hacerlo—. Así que se movía entre las sombras, como todas las criaturas de la noche.

Volvió a comprobar que no había testigos por los alrededores y golpeó la ventana con la palanqueta. Se rompió con un ruido muy satisfactorio. Envolvió el puño en una toalla vieja y apartó el resto de los cristales, antes de subirse al alféizar e introducirse en la casa.

Aterrizó con cautela y tuvo un segundo de duda. Nunca podías estar seguro de lo que te ibas a encontrar en ese tipo de sitios. No había señales de vida, pero ser cuidadoso tenía su recompensa, y agarró con más fuerza la palanca mientras se adentraba en el edificio. No había nada útil en la cocina así que se dirigió al salón.

Esto parecía más prometedor. Colchones abandonados, condones usados y, muy cerca de ellos, sus habituales compañeras de cama, las jeringuillas utilizadas. Sintió esperanza y ansiedad a partes iguales. Por favor, Dios, permite que haya restos suficientes como para procurarme un chute decente. De pronto estaba de rodillas, arrancando los émbolos, metiendo el meñique, escarbando para encontrar un poco de droga que le calmara el sufrimiento. Nada en la primera, nada en la segunda —mierda— y un poquitín en la tercera. Todo ese trabajo por una birria. Se lo pasó por las encías con ansia: tendría que servir, por ahora.

Se dejó caer en un colchón sucio y esperó a que el entumecimiento se apoderara de él. Sus nervios habían estado disparados en las últimas horas, la cabeza le retumbaba, así que quería —necesitaba— algo de paz. Cerró los ojos y respiró lentamente, deseando que su cuerpo se tranquilizara.

Pero algo no estaba bien. Algo que no le estaba dejando relajarse. Algo que…

Plip. Eso era. Un ruido. Un sonido lento pero constante, perturbando el silencio, tamborileando una advertencia insistente.

Plip. ¿De dónde venía? Miró a todas partes, nervioso.

Algo estaba goteando en la esquina de la habitación. ¿Una gotera? Tragándose la irritación que le producía, se levantó sin muchas ganas. Comprobarlo merecía la pena, a lo mejor había algo de cobre por ahí.

Estaba llegando cuando algo le hizo detenerse. No era una gotera. No era agua. Era sangre. Plip, plip, atravesando el techo. Se dio la vuelta y empezó a correr —no es mi puñetero problema—, pero cuando llegó a la cocina se paró. A lo mejor se había precipitado. Después de todo, llevaba algo con lo que defenderse y no se oía ningún movimiento en el piso de arriba. Podría haber pasado cualquier cosa. Alguien podría haberse suicidado, haber sido atracado, asesinado, lo que fuera. Pero a lo mejor había restos que se podían aprovechar, y eso no era algo que se pudiera desdeñar fácilmente.

Un instante de duda, y el ladrón se giró y atravesó la habitación, esquivando el espeso charco de sangre que se iba coagulando para dirigirse al pasillo. Asomó la cabeza, con la palanqueta alzada y dispuesto a utilizarla a la menor señal de peligro.

Pero no había nadie. Con cuidado, empezó a subir las escaleras.

Cric. Cric. Cric.

Cada escalón que pisaba anunciaba su presencia y maldijo en silencio. Si realmente había alguien arriba, sabrían que se estaba acercando. Agarró la barra de metal un poco más al llegar al final de las escaleras. Mejor prevenir que curar, así que miró primero en el baño y en el dormitorio de invitados: solo los novatos dejan que les sorprendan por detrás.

Satisfecho porque nadie le había tendido una emboscada, se dirigió al dormitorio principal. Lo que fuera que hubiera sucedido, lo que fuera, estaba allí. El ladrón respiró hondo y se adentró en la habitación a oscuras.

6

 

 

 

Se hundía más y más, el agua salada llenándole la nariz y las orejas. Estaba muy por debajo de la superficie y se le estaba acabando el aliento, pero no titubeó. Unas luces extrañas iluminaban el lecho del lago, convirtiéndolo en algo diáfano y bello, tentándola todavía más.

Ahora estaba abriéndose paso entre la maleza que crecía en el fondo, agarrándose a ella. No se veía nada, cada vez se le hacía más duro, los pulmones le iban a estallar. Habían dicho que estaba allí, pero ¿dónde? Había un cochecito de bebé antiguo, un carro de la compra oxidado, incluso una garrafa de aceite, pero no había señales de…

De repente se dio cuenta de que la habían engañado. Él no estaba aquí. Se giró para poder salir a la superficie. Pero no se podía mover. Volteó la cabeza para descubrir que tenía la pierna izquierda enganchada entre la maraña de yerbajos. Dio una patada con todas sus fuerzas, pero la maleza no cedía. Estaba empezando a perder el conocimiento, no iba a poder aguantar mucho más, pero se obligó a sí misma a relajarse, dejando que su cuerpo descendiera hasta el fondo. Mejor intentar desenredarse con calma que meterse en un embrollo todavía mayor. Agachando la cabeza, hurgó entre los matorrales que la sujetaban, tirando con decisión. Entonces se detuvo. Y aulló, su último aliento escapándosele de la boca. No era la maleza lo que la retenía. Era una mano.

 

 

Jadeando, Charlie se incorporó en la cama. Examinó lo que la rodeaba como una salvaje, intentando procesar las diferencias entre los matorrales en el fondo del lago que se la habían tragado y el modesto dormitorio donde ahora se encontraba. Se pasó las manos por el cuerpo, convencida de que tendría el pijama empapado, pero estaba totalmente seca, a excepción de un velo de sudor en la frente. A medida que su respiración se hacía más lenta, se dio cuenta de que había tenido una pesadilla, solo una estúpida pesadilla.

Obligándose a permanecer tranquila, se dio la vuelta para mirar a Steve. Él siempre había tenido el sueño profundo y ella se alegró al ver que estaba a su lado, roncando ligeramente. Se levantó de la cama con cuidado, cogió su bata y salió del dormitorio.

Atravesó el rellano y se dirigió a las escaleras. Caminó más deprisa cuando pasó por delante de la puerta de la otra habitación, y después se reprochó el hacerlo. Cuando se habían enterado de que estaban esperando un hijo, Steve y Charlie habían comentado los cambios que harían en esa habitación —sustituir la cama por una cuna y un sillón para dar el pecho, cubrir las paredes blancas con un alegre papel amarillo, colocar alfombras gruesas en el suelo—, pero por supuesto toda esa alegría había quedado en nada.

Su bebé había muerto en el tiempo en el que Charlie permaneció secuestrada junto con Mark. Para cuando llegaron al hospital, ella ya lo sabía, pero tenía la esperanza de que los médicos pudieran refutar su más profundo temor. No lo habían podido hacer. Steve había llorado cuando se lo había dicho. Era la primera vez que Charlie le veía llorar, aunque no fue la última. Hubo épocas en los meses posteriores en que Charlie pensó que podría controlarlo, que de alguna manera podría asimilar todas las cosas horribles que le habían sucedido, pero de repente se encontraba sin fuerzas para entrar en la otra habitación, con miedo a observar el fantasma del cuarto infantil que habían diseñado juntos, y entonces se daba cuenta de que la herida seguía aún abierta.

Bajó a la cocina y puso agua a hervir. Últimamente había estado soñando mucho. A medida que se acercaba el día de su vuelta al trabajo, su ansiedad se manifestaba en ese tipo de pesadillas. Se las había guardado para sí, no quería darle a Steve más argumentos.

—¿No podías dormir?

Steve había entrado en la cocina y la estaba mirando. Charlie negó con la cabeza.

—¿Nerviosa?

—¿Tú qué crees? —contestó Charlie, intentando mantener una voz alegre.

—Ven aquí.

Abrió los brazos y ella se refugió en ellos con gratitud.

—Vamos a hacerlo poco a poco —continuó él—. Sé que vas a estar genial, que vas a ir allí…, pero si alguna vez sientes que es demasiado, o que no es lo que quieres hacer, nos lo volvemos a pensar. Nadie va a opinar mal de ti por eso. ¿Vale?

Charlie asintió. Le estaba muy agradecida por su apoyo, por su capacidad de perdonarla, pero que tuviera tan decidido que ella abandonara su trabajo la sacaba de quicio. Entendía el hecho de que su marido odiara el cuerpo de policía en ese momento, que detestara a la gente horrible que existía en el mundo, y muchas veces había pensado en seguir su consejo y dejarlo todo. Pero entonces ¿qué? Toda una vida malgastada sabiendo que la habían derrotado. Que la habían expulsado. Que la habían roto. El hecho de que Helen Grace hubiera vuelto a trabajar un mes después de la muerte de Marianne solo había añadido leña al fuego.

Así que Charlie se había plantado, insistiendo en que volvería al trabajo cuando se le acabara la baja. La policía de Hampshire había sido muy generosa al respecto, le había ofrecido todo el apoyo que pudiera necesitar, y ahora le tocaba a ella saldar la deuda.

Se separó de él e hizo dos cafés; ya no tenía mucho sentido volverse a la cama. El agua caliente cayó sobre las tazas de manera errática, saliéndose por los bordes. Charlie miró el hervidor eléctrico con impaciencia, pero la culpa era de su mano derecha. Se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que estaba temblando. Volvió a colocar el hervidor en su soporte, rezando para que Steve no lo hubiese visto.

—Me voy a saltar el café. Creo que hoy con una ducha y una carrera me basta.

Empezó a irse, pero Steve la detuvo, envolviéndola otra vez en sus fuertes brazos.

—¿Estás segura de esto, Charlie? —le preguntó, la mirada fija en ella.