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NO ERES LO QUE BUSCO

Laura Mavor

5


Fragmento

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(FAIN-DER)

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1

Me gustan los deportes de riesgo

Santarés, provincia de Castellón,

viernes, 24 de abril

Telma salió de su ensimismamiento cuando Eduardo II le sacudió un rodillazo en los huevos a lord Gaveston.

El conde de Cornualles, un chaval con la cara plagada de acné, se llevó la mano a la entrepierna con un quejido agónico. Tenía el rostro tan congestionado por el dolor que cada uno de sus granos parecía a punto de reventar.

—¡Te dije que nada de meter la lengua, puto asqueroso! —ladró el rey Eduardo.

Telma suspiró. Candela era una buena chica. Su aspecto andrógino y su habilidad para memorizar frases la hacían la elección perfecta para descargar sobre sus hombros el rol protagonista de la obra, el del rey Eduardo. Por desgracia, la chica tenía muy mal pronto. Un par de meses atrás, había tenido que cumplir tres semanas de trabajos sociales por clavarle un compás en el brazo a una compañera de instituto. Para Telma, como directora de escena, eso no era del todo un inconveniente: todo buen actor debe saber mostrar su garra.

—Está bien, chicos —dijo Telma, con tono sosegado—. ¿Qué es lo que ha ido mal?

Candela señaló a lord Gaveston, aún angustiado por su estado genital. El resto de los actores, despatarrados por las butacas del salón de actos a la espera de su intervención, se reían a carcajadas.

—¡Este imbécil, que ha querido comerme los morros!

El actor que interpretaba a Gaveston se llamaba Ali, y era de padres argelinos. En su momento a Telma le pareció buena idea darle el papel de conde de Cornualles, amante del rey, a un chico con marcados rasgos norteafricanos. Le resultó muy rompedor. Cada vez se arrepentía más de su decisión. Ali era un pésimo actor, y también bastante obtuso.

—¡Se supone que nos tenemos que besar en esta escena! —protestó el chico.

—Tienes razón, Ali —repuso Telma, siempre serena. El secreto para tratar con aquellos chicos era aparentar en todo momento tener el caballo bien sujeto por las riendas—. Y la clave de toda buena actuación es vivir el personaje con intensidad. Pero supongo que en este caso habría sido más adecuado un poco menos de Marlon Brando y un poco más de John Gielgud.

Ali la miró con expresión bobalicona.

—¿Qué…?

—Que no le vuelvas a meter la lengua a tu compañera de reparto a menos que ella te lo permita, o recibirás muchas más patadas en tu zona masculina, ¿ha quedado claro?

Los chicos corearon con una carcajada. Candela incluso aplaudió un par de veces. Ali se retiró del escenario con la actitud de un perro apaleado.

Telma echó un vistazo a su reloj. Ya eran casi las siete. Se levantó de la butaca desde donde dirigía la escena y empezó a recoger sus múltiples bártulos para meterlos dentro de un enorme bolso de estilo marroquí, decorado con abalorios y trozos de espejo.

—De acuerdo, chicos, se acabó por hoy. Nos veremos el lunes y, por favor, repasad la escena quinta del acto tercero. El próximo día empezaremos por ahí.

Los chicos comenzaron a marcharse mientras Telma plegaba algunas sillas del escenario que habían utilizado a modo de atrezo. Sólo por mantener la mente ocupada, calculó mentalmente cuánto quedaba para el estreno. Apenas un par de meses; ojalá fuera tiempo suficiente para lograr que aquella panda de jóvenes y adolescentes desmotivados pareciera un grupo teatral decente. Telma tampoco pedía milagros: le bastaba con que todos ellos se supieran el papel. Y que a lord Gaveston no se le ocurriera de nuevo propasarse con su Eduardo II… si es que aspiraba a tener hijos en un futuro.

Mientras apagaba las luces del salón de actos y salía a la calle, hacía cábalas sobre cuántos de sus actores se tomarían la molestia de echarle un vistazo al texto durante el fin de semana. Quizá tres o cuatro, sólo aquellos que demostraban verdadero afán por ofrecer algo más de lo que se esperaba de ellos, los que Telma llamaba «sus buenos chicos». El resto, aunque fuese políticamente incorrecto decirlo en voz alta (y Telma jamás lo haría), no era más que carne de reformatorio, aquellos que estaban en el Grupo de Teatro Juvenil Social por orden de un juez o porque, sencillamente, era el único sitio donde nadie les gritaría, pegaría o trataría de violarlos durante al menos un par de horas. Una mierda, sí, pero es que la vida era una mierda dura y seca, Telma lo sabía muy bien.

El centro social donde Telma trabajaba de voluntaria era una institución creada por el nuevo alcalde y su equipo de gobierno. La idea era que sirviese como lugar en el que chicos y chicas con un entorno complicado y en riesgo de exclusión pudieran llevar a cabo actividades productivas y de ocio. No sólo se impartían talleres de teatro, sino también de jardinería, baile moderno, pintura y otra serie de artes y oficios.

Un amplio sector de los habitantes del pueblo habían recibido la apertura del centro social con franca hostilidad, tal y como atestiguaban las pintadas con las que a veces amanecían las paredes del edificio. Mensajes como NO QUEREMOS DELINCUENTES, SANTARÉS LIMPIO DE GENTUZA o LARGAOS A UN REFORMATORIO, CERDOS indicaban que aunque Santarés era un pequeño pueblo, su concentración de odio e ignorancia era muy intensa.

Ya en la calle, Telma se sumergió en las insondables profundidades de su bolso marroquí para buscar las llaves del coche. No encontró las llaves, pero sí un paquete blando de cigarrillos, casi hecho una bola. Sacó uno y se lo encendió con gestos ávidos.

Estaba nerviosa.

Siguió andando y se topó de bruces con Miquel, director del centro y también concejal de Cultura de Santarés. No por primera vez, Telma pensó que era demasiado joven para ser director de ningún sitio, y aún más para ser concejal. El nuevo equipo de gobierno del pueblo estaba lleno de caras jóvenes, todos con pinta de hippies trasnochados.

En fin, ella misma tenía aspecto de reliquia contracultural, con su pelo de rastas, sus bolsos marroquíes y sus caftanes; pero, para su desgracia, distaba mucho de ser joven.

Miquel le regaló una sonrisa a modo de saludo. Era un hombre guapo. Con su barba descuidada y su media melena semejaba vagamente a uno de esos dibujos de «Jesús es tu buen amigo» de los libros de catequesis, el tipo de hombre que a Telma le resultaba atractivo. Telma lamentaba no haberlo conocido en la época en que sus pechos aún eran capaces de desafiar la ley de la gravedad. No lo habría dejado escapar.

—¿Cómo va todo en el grupo de teatro? —preguntó el joven—. ¿Ya están listos para el estreno?

—Cristo, ni por asomo —dijo Telma, en un arranque de sinceridad. Luego decidió endulzarlo un poco—. Pero son buenos chicos y están muy entregados. Confío en ellos.

—Me alegro. Siempre es difícil que los jóvenes de ese perfil mantengan el interés por una actividad. Precisamente esta mañana el profesor de mecánica se quejaba de que tenía la mitad de alumnos que cuando empezó el curso… ¿Cuál es tu secreto?

—Todo el mundo lo sabe, cariño: el teatro es mágico.

El problema de las bajas era endémico en los diferentes grupos de actividades del centro social. A menudo ocurría que los alumnos, simplemente, dejaban de asistir sin dar explicaciones. Las razones podían ser varias: aburrimiento, falta de motivación, reincidencia delictiva… Muchos de los chicos carecían de lazos familiares directos que se molestaran en aparecer por el centro para dar cuenta de la baja o de sus motivos, y los profesores voluntarios tampoco tenían forma de contactar con ellos para preguntarles si, al menos, tenían previsto reengancharse a los grupos en un futuro.

A ojos del resto de los voluntarios del centro, Telma había tenido suerte: sólo tres chicos se esfumaron del grupo teatral desde que comenzó el curso. Algunos talleres, como el de danza contemporánea, estaban casi sin alumnos. Telma lo sabía muy bien porque durante los últimos meses sustituía a la profesora habitual, de baja por maternidad.

—Por cierto —dijo Miquel—, los de la reprografía me han dejado vuestros nuevos carteles. Los tengo en el despacho, ¿quieres llevártelos?

—No, gracias, ya les echaré un vistazo el lunes. —No le apetecía cargar con un montón de tubos de papel. No esa tarde—. ¿Los has visto?

—Sí.

—¿Y qué te parecen?

—No están mal, aunque me gustaban más los antiguos. Tenían más impacto.

—Lo sé, pero no quiero tener que estar limpiando ratas muertas y mierda de perro de los carteles hasta el día del estreno. Espero que la nueva versión sin hombres desnudos no hiera la sensibilidad de nadie.

Telma había ideado el diseño para el cartel de anuncio de la obra que estaba preparando con su grupo. Aunque Eduardo II de Christopher Marlowe era una vieja pieza de teatro isabelino, Telma deseaba que el cartel fuese moderno, incluso transgresor (el mensaje de la pieza le parecía, de hecho, muy actual, por eso la eligió). En el diseño final aparecía la fotografía frontal de un hombre desnudo que se cubría púdicamente la entrepierna con las manos. La única prenda que llevaba puesta era una corona en la cabeza, y miraba hacia el espectador con una expresión de agonía que recordaba intencionadamente un gesto orgásmico. Telma estaba muy satisfecha con el resultado.

Por desgracia, los habituales energúmenos del pueblo no pensaban como ella. El cartel amaneció una mañana cubierto de excrementos de perro. Alguien había agujereado los ojos del modelo desnudo y escrito con pintura roja la palabra «sodomita» sobre su pecho. En la zona de los genitales habían clavado una rata muerta. Encantador.

—El problema no es el cartel —dijo Miquel—, es la obra. Lo sabes, ¿verdad?

—¿Lo dices por lo del subtexto gay? ¡No me hagas reír! La mitad de la gente de este pueblo de mala muerte no tiene ni la más remota idea de quién era Eduardo II o qué hizo. No; lo que les molestaba era el tío en pelotas… Y este centro. Nos odian. Pero no me importa; tengo la piel muy dura.

—Me gusta tu espíritu. Ojalá en el ayuntamiento tuvieran tus mismas agallas. La mitad de los compañeros están acojonados por lo de esta noche.

—¿Esta noche? ¿Qué pasa esta noche?

—Arrancamos con el festival de cine, ¿no lo recuerdas?

Telma asintió con la cabeza. Fue idea del nuevo alcalde celebrar las primeras Jornadas de la Tolerancia de Santarés. El programa incluía un festival de cine LGTB en el que se proyectarían películas de temática homosexual en el salón de actos del ayuntamiento. Aquella misma noche ofrecerían Wilde, una inocente y aséptica biografía de Oscar Wilde, con Stephen Fry en el papel estelar. Aburrida hasta el paroxismo, ésa sería la película más audaz del programa. No obstante, muchos en el pueblo habían reaccionado como si el ayuntamiento hubiera anunciado una velada a base de snuff movies y cine porno. Algunos concejales temían actos de vandalismo.

—¿Vendrás a la proyección? —preguntó Miquel—. Nos vendrá bien alguien con arrestos por si hay que montar barricadas.

Bromeaba, pero la sonrisa le salió un poco forzada.

—Me encantaría, pero no puedo. He quedado con alguien. De hecho, debería darme prisa si no quiero llegar tarde… —Telma volvió a rebuscar en el bolso—. Si antes encuentro las puñeteras llaves del coche.

—¿Te refieres a esas llaves que tienes en la mano?

Ella dejó escapar un taco. Ni siquiera era capaz de recordar en qué momento había cogido las llaves.

—No sé dónde tengo hoy la cabeza…

Miquel esbozó una sonrisa cortés.

—¿Por qué no venís al pase de la película? —preguntó luego—. Me refiero a ti y a la persona con la que has quedado. No nos vendrá mal tener a gente haciendo bulto.

—Oh, no sé si será posible… Planeábamos acercarnos a Benicàssim. Cenar un buen pescado, tomar alguna copa después, ya sabes… Es como una especie de… cita.

—Eh, eso suena muy bien —dijo el joven. Telma creyó percibir un leve tono de sorpresa en su voz, algún subtexto tipo «¿las mujeres de tu edad todavía tienen citas?». O quizá sólo fueran imaginaciones suyas—. ¿Quién es él… o ella? ¿Alguien del centro?

—No. No creo que le conozcas. Es… un compañero de mis clases de yoga —respondió, de forma atropellada—. Disculpa, pero de verdad que debo marcharme. Nos vemos el lunes, ¿de acuerdo? Y mucha suerte con lo de esta noche.

—Gracias. —Miquel le guiñó un ojo—. Lo mismo digo.

Se separaron. Telma dio la vuelta al edificio del centro para dirigirse al aparcamiento. Allí estaba su coche, un Audi A1 de color rojo, con parabrisas panorámico. Quizá era un capricho un tanto excesivo, pero, qué diablos, ¿en qué otra cosa podía gastarse el dinero una mujer soltera, ya no tan joven, y con ingresos saneados? ¿Acaso lo de comprarse un coche nuevo y caro en plena crisis de madurez era un derecho exclusivamente masculino?

Al acercarse al vehículo vio un folio arrugado prendido en el limpiaparabrisas. «Arderás en el infierno, zorra bollera», ponía, escrito a mano. Otro encantador mensaje de algún vecino desquiciado. Telma arrancó el papel, lo estrujó en forma de bola y lo tiró al suelo con hartazgo.

—Que os jodan… —masculló, mientras entraba en el coche, dando un portazo—. Puede que un poco zorra, y a mucha honra, pero… ¿bollera? Por el amor de Dios…

¿Qué demonios le pasaba a la gente de aquel pueblo? Los carteles destrozados, las pintadas en la pared del centro, las notas en su limpiaparabrisas… Siempre es de esperar que en un núcleo rural haya gente que mire con antipatía cualquier atisbo progresista, pero aquello era demasiado; había auténtico odio en aquellos actos vandálicos. Telma no podía explicarse cuál era el origen de esa inquina venenosa y anónima. En Santarés nadie la había insultado nunca a la cara, nadie le había dado en público muestras de desprecio o siquiera desdén, pero últimamente encontraba anónimos insultantes en el coche tan a menudo que ya casi ni le afectaban.

A veces tenía la impresión de que Santarés era como una botella de cerveza demasiado agitada, con la chapa a punto de reventar.

Mientras conducía hacia su destino, deseó que todo marchara bien esa noche durante la proyección en el ayuntamiento. Esperaba que aquél no fuera el día en que los fanáticos redactores de anónimos y destrozacarteles decidieran llevar las cosas más lejos.

Pensó que más tarde, si tenía ocasión, llamaría a Miquel para preguntar cómo iba todo por allí.

Al pensar en él se arrepintió de no haberle dicho que había conocido a su cita a través de Finder.

En Santarés mucha gente utilizaba Finder, Telma lo sabía. Casi todos los chicos del centro social eran usuarios habituales, incluso la profesora del taller de alfarería estaba enganchada a aquella cosa. Al tipo con el que salía de vez en cuando, un abogado de Castellón, lo había conocido por Finder y, según sus propias palabras, era un chico normal, no un fracasado ni un asesino en serie, y follaba como una máquina. Finder era la aplicación de moda. Todo el mundo la usaba. Todo el mundo estaba en ella.

Aunque lo cierto era que la media de edad de «todo el mundo» era de una cifra muy inferior a la que Telma lucía en su carnet de identidad.

Cuando habló con Miquel, había tenido miedo de que él pudiera reírse de ella en su fuero interno por concertar citas a través de una aplicación de ligues, como una adolescente. Ahora le parecía una reticencia innecesaria e impropia de ella.

«No debí haberle mentido… ¿Por qué lo hice? Ha sido una estupidez.»

La idea empezó a volverse casi obsesiva. Telma sintió un gran alivio cuando el sonido del móvil la sacó de sus pensamientos.

El Audi tenía un sistema de manos libres para hablar por teléfono. En la pantalla del salpicadero comprobó que la llamada era de su agente literaria. Decidió ignorarla; no estaba de humor para charlar con ella en aquel momento.

Supuso que querría hablar de su próxima novela. La sola idea de comenzar una nueva la llenó de pereza. Hacía tiempo que el escribir le parecía una actividad tediosa y mecánica, un simple trabajo para hacer dinero.

Ya apenas recordaba la ilusión con la que escribió su primera novela ni lo mucho que se divirtió en el proceso. Era una historia sobre una chica llena de neuras que trata de labrarse un futuro como actriz, una mezcla bobalicona de comedia, novela rosa y erotismo más o menos explícito. Por algún motivo, el libro fue un éxito de ventas, tanto que la editorial insistió en convertirlo en una saga.

Telma había perdido la cuenta de la cantidad de novelas de usar y tirar que había escrito sobre la misma protagonista, ninguna de más de un par de cientos de páginas; pero sí tenía claro que, durante el proceso, se había desvanecido toda la empatía con su propio personaje. Aquella alocada y coqueta it girl de sus primeras novelas ahora se le antojaba una especie de ninfómana idiotizada. Quizá los lectores también se habían dado cuenta de ello y eso explicaba la caída de ventas.

Puede que hubiera llegado el momento de concederle un final digno al personaje. Al fin y al cabo, ya ni siquiera lo necesitaba para pagar sus facturas.

No tuvo tiempo de darle más vueltas a aquella idea, pues ya estaba llegando a su destino: una pequeña urbanización a las afueras del pueblo.

Telma se acercó a la entrada, donde un guarda jurado vigilaba desde una garita. Al otro lado de la carretera de acceso, había un cartel con las palabras ELS PINS escritas en relieve. El cartel estaba sucio y oxidado, y la pintura verde de las letras, desconchada.

Els Pins no era una de las flamantes urbanizaciones turísticas que poblaban el litoral de Santarés, todas ellas levanta-das durante el boom turístico de los años noventa. Desde Els Pins ni siquiera se veía el mar y la playa quedaba lejos para ir a pie.

Allí sólo había un puñado de casitas de una sola planta, pequeñas, baratas y anticuadas. En una de ellas vivía Alexxx93. Era el nombre que figuraba en su perfil de Finder.

«Nadie se creería que yo podría llegar a tener una cita con un tipo llamado Alexxx93», pensó Telma. Al hacerlo, dejó escapar una risita nerviosa.

El corazón le retumbaba en el pecho cuando pasó junto a la garita del guarda, el cual apenas levantó los ojos de la revista que estaba leyendo para echarle un vistazo al Audi.

El número del nickname indicaba la fecha de nacimiento. Por lo tanto, Alexxx93 tenía veinticuatro tiernos años, casi un cuarto de siglo más joven que Telma. La mujer se imaginó la reacción de Miquel si le hubiera dicho que estaba citada con un yogurín. Uno de verdad, como los que salen con las actrices maduras.

Se le escapó otra risita. Estaba cada vez más nerviosa.

«No hay nada raro en esto. Lo hacen miles de mujeres de tu edad —se dijo—. Cualquier persona lo encontraría natural.»

Telma no era una actriz de cine, pero, aunque madura (eso era innegable), todavía se sentía apetecible. Estaba delgada y en buena forma gracias al yoga. Tenía una piel bonita, aunque un poco pálida (era la maldición de las pelirrojas; a pesar de vivir en la costa, nunca se bronceaba, siempre se quemaba si estaba mucho tiempo al sol), y si bien ya era tarde para disimular las arrugas de expresión, lo compensaba con un par de ojos de alegre tono verdoso. En cuanto a sus tetas… en fin, eso ya era una batalla perdida, pero creía tener un trasero capaz de competir con el de cualquier treintañera.

Además, se consideraba una mujer interesante, con mucho mundo: escritora con algo de éxito, un poco bohemia, desinhibida, con conciencia social… En resumen, no veía nada raro en el hecho de que un chico de veinticuatro años pudiera encontrarla atractiva.

Quizá Alexxx93 era de esa clase de hombres a los que les atraen las mujeres maduras. En su perfil de Finder no lo especificaba, tan sólo había un par de datos intrascendentes junto a los espacios de «le gusta» y «no le gusta».

Según Finder, a Alexxx93 no le gustaba madrugar ni las despedidas. En cambio le gustaba el ruso blanco con vodka Belvedere y los deportes de riesgo. Lo segundo a Telma le parecía muy sugestivo… A todo el mundo le resultan atractivas las personas que practican deportes de riesgo: es propio de gente aventurera, audaz, y probablemente con un moldeado cuerpo de gimnasio.

Sin duda Alexxx93 podía presumir, al menos, de esto último. En un par de fotos de su perfil aparecía sin camiseta. Su tableta de chocolate y sus pectorales con forma de cuadrado perfecto combinaban muy bien con los colores de su rostro: ojos azules, sonrisa blanca. Era como el modelo de un pintor renacentista. Lánguido y masculino al mismo tiempo.

Telma pensó que a nadie podía extrañarle que tuviera una cita casi a ciegas con un hombre semejante. En todas sus fotos, Alexxx93 parecía sobrenaturalmente guapo.

La mujer detuvo el Audi frente a una de las casitas de la urbanización, la más pequeña y descuidada del vecindario. Bajó del vehículo y se dirigió hacia la puerta de una cerca que delimitaba un jardincito frente a la casa.

En aquella calle tan sólo había otras cuatro viviendas. Dos de ellas parecían deshabitadas. En otra, que estaba junto a la de Alexxx93, Telma vio una mujer en chándal. Con una manguera regaba el seto que separaba ambas parcelas.

La mujer miró a Telma con descaro. En su rostro se veía una clara expresión de recelo. Telma la calificó mentalmente en la categoría de «vecina fisgona». La saludó con un tímido movimiento de la mano, pero aquella mujer se quedó quieta junto a su seto, sin quitarle la vista de encima.

Tenía una cara muy desagradable, pequeña y ratonil. Hasta su pelo grisáceo y escaso parecía el de una rata. Miraba a Telma como si fuera una mendiga tratando de colarse en un hotel de lujo.

Ésta le dio la espalda y se puso a hurgar en su bolso, fingiendo buscar algo. Al cabo de un rato se dio la vuelta. La mujer seguía mirándola con sus ojillos de alfiler.

—Perdone, he quedado aquí con una persona que vive en esta casa… —dijo Telma, abruptamente. El escrutinio de aquella mujer hacía que sintiera la necesidad de justificar su presencia—. ¿Sabe si está dentro o…?

No supo cómo acabar la frase.

—Ni idea. No he visto a nadie.

—Bien… Esperaré un poco a ver si…

De nuevo el silencio. La mujer permaneció inmóvil, con su manguera y sus ojos de inquisidor clavados en Telma. De pronto, en tono seco, como si le causara una enorme molestia pronunciar cada palabra, soltó:

—¿Por qué no entra en el jardín y llama a la puerta?

—Sí. Buena idea… Eso haré… Gracias…

Telma se escabulló de la mujer hacia la entrada de la casa. Por alguna extraña razón, la puerta estaba abierta.

Miró a su espalda. La mujer había desaparecido. Quizá se había colado en su madriguera para espiar por los visillos de las ventanas. Telma aún podía sentir el escozor de su escrutinio sobre la espalda.

Sintiéndose cada vez más incómoda, Telma empujó un poco la puerta de la casa y asomó la cabeza.

—¿Hola…?

No parecía que hubiera nadie.

Se decidió a entrar.

Echó un vistazo a su alrededor. Se encontraba en un salón amplio con chimenea. La pintura blanca de la pared estaba ennegrecida alrededor de los interruptores de la luz y de los marcos de las puertas. En un rincón había un banco de pesas y, a su lado, un par de butacas de aspecto costroso colocadas frente a un enorme televisor panorámico. Conectada al televisor vio una videoconsola en el suelo. No había más muebles.

—¿Alex…?

Silencio.

Telma caminó hacia un pasillo lateral. Al acercarse percibió un olor desagradable, como a carne rancia quemándose sobre una plancha. Se hacía más intenso a cada paso.

Fue en el acceso al pasillo donde encontró a Alex. Alexxx93, guapo, de veinticuatro años, aficionado a los deportes de riesgo.

Telma exhaló un grito y salió corriendo de la casa. Aún tenía aquel olor a carne quemada pegado en el paladar cuando llegó la policía.

2

Busco madura experimentada

A las nueve y media de la mañana del viernes, horas antes de que Telma acudiese a su encuentro con Alexxx93, un coche frenó en seco ante la puerta del cuartel de la compañía de la Guardia Civil de Santarés.

Los agentes que vigilaban la entrada dieron un respingo cuando aquel viejo Seat, que parecía fabricado con trozos de chatarra, se detuvo con el morro a punto de rozar el tronco de un alcornoque. Las ruedas produjeron un chirrido espantoso. Los agentes casi esperaron ver al conductor salir disparado por el parabrisas.

En vez de eso, se abrió de pronto una de las puertas delanteras y del interior del vehículo cayó una bolsa de plástico llena de manzanas verdes. Las piezas de fruta rebotaron y rodaron por el asfalto, mientras la radio del coche emitía a todo volumen una canción de Petula Clark.

When you’re alone and life is making you lonely

you can always go downtown.

When you’ve got worries, all the noise and the hurry

seems to help, I know, downtown…[1]

La música tenía un penoso eco enlatado, como si saliera de un transistor viejo.

La mujer que iba al volante del coche apagó la radio de un manotazo. Para los dos mozos que vigilaban el cuartel fue todo un espectáculo ver cómo aquella señora oronda y enorme trataba de apearse del vehículo. Uno de los agentes se acercó para ayudarla.

—Quite, muchacho, puedo yo sola —dijo la mujer, de malas maneras—. Si quiere ser útil, hágame un favor y recoja las puñeteras manzanas. Acabo de comprarlas.

—Claro, señ… —Iba a decir «señora» cuando, de pronto, reparó en el distintivo que la mujer llevaba prendido en la gabardina. El agente se cuadró y se llevó la mano a la gorra—. A sus órdenes, mi teniente.

—No es ninguna orden, sólo un simple favor, hombre de Dios… —rezongó la mujer.

Salió del coche resoplando y mascullando improperios ininteligibles. Después cerró la puerta dándole un empujón con el trasero y se arregló un poco la gabardina que llevaba puesta. Era una prenda fea, color agua sucia y con arrugas por todas partes, como si acabaran de sacarla hecha una bola del fondo de un baúl. Con ella puesta, la mujer parecía aún más ancha de lo que ya era, igual que una tienda de campaña dotada de movimiento.

El agente le entregó una bolsa de plástico.

—Sus manzanas, mi teniente.

—Gracias. ¿Están todas?

—Un par de ellas han ido rodando debajo del coche.

—¿Dónde?

—Aquí. Creo que están por aquí…

La mujer chistó fastidiada. Se quitó la gabardina y se la dio al guardia. La prenda apestaba a tabaco.

—Sosténgame esto, ¿quiere? Los del tinte me cobran una fortuna cada vez que les dejo este harapo.

Antes de que el mozo pudiera reaccionar, la mujer se puso de rodillas y metió la cabeza debajo del coche. Por un segundo, los ojos del guardia quedaron fijos en su trasero, que parecía ocupar todo el campo de visión. Era de una grandeza hipnótica.

La mujer logró atrapar una de las manzanas y se incorporó. Con un par de manotazos se sacudió los restos de grava del busto. Tenía unos pechos enormes y blandos, como sacos de arena, los cuales, junto con aquel opulento trasero, dotaban a la mujer del mismo perfil que una de esas estatuillas primitivas dedicadas a las diosas de la fertilidad. Aun así, existía una curiosa armonía en sus proporciones, pues no daba la impresión de ser una mujer obesa. Más bien amplia. Rotunda. Como una imponente matrona.

La teniente dejó caer la manzana en la bolsa sin molestarse en limpiarla.

—Ya está, la otra no la alcanzo. —Puso los brazos en jarras y miró a su alrededor, con los ojos entornados—. Si tuviera un palo… —dijo, más bien para sí.

—Puedo… buscarle uno si quiere, mi teniente.

—No. Al diablo con la dichosa manzana. Ni siquiera me gustan, en realidad. Son como el tabaco. El médico me dijo que sería buena idea comerme una manzana cada vez que sintiera ganas de fumar. ¿Quiere saber el resultado? —preguntó a bocajarro.

«No lo sé… ¿quiero?», pensó el guardia, aturdido.

—Mi teniente…

—El resultado, hijo, es que ahora estoy enganchada al tabaco y a las manzanas Granny Smith. Ese matasanos me ha convertido en una yonqui de la fruta. ¿Dónde está el comandante?

—¿Qué…?

—¡El comandante, guardia, el comandante! —insistió la mujer—. ¿Ha llegado ya? ¿Está en su despacho? Déjelo. Lo encontraré yo misma. Ese vejestorio no podrá eludirme todo el día. Deme eso.

Le arrancó la gabardina de las manos al guardia y con ella colgando de un brazo y las manzanas del otro, entró en el cuartel con el ímpetu de un elefante a punto de arrollar al cazador.

El guardia resopló con lentitud. En aquel momento, pensó, no le gustaría estar en la piel del comandante.

Agitó la cabeza de un lado a otro y regresó a su puesto.

—¿Quién diablos era esa locomotora? —le preguntó a su compañero. Sólo llevaba un mes en aquel destino y no conocía a muchos de sus superiores—. ¿Y por qué no lleva uniforme?

—Los de su unidad no tienen por qué llevarlo siempre. Es la teniente Miranda.

—¿Qué unidad es ésa?

—Policía Judicial. Miranda Vega es la que está al mando.

El novato volvió a resoplar.

—¿Esa mujer es de la Policía Judicial?

Su compañero se encogió de hombros.

—Lleva aquí desde que yo recuerde —respondió—. De todas formas, no suele tener mucho trabajo. En este pueblo nunca pasa nada interesante.

Los dos guardias reanudaron su labor, esperando con ansia el relevo de una jornada que se presentaba tediosa, como de costumbre.

Miranda estaba furiosa cuando abrió la puerta del despacho del jefe de la dotación. Su impulso fue irrumpir como una galerna en un islote, pero mantuvo la suficiente compostura como para respetar las ordenanzas.

—¿Da su permiso, mi capitán? —fue lo primero que dijo al entrar.

De inmediato cayó en la cuenta de su error. El jefe de la compañía ya era comandante desde la semana anterior. No obstante, Miranda no se corrigió; eran demasiados años dirigiéndose a él como «capitán Alejandro» como para cambiar las viejas costumbres. Además, tampoco le apetecía. No estaba de humor en aquel momento.

Desde su mesa, el capitán Alejandro (no, comandante; comandante Alejandro) la miró con expresión culpable, y eso casi hizo que Miranda se sintiera menos furiosa.

Casi.

El comandante tenía un rostro entrañable… y un tanto frutal. Su cabeza tenía la forma de una naranja y su nariz, la de una pera. «El Abuelo», como lo llamaban en la compañía, llevaba en aquel destino más tiempo que nadie. Sus subordinados lo respetaban más por su veteranía que por sus dotes de mando, las cuales eran más bien pobres. Sin duda era afable y laborioso, pero también de carácter flojo y caciquil. Apenas le quedaban un par de años para su retiro (su reciente ascenso era más un premio de jubilación que un reconocimiento a sus méritos), y si Miranda no la esperaba con ansia era sólo porque no estaba segura de que fueran a sustituirlo por alguien con mejores cualidades.

Visiblemente turbado, el comandante carraspeó antes de hablar.

—Por supuesto, teniente, adelante…

—¿Has venido a traernos manzanas de tu huerto, teniente? —escuchó Miranda, a su izquierda.

Al volver la cabeza vio que había alguien más en el despacho. Era el teniente Campoy, jefe de la unidad del GEAS, el Grupo Especial de Actividades Subacuáticas. Encontrarlo en aquel despacho fue como descubrir un enorme y purulento grano en su frente al mirarse al espejo.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Miranda, con tono hostil—. Bien. Me alegro de que estés aquí, así puedo pedírtelo sin intermediarios: quiero lo que habéis sacado del puerto. Es mío.

El teniente Campoy esbozó una sonrisa de arrogancia.

—Lo siento, pero me temo que el comandante opina lo contrario.

—¿Eso es cierto?

El Abuelo se ruborizó.

—Bueno… Estaba flotando junto a uno de los muelles, en el puerto comercial. —En Santarés había dos puertos; el deportivo, que era grande, moderno y lleno de locales turísticos y de ocio, y el puerto comercial, más pequeño y mucho menos atractivo. Allí era donde atracaban las naves de transporte que cubrían rutas de importación y exportación de bienes a lo largo del Mediterráneo—. Fueron los muchachos del GEAS quienes lo encontraron, así que…

—Así que es nuestro —remató Campoy.

—De eso nada. Es un cadáver, y lo quiero. Es competencia de mi unidad.

—Estás en un error, Miranda. Déjame que te explique un par de conceptos básicos sobre competencias. —El teniente Campoy se puso la mano a la altura de los ojos, con la palma hacia abajo—. ¿Ves esto? Es la superficie del mar. Lo que hay encima de mi mano es vuestro, todo lo que hay debajo es de mis chicos. Podría pasarte las normativas para que lo compruebes, pero creo que de esta forma lo entenderás mejor.

—Lo único que veo debajo de la palma de tu mano es tu entrepierna, y, en lo que a mí respecta, puedes compartirla con tus chicos las veces que quieras; pero ese cadáver sigue siendo mío.

—Ríndete, Miranda. El comandante ya ha tomado una decisión.

—Con la normativa en la mano… —dijo el Abuelo, tímidamente.

—Basta ya de manos. Estoy harta de manos. Esto es un robo descarado. Si la Unidad de Policía Judicial ni siquiera puede investigar el hallazgo de un cadáver en el pueblo, entonces ¿para qué se supone estamos en esta compañía?

—Porque alguien tiene que ocupar vuestro cubículo; nadie lo quiere… ¿No has notado que huele un poco raro? —dijo Campoy. A continuación, se puso en pie—. Con su permiso, mi comandante, regreso con mi unidad. —Dedicó una media sonrisa a Miranda—. Tenemos que investigar el hallazgo de un cuerpo en el puerto.

El Abuelo lo despidió. Miranda y él se quedaron solos.

—Voy a llevar esto ante las autoridades de la comandancia —amenazó la teniente.

El oficial suspiró.

—Hazlo, pero no te servirá nada y lo sabes. El GEAS dispone de su propio equipo de policía judicial y, además, Campoy tiene razón: si está en el mar, es suyo.

—¿Y qué puñetas iban a hacer los del GEAS con un cadáver? Ninguna unidad quiere un cadáver; sólo causan problemas, dan trabajo y huelen mal. Para eso estamos los de la Judicial, para cargar con el muerto.

—Nunca mejor dicho…

Miranda apretó los labios. Le pareció una broma inoportuna.

—¿Por qué quiere Campoy meterse en ese berenjenal? No lo entiendo.

—Me gustaría responderte a eso pero es información reservada. Lo único que puedo decir al respecto es que la unidad del SEMAR[2] y los del GEAS llevan tiempo con una operación muy compleja, y Campoy cree que el cadáver del puerto puede estar relacionado con su investigación.

—Era mi muerto, mi homicidio. No es justo.

—Puede que no haya sido un homicidio… Quizá el chico sólo resbaló y se cayó al mar…

—¿Era un chico? —preguntó Miranda con avidez—. ¿De qué edad?

—Creo que ya he hablado más de la cuenta… No puedo decirte nada más, no insistas.

—Sabe que me enteraré de los detalles tarde o temprano.

—Es probable, pero no por mí. El caso es de Campoy y no hay más que hablar. Siento tener que hacer esto pero, como tu superior, te ordeno que te olvides del asunto. —Era enternecedor escuchar cómo al Abuelo le temblaba un poco la voz siempre que tenía que hacer uso de su autoridad. No obstante, Miranda seguía enfadada—. ¿Y, a fin de cuentas, para qué quieres tú ese cadáver? Acabas de decir que no es más que una fuente de engorros. En realidad, creo que te he hecho un favor. Y con éste ya van dos.

—¿Dos…?

El comandante mostró una amplia sonrisa.

—Pensaba darte la sorpresa esta tarde pero, ya que estás aquí… Tengo un agente nuevo para tu unidad. —Miranda no supo qué decir. Abrió la boca, pero las palabras no salieron. No esperaba en absoluto un giro semejante—. ¿No me das las gracias?

—Con franqueza, no era ése mi primer impulso.

—Siempre te estás quejando de que te falta personal.

—Mi comandante, eso no es cierto. Es justo al revés, no paro de decir que mi unidad es demasiado numerosa para un pueblo tan pequeño.

El Abuelo puso cara de candidez. A Miranda le pareció tan falsa como sus dientes postizos.

—¿De veras? Qué curioso, yo lo recuerdo de otra forma… Pero, en fin, la cosa ya está hecha… Y ya sabes lo que dicen: donde caben dos, caben tres, ¿cierto?

—No quiero un agente nuevo. Se lo repito: me sobra personal.

—Cambiarás de idea en cuanto te lo explique. Verás: hay un suboficial… Acaba de ser destinado a la compañía. Es un chico de buena pasta, de los que empiezan desde abajo, como guardia. Entró en el cuerpo con dieciocho años y con veintiséis ya es sargento. Tendrías que ver su expediente. Es un agente trabajador, disciplinado, listo como el hambre… Impresionante, una joyita. Cualquier unidad se daría de bofetadas por tenerlo, pero he decidido que te lo quedes tú, ¿qué te parece? Creo que este favor compensa de sobra lo de Campoy.

—No lo sé… No estoy segura de que al resto de mis agentes les parezca bien, ya estamos muy apretados en ese cubículo… —Miranda, a su pesar, estaba dudosa. Puede que una inyección de savia nueva en su unidad no fuera tan mala idea después de todo… Y el hecho de que el Abuelo le adjudicara a un agente con tanto potencial no dejaba de halagar su vanidad—. ¿De verdad es tan bueno ese chico?

—¡El mejor! Un diamante en bruto, te lo aseguro. Lo lleva en la sangre. De familia humilde, aplicado y trabajador, con enormes ganas de aprender… Su mayor deseo desde niño era entrar en la Guardia Civil.

—¿Todo eso aparece en su expediente?

—No. Lo sé de primera mano —respondió el comandante—. Por si no te lo he mencionado resulta que, además, el muchacho es mi sobrino.

Abandonó el despacho del comandante Alejandro con una amarga sensación de derrota. Tenía muchas ganas de comerse una manzana, o de fumarse un cigarrillo… o incluso de hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Su estado de ánimo se enfrió varios grados cuando se topó con el teniente Campoy. Miranda maldijo su suerte. Se suponía que el teniente debería de estar ya jugueteando con el cadáver hallado en el puerto, en compañía de sus chicos del GEAS; o, como Miranda los llamaba, sus muñequitos de neopreno.

En vez de eso, allí estaba Campoy, perdiendo el tiempo y pavoneándose ante una de las suboficiales de la unidad de Control de Armamento. La chica se reía de forma bobalicona ante un comentario del teniente.

A su pesar, Miranda debía reconocer que Campoy era muy popular en la compañía. Aparte de su apostura militar, reforzada por su patricia barba de color arenoso, era un hombre carismático, sonriente y de trato cordial. Por no hablar de lo bien que lucía el uniforme, siempre impecable sobre sus hechuras de nadador. A esto había que añadir el atractivo que suscitaba su unidad. Campoy y sus muñequitos de neopreno eran los superhéroes de la compañía.

El GEAS era un grupo exclusivo y de muy complicado acceso dentro de la Guardia Civil, casi una élite. El hecho de que el único grupo de policías submarinos de la comandancia de Castellón tuviera su centro en Santarés, Miranda sólo podía achacarlo a su mala suerte. El GEAS era el niño mimado de la compañía: se llevaban las mayores partidas del presupuesto, ocupaban las mejores instalaciones y se les concedían todos los caprichos. Sus miembros, empezando por el propio Campoy, eran conscientes de ello y no perdían la oportunidad de alardear.

Al menos, así era como lo sentía Miranda, la cual, por culpa de Campoy y sus muñequitos de neopreno, tenía que conformarse siempre con las escasas sobras que lograba rebañar para su unidad de policía judicial.

Miranda lo tenía claro: para todos los agentes de la compañía de Santarés, la Unidad de Policía Judicial era un gasto inútil de dinero y recursos humanos. Puede que fuera así, pero Miranda no tenía la culpa de que Santarés fuese la comarca con menor tasa de criminalidad de toda la comandancia.

Cuando vio al teniente Campoy al fondo del pasillo, Miranda quiso dar media vuelta, pero le faltaron reflejos.

—¡Teniente! —dijo el GEAS, llamando su atención. Se acercó a ella mostrando una amplia sonrisa de triunfador—. ¿Y bien? ¿Cómo ha terminado la charla con el Abuelo?

—¿No deberías estar inspeccionando a mi muerto, Campoy?

—Oh, vamos, no seguirás enfadada por eso, ¿verdad? Alegra esa cara, mujer; hoy me he llevado yo el gato al agua, pero no tiene por qué ser así siempre.

—Seguro que no… —respondió Miranda, tratando de quitárselo de encima.

Lo que peor le sentaba de Campoy era que se tomara sus enfrentamientos como un divertido pique entre colegas del cuerpo, una especie de juego. A Miranda le parecía una actitud irritantemente masculina, y muy infantil. Puede que los muñequitos de neopreno disfrutasen haciéndose putadas los unos a los otros para luego reírse de ello al final del día, frente a unas cañas de cerveza, pero para ella la camaradería era algo más serio.

—Mentira, sólo bromeaba —dijo el teniente—. Yo siempre te ganaré por la mano, pero ¿qué quieres que te diga? Mi unidad y yo somos los chicos guapos de este bar.

Era triste, pero tenía razón. De no ser por la presencia del GEAS y de la unidad del SEMAR, la compañía de la Guardia Civil de Santarés no recibiría presupuesto ni dotación más que para mantener un pequeño puesto con un sargento, un par de cabos y dos o tres agentes. Cuatro, como mucho.

—Francamente, Campoy, no sé qué esperas que te responda a eso.

—Sólo que te parece bien y que lo aceptas —dijo él, encogiéndose de hombros—. Y que también me aceptas un café para firmar una tregua. Precisamente iba a la cantina.

—No, gracias.

—Como quieras… Pero, oye, sólo por curiosidad, ¿cómo te has enterado de lo del cadáver del puerto? Lo hemos encontrado en plena madrugada.

—La alférez Lesboutx me llamó a primera hora y me lo contó todo.

—Chica lista. Debí suponerlo. Aún no me explico qué hace malgastando su talento en tu unidad. Cuando sea capitán puede que le ofrezca una plaza en el GEAS, seguro que lo está deseando.

—Tendrás que esperar mucho, mucho tiempo antes de que eso ocurra, querido.

—No tanto, tan sólo una semana. —A Campoy pareció divertirle la expresión de desconcierto en el rostro de Miranda—. Ah, cómo… ¿No lo sabías? Pues sí: me ascienden, la semana que viene sale en el boletín.

—Vaya… Así que capitán, ¿eh? No sé si me gusta cómo suena lo de «capitán Campoy», un tanto cacofónico, ¿no te parece?

—A mí en cambio me suena de maravilla, y quedará mejor cuando le añadan la coletilla «jefe de la compañía de la Guardia Civil de Santarés».

—Teniente, tienes un serio problema con tu percepción de la realidad. Deberías hacértelo mirar.

—¿Tú crees? Espera un par de añitos, hasta que se jubile el Abuelo… Para entonces seré yo el que te endilgue a mis parientes inútiles en tu unidad.

—Maldita sea. ¿Tú ya sabías lo del sobrino?

—Por supuesto. ¿Te crees que eres la única a la que se lo ha intentado cargar? Ha probado suerte con todas las unidades de la compañía, pero, al parecer, el chaval tiene el capricho de ser policía judicial. Es lo que pasa cuando ven demasiados capítulos de CSI.

—Vosotros también tenéis equipo judicial en el GEAS, ¿por qué el comandante no te lo ha endosado a ti?

—Porque le dije al Abuelo que tengo la unidad al completo.

—Yo también se lo dije.

—Sí, pero ¿a quién de los dos ha hecho caso? —Campoy le guiñó un ojo—. ¿Te das cuenta ahora de quién es el favorito de esta compañía?

—Increíble…

—No te lo tomes tan a pecho, teniente. Todos nos hemos tenido que tragar un enchufado alguna vez. Incluso uno de mis chicos es yerno de un teniente coronel de la comandancia, y, por supuesto, es el más inútil de toda mi unidad. Ya sabes cómo funcionan estos asuntos.

—Lesboutx va a subirse por las paredes cuando se entere… —dijo Miranda, más bien para sí misma.

—Si se cansa de vosotros, cosa muy natural, dile que en el GEAS la espero con los brazos abiertos —comentó Campoy—. Aún no me explico cómo pudo averiguar lo del cadáver. Sólo lo sabíamos un par de chicos del SEMAR y nosotros.

—Eso es secreto profesional, pero estoy dispuesta a compartirlo contigo a cambio de información.

—¿Qué información?

—¿Para qué queréis los del GEAS el cadáver? No creo que me hayas quitado esa investigación sólo para fastidiarme, no te considero tan estúpido.

—Ahora veo por qué mandas en la Policía Judicial, eres toda una detective —ironizó Campoy—. En efecto, tengo mis motivos para quedarme con ese cuerpo, pero no puedo decírtelos.

—¿Por qué?

—Porque se trata de una operación que estamos llevando conjuntamente con los del SEMAR, y si se enteran de que voy por ahí contando secretos de sumario me cortarán los huevos.

—Una tragedia, ya no tendrás nada de qué presumir cuando te pongas el traje de neopreno. Creo que al menos merezco que me des una pista por quitarte de encima al sobrino del comandante.

—Oh, está bien, pero sólo porque me recuerdas a mi anciana madre… —Campoy adoptó un tono de confidencia—. Tres palabras: tráfico de drogas.

—¿Me tomas el pelo? ¿Aquí, en Santarés?

—Yo no te he dicho nada… Pero quizá algunos de los cargueros que salen del puerto comercial llevan en la bodega algo más que alpargatas y paquetes de arroz.

Miranda le dedicó una mirada escrutadora. Tuvo la impresión de que en las comisuras de los labios de Campoy temblaba una sonrisa guasona.

—Mientes. Te lo estás inventando.

—Como tú quieras…

—¿Quién es el muerto?

—No puedo decírtelo.

—Porque no lo sabes.

—Porque no puedo. Además, ¿qué importa lo que te responda si no vas a creerme?

—Que te… —Estuvo a punto de decir algo feo, pero se mordió la lengua. Últimamente intentaba no soltar tacos—. Me largo. Tengo trabajo. —Le dio la espalda al teniente y siguió su camino.

—¿Estás segura de que no quieres tomarte ese café? ¡Como capitán, podría ordenártelo! —escuchó tras ella.

Sin detenerse ni darse la vuelta, levantó la mano derecha y le mostró el dedo corazón al teniente Campoy.

La unidad territorial de Policía Judicial de Santarés se ubicaba en un ala trasera de la compañía. Aquel edificio, un feo y viejo puesto de los años sesenta, se había remodelado por completo después de que el GEAS estableciese su centro de operaciones en el pueblo. Tras la obra, el cuartel de la compañía quedó con un aspecto moderno, blanco y acristalado. Y habría tenido aún mejor apariencia de no haber sido porque el alcalde de entonces mordisqueó un poco el presupuesto de la reforma para construirse una casa en Estepona. La única zona del inmueble que no se rehabilitó fue el ala trasera.

Justo donde la Unidad de Policía Judicial tenía sus oficinas.

El equipo de la unidad compartía un cubículo apenas más grande que la habitación de un colegio mayor. La única ventana daba a un patio, y por ella no sólo se colaba el frío en invierno y el calor en verano, sino también los olores de la cocina de la cafetería. Por ese motivo en la Unidad de Policía Judicial siempre se percibía un tufillo a fritura vieja. Los agentes de la unidad estaban acostumbrados, pero todo el que llegaba por primera vez no podía evitar sentir un asomo de náusea en la boca del estómago.

Aunque la oficina era pequeña, los componentes del grupo se apañaban bien porque sólo eran dos: Adriana Lesboutx, una joven de veintiséis años que ingresó en el cuerpo directamente en la escala de oficiales, tras licenciarse en Derecho y superar una dura oposición, y el sargento primero Antonio Benjumea. El primero Benjumea, que llevaba en la compañía casi tanto tiempo como el Abuelo, era lo que en la jerga benemérita solía denominarse como un «caimán», porque pasaba la mayor parte de la jornada tumbado al sol y sólo se movía para comer. Para ser justos con Benjumea, hay que señalar que tampoco le hacía ascos a acomodarse a la sombra, y que de vez en cuando también se daba un paseo para ir al baño.

Lesboutx y el Caimán compartían, cara a cara, una amplia mesa de formica sobre la que se amontonaban expedientes de casos viejos, material de oficina y un par de ordenadores. Separados por una barrera invisible, el lado de Lesboutx era un canto a la pulcritud mientras que, en la parte de Benjumea, se generaba una umbría selva de papeles y trastos que servía como hábitat natural para el Caimán. En esa zona, lo único que no estaba cubierto por una sutil capa de roña era un banderín del Fútbol Club Barcelona que colgaba de una esquina de la pantalla del ordenador.

Miranda no vio al Caimán en su lado de la mesa cuando entró en la oficina. Sólo estaba la alférez Lesboutx, atareada con algún documento en su ordenador.

Lesboutx levantó la mirada hacia la teniente y lo que vio no le gustó. Llevaba trabajando con Miranda el tiempo suficiente como para captar los matices de su expresión, y la que lucía en aquel momento no era nada alegre.

—Buenos días, mi teniente —dijo. Tras el saludo preceptivo adoptó un tono más informal. En aquella unidad no había uniformes y el respeto al escalafón se demostraba con actitudes más que con palabras. Dado que Miranda solía tutear a los miembros de su equipo, le parecía justo que ellos hicieran lo mismo—. ¿La reunión con el comandante no ha salido bien?

—No. Nos han quitado el muerto. Campoy se me adelantó.

—Lo siento. Debí haberte avisado antes.

—Nada de eso, tú lo has hecho bien; he sido yo la que ha estado demasiado lenta. No debí parar a comprar las dichosas manzanas. —Con un gesto de hastío, dejó caer la bolsa de fruta en el lado de la mesa de Benjumea—. ¿Dónde está el Caimán?

—Es la hora del café. Se ha ido a la cantina. Ha dicho que volverá pro ...