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NORMAL

Roberto López Herrero

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Fragmento

I

Era... normal. No sé cómo definirlo mejor». Era la sexta vez en el día que me daban esa respuesta. Imposible. Siete testigos habían visto matar a una mujer en público, en pleno centro de Madrid, y la contestación a cómo era el asesino era la misma: normal.

—Bien, comprendo que ha vivido usted una situación muy desagradable. ¿Quiere que avisemos a un médico? Es posible que se encuentre en estado de shock... —dije a la testigo número seis, que temblaba en la silla. Asintió y se secó las lágrimas. Levanté el teléfono y pedí un psicólogo, un doctor, cualquier ayuda. Todos ocupados con los otros testigos. Frustrante, muy frustrante—. Vamos a esperar un poco a que se relaje y volveremos a empezar. ¿De acuerdo..., señorita Miru...?

—Muresan. Es rumano. Mis padres eran rumanos.

La chica no tenía pinta de rumana. ¿Existe la pinta de ser de un país? Mi propio pensamiento me pareció xenófobo. Tenía unos bonitos ojos verdes, media melena castaña y vestía con una camiseta de un grupo de rock, una sudadera con capucha de color verde botella tres o cuatro tallas más de la adecuada y unos vaqueros muy desgastados. Me fijé en su calzado: unas zapatillas de deporte impecables, como recién salidas de la tienda, que contrastaban con su aspecto descuidado en general. La señorita Natalia Muresan había estudiado mucho su aspecto esa mañana para parecer casual y divertida, aunque ahora su gesto, por motivos obvios, era muy serio. Intenté animarla, a ver si así recordaba algo más.

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—No conozco su país. ¿Es bonito?

—No lo sé. Yo soy española.

Difícil de tranquilizar y yo no ayudaba. Manuel entró en la sala y se acercó para decirme que los otros testigos seguían igual. El hombre pelirrojo y gordo al que él acababa de interrogar había hecho la misma descripción: «Normal». Antes que él me habían dicho a mí tres cuartos de lo mismo el chico hipster de larga barba vestido con los restos del atrezo de una peli de los setenta y la profesora universitaria a punto de jubilarse que llevaba a su gato al veterinario. Nada.

No es posible. Siete personas ven de manera clara cómo un hombre desenfunda un arma en la calle y dispara en la cabeza a una mujer. Siete personas y ni una sola descripción válida.

—Ahora vendrá alguien a ayudarnos, señorita Muresan, pero ¿no recuerda cómo iba vestido el hombre?

—Sí... Llevaba una gabardina normal...

Otra vez «normal». Gabardina en noviembre en Madrid. Unos tres millones, así a ojo.

—¿Qué estatura?

—Pues... ni muy alto ni muy bajo.

Bien, vamos avanzando.

—¿Llevaba gafas, barba, pelo largo, corto, algo característico?

—No... No tenía nada raro. ¡No lo sé! ¡Era normal, ya se lo he dicho!

Rompió a llorar de nuevo. Manuel me hizo un gesto. Salimos de la sala y la dejamos descansar.

—No entiendo nada, Manu... Los tres testigos que he interrogado, los que estaban en la terraza de la cafetería al lado de donde ha ocurrido todo, han dicho lo mismo que esta chica: que el tipo era «normal».

—Los míos lo mismo... ¿Cómo coño es un tipo normal?

—Como tú no, desde luego.

Era una broma, pero el ambiente no acompañaba. Llevábamos más de tres horas dando vueltas y sin avances.

—Yo creo que están todos en shock, Félix.

—O en una especie de histeria colectiva.

—Eso no existe.

—Pues ya me dirás tú, porque no recuerdan nada característico del tipo. Ni la ropa ni el aspecto ni nada.

—¿Alguna droga?

—Sí, lavado de cerebro por los extraterrestres, ¡no te jode! Ves demasiada televisión, Manu.

—Al menos ninguno de estos ha pedido pruebas de ADN porque lo han visto en CSI...

—Lo que nos faltaba... Oye, vamos con la jueza Iborra, ¿verdad?

—Ya la he avisado.

—Estás muy mandón hoy, ¿no?

—Tú llevas esto, Félix, yo solo te ayudo. Así lo ha repartido el jefe y para mí mejor, menos marrones, menos papeleo, menos horas aquí con tanto chalado.

—Vale. No conozco a la Iborra, ¿qué tal es?

—Buena tía, todo facilidades.

—Para ti todo el mundo es buena gente, Pacheco.

—O unos gilipollas integrales, que también hay muchos... ¿Por dónde quieres llevar la investigación, Félix? Porque por el lado de los testigos no vamos bien…

Manuel Pacheco, Manu o Pache según el día, el ambiente o las copas de por medio, llevaba en la Policía más de veinte años. Era de la vieja guardia. Supongo que podría haber llegado más lejos si le hubiesen gustado el mamoneo y la política, pero él era feliz así. Se enorgullecía de tener su pistola en un cajón y de no haber pegado un tiro a nadie. «No conozco persona que tenga menos aspecto de madero», le decíamos siempre. Él se reía con esa cara de Cary Grant moderno. Tenía buena percha el cabrón para rondar los cincuenta. Y siempre me estaba dando el coñazo con que me cuidase, que no cogiese peso. Alardeaba, con razón, de olfato para la gente y se había licenciado en Psicología «cuando se estudiaba en blanco y negro», bromeaba. Por eso nunca había disparado a nadie, decía.

Cambié de tema.

—¿Cómo están Ana y los niños?

—Los niños... Que el mayor ya va a la universidad, Félix, que ya no son niños, pero por suerte mi Ana sigue siendo Ana. Bien todo. ¿Y tú?

—Tengo otro gato nuevo. Creo que lo voy a llamar como tú.

—No me jodas, tío. Mira, tú vas a acabar siendo la loca de los gatos.

—Pero en hetero.

—Y en gilipollas. Ya tenemos al Loco del Coño del jefe y no necesitamos más tarados aquí.

Nos reímos. Llevábamos como compañeros muchos años y éramos tan diferentes... Manuel tenía la vida envidiada por todos en la comisaría: una mujer preciosa que lo adoraba, dos hijos sanos y encantadores y caía bien. Yo era yo, con mi vida típica de poli solitario de novela barata. Al menos tenía a mis gatos. Cuatro ya. Cuando Manu decía que él era «el secundario bonachón que muere para que los demás le venguen», yo respondía que mi caso saldría en sucesos como «aparece cadáver semidevorado por gatos».

—Siempre me pregunto cómo te hubieras comportado si hubieses ejercido como psicólogo, Manu. Eres bruto hasta decir basta. Te imagino diciendo a un paciente: «Ni depresión ni nada, salga usted de fiesta, so llorón, que es usted un llorón».

—Bueno, no la estudié para rebuscar en la cabeza de ningún tarado, sino para comprenderos.

—¿Cómo que para comprendernos? ¿Me estás llamando chalado, capullo?

—Hombre, Félix, tú muy normalito no eres... Solo te falta vestir como Pablete para que esté convencido de que eres un poco bujarrilla.

—Hala, venga más tópicos del Pleistoceno, Manu. Pablo es un gran poli y lo sabes.

—Mira que te gusta defender a la peña, colega, que era un comentario... Si a mí lo que haga con su culo me la trae floja.

—Por eso me hice madero. Para defender a la gente.

—Muy bonito el término «madero», me ha gustado de toda la vida... —me contestó con esa ironía suya que a veces hacía que olvidases sus burradas. Siempre he pensado que tras esa fachada dura se escondía un tipo sensible, pero nunca se lo he dicho porque no he querido arriesgarme a una colleja.

—Bueno, tenemos un bonito marrón entre manos. Tantos testigos a plena luz del día y nada válido. ¿Estarán drogados como tú decías? —pregunté en voz alta sabedor de que era una idiotez. A veces se me escapan cosas que pienso.

—¡Ja! Si hubiera sido en un festival de esos a los que va mi hijo, puede, pero ¿en medio de Madrid?

—No me cuadra nada, Manu. Los municipales que llegaron primero me aseguran que no se nos ha escapado ningún testigo.

Llegó la psicóloga. Una chica muy joven vestida de negro, con el pelo también negro en una coleta y con un piercing en la nariz, que parecía muy alterada. El tiempo se ralentizó para mí. No voy a decir que tengo el olfato de un superhéroe, pero pude notar que olía a recién duchada, a ropa limpia, o quizá solo lo imaginé. Todo ocurría como en un videoclip, a cámara lenta, pero pasaba en el tiempo correcto. Vi su sonrisa, preciosa no solo en la boca, sino también en los ojos. Me encantan las mujeres que se ríen con la mirada. Sus manos se movían rápidas. Sus caderas resaltaban en unos vaqueros negros. Tenía curvas sugerentes y desafiantes. Me fascinó el modo en que se agitaba su pelo recogido. No pude censurar mi cerebro y la imaginé desnuda. Mi mente gritó.

—¿Algo? —pregunté saliendo de mi ensimismamiento.

—Un trauma, es obvio. Lo extraño es que los que no presenciaron directamente el asesinato pero se giraron al oír el disparo tampoco recuerdan ningún rasgo distintivo del sospechoso.

—Asesino —puntualizó Manu—. Cuando sepamos quién es empezaremos a llamarlo «sospechoso». Hasta entonces es un asesino. Punto.

La chica asintió con un poco de miedo. Manuel imponía desde sus casi dos metros. Comenzó a decir algo, pero se quedó callada. Respiró hondo.

—Prosopagnosia. Ceguera facial.

—¿Perdón? —dijo Manu de manera muy ruidosa, casi como si le hubieran nombrado a la madre.

—Acláreme eso..., ¿Laura?

—Lara, pero es que me han puesto mal el nombre en la acreditación. A ver, es un trastorno poco conocido que provoca que no reconozcas a las personas que ves aunque las conozcas. Lo extraño es que ninguno de los testigos tiene antecedentes de prosopagnosia. Es lo más parecido que conozco.

—Bueno, bueno, no nos flipemos con teorías rarunas... Yo también sé algo de psicología, jovencita. Eso de la prosopagnosia me suena de la carrera, pero ¿no era un trastorno incurable? —preguntó Manuel.

—No tiene tratamiento. Hay terapias para facilitar el día a día, tipo reconocer rasgos como ropa, estatura, voces, pero... Me estoy yendo del tema. No, no hay tratamiento como una aspirina o algo así, si es a eso a lo que se refiere. Además es permanente. Quiero decir, si estas siete personas sufriesen prosopagnosia, no nos reconocerían a ninguno de nosotros, aparte de que no llevarían una vida normal. Y uno de ellos es profesor de universidad y otra chica es periodista... No, no es prosopagnosia. Y no soy una jovencita, oiga.

Era determinada y muy graciosa hablando. Seseaba un poco. ¿Andaluza? No, quizá canaria. Parecía discutir consigo misma y movía mucho las manos apoyando sus expresiones. Un claro signo de que era sincera. Los mentirosos gesticulan poco intentando controlar el embuste. ¿Tendría novio? Era muy atractiva la pequeña psicóloga, pero también podría ser mi hija.

—Tampoco lo descartemos, porque en situaciones de estrés traumático la mente juega malas pasadas. Aunque no, no es eso, porque los pacientes con ceguera facial reconocen a sus familiares y amigos por cosas como las gafas, la barba, el pelo... Y estas personas no recuerdan nada destacado del aspecto del sospe..., asesino.

—Hagamos una cosa —Manuel dominaba la conversación con ella, como siempre pasaba con todas las mujeres que veían a nuestro Gary Cooper—: hable con algún colega o con algún experto de ese trastorno y veamos si hay algo que se nos ha escapado por ese lado, ¿de acuerdo? Llámenos, por favor.

Desplegó todo su encanto de galán hollywoodiense y sonrió. Yo seguía ahí, aunque Lara ya ni me viese. Lo típico cuando eres calvo, bajo y gordo. Se nos unió el doctor Morales, viejo conocido nuestro y uno de los mejores forenses que existen, siempre que no haya bebido. Esa mañana lo había hecho y a base de bien a juzgar por su aliento.

—Chicos, no he visto nada parecido en toda mi carrera. Me he metido dos whiskies porque me resulta siniestro. ¿El asesino es invisible o qué?

—No. Porque lo han visto, pero no recuerdan nada que lo distinga: unos dicen que mediana estatura, otros que castaño oscuro...

—En mi vida he visto una confusión igual. Hay un testigo, el que estaba con su hija pequeña, que dice que era su hermano fallecido —informó Morales, trastabillando un poco las palabras—. Pero, vamos, que lo mismo soy yo que no ando fino hoy...

—Doctor, sin excusas, que ya somos todos mayorcitos. ¿Hace un café?

—No te lo voy a rechazar, Manuel.

Manu se llevó al médico, que ya caminaba algo mal, y me guiñó un ojo. Sabía cómo manejar a Morales y tampoco convenía que lo viesen así en la comisaría.

—Propag... ¿Qué has dicho que es? —rompí el hielo con la psicóloga.

—Prosopagnosia. Diga «ceguera facial» y así no se confunde.

Me llamaba de usted. Claro. Debo de sacarle veinte años mínimo. Llegó Pablo con más datos de los testigos y la misma descripción: nada destacable. Miró a Lara, me guiñó un ojo y me dio un codazo. A veces creo que soy transparente. Retomé la conversación con la psicóloga en cuanto Pablito-musculitos se alejó.

—Me interesa el tema ese de los posibles traumas. ¿Un café?

—No tomo café, gracias... —Vaya. Seguro que es vegetariana—. Pero un té sí le admito.

—Tutéame, no soy tan mayor. —Creo que ella notó mi vergüenza.

Siempre he detestado a esos tipos, bien pasados los cuarenta, que ligan con jovencitas. Me ha parecido el típico rollo de «estoy separado, vuelvo al mercado» y me da un poco de asco. Pero visto mi éxito con las mujeres de mi edad —todas las disponibles están locas o lo mismo el loco inaguantable soy yo—, tampoco sentí que fuera tan mala idea compartir un café y profundizar en esa ceguera facial que decía Lara. Yo a ella la veía muy bien.

Cerca de la comisaría había un pequeño café, bastante cursi, con una decoración que emulaba el típico París de las películas y siempre muy vacío, donde pensé que podríamos avanzar sobre la «ceguera visual» esa e intentar enlazarla de algún modo con el bloqueo de todos mis testigos. Total, tenía tiempo mientras los de Científica recogían casquillos y esas cosas que hacen ellos y a la que dan tanto bombo, boato y «no me pises ahí por favor».

Lara se sentó un tanto envarada. Era obvio que no se encontraba cómoda con todo este asunto. ¿O era por mí? Decidí empezar la conversación por otros derroteros mientras nos servían las bebidas.

—¿Cuánto llevas echándonos una mano?

—Casi dos meses, pero no me acostumbro a todo esto de los homicidios. Me pone muy nerviosa.

—La naturaleza humana...

—Por eso estudié Psicología. Perdona, no sé tu nombre y llamarte «el compañero de Manuel» me parece feo. —Sonrió.

Mal empezamos.

—Me llamo Félix Fortea. Soy inspector de policía. Homicidios. Tengo cuarenta y tres años. Vivo solo con cuatro gatos y no me gusta el fútbol. —Extendí la mano para aumentar la teatralidad de una presentación formal.

—Ja, ja, ja. Vaya, la ficha completa. —Al menos la había hecho reír. No había perdido mi toque—. Yo me llamo Lara Martell, tengo un perro, soy psicóloga, me encanta el Barça y para el tema de los años soy una antigua y, como decía mi abuela, «una dama nunca revela su edad».

Volvió a sonreír y me dio la mano. La tenía muy fría, pero apretaba con firmeza. Manicura cuidada, rojo oscuro, casi seguro recién hecha.

No había nombrado ninguna pareja. O era discreta o no había un «señor de Martell». Dejé mis hormonas de viejo verde aparte; teníamos siete testigos que no recordaban nada que nos aportara una pista sobre el asesino.

—Y la «ceguera facial» esta ¿se puede provocar con drogas o algo?

—No, que yo sepa. Tendría que leer más del tema, pero sí recuerdo un caso documentado de un soldado alemán que había recibido daños en el cerebro y dejó de reconocer las caras... Obviamente no es lo mismo. —Volvía a mover mucho las manos. Casi tiró el té en dos ocasiones.

—Pero no es algo imposible, ¿no? Quiero decir, como línea de investigación me resulta interesante, pero lo mismo es una reacción colectiva al shock de ver un asesinato.

—Casi seguro, Félix. Hay una película, con Milla Jovovich, en la que ella es testigo de un asesinato pero sufre prosopagnosia por un trauma...

—Ya. Un testigo... Pero ¿siete?

—Mira, ha sido lo primero que me ha venido a la cabeza. Quizá debería haberme callado.

—No, porque entonces no te habría podido invitar a un té.

—Eres directo. Sutil, pero directo. Seamos claros, Félix, no va a ocurrir nada entre nosotros.

Pues tan sutil no seré. Otra muesca más en la culata de mis rechazos y en tiempo récord... Me quedé callado unos segundos, intentando aparentar que no la había escuchado.

—He tenido una idea y tengo que volver a la comisaría, Laura.

—Lara. Oye..., que lo que te he dicho...

—Sí, confidencial y con pinzas todo lo de la prosopagnosia esa. Gracias, de verdad. —Me levanté rápido, dejé un billete de diez euros en la barra y salí deprisa.

Qué vergüenza, por favor. Dejando aparte mi nula capacidad de ligar, era cierto: se me había ocurrido algo muy simple. Investigar inicialmente el asesinato sin contar con los testigos. Después, si alguno recordaba algo sería de gran ayuda, pero empezaría a buscar a ese hombre tan normal a ciegas.

···

La mañana de su retorno a la comisaría había sido de todo menos aburrida, pensaba Pablo Grau. Un mes de permiso sugerido por Enrique Vila «para evitar más exposición» y que le había servido para disfrutar de unas vacaciones, conocer mejor a ese tal Vicente que se había colado en su vida como quién no quiere la cosa y que le gustaba cada día más y cambiar las rutinas de piernas y pectorales para no atascarse en su entrenamiento. «Una mañana tranquila», presuponía al salir de su casa en el centro de Madrid.

—Como vidente no tengo precio.

—¿Qué cojones dices? —preguntó Pacheco cuando Vila les avisó: un asesinato cerca de la Gran Vía, a plena luz, con testigos.

—Que me esperaba un aterrizaje suave y mira...

—Pues te jodes y a currar, musculitos.

—No te preocupes, que sé cómo va esto, abuelo.

—¿Seguro? Recuerda que no se pega a los sospechosos, Pablete... O al menos que no te vean...

Esa había sido toda la conversación, café en mano, con el capullo de Manuel Pacheco, «el tío más listo de la unidad», el típico policía antiguo, rancio y casposo. Casi tan casposo como el café, que distaba mucho del frappuccino latte que le gustaba tomar a Pablo de camino a la comisaría.

«No se pega a los sospechosos», le había dicho Pacheco. No se había podido demostrar que a Pablo se le hubiese ido la mano con aquel detenido. A pesar de que la tele y la radio se cebaron con él, el hecho de que al final el tipo fuera el responsable de dejar a su novia en coma tras una paliza sirvió para suavizar el hecho de que, de manera inexplicable, entrase en el coche patrulla de una pieza y saliese una hora más tarde «con traumatismo craneoencefálico severo y rotura de maxilar inferior». Conducía Pablo Grau, policía de la Segunda Unidad de Homicidios, con una trayectoria un tanto brumosa, con varios traslados y con nula capacidad para tratar con los medios de comunicación, como se demostró cuando fue grabado a la salida de los juzgados y mandó a la mierda a los periodistas.

Pero aquello era el pasado. Ahora tenía que centrarse en este nuevo caso. Bebió de un sorbo el café de la máquina y decidió acercarse al centro en su propio coche.

Estuvo más de dos horas hablando con los agentes de la policía municipal que se habían presentado en un primer momento. Era una zona del centro muy concurrida, con gente a todas horas. Después recopiló las declaraciones del médico, el enfermero y el conductor del Samur que se personaron en el lugar de los hechos y que no habían podido hacer nada por la mujer más que certificar su muerte. Marcó en un plano la ubicación de la escena del crimen, reunió nombres, datos de las empresas de alrededor, posibles cámaras funcionando en el momento y cualquier cosa que pudiera ser de utilidad.

Los testigos eran cosa de Fortea y Pacheco, pero algo no iba bien...

No había una sola descripción distintiva del presunto asesino. Nada.

···

De vuelta en la comisaría me centré en localizar cualquier cámara que hubiese cerca de donde se había producido el asesinato: un cajero y una tienda de discos tenían cámaras, con un poco de suerte podría ver algo grabado. Lo primero era informar y pedir la diligencia correspondiente al juzgado. «Ve haciendo», fue la respuesta que recibí. Vuelta al teléfono, conversación cordial pero firme: «Sí, es muy importante. A mi e-mail, si es tan amable». Ahora el cajero. Ya empezamos con la burocracia de los bancos... La verdad es que me iba la cabeza a mil, pensaba que todo podría quedar zanjado en poco tiempo.

Ordené mi escritorio, porque me solía poner nervioso tanto caos. Las fichas de los testigos estaban colocadas sin ton ni son, así que dediqué unos minutos a organizarlas por orden alfabético. Aunque quizá sería mejor hacerlo por orden de cercanía al asesino en el momento de los hech ...